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160 Ejemplos Positivos para el Más Allá

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PRÓLOGO

L

a vida de don Antonio Colao Granda nos impulsa a decir: Sangre de España fecunda. Porque de fecundidad puede gloriarse quien hace el número cuatro entre los 13 hijos que tuvieron sus padres.

Y fecunda fue la familia de don Antonio: dos hijos de su sangre —Fé y Antonio— y 250 niños y niñas que don Anto-nio y su esposa doña Julia apadrinaron en la ciudad de Cara-picuiba, en Brasil. Con toda justicia a don Antonio y a doña Julia se les dio el título de Familia Ejemplar del Año.

Muy fecunda ha sido también la labor de don Antonio en el campo de las letras. Desde su bautismo literario el año 1976 en el periódico Región hasta el día de hoy lleva publi-cados miles de artículos en periódicos y revistas españolas y americanas. Sus libros que versan en general sobre temas religiosos se elevan ya —con este— a ocho volúmenes y una novela.

En el orden espiritual don Antonio busca su santificación y la de todos sus allegados. Y para conseguirlo se vale de los sacramentos —comunión diaria y confesión quincenal—, trato frecuente con Dios, a través de la Virgen María, y para su santificación don Antonio se vale también del trabajo profesional hecho a conciencia. No le gusta ofrecer a Dios un trabajar chafallón. Su apostolado —ejercido principal-mente entre familiares y amigos— es el fruto de su intensa vida interior. Una sobreabundancia de su vida contempla-tiva.

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El retrato moral que hago de don Antonio coincide con el que hacían del duque de Guisa sus contemporáneos: “Hacer el bien a todas manos y cuando no obra palabras, es cortés, humano, honrador de todos, murmurador de ninguno”. Sigue don Antonio la máxima evangélica: No juzguéis y no seréis juzgados.

Este libro que tienes en tus manos, querido lector, es uno de los hijos del espíritu de don Antonio. Se ha dicho —con razón— que el estilo es el hombre mismo. Pues bien, este libro tiene la frescura, la espontaneidad y la blancura del espíritu del autor. Me atrevería a afirmar que es don Anto-nio mismo.

FRANCISCO SÁNCHEZ DE MUNIAÍN Y GIL

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EL PERIODISTA DON JULIO GONZÁLEZ

GARCÍA ENTREVISTA A ANTONIO

COLAO GRANDA.—

Antonio, ¿cuántos libros lleva publicados con éste?

— Este es el octavo que será publicado Dios mediante el próximo mes. También terminé una novela profundamente religiosa que no sé cuando la veremos impresa, pues depende de las Ediciones Paulinas de Madrid. Y sólo me darán la respuesta cuando terminen de examinar las novelas y libros que preceden a la mía.

¿Cómo se titula la novela?

— La novela es autobiográfica y le di por título ovela

de un pastor con voluntad de triunfo.

Y eso ¿por qué?

— Porque los primeros trabajos que hice en mi vida fue-ron pastorear vacas y ovejas, sin faltarme nunca la voluntad de triunfo.

¿Pretende publicarla a nivel nacional?

— Esa es mi esperanza, pero las editoras no se juegan los millones sin saber si los ganarán, y actualmente son muchos los personajes famosos que les mandan originales con exce-lente calidad. Un catedrático de Lengua y Literatura que me escribió el prólogo me dice que la novela es un relato apa-sionante y fantástico, pero me temo que la sintaxis no tenga la calidad suficiente para que pueda competir con tantos escritores como se presentan en las editoriales, y como la espiritualidad de la novela es muy profunda, no se ajusta al

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querer de la mayoría de los lectores. Esperemos con pacien-cia y después veremos lo que pasa.

¿Intentó publicar a nivel nacional alguno de los libros que lleva publicados?

— No. Nunca lo intenté, pese a que me lo han recomen-dado algunos amigos expertos en Literatura. Pero todavía estoy a tiempo, porque mis libros se han vendido casi todos en las misiones de América, y sólo algunos miles en España. Como usted bien sabe yo no escribo para ganar dinero. Lo hago con mucho gusto porque me parece un deber cristiano, y me siento muy satisfecho con los resultados, sabiendo que todas las ganancias obtenidas son para los hombres y niños que tienen sed de pan y de Dios. Hace algunas semanas estuve con el fundador de la unión sacerdotal Lumen Dei y me dijo que siguiera escribiendo: “Escriba, escriba”, me dijo. Después, el superior general que tienen en Argentina, un santo sacerdote, me enseñó las felicitaciones que tenía escritas en su agenda de los argentinos que compran mis libros, y como Dios me ha dado esa vocación ardiente y ese celo apostólico para ser un instrumento al servicio de Dios y de las almas que viven en pecado mortal, cuando alguien cambia de vida motivado por mis escritos, me siento feliz.

¿Tiene miedo a la muerte?

— No. La muerte para el cristiano no existe. Es pasar de vida a vida. Lo que me preocupa es el juicio final. Y en el supuesto de que Dios me lleve antes que a mi esposa y nues-tra hija, me duele muchísimo el vacío que les dejo. Nos que-remos demasiado. Cuando me operaron de cáncer en el estómago nuestra hija prometió no cenar más si Dios me

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esposa pasa noches enteras a los pies del sagrario adorando al Santísimo en acción de gracias por mi salud. Especial-mente cuando me toca pasar la revisión y hacer los análisis. Y además del vacío que queda en los hogares cuando nos falta un ser querido, tendrán que afrontar todos los proble-mas que conllevan la administración de las propiedades que tenemos alquiladas y los impuestos que vienen de Hacienda motivados por la herencia; todo esto requiere una experien-cia que mi esposa y nuestra hija no tienen. Algunas veces le digo a la hija que se ponga al corriente de todo, pero no quiere pensar en eso, y así están las cosas. Dios proveerá.

¿o le preocupan las enfermedades y achaques de la vejez?

— Sí me preocupan. Especialmente si tengo que pasarme meses o años sin poder trabajar. La vida para mí sólo tiene sentido —en la tierra— a base de trabajo y oración. Reco-nozco que la inactividad por deficiencias humanas también tiene sus ventajas, porque nos lleva a la humildad y a la reflexión, a pensar más en Dios y a prepararnos mejor para la otra vida; todo lo que el Señor nos envía es muy positivo para la salvación de nuestras almas. Pero esto sólo sucede cuando no se duda de Dios-Padre.

¿Y los que no tienen esa fe?

— Los que no tienen fe no les sirve de nada. Supongo que desearán morirse para quitarse el sufrimiento de encima y descansar. Ignoran que ese dolor puede ser mucho más intenso sin esperanzas de remediarlo. Por eso merecen toda la compasión de los que creemos y sabemos que la muerte corporal no es el fin de la vida, sino el principio de una vida de gloria para los justos.

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Antonio, ¿cómo pretende titular este libro?

— La verdad es que no lo sabía. Pero al pedirle consejo a un santo jesuita —P. Luis Outeiriño Núñez— que nos que-remos como verdaderos hermanos, me sugirió que lo titu-lara 160 ejemplos positivos para el más allá. Y así lo haré, porque este señor con 90 años cumplidos e impedido de andar es un hombre inspirado por Dios.

¿Pretende escribir más libros?

— Sí. Ya tengo varias páginas escritas para otro. Pero sólo Dios sabe si lo terminaré. Estoy a punto de cumplir 72 años, y mi salud no es tan buena como quisiera. No obstante le puedo decir que pretendo escribir mientras tenga capaci-dad para hacerlo. Tengo vercapaci-dadera vocación literaria. La pena es que no pude ejercerme en la misma hasta los 48 años, y sólo aprovechando algunas horas libres, sin dejar el trabajo hasta hoy, y siempre pendiente de los negocios; a todo esto hay que adicionar los once años que me pasé en Brasil hablando y escribiendo en portugués. Estos inconve-nientes me han llevado a ser un escritor frustrado.

En sus libros aparecen muchas citas de personajes céle-bres. Usted lee mucho, ¿verdad?

— No leo mucho porque me falta tiempo. Sólo tres horas diarias, y treinta minutos más de lectura religiosa, conforme al deseo del director espiritual. Lo que me lleva más tiempo es la oración. Hago lo contrario que los escritores. Emilio Romero nos decía en uno de sus artículos que leía doce horas todos los días y que sólo escribía veinte minutos.

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Y usted, ¿cuántas horas escribe?

— No lo sé con exactitud. Digamos que tres horas diarias quince días al mes.

¿Y por qué sólo quince días al mes?

— Pues mire usted, hay que descontar los días festivos, hay que descontar los martes para darles una plática sobre el Evangelio al grupo de fieles que vengo orientando desde hace veinte años, hay que descontar las tardes que dedico a la administración de nuestras propiedades, hay que descon-tar el tiempo que me lleva la correspondencia con mis alia-dos de Brasil, hay que descontar las visitas, y hay que des-contar cuatro días más al mes para salir con los amigos y andar unos kilómetros hasta llegar a la Virgen de la Provi-dencia. Por eso calculo que sólo me quedan unas quince tar-des libres para escribir unas tres horas cada tarde.

