Por Puro Placer

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Capítulo 1

Hollywood Confidential 13 de octubre, 2003

Se ha organizado un casting en busca de una actriz con pechos naturales para una escena de amor con el ídolo cinematográfico, Ben Damon. Ni una candidata se ha presentado, lo que hace que este periodista se pregunte si en la meca del cine aún quedan pechos sin retocar.

La doctora Layla Hollister cerró el último número del pasquín de cotilleos que había recogido de camino al restaurante y bajó la vista a sus pechos modestos. Eran prácticamente inexistentes debajo de la blusa blanca de cuello alto. Resistió la tentación de agitar la mano y exclamar: «¡Eh! ¡Mis pechos son naturales!».

No es que importara. De las casi dos millones de personas que vivían en la ciudad de Los Ángeles, por no mencionar a las diez que lo hacían en el condado de Los Ángeles, formaba parte del diez por ciento que no

estaba interesado en actuar. Si a eso se sumaba que era una nativa de Hollywood de tercera generación, en cuyo árbol genealógico no figuraba ningún actor o actriz, resultaba aún más excepcional. Hizo una mueca, quitó la rodaja de lima del borde de su vaso con agua mineral con gas y bebió.

En cualquier caso, si se presentara, los agentes le echarían un vistazo a sus pechos pequeños y a carcajadas la echarían del estudio.

Prácticamente, no le habían crecido desde los doce años, cuando compró su primer sujetador de gimnasia. Su dotada madre, Trudy, le había dicho que debía de haberlos heredado de la familia paterna. Layla había creído que era la idea que tenía Dios de una broma cruel. Al menos, hasta cumplir los veinte y quedar tan concentrada en sus estudios de medicina como para no poder pensar en ellos salvo cuando tenía que comprar un sujetador nuevo.

Dejó el periódico en el taburete vacío de al lado. Miró alrededor del bar, preguntándose cuándo tendría lista su mesa. Últimamente, ese

restaurante había entrado en el circuito de moda, y cada vez costaba más encontrar sitio. Ella lo había elegido porque estaba cerca de su casa y le gustaba la comida que servían. Igual que a Reilly, Mallory y Jack. Suspiró; pensar en sus tres amigos hizo que sonriera. No había tenido muchos amigos en la niñez.

De hecho, ninguno, y a ello había contribuido ser una chica larguirucha con gafas de miope.

Notó que incluso en ese momento se encogía de hombros, fingiendo que no le importaba. Y con veintisiete años, se dijo que no debería. Pero era humana, y de

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en cuando los recuerdos de la infancia en una ciudad donde el aspecto estaba valorado por encima de todo lo demás, a veces podían con sus defensas.

Miró el reloj de pulsera. ¿Dónde estaban Reilly, Mallory y Jack? Por lo general, era ella quien llegaba tarde. En ese momento, el teléfono móvil vibró en su bolso. Lo sacó y contestó al ver el número de Reilly.

—No puedo ir, Lay. Lo siento —dijo su amiga sin rodeos—. Me ha entrado un pedido de último minuto de tres raciones gigantes de baklava y, bueno… ya sabes…

Lo sabía. Lo único peor que ser una chica fea en Hollywood era ser una chica gorda. Y a veces creía que Reilly Chudowski, otrora conocida como la Gordita Chuddy, lo había pasado peor que ella. Hacía tiempo que Reilly había eliminado el sobrepeso, pero parecía decidida a alterar el statu quo abriendo una pastelería llamada Dulce y Picante en medio de un estado obsesionado con las dietas sanas. Sorprendentemente, el primer año había logrado unos beneficios modestos. En ese momento, su objetivo era corromper a la totalidad de Los Ángeles.

—Dales un beso a Mallory y a Reilly de mi parte, ¿quieres?

—¿Sigue en pie lo del sábado siguiente a éste por la noche? —preguntó Layla.

—En tu casa, ¿no? Allí estaré. Y tengo en mente algo especial para la ocasión… —le envió un beso a través del teléfono y cortó.

Eso no la consoló. Aún quedaban diez días para ese sábado y llevaba casi el mismo tiempo sin ver a Reilly.

Guardó el móvil de vuelta en el bolso y atrapó un sobre antes de que pudiera caer al suelo. Le dio la vuelta y leyó el remite. El extracto

trimestral de su préstamo de estudios. Hacía mucho que no le prestaba atención a sus asuntos financieros. Sus pagas del Center y de la clínica eran depositadas automáticamente en sus cuentas corrientes y de ahorro y automáticamente de ahí se pagaban las cuotas del préstamo. Cada mes tenía los mismos gastos, entre el alquiler de la casa, los diversos servicios como el agua, la electricidad y el gas y el seguro del coche, por lo que no necesitaba cuadrar sus cuentas todos los meses. El problema era que estaba casi segura de que había pasado por lo menos un año desde la última vez que había repasado todo.

Hizo una mueca. ¿No era así como la gente se metía en problemas? Metió el dedo meñique en la pestaña del sobre y lo abrió. Un rápido vistazo le indicó que todo iba sobre ruedas. No se había saltado ningún pago ni la penalizaban por algo. Guardó el sobre en el bolso, dando por hecho que era todo lo que necesitaba saber.

—¿Está ocupado?

Layla vio un par de ojos castaños de los que una mujer podría enamorarse con facilidad. Un hombre con mejor aspecto que lo que podría ofrecer cualquier menú, señaló el taburete donde había dejado el pasquín de cotilleos. Era el único asiento libre del local.

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A hurtadillas observó al guapísimo hombre; tenía el pelo rubio, muy claro, y una sonrisa entre provocadora y burlona. Quizá su día había mejorado…

Una modelo. Tenía que serlo.

Y a Sam Lovejoy decididamente le gustaban las modelos.

Volvió a sonreírle a la morena alta y esbelta mientras ocupaba el taburete que había al lado de ella. Llegaba con treinta minutos de adelanto a la cena con el miembro de la junta directiva del Trident Medical Center. Se enorgullecía de ser siempre puntual, aunque ello a veces significara llegar demasiado pronto.

Ésa noche parecía que la suerte estaba de su parte. Hasta donde podía ver, el bombón de al lado no tenía compañía. Y el modo en que no paraba de mirarlo de reojo le decía que estaba abierta a cualquier sugerencia que pudiera hacerle.

—Un agua mineral con gas —pidió él. —¿Prohibido beber?

Él enarcó las cejas al oír la voz suave y ronca que era idónea para un club nocturno de Sunset.

—No, cena de trabajo.

Ella sonrió al cruzar las piernas. Sam miró abiertamente el movimiento y deseó que la falda fuera unos centímetros más corta.

—No eres de Los Ángeles, ¿verdad? —preguntó ella. —¿Es tan obvio?

—Los nativos por lo general beben en las comidas, sean de trabajo o no, hasta el punto de olvidar en ocasiones la comida.

Él le entregó el periódico que había recogido del taburete. —¿Es tuyo?

Ella lo aceptó.

—Mi único vicio —sonrió—. Me obsesionan estas cosas. No puedo salir de una tienda sin recoger uno —se echó el tupido cabello detrás de una oreja—. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte?

Tenía una sonrisa deslumbrante.

—¿En Los Ángeles? Oh, no lo sé. Llevo aquí ocho años y no tengo planes inmediatos para marcharme.

—Ah. ¿Estás en el negocio? —¿A qué te refieres?

Ella señaló a la gente que había en el bar, casi todos tratando de parecer importantes o como si no estuvieran estudiando el sitio en busca de caras famosas.

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—Oh, no. Nada que se le parezca —ella pareció relajarse y él rió entre dientes—. ¿Y tú? —preguntó, quitando la lima del vaso para dejarla en la servilleta. Algo que ella pareció notar—. Eres modelo, ¿verdad? —la vio entrecerrar un poco los ojos verdes.

—Te equivocas.

—Pues deberías serlo —así como el comentario era sincero y cierto, tuvo la impresión de que no lo tomaba como un cumplido. Alzó las manos—. Vaya. Ha sonado como la peor línea de conquista de todos los tiempos, ¿no?

—Mmmm.

—¿Me das otra oportunidad?

Lo miró largo rato antes de sonreír otra vez. —¿Para qué? ¿Para abochornarte?

—Me lo he ganado.

Ella bebió un sorbo a través de la pajita con la vista clavada al frente. —No, no te lo merecías. Hoy tengo un día realmente malo y acaba de empeorar; y supongo que tú has sido el blanco más próximo.

—Disculpas aceptadas.

—Es que, bueno, una de mis amigas acaba de cancelar la cena y los otros dos llegan tarde y… —calló.

—¿Y…? —instó él.

Ella agitó la mano izquierda.

Como cirujano, Sam notó que no llevaba joyas y que tenía las uñas cortas, cuidadas y limpias.

