CRÓNICAS Y DOCUMENTACIÓN
SISTEMA DE PARTIDOS Y PARLAMENTO EN GRAN BRETAÑA: 1995
Por GEOFFREY K. ROBERTS
SUMARIO
I. APOYO PARTIDISTA: SONDEOS DE OPINIÓN Y ELECCIONES.—II. PROBLEMAS DE LOS PAR-
TIDOS POLÍTICOS: 1. El Partido Conservador. 2. El Partido Laborista. 3. Los liberal-de-
mócratas.—III. LA AGENDA POLÍTICA.—IV. PARTIDOS, PARLAMENTO Y CONSTITUCIÓN.—
V. CONCLUSIÓN.
I. APOYO PARTIDISTA: SONDEOS DE OPINIÓN Y ELECCIONES
La impopularidad del gobierno conservador fue el factor dominante de la polí- tica británica a lo largo de 1995. En enero, el Partido Laborista obtenía una clara ventaja en los sondeos de opinión: era apoyado por el 60 por 100 de los consultados, mientras que los conservadores contaban sólo con el apoyo de un 25 por 100 y los li- beral-demócratas con un 12 por 100 (1). En mayo la situación era similar: laboristas, 58 por 100; conservadores, 22 por 100; liberal-demócratas, 16 por 100 (2). Tras la elección de la dirección que confirmó el poder del señor Major sobre el partido (véase infrá), el Partido Conservador recobró en las encuestas su más alto nivel de apoyo en dos años: pero con todo sólo era de un 29 por 100 (los laboristas contaban con el 56 por 100 y los liberal-demócratas un 13 por 100) (3). La supremacía del Partido Laborista sobre los conservadores en los sondeos de opinión se mantuvo entre un 27 y un 30 por 100 el resto del año. En diciembre los laboristas aún con- taban con el apoyo de un 55 por 100 de los encuestados; los conservadores contaban con un 28 por 100 y los liberal-demócratas con un 13 por 100 (4).
(1) Encuesta Harris, en el Sunday Times, 15 de enero de 1995.
(2) Encuesta MORÍ, en The Times, 25 de mayo de 1995.
(3) Encuesta MORÍ, en The Times, 29 de junio de 1995.
(4) Encuesta MORÍ, en The Times, 8 de diciembre de 1995.
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Revista de Estudios Políticos (Nueva Época)
GEOFFREY K. ROBERTS
El líder laborista, señor Blair, contaba con una clara ventaja sobre el señor Major en las encuestas de opinión al comprobar la popularidad de su liderazgo. Una en- cuesta de abril, por ejemplo, encontró que un 47 por 100 de todos los encuestados (y 64 por 100 de los los simpatizantes del Partido Laborista) se mostraban satisfechos con su líder. Sólo un 24 por 100 de todos los encuestados (12 por 100 de simpati- zantes laboristas) se mostraban descontentos (5). Los niveles de satisfacción con el liderazgo del primer ministro eran mucho menores, aunque tales niveles de satisfac- ción se incrementaron ligeramente tras su reelección en el mes de junio. Incluso en- tonces eran más los encuestados descontentos que los satisfechos (6).
La imagen del Partido Laborista había mejorado bajo el liderazgo del señor Blair. Se tenía una opinión más favorable del Partido Laborista que de los conserva- dores sobre aquellos asuntos que más afectaban al electorado: incluso en política fiscal (que había sido un tema en el que los conservadores habían sido considerados como el mejor partido). Sólo en política de defensa y en la política hacia Irlanda del Norte —decimosegunda y decimotercera de la lista de «asuntos más importantes»
para los encuestados— se consideraba al Partido Conservador como preferible al Partido Laborista (7). El 50 por 100 de los encuestados estimaban que el Partido La- borista era más «moderado» (sólo un 34 por 100 consideraban a los conservadores como más «moderados»; el 59 por 100 estimaba que eran los liberal-demócratas los más «moderados»), y sólo un 23 por 100 consideraban al Partido Laborista como
«ala izquierda» (un 39 por 100 pensaban que los conservadores eran el «ala de- recha») (8). El electorado parecía preparado para creer lo peor del gobierno: una en- cuesta mostraba que el 63 por 100 creían que el gobierno gravaba al pueblo más du- ramente que el último gobierno laborista (el 19 por 100 disentía), y el 61 por 100 estimaba que el gasto en sanidad era más bajo que lo que había sido dos años antes (un 22 por 100 disentía). Pero estas afirmaciones eran, de hecho, falsas (9). Otra en- cuesta mostraba que el 69 por 100 consideraba que los conservadores estaban dema- siado divididos como para ser un partido que gobernara Gran Bretaña con éxito, y un 73 por 100 pensaban que los intereses financieros tenían demasiada influencia en el partido (por contraste, sólo un 40 por 100 estimaba que los sindicatos contaban con excesiva influencia en el Partido Laborista) (10).
Los sondeos de opinión se confirmaron en las elecciones parciales celebradas a lo largo del año. Los conservadores obtuvieron muy malos resultados en todas ellas.
En febrero, los laboristas conservaron la circunscripción galesa de Islwyn (anterior- mente representada por el señor Kinnock, que fue nombrado Comisario de la Unión Europea). El candidato conservador logró el 3,9 por 100. El candidato conservador
(5) Encuesta MORÍ, en The Times, 28 de abril de 1995.
(6) Encuesta MORÍ, en The Times, 29 de septiembre de 1995.
(7) Encuesta MORÍ, en The Times, 28 de julio de 1995.
(8) Encuesta NOP, en el Sunday Times, 22 de octubre de 1995.
(9) Encuesta NOP, en el Sunday Times, 23 de julio de 1995.
(10) Encuesta NOP, en el Sunday Times, 20 de agosto de 1995.
consiguió sólo un tercer puesto en las elecciones parciales en el escaño escocés de Perth y Kinross, que el partido había ganado en las elecciones generales de 1992 (el Partido Nacionalista Escocés ganó en las elecciones parciales). En julio los liberal- demócratas alcanzaron el escaño de Littleborough y Saddlewoth, anteriormente de- tentado por los conservadores. Una vez más el candidato conservador obtuvo sólo la tercera posición en un escaño que había ganado en las elecciones de 1992. Estos re- sultados redujeron aún más la ya escasa mayoría del gobierno.
En las elecciones locales, los conservadores siguieron perdiendo votos y puestos, como venía sucediendo desde 1993. En Escocia sólo 81 cargos locales con- servadores fueron elegidos de entre aproximadamente 1.100, y el partido no controló un solo ayuntamiento. Los laboristas obtuvieron 614 puestos; el Partido Nacionalista Escocés 181; los liberal-demócratas 123, y 153 puestos fueron conseguidos por can- didatos no partidistas. En las elecciones locales en Inglaterrra y Gales, los conserva- dores obtuvieron un 25 por 100 de los votos, los laboristas un 48 por 100 y los li- beral-demócratas un 23 por 100. Los conservadores perdieron más de 2.000 cargos, y controlaron menos entidades locales que los liberal-demócratas (11). El único con- suelo para el partido de estas elecciones locales fue: a) que el porcentaje de voto del Partido Laborista era menor que el apoyo que indicaban los sondeos, y b) que la par- ticipación era muy baja, lo que indicaba que quizá muchos simpatizantes conserva- dores se habían abstenido de votar pero podrían volver a apoyar a los conservadores en unas elecciones generales.
