Español, lengua mía
y otros discursos
Pablo Montoya
Español, lengua mía
y otros discursos
Montoya Campuzano, Pablo, 1963-
Español, lengua mía : y otros discursos / Pablo Montoya. -- Medellín : Sílaba Editores, 2017.
114 páginas ; 17 cm. -- (Tierra de palabras) ISBN 978-958-56006-9-0
1. Literatura latinoamericana - Historia y crítica 2. Español - Filología 3. Autores - Discursos 4. Sociolingüística I. Tít.
II. Serie.
868.99809 cd 21 ed.
A1565298
CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango
ISBN: 978-958-56006-9-0 Español, lengua mía y otros discursos
© Pablo Montoya, 2017
© Sílaba Editores, 2017
Primera edición: Medellín (Colombia), marzo de 2017 Editoras: Lucía Donadío y Alejandra Toro
Corrección de textos: Rubelio López Diagramación: Magnolia Valencia
Diseño de carátula: Editorial Artes y Letras S.A.S.
Distribución y ventas: Sílaba Editores.
www.silaba.com.co / [email protected] Carrera 25A No. 38D sur-04. Medellín, Colombia
Impreso y hecho en Colombia por Editorial Artes y Letras S.A.S.
Printed and made in Colombia.
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Contenido
Español, lengua mía 9
Colombia: albergue horadado 23
¿Para qué la literatura? 37
Arte y desamparo 67
Defensa de la tradición y la ruptura 81
* Discurso de posesión como miembro Correspon- diente de la Academia Colombiana de la Lengua.
Bogotá, 21 de noviembre de 2016.
Español, lengua mía*
E
spañol, amantísima lengua que hablo desde niño y que hablaré cuando esté mu- riendo. Morada que he utilizado para for- marme y deformarme. Para protegerme y arriesgarme. Para comprender la orfandad y la insignificancia. Consolación y loa de mi cuerpo. Garita de mi rebeldía. Recinto de mi honra y rampa de todas mis indignaciones.Español, lengua en la que creo que soy y sue- ño lo que soy y anhelo lo que tal vez nunca sea. Estoy aquí para celebrar tu elongación de tantos siglos. Ese camino, a la vez mag-
nífico y tortuoso, prestigioso y sórdido, que va desde una noticia de kesos de un monje anónimo en León hasta las elucubraciones complejas sobre libros de un poeta de Buenos Aires. Estoy aquí para festejar tu existencia que me da cobijo, me arrulla y también me sobrecoge. Estoy en esta sala académica, que ha decidido recibirme en su seno, para decir- te el amor que te tengo y agradecerte el valor que me das para enfrentar la degradación y la muerte. Esa dosis de esperanza que signi- fica saberme parte de un todo. Grano de are- na de una inmensa playa que recorro y que, apoyado en ti, intento descifrar.
Español, lengua mía, cuántas cosas esenciales has nombrado. El barro, el aire, la sangre. El agua, el fuego, la luz. Lengua génesis. Lengua matriz. Lengua padre y ma- dre. Lengua en la que, como decía un poeta de México, falo es el pensar y vulva la pa- labra. La procreación que de ti surge, como manantial y desembocadura, la he hallado en tus palabras. Selva, mar, montaña, can- to, humanidad que hormiguea en la Tierra
y desentraña los enigmas y conoce las ver- dades a través de ti. Humanidad opresa y liberada, en este tránsito de la vida que es la fusión del dolor del mundo y la epifanía de sus gozos.
Español, lengua del amor y el deseo. Cómo no mencionar el cuerpo en esta gratitud mía.
Tú que eres signo en la piedra, en el papel y en la pantalla. Que eres hálito inspirado y expirado en mi boca. Tan intangible e inasi- ble sirves, sin embargo, para materializarme.
Para hacerme conciencia plena y fugaz del cuerpo. Porque todo en ti es brevedad, pese a tu aspiración por la permanencia. Vastedad que se cree sin término cuando conoces el cuerpo enamorado. Ese cuerpo divino que se torna noche oscura y dichosa en los versos de un poeta de Ávila. Y que también alcan- zas, para tocarlo y definirlo, al cuerpo con- tingente, extasiado en medio de su prisión de líquidos y humores. Delicia del sentir convertida en palabra dicha, escrita y leída.
Para que luego, poderosa y evanescente, nos invada la tristeza de la saciedad.
Español, lengua niebla y lengua luz. Len- gua fraternal y justa, pero también cruel y discriminadora. Tu rostro es múltiple como lo es el tiempo. Eres Bella como un primer amanecer y terrible como un exterminio. En- tonces cómo no saberte bosque, florecimien- to de los ramajes que te contienen. Albricias de los vientos fecundos y proliferación cons- tante de las savias. Y cómo no saberte tam- bién la imagen del abismo cuando yo mismo soy el abismo, y la bruma sin fondo de su reflejo. Cuando yo, extraviado en el cosmos, ajeno a la confianza de los dioses, aplastado por la intemperancia de los hombres, me he preguntado, siempre hundido en ti, aferrado a esa superficie tuya circundada de barran- cos, quién soy y cuáles son mis rumbos.
Porque en ti, estremecido por tus itinera- rios, y disparado hacia las otras lenguas, he saboreado la extraña claridad de una verdad que es menester reconocer aquí, en esta ve- nerable sala. Esa que consiste en creer que un hombre es, de principio a fin, todos los hombres. Oh, lengua entrañable, torrente
despedazado y a la vez masa indestructible.
Magma quemador y agua fresca, el universo en su doble esencia de concentración y di- latación, se devela a cada instante a través de tus sonidos. Estallido atroz y prodigioso en el que el mal y el bien danzan en nuestra sangre, en nuestro pensamiento, en nuestro sueño más oculto.
Yo vengo de ti. Soy hijo tuyo sabiendo que en mí te vuelves mi heredera. Soy par- te de esa historia cuyas orillas siempre han sido el orgullo y la deshonra, la belleza y la fealdad, el heroísmo y la picardía, el amor y el odio de tantas generaciones que han atra- vesado esta ilusión del tiempo que todavía nos sostiene. Historia iniciada, acaso, en al- guna aldea castellana. En una confluencia de pastores rústicos y clérigos letrados. En misiones comerciales, legales y militares que organizaron un reino que apenas daba sus primeros pasos. Pero antes de aquella peri- feria medieval, anclada en el cristianismo y rodeada de islamismo, judaísmo y paganis- mo por todas partes, hubo un núcleo agitado
de idas y regresos, de éxodos y aventuras, de batallas y conciliaciones. Cuántos romanos, cuántos godos, cuántos visigodos, cuántos celtas, cuántos ibéricos, cuántos árabes, cuántos bereberes y occitanos se encontra- ron para crear esta lengua que, a través de meandros prolíficos, ha llegado hasta mí. Es- pañol, cómo me conmueves en tu incesante vaivén de muertes y nacimientos.
Surgiste, déjame suponerlo, de una de esas torres habladoras donde el desconcierto y la revelación se confabularon. Brotaste de algún nivel de muros inextricables y, como las otras lenguas, tu raíz fue la fragmenta- ción y el barullo. Uno de esos hombres del principio, creado por la historia y la imagi- nación, define tu origen marginal e incom- prensible. Ese hombre fue producto de un incesto de hermanos, idiotizado por la he- rencia y el pecado. Deambuló por diferentes monasterios. Creció en ellos y aprendió en sus recintos las lenguas que la decadencia del latín regurgitaba por Europa. Ese monje terminó hablando una lengua que era todas
y ninguna. Y esa manera suya de expresarse es paradigmática. Porque niega la pureza de la lengua. Ninguna lengua, en realidad, lo es.
Y tú, español, tampoco eres puro. Ni lo has sido ni podrás serlo jamás. Porque el impulso de tus movimientos, siempre palpitante, es la mezcla, la interminable variabilidad.
Pero en tu mismo ser habita la paradoja.
Te levantaste, a través de un entramado de familias ilustres, de una religión monoteís- ta que te protegió, de estudiosos solitarios, de gramáticos minuciosos y exorbitantes, de iluminados y sombríos escritores y de un fervoroso grupo de pedagogos que han viaja- do por la Tierra. Todos ellos trataron de de- mostrar que debes ser preclara y homogénea.