—No quieres oírlo. De verdad que no.

—Tienes razón, probablemente no quiera —ella lo miró—. Pero como aún dispongo… —miró su reloj de pulsera— de quince minutos antes de que llegue la persona con la que he quedado, escucharte supera con creces observar el desgaste del papel de la pared.

La verdad era que se hallaba en un estado de ánimo excepcionalmente bueno. Su abuela siempre lo había llamado el Chico de Oro, y cuando su compañero de universidad la había oído llamarlo de esa manera, el apodo se había extendido. No tanto por su aspecto sino por su actitud. Así como experimentaba malhumores como cualquiera, la diferencia radicaba en que no los exteriorizaba.

—¿Me permites hacerte una pregunta sin que te enfades? —Depende de la pregunta.

—La respuesta de una mujer. —Lo has notado.

La sonrisa de él se tornó sugerente. Desde luego que lo había notado. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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Y tampoco podía negar que se sentía muy atraído por la mujer que tenía al lado. Era elegantemente preciosa y no cabía duda de que tenía la cabeza bien amueblada.

—¿Quién te ha hecho la nariz?

¿Quién… le… había… hecho… la… nariz?

Con gesto distraído, Layla se frotó el rasgo facial en cuestión. No estaba mal que le hubiera formulado la pregunta. Tampoco lo estaría si se la hubieran hecho. Pero el hecho de que una nariz atractiva… igual que unos pechos atractivos… al instante hicieran que otros pensaran que no era natural… apestaba. Toda la banda de Hollywood había logrado que fuera prácticamente imposible que alguien ajeno al negocio llevara una vida normal. Alguna vez había bromeado con que sería necesario tener una especie de certificado de autenticidad que poder mostrar siempre que alguien hiciera una pregunta estúpida como ésa.

Porque sin importar cómo la respondiera, el estatus de su nariz seguiría cuestionado. Después de todo, ¿cuántas personas que se habían

sometido a cirugía plástica lo reconocían?

Abrió la boca para darle la respuesta que se merecía… pero mirar su rostro curioso y atractivo la desinfló.

—Oh, oh. Te he vuelto a insultar, ¿verdad? —inquirió él de buen humor—. Deja que lo adivine. La nariz es tuya.

—En un cien por cien. Y no en el sentido de «la he terminado de pagar de modo que es mía».

—Supongo que ahora sería mi turno de pedirte disculpas.

Ella apoyó el codo en el bar y luego la cabeza en la palma de la mano. —No. No es necesario. En esta ciudad, es una pregunta perfectamente natural. Si alguien ha de ser inmune a la jerga de Los Ángeles, debería ser yo —hizo una mueca—. No sé por qué esta noche estoy tan

quisquillosa. No, aguarda. Sí lo sé. Hoy me he enterado de que tengo un jefe nuevo.

—Ah. Alguien que doy por hecho que no te cae bien. —Ni una pizca.

En realidad, no podía afirmar eso. Después de todo, nunca lo había visto. Pero, desde luego, su reputación lo había precedido. Conocido como el definitivo Doctor Recorte de Los Ángeles, era capaz de cortar, remodelar, agrandar y succionar lo que al cliente le apeteciera. Por lo que había oído, los clientes ricos y las aspirantes a actrices hacían cola ante su consulta. Y tenía una lista de espera tan larga como la declaración de Independencia.

Tampoco ayudaba que se rumoreara que el doctor en cuestión salía con muchas de las pacientes que retocaba.

—Creo que por eso me siento tan sensibilizada con cualquier cosa relacionada con la cirugía plástica esta noche. Quiero decir, podría haberlo aceptado si se tratara Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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de cualquier otro médico del Center, pero lo acaban de contratar como administrador jefe.

La mano del otro chocó contra el borde de la barra e hizo que parte del agua mineral se vertiera sobre su muñeca. Se limpió con una servilleta. —¿Center?

Ella asintió.

—El Trident Medical Center. ¿Lo conoces? —Está en Santa Mónica, ¿verdad?

—Exacto.

—¿Eres doctora?

—En medicina general, específicamente.

Él le indicó al barman que le pusiera otra agua mineral con gas. —No quedan muchos de ésos en la actualidad, ¿verdad?

Dios, era atractivo. Tenía unos ojos castaños cautivadores que envidiaría cualquier actor. Y la mandíbula… sólo quedaba en segundo lugar por detrás de la boca en la lista de las cosas que más le apetecía besar en ese momento.

Recordó que le había hecho una pregunta.

—No, ya no quedan muchos. Por lo general, todos los médicos buscan una u otra especialidad. Yo… bueno, no pude decidirme —sonrió, gustándole el modo en que parecía escucharla. No mucha gente sabía hacer eso—. Y tampoco fue necesario. Resulta que los médicos de

cabecera están muy requeridos. A los pacientes les agrada recurrir a una sola persona en vez de a veinte.

—Mmm.

Ella apartó el codo de la barra.

—Siento que ahora he sido yo quien te ha insultado. Él enarcó las cejas.

—¿Y eso?

—Te has quedado muy silencioso. ¿Has cambiado de idea acerca de mirar desgastarse el papel de la pared?

—No —le dio las gracias al camarero cuando le dejó el agua delante y volvió a sonreírle a ella—. La verdad es que… me siento muy intrigado por lo que has dicho.

¿Intrigado?

El bolso de Layla volvió a vibrar, recordándole que aún esperaba a Mallory y a Jack.

—Perdona —dijo, abriendo el teléfono móvil. Era Jack. Se giró un poco—. ¿También tú vas a cancelar la cena?

—¿Reilly la ha cancelado? —preguntó Jack. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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—¿Cómo lo has…?

—Lo sé porque Mall me acaba de llamar desde la 101. Tiene problemas con el motor de su coche. En este momento voy a ayudarla.

Layla hizo una mueca y miró la hora.

—Lamento oír eso. Tenía muchas ganas de que nos viéramos esta noche. Bueno. Compraré una ensalada y me iré a casa. Llámame más tarde para decirme si todo está bien.

—Lo haré.

Sam observó a la doctora sexy guardar el móvil en el bolso y se preguntó qué diría cuando se enterara de que él era el nuevo administrador de Trident.

Fingió centrarse en algo que comentaba el tipo que tenía enfrente y no en las piernas tentadoras de la doctora. Sabía que le quedaban

únicamente dos opciones. Hacerse el tonto con respecto a la información que ella le había dado y tratar de acompañarla luego a su casa, con la esperanza de que por la mañana pudiera perdonarlo, o darle toda la información pertinente.

Ya que no le cabía ninguna duda de que por la mañana iba a tener que escuchar el disco, porque si no le fallaba la memoria, su primera cita del día siguiente era con una tal doctora Layla Hollister, la única mujer dentro del personal de medicina general del centro.

—Tus amigos han cancelado la cena, ¿eh? —preguntó.

—Sí —se pasó el bolso al hombro, el periódico de cotilleos bajo el brazo y comenzó a levantarse.

—Entonces, ¿te apetece cenar conmigo? Lo miró, evidentemente tentada.

—Creía que tenías una cena de trabajo —ladeó la cabeza—. En ningún momento te pregunté a qué te dedicabas, ¿verdad?

—No. Y en cuanto a esa cena… puedo reprogramarla para otro día —le sonrió, habiendo tomado la decisión de no revelarle su identidad. Todavía —. Ésta es una oportunidad demasiado buena como para dejarla pasar. Ella rió.

—Por desgracia, no tengo por costumbre aceptar invitaciones de desconocidos en un bar.

—Es una pena. Ella asintió.

—Decididamente —llamó al camarero y pidió una ensalada para llevar—. ¿Me guardas el taburete? Voy a refrescarme antes de irme. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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—Creo que podré arreglarlo —se alegró de que al menos no fuera una despedida. Todavía.

La observó dirigirse a los aseos, situados en la parte de atrás del local. La tela de la falda le ceñía lo justo el trasero alto y firme. De pronto, la temperatura subió. Se aflojó la corbata, se bebió el agua mineral y se puso de pie. El camarero lo miró mientras depositaba un billete de veinte en la barra.

—Guárdenos los dos taburetes, ¿quiere?

No pensaba dejar que se marchara con tanta facilidad. Se detuvo en el exterior de los aseos femeninos y se apoyó en la pared. Una oportunidad era una oportunidad. Y pensaba aprovecharla al máximo.

La puerta se abrió y salió una rubia vivaz. Sam se frotó el mentón, luego cruzó los brazos e ignoró la mirada sugerente que le lanzó la mujer. La puerta volvió a abrirse y salió Layla, metiendo algo en el bolso y dando la impresión de que no notaba su presencia. Cuando iba a pasar a su lado, la tomó por el brazo con suavidad.

Ella parpadeó y sonrió. Un mezcla de bienvenida y nerviosismo. La sonrisa hizo que Sam deseara algo que no era la cena.