¿Y cómo no aprovecha más las tardes?

— No puedo aprovecharlas más porque duermo la siesta hasta las cinco, y a las ocho me pongo a rezar hasta las nueve. Luego veo el Telediario. Después cenamos, y a con-tinuación me reúno con la hija y la esposa para dialogar y hacer las novenas hasta las doce de la noche que nos acos-tamos. Esto sucede cuando la hija termina la consulta a las diez. Pero algunos días termina después de medianoche y no la vemos hasta el día siguiente cuando almorzamos todos juntos.

¿Y los nietos?

— Los nietos son encantadores, pero infelizmente les dedico poco tiempo. Ellos bajan a vernos del octavo piso donde viven al sexto en el que vivimos nosotros, y los días

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que no tienen colegio estamos todos juntos y comen cuando nosotros.

¿Y el yerno?

— El yerno siempre está muy ocupado. Trabaja en la Audiencia Provincial de Oviedo, y las horas libres las dedica al ordenador. Le gusta mucho la informática y es un gran experto en Internet. Habla poco y trabaja mucho. Creo que eso es lo bueno. Tengo que agradecerle mucho el que haya ofrecido no cenar si yo salía bien de la revisión que pasé hace unos treinta días.

Antonio, le deseo mucho éxito con el nuevo libro y con la novela.

— Gracias, don Julio.

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1.— MENTIRAS CRIMINALES

E

l doctor Bernard Nathanson ha descubierto en su obra —El alarido silencioso— las mentiras más criminales de todos los tiempos, después de prac-ticar 75.000 abortos. Es verdad que posteriormente se arre-pintió de las barbaries cometidas y fue bautizado cristiana-mente en 1996. Ahora leemos en su libro cuál ha sido la argucia empleada para cambiar las leyes que había en Esta-dos UniEsta-dos en 1968 sobre la natalidad, sirviénEsta-dose de falsas encuestas.

El doctor Bernard fue uno de los principales fundadores de la Asociación Nacional para revocar las Leyes sobre el Aborto en USA, sabiendo que una encuesta veraz hubiera establecido el hecho de que la mayoría de los norteamerica-nos estaban en contra de leyes permisivas sobre el aborto. No obstante, cinco años después de su perversa gestión, habían conseguido del Tribunal Supremo la legalización del aborto en 1973. ¿Cómo lo consiguieron?: El primer logro fue hacerse con los “Mass-Media”. Les convencieron de que la causa del aborto favorecía a un avanzado liberalismo. Pero este ex monstruo y sus colaboradores sabían que presentando unas encuestas con más del 60% en favor del infanticidio, la justicia que apoya a la injusticia, implantaría la ley inicua del aborto. Y así fue la táctica de exaltar la pro-pia mentira y conseguir un apoyo suficiente amañando el número de abortos ilegales que se producían anualmente en USA. Esta cifra era de 100.000 aproximadamente pero la que reiteradamente dieron a los “Media” fue de 1.000.000,

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y como una mentira suficientemente reiterada la hace ver-dad al público, nadie dudó.

Y el número de mujeres que morían anualmente por abortos ilegales oscilaba entre 200 y 250. Pero consiguieron “probar” con las falsas encuestas que continuamente repetían a los “Media” la muerte de 10.000, y a pesar de la criminal falsedad fue admitido por la mayoría de los norte-americanos convenciéndoles de cambiar las leyes sobre el aborto. Otro mito que consiguieron extender entre la mayoría del público fue que el cambio de leyes solamente implicaría los mismos abortos que se practicaban ilegal-mente. Después, vieron que el número anual de abortos se incrementó en un 1500 por 100, o sea quince veces más.

La segunda táctica fundamental fue jugar la carta del anticatolicismo. Vilipendiando sistemáticamente a la Iglesia Católica, calificando sus ideas sociales de retrógradas, y atribuyendo a su Jerarquía el papel de malvados, principal-mente entre los opositores al aborto permisivo. Resaltán-dolo incesantemente, los “Media” reiteraban que la oposi-ción al aborto procedía de dicha Jerarquía, no de los católicos; y una vez más, falsas encuestas “probaban” que la mayoría de los católicos deseaban la reforma de las leyes antiaborto. Entretanto, el hecho de que los grupos cristianos católicos, y aún ateos, se declarasen Pro Vida, fue constan-temente silenciado.

La tercera táctica fue la de negar cualquier científica evidencia de que la vida comienza en el momento de la concepción. “Ahora —nos dice el doctor Bernard—, des-pués de saber todos los médicos que la vida comienza con la concepción, me preguntan: ¿por qué algunos doctores americanos se desacreditan practicando el aborto? La

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res-tión de Aritmética: A 300 dólares cada uno, 1’55 millones de abortos implican una industria que produce 500 millones de dólares anualmente. De los cuales la mayor parte va a los bolsillos de los doctores que practican el aborto”.

Como estamos viendo, el aborto es un hecho claro de destrucción de vidas humanas a cambio de miles de millo-nes de pesetas que reciben los facultativos perversos. Un acto de mortífera violencia, del cual es el primer responsa-ble el doctor Bernard, máxime si tenemos en cuenta que con pequeñas diferencias, también se repitieron con éxito las patrañas de sus falsificadas encuestas en el mundo Occiden-tal. Ahora, arrepentido lo confiesa, pero el mal que ha hecho en todo el mundo sigue el camino de Lucifer sin que nadie le ponga freno. Que Dios les perdone a todos y les salve del infierno. Así lo deseo de corazón.

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2.— LOS TIEMPOS NO HAN CAMBIADO

C

uando los abuelos les dicen a sus hijas que los nietos son demasiado modernos, las respuestas son las mismas casi siempre: “¿no te das cuenta de que los tiempos han cambiado mucho, papá?”. Esto es una insipiencia por parte de las madres, porque los cam-bios están en la mentalidad de las personas y no en el true-que de los tiempos. Ahora estoy leyendo la biografía de la Santa más célebre de los países escandinavos en la Edad Media —Santa Brígida—, y estoy viendo que su vida entre los años 1302 y 1373 siguió los mismos derroteros que los santos de nuestra época.

Brígida se casó a los 14 años obedeciendo al querer de sus padres para ser esposa del noble caballero Uif Guámarssen. Ejerció benéfica influencia sobre él. Juntos socorrían a los pobres, fundaron hospitales y erigieron muchas iglesias. Tuvie-ron 8 hijos, y como no podía ser menos, entre ellos a Santa Catalina, cuya vida estuvo íntimamente unida a la de su madre. Al regreso de una peregrinación a Santiago de Compostela, falleció santamente su esposo. Su muerte señala una vida de mayor actividad para la Santa, pues al despedirlo en el cemen-terio oyó una voz del Señor que le decía: “Tú serás mi esposa y mi instrumento, y mi espíritu estará contigo hasta la muerte”. Santa Brígida se alimentaba de las minucias que recibía con el trabajo manual que realizaba después de medianoche. Y con los donativos que recibían ella y su hija, construyeron el

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Las amonestaciones que recibía del Señor fueron las carac-terísticas más sobresalientes: “Yo hablaré por tu boca” le había dicho Jesús, y con libertad y firmeza le habló al monarca Magno, para que en la corte hubiera un ambiente menos mun-dano. Asimismo fue la encargada por Dios de comunicar a los Papas sus advertencias (Clemente VI, Urbano V, Gregorio XI). Igualmente a los religiosos y sacerdotes los amonestaba a vivir santamente. Le preocupaba cuanto se relacionaba con el bien de la Iglesia, en una época sombría y relajada.

Su biógrafo nos dice que sus escritos constituyen la obra capital de la literatura sueca medieval. Lo forman “Las reve-laciones”, “La regla del Santísimo Salvador” y el “Sermón angélico sobre la excelencia de la Virgen”.

“Las revelaciones”, menospreciadas desde su publicación, fueron defendidas en el Concilio de Basilea por el futuro carde-nal Juan de Torquemada, y han sido traducidas del latín a todas las lenguas europeas. “No hablo para ti sólo, sino para la salva-ción de todos los cristianos” (le dijo el Señor). Ciertamente, según palabras de Benedicto XIV, “no hay que darles a dichas revelaciones la misma fe que a las verdades de religión, pero están fundadas en pruebas muy razonables para ser creídas”.

Escuchó al Crucificado poco antes de morir: “No te he visitado con consuelos en este tiempo pasado, porque era el tiempo de pruebas, pero ahora ven a Mí”.

Poco después de regresar de Tierra Santa, moría en Roma, siendo el traslado de sus restos mortales a Suecia. Una multitudinaria y auténtica procesión triunfal siguieron su cadáver derramando lágrimas por el bien que había hecho y el ejemplo que perdura 626 años después y se perpetuará hasta el fin de los tiempos. Lo mismo ocurre con los santos de hoy. Los tiempos no han cambiado.

