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Rebeldes Con Causa. Reflexiones Sobre Nuestros Valores - Rodolfo González Gatica

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Academic year: 2021

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Rebeldes con Causa

Reflexionar sobre nuestros valores

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Índice

Advertencia

Breve CV del autor Presentación

1. Sociedad

1.1. Nostalgias, cambios y responsabilidades

1.2. El modelo y los indignados

1.3. Cuando los muertos pueden más que los vivos

1.4. ¿Qué esperar de la calle?

1.5. ¡Ay, con la terca realidad!

1.6. Nuevos paradigmas

1.7. Triunfos ratones de almas pequeñas

1.8. La verdad y lo creíble 1.9. ¿Quién lo dice? 1.10. Resentimientos y opiniones 1.11. Debilidad y perversión 1.12. Chismes y noticias 1.13. Ser oposición

1.14. La conspiración del silencio

1.15. Enemigos de lo bueno

1.16. Países rabiosos

1.17. Recuperar la confianza

1.18. Trampas, triunfos e ideales.

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1.20. Menos Iglesia, más prensa

1.21. Personas e instituciones

1.22. Poder y error

1.23. Humildad y servicio

1.24. A río revuelto… zapatero a tus zapatos

1.25. La verdad y el error

1.26. Negación, desesperación y contención.

2. Persona

2.1. Responsabilidad y alegría

2.2. Sarcasmo y compasión

2.3. Tenemos que hablar

2.4. Ser único, ser distinto, ser mejor

2.5. Anécdotas y tragedias

2.6. Aprendiendo a vivir, preparándose para morir

2.7. Mentiras vitales, madurez y sensatez

2.8. Responsabilidad personal y victimismo

2.9. Vocación y decisión

2.10. Lo mejor de cada uno

2.11. Optimismo y capacidad de maniobra

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3.5. La industria de la confianza

3.6. De Juegos Olímpicos y otras menudencias

3.7. Una palabra tan fea como su concepto

3.8. El correo de la muerte

3.9. Negligencia inexcusable

3.10. Servicio y Desarrollo

3.11. Liderazgo 4.0

3.12. A los profesores no les gusta su trabajo

4. Familia

4.1. Familia 1.0

4.2. Familia 2.0

4.3. Familia 3.0 y 4.0

4.4. Decisiones, madurez y obediencia

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Advertencia

Este libro forma parte de la colección Argumentos para el s. XXI Director de la colección: Emilio Chuvieco

Copyright: Rodolfo González Gatica y Digital Reasons

(http://www.digitalreasons.es/)

ISBN 978-84-941642-8-6

Diseño de cubierta: Enrique Chuvieco

Los compradores de este libro tienen acceso a un espacio privado en la web de la editorial: http://www.digitalreasons.es/index.php?do=tuEspacio, donde podrán descargar la última versión del libro (el contenido se actualiza semestralmente), participar en el blog que realiza el autor y leer el texto en línea. Es un espacio para interaccionar con el autor y con otros lectores, y permite generar una comunidad cultural en torno al libro.

Este archivo digital no está protegido de copia, pero se ruega no distribuir su contenido a terceros. Copiar este archivo supone atentar contra los derechos del autor, que recibe el 35% del coste de su obra (frente al 10% que habitualmente se recibe en otras editoriales). Para mantener vivo este proyecto cultural necesitamos tu colaboración.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra

(www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)

Para más información:

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Breve CV del autor

Rodolfo González Gatica es empresario y escritor, ejecutivo de empresas de clase mundial, “coach” ejecutivo y Consultor Internacional. Con estudios en Ciencias Biológicas y Pedagogía en la Universidad Católica de Chile, desempeñó responsabilidades ejecutivas en Aeroméxico y empresas del sector industrial y del comercio detallista en México.

Académico, ejecutivo, empresario y consultor, ofrece al mercado soluciones realistas de la contribución de la gente a la empresa, de cómo crear valor a través del talento y cómo gestionar los cambios para hacer que las cosas buenas ocurran.

Asesor certificado para “coaching” Ejecutivo por Lee Hecht Harrison e instructor en programas de desarrollo de liderazgo y competencias gerenciales.

Conferencista internacional y profesor invitado en el IPADE y en el Instituto Tecnológico de Monterrey, en México, y profesor de Alta Gerencia Internacional en diversas Universidades de Colombia.

Autor de los libros Creando Valor con la Gente, de Grupo Editorial Norma,

Ejecutivos Talentosos Empresas Triunfadoras, del Fondo Educativo Panamericano y Por qué a mí, de Editorial Intermedio.

[email protected] @RodolfoGonzlezG

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Presentación

“Rebeldes con causa” es una colección de ensayos breves sobre la realidad hispanoamericana y ciertas expresiones recientes que confunden al ciudadano corriente, ese que va de a pie por la vida. Estos ensayos nacen al calor de una conversación entre amigos preocupados por los códigos que se introducen en la vida sin –muchas veces- tener ni tiempo ni capacidad para digerirlos. Y, ocupados en descifrar estos códigos y, aún más, en diseñar comportamientos consistentes con las nuevas exigencias, se tiran ideas que se transforman en conductas y, hoy, en un sencillo libro.

En él se pretende explicar los fenómenos que más afectan hoy a la Sociedad, a la Iglesia, a la Familia, a la Persona y al mundo del Trabajo y –sobre todo-presentar una forma positiva de interactuar en estos escenarios.

Hoy día, donde parece que las piedras sustituyen la razón y las bombas molotov los más grandes sueños, es necesario tirar algunas ideas a la calle, ideas claras y concretas que iluminen el alma y la inteligencia de quienes no se contentan con ser pasivos espectadores ni cómodas víctimas de la insensatez y de la violencia, de la incomprensión y de la presión de los demás.

El mundo está cambiando, debe cambiar en el inexorable proceso histórico de toda sociedad humana, pero no tiene por qué hacerlo acompañado de la frustración, de la ignorancia, del resentimiento, de la cobardía o de la desesperanza. Es necesario revitalizar los ideales, las visiones magnánimas y trascendentes, proteger a las víctimas inocentes que no se atreven ni a pensar distinto y empujar a los valientes que se atreven a enfrentar la sinrazón desde la lógica, desde la emoción sana y sincera, desde la humildad de quien no se cree superior sino que busca crear un estado superior de felicidad.

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acomodaticios, a buscar explicaciones pero –más aún- a buscar cursos de acción que hagan de sus vidas verdaderos proyectos transformadores para sí mismos, para sus familias y para la sociedad.

Objetivo ambicioso el del Indignado sin piedras, pero quizás más efectivo que mimetizarse detrás de una capucha o de una masa vociferante para buscar los cambios a través del odio y de la violencia.

Ojalá les sirva, aunque sea alguno de los ensayos que en este libro propongo. Habrá valido la pena el esfuerzo, el suyo y el mío.

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1.

Sociedad

1.1.

Nostalgias, cambios y responsabilidades

Tiempos de cambio, vientos de cambio. Confusiones, emociones, nostalgias, desafíos. Si somos capaces de abstraer la materia del cambio que en cada país tiene un motivo específico, podemos ser capaces de identificar el proceso y aprender a jugarlo, dejando atrás las nostalgias y enfrentar las nuevas reglas con entusiasmo y esperanza.

En un cambio potente, de cualquier naturaleza, la primera reacción –normal- que experimentamos los humanos –también normales- es la sensación de pérdida, de abandono de algo que formaba parte de nuestros referentes y seguridades. El ciclo de pérdida es, tal vez, la fase más intensa de todas las que se viven porque involucra nuestras emociones y, en mucha menor medida, los argumentos racionales.

En esta fase resulta fundamental escuchar al doliente –sin minimizar el impacto subjetivo- para identificar qué tipo de pérdida siente con respecto a los cambios que le están ocurriendo. La pérdida puede ser de seguridad, de credibilidad, de imagen, en fin, las emociones son cosa compleja.