—Creía que me estabas reservando el taburete —murmuró ella, estudiándolo.

—Mmm. Estaba. Pero primero había algo que necesitaba averiguar. Alguien pasó por allí y la obligó a acercarse a él para hacerle espacio. Sam vio que tragaba saliva y que los ojos verdes se dilataban en reveladora señal de excitación.

—¿Oh? ¿Y de qué se trata?

Él experimentó una oleada de calor en la entrepierna. —Si tu sabor es tan delicioso como tu aspecto.

Lentamente, redujo los pocos centímetros que separaban sus bocas, brindándole tiempo suficiente para retirarse si así lo deseaba. No lo hizo. De hecho, se adelantó. Sam emitió un sonido bajo de satisfacción. Le gustaba una mujer que sabía lo que quería y que no temía tomarlo. Y, desde luego, su sabor era mejor que su belleza. Su boca era un

melocotón jugoso y carnoso que suplicaba que la devoraran. Le lamió el borde de los labios antes de explorar el interior de la boca. Tan ardiente y tan dulce, tan embriagadora.

Sintió la mano de ella en la cintura, los dedos abriéndose, tanteando con atrevimiento. La rodeó con el brazo y la acercó aún más, sintiendo cada centímetro de ese cuerpo vestido contra el suyo mientras ladeaba la cabeza y la probaba más profundamente. Era deliciosa. Lo dominó la necesidad al bajar la mano por la espalda en una caricia lenta para posarse sobre la parte superior del trasero.

Algo entre ambos vibró. Durante un momento, Sam pensó que la pasión mutua generaba electricidad. Pero luego comprendió que se trataba del móvil de ella.

Abrió los ojos, sorprendido de haber olvidado por completo dónde se hallaban. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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Tuvo que concederle mérito. En vez de apartarse de él o mostrar

asombro, rió con suavidad y apoyó fugazmente la frente contra la suya. Luego carraspeó.

—Bien, ¿cuál es el veredicto? —inquirió.

—¿Mmmm? —tuvo que contenerse para no abrazarla otra vez—. Oh. Decididamente, eres más rica.

Oyó otra vez la risa ronca antes de que sacara el teléfono del bolso. —¿Hola? —calló unos momentos y luego cerró el aparato—. Tengo una urgencia en la clínica —comenzó a alejarse, y luego vaciló—. Ha sido un placer conocerte…

—Lo mismo digo —le tomó la mano y se la estrechó. La humedad que sintió en la palma de ella lo hizo pensar en todas las cosas mojadas y encendidas. ¿Cómo manejar la sutil petición de un nombre?—. Dejémoslo ahí, ¿te parece?

La sonrisa de ella se amplió. —¿Por qué no?

La observó marcharse. Intentó mantener una imagen mental de esa sonrisa hermosa, porque tuvo la sensación de que al llegar la mañana, quizá nunca más volviera a verla. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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Capítulo 2

Tres horas más tarde, Layla se encontraba en el cuarto atestado que servía como consulta del médico de cabecera de la San Rafael Free Clinic. Respiró hondo y se atrevió a espiar la sala de espera. Agradecida, vio que ya se encontraba casi vacía.

Se apartó unos mechones de pelo que se habían escapado de la coleta. Así como el tiempo que dedicaba en la clínica gratuita merecía la pena, también resultaba agotador. Y a menudo desalentador. Tantos pacientes y tan pocos médicos dispuestos a ayudar.

Lupe Rodríguez, la antigua enfermera jefe de la clínica, asomó la cabeza por la puerta y le entregó una carpeta.

—Sala dos. Un niño de tres años con una congestión respiratoria. Sala tres. Ashanti ya se está poniendo en posición para su revisión anual. Layla observó a una mujer mayor cubrir con una manta vieja las piernas de un hombre frágil.

—¿Layla?

—¿Mmmm? —miró a la mujer latina que agitaba una mano delante de sus ojos.

—Hay un soltero de treinta y tantos en la sala uno en busca de una cita. Layla parpadeó varias veces y luego miró a Lupe.

—Eso ni siquiera es gracioso.

Y menos desde que el hombre que había conocido antes en el

restaurante no dejaba de irrumpir en sus pensamientos. La sonrisa. Los comentarios sugestivos. Pero, principalmente, la sensación de esa boca contra la suya.

—¿Hace cuánto que no tienes una cita?

Layla aceptó el historial que le entregaba Lupe y estudió la información preliminar. No se trataba de que la pregunta fuera impertinente. Es que ella misma se la había estado haciendo durante toda la noche.

Y la respuesta era que había pasado demasiado tiempo. Y el hombre del restaurante la había atraído física y mentalmente.

—No es asunto tuyo —le dijo a Lupe con una sonrisa. La otra chasqueó con la lengua.

—Lo que pensaba. Hace mucho. Layla se rascó la cabeza.

—¿Quién dispone de tiempo para una cita? Yo, no. Lupe cruzó los brazos sobre su generoso pecho.

—Yo trabajo aquí, ¿verdad? Cincuenta, a veces sesenta horas semanales durante los últimos quince años, y no sólo he tenido citas, sino que me he casado, he tenido cinco hijos y aún logro mantener una vida sexual bastante buena, si no te importa que lo diga. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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—Lo que tu marido y tú hagáis detrás de una puerta cerrada es asunto vuestro.

—¿Y tú? —se burló Lupe—. ¿Qué haces tú detrás de un puerta cerrada, doctora Hollister?

—Ya hemos dejado claro que no tengo citas.

—¿Y qué tiene que ver un hombre con la pregunta?

Layla la miró como si le hubieran salido antenas en la cabeza.

—Mmmm. Lo que imaginaba —Lupe abrió la puerta—. Vayamos a ayudar a alguien a quien se pueda ayudar. Tú, Layla, estás más allá de toda esperanza.

Layla salió por delante, tratando de esconder su exasperación. Ya era bastante duro obviar la pobreza de su vida sexual sin que alguien tuviera que recordárselo.

Movió la cabeza y luego se dirigió a la sala tres al tiempo que abría el historial del paciente.

Ashanti. Una joven de diecinueve años que tenía más sexo que diez mujeres juntas.

O al menos diez Laylas.

A la mañana siguiente, Sam agarró la planta que le había regalado su hermana, Heather, y la colocó encima del archivador de su despacho, cerca de la ventana. Pero en vez de ser un regalo en el verdadero

sentido de la palabra, se la había dejado para insinuarle que, a pesar de ser médico, nunca conseguía cuidar de sí misma. Según su hermana, se centraba demasiado en el trabajo y muy poco en los pequeños placeres de la vida. No tenía animales. Tampoco aficiones reales… aparte de tener citas superficiales casi de forma obsesiva y correr una hora cada

mañana. Y el único motivo por el que regresaba al modelo de

arquitectura moderna en las colinas de Hollywood que llamaba hogar, era para dormir. Y ni bajo amenaza de tortura sería capaz de recordar de qué color eran las paredes de su dormitorio, mucho menos del resto de la casa.

Heather le había regalado la planta hacía dos meses. Y de tener un color verde intenso había pasado a ser un puñado de hojas secas y encogidas. A veces se preguntaba si seguiría viva. Sin importar lo que hiciera, la planta parecía peor cada día. De modo que la había bautizado Porthos, en honor del mosquetero popular entre las mujeres y con una misteriosa tendencia suicida. Llevar a Porthos a la oficina era el último intento de salvar a la pobre planta.

Después de recoger su taza de café vacía, otro regalo de su hermana y que exhibía un par de pechos gigantes en la parte frontal y el brazo de una mujer por asa, salió por la puerta de atrás hacia lo que se llamaba el callejón del personal. Esencialmente, era donde los médicos y otros empleados del centro podían moverse con libertad sin ser vistos por los pacientes. La parte central la componía una sala de estar con máquinas expendedoras de platos listos para el microondas, junto con una

máquina que preparaba café capuccino y expreso. Mientras llenaba la taza con una dosis de café puro de alto octanaje, miró el reloj de pulsera. Faltaban veinte minutos Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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para que la deliciosa doctora Layla Hollister averiguara que él era el tipo al que había conocido el día anterior.

—Vaya, pero si es el doctor Lovejoy —Bill Johnson, el mejor proctólogo del centro, entró desde el otro extremo de la sala y se abrió paso entre la media docena de médicos que ya había allí. Le encantaba meterse con Sam—. Menos mal que tu especialidad no es la proctología, ¿eh, Sam? — puso la taza a llenar en cuanto el otro retiró la suya—. Aunque nunca se sabe, ¿verdad? Doctor Lovejoy, proctólogo. Tiene un cierto encanto. Susan Pollack, una pediatra, estiró la mano para recoger un sobre de sacarina.

—No sé. Si tus pacientes supieran lo que la gente dice de ti, Bill, cambiarían de médico en un abrir y cerrar de ojos.

