La mente es un lugar propio, y en sí misma puede ser un cielo en el infierno, o un infierno en el cielo. ( )

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P Á G I N A S D E A N I M A C I Ó N A L A L E C T U R A

Nº108

OCTUBRE DE 2020

JOHN MILTON

( 1 6 0 8 - 1 6 7 4 )

Tomado del libro de John Milton, El paraíso perdido, Espasa libros, Madrid, 2009.

FOTO: Ferdinando Scianna.

La mente es un lugar propio, y en sí misma puede ser

un cielo en el infierno, o un infierno en el cielo.

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DR. J. ALFONSO ESPARZA ORTIZ

Rector

MTRA. GUADALUPE GRAJALES Y PORRAS

Secretaria General

MTRO. JOSÉ CARLOS BERNAL SUÁREZ

Vicerrector de Extensión y Difusión de la Cultura

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Comunicación Institucional.

Concepto: El taller de la bicicleta. Dirección: 4 Sur 303,

Centro Histórico, Puebla, C.P. 72000.

Tel: (01 222) 2295500 ext. 5270 Correo electrónico: leerenbicicleta@msn.com

*Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”

LEER EN BICICLETA, Año 10, No. 108, octubre de 2020, es una publicación mensual, editada por la Benemérita Uni-versidad Autónoma de Puebla, con domicilio en 4 Sur No. 104, Colonia Centro, C.P. 72000, Puebla, Pue, y distribuida a través de la Dirección de Comunicación Institucional, con domicilio en calle 4 sur No. 303, Colonia Centro Histórico, C.P. 72000, Puebla, Pue., Tel. (222) 2295500, Ext. 5270 y 5289, página electrónica: http://www.leerenbicicleta.com, correo electrónico: leerenbicicleta@msn.com Editor respon-sable: Hugo Diego Blanco, correo electrónico: hugodiego@ msn.com. Reserva de derechos al uso exclusivo 04 2014- 021310065900-102, ISSN: (en trámite), ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Con Núme-ro de Certificado de Licitud de Título y Contenido: 16594, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Impresa por Industria Publi-Center S.A. de C.V. Dirección: Calle Tie-rra No. 13354. Col. San Alfonso, Puebla. Pue. C.P. 72499. Teléfono: 2 85 71 04. Correo: publicenter0312@gmail.com. Este número se terminó de imprimir en octubre de 2020 con un tiraje de 10 mil ejemplares. Ejemplar Gratuito.

Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación.

Queda estrictamente prohibida la reproducción total o par-cial de los contenidos e imágenes de la publicación sin pre-via autorización de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

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J O S É A N TO N I O M A R I N A

(1939- )

Tomado del libro de José Antonio Marina: Pequeño tratado

de los grandes vicios, Editorial Anagrama, Barcelona, 2011.

«V

icios» y «virtudes» son pa-labras erosionadas y em-pequeñecidas por el uso, cantos rodados en los que resulta difícil reconocer las aristas originales. El primer significado de «virtud» fue «energía», y el de «vicio», «im-potencia», «debilidad». Se oponen, pues, como la plenitud y la carencia, como el poder y la sumisión. Cuando escu-chamos decir a los filósofos griegos que la virtud da la feli-cidad, nos suena extraño, porque hemos convertido las vir-tudes en calderilla beata, y la felicidad en un vulgar pasarlo bien a tope. Martha Nussbaum piensa que es una traición traducir eudaimonia por felicidad, y que sería más correcto hacerlo por flourishing, alcanzar la plenitud personal, flo-recer. Correlativamente, el vicio sería un cierto empeque-ñecimiento, una cierta esterilidad. «A todo lo que veas que carece de la perfección de su propia naturaleza», dice San Agustín, «cábele el nombre de vicio». «El vicio es siempre un fracaso», escribió Sartre en El ser y la nada. Sartre nos va a acompañar en este capítulo precisamente por su lúcida fenomenología de los bajos fondos.

Vicios y virtudes son hábitos que incitan a actuar, mal o bien. La noción de «hábito» me parece fundamental para comprender la personalidad humana. Un hábito es una pauta de respuesta estable, aprendida, que facilita la acción, la hace más sencilla, agradable y eficaz […]. Puede haber hábitos musculares, afectivos, intelectuales, volitivos. «Las emociones», dice Solomon, «son con frecuencia hábitos hasta cierto punto aprendidos, productos de la práctica y de la repetición.» A partir de la personalidad heredada, genéti-camente determinada, cada uno de nosotros configuramos nuestro carácter, es decir, nuestra personalidad adquirida, mediante las experiencias y la educación.

Los hábitos pueden aumentar nuestra capacidad de obrar o limitarla. Hay hábitos de libertad y hábitos de servidumbre.

LOS VICIOS

Tomemos como ejemplo un hábito muscular. La fina-lidad del entrenamiento es alcanzar nuevas destrezas automatizadas. Repitiendo cientos de veces un golpe, el tenista o el golfista van perfeccionando su eficacia. En cambio, si «coge un vicio», por ejemplo, si levanta demasiado la raqueta, o no gira lo suficiente el cuer-po, su eficacia disminuirá. Conviene insistir en que los buenos hábitos aumentan nuestras posibilidades y nuestra libertad. Sólo cuando dominamos perfecta-mente los mecanismos de un idioma, y no tenemos que estar pendientes de la corrección sintáctica, pode-mos hablar o escribir creadoramente. La creatividad es un hábito, como también lo es la rutina.

Aunque la noción de «hábito» es muy antigua, sólo ahora sabemos cómo funciona. La plasticidad del ce-rebro humano hace que los actos vayan estableciendo enlaces neuronales que se fortalecen con la repetición. Al adquirir un hábito estamos construyendo nuestro cerebro. Cuando el pianista ha conseguido los hábitos musculares imprescindibles para su arte, una parte de su cerebro motor se ha desarrollado espectacularmen-te.

Tanto «vicio» como «virtud» se utilizan casi exclusi-vamente con un significado moral. Son una creación más de nuestra inteligencia […]. En ellos «psicología» y «valores» se hibridan. Un género entero –la

psico-maquia– plantea la relación entre vicio y virtud como

una batalla, en el interior del hombre, y esa analogía subyugó la imaginación durante siglos. […]

Los hábitos configuran nuestra segunda naturaleza. Jean-Paul Sartre expuso con gran éxito de público la peregrina idea de que la libertad exigía no depender en absoluto del pasado, poder negar su acción por completo.