Que lo tuyo ha de buscar la simplificación de la norma y la elocuencia del buen hablar y la perfección del buen escribir. Porque tú eres también la lengua de la legislación, de la administración y de la educación. Y tu propósito, a través de los diccionarios, las or- tografías y las gramáticas, ha sido velar por una cierta limpieza y una cierta corrección.
Pero cómo olvidar que la humanidad juega contigo. Que te tuerce el cuello solemne a cada instante. Que va y viene una y otra vez en una fresca insolencia, y se acoge cotidia- namente al bullicio y hace que tu fuente se rebose en un delta de muchísimos brazos.
Mientras por un lado, te sientes honorable en la necesidad de mantener tu morada en orden y equilibrio. Por el otro, está esa faceta tuya que se mueve y brinca y busca el aire y se sacude en medio de una espiral maravi- llosa, casi infinita de palabras y expresiones.
Porque esa es tu condición ineludible: desde los días en que todo pasaba no más allá de los linderos de Castilla y unos cuantos miles te hablaban, hasta hoy en que millones de humanos desparramados por el orbe lo si- guen haciendo a su manera, tú estás forjado, español, en la diversidad, y en ello reside tu patrimonio vitalísimo.
Y entonces llegaste a América. Tú, que fuiste nimia ante el esplendor de lenguas más remotas, enfrentaste una nueva etapa.
Te tocó el turno, como antes al persa, al grie-
go, al latín, al árabe, de ataviarte de lengua imperial. Te creíste la enviada de Dios y la civilización. La emisaria de la verdad y la ra- zón. Llegaste a estas tierras nuevas susten- tada en un grupo de prosapias dignas. Había quedado atrás tu raíz campesina y te volvis- te insigne. Y tu voz fue retórica, impositiva, castigadora. Tus representantes se macula- ron de sangre y se agigantaron de honor en sus conquistas y tú les ayudaste a limpiar y a enaltecer sus hazañas bélicas. ¿Qué pudimos entender por esos días de gloria embriagado- ra, de invasiones y enriquecimientos viles?
Supimos, y no cupo duda, que todo imperio y todo trono debe sentarse en la silla podero- sa de una lengua. Y tú, español, lengua mía, lo fuiste con terrible holgura.
Pasaste, arrasadora, por estos lares ameri- canos. Al lado de la cruz y la espada tu pre- sencia se hizo tan imponente como abruma- dora. Hubo en ti una pretensión de ubicui- dad. Como si el sueño de ese sabio monarca de España, de convertirte en la lengua de la cultura y de la ciencia, se hubiera explaya-
do hasta lo inverosímil. Las otras lenguas, habladas por los indios nativos y los negros provenientes de África, fueron prohibidas, ignoradas, muchas de ellas aniquiladas. Y el desprecio y el olvido cayeron sobre casi to- das como una afrenta. Y tú nos enseñaste, durante siglos, que esas lenguas no eran ta- les, sino hablas sin importancia, frágiles ex- presiones de la barbarie, dialectos que con- ducían al salvajismo y la sandez. Toda una hermosa y original e inteligentísima expre- sión de la multiplicidad del mundo desapa- reció por culpa de tu prepotencia.
Una parte de ti, empero, se acercó, res- petuosa y conmovida, a las lenguas ameri- canas y africanas. A través de un manojo de monjes curiosos y de otros tantos aventure- ros de la conquista, la colonia y la repúbli- ca, permitiste que esos otros te estrecharan en sus brazos, te besaran en sus labios y se fundieran en tu espíritu. Como si nos dije- ras que hay algo primordial, de tu condición, que está impregnado por esos seres diferen- tes que también eres tú. Que te preocupan,
sin duda, los destinos opuestos y los propó- sitos insólitos. Que es menester salir de la circunstancia angosta que significa hablar una sola lengua y dejar que las brisas de las otras manifiesten su frescura extraña. Que hay algo supremo en todo aprendizaje que reside en el encuentro con el otro, en su real conocimiento, y en el respeto admirado de su diferencia milagrosa.
Y fue por esos días que surgió otro mon- je. Se le pidió que recopilara las creencias de esas tribus indígenas que iban desapare- ciendo vertiginosamente de las Antillas por el brutal contacto con los emisarios de tu lengua. Ese monje se hundió, emocionado y humilde, en esos universos oscuros y al mis- mo tiempo prístinos. Y escribió un recuento que es el trasunto alucinante de las mezclas lingüísticas americanas que han marcado tu destino. Ahora bien, con ese oficiante de la religión y con otros similares a él, ¿podría afirmarse que abriste tu albergue al pensa- miento y la palabra de los otros? Algunos dicen que sí con satisfacción consoladora.
Otros argumentan, sin embargo, que no ha sido suficiente con esas presencias insulares.
Y que el daño, provocado por tu desdén, no podrá resarcirse.
Con todo, tú eres un río colosal. Impa- rable y turbulento. Atribulado de rumores y gritos. Recogido en las oraciones más pri- vadas y fraternal en las exclamaciones más regocijantes. Y vas recibiendo, aquí y allá, lo que tus afluentes te entregan. Cómo no celebrar ahora esa fuerza tuya, esa intimi- dad tuya, esos abrazos tuyos. Y de cuántas maneras yo quisiera hacerlo. Ahora, en este día en que me honras, a pesar de mis recla- mos, como un cultor de tu palabra. Tú eres, español mío, mi soporte y mi arma. La úni- ca patria que intento mantener indemne en medio del engaño y la manipulación. En ti, o a través de ti, o sostenido en ti, he aprendido a abstenerme. Tú eres mi más visible fortale- za, mi aposento más secreto, mi más querida manera de resistir. No creo que lo haya lo- grado enteramente porque más que un hom- bre a secas soy un hombre seco y siempre me
acosa la fragilidad y la impotencia. Pero he tratado de ser limpio en medio de la cruel- dad y la grosería. He procurado, hasta donde me ha sido posible, que eso tan esencial que habita en tu espacio y en el cual yo me gua- rezco, no sea instrumento de los guerreros.
Contigo he sabido la exuberancia de la vida y su esplendor abigarrado. Aquí, el humor, la ironía, el sarcasmo. Allá, la voz exquisita y desbordante del goce sensorial. Aquí, la in- teligencia calculada de ciertas abstracciones.
Allá, la oscura y asfixiante relación del mie- do y la locura. Pero ahora, que termino este modesto homenaje, quiero confesarte cuál es mi deseo. Acaso también sea el tuyo. Qui- siera callar. Para oír y nombrar el silencio.
Colombia: albergue horadado*
E
l mundo en que vivimos nos remite a la noción de infierno. José Donoso, que se apo- ya en Christopher Marlowe, nos lo recuerda en el inicio de El lugar sin límites. Habitamos unas coordenadas debajo del cielo y en ellas somos torturados con frecuencia. Por los* Discurso leído en Santiago de Chile, el 9 de no- viembre de 2016, en la ceremonia de entrega del Premio Iberoamericano de Letras José Donoso, otorgado por la Universidad de Talca. Los jurados de esta edición fueron: Diana Klinger (Universi- dad Federal Fluminense de Brasil), Mónica Ma- rinone (Universidad Nacional de Mar del Plata, Argentina), Rory O’Bryen (Universidad de Cam- bridge, Reino Unido), Raquel Arias (Universidad Autónoma de Madrid) y Horst Nitschack (Uni- versidad de Chile).
otros, por ese complejísimo mecanismo que hemos inventado y al que llamamos socie- dad y por nosotros mismos. De hecho, creo que si hay un escritor de nuestra lengua que trazó una obra siguiendo la consigna de que edificamos sin descanso un universo morti- ficante es José Donoso. Roberto Bolaño, tan certero, se refiere a ese universo como un cuarto oscuro donde pelean bestias.
Me apoyo pues en José Donoso, ahora que el premio de las letras que lleva su nom- bre ha valorado mi obra, para compartirles algunas reflexiones. Y trataré de hacerlo desde esa condición particular que signifi- ca ser actualmente un escritor colombiano.