Sam enarcó una ceja. —¿Qué dicen?

Susan le sonrió.

—Que, para Bill, la proctología es «lo conozco y lo he hecho» —explicó—. Ya sabes, debido al hecho de que es… mmm… gay.

Bill hizo una mueca.

—Prefiero «homosexual». «Gay» me hace pensar que debería estar actuando en un musical de Broadway —bebió un sorbo de café—. Y tampoco escondo mi preferencia sexual. No todos los homosexuales son reinas.

—No, Bill, tú, decididamente, estás cualificado para ser rey. Sam rió de buen humor.

—De acuerdo, ¿ya tenéis algún apodo para mí?

David Jansen, cirujano del corazón, se reclinó en la silla metálica que ocupaba.

—No. Tu nombre ya es bastante divertido. Doctor Lovejoy, señor de todas las cosas bonitas y jubilosas.

—O plásticas —Susan hizo una mueca.

Sam rió entre dientes. Habiendo crecido con su apellido, estaba acostumbrado a las bromas. Bill indicó a Susan.

—Ella es Suzie Q.

—David es Goliat —compartió Susan.

Todo el mundo se puso a citar el apodo de otro médico. Sam bebió un buen trago de café.

—¿Y Hollister? ¿Cuál es el suyo?

El cuarto se quedó en silencio unos momentos.

—Ése puedes adivinarlo tú —dijo Bill, dirigiéndose hacia la puerta.

—¿La has conocido ya? —preguntó David. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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—No oficialmente. Pero eso se solucionará en quince minutos. Susan lo miró.

—Bueno, y dado que su nombre de pila es Layla… —Y que es preciosa… —añadió Bill.

—Puedes imaginarte lo que decimos de ella —concluyó David. Sam sostuvo la taza con la otra mano.

—No. Decídmelo. Bill sonrió.

—Bueno, está «Lay–no», porque rechaza a todos los chicos del centro. Exceptuándome a mí, por supuesto.

David lo imitó.

—No nos olvidemos de « Lay–sí–sí–sí». Pero, claro está, eso fue hace más de un año.

—¿Oh?

Susan hizo una mueca mientras recogía un gráfico de la mesa. —Si crees los rumores que corren, salió con el lujurioso cirujano ortopédico, Jim Colton, durante un tiempo.

Sam pensó en ello. —¿Terminó mal? Susan abrió la puerta.

—Jamás debería haber empezado. Colton está casado —le comunicó con un susurro de complicidad.

En la sala reinó el silencio mientras la puerta se cerraba.

De modo que la vivaz Layla se había quemado con un médico del centro. Despertó aún más su interés.

—Doy por hecho que nadie la llama por ninguno de sus apodos, ¿verdad? —preguntó.

Los cinco médicos se miraron entre sí y luego a él.

—No —respondió Bill con seriedad—. A todos nos gustan las joyas de la familia justo donde están, gracias.

Sam se quedó pensativo.

—Entonces, haría bien en recordar eso, ¿cierto?

Regresó a su despacho mientras los comentarios bullían en su cabeza. De modo que Layla tenía una historia en el centro. No era algo inusual. Casi ningún médico disponía de tiempo para moverse fuera del entorno inmediato en el que se hallaba. Se frotó la nuca con gesto distraído. Pero, a juzgar por lo poco que había llegado a Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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conocerla la noche anterior, la habría considerado lo bastante inteligente como para no relacionarse con un hombre casado. ¿Cuánto habría

durado la relación? ¿Un par de citas? ¿Un mes? ¿Más?

Tomó nota mental de investigar a ese tal Colton. Si tenía por costumbre atacar a las compañeras de profesión, iba a tener que mantener una charla con él.

Cerró la puerta de su despacho y volvió a observar la condenada planta. Casi había esperado que el simple cambio de emplazamiento consiguiera que se mantuviera erguida. Pero la cosa parecía peor que cinco minutos atrás.

—Creo que a Porthos no le gusta nada la luz de sol directa —dijo su enfermera al entrar por la otra puerta.

Miró a Nancy Pullman, la mujer que había llevado consigo de su consulta privada cuando había asumido el papel de administrador.

—Es una planta. A todas las plantas les gusta la luz del sol.

—A Porthos no. Le gusta la luz brillante e indirecta, pero no la directa. —Estamos en Los Ángeles. Toda la luz es indirecta… por la

contaminación.

Ella obvió el comentario mientras colocaba unas carpetas en su bandeja de entrada, se llevaba otras de la bandeja de salida, las repasaba y volvía a depositar la mitad en la de entrada.

—Ha olvidado firmar el alta de seguimiento de la señora Golan. Y necesito que reescriba sus comentarios sobre la evaluación de Fitzpatrick. Ya le he advertido sobre sus garabatos. Si yo no puedo leerlos, nadie más podrá.

Le sonrió, sin ánimo de admitirle que a él mismo a veces le costaba entenderlos.

—Y ahora, ¿va a mover usted esa planta o voy a tener que hacerlo yo? — añadió ella.

Él alzó una mano.

—Yo lo haré. Heather jamás me perdonaría si averiguara que me ha ayudado de alguna manera con esta condenada cosa.

—Ah, Heather. Eso lo explica. Otro punto que pretende establecer, ¿verdad?

—Sí. Dijo que había querido comprarme un perro, pero llegó a la

conclusión de que en este momento una planta podía ser una apuesta mejor —los dos estudiaron la planta moribunda durante un rato—. Sí, bueno —dejó la taza sobre su mesa, y luego trasladó la maceta de la ventana al escritorio, lejos de la luz del sol.

Nancy apoyó los documentos contra el pecho. —Su cita de las nueve está afuera.

Sam calculó que llegaba con diez minutos de antelación. Le gustaba la puntualidad en una mujer.

Luego recordó que en vez de anhelar esa reunión, Layla Hollister la temía. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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—Bueno, no queremos hacer esperar a la doctora Hollister, ¿verdad? — dijo al tiempo que firmaba los documentos—. Hágala pasar.

Dos minutos más tarde, olvidaba toda la conversación mantenida en la sala de estar del personal y sólo recordaba lo atraído que se había sentido la noche anterior por esa mujer. Incluso con la bata blanca, se veía mejor que lo que cualquier mujer tenía derecho a estar.

En ese momento llevaba el pelo recogido en una trenza, revelando su hermoso cuello.

El jadeo de Layla lo informó de que también había olvidado otra cosa. A saber, que adrede le había ocultado el nombre.

Y en ese instante, al ver la expresión de horror que exhibía ella, casi deseó llamarse de otra manera.

Layla luchó por mantener el equilibrio al tiempo que superponía el rostro tan atractivo del hombre que tenía delante con la cara del hombre que había dominado sus sueños la noche anterior.

Sintió que el estómago se lanzaba a una caída libre al recordar lo vívidos que habían sido esos sueños. Y las cosas traviesas que le había hecho hacer con esa boca sexy.

Pero a ello se unía el hecho de que ese mismo hombre había reforzado su última lección sobre sus compañeros de género: todos eran unos cerdos mentirosos y tramposos… y de no ser por el alivio sexual

temporal que provocaban o por la capacidad procreadora que poseían, ya podían amontonarse en el fondo del Pacífico.

—Doctora Hollister —rodeó el escritorio—. Al fin nos conocemos oficialmente.

A pesar de su casi metro ochenta con tacones, tuvo que alzar la cara para mirarlo a los ojos. Y luego secarse la palma de la mano en la falda para eliminar la humedad antes de estrechar la que él le extendía. —Y lo de anoche fue…

—Extraoficial.

—Ah. Sí, claro —ladeó la cabeza—. Lo que haría que tu incapacidad para presentarte fuera una simple omisión en vez de un engaño descarado. —Ay.

Parecía reacio a retirar la mano. Layla comprendió con un sobresalto que también ella lo era.

—Sam Lovejoy —se presentó, apoyándose en el borde de su escritorio—. Y, sí, así como seguro que sería más fácil fingir que anoche no sabía quién eras después de que mencionaras tu… desagrado por tu nuevo jefe… —dejó que las palabras se perdieran—. Bueno, la sinceridad siempre es la mejor política.

—Seguro que un poco de sinceridad habría ayudado anoche. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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Él se frotó el mentón, como si tratara de borrar la sonrisa. No lo logró. —Probablemente, te lo habría dicho en algún momento —confirmó—. Ya sabes, si te hubieras quedado.

Ella cruzó los brazos.

—¿Antes o después de que nos hubiéramos acostado?

—Oh, después —afirmó sin titubeos—. Decididamente después. La recorrió lentamente con la vista y le provocó unos escalofríos.

Su arrogancia, sumada a su atrevida sinceridad, la encendió. Era extraño que un hombre lograra que se sintiera… pequeña. No, no pequeña, sino vulnerable.

