OBRAS DE FRIEDRICH A. HAYEK VOLUMEN IX CONTRA KEYNES Y CAMBRIDGE
Ensayos, correspondencia F. A. HAYEK
Obras Completas Volumen IX CONTRA KEYNES Y CAMBRIDGE
Ensayos, correspondencia Edición preparada por BRUCE CALDWELL Edición española al cuidado de JESÚS HUERTA DE SOTO
PREFACIO EDITORIAL I
W.W. Bartley III, editor fundador de las Obras Completas de F.A. Hayek, impuso a los editores de cada volumen la tarea no sólo de reunir sus escritos en un orden apropiado y legible, sino también de proporcionar el contexto teórico, crítico e histórico que permitiera apreciar en toda su importancia la obra de Hayek. Contra Keynes y Cambridge, volumen noveno de las obras completas, y cuarto en orden de publicación, recrea el debate entre Hayek y John Maynard Keynes que originalmente comenzara en las páginas de Económica en 1931 y cuyas implicaciones, tanto para la teoría como para la política económica, aún están por determinar.
La inclusión en este volumen de las réplicas de Keynes y Piero Sraffa a la provocativa recensión que Hayek hiciera de A Treatise on Money de Keynes ofrece una nueva oportunidad de examinar una discusión en la que, partiéndose de premisas similares, se acabó en conclusiones diferentes, y a la que hoy toca a nosotros, desde premisas completamente distintas, proporcionar las conclusiones. Los trabajos de Hayek que se publican en este volumen no habían sido reunidos con anterioridad en una sola obra, y su ensayo introductorio, «La economía de los años treinta vista desde Londres», se publica por primera vez aquí.
II
Volver al debate entre Hayek y Keynes después de más de cincuenta años de sucesos y controversias tiene algo de escabullirse del ruido y las prisas de High Street para buscar el sosiego que encierra el patio central de un college de Cambridge u Oxford. Y, como estudiantes noveles impacientes, que no se dejan intimidar por tan augustas éstructuras, no podemos evitar hacemos, ávidos de conocer la respuesta, la misma pregunta que John Hicks se hiciera: ¿Quién tenía razón, Hayek o Keynes?
« ¿Por qué Drake hizo bien en seguir jugando a los bolos cuando se enteró de que la Armada española se acercaba, pero mal Carlos II en capturar polillas tras ser informado de que la Flota holandesa había entrado en el Medway? La respuesta es: «Porque Drake ganó la batalla. Hemos de adoptar una visión del pasado más amplia que del presente, porque al examinar el presente nunca podemos estar seguros de qué es lo que va a pasar.» Así escribía E.M. Forster en 1920, desde algún lugar junto a High Street, poco antes de regresar a sus alojamientos en el mismísimo patio central del King's College.
¿Tuvo Keynes razón por haber sido capaz de atraer la atención de los economistas profesionales y de quienes tomaban las decisiones políticas? ¿No la tuvo Hayek por el mucho tiempo (más del que él o cualquier otro hubiera podido sospechar) que se tardó en confirmar algunas de sus predicciones? ¿Realmente podría haber sucedido cualquiera de las dos cosas en el mismo mundo conceptual y político en el que se inició el debate?
Ni Hayek ni Keynes ignoraban las consecuencias culturales o políticas de sus teorías económicas. Compartían objetivos similares: preservar, donde fuera posible, y defender, donde fuera necesario, los valores de la civilización liberal europea anterior a la Gran Guerra. Un mundo en el que las identidades nacionales importaban menos que las pautas de conducta, que aún no se consideraban moldeables mediante control gubernamental; un mundo en el que, por ejemplo, Ludwig Wittgenstein (primo de Hayek), no obstante militar en el bando opuesto en 1915, podía escribir a Keynes, en una carta remitida desde la estafeta militar número 186: «Me he sentido muy interesado al saber que Russell acaba de publicar un libro. ¿Sería tan amable de enviarme un ejemplar y permitir que se lo pague al acabar la guerra?... Está muy equivocado si piensa que, por ser un soldado, he perdido el interés por las proposiciones lógicas. A decir verdad, he trabajado mucho la lógica últimamente... y la guerra (¡gracias a Dios!) no ha alterado mis opiniones particulares en lo más mínimo...» Para Keynes, decir civilización equivalía a decir Cambridge y Bloomsbury. De hecho, paulatinamente acabó viéndose obligado a adoptar posiciones crecientemente nacionalistas (sobre política aduanera, por ejemplo, o sobre el patrónoro) sin llegar a vivir lo suficiente para contrarrestar las severas medidas nacionalistas a las que la economía «keynesiana» estaba conduciendo. Hayek mantuvo una perspectiva internacionalista hasta el final, revelando con ello una fidelidad a los valores de Cambridge más allá de la del nativo más ardiente. Bien puede ser que Hayek perdiera todas las batallas excepto la última, pero el caso es que transmitió a la siguiente generación la posibilidad de descubrir por sí misma una respuesta para la pregunta clave: ¿Quién de los dos tenía razón?
III
Quisiera expresar mi reconocimiento a Bruce Caldwell por haber aceptado la ardua tarea de editar este volumen y por haber permanecido inasequible al desaliento hasta el final, al igual que a Gene Opton por la preparación del texto. También quisiera agradecer a Penelope Kaiser lian, de la Universidad de Chicago, y a Alan Jarvis, de Routledge, su atenta paciencia hasta el momento final de la impresión del libro. Blackwell Publishers, The Economist, The Journal of Modern History, Macmillan Press, y el Decano y Residentes del King's College de Cambridge han otorgado su permiso para reproducir varios de los ensayos y cartas que siguen.
Quisiera igualmente agradecer a los patrocinadores de la edición [inglesa] de las Obras Completas de F.A. Hayek su apoyo al proyecto. Especialmente, a Walter Morris, de la Morris Foundation, sin cuya ayuda y consejo la tarea editorial no se habría iniciado, y menos aún habría podido continuarse. A él, menos que a nadie, cabe imputar nuestros errores.
NOTA INTRODUCTORIA A LA EDICIÓN ESPAÑOLA
En el presente volumen se publica íntegramente, por primera vez en castellano, la polémica que Hayek y Keynes mantuvieron a lo largo de los años treinta. Considerando que en 1996 se ha cumplido el cincuenta aniversario del fallecimiento del economista inglés y que sus doctrinas, aunque hoy en gran medida han caído en el descrédito, todavía no han sido sustituidas en el ámbito de la macroeconomía por un cuerpo de teoría coherente de general aceptación, es incuestionable la gran oportunidad e importancia que tiene el retomar el estado de la cuestión allí donde Hayek lo dejara en su duelo con Keynes y el resto de los teóricos de Cambridge antes de la Segunda Guerra Mundial. A estos efectos, es evidente la gran trascendencia que tiene la publicación del presente volumen de las Obras Completas de F.A. Hayek. Sin embargo, es ineludible efectuar dos recomendaciones previas a todo lector que emprenda su estudio.
La primera es la necesidad de comprender que la razón de las disparidades entre Hayek y Keynes radicaba, principalmente y tal y como terminó reconociendo el propio Keynes, en que Hayek desarrollaba su análisis en base a una teoría del capital y de la estructura por etapas del proceso productivo de la que carecía Keynes. Lamentablemente, una de las consecuencias más perniciosas del enfoque macroeconómico, tal y como se ha desarrollado a partir de Keynes en los últimos sesenta años, ha sido que el estudio de la teoría del capital se ha visto prácticamente eliminado en los planes de estudio de teoría económica, siendo relegado en el mejor de los casos a imas breves y superficiales consideraciones efectuadas en el ámbito de los cursos de Historia del Pensamiento Económico. Esta carencia es muy probable, por tanto, que afecte también al lector que tenga entre sus manos el presente volumen, dificultándole en gran medida la comprensión de los razonamientos recogidos en el mismo si es que, previamente, no se familiariza al menos con los rudimentos más elementales de la teoría austríaca del capital. Afortunadamente, los lectores de habla hispana ya disponen hoy de una magnífica traducción al castellano del libro de Hayek Precios y Producción, que ha sido publicada hace pocos meses en nuestro país y que resume lo más esencial del análisis austríaco del capital y de los ciclos económicos y que es preciso para entender plenamente el contenido de los trabajos que vienen a continuación. Así, pues, nuestra primera recomendación es que el lector deseoso de sacar el máximo provecho del presente volumen lea con carácter previo esa pequeña joya de la ciencia económica que es el gran libro de Hayek sobre Precios y Producción.