Seré directo y quizás incómodo. Alguna vez Borges dijo que ser colombiano significa un acto de fe. Pero de aquellos días de “Ulrica”, su hermoso cuento que alude a Colombia, a los nuestros, muchísimas aguas han corrido bajo los puentes. Y los pilares de estos están carcomidos y aquellas increíblemente ensan- grentadas. De tal manera que yo diría que ser colombiano es, más bien, portar sobre los hombros el peso de múltiples ignominias.
Cuando he escrito sobre mi país, lo he hecho bajo esta certidumbre. No es fácil ha- cerlo. Pero quién ha dicho, por un lado, que escribir, desde Homero hasta Gabriel García Márquez, desde Grecia hasta Colombia, es un acto nimbado por la facilidad. Y quién ha afirmado, por el otro, que ser parte de un país tan convulso significa una bendición o poseer en el pecho aquel pueril sentimiento de orgullo nacionalista. Quisiera decirles que Colombia, a pesar de sus paisajes majestuo- sos y pródigos y sus gentes alegres, hospita- larias e imaginativas –paisajes, hay que acla- rarlo, cada vez más arrasados por la voraz acción de las multinacionales de la minería y gentes cada vez más manipuladas por sus dirigentes políticos y religiosos–, es como ese cuarto oscuro al que se refiere Roberto Bola- ño. O esa gran “casa insondable”, similar a la que ausculta, meticuloso y delirante, José Donoso en El obsceno pájaro de la noche.
Por supuesto, sé que un país como Co- lombia es muchos países. Pero uno de ellos me parece inobjetable: es un espacio lleno
de espectros, de torturados, asesinados y desaparecidos. No ignoro que para muchos, sin embargo, ese espacio representa la es- pecial morada, el refugio único, el albergue distinguido que les ha permitido residir en la Tierra. Reconociendo lo que sienten unos y otros, me atrevo a decir que Colombia es una morada con grietas vergonzosas. Me dirán que todos los países, las naciones, los imperios lo han sido a lo largo de los siglos.
Pero esta circunstancia jamás debería impo- nérsenos como una excusa para dejar pasar de largo la situación aterradora que ha carac- terizado a mi país. Y la pregunta que termi- namos por hacernos los escritores que, como dice Borges, en un acto de fe nos llamamos colombianos, es esta: ¿para qué sirve escribir en medio de ese albergue horadado? O esta otra: ¿qué puede hacer hoy un escritor cuyas raíces se hunden en una tierra tan aporreada por la insensatez humana? Por supuesto, no pretendo proponer sendas únicas en un pa- norama, como el de la literatura, en que de- ben predominar las vías diversas; ni ponerme
como paradigma ante coyunturas que urgen, justamente, de muchos paradigmas. Pero lo que sí sé, lo que he comprobado a lo largo de estos años en que he ido escribiendo mi obra, es que la palabra es tan fundamental como necesaria en medio de la calamidad y el in- fortunio. La palabra del cuento, del ensayo, de la novela, de la pieza de teatro, de la cró- nica, de la palabra escrita y oral, en fin, esa palabra poética que las comprende a todas.
Y estoy convencido de que al ser portadores de ella, hacemos lo que hace Sísifo con su piedra: enfrentar, en medio de la condena y la esperanza, la iniquidad y el horror.
Porque, créanme, ser colombiano es estar implicado, aunque debería decir desorienta- do, en esas coordenadas. Sé que estas pala- bras (iniquidad, horror, mal) levantarán re- proches aquí y allá. Vivo en un país donde muchos se mienten a sí mismos. Un país en el que una parte de sus habitantes no quie- re mirarse en el espejo tallado por nuestras innúmeras degradaciones. Negarse a reco- nocer como propia la imagen turbia que le
reflejan los espejos, demuestra que somos un país anómalo. Tal vez no debería hacerlo.
No debería macular este recinto honorable de las letras con eventos y cifras que definen el tamaño de nuestra condición. Pero debo justificar la certidumbre que poseo como es- critor: soy parte de un país fallido y cruel.
Fallido porque la mayor parte de sus habi- tantes no ha apurado su breve tiempo con dignidad. Y cruel porque hemos ultrajado al otro a través de prácticas sistemáticas que, cuando las conocemos, actúan como un aba- nico sombrío que, en vez de prodigar el aire vivificante de que urgimos, lo reduce hasta asfixiarnos.
Colombia, desde que existe como repú- blica, no ha cesado de hacerse la guerra a sí misma. Agresivas guerras de independencia y caóticas guerras civiles durante el siglo xix. Uno de esos períodos, incluso, lo hemos lla- mado “Patria boba” como para decirnos, en un instante de sarcástica claridad, que nues- tra historia libertaria está anclada en la es- tupidez. Luego sucedió la Guerra de los Mil
Días, una nueva e inútil conflagración en la que hubo más de cien mil muertos y que dejó un panorama aciago de dos bandos, los hu- millados y los humilladores, que habrían de odiarse con un fervor especial. Nuestro siglo
xx empezó con esta herida formidable que se enlaza con la que tenemos ahora, igual- mente descomunal. Después hubo otro pe- ríodo denominado Violencia partidista que comprendió los años 40 y 50 y dejó un sal- do de trescientos mil muertos, según unos, o de quinientos mil, según otros. Allí se en- frentaron con una brutalidad devastadora los partidos tradicionales colombianos de entonces, que son más o menos los mismos de ahora aunque tengan otros nombres, los conservadores y los liberales. Y luego vino una repartición del poder entre esos mismos partidos viciados, y se creó una suerte de monstruo, aparentemente civilista y demo- crático, llamado Frente Nacional. Para unos este Frente, que gobernó al país entre 1958 y 1974, logró cesar la horrible noche de la vio- lencia partidista y frenar la otra que signifi-
ca toda dictadura militar. Pero si hizo esto, también abrió irresponsablemente la caja de Pandora para que sobre Colombia cayeran, como hienas hambrientas, los ejércitos esta- tales, los ejércitos guerrilleros comunistas, los ejércitos paramilitares anticomunistas y los ejércitos del narcotráfico. Y de nuevo, esas guerras nefastas, que son el mejor indi- cio para definir nuestra democracia maltre- cha, habrían de defecar sus muertos. Dicen los que trabajan sobre esas cifras mortuorias que en este último período se han producido otros doscientos cincuenta mil asesinatos.
Pero es en los últimos treinta años de la historia colombiana que han ocurrido los ex- terminios más dolorosos. Exterminios que bastarían para ponernos en el pináculo de la deshonra universal. Y si me atrevo a men- cionarlos aquí, no lo hago para empantanar una alta ceremonia de la cultura, o por placer sadomasoquista, o por mero ensañamiento contra ese país que me marca idiosincrática- mente ante el mundo, al modo de los hijos indignados que señalan a sus progenitores
como los culpables de su padecimiento. Lo hago, repito, porque así es como entiendo el papel que la literatura y los escritores deben asumir frente a sus pútridas patrias, para utilizar la expresión de W. Georg Sebald. En los años ochenta, las instituciones militares del Estado, en colaboración con terratenien- tes, empresarios y escuadrones de la muer- te, eliminaron aproximadamente a cinco mil miembros de un partido de oposición de izquierda llamado Unión Patriótica. En la primera década del siglo xxi nos enteramos, abrumados, de una operación llamada Fal- sos Positivos. Ella consistió en mostrar, en el contexto de una temible política de seguri- dad democrática, como trofeos de guerra, los cuerpos de inocentes que el ejército colom- biano hizo pasar por guerrilleros caídos en combate. Cerca de cinco mil jóvenes desavi- sados, muchos de ellos con retrasos menta- les. Muchachos desamparados, provenientes de barrios pobres, que fueron aplastados en el cuarto oscuro de Colombia por las bestias del militarismo y por esas otras bestias, ata-
viadas de saco y corbata, que hoy siguen go- bernando. Y para completar esta cartografía del equívoco social, mi país se lleva el honor de tener en su seno la mayor cantidad de desplazados en el mundo. La cifra de casi siete millones de campesinos, indígenas y afrodescendientes que han abandonado sus tierras acosados por la guerra y el miedo y que malviven en su “propia” Colombia, uni- da a la de los seis millones de exiliados que viven en regiones extranjeras, es suficiente para enmudecernos. Y eso que aún no co- nocemos el número de los desaparecidos que han dejado estos últimos tiempos y sus nombres y sus vidas ultimadas siguen des- orientados en el limbo de nuestra perversa desidia. Pero lo más deplorable es que, en- terada de estas circunstancias, nuestra cla- se política no asume las responsabilidades debidas, sino que, por sus maquinaciones económicas, se cubre de pies a cabeza, rea- lizando una coreografía irrisoria que parece no terminar nunca, con la baba repugnante de la corrupción.
