El feminismo espontáneo de la histeria - Emilce Dio Bleichmar

122 

Loading.... (view fulltext now)

Loading....

Loading....

Loading....

Loading....

Texto completo

(1)
(2)

EL FEMINISMO ESPONTÁNEO

DE LA HISTERIA

--·-·

-Estudio de los trastornos narcisistas de la feminidad

(3)

79·~

EMILCE DIO BLEICHMAR

EL FEMINISMO ESPONTÁNEO

DE LA HISTERIA

Estudio de trastornos narcisistas de la feminidad

Dl$TAllUCIONES'

[l]

(4)

Primera edición: 1985, Adotraf, S.A., Madrid, España

Primera edición mexicana: 1989, Distribuciones Fontamara, S.A. Segunda edición: 1994

Tercera edición: 1997

Derechos reservados conforme a la ley ISBN 968-476-090-6

© Emilce Dio Bleichmar

© Distribuciones Fontamara, S. A. Av. Hidalgo No. 47-b, Colonia del Carmen Deleg. Coyoacán, 04100 México, D. F. Tels. 659•7117 y 659•7978 Fax 658•4282 hnpreso y hecho en México

Printed and made in Mexico

A mi madre.

A mis hijos Andrea. Julieta y Javier. A Memén y Mariana.

(5)

o

o

o

.J

o

~ Q..

(6)

Se trata de un libro inteligente, que engloba aspectos sociales y cultu-rales. Igualmente es un estudio estrictamente psicoanalítico que demues-tra -por cierto, con tacto y respeto- el sexismo de Freud. Destaca có-mo en nuestra sociedad, y en toda sociedad conocida, la diferencia tle sexos implica desigualdad, y ambas condiciones tienen consecuencias psíquicas, poniendo énf asís en la disparidad ex{stente en las leyes de la cultura que constituyen y gobiernan la feminidad y la masculinidad. La prohibición del incesto es pareja para ambos sexos, pero una vez

alcan-zada la diferenciación sexual, la normativización del deseo del hombre

y la mujer circula por caminos opuestos.

Para analizar el desarrollo psicológico diferencial del varón y de la ni-fla, la autora profundiza en los conceptos de género y sexo. Es un abordaje importante, ya que estas dos nociones no suelen ser discriminadas en el psicoanálisis clásico. Emilce Dio B/eichmar nos habla de la identidad de

\

género anterior al reconocimiento de la diferencia anatómica. Tanto la nifla como el varón saben desde muy temprano que son diferentes. Am-bos idealizan y se identifican a la madre. Para amAm-bos, la madre de la primera infancia es poderosa y omnipotente. A esta identificación co-rresponde en la niña su Yo Ideal femenino primario, cargado de libido narcisista, y dando lugar al ideal del género al que pertenece. Discutien-do este punto, descubrimos, no sin cierta malicia, la debilidad del varón por tener que renunciar a esta identificación temprana, ajena a su género. El drama de la niña se produce cuando, al reconocer la diferencia anatómica, descubre también la inferioridad insospechada de la madre, inferioridad que no se limita a la supuesta castración, sino a la realidad de la propia inferioridad de su ser socia/, su ser mujer, ya que los padres de nuestra infancia son nuestros modelos ejemplares tanto de sexo como de clase social. En esta época se constituye, a través de los avatares del ·omplejo de Edipo, el Yo Ideal femenino, ya marcado por .la doble minusvalía del modelo materno, herida narcisística que deja una huella a menudo imborrable.

(7)

En la parte primera del libro la autora se apoya principalmente en las investigaciones de Margaret Mahler y de Stoller. Mientras que coin-cido con Mahler, me parece que Stoller exagera en su valoración del gé-nero frente al sexo biológico. Como psicoanalista y médica, y por cierto como mujer, no puedo imaginarme una identidad femenina o masculina sólida si el sexo biológico está en desacuerdo con ella. Sin embargo, el enfoque de Stoller nos ayuda, aunque no lo tomemos al pie de la letra, a comprender mejor el inestable y delicado equilibrio entre sexo y género.

En la parte segunda del libro la autora resume crlticamente, con am-plitud y minuciosidad, la extensa bibliografía sobre la histeria, la diver-sidad de criterios para interpretar y ubicarla, la confusión existente en los empeños diagnósticos diferencia/es y en el establecimiento de subca-tegorías. Si esta parte puede parecer algo árida a los lectores que no per-tenecen a nuestra especialidad, su esfuerzo en la lectura se verá amplia-mente premiado por lo atractivo y revelador de los últimos capítulos. En ellos hay descubrimientos muy acertados, «el feminismo espontá-neo» -aberrante- de la histérica, quien a través de su frigidez, de su no goce, reivindica el deseo de ser reconocida, no sólo deseada, y la ex-plicación de los cambios de fisonomía que el cuadro de la histeria ha su-frido en el siglo último. Llegamos a comprender cómo la mujer de antes solamente lograba ser escuchada si recurría a mensajes corporales, mientras que la de hoy, si pretende diferenciarse del modelo materno del género, si bien amplía sus áreas de acción y obtiene mayor reconoci-miento, aún paga la rebelión mutilando su placer sexual.

El reanálisis que hace Emilce Dio Bleichmar del famoso caso Dora es brillante y totalmente convincente. Concuerdo con la autora, y creo que actualmente somos muchos en sostener que las ideas sobre la mujer constituyen «el talón de Aquiles» de la doctrina psicoanalítica. Concor-damos por experiencia clínica, pero ella lo demuestra, tras un arduo tra-bajo interdisciplinario, ofreciendo de esta manera una sólida base cien-tífica psicoanalítica a lo dicho por sociólogos y feministas. Ayuda de es-ta manera a la mujer, en su cambio y en su lucha por una verdadera autonomía, a poder abandonar el camino de la histeria y a lograr ser compañera del hombre en igualdad de derechos y posibilidades, sin por eso tener que renunciar al deseo y al placer.

MARIE LANGER

INTRODUCCION

No se discute con el destino, o cedemos a sus poderes de fascinación o nos rebelamos. El re-verso del destino es la conciencia, la libertad.

(8)

l ,A HISTERIA: UNA CUESTION FEMENINA

La histeria se nos revela multifacética, plástica, voluble en su apa-l'icncia y también en los intentos de comprensión que ha suscitado en

:1 curso de la historia. De las explicaciones mágicas, religiosas, médicas, hemos arribado en el último siglo a las de carácter psicológico. Sin em-bargo, lo circunscripto del dominio de pertenencia no ha disminuido la vuriedad de las propuestas, ya que los matices abundan, y no es lo mis-mo entender el síntoma histérico comis-mo producto de la represión del de-seo sexual, que como un efecto del lenguaje, como una estructura básica del ser humano o como una defensa específica contra la psicosis. Pero, ·on todo, en el enjambre de rostros y de teorías se destaca un invariante:

ya sean hechiceras, santas, neuróticas o sujetos tachados, siempre se tra-1 n de mujeres. Será en torno a este punto donde haremos girar nuestro Interrogante, ¿en qué se funda la predisposición de la mujer a la his-lcria?

Freud asestó un golpe mortal al supuesto naturalismo que goberna-da nuestros cuerpos, al establecer en el campo científico la profungoberna-da he-1 cronomía entre la pulsión y su objeto. La sexualidad humana es. capri-d1osa, variable, múltiple, a veces silenciosa, alejándose de la consisten-cia y ritmo regular que caracteriza el celo animal. Graconsisten-cias al psicoanáli-is, la histeria cobró distancia del naturalismo etimológico del que pro-venía, y del útero se desplazó a las reminiscencias, al fantasma, al Edi-po, pilares del gran descubrimiento que la histeria inauguraba, el in-rnnsciente. Pero cuando se trata de explicar por qué se corporiza preva-lcntemente a través del cuerpo de la mujer, asistimos sorprendentemente

1 la reintroducción de la línea supuestamente abandonada: a causa de N\I anatomía. Si bien, no se trata de la anatomía a secas, sino de las

con-·cuencias psíquicas de la diferencia anatómica de los sexos, con todo, rá la anatomía la que se supondrá marcando el destino diferencial que 1sumirá la castración en el hombre y en la m_ujer.