Pero para poder manejar el cambio con efectividad y –si se puede- con alegría, las personas necesitamos comprender qué es lo que está causando el cambio y cuál es el beneficio que de él puede extraerse. Esto es particularmente importante cuando el cambio no fue invitado y no lo inició el doliente. Es el momento de la inteligencia, de la visión, de la profundidad, de la esperanza con sentido.

Después que hemos experimentado la pérdida y comprendido el cambio, llega un punto donde tenemos que tomar una decisión sobre cómo manejarlo: nadie, afectado por el cambio, puede quedarse al margen sin sufrir las consecuencias de su cobardía. ¿Lo acepto? ¿Lo desafío? ¿Adopto una posición de

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1.2.

El modelo y los indignados

Indignados, inconformes, marginados, sinvergüenzas, encapuchados, paseantes, políticos y delincuentes. Todos convergen en las calles del mundo protestando –dicen- contra el modelo global de sociedad que impera, en lo que nos atañe en este libro, a nuestro hemisferio occidental del planeta.

Las variantes del modelo son tan numerosas como las manifestaciones que se organizan en su contra lo que dificulta el análisis, su comprensión y, sobre todo, una posible solución. En países de distinto signo político gobernante, de distintas ideologías y culturas, de diversa religión y visión del cosmos, grupos cada vez más numerosos se enfrentan contra el sistema buscando destronarlo, aunque no propongan una propuesta real de relevo.

¿Cuál será el mentado modelo, culpable infeliz de todas las desgracias mundiales? Pareciera que el común denominador en todos los casos es el egoísmo revestido de antiguos y nuevos ropajes y máscaras.

· Egoísmo en lo económico, que concentra la riqueza en las manos y bolsillos

de unos pocos en desmedro de otros muchos.

· Egoísmo en lo político, que concentra el poder en los privilegios y

corrupciones de unos pocos que hacen del servicio público un público servicio a sus propios intereses.

Egoísmo en lo laboral, donde la comodidad y el victimismo de muchos se reúnen en la sala de espera del esfuerzo de unos pocos.

· Egoísmo en lo personal, donde la capacidad de entrega es siempre menor

que la capacidad de recepción y donde el compromiso sucumbe ante las ofertas del mercado de los afectos fáciles y baratos.

· Egoísmo en las tecnologías, que fabrica jóvenes y adultos cada vez más

autistas y desconectados del prójimo real mientras se inundan de información global, inútil y lejana.

Paralelamente, las manifestaciones de sus antónimos, los generosos de distinto signo, son cada vez más escasas y débiles. Caen las donaciones, se reducen las vocaciones, se diluyen las obras de caridad, se esfuman las anécdotas de la abnegación. Los templos se vacían al igual que las conversaciones familiares. La gratitud pierde terreno ante la embestida de los derechos que ocultan, no pocas veces, torcidas intenciones y crueles esclavitudes.

Estamos viviendo el ocaso de los deberes y un renacer –tipo Big Bang- de los derechos. Estos se alimentan siempre del egoísmo mientras los primeros

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languidecen junto a la generosidad que debiera nutrirlos.

El cambio de modelo no vendrá desde el egoísmo de los derechos de los indignados sino de la generosa conciencia del deber de los honestos inconformes.

Este nuevo modelo debe empezar a construirse en la casa, en la familia, que es la primera víctima del egoísmo y la primera plataforma de la generosidad. En un lugar donde prevalecen los derechos propios sobre la armonía del conjunto no puede edificarse una sociedad mejor y más humana.

En cada rincón del mundo global, donde los deberes se expresen con alegría para el bien del otro, donde la economía, la política, el corazón, el trabajo y la tecnología se usen para garantizar el bien del otro y del conjunto, podrá germinar el nuevo modelo, ése que no logran dibujar ni los indignados del planeta ni los gobiernos desconcertados de nuestra época.

Resulta preocupante pensar en una generación de indignados que crece vociferando sus derechos; resulta desilusionante observar una secuela de políticos que se aferra a sus privilegios como el náufrago a su tabla; resulta insultante la forma como ciertos empresarios abusan de sus clientes y sus debilidades; resulta frustrante constatar como ciertos vagos y parásitos profesionales se esconden tras consignas de venta fácil.

Pero mientras haya hogares donde los padres y los hijos no sucumban ante la exaltación de derechos, de privilegios, de abusos, de vagancias y de consignas irresponsables, habrá espacio para la creación de un nuevo modelo de sociedad, más humana, más justa, más entretenida, más comprometida, más servicial: todas estas, características inherentes de una generosidad atractiva y desbordada.

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1.3.

Cuando los muertos pueden más que los vivos

En el argot mexicano se usa el “échale montón” para ejemplificar la realidad de intentar buscar más apoyo cuando lo que falta es capacidad para hacer las cosas bien.

La cantidad como garante de una realidad. Siguiendo con estampas del folclore mexicano, recuerdo un “espectacular” o anuncio carretero que rezaba: “coma caca, un millón de moscas no pueden estar equivocadas”. Cuando uno observa las marchas a propósito de casi cualquier cosa, lo que encuentra son muchas consignas y muy pocas ideas (como el directorio telefónico, que es un libro que está lleno de personajes y nada de argumento). La masa pareciera que logra adherir a gritos y no a verdades, a violencia y no a argumentos, a vandalismo y no a diálogos.

Puede ser de igual manera un problema de transporte, la falta de oportunidades laborales, un joven caído en una pelea, un sistema educativo, un sistema de usura en el crédito o una central hidroeléctrica; la materia da lo mismo, los manifestantes son los mismos. Y, cuando en una sociedad, son los mismos los que se manifiestan… suelen hacer lo mismo; resulta hasta ingenuo sorprenderse con los resultados que se alcanzan cuando la fórmula aplicada es tan predecible.

Es verdad que cada manifestación tiene un pedazo de personalidad propia y, seguramente, intenciones legítimas propias. Pero siempre son sobrepasadas por la insensatez, la vagancia, la delincuencia, el vandalismo disfrazado de anarquía y pasamontañas. Las redes sociales, la gran palanca movilizadora de masas en pleno siglo XXI, parece ser incapaz de movilizar argumentos dentro de la sensatez de la información, del orden y de la diferencia.

Por la misma razón –o por falta de ella- es por la que ciertos vivos, vivales, vivarachos, aun recurriendo a la cantidad y a la masa callejera, no son capaces de aunar voluntades, incluso dentro de una misma corriente de pensamiento y tienen que recurrir a los muertos para enarbolar una bandera de unidad: porque nos hemos acostumbrado a gritar y no a pensar, porque funcionamos por consignas y no por argumentos, porque nos da miedo que las diferencias nos distancien y no sepamos actuar sino es desde el montón, desde el bloque, desde una concertación de esfuerzos, haciendo parir a la abuela si es necesario, echándole montón o desenterrando a los muertos, como pasa cuando hay que recurrir a episodios históricos desgraciados para sostener unas ideas muy poco agraciadas.

Porque cuando los argumentos faltan cualquier manifestación parece justificarse; porque cuando las propuestas no aparecen entre los vivos hay que

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buscarlas entre los muertos para generar consensos y espejismos de unidad. Cuando una sociedad no es capaz de generar verdaderos líderes entre los vivos, busca los héroes entre los cadáveres, en el pasado, en la historia, en la nostalgia.

Cuando falta futuro, cualquier pasado es mejor, aunque para manosearlo haya que desenterrarlo.

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1.4.

¿Qué esperar de la calle?

Pareciera que la tendencia mundial es dirigir los países desde la calle. Las instituciones, aquéllas que cobijaban los poderes de los estados y que aprendimos en nuestras clases de Cívica (Ejecutivo, Legislativo, Judicial) han sido sobrepasadas, primero por el Cuarto Poder (la prensa) y ahora por el Quinto y Absoluto Poder: la calle.

