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Aria n a Su á r ez He r n á n d e z
Universidad Carlos III de Madrid
Luis Fe r n a n d o Lara (2013): Historia mínima de la lengua española, México:
El Colegio de México, 578 pp. + 1 disco (DVD).
Incluida en u n a colección del prestigioso Colegio de México, algunos de cuyos títulos p o rtan tam bién la calificación de mínimo (evidentem ente solo p o r su form ato y grosor, en absoluto p o r la riqueza y valía de sus con
tenidos), Luis F ernando L ara publicó en 2013 esta “historia m ínim a” del español, dirigida, en principio, a estudiantes y público culto interesado, p ero no especialistas. No obstante, la trayectoria del au to r com o lingüista, la entidad en que se publica y el te m a q u e aborda (y cóm o lo aborda) hacen im prescindible que en n u estra Revista debam os ocuparnos de esta o b ra y hacerlo p o r extenso.
No es solo el afán divulgador el m o to r de esta obra. Hay tam bién, reco
nocido desde el prólogo, el p ro p ó sito de reivindicar el lugar d e América
en la historia del español y el deseo de lograr u n a presentación q u e supere el espíritu castellanista y sustentador ideológico del nacionalism o español q u e Lara atribuye a M enéndez Pidal y a su estela de seguidores en el lado eu ro p eo de nuestra lengua. Ello se vincula a u n cierto recelo an te el diri- gismo académ ico al q u e se sigue vinculando con u n a n o rm a eurocéntrica, p ara lo q u e se vuelve a traer a colación el m alh ad ad o e x ab ru p to d e Clarín q u e hace ya bastantes años fue denostado p o r m uchos de los más notables filólogos españoles (en tre ellos, mi m aestro, Rafael L ap esa). De la Historia d e Pidal convendría no hacer juicios globales, d ado q u e n u n ca fue term i
nada (otra cosa es lo q u e se piense sobre las implicaciones ideológicas de m uchos d e sus escritos, ya suficientem ente puestas de relieve). Las otras que cita, sí están concluidas y constituyen proyectos cerrados. Pero u n a lectura aten ta de sus contenidos y de las intenciones q u e aparecen en sus prólogos no casa dem asiado bien con u n supuesto papel de “legitim ación ideológica del Estado español”, en tre otras cosas p o rq u e en el siglo xx no h u b o u n solo tipo de Estado en España, y porque, p o r ejemplo, el exis
tente en 1942, fecha d e publicación de la Historia de Lapesa, ni era el que su a u to r h u b ie ra deseado ni tam poco lo trató dem asiado bien (no olvide
mos que llegó a d ep u rarlo del escalafón universitario). El espíritu integra- d o r de todo el ám bito hispánico está muy p resen te en esas obras; distinto es el grado de suficiencia con que se haya p odido realizar. Hay, adem ás, o tra razón instrum ental para que los historiadores d en preferencia a unos ám bitos sobre otros, y es la del mayor o m ejor conocim iento que se tiene d e u n a región del español frente a otras, o que haya sido más o m enos des
arrollado p o r la investigación; el mismo Lara reconoce en el prólogo que en su Historia p red o m in an los datos sobre México y solo se tratan “frag
m e n tariam en te” los referidos al español del resto de H ispanoam érica.
El libro se co m p o n e de 22 capítulos, seguidos d e unos apéndices d o n d e se m uestra el aparato fonador, se ofrecen las correspondencias en tre grafías y fonem as, se d an u n glosario d e térm inos especializados de lingüística, u n a lista de vocablos estudiados en la obra, u n a lista d e topó
nim os y o tra de nom bres propios. El disco q u e aco m p añ a al libro, elabo
rado p o r Elizabeth Heyns, contiene u n a rica serie de mapas e ilustraciones a los que se va rem itiendo co n stan tem en te en el cu erp o de la obra.
Los capítulos en que se divide la o b ra siguen en general las grandes líneas de división de la historia de la lengua (no es este tipo de historias generales de u n idiom a el ám bito más ap ro p iad o para hacer innovaciones en la periodización); así, no hay diferencias con la tradición en los nueve prim eros capítulos, y, p o r ejemplo, la periodización p o r reinados se utiliza para los capítulos X (Alfonso el Sabio), XII (los Reyes Católicos) y XIII (Carlos V). No obstante, a p artir d e este últim o la presencia de América, de acuerdo con lo en u n ciad o en el prólogo, se hace protagonista, y ocupa, p o r sí sola o vinculada al español eu ro p eo , los capítulos XIII a XV, adem ás
del XIX. Para la época m o d e rn a se prefiere la periodización literaria (XVI, XVII) o institucional (XVIII), m ientras que los tres últim os analizan dis
tintas cuestiones referidas al español co n tem p o rán eo (XX, volcado a la historiografía; XXI, las tradiciones discursivas; XXII, las variedades del español y su contacto con otras lenguas, en especial el inglés).
De acuerdo, pues, con lo tradicional en las historias de la lengua, los p rim eros capítulos se ded ican a lo que p o d ría llamarse su “pre-historia”.
Así, el cap. I trata el sustrato p re rro m a n o d e la Península, d o n d e destaca u n a descripción geográfica d e esta más m inuciosa de lo habitual, d ado el público, no español, al q u e la o b ra se dirige prim ordialm ente. De este capítulo, resulta algo discutible identificar com o “iberos”, en el sentido étnico del térm ino (no en el p u ra m e n te geográfico con el que los histo
riadores griegos y rom anos usaban m uchas veces la p a la b ra ), al sector no in d o eu ro p eo d e la Península, a excepción, claro está, del elem en to vasco (al que, razonablem ente, se sep ara del ibérico): hoy los especialistas inci
d e n en la vinculación del m u n d o tartesio con el O rien te m ed iterrá n eo (fenicio) y no están seguros de co n sid era r “iberos” a los turdetanos; p o r o tro lado, la tradicional división d e la Península en tre zonas in d o e u ro peas frente a n o ind o eu ro p eas está siendo revisada de form a radical (Villar Liébana); finalm ente, se presta excesiva credibilidad a las propuestas de López García en lo refere n te a las influencias lingüísticas del vasco sobre la historia del español: las fonéticas, ya defendidas p o r Pidal y b u e n a parte del viejo estructuralism o diacrònico, no han p odido ser dem ostradas, y las gramaticales (la aportación más específica de López García) h an en c o n trad o muy escasos apoyos en la c o m u n id ad científica. El cap. II se dedica a la colonización latina, e incluye adem ás del relato histórico de la ocupa
ción ro m a n a 1, u n a breve p resen tació n del latín, de sus form as “vulgares” o
“populares”, d o n d e destaca u n relativam ente extenso espacio dedicado al Appendix Probi, y del papel y características de la escritura en el m u n d o rom ano. Lara parece acep tar la tesis de H arri Meier d e las dos grandes, corrientes de rom anización de la Península, la p ro ced e n te de la culta y u rb a n a Bética y la d e la más m ilitar y com ercial Tarraconense; tam bién apoya la idea d e u n a larga pervivencia de las lenguas indígenas, que de esta form a actuarían com o sustratos activos del latín hispano y serían res
ponsables, en tre otros factores, d e su diferenciación progresiva (algo que sin em bargo, hem os d e recordar, n o es aún perceptible en época rom ana) ; pero, con b uen criterio, se m u estra escéptico frente a la tesis pidaliana del
1 Cita Lara un pasaje de la Numancia d e C ervantes d o n d e se ensalza a los indígenas, a q u í celtí
beros, c o m o españoles, tradición esta q u e te n d ría largo alcance y llegaría hasta ilustres estudiosos, incluso historiadores, m o dernos. C om o L ara o p o rtu n a m e n te recuerda, ni en to n c e s había españoles, ni estos d eb en sus características identitarias básicas (las lingüísticas en este caso) a esos indígenas, sino a los rom anos vencedores.