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C L A R A J A N É S

(1940-)

Tomado del libro de Clara Janés, Guardar la casa y

cerrar la boca, Editorial Siruela, Madrid, 2015.

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ang.

S

i nos preguntáramos por el origen de lo que hoy llamamos literatura, habría que recordar que antes de que se inventaran las letras existía ya una forma de expresión oral. Y si buscáramos su primer brote y cómo se produjo, probablemente hallaríamos que nació vinculado a la vida misma, acaso al hecho de darla y acogerla y, por ello, que surgió de labios femeninos. Sería, sin duda, un canto, un canto apaciguador, tal vez una nana. Después, todos los miembros de la comunidad entonarían otros semejantes para aplacar a las fuerzas de la naturaleza, los elementos desconocidos, o los dioses. Desde estos comienzos de la literatura oral hasta que la palabra se pudo fijar sobre una piedra o una hoja pasaron miles de años.

La escritura data de principios del tercer milenio antes de Cristo, y he aquí que unos 350 años después se sitúa el primer nombre de un autor del que tenemos noticia. Pues bien, se trata de una mujer: la suma sacerdotisa acadia Enheduanna, parecida, tal vez, a aquella de un bajorrelieve protohistórico sumerio, que lanzaba al aire una cinta mágica para someter a un bisonte. Esa primera poetisa, en el recinto del templo, emitía su voz fuerte y solemne para imponerse a un entorno receloso y, a veces, hostil.

Partiendo de su canto inicial, lancemos también al aire una cinta para unir estos comienzos poéticos del Oriente Medio con los de una escritura femenina más sofisticada, la del Extremo Oriente, es decir, la de las mujeres de China, Corea y Japón, y veamos que en torno a ello se producen curiosas paradojas. […]

Como paso previo, consideremos la situación de la sociedad en los tiempos antiguos y el papel que la mujer ocupaba en ella. Por aquel entonces, la voz de la sacerdotisa, voz sacra, con carácter de autoridad divina, era imperiosa, mientras la de la mujer común era inaudible. Con todo, por elevado y solemne que fuera el tono de la sacerdotisa, si comunicaba no lo hacía a nivel personal, sino que seguía ciertos paradigmas. Tal vez este es el punto del que parte la paradoja básica: la voz que «mejor» se expresa no es siempre la que más comunica.

Pero observemos el trasfondo que esto conlleva: si dejamos de lado el culto religioso, veremos que, en algunos países, como Grecia o China, durante ciertos periodos históricos, la mujer recibe educación e incluso se tiene como gran valor su altura creativa, mientras en otros debe estar encerrada y sometida y solo la cortesana –a parte de la sacerdotisa– puede acceder a la cultura, casi como si fuera un hombre. La paradoja llega a su punto álgido en Extremo Oriente donde la división de sexos atañe incluso a la escritura. Tanto en Corea como en Japón se dan una escritura femenina y otra masculina.

En estos países, el máximo refinamiento –y lo exigido a los hombres– era escribir en chino y al modo chino, es decir, siguiendo una tradición extranjera y con unos ideogramas, que, de hecho, eran inadecuados para sus lenguas. Por este motivo, en Corea y Japón, surgieron respectivamente una escritura alfabética y otra silábica que se adaptaban al idioma autóctono, y que se reservó para las «incultas» mujeres y se llamó «escritura de mujer». También en China, en el sur, hubo una «escritura de mujer» (en realidad un lenguaje): el nushu, utilizada en secreto. Sus signos eran fonéticos y se transmitían de madres a hijas. En nushu se redactaban las «Cartas del tercer día», canciones para entregar la tercera jornada de la boda, que luego debían quemarse a la hora de la muerte para acompañar a su receptora al otro mundo.

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G I L L E S M É N AG E

( 1 6 1 3 - 1 6 9 2 )

Tomado del libro de Gilles Ménage, Historia de las mujeres filósofas, Traducción de Mercé Otero Vidal, Herder, Barcelona, 2009.

H

ipatia (370-415). De Alejandría, mujer muy versada en cuestiones filosóficas y matemáticas. Hija y discí-pula del filósofo, geómetra y matemático Teón de Alejandría, más docta que su padre y maestro. De un tal Teón que en tiempos del muy eminente médico Jónico Sardiano había conseguido una gran fama en la Galia se acuerda Eunapio en su libro sobre Jónico.

Hay quienes interpretan que se trata de nuestro Teón, pero, según mi opinión, esto es poco verosímil. A partir de una conjetura completamente verosímil Henry Savile consideraba que este nuestro Teón era aquel que interpretó a Ptolomeo, según nos transmitió Henri de Valois en la Historia eclesiástica […]. También era de este parecer Ismaël Bouillaud, el francés más docto en cuestiones astronómicas, aquel que «numera multitud de estrellas y les da nombre a todas». Pero sabemos que Hipatia fue seguidora de la escuela platónica por la misma Historia de Sócrates. […]

Nicéforo […] está de acuerdo con todo lo dicho. No estará de más citar las palabras de Nicéforo, porque nos aportan otras cosas. Pero citaré textualmente porque el fragmento es bastante extenso:

[…]

Pero Filostorgio, según Focio, dice que fue torturada por los partidarios de la «homoousia», y por esto Focio lo acusa de impie-dad. Dice Hesiquio, «el más ilustre» […] que esto le ocurrió a Hipatia a causa de la envidia provocada por su eximio saber de las cosas, sobre todo de las astronómicas.

Pero consta […] que Hipatia fue muerta en el cuarto año del episcopado de Cirilo, siendo cónsules Honorio X y Teodosio VI, es decir, en el año 415 de Cristo.