II. PROBLEMAS DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS
1. El Partido Conservador
Los conservadores se enfrentaban a cuatro desafíos en 1995: sus extraordinaria- mente bajos niveles de apoyo (descritos suprá); la debilidad de su organización; la insegura posición de liderazgo del señor Major, y las profundas divisiones del par- tido con relación a la Unión Europea. Todas ellas estaban interrelacionadas.
El Partido Conservador siempre había sido considerado como el mejor organi- zado y próspero de los partidos políticos británicos. Esto ya no era cierto. En parte a causa de la falta de recursos financieros, la organización del partido resultaba inse- gura, y esto, a su vez, significaba que había perdido distancia frente al Partido Labo- rista en términos de relaciones públicas, campaña electoral y preparación política.
Para ahorrar dinero y mantener más agentes a tiempo completo en las sedes locales del partido, se cesaron 25 miembros del personal de la Sede Central del Partido (12).
El partido mejoraba lentamente su situación financiera: las donaciones de firmas
(11) The Times, 6 de mayo de 1995.
(12) The Times, 8 de febrero y 21 de marzo de 1995.
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empresariales aumentaron un 16 por 100 (aunque principalmente más de pequeñas empresas que de «grandes negocios») y se redujeron las deudas del partido. La afi- liación siguió disminuyendo: se estimaba que el partido no contaba con más de 300.000 afiliados, frente a los 650.000 de 1987 (13). Estos afiliados deseaban un mayor control democrático por parte de las bases y, asimismo, que la dirección del partido prestara más atención a sus puntos de vista (14). Tras la elección de líder en junio el señor Major nombró al señor Mahwinney como nuevo presidente del par- tido. Mientras que su autoritario y extrovertido estilo se contemplaba como una ven- taja para correr con la organización del partido, chocaba frecuentemente con el nuevo viceprimer ministro, señor Heseltine, con respecto a la estrategia y definición de responsabilidades para preparar las siguientes elecciones generales (15).
A causa de los problemas que sacudían al partido (y especialmente debido al declive del apoyo hacia el partido en las encuestas, elecciones parciales y elec- ciones locales, todo parecía indicar que el partido no podría confiar en ganar las próximas elecciones generales) se incrementaron las críticas hacia el liderazgo del señor Major durante la primera mitad de 1995. El efecto de estas críticas se redujo por el profundo desacuerdo referente a un posible reemplazo del señor Major como líder del partido y como primer ministro. El ala izquierda del partido, y un cre- ciente número de los centristas, preferían al señor Heseltine; los parlamentarios del ala derecha, especialmente aquellos escépticos con la creciente integración en la Unión Europea, optaban por el señor Portillo. Cada facción se oponía amargamente a la elección de la otra parte. La publicación del segundo volumen de las memorias de la señora Thatcher, en las que parecía criticar las cualidades como líder del señor Major y su postura con respecto a la Unión Europea, dieron una mayor pu- blicidad al asunto del liderazgo (16). Incesantemente, los periódicos del ala de- recha sugerían que el señor Major podría dimitir para permitir a su sucesor que li- derara el partido en las próximas elecciones. Andrew Neil, en el Sunday Times, sugería que sólo el señor Heseltine podría posiblemente salvar al partido de la derrota en las próximas elecciones generales, y —en un artículo posterior— que
«Major es un perdedor y debe irse» (17). El 23 de junio de 1995, para sorpresa de todos, el señor Major anunció que dejaría la dirección del partido de forma que tu- viera lugar una elección para tratar el asunto del liderazgo y permitir al partido en-
(13) Sunday Times, 6 de agosto de 1995.
(14) La dirección del partido había hecho circular un cuestionario entre las sedes locales para lograr información de las bases sobre política (TVie Times, 18 de julio de 1995), pero las propuestas de discusión en el congreso del partido incluían varias solicitudes de mayor democracia entre los afiliados y mayor in- fluencia en el partido {Sunday Times, 20 de agosto de 1995).
(15) Sunday Times, 17 de septiembre de 1995.
(16) MARGARET THATCHER: The Path to Power, Harper Collins, 1995. La señora Thatcher terció posteriormente, afirmando que sus críticas habían sido «malinterpretadas», y negó cualquier hostilidad hacia el primer ministro (The Times, 23 de mayo de 1995).
(17) «Heseltine is the only hope», Sunday Times, 4 de junio de 1995; Sunday Times, 25 de junio de 1995.
frentarse con sus problemas sin la incertidumbre acerca de un posible cambio de líder antes de las elecciones.
De alguna manera la situación no era realista. Los dos más probables sucesores del señor Major (señor Heseltine y señor Portillo) eran miembros de su gabinete.
Para desafiar al primer ministro, habrían tenido que dimitir del gobierno. Por añadi- dura, esto podría percibirse como un acto de deslealtad y podría tener efectos nega- tivos para sus futuras carreras a menos que el señor Major fuera derrotado. Sin em- bargo, a no ser que surgiera un serio contrincante, el gesto del señor Major convocando la elección quedaría en nada. Ser reelegido victorioso frente a un relati- vamente desconocido contrincante no tendría sentido. Siguieron los rumores de que el señor Lamont (anterior canciller del Tesoro) desafiaría al señor Major, en su lugar el secretario de Estado para Gales, señor Redwood, dimitió del gobierno para pre- sentarse como candidato. Era un conservador del ala derecha, con enraizadas opi- niones acerca del limitado papel de Gran Bretaña en la integración europea. El señor Lamont era su principal apoyo, e hizo públicas sus razones para esperar el éxito del señor Redwood (18). A causa del complicado sistema electoral, el señor Redwood podría conseguir votos de parlamentarios conservadores que no le apoyaban, pero que deseaban que el señor Major no obtuviera los suficientes votos en la primera vo- tación para ser capaz de resistir la segunda vuelta. En ese caso el señor Portillo o el señor Heseltine podrían incorporarse (19).
En efecto, el señor Heseltine pidió a sus simpatizantes que votaran al señor Major, y el primer ministro ganó en la primera vuelta por 218 frente a 89 votos (hubo 22 abstenciones o votos nulos). Su victoria se contempló como un fortaleci- miento de su posición como primeT ministro. The Economist declaraba que el señor Major era para los conservadores «el mejor primer ministro posible y su mejor espe- ranza para las próximas elecciones generales» (20).