dialectalismo suritálico de b u en a p arte del latín llegado a H ispania. El cap.
III, de acu erd o con su título, p re te n d e ser u n a caracterización del latín his
pánico, p ero en realidad es u n a síntesis muy com pleta de los cam bios lin
güísticos com enzados en época aún latina y q u e d e te rm in arían las futuras formas románicas: lo de “hispánico” o bedece a que esas evoluciones, y los ejemplos utilizados, tom an en consideración solo al fu tu ro español, si bien este q u ed a en m arcad o desde el principio en la R om ania O ccidental bien establecida desde von W artburg. Lara p arece acep tar algunos rasgos atri
buidos tradicionalm ente al latín de Hispania, com o su carácter conserva
dor, y a u n arcaico, en virtud de la te m p ran a llegada de los rom anos (en cambio, en el cap. II h abía afirm ado con ro tu n d id a d que H ispania n o fue en absoluto u n a zona m arginal en el Im p erio ro m an o ); p o r o tro lado, la atribución de variedad al latín hispano en función d e las divisiones pro
vinciales rom anas n o está apoyada en datos lingüísticos coetáneos. En el capítulo se pasa revista a los principales cambios habidos en la lengua:
com bina tratam ientos más tradicionales (así, la división de los tipos de yod según el m odelo de Pidal) con otros más innovadores (en la evolución de la sintaxis sigue las propuestas de López G arcía sobre la influencia del grie
go hebraizante bíblico en la fu tu ra sintaxis rom ánica a p a rtir del latín bíblico de las traducciones); en algún m o m en to la presentación es confu
sa: así, parece atribuirse (p. 58) a época latina el betacism o general caste
llano (confluencia de / w / , / - b - / y /-b- < -p -/ latinas), si bien en capítulos posteriores se deja claro que dicho betacism o se dio en dos fases: latina ( / w / = /- b - /) y rom ance, esta a finales de la Edad M edia y com ienzos de la m o d ern a (igualación con b-, -b- < -p-)2.
Los dos capítulos siguientes se ded ican a las invasiones foráneas que, en m e n o r (el germ ánico) o mayor grado (el árabe), d eterm in aro n la his
toria lingüística peninsular. El cap. IV estudia las invasiones germ ánicas, d e las que da u n a m inuciosa descripción histórica, así como de la historia d e los visigodos en H ispania y de la figura de Isidoro de Sevilla (para el final del reino godo aduce u n o de los rom ances q u e siglos después n arra
ro n la maldición del rey Rodrigo); incluye tam bién algunos datos conoci
dos o supuestos de la situación lingüística en la H ispania de la época. El cap. V se dedica a Al-Andalús (acepta así la propuesta, acentuación aguda, de arabistas com o Federico C o rrien te), p a ra cuya etim ología en fre n ta la tradicional, hoy desacreditada, que re m o n ta el térm in o a los vándalos, y la de Vallvé Bermejo, qu ien la vincula a la legendaria Atlántida. C ontiene
2 Hay tam bién a lg u n a errata evidente, com o el in tercam bio de “breve” y “larga” p a ra la pen ú lti
m a vocal de sagítta (p. 54); o alg u n a generalización necesitada d e precisión, c o m o la q u e en esa m isma página atribuye dip to n g ació n a toda vocal breve latina, c u an d o los ejem plos q u e o frece son, obviam ente, solo d e É y Ó tónicas. Y necesita revisión el párrafo e n q u e se habla de la a ctuación de yod sobre las vocales (p. 60), pues tal c o m o está expuesto, p arece q u e el influjo se d a b a so b re la vocal siguiente en el d ecurso (siendo el influjo de yod u n caso d e asimilación regresiva).
u n a exhaustiva y detallada descripción de los hechos históricos, la cultura y la influencia lingüística del m u n d o árabe m usulm án (Lara n o tiene em pacho en usar el térm in o moros, el tradicional en la E dad M ed ia), esta últim a concretada casi exclusivam ente en el vocabulario. Estudia tam bién, en este contexto, la pervivencia la tin a en el ro m an ce andalusi, al q u e sigue d en o m in an d o mozárabe, y que, fre n te a lo d efen d id o p o r el arriba citado C orriente, considera que solo se conservó en tre los cristianos mozárabes, p o r lo que m antiene la hoy m uy discutida vinculación en tre m ozarabía (categoría religiosa y sociológica) y habla(s) rom ance (s). Tam bién es dis
cutible atribuir este rom ance en su mayor p arte al sur peninsular, lo que explicaría la escasa sonorización q u e Lara le atribuye3, al no haberse asen
tado sobre u n sustrato celta. En este p u n to , así com o e n el tratam iento de las palatales se echan de m enos alusiones, p o r breves q u e h u b ie ran sido, a las hipótesis de Amado Alonso o Alvaro Galmés acerca de las in te rfe re n cias en tre lo árabe y lo ro m án ico (en grafías y en fonías) en el sistema, o sistemas, con so n àn tico (s), q u e h a (n ) de suponerse p ara estas hablas.
Tam bién es hoy muy discutida la atribución d e las jarchas, de las q u e ofre
ce u n a detallada descripción, a la tradición literaria latino-rom ànica o a la arábiga. Es tam bién digno d e resaltar el papel que se atribuye, de acu erd o con los m odernos historiadores, a los clérigos m ozárabes en la form ación de la ideología de reconquista, d e recu p eració n del rein o godo p erd id o a m anos de infieles4.