A pesar de que Bruce Caldwell, en la magnífica «Introducción» que ha preparado para encabezar el presente volumen, pretende mantener una posición ecléctica entre las posturas de Hayek y Keynes, creo que entre líneas deja entrever una simpatía hacia las doctrinas de Hayek que me parece especialmente significativa, sobre todo proviniendo de un comentarista que no se considera a sí mismo como miembro de la Escuela Austríaca. Sin embargo, quizás hubiera sido conveniente que Caldwell explicitara aún más las profundas diferencias paradigmáticas que subyacen entre los enfoques hayekiano y keynesiano de manera que el lector tuviera más fácil la lectura del presente trabajo. A estos efectos incluyo en p. XII, de forma simplificada, un cuadro sinóptico en el que se recogen las principales diferencias entre el enfoque hayekiano y el enfoque macroeconómico que se ha venido desarrollando a partir de Keynes, y que espero será de gran ayuda para todos los lectores interesados en estos temas.
La segunda recomendación se refiere a la correcta interpretación de la crítica de P. Sraffa a Hayek. En realidad, cualquier lector que no caiga en que la crítica de Sraffa no es sino un «preludio» más o menos camuflado de la «revolución» neoricardiana que su autor quiso culminar casi treinta años después con su famoso libro Producción de mercancías por medio de mercancías, quedará tan desconcertado ante el furibundo ataque de Sraffa, como en su momento quedó el
propio Hayek. Ahora bien, si se cae en que cuando Sraffa habla de «equilibrio», se refiere al fantasmagórico concepto ricardiano de «equilibrio a largo plazo» en el que los precios coinciden con los costes de producción, se entenderá perfectamente que para Sraffa el mundo real de cada día esté plagado de desproporcionalidades entre los diferentes sectores, sin que para ello sea preciso que, como demuestra Hayek, los bancos inicien un proceso de expansión crediticia que no responda a un incremento previo, real y voluntario del ahorro de la sociedad.
En suma, en mi opinión debemos concluir que Hayek llevaba la mayor parte de la razón en su polémica con Keynes, Sraffa, Hawtrey y el resto de los monetaristas, ricardianos y keynesianos de la Escuela de Cambridge. El origen de la disparidad entre unos y otros radicaba en que Hayek había venido de Austria dotado de un instrumental analítico muy superior al que entonces (y, en gran medida, aún hoy) imperaba en Inglaterra y, en general, en el mundo anglosajón. En concreto, debemos a Hayek el desarrollo de toda una teoría microeconómica sobre los efectos que la expansión crediticia y monetaria tiene sobre la estructura productiva real de la economía que no sólo le permitió predecir y explicar el advenimiento de la Gran Depresión como resultado de los desmanes monetarios y crediticios cometidos en los «felices años veinte», sino que también es imprescindible para entender las graves recesiones inflacionarias que regularmente han afectado al mundo occidental desde finales de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy.
Han sido precisos casi cuarenta años para que las doctrinas keynesianas perdieran su dominio en el mundo académico, especialmente como resultado de la grave recesión inflacionaria (stagflation) que se produjo tras la llamada «crisis del petróleo» de los años setenta, y que puso de manifiesto que las prescripciones keynesianas no servían, como se creía, para evitar las depresiones económicas, sino que más bien, como indicaba Hayek, las causaban. La concesión del Premio Nobel de Economía a Hayek en 1974, precisamente por sus aportaciones en contra de Keynes en el campo de la teoría de los ciclos económicos, no ha sido suficiente, sin embargo, para que el análisis austríaco del capital, del dinero, del crédito y de las recesiones económicas vuelva a ser retomado como punto focal de estudio, investigación y enseñanza por parte de la generalidad de los economistas. Esperamos que de cara al comienzo del siglo que ya tan próximo está, y por el propio bien y prestigio de nuestra profesión en el futuro, este incomprensible gap en la evolución del pensamiento económico sea cubierto cuanto antes.
Jesús Huerta de Soto Profesor Titular de Economía Política Universidad Complutense de Madrid INTRODUCCIÓN
A comienzos de 1927, Friedrich A. Hayek, joven economista austríaco que ni siquiera había comenzado aún a impartir docencia en la Universidad, dirigía una carta, solicitando algo, al economista británico más famoso del momento. John Maynard Keynes respondió a la petición con una postal, fechada el 24 de febrero, que contenía una única frase: «Lamento informarle que ya no me quedan más ejemplares de Mathematical Physics.»
Hayek vio a Keynes por última vez a principios de 1946, y durante años no pudo apartar de su cabeza la conversación que entonces mantuvieron. Habiéndole preguntado Hayek si no le importaba el uso que algunos de sus seguidores estaban haciendo de sus teorías, el siempre confiado Keynes le contestó que no había motivo de preocupación; que si en algún momento llegaran a ser peligrosos los autoproclamados «keynesianos», a él le bastaría un gesto para volver la opinión pública en su contra. En las frases conclusivas de su reseña a The Life of Keynes, de Roy Harrod, Hayek rememoraba el momento: «Con un seco movimiento de la mano me indicó la
rapidez con que llevaría a cabo tal inversión de opinión. El caso, sin embargo, es que apenas tres meses más tarde ya estaba muerto.»
En los diecinueve años que median entre la postal y la conversación, la economía contemporánea sufrió una transformación en la que resultó decisiva la batalla entre Hayek y Keynes. Sir John Hicks lo expresaba así:
Cuando se escriba la historia definitiva del análisis económico durante la década de 1930, el profesor Hayek será uno de los protagonistas del drama (porque qué duda cabe que se trató de un drama). Los escritos económicos de Hayek (no hablo aquí de sus últimas obras en los campos de la teoría política o la sociología) resultan casi desconocidos a los estudiosos de hoy, ignorantes incluso de que hubo un tiempo en que las nuevas teorías de Hayek rivalizaban con las de Keynes. ¿Quién tenía la razón, Keynes o Hayek?
El propósito de este volumen consiste en reconstruir esa historia, que puede verse en parte como relato admonitorio, en parte como fábula con moraleja y en parte como acertijo por resolver. Aunque se encontraran por vez primera a finales de la década de 1920, el intercambio activo entre Hayek y Keynes comenzó realmente en 1931. Comenzaremos, pues, por rastrear la secuencia de acontecimientos que llevó a cada cual a ocupar su posición en el debate que habría de entablarse.
KEYNES
John Maynard Keynes, primogénito de John Neville y Florence,/Keynes, nació en Cambridge el 5 dé jimio de 1883. Neville Keynes enseñaba Lógica, aunque había sido uno de los primeros alumnos de Alfred Marshall y acabaría siendo famoso por publicar, en 1891, un notable tratado sobre metodología de la economía. Maynard estudió matemáticas en la universidad, y en 1905, durante algún tiempo y como preparación para el examen de ingreso en la Administración Pública británica, también algo de economía. De 1906 a 1908 trabajó en la Administración colonial, en la India, y marchó después a Cambridge tras aceptar un cargo de lector en economía financiado por A.C. Pigou. En 1909 fue elegido miembro del King's College y pudo continuar su trabajo en el campo de la teoría de la probabilidad. Siguió enseñando economía y se hizo, relativamente pronto, con un nombre en el reducido círculo de economistas de Cambridge. En 1911 asumió, con 28 años, la dirección editorial del Economic Journal, hasta entonces dirigido por F.Y. Edgeworth, y se convirtió en secretario, dos años más tarde, de la Royal Economic Society. Durante la guerra ocupó un cargo en el Tesoro británico, y el trabajo que allí desarrolló le valió un lugar en la Conferencia de París como representante principal del mismo. A su cargo en el Tesoro habría de renunciar en protesta por la severidad de la «paz cartaginesa» que, a pesar de sus esfuerzos, acabaría imponiéndose tras la ronda de conversaciones en París. Antes de su renuncia, no obstante, se convirtió en un héroe entre los centroeuropeos al garantizar la adopción de ciertas medidas encaminadas a evitar la muerte por hambre en muchas regiones de Austria. A finales de ese verano, una vez dejado París, saldría de su pluma The Economic Consequences of the Peace, obra que habría de hacerle merecedor de fama internacional y de convertirle en el héroe de idealistas e internacionalistas de todo el mundo. Su tesis principal no consistía en afirmar que los términos del tratado fueran injustos, aunque estaba convencido de que lo eran, sino en sostener que los enormes gastos de reparación impuestos a Alemania con la intención de castigarla e impedir que pudiera volver a convertirse en una nación poderosa acabarían, muy por el contrario, por conducir al colapso de la civilización en Europa. En efecto, el paso del tiempo no haría sino acrecentar su reputación por la presciencia de sus tesis sobre las consecuencias de la paz.