Ante un paisaje así, que abochorna no solo la condición de los colombianos sino la de la humanidad, muchos se enorgullecen de la estabilidad de nuestra democracia y de sus bondades financieras en un continente, como el latinoamericano, azotado por las dictaduras militares y las bancarrotas de sus gobiernos civiles. Empero, esos son lenitivos engañosos que intentan soliviantar en vano la dolencia de una geografía vapuleada por el mal. ¿Qué tipo de respetabilidad y de cre- dibilidad puede tener una democracia, como la colombiana, que ha estado sostenida por sus diferentes ejércitos aniquiladores y cuya impronta está signada por tan inmensa can- tidad de víctimas?
Pero las cifras que he dicho corren el riesgo de volverse obscenas si no materializamos, en nuestra frágil conciencia, a los innumera- bles asesinados, torturados y desaparecidos cuyos victimarios, es necesario manifestarlo, no han sido castigados. Porque “obscenidad”
es el término al que acudo cuando sabemos que más del 95% de estos asesinatos sigue en
la impunidad. De este tipo es pues, aprecia- do auditorio, la infamia que nos llega hasta las sienes. Una de las formas en que Albert Camus aconsejaba comprender la magnitud de la muerte de los otros, es la de alinear a esas personas a lo largo de una playa, e ir- les dando, al uno y al otro, así sean miles y miles, una mirada de reconocimiento. Re- conocimiento que llegará como un alivio a las familias y seres queridos de quienes han sido golpeados por la sevicia. Estoy seguro de que la escritura literaria es como esa inmen- sa playa llena de una humanidad denigrada y, al mismo tiempo, estremecida por una re- cordación reparadora. Los escritores colom- bianos, desde las líricas protestas elevadas en la selva hasta las injurias frenéticas lanzadas en la urbe, desde la indagación fiel del pa- sado hasta la carnavalesca distorsión de ese mismo ayer, desde el amargo testimonio fa- miliar hasta la lúcida reflexión ensayística, hemos hecho, y seguiremos empeñados en hacerlo, cada uno a su modo, esa dificilísima tarea. La literatura colombiana ha realizado
una labor ejemplar de resistencia que, a mi juicio, ha sido dual. Por un lado, ha dicho ante el olvido que nos puede devorar, que en Colombia sí ha pasado algo y que ese algo es pavoroso, como nos lo recuerda el episodio de Cien años de soledad sobre la masacre de las bananeras. Y, por el otro, que hay una litera- tura que, al traducirse unas veces en textos de altos valores estéticos, y otras en simple y llana denuncia, cuestiona hasta desmontarlo el erróneo orden de cosas que hemos llama- do nación colombiana.
Como ustedes han comprendido, me he referido varias veces al mal. Y se sabe, como lo explica Rüdiger Safranski, que no es ne- cesario acudir al diablo para entender su esencia. El mal del cual he estado hablando, como ha sucedido en la historia intrincada de las civilizaciones, tiene que ver con el dra- ma de la libertad humana. Y este drama, al banalizarse, al cubrirse con las capas del des- dén y la desmemoria, está convirtiéndose, a cada instante en Colombia, en una tragedia y en un crimen. Por ello mismo es que, en
tales coordenadas del agravio y la ineptitud, es importante que nosotros, los escritores, aparezcamos.
Quisiera, por último, agradecer de todo corazón al respetable jurado que escogió mi obra y a la Universidad de Talca esta hon- rosa distinción que me otorga. Y pedirles que creamos en la divisa de José Donoso.
Él, que combatió encarnizadamente los fan- tasmas de su personalidad y de su sociedad, creía que escribir era una manera de salvar al mundo. Yo quisiera solicitarles, en nombre de su memoria, que creamos una vez más en el poder de la palabra. Ante el mundo que, cotidianamente, es agraviado por las bestias del mal, protejamos y reparemos con el fir- me consuelo de la palabra.
¿Para qué la literatura?*
L
a pregunta por la literatura en tiempos convulsos se ha formulado varias veces a lo largo de la historia de la cultura. La pregunta es inherente a las épocas en que han surgido las grandes creaciones literarias. Desde esta perspectiva, si miramos la tragedia griega, la poesía y la epístola latinas, las novelas de ca- ballería, el ensayo renacentista, el teatro ba- rroco y la novela moderna que se desprende de él, la poesía romántica y la narrativa bur- guesa realista, nos daremos cuenta de que* Texto leído en la celebración del décimo aniver- sario del Programa de Literatura Virtual en la Universidad Autónoma de Bucaramanga, el 16 de mayo de 2016.
la escritura se ha relacionado siempre con los conflictos, sea de avance o de retroceso, de las sociedades humanas. Desde la Revo- lución francesa y las guerras napoleónicas hasta nuestros días, período brutal como el que más, época de una gran violencia ejerci- da por el hombre sobre el hombre mismo y el planeta, hemos visto cómo el abrazo entre arte y crisis muestra un horizonte tan rico y complejo como feroz y apocalíptico. No re- conocer esta faceta destructiva es necedad.
Y también lo es ampararnos en aquello de que hoy tenemos derechos humanos, vacu- nas y seguridad social, o de que podemos viajar con mayor comodidad y rapidez de un continente a otro, o de que sabemos lo que pasa inmediatamente en el vasto mun- do de las naciones, o de que la situación de las mujeres y las minorías ha mejorado os- tensiblemente, o de que nos rigen no déspo- tas temibles como antes sino demócratas fi- lantrópicos, para concluir, al modo de aquel célebre maestro de Cándido, que vivimos el mejor de los mundos posibles. Bastan unos
cuantos paradigmas para demostrar que nuestra modernidad, de la que se jactan al- gunos optimistas incurables, es uno de los más cabales trasuntos del equívoco y del es- panto: dos guerras mundiales, terminada la segunda de ellas con la manifestación de los campos de concentración y las bombas ató- micas; una guerra fría que armó hasta lo in- verosímil a las potencias del capitalismo y el comunismo con misiles nucleares capaces de destruir la vida en el planeta; un montón de guerras sangrientas por confusos intereses de liberación nacional; los grandes genoci- dios ocurridos en África, Asia y América por razones políticas, económicas y religiosas; la creación de las multinacionales de la alimen- tación masiva con la que se ha sistematiza- do la tortura y el asesinato de millones de animales; el formidable y degradante creci- miento de una sociedad de consumo que en vez de educar embrutece; el terrorismo que fornica impúdicamente con los paraísos fis- cales, la corrupción de quienes nos gobier- nan y el negocio universal del narcotráfico;
y como consecuencia de todo esto, la herida que le hemos ocasionado a los ecosistemas del agua, la tierra y el aire, situación de la cual quién sabe si podremos salir avante como especie.
Este abrazo entre literatura y crisis es tan evidente que me atrevería a decir que se ejerce la literatura porque, al hacerlo, somos conscientes de que ella nos permite com- prender mejor los núcleos fundamentales de nuestra existencia. Estos últimos, o al menos los que más me interesan en tanto que escri- tor, están atravesados por una cierta perma- nencia del mal. De ese mal que consiste en provocarle al otro dolor y sufrimiento. Aun- que sé que hay una literatura que propende por la luz y se inclina por la creencia en la vida y en las virtudes de todo tipo que po- see la criatura humana, son esos otros itine- rarios, aquellos que nos revelan los hondos desgarramientos humanos, los que conmue- ven con mayor fuerza. Porque esa literatu- ra virtuosa que se apoya en la psicología de autoayuda o en las dádivas que prometen
los populismos religiosos o políticos, o en las convicciones personales de quienes creen que lo digno de narrar es la felicidad, es por lo general una literatura tediosa y de calidad endeble. No digo nada nuevo cuando afirmo entonces que la buena literatura siempre se ha escrito en tiempos sombríos. Porque así el exterior no lo sea, y se conviva en medio de la tolerancia y el respeto y la comodidad ma- terial no sea la gran preocupación de todos los días, el hombre es un singular campo de batalla donde se debaten fuerzas contrarias.