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3.— LAS ENFERMEDADES

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ienso y creo que no pocas enfermedades se pueden evitar haciendo un examen periódicamente para prevenir lo que después no tiene remedio. La Pala-bra de Dios ya nos dice que “Acude al médico y sigue sus consejos, que también él es hijo de Dios y a veces le permite acertar” (Eclesiástico 38, 12-13). Es necesario luchar contra las enfermedades y no desfallecer nunca. Dios quiere ser-virse de nosotros para darle a conocer y a amar, y cuanto más podamos prolongar nuestra vida, mayor es el bien que podemos hacer. No hay duda de que los médicos son queri-dos por Dios para remediarnos el dolor. Y si queremos verlo más claro después de lo dicho, es bueno recordar que uno de los discípulos de Jesús era médico y evangelista, San Lucas. Y ¿qué podemos hacer cuando no se puede evitar la enfermedad y el dolor? El mejor lenitivo que me dictamina mi experiencia es ofrecerle a Jesús todas mis tribulaciones mórbidas, es decir, adicionar el sufrimiento a la Pasión y muerte del Redentor para paliar nuestros pecados y los que el mundo comete por la ignorancia religiosa y el despecho. Cierto es que la Pasión de Cristo por nuestros pecados ha sido completa, pero sí nos ha dejado las puertas abiertas para añadirle nuestros méritos, pues por más que consiga-mos ensalzarla para redimir los pecados del mundo, nunca llegaremos al exceso.

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encon-oscuro de la vida. El que revela nuestra fragilidad y es fruto de nuestra limitación de criaturas. Es imposible evitar siem-pre el sufrimiento. Sobre todo si amamos mucho. Pues quien más ama, mayores motivos tiene de dolor. Lo expresa bien el folklore popular cuando canta: “Corazón que no quiere sufrir dolores, pase la vida entera libre de amores”.

Lo que nos da Dios es la posibilidad de que el dolor sea fructífero, tanto más cuanto mayor sea el grado de santidad en que vivimos. El hombre siempre tendrá dos purgatorios por delante: el que podemos pasarlo en la Tierra sabiendo que lo tenemos merecido —esto sucede con los “santos”— , y el que forzosamente nos espera si no lo sufrimos aquí. Por mi parte prefiero pasarlo en vida voluntariamente, teniendo en cuenta los recursos que Jesús nos concede: “Venid a Mí todos los que estáis cansados y afligidos, que Yo os aliviaré, porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mateo 11, 28 y 30), mientras el purgatorio que pueden sufrir nuestras almas en la ultratumba, sólo puede ser miti-gado con recursos ajenos: misas y oraciones de los que nos sobreviven.

Y ¿por qué nadie se libra del sufrimiento? Ningún genio en el mundo nos ha dado nunca una explicación. Sólo la Palabra de Dios lo deja muy claro en el Antiguo Testa-mento: La desobediencia a Dios de nuestros primeros padres, Adán y Eva (Génesis 3, 16-19). Ese pecado lo hemos heredado con los mismos derechos que tenemos a la herencia de los bienes que nos dejan nuestros padres legíti-mos. Y no existen argumentos válidos para decir lo contra-rio.

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.— EL PAPA Y EL INFIERNO

L

os académicos consideran al infierno como el lugar destinado por la divina justicia para el tigo eterno de los malos; es decir, tormento y cas-tigo de los condenados. Y la respuesta de los agnósticos siempre es la misma: “Faltan al buen sentido los que evi-dencian el infierno. No puede existir un castigo eterno para expiar los pecados cometidos en esta vida efímera”.

Este razonamiento de los incrédulos puede ser muy sen-sato para la ínfima categoría de nuestra mente. Pero no deja de ser una osadía escudriñar y definir los designios de Dios, negando lo que Jesús nos dice reiteradamente en los Evan-gelios y excluyendo lo que Dios nos dice en el Apocalipsis: “Estanque de fuego” (Apocalipsis 21, 8).

El doctor Vander nos dice que para gobernar una nación es necesario tener un cerebro muy equilibrado, con un peso de 1800 gramos. Si ahora intentáramos buscar la proporción o armonía entre el gobierno de un estadista y el gobierno de Dios, no sería exacerbado pensar —veamos a Dios como hombre— que el cerebro de Dios es mucho más grande y más pesado que nuestro Planeta. Y como se trata de un Señor infinitamente sabio, poderoso y justo, infinito puede ser —y lo es— el castigo que merecemos cuando vulnera-mos sus santas leyes.

Juan Pablo II afirmó el pasado día 28 a una multitud de jóvenes en la Plaza de San Pedro que “el infierno es real,

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cuencia de nuestra decisión, tomada libremente, rechazando el amor y el perdón que constantemente nos ofrece. Jesu-cristo ha venido al mundo para que todos nos salvemos. Pero el que se lanza sobre el asfalto desde un sexto piso, no puede culpar al pavimento de su muerte, sino a su voluntad de suicidio.

Morir en pecado mortal sin el menor arrepentimiento, es una oposición rebelde y rotunda contra la voluntad de Dios. Y esto significa separarse de Él para siempre. Y este estado definitivo de auto—exclusión es el que puede llevar a las almas al infierno. Por eso dice el Papa que “la eterna con-denación no se puede atribuir a Dios, ya que Él sólo quiere la salvación de lo que ha creado, y el culpable es el propio hombre”.

Conozco católicos muy expertos que niegan el fuego del infierno y consideran que la gehena consiste en la separa-ción eterna de Dios, porque allí no existe leña ni carbón, ignorando que Dios no necesita combustible para que se produzcan las llamas, y Jesús nos dice que “es el lugar donde ni el bicho muere ni el fuego se apaga” (Marcos 9, 48). Y, ¿por qué Juan Pablo II les ha pedido a todos los sacerdotes que “con sobriedad prediquen el infierno en las homilías”, sino para que todos se salven?

Es de notar que se trata de un dogma de fe, y los dogmas de fe son verdades inconcusas que un buen cristiano no puede negar lo que Dios nos revela. Tengo muy claro que el creyente que cree en el infierno está libre de condenarse, porque el santo temor le impide morir en pecado mortal. Por eso Jesús nos repite quince veces el infierno en los Evange-lios. Sí, quince veces nos los advierte para que nadie se con-dene. ¿Se puede pedir más?

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5.— ¿DESEA MORIRSE?

N

uestras vacaciones de ocho días las pasamos en Fátima y en un funeral muy doloroso en Valen-cia. Cuatro amigos/as nos acompañaron. Tam-bién mi ahijado de 21 meses y un matrimonio —sobrinos— con dos hijas párvulas. Los quince nos trasladamos en tres coches con rumbo al Carmelo de Santa Teresa, en Coimbra. Allí hablamos con una religiosa que salió para recibirnos después de la llamada del timbre y decirle que era el Colao de siempre. La Madre superiora deseaba verme para saber de cerca cómo me encontraba después de la dolorosa opera-ción que soporté, apoyado en las oraciones de Lucía y tan-tas otras.

Entretanto, una señora asturiana bien conocida y famosa en el Principado, junto con toda la caravana que nos acom-pañaba, se quedaron en la portería del Convento. Allí surgió un milagro espiritual: la excelsa señora salió del agnosti-cismo en menos de treinta minutos. Dialogando con la jovencísima religiosa que nos abrió la puerta y mirando a sus ojos, se quedó prendada del espíritu y la gracia santifi-cante que la irradiaba. Mis familiares íntimos y yo, marca-mos encuentro con la Madre superiora para ver a Sor Lucía siete días después a las once de la mañana.

Lo extraño en el camino que separa Coimbra de Fátima —100 kilómetros— fue el silencio inflexible y dogmático de la ingente señora. Pues todo parecía que había

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enmude-Salve en latín. Y al despedirnos en Fátima dos días antes de nuestra salida para cumplir con sus urgentes obligaciones en Asturias, nos entregó una carta cerrada para la religiosa referida con una cruz de oro como obsequio de gratitud a la santa monja que Dios había puesto a su lado como instru-mento que habría de servir para su conversión. La religiosa susodicha se quedó estupefacta después de leer la carta y comprobar el milagro: “Son prodigios de Dios —nos dijo— . Yo no soy nadie para atribuirme milagros. La cruz de oro tiene que salir del Convento rápidamente. Aquí no acepta-mos oro ni plata”. Y encarecidamente le pedí a la Madre superiora que no dejaran de escribirle a la señora referida.

Al llegar el próximo sábado —día 24 de julio— llegamos al Convento para ser recibidos por la vidente de Fátima (sor Lucía). Eran las once de la mañana cuando salió a recibir-nos. Sonriendo con sublime dulzura, nos mandó sentarnos y les cogió las manos a nuestros nietos y a mi ahijado, mien-tras sus padres estuvieron esperando dos horas en la capilla del Convento. Dos horas también estuvimos dialogando con Lucía, y tratando de cosas muy sencillas relacionadas con la Iglesia, con la Virgen de Fátima y con Jesucristo y sus Evangelios. Y como Lucía ha puesto fin a su Fé después de dialogar tantas veces con la Virgen (fe es creer lo que no vemos), se me ocurrió preguntarle si deseaba morirse: “Nadie tiene ganas de recibir el castigo —nos dijo— que nos espera después del pecado original. Pero como nadie puede subir al Cielo sin antes pasar por la muerte. Es claro que deseo sufrirla para llegar a la Casa del Padre. El pró-ximo 22 de marzo cumpliré los 93 años y 55 de clausura en este Convento”.