En Alejandría había una mujer, Hipatia, que tenía por padre al filósofo Teón. Bien instruida por éste, sobresalió tan-to en los saberes que no sólo superó a los filósofos de su época, sino también a tan-todos los que la habían precedido. Sucedió a Plotino en la escuela platónica que él había fundado y estaba dispuesta a ofrecer el conocimiento de los saberes a todos los estudiosos. Por consiguiente, todos los que tenían interés por la filosofía acudían a ella no sólo por la honesta y digna libertad en el decir que le era intrínseca, sino también porque se dirigía a los hombres principales casta y prudentemente. No parecía un acto indecoroso el hecho de que se presentara entre los varo-nes. Todos la reverenciaban y la respetaban por su excelente pudor. Era la admiración de todos, hasta que contra ella se desató la envidia. Pues platicaba a menudo con Orestes, prefecto de Alejandría, y este hecho provocó la calumnia en su contra dentro del clero de Cirilo, arzobispo de Alejandría. Además ella misma fue también un impedimento para que hubiera un acuerdo entre el arzobispo y el prefecto. Por esto, algunos de los fervorosos y apasionados seguidores de Cirilo, entre los cuales se hallaba un tal Pedro, del orden del lectorado, al observar un día pérfidamente que Hipatia regresaba en su carruaje, la sacaron de allí y la llevaron por la fuerza a la iglesia que tiene el nombre de César, y allí, despojándola de sus vestidos, con fragmentos de cerámica la torturaron hasta matarla. Luego, desmembrada, la llevaron al lugar que se llama Cinaron y la quemaron.

FO

TO: Hipatia por Raphael Sanzio.

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E L S A M A LV I D O

( 1 9 4 1 - 2 0 1 1 )

Tomado del libro de Elsa Malvido, La población, Siglos XVI al XX, colec-ción Historia Económica de México, UNAM/Océano, México, 2006.

E

l ejemplo más claro para nosotros, después de 30 años de es-tudiar las epidemias, fue lo que sucedió con la incursión de la primera viruela en tierra firme en 1519, que junto con conquis-tadores y conquistados recorrió el espacio de los pobladores primigenios lentamente; conforme los fueron sometiendo a lo largo de 100 años (1519-1619), infectó a toda la población vir-gen susceptible y, claro, los documentos señalan que hubo viruela aquí o allá, pero se trató de la misma, que lenta pero acuciosamente recorrió casa por casa, poblado por poblado, mientras se sometió a la despoblada o con-tagiada Nueva España.

Analicemos la importancia que tuvo la inicial pandemia de viruela para los nativos del México central. De entrada, afirmaríamos que durante la lucha de conquista de Hernán Cortés contra México- Tenochtitlan, la viruela ayu-dó primero a los mexicas, porque los tlaxcaltecas y cempoaltecas que apo-yaron a los castellanos ya venían contagiados, pero no lo supieron, y lucha-ron estando enfermos, lo cual en buena parte hizo que perdieran la batalla, haciendo huir a Cortés en su “Noche triste” acompañado de algunos sobre-vivientes; las pérdidas humanas fueron terribles. Terminada la contienda, narran los documentos, los mexicas y sus aliados saquearon los cadáveres de los enemigos como se acostumbraba, y se mantuvieron en contacto con los cautivos de guerra vivos, o medio vivos, pues no sólo estuvieron presos, sino enviruelados. El contagio se extendió también por el simple contac-to con los objecontac-tos, animales, hombres vivos y muercontac-tos, en los que puede permanecer el virus por meses. De esta manera, los mexicas contrajeron y distribuyeron con el botín la propia enfermedad, que ahora cobró su cuota entre ellos, destruyendo a la población, y continuando su camino sobre amigos y enemigos por 100 años, como ya dijimos (1519-1619). Meses después de ese evento, las tropas españolas regresaron con otros aliados a tomar México-Tenochtitlan; la encontraron casi despoblada y la pudieron vencer sin muchos problemas.

Ahora bien, ¿por qué fue tan importante la nueva patología, no sólo la vi-ruela? Por los efectos mediatos e inmediatos que desencadenaron los pade-cimientos entre los nativos, con una mortalidad tan elevada y desconocida (como la producida hoy por el ébola o la neumonía atípica) los distintos grupos nativos conjeturaron, entre otras cosas, que sus dioses, enojados por alguna violación aún no entendida, los habían abandonado, lo que supuso la pérdida ritual y religiosa del significado del trabajo, la participación so-cial y comunal en la extracción del mismo y el autoconsumo como única alternativa de sobrevivencia. Para los conquistadores, esa brutal mortalidad ya se había experimentado en las islas, puesto que, en el segundo viaje de Cristóbal Colón, en 1493, la viruela fue traída por los indios que Colón había llevado a presentar a los reyes de Castilla, y en su viaje de poblamien-to de las nuevas tierras la viruela, que estaba haciendo estragos entre los niños en Cádiz, contagió a los indios. Éstos, aculturados y bautizados, se infectaron y trasladaron la enfermedad, despoblando a las Antillas, al Da-rién y a Yucatán entre 1500 y 1519. Los síntomas no siempre fueron iden-tificados por los descubridores y conquistadores debido a la gravedad que presentaron, pues en Europa y África la viruela fue ya un mal endémico o domesticado, que mató sólo a niños de cero a cinco años, si bien la densi-dad de población y su extensión territorial no eran comparables con las del Nuevo Mundo.

FOTO: Códice Florentino.

LA P

ANDEMIA

DE VIRUELA

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PA U L V I R I L I O

( 1 9 3 2 - 2 0 1 8 )

Para leer: Paul Virilio, Ciudad Pánico. El afuera comienza aquí, Monte Ávila editores, Caracas, 2008.

móviles, del transporte, de los medios de transmisión tradicionales. Es imposible comprender la realidad del mundo sin esta configuración. En los años 40 se hablaba de la aceleración de la historia, hoy estamos ante la aceleración de lo real, la aceleración de la realidad. Todos los sectores de nuestra civilización están afectados por la aceleración de lo real. Es una evidencia que aún no ha sido reconocida plenamente.

[…] El terror es la concretización de la ley del movimiento. El terror es indisociable de la velocidad. La temática de la velocidad es también la cuestión de la sorpresa, y la sorpresa es el miedo. Cuando alguien nos toma por sorpresa decimos “hay que susto me diste”. La velocidad absoluta y la sorpresa están íntimamente ligadas. Se trata de un fenómeno de pánico, un fenómeno que se refiere al terror. Nuestra época es muy singular. Nuestra percepción del tiempo y de las distancias ha sido tras-tornada. La tierra es demasiado estrecha para cualquier forma de progreso. La velocidad de las transmisiones reduce el mundo a proporciones ínfimas. […] Ahora con la interactividad, ya no se trata más de la uniformización de las opiniones sino de la sincronización de las emociones.