Esta correspondencia entre creación y agitación social o individual, que hunde sus raíces en tiempos remotos, me permite es- tablecer una primera consideración. La fun- ción de la literatura es reveladora y, en esta dirección, educativa en el sentido más pro- fundo. En sus dominios, lo que terminamos haciendo es penetrar en el meollo mismo del hombre, en sus fantasmas más lóbregos y en sus fantasías más espléndidas. La literatura –sus obras más intensas, las más perdura- bles– ayuda a tener un mejor conocimiento
de nosotros mismos. Harold Bloom se pre- gunta por qué leer y su respuesta me parece ejemplar: leemos porque de alguna manera u otra queremos desarrollar en nosotros una personalidad autónoma. Pero alcanzar este nivel de autonomía no es fácil. Ni para el lector ni para el escritor. Es indispensable, en primer lugar, que ambos se adentren en zonas desconocidas y temerarias. Las divi- sas frente a los modos de descubrir esas re- giones ignotas son varias pero todas, más o menos, apuntan a algo parecido. Recuerdo una caricatura que vi cuando era adolescen- te en una revista dedicada a Dostoievski. El dibujo mostraba al escritor con un fósforo prendido frente a un enorme túnel en cuya entrada había una flecha y un cartel que de- cía: al inconsciente. Esa cerilla es muy simi- lar a la que Faulkner se refería cuando creía que los escritores lo que hacen con sus libros es encender un fósforo diminuto en medio de la rotunda oscuridad que nos rodea. Rim- baud, en su “Carta al Vidente”, lo formula quizás con más arrojo: para ir al encuentro
de lo desconocido es menester desarreglar los sentidos. Y el poeta sabe que el camino es tortuoso, plagado de consternaciones y que es necesaria una especial ecuanimidad. Ro- berto Bolaño pensaba, por su parte, que para escribir bien había que “meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío”. Así podríamos detenernos en otras aseveraciones de este talante. Hermann Broch diciéndonos que es inmoral aquella literatura (él hablaba especí- ficamente de la novela) que no descubre al- gún terreno de la existencia hasta entonces desconocido. Y sabemos que cuando aparece ante nosotros esa gran literatura moral en- tonces, como decía Kafka, se convierte en un hacha que rompe el mar helado que hay dentro de nosotros.
Esta función reveladora de la literatura ha sido tanto más significativa para mí cuanto que ella se enlaza con algunos aspectos que quisiera presentarles ahora. Por un lado está la esencia consoladora que otorgan los libros y el ejercicio de la escritura. En realidad, pienso que la literatura, así como el arte y la
filosofía, son espacios que brindan consue- lo. Y creo que la ampliación de los campos del conocimiento va muy de la mano de esta acción lenitiva. Tal premisa tiene una raíz, podría concluirse, en el cristianismo, o en los textos cimeros del estoicismo griego y roma- no. Y en efecto, o al menos en lo que tiene que ver con mi historia personal, yo aprendí a entender este efecto consolador cuando, en medio de una adolescencia atormentada, siendo miembro de una familia excesiva- mente católica, leí la Biblia y, más particu- larmente, los libros sapienciales del Antiguo Testamento. Estaba arrasado por la confu- sión y la angustia, consciente por primera vez de mi fragilidad física y mental, cuando leí el Eclesiastés, los Salmos y los Proverbios.
En ellos, lo confieso, encontré esos primeros indicios vivificantes. Más tarde sentí algo similar con textos que son propiamente li- terarios. El gran impacto que me ocasiona- ron, en esos mismos años, el conocimiento de Dostoievski y Tolstoi va, justamente, en esa dirección. La obra de esos dos rusos era
al mismo tiempo una inmersión en el dolor y la angustia del ser, en la efervescencia de una sociedad sacudida por la opresión y la miseria; pero también actuaron en mí como bálsamos raros. Al leer Crimen y castigo y La muerte de Iván Ilich, la impresión que tuve era que sus personajes y, por lo tanto, sus auto- res, habían padecido más que yo, pobre mu- chacho colombiano que trataba de encontrar su vocación artística en un ambiente que se resistía a ello. Con el tiempo, esta consola- ción he podido entenderla de un modo más amplio. En el discurso que escribí para reci- bir el premio Rómulo Gallegos dado a una novela que trata sobre el padecimiento de las guerras y el aprendizaje del arte pictórico, hablo de ese desamparo que acompaña al ser humano desde que nace hasta que muere.
A esta labilidad del cuerpo y del espíritu la complementan, por su parte, las vicisitudes propias de cada época histórica. La primera orfandad tiene que ver con nuestra condi- ción de ser organismos corruptibles, morta- les y efímeros. La segunda está relacionada
con las congojas que el hombre ha provoca- do al edificar sus sociedades desequilibradas.
Pues bien, ante este panorama particular soy de esos escritores que creen que la literatura actúa como un escudo, como una muralla, como una fortaleza. Hay una antigua leyen- da griega que cuenta cómo el rey Midas per- sigue incansablemente al viejo Sileno. Sileno es un compañero de Dioniso y, a su modo, es un sabio y un demonio. Midas es, por su parte, uno de esos personajes que quiere preguntar cosas no indebidas pero sí compli- cadas. Y Sileno lo sabe y por tal razón no quiere encontrarse con el rey. Pero los reyes, y sobre todo los griegos, siempre terminan logrando sus objetivos para el bien de nues- tra formación. La pregunta de Midas es la siguiente: ¿qué cosa debe preferir el hombre por encima de todas las demás? Sileno en- tonces lo mira, con sus ojos maliciosos, y le suelta la respuesta: “Raza fugaz y miserable, hija del azar y del dolor, ¿por qué me fuerzas a revelarte lo que más te valiera no conocer?
Lo que debes preferir a todo es, para ti, lo
imposible: es no haber nacido, no ser, ser la nada. Pero después de esto, lo mejor que pue- des desear es morir pronto”. Sin embargo, la vida nos demuestra a cada instante que nacemos, que somos y que no queremos ser nada ni morir tan ligero. Justamente, una de las formas de enfrentar las duras palabras de Sileno es apoyarnos en la literatura. Ella, esa circunstancia que consiste simplemente en leer y escribir, ayuda a enfrentar mejor esa ardua condición que nos modela. Ella es, en cierta medida, nuestro gran consuelo. Posee el poder de darnos fuerzas para sortear nues- tra brevedad, nuestro dolor y nuestro a veces insoportable azar.
He mencionado la Biblia. Y no quisiera dejar pasar por alto esta mención. Y, sobre todo, la certeza que siempre he tenido cuan- do he leído este libro. A pesar de su inevitable y complejísimo contexto religioso, creo que mi fidelidad a la literatura alcanza tales lími- tes que me parece mejor leer la Biblia, el Co- rán o la Torá como obras literarias y no como compendios de dogmas sagrados. Sé que con
esta actitud me separo de esa vieja tradición humanística, muy libresca por cierto, en la que el ejercicio de la memoria y la escritura y la práctica de una cierta moral filosófica están enraizadas en el cristianismo, y entro a ser parte, más bien, de ese lector de hogaño que ya no ejerce el hábito memorioso y sabe que leer es, de alguna manera, una actividad del ocio y de la curiosidad. Incluso los textos filosóficos –de Heráclito, Tales de Mileto, Pi- tágoras, Platón, Agustín, Plotino y otros de épocas posteriores– me han seducido muchí- simo más cuando los confronto desde mis inquietudes literarias. A esta conclusión, por supuesto, no llegué solo. El encuentro con la obra de Borges, a través de los modos en que él enlaza la filosofía, la religión con el cuen- to, el poema y el ensayo, fue crucial. Pero me atrevo a suponer que Borges no hubiera sido tan importante en mi proceso de lector y es- critor, si yo no hubiera leído, cuando era ese niño que desembocaba en la adolescencia, esos grandes libros monoteístas con la per- cepción de que todo aquello era el fruto de
la imaginación humana. Y eso que leí esos libros por primera vez, valga la pena preci- sarlo, en una atmósfera penetrada por el ca- tolicismo extremo de los antioqueños que pensaban entonces, y acaso lo sigan pensan- do así, que la Biblia es el libro verdadero y los otros meras charlatanerías. Este gesto de leer la palabra divina como un texto literario me parece apto para encarar otro de los as- pectos esenciales de la literatura. Mi lectura de la Biblia, ahora lo sé con mayor claridad, era incómoda. Cuando echo una mirada ha- cia atrás, y veo a ese muchacho inclinado so- bre las páginas de la Biblia roja que había en casa, ocupando un altar de la sala que siem- pre estaba alumbrado por un cirio, reconoz- co lo que tal vez sea el origen de mi rebeldía.