El tema central de la obra de Keynes era que la guerra había transformado Europa de un modo tal que las relaciones entre los Estados habían pasado a ser radicalmente diferentes de las existentes con anterioridad, y que una nueva época exigía políticas no menos nuevas. Keynes daría forma concreta a su visión al incorporarse, unos años más tarde, al debate sobre el retomo a un sistema de cambios basado1 en el patrónoro.
Inglaterra había sido el centro mundial del comercio y las finanzas durante las dos generaciones anteriores a la guerra. Muchos atribuían por entonces al patrónoro el funcionamiento ordenado de los mercados financieros internacionales, que garantizaba un incremento regular del comercio y de las inversiones de capital. El mecanismo, según se pensaba, funcionaba del siguiente modo: si los británicos compraban más bienes a los extranjeros de los que éstos compraban a los británicos, el oro saldría de Inglaterra para compensar la diferencia. Esta salida de oro, a su vez, forzaría al Banco de Inglaterra, por diversos conductos, a subir el tipo de descuento (que es el tipo de interés que éste tiene bajo su control). Al ir acompañado de las consiguientes subidas en otros tipos de interés, la actividad económica se ralentizaría hasta conducir a una deflación general, forzando a la baja precios y salarios y, consecuentemente, elevando el desempleo. El descenso en precios y salarios se veía como una medicina dolorosa, pero ciertamente curativa. Unos precios internos menores reducirían la demanda británica de productos importados, relativamente más caros, y estimularían la demanda externa e interna de productos británicos, lo que finalmente restauraría el equilibrio en la balanza de pagos.
Estudios recientes demuestran que muchas de las creencias imperantes en el periodo de entreguerras sobre las propiedades funcionales del patrón oro no eran sino mitos. El relativo éxito que obtuvo el patrón oro a finales del siglo diecinueve se atribuye ahora no tanto a la vigilancia y poder del Banco de Inglaterra, cuanto a la cooperación de una serie de bancos centrales y a la credibilidad de sus respuestas conjuntas en momentos de crisis. La I Guerra Mundial terminó tanto con la capacidad como con la disposición de los bancos para seguir actuando de modo concertado. De hecho, fue precisamente el intento de restablecer y mantener el patrón oro en el nuevo contexto una de las causas que convirtió la «Recesión de 1930» en una Gran Depresión de proporciones globales. Por lo que toca a nuestros propósitos, sin embargo, lo importante es que muchos gobernantes pensaron, al terminar la I Guerra Mundial, que el retomo al patrón oro era condición necesaria para restablecer la estabilidad del comercio y de las finanzas internacionales.
En Inglaterra, el embargo sobre las exportaciones de oro impuesto durante la guerra quedó sancionado en 1920 en una ley cuya fecha de expiración se fijó para 1925. De no adoptarse nuevas medidas, la libra esterlina volvería entonces a ser convertible con el dólar, cotizándose al tipo de cambio anterior a la guerra de una libra por 4,86 dólares. Aunque al terminar la guerra la libra valía considerablemente menos de eso, el embargo ofrecía un tiempo de respiro durante el cual su valor podría alcanzar la paridad estipulada, o al menos eso era lo que se esperaba que ocurriese. En 192021, Inglaterra se vio afectada por una recesión que ayudó a desplazar la libra en el sentido correcto frente al dólar. Pero la tasa de desempleo también se elevó, alcanzando el máximo de un 22,4 por ciento de desempleados en julio de 1920, y permaneciendo en torno al 10 por ciento durante los tres años siguientes. Keynes no comenzaría a despotricar contra la «bárbara reliquia» que suponía el patrón oro hasta la publicación, en 1923, de su A Tract on Monetary Reform, obra en la que detallaba los efectos adversos sobre la distribución y la producción que se seguían de un «valor inestable del dinero». Tras analizar tanto la inflación como la deflación, resumía sus efectos del siguiente modo:
La inflación es, pues, injusta, y lo que por tanto procede es la deflación. De las dos, empero, quizás la deflación sea la peor, si excluimos inflaciones exageradas como la alemana. Y es
que resulta mucho más grave, en un mundo empobrecido, provocar desempleo que decepcionar las expectativas de quien vive de las rentas.
Si Inglaterra optaba en cualquier caso por la vuelta al patrón oro, Keynes (en 1923, al menos) prefería adoptar una actitud de vigilante espera sobre si debería ser al tipo anterior a la guerra o a otro menor. Lo que resultaba realmente controvertido para la época era su pretensión de que una vuelta al patrón oro a un tipo de cambio fijo sería un error, con independencia del tipo efectivo adoptado. Aquí es donde entra en juego su visión de un mundo diferente. El patrón oro bien podía haber proporcionado estabilidad a los mercados internacionales cuando Inglaterra dominaba el comercio mundial, pero esa época pertenecía ya al pasado. Los mercados europeos habían sido desmantelados, y los movimientos socialistas, reaccionarios y nacionalistas competían por influir tanto en las naciones antiguas como en las de reciente formación. Y lo que era más importante, los Estados Unidos habían reemplazado a Inglaterra como centro comercial y financiero del mundo. Un retomo al oro exigiría del sistema de la Reserva Federal estadounidense, con tan sólo diez años de existencia y asediado por grupos con pretensiones de influencia política, que fuera capaz de evitar ciertos errores y de coordinar su acción con el Banco de Inglaterra. Keynes dudaba de que tal coordinación pudiera llevarse a cabo de forma sostenida, y su recomendación era que las autoridades monetarias de Inglaterra y los Estados Unidos convirtieran en su objetivo prioritario la estabilidad interna de sus respectivas monedas. En lugar de recomendar el establecimiento de un sistema de tipos de cambio fijos, Keynes prefería que se instituyera algún sistema del tipo «tuerca» (crawling peg) en el que el tipo de cambio oscilara para preservar la estabilidad de precios del país. La estabilidad de los tipos de cambio estaría asegurada si los bancos centrales de Inglaterra y los Estados Unidos fueran capaces de coordinar sus acciones; empero, el objetivo prioritario de sus políticas debería ser la estabilidad interna de precios.
Una vez más, su recomendación fue ignorada. El 17 de marzo de 1925, Winston Churchill, entonces Ministro de Hacienda, organizó una cena un tanto inusual. Dos meses antes había hecho distribuir un informe en el que se argumentaba contra el retorno al patrón oro, solicitando opiniones a favor y en contra. (Dada su semejanza con los exámenes que se hacían en el colegio, el informe mereció informalmente el título de «los ejercicios de Mr. Churchill»). Durante la cena, Keynes y el anterior ministro Reginald McKenna discutieron los méritos del caso con dos altos oficiales del Tesoro. Churchill escuchaba, dejando caer ocasionalmente algún comentario. Al final, el Ministro decidió volver al patrón oro y a la paridad anterior a la guerra de una libra por 4,86 dólares.
La evolución de las ideas políticas de Keynes
Harry Johnson calificó la vuelta al oro a esa paridad como «un acto de tradicionalismo ciego», y el error de Churchill ciertamente tuvo sus consecuencias. Ya desde antes de la guerra, el incremento de la competencia exterior había comenzado a minar los sectores industrial, manufacturero y comercial ingleses, por lo que la interrupción del comercio durante los años de conflicto bélico no hizo sino exacerbar problemas que ya venían de antes. En el mejor de los casos, la década de 1920 habría sido un periodo de dolorosa reconversión estructural para Inglaterra. La evolución al alza del valor de la libra esterlina hasta su paridad anterior a 1925, así como los esfuerzos para mantener el tipo de cambio una vez establecido, mantuvieron los tipos de interés altos, machacaron las industrias orientadas a la exportación e impidieron que la tasa de desempleo descendiera del 10 por ciento hasta el final de la década.