Estamos ante una sociedad en donde la comunidad de emociones reemplaza la comunidad de intereses. […]

Hoy vivimos bajo el régimen de una comunidad de emoción, estamos en lo que he llamado un comunismo de los afectos: sentir la misma emoción, en el mismo instante.[…]

La democracia es la reflexión común y no el reflejo condicionado. No existe opinión política sin una reflexión común. Pero hoy, lo que domina no es la reflexión sino el reflejo.

FOTO: Francois Gragnon.

Y

o nací en el año 1938 y, por consiguiente, soy un hijo de la se-gunda Guerra Mundial. En ese contexto encontramos dos datos que me marcaron mucho. Lo que se llamó “la guerra relámpago” y la Shoah. No se puede comprender nuestra época sin la clarivi-dencia funesta de la guerra total, es decir la exterminación masiva de las poblaciones civiles durante los bombardeos, y también en los campos de concentración. Lo que vivimos hoy se desprende de la importancia de la velocidad en estos acontecimientos. El revés del ejército polaco, el revés del ejército francés y los países invadidos en pocos días son un reflejo de esa velocidad. Soy entonces un hijo de esa guerra relámpago, de la guerra en alta velocidad. Todo mi trabajo y el interés que presté a la aceleración me llevó a comprender hasta qué punto la velocidad era un elemento determinante de la historia moderna, es decir, de la historia de la Revolución Industrial.

[…] hemos pasado de la velocidad móvil, es decir de la velocidad de los tanques, de los autos y de los aviones supersónicos, a la velocidad de la luz, a la velocidad de las ondas electromagnéticas. Estas ondas vehiculan la información, las comunica-ciones, y, sobre todo, la interactividad. Esto significa que nuestra sociedad no es una sociedad activa sino interactiva, o sea, la sociedad actual pone en funcionamiento la velocidad de las ondas electromagnéticas para interactuar.

No se puede comprender la globalización sin esta aceleración absoluta en todos los campos, incluido el campo financiero. La crisis financiera mundial que estalló en 2008 no es sólo un problema financiero sino un derivado de la velocidad. Las cotiza-ciones automatizadas entre bancos, realizadas por plataformas automáticas, jugaron un papel central en la crisis. El factor de todo esto ha sido la velocidad: la velocidad domina, la velocidad de la luz, de las ondas, se impusieron sobre la velocidad de los

LA TIRANÍA

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A N D R É C O M T E - S P O N V I L L E

( 1 9 5 2 - )

Tomado del libro de André Comte-Sponville, Esta cosa tierna que es la vida, Ediciones Paidós, Barcelona, 2016.

L

a dificultad de vivir, la pasión de pensar... Yo era un niño serio, en una familia doliente. Una madre depresiva, con tendencias suicidas, un padre duro y voluntariamente despectivo... No resultaba difícil odiarle (para un hijo, es más bien una suerte); no era fácil amarla a ella, aunque yo la amaba apasionada, triste, ansiosamente. No siento ninguna nostalgia de esos años, sino más bien al contrario, ¡el alivio de haberme librado de ello! A los veinte años, creí que lo peor ya había pasado. Me equivocaba. Pero lo mejor, por supuesto, estaba por llegar. La oposición a mi padre me ayudó a construirme (hace mucho tiempo que el odio desapa-reció). Con mi madre, fue más difícil. Yo crecí con su infelicidad, con su fragilidad, con su patología, con sus farsas insignificantes o sórdidas... Para mí los libros fueron, si no un refugio —porque no hay refugio contra la infelicidad—, al menos sí una diversión. Muy joven, desde mis diez o doce años, yo quería ser escritor. Debo decir que en aquel entonces yo sufría de una especie de problema de elocución, del que mi padre se burlaba cruelmente. La palabra me parecía prohibida; me quedaba la escritura. Sin embargo, prácticamente yo solo leía novelas, como corresponde a esta edad. Por tanto, soñaba con convertirme en novelista... Todo cambió cuando descubrí la filosofía, primero hacia los dieciséis o diecisiete años, con algunos libros leídos en soledad (Pascal, Kierkegaard, Camus...), después y sobre todo en el instituto, en el bachillerato.

[El profesor] Pierre Hervé […] impartía un curso magistral, en todas las acepciones del término, casi íntegramente redactado, muy denso, muy exigente. En resumidas cuentas, sin muchas concesiones al debate o a alguna especie de mayéutica... En cambio, siempre estaba dispuesto a nuestras preguntas, a nuestras objeciones, cuando nos atrevíamos a plantearlas. Era lo contrario a un demagogo. Con sus alumnos se mostraba distante y respetuoso a la vez. Nos llamaba por nuestro apellido, nos trataba de usted, no se preocupaba por seducir, ni tampoco, al parecer, por ser amado. Pero ¡qué claridad, qué rigor, qué disfrute filosófico! Daban ganas de vivir y de pensar. Le recuerdo diciéndonos (él debía de tener más o menos la edad que yo tengo hoy), mirando el cielo por la ventana: «¡La vida es bella!». En su boca, esto sonaba verdadero y nos infundía valor.

Su autoridad natural impedía —incluso en aquellos años inmediatamente posteriores al 68— el menor alboroto. Mis condiscípulos, aun apre-ciándolo, encontraban sus cursos austeros y difíciles. Pero ¡yo estaba en el cielo! Aquel año tomé, a razón de ocho horas por semana, más de mil páginas de apuntes. Yo amaba a ese hombre, le admiraba; también era sensible a la atención que me prestaba. Cuando le escribí, des-pués del bachillerato, para mostrarle mi agradecimiento, él me respondió que yo había sido su mejor alumno desde hacía muchos años... No obstante, no tuvimos una relación amistosa. Yo era muy joven, él estaba a punto de jubilarse; él era el maestro, yo el alumno: cada uno tenía su lugar.

