ROMANO
PENNA
EL ADN
ROMANO PENNA
EL ADN DEL CRISTIANISMO.
La Identidad cristiana en estado naciente
Su novedad fue causa de estupor
(kai xenismòn pareichen he kainótes autou)
Ignacio de Antioquia, A los Efesios 19,2
(Las citas bíblicas se han tomado de la Biblia de Jerusalén Latinoamericana, autorizada por la Conferencia Episcopal de Colombia 1 de diciembre 2000)
PREFACIO Un día, cuando le preguntaron a Albert Einstein una declaración sobre un escrito suyo que acababa de publicar, él respondió con picardía: “Lo que tengo para decir sobre este libro, puede encontrarse dentro del mismo libro”. La misma cosa puede decirse para toda publicación, incluida la presente. Pero a propósito de las páginas que siguen, se puede precisar de inmediato que su género es intermedio entre las engreídas Teologías del Nuevo Testamento destinadas al ámbito académico y aquellas más cautivadoras producciones ensayísticas amasadas fijando la atención a la actualidad. Y es como decir que nuestras páginas miran, sí, atrás, a los lejanos orígenes del cristianismo, pero con un interés enteramente distinto del interés sobre el pasado que puede tener un arqueólogo, teniendo en la mira resueltamente la sensibilidad cultural de hoy. El autor se mueve compartiendo sin reticencias la fe cristiana, pero con actitud crítica y abierta, con el tono de quien descubre su frescura y la propone con simplicidad. En el fondo hay una simpatía hacia ambos momentos, del pasado y del presente, de modo que al respecto puede hablarse tranquilamente de “novedad antigua”: un modo de hablar que expresa muy bien la paradójica combinación entre la originalidad inicial y su perdurar en el tiempo.
En efecto, cuando se habla de cristianismo siempre hay una pregunta latente e intrigante que ya Dostoyevski se planteaba en Los Hermanos Karamazov con la Leyenda del Gran Inquisidor; si Jesús volviera hoy, después de dos mil años, ¿se reconocería aún en los que sostienen que son los fieles guardianes de su persona y de su mensaje? ¿Qué diría de la iglesia o de las iglesias que, que aun peleándose entre ellas, pretenden sin embargo tener su exclusividad? Y a su vez, ¿qué diría de ciertas relecturas laicas que también se arrogan el mérito de haber redescubierto su verdadera identidad bajo los pretendidos dogmatismos eclesiásticos?
Lo importante es interrogar a los primeros escritos cristianos, los más antiguos, donde está depositada en estado naciente, y por lo tanto más genuino, la conciencia auténtica que el cristianismo tiene de sí mismo. Como afirmaba el buen viejo Platón en el Fedón …
tratándose de tales argumentos sólo se puede hacer una de estas tres cosas, o aprender de otros dónde se encuentra la solución, o encontrarla solos, o, si esto no es posible, acoger de entre los razonamientos humanos aquel que sea el mejor y menos refutable, y, dejándose llevar por éste como sobre una balsa, atravesar así, bajo la propia responsabilidad, el mar de la vida: salvo que uno no esté en capacidad de hacer el trayecto con mayor seguridad y menos riesgo sobre una sólida barca confiándose a una revelación divina.
Pero creo que en los textos del Nuevo Testamento se debe confiar no sólo por un motivo teológico apriorístico, sino sobre todo por el hecho de que ellos son incontestablemente los documentos primitivos, los más arcaicos, precisamente donde se puede captar en el nacimiento mismo, el ADN del fenómeno cristiano.
No puede negarse que en los siglos siguientes, sobre la base de una indudable fidelidad de fondo, se fueron sobreponiendo e incrustando sobre el rostro originario del cristianismo muchas superestructuras, en parte recalcando indebidamente la mano sobre algunos de sus rasgos, quizás secundarios, en parte decolorando otros más importantes, en parte quizás introduciéndole subrepticiamente algunos nuevos. El resultado es que, como cualquier obra de arte que sufre el desgaste del tiempo, se necesita siempre una restauración, si bien ésta no deja de ser de cuidado.
No es que este libro presuma de ofrecer la identidad cristiana perfectamente restaurada. Pero en un tiempo en que, por una parte se lamenta que los llamados valores morales parecen decolorarse, y, por otra, retorna a la escena imperiosamente la necesidad de lo sagrado, quizás sea provechoso darse cuenta de que el cristianismo, en el fondo, no puede identificarse ni con un sistema moral ni con una estructura sacral. Si alguien pensara que, dejados en un segundo plano la ética y lo sagrado, el cristianismo se convertiría en algo evanescente, inasible y hasta improductivo, entonces querría decir que no ha entendido todavía qué significa propiamente el ser cristiano.
En efecto, el Evangelio pretende situarse más allá de estas dimensiones, en términos realmente originales, aunque aparentemente utópicos. Pero la utopía es el motor necesario para el avance del hombre en la historia. Por lo demás, está probado sociológicamente que, donde la fe se debilita, paralelamente adquiere fuerza su falsificación, que es la superstición, a veces la religión misma. Pero de las imitaciones sabemos deshacernos, vengan de donde vinieren, así como en cuestión de precios no hay comparación entre un original de Van Gogh y uno falsificado o entre la marca famosa de un traje y una imitación del mismo.
Se comprende que el deseo de lo “religioso”, innato en el hombre, es decir su apertura al infinito, por lo menos en el sentido de su no resignación con el límite de lo existente, se puede expresar en formas realmente múltiples, llegando hasta una religión “a la propia medida”. Y de allí sólo hay un paso al sincretismo, al neopaganismo, al neo-gnosticismo, a la búsqueda de las religiones orientales, como es fácil constatar hoy. Cuando sucede esto, los países y culturas de tradición cristiana (me parece que en otras culturas esto no sucede por motivo de sofocantes preclusiones de principio), sale a la luz una evidente insatisfacción respecto al cristianismo. La razón por la cual se va en busca de otras doctrinas, a otros maestros, es el anhelo de satisfacer una necesidad indudablemente profunda e insatisfecha de espiritualidad. Sin embargo, como escribía a principios del „900 el gran estudioso Adolf von Harnack, “todo lo que se puede pensar como religión lo posee y lo es el cristianismo”.. Pero entonces ¿no será quizás porque no se ha entendido qué es propiamente el cristianismo? Y entonces, ¿de qué o de quién dependerá esta incomprensión? Fuera de innegables responsabilidades eclesiales, ¿no provendrá esto quizás también y más sencillamente del hecho de que el llamado hombre occidental