Para la historia que aquí queremos contar, la respuesta de Keynes a las deprimentes condiciones económicas dé los años veinte resulta de crucial importancia. Sin negar los efectos de
los cambios estructurales o de los errores políticos, Keynes finalmente concluyó que en realidad se había producido un cambio más fundamental, y que lo que requería de un examen a fondo era todo el sistema del capitalismo entendido como laissez faire.
En la colorista prosa de Keynes, la tasa de desempleo se había «quedado atascada» en un nivel inusualmente alto: algo había detenido el mecanismo de equilibramiento automático. Como antes decíamos, una de las consecuencias del retomo al patrón oro fue la elevación de los tipos de interés. La elevación atrajo ahorros, hasta que el nivel de ahorro se hizo demasiado alto para las oportunidades de inversión rentable existentes en el país. El resultado fue una retracción de fondos que se emplearon para financiar inversiones en el extranjero. Dicho de otro modo, la industria británica había dejado de ser, competitiva.
En circunstancias normales, tal situación sería provisional. Un alto nivel de desempleo haría descender los precios y costes internos, restableciendo en último término un margen de competitividad. Sin embargo, es precisamente aquí donde salió a la superficie un problema adicional. Debido a la creciente fuerza política del partido laborista, cada vez resultaba más difícil forzar un descenso de los salarios, y consiguientemente de los costes. Quedaba excluido como opción el recorte de los salarios reales mediante una política monetaria inflacionista, ya que la inflación no serviría sino para intensificar el problema de los tipos de cambio.
Fue precisamente al considerar esta calamitosa situación cuando Keynes se topó con otra solución, más allá de las prescripciones medicinales del laissez faire; una solución, en verdad, que él mismo pensó constituía un remedio «drástico». A saber, que el Estado debería coordinar ahorros e inversiones, emprendiendo un amplio programa de obras públicas (como la construcción de carreteras, viviendas y centrales eléctricas) al objeto de crear puestos de trabajo en los que emplear tanta mano de obra desocupada. Esto invertiría el sentido del flujo de ahorros, que dejarían de salir al extranjero para pasar a incrementar el fondo de capital del país; y, lo mejor de todo, una vez tales proyectos estuvieran en marcha, la gente descubriría que «la prosperidad es acumulativa». Keynes describe los felices efectos sobre el trabajo del siguiente modo:
Tenemos que intentar sumergir los escollos en una mar crecida; no sacando la mano de obra de donde existe depresión, sino atrayéndola hacia negocios rentables; no destruyendo la fuerza ciega de los trabajadores organizados en asociaciones, sino apaciguando sus temores; no haciendo descender los salarios donde son altos, sino elevándolos donde son bajos.
En los años que siguieron, Keynes desarrolló y promovió estas ideas tanto en sus escritos de divulgación como en una serie de Escuelas Liberales de Verano, abiertas al público, que se celebraban en Oxford y Cambridge en años alterno. En 1928, sus ideas constituyeron el fundamento de una serie de temas en la publicación del partido liberal titulada Britain's Industrial Future, apodada «el Libro Amarillo». Lloyd George, líder del partido liberal, abrazó estas propuestas en su manifiesto We can conquer unemployment, publicado antes de las elecciones generales de 1929.
El antagonista principal de las nuevas ideas de Keynes no fue un partido político ni un conjunto organizado de economistas académicos, sino el Departamento del Tesoro británico. En su discurso de presentación de los presupuestos, en abril, Churchill sostuvo una opinión que acabaría siendo conocida como «la visión del Tesoro»: «Es un dogma de la Hacienda ortodoxa, firmemente sostenido, que, con independencia de sus posibles ventajas políticas y sociales, es casi imposible crear empleo adicional, y mucho menos permanente, como regla general, mediante un aumento de la deuda pública o de los gastos del Estado.» Esta declaración fue seguida de un documento oficial del Tesoro en que defendía algunas de sus actuaciones frente a las críticas del
partido liberal. Los liberales quedaron terceros en las elecciones. Irónicamente, ni los laboristas (vencedores) ni los conservadores compartían las nuevas ideas. La impresión de Keynes sobre el asunto supo expresarla bien Elizabeth Johnson:
Tanto el gobierno conservador como el laborista, bajo el «fatalista supuesto de que nunca podrá haber más empleo que el que hay», como Keynes lo expresara en 1929, mantuvieron impasibles sus posiciones durante la década de los veinte y los treinta, siguiendo en esto las directrices de aquellos funcionarios de la escuela del Tesoro a quienes más tarde Keynes caracterizaría como «educados por tradición y experiencia, y por cierta habilidad natural, en todo tipo de obstrucción inteligente».
Como de costumbre, Keynes no se rindió. Los debates sobre el asunto continuarían con las deliberaciones del Comité Macmillan sobre Finanzas e Industria, un grupo instituido para investigar los efectos de los sistemas monetario y financiero sobre la industria, y que se reunió desde noviembre de 1929 hasta mayo de 1931. Keynes ofreció sus propias pruebas y, en cuanto miembro del comité, ejerció el cargo de interrogador al personarse los funcionarios del Tesoro y del Banco de Inglaterra.
Inevitablemente, en el relato precedente nos hemos visto obligados a simplificar la evolución, durante la década de los años veinte, del pensamiento de Keynes en lo tocante a la pertinencia de ciertas medidas de política económica. En líneas generales, su pensamiento evolucionó del siguiente modo: el retomo al patrón oro a un tipo de cambio fijo y sobre valorado mantuvo los tipos de interés altos, eliminando en la práctica la eficacia de la política monetaria como instrumento estabilizador. La fuerza creciente del partido laborista supuso una resistencia efectiva a los intentos de recortar los salarios nominales. Siendo así, la deflación necesaria para devolver el sistema a una situación de equilibrio tardaría mucho tiempo en resultar efectiva, e iría además acompañada de unas tasas de desempleo inaceptablemente elevadas. Un gasto creciente en obras públicas sostendría la promesa de dar trabajo a algunos. Si la prosperidad resultara ser efectivamente «acumulativa», tal gasto significaría en realidad mucho más de lo aparente. Todo esto formaba parte de los escritos populares de Keynes, así como de sus informes al gobierno; con todo, aún había de encontrar su sitio en sus tratados teóricos de economía.
Un último episodio nos ofrece una perspectiva adicional de las ideas que Keynes sostenía en cuestiones de política económica, así como de su propia personalidad. Cuando Keynes escribía en los años veinte, la tasa de desempleo en Inglaterra era del 10 por ciento; en 1931, se situaba ya en el orden del 20 por ciento. Apenas el verano anterior, Keynes había comenzado, bien que a regañadientes, a abogar por la adopción de medidas proteccionistas a fin de ayudar a combatir el desempleo y contrarrestar la salida de oro. Al principio, lo haría en privado, en las deliberaciones de los comités gubernamentales y en cartas dirigidas a miembros de la administración del Estado. Finalmente, sin embargo, el 7 de marzo de 1931, en un artículo publicado en el semanario The New Statesman and Nation, Keynes apoyó públicamente la implantación de un impuesto con fines meramente recaudatorios. Una semana más tarde habría de aparecer, en el Daily Mail, una versión divulgativa del mismo.
Antes del periodo 193031, Keynes había defendido la libertad de comercio, e incluso había sido uno de sus mejores paladines. A principios de los años veinte, por ejemplo, había crucificado una propuesta dé los conservadores para reducir el desempleo recurriendo al proteccionismo. Su retractación provocó el clamor de Lionel Robbins y de otros miembros de la comunidad académica. Un intercambio de opiniones bajo la forma de cartas al director empezó a tomar forma en diarios y semanarios durante los meses de marzo y abril. A medida que se acercaba el verano, la situación económica se deterioraba. Los problemas a que en mayo hubo de enfrentarse un
banco austríaco (el CreditAnstalt), por ejemplo, condujeron en julio a una salida de oro de los bancos ingleses. En agosto, el gobierno laborista presidido por Ramsay MacDonald se hundió, siendo sustituido por una coalición denominada «National Government», con MacDonald al frente. El 21 de septiembre de 1931, el patrón oro fue finalmente abandonado. Puesto que sus escarceos con el proteccionismo dependían del mantenimiento del patrón oro, Keynes, una vez que éste fue abandonado, retiró igualmente su apoyo a un arancel. Sin embargo, el daño político ya estaba hecho. La primera acción que habría de emprender el «Gobierno Nacional» sería, precisamente, la institución de una tarifa proteccionista general.