El primer ministro anunció cambios en el gobierno. No se invitó al señor Red- wood a volver al gobierno, el señor Hurd, ministro de Asuntos Exteriores, lo había dejado claro antes de su dimisión. Fue reemplazado por el señor Rifkind, anterior ministro de Defensa, convirtiéndose en ministro de Defensa el señor Portillo. El señor Heseltine rechazó la invitación para convertirse en presidente del partido; en su lugar, se convirtió en primer secretario de Estado y viceprimer ministro, con con- siderables poderes, incluyendo la presidencia de varios importantes comisiones gu-
(18) «Why Redwood is the right man for Britain», The Times, 27 de junio de 1995.
(19) Para ganar en la primera vuelta, el candidato debía obtener una mayoría absoluta de los parla- mentarios titulados para votar (votaran o no) y estar al menos un 15 por 100 por delante del resto de los candidatos. En la segunda vuelta, si fuera necesaria, bastaría una mayoría absoluta de los titulados para votar. A causa de la complicada naturaleza del procedimiento, y a causa de que el desafío al líder (incluso estando el Partido Conservador en el poder) puede suceder anualmente, la comisión parlamentaria del Partido Conservador —llamada la «comisión 1922»— emprendió la revisión de estas reglas tras esta elección de líder (Sunday Times, 9 de julio de 1995).
(20) The Economist, 8 de julio de 1995, pág. 11.
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bernamentales y la responsabilidad de la coordinación de la política guberna- mental (21).
El más destacado desafío al que se enfrentaron el señor Major y el Partido Con- servador fue la división interna del grupo parlamentario en relación con su política sobre la Unión Europea. En 1994 esto había tenido como resultado que seis parla- mentarios conservadores rehusaran apoyar al gobierno en importantes votaciones en la Cámara de los Comunes y como consecuencia de ello fueron expulsados del par- tido (22).
El grupo parlamentario parecía estar dividido en tres grupos. Un grupo era el de los pragmáticos, que apoyaban la propia política de negociación del señor Major de- bido a los mejores resultados que el Reino Unido pudiera obtener, pero rehusaban apoyar aumentos de poder para las instituciones de la Unión Europea o implicar al gobierno en la integración en la Unión Monetaria Europea (UME). En el ala iz- quierda estaban los pro-europeos, alineándose aquí desde el dogma acrítico del señor Heath (anterior primer ministro) al más moderado entusiasmo del señor Clark (canciller del Tesoro) y Lord Howe (anterior ministro de Asuntos Exteriores). A la derecha estaban los «euroescépticos», que incluían a algunos que estaban dispuestos incluso a considerar el dejar de pertenecer a la Unión Europea si era necesario, y aquellos que querían reducir la participación británica a aspectos del «mercado único» de la Unión Europea, y no deseaban aceptar nada que restringiera la sobe- ranía británica. Este grupo incluía al contrincante del señor Major en el mes de junio:
el señor Redwood, así como el señor Lamont (un anterior canciller del Tesoro) y Lord Tebbit (anterior presidente del Partido). Los «euroescépticos» contaban con dos poderosas armas: podrían «chantajear» al gobierno debido a la escasa mayoría de éste, lo que supondría que no prosperaran los proyectos sin el apoyo de todos los parlamentarios conservadores (excepto en aquellos casos en los que también apo- yaran al gobierno los partidos de la oposición), y podrían afirmar que reflejaban la opinión de muchos simpatizantes del Partido Conservador (23).
A lo largo de todo el año los acontecimientos enfatizaron la división del partido.
En enero, el primer ministro se ofreció para consultar más las materias de la política europea con los euroescépticos del partido. En febrero, un grupo de 90 parlamenta- rios conservadores que apoyaban a la Unión Europea publicaron su propio informe político (24). Ese mismo mes, el ala derecha de los parlamentarios conservadores criticó públicamente al canciller del Tesoro, señor Clarke, por su simpatía hacia la
(21) El cargo de viceprimer ministro es oficioso. Raras veces se utiliza como título.
(22) GEOFFREY K. ROBERTS: «Sistema de partidos y Parlamento en Gran Bretaña: 1994», en Revista de Estudios Políticos, núm. 91, enero-marzo 1996, pág. 304.
(23) N. BUDOEN: «The public knows best Europe», The Times, 4 de febrero de 1995, en el que afir- maba que las opiniones y correo recibido por los parlamentarios mostraba un amplio apoyo público para la actitud «euroescéptica» hacia la Unión Europea, y especialmente el apoyo de los simpatizantes del Par- tido Conservador.
(24) Los grupos se autodenominaban «Europeos Positivos» (The Times, 4 de febrero de 1995).
Unión Monetaria Europea, y un parlamentario lanzó la posibilidad de que Gran Bre- taña abandonara la Unión Europea (25). En junio y julio, el tema europeo era una de las más prominentes diferencias entre el señor Major y el señor Redwood para la elección de la dirección. El señor Major siguió intentado dejar de lado estas divi- siones dentro del partido. En abril readmitió a los «rebeldes» al grupo parlamentario, y pareció acercarse a la postura de los euroescépticos sobre la cuestión del incre- mento de integración en Europa y la participación británica en la Unión Monetaria Europea o sobre la cuestión del aumento de la integración europea. Muchos parla- mentarios deseaban un referéndum, especialmente debido a que un miembro del Parlamento Europeo, el millonario sir James Goldsmith, creaba en octubre el «Par- tido del referéndum», que presentaría candidatos en las próximas elecciones gene- rales en circunscripciones en las que los parlamentarios conservadores implicados se opusieran a la celebración de dicho referéndum. El Partido del referéndum contaría con unos 20 millones de libras esterlinas, más de lo que dispondrían los Partidos La- borista y Conservador para la campaña electoral (26). Dada la impopularidad de los conservadores en las encuestas, incluso aunque el Partido del referéndum sólo obtu- viera un 5 por 100 de los sufragios con pocos escaños, esto podía ser suficiente para asegurar la derrota de varios parlamentarios conservadores que podrían no lograr sus escaños.
La moral del Partido Conservador declinó a lo largo del año. A finales de año al menos 50 parlamentarios habían proclamado que no se presentarían como candi- datos en las siguientes elecciones generales. Algunos de estos tenían «escaños se- guros» y podían esperar resultar elegidos incluso de ganar las elecciones el Partido Laborista, y muchos eran relativamente jóvenes y podrían haber esperado una larga carrera parlamentaria y quizás el gobierno. Asimismo, iba creciendo la idea de que el Partido Conservador, después de veinte años en el poder, podría beneficiarse de la estimulación y revitalización de un período en la oposición (27). La moral del par- tido, así como la mayoría ostentada por el gobierno, resultó además dañada por la deserción de dos parlamentarios conservadores: el señor Howard, que había sido mi- nistro (al Partido Laborista en octubre), y el señor Nicholson, anterior vicepresidente del partido (que se sumó a los liberal-demócratas en noviembre). Un periodista re- sumió así la condición del Partido Conservador: «Los problemas de los Tories no re- sultaron fácilmente sanables, porque son de larga duración y vinculados al largo tiempo que el partido ha estado en el poder... No hay nada como la inmortalidad po- lítica. Los Tories han comenzado a agotar su tiempo» (28).