—Oh, me gusta esa expresión que acabas de poner. ¿En qué piensas? — preguntó Sam. La sonrisa de Layla se amplió.

—No es asunto tuyo.

—Soy tu jefe, por decirlo de alguna manera, de modo que todo lo que pase aquí en el centro es asunto mío. Dispara.

Era bueno.

—Bueno, digamos que mis pensamientos personales eran inapropiados, dado nuestro entorno profesional. Permite que me disculpe por mi insubordinación —el brillo en los ojos de él le indicó que se sentía

impresionado e intrigado por la osada respuesta. Alzó una mano—. Deja que te aclare una cosa, doctor Lovejoy. Por si no te has enterado ya, te comento que en una ocasión cometí el error de… involucrarme

íntimamente con un compañero de trabajo. Él asintió.

—Ya lo sabía. —Eres rápido. —No tienes ni idea. Ella carraspeó.

—Bueno, entonces, deja que sea bien clara al exponerte que después de esa experiencia, no tengo ninguna intención de volver a relacionarme con un compañero.

Él enarcó las cejas. —¿Nunca?

Ella sonrió y movió la cabeza. —Nunca.

Layla apenas podía creer que estuviera pronunciando esas palabras. No solía coquetear como lo hacía en ese momento con el atractivo pero prohibido doctor Lovejoy. Volvió a experimentar un escalofrío, aunque más acentuado. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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Y si alguna vez existió prueba de que un «no» significaba un «sí», se la acababa de proporcionar. Porque si Sam pisaba los frenos y dejaba de seducirla, no sabía lo que haría. Se llevó la mano al cuello y descubrió que la piel le ardía.

—Entendido —dijo él, apartándose de la mesa para rodearla y poder sentarse.

«Dos pueden jugar a lo mismo», pensó Sam mientras trataba de borrar la sonrisa de su cara y le indicaba a Layla que se sentara frente a él. Juntó sus bonitas rodillas al hacerlo y cruzó las piernas a la altura de los tobillos.

No recordaba un momento en que hubiera disfrutado más al coquetear con una mujer. Resistió la tentación de aflojarse el cuello de la camisa al pensar que en la cama sería igual. Atrevida. Competitiva. Y muy, muy traviesa.

—En tu carpeta pone que trabajas de voluntaria en una clínica gratuita. —Ah, directamente al grano —lo miró a los ojos—. De hecho, la clínica empezó a pagarme el año pasado, cuando el médico que tenían se jubiló y regresó a St. Louis y a todos los efectos yo ocupé su puesto.

Él lo apuntó en el bloc.

—¿Es la clínica a la que fuiste anoche? —Sí —asintió.

—¿Cuántas horas le dedicas a la semana?

—Ahora mismo, como andan escasos de personal… unas cuarenta. Él enarcó las cejas.

—Y trabajas cuarenta aquí. —Así es.

Se reclinó en el sillón.

—Eso no deja mucho tiempo para una vida personal. La sonrisa regresó.

—No.

Él fingió repasar otra vez el historial.

—¿Hay un marido o alguien importante del género opuesto que pueda quejarse?

—No.

Dio la impresión de considerar esa respuesta antes de sonreírle. —Bien. Entonces, no hay motivo para que no cenes conmigo esta noche… Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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Capítulo 3

—Los dos somos adultos que consienten —había dicho Sam cuando Layla guardó silencio, más sorprendida que reticente—. Te sientes atraída por mí y, desde luego, yo estoy atraído por ti. Veamos qué impacto tendrá la cena.

Tres horas más tarde, de regreso en su despacho del Trident Medical Center, Layla se descubrió repitiendo las palabras de él. Su reacción en ese momento no era diferente que entonces. Los muslos se le

humedecían y los pezones se tensaban contra la parte frontal de su blusa, como si buscaran liberación. O, específicamente, la atención que quería dispensarles Sam Lovejoy.

—No me tengas en ascuas. ¿Qué le dijiste?

La voz de su amiga, Mallory, sonó impaciente a través del auricular mientras gritaba por encima del ruido del tráfico. A veces parecía que el segundo nombre de Mallory era Impaciente.

De profesión productora de documentales, y… ¿qué era en su vida privada? ¿Caos sobre ruedas? Sonrió. No. Mallory era una gran amiga. —Le dije que esta noche tenía que trabajar en la clínica —contestó al final.

—¡Oh, Layla, no me lo creo!

Se reclinó en su sillón, disfrutando de la reacción indignada de Mall. —Desde luego que sí. Porque es la verdad. Al faltarnos un…

—Al cuerno la clínica —espetó Mallory—. Para variar, necesitas empezar a velar por ti misma, Layla.

—Es gracioso, es lo mismo que dijo Sam. —Un tipo inteligente ese Sam. Ya me cae bien. —Entonces, no reconoces su nombre.

—No. ¿Por qué? ¿Debería?

—¿Recuerdas el documental que hiciste hace… unos dieciocho meses? —¿El de los restos del hombre elefante?

—Casi. El de la obsesión de Hollywood con la cirugía plástica.

—Cirugía plástica… Sam… ¡oh, Dios mío! No será ese doctor Lovejoy, ¿verdad?

Layla tembló por el modo condescendiente en que pronunció su nombre. —El mismo.

—Mátalo ahora mismo. Antes de que sea demasiado tarde. Layla rió.

Mallory suspiró. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras Escaneado por Mariquña y corregido por Tere Nº Paginas 21-126

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—Sólo podía pasarte a ti, Lay. Sólo tú podías sentirte atraída por el único hombre en toda la ciudad de Los Ángeles por el que no deberías sentirte atraída.

—¿Quién dijo que me atrae?

—Tú, idiota. Sólo con mencionarlo. Bueno, ¿qué vais a hacer? Layla enarcó las cejas.

—No he dicho que fuéramos a hacer nada. —Tampoco que no lo haríais. ¿Cuándo?

—Me ha invitado a una cena tardía en su casa esta noche. Ya sabes, cuando termine mi turno en la clínica.

—Sería mejor que dijeras un revolcón tardío.

—¡Mall! No he dicho que fuera a ir. Sólo que me invitó. Mencionó algo acerca de darme una salida fácil si la necesitaba. Ya sabes, puedes venir o no venir. La pelota está en mi lado del campo —tosió—. Por supuesto, decliné.

—Y él, por supuesto, te dijo que te lo pensaras, que la invitación estaba abierta.

—¿Cómo sa…?

—Un hombre de su categoría no es famoso por rendirse, Layla.

La frase flotó ante sus ojos en luces azules de neón. Oyó el sonido del tráfico y se llevó la mano al costado del cuello, notando el calor, el

aumento del ritmo cardíaco. Como si no fuera lo bastante malo que Sam Lovejoy fuera un cirujano plástico, también se rumoreaba que era uno de los máximos playboys de la costa del Pacífico.

Sin olvidar que besaba de miedo. El simple hecho de recordar esa boca sobre la suya le causaba un hormigueo por el cuerpo.

—Ve —dijo Mallory.

—¿Qué? —apenas pudo musitar la pregunta.

—He dicho que vayas. No me importa lo cansada que estés cuando termines en la clínica. Ve directamente a su casa, quítate la ropa antes siquiera de haber cruzado la puerta y entrégate a un poco de sexo atolondrado y sin sentido —suspiró casi con añoranza—. Dios sabe que todos los demás lo hacen.

—Tú no.

—Sí, bueno, probablemente eso se deba a que soy una de las liberales más tensas de este lado del ecuador. Pero si estuviera en tus zapatos, querría ir. Imagino que la pregunta pertinente es: ¿tú quieres ir?

Sí, quería. Con cada músculo de sus muslos. —No.

—Mentirosa. Ve. Por la mañana, cuéntame todos los detalles. —Eso sí que nunca lo haría. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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—Lo sé. Aguafiestas.

Una llamada suave a la puerta y la recepcionista le indicó con una señal a su reloj que ya se había terminado el descanso para comer. Layla asintió.

—Escucha, Mall, he de irme. Buena suerte con la grabación esta tarde. —Necesito más que buena suerte… necesito un milagro. Pero no te dejaré ir hasta que no me cuentes qué has decidido.

Layla sonrió. —Adiós, Mall.

Colgó el auricular y permaneció quieta unos momentos antes de continuar con su tarde, no más cerca de tomar una decisión que a las nueve de la mañana.

No hacía mucho que había jurado no volver a salir jamás con un compañero de profesión.

Aunque en esa ocasión conocía las reglas de juego. Sam no estaba casado… ya lo había comprobado. Pero sabía que era un seductor con «S» mayúscula. De modo que si aceptaba cenar con él esa noche… si cedía a ese increíble deseo… iría sabiendo que jamás podría haber otra cosa más que un estupendo sexo.