EL PROFESOR

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S A LVA D O R N OVO

( 1 9 0 4 - 1 9 7 4 )

Tomado del libro de Salvador Novo, Nuevo

amor y otras poesías, Lecturas mexicanas SEP,

México, 1984. Los nopales nos sacan la lengua; pero los maizales por estaturas —con su copetito mal rapado y su cuaderno debajo del brazo— nos saludan con sus mangas rotas.

Las magueyes hacen gimnasia sueca de quinientos en fondo

y el sol —policía secreto— (tira la piedra y esconde la mano) denuncia nuestra fuga ridícula en la linterna mágica del prado.

A la noche nos vengaremos encendiendo nuestros faroles y echando por tierra los bosques.

Alguno que otro árbol quiere dar clase de filología.

Las nubes, inspectoras de monumentos, sacuden las maquetas de los montes.

¿Quién quiere jugar tennis con nopales y tunas sobre la red de los telégrafos?

Tomaremos más tarde un baño ruso en el jacal perdido de la sierra: nos bastará un duchazo de arco iris, nos secaremos con algún stratus.

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FRANCESCO PETRARCA

(1304-1374)

Para leer: Francesco Petrarca, Cancionero, Alianza Editorial, Madrid, 2008.

FOTO: John-Jullien-Circa.

I

mpulsado únicamente por el deseo de contemplar un lugar célebre por su altitud, hoy he escalado el monte más alto de esta región, que no sin motivo llaman Ventoso. Hace muchos años que estaba en mi ánimo emprender esta ascensión; de hecho, por ese destino que gobierna la vida de los hombres, he vivido—como ya sabes—en este lugar desde mi infancia y ese monte, visible desde cualquier sitio, ha estado casi siempre ante mis ojos. El impulso de hacer finalmente lo que cada día me proponía se apoderó de mí, sobre todo después de releer, hace unos días, la historia romana de Tito Livio, cuan-do por casualidad di con aquel pasaje en el que Filipo, rey de Macecuan-donia—aquel que hizo la guerra contra Roma—, asciende el Hemo, una montaña de Tesalia desde cuya cima pensaba que podrían verse, según era fama, dos mares, el Adriático y el Mar Negro. […]

Me pareció que podía excusarse en un joven ciudadano particular lo que era apropiado para un rey anciano. Sin embar-go, al pensar en un compañero de viaje, ninguno de mis amigos—por increíble que sea decirlo—me parecía adecuado en todos los aspectos, hasta tal punto es rara, incluso entre personas que se estiman, la perfecta sintonía de voluntades y de carácter. Uno resultaba demasiado tardo, otro demasiado precavido; éste demasiado cauto, aquel impulsivo en ex-ceso; éste demasiado lóbrego, aquel demasiado jovial; en fin, uno era más torpe y otro más prudente de lo que hubiera querido. Me espantaba el silencio de éste, de aquél su impúdica locuacidad; el peso y el tamaño de uno, la delgadez y debilidad del otro. Me echaba para atrás, de éste, la fría indiferencia; de aquél, la frenética actividad. Defectos que, aun-que graves, pueden tolerarse en casa—pues todo lo soporta el afecto y la amistad ninguna carga rechaza—, mas estas mismas faltas en un viaje se hacen insoportables. Así, mi exigente espíritu, que deseaba disfrutar de un honesto deleite, sopesaba desde todos los ángulos cada una de ellas sin detrimento de la amistad, rechazando en silencio cualquier cosa que previera que iba a suponer una molestia para el viaje que me proponía. ¿Qué opinas? Finalmente busqué ayuda en casa, y revelé mi intención a mi único hermano, menor que yo y al que tú conoces bien. Nadie pudo haberlo escuchado con mayor alegría, feliz de ser para mí al mismo tiempo un amigo y un hermano.

El día establecido partimos de casa, llegando al atardecer a Malaucéne, un lugar en la falda de la montaña, en la la-dera septentrional. Allí nos demoramos un día y, finalmente, al día siguiente, acompañado cada uno de sus criados, ascendimos la montaña no sin mucha dificultad, pues se trata de una mole empinada, rocosa y casi inaccesible. Pero como el poeta bien dijo: «El trabajo ímprobo todo lo vence». Lo prolongado del día, la suavidad del aire, la fortaleza de nuestra determinación, el vigor y la agilidad corporales y el resto de las circunstancias favorecían a los caminantes; solo la naturaleza del lugar suponía un obstáculo. En una loma de la montaña nos topamos con un anciano pastor que trató de disuadimos por todos los medios y con abundantes razones de que continuáramos el ascenso, relatándonos cómo cincuenta años antes, empujado del mismo ardor juvenil, había ascendido hasta la cumbre, sin que ello le reportara sino arrepentimiento y fatiga, el cuerpo y las ropas desgarrados por las rocas y los matorrales; tampoco sabía de nadie que antes o después de aquella vez hubiera osado hacer otro tanto. Mientras nos contaba estas cosas a voz en cuello, en nosotros—como ocurre en los jóvenes, que no creen a los que les aconsejan—crecía el deseo como resultado de la prohibición.

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ÉTIENNE BONNOT DE CONDILLAC

(1714-1780)

Tomado del libro de Condillac, Ensayo sobre el origen de los

conocimientos humanos, Traducción de Emeterio Mazorriaga,

Editorial Tecnos, Madrid, 1999.

FOTO: Daido Moriyama.

D

irán algunos que así se raciocina en las matemáticas, en las cuales el razonamiento se hace con ecuaciones, ¿pero se podrá hacer lo mismo en las otras ciencias, donde el razo-namiento se hace con proposiciones? Respondo que ecua-ciones, proposiciones y juicios vienen a ser una cosa mis-ma, y que por consecuencia se raciocina del mismo modo en todas las ciencias.

En las matemáticas el que propone una cuestión, la propone de ordinario con todos sus datos, y no se trata, para resolverla, sino de traducirla al álgebra. En las otras ciencias, al contrario, parece que nunca se propone una cuestión con todos sus datos. Se preguntará, por ejemplo, cuál es el origen y la generación de las fa-cultades del entendimiento humano, y se dejarán por buscar los datos, porque el mismo que propone la cuestión, no los conoce.