¿Continúa recibiendo tantas cartas como siempre? —le pregunté. “Ahora recibo más que nunca —me dijo—. De

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todas las naciones recibo una media de cien cartas por día”. —¿Las lee todas? “Todas son abiertas y leídas por mis cole-gas, luego las seleccionan y me entregan las que tienen con-tenidos más acuciantes y necesitan más de la caridad”. — ¿Las guarda todas? “Es imposible —me dijo—. Guardamos las que tienen algún interés histórico y las otras se queman en la huerta del Convento”.

¿Cómo ha dejado el Convento de las Doroteas donde dis-frutaba de la libertad que ahora no tiene en esta clausura de las Carmelitas? “Quien no duda de Dios y de su Santa Madre debe de buscar siempre el lugar más sacrificado y estricto. Es verdad que me dieron muchas vueltas antes de conseguirlo. Los obispos de Portugal deseaban tenerme cada uno en su diócesis y no me concedían permiso para entrar en clausura, pero Pío XII, después de exponerle mis razones, me envió una carta concediéndome el deseo que tenía de retirarme del mundo. Creo que fue un gran acierto, pues la contemplación vale más que la actividad, y juntas las dos como lo hago aquí, se completan más las exigencias del Evangelio”.

Hasta este punto todo había sido una felicidad en nues-tras diminutas vacaciones. Pero ¡oh! qué poco dura la dicha. Cuando nos despedimos de Lucía y bajábamos las escaleras del Convento, suena el teléfono móvil de nuestro yerno para decirle que su hermano —sacerdote, con tres licenciatu-ras— había muerto en aquel instante. Salimos rumbo a Valencia y hemos visto uno de los dramas más dolorosos de nuestra vida. Su madre, con 84 años, pedía encarecidamente a Dios que le llevara con su hijo queridísimo.

Dos horas estuvimos en el funeral presenciando una ceremonia que nunca había visto tan sentida y

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multitudina-de exequias. Los siete prelados abrazaron y besaron a la pobre madre del sacerdote, y el arzobispo de Valencia, mon-señor García Gasco, le dijo: “Puede estar tranquila, su hijo se confesó, recibió la extremaunción y me dijo: “El mayor dolor que llevo de este mundo, es el dolor de mi madre”. Y esta señora tan dolorida le preguntaba a nuestro yerno cuando introducían a su hermano en el panteón: “¿Habrá infiltraciones de agua sobre mi hijo?”. ¡Oh, Dios mío!, cuántas lágrimas en este mundo, cuánta tristeza, cuánto dolor, y cuán necesario es todo para salir del pecado, para salir del egoísmo y para mirar más al Cielo.

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6.— RISA Y LLANTO

L

a sonrisa es la expresión del bien que se quiere transmitir a nuestros semejantes, como recepción noble de todos los defectos y virtudes que nos pre-senta el que la recibe, ofreciéndole un aspecto alegre y gozoso, mientras que la risa estrepitosa o carcajada es fruto del ridículo que nos presenta el payaso o la extravagancia en que éste sitúa a una tercera persona. Por eso a Jesucristo nunca nadie lo vio reírse. Pues el placer que nos causa la risa estrepitosa procede de actitudes que nos dejarían de ser humillantes si por nosotros fuesen asumidas.

¿Quién no se ríe si una señora resbala, cae y nos pone al descubierto las posaderas? ¿Quién no se ríe cuando un cómico imita perfectamente a los tartamudos? ¿Quién no se ríe de un borracho que va serpenteando las calles, vocife-rando sandeces y pavocife-rando a los coches? Es verdad que las carcajadas pueden servir de terapia para la salud corporal, pero nunca se librarán del pecado. Por eso los santos sonríen a todos los vivientes y no se ríen de nadie, porque lo que no quieras para ti, a nadie debes deseárselo. Esa es la perfec-ción a la que todos los cristianos somos llamados.

Rabindranath Tagore nos dice que “cuando sonrió el hombre, el mundo le amó. Cuando rió, le tuvo miedo”. Y Jesús nos dice: “¡Ay de vosotros los que ahora reís; porque gemiréis y lloraréis!” (Lucas 6, 25). Pero no hemos de con-fundir el hombre que carcajea con el varón risueño que nos

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música de la infancia. Por eso dice Rubén Darío que “la alegría inocente se desborda en una catarata. ¡Triste hogar es aquél donde no resuena la amable sonrisa infantil!”.

El llanto puede ser el modo de expresar algo que con palabras no se puede decir. Cuando encontramos una per-sona llorando a nadie le pasa inadvertido, porque las lágri-mas expresan una sinceridad incomparable. Es el humor que sale del alma dolorida donde no existen fisuras hipócritas o ficticias. Y esa verdad completa que nos propina el dessuelo nadie la desprecia, y toda persona normal se con-mueve e intenta remediar la tragedia.

Cervantes nos ha dejado escrito que “por tres cosas es lícito que llore el varón prudente: la una, por haber pecado; la segunda, por alcanzar perdón de él; la tercera, por estar celoso; las demás lágrimas no dicen bien en un rostro grave”. También se suele llorar de alegría. Y cuando esto sucede es que la dicha o felicidad es completa, pero la sin-ceridad es la misma que brota del dolor. Por eso lo que más nos une a los hombres es el dolor y la alegría mutua.

Y termino con una estrofa de Gabriel y Galán: “Me enseñaron a rezar,

enseñáronme a sentir y me enseñaron a amar y como amar es sufrir también aprendí a llorar”.

Permítanme dos renglones más de Emilio Castelar: “Una vida en que no cae una lágrima es como uno de esos desier-tos en que no cae una gota de agua: Sólo engendra serpien-tes”.

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7.— RESPUESTA AL PADRE PATAC

SOBRE EL INFIERNO

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e leído con verdadera fruición la entrevista que le han hecho (6-8-99) al ilustre jesuita don José María Patac de las Traviesas. Y si el señor direc-tor me lo permite, me gustaría disentir en algo tan serio como son los dogmas de fe, haciéndolo con todo el respeto y consideración que me merece: “El infierno no es tan terri-ble del modo en que nos lo pintan; es estar ausente de Dios. Lo que pasa es que la ignorancia religiosa es muy grande”, nos dice. Y si el buen religioso me lo permite, le diré que esa ignorancia religiosa lleva camino de serle atribuida al mismo Cristo. ¿Por qué nuestro Salvador nos repite tantas veces el fuego del infierno y no nos ha pronunciado una sola palabra diciéndonos que la gehena consiste en la eterna separación de Dios? Y, ¿por qué tantos religiosos y católi-cos se empecinan en tergiversar lo que Dios nos afirma cla-ramente? ¿Qué fundamento tiene negar la evidencia de Dios?

También me hace pensar el Padre Patac que si en las cla-ses impartidas a Fidel Castro le hizo saber que el infierno es la separación de Dios, es claro que se haya separado de Él para pasarlo estupendamente en la Tierra y vivir feliz en el infierno con la misma distancia que ahora se encuentra del Altísimo. Creo que no debemos olvidar el Evangelio del rico Epulón y el pobre Lázaro (Lucas 6, 19-31) y fijarnos más en todo lo que sigue:

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existir un castigo eterno para expiar los pecados cometidos en esta vida efímera”. Este razonamiento de los incrédulos puede ser muy sensato para la ínfima categoría de nuestra mente. Pero no deja de ser una osadía escudriñar y definir los designios de Dios, negando lo que Jesús nos dice reite-radamente en los Evangelios y excluyendo lo que Dios nos dice en el Apocalipsis: “Estanque de fuego” (Apocalipsis 21, 8).

El doctor Vander nos dice que para gobernar una nación es necesario tener un cerebro muy equilibrado, con un peso de 1.800 gramos. Si ahora intentáramos buscar la propor-ción o armonía entre el gobierno de un estadista y el gobierno de Dios, no sería exacerbado pensar —veamos a Dios como hombre— que el cerebro de Dios es mucho más grande y más pesado que nuestro Planeta. Y como se trata de un Señor infinitamente sabio, poderoso y justo, infinito puede ser —y lo es— el castigo que merecemos cuando vul-neramos sus santas leyes.

Juan Pablo II afirmó el pasado día 28 a una multitud de jóvenes en la Plaza de San Pedro que “el infierno es real, pero no sabemos quiénes están en él”. Pienso que el infierno no es un castigo vengador infligido al hombre. Es la conse-cuencia de nuestra decisión, tomada libremente, rechazando el amor y el perdón que constantemente nos ofrece. Jesu-cristo ha venido al mundo para que todos nos salvemos. Pero el que se lanza sobre el asfalto desde un sexto piso, no puede culpar al pavimento de su muerte, sino a su voluntad de suicidio.