Los capítulos que siguen inician y desarrollan ya la historia p ro p ia de los rom ances surgidos del latín en la Península, y, com o se d esp ren d e de la intención de la obra, p rim o rd ialm en te del castellano. El cap. VI analiza el origen y p rim er desarrollo d e los reinos cristianos ind ep en d ien tes, desde Asturias a la Marca H ispánica, así com o el nacim iento de Castilla (a propósito de dos hechos convertidos en mitos legendarios, la batalla de Roncesvalles y el ju ra m e n to exigido p o r el Cid a Alfonso VI, aduce, com o viene siendo costum bre en la o b ra, rom ances que can taro n esos episo
dios)5; vuelve a m ostrar el papel simbólico de Santiago en las luchas con
3 Hoy se acepta más bien la generalización, a u n q u e n o absoluta, de la sonorización en el ro m an ce andalusí.
4 H abría, no obstante, q u e co rregir la afirm ació n d e q u e tales clérigos e m ig raro n al N o rte tras las invasiones almorávides y alm ohades. A parte d el flujo c o n tin u o d e cristianos andalusíes hacia los terri
torios libres del N orte, la gran época d e m ig ració n m ozárabe h a de situarse e n tr e m ediados del siglo IX (las persecuciones de C órdoba) y principios del x (la ép o ca d e turbulencias q u e acabó e n la insta
lación del califato). Tam poco parece q u e a san Isidoro se le haya atrib u id o trad icio n alm en te el papel, y el so b ren o m b re, d e “m atam oros”.
5 En algún m om en to h ab ría q u e precisar la exposición: así, e n p. 120 p o d ría inferirse que los d om inios de F ern an d o I d e Castilla llegaron hasta Badajoz, Toledo, Zaragoza y Sevilla, conquistas todas muy posteriores, y algunas no castellanas (Badajoz fue to m ad a p o r los leoneses en el xm, y Zaragoza p o r los aragoneses e n el xn), a u n q u e los castellanos h u b iera n m ostrad o bastante p ro n to sus apetencias sobre esos territorios.
tra los m oros, y explica los orígenes históricos de la influencia franca (vista solo en su proyección a Castilla). En el cap. VII se e n tra ya en m ateria lin
güística, al estudiar los “prim eros d o cum entos ro m an ces”: p artien d o d e u n texto del siglo ix, escrito en ese latín rústico en q u e se en trem ezclaba la tradición gráfica y formal (“latin a”) con las innovaciones vulgares (“rom ances”), parece acep tar la tesis de W right sobre el nacim iento de la conciencia d e diferenciación la tín /ro m a n c e a p artir de las reform as cul
turales, educativas y ortográficas de Alcuino de York, difundidas en España (com o en otros lugares) p o r los m onjes de Cluny. El grueso del capítulo, n o obstante, se dedica a las Glosas, Emilianenses y Silenses, de las que da u n a detallada descripción, p ara la que utiliza los estudios d e Heinz-J. Wolf, d e m o d o que Lara, co n trariam en te a lo defen d id o p o r Wright, sí que p arece to m ar estos textos com o muestras del “distanciam iento e n tre latín vulgar y primitivos rom ances” (es decir, de u n bilingüism o real ya existente); con u n o y otro co n cu erd a el au to r en considerar las Glosas no com o castellano sino “estado fluido de rom ance hispánico”6. El cap. VIII e n tra ya en la caracterización del castellano, para la que com bina la tesis expuesta en 1985 p o r López García de su nacim iento com o koinécon la consideración, de raigam bre pidaliana, d e su carácter diferencial d e n tro d e los rom ances hispánicos: en este p u n to se observa u n a cierta contradicción en tre las páginas iniciales del capítulo, d o n d e la idea de la koiné lleva al au to r a afir
m a r (p. ej. en páginas 139 y 140) q u e los castellanos “no te n ía[n ] u n dia
lecto rom ance diferenciado de los dem ás de la p en ín su la”, con la exposi
ción que se inicia e n la p. 142, d o n d e, d e n tro d e la tradición de la lin
güística histórica hispánica, en u m e ra todas las diferencias q u e se han seña
lado en tre el castellano y los dem ás dialectos, coincidentes estos en tre sí7.
El autor, q u e en esa página sí m en cio n a el “carácter relativam ente dife
re n te ” del castellano, in ten ta atribuirlo a su m ism o carácter de “mezcla d e dialectos” y a la influencia vasca (esta, nuevam ente sin clara justificación).
No solo se señalan los rasgos diferenciales: en pp. 144-148 hay u n a síntesis muy com pleta de los principales rasgos, fónicos, m orfológicos y sintácticos del castellano8, adem ás de la en u m eració n de algunos galicismos altom e- dievales (franceses y occitanos). El capítulo concluye con u n análisis del Poema del Cid y de la tradición épica, que, a n u estro juicio, h u b iera encaja
do m ejor en el siguiente capítulo, el IX, dedicado a las prim eras tradicio
6 De las Glosas Silenses se habla m uch o m enos. H abría q u e precisar q u e, si bien estas p ro c ed e n d e San Millán, n o son exactam en te copia d e las “em ilianenses”, al m en o s e n la restricción de aplicabili- d ad q u e tiene el térm in o emilianense e n relación c o n Glosas.
7 En el p u n to 4 d e la página 144 falta especificar que esas no d ip to n g acio n es del castellano lo son p o r la p resencia primitiva de u n a yod (que es e n lo que se diferen cia d e los otros dialectos). La pri
m era parte de ese p u n to es confusa, y ha de com pletarse con el p u n to 8: lo q u e d iferencia al castella
no sería la falta d e variación en los resultados d ip to n g ad o s ( / i e / , f u e / , ya estables).
8 De nuevo, h arían falta ciertas precisiones: los clíticos sí p o d ían ser proclíticos en castellano a n ti
guo, a u n q u e solo en ciertas condiciones.
nes discursivas castellanas. En este capítulo, en efecto, se pasa revista a las prim eras m anifestaciones escritas d el castellano, constitutivas d e tradicio
nes literarias, com o m uestras d e su capacidad d e expansión funcional fre n te al latín: la dram ática, la lírica (ambas con escasas m uestras conser
vadas, el Auto de los Reyes Magos p o r u n lado, y dos fragm entos poéticos m uy
“provenzalizados”) , el mester de clerecía y las traducciones del árabe; conclu
ye con una rein terp retació n de la te o ría pidaliana de la “c u ñ a ” (Lara ve la expansión del castellano más com o u n a “m an ch a” que se extiende sobre to d o en dirección horizontal a p a rtir del D uero y el alto E bro), en conso
nancia con la tesis de la koiné, p ero tam bién viendo ya en esa lengua u n a hipotética (y dudosa) “señ a de id e n tid a d ”. Esta etapa, digamos, “inicial”
concluye en el cap. X, consagrado al desarrollo del castellano en el reina
do de Alfonso X9: Lara a ce n tú a el p ap el de la influencia m usulm ana en la fijación del papel del rey com o p o d e r central basado en el co n o cim ien to 10;
analiza los distintos ám bitos en q u e se ejerció su labor trad u cto ra y crea
dora, jurídica, historiogràfica, científica, y tam bién lírica, a u n q u e esta fu era vertida e n o tra lengua, el gallego-portugués; a partir en especial de este último cam po, Lara considera el papel del rey en relación con la len
gua n o como u n a labor institucionalizadora (al m o d o de la que, dos siglos después, iniciaría N ebrija), sino g u ia d a p o r el “valor social del en ten d i
m ien to ”, po r la “necesidad de darse a e n te n d e r”; revisa su actuación en la com posición d e sus obras; y resalta la introducción de nuevo vocabulario (arabismos, latinismos, creaciones neológicas) así com o la necesidad de explicar los nuevos térm inos que se utilizan.