Pero aunque tengamos que buscar los datos, no se ha de decir por eso que no están contenidos a lo menos implícitamente en la cuestión que se propone. Si no estuviesen no los hallaríamos y así deben estar contenidos en toda cuestión capaz de resolverse. Es menester advertir solamente que no están siempre en ella de un modo que puedan ser fácilmente reconocidos; por consecuencia encontrarlos es descubrirlos en una expresión donde están implícitamente, y para resolver la cuestión es necesario traducir aquella expresión a otra, en que todos los datos se manifiesten de un modo explícito y distinto. Preguntar, pues, cuál es el origen y la generación de las facultades del entendimiento humano, es preguntar cuál es el origen y generación de las facultades por las cuales el hombre capaz de sensacio-nes concibe las cosas, formándose ideas de ellas; y se ve luego que la atención, la

comparación, el juicio, la reflexión, la imaginación y el raciocinio son con las sensaciones los datos del problema que ha de resolverse, y que el origen y la generación son las incógnitas. He ahí los datos, en que los datos están mezclados con las incógnitas. ¿Pero cómo se han de despejar el origen y la ge-neración, que son aquí las incógnitas? Nada parece más simple. Por el origen entendemos el dato que es principio de todos los demás; y por la generación entendemos el modo cómo los datos vienen de uno primero. Este primero, que conozco como facultad, no lo conozco aún como primero; es, pues, propia-mente la incógnita que está mezclada con todos los datos y que es menester despejar. Pero la más ligera observación me hace notar que la facultad de sentir está mezclada con todas las demás. La sensación es, pues, la incógnita que tenemos que despejar, para descubrir cómo se va transformando sucesivamente en atención, comparación, juicio, etc. […]

El artificio del razonamiento es, pues, el mismo en todas las ciencias. Así como en las matemáticas se establece la cuestión traduciéndola al álgebra, así, en las otras ciencias se establece traduciéndola a la expresión más simple…

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L

os regímenes totalitarios que proliferaron en Europa en el siglo XX prohibieron a su población buscar por ella misma la verdad, tanto la de la sociedad en la que vivía como la del ser íntimo de cada uno, incluso la del mun-do físico circundante. La búsqueda autónoma y libre de la verdad tuvo que ser sustituida por la sumisión dócil a las instrucciones del partido que estaba al frente del Estado. Ante esta limitación, los artistas y escritores que vivían en los países totalitarios se vieron obligados a elegir entre varios tipos de conducta. Algunos adop-taron el dogma oficial como si se ajustara a sus convicciones personales sobre lo verdadero y lo justo. Otros optaron por el silencio, y por lo tanto renunciaron a expresarse y a su vocación inicial. Y otros optaron por el exilio, por huir a un país extranjero, donde podían seguir buscando la verdad con total libertad.

Esta opción fue posible en los primeros años tras la imposición de la dictadura totalitaria, pero poco después se cerraron las fronteras. Por úl-timo, un grupo relativamente pequeño de escritores y artistas intentaron adentrarse en un camino diferente, que consistió en llevar una doble vida, una existencia pública que se ajustaba a las exigencias oficiales, y otra privada, íntima y oculta, dedicada a crear una obra libre de toda li-mitación externa. Este desdoblamiento se produjo principalmente en la Unión Soviética, y en este caso me gustaría detenerme en primer lugar. Tres de las novelas soviéticas más reputadas se escribieron en estas con-diciones: El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov, El doctor Zhivago, de Borís Pasternak, y Vida y destino, de Vasili Grossman. Los tres escri-tores consideran de entrada la posibilidad de que les prohíban publicar su obra, incluso de que los castiguen por haberse atrevido a escribirla, pero todos ellos persisten en su empeño.

T Z V E TA N TO D O R OV

(1939-2017)

Tomado del libro de Tzvetan Todorov, Leer y vivir, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2018.

FOTO: Lisette Model.

VIVIR

[…]

La literatura es la ciencia humana más importante. Durante muchos siglos fue también la única. Su objeto son los comportamientos humanos, las motiva-ciones psíquicas y las interacmotiva-ciones entre los hombres. Y sigue siendo una fuente inagotable de conocimientos sobre el hombre [...]. Todavía hoy, si una persona joven me preguntara cómo era la vida en una dictadura soviética, le diría: «Lee Vida y destino, de Vasili Grossman». Y es una novela, no una obra de las ciencias humanas. Stendhal afirmaba que solo hay «verdad algo detallada» sobre el género humano en las novelas. Esta «verdad detallada» sigue siendo lo característico de la literatura por excelencia. Salvo, por supuesto, cuando la literatura está «en peligro», es decir, cuando se limita a ser un mero juego de convenciones o a describir de forma extremadamente limitada la experiencia personal del autor. En estos casos, la literatura pierde su estatus privilegiado en la búsqueda de conocimiento del mundo. En caso contrario, sigue siendo una fuente inagotable e irremplazable. En inglés hay un término que designa bien este proceso concreto de conocimiento, insight, que evoca la penetración, la comprensión del interior del objeto estudiado. Es lo que intentan hacer los buenos escritores. […] Por lo tanto, hay que interpretarlas para poder decir: esto es lo que Shakespeare nos enseña del comportamiento del ser humano en determinada circunstancia. La literatura necesita intermediarios, lo que hace más difícil utilizar los conocimientos a los que da acceso. Pero los entendemos intuitivamente, los sentimos. Es por lo demás la gran razón que nos empuja a la lectura. Sin esta perspectiva de conocer mejor el mundo, ¿por qué dedicaríamos nuestras energías a leer aventuras de personas a las que no conocemos, o peor, que no existen?