(9)

La posesión de un clítoris, al que se le adjudica sin mayor reflexión filiación masculina, predeterminaría la organización de una fantasmáti-ca fálifantasmáti-ca que gobernaría el vínculo de la niña con su madre en tanto mu-jer. Toda niña sería un muchachito sin saberlo -tesis de la masculini-dad primaria- hasta que descubre la diferencia de sexos, momento a partir del cual, ahora ya con la certeza de no ser varón, deseará serlo por el resto de su infancia o de su vida, sostendrá Sigmund Freud. Y este núcleo fuerte de masculinidad en la mujer sería el responsable de su proclividad a la histeria, roca irreductible al poder transformador del psicoanálisis, de la palabra, a causa precisamente de su anclaje en otro orden, el biológico.

Freud sellará la histeria una vez más en la historia del conocimiento, al destino supuestamente fijado por la naturaleza a la mujer. Y quizás sea este sector de su teoría -hoy ampliamente discutido y cuestiona-do- donde es posible observar con mayor nitidez la marca del prejuicio que hace obstáculo, que fija un límite al carácter transformador del pen-samiento freudiano. El escándalo surge entre las mujeres analistas, es-pecialmente entre las mujeres psicoanalistas de niños, quienes, obser-vando a las niñas, las encuentran en franca contradicción con lo que la teoría sostiene, ya que se revelan mucho más femeninas cuanto más pe-queñas son. Melanie Klein eleva la bandera de la feminidad primaria, una nena-mujer que conoce su vagina y desea el pene del padre práctica-mente desde que nace, desvirtuando de este modo todo remanente de masculinidad inicial en el determinismo de la histeria. Sin embargo, la propuesta kleiniana, aun invirtiendo la hipótesis ciento ochenta grados -la masculinidad primaria se transforma en feminidad primaria- no contribuye a desterrar el naturalismo contenido en el modelo teórico, si-no que lo entroniza aún más, pues tal feminidad también se concibe sur-giendo de la anatomía, en este caso la que corresponde a su sexo, la vagina.

¿Feminidad primaria o secundaria? Polémica que insiste y no se re-suelve, y cuyo valor estriba, más que en polarizar a los analistas, en las posibilidades que deja abiertas para la comprensión de la mujer. Pero, ¿qué entender por feminidad o masculinidad? ¿Acaso un sinónimo de sexualidad, tal cual lo concibió Freud en sus artículos-de 1931 y 1933, que versando sobre un mismo tema se titulan, uno, «La sexualidad fe-menina», y el otro, «La feminidad»? ¿O debemos pensar que tanto la feminidad como la masculinidad aluden a una subjetividad que será la encargada de investir al cuerpo, de marcar tanto su anatomía, sus

fun-ciones, así como al deseo sexual, con las múltiples significaciones y

fan-tasmas que modelan sus siluetas y comportamientos diferenciales? El fenómeno del transexualismo viene en nuestra ayuda para indi-carnos una dirección. Considerado durante mucho tiempo un trastorno extremo de la sexualidad, a partir de los trabajos de Robert Stoller se

reubica su comprensión, iniciándose el capítulo altamente promisorio de los trastornos del género. Las investigaciones sobre estos raros casos

demuestran la estructuración de un núcleo de identidad femenina, es

de-cir, un sentimiento e idea inicial de ser mujer, anterior a la marcación

anatómica del cuerpo, o sea, al reconocimiento por parte del niño de

una diferencia anatómica genital entre el hombre y la mujer. Esta femi-nidad, cimentada en el seno de una peculiarísima relación con una

ma-dre que feminiza casi sin erotizar, tiene el extraordinario poder de

recha-zar la anatomía que ulteriormente el niño descubrirá. Identidad

femeni-na sostenida sólo por la convicción del niño

y

el deseo de la madre, y

que se opone con tanto rigor al empuje del cuerpo, a la anatomía, a las

hormonas, al deseo sexual que emanaría «naturalmente» de este suelo biológico, que el niño y luego el joven no dudarán en buscar todos los medios posibles para la transformación total de éste, su cuerpo de hom-bre que cuestiona el deseo de ser mujer.

Lo que el transexualismo nos demuestra, entonces, es una vía de

su-peditación de la sexualidad al género. Una vez definida una identidad de género, ésta, la feminidad, por ejemplo -de acuerdo a las leyes que dictan los postulados que la cultura ha edificado como lo masculino y

lo femenino-, normativiza el deseo sexual. Lo que revoluciona el

pen-samiento psicoanalítico es que, entonces, la feminidad/masculinidad no

se hallan exclusivamente bajo la égida de la anatomía, de lo biológico para su organización, no sólo en el caso del transexual, sino de todo ser humano. La introducción de la noción de género, su origen

indepen-diente de los del sexo y sus íntimas articulaciones posteriores clausuran -en mi opinión- la dicotomía feminidad primaria o masculinidad

pri-maria, para establecer definitivamente la carta de ciudadanía de la

femi-nidad primaria, pero, simultáneamente, inauguran la concepción de una

feminidad secundaria, en el interior de la cual la masculinidad no puede

dejar de tener un lugar.

Existe claramente una feminidad temprana por identificación

prima-ria y/o especular a la madre, a la cual la nifia conocerá, definirá y

(10)

de-finirá y nombrará a sí misma. Discurso que no hará más que redoblar los enunciados a través de los cuales la madre se define a sí misma e identifica a su hija como su doble. Feminidad primaria que goza de las licencias de lo imaginario, del fantasma, ya que en la intimidad de los cuidados, del placer del amor y en las reducidas dimensiones en que la madre reina, el niño/a puede edificar la idea de una feminidad a la cual no le falta nada. Por tanto, hay un tiempo durante el cual la feminidad, es decir, los atributos, actividades y actitudes que caracterizan a una mujer, son considerados por el niño una condición ideal. Será por esta valoración estrictamente fantasmática por lo que la feminidad primaria para la niña se constituirá en el núcleo más poderoso de su Y o Ideal preedípico, y por lo que la castración materna sólo ocupará un lugar psí-quico, a posteriori del descubrimiento de la diferencia anatómica y de la total significación de la función sexual de los Órganos genitales. Si el fantasma- de la mujer fálica debe ser producido, es para mantener la creencia en la omnipotencia materna, omnipotencia que hallaba su sus-tentación en un universo gobernado por las significaciones que emana-ban de la feminidad en tanto género femenino; el falicismo le será agre-gado a posteriori, no para dar cuenta de la masculinidad inicial, sino que tal masculinidad le debe ser añadida cuando esta última se instituye en el símbolo privilegiado por la cultura para designar el poder. Estepa-saje del cuerpo a lo simbólico en la determinación de la identidad, hasta hoy llamada identidad sexual -justamente por el peso atribuido a la marcación anatómica- y que de ahora en adelante debiéramos denomi-nar identidad de género, contribuye a reintroducir en la teorización psicoanalítica, una orientación que los propios trabajos de Freud sobre la feminidad interrumpieron: la importancia de la realidad psíquica, del registro de la fantasía, de la creencia, de lo simbólico, como órdenes fundantes alejados de todo realismo ingenuo.

El centro de la primera parte de nuestro estudio sobre la histeria con-sistirá en poner a trabajar el concepto de género en el interior de la teo-ría psicoanalítica sobre la sexualidad femenina. Pensamos que los resul-tados de tal elaboración co11tribuyen no sólo a resolver gran parte de los impasses a que la misma se halla enfrentada, sino también a la elimina-ción de todo remanente de naturalismo dentro del campo de la revolu-ción freudiana. Para la clara distinrevolu-ción entre género y sexo es imprescin-dible, al menos, un breve recorrido por algunas de las múltiples investi-gaciones sobre la sexualidad que se han venido desarrollando en los últi-mos veinte años en el campo de la genética, la embriología, la bioquími-ca, la neurofisiología, la endocrinología y el comportamiento sexual.