Morir en pecado mortal sin el menor arrepentimiento, es una oposición rebelde y rotunda contra la voluntad de Dios. Y este estado definitivo de auto-exclusión es el que puede llevar a las almas al infierno. Por eso dice el Papa que “la

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eterna condenación no se puede atribuir a Dios, ya que Él sólo quiere la salvación de lo que ha creado, y el culpable es el propio hombre”.

Conozco católicos muy expertos que niegan el fuego del infierno y consideran que la gehena consiste en la separa-ción eterna de Dios, porque allí no existe leña ni carbón, ignorando que Dios no necesita combustible para que se produzcan las llamas, y Jesús nos dice que “es el lugar donde ni el bicho muere ni el fuego se apaga” (Marcos 9, 48). Y, ¿por qué Juan Pablo II les ha pedido a todos los sacerdotes que “con sobriedad prediquen el infierno en las homilías”, sino para que todos se salven?

Es de notar que se trata de un dogma de fe, y los dogmas de fe son verdades inconcusas que un buen cristiano no puede negar lo que Dios nos revela. Tengo muy claro que el creyente que cree en el infierno está libre de condenarse, porque el santo temor le impide morir en pecado mortal. Por eso Jesús nos repite quince veces el infierno en los Evange-lios. Sí, quince veces nos los advierte para que nadie se con-dene. ¿Se puede pedir más?

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8.— SANTA TERESA

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uántos homenajes se habrán rendido a multitud de personajes que sólo han hecho mal a la sociedad, y cuán pocos se rinden a los que han inmolado sus vidas en provecho de los más pobres y desamparados. Esto sucede con los santos. Almas silenciosas y silenciadas que pocos recuerdan. ¿Existirá algún escritor en España que le rinda homenaje a Santa Teresa de Jesús Jornet el día 26 del actual mes, sabiendo que se cumplen 103 años de su fallecimiento y no ignorando que 103 son las Casas—Asilo por ella fundadas con millares de ancianos?

Sus biógrafos nos dicen que esta niña recién nacida en Lérida fue bendecida por la Virgen de los Desamparados para ser posteriormente el consuelo de millones de ancianos —vivos y muertos— en esta vida terrena y la tabla de sal-vación de tantas almas que volaron al Cielo después de con-vertirse con los mejores ejemplos de su vida y la caridad que su legión de monjas les dispensaban. Estas son las personas que debieran de grabarse sus nombres en todas las calles y plazas, porque el modelo a seguir para todos los hombres ha de ser Jesucristo y los que han vivido literalmente sus Evan-gelios.

De Teresa de Jesús Jornet, su mejor alabanza la hizo Pío XII: “Alma grande y a la vez sencilla, humilde hasta igno-rarse a sí misma, pero capaz de imponer su personalidad y llevar a cabo una obra ingente: enferma de cuerpo, pero robusta de espíritu, con fortaleza admirable... Amiga de toda

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virtud, especialmente de la caridad, ejercitada en tantos vie-jecitos...”.

Teresa de Jesús Jornet terminó la carrera de Magisterio con el número uno en su promoción. Muy poco tiempo ejer-ció su profesión en Barcelona. Su vida estaba jalonada por la fidelidad al Señor, alimentada en la oración y los sacra-mentos, hasta el punto de recorrer semanalmente 20 Kms. para confesarse, después de agasajar a los ancianos que tenía a su cargo. Es verdad que le ayudó mucho su tío, el P. Francisco Palau, recientemente beatificado. Pero muerto el beato, Teresa le pregunta al Señor: ¿Qué quieres que haga?”. Después de la pregunta a los pies del Sagrario, su imaginación se centra en la pasión y muerte de Jesús.

Ya tiene la respuesta: a partir de ese día comienza a ser acrisolado con enfermedades, calumnias, humillaciones, noches oscuras del alma, grandes inconvenientes para ser aprobadas en Roma las Constituciones estrictas que deseaba para sus fundaciones. Pues el contenido estaba implícito en los párrafos más rigurosos del Evangelio, y la Santa Sede entiende que el cumplimiento de las reglas será inaccesible, pero el Papa León XIII firma el decreto de aprobación de las Constituciones en 1887. Ya puede morir tranquila. Con la paz de los santos, muere el 26 de agosto de 1896, dejando como testamento espiritual para las Hermanitas: “Cuiden con esmero a los ancianos, ténganse mucha caridad y obser-ven fielmente las Constituciones; ahí está nuestra santifica-ción”.

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9.— EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

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os jóvenes matrimonios que viven armoniosamente sienten el temor de que sus hijos se disgreguen del hogar prematuramente, lo que está sucediendo en numerosas familias y son muchas las soluciones que tienen para remediarlo. Las relaciones entre padres e hijos empie-zan cuando el niño aprende a llamar a las cosas por su nom-bre. Es entonces cuando los padres deben siempre darse a respetar con autoridad y con mucho amor. Y no por las pre-guntas que reiteradamente hacen los niños se debe mandar-les callar y desoír el interés que tienen por saber.

Si los padres no rechazan las dudas de los hijos y les ponen las cosas en claro viviendo cercanos a ellos, el enlace de la confianza elabora una amistad sincera que los hijos nunca podrán encontrar en la calle. Y esto hace que los niños o adolescentes recurran siempre a sus padres para solventar sus problemas. Es de tener en cuenta que cuando llegan los problemas más serios en la adolescencia, como pueden ser enamoramientos, fracasos en los estudios, amis-tades poco decorosas, y un largo etcétera, si los padres no se han granjeado la sincera amistad de los hijos, si no les han escuchado, es claro que los hijos estarán cerrados en un foco de angustia que les lleva al odio desatinado de todos los vivientes.

En este aislamiento desesperado es cuando se juntan los jóvenes que se encuentran en similares circunstancias y, todos juntos, suelen recurrir a la droga y al alcohol, mientras que los hijos que siempre han tenido confianza con sus

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padres y que saben que ellos los atienden, seguro es que recurrirán a sus progenitores y les contarán sus problemas en busca del apoyo que necesitan con urgencia.

Los padres no deben asustarse cuando los hijos se pelean. Esto sucede con alguna frecuencia, bien por incompatibili-dad de caracteres, bien por adueñarse de los juguetes que le pertenecen al otro, bien por celos y envidia (en todos estos laberintos hay que reconciliarles pidiéndose mutuamente perdón), y muy mal si los padres prestan más atención al hijo que más gracia les hace. Son conflictos que los padres tienen que resolver con mesura ecuánime y prestando siem-pre la mayor atención al hijo que Dios ha favorecido menos con carisma de independencia. Y no es bueno ponderar a los hijos para evitar el engreimiento. Es necesario hacerles saber que son chicos normales, tanto más cuanto más carez-can del buen equilibrio y de la sensatez, sin dejar de corre-girles las faltas y darles soluciones sensatas.

Y termino con unas palabras del Santo Padre: “Vosotros queridísimos jóvenes, debéis de tener el ansia y el deseo de ser portadores de Cristo a esta sociedad actual (aquí está la clave de todo), más que nunca necesitada de Él, más que nunca a la búsqueda de Él, a pesar de que las apariencias puedan tal vez hacer creer lo contrario”.

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10.— REMEDIO PARA EL SIDA

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a lucha por el poder puede llevarnos a la banca-rrota. Las pensiones han salido a subasta en las autonomías, suponiendo que el que más altas las cotice, más electores tendrá a su favor. Los mandatarios políticos tienen que saber que no todos los viejos hemos perdido la memoria, y en nuestra retentiva ha quedado claro que los que más ofrecen son los que menos dan y los que mayores riquezas usurpan para ellos. Menos mal que con las máquinas de hacer billetes y un poco de miseria todo se va resolviendo después. Lo malo es el SIDA y la goma, que a tantos jóvenes lleva al cementerio.

El Gobierno y la oposición están apostando a ver quién se inclina más a la izquierda. Por eso están haciendo una nueva campaña de prevención del SIDA con un presupuesto de 450 millones de pesetas para que todos llevemos un pre-servativo en el bolsillo, no sea que nos encuentre una ramera en el camino y nos contagie. Pero nadie nos dice que con-forme a los estudios médicos el 18% de los que van al coito cubiertos con la goma, terminan también en el cementerio después de una lucha titánica y los consabidos dispendios.

¿Quién escogería un tren que tuviera este índice de siniestros? ¿Quién comería carne de porcino con la probabi-lidad de morirse el 18%? ¿Quién elegiría una compañía aérea para viajar sabiendo que el 18% pasarían a ser vícti-mas del siniestro? ¿Ignoran ésto nuestras autoridades sani-tarias? Creo que no. ¿Se puede tratar de competir con la oposición, sabiendo que si no lo hacen pueden perder

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elec-tores y pasar el mando a las filas contrarias, acrecentando así el paro, las enfermedades que proceden de la promiscui-dad, el terrorismo, la droga, el aborto libre; subida de los intereses, pérdida considerable de la economía que viene creciendo lo que nadie creía, y un largo etcétera?