Los dos capítulos siguientes estu d ian el desarrollo po sterio r del caste
llano, en los siglos bajomedievales (el XI) y en la época de los Reyes Católicos (el XII), con los q u e se va a iniciar u n a nueva época histórica, el R enacim iento, decisiva en la historia d e nuestra lengua. En el cap. XI, tras u n a breve síntesis histórica de lo o cu rrid o tras la m u e rte de Alfonso X hasta la llegada de los Trastám ara al poder, se m uestra la co n tin u id ad cul
tural y letrada, cen trad a p a rticu larm en te en las obras de Don J u a n M anuel, Sem Tob y el Arcipreste d e Hita; se repasan los caracteres lin
güísticos, contrastando u n a supuesta estabilidad fonológica (a nuestro ju i
cio, el castellano de la época co n o cía u n a notable variación interna, que afectaba a puntos centrales del sistema: distinción o no de labiales sono
9 La introducción histórica d e este cap ítulo n ecesita revisión: el sucesor d e Sancho III de Castilla fue Alfonso VIII, línea op u esta a la leonesa d e F e r n a n d o II y Alfonso IX, q u e tras la m u erte del efí
m ero E n rique I de Castilla acabarían re u n ié n d o se , n o sin conflictos, e n la figura d e F e rn a n d o III, defi
nitivo unificador de am bos reinos. P o r o tro lado, la etim ología que d a a Extremadura (< E x t r k m a D o r i i ,
“al o tro extrem o del D u e ro ”) contrasta con la, m ás asentada, q u e hace nacer el to p ó n im o de estrema- dura (“fro n tera”), derivado abstracto d e es tremado.
10 N o creemos, sin em barg o , c o n tra lo d ic h o e n p. 175, que con el papel del rey p o r encim a de los señores se p ro p e n d ie ra a la “u n id a d d e E sp añ a”.
ras, de sibilantes sordas y son o ras...) con la mayor variación en la sintaxis y en la o rd en ació n del discurso, q u e m uestra u n desarrollo correlaciona
d o con el in c rem en to de las necesidades expresivas (el análisis se centra en los conectores y m arcadores del discurso); se repasan los elem entos integrantes del léxico castellano; y, finalm ente, se esboza u n a historia de los orígenes y desarrollo del R enacim iento en Italia: a ju ic io de Lara, el papel central del castellano com o lengua d e cultura contrastaría con la recuperación del latín en Europa y en Italia y con él de la cultura clásica, que solo desde fines del xiv y en el xv em pezaría a e n tra r en España pro d u cien d o m odificaciones en la sintaxis de la escritura (h ip érb ato n , parti
cipios d e presente co n valor verbal, construcciones más elab o rad as...) e innovaciones léxicas m u ch o más apegadas a la form a la tin a11. El cap. XII tiene com o epígrafe “el castellano de los Reyes Católicos”12, pero incluye u n a notable diversidad de temas, todos vinculados a esa época decisiva de la historia hispana: la dinastía Trastám ara desde la entronización de E nrique II hasta la consolidación de Isabel I com o rein a de Castilla (y su m atrim onio con el tam bién Trastám ara F ern an d o II de A ragón), a lo que se u n e u n excurso sobre la renovación d e la poesía culta y p o p u la r (Santillana) y el com ienzo de las reflexiones y descripciones de la lengua (Villena); la política d e los Reyes Católicos; la cuestión ju d ía , con la expul
sión y el surgim iento d e los conversos (Lara, au n q u e lógicam ente relata la conquista d e G ranada, no toca en este p u n to la otra cuestión can d en te de las castas hispanas: los moriscos); el desarrollo de la im prenta; los cambios lingüísticos, en especial los constitutivos de la gran “revolución fonológi
ca” (nacidos antes y cristalizados después de esta época), y el desarrollo discursivo; y, finalm ente, la figura de Nebrija, de q u ie n se destaca, com o era de esperar, la o b ra referida al castellano (lexicográfica, gramatical, ortográfica), insistiendo en el carácter identitario, ah o ra ya referido a la constitución y m arch a fu tu ra del Estado, q u e N ebrija otorga al idioma, vin
culado ello adem ás al proceso d e fijación de su estructura interna, sobre la base d e los m odelos clásicos13.
A p artir del cap. XIII com ienza la historia del español m o d ern o , y lo que podem os considerar la principal aportación de Lara a las historias generales de n uestra lengua: la inclusión p re d o m in an te de Am érica e n la historia general y en la historia lingüística. Ese cap. XIII trata ju sta m e n te
11 Resulta llamativo q u e en este p u n to a la figura medieval del A rcipreste d e H ita se c o n tra p o n ga la d e u n D on Juan M anuel, esforzado, seg ú n Lara, “p o r pasar a u n a c u ltu ra im buida d e clasicismo, tal com o iba su ced ien d o e n Italia” (p. 205).
12 C o nstrucción un tan to polisémica, h u b ie ra sido preferib le “... en la é p o ca de . ..”.
13 Es cierto que la Gramática castellana es la o b ra más c onocida d e Nebrija, p e ro eso o c u rre en nuestros tiem pos, no en los suyos. C om o se sabe, n o volvió a ser im presa hasta el siglo xviii, a u n q u e su p o n em o s q u e d ebió circular en copias m anuscritas. Su recep ció n y su influencia en su tie m p o fue
ron, pues, muy limitadas.