La cantidad de hallazgos representan un desafío saludable para nuestra joven ciencia del psicoanálisis, que todavía se halla inmersa en los avata-res de un libre discurrir, sin que los teóricos sufran el estorbo del peso de los hechos.

Pero, ¿por qué esta recurrencia por nuestra parte a la biológico, des-pués de tan enconada denuncia a las repetidas tecaídas en el naturalismo a que ha estado sometida la teoría? Pues, porque los datos empíricos serán utilizados, lo que no deja de constituir una paradoja, para refutar una teoría que hacía del empirismo -la diferencia anatómica de los se-xos y lo supuestamente real- su sustento. Nos valdremos de una serie de estudios empíricos que, desligados de connotaciones ideológicas, des-mienten y desenmascaran la estructura imaginaria del supuesto empi-rismo anatómico. Se trata en realidad de un contrapunto entre el em-pirismo de la ciencia, que cierta epistemología desdeña y rechaza porque confunde con otra dimensión de lo empírico -el de la ideología-, al cual legítimamente ha sabido poner al descubierto. Es así como el nuevo bagaje de conocimientos biológicos adquiere significación en el seno de una teoría psicoanalítica, en la cual lo simbólico constituye el eje orde-nador. No deja de ser sorprendente que, desde los extramuros del psi-coanálisis, hoy sea posible fundamentar y completar la tesis freudiana sobre el rol capital de las experiencias infantiles en la estructuración de la sexualidad humana, y afirmar que las determinaciones biológicas sólo podrán reforzar o perturbar una orientación edificada por el intercam-bio humano. Money y los hermanos Hampson (1955) demuestran cómo dos niñas, ambas hembras en el programa genético, gonadal y endocri-no, con su estructura sexual interna normal, por padecer, durante la gestación del síndrome adrenogenital, nacen con sus órganos sexuales externos masculinizados. Una de las niñas es rotulada correctamente co-mo hembra, mientras que a la otra -engañosamente varón por la enfermedad- se le asigna el sexo masculino. A los cinco años, la desig-nada hembra se considera y es considerada por su familia una niña, y la que creyó ser varón, un varón. Lo que ha determinado el comporta-miento y la identidad no ha sido su sexo (biológico), ya que es otro, sino las experiencias vividas desde el nacimiento, experiencias totalmente or-ganizadas sobre la naturaleza supuestamente masculina del cuerpo de-signado como varón. También se constatan los raros casos de varones nacidos sin pene y niñas sin vagina, que si bien sufren hondos conflictos por este hecho, tales conflictos no conmueven una identidad de género previamente establecida que no ha requerido la posesión del genital para su constitución. Todos estos hallazgos, y muchos más, van operando

(11)

una suerte de línea de clivaje entre sexo y género, hasta hace una década prácticamente sinónimos en el diccionario e inextricablemente ligados en sus destinos, de modo que hoy es posible afirmar que pertenecen a dos dominios que no guardan una relación de simetría, y que hasta pue-den seguir cursos totalmente independientes. Es entonces la propia bio-logía -debidamente enmarcada en un contexto teórico- la que des-miente a las teorías que apelaron a ella, y que nos permite, con su favor, asestar el golpe final a todo resabio de naturalismo, ubicando la femini-dad y la masculinifemini-dad - en tanto identidades de género- como catego-rías del patrimonio exclusivo del discurso cultural. Pero aún debemos otro tributo a la biología, pues sabemos la magnitud de la inercia con que se enfrentan las nuevas ideas hasta lograr su consagración. Para aquellos que se sientan inclinados a seguir pensando en la masculinidad inherente a la estructura anatómica de los órganos sexuales de la niña

- el clítoris-, lo que determinaría la naturaleza de su deseo sexual, se encontrarán con la sorpresa de los datos que prueban que tal hipótesis biológica es simplemente falsa, embriológicamente el clítoris no es masculino.

Pero si queremos ser fieles a nuestro norte metodológico y mantener la cercanía a los hechos clínicos, ¿cómo dejar de lado la presencia de lo masculino en la histeria? ¿Cómo precisar la naturaleza de su bisexuali-dad, se trata del deseo o de las identificaciones? ¿Qué es entonces lo bi-fronte, su sexo o su género? La biología moderna desacredita rotunda-mente el mito de la supuesta masculinidad de la niña, de manera que de-ja de ser un obstáculo que pueda ser invocado, para profundizar en la incuestionable feminidad primaria de la misma. Por otra parte, el des

-cubrimiento de la diferencia anatómica de los sexos que verdaderamente determina el destino diferencial para la niña y el varón, no sería el que éstos adquieren en un momento de su desarrollo, sino la debida norma-tivización que en tanto género y orientación sexual tengan los padres, quienes construirán desde su sistema simbólico la feminidad y/o mascu-linidad que corresponda al cuerpo sexuado que dan a luz. En el caso de la niña, la identidad de género femenino ve facilitada su estructuración, pues en el campo intersubjetivo en el cual tiene lugar su gestación, el otro especular - la madre- es efectivamente su doble. Esta específica condición de maternalización de nuestra cultura marcará desde tempra-no la mayor parte de los patrones que rigen la feminidad y la masculini-dad. La dependencia, el déficit de diferenciación, el predominio del nar-cisismo y de la ambivalencia en el vínculo, como rasgos peculiares de la feminidad, serán rastreados desde el inicio. Pero en ningún momento

nos enfrentamos con ningún dato que pudiera ser considerado fálico o masculino; la feminidad primaria parece transcurrir ideal, imaginaria y fantasmáticamente al margen de toda significación masculina para la ni-ña. De ahí que pueda constituirse en una de las condiciones fundamen-tales de su Yo Ideal, de su sistema narcisista. Tanto la niña como lama-dre gozarán de un tiempo en el que la representación de la mujer en tan-to género será la sede del poder.

La crisis de la castración, al provocar una redistribución de la valora-ción ligada al género, arrasa con ese universo femenino en que tanto a la madre como a la hija no le faltaban nada, y el pene real del padre será elevado en carácter de símbolo fetiche, representando privilegiada-mente la compensación de toda carencia. Pero sabemos que aquello que el descubrimiento de la castración pone en tela de juicio es el papel nar-cisizante de la madre, ahora será del padre del que se esperará la valori-zación. Se hace entonces necesario agregar en el estudio de la feminidad, junto a la constatación de los efectos psíquicos que la diferencia anató-mica de los sexos provoca en el sistema narcisista de la niña, aquellos otros efectos que provienen del testimonio que la niña efectuará, de ahora en adelante, de las múltiples y permanentes desigualdades en la valorización social de los géneros. Creemos que la principal consecuen-cia psíquica del complejo de castración para la niña es Ja pérdida del Ideal Femenino Primario, la completa devaluación de sí misma, el tras-torno de su sistema narcisista, y que el interrogante mayor a dilucidar no es cómo hace la niña para cambiar de objeto y pasar de la madre al

padre, sino cómo se las arregla la niña para desear ser una mujer en un mundo paternalista, masculino y fálico. La eficacia de la castración se funda en la alteración, en la inversión de la valoración sobre su género, de idealizado y pleno se convierte en una condición deficiente e inferior. Pero si esta metamorfosis tiene lugar es porque el núcleo de la identidad de género se halla firmemente constituida; la castración ni origina ni al-tera el género, sino que lo consolida. Lo que sí compromete, organiza y define es el destino que la niña dará a su. sexualidad. El complejo de castración orienta y normativiza el deseo sexual, no el género. En otras palabras, decide básicamente sobre la organización de la sexualidad fe-menina, no acerca de la feminidad. La niña se orientará o no hacia el padre, estableciendo su elección de objeto sexual, sellando así o no su heterosexualidad. Heterosexualidad que en Ja teoría requiere ser dife-renciada de Ja feminidad, pues así como existen homosexuales femeni

-nas, también existen formas de histeria fuertemente masculinizadas y,

(12)

Pero a la nifia no le basta establecer la heterosexualidad para lograr, por consecuencia, una identificación secundaria a la madre que tipifique su feminidad, ya que la feminidad, en tanto ideal, ha quedado cuestio-nada por la castración. Deberá reconstruir su sistema narcisista de idea-les del género y reinstalar una feminidad valorizada que oriente tanto su rol del género como su deseo sexual. La prolongación en el tiempo y su clausura incompleta en la mayor parte de los casos, características del Complejo de Edipo de la nifia, encuentran explicación en la colosal empresa narcisística que debe acometer: 1) la reconstrucción de su femi-nidad, a través de la instauración de un Ideal del Yo Femenino Secunda-rio que no sólo incluya la oposición fálico-castrado, sino el rol social -rol conflictivo, ambivalentemente valorado-, así como la moral se-xual que legisla sobre este rol, y 2) la narcisización de la sese-xualidad para su género, pues la sexualidad femenina es un valor altamente contradic-torio en nuestra cultura.