Así como la gordura y la hinchazón son dos manifestaciones que lo único que comparten es un exceso en las dimensiones de quien las padece, escuchar a la calle y dirigir desde la calle son dos realidades que se juntan solo en la mente de los débiles, quienes, carentes de convicciones y proyectos, intentan dirigir, legislar y juzgar todos los acontecimientos desde el griterío, las marchas y las encuestas.

Esta “callejización” de la política, de la economía, de las leyes, de toda la realidad nacional es una consecuencia de haberla ignorado y, por el contrario, haber pretendido dirigir un país desde el Olimpo, desde los oráculos, desde los paradigmas. Éstos, los paradigmas, se ven reforzados por la inmovilidad del poder y por el culto a la autoridad. El oráculo, esa sabiduría universal, se ve potenciada por la permanencia en el poder de las coaliciones gobernantes. El Olimpo se refuerza en los privilegios y prebendas de que gozan quienes ostentan el poder.

Y la calle se venga. Y su venganza es la manifestación, las consignas, el griterío y –a menudo- los desmanes. Muchas de sus expresiones tienen racionalidad; otras son simples excusas para abandonar el deber y justificar la flojera detrás de las protestas.

En fin, la calle, con sus expresiones legítimas y las no tanto, están en su derecho de actuar y de pedir, demandar o exigir nuevas propuestas…siempre que no destrocen la calle del vecino.

Lo que no parece tan digno e higiénico es gobernar desde la calle, reproduciendo consignas en lugar de ideas, lanzando panfletos en lugar de proyectos de ley, evaluando logros más por la percepción de la encuesta que por indicadores objetivos.

Y esta tendencia a gobernar desde la calle, con la calle y para la calle encierra una perversión social de enormes proporciones: nadie se hace responsable por sus resultados. Así como los desórdenes no tienen padre, las políticas públicas (que, supuestamente son las que debieran promover y garantizar un futuro mejor para muchos) tampoco tienen autoría conocida y responsabilidad exigible. Son todos, es nadie: igual que la calle.

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Los “mea culpa” colectivos, estructurales, sólo sirven para limpiar un poco las manos, algo la conciencia y proseguir en la farándula política intentando lucrar con los cargos públicos. Si es la calle la que propone, manda, diseña y evalúa, es la calle la que debiera recibir los beneficios que derivan de su gestión. Pero siempre hay políticos y dirigentes que pasan por caja antes que los beneficios derramen sobre sus verdaderos autores.

Son los trabajadores y empresarios los que –con su trabajo diario (su calle)-hacen grande al país y generan recursos económicos. Son los malos dirigentes sindicales, algunos anarquistas de ocasión y algunos políticos sinvergüenzas los que se lucran de las movilizaciones para beneficios particulares.

Son los padres de familia, honrados y esforzados, los que procuran un proyecto educativo para sus hijos (su calle) y velan por el bienestar de sus familias. Son algunos desadaptados de diverso orden y género, los que se lucran de la calle para reivindicaciones que no son capaces de generar de manera racional y serena.

Son los funcionarios públicos, en servicios asistenciales, administrativos, de seguridad, los que día a día construyen la sociedad desde sus responsabilidades (su calle) para que algunos desalmados, otros ineptos y frecuentes corruptos cosechen los beneficios de su entrega y compromiso.

Escuchar la calle, sí; absolutamente, sin restricciones ni condiciones. Dejar gobernar a la calle, no; absolutamente, sin concesiones ni cobardías.

La calle y las Instituciones deben dialogar, pero cada una desempeñar el rol que le corresponde en el desarrollo social y económico del país. Abdicar de las Instituciones para capitalizar la popularidad de las movilizaciones es una cobardía, una cesión de deberes, una renuncia a sus obligaciones que asumió por mandato de la calle electora, institucional. Y eso, no conviene ni a las Instituciones ni a la calle, al menos a la calle real, masiva, responsable.

El quinto poder, la calle, necesita el Cuarto poder, la prensa. Sin ésta la calle queda reducida a unas pocas cuadras y a unos miles manifestantes. Para

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de los comentarios y presiones de la omnisapiente Calle.

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1.5.

¡Ay, con la terca realidad!

Hay una famosa cita de Einstein sobre las matemáticas, que dice algo así: "Cuando las leyes de la matemática se refieren a la realidad, no son ciertas; cuando son ciertas, no se refieren a la realidad". Otra famosa frase filosófico-humorística sobre la realidad, atribuida a Locke y también a Hegel, dice "Si la

realidad no coincide con mis palabras, peor para la realidad". Y puedo

agregar… Si no están de acuerdo, ¡peor para ustedes!

Es que la realidad es terca y termina imponiéndose sobre la fantasía, sobre la percepción y sobre la voluntad. Les pasa a los niños y su confusión es natural mientras es guiada por unos padres juiciosos que le explican las diferencias entre una y otra. Cuando la fantasía se desborda, causa daño en el pequeño sujeto y en el mundo real que lo rodea, espectador de singulares pataletas. Mientras la fantasía circula por los cauces normales de la imaginación que ensancha la realidad, se transforma en un vehículo poderoso de sueños y aventuras que van configurando una personalidad atractiva, única, valerosa. Lo grave ocurre cuando la realidad se enfrenta a la terquedad de los adultos y más cuando éstos tienen responsabilidades de guiar pequeños o grandes rebaños: unos padres que no aceptan las limitaciones de un hijo, un jerarca que no ve las desviaciones de un pastor, un gobernante que no escucha los clamores de su gente, corren no solamente el riesgo de distanciarse de sus dirigidos sino, peor aún, de alejarse de la realidad.

Es que la realidad, como los ríos, es terca y vuelve a encontrar su cauce a pesar de los artilugios técnicos que la desvían momentáneamente o de una fantasía que sueña y proyecta una percepción, un paradigma, una opinión con carácter de verdad revelada.

Para dirigir hay que contar con la realidad, cruda, amenazante, siempre incierta en algún aspecto; negarla es condenarse al fracaso y lleva al fracaso a las víctimas de una fantasía necia. Y para contar con la realidad hay que verla,

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reducir su realidad a una fantasía paterna con una factura de difícil cobertura. Vivir una idea hasta hacerla pasión puede mover montañas, pero también puede ser el sepulcro de una realidad terca que complementaba esas ilusiones.

La realidad se presenta con toda su fortaleza y amistad a las mentes humildes, necesitadas de ser iluminadas por ángulos ajenos, por visiones distintas, por voces disonantes. Los gobiernos que se entrampan en su propia madriguera terminan distorsionando la realidad y siendo víctimas de ella misma, aunque las encuestas –esbozos parciales de una realidad fotográfica- nos sugieran lo contrario.

La realidad se presenta con toda su riqueza a los pobres ojos que se empeñan en descubrirla y se oculta obstinadamente a la vista soberbia de quienes tratan de diseñarla. La realidad está ahí, con sus posibilidades y limitaciones, con sus leyes y restricciones, con sus alegrías y sinsabores. Para modificarla en algún sentido hay que reconocerla, hay que aceptarla y, dentro de las posibilidades, mejorarla.

Combatirla desde la fantasía es golpear la cabeza contra un muro y las ilusiones contra las decepciones. Pasa en las empresas, pasa con los hijos, pasa con los gobiernos. Por eso es que necesitamos líderes, padres y gobernantes con un tremendo sentido de la realidad, con una verdadera pasión por entenderla y respetarla antes de querer transformarla. Sólo así la realidad se pone mansa en las manos del artista, dócil a ser moldeada y mejorada.

Cuando el alfarero olvida la realidad de la arcilla que tiene en sus manos, termina destruyéndola, creando –en el mejor de los casos- adefesios de poco valor, de bajo aprecio y de caducidad garantizada. ¡Ay, con la terca realidad! Es mejor ser su amigo que su insensato rival.

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1.6.