(25) The Times, 16 de febrero de 1995.
(26) El partido publicó sus propuestas en un anuncio de página entera en The Times, 25 de octubre de 1995.
(27) ANDREW GRICE y MICHAEL PRESCOTT: «The cali of the wild», Sunday Times, 19 de marzo de 1995.
(28) PETER RIDDELL: «Eight ways to loóse elections», The Times, 8 de mayo de 1995.
2. El Partido Laborista
La situación del Partido Laborista fue mucho mejor que la del Partido Conser- vador, en términos de moral, apoyo público, organización y unidad dentro del partido.
La organización del partido se estaba haciendo más profesional. Aunque el se- cretario general del partido se quejaba de las estructuras burocráticas y del desper- dicio de recursos en los cuarteles generales del partido, ciertamente la organización del partido había mejorado ampliamente desde la pasada década. En los cuarteles generales del partido, por ejemplo, se reunía a importantes políticos en cursos sobre técnicas de dirección (29). La afiliación al partido se había incrementado enorme- mente desde la elección del señor Blair como líder: había aumentado un 15 por 100 en 1994, para llegar a 305.000 en enero de 1995. Sin embargo, muchos nuevos miembros eran estudiantes, desempleados o pensionistas de la tercera edad, de modo que pagaban unas cuotas reducidas (un tercio de la cuota normal), lo cual no benefi- ciaba mucho a las arcas del partido (30). En abril, la afiliación al partido se estimaba en 330.000 (31). Las finanzas del Partido Laborista también habían mejorado. En enero se determinó que el partido contaba con unos fondos para la campaña de nueve millones de libras esterlinas, y los expertos previeron que por primera vez el partido sería capaz de igualar los gastos de campaña del Partido Conservador en las próximas elecciones generales (32). .
En su determinación de hacer del Partido Laborista un contrincante creíble del Partido Conservador en las próximas elecciones generales, el señor Blair había adoptado ya un cierto número de reformas tanto en la política como en la organiza- ción del Partido Laborista. En 1995, se enfrentaba al mayor desafío de todos: la completa revisión de la «Cláusula 4.a» de la constitución del partido, el símbolo de la ideología socialista del partido, que, en teoría, vinculaba al partido con la nacionali- zación de «los medios de producción, distribución y cambio». Esto podría cubrir la propiedad estatal de casi toda la economía. En la práctica, los líderes laboristas, in- cluso primer ministros laboristas, habían ignorado este mandato. Sin embargo, su abandono podría inducir firmemente a la resistencia. El señor Blair desarrolló una serie de objetivos más realistas y actualizados para que sirvieran al partido como al- ternativa a la «Cláusula 4.a». El y sus asociados habían comenzado una campaña de persuasión en las organizaciones locales del partido y los sindicatos, que incluían un vídeo enviado a todas las organizaciones locales del partido en el que él y su vice- líder, señor Prescott, llevaban a cabo una persuasiva argumentación en favor de la sustitución de la Cláusula 4.a. Dijo a los que se oponían al cambio que vivían en el
(29) Sunday Times, 19 de febrero y 18 de junio de 1995.
(30) Sunday Times, 15 de enero de 1995. Sólo un 40 por 100 de los miembros pagaban la cuota completa de afiliación (frente al 48 por 100 que la pagaban en 1993).
(31) The Times, 27 de abril de 1995.
(32) Sunday Times, 1 de enero de 1995.
pasado. «Aquellos que no crean seriamente que no podemos mejorar las palabras es- critas en 1918 cuando estamos en 1995 no aprenden de nuestra historia, sino que simplemente viven en ella», manifestó (33). El partido se mostraba profundamente dividido en torno a este tema. La mitad del grupo parlamentario en el Parlamento eu- ropeo puso un anuncio en The Guardian el 10 de enero de 1995 protestando de los planes del señor Blair para cambiar la Cláusula 4.a. Un informe de los parlamenta- rios laboristas sugería que la mitad apoyaba y la mitad se oponía a las propuestas del señor Blair (34). Una organización de las que se oponían a los cambios (la «Cam- paña para al defensa de la Cláusula 4.a») intentó contrarrestar los argumentos del señor Blair y sus colegas. Sin embargo, el señor Blair tuvo éxito con la reforma. El Partido Laborista Escocés votó a favor del cambio con un 58 por 100 a favor frente a un 42 por 100 en contra, el Comité Ejecutivo Nacional del partido aceptó el cambio por 21 votos frente a tres, y el congreso especial de abril para debatir el cambio logró el voto favorable al cambio del 65 por 100 frente a un 35 por 100 con- trario. Sólo tres organizaciones de circunscripción del partido (de más de 400) vo- taron contra el cambio, aunque varios de los sindicatos siguieron oponiéndose al mismo (35).
Esta victoria dio al señor Blair varias ventajas. Confirmó su autoridad dentro del partido, y su habilidad para liderar al partido de valientemente. Al comentar este voto para cambiar la Cláusula 4.a, un periodista escribió: «El voto da a Blair un poder y autoridad de los que ningún otro líder laborista había gozado» (36). Tam- bién había reforzado su imagen, y la de su «nuevo Partido Laborista», como mode- rado, libre de los principios socialistas del pasado, y capaz de gobernar. Esta imagen se completaba con encuentros cuidadosamente planeados con financieros y hombres de negocios, para poner de relieve la responsabilidad fiscal de los planes laboristas de gobierno. Sin embargo, un experto económico señalaba que a pesar de tales ase- veraciones, «el Partido Laborista es aún el partido del subsidio, la intervención y el control estatal» (37).
El señor Blair apreciaba que el dominio de los sindicatos dentro del Partido La- borista también representaba un obstáculo para la aceptación popular del partido como moderno y reformado. En junio se creó un grupo de trabajo de parlamentarios laboristas y de líderes sindicales para discutir el futuro de la relación entre el partido y los sindicatos (38). En septiembre, el señor Blair declaró en el congreso anual de los sindicatos que la relación de los sindicatos con el partido había cambiado para siempre. Los sindicatos tendrían el derecho de intentar persuadir al Partido Laborista de las ventajas de sus demandas, pero en el futuro no tendrían el poder de imponer al
(33) The Times, 11 de enero de 1995.
(34) Sunday Times, 15 de enero de 1995.
(35) The Times, 11 y 14 de marzo de 1995; Sunday Times, 30 de abril de 1995.
(36) ANDREW GRICE: «It's no more Mr nice guy», Sunday Times, 30 de abril de 1995.
(37) TIM CONGDON: «Look for the Blair necessities», The Times, 23 de mayo de 1995.
(38) The Times, 15 de julio de 1995.