Recapitulando, la incorporación del concepto de género a la teoriza-ción del desarrollo psicosexual nos ha permitido establecer la dimensión simbólica de la feminidad. A su vez, a través de este desarrollo, hemos podido situar el género como una representación privilegiada del siste-ma narcisista Yo Ideal-Ideal del Yo, y constatar que estas estrucuras, así como el Super Yo, siguen cursos de estructuración y formas finales de organización diferentes en los distintos géneros, por lo que pensamos que el género es un articulador o una estructura mayor, a la cual tanto el Ideal del Yo como el Super Yo se hallan subordinados. Si bien la ley del incesto introduce una legalidad pareja para ambos sexos prohibien-do la sexualidad enprohibien-dogámica, sin embargo la moral sexual que normati-viza el ejercicio del resto de las formas de sexualidad no es igualmente simétrica.

Y será a partir del estudio de la especificidad del sistema narcisista, de los ideales y valores que guían a la nifia durante la latencia y la ado-lescencia, de donde se desprenderá la fuerte oposición que rige tanto las relaciones entre feminidad y narcisismo como entre sexualidad femeni-na y femeni-narcisismo. Durante estos períodos la tipificación tanto de la femi-nidad como de la masculifemi-nidad se realiza por mútiples vías, por identifi-cación al objeto rival, por ejercicio del rol y por un proceso de moldea-miento sólidamente pautado por los ideales de feminidad/masculinidad imperantes en la familia y en la microcultura a la cual ella pertenezca. El resultado es un clivaje estructural de los modos de acción y de pensa-miento de los dos géneros, un mundo privado y doméstico para las

ni-fias, quienes cultivarán la gracia, la seducción y los sentimientos, y un mundo social y crecientemente público para los varones, desde el cual ejercerán la capacidad para la toma de decisiones y el poder transforma-dor sobre la realidad; una clara dicotomía en el ejercicio del placer pul-sional que será legitimado en el caso de los varones y fuertemente conde-nado para las nifias, y una diferencia neta en la localización deí ;·,bjeto del deseo sexual y del reconocimiento narcisista. El varón sólo buscará en la madre-mujer el objeto de la satisfacción pulsional y sed de su pa-dre del que obtendrá la valoración, quien, a su vez, se halla instituido socialmente para otorgarla y para ofrecerse como ideal del Yo; mientras la nifia dirigirá su búsqueda sexual y narcisista sobre el mismo objeto, quien por esta peculiaridad de otorgar tanto el goce como la valoriza-ción no puede dejar de ser erigido, de alguna forma, en su ideal.

Y es en este punto donde se revela el profundo déficit narcisista de organización de la subjetividad de la futura mujer, ya que lo habitual en la nifia es que, en el proceso de identificación a la madre -en tanto objeto rival y supuestamente ideal-, encuentre serios obstáculos para considerarla un modelo a quien parecerse, y en lugar de desear identifi-carse a ella, se desidentifique y localice el ideal en el hombre. De esta manera, concluirá el proceso por el cual la única vía para el restableci-miento del balance narcisista en la mujer es en base a alguna referencia fálica, ubicando al hombre en el objetivo central y único de su vida. Puede rodearlo de la más alta idealización y emprender su «caza», cual-quiera sean sus cualidades; puede, despojándose de la posibilidad de po-seer para sí metas y valores, delegarlos en él, de manera que será la fiel compafiera, la que ayuda a que su «hombre se realice», situándose en ese lugar tan valorizado por nuestras convenciones, de ser «la mujer que está siempre detrás de los grandes hombres»; o ambicionando mayor trascendencia para sí, competirá por poner en acto comportamientos o actividades que desarrollan los hombres, es decir, masculinizará su Ideal del Yo y su Yo; o finalmente puede llegar a instituir como su meta el comportamiento sexual del hombre hacia la mujer, homosexualizando su deseo

Toda suerte de oposiciones caracterizan los destinos de las distintas instancias psíquicas en la mujer. Si busca ser sujeto de su deseo y

satisfa-cer sin represiones su pulsión, aceptando su papel de ser «objeto causa del deseo», se encontrará no sólo con la condena social, sino con el

peli-gro real de la pérdida del objeto, es decir, con un entorno que unánime-mente no valoriza, no legitima como femenina esta disposición. Resulta

(13)

así una oposición entre narcisismo y ejercicio de la sexualidad. Si se afa-na por superar sus tendencias «pasivas» que la mantienen dependiente del objeto -ya sea madre, padre u hombre- y obtener autonomía so-cial e intelectual, se encuentra con que de alguna manera compite con algún hombre, castrándolo. Por tanto, la autonomía, que por otro lado forma parte de los requisitos esenciales de los decálogos de salud men-tal, se opone a la feminidad. La pulsión se opone al narcisismo; la am-pliación del Yo, al Ideal del Yo. ¿Y el Super Yo? Los trabajos de Gilli-gan (1982) - provenientes del campo de la psicología social- sobre la evolución diferencial del juicio moral en los distintos géneros, muestran que, al llegar a la adolescencia, las niñas presentarán una perspectiva moral basada en una ética del cuidado, mientras que en los varones lo que prevalece es la lógica de la justicia. Pero como ambos serán evalua-dos con métoevalua-dos diseñaevalua-dos en base a patrones masculinos -la escala de Kohlberg-, las niñas, aun poseyendo una sólida ética del cuidado y la responsabilidad y una muy avanzada lógica de la elección, serán cla-sificadas como alcanzando un menor nivel de moralidad. Extraña con -dición la del Super Yo femenino, defectuoso, pero centrado en los máxi-mos principios éticos del cuidado y la responsabilidad, inferior al del hombre, pero condenando y legislando rigurosamente cualquier «exce-so» sexual.

Esta dimensión profundamente conflictiva de la feminidad en nues-tra cultura se demuesnues-tra y tiene su máxima expresión en la histeria. La introducción del concepto de género permite comprender más cabal-mente la problemática histérica y no caer en el error de considerarla ba-sada en una supuesta indefinición sexual. Si la histérica¡ produce la fan-tasía de la mujer con pene, no lo hace ni por homosexual ni por transe-xual - o sea, por el deseo de ser hombre-, sino porque, cerrados los caminos de jerarquización de su género, intenta formas vicariantes de narcisización, añadiendo a su feminidad falicismo, masculinidad, un pene fantasmal, o dirigiéndose a un hombre para que le diga quién es. Es posible delimitar dentro del cuadro de la histeria tres subcatego-rías nosológicas: la personalidad infantil-dependiente, la personalidad histérica y el carácter fálico-narcisista, las cuales constituyen una serie psicopatológica cuyo eje es el grado de aceptación o rechazo de los este -reotipos sobre los roles del género vigentes en nuestra cultura. En todas ellas, sin embargo, se manifestará el síntoma histérico (dejando de lado la conversión, cuya filiación exclusiva a la histeria queda seriamente cuestionada), entendiendo por tal el profundo conflicto narcisista que la