Nuevos paradigmas

No cabe duda que el mundo sigue cambiando a una velocidad cada vez mayor. Estos cambios no se refieren sólo a la aparición de nuevas tecnologías y formas de comunicación, a nuevas maneras de comprar y disfrutar, a nuevas formas de viajar y comer. Los cambios más profundos se ven en las nuevas formas de relación y en los nuevos criterios de elección.

Los viejos paradigmas, asociados al linaje, a la posición social, al status económico o cultural, van desapareciendo para dejar espacio a otros paradigmas –no a la ausencia de ellos- asociados ahora a otros valores, algunos más superficiales, algunos más profundos que los precedentes.

La sociedad, como cada ser humano que la compone, sigue el adagio de que “lo semejante atrae a lo semejante”, y así va estableciendo una comunión de semejanzas en función de los nuevos paradigmas: los valores humanos más sólidos van remplazando los supuestos conectores de semejanza basados, por ejemplo, en apellidos. Las costumbres y los nuevos modos de vida generan una asociación más allá de los orígenes educativos o culturales. Hoy día no importa tanto cómo te llames o dónde hayas estudiado: lo relevante es que nuestros intereses concurran hacia un mismo objetivo.

Esta evolución de los paradigmas, generado entre otros factores por la abierta exposición al mundo que tienen nuestros jóvenes, si se quiere establecer alianzas permanentes -una herencia de paradigmas previos- obliga a tener muy bien configurado el propio proyecto de vida, aquél que determinará los objetivos a buscar y los intereses a proteger. Los jóvenes de ahora, atendiendo al reventón de la burbuja protectora, deben diseñar su propia burbuja –no social, ni educacional- y ésta debe contener sus valores, ideales, intereses, capacidades, sueños y limitaciones. En cuatro palabras, su proyecto de vida. Hasta hace pocos años, y conjugando este cambio de paradigmas todavía en gerundio, la posición social, la educación recibida, el status económico de la familia, la influencia de los padres o cualquier otro factor externo, era capaz de

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Un proyecto que podrá estar decorado –nunca diseñado- con antiguos vestigios de paradigmas preferenciales, con las tradiciones que dieron vida y fundación a la familia troncal, pero que deberá ser capaz de respetar las nuevas formas de buscar y asociar semejanzas, en el futuro de cada hijo, distinto del otro.

“Para una nave que no sabe a qué puerto se dirige, todos los vientos le son contrarios”, decía Séneca hace poco menos de 2.000 años. Nuestros hijos necesitan la libertad para generar su propio proyecto de vida, pero exige –por parte de ellos- la responsabilidad de diseñar la ruta, ya que los vientos del pasado no son suficientes para llevar la nave a buen puerto con el timón en las manos de los viejos paradigmas.

Si se abandona lo anterior y no se genera lo nuevo, nuestros hijos quedan a mitad de camino, viviendo sus vidas sin proyecto y sin compromisos; solamente estableciendo relaciones pasajeras para obtener también objetivos fugaces, dando lo mínimo para permanecer en el juego y evitando correr el riesgo que implica vivir la vida con un propósito.

Así como los padres debemos respetar la aparición de nuevos paradigmas, los hijos tienen hoy una tarea adicional que nosotros quizás no tuvimos: diseñar el proyecto propio de vida a partir de sus valores, de los cambios sociales, de las oportunidades y de las amenazas de su entorno y, si queda tiempo y capacidad, decorarlo con alguno que otro paradigma “antigüito” para satisfacer la historia de nuestros antepasados y no romper irracionalmente con la historia.

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1.7.

Triunfos ratones de almas pequeñas

Hace unos años se conmemoraba en gran parte de Latinoamérica el bicentenario del comienzo de las independencias nacionales. Gestas aquellas que, de acuerdo a los historiadores, puso en evidencia la grandeza de espíritu de quienes lucharon por ideales superiores. Puede que sus figuras estén un poco idealizadas, pero no se le puede quitar mérito a su determinación y fortaleza para defender ciertos principios y, principalmente, para alcanzar cierto logros.

¿Qué vemos hoy 200 años después en nuestro continente? Triunfos ratones de almas pequeña, es decir, pequeñas victorias en defensa de la razón, de las razones particulares, más que logros de soluciones en beneficio de muchos. La tendencia hoy parece ser intentar tener la razón, a toda costa y a cualquier precio, más que en buscar soluciones de bien común. Pareciera que, después de 200 años, lo importante es ganar, ganarle a alguien, derrotar a alguien, más que construir instituciones, países, sociedades y familias mejores.

Se privilegia, en la lógica de la victoria pequeña, al adversario al que hay que derrotar, más que las alianzas que hay que forjar para edificar. No importa – entonces- que muchos pierdan en el intento; lo importante es tratar de ganar la batalla ratona, de tener la razón. Lo vemos en las pequeñas discusiones en el interior del hogar hasta las grandes cumbres hemisféricas que procuran –dicen- la paz mundial. No importa la solución: el gran objetivo es ganar, ganarle a alguien.

Esa pequeñez de las almas pequeñas permea e infiltra las relaciones profesionales, las amistades, incluso los afectos. Se intenta superar al otro; demostrar ser más que el otro; tener más argumentos que el otro. Aunque esa superación aparente, esas demostraciones ridículas, esos argumentos mañosos pongan en riesgo la sanidad de la relación y la búsqueda de la solución.

Tantas peleas matrimoniales están impregnadas de razón y carentes de solución. Cuántas intervenciones políticas están repletas de argumentos para

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privado- su equivocación.

Es la hora de que nuestras instituciones se llenen de soluciones y se desprendan de tantas justificaciones. Es hora de que los líderes se enfoquen a pensar en qué necesita y qué le conviene a la gente en lugar de malgastar su tiempo y maltratar su futuro pensando en cómo presentar razones para justificar acciones.

Es hora de que se asuma alegremente el costo de no tener la razón y se valore el precio de encontrar soluciones. Es hora de privilegiar el bien común, ése que parece que inspiraba a los Libertadores de entonces y renunciar al bien propio, a la razón propia, a la imagen propia. Es hora de responder a quien –que como gran corolario de su aparente grandeza- remata con un: “¿Ves como tenía yo razón?”, con un “sí, pero otro distinto a ti tenía la solución”.

Nuestros países debieran llegar al Tricentenario lleno de gente magnánima, educada en familias alegres que buscan el bien de todos por encima de las mejores razones y los más sólidos argumentos de algunos. Sociedades e Instituciones capaces de desterrar la justificación y enfocadas a encontrar la solución, dirigidas por políticos y líderes que no hagan huelgas de hambre sino que nutran de soluciones a los problemas, que no hagan tantas declaraciones y ejecuten muchas y buenas acciones.

Para ello se requiere, en todas las Instituciones –formales y domésticas-abandonar el prurito de encontrar culpables; es necesario y urgente promover una verdadera cultura de la equivocación, del arrepentimiento y del perdón; hay que privilegiar la inteligencia y el amor en la búsqueda de algo mejor para los demás, más que premiar la solidez teórica del soberbio fanfarrón.

Es hora de que los criticones dejen de recibir reconocimiento a sus oposiciones sistemáticas y se comience a elevar la consideración de quienes buscan lo mejor, independientemente de sus razones, de sus posiciones ideológicas, de sus títulos y de sus medallas.

En resumen, la verdadera libertad la lograremos si dejamos de defender nuestra razón y empezamos a buscar la verdad, la verdad de algo mejor.

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1.8.

La verdad y lo creíble

En este ambiente de cambio sin visibilidad, cada vez cobra más fuerza la necesidad de creer. En lo que sea, pero creer, por lo que aquello que es creíble para una sociedad tiene incluso más peso que la verdad que exista detrás de esa credibilidad.