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partido las decisiones que aquéllos solicitaban (39). En octubre en el congreso del partido, se rechazó las propuestas de una promesa del rechazo de las leyes sindicales introducidas por el gobierno conservador.
Otra serie de problemas afectaron al Partido Laborista a lo largo del año. El in- tento del partido de compensar el predominio de hombres entre los parlamentarios laboristas y los candidatos imponiendo listas «sólo de mujeres» de potenciales can- didatos en determinadas circunscripciones encontró dificultades. Varias circunscrip- ciones a las que se indujo a elegir esas listas únicamente de mujeres, rehusaron ha- cerlo, o lo hicieron sólo después de protestar (40). Los candidatos masculinos a quienes se impedía participar en esas circunscripciones intentaron desafiar al partido en los tribunales, sobre la base de discriminación sexual ilegal. Incluso las secciones de mujeres de algunas organizaciones del partido expresaron su oposición al sis- tema (41). Varias organizaciones locales del partido fueron sometidas a control a causa de la sospecha de que los miembros habían sido reclutados impropiamente, para ayudar a candidatos concretos a ganar la elección o por otras razones (42). El presidente del Partido Conservador, señor Hanley, acusó a los consejos laboristas de corrupción, y publicó un informe con tales casos alegados de corrupción (43). Las críticas del ala izquierda de los parlamentarios hacia la falta de principios socialistas del señor Blair se incrementó cuando se hizo público que el señor Blair y la señora Harmann (una de sus más cercanas asociadas políticas) habían decidido ambos en- viar a sus hijos a escuelas privadas y no a escuelas públicas, frente la política del par- tido (44). En efecto, a lo largo del año aumentaron las críticas del aparente olvido del señor Blair a la opinión del partido en las «bases» (45). El anterior vicelíder señor Hattersley afirmaba que el señor Blair estaba ignorando los intereses de la clase tra- bajadora en su desarrollo de la política del «nuevo laborismo» (46).
Con todo un balance de la situación laborista en 1995 tendría que destacar el li- derazgo del señor Blair, y su determinación de ganar las próximas elecciones gene- rales, para instituir «un gobierno laborista que gobernase durante una generación y cambios positivos para Gran Bretaña» (47). Aunque algunos criticaban su estilo de liderazgo por ser demasiado «presidencialista», la situación del Partido Laborista en los sondeos parecía justificar su estrategia. A pesar de la persistencia de los con-
(39) The Times, 13 de septiembre de 1995.
(40) Sunday Times, 12 de febrero de 1995; The Times, 14 de febrero y 26 de mayo de 1995; The Economist, 15 de abril de 1995, pág. 29.
(41) JOHN DAVISON y SEBASTIAN HAMILTON: «Gerrymandering», Sunday Times, 23 de mayo de 1995.
(42) Sunday Times, 26 de marzo de 1995; The Economist, 9 de septiembre de 1995, pág. 33.
(43) The Times, 16 y 23 de marzo de 1995.
(44) Sunday Times, 5 de febrero de 1995.
(45) «The Blair backlash», Sunday Times, 13 de agosto de 1995; The Times, 15 y 18 de agosto de 1995.
(46) The Independent, 12 de agosto de 1995.
(47) Discurso del señor Blair durante el congreso del partido: The Times, 4 de octubre de 1995.
flictos en el partido, en un sondeo de enero el 56 por 100 de los encuestados esti- maban que el partido estaba unido, frente a sólo un 9 por 100 que consideraban como un partido unido al Conservador (48).
3. Los liberal-demócratas
Para los liberal-demócratas fue un año sin acontecimientos. El partido se mos- traba alentado por su victoria en las elecciones parciales de Littleborough y Saddle- woth y sus resultados en las elecciones locales, pero su apoyo en los sondeos se veía afectado por la popularidad del Partido Laborista, y permanecerían bajos a todo lo largo del año.
El dilema fundamental del partido persistía. Su liderazgo, su política, su estra- tegia se centraban en un tipo de alianza anticonservadora con el Partido Laborista.
Sin embargo, en muchas de sus circunscripciones el partido había sido la mejor es- peranza de ganar votos y escasos en la Cámara de los Comunes sería atraer a los desafectos al Partido Conservador, quienes podrían no votar al partido si lo conside- raban demasiado izquierdista. Los intentos del señor Ashdown para desarrollar polí- ticas radicales en áreas tales como la reforma constitucional, impuestos y bienestar social, áreas que se entendían abandonadas por el «nuevo Partido Laborista» del señor Blair, posiblemente no atraerían a antiguos simpatizantes conservadores (49).
Los liberal-demócratas atacaban promesas políticas del Partido Laborista, sobre la base de que supondrían un 5 por 100 extra de imposición (50). Por otra parte, los mismos liberal-demócratas prometían aumentar los impuestos para conseguir re- cursos extraordinarios para inversiones educativas. El señor Ashdown comenzó a probar ideas para abandonar la política oficial del partido de mantener igual dis- tancia de los Partidos Laborista y Conservador, pero muchos en el partido —espe- cialmente aquellos parlamentarios o candidatos que posiblemente se enfrentaban al Partido Laborista y a su vez necesitaban atraer a los votantes conservadores— se de- salentaron con las sugerencias de alineación izquierdista (51).
En el congreso anual del Partido Liberal Demócrata, el líder, señor Ashdown, dejó claro que una cooperación de su partido con un futuro gobierno laborista sólo sería posible si el señor Blair prometía ganar para llevar a cabo la reforma electoral.
Una promesa que sólo implicara un referéndum sobre la cuestión resultaría insufi- ciente (52).
(48) Encuesta Harris, en Sunday Times, 15 de enero de 1995.
(49) «Paddy's new perch», The Economist, 16 de septiembre de 1995, pág. 42.
(50) Sunday Times, 22 de enero de 1995.
(51) The Times, 8,19, 26, 27 de mayo y 6 de octubre de 1995.
(52) The Times, 20 de septiembre de 1995.
III. LA AGENDA POLÍTICA
La relación entre el Reino Unido y la Comunidad Europea dominó la agenda po- lítica durante 1995. Esto no fue tanto a causa de las importantes decisiones que ha- bían de tomarse, sino debido a la creciente desunión dentro del gobierno conser- vador y entre los parlamentarios conservadores acerca de qué posición desarrollaría el partido hacia la Unión Europea. A causa de la escasa mayoría que el gobierno del señor Major tenía en 1995, las rebeliones a causa de esta política afectaron a la su- pervivencia del gobierno.