relación deseo-placer le provoca. El goce sexual de la mujer, en tanto goce puro, el ejercicio de la sexualidad como testimonio de un ser que desea el placer y lo realiza en forma absoluta - por fuera de cualquier contexto !~gal, moral o convencional- , se constituye en una transgre-sión a una ley de la cultura de similar jerarquía a la ley del incesto. La histeria queda así ubicada en el centro de un conflicto básico de carácter narcisista, que impulsa a la mujer a una suerte de feminismo espontá -neo, pues lo que trata es de equiparar o invertir la valorización de su género, no el comportamiento sexual. Cada vez que se sienta humillada apelará a su única arma en la lucha narcisista, el control de su deseo y su goce, para de esta manera invertir los términos, ella será el amo, asu-mieQdo un deseo de deseo insatisfecho. En su reivindicación no puede dejarde permanecer prisionera de los paradigmas y sistemas de repre-sentación masculina, y su feminismo espontáneo y aberrante se pondrá en juego en el mismo terreno en que ha quedado circunscripta y defini-da, el sexo. Pero, obviamente, la problemática narcisista femenina exce-de este campo, así como lo excede para el hombre, pues también cuando en éste la valorización narcisista se confronta exclusivamente en el área de la sexualidad, surge la histeria. Esta dimensión de la problemática de la mujer, vista desde el narcisismo de su género, ha permanecido y per -manece silenciada para la cultura, el teórico, el terapeuta y para la pro-pia mujer. Cuando accede a cualquier otro terreno se considera que in-vade el territorio masculino, castra al hombre, es masculina. Si deja de

ser femenina en forma convencional -hembra, madre, ama de casa-, no se piensa que busca otras formas de ser en el mundo, sino que imita y compite con el hombre.

¿Es posible intentar hablar de la histeria, de la mujer y de la femini-dad al margen de un discurso sexista? Mucho se ha escrito sobre la mu-jer, sobre su sexualidad, ya que es especialmente en tanto sexo que ocu-pa un lugar en la historia. Gran parte de lo escrito no hace sino repetir

el estereotipo imperante en nuestra cultura. Todo lo que se siga escri-biendo y proclamando sobre ella tiene una feroz incidencia sobre lo que la mujer es. Lacan y su escuela, en el marco de una concepción

lingüísti-ca del psicoanálisis, definen a la histérica ya no como enferma más o menos neurótica, ni más o menos psicótica, ni más o menos infantil, si-no como el sujeto del inconsciente en ejercicio, efecto y producto del lenguaje. La histérica, por primera vez en la historia del conocimiento,

queda reivindicada y equiparada con el hombre, ya que será entendida

en su carácter conflictual de ser-parlante, marcada por el significante, que deja sus huellas de desconocimiento y de carencia en la estructura

(14)

misma que funda y constituye al ser humano en tanto ser-que-habla. La-cari. universaliza, generaliza y redefine en realidad el concepto de histe-ria, ya que si para Freud consistía en el núcleo fundamental de toda neu-rosis, para aquél consiste en el paradigma del sujeto del inconsciente. Por tanto, la histeria desde esta perspectiva queda desvinculada de toda connotación psicopatológica, sexista y valorativa, ya que el sujeto del inconsciente es concebido como pura estructura en el marco de un es-tricto formalismo, ahistórico y transfenoménico. La histeria freudiana, kleiniana, psiquiátrica o la del patrimonio cultural sólo guarda con el sujeto histérico lacaniano una relación de homonimia. Y es esta homo-nimia la que nos resuena sintomal, ¿por qué continuar manteniendo un significante tan cargado de reminiscencias de un saber marcado por la historia, por el prejuicio, por el sexismo? ¿Por qué instituir al falo, co-mo significante del deseo, la fórmula «la mujer no existe», y concebir la demanda de la histérica «¿quién soy yo?» como un enigma al que hay que sostener como tal? ¿En este juego de resonancias imaginarias se está sorteando verdaderamente el discurso sexista o sus marcas penetran aún más hondo, en una suerte de retorno de lo reprimido, del «eterno feme-nino», del «misterio», del «enigma de la mujer», como sutiles hilos invi-sibles que siguen bordando una.trama en la que la relación sujeto-sujeto es inconcebible? ¿Cómo soslayar la cuestión de por qué la dependencia del hombre al significante toma cuerpo privilegiadamente en el cuerpo de la mujer para dar la forma clínica de la histeria? ¿O es que nueva-mente la teoría sobre la mujer se constituye en una suerte de talón de Aquiles de una teorización, que al pretender aplicar rigurosamente los principios de un estructuralismo ahistórico concibe un significante, un lenguaje exclusivamente sobre el modelo fonológico, libre utópicamente de toda sujeción social? ¿O la mujer, además de padecer la discordia in-herente a su carácter genérico de ser-que-habla, si habla mucho, compi-te y es fálica?

El nifio elabora en el curso de su desarrollo psicosexual varias teorías sexuales que paulatinamente va abandonando. Si la primacía del falo se sostiene en su inconsciente es porque el fantasma encuentra un límite a su metamor(osis, algo le hace obstáculo ofreciendo una resistencia in-quebrantable: su aspecto más profundo, lo que los lacanianos llaman la dimensión real del fantasma. Este aspecto de invariabilidad, y al mismo tiempo de organizador de la subjetividad, sorprendentemente no consis-te en complejas y primitivas fantasías de objetos parciales despedaza

-dos, sino en fantasías «tontas», que son las que más le cuestan confesar a los hombres y a las mujeres. El c~rácter primitivo e irreductible está

dado por la convalidación social que tales fantasmas encuentran. Se po-dría hablar de mitos, ya que son estructuras socioafectivas colectivas

con una coherencia y unidad que permiten su análisis. El naturalismo,

las «actitudes maternas» son un ejemplo, remiten a axiomas

incuestio-nables de nuestro universo simbólico, que comienzan a ser no sólo

des-enmascarados sino hasta ridiculizados en la literatura, sustituyéndoselos

por «proposiciones incorregibles» (Mehan-Wood, 1975).

Nuestro trabajo no pretende ser más que una contribución a la línea

teórica que no deja de asombrarse del poder incalculable de la creencia

humana, poder que parece haber aterrorizado al hombre mismo, quien, en lugar de reconocer la marca de su pensamiento productivo en la~

ideas que sostiene sobre sí mismo, ha preferido considerarlas «actitudes

naturales», o sea, ajenas a su dominio. Pero derribado el naturalismo

otros «axiomas incuestionables» se hacen visibles. En la intimidad del

diván una mujer equipara su creatividad a una enorme potencia, a un

«torrente avasallador» frente al cual, sin embargo, tiene reacciones

con-tradictorias de bienestar y angustia. Se le interpreta que ella concibe su

creatividad como equivalente a poseer un pene y a su vez este fantasma

como una usurpación. Usurpación entonces de la mujer al hombre, ya sea la paciente-mujer a su analista-hombre en la transferencia, o la nifia a su padre, o la esposa a su marido, o la mujer identificada a la madre codiciosa de la potencia paterna. Incustionablemente, más allá del colo -rido temático, una acción en contra de un derecho o prerrogativa exclu

-sivamente masculina. El resultado de esta codificación tiene efectos ma -yores: 1) la mujer-paciente, por considerado que sea su analista-hombre

o mujer, no podrá menos que incubar un molesto sentimiento de culpa,

ya que se trata de un robo; 2) el analista incluirá su descubrimiento

co-mo una confirmación más de la teoría que sustenta el mismo enunciado,

proveyendo una evidencia singular que contribuye a su mayor crédito como verdad científica; 3) la teoría convalidará la fantasmática

colecti-va sobre las diferencias inherentes a la dicotomía de los géneros como si fuera una esencia de la estructura del inconsciente, y 4) las mujeres y hombres insertos en este discurso cultural y científico continuarán imaginarizando toda creatividad y potencia de la mujer en áreas no

tra-dicionalmente femeninas -hogar, hijos- como algún tipo de usurpa-·ión fálica.