Tragó saliva. Y no tenía ninguna duda de que sería estupendo. Movió la cabeza y fue a ver a su siguiente paciente.

A las diez y media aquella noche, Sam abrió la puerta de su enorme casa en las colinas de Hollywood y oyó el sonido del teléfono. Esperó que saltara el contestador automático. Cuando no lo hizo, fue hacia la extensión más cercana y alzó el auricular, al tiempo que se aflojaba la corbata.

—¿Qué le ha pasado a tu contestador? —preguntó Heather, su hermana. —Yo me preguntaba lo mismo —se llevó el inalámbrico al segundo nivel donde del salón, y allí apretó la tecla del aparato negro. Tenía noventa y nueve mensajes—. Creo que está lleno.

—Creo que está roto.

—Es una posibilidad —sonrió. Típico de la pragmática Heather señalar lo obvio—. ¿Qué te impulsa a llamar tan tarde? —se quitó la chaqueta del traje, la tiró sobre los escalones, fue a la cocina y sacó una botella de agua de la nevera—. ¿Brian vuelve a tener el turno de noche? —intentó mantener la ecuanimidad en la voz, pero nunca se le daba bien cuando se trataba del novio residente de su hermana. En los tres años que llevaban juntos, dos de ellos en la misma casa, Brian había ido de un trabajo a otro, el último en un almacén de fletes nacionales, donde manejaba la mercancía.

—De hecho, sí —el tono de ella indicó que no se tragaba su tono casual —. Pero no te llamo por eso. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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Sam se bebió la mitad del contenido de la botella y luego se pasó el dorso de la mano por la boca.

—Bien, porque si así fuera, tendría que colgarte. —No te atreverías.

—No —tapó otra vez la botella y miró la hora. Había sido un día largo, lleno de reuniones con el personal, aunque ninguna tan interesante como la que había tenido con Layla Hollister. Luego había terminado con una cena con el director del centro, quien, al hallarse en medio de un divorcio, no parecía tener nada más interesante que hacer que

programar cenas largas con sus subordinados.

—En realidad, pensaba que hacía tiempo que tú y yo no pasábamos un rato juntos.

Dejó la botella sobre la encimera y se quitó la corbata. —Salí a cenar con Brian y contigo hace dos domingos.

Brian había estado ceñudo todo el tiempo mientras ponía por lo suelos a la comunidad médica en general y a Sam de forma más particular,

mientras Heather trataba de suavizar las cosas. Por su hermana, no le había dicho a Brian lo que pensaba de él mediante un puñetazo, aunque para no caer en la tentación, se había marchado lo más rápidamente posible sin mirar atrás, algo que tampoco quería hacer, teniendo en cuenta el estado de la casa en que vivían. Era poco más que una choza, aunque su hermana se esforzaba al máximo en convertirla en un hogar cómodo.

Se frotó la cara. —¿Necesitas dinero? Heather rió.

—No, no necesito dinero. Gracias por preguntarlo. De hecho, quiero que sepas que acabo de empezar a obtener unos pocos beneficios.

—¿Haciendo cerdos?

—Creando cerdos de porcelana para coleccionistas que vendo por Internet.

—Bien —se masajeó la frente, sintiendo la proximidad de un dolor de cabeza. Con mucha ayuda de su parte, su hermana menor se había graduado en UCLA con matrícula de honor. Pero después de apenas un año en una prometedora carrera de relaciones públicas, había conocido a Brian y todas las ambiciones profesionales que había albergado se

habían ido por el desagüe.

En ese momento, no sólo vivía con un cerdo, sino que también los fabricaba.

—No, pensaba que tú y yo, ya sabes, podríamos ir a nuestro restaurante favorito. Pasar un rato juntos.

Sam sonrió.

—Claro, di cuándo.

(23)

Poco después cortaron y Sam permaneció en silencio en mitad de la cocina. Heather era diez años menor que él e indirectamente

responsable de que se hubiera hecho médico. Eran los dos únicos hijos de Bruce y Louise Lovejoy, de Toledo, Ohio, una pareja serena cuyos padres habían emigrado de Inglaterra siendo jóvenes. Pero había sido el hecho de que Heather naciera con el labio leporino, y la chapuza de un médico local durante la cirugía reconstructiva, lo que le había dado la idea de hacerse médico. Uno que no cometería los mismos errores que había cometido el que había operado a su hermana pequeña.

Movió la cabeza y se preguntó qué lo había llevado a recordar eso. Hacía mucho que no pensaba en los motivos de su interés por el campo

médico.

Así como las cicatrices de Heather aún eran visibles, ya que se negaba a someterse a más cirugía, había hablado con ella por teléfono, no cara a cara, de modo que ver las cicatrices no había sido la razón para los recuerdos.

Volvió a mirar el reloj. Layla debería estar cerrando la clínica en ese momento. Por supuesto, eso no significaba que fuera a presentarse en su casa.

Sonrió. Tampoco que no lo haría.

Llamó a un restaurante cercano y pidió una cena para dos, que le sería llevada en quince minutos. Luego fue al cuarto de baño anexo a su dormitorio para darse una ducha.

Muy bien, Mallory tenía razón. Quería ir a la casa de Sam. Más que eso, se hallaba sentada en su coche ante la casa de él, sin saber si subir por la entrada de coches de la morada estilo rancho que podría contener cinco de sus apartamentos.

El jaguar negro aparcado ante la entrada atestiguaba que se hallaba dentro.

Se secó las palmas húmedas sobre la falda, sin darse cuenta hasta ese momento de que en secreto había esperado que no se encontrara. Pero estaba dentro y ella en un sitio donde sería una estupidez no entrar. Quizá sólo a tomar una taza de café. Luego podría decir que debía

levantarse pronto y largarse si se sentía un poco incómoda.

Aparcó su Pontiac de diez años detrás del deportivo de Sam. ¿A quién quería engañar? No deseaba largarse de ninguna parte. Quería ver si la boca de él era capaz de hacerle todas las cosas con las que había

soñado la noche anterior. Además, hacía tiempo que no disfrutaba de un orgasmo provocado por alguien más. Demasiado tiempo.

Y si una vocecilla en su cabeza le decía que quizá no fuera una buena idea acostarse con un colega que encima era su jefe, la obvió. Sam Lovejoy podía ser el administrador, pero también era un hombre. Y aunque no podía afirmar conocerlo bien, tenía la clara impresión de que cualquier indiscreción quedaría entre ellos dos. A diferencia de lo que había pasado entre Jim Colton y ella. Parecía que todo el centro sabía que había tenido una relación con el hombre casado. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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Apagó el motor y bajó. El césped a ambos lados del sendero estaba bien cuidado, con flores por doquier. Pero eso no significaba nada. Todas las casas de la zona contaban con jardineros profesionales. Eso no

significaba…

¿Qué? ¿Que Sam estaba casado?

Estiró el cuello. No, se dijo que en esa ocasión había tenido mucho

cuidado. Si de algo estaba segura era de que el doctor Lovejoy no estaba casado.

Fue hacia la puerta, se alisó la falda y alzó la mano para llamar. —Además, no importa. Sólo has venido por el sexo.

La puerta se abrió en mitad del comentario hecho para sí misma y ante ella apareció Sam en toda su gloria, con una amplia sonrisa en el rostro atractivo.

—¿He oído a alguien mencionar la palabra «sexo»? Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

(25)

Capítulo 4

Decididamente, sexo era lo que había en la mente de Sam. Un sexo encendido, sudoroso y primitivo con la deliciosa doctora Layla Hollister. Y lo quería ya.

De hecho, dada su reacción inmediata y marcada, cualquiera habría pensado que se había presentado ante su puerta con un camisón transparente en vez de con la misma falda y blusa de esa mañana. Y a pesar de la ropa arrugada y de que algunos mechones se habían

escapado de la trenza antes cuidada, los ojos verdes enormes y los labios sensuales le parecieron más atractivos que nunca.

Tuvo ganas de saltarse cualquier preámbulo, subírsela al hombro y llevársela a su cueva, donde poder explorarla a placer.

Ella esbozó una leve sonrisa.

—Si en algún momento lo dudé, ya he quedado convencida. Todos los hombres nacen con la palabra «sexo» marcada a fuego en su corteza cerebral.

Sam abrió más la puerta.

—Mmm. No fui yo quien pronunció la palabra —la observó entrar con vacilación, mirando todo a su alrededor—. Lo que despierta mi curiosidad es el resto de la frase.

—Apuesto que sí. ¿Te importa? —apoyó la mano en el hombro de él para equilibrarse mientras se quitaba los zapatos de tacón bajo.

Él espero para ver si tenía en mente quitarse alguna otra prenda, pero, por desgracia, se detuvo ahí.

—¿Sabes? Como tu médico, he de decirte que esos zapatos no ayudan en nada a tu postura cuando llevas todo el día de pie.