La situación a que se enfrentaba Inglaterra en el verano de 1931 era ciertamente complicada, y Keynes, como tantos otros, no hacía sino tratar desesperadamente de hallar una solución. Si bien nunca faltan voces favorables a la protección de la economía nacional frente a la competencia exterior, en tiempos de elevado desempleo se convierten en particularmente vociferantes, y en no menos atractivas, desde consideraciones políticas. En esos momentos, los economistas suelen ser el único grupo capaz de articular argumentos convincentes a favor del libre cambio y, si éstos son persuasivos, pueden impedir que los políticos cedan ante las presiones proteccionistas. Cuando el más famoso y elocuente de los economistas británicos sostiene una opinión primero, y luego otra diferente, la adopción de medidas económicas se torna rápidamente dependiente de intereses políticos y los principios ceden ante la conveniencia. Así era, al menos, como los oponentes de Keynes lo veían, y parece que en este caso tenían la razón.
HAYEK
Friedrich A. Hayek nació en Viena el 8 de mayo de 1899, lo que le hace dieciséis años más joven que Keynes. Después de servir en una batería de artillería durante la I Guerra Mundial, entró en la Universidad de Viena, cursando asignaturas de diversas disciplinas, entre ellas Psicología, Derecho y Economía. En noviembre de 1921 se graduó en Derecho. Mientras se preparaba para la obtención de un segundo título bajo la dirección de Friedrich von Wieser (uno de los economistas austríacos de la «segunda generación»), Hayek aceptó trabajar para un organismo estatal que tenía por misión resolver las deudas internacionales en que habían incurrido los particulares antes de la guerra. Uno de los directores de ese organismo era Ludwig von Mises, quien pronto se convertiría en mentor de Hayek. Obstinado anti inflacionista, Mises se había hecho famoso como teórico monetario antes de la guerra gracias a su Theorie des Geldes und det llmlaufsmittel. Al año siguiente de la incorporación de Hayek, Mises terminaría su segunda gran obra, Die Gemeinwirtschaft: Untersuchungen über den Sozialismus. Un libro que, según Hayek, «alteró poco a poco, aunque de modo fundamental, la visión de muchos jóvenes idealistas que retomaban a sus estudios universitarios después de la I Guerra Mundial». En este grupo se incluía, por supuesto, Hayek mismo.
El viaje de Hayek a América
En la primavera de 1922, y a su paso por Viena con motivo de un libro que pensaba escribir sobre Europa Central, el economista americano Jeremiah Jenks ofreció a Hayek un puesto de ayudante de investigación para el año siguiente. En marzo de 1923, nada más obtener su segundo título universitario, Hayek marchó a los Estados Unidos para completar un periodo de estancia de catorce meses. Después de trabajar para Jenks, aceptó de seguido una beca de estudiante en New York University, donde pasó algún tiempo recopilando datos sobre el ciclo económico para el profesor Willard Thorp. En la New York Public Library, donde trabajaba, compartió con frecuencia mesa con B.H. Beckhart, quien por entonces escribía un libro sobre el funcionamiento de la Reserva Federal. En su tiempo libre, asistió, sin matricularse, a algunos cursos en Columbia University, entre ellos el de historia del pensamiento económico que impartía
Wesley Clair Mitchell y el último seminario de J.B. Clark, siendo el ensayo de Hayek el último que se expondría.
También hizo algunos viajes. Joseph Schumpeter, quien había sido profesor visitante en Harvard antes de la guerra, le proporcionó cartas de presentación ante algunos economistas teóricos de renombre, como Clark, E.R.A. Seligman, Henry Seager, Thomas Carver, Irving Fisher y Jacob Hollander, entre otros. Hayek pronto advertiría que muchas de las ideas de los grandes hombres que habían formulado gran parte de la teoría económica se tenían, a mediados de los años veinte, por pasadas de moda.
Debo confesar que, desde mi interés predominantemente teórico, la primera impresión que tuve de la economía americana fue desalentadora. Pronto descubrí que aquellos grandes autores cuyo mismo nombre admiraba eran considerados por sus contemporáneos poco menos que pasados de moda, que las líneas de investigación por ellos marcadas apenas habían avanzado más allá de lo que yo ya conocía, y que el nombre por el que los jóvenes juraban era el del único profesor que yo no conocería hasta que Schumpeter me diera una carta de presentación dirigida a él, a saber, Wesley Clair Mitchell. A decir verdad, los ciclos económicos y el institucionalismo eran los dos temas principales de discusión.
Hayek dedicó un tiempo durante su estancia en los Estados Unidos a aprender algo sobre predicción económica, tema nuevo y por entonces popular. Institutos como el Harvard Economic Service (que publicaba regularmente un conjunto de «barómetros económicos» sobre el estado de la economía) brotaban por doquier, si bien la mayoría de ellos habría de desaparecer tras su incapacidad para prever la Depresión que ya por entonces se cernía. El aprendizaje de Hayek consistió en dominar algunas técnicas estadísticas simples para redondear datos en series temporales. Aunque recelara del valor del trabajo empírico para el estudio científico de fenómenos complejos, Hayek siempre reconoció la utilidad práctica de tales técnicas. Además, le ayudarían a encontrar trabajo en Austria, tras su vuelta al puesto que allí dejara. Cuando el organismo en que trabajaba finalmente cerró, Mises intentó conseguir un puesto para Hayek en la Cámara de Comercio. No lo logró, pero sí obtuvo los fondos privados necesarios para abrir, en enero de 1927, con Hayek como director, un instituto dedicado al estudio del ciclo económico. Durante su estancia en los Estados Unidos, Hayek aprendió bastante sobre el funcionamiento de la nueva Reserva Federal, lo que le sería de notable utilidad en sus investigaciones posteriores. Como recordaría más tarde, «fueron mis estudios descriptivos sobre la política monetaria estadounidense los que me condujeron a desarrollar mis teorías sobre las fluctuaciones monetarias».
La reacción que en Hayek produjera su experiencia americana quedaría recogida en uno de sus primeros trabajos publicados, «Die Wáhrungs politik der Vereinigten Staaten seit der Überwindung der Krise von 1920» [«La política monetaria de los Estados Unidos después de la recuperación de la crisis de 1920»]. El nuevo sistema de la Reserva Federal se estableció en 1913 con la esperanza de que la centralización de las reservas en metálico mitigara los pánicos financieros del tipo que había asolado la economía americana en las décadas anteriores. En los años veinte, algunos economistas americanos aspiraban a objetivos más ambiciosos: no sólo se trataba de contrarrestar crisis en marcha, sino de «impedir que fenómenos cíclicos o crisis de cualquier especie llegaran a hacer aparición». Hayek consideraba estos objetivos demasiado ambiciosos. Aunque fuera posible limitar los efectos de las perturbaciones cíclicas, eliminarlas en su totalidad requería más conocimiento del que entonces existía o jamás existiría, y Hayek era perfectamente consciente de los peligros que entrañaban expectativas tan poco realistas. De no lograrse los objetivos, podría producirse una intervención política, con lo que el sistema de
crédito, «lejos de ejercer una influencia estabilizadora sobre la vida económica, constituiría más bien una fuente de continua perturbación».
Hayek también ofreció una reacción, no por breve menos elocuente, frente el institucionalismo. Alabó a los institucionalistas por clarificar las complejas relaciones entre los datos en un ciclo típico, y en particular por identificar como características de una crisis incipiente la conjunción de una elevación de los precios de los bienes de consumo con un exceso del stock de bienes de capital. (Para Hayek, éstos eran los «hechos» que una teoría del ciclo debía explicar.) Pero también les criticó por eludir hacer explícito su marco teórico, tildando su obra de especie de «sintomatología», lo que es «de poca ayuda cuando lo que está en juego no son interconexiones detalladas sino la causa de las fluctuaciones cíclicas en general».
En cualquier caso, la cuestión candente para la profesión económica estadounidense tenía un carácter típicamente pragmático: ¿qué curso de acción de entre los adoptables por la autoridad monetaria central revestía mejores visos de eliminar el ciclo? Aunque se ofrecieron diferentes soluciones, la estabilización del nivel general de precios acabó resultando la política preferida. Si el nivel de precios (medido por un índice construido estadísticamente) se elevara por encima de cierto punto, la Reserva Federal elevaría la tasa de descuento (y probablemente también vendería bonos en el mercado abierto para reducir la cantidad de moneda sobrante; tales «operaciones de mercado abierto» aún resultaban controvertidas en los Estados Unidos) en un esfuerzo por enfriar la economía. Si el nivel de precios cayera, en lugar de elevarse, habría de seguirse el procedimiento opuesto.