La verdad tiene que ver con la realidad, con la adecuación de la razón a la realidad; en cambio, la credibilidad tiene que ver con el emisor, con quien comunica y con la necesidad del interlocutor de entender el mensaje. El ser humano, especialmente los más cómodos y los más ignorantes –a menudo coinciden, algunas veces no- prefieren depositar en alguien más la tarea de adecuar la razón a la realidad y optan por adecuar su afecto al portador de quien hizo la tarea, bien o mal.

De ahí la importancia que tienen los medios de comunicación en la difusión de la verdad, en el invento de ella, en la distorsión o abierta prostitución de la misma, en el posicionamiento de ciertos consensos en la mente de la opinión pública. Importa más quién lo dice, la fuente, que la verdad misma.

Y como el problema se traslada de eje de rotación, de los hechos objetivos a las personas que los comunican, de poco sirve contraponer argumentos, evidencias, realidades para probar la falsedad de una historia; la única forma de restituir el valor de la verdad es logrando desautorizar a las fuentes. Y esto atenta, en muchas cabezas bien formadas, con el principio de no agredir al que te agrede, de no descalificar a las personas, aunque estén equivocadas.

Y es que en el juego de las verdades y de las mentiras, de lo correcto y de lo comercial, el colocar el problema en un ámbito de credibilidades puede llegar a romper con la lógica de la razón y de los hechos. Hasta las personas honorables celebran encontrar y proclamar, como ciertos, hechos creíbles aun cuando no hayan sido probados en su realidad.

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La gran tarea que tenemos quienes creemos en el valor de la verdad y que ésta (y no su pariente popular, la credibilidad) es lo que hace libre al hombre, es trabajar en ambos ámbitos; no basta con tener la verdad e intentar demostrarla: hay que generar credibilidad que es el vehículo vendedor de la verdad. Hay que levantar referentes creíbles que tengan ambición por la verdad, que no se contenten con la farándula de las apariencias sino que sepan mercadear la aridez de la racionalidad.

Si los amantes de la verdad no se hacen amigos de la credibilidad, si queremos imponer un producto bueno pero complejo, a la fuerza, con la sola fuerza de la razón, no sólo no lograremos difundir la verdad sino que mataremos la credibilidad del emisor.

A la verdad le falta marketing. Y a los amantes de la verdad, una mayor sensibilidad para darse cuenta que un gramo de percepción a menudo pesa más que un kilo de realidad.

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1.9.

¿Quién lo dice?

En el proceso de la adquisición de la verdad, existen dos fuentes que configuran la entrada al sistema: la evidencia y la confianza. Cuando falta la primera –cosa que ocurre a menudo-, la segunda es relevante llenando los espacios del constatar para garantizar la integridad de información que necesita la inteligencia en su fase de adhesión. De ahí la importancia de quién dice las cosas, de quién presenta una información o una solución.

Por otra parte, los paradigmas –las ideas preconcebidas tatuadas en el intelecto o en el hígado- necesitan el mismo sustrato, el apoyo en una fuente confiable para afianzar su permanencia en el organismo y proyectar su desarrollo en los demás.

En ambos casos, cobra importancia la fuente, la verdad revelada o el dios revelador, la opinión indiscutible de algún mediocre, de algún desconocido, de la potente televisión o, recientemente, de la omnipresente Internet.

El resultado suele ser estar condenado a convivir con un individuo que asegura tener la verdad absoluta y piensa que el resto se equivoca, soportando su soberbia en la infalibilidad del dicho ajeno. Cada vez que oigo afirmaciones tajantes (incluso como la que acabo de hacer), me viene a la cabeza y, a menudo a la boca, responder con una pregunta: “Y esto que afirmas con tanta

pasión, ¿es verdad según san quién?”.

La falta de análisis profundo, de hallazgo de evidencias contundentes, de una consideración madura de la realidad, de tiempo reflexivo para crear, de inteligencia clara para proponer, fomenta el depósito de la confianza en un montón de desconocidos que acuden a nuestra discusión a subsidiar y garantizar la verdad; esa misma que no hemos sido capaces de descubrir por nuestros propios medios.

Es cierto que la mayoría de las cosas que sabemos tienen este aseguramiento de calidad externo; las evidencias suelen ser relativamente pocas. Lo importante

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presentándolos como verdades absolutas.

Y esto es apenas la punta del iceberg, porque el virus muta de 'opinitis' irrelevante a 'controvertitis' inútil. En este cultivo es donde se dan los interminables debates sobre si fulano es bueno o malo y aparecen los sabios que no saben de nada pero lo comentan todo y se generan enfrentamientos y distanciamientos.

A la ‘controvertitis’ se le une el síndrome del 'importantismo'. Se trata de una actitud ególatra que presenta la posición personal desde una óptica aparentemente irrebatible por la importancia de la fuente: “Me lo dijo alguien que sí sabe…”

Esta vocación a sentirse importante tiene ribetes nacionales, no sólo personales: por ejemplo Chile -en su infinita autopercepción de relevancia en el contexto global- le declaró la guerra a Japón, en 1945. Podría jurar que Hirohito ni se dio por enterado; no imagino a uno de sus generales interrumpiéndolo para decirle: "Mi Emperador, le tengo malas, ¡muy malas noticias! Va a tener que

sentarse para escuchar esto: ¡Chile nos acaba de declarar la guerra!... Y un segundo asesor más sensato: “Cálmese mi “Empe”..., cálmese... lo bueno es que el presidente de Chile probablemente ni sabe dónde queda Japón”.

El ‘importantismo’ lo heredaron –entre otros- los taxistas, en cuyo gremio hay un buen semillero de opinólogos profesionales: "Oiga lo que le digo, esto se arregla con educación", dicen. Opinan de todo con propiedad, sustentados en sus amplios conocimientos adquiridos detrás del volante, en conversaciones profundas con brillantes pasajeros no cabe duda que muchs veces aciertan con ese recurso conocido como “sabiduría popular” En las conferencias o seminarios, siempre hay un genio incógnito sentado entre el público. A la hora de las preguntas -dirigidas al panelista principal-, este Einstein incomprendido aprovecha para hacer una larga disertación filosófico-mágico-cómica, queriendo demostrar sus vastos conocimientos y, de paso, esperando que alguien le dé trabajo.

Por eso, es que cada vez es más importante la fuente, el quién lo dice. Hay que acreditar a la gente bien pensante. Es necesario evitar transformar los propios paradigmas en verdades universales; urge potenciar la lectura y la reflexión antes de opinar; hay que tener la humildad para saber tirar –oportunamente- a la basura las propias creaciones que no dan valor; no es necesario acudir siempre a Internet buscando verdades reveladas o fuentes de poder; hay que aprender a ver la televisión con espíritu crítico. O, como decían los sabios del campo, no comulgar con ruedas de carreta.

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1.10.

Resentimientos y opiniones

Cada vez que ocurre algo en nuestra Hispanoamérica y la prensa da cuenta del suceso, voraces opinólogos de blog y escribanos de cartas al director del periódico, descargan toda su inteligencia, adrenalina, frustraciones, resentimientos, violencia y sugerencias contra el autor de la noticia, el protagonista de la misma o un simple extra que fue mencionado por error o por agregar condimento al evento principal.

La velocidad con que las redes sociales difunden estas opiniones y, más aún, la velocidad con que algunos necesitan declarar su posición al respecto, deja a más de uno descolocado opinando sobre algo que no leyó, que no entendió o donde no tiene nada valioso que aportar; pero hay que estar presente en la quema de las nuevas y nada santas inquisiciones.

Este escenario de fuegos y condenas se propaga a las conversaciones de oficina, de sobremesa, de verano, sin camiseta ni reflexión.

El común denominador, con honrosas y escasas excepciones, suele ser el resentimiento en el contexto del análisis y la violencia en el enunciado de los juicios. Nuestros países siguen pegados, anclados, paralizados en la interpretación de la vida en términos de izquierdas y derechas, de lucha de clases y pasiones ya obsoletas en casi todo el resto del mundo. En nuestro continente, todo se tiene que interpretar en clave política y ésta en códigos del siglo pasado.