Pese a todo lo dicho, creo que los socialistas subirán nue-vamente al poder, y en el mejor de los casos, dependeremos siempre del presidente de la Generalitat. Volviendo a lo del SIDA, muchos habrán visto en la televisión la inmoralidad que nos propagan: una señora con buen porte, carácter grave y preocupada le advierte a su hija de los peligros a que se expone en sus salidas nocturnas. La bella joven, abriendo el bolso le muestra el preservativo. Su madre, con sonrisa, ali-vio y complacencia se queda tranquila creyendo que nada malo puede sucederle.

El lector amable se dará cuenta de hasta qué punto de corrupción moral puede llegar este mensaje, sabiendo que a la madre no le preocupa la promiscuidad de su hija. Después aconsejan a nuestros jóvenes que sean responsables en sus relaciones sexuales, entendiendo que ser responsable es recurrir al preservativo. No se habla de valores morales. Se les incita al libertinaje sexual. Pero nadie se atreve a decir-les que el único remedio para evitar el SIDA es la abstinen-cia. Es decir, salir del pecado y entrar por la puerta estrecha que nos lleva a la salvación (Mateo 7, 14).

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11.— DELIZIA COSTA

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os académicos nos dicen que milagro es un acto del poder divino, superior al orden natural y a las fuerzas humanas. Y esto ha sucedido a la joven Delizia Costa en Lourdes. Después de diagnosticarle los especialistas un sarcoma en la pierna izquierda, pensaron en amputarle la extremidad, pero viendo que la metástasis se había extendido por el cuerpo, la niña siciliana fue desahu-ciada en el hospital y la llevaron sus padres a morir a su casa.

De edificio en edificio y de puerta en puerta, fueron pidiendo ayuda económica para llevarla a Lourdes. La chica de once años no podía comprender el porqué la habían lle-vado allí. Cuando la acompañaron hasta los baños de aguas termales sintió pánico y se negó a tomarlos. La única capaz de convencerla fue la hermana Catalina, que los tomó con ella. Regresa a su pueblecito de Sicilia sin sentir mejoría alguna. Pronto tuvo que meterse en la cama. Su peso había quedado reducido a 20 kilos. Los médicos le dicen que le quedan dos semanas de vida.

En el barrio reinaba la consternación. Sin embargo, todos los vecinos seguían rezando y nadie perdía la esperanza. En una gélida mañana, su madre —Gaëtana— preparaba el desayuno cuando tuvo la mayor impresión de su vida: Deli-zia había abandonado la cama y estaba en la puerta, relu-ciente, alegre y hambrienta. Su madre la hizo sentarse inme-diatamente y la niña comió con buen apetito. Sorprendida, Gaëtana vistió a su hija y la llevó rápidamente al hospital

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donde había sido desahuciada. Los especialistas que la habían tratado afirmaron: la salud general de Delizia es excelente.

La noticia de este auténtico milagro se extendió por toda Sicilia y después por Italia. Los periódicos y la televisión transmitieron el extraño acontecimiento. Después de varios años, le dieron el informe al Comité Médico Internacional, que reúne a alrededor de 30 médicos, neurólogos y psiquia-tras de todas las nacionalidades, tanto católicos como ateos. Tras un meticuloso estudio, estos especialistas reconocieron el carácter inexplicable de la curación.

La opinión de la Iglesia: monseñor Luigi Bonmerito, arzo-bispo de Catania, certificó el carácter milagroso de esta cura-ción y su valor sobrenatural. Y el periodista Pierre Perrin le pregunta al arzobispo el porqué existe un lapso de tiempo tan prolongado entre el momento del milagro y su reconocimiento por la Iglesia. Y el prelado responde: “Para que se haga una idea, desde que la Virgen se apareció en Lourdes a Bernardette Soubirous, en 1858, la Oficina Médica ha registrado más de 6.000 casos de curaciones excepcionales. La Iglesia sólo ha reconocido como milagros 66”.

La niña que ha sido favorecida con el milagro —Deli-zia—, cuenta actualmente 35 años. Después de lo dicho, dedicó su vida a la oración y al estudio. Terminó la carrera de enfermera hace diez años y consagró su vida al cuidado de los enfermos. Vestida de blanco y con guantes del mismo color, nos muestra un carácter transmisor de alegría y belleza espiritual, irradiando el prodigio que la Virgen infundió en su espíritu y se estremece en su corazón. ¿Crees en los mila-gros, querido lector? Si crees en los milagros ya sabes que Dios existe, maldice nuestros pecados y nos ama.

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12.— TERRIBLE INJUSTICIA

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ntiendo por justicia dar a cada uno el premio o castigo que se merece. Pero como el hombre es injusto, frecuentemente estamos viendo veredic-tos inicuos. Y esta terrible injusticia ha tenido que sufrirla James Richardson. Un negro, pobre y analfabeto que cuenta actualmente 52 años, y cuando aún no había cumplido los 30, le acusaron de haber dado muerte a sus siete hijos, sir-viéndose de insecticida letal.

Sometido a un detector de mentiras, consternado e incon-solable por la desgracia referida, iba respondiendo con vaci-laciones y titubeos faltando a la verdad. Y por si todo esto fuese poco, la policía encontró en su domicilio una tarjeta que pertenecía al agente de seguros que le había propuesto hacer una póliza para garantizarle la debida indemnización por cualquier infortunio que le sucediera, y aunque el con-trato no existía, los abogados contrarios al supuesto crimi-nal, les hicieron ver a los jueces que se trataba de siete ase-sinatos premeditados.

Los magistrados le condenan a la silla eléctrica. Los periodistas se abalanzaron. Toda Florida (EE.UU.) estaba conmocionada. Pero James ingresó en la prisión esperando la fecha de su ejecución en la silla eléctrica que bien podía ver continuamente encendida desde la galería de la muerte. Allí permaneció veintidós años. Y como era un hombre de fe, aprendió a leer y escribir sirviéndose del único libro que le permitían tener en su celda: la Biblia. Sufriendo lo inde-cible por lo sobredicho y también por el abandono en que le

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había dejado su esposa, adicionando a todo esto las humi-llaciones y torturas de los carceleros y encarcelados, James Richardson se quedó con la piel y los huesos. Pero conti-nuaba manteniendo su fe y meditando siempre la pasión de Jesús; llegando a prometer que si el milagro se producía y salía a la calle, intentaría hacerse sacerdote para servir a Dios hasta el último aliento.

La fecha para la ejecución de Richardson ya había sido fijada. En esos días se produjo el milagro que James espe-raba. Veinticuatro horas antes de ser electrocutado, el Tri-bunal Supremo de Estados Unidos anuló todas las penas de muerte y las conmutó por cadenas perpetuas.

Así las cosas, un abogado defensor de los negros, reco-gió todas las pruebas, repasó el juicio, sacó a la luz todas las omisiones, y consiguió dilucidar la verdad: a la niñera que cuidaba de los siete hijos de James Richardson, le había sido arrebatado su esposo por una prima de James y, como ven-ganza, decidió darles insecticida entre el arroz a los siete hijos de Richardson.

Comprobada la inocencia del condenado, lo pusieron en libertad. Fue consagrado sacerdote e ingresó en la prisión Bessy Reese, la asesina. Ahora vemos al nuevo sacerdote de 52 años sonriendo feliz sin el menor resentimiento o rencor a nadie. “La justicia de Dios se ha cumplido —nos dice—, y sólo deseo ir a Tierra Santa para darle gracias a Jesucristo por no haberme abandonado”. Las injusticias que sufrimos siempre han de ser triunfos retrasados.

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13.— LOS PASTORES

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odo parece que la soledad y el contacto diario con la nobleza de los animales es una labor muy fecunda para el espíritu del ser humano. Son muchos los pastores que han tenido apariciones y revelacio-nes divinas. No sólo en el último siglo, sino también en el Antiguo Testamento y en los Evangelios. Nadie ignora que los pastores fueron los primeros en saber dónde se encon-traba el Niño Jesús en el momento del alumbramiento. Advertidos por un ángel, abandonaron sus rebaños y se fue-ron a Belén para adorarlo (Lucas c2, vv8-14).

He pensado en todo esto después de leer la vida de San Juan Macías. Un niño extremeño que quedó huérfano con cuatro años. Lo recogieron unos parientes y lo pusieron a pastorear ovejas y cabras. A los siete años, mientras acari-ciaba a los corderos, se le apareció San Juan Evangelista. Esta visión fue decisiva en su vida y se justifica con las obras que Juan Macías habría de realizar después del men-saje de San Juan: “Yo soy Juan Evangelista, el querido discípulo del Señor. Y vengo a acompañarte de buena gana, porque el Señor te tiene escogido para sí. Te tengo que lle-var a unas tierras muy remotas y lejanas adonde habrás de recogerte en un templo”.