El supuesto sentido común de este enfoque del control del crédito es lo que Hayek encontraría particularmente objetable.
La objeción que se nos antoja más seria es que el movimiento cíclico no se expresa inicialmente en el comportamiento del nivel general de precios, sino en el de los precios relativos de los diferentes tipos de bienes. Por consiguiente, un índice del nivel general de precios no proporciona ninguna información relevante sobre el curso del ciclo ni, lo que es más importante, lo hace en el momento oportuno.
Hayek sostuvo que si los economistas institucionalistas hubieran gozado de una mejor comprensión teórica de las causas del ciclo quizás no habrían sido conducidos a realizar, partiendo de sus series estadísticas, recomendaciones políticas tan obstinadamente equivocadas como las que propusieron. De hecho, tras las críticas de Hayek se encuentra una particular teoría del ciclo, cuyos orígenes se remontan a los escritos monetarios del economista sueco Knut Wicksell, y que sería más tarde desarrollada en la segunda edición (1924) del libro que Mises dedicara al dinero. Hayek habría de emplear varios años en articular su propia versión de la teoría del ciclo de Mises Wicksell.
La teoría de Hayek sobre el ciclo económico
Para Hayek, toda teoría convincente del ciclo debe ser coherente con la que él llamaba «teoría del equilibrio». Según ésta, en un sistema de libre mercado los cambios en las condiciones subyacentes de la oferta y la demanda comportan ajustes en los precios relativos, ajustes que no cesan hasta que la oferta y la demanda se equilibren en todos y cada uno de los mercados. En la medida en que los precios realmente sean libres, el mecanismo de precios coordinará las acciones de los agentes a ambos lados de cualquier mercado.
Uno de estos mercados es el de fondos prestables, donde se encuentran los intereses de prestamistas y demandantes de fondos. Al analizarlo, Hayek hizo uso del concepto de Wicksell de
«tipo de interés natural», tipo al que se igualan ahorro e inversión. La decisión de las economías domésticas de ahorrar puede también interpretarse como una decisión de posponer el consumo presente por el futuro. Los fondos ahorrados son demandados por empresas para financiar sus proyectos de inversión, esto es, se destinan a la adquisición de bienes de capital. El tipo de interés natural coordina las actividades de agentes tan diferentes como éstos en un mundo en que la producción implica una distensión temporal. Veamos un ejemplo aclaratorio.
Supongamos que aumenta el deseo de ahorrar dentro de una comunidad, esto es, que se incrementa la preferencia por bienes futuros frente a bienes presentes. El tipo de interés natural comienza a caer, y las empresas descubren que los procesos productivos que requieren más tiempo, es decir, que tardan más en producir los bienes finales de consumo, pasan a ser rentables. Una pretensión fundamental de la teoría austríaca del capital (tal y como la desarrollara Eugen Bóhm Bawerk) es que los procesos más largos son también los más productivos. El desplazamiento hacia estos procesos permite a las empresas producir más bienes en el futuro, satisfaciendo así los deseos de los consumidores. El tipo de interés natural, por consiguiente, es también un precio relativo, y sus variaciones sirven para coordinar las preferencias de una comunidad relativas al consumo presente y futuro con los procesos de producción que generan los bienes.
La teoría del ciclo económico también analiza lo que se denomina «la estructura productiva». «Inversión» no significa simplemente añadir más máquinas. El desplazamiento hacia procesos productivos que llevan más tiempo comporta un cambio en los precios relativos de todo un conjunto de bienes de producción, y estas variaciones de precios inducen un cambio en la estructura del stock de capital. En terminología «austríaca», lo que se añaden son «bienes de orden superior», esto es, bienes de capital que están más lejos (temporalmente hablando) de la producción de bienes de consumo o de primer orden: la estructura productiva se ha alargado. Este cambio en la estructura del capital habría de jugar un papel crucial en la teoría austríaca del ciclo.
Por consiguiente, el mecanismo de precios coordina la actividad económica, la cual, en el proceso de un ciclo, se des coordina de algún modo. En particular, durante la fase de crisis del ciclo se produce una sobreproducción de bienes de capital, desequilibrio éste cuya aparición ha de ser capaz de explicar toda teoría del ciclo que se precie de adecuada. ¿Qué es lo que impide que el tipo de interés realice su función coordinativa?
Una vez más, el marco conceptual de Wicksell demuestra su utilidad. Wicksell postulaba otro tipo de interés, el «tipo de interés del mercado», el cual depende de las actividades crediticias de los bancos y puede diferir del tipo natural. En concreto, el tipo de mercado caerá por debajo del natural al aumentar los bancos su crédito. Wicksell empleó la distinción entre el tipo natural y el de mercado para discutir los movimientos en el nivel general de precios. La contribución austríaca consistió en sostener que la desviación del tipo de mercado respecto del natural es la causa del ciclo económico.
Un ciclo típico se desarrolla como sigue. Los bancos expanden el crédito, disminuyendo el tipo de interés de mercado para inducir a las empresas a solicitar préstamos. Éstas emplearán su nuevo poder adquisitivo en ir poco a poco alargando el proceso productivo, como si de hecho hubiera ocurrido un descenso del tipo de interés natural. En un mundo con pleno empleo de recursos, esto aleja los recursos de los consumidores. A diferencia del ejemplo en que caía la tasa de interés natural, sin embargo, los consumidores en este caso no han reducido voluntariamente su deseo de consumo en términos reales, sino que se han visto obligados a consumir menos de lo que desean. Hayek describió este fenómeno, muy apropiadamente, como un «ahorro forzoso». La demanda parcialmente insatisfecha de bienes de consumo presentes empieza a presionar al alza los precios de tales bienes en relación a los futuros, lo que equivale a decir que el tipo de interés
de mercado comienza a elevarse. Esto indica a las empresas que sus anteriores decisiones de emprender proyectos de inversión en procesos productivos más largos habían sido incorrectas, es decir, que la demanda de bienes futuros no se había elevado realmente. Por consiguiente, tales proyectos dejan de ser rentables y deben ser abandonados antes de completarse, lo que inicia la crisis o fase recesiva del ciclo.
El único modo de evitar el ciclo es «neutralizar» los efectos de la creación de crédito haciendo que el tipo de interés del mercado coincida con el natural. Hayek lo expresa sucintamente del siguiente modo: «El punto de partida para el análisis teórico de las influencias monetarias en la producción no debe ser un dinero cuyo valor es estable, sino un dinero neutral...»?6 Esto estaría muy bien, desde luego, si no fuera porque mantener neutral el dinero se dice pronto, pero es bien difícil de conseguir en la práctica; aunque sólo sea porque nadie sabe realmente cuál es el tipo de interés natural del dinero, ya que el único tipo observable es el de mercado.
La actitud de Hayek sobre la efectividad de posibles medidas anti cíclicas era más bien pesimista. La recomendación al uso en la época (a saber, observar el nivel general de precios y modificar la tasa de crecimiento de la oferta monetaria en sentido contrario al que siguiera el movimiento del mismo) casi con toda seguridad no haría sino agravar el ciclo. Hayek pensaba que si las autoridades monetarias intentaban mantener el nivel de precios estable cuando la economía se encontraba en expansión (Hayek consideraba que en la expansión crecería la productividad y los precios deberían descender), acabarían en realidad inyectando demasiado crédito y así abortando el despegue. Tampoco consideraba efectivos otros mecanismos, como controlar el volumen de crédito del sistema, estableciendo, por ejemplo, límites sobre las reservas bancarias, puesto que la volatilidad de la demanda de crédito minaría cualquier control que las autoridades monetarias pudieran tratar de imponer. La teoría de Hayek implicaba, en fin, que los precios de mercado, justo antes de la aparición de la crisis, empezarían a elevarse. Si esta elevación quedara reflejada en una elevación del nivel agregado de precios, entonces las autoridades monetarias podrían ser inducidas a pisar el freno justo cuando la economía empezaba a deslizarse hacia una recesión, lo que acentuaría la fase depresiva del ciclo.