· Si se cae un avión en el Sur del mundo, una jauría de resentidos se tira en

picado contra la aviación privada y sus privilegios, casi alegrándose de que la gente muera así mientras otros tienen que seguir trasladándose por tierra y sus empedrados. Otros –que se creen rectores del acontecer nacional- se alegran de que alguien se ocupe del tema porque le da material para criticar a sus adversarios políticos.

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Iglesia retrógrada, aquélla que nunca se ha preocupado de los pobres, la que abusa de la feligresía sin piedad y sin remordimiento o de aquél que, por hacer una opción por los pobres, dejó la santidad en el armario.

· Si se producen desmanes en un evento deportivo, es la opresión en la que

han vivido los pobres hinchas la que justifica la violencia y los destrozos o la expresión de una horda sin educación ni conciencia de la propiedad privada. La lista es interminable como interminables son los eventos humanos y como interminable parece ser la lectura en claves resentidas de todos esos acontecimientos. Nada puede ser leído y entendido en el mérito de su acción; siempre hay que añadir una intención de clase para explicar el suceso y ésta a sus códigos de la política pequeña.

Y la responsabilidad en este estancamiento cultural recae tanto en quien cultiva el resentimiento, como denominador común de sus juicios, como aquel que lo provoca exacerbando esas mismas diferencias para marcar su posición o su estado superior.

En los países de los apellidos y de los títulos académicos, cuesta mucho desprenderse de esas ataduras para poner la inteligencia al servicio del análisis, abstrayéndose de los intereses que hay detrás, vengan o no al caso.

Y así no se puede conversar, así no se puede negociar, así no se puede llegar a acuerdos, así no se encuentran soluciones ni se progresa como nación. El mayor retroceso que tiene nuestros países no es económico ni educacional, no es de salud, de empleo o de vivienda: es de resentimientos no superados y de privilegios que no se quieren perder, de carencias profundas para mirar el futuro sin usar el retrovisor político o social como hoja de ruta.

“Tanta culpa tiene el que mata la vaca como el que le jala la pata”, dice un refrán popular mexicano. Y hay que dejar de jalarle la pata a la vaca latinoamericana intentando sacar provecho de historias, costumbres y circunstancias que no hacen sino ahondar esos resentimientos y su hermana loca que es la violencia.

Y en esto nos jugamos el futuro, todos, cada uno desde su trinchera, pública o privada: la prensa y sus lectores, los empresarios y sus trabajadores, los dirigentes gremiales y sus afiliados, los líderes sindicales y sus representados, los automovilistas y sus vehículos, los diseñadores de “emails” y sus consumidores insaciables, los directores de escuela y sus alumnos, las nanas y sus patrones, los políticos y sus seguidores.

A cada uno toca actuar en su ámbito, con decencia y conciencia, con optimismo y ganas de dejar algo mejor para los que vienen; educando la tolerancia y sus

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expresiones sociales; reconociendo las diferencias, pero respetando las igualdades; supliendo con caridad lo que las oportunidades no ha sabido perfeccionar; con austeridad responsable independiente de la capacidad económica; con un trato digno hacia el otro, venga de donde venga y llámese como se llame; con firmeza ante la injusticia sin taparse el ojo con la venda social. En fin, esos lastres que Latinoamérica incubó desde su Independencia y que agudizó en los últimos 50 años, pero que es indispensable modificar para construir un futuro mejor para las próximas generaciones.

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1.11.

Debilidad y perversión

Los seres humanos tenemos la tendencia a ser benignos con nuestros propios errores a la vez que magnificamos los ajenos. Es el comportamiento siempre actual de la histórica paja en la retina de alguien más y la viga en nuestro inmaculado iris.

Lo malo que comete el no-yo suele ser fruto de la perversión, de la mala intención, de la manipulación y de otras tantas corrupciones que se ejercen con premeditación alevosía y ventaja. Las malas acciones del yo siempre van acompañadas de la debilidad, de una cierta inadvertencia, de algunas circunstancias atenuantes y juicios eximentes.

Y es que, además de la ignorancia respecto de los factores que rodean una mala conducta de otros, solemos amortiguar la gravedad de las propias estableciendo un argumento de tendencia o habitualidad: nos sorprendemos de nuestros errores, ya que tenemos un buen concepto de nosotros mismos o, lo que es lo mismo, nos tenemos a nosotros mismos en una alta estima. Y esto es sano; la autoflagelación no conduce ni al arrepentimiento ni a la enmienda personal.

La invitación no es, pues, a endurecer los juicios y las penas asociadas a nuestros comportamientos erróneos hasta sentarnos en la silla eléctrica, sino aplicar la misma vara a los comportamientos ajenos; no se trata de justificar lo que está mal: se trata de mirar con indulgencia al protagonista del mal.

Si resulta psicológicamente sano ser firme con el propio error y suave con el autor, para poder corregir el primero sin matar al segundo, resulta socialmente higiénico aplicar el mismo criterio con los errores y autores distintos a los nuestros y a nosotros. No hay que buscar –ni en la prensa ni en la tertulia-perversiones donde hubo debilidad; premeditación donde hubo inadvertencia, alevosía donde probablemente solo hubo ligereza.

Además de ser socialmente higiénico –no nos envenenamos el alma hablando mal de los demás- esta actitud resulta espiritualmente atractiva tomando en cuenta la idéntica longitud de la vara para medir y ser medidos. Hacer leña del árbol caído satisface al leñador obsesivo y calienta temporalmente un ambiente frío de conversaciones de más categoría. Después sólo queda cenizas, suciedad y un árbol menos que, en muchos casos, dio frutos preciosos y abundantes antes de ser carcomido por las termitas de la debilidad.

Hay que aprender a ver el bosque, con su conjunto de especies diversas y no solamente un árbol –malo, feo, débil- que puede llegar a bloquear la vista de una evidente e innegable fecundidad. Pasa con las personas, de manera

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individual –con su inevitable mezcla de aciertos y errores- y pasa en las instituciones, con la riqueza del conjunto formada por individuos desiguales. No se trata de buscar explicaciones para lo inexplicable; se trata de ver las acciones y a sus sujetos en una dimensión más rica que la debilidad que se presenta, a veces, imponente a nuestros ojos.

No hay que buscar perversión donde hay debilidad; no hay que buscar concertación para delinquir cuando lo que confluyó en la mala acción suelen ser personalidades inestables.

Pasa en la política, donde declaraciones lamentables empiezan a acumular leña para la quema de la nueva inquisición laica; pasa en la Iglesia, donde las debilidades personales dan pie para crucificar instituciones fecundas y honorables; pasa en el deporte, donde la gloria y el infierno conviven en la misma temporada; pasa en las relaciones sentimentales, donde un pequeño agravio puede atormentar una convivencia armónica.

Fuertes con el error, suaves con el equivocado; un sano y sabio consejo para tratar de acertar a la diana de la realidad, para vivir sin tanta odiosidad en el alma, para evitar los maniqueísmos siempre favorables al yo y crueles con el otro, para mantener clara la diferencia entre el bien y el mal sin modificar los criterios por el afecto o desafecto a sus protagonistas, para lograr la adecuada indulgencia cuando, víctimas de nuestra propia debilidad, clamemos compasión ante los tribunales humanos y divinos ya que a esa fiesta no fue convocada la perversión.

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1.12.

Chismes y noticias

Revuelo causa la difusión que WikiLeaks u otras fuentes de dudosa lealtad hacen de miles de conversaciones diplomáticas. La primera reflexión al respecto, es que el término “diplomacia” ha perdido todo su encanto y su profundidad, ya que la mayoría de estas revelaciones muestra contenidos y formas más propias de una verdulera que de un embajador, con el perdón para las verduleras, que muchas veces tienen más categoría que los profesionales de las relaciones internacionales.