Esta situación impulsó al gobierno a adoptar una postura más independiente en las materias comunitarias. En enero, en una entrevista de televisión, el señor Major prometió que no aceptaría ningún cambio constitucional en la Unión Europea que tuviera algún efecto sobre la soberanía del Parlamento británico. Gran Bretaña se opondría a las propuestas para aumentar el voto mayoritario en el Consejo de Minis- tros (lo que reduciría la libertad del gobierno británico para ejercer el veto nacional), o la ampliación de los poderes del Parlamento europeo. Lord Howe, que había sido ministro de Asuntos Exteriores en el gobierno de la señora Thatcher y que mostraba simpatías al desarrollo de la Unión Europea, criticó la actitud del primer ministro, aduciendo que el señor Major defendía más la unidad del partido antes de la adop- ción de un efectivo liderazgo en Europa (53).
El Partido Laborista dejó claro que, en el gobierno, cooperaría más en las materias comunitarias, y abandonaría el «opt-out» de Gran Bretaña en el capítulo social. Sin embargo, tanto el señor Blair como el portavoz del partido en política exterior, señor Cook, tuvieron el cuidado de rechazar cualquier idea de un «super Estado» europeo o una aceptación acrítica de la integración de Gran Bretaña en la moneda única europea (sabiendo que ambas ideas eran profundamente impopulares entre el electorado) (54).
Fue el tema de la moneda única (el principio y el calendario acordado en la cumbre de Maastricht) el que más afectó al Partido Conservador. Los oponentes a la moneda única dentro del Partido Conservador solicitaron que el partido se compro- metiera no aceptar la unión en el siguiente período de gobierno, o la promesa de ce- lebrar un referéndum sobre la cuestión. El señor Clarke, canciller del Tesoro, esta- bleció que el Reino Unido seguiría siendo miembro de las comisiones europeas que preparaban la introducción de la moneda única (55), e insistió en que el gobierno debería dejar abierta la opción de la entrada, en el caso de que la integración fuera buena para Gran Bretaña, basada en una «valoración bien meditada de los intereses británicos» (56). El primer ministro anunció que insistiría en añadir condiciones
(53) The Times, 31 de enero de 1995.
(54) The Times, 11 y 31 de enero, 31 de mayo y 29 de septiembre de 1995. El señor Blair, sin em- bargo, apoyó el principio de una moneda única (The Times, 6 de abril de 1995).
(55) The Times, 21 de febrero de 1995.
(56) The Times, 10 de febrero de 1995 (informando sobre un discurso del señor Clarke a un grupo de presión denominado «Movimiento Europeo»).
adicionales a las del acuerdo de Maastricht como criterio para decidir acerca de la integración de Gran Bretaña en la moneda única, y prometió llevar la decisión a la Cámara de los Comunes cuando las condiciones económicas permitieran la adop- ción de una decisión (57). Los que se oponían por completo a la idea de la acepta- ción de la moneda única continuamente presionaban al primer ministro para rechazar la integración británica inmediatamente. El asunto fue especialmente rele- vante durante la elección del líder conservador. Un informe entre los parlamenta- rios conservadores mostró que una mayoría apoyaba la postura del señor Major, mientras que una minoría favorecía su inmediato abandono. Muy pocos parlamen- tarios conservadores querían apoyar la integración británica en una moneda única europea (58).
Otros asuntos relativos a la Unión Europea también evidenciaron divisiones dentro del Partido Conservador. Un ministro júnior, el señor Wardle, dimitió del go- bierno porque creía que la Ley de la Europa Única había compelido a Gran Bretaña a abandonar unos efectivos controles fronterizos, que habían dado lugar a un gran incremento de la inmigración ilegal (59). El señor Lamont atacó al Parlamento eu- ropeo, aduciendo que era caro (cada miembro del Parlamento europeo costaba cerca de un millón de libras al año), despilfarrador y no democrático, y no tenía ninguna utilidad (60).
La situación en Irlanda parecía haber mejorado durante 1995. Conversaciones exploratorias en 1994 y alto el fuego entre grupos terroristas nacionalistas y unio- nistas habían llevado a un progreso que había llegado a denominarse, de manera optimista, «proceso de paz». En sólo su tercer programa de televisión de su período como primer ministro, el señor Major explicó la significación del proceso que con- duciría a las negociaciones de paz. Subrayó que la solución no sería en ningún caso
«impuesta» al pueblo de Irlanda del Norte. El Partido Laborista expresó su incondi- cional apoyo a la estrategia del señor Major (61). Posteriormente en febrero se pu- blicó un plan de paz, que proponía una Asamblea de Irlanda del Norte con signifi- cativos poderes y elegida mediante algún método de representación proporcional;
un consejo conjunto de miembros de los Parlamentos de las dos partes de Irlanda;
abandono de la sección de la Constitución irlandesa que reclamaba el territorio de Irlanda del Norte, y protección de los derechos y libertades del pueblo de Irlanda del Norte garantizado por los gobiernos de la República de Irlanda y del Reino Unido. Este plan se apoyaba en los Partidos Laborista y Liberal Demócrata, pero el señor Paisley, uno de los líderes unionistas menos moderados, lo condenó como
(57) The Times, 4 de febrero de 1995.
(58) The Times, 15 de junio de 1995. Una encuesta a finales de año mostró que el 60 por 100 de la gente rechazaba la integración de Gran Bretaña en la moneda única, mientras que un 24 por 100 estaban a favor (encuesta NOP, en The Sunday Times, 17 de diciembre de 1995).
(59) Sunday Times, 19 de febrero de 1995.
(60) «Scrap this costly vanity», en The Times, 13 de abril de 1995.
(61) The Times, 2 de febrero de 1995.
GEOFFREY K. ROBERTS
una «declaración de guena a la Unión» y «un camino de sentido único hacia Du- blín» (62).
Sin embargo, los problemas se sucedieron durante el año. En particular, las rela- ciones con el gobierno de Estados Unidos se volvieron tirantes por el hecho de que el señor Gerry Adams [líder del Sinn Fein, el partido político cercano al terrorista Ejército Republicano irlandés (IRA)] fuera bienvenido a los Estados Unidos, donde se habían recaudado fondos para la causa nacionalista. El rechazo del IRA a entregar sus armas y explosivos parecía una barrera para la participación del Sinn Fein en las negociaciones de paz. En noviembre los primeros ministros de Gran Bretaña e Ir- landa se pusieron de acuerdo en el procedimiento que condujera a sustantivas nego- ciaciones de paz en 1996, incluyendo procedimientos para discutir el abandono de las armas por parte del IRA (63).
Con unas elecciones generales en dos años, el gobierno conservador estaba muy entregado a promover la recuperación económica, y estar en posición de hacer re- ducciones de impuestos en los presupuestos de 1995 y 1996. Sin embargo, el canci- ller del Tesoro, señor Clarke, había advertido públicamente en marzo que la recu- peración económica se estaba desarrollando más despacio de lo que se había antici- pado, a pesar de la caída del desempleo y los aumentos de ventas en las tiendas (64).
El desempleo era de un 8,3 por 100: el nivel más bajo en tres años. El señor Clarke confirmaba que una baja inflación seguía siendo una prioridad: el objetivo oficial era un máximo de un 2,5 por 100. Esta política de baja inflación condujo al gobernador del Banco de Inglaterra, señor George, a criticar la política del gobierno de buscar bajas tasas de interés, lo que el señor George pensaba que podía prevenir una reduc- ción en la inflación. El nivel del gasto público siguió siendo un gran problema.