Que al sexismo es posible rastrearlo en las teorías psicológicas impe

-rantes sobre los sexos, que legitiman su mayor o menor grado de desa-rrollo, su salud o enfermedad, lo muestran las experiencias de Gilligan

(15)

sobre la aplicación de la escala de Kohlberg al estudio del juicio moral en adolescentes de ambos géneros. Incluso no es necesario un trabajo de investigación tan cuidadoso para su reconocimiento, sino la simple reflexión sobre un saber psicoanalítico que en la actualidad ha penetra-do al discurso cultural: un hombre o un padre agresivo es descripto en términos de dominante o autoritario, mientras que en la mujer estas ca -r3cterísticas toman el nombre de fálica o castradora; la indiscriminación y alta frecuencia en las relaciones sexuales se catalogan de promiscuidad en el caso de homosexuales y mujeres, mientras que en el hombre se de-nomina «donjuanismo».

Pero ninguna de estas direcciones será el centro de nuestro análisis, ya que ellas interesan a otros campos -el de la psicología social o el de la historia de la cultura-, sino el estudio psicoanalítico del origen, es-tructuración y formas finales de organización de la feminidad. El géne -ro, tanto femenino como masculino, será entendido a todo lo largo del trabajo como una estructura estrechamente articulada y permanente-mente evaluada y significada por el sistema narcisista del sujeto. Vere-mos que el factor que le otorga mayor especificidad y carácter diferen-cial a los géneros es su distinta valoración narcisista. Dentro de este marco, la feminidad, en algunas de sus formas de organización interme-dia o final, puede erigirse en un trastorno narcisista, y será desde esta perspectiva desde donde nos proponemos explicar la predisposición de la mujer a la histeria. El sexismo, es decir, la desigualdad en la aprecia-ción de los géneros, es una de las tantas expresiones de uno de los con -flictos más hondos del ser humano, su tendencia al avasallamiento del semejante. La mujer no se halla exenta de este mal, pero en la confron-tación con el hombre sólo ha podido, o sabido, ser amo en forma sinto-mal. La solución encontrada, la histeria, no es más que una salida abe-rrante, un grito desesperado de la mujer acorralada en tanto género fe-menino. La histeria no es sino el síntoma de la estructura conflictual de la feminidad en nuestra cultura.

PARTE PRIMERA

LA FEMINIDAD

(16)

CAPITULO 1

GENERO Y SEXO: SU DIFERENCIACION

Y LUGAR EN EL COMPLEJO DE EDIPO

Sexo y género son términos que hasta hace una década se recubrían

uno a otro de una manera inextricable. Es así que, en el diccionario, gé-nero es simplemente un sinónimo de sexo (Webster, 1966), y se pueden encontrar definiciones tales como: «Por sexo se entiende el género (ma-cho o hembra) con el que nace el niño» (Rosenberg, Sutton-Smith,

1972). La Real Academia Española (1970) y el Petit Robert (1972) sólo conciben al género, en su relación con la diferenciación sexual en

térmi-nos exclusivamente gramaticales: «la pertenencia al sexo masculino o

fe-menino o a cosas neutras», es decir, una palabra femenina remite a otra

palabra femenina, esté o no implicado el sexo. En cambio sexo contiene la diversidad de significaciones corrientes: «conformación particular que distingue al hombre de la mujer, asignándole un rol determinado en la generación que le confiere ciertas características distintivas»;

«cua-lidad de hombre y de mujer»; «el sexo fuerte y el sexo débil»; «el segun-do sexo»; «el bello sexo»; «partes sexuales»; «órganos genitales exter-nos». Podemos observar que cuando el género es distinguido como un concepto unitario no da cuenta ni de fenómenos humanos ni sociales, y que sexo no sólo incluye las peculiaridades anatómicas, sino que de tal anatomía parece surgir todo el universo de significaciones simbólicas que rigen las teorías vigentes sobre el sexo y el género en nuestra cultura. Esta falta de precisión no sólo abarca el mundo lego, sino también el campo científico, ya que el fenómeno que designa al sujeto que con una determinada anatomía adopta conductas propias del otro sexo, recibe

n inglés una doble denominación, tanto se lo describe en términos de

«Cross-gender behaviorn, como «sex-role-deviation».

Sin embargo, la teoría psicoanalítica no sólo estaba madura para la neta demarcación entre sexo y género (Stoller, 1968; Abelin, 1980;

(17)

introducción- para superar el nivel de conocimiento lego del dicciona-rio que imperaba en su seno. Pudo de este modo hacer uso de las recien-tes investigaciones en el campo médico (Money, J., Hampson, J. G., y J. L., 1955, 1957; Money, J., y Ehrhardt, A., 1972) y psicológico (Bem, 1981) que cuestionan tal continuidad y arribar a una clara diferencia-ción entre sexo y género. Bajo el sustantivo género se agrupan todos los aspectos psicológicos, sociales y culturales de la feminidad/masculini-dad, reservándose sexo para los componentes biológicos, anatómicos y para designar el intercambio sexual en sí mismo.

El clivaje efectuado en el seno de los conceptos reduce el papel de lo instintivo, de lo heredado, de lo biológicamente determinado, en fa-vor del carácter significante que las marcas de la anatomía sexual ad-quieren para el hombre a través de las creencias de nuestra cultura. Ca-mino señalado por Freud, al poner de relieve el papel de la fantasía en la sexualidad humana en el ejemplo paradigmático del fetichismo, re-cientemente continuado por la escuela francesa, al considerar el género como ubicado por encima de la barra en la elipse saussuriana, en el lu-gar reservado al significante, y el sexo por debajo, en alguna parte como significado (Mannoni, 1973). El contraste entre la «varonidad» y «hem-bridad» (sexo biológico) y la «masculinidad» y «feminidad» (género) han permitido profundizar y refinar las discusiones sobre el tema (Kat-chadourian, 1983). El estudio de las perversiones sexuales ha proporcio-nado en la historia del conocimiento sobre la sexualidad una vía re-gia para su comprensión, y gran parte de los hallazgos que marcan la oposición entre los destinos del género y del sexo provienen de aquel ámbito.

El género es una categoría compleja y múltiplemente articulada que comprende: 1) la atribución, asignación o rotulación del género; 2) la identidad del género, que a su vez se subdivide en el núcleo de la identi-dad y la identiidenti-dad propiamente dicha, y 3) el rol del género.

ATRIBUCION DEL GENERO

La rotulación que médicos y familiares realizan del recién nacido se convierte en el primer criterio de identificación de un sujeto y determi-nará el núcleo de su identidad de género. A partir de ese momento, la

familia entera del niño se ubicará con respecto a este dato, y será emiso-ra de un discurso cultural que reflejará los estereotipos de la masculini-dad/feminidad que cada uno de ellos sustenta para la crianza adecuada de ese cuerpo identificado. Existen casos en que se cometen errores en la atribución inicial del género y posteriormente es necesario corregirlos. Casi todos los intentos de esta clase que se han realizado después de los tres años del nacimiento han fracasado, reteniendo el sujeto su identi-dad de género inicial o convirtiéndose en alguien extremadamente con-fuso y ambivalente. Por ejemplo, niños que nacen con un síndrome adrenogenital, con sexo genético, hormonal y anatómico femenino nor-mal, pero que, por causa de la afección sus órganos sexuales externos se han masculinizado, si han sido designados como nenas al nacer, a los cinco años inequívocamente son niñas, mientras que si han sido rotula-dos varones, son varones. Estas constataciones permiten suponer que lo que ha determinado su comportamiento de género no es el sexo biológi-co, sino sus experiencias vividas desde el nacimiento, comenzando por la asignación del sexo (Stoller, 1968).

NUCLEO DE LA IDENTIDAD DE GENERO

«Conociendo desde el principio de su vida a su madre y a su padre aceptan su existencia como una realidad que no precisa de investiga-ción alguna.» (Freud S. Teorías sexuales infantiles. St. Ed., Vol. IX, pág. 212).