Leer el Pentateuco y pensar que todos esos relatos maravillosos y terribles (la creación del mundo en pocos días, un hombre y una mujer hablando con una serpiente, otro que asesina a su hermano y huye y siempre es perseguido por un ojo divino que es como un sol despiadado, una nave inmensa capaz
de guardar el macho y la hembra de todos los animales del mundo, un aguacero que dura unos días y unas noches que son el tiempo más sombrío de todos los tiempos y luego esa torre altísima de la que nacen los múl- tiples idiomas) eran quizás una máscara de Dios, pero representaban para mí el resulta- do de una imaginación tan portentosa que me quitaba el sueño y me dejaba siempre con mi pequeña alma en vilo.
No exagero si digo que de esas lecturas a contracorriente de mi infancia y adoles- cencia a la idea que tendría después sobre la literatura, en tanto que ella para mí es el ám- bito de la rebeldía, no hay mucha distancia.
En este sentido, me siento un discípulo de Voltaire que pensaba, y eso lo demostró con holgura, que se escribía no solo para entrete- ner sino para molestar, para denunciar, para incomodar. Luego esto lo hicieron, a su vez, Víctor Hugo y Émile Zola y André Gide y Albert Camus. Estos escritores entendieron la literatura, es decir la escritura y la lectura, como coyunturas creativas que van necesa-
riamente de la soledad a la solidaridad. De la soledad porque, como lo plantea Sartre, un libro no es más que “la azarosa empresa de un hombre solo”. Y de la solidaridad por- que esa empresa no tendría mayor sentido si no fuese conocida por los otros. En esta perspectiva, de lo que se trata es de desen- mascarar realidades cuya pretensión falaz es decirnos que todo está bien, que no ha pasado nada, cuando lo que las sostiene es la vejación y el engaño. Javier Cercas hace un balance sobre esa relación de la literatura con la sociedad, que podría estar en la base de la pregunta (¿para qué la literatura?) que estimula mis reflexiones. Cercas dice que la misión de la literatura es la de “desautoma- tizar la realidad”. Y esta desautomatización pasa obligatoriamente por aquel concepto del escritor como pirómano y de la literatura como incendio. Esto, por supuesto, nos pone de cara ante la idea de una literatura enten- dida como compromiso. Y quizás esto del fuego de la denuncia podría hacernos pensar en una literatura revolucionaria, en una lite-
ratura comprometida con los cambios socia- les de la modernidad. Hubo un tiempo, el de Sartre y el del enfrentamiento entre capita- lismo y comunismo durante la Guerra Fría, en que esto se entendió casi como un axio- ma. Solo la literatura comprometida es una literatura libre, decía Sartre, como si fuera el verdadero profeta de los tiempos modernos.
En su libro, que en español se titula Qué es la literatura, se plantean esos compromisos que son éticos y morales y que, según el filósofo francés, son los que deben caracterizar una literatura genuina y eternamente compro- metida con la libertad. Aunque interesante y de obligatoria lectura cuando queremos saber qué pasaba con el estatuto ideológico del escritor europeo en los tiempos de la pos- guerra, el libro de Sartre resulta hoy paqui- dérmico, caduco y, sobre todo, atravesado de gran arrogancia intelectual. Sin embargo, con respecto a este tipo de divisas propues- tas por escritores ideólogos, que creían que había que escribir para el proletariado, los tiempos han cambiado. Y el cambio no se
produjo desde un bando opuesto, sino desde el mismo centro del redil comunista. García Márquez, casi veinte años después de las pro- clamas de Sartre, dijo algo que da al traste con la subordinación de la literatura a la po- lítica. García Márquez acababa de terminar Cien años de soledad y le escribió a uno de sus amigos: “Pensando en política, el deber revo- lucionario de un escritor es escribir bien (…) la literatura positiva, el arte comprometido, la novela como fusil para tumbar gobiernos es una especie de aplanadora de tractor que no levanta una pluma a un centímetro del suelo. Y para colmo de vainas, ¡qué vaina!, tampoco tumba ningún gobierno”. Curiosa frase de García Márquez, escrita antes de que él se hubiera convertido en el defensor incondicional de una dictadura comunista como la castrista, y que su misma pluma se hubiera convertido no en un fusil, pero sí en un instrumento para defender un gobierno viciado. Digamos entonces que la literatura comprometida es aquella en la que el autor simplemente se compromete por entero en
la elaboración de su obra. Y Cercas, en un tono que define bastante bien la esencia de nuestras inquietudes a propósito de este tema, concluye que “toda literatura auténti- ca es literatura comprometida, al menos en la medida en que toda literatura auténtica aspira a cambiar el mundo cambiando la per- cepción del mundo del lector, que es la única forma en que la literatura puede cambiar el mundo”.
Otro aspecto que debe sostener el acto literario es la disidencia. Sobre todo en estos tiempos en que el arte y la literatura misma han caído en las redes del espectáculo y la so- ciedad de consumo. Y quizás ese sea uno de los puentes que comunica el credo de Zola con el de García Márquez, o el de Voltaire con Víctor Hugo y Albert Camus. Disiden- cia que va mucho más allá, hasta hundirse en los inicios mismos del debate cuando dos escritores griegos ventilaban el asunto con claridad meridiana. Por un lado, Platón pro- poniendo que el filósofo debía aliarse con el tirano para el bien de la sociedad. Y, por el
otro, Diógenes, rechazando radicalmente cualquier vínculo entre pensamiento y ti- ranía porque él es inevitablemente espurio.
Pero la nuestra, y me permito dar este sal- to de tantos siglos, es una civilización en la que las cosas se han degradado tanto que la confusión, el cansancio y la vileza reinan por todas partes. Theodor Adorno prevenía fren- te a este horizonte corrompido al decir que todo, en el mundo capitalista, es susceptible de convertirse en mercancía. El libro y el au- tor están vinculados, ahora más que nunca, a un gigantesco carrusel de la compraventa.
Incluso, al interior de este horizonte, se pre- sentan circunstancias paradójicas. Escritores como Vargas Llosa, que algún día marcaron derroteros literarios con las grandes novelas de su primer período, criticando la sociedad del espectáculo, y él mismo confabulado con la parte más vulgar y mediática de esa so- ciedad del espectáculo. Las advertencias de Adorno, por supuesto, son más dignas de te- ner en cuenta que la palabrería sospechosa de Vargas Llosa que se ha convertido, ade-
más de figurín de portada de revistas de jet set, en un adalid defensor de las democracias neoliberales y sus líderes turbios. Adorno en su autobiografía tiene entonces la certidum- bre de que el hombre vive en hogares prefa- bricados y dañados. Según el filósofo alemán todo lo que se dice, se piensa o se sueña, y todos los objetos que se logran poseer, son meras mercancías. El lenguaje, igualmente, se ha convertido en un galimatías y todo ha terminado por tener un precio en un mundo que gobiernan fanáticos del odio y del cri- men y payasos de la estupidez. George Stei- ner, a propósito de esta gran crisis, hace un recuento preciso: “La retórica política, la ca- prichosa mendicidad del periodismo y de los medios de comunicación de masas, la jeri- gonza trivializante de los modos del discurso pública y socialmente aprobados, han hecho que casi todos los hombres y mujeres urba- nos modernos digan, oigan o lean una jerga vacía, una locuacidad cancerosa. El lenguaje ha perdido su propia capacidad para la ver- dad, para la honestidad política o personal”.