A pesar de la reputación del gobierno de que había rebajado los gastos en sanidad y educación (una inmerecida reputación, dados los actuales niveles de gasto en esos servicios), el Estado aún tomó un 40 por 100 del producto interior bruto en imposi- ción, como se había hecho bajo el gobierno laborista del señor Willson y del señor Callaghan. El gasto público cuando el señor Home fue primer ministro (1963-1964) había sido de 11 billones de libras; bajo la señora Thatcher aumentó a 100 billones;
ahora era de 300 billones. Los beneficios sociales supusieron una creciente gran parte (65). De este modo en noviembre en su presupuesto el señor Clarke hizo es- fuerzos para reducir el nivel de gasto público, para permitirle hacer algunas reduc- ciones impositivas.
La perspectiva de un gobierno laborista emergente tras las siguientes elecciones generales hizo de la autonomía regional un tema de considerable importancia du-
(62) The Times, 22 y 23 de febrero de 1995. Una encuesta en Irlanda del Norte mostraba que el 87 por 100 de los encuestados deseaban que sus líderes celebraran conversaciones de paz (Sunday Times, 26 de febrero de 1995).
(63) The Times, 29 de noviembre de 1995.
(64) The Times, 16 de marzo de 1995.
(65) SIMÓN JENKINS: «Socialism, Tory-style», en The Times, 15 de marzo de 1995.
rante 1995. El Partido Laborista prometió introducir una asamblea elegida para Es- cocia como una de sus iniciativas legislativas prioritarias. En enero el señor Cook planteó en un artículo periodístico la cuestión de la autonomía como una necesidad democrática (66). La política oficial del Partido Conservador era de que deseaba de- fender la unidad del Estado en el Reino Unido, aunque en diciembre prometiera más autonomía para Escocia (67). El Partido Nacionalista Escocés («Plaid Cymru») de- seaba la independencia de Gales para el año 2003 (68). Sin embargo, ni esta de- manda ni la política de separatismo del Partido Nacionalista Escocés parecían coin- cidir con los deseos de los votantes galeses o escoceses. Un informe mostraba que el 52 por 100 de los encuestados escoceses querían una asamblea autónoma (la política del Partido Laborista), pero sólo un 29 por 100 deseaban la independencia. En Gales el 67 por 100 querían algún modelo de gobierno regional, pero pocos su completa in- dependencia. En Inglaterra, sólo un 26 por 100 querían un gobierno regional (69).
Gran Bretaña era ciertamente uno de los Estados más centralizados de la Europa oc- cidental. En 1987, el gobierno central destinó sólo un 40 por 100 de los ingresos a los gobiernos locales; en 1994 se había aumentado al 80 por 100. Mientras muchos países tenían un representante local elegido por cada 250-450 votantes, Gran Bre- taña tenía sólo uno por cada 2.200 votantes (70).
I V . PARTIDOS, PARLAMENTO Y CONSTITUCIÓN
La relación entre los parlamentarios y sus ingresos extraparlamentarios fueron uno de los asuntos más importantes a lo largo de 1995. Una serie de escándalos en los últimos años referentes a dinero pagado impropiamente a parlamentarios por sus actividades en negocios privados habían llevado a la creación de una comisión inde- pendiente de investigación presidida por Lord Nolan (juez del Tribunal Su- premo) (71).
La comisión Nolan tuvo conocimiento de parlamentarios y otros políticos, pro- pietarios de negocios de relaciones públicas, profesores de universidad y otros ex- pertos, sobre materias relacionadas con pagos a parlamentarios por servicios parla-
(66) ROBÍN COOK: «There's no democracy without devolution», Sunday Telegraph, 8 de enero de 1995.
(67) The Times, 1 de diciembre de 1995.
(68) The Times, 22 de septiembre de 1995.
(69) Encuesta MORÍ, citada en The Economist, 11 de noviembre de 1995, págs. 44-47.
(70) SIMÓN JENKINS: «Accident in waiting», The Times, 1 de enero de 1995.
(71) Véase GEOFFREY K. ROBERTS: «Sistema de partidos y Parlamento en Gran Bretaña: 1994», en Revista de Estudios Políticos, núm. 91, 1996, pág. 307. Los dos parlamentarios que habían sido hechos públicos por el Sunday Times en 1994 por formular inapropiadamente preguntas parlamentarias sobre pagos fueron suspendidos de la Cámara de los Comunes por cortos períodos. Muchos parlamentarios, aunque deplorando la actitud de sus dos colegas, condenaron en buena medida al Sunday Times por los métodos que el periódico había utilizado para exponerlos (The Times, 21 de abril de 1995).
GEOFFREY K. ROBERTS
mentarios mediante intereses privados. El profesor Crewe contó a la comisión que informes de opinión demostraban que la gente era crecientemente escéptica con que los parlamentarios situaran sus intereses personales y de partido antes que el interés general (72). En mayo se debatió el informe de la comisión Nolan en la Cámara de los Comunes. Aunque muchos parlamentarios apoyaron muchas de las propuestas hechas por la comisión, la recomendación de que los parlamentarios declararían todos sus ingresos que se derivaran de sus actividades parlamentarias (tales como consultas por parte de compañías privadas) se encontraron con la oposición de bas- tantes parlamentarios, así como la propuesta para crear un controlador independiente de la conducta financiera de los parlamentarios. El diputado más veterano, el ante- rior primer ministro señor Heath, estaba entre los que condenaban estas ideas, al igual que lo estaba el diputado del ala izquierda laborista señor Benn. Un informe mostraba que el 49 por 100 de los parlamentarios se oponían a estas medidas (73).
Aunque en julio una votación rechazó la revelación de las ganancias externas de los parlamentarios (282 frente a 248 votos), en noviembre se aceptó esta recomendación por 322 votos frente a 271 (74). Se nombró un Comisionado parlamentario de Va- lores (Standards), con la responsabilidad de supervisar el registro de intereses eco- nómicos de los parlamentarios, controlar las pautas éticas e investigar las quejas acerca de la conducta económica de los parlamentarios.
El informe Nolan estimuló la discusión acerca de los parlamentarios que mante- nían empleos externos, y acerca del nivel de sus salarios, que era mucho más bajo que el de los parlamentarios de otros países occidentales. Un periodista hizo un ar- tículo sobre los parlamentarios enfrentados a llevar actividades extraparlamentarias, siempre partiendo de la base de que lo hicieran abiertamente y declararan sus ganan- cias y sus intereses financieros: «Pretender que un parlamentario se siente en el Par- lamento sólo para representar los intereses de una circunscripción geográfica y la di- rección de su partido es arcaico. Esto supone el dominio del negocio gubernamental sobre la vocación política» (75). La extensión de las vinculaciones entre parlamenta- rios y empleo extraparlamentario se puso en evidencia por la comisión Nolan. Se en- contró que 168 parlamentarios conservadores celebraron 356 consultas (76). Otro estimaba que el 85 por 100 de los parlamentarios conservadores eran pagados por consultas u otros trabajos similares, incluyendo direcciones mantenidas por ex mi-
(72) The Times, 18 de enero de 1995.