Es el esquema ideo-afectivo más primitivo, consciente e inconsciente de la pertenencia a un sexo y no al otro. Si bien todos los autores acuer-dan sobre la confluencia de factores biológicos y psicológicos para la constitución de la identidad del género, es posible trazar una clara de-marcación entre aquellos que dan más fuerza a lo biológico-anatómico (Greenacre, 1953; Roiphe y Galenson, 1981; Tyson, 1982) y los que cuestionan el poderío de estos factores (Money y Ehrhardt, 1972; Sto-ller, 1968-75; Kessler y McKenna, 1978), al considerar al sexo -en tanto cuerpo anatómico-un estímulo social, entendiendo por esto los efectos que la rotulación del sexo del bebé ejerce en el despliegue de las conduc-l11s maternas y paternas -las fuerzas más poderosas que se conocen-•n el modelaje de los comportamientos y juicios que el niño

(18)

desarro-liará

*.

Estudios recientes muestran cómo la mayoría de las conductas humanas se hallan clasificadas según un criterio ·dicotómico de los se-xos, dimensión social de tal división que es ignorada a lo largo del pro-ceso de crianza de un niño (Barry, Bacon y Child, 1957; Maccoby y Jacklin, 1974). Stoller (1968) sostiene que por el sentimiento «soy nena» o «soy varón» se debe entender el núcleo de conciencia, la autopercep-ción de su identidad genérica, núcleo esencialmente inalterable que .debe distinguirse de la creencia que se relaciona pero es diferente, a saber «soy viril» o «soy femenina». Esta última creencia corresponde a un de-sarrollo más sutil y más complicado, que no se consolida hasta que el niño/a comprende acabadamente de qué mahera sus padres desean ver-lo/a expresar su masculinidad/feminidad, es decir, cómo debe compor-· tarse para corresponder con la idea que ellos tienen de lo que es un niño o una niña. En el caso del varón, por ejemplo, podrá tener alguna idea de qué significa ser mujer, y hasta fantasías tales como «me gustaría te-ner un bebé» o «tete-ner tetas», el tipo de deseos que constituyen una parte de la así llamada «homosexualidad latente» que se reencuentra en mu-chas culturas. Pero el conocimiento «yo soy varón» como definición de sí, comienza a desarrollarse mucho más temprano que los sentimientos «yo soy masculino» o que las perturbaciones de la identidad del género como «yo soy femenino, soy como una mujer». Actitudes de este orden recubren un núcleo previo de la identidad del género. El transvestismo es un ejemplo claro: un hombre que tiene la ilusión de ser femenino cuando se viste con ropas de mujer, tiene simultáneamente clara con-ciencia de ser hombre. Los dos aspectos de la identidad de género le son esenciales para la perversión, el más reciente «ahora soy femenina», y el núcleo arcaico «soy un hombre».

Desde el nacimiento en adelante la niña/ o va teniendo percepciones sensoriales de sus órganos genitales, fuente biológica de su futura identi-dad de género. Existen numerosos trabajos -especialmente aquellos autores que sostienen la existencia de una feminidad primaria- que han estudiado las manifestaciones precoces de la genitalidad, del descubri-miento y manipuleo que hace el lactante varón o niña de sus genitales aún durante el primer año de vida. Pero es a partir de este punto cuando comienza a acentuarse la divergencia en los planteamientos, pues para

• La obra de Lacan ha contribuido también a esta demarcación al considerar el sexo cómo un significante, pero su énfasis en la supremacía del mismo, en su valor sólo posicio-nal en la cadena lingüística apartan sus teorizaciones del estudio del género como un siste-ma fijo de relaciones, es decir, como un código cultural.

algunos la primera y fundamental experiencia que establecerá el núcleo de la identidad de género será el descubrimiento de los genitales: el pene en el varón y su ausencia en la nena, y el mayor índice conducta! de que tal núcleo de la identidad se halla firmemente establecido lo constituirá la aparición de la ansiedad de castración.

El papel que desempeña el otro en el descubrimiento y establecimien-to precoz de la erogeneidad genital se presta también a algunas precisio-nes. Para algunos -siguiendo a Freud-, la madre es el primer agente seductor, al realizar los cuidados corporales erotiza la zona y favorece tanto el descubrimiento de los genitales como su integración al esquema del Yo corporal incipiente (Greenacre, 1953; Spitz, 1962; Kleeman, 1965; Francis y Marcus, 1975; Roiphe y Galenson, 1981). Para otros es necesario que a esta facilitación, que se establece por el contacto físico, se le sume la confirmación parental, término arbitrario, utilizado para designar todo lo que expresan los padres a un niño/a concerniente a su sexo y a su género (Stoller, 1968; Kessler y McKenna, 1978). Esta con-cepción atribuye mayor valor al poder de la creencia, del fantasma, del deseo, como moldeadores del nucleo del género, que a la asunción que puede hacer el niño de por sí, en base a sensaciones corporales, de su pertenencia a un sexo anatómico.

La percepción de la excitación genital y la masturbación se incre-mentan durante el segundo año de vida. Durante la etapa del control de esfínteres es cuando, en un contexto de confrontación de la función uri-naria de los genitales y del apogeo del erotismo uretral, la inscripción de pertenencia a un género queda más firmemente establecida (Klee-man, 1965; Roiphe y Galenson, 1968). Por tanto, el sentimiento de tener un núcleo de la identidad del género proviene para los distintos autores de diversas fuentes: 1) de la percepción despertada naturalmente por la anatomía y fisiología de los órganos genitales; 2) de la actitud de padres, hermanos y de los pares en relación al género del niño, y 3) de una fuerza biológica cuyo poder para modificar la acción del medio es relativo.

Stoller puntualiza que no es fácil estudiar la precisa y determinada Importancia de cada uno de estos factores en los sujetos normales, ya que no se puede aislar un factor de otro. Sin embargo, algunos raros ejemplos le permiten interrogarse más de cerca sobre estas cuestiones, como en el caso de dos varones nacidos sin pene que parecen haber cre-cido sin dudas ni vacilaciones sobre su núcleo de identidad masculina

(19)

(Nota 1). Estos dos casos muestran, por una parte, que el sentimiento de ser varón está presente y es permanente, y, por otra, que el pene no es esencial para ese sentimiento, pues desde el nacimiento los factores psicológicos fueron suficientes para el desarrollo de una conciencia cre-ciente de su masculinidad. Consiste primero en el sentimiento de nencia a una categoría, en base a que no todos los seres humanos perte-necen a la misma, es decir, que existen diferencias. Más tarde, se descu-bre que no todos poseen las insignias esenciales de su propio género -la particularidad de sus órganos externos-, en ese momento queda sellada su identidad.

1

Normalmente, los órganos genitales externos indican al individuo y a la sociedad que se es hombre o mujer, pero, como hemos adelantado, no son esenciales para producir el .sentimiento de pertenencia a un géne-ro. Este énfasis, tan marcado a favor del poderío de la creencia del otro humano en la determinación del núcleo del género, no es en Stoller pro-ducto de la especulación, sino de precisas observaciones de un buen nú-mero de casos, ochenta y tres hermafroditas, transvestistas y homose-xuales, que al decir de este autor constituyen una suerte de «experimen-tos naturales» que hacen vacilar nuestras ideas sobre la masculinidad y feminidad en sus mismos cimientos. 1) Transexuales hombres desarro-llan el convencimiento de ser mujeres a pesar de su anatomía masculina, convicción que los impulsa a buscar los medios quirúrgicos necesarios para corregir lo que consideran un «error de la naturaleza»; 2) interse-xuales cuya identidad de género es definida, no hermafrodita: adoles-centes a quienes se les descubre sobre el plano cromosómico un XO, con un desarrollo anátomo-fisiológico neutro y sin embargo poseen un pro-fundo e inconmovible sentimiento de ser mujer, pues así fueron criados; 3) identidad hermafrodita en hermafroditas: cuando son enfrentados con la posibilidad de asunción de un solo sexo, resultan exitosos sólo aquellos casos cuya identidad de género no ha sido aún establecida, pues una vez estructurada parece imposible de modificar.