Ante semejante coyuntura y sus siniestras proyecciones, Adorno considera que el único hogar confiable que puede construir el hom- bre, a pesar de su evidente vulnerabilidad, es la escritura. Así lo creyeron Kafka, Paul Ce- lan, Walter Benjamin y Ossip Mandelstam.
Y leyéndolos a ellos, y teniendo en cuenta los tiempos actuales, sería ingenuo esperar que dentro de la escritura podamos acceder al bienestar. Pretender hacer de la escritura una casa confiable y confortable es válido. Cada escritor hace de ella lo que desee, no faltaba más. Pero para mí esa casa, o esa muralla, o esa fortaleza, o esa atalaya tiene sus particu- laridades. No puedo olvidar, por ejemplo, la observación de Kafka que dice que la escri- tura es una enfermedad atroz, opaca y can- cerosa, no recomendable para las gentes con sentido común. Del mismo modo, creo que la escritura es más bien el aposento que se construye al lado de los barrancos, el refugio que se levanta frente a las tempestades, el surco para el sembradío que se cava en terre- nos erosionados. Y es desde esta condición
que la palabra literaria logra adquirir su espe- cial sabiduría.
Los términos con que me he referido al escritor y a la literatura –crisis, revelación, consuelo, disidencia, sabiduría– harían pen- sar que estoy hablando de una instancia especial. Que hay en todas estas elucubra- ciones una cierta inclinación hacia la idea de que el escritor es un elegido y que, por derivación, la literatura y el arte son las moradas de esa singularidad. Cuando nos enfrentamos a la literatura y tratamos de explicarnos sus fundamentos y su utilidad, siempre tropezamos con el asunto de las técnicas literarias. El cómo se escribe que nos arroja al tema de la tradición literaria y al de su ruptura. Ese saber hacer, basado en la idea de que la literatura es orden y orga- nización, que se abraza, por otra parte, con el para quién se escribe. Las coordenadas intrínsecas del texto cuya comprensión se establece si lo aunamos a la recepción que ese mismo texto tiene en la comunidad de los lectores. Pero por encima de estas rela-
ciones que, como sabemos, suponen el ob- jeto de estudio de las academias literarias, siempre aparece, aunque sea para que lo consideremos con ironía o simplemente lo despreciemos, ese más allá del arte. Ese más allá que se instala, como lo dice Thomas Mann, “por encima de lo esquemático, de lo que se adquiere, de lo tradicional, de lo que uno puede enseñar a otro y del cómo hay que hacerlo”. La idea de sensibilidad privilegiada, de inteligencia soberana, de enfermedad implacable, es decir de lo que se llama incómodamente genialidad, pareciera asomarse aquí. Y siguiendo estos lindes po- dríamos preguntarnos por las condiciones primordiales que necesitaría un escritor. Y así hablar de su capacidad de asombro ante la realidad y al mismo tiempo de su frialdad mantenida a la hora de escribir; del senti- do de la originalidad que lo domina y de la robusta inocencia y la capacidad de trabajo que deben caracterizarlo. En fin, preguntar- nos, pues todavía la pregunta es necesaria de algún modo, si el progreso de una litera-
tura, su avance que muchas veces no es más que un regreso al pasado, se hace gracias a la personalidad del escritor. Personalidad que, como lo señala Mann, “es producto e instrumento de su tiempo y en la cual se conjugan hasta identificarse e intercam- biar sus formas lo subjetivo y lo objetivo”.
Me seduce la idea –siempre me ha parecido así, pese a mis muchas lecturas sociológi- cas de la literatura– que define al escritor como una suerte de demiurgo, es decir, un maestro, un hacedor, un artesano. No es el creador del universo, pero sí un impulsor de una dinámica renovadora que flota entre los hombres. Y no se olvide que el escritor hace libros. Y cada libro, como lo afirma Steiner, es “una apuesta contra el olvido, una postu- ra contra el silencio que solo puede ganarse cuando el libro vuelve a abrirse”.
Con todo, nada sería el escritor sin el lec- tor. ¿De qué sirve el altísimo libro soñado por Mallarmé, o las bibliotecas de pesadilla de Borges si no hay lectores? Por ello mismo, la noción de elegido, que concierne al autor
y su obra, y que puede molestar y hacer son- reír a muchos, depende de esa interlocución que desde un principio propone la práctica de la literatura. La idea de que la literatura es un ménage à trois no me disgusta del todo.
Ella siempre ha sido un juego incesante, de amor y odio, de atracciones y repudios, de inspiración y exhalación, entre el autor, el texto y el lector. Y hoy comprendemos que la historia de la lectura ha evolucionado con base en la importancia concedida a cada uno de estos personajes. Por un tiempo la historia de la literatura, es decir el estudio crítico de su devenir, dependió del autor, después pasó al texto y luego al lector. Sabemos que la no- vela en Occidente inicia con las aventuras del Quijote. De un solo envión, como se dice, Cervantes inauguró el género novelístico y lo llevó a su máxima apoteosis. Y desde un principio comprendimos también (bueno, aunque en realidad eso se logró muchos años después) las dimensiones de ese juego que Cervantes propone con audacia en esas pá- ginas. Por un lado, mostrarnos una primera
parte en que el hidalgo y su escudero se en- frentan a la realidad; y una segunda en que se pone de manifiesto cómo ambos persona- jes se relacionan con la representación que de ellos hacen los textos. Javier Cercas señala que todo esto tiene vital importancia para el desarrollo de la literatura, no solo gracias al autor mismo del Quijote, sino al papel que debe ocupar el desocupado lector hacia el cual va dirigida esta ficción portentosa. “En definitiva –dice Cercas– es el lector, y no sólo el escritor, quien crea el libro”. Y si hay obras maestras, estas, como lo señala Paul Valé- ry, se deben a la calidad del lector. El crítico francés dice algo que todos los lectores, sobre todo aquellos que creemos en la literatura, en su poder de negar el tiempo, o de impug- narlo o de resarcirlo, deberíamos agradecer siempre: “Lector riguroso, con sutileza, con lentitud, con tiempo e ingenuidad armada.
Solo él puede hacer una obra maestra”.
Pero no nos hagamos ilusiones frente a esta bella apología del lector. Nuestro tiem- po, desde este punto de vista, es opaco.
Valéry y Borges fueron el producto de una burguesía culta y enciclopédica que hoy nos parece distante. Vivimos una época en que el silencio ha sido despojado del acto de la lectura para reemplazarse con el intermina- ble aullido de las sirenas. Vivimos un tiem- po vertiginoso en el que la lentitud es vista desdeñosamente por encima de los hombros del computador, la tabla y el celular. Ese lec- tor rumiante, tan pedido por Nietzsche, y que de su mano pregonó Estanislao Zuleta en los medios universitarios colombianos hace unas décadas, es como una antigualla.
Aunque no desconozco que hay exponentes de esa velocidad virtual que están conven- cidos de que es posible escribir una novela a punta de twiters o de wthatsapps. Escri- birla, no lo dudo. Pero que sea memorable, prefiero guardar la reserva. Todo es posible, sin embargo, en el agitadísimo, escandaloso, artificial y frívolo reino de los hombres pos- modernos y sus literaturas. Pero lo que no se puede ignorar es el país en que vivimos. Es difícil pasar por alto los índices que señalan
los bajísimos niveles de lectura que hay en Colombia. Somos todavía, así gran parte de su población viva actualmente en las ciuda- des, una nación inculta, analfabeta, supers- ticiosa en el peor sentido de la palabra y pro- pensa a las barbaries que se han originado, desde el siglo xix hasta nuestro presente, en esos medios ganaderos, agropecuarios y ecle- siásticos y que se han instalado, finalmente, en las grandes urbes que crecen entre el caos, la masificación y la corrupción generalizada.