de la época d e Carlos V y del desarrollo de la ocupación de América; en realidad, el capítulo se vuelca casi exclusivamente en esta últim a cuestión, tras u n a breve reseña de los inicios de Carlos com o rey de España y em pe
ra d o r del Sacro Im perio, y tras relatar las vicisitudes habidas con el naci
m iento y desarrollo del protestantism o y su vinculación a los problem as políticos alemanes. Las cuestiones tratadas se refieren casi solo a hechos militares y demográficos, q u e d a n d o los lingüísticos p ara u n siguiente capí
tulo (el XIV): los orígenes prehistóricos del poblam iento h u m a n o de América; las Antillas y los inicios de la colonización española (ah í sí se ad u cen las prim eras palabras tainas q u e se e x ten d iero n p o r todo el español);
la situación prehispánica d e M esoam érica y Sudamérica; los procesos de ocupación del co n tin en te y la llegada de ese castellano “inestable” de la época de los Reyes Católicos; la evolución de la población tras la llegada española, con datos extraídos d e historiadores sobre el grave retroceso dem ográfico d e los indígenas, la p ro ced en cia regional y social de los espa
ñoles (con p redom inio de an daluces y extrem eños, según los cóm putos de Boyd-Bowman) y las im plicaciones lingüísticas d e la estancia previa en Sevilla y el viaje p o r mar, y las llegadas de esclavos africanos; finalm ente, la constitución d e las sociedades coloniales: relaciones sexuales y familiares, urbanism o, estructura social y mestizaje (para Lara indios y negros, mesti
zos y mulatos, fu ero n los d eterm in an tes d e las variaciones del español en América, si bien en páginas an terio res y en diversas ocasiones trae a cola
ción la im portancia de las p rocedencias regionales, andaluza básicam ente, de los españoles). El cap. XIV com ienza reiteran d o estas cuestiones d em o
gráficas, a más de la evangelización y el urbanism o, e incidiendo en el mes
tizaje (entre españoles e indios, españoles y negros, negros e indios) como elem ento caracterizador de la colonización hispana (mestizaje d e muy h o n d as raíces históricas), q u e se diferenciaría así de otras europeas coetá
neas o p o steriores14. Al estar ded icad o el capítulo al español “que llegó a A m érica”, se vuelven a p re sen ta r los fenóm enos fonológicos q u e llevaban tiem po p roduciéndose (en so rd ecim ie n to de sibilantes, desafricación, igualación b = v ...), o nuevos (el yeísm o15), y los distintos sistemas que resultaron, el c en tro p en in su lar fren te al andaluz-canario-am ericano16; en
14 E n este p u n to , co m o en otros lugares d e la obra, L ara utiliza adjetivos fu e rte m en te valorativos:
explotador, racista, genocida (p. 276); y antes: trágica y repugnante (p. 223, a propósito de la política de los Reyes Católicos c o n los ju d ío s ) ... Es cierto q u e la p u ra objetividad del historiador es u n a entele- q uia y q u e todo relato de hechos manifiesta, o esconde, la actitud a n te lo relatado; p e ro q uizá p o r ello tales sobreevidencias de su subjetividad p u e d e n ser innecesarias.
15 Q ue, evidentem ente, no p u e d e h ab erse atestiguado en el siglo xiv en m ozárabe, pu es ni está aseg u rad o el yeísmo p a ra el m ozárabe (la fam osa yengua a d m ite m uchas otras explicaciones) ni en el siglo xiv había ya ro m an c e m ozárabe.
16 A unque, ev id entem ente, u n a o b ra c o m o esta no p u e d e ser u n tratad o de dialectología espa
ñola, ha d e puntualizarse q u e el seseo-ceceo n o afecta a to d a A ndalucía, ni e n lo geográfico ni en lo social; y q u e el ceceo n o se d a “sobre to d o ” en la A ndalucía o riental (de la que, p ara estos fenóm enos,
este p u n to se establece u n a muy discutible diferencia en tre los cambios fónicos, “procesos inconscientes” q u e o b ed ec en a necesidades del sistema, y los gram aticales (m orfológicos), q u e se atribuyen a la “reflexión lingüís
tica” y constituyen “cambios d e carácter norm ativo”. A continuación, seña
la cóm o la escritura am ericana de los siglos xvi al x v i i i (al igual q u e la espa
ñola, n o se olvide) n o manifiesta estos cambios, o lo hace solo de m odo vacilante y n o siem pre fácil d e in te rp re ta r17. De acu erd o con lo dicho en el prólogo, y reiterado aquí, p ara el papel d e las lenguas indígenas en la conform ación del español en América, echa m an o del náhuatl m exicano (u n a de las que fu ero n lenguas generales de, sobre todo, los m isioneros espa
ñoles, si bien Lara no em plea el térm ino): estudia las correspondencias y diferencias en tre la fonología castellana y la n áh u atl (datos d e misioneros o de lingüistas actuales), y a través d e ellos extrae indicios de los procesos castellanos reflejados en las distintas formas de los préstam os del español al náhuatl, sin que en n in g ú n caso, ni siquiera e n el yeísmo, parezca h ab er habido influjo de la lengua indígena. Finalm ente, d edica u n largo aparta
do al “ap o rte africano”, con m uestras literarias de lo que fue su interlen- gua con el portugués o el español convertida en u n artificio burlesco, el
“habla bozal”, y se m uestra n o tab lem en te escéptico an te la atribución p o r algunos lingüistas actuales (en lo q u e ve u n a cierta “concesión a la m o d a”) de rasgos del español caribeño al pidgin africano (tratándose, com o se trata, en m uchos casos, de rasgos hered ad o s del español m eridional y a n d a lu z ); recu erd a igualm ente la ráp id a y p le n a hispanización de esos afri
canos, e n contraste con lo ocurrido en otros ám bitos coloniales (lo cual no im pide que se hayan desarrollado formas d e español criollo e n d eterm i
nados lugares, muy concretos, a partir de esas situaciones de pidgin); cita finalm ente algunos elem entos léxicos y toponím icos pasados del sustrato africano al español de A mérica (o al español general). El cap. XV h o m e
najea a M enéndez Pidal con el título de u n famosísimo trabajo del maes
tro: “Sevilla frente a M adrid”; sin em bargo, en sus dos prim eros epígrafes el objetivo es más bien d esm en tir las hipótesis de la “nivelación” (Amado Alonso) o “k o in é” (G erm án de G randa y otros) de raíz andaluza, desarro
llada en las Antillas com o supuesta base del español am ericano: fenóm e
nos andaluces (o su p uestam ente tales: su andalucism o de origen no está p robado) com o la aspiración de h- < F-, la aspiración y p érd id a de -s, la igualación de -r y -1 implosivas (que p u d o ser favorecida p o r la inexisten
cia de / r / y / r r / en náh u atl) y la caída de -d- se m uestran vacilantes o tie
n en escasa representación en los escritos novohispanos del siglo xvi. El
h a de excluirse a casi to d a J a é n ) . T am bién ha de precisarse (p. 284) q u e la igualación r = 1 se da e n la posición implosiva de estos fonemas.
17 En la c o ntraposición e n tre las cartas de C ortés y O rd az q u e a d u ce n o se ve p o r q u é atribuye a este conservación de la asp irada p ro c ed e n te de F - (¿por el ap ellido Herrera?), p e ro m u ch o m enos p o r q u é se afirm a q u e tal aspiración está p erd id a en el e x tre m eñ o Cortés.
esp añ o l andaluz se m a n tie n e so b re to d o e n las zonas costeras d o n d e des
ap are ció la población in d íg en a y los españoles, m a y o rita riam en te a n d a luces o extrem eños, q u e d a ro n m ás aislados; o en las Antillas, d o n d e no h u b o virreinato q u e llevara fu n cio n ario s y otro s p o rta d o re s del español m e tro p o litan o culto, y d o n d e la c o n tin u a co m u n icació n con Sevilla (y luego Cádiz) garantizó la pervivencia de los rasgos m eridionales. Pasa a e stu d iar a co n tin u ació n el voseo, d esd e los o ríg e n es latino-rom ánicos del uso d eferencial en singular de vos a su em p leo en el xvi, con las form as verbales propias que fue a d q u irie n d o , y a la ap arició n d e otras form as de tra tam ien to , vues(tr)a merced en p r im e r lugar; esta cuestión se en trem ez cla con la oposición señalada p o r Pidal e n tre Sevilla y M adrid (ejem pli
ficada en la co n o cid a posición an ti-andaluza de J u a n d e V aldés), y e n tre las tierras am ericanas más in flu id as p o r el español culto, cortesano, d e las capitales virreinales y las alejadas de esas cortes, e n co n tacto con la ilota, d o n d e el español a n d a lu z a d o pervivió con más fuerza (de ahí la p erd u ra c ió n del voseo en m uchas d e esas z o n a s). Lara, p o r el co n trario , n o cree tanto en el “español de la flo ta” com o en lo ya señ alad o más arri
ba: el español andaluz se m a n tie n e sobre to d o en zonas costeras, con p o ca influencia indígena, p o b la ció n mestiza y de escasa diferen ciació n social interna; en cam bio, es ev id en te la in flu en cia d e las cortes virrei
nales en la desaparición d e m u c h o s rasgos an d alu ces e n el esp añ o l de, p o r ejem plo y sobre todo, M éxico y Perú. P o r o tro lado, p ara el leísmo, o, mejor, su ausencia en A m érica (o tro d e los rasgos su p u esta m e n te de base andaluza), se limita a tra n scrib ir u n a cita de Frago, en la q u e este parece atrib u ir tal h ech o a las zonas españolas distin g u id o ras (leoneses, extrem eños, andaluces, canarios; n o creem os q u e haya d e incluirse a los aragoneses, p o r su casi n u la p resen cia e n los p rim ero s siglos am erica
nos), opuestas a las de Castilla, Vieja y Nueva, d o n d e el leísm o estaba arraig ad o a finales del siglo xvi. P ara el léxico, re c u e rd a la utilización d e palabras españolas p ara las nuevas realidades am ericanas, la pervivencia de voces españolas olvidadas en España, los regionalism os andaluces y leoneses (estudiados, e n tre otros, p o r F rago), vocablos m arineros, y voces de distintas p ro ced en cias in d íg en as (antillanas, n ahuas, mayas, quechuas, aim aras). El capítulo concluye con u n epígrafe d ed icad o a la
“norm atividad castellana”, e n el q u e se m u estra escéptico a n te la posibi
lidad, aducida p o r Pidal, de u n a “n o rm ativ id ad im plícita te n d en cia l de carácter andaluz”, q u e en efecto, señala Lara, p u d o darse e n tre los viaje
ros españoles a América, p e ro q u e en c o n ju n to q u e d a b a so m etid a a la norm atividad reco n o cid a p o r todos, p rim ero toledana, luego m a d rile ñ a o más bien cortesana, en to d o caso d e raig am b re castellana, tal com o se m anifiesta en la escritura, en la p o sterio r desaparición del voseo o en la elim inación en México de “neologism os and alu zan tes dialectales o vul
gares” (son térm inos de Pidal).
Los siguientes tres capítulos recu p eran la historia cultural, textual y literaria vinculada con la historia lingüística. El cap. XVI (“Los Siglos de O ro ”) repasa las creaciones literarias, españolas p ero tam bién am ericanas ya desde el XVII, al compás de las vicisitudes históricas habidas en los suce
sivos reinados de la dinastía d e los A ustria18; se intercalan, así al h ab lar del rein ad o de Felipe II, nuevas o reiteradas observaciones sobre cam bios lin
güísticos (introducción de cultismos, cambios morfosintácticos, hispanis
mos en lenguas europeas); el capítulo concluye con referencias a las p rin cipales obras lingüísticas del XVII, en tre las q u e muy ju sta m en te destaca el Tesoro de Covarrubias. El cap. XVII se sitúa a m edio cam ino en tre los siglos xvii y xviii, pues tom a com o epígrafe “la reacción co n tra el Barroco y el Neoclasicismo”: com ienza con la referencia al lenguaje de g erm an ía y su incorporación literaria en el x v i i, a lo que se a ñ ad e u n a relativam ente extensa a la historia de los gitanos en España y a su influencia, especial
m e n te en el o rd en lingüístico; co n tin ú a con los ataques, de los siglos x v i i y xvill, al barroquism o literario, especialm ente al más desaforado d e sus postrim erías; el desarrollo intelectual e u ro p eo y sus parciales y pálidos reflejos en España (p. ej. los novatores)-, y la instalación de la dinastía bo r
bó n ica y sus consecuencias, lingüísticas e n tre otras, para España y A m érica19. El cap. XVIII tiene tam bién carácter misceláneo, a u n q u e refe
rido todo él a la época dieciochesca: se p resen ta p o r extenso la historia de la A cadem ia y sus principales obras en ese siglo (tam bién se cita el Diccionario de Terreros y P ando); se refieren las posturas ante la lengua y las innovaciones léxicas, desde la p o n d e ra d a y razonable de Feijoo a la
“fiera”, “ch abacana” y “poco in telig en te” de Forner, pasando p o r la labor filológica de Mayans; se hace u n relato histórico de los reinados b o rb ó n i
cos de ese siglo, destacándose en este p u n to la expulsión de los jesuítas, de notables consecuencias posteriores en España y en América, y la política internacional con el apoyo d e Carlos III a la in d e p en d en cia de las colonias inglesas en A mérica (los futuros Estados Unidos, respecto de los cuales L ara ofrece u n párrafo escalo frian tem en te profètico del co n d e de A randa); a ello se un ió la política igualitaria de Carlos III en la concesión de los mismos derechos a todos sus súbditos, pero tam bién con la obliga
to ried ad del uso del español y el destierro de las lenguas indígenas am eri
canas; se ofrece u n a visión bastante crítica de la literatura neoclásica y de
18 Algunas precisiones históricas: Alvaro de L u n a n o fue valido al co m ienzo del re in a d o de Isabel la Católica (p. 335), sino con su pad re J u a n II (com o se dice en p. 208); y d o n j u á n d e A ustria n o fue enviado p o r el rey (Felipe III) en 1609 c o n tra los m oriscos (p. 336), sino e n 1570 p o r Felipe II e n el m arco d e la rebelión d esatada en 1568 (com o se dice en p. 330) (p o r o tro lado, a los moriscos, más q u e arrojarlos al mar, se les expulsó, d e G ra n ad a a o tros lugares de E spaña en 1571, y de to d a España e n tre 1609 y 1613).
19 En p. 371 atribuye a Felipe V acciones legislativas so b re la oblig ato ried ad del español q u e p er
ten e c en más bien al rein ad o de Carlos III.
su pobreza y co rted ad form ales y temáticas; y se analizan las vicisitudes y polémicas a que dieron lu g ar los in ten to s “puristas” y “casticistas” en el uso de la lengua, y su pervivencia en ciertas actitudes actuales ante ella.
El cap. XIX se consagra a u n o d e los hechos más decisivos para las his
torias hispanas, p ero que hasta a h o r a h a sido muy poco analizado en rela
ción con la historia lingüística (salvo, quizá, en el ám bito léxico): las inde
pendencias hispanoam ericanas. L ara com ienza con u n m inucioso relato de los hechos históricos q u e llevaron a la ocupación de España p o r las tro
pas de N apoleón, las rebeliones y g u e rra consiguientes, la repercusión en A m érica y el desarrollo del p e n sam ie n to in d ep en d en tista; todo ello se va salpicando con referencias a las innovaciones del léxico político que sur
gen en esos años al calor de tales acontecim ientos (patria, nación, liberal y liberalismo, pronunciamiento, etc.), y con fragm entos de textos coetáneos (Blanco White, Bolívar, B ello...). Concluye el capítulo con referencia a las migraciones a Am érica p ro d u cid as en los siglos xviii y xix, tanto las nuevas regionales españolas2" com o las africanas (esclavos) com o, especialm ente, las europeas, muy p articu larm en te la de italianos en A rgentina, de conse
cuencias lingüísticas (el pidgin m ixto llam ado cocoliche, las aportaciones léxicas...; aparte, la germ an ía a rg e n tin a o lunfardo) que, com o reconoce el autor, necesitan más estudio.
Los dos siguientes capítulos se d ed ican tam bién al siglo xix, a u n q u e centrados en cuestiones más p ro p ia m e n te lingüísticas. En el cap. XX se tratan las “concepciones lingüísticas”, p o r lo que su ám bito es más bien la historiografía lingüística: las gram áticas generales del español y sus ante
cedentes filosóficos, en tre las q u e destacan, com o es obvio, la todavía muy viva del venezolano A ndrés Bello, y el m o n u m en ta l Diccionario del colom
biano Rufino José Cuervo; el p ro b le m a ideológico de la u n id a d del espa
ñol, valor aceptado ráp id am en te e n Am érica, pese a algunos inicios sepa
radores (sobre todo, en A rg en tin a), u n id a d que, de acu erd o con Bello, no debe chocar con el respeto a las variedades internas d e la lengua; final
m ente, el saber lexicográfico de L ara se m anifiesta en la historia que hace de los diccionarios decim onónicos, generales o diferenciales (estos últi
mos sobre todo am ericanos21), y e n la p o stu ra crítica q u e a d o p ta frente a la identificación de la voces del “español g e n era l” con las que aparecen en el Diccionario académ ico y fren te a la consolidación, tam bién en América, de u n a concepción eu ro cén trica (más bien, “m ad rileñ a”) que considera las variedades com o “desvíos” o vicios22. El cap. XXI se dedica a las “tradi
20 En las que L ara parece in cluir a gallegos, vascos, asturianos, cán tab ro s...: en realidad, estos n u n c a tuvieron im pedim entos, p o r ser m iem b ro s d e la c o ro n a d e Castilla; e ran los súbditos d e la coro
na d e A ragón, aragoneses, catalanes y valencianos, los q u e te n ía n esas dificultades, n o siem pre activas.
21 La postura d e Lara al respecto, p a rtid a ria de los diccionarios “integrales” de cada zona de América, se manifiesta n ítid a m e n te al final del capítulo.
22 Este apartado necesitaría u n análisis m u c h o más exhaustivo, imposible ya en el espacio de esta reseña.
ciones discursivas” del x i x , en las que se incluyen textos literarios y n o lite
rarios, constitutivos de géneros y tradiciones, nuevas o reform adas; en este p u n to Lara destaca cóm o hasta el x i x las tradiciones cultas eran las mismas a u n o y otro lados del Atlántico y las populares se habían in teg rad o fácil
m e n te en América, incluso en tre los no europeos de origen, gracias a la antiquísim a tradición de mestizaje, biológico y cultural, q u e los pueblos hispanos traían desde la A ntigüedad. Así, Lara repasa (y ofrece muestras textuales am ericanas y españolas) poesías populares, prosa costum brista, narrativa novelística, poesía culta; incluye tam bién textualidades no litera
rias: el periodism o y la prosa científica, pero, especialm ente al p rim ero, los p resen ta de form a dem asiado sucinta. No habrá, en cambio, referencia alguna a las textualidades del siglo x x .
El cap. XXII, con el que concluye el libro, trata d e ser u n a visión glo
bal del estado y problem áticas del español en la actualidad. En p rim er lugar, se m uestra u n a breve y clara historia de la Lingüística histórica desde el x i x , con incidencia especial en el desarrollo de la dialectología y la geografía lingüística (de las que lam enta que hoy n o estén de m oda: ?) y sus resultados (Atlas y publicaciones derivadas) tan to en España com o en Am érica23. J u n to a la idea de las grandes áreas dialectales en Am érica se habla de los “españoles nacionales”, d e form a que cada u n o d e los países de lengua española te n d ría u n a variedad propia, más o m enos estandari
zada, más allá de las diferencias dialectales que en su seno p u e d a n darse (idea que no deja de ser discutible)24. Analiza la influencia creciente del inglés desde el siglo x i x , tanto en España com o en América, en el plano léxico y en el sem ántico (los “falsos amigos”) , y subraya el peligro d e la sus
titución del español p o r el inglés en la ciencia; epígrafe especial otorga al
“espanglish” desarrollado en Estados Unidos, del q u e no cree q u e consti
tuya u n pidgin que p u e d a originar u n a nueva len g u a criolla (co n tra cier
to sensacionalismo periodístico y tam bién universitario); p ero se m uestra igualm ente crítico co n tra el triunfalismo, sobre todo español, de vincular la población de origen hispano en Estados U nidos con u n a progresiva con
solidación d e la lengua española en este país. Los dos últimos epígrafes se dedican a las ideas com unes sobre la lengua, el papel de la Academia, la española, p ero tam bién las am ericanas, y las nuevas concepciones poli- céntricas sobre el español. La postura de Lara es p o r u n lado fu erte m en te
23 No se d an razones p ara la suposición (p. 491) de q u e E x trem ad u ra fue seseante en el XVI y hoy n o lo es p o r em p u je del castellano normativo. En realidad (ya lo vio A m ado A lonso) en la actual E x trem ad u ra solo hay b ro tes esporádicos d e igualación de sibilantes (F u en te del M aestre e n Badajoz, el extinto dialecto chínalo en Cáceres), de historia oscura, p e ro en absoluto restos d e u n a a n te rio r situación más generalizada.
24 Más admisible es s u p o n e r q u e la educación y la com unicación global p u e d e n b o rra r viejas for
mas dialectales. N o obstante, creem o s q u e ello es más fácil de c o m p ro b a r en el léxico q u e en fonéti
ca o en morfología.
crítica ante la Academ ia española, creem os q u e sin valorar d eb id am en te el cam bio de rum bo, lento ciertam en te, que se h a ido p ro d u cien d o en ella a m ed id a que los lingüistas profesionales (Dámaso Alonso, Rafael L apesa...) fu ero n cada vez más d ete rm in an tes en su actuación; adem ás, sus críticas no solo se ex tien d en a la actuación d e em presas españolas o de entidades qu e h an acaparado supuestas fu n cio n es de norm atividad lingüística, sino q u e tam bién realiza generalizaciones sobre las actitudes del conjunto de la población española (véanse páginas 496 y 497) excesivamente simplifica- doras, y po r eso creem os que injustas. La postura d e Lara, p o r tanto, es cla
ram en te favorable al carácter “p o licén trico ” (otros d irán pluricéntrico) del español, pero no deja de re c o n o c e r sus peligros: el de que los países se en cierren en su español local (com o cree q u e está o cu rrien d o ah o ra en España o en A rg en tin a)25, el d e q u e entidades foráneas (por ejemplo, agencias estadounidenses de com unicación) im pongan u n a nueva form a de español, el que el inglés acabe siendo len g u a de intercom unicación an te las dificultades que p u e d a n surgir para en ten d erse d en tro de la mism a lengua. Lara aboga p o r u n a difusión “m ultipolar”, a p artir de g ran des polos de irradiación del esp añ o l culto q u e serían los grandes centros urb an o s (Madrid, México, Bogotá, Buenos Aires; creem os que Barcelona, si alguna vez tuvo ese papel, ya n o lo tiene hoy, p o r p ro p ia decisión). Lo que estos centros d eb e n irrad iar es la tradición culta de la lengua, no atada a n in g u n a zona específica, no p u rista ni fosilizada, no simple seguidora de la norm ativa académica; la tradición que se manifiesta en “las obras litera
rias, jurídicas, científicas, en diccionarios y gram áticas”, u n a tradición que
“n o tiene nacionalidad, n o está a ta d a a u n a historia patria y no se pu ed e so m eter a u n a agencia norm ativa” (p. 501), u n a tradición, finalm ente, que com bina los ideales de e n ten d im ien to , identidad y u n id ad de la lengua. Y en este p u n to no podem os sino d a r la razón al au to r del libro.
La Historia mínima de la lengua española de Luis F ern an d o Lara es u n a o b ra que m erece la lectura y reflexión p o r parte, n o ya de estudiantes y afi
cionados, más o m enos entusiastas, sino tam bién de los (digamos) profe
sionales de la Lingüística hispánica, y de la historia del español en con
creto. Por u n lado, consigue p o n e r a disposición d e un público no exper
to un caudal d e conocim ientos q u e le p erm itirá p o d er e n te n d e r la histo
ria de su lengua, cóm o esta ha llegado a ser lo que es, y cóm o y p o r q ué se habla en tantos lugares; e n te n d e rá ese público q u e la historia de u n a len
gua tiene u n co m p o n en te estructural (los cambios en los sonidos, en las form as gramaticales), p ero que incluso esos y la historia d e los vocablos no p u e d e n entenderse fuera del m arco global de la historia de las gentes que
25 En este p u n to creem os q u e el a u to r o to r g a dem asiado espacio a u n h e c h o tan m ín im o (este sí) y anecdótico co m o el de ciertos d efen so res d e u n andaluz diferenciado del español desde los orí
genes.
la hablaron y la recibieron: a h í está la m ejor h eren c ia de la “Escuela lin
güística”, ya n o “española”, sino “hispánica”, pues h a p erm ead o el q u e h a cer de la m ayor parte d e los estudiosos del español, a u n o y otro lados del Atlántico; y e n te n d e rá tam bién ese público q u e en la historia de u n a len gua, com o e n cualquier historia, hay glorias y miserias. Por otro lado, la Historia de Lara, que n o es la p rim era en escribirse desde América, sí es la p rim era en situarse, a veces con tintes militantes, en pro del d erech o d e América, al m enos igual que el de España, a escribir la historia desde su perspectiva y a incluir sus vicisitudes históricas e n pie de igualdad con las españolas p ara el devenir de la lengua. Pero esta tarea n o d eb ería e n te n derse com o u n a nueva m uestra d e u n e n fren ta m ien to en tre España y América: ni el desprecio orgulloso del colonizador ni la rebeldía resentida del colonizado d eb erían te n e r aq u í n in g u n a cabida. Y en esa labor cree
mos que cada vez es m ayor la cooperación en el estudio y la investigación.
Q u e así sea y que así siga siendo.
Ra f a e l Ca n o Ag u i l a r
Universidad de Sevilla
Ma r t a Ló p e z Iz q u i e r d o y Mó n i c a Ca s t i l l o Ll u c h ( c o o r d s . ) (2015): El orden de palabras en la historia del español y otras lenguas iberorromances,
M a d r i d : V i s o r L i b r o s , 482 pp.
El libro El orden de palabras en la historia del español y otras lenguas ibero
rromances coo rd in ad o p o r M arta López Izquierdo y M ónica Castillo Lluch constituye u n a aportación muy significativa al co nocim iento de la sintaxis y la construcción del discurso en estas lenguas románicas. Consta de doce capítulos; el prim ero, elaborado p o r las coordinadoras, está dedicado a la in tro d u cció n del tema, el establecim iento de objetivos y la descripción d e los co ntenidos del volum en, y el resto p resen ta once estudios d e diferen tes autores q u e analizan aspectos concretos desde marcos teóricos diversos y actualizados. Tam bién la m etodología y los corpus de datos son, p o r lo general, distintos en tre sí, de m odo que el lector p u ed e, si lo desea, leer
los in d ep en d ien tem e n te.
En la introducción, las coordinadoras e x p o n e n la necesidad de ab o r
d a r el análisis del o rd e n de palabras en las lenguas iberorrom ances desde u n a perspectiva histórica, en u n m arco tipológico am plio y en u n estudio uniform e y extenso que tenga en cuenta que tal variación resp o n d e a co n dicionantes de naturaleza diversa. Este libro tiene com o objetivo resp o n d e r a tal necesidad. Sus contenidos, tal com o se explícita en esta in tro ducción, giran en to rn o a dos temas fundam entales: el o rd en d e verbo e n