—¿De modo que ahora eres mi médico? Él se encogió de hombros.

—No. Sólo juego a serlo en el trabajo. Y parece que necesitas uno.

Ella rió. Luego lo soltó, empujó los zapatos a la izquierda de la entrada y avanzó.

La mirada de Sam le recorrió la parte de atrás de sus largas, largas piernas.

—¿Hace cuánto que nadie cuida de ti?

Ella lo miró por encima del hombro con expresión de cautela.

De pronto, Sam agradeció haberse puesto un polo y los vaqueros. Si le hubiera abierto desnudo, tal como había querido hacer, lo más probable era que ella hubiera salido corriendo en la otra dirección. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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Jamás habría adivinado que la preciosa Layla tendría problemas con el sexo casual. La manera en que coqueteaba indicaba que estaba

dispuesta a todo en cualquier momento. Sin embargo, la reserva que parecía mostrar en ese momento…

La estudió.

No tuvo ninguna duda de que en cuanto la acariciara de forma

apropiada, ronronearía como una gatita y satisfaría todas sus fantasías. Enarcó una ceja. ¿Todas? Eso sí que era novedoso. Por lo general, le gustaban mujeres diferentes para momentos diferentes.

Pero Layla…

Estaba descubriendo que a Layla la deseaba de todas las formas en que pudiera tenerla.

—He pedido algo para cenar. Lo mantengo en el horno. ¿Tienes hambre? —ella negó con un movimiento de la cabeza. Había sospechado que ésa sería su respuesta. Iba a tener que llevar las cosas aún más despacio—. ¿Cuándo fue la última vez que te diste un baño?

Layla giró la cabeza, ofreciéndole el perfil. —¿Insinúas que estoy sucia?

Él sonrió.

—No, digo que te sentaría bien relajarte. Inclinó la cabeza.

—Creo que tenía cuatro años la última vez que me di un baño. —¿Hace tanto tiempo?

Se frotó la parte exterior del brazo izquierdo.

—Sí. El lugar en el que vivo ahora sólo tiene sitio para una ducha. En dos pasos, Sam estuvo lo bastante cerca como para olerla. El sutil aroma a vainilla le recordó la fragancia hormigueante que había percibido la noche anterior en el bar.

Le tocó suavemente los hombros. Ella se sobresaltó levemente, al parecer sin darse cuenta de lo cerca que estaban, pero no protestó cuando la guió hacia el gran mostrador que separaba el salón de la cocina. La tensión en los músculos de Layla casi le quemó las palmas de las manos.

Aunque bien podía ser el resultado de la tensión sexual que la encendía. No supo si terminaría por marcarlo también a él.

—Vino. Tinto. ¿Qué te parece si empezamos con eso?

Lo dejó sentarla en un taburete de madera, pero sospechó que se debió más a que no estaba preparada para oponer resistencia que a un deseo verdadero de sentarse. Ella miró su reloj de pulsera.

—¿Sabes?, no debería estar aquí. Los dos tenemos… Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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—Sshhh —notó que la mano le temblaba un poco—. Un poco de vino nunca ha hecho daño a nadie.

Luego un baño. Decididamente, un baño. Podía imaginarla estirada en su bañera de hidromasaje, con las burbujas creando un halo de espuma alrededor de esos hombros sexys.

Eligió una botella de una selección que otra persona había comprado. Luego se volvió en busca de un sacacorchos, consciente en todo

momento de que ella alternaba mirarlo a él y a la zona del salón, los ojos cada vez más entrecerrados.

Después de abrir varios cajones y localizar al final el artilugio que quería, descorchó la botella y sirvió una copa que le quiso entregar a ella. Pero Layla alzó la mano al tiempo que se levantaba del taburete.

—Vaya. ¿Qué está sucediendo aquí? Sam retiró la copa y la acercó a su pecho. —¿A qué te refieres?

—Para empezar, los cojines rosados y rojos del sofá. Ningún hombre elegiría jamás esos colores —frunció el ceño—. Al menos, ningún hombre interesado en mujeres.

Él observó los cojines decorativos y tuvo que reconocerle algo de verdad. Desde luego, él jamás los habría escogido.

Layla no dejó de gesticular con la mano mientras retrocedía hacia la puerta.

—Te costó elegir el vino. Y el sacacorchos… —irguió la cabeza—. Sólo un hombre casado no sabe dónde tiene todo en su propia casa.

Sam hizo una mueca, sin gustarle el rumbo que tomaba aquello.

—O un hombre que acaba de mudarse y que pasa muy poco tiempo en su casa, que le encargó a una profesional que la decorara y que tiene una asistenta que viene un par de horas por la mañana y se ocupa de guardarlo todo cuando él no se encuentra presente.

La cautela no había abandonado los ojos de Layla, pero al menos dejó de retroceder.

Rodeó el mostrador y fue a situarse delante de ella.

Layla se apartó los mechones rebeldes de pelo de la cara. —Lo… siento. Es que…

Él volvió a extenderle la copa de vino.

—Eh, no son necesarias las disculpas. Más gente debería ser cautelosa. Aceptó la copa y bebió despacio.

—Hablando de cautela, ¿has traído preservativos? Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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Layla estuvo a punto de escupir el suave Merlot sobre el polo blanco de Sam.

Se frotó los labios mientras lo estudiaba. Se preguntó si alguna vez había conocido a un hombre tan adorablemente encantador como él. Un

minuto parecía estar insultándola. Al siguiente hacía un comentario tan indecorosamente sexy y gracioso, que quería reír y desnudarse al mismo tiempo.

Sam se metió las manos en los bolsillos y se encogió de hombros.

—Porque, verás, si no has traído, no quiero que te asombre que los tenga a mano.

No sólo no lo exasperaba su comportamiento idiota, sino que se esforzaba en conseguir que se relajara. No muchos hombres eran capaces de eso. Aunque ya empezaba a comprobar que Sam no era como la mayoría de los hombres.

Volvió a estudiar el salón y comprobó que irradiaba ese aire de lugar en el que se ha vivido poco. Hasta las revistas que había en la mesa de centro parecían nuevas. Y todas las plantas distribuidas con ingenio por la habitación eran de seda.

—¿Sabes? —decía Sam—. Deberías sentirte privilegiada. No suelo invitar a muchas mujeres a mi casa. Y en una primera cita… bueno, es algo inaudito.

Layla sonrió.

—Privilegiada, ¿eh?

—Mmmm. Sí, algunas mujeres se ponen raras cuando las dejas cruzar la puerta de tu casa. No vas a ponerte rara conmigo, ¿verdad, doctora Hollister?

—Depende de tu definición de rara.

—Ya sabes, poner tu cepillo de dientes en el vaso con el mío, tus tampones junto a mi crema de afeitar. Ese tipo de cosas.

Tenía un sentido del humor delicioso.

—No. Por lo general, reservo eso para la segunda cita. —Siempre que podamos sobrevivir a la primera.

—Cierto.

Permanecieron así unos momentos, sin decir palabra, mirándose. Luego Sam le quitó la copa de la mano y murmuró:

—Bueno, empecemos, entonces, ¿te parece?

Dejó la copa sobre una mesilla cercana y luego le acarició la mejilla y deslizó la mano a su nuca. Le soltó el broche que tenía en el pelo y con lentitud le separó la trenza.

Ladeó la cabeza y los ojos casi le brillaron con necesidad antes de besarla.

«Oh, sí», pensó Layla, entregándose a la sensación y al sabor de Sam. En ese momento recordó por qué había conducido media hora hasta su casa en plena noche… Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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A Sam siempre le había gustado un desafío. Pero, por lo general, éste aparecía en la forma de una mujer que había leído en alguna parte que debía hacerse la dura para atraer la atención de un hombre.

Pero Layla…

Nada en su persona era manipulador, y para ella, nada de lo que estaba pasando era un juego. Sam no era un peón que debiera mover o

conquistar. Era evidente que luchaba con elementos que él no entendía y que la mantenían a distancia y cautelosa.

También era obvio que lo deseaba de un modo que hacía que su libido respondiera con claridad y presteza.

Y encima besaba de maravilla.

Las manos de ella buscaron el bajo de la camisa y luego subió las palmas por la extensión de su torso para pegarlas contra sus tetillas,

despertándole el apetito de tomarla de todas las maneras posibles. Las uñas cortas le surcaron la piel. Los movimientos eran atrevidos, en marcado contraste con la cautela anterior.

—El… dormitorio… está…

Iba a decir «pasillo abajo», pero cuando los dedos de Layla buscaron los botones de sus vaqueros, la frase se quedó inacabada, junto con su capacidad para formar un pensamiento coherente. Respiró de forma entrecortada. La sangre surcó sus venas en una misión importante. Y la erección le palpitó mientras la pegaba contra el cuerpo suave de ella a través de la ropa.