A partir de estas observaciones, Stoller sostiene una serie de propo-siciones que modificar. sustancialmente el punto de vista tradicional: 1) los aspectos de la sexualidad que caen bajo el dominio del género son esencialmente determinados por la cultura. Este proceso de inscripción psíquica comienza desde el nacimiento y formaría parte de la estructura-ción del Yo. La madre es el agente cultural, y a través de su discurso el sistema de significaciones será trasmitido, más tarde, padre, familia y grupos sociales contribuirán a este proceso. 2) El rol de las fuerzas

bio-lógicas sería el de reforzar o perturbar la identidad de género estructura-da por el intercambio humano. 3) La identificación en tanto operación psíquica daría cuenta de la organización de la identidad de género. 4) El núcleo de la identidad de género se establece antes de la etapa fáli-ca, lo que no quiere decir que la angustia de castración o la envidia al pene no intervengan en la identidad del género, sino que lo hacen una vez estructurada tal identidad. 5) La identidad de género se inicia con el nacimiento, pero en el curso del desarrollo la identidad de género se complejiza, de suerte que un sujeto varón puede no sólo experienciarse hombre, sino masculino, u hombre afeminado, u hombre que se imagi-na mujer.

ROL DEL GENERO

Rol es un concepto proveniente de la sociología, se refiere al conjun-to de prescripciones y proscripciones para una conducta dada, las expec-tativas acerca de cuáles son los comportamientos apropiados para una persona que sostiene una posición particular dentro de un contexto da-do. El rol del género es el conjunto de expectativas acerca de los com-portamientos sociales apropiados para las personas que poseen un sexo determinado. Es la estructura social la que prescribe la serie de funcio-nes para el hombre y la mujer como propias o «naturales» de sus respec-tivos géneros. En cada cultura, en sus distintos estratos, se halla rígida-mente pautado qué se espera de la feminidad o de la masculinidad de una niña/o. La tipificación del ideal masculino o femenino es anónima, abstracta, pero férreamente adjudicada y normativizada hasta el este-reotipo, aunque en el desarrollo individual, el futuro hombre o mujer haga una asunción y elección personal dentro del conjunto de valores para su género. Es decir, que al sujeto se le asigna un rol del género, que él podrá eventualmente asumir o rechazar. Tanto rol como estereo -tipo son categorías que encierran un alto grado de valoración, de juicios en sí mismos. Se trata de aprobaciones o proscripciones, definiéndose estereotipo como el conjunto de presupuestos fijados de antemano acer-ca de las características positivas o negativas de los comportamientos su-puestamente manifestados por los miembros de una clase dada. El este-reotipo del rol femenino en nuestra sociedad sanciona como pertinentes al género -es decir, como características positivas- una serie de con-ductas que, al mismo tiempo, poseen una baja estimación social

(20)

(pasivi-dad, temor, dependencia). Ahora bien, estos estereotipos están tan

hon-damente arraigados, que son considerados como la expresión de los

fun-damentos biológicos del género. A tal punto llega tal creencia -elevada

a la categoría de dato objetivo-, que una de las definiciones de hombre

del Webster es: «aquel que posee un alto grado de fuerza, coraje y

va-lor» (1966, pág. 1373). Porque el género está adscripto al rol, estas

ex-pectativas de rol son concebidas como la más pura expresión de las

fuentes biológicas del género.

El movimiento feminista se ha encargado de reivindicar el carácter

«sexista» de las atribuciones de roles y estereotipos del género, que ha

efectuado la estructura social a lo largo de la historia; sin embargo, las

conquistas conseguidas no se sitúan tanto en variaciones sobre el

este-reotipo -se sigue esperando que una nifia sea dulce y buena, se case y

forma una familia-, sino sobre las sanciones, ya que las desviaciones

de este modelo confrontan una mayor indulgencia social. Las teorías

so-bre el desarrollo del rol del género varían en el énfasis otorgado a los

factores biológicos o culturales. El poder de la creencia colectiva es tan

ilimitado, que ha sellado con las marcas de lo biológicamente

determi-nado no sólo el rol del género, sino su carácter dicotómico. Se asume,

desde los albores de la historia de la ciencia, que la dicotomía del rol

es la natural expresión de la naturaleza dicotómica del género. Esta tesis viene siendo crecientemente reexaminada (Kessler y McKenna, 1978;

Chodorow, 1978; Bem, 1981), pero la base del cuestionamiento de la

existencia de roles dicotómicos no replantea la existencia de dos

géne-ros. Coincidimos con Chodorow (1978) en que la naturaleza dicotómica

del género se convierte en problemática sólo por los criterios

dicotómi-cos y desiguales que se ejercen en la atribución .de los roles del género.

A través de la observación, los nifios incorporan las conductas

perte-necientes al padre y a la madre, aprendizaje que se realiza sin necesidad

de un reforzamiento directo, porque los padres constituyen, por su

con-dición de tales, objetos idealizados a los que se desea imitar, y además tienen el control sobre el otorgamiento del amor y del reconocimiento

como recompensa (Mischel, 1966, 1970; Kessler y McKenna, 1978). Por

ejemplo, viendo a la mamá ponerse rouge en los labios o perfume y

ob-servando al papá elogiándola porque está bonita, ambos, varones y

ni-fias, aprenden a vestirse. Cuando los nifios lleven a cabo las conductas

aprendidas en ese punto, entonces sí serán diferencialmente reforzados:

a la nifia se la reconocerá por su gracia, mientras el varón será

desapro-bado instruyéndolo acerca de los peligros que acarrea la transgresión de

esta pauta social. Durante el segundo, tercero y aun cuarto afio de vida,

y esto depende de las peculiaridades de su socialización, presencia de

hermanos, etc., los nifios establecen las diferencias de género, por

ras-gos exteriores y secundarios que son en orden de frecuencia: largo del

pelo, vestido, ta1J1afio y forma corporal, según cuál de estos atributos

sea destacado por el discurso materno para establecer la rotulación. Una

nifia de dos afios y un mes, ve un bebé en una cuna y pregunta si es nena

o varón, a lo que la madre responde: «Es una linda nifiita, mira los

zar-cillos en sus orejas». El nifio aprende a discriminar las rotulaciones de

género que corresponden a los comportamientos aprobados, y también

aprende a emplear tal etiquetación para sí mismo/a, y su proceso será

reforzado o desaprobado por sus padres. En esto consiste el proceso

temprano de identificación a su género. Se podría apelar a la represión

como factor de encubrimiento o a una vaguedad conceptual del nifio,

y sostener que, en realidad; ya «saben» sobre las diferencias

anatómi-cas. Sin embargo nos inclinaríamos a pensar que no es así, los nifios que

han sido instruidos por sus padres a diferenciar los géneros por medio

de los significantes lingüísticos anatómicos -nifios que cuando

comien-zan a hablar, repiten de acuerdo a la versión dada por los padres, «los

varones tiene pipí y las nenas un hueco o vagina»-, lo hacen sin pudor

ni curiosidad por seguir averiguando más, lo que revela que se trata de

una rotulación Como cualquier otra y, que sólo incentivarán la

curiosi-dad cuando se le agregue a este conocimiento la plena significación

se-xual de los genitales. El adultomorfismo y el estructuralismo a-histórico

imperante en el psicoanálisis de nifios ha conducido a un olvido de lo

progresivo de la construcción de las estructuras psíquicas, subrayando

el efecto apres-coup de reordenamiento y resignificación del pasado

co-mo método casi exclusivo de la estructuración de la psique. La

resignifi-cación puede consistir en una transformación, en una inversión, aun en

una desestructuración, pero siempre operará sobre una significación ya

constituida y de fórma gradual y progresiva. Tan necesario es conocer

los momentos reestructurantes como los procesos de organización.

Desde el ámbito psicoanalítico, no sólo Stoller sostiene que la

mar-cación del género del cuerpo precede a la sexualización del mismo, los

trabajos de Abelin (1975-1980) sobre el rol del padre en la triangulación

temprana también lo conducen a tal afirmación. Edgcumbe y Burgner

( 1975), psicoanalistas de nifios, a través del estudio de nifios en la escue~

la maternal y del material clínico de nifios en la fase anal, afirman que

durante este período, el nifio a pesar de estar iriteresado en las diferen-cias anatómicas, no parece considerar « ... su.pene como una

Figure

Actualización...

Referencias

Actualización...

Related subjects :