El niño se quedó estupefacto, y casi sin saber lo que decía, profirió: “Hágase en mí la voluntad de Dios, que no quiero sino lo que Él quiere”. Años más tarde abandonó el oficio del pastoreo para ganarse el sustento con el trabajo de sus manos. Luego pasó a Sevilla y se acomodó como

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depen-diente de un mercader. Transcurrido algún tiempo embarcó con su patrón al Nuevo Mundo; tenía entonces 34 años. Lle-garon a Cartagena de Indias, allí le despidió el patrón por no saber escribir ni leer.

Juan emprendió el viaje por tierra hasta llegar a Lima. Nuevamente se dedicó a cuidar el ganado de un vecino dis-tinguido. El poco dinero que ganaba se lo enviaba a su her-mana, dejando el diezmo para los pobres, y algo más para el culto de la Virgen del Rosario. Buscaba siempre la soledad para la quietud de su espíritu y para rezar. Empezó a pensar en ser religioso, ofreciéndose para los trabajos de una Comunidad, le aceptan. A la edad de 37 años recibe el hábito de dominico en el Convento de la Magdalena en Lima. Pasó el resto de su vida como portero del Convento.

Dedicó su vida a la oración y el sacrificio por las almas del Purgatorio. También al servicio de los pobres que acogía en la portería sirviéndoles de rodillas las raciones de comida que les daba, sin que su olla —milagrosamente— se agotara nunca. Dormía de rodillas ante la imagen de la Virgen de Belén, apoyando la cabeza entre sus brazos: “Jamás le tuve amistad al cuerpo —nos dice—, lo traté como al enemigo; le daba muchas y ásperas disciplinas con cordeles y cadenas de hierro...”.

Fue íntimo amigo de San Martín de Porres y Santa Rosa de Lima. Enfermó de disentería y falleció con 70 años. Bea-tificado por el Papa Gregorio XVI en 1837, fue canonizado por el Papa Pablo VI en 1975. Lo que nos dice de San Juan Evangelista queda bien justificado.

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14.— MOISÉS EL NEGRO

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a vida está rodeada de misterios totalmente inson-dables para el hombre; todos conocemos a “bue-nas perso“bue-nas” que viven separadas de la Iglesia y no hacen mal a nadie. También conocemos a hombres diso-lutos y guerreros que han sido iluminados por la fuerza del Espíritu Santo para terminar siendo modelos de santidad, como pueden ser San Agustín o San Pablo. Sobre este tema me ha hecho meditar San Moisés el Negro, un ladrón per-verso y depravado, y que desde hace siglos se encuentra en los altares, celebrándose su festividad el 29 de agosto.

Moisés era originario de Etiopía. Fue el más pintoresco de los Padres del Desierto. En sus primeros años era criado y esclavo de un cortesano egipcio. Su amo se vio obligado a despedirle a causa de la inmoralidad de su vida y de los robos que había cometido. Entonces Moisés se hizo bando-lero. Era un hombre de estatura gigantesca y de ferocidad desmedida. Con esas cualidades atroces pronto organizó una banda y se convirtió en el terror de la región.

En cierta ocasión, cuando se hallaba a punto de cometer un robo, ladró el perro de un pastor. Entonces Moisés juró matar al zagal. Y para llegar a donde éste estaba tuvo que cruzar a nado el río Nilo con el cuchillo entre los dientes. Entretanto, el pastor tuvo tiempo de esconderse entre las zarzas. Y como no consiguió hallarle, Moisés le mató cua-tro carneros, los cogió por las patas y los condujo al ocua-tro lado del río. Enseguida descuartizó a las bestias, asó y

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comió las mejores porciones, vendió las pellejas y fue a reu-nirse con sus bandidos compañeros.

Poco después se encontró con los solitarios del desierto que adoraban a Dios, y viendo la paz en que vivían y el amor sublime que reinaba entre aquellos monjes, envainó el cuchillo solicitándoles que le aceptaran provisional-mente en el grupo. El hecho es que se hizo monje en el monasterio de Petra, en el desierto de Esqueta. Y un día, cuatro bandoleros asaltaron su celda. Moisés luchó con ellos y los venció. Luego les ató las manos y los llevó a la Iglesia. Con voz fuerte llamó al superior y le dijo: “La regla no me permite hacer daño a nadie. ¿Qué podemos hacer con estos hombres?”.

Los bandoleros se arrepintieron y tomaron el hábito. Pero Moisés aún no había conseguido vencer sus violentas pasio-nes y, para lograrlo, fue a consultarle a San Isidoro. El futuro santo —entonces abad— le condujo a la terraza del monasterio cuando rayaba el alba, y le dijo: “Mira: la luz vence muy lentamente a las tinieblas. Lo mismo sucede en el alma”. Moisés fue venciéndose poco a poco, a fuerza de rudos trabajos, de caridad fraterna, de severas mortificacio-nes y de perseverancia en la oración.

Llegó a ser tan dueño de sí mismo, que monseñor Teó-filo, arzobispo de Alejandría, le ordenó sacerdote. Después de la ordenación, el arzobispo le dijo: “Ya lo veis, padre Moisés, el hombre negro se ha convertido en blanco. Para Dios no existen imposibles y, algunas veces, se complace haciendo lo mejor de lo peor”. La voluminosa biografía de San Moisés que terminamos de leer, ha sido escrita por un monje calabrés, llamado Lorenzo. Es interesantísima.

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15.— SEXUALIDAD EN LA BIBLIA

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eyendo la Biblia se comprende muy bien el porqué se encuentra este mundo tan desordenado como todos lo vemos. En el Libro de Tobías se dan cita todos los elementos positivos que constituyen el matrimo-nio ideal en la larga trayectoria del Antiguo y Nuevo Testa-mento. La fecundidad y el amor están implícitos como base fundamental para la solidez y estabilidad de los cónyuges. El final del diálogo que el ángel sostiene con Tobías (Tobías c6, vv16ss) aparece en la Vulgata de la manera que sigue:

“Escúchame y te mostraré quiénes son aquéllos contra los que puede prevalecer el demonio: son aquéllos que abra-zan el matrimonio de tal modo que excluyen a Dios de sí y de su mente y se entregan a su pasión como el caballo y el mulo, que carecen de entendimiento. Cuando tú la tomes por mujer y entres en el aposento, no te acerques a ella en tres días y ocúpate sólo de hacer oración con ella. Y, pasada la tercera noche, recibirás a la doncella en el temor del Señor, guiado más del deseo de tener hijos que de la pasión, para que consigas en los hijos las bendiciones del linaje de Abraham.”

Terminada la cita predicha, bien sé que estaré haciendo el ridículo ante los ojos del mundo en que vivimos. Pero si meditáramos apaciblemente sobre lo que hacemos y lo que debiéramos de hacer conforme a los preceptos de Dios, y después analizáramos los resultados de las dos actitudes completamente antagónicas, seguro estoy de que nos

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que-daríamos con el consejo del ángel para terminar diciéndole: “¡qué razón tienes!”.

La licitud del acto conyugal siempre ha sido admitida por Dios y por la Iglesia. Pero dentro de unos planteamientos morales que no impiden la procreación ni el amor, que se ajustan perfectamente a la gracia santificante, y conse-cuen—temente, a la indisolubilidad conyugal, a la armonía hogareña y a la paz que todos buscamos y tanto bien nos hace. Tertuliano aceptará esta legitimidad sólo después de reconocer que “se trata de algo repugnante”, y sólo en cuanto que es “necesaria para la procreación”.

San Jerónimo, mitigará este juicio, advirtiendo que “aun-que no es una falta, es un estorbo para la oración”. Y en el acto matrimonial, resalta San Agustín que se da un desor-den, por eso el hombre se avergüenza de él; pero, como es un desorden querido por Dios que se proyecta hacia fines honestos no hay pecado en él. San Gregorio Magno escribe que “tal acto es en sí bueno y querido por Dios, pero en la práctica, es muy difícil que los esposos respeten su bondad, ya que con frecuencia mezclan en él la concupiscencia. Por lo que este acto siempre está manchado con una falta, de la que los esposos habrán de pedir con frecuencia perdón a Dios”. “Si los cristianos se casan —proclama San Justino— es principalmente para tener hijos: la procreación es el fin directo y la razón de ser del matrimonio”.

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16.— CERRARON LOS MANICOMIOS

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uando más falta nos hacían los hospitales para locos, nos encontramos con que todos han cerrado sus puertas. Existen numerosas familias en España que viven realmente atormentadas con sus hijos esquizofrénicos y locos. No me refiero únicamente a los dramas que nos presentan en la televisión. Conozco una familia avilesina que tienen un hijo esquizofrénico con más de veinte años. Es un chico elegante con gigantesca estatura. Ha sido un buen cristiano hasta llegar a la pubertad y perder la razón. Sus padres siempre fueron felices al amparo de Dios y su Santísima Madre.

Con sus tres hijos asistían a Misa todos los días. Horas interminables se pasaban —y se pasan— en oración y peni-tencia. Bien dirigidos espiritualmente por un sacerdote de LUMEN DEI, no cesaban de trabajar por extender el Reino de Dios, hasta que una demencia precoz se apoderó de su hijo. Hablé sobre este tema al presidente general de la unión sacerdotal Lumen Dei, y conseguimos que lo llevaran donde se encuentran los drogadictos que son atendidos por esa bendita Obra. Allí permaneció algo más de dos años.