La hizo girar para poder bajar los dos escalones que conducían al sofá de piel de color borgoña al tiempo que alzaba los brazos para dejar que le quitara la camisa. Luego se concentró en la condenada blusa de

múltiples botones.

—Vaya artilugio de tortura —musitó, besándola a la vez que trataba de supervisar su progreso con los botones.

Ella apartó las manos, permitiendo que la tela ligera se deslizara por sus brazos y cayera al suelo mientras Sam apreciaba la enagua de seda color marfil que Layla llevaba debajo. Dada la naturaleza de su trabajo, había visto innumerables pechos. Pero en ese momento específico, la perspectiva de ver los pechos desnudos de Layla lo volvía loco de excitación.

Y, desde luego, las manos exploradoras de ella ayudaban.

La cremallera de sus pantalones se abrió y los dedos de ella penetraron por la banda elástica de sus calzoncillos deportivos, acariciándolo en toda su extensión y dificultándole mucho permanecer en su propia piel. —Me estás matando, Layla —musitó, encontrando la presilla de la falda. La soltó y ella terminó de apartarla con los pies, revelando una ropa interior de encaje a juego que se ceñía a su cuerpo en todos los puntos adecuados. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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Le enmarcó la cara con las manos y la besó profundamente, hasta que no les quedó más remedio que apartarse para respirar.

—Esos… preservativos —murmuró ella—. ¿Llevas alguno encima? Sam no era capaz de pensar con claridad.

—Bolsillos…

Las mejillas de ella estaban encendidas. —¿Cuál?

—En todos.

Los ojos verdes centellearon divertidos mientras le sacaba uno del

bolsillo derecho y luego le bajaba los vaqueros hasta los tobillos. Abrió el envoltorio con los dientes, la vista clavada en la parte de él que acababa de exponer y que estaba a punto de enfundar.

—Mm —parpadeó y lo miró a los ojos—. ¿Por mí?

—Hasta el último centímetro —le quitó el látex de los dedos y lo desenrolló sobre su endurecido apéndice.

Ella se dejó caer sobre el sofá y Sam le aferró las caderas para girarla hasta que el firme trasero quedó en el aire.

Se plantó detrás de ella y admiró la visión que se le ofreció. Santo cielo, era un trasero increíble. Le acarició la espalda, desde la seda de la

enagua hasta la piel que se asomaba debajo. Le presionó la zona lumbar para que el trasero se elevara aún más del borde del sofá.

Estuvo a punto de gemir al ver un círculo mojado en las braguitas de seda que demostraba que lo deseaba, al tiempo que se afanaba en echarse para atrás en busca de contacto.

La ayudó a desprenderse de la ropa interior, revelando un triángulo perfectamente cuidado pero intacto de vello rizado. Un paisaje que un hombre de Los Ángeles no podía disfrutar todos los días, ya que los tangas estaban de moda, con la esclavitud que ello acarreaba. Aunque también le encantaría ver a Layla de esa manera…

—Sam… —jadeó su nombre.

Comprendió que se había dejado cautivar por la vista. Curvó un dedo y lo pasó por la mojada abertura hasta llegar al clítoris hinchado y trémulo, expectante. Tiró de ella hasta situar las caderas a la misma altura que el cuero oscuro; luego acercó los dedos pulgares para apartarle la piel y dejar al descubierto y a su vista los pliegues de color rosado.

El gemido contenido le habló de la pasión creciente que la embargaba. Pero a pesar de lo mucho que deseaba penetrarla hasta el fondo, en ese momento deseaba otra cosa todavía más. Se inclinó y pasó la lengua por la extensión de su feminidad antes de plantar los labios sobre la piel escondida y succionar. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras Escaneado por Mariquña y corregido por Tere Nº Paginas 32-126

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Layla alcanzó el orgasmo al instante. Su grito suave resultó sonoro en la habitación silenciosa. El cuerpo se le sacudió y retorció en convulsiones mientras él no dejaba de succionar. Entones, justo cuando estaba a punto de quedarse quieta, apartó la boca y la llenó con la erección palpitante.

Tuvo que apretar los dientes ante la remolineante necesidad de eyacular en ese mismo instante. Se agarró con fuerza a sus caderas y trató de concentrarse en otra cosa que no fuera la abrumadora sensación que lo inundaba. Al final, se movió. Entró… y salió. Entró… y salió. Observando arrobado cómo la piel excitada lo aceptaba y, a regañadientes, le

permitía retirarse; los gemidos de Layla se tornaron más prolongados y roncos y los dedos se clavaron en el cuero del sofá, con la espalda arqueada mientras se esforzaba en unirse a él.

Las llamas lamieron los bordes del tenue control de Sam. Tensó los músculos para retrasar el inminente clímax. Todavía no quería que ese placer exquisito terminara. Quería mantener a Layla justo donde estaba el tiempo que fuera posible. Escuchar sus sonidos suaves. Ver cómo sus caderas buscaban y corcoveaban.

La penetró hasta el fondo, pegándola con fuerza a él. En ese momento, los músculos de ella se convulsionaron con violencia alrededor de su erección, impidiéndole contener las sensaciones que lo mandaron a la estratosfera.

Después de lo que pareció mucho rato, se apoyó sobre la espalda de ella, apartándole el pelo del rostro húmedo, con la erección

contrayéndose con brusquedad dentro de Layla mientras ésta temblaba debajo de él.

Luego emitió un sonido sospechosamente parecido a una risa. Sam se movió un poco para comprobar que, en efecto, era eso.

—¿Es por algo que he hecho? —musitó él. Ella retrasó las manos y le acarició las caderas.

—Oh, sí. Desde luego que es por algo que tú has hecho. —¿Te importa compartirlo?

—No.

Sam sonrió, y luego enterró la nariz en el fragante cabello.

—Quiero decir, no, aparte de darte las gracias, claro —añadió ella. Él cerró los ojos y disfrutó del momento.

—Ah, ha sido bueno, ¿eh?

—Mmmm. «Bueno» es un eufemismo.

Se separó lentamente del cuerpo febril de ella y le dio la vuelta hasta que las rodillas quedaron a ambos lados de sus caderas. Los ojos de ella brillaban sugestivamente y sonrió al verlo desprenderse del preservativo usado para ponerse uno nuevo.

—Bien, porque no hemos hecho más que empezar. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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Ella abrió la boca, probablemente para hacer otro comentario descarado, pero no le dio la oportunidad al llenarla por delante…

—Aquí están los gráficos que me pidió —Nancy soltó una carpeta encima del historial que leía Sam.

Él se echó para atrás con un grito.

—Podría llamar a la puerta de vez en cuando. Comunicarme que me va a emboscar.

Nancy lo miró por encima del borde de las gafas de leer.

—Oh, veo que alguien está gruñón esta mañana. ¿Qué, ha sido una noche larga?

Sam sonrió, y luego abrió la boca. Nancy alzó la mano.

—Ahórreme los detalles —recogió las carpetas de la bandeja de salida—. Su cita de la una se ha cancelado. Quizá pueda dormir un poco.

Sam observó los gráficos que tenía delante.

—Gracias. Quizá lo haga —miró el sofá de cuero que tenía contra la pared más alejada—. ¿Son exactos estos gráficos? —le preguntó a Nancy, que guardaba carpetas en el archivador.

Ella lo miró fijamente, cerró el cajón y abandonó el despacho.

—Claro que son exactos. Los ha hecho Nancy —comentó él con gesto distraído, preparándose para examinar los papeles.

Se frotó las sienes mientras seguía las diferentes líneas de color, que sólo le corroboraron lo que ya sabía: los siguientes seis meses iban a ser duros. Una línea inferior captó su atención y la siguió hasta el nombre de la izquierda. Si estaba bien, entonces la carga de pacientes de la doctora Layla Hollister se hallaba bastante por debajo de los otros médicos. Repasó los otros gráficos y descubrió que los demás dedicaban días de diez horas mientras que Layla los hacía de ocho, marchándose a las cinco de la tarde. Eso solo bastaría para explicar una diferencia del diez por ciento.

Desde luego, conocía la causa, que era que por las noches trabajaba en la clínica gratuita que había en Sunset.

Sabía que, como su amante, preferiría pasarlo por alto, pero como administrador… iba a tener que hablar con ella al respecto.

Amante…

Se reclinó en el sillón y juntó los dedos sobre el estómago. «Amante» describía con precisión cómo se sentía. La noche anterior había superado todo lo que había hecho en mucho, mucho tiempo. Ella había sido

insaciable. Diablos, él mismo lo había sido. Cuanto más había tenido de Layla, más había querido.

Incluso en ese momento, con solo pensar en ella obtenía una reacción corporal que no era del todo apropiada, si tenía en cuenta el entorno en el que se hallaba. Tori Carrinton – Por puro placer – 1º Besos y palabras

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