La segunda reflexión nace al recordar a una venerable señora quien, acusada de propagar chismes a diestra y siniestra, esgrimía su defensa diciendo: “No son chismes, son noticias”.

¿Qué ha hecho WikiLeaks? ¿Propagar chismes o entregar noticias? Y esto nos lleva al pantanoso territorio de las fronteras difusas entre lo público y lo privado, a la siempre álgida discusión de la libertad de expresión y de la responsabilidad de lo expresado, de la difusión y de lo secreto.

Existen, a mi juicio, tres criterios que permiten diferenciar el chisme de la noticia y que, aplicados a la situación actual, pueden dar luces para interpretar lo que está ocurriendo y prevenir lo que puede suceder en esta materia. Importante resulta destacar que, para que un dicho goce de la reputación de una noticia, debe incorporar los tres criterios: estos vienen en “combo” o en paquete, no se venden ni se entregan por separado.

· El primer criterio es la evidencia, es decir, la confiabilidad del hecho que se

denuncia o de la fuente que lo hace. Para que algo sea noticia –y no un mero chisme- tiene que gozar de la evidencia de los hechos o de la confiabilidad de la fuente. Lo que se propaga, pues, tiene que ser cierto o, al menos, creíble. Y, en este criterio, por ausencia de evidencias, se hace indispensable la credibilidad del mensajero. En esta prueba, se caen muchos edificios construidos por la debilidad de la evidencia o por la reputación dudosa de la fuente.

· El segundo criterio, entendiendo que fue aprobado el primero, es el de la

pertinencia. Ésta se debe entender como la correcta recepción del mensaje por parte de un interlocutor habilitado. No basta que el dicho sea cierto; debe ser –además- comunicado a la persona correcta. Una verdad se puede transformar en chisme si aquélla es propagada a través de canales inapropiados y llega a oídos no calificados. Y ésta suele ser la piedra de discusión que se atraviesa entre la terca realidad y la sana doctrina. En un mundo abierto, maduro y otros adjetivos que me tientan a ponerlos entrecomillados, pareciera que no existen restricciones en cuanto a este

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criterio: todo pareciera ser pertinente; nada debe ser callado; la luz ante todo, aunque ésta enceguezca al observador no preparado. Cada vez hay más conciencia y legislación respecto a qué puede consumir el cuerpo para evitar enfermedades o descompensaciones del organismo. Paralelamente cada vez hay menos preocupación por lo que consume el espíritu y pareciera que todo es bueno para todos, en cualquier dosis, en cualquier momento. Las enfermedades del alma no están cubiertas por ningún sistema de salud público, por lo que el Estado abandona el cuidado de sus ciudadanos ya que el mal uso no representaría erogaciones económicas incómodas.

· Finalmente existe la conveniencia, es decir, la posibilidad de que aquello

que se cuenta consiga un efecto mejor que su sola difusión. El hecho en sí mismo no puede gozar de mejor reputación que su efecto; algo bueno tiene que ocurrir cuando un dicho consigue pasaporte diplomático y logra cruzar las pantallas de televisión, las hojas de periódico, los análisis periodísticos y caseros. Decir algo cierto a la persona adecuada para provocar, en el proceso de la difusión, un daño real al tejido personal o social, pareciera ser el destino de un mal chisme y no la meta de una buena noticia.

Polémico asunto éste, donde se cruzan –además de las consideraciones racionales ya descritas- los vendavales de emociones desatadas que provocan la mayoría de los chismes y rumores. Es que éstos o suelen ser graciosos o entretenidos (excepto cuando se refieren a uno mismo) o sirven para sustentar paradigmas políticos, religiosos, deportivos o de lo que sea. El chisme es el arma de quien no tiene convicciones y debe tomar prestado argumentos de dudosa procedencia, pertinencia y conveniencia.

Una sociedad madura, abierta (ahora sí, sin la tentación de entrecomillar estas cualidades) se caracteriza por la claridad con que aplica criterios rectos y verdaderos y no cuando sigue modas y recetas de evidente adhesión popular, pero de discutible solidez moral.

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1.13.

Ser oposición

Resulta llamativo que, en el lenguaje político, a quienes no están en el Gobierno o apoyando al Gobierno en turno se les llama oposición. Así, ser oposición, se ha transformado en una categoría absoluta, esencial, de la cual se goza o se sufre hasta que se cambia de estatus gobernante.

La oposición, siguiendo esta lógica temporal, no se asocia a la inconformidad con una determinada idea o proyecto; es una condición que hay que ejercer en todas y cada una de las iniciativas presentadas por el Gobierno. De otra forma – se cree- pudiera perderse o diluirse la entidad opositora y causar decepción en los partidarios que eligieron a los representantes opositores.

Si este título se lo adjudican quienes perdieron una anterior condición gobernante, más dramático resulta cuando lo utilizan contra quienes están en el Gobierno para referirse a los bandos o partidos que no los apoyan: asumen, de manera automática, que aquéllos se opondrán a todas y cada una de las medidas que propongan. Porque son eso, justamente, oposición y su esencia es oponerse.

En esta lógica maniquea, resulta natural que se acuse de traición a quien, estando en la oposición, más aun siendo oposición, se atreva a apoyar al Gobierno de turno. Es una renuncia a su propia naturaleza, es un abandono de la propia esencia, es una deslealtad con el apellido de la familia: somos la Oposición.

Por cierto, lo mismo ocurre en las huestes de Gobierno cuando algún miembro o partidario se atreve a disentir de la voz oficial.

Distinto resulta, sin embargo, oponerse a aquello con lo que uno no está de acuerdo, esté donde esté, llámese como se llame. Oponerse, en este sentido, es una tarea, no una condición. Es un verbo, no un sustantivo. La gente debiera hacer oposición, pensar de manera opuesta, decir cosas distintas en lo que no se está de acuerdo: hacer, pensar, decir. Acciones, no condiciones. Quienes no están gobernando deben estar trabajando algo distinto, algo mejor, no simplemente estar en la oposición, ser oposición.

Si nombrar las cosas adecuadamente es el principio de un adecuado entendimiento, debiéramos repensar la terminología política para no estar generando obstáculos aún antes de las propuestas: desde la esencia de las trincheras. Gobierno y oposición, un binomio equívoco como también es equívoco hablar de empresa y trabajadores, o de Iglesia y laicos.

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otra forma seguiremos alimentando la parálisis de iniciativas de bien común, las personas talentosas dejarán de trabajar en función de ideas o proyectos beneficiosos y preferirán asumir la comodidad de la etiqueta, el intercambio de ideas se hará desde la trinchera de la consigna y no desde la razón reflexiva. Debe existir oposición, es sano que exista oposición, es inevitable que exista oposición en una sociedad plural: sólo que ésta debe ser una actividad y no una pertenencia. Si se entiende así la lógica política, resultará menos traumático cambiar de actividad cuando se gana o se pierde el Gobierno. No se cambia de esencia; hay que seguir haciendo exactamente lo mismo: trabajando, pensando, discutiendo, opinando desde la razón, desde las convicciones, desde las conveniencias legítimas: no desde la negación del otro, de lo otro.

Una familia sana no se maneja en esta dialéctica; no existen padres y oposición. Hay padres, hijos, abuelos, nietos, suegros y parches. Es una lógica de roles y responsabilidades que van cambiando a lo largo de la vida, donde puede y debe haber consensos y disensos, donde el bien común suele ser la norma rectora de las diversas actividades.

Si la familia es la célula básica de la sociedad, haríamos bien en copiar parte del ADN, al menos al que se refiere a esta condición castrante de ser algo que no se quiere hasta recuperar o lograr algo que se añora. Oponerse por diseño hasta tener el Gobierno es la mejor forma de no hacer nada mientras se espera ese momento, ni después –al lograrlo- ya que el otro ocupará la negación casi absoluta que significa ser oposición.

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1.14.