Pero la falta de personal para reducirlo cuando de forma peligrosa se alteraba, y la baja de un médico y sacerdote que lo atendía, les obligaron a recogerlo nuevamente sus padres. Cerrada esta familia en un piso de 60 metros cuadrados, la vida se les hacía insoportable. No sólo por las intenciones de suicidio que afloraban en su cerebro intentando tirarse por el balcón, sino también por destruir todo cuanto en el piso

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existía. Así las cosas, temiendo por la vida del hijo y las amenazas que les hacía a sus familiares, decidieron buscar un empréstito y comprar una casa semiderruida en una aldea para evitar el posible suicidio del hijo y darle un poco más de esparcimiento.

Pero todo ha mejorado muy poco. El chico le dice a su madre que si la mata no tiene ningún delito. Y una hija her-mosa que tienen, se encuentra sola viviendo en el piso de Avilés por miedo a ser violada o muerta si convive con su hermano. Y sus padres atemorizados con el hijo, tienen que cerrar las puertas de su alcoba con llave para evitar el peli-gro de muerte que les acecha cuando intentan dormir. Es verdad que viene un médico y dos enfermeras una vez cada semana, pero en la Residencia de Avilés sólo lo aceptan unos días.

Intentando dar solución a este infierno que reina en la casa de un matrimonio que yo considero “santos”, hablé con varias clínicas privadas, y sin tener en cuenta los tratamien-tos, me pidieron 450.000 pesetas mensuales, ascendiendo al millón si tenemos en cuenta la asistencia médica continua. Pudiendo comprobar la veracidad de todo lo predicho, quiero apelar a las autoridades sanitarias para que por favor, por caridad y por amor a Dios busquen una solución a éste y tantos otros casos similares antes de que sea demasiado tarde y surja una desgracia. Piensen en estos contristados padres. Pónganse en su lugar y tengan un poco de concien-cia.

Publicado en La Nueva España 14-septiembre-1999, La Voz de Avilés 19-sep-tiembre-1999 y El Comercio 23-sep19-sep-tiembre-1999

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17.— EL JUEGO

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lgunas veces me pregunto el porqué se editan y se leen tantos miles de libros que sólo sirven para perder el tiempo y enseñarnos lo que nunca debiéramos de aprender. Y después me pregunto el porqué se editan y se leen tan pocos libros de los hombres más ejemplares —e ilustres— de todos los tiempos. Qué busca el ser humano si no es la paz, la esperanza sin término, el progreso material, la familia dilecta y armónica, la salud y el amor. Y poniendo un solo ejemplo para no alargarnos demasiado: ¿Quién nos puede aleccionar e instruir mejor para conseguir todo esto que el Duque de Gandía y Virrey de Cataluña que terminó siendo San Francisco de Borja?

Este hombre hace su entrada en la Corte con dieciocho años y rápidamente se hace querer y estimar mucho por el Emperador Carlos V. Francisco también amaba la vida y las buenas diversiones, como la música y la caza. Contrajo matrimonio con doña Leonor de Castro. Dama predilecta de la Emperatriz. Dios los bendijo con ocho hijos. Vivía ena-morado de su familia; allí nada faltaba de todo lo que ahora igualmente seguimos buscando los hombres: la felicidad. Su lectura predilecta eran los Evangelios. También leía a San Pablo y a San Juan Crisóstomo, sin perder el equilibrio entre las exigencias de la nobleza y su conciencia cristiana.

Pero es de tener en cuenta que el “sarmiento que dé mucho fruto, se le podará para que dé más” (Juan 15, 2). Y como el joven Virrey estaba dando buenos y muchos frutos, llegó el “Viñador” y le segó la vida de su esposa. Esto le

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llevó a participar de la cruz de Cristo y a oír con más fuerza la voz de Dios. Contaba entonces 36 años, y San Ignacio de Loyola lo admitió en la Compañía, continuando en el mundo con el permiso de Paulo III y con mucho silencio. “Por el momento no tienen orejas los hombres para oír tal estampido”, le dice San Ignacio.

Casados sus hijos, y graduado en Teología, Francisco se somete a la obediencia de San Ignacio. Ante el ejemplo de este duque santo, renunciando a todas las grandezas, muchos de sus conocidos y amigos se dispusieron a cambiar de vida. Nada le preocupaba el qué dirán. Se entregó a la oración pro-funda y meditada, examen de conciencia diariamente y mor-tificación. El autor de su biografía nos dice que su santidad era sencilla y gozosa, de trato encantador. Ya siendo jesuita, es nombrado Comisario General de España y Portugal.

Sus muestras de excelentes virtudes y entereza le ensalzan como Prepósito General de la Compañía de Jesús a la muerte de su antecesor, padre Laínez. Y como General, contribuye santa y eficazmente a la organización definitiva de la Com-pañía. Da gran impulso a las misiones, aumentó el número de jesuitas desde los 1000 que tenía hasta llegar a los 3500. Del juego nos dice que se pierden cuatro cosas: “Tiempo, dinero, devoción y a menudo la conciencia”. La clave de su conversión: en plenitud de vida falleció la emperatriz Isabel, y Francisco, impresionado, fue quien transportó el cadáver a Granda. Al certificar días después que aquél rostro desfigu-rado era el de la bellísima emperatriz, tocado por la gracia exclamó: “No he de servir más a señor que se me pueda morir”. Y como Cristo no muere nunca y su rostro se trans-figuró en belleza resplandeciente (Mateo 17, 2), es a Él a quien resolvió servir sin temor a perderle jamás.

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18.— RAFAEL Y LA TRAPA

H

ace veinticinco años leí las obras completas del beato Fray María Rafael. Confieso que nunca había leído un libro con mayor complacencia y fruición, y después de leerlo mi esposa, nos desplazamos a Burgos para conocer la casa donde el trapense había venido al mundo. Allí hicimos contacto con una tía del que veinte años después sería beatificado por Juan Pablo II. Esta ama-ble señora nos informó de toda la familia del futuro santo y nos dijo que éste tenía un hermano en la Cartuja. Pasamos la noche en Burgos, y al día siguiente llegamos a la Cartuja de Valencia.

Nos abrió la puerta un religioso vestido de blanco con mirada piadosa y sublime. Le expresamos el gran deseo que nos llevaba a conocer al hermano de Fray María Rafael. Con voz muy silenciosa nos dijo que no nos recibiría. Es una pena —le dije—, pues queríamos darle una ayuda para cola-borar con el proceso de beatificación de su hermano. “Yo puedo decírselo”, profirió. Transcurridos unos minutos salió el padre Fernando Arnáiz Barón sonriendo alegremente para decirnos que allí no podían aceptar donativos para su her-mano, y sí en la Trapa de Palencia.

Estuvimos dialogando con él algo más de una hora. Nos informó de todo lo concerniente a su familia. Es verdad que ya conocíamos su linaje a través del libro que habíamos leido: su padre era ingeniero de Montes y abogado, su madre había sido columnista del diario “Región”. Su her-mana había muerto en olor de santidad siendo monja en las

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Carmelitas de Oviedo. Su hermano Leopoldo vivía en Madrid con doce hijos y su esposa. Su tía, la duquesa de Maqueda, estaba en el Convento de Santa Teresa de Ávila, con el hombre de Madre Clemencia. Y el que con nosotros hablaba, se había pasado varios años estudiando la carrera de ingeniero en Lovaina (Bélgica). También había sido capitán cuando la Guerra Civil en España. Ahora cuenta 87 años y 17 operaciones, y vive en la Trapa por motivos rela-cionados con el proceso de canonización de su hermano. Fue recibido por el nuncio de Su Santidad en España y por el Papa.

Nos ponderó mucho a la Madre Clemencia, después de contarnos su vida familiar y el grado de santidad en que vivía, nos sugirió que pasáramos por el Convento de Ávila para conocerla y llevarle sus recuerdos. Este encuentro con su tía nos dio lugar para obtener una amistad muy sincera y muy espiritual. La visitábamos anualmente y nos relacioná-bamos por carta. Pues aquella santa monja nunca dejó de agradecernos una estufa que le ofrecimos para paliar el frío que reinaba en el Convento con cero grados. Pero en una de las cincuenta cartas que conservamos nos dijo que “no podía beneficiarse de algo que no estaba permitido en el Con-vento”.

Esta excelsa y santa familia se pueden considerar astu-riana, pues vivieron en Oviedo la mayor parte de sus vidas, y el beato Rafael no dejaba de visitar la Catedral un sólo día para asistir a misa. Con un cilicio bien ceñido al cuerpo y elegantemente vestido, dejó la carrera de arquitectura para ingresar en la Trapa de Palencia. Allí le acometió una dia-betes galopante, y en tres años hizo la “carrera” de santo. Escribió el diario de su vida monástica y ha sido

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