Una vez desatada la crisis, la mejor política, según Hayek, consiste en dejar que las cosas se arreglen por sí solas. Cualquier intento de estimular la economía mediante inyecciones adicionales de dinero no haría sino mantener artificialmente deprimido el tipo de interés de mercado, distorsionando aún más la estructura productiva y prolongando y acentuando la crisis. Del mismo modo, cualquier intento de estimular la demanda privada no haría sino añadir leña al fuego, al ser una de las características de esta fase del ciclo, precisamente, un exceso de demanda privada. Por tanto, la etapa recesiva del ciclo es la amarga medicina que finalmente restaura el equilibrio en el sistema. Como Ludwig Lachmann habría de observar más tarde, la primera visión que Hayek tuvo sobre la salida del ciclo era del tipo equilibrio general:
Para Hayek, el equilibrio general paretiano constituía el núcleo de la teoría económica, el centro de gravedad hacia el cual tendían las fuerzas principales de una economía. La tarea de la teoría del ciclo económico, según él, consistía en explicar la razón por la que estas fuerzas pueden temporalmente detenerse y retrasar sus efectos. Ya que el ciclo supuestamente comienza con una expansión y termina en una depresión, Hayek veía en esta última el triunfo definitivo de las fuerzas económicas que tienden a restaurar el equilibrio.
Hayek dedicó los últimos años de la década de 1920 a afinar los detalles de la teoría, con la esperanza de que sus esfuerzos acabaran asegurándole una plaza en la universidad. Para obtener su Habilitation, primero tenía que escribir un libro, y el resultado fue Geldtheorie und
Konjunkturtheorie. Después preparó su defensa para la Habilitation, una presentación pública en la que los miembros de la facultad examinaban al candidato, quien exponía un tema de su propia elección. El ensayo que Hayek eligió para la ocasión fue «Gibt es einen 'Widersinn des Sparens'?», cuya traducción se ofrece cómo capítulo II de este volumen. Su presentación convenció, y Hayek se convirtió en Privatdozent en 1929. Durante los dos años siguientes, además de su trabajo en el Instituto del Ciclo Económico (donde se le imiría Oskar Morgenstem, quien habría de sucederle en el puesto), Hayek impartió clases en la Universidad de Viena. Como menciona en «La Economía de 1930 vista desde Londres», que constituye el capítulo I de este volumen, en su tiempo libre redactó una serie de capítulos sobre la historia monetaria de Inglaterra para una voluminosa obra sobre el dinero que se traía entre manos y que nunca llegaría a publicarse, pues los editores la abandonaron tras la llegada de los nazis al poder.
La «paradoja» del ahorro
«La 'paradoja' del ahorro» es el resultado inmediato de las experiencias de Hayek en América. Su relato de los ingeniosos esfuerzos promocionales de los ahora olvidados Foster y Catchings constituye una lectura fascinante y entretenida. Autores de numerosas obras divulgativas, ambos creían que la causa del ciclo estaba en la insuficiencia del consumo, atribuyéndola a un exceso de ahorro. El exceso de ahorro fluye hacia la inversión, lo que permite a las empresas incrementar su producción de bienes de consumo. Pero he aquí que las empresas incurren en un exceso de producción, y la capacidad adquisitiva de los consumidores no alcanza a comprar tantos bienes como se producen. La fase crítica del ciclo se establece al aparecer en el mercado una superproducción general de bienes de consumo. La recomendación de Foster y Catching no dejaba lugar a dudas: es obligación del gobierno corregir las fluctuaciones de la demanda de tales bienes, incurriendo en déficits—financiados mediante una expansión de la oferta monetaria— en las épocas de crisis.
Es evidente la razón por la que Hayek encontró tal teoría y las medidas políticas asociadas altamente insatisfactorias. Como señala nada más iniciar el artículo, las teorías del ciclo basadas en el supuesto de una insuficiencia del consumo, aunque rechazadas por la mayoría de los economistas desde principios de 1800, tenían sin embargo la capacidad de reemerger periódicamente, especialmente en tratados populares escritos por no economistas. Desde una perspectiva específicamente austríaca, el marco teórico de Foster y Catchings era incapaz de incorporar el papel de los tipos de interés en la coordinación intertemporal de las decisiones de consumo.
Hayek estaba convencido de poder contrarrestar los argumentos de Foster y Catchings. Lo que encontraba más preocupante era la respuesta del resto de la profesión a las medidas de política económica propuestas por los americanos. Particularmente exasperado estaba por el resultado del concurso de ensayos creado por ambos, que premiaba con cinco mil dólares a la mejor crítica de su teoría. Prácticamente ninguno de los críticos había discutido su afirmación de que un incremento de la oferta monetaria proporcional al aumento del volumen de la producción constituía una respuesta adecuada a la depresión. Su propia teoría implicaba, por supuesto, que un incremento en la oferta monetaria, una vez iniciada la depresión, únicamente prolongaría y empeoraría la crisis.
Lionel Robbins y la LSE
Lionel Robbins, además de ser el catedrático de economía más joven de Inglaterra, acababa de ser nombrado director del departamento de Economía de la London School of Economics (LSE). La LSE había sido establecida en la década de 1890 por los socialistas fabianos, y
sus fundadores, Sidney y Beatrice Webb, estaban tan convencidos de que la verdad (socialista) acabaría por imponerse que insistieron en que la ideología no jugara ningún papel en los nombramientos en la LSE. Un motivo importante en la fundación de la LSE fue ofrecer un contrapeso al enfoque teórico que propugnaban desde Cambridge hombres como Alfred Marshall. Sería incluso correcto decir, en líneas generales, que al comienzo de siglo el enfoque histórico se identificaba con Londres y el teórico con Cambridge. A mediados de la década de 1920, sin embargo, la economía y los métodos marshallianos habían emergido prácticamente victoriosos en toda Gran Bretaña. La sensibilidad hacia la importancia de la historia (aunque no constituyera en absoluto una apología de los métodos del historicismo, como Hayek se apresura a recordamos en el apéndice al primer capítulo de este volumen, donde ofrece su retrato de Edwin Cannan) seguía siendo una de las características fundamentales de la LSE, y en particular de algunos miembros de la misma, como Cannan mismo o Herbert Foxwell. Su director, William Beveridge, sentía por lo demás una irremisible antipatía hacia la teoría.
Lionel Robbins se propuso cambiar todo esto y convertir la LSE en un centro con interés por la teoría. Lo que, desde luego, no significa que quisiera convertirla en un Cambridge junto al Támesis. Más bien, Robbins deploraba la insularidad de la economía inglesa. En Oxford y Cambridge, esta estrechez tenía sus orígenes en la autocomplaciente creencia de que cuanto necesitaba saberse en economía podía encontrarse en los escritos de Marshall. En la medida en que también podía encontrarse en Londres, tal estrechez procedía de las preferencias de Edwin Cannan (o al menos así lo cuenta Hayek). Pero Marshall había muerto en 1924, y Cannan se retiró en 1926. Desde la perspectiva de Robbins, los tiempos estaban maduros para introducir en la LSE un enfoque a la vez más teórico y más universal.
Aún tenía Robbins otra batalla pendiente, y ésta con el más formidable de sus oponentes, John Maynard Keynes. Keynes había invitado a Robbins, a finales del verano de 1930, a formar parte de un comité, del recién instituido Economic Advisory Council. Aun siendo el EAC una organización enorme, el «Comité de Economistas» formado por instigación de Keynes era un grupo pequeño y selecto, cuyos otros miembros eran Arthur Pigou, Josiah Stamp y Hubert Henderson. El comité había de reunirse a puerta cerrada, y su informe final habría de ser secreto. Su objetivo era proponer medidas económicas para combatir la Depresión, y Keynes confiaba en usarlo para promover sus propios puntos de vista. Pronto resultó evidente que Robbins discrepaba del resto del comité tanto en su diagnóstico del origen del cambio de tendencia en el ciclo como en sus propuestas prácticas. Intentó, sin éxito, que el comité escuchara la opinión de otros (entre ellos, Hayek), cuyas opiniones encontraba afines a la propia. Con no pocos esfuerzos, el comité alcanzó algún punto de acuerdo en su informe final, pero Robbins rehusó suscribir la propuesta de imponer una tarifa sobre las importaciones y solicitó permiso para añadir en el informe su opinión minoritaria sobre la cuestión. Keynes, furioso, en un primer momento no se lo permitió, afirmando que cierta regla prohibía a las minorías de uno presentar informes separados. Cuando quedó claro que Robbins no se dejaría intimidar, y que la regla de Keynes era, como Robbins habría de decir más tarde, «puro mito», el viejo economista relajó su postura. Empero, Keynes se reservó la palabra final y leyó en voz alta al comité una carta en que «explicaba» a los ministros la verdadera razón por la que Robbins disentía: «Robbins padece de ciertos escrúpulos de conciencia que le han conducido a un elevado grado de implicación emocional.»