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C

oluccio se volvió a nosotros con esa expresión que adopta cuando va a hablar cuidadosamente y, viendo que estábamos aten-tos, comenzó a hablar de esta manera:

«No puedo expresar, jóvenes—dijo—, cuánto placer me produce vuestra presencia. Por vuestras costumbres, por los estudios que tenéis en común conmigo o por la devoción hacia mí que percibo en vosotros, el caso es que siento especial predilección y afecto hacia vosotros. No obstante, de vosotros desapruebo una cosa, solo una, aunque importante. Mientras en otras cosas que atañen a vuestros estudios observo que ponéis todo el cuidado y la atención que convienen a quienes quieren ser llamados virtuosos y diligentes, en esta sola veo, en cambio, que flaqueáis y que no ponéis suficiente empeño por vuestra parte: el abandono en el que tenéis la costumbre y la práctica del debate; y verdaderamente no sé si podría encontrar algo más útil para vuestros estudios. En nombre de los dioses inmortales, para examinar y discutir sutilezas, ¿qué podría ser más eficaz que el debate, en el que el tema, puesto en el centro, parece que fuera escrutado por multitud de ojos, de manera que nada hay que pueda escaparse, nada que pueda esconderse o escamotearse a la mirada de todos? Cuando el ánimo está cansado y abatido, cuando aborrece el estudio por haberse dedicado sin descanso a esta actividad durante un período prolongado, ¿qué hay que lo renueve y lo refresque más que la conversación suscitada y mantenida en una reunión, donde la gloría, si destacas por encinta de los demás, o la vergüenza, si los demás te superan, te impulsan con fuerza a estudiar y aprender? ¿Qué agudiza más el ingenio, qué lo hace más sutil y versátil que la discu-sión, que obliga a dar en un corto espacio de tiempo con los argumentos y, a partir de ahí, a reflexionar, discurrir, establecer asociaciones y extraer consecuencias? Es fácil comprender entonces cómo una mente estimulada por este ejercicio alcanza mayor rapidez en discernir otras cosas. No hace falta decir cómo esta práctica pule nuestro discurso, cómo lo vuelve presto a nuestro poder. Vosotros mismos podéis comprobarlo en muchos que leen libros y se proclaman hombres de letras, pero que no pueden hablar latín salvo con sus libros porque no se han ejercitado en tal actividad.

Por eso, porque me preocupo por vuestro provecho y deseo que os distingáis al máximo en vuestros estudios, me indigno con vosotros, no sin razón, por desatender esta costumbre de debatir, que resulta muy útil. Es absurdo examinar multitud de cuestiones, hablando a solas y encerrado entre cuatro paredes, y enmudecer después cuando se está en compañía, expuesto a las miradas de los otros, como si no supieras nada. Como lo es perseguir a costa de grandes trabajos cosas que contienen una utilidad limitada y dejar alegremente de lado el debate, del que se derivan tantísimos beneficios. Así como debe censurarse al agricultor que, pudiendo labrar toda su tierra, ara unos sotos estériles y deja sin cultivar las parcelas más ricas y fértiles, también debe ser objeto de reprensión quien pudiendo hacer suyos los dones de todos los estudios, se empeña con todas sus fuerzas en otros, no importa cuán difíciles, desdeñando y dejando de lado, en cambio, la práctica del debate, de la que se puede recoger abundante fruto.

L E O N A R D O B R U N I

(1370-1444)

Para leer: Leonardo Bruni, Elogio de Florencia, Ecumene ediciones, Sevilla, 2020.

FOTO: Garry Winogrand.

COSTUM B R E

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E D M U N D B U R K E

(1729- 1797)

Tomado del libro de Edmund Burke, Reflexiones sobre la Revolución en

Francia, Traductor: Carlos Mellizo Cuadrado, Alianza Editorial, Madrid, 2016.

L

a sociedad es, sin duda, un contrato. Contratos de inferior naturaleza que recaen sobre objetos puramente ocasionales, se pueden disolver a voluntad. Pero no se puede considerar al Estado como a una sociedad para el comercio de pimienta, café, indiana o tabaco o cualquier otra cosa de tan poca monta, tomándolo por una sociedad de insignificantes intereses transitorios, susceptibles de disolverse a gusto de las partes. Hay que mirarlo con mayor respeto, porque no es una asociación cuyo fin sea el de asegurar la grosera existencia animal de una naturaleza efímera y perecedera. Es una asociación que participa de todas las ciencias, de todas las artes, de todas las virtudes y perfecciones.

Pero como muchas generaciones no bastan para alcanzar los fines de semejante asociación, el Estado se convierte en una asociación no sólo entre los vivos, sino también entre los vivos y los muertos y aquellos que van a nacer. Los contratos de cada Estado particular no son sino cláusulas del gran contrato originario de la sociedad eterna, que reúne las naturalezas más bajas a las naturalezas más elevadas, une el mundo invisible al visible, conforme a un pacto inalterable sancionado por inviolables juramentos, que sostiene a todas las naturalezas morales y físicas cada una en su sitio determinado. Esta ley no está sujeta a la voluntad de aquellos que, por una obligación que les es infinitamente superior, están obligados a someterle su voluntad. Las corporaciones, miembros de este universal reino, no son libres moralmente para, por su gusto y según especulaciones de un posible mejoramiento, desunir enteramente y romper en pedazos los lazos de su comunidad subordinada y disolverla en el antisocial e incivil caos de la confusión de las fuerzas elementales. Sólo una necesidad primordial y superior, que no se elige, sino que se impone, superior a la deliberación, por encima de la discusión y que no pide pruebas, puede justificar el recurso de la anarquía. Esta necesidad no es una excepción a la regla, porque forma parte también de este orden moral y físico de las cosas, al cual debe el hombre obedecer de grado o por fuerza. Pero si lo que es sólo sometimiento, a la necesidad se convierte en objeto de elección, la ley se viola, se desobedece a la naturaleza y los transgresores son proscritos, expulsados y exilados del mundo de la razón, del orden, de la paz, de la virtud y de la expiación fecunda; en una palabra, del mundo que se opone a la locura, a la discordia y al vicio, al mundo de la confusión y del dolor infecundo.

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FOTO: Burk Uzzle.

G E O R G E B E R K E L E Y

(1685-1753)

Tomado del libro de George Berkeley, Tratado sobre los principios del conocimiento

humano, Traductor: Carlos Mellizo Cuadrado, Alianza Editorial, Madrid, 1992.

E

s evidente para quienquiera que haga un examen de los objetos del conocimiento humano que éstos son: o ideas impresas realmente en los sentidos, o bien percibidas mediante atención a las pasiones y las operaciones de la mente; o, finalmente, ideas formadas con ayuda de la ima-ginación y de la memoria, por composición y división o, simplemente, mediante la representación de las ideas percibidas origi-nariamente en las formas antes mencionadas.