(73) The Times, 19 y 20 de mayo de 1995.
(74) The Times, 20 de julio y 7 de noviembre de 1995.
(75) SIMÓN JENKINS: «A place for advocates», The Times, 8 de noviembre de 1995. Anteriormente el mismo año, el mismo periodista había sugerido que tal empleo exterior podía evitar que la Cámara de los Comunes se convirtiera en un lugar dominado por «políticos profesionales» sin ningún conocimiento ni experiencia del «mundo real» («Los parlamentarios necesitan verdaderos trabajos», The Times, 17 de mayo de 1995) y que los parlamentarios deberían ser pagados en consecuencia, pero alentar a que com- pletaran sus ingresos con otros recursos extraparlamentarios («The view from the gutter», The Times, 12 de julio de 1995).
(76) Sunday Times, 5 de noviembre de 1995.
nistros como los señores McGregor, Lamont y Mellor. Sin embargo, sólo un 14 por 100 de los parlamentarios laboristas y un 43 por 100 de los liberal-demócratas man- tenían ese tipo de ingresos externos (77). Desde luego algunos parlamentarios labo- ristas recibían dinero de sus circunscripciones y gastos electorales de los sindicatos que los «patrocinaban». Las reglas impuestas por el informe de la comisión Nolan para acabar con esas ganancias provocaron que muchas empresas que actuaban como grupos de presión (lobbying firms) rompieran sus vínculos con los parlamen- tarios (78).
Otros cambios propuestos a la Cámara de los Comunes durante 1995 incluía una propuesta del señor Heath y de Lord Callaghan (dos antiguos primeros ministros) para abolir el «tiempo de preguntas para el primer ministro», puesto que no res- pondía a su propósito, sino simplemente para lograr publicidad (79); la introducción de una ley que permitía a los sin casa registrarse para votar (estableciendo que tenían un lugar fijo de residencia, como debajo de un puente de ferrocarril) (80); y el des- arrollo de un gran número de nuevos despachos en el Palacio de Westminster, con un coste de 600.000 libras por cada despacho y que cambiaría significativamente el perfil del edificio (81).
V. CONCLUSIÓN
Al igual que en otros países, tales como Italia y Alemania, en Gran Bretaña pa- recen estar en declive el respeto por las instituciones tradicionales y la conducta po- lítica del Parlamento y de los partidos. Un informe mostraba que la gente tenía en menor estima a los parlamentarios de la que les brindaba en 1989, situándolos ahora por debajo de los agentes estatales y de los periodistas en términos de «res- peto» (82). Otro informe mostraba que sólo un 37 por 100 de los encuestados pen- saban que el Parlamento trabajaba «bien» o «muy bien» (sólo un 59 por 100 pensaba así en 1991). El mismo informe mostraba que un 38 por 100 opinaba que trabajaba
«mal» o «muy mal» (frente a un 16 por 100 que lo estimaba en 1991). El mismo sondeo mostraba que un 50 por 100 quería un referéndum sobre el sistema electoral (un 23 por 100 se oponía a esa idea); a un 47 por 100 les gustaría que cambiara el de- recho hereditario de los pares a votar en la Cámara de los Lores (un 21 por 100 no estaba de acuerdo con el cambio, cambio que el Partido Laborista deseaba intro- ducir), y un 73 por 100 pensaban que Gran Bretaña debería tener una Declaración de
(77) The Times, 6 de enero de 1995.
(78) The Times, 8 de noviembre de 1995.
(79) The Times, 15 y 16 de marzo de 1995.
(80) Sunday Times, 26 de marzo de 1995. Manchester fue la primera ciudad en aplicar esta ley (The Times, 22 de abril de 1995).
(81) Sunday Times, 26 de marzo de 1995. El nuevo edificio se terminará en el año 2000.
(82) The Times, 24 de noviembre de 1995.
GEOFFREY K. ROBERTS
Derechos (83). The Economist, abogaba por la introducción de un sistema de refe- rencia, como sustituto de la falta de una constitución escrita formal, sobre la base de que la Cámara de los Comunes no llevaría a cabo ningún cambio constitucional que no tuviera el apoyo del pueblo en un referéndum (84). Un libro de un comentarista político de The Times, Simón Jenkins, apoyaba la introducción de una constitución escrita como el único medio para controlar las tendencias centralistas del gobierno.
Desde la ascensión de la señora Thatcher a primera ministra en 1979, escribía, el Es- tado se había hecho más centralizado y menos pluralista (85). Otro comentarista po- lítico escribió: «La Cámara de los Comunes es adversa de una forma inventada, ri- tual que es destructiva para una discusión sensible. Es jerárquica, conservadora (con
"c" minúscula), dependiente de la deferencia y de la nostalgia, la conducta de los ne- gocios enraizada en un lenguaje arcaico y en la tradición» (86).
Que un nuevo gobierno laborista fuera capaz de reformar las instituciones polí- ticas de Gran Bretaña tanto como para cambiar esta actitud pública de apatía y de alienación de la política dependería de los resultados de las elecciones generales, que podrían tener lugar en la primavera de 1997. La llegada de los cambios en los lí- mites de las circunscripciones, un proceso en el que primeramente se había pensado que posiblemente ayudaría a los conservadores, de hecho parecía indicar que, sobre las bases de los patrones de voto de 1992, los conservadores se beneficiarían solo li- geramente (87). Los meses que faltan para las elecciones generales prometen ser fas- cinantes para los partidos y también para los observadores políticos.
[Traducción de A. ELVIRA.]
(83) Encuesta MORÍ, en The Times, 27 de enero de 1995.
(84) The Economist, 11 de noviembre de 1995, págs. 20-22.
(85) SIMÓN JENKINS: Accountable to None. The Tory Nationalism of Britain, Hamish Hamilton, Londres, 1995.
(86) ANDREW NEILL: «A world apart from the burning issues of life», Sunday Times, 5 de no- viembre de 1995.
(87) Para las próximas elecciones generales, habrá 659 circunscripciones (un incremento de ocho, haciendo de la Cámara de los Comunes una de las Cámaras más grandes de cualquier democracia). Se estimaba que el Partido Conservador podría ganar siete escaños extra, el Partido Laborista dos y el resto de los partidos uno, pero los liberal-demócratas perderían dos escaños (de acuerdo con los comporta- mientos de voto de 1992) {Sunday Times, 11 de junio de 1992). El Partido Laborista continuaría benefi- ciándose de una sobrerrepresentación en Escocia y Gales, en comparación con Inglaterra.