La conspiración del silencio

¡Qué obvio resulta ver a tantos comunicadores profesionales pontificando sobre la ética que debe existir tras la difusión de la verdad o el silencio de la misma! Salvando las proporciones, se parece a un diálogo sobre las ventajas que pudiera generar el consumo de vino en los niveles de colesterol, en una reunión de viñateros.

La gran diferencia en este asunto –entre comunicadores y viñateros- es que los primeros tienen la tribuna y los segundos nada más las botellas. Es decir, la discusión sobre la necesidad de conocer los hechos se hace frente al auditorio que quiere conocerlos, lo que hace que exista un envalentonamiento en el discurso y una reducción de la prudencia. Siguiendo con el mismo ejemplo, qué distinto resultaría el impacto de la mencionada discusión de los viñateros si ésta se diera frente a pacientes que han superado una crisis cardíaca y están dispuestos a hacer lo que sea por recuperar o conservar niveles aceptables de grasas malditas en su sistema circulatorio.

Es que hay que entender que no todo silencio es conspirativo ni toda difusión benéfica, excepto para los que viven de ésta y no pueden subsistir con aquél. La prudencia –la gran enemiga del comunicador cuando piensa que tiene una verdad comercialmente vendedora en el bolsillo- es y seguirá siendo una virtud, no importa el tiempo en que se aplique ni el tema sobre el cual se ejerza.

Se suele definir la prudencia como la virtud que dispone a la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo; otra buena aproximación es la siguiente: en su trabajo y en las relaciones con los demás, recoge la información que enjuicia de acuerdo con criterios rectos y verdaderos, pondera las consecuencias favorables y desfavorables para él y para los demás antes de tomar una determinación, y luego actúa o deja de hacerlo según lo decidido.

Es decir, se recogen tres elementos fundamentales en torno a la prudencia: el establecimiento del bien, la elección de los medios y la decisión de actuar u omitir. Y en esto radica su complejidad y, finalmente, la responsabilidad de obrar en conciencia.

Hablar, denunciar, advertir pueden ser estupendos actos de prudencia, al igual que callar o suspender el juicio. Los primeros no son bienes absolutos ni los segundos expresiones de la conspiración del silencio. Pueden serlo, sin duda, pero no se puede admitir a priori como un bien y un mal, respectivamente.

Si el callar es la decisión que cierra un ciclo de búsquedas de beneficios personales a costa de males ajenos, si callar es la consecuencia de elegir

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medios para salvaguardar intereses propios o ajenos que riñen con otros preceptos éticos, si callar es la decisión cobarde para no enfrentar la responsabilidad de la verdad, entonces el silencio es la expresión tácita de una activa conspiración y, como tal, debe ser denunciado y revelado.

Si callar es, por el contrario, la salvaguarda de un bien que no genera –en su omisión- un mal mayor, puede ser la expresión sonante de la prudencia. En cualquier caso, hablar y callar no son bienes o males absolutos sino que su elección debe estar subordinada a un bien mayor.

Hoy día parece que el gran paradigma es que todo debe ser conocido por todos. Otra cosa hiede a ocultamiento y conspiración. Por alguna razón, hay quienes creen que la humanidad ya llegó al ansiado estado de madurez, en el que es capaz de discernir y actuar bien si conoce con detalle la información que alimenta las acciones. Hoy día pareciera que cualquier autoridad que se atreva a decidir sobre el bien de sus dirigidos o la información como su insumo, es innecesaria y un obstáculo a la verdadera expresión de las libertades.

Detrás de muchos de los acontecimientos que estamos viviendo en esta época, pareciera que el efecto secundario necesariamente ligado al inmediato (conocer la verdad) es el cuestionamiento a la existencia de una autoridad que –en el ejercicio de la prudencia que le es inherente- decida comunicar o callar, sustituyendo aparentemente a otros en este rol y obligación.

Hoy día lo que está en juego, además del vociferado derecho a la verdad, es el devaluado principio de autoridad. Ojalá estemos preparados para entender, decidir y actuar en este terreno y no terminemos hundidos en un pantano donde la obligación de revelar todo lo que se sabe reblandezca los sólidos cimientos de las creencias universales.

Si decidimos jugar en este tablero, todos los que ejercemos alguna autoridad, en algún campo, con responsabilidad sobre el desarrollo de algunas personas, debemos estar preparados para ser cuestionados en esta obligación, so pena de ser partícipes de una nueva conspiración del silencio.

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1.15.

Enemigos de lo bueno

Existen personas que, durante toda la vida, se quejan de que las cosas no funcionan o que no funcionan de la manera que ellos consideran correcta. Eso no tiene nada extraño e incluso llegan a presentarse como paladines de la mejora y de la creatividad. Más de algún ingenuo compra este boleto e hipoteca su adhesión en procesos electorales, en columnas de opinión, en apoyos benéficos. El inconformismo vende, no cabe duda.

Lo curioso, y a la vez patético, radica en los dos procesos que siguen a la queja del aparente inconforme con ambiciones: cuando tienen la oportunidad, los recursos, las facultades y la responsabilidad de realizar esas mejoras, no las hace y posterga el bien deseado, escondiendo sus prioridades y mitigando sus efectos negativos. La fábula atribuida a Esopo, de la Zorra y las Uvas, ejemplifica esta conducta.

Pero además, esos mismos inconformes autojustificados, critican las soluciones aún antes de conocerlas y buscan evitar su realización, cuando un tercero intenta componer lo que está mal. Son los auténticos enemigos de lo bueno. Su vida, según muestran sus obras, se enriquece al perpetuar lo malo, al hablar de ello, al escribir sobre ello, al dictar cátedra sobre el fracaso, aunque la vida de todos los demás se empobrezca.

Pareciera que su contribución de valor a la sociedad radicara en que el mal persista para tener motivos y ocasión de hacerse presentes, aunque sea sólo en el discurso y en la queja y seguir vigentes en la memoria de los ingenuos adherentes.

Estos enemigos de lo bueno se distinguen de los pesimistas; la gordura y la hinchazón se parecen, pero no son lo mismo. Los pesimistas son temerosos de lo bueno; en el fondo quieren que las cosas mejoren, pero temen a la desilusión si algo no resulta, a la dificultad que implica el esfuerzo, a la probabilidad del error en la ejecución.

Los enemigos de lo bueno no son pesimistas, aunque traten de usar su disfraz. En su genética predominan los genes de la mediocridad y de la envidia, de la comodidad y de la irresponsabilidad. Esta mezcla produce la especie humana enemiga de lo bueno, amante del “statu quo”, recelosa de la capacidad de los demás, escéptica de la bondad de otros, celosa del éxito ajeno.

Es una especie que, dada la virulencia de sus ataques y la frecuencia de su aparición, bien puede considerarse una especie de alto peligro y que no está en riesgo de extinción. Más aún, busca reproducirse y perpetuarse al amparo de organizaciones políticas, gremiales y sociales, en compañía de otros iguales que

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disfrutan el sabor amargo de ver que otros fracasen, aunque sean muchos los que sufran con ese fracaso y su dolor se extienda por varias generaciones.

Esa especie suele tomar dos formas irracionales, casi animales: se disfraza, por una parte, de colonia de bacterias dispuestas a descomponer cualquier iniciativa de mejora y, paralelamente, despliega vuelo formando una bandada de buitres que espera que la carne de las propuestas se pudra y se vuelva carroña para poder alimentarse, aún a costa de la desnutrición de las futuras generaciones.

Está pasando con la reforma educacional, en las reformas políticas, tributarias, laborales, con la discusión energética y medioambiental, con los anuncios en salud o en el sistema pensional. La materia da igual, son excusas para mostrar su pequeñez. Son los que no creen en los tribunales cuando la sentencia no les favorece, son los que no reconocen los triunfos cuando no resultan ganadores. Son los de siempre, los enemigos de lo bueno.

Referencias

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