Todo esto no es culpa del pueblo, aunque en algo él es responsable. Los grandes respon- sables de este desastre social en que vivimos son los gobernantes que hemos tenido. Lo cual significa que somos nosotros quienes los hemos elegido y por lo tanto la respon- sabilidad es un asunto que nos incumbe. Las altas cifras de violaciones a niñas y adoles- centes, la presencia ignominiosa de los gru- pos criminales armados y conformados ge- neralmente por jóvenes que viven en ciertas zonas rurales y urbanas de nuestro país, va de la mano de la poca lectura, de la falta de
educación y la desigualdad social que siem- pre nos ha definido. Se nos dice, no obstan- te, que somos un país dueño de una cultura popular feliz. Acaso sea cierto, pero se trata de una felicidad precaria y falaz. Si la lite- ratura puede cambiar la íntima realidad de un lector, y teniendo en cuenta que estos po- drían ser muchos, es posible que la sociedad, por la influencia de la lectura, sea transfor- mada benignamente. Aquí se enlazan, no sé si para el bien de ellos pero sí para el sentido de estas reflexiones, todos los escritores que he citado. Suena un poco utópico, aunque de promesas y sueños utópicos está poblada la literatura, pero la práctica de la lectura y la escritura permitirían la construcción de un ámbito menos injusto, más equitativo y más ético.
Arte y desamparo*
D
esde tiempos antiguos el hombre ha puesto de manifiesto su sensación de des- amparo ante el horizonte que el mundo y sus sociedades le han ofrecido. Es una per- manencia tan inobjetable que me atrevería a pensar que es ella la que sostiene ese particu- lar tinglado que hemos convenido en llamar arte. El desamparo está, como una marca in- deleble, en el tramo que va del nacimiento a la muerte. Yo me he apoyado en esta certeza* Discurso pronunciado el 2 de agosto de 2015 en ceremonia de entrega del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos. La xix versión tuvo como jurados a los escritores Eduardo Lalo (Puer- to Rico), Javier Vásconez (Ecuador) y Mariana Libertad Suárez (Venezuela).
para escribir la novela que ha sido merece- dora del premio Rómulo Gallegos este año.
La frase “nuestra condición es el desamparo”
la tomé de Reinaldo Arenas, ese cubano alu- cinante que atravesó un mundo poblado de persecuciones. Pero sé que ella la pudo haber dicho Homero, Ovidio o Marco Aurelio. Que fue el asidero de Dante, Villon o Pascal. Que se envolvieron en sus pliegues Montaigne, Shakespeare y Cervantes; y más tarde Mel- ville, Dostoievski y Kafka. A ese desamparo de la existencia que provocan la naturaleza y los mismos hombres también lo hemos lla- mado exilio o destierro; desgracia o infortu- nio. Pero si nuestros ancestros, aquellos que van desde la antigüedad hasta el siglo xix, conocieron bastante bien esas inclemencias del cuerpo y del espíritu, quienes habitamos el planeta ahora tenemos suficientes razo- nes para creer que desde el siglo xx hasta hoy nos ha correspondido la suerte de vislumbrar algunos extremos de la intemperancia. Pero esto, repito, no es nada nuevo. Ya Sófocles lo decía hace más de dos mil quinientos años:
“No es la sabiduría la que se obstina entre no- sotros, sino la necedad”. Esta continuidad en las tribulaciones que nos visitan es lo que yo he tratado de recrear en Tríptico de la infamia.
Y lo he hecho tomando como ejes la vida de tres artistas del siglo xvi que padecieron los acosos de las pugnas religiosas europeas y las jornadas bélicas de la conquista americana.
¿Por qué me he preocupado por tres pin- tores en cierta medida desconocidos? ¿Por qué, en mis anteriores novelas, he puesto como protagonistas a un poeta romano li- bertino, a un fotógrafo francés obsesionado por la desnudez humana y a un naturalis- ta neogranadino extraviado en las Guerras de Independencia? La respuesta es sencilla:
porque todos ellos intentan crear –los unos pinturas, el otro poemas, el de más allá da- guerrotipos y el último herbarios– en medio de ámbitos turbulentos y represivos. Porque creo que, como una antorcha que está siem- pre a punto de apagarse, el arte es una de las maneras que existen para dignificar al hom- bre en su capacidad de resistencia y la más
paradigmática para mostrar su deterioro. La labor del artista es necesaria: iluminar al- gún pedazo de ese territorio en brumas que siempre, a toda hora, está circundándonos.
Sé que llevo en mi sangre y también en mi conciencia una cierta inclinación hacia la desesperanza. Hasta tal punto que muchas veces, y esto me lo ha enseñado el tránsito por Voltaire, he concluido que ser optimista en estos tiempos es ser ingenuo, o estar atra- pado en las trampas de la sociedad de consu- mo, o en esas otras que tejen los populismos políticos, religiosos y culturales. Sí, les con- fieso, soy un escritor fascinado por observar el lado oscuro de la humanidad. Pero no he caído, al menos en los libros que he escrito hasta hoy, y sé lo atractivo que son tales fondos, en el torbellino de la catástrofe, ni me he arrojado, enardecido y vociferante, al túnel del nihilismo.
Lo que he intentado hacer en Tríptico de la infamia, permítanme contarles, es aso- marme, y de mi mano he procurado que el lector a su vez lo haga, al horizonte rena-
centista y extremista del siglo xvi. Un siglo vandálico como pocos. Un siglo en el que los hombres se enfrascaron en guerras fieras por problemas teológicos, y no lograron superar su ambición desproporcionada de riqueza.
Pero, en estos tiempos actuales, ¿hemos su- perado esas dos trabas enormes, el dinero y la religión, para que podamos tener un digno bienestar? El ser humano sigue siendo mani- pulado por esas tres grandes imposturas de la fe monoteísta, como las llamaba Margue- rite Yourcenar, el cristianismo, el judaísmo y el islamismo. Ante ellas seguimos inclinan- do nuestro ser y padeciendo castigos terri- bles cuando nos oponemos o criticamos sus designios. Y en el caso de las coordenadas americanas, sigue campeando, incesante y poderosa, una colonización económica y es- piritual. La espada y la cruz continúan, sin duda, ejerciendo su doble expoliación.
En el siglo xvi América, muchísimo más que Europa, sufrió hasta límites inconcebi- bles. La población indígena padeció el que es tal vez el genocidio más implacable de todos
los que el hombre dominador ha infligido sobre el hombre dominado. Y luego vino el destino de la población negra que arribó a este continente. Los mares se tiñeron de san- gre por un comercio adulterado que unió a Europa con África y América. Y de él, de los milagrosos sobrevivientes de la esclavitud, habría de surgir una clave más, atravesada de ignominia, de nuestro sincretismo. No hay primeros, segundos o terceros puestos en es- tas calamidades que atraviesan de principio a fin la historia de las civilizaciones. Creo que es infausto gritar, con un dolor cierto por supuesto, que nuestra pesadumbre es mayor que la de los otros. En estos ámbitos todos los daños son equiparables y aunque aparecen actualmente aquí y allá perdones simbólicos de los representantes de los pasa- dos victimarios, vacilo en creer si ellos serán capaces de provocar un consuelo en los des- cendientes de las víctimas que siguen siendo ultrajados sistemáticamente. Sí, nuestra raíz fundacional, en tanto que americanos, está envilecida. Envilecimiento que se ha nutrido desde antaño de una arrasadora avidez espi-
ritual y material. Por un lado, el control reli- gioso de las almas y, por el otro, el control de las riquezas de la tierra. A mi generación, e inexplicablemente continúa sucediendo esto con los niños y adolescentes de ahora, se le enseñó que la conquista de América había sido un acto heroico, la gesta de un grupo de valientes conquistadores que lograron imponer su cultura y crear así uno de los pi- lares de la civilización latinoamericana. Algo de esto puede ser cierto. No desconozco los valores del mestizaje que ya muchos han en- comiado. Pero nada ni nadie logrará negarme la evidencia de que ese acontecimiento, que atravesó con un puñal vergonzoso el hori- zonte del siglo xvi, está cimentado no en la desgracia de una tragedia humana, sino en la consternación de un crimen gigantesco.
Crimen en el que todos, los del pasado, el presente y el futuro, debido a la sucia con- tinuidad histórica de la impunidad, estamos inevitablemente involucrados.
Sin embargo, frente a ese pasado execra- ble y ante un presente que para mí es incier- tamente promisorio, hay una circunstancia