El joven Lionel Robbins batallaba en varios frentes y andaba en busca de aliados. Al objeto de contrarrestar el énfasis sobre lo histórico que prevalecía en la LSE, en primer lugar y antes que nada necesitaba un economista que destacara como teórico. También quería que éste estuviera en contacto con otras tradiciones, con el fin de convertir la LSE en pionera de la internacionalización de la economía inglesa, y que fuera capaz de actuar de contrapeso frente a
Keynes. Todas estas características las reunía Hayek. Y aunque Robbins no obtuviera de Keynes el permiso para que Hayek pudiera comparecer ante el Comité de Economistas, sí podía, como director de departamento, invitarle a una serie de conferencias en la LSE. Y eso fue exactamente lo que hizo.
Hayek llegó a Londres en febrero de 1931. Sus conferencias, que habrían de publicarse más tarde bajo el título Prices and Production, habían sido preparadas a la carrera. Y si bien su inglés era poco menos que espantoso (alguien le diría más tarde que era absolutamente ininteligible cuando leía, pero que conseguía entendérsele algo cuando se detenía a responder alguna pregunta), a pesar de todo causó notable revuelo. Como consecuencia, se le ofreció permanecer un año en la LSE como profesor visitante, ocupando al siguiente la cátedra Tooke de Ciencias Económicas y Estadística. Durante ese tiempo comenzó a preparar un estudio sobre A Treatise on Money, un libro que recogía las últimas incursiones de Keynes en teoría económica y que proporcionaba los fundamentos teóricos de sus propuestas de política económica. Como ha venido siendo costumbre entre economistas teóricos durante mucho tiempo, las diferencias entre Hayek y Keynes habrían de librarse bajo la forma más indirecta y peculiar de conflicto, es decir, como enfrentamiento entre modelos teóricos.
LA BATALLA ENTRE KEYNES Y HAYEK A Treatise on Money
Keynes empezó a delinear lo que habría de ser su A Treatise on Money poco después de concluir el Tract on Monetary Reforms, casi con seguridad en julio de 1924, y trabajó sus ideas hasta finales de los años veinte. Las primeras versiones de sus capítulos serían objeto frecuente de comentarios por parte de su viejo amigo Dennis Robertson, prácticamente hasta la redacción del manuscrito definitivo en julio de 1929. Sin embargo, el lento proceso de revisión generó tantos cambios que la versión final acabaría comprendiendo dos volúmenes, publicándose el 31 de octubre de 1930. Que Keynes no quedó especialmente satisfecho del resultado final queda patente en el mismo Prefacio:
Conforme repaso las pruebas de imprenta de este libro voy advirtiendo con claridad sus defectos. Me ha llevado años escribirlo... durante los cuales mis ideas se han ido desarrollando y evolucionando... Las ideas con las que he terminado difieren notablemente de aquellas con las que empecé. Me temo que hay mucho en el resultado de este libro que representa el proceso de ir librándome de mis primeras ideas e ir encontrando el camino hasta llegar a las que ahora tengo.
Las nuevas ideas hacia las cuales Keynes buscaba «su camino» eran, en lo esencial, las ideas sobre política económica. El problema del Treatise es que éstas no acababan de encajar en el marco teórico de Keynes.
Keynes esperaba que el Treatise fuera la obra que le reportara como economista teórico el reconocimiento del que ya disfrutaba como ensayista, como tábano de políticos, formador de opinión y eminente figura pública. También esperaba poder construir un edificio teórico que reflejara sus ideas sobre política económica. Para su desgracia, estas últimas habían evolucionado de un modo tan rápido a lo largo de los años veinte que había sido incapaz de mantener el equilibrio. Con todo, su empeño no fue del todo infructuoso. Sirviéndose de sus famosas «ecuaciones fundamentales», Keynes argumentó que la causa principal de los problemas económicos en las economías monetarias modernas se encontraba en los desajustes entre ahorro e inversión. Al menos, esto guardaba cierta similitud con su idea de que los problemas del Reino Unido en los años veinte habían conducido a un gasto de inversión interior insuficiente.
Keynes, sin embargo, todavía se encontraba parcialmente inmerso en un mundo marshalliano. Su análisis suponía implícitamente que el producto total estaba dado, por lo que todos los ajustes serían vía precios. Como es evidente, esto hacía que resultara bastante difícil discutir el problema —que tanto le preocupaba— del desempleo. Al analizar la «Depresión de 1930», Keynes la contempló como un caso especial en el que la recesión se desencadenó por los altos tipos de interés (consecuencia de la vuelta al oro) y por problemas asociados a los gastos de reparación. Si legislar a partir de casos difíciles sólo conduce a malas leyes, los casos especiales tampoco sirven para elaborar una buena teoría. De hecho, no sería hasta The General Theory cuando los efectos sobre la producción y el empleo, en lugar de sobre los precios, se convertirían en el asunto principal de la obra teórica de Keynes. Como habría de escribir en su Prefacio, fue entonces cuando pudo dar por terminada su larga «lucha por escapar a los modos de pensamiento y expresión habituales». A su escapada había contribuido un grupo de jóvenes economistas de Cambridge a los que se conocía colectivamente como «el Círculo».
El Círculo de Cambridge
Pocas semanas después de la publicación del Treatise, un grupo de jóvenes profesores había empezado a reunirse en las habitaciones de Richard Kahn para discutir la obra y criticarla, Entre ellos se encontraba Piero Sraffa, de 32 años, a quien Keynes había ayudado a venir desde Italia (Sraffa había sido el traductor del Tract al italiano) y cuyo artículo de 1926, en el que criticaba la teoría de la empresa de Marshall, había originado un amplio debate entre los economistas ingleses a finales de los años veinte; Joan Robinson, de 27 años, que habría de publicar dos años más tarde The Economics of lmperfect Competition; así como su marido, Austin, seis años mayor que ella, que acabaría convirtiéndose en 1934 en editor asociado del Economic Journal y más tarde en editor de los Collected Writings de Keynes; y también James Meade, de 23 años, visitante de la Universidad de Oxford cuya distinguida carrera en el campo de la Economía Internacional acabaría proporcionándole el Premio Nobel de Economía en 1977. El Círculo se constituyó en mayo de 1931, volviéndose cada vez más formal (empezaron a quedar en un aula para seminarios) y expandiéndose hasta incluir a algunos de los mejores estudiantes de licenciatura (por invitación, y sólo después de superar una entrevista ante el comité de selección formado por Austin Robinson, Kahn y Sraffa). Keynes nunca asistía a las reuniones. Como intermediario actuaba Kahn, quien le informaba de los resultados de las discusiones y exponía luego ante el grupo sus réplicas. Aunque los relatos difieren sobre el papel exacto que el Círculo desempeñó en la evolución de la Teoría General, parece claro que las críticas de sus miembros contribuyeron eficazmente a que Keynes repensara sus ideas, y en particular a que advirtiera que el marco teórico de su Treatise suponía un nivel de producción dado. Posteriormente, algunos de ellos habrían de servir para ayudar a demoler las críticas a Keynes y para extender el evangelio keynesiano en el Reino Unido. Pero nos estamos adelantando a los hechos.
Fue en febrero de 1931 cuando Hayek pronunció sus conferencias sobre «Precios y Producción» en la LSE. Ya en Inglaterra, accedería a dar una charla en Cambridge. Aunque Keynes no estuviera presente, allí estaban los miembros del Círculo, entre ellos Joan Robinson. Ésta, en su Conferencia Richard T. Ely a la American Economic Association en 1971 describiría la sesión como sigue:
Mientras se desarrollaba la controversia sobre la pertinencia de las obras públicas, el profesor Robbins buscó en Viena un miembro de la Escuela Austríaca que equilibrara la posición de Keynes. Recuerdo perfectamente la visita a Cambridge de Hayek, de camino hacia la London School. Hayek expuso su teoría dejando la pizarra llena de triángulos y, aunque entonces no fuimos capaces de advertirlo, más tarde comprendimos que toda su argumentación giraba en