La vista me da idea de la luz, del color en sus diferentes grados, varia-ciones y matices. Mediante el tacto percibo, por ejemplo, lo blando y lo duro, el calor y el frío, el movimiento y la resistencia, y de todo esto el más y el menos, bien como cantidad o como grado. El olfato me depara olores; el paladar, sabores; y el oído lleva a la mente los sonidos con sus variados tonos y combinaciones.

Y cuando se ha observado que varias de estas ideas se presentan si-multáneamente, se viene a significar su conjunto con un nombre y ese conjunto se considera como una cosa. Así, por ejemplo, observamos que van en compañía un color, gusto y olor determinados junto con cierta consistencia y figura: todo ello lo consideramos como una cosa distinta: significada por el nombre de manzana.

Otros conjuntos de ideas constituyen la piedra, el árbol, el libro y las demás cosas sensibles; conjuntos que, siendo placenteros o

desagrada-bles, excitan en nosotros las pasiones de amor, de odio, de alegría, de pesar y otras. […] Además de esta innumerable variedad de ideas u objetos del conocimiento, existe igualmente algo que las conoce o percibe y ejecuta diversas operaciones sobre ellas, como son el querer, el imaginar, el recordar, etcétera. Este ser activo que percibe es lo que llamamos mente, alma, espíritu, yo. Con las cuales palabras no denoto ninguna de mis ideas, sino algo que es enteramente distinto de ellas, dentro de lo cual existen; o, lo que es lo mismo, algo por lo cual son percibidas; pues la existencia de una idea consiste simplemente en ser percibida. […]

Que ni nuestros pensamientos, ni las pasiones, ni las ideas formadas por la ima-ginación pueden existir sin la mente, es lo que todos admiten. Y, a mi parecer, no es menos evidente que las varias sensaciones o ideas impresas, por complejas y múltiples que sean las combinaciones en que se presenten (es decir, cualesquiera que sean los objetos que así formen), no pueden tener existencia si no es en una mente que las perciba. Estimo que puede obtenerse un conocimiento intuitivo de esto por cualquiera que observe lo que significa el término existir cuando se aplica a las cosas sensibles. Así, por ejemplo, esta mesa en que escribo, digo que existe, esto es, que la veo y la siento; y si yo estuviera fuera de mi estudio, diría también que ella existía, significando con ello que, si yo estuviera en mi estudio, podría percibirla de nuevo, o que otra mente que estuviera allí presente la podría percibir realmente. Cuando digo que había un olor, quiero decir que fue olido; si hablo de un sonido, significo que fue oído; si de un color o de una figura determinada, no quiero decir otra cosa sino que fueron percibidos por la vista o el tacto.

EL

CONOCIMIENTO

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Y

o a ti, por cierto, no voy a llamarte necio como tantas otras veces; ni mal-vado, como siempre, sino chiflado...

[Siendo así que una fortaleza que cuenta] con todo lo necesario para sobrevivir puede permanecer invicta, el ánimo del sabio —que está como fortificado con murallas por la amplitud de sus proyectos—, por no fiarse de la suerte y, en una palabra, por todas las virtudes, ¿va a ser vencido y saqueado cuando ni siquiera puede ser arrojado de la ciudad? ¿Pues qué es, entonces, una ciudad? ¿Aca-so cualquier conjunto de hombres, inclu¿Aca-so salvajes y crueles? ¿Acaso cualquier multitud congregada en un solo lugar, aunque se trate de fugitivos y ladrones? Seguramente me dirás que no. Por tanto, no era una ciudad la de entonces, pues las leyes no tenían efi-cacia alguna, los juicios carecían de vigor, las cos-tumbres patrias habían desaparecido y, expulsados los magistrados a espada, el nombre del senado no era ya nada en la república; aquello era una pandi-lla de ladrones, un bandidaje establecido en el foro contigo a la cabeza, y los despojos de una conjura-ción que había pasado de los arrebatos de Catilina a tu criminal locura. No era una ciudad. Así que yo no fui desterrado de una ciudad, pues esta realmente no existía; fui reclamado a la ciudad cuando ya había en el gobierno un cónsul —que por entonces no ha-bía—; cuando existía un senado —entonces había desaparecido—; cuando había un libre consenso del pueblo, y se habían recuperado el derecho y la justicia, vínculos propios de una ciudad. Y mira hasta qué punto he despreciado los dardos de tu panda de bandidos. Siempre pensé que tú habías lanzado y diri-gido contra mí una abominable injusticia, pero nunca pensé que me hubiera alcanzado, a no ser que, al de-rribar paredes o lanzar contra las casas tus criminales hachones, pensaras destruir o incendiar algo mío. No hay nada mío ni de ningún otro si puede ser quita-do, arrebataquita-do, perdido. Si me hubieras arrebatado la divina firmeza de mi espíritu o la conciencia de que mis cuidados, desvelos y decisiones mantenían en pie la república a pesar tuyo; si hubieras borrado la inmortal memoria de este beneficio que es eterno; más aún: si me hubieras arrebatado la mente de la que procedían estas decisiones, entonces yo confesa-ría haber recibido una ofensa. Pero si no hiciste eso ni lo pudiste hacer, tu ofensa me proporcionó un regre-so glorioregre-so, no un desgraciado destierro […].

Produjiste una matanza en el foro, ocupaste los tem-plos con hombres armados, incendiaste casas parti-culares y edificios sagrados. ¿Por qué Espartaco va a ser un enemigo si tú eres un ciudadano? ¿Es que pue-des ser ciudadano tú, si por tu culpa hubo un mo-mento en que la ciudad dejó de existir? ¿Y me llamas a mí con un nombre que es el tuyo, pues todos saben que con mi exilio quedó exiliada la república? ¿Es que nunca te vas a mirar a ti mismo, estúpido? ¿Nun-ca vas a reflexionar sobre lo que haces ni sobre lo que dices? ¿No sabes que el exilio es un castigo por los delitos cometidos, y que lo mío fue más bien un viaje emprendido por las espléndidas hazañas que había llevado a cabo?

C I C E R Ó N

(106 a.C. – 43 a.C.)

Tomado del libro de Cicerón, Las paradojas de los estoicos, traducción y notas de Carmen Castillo, Ediciones Rialp, Madrid, 2016.

ARROJADO

DE LA

CIUDAD

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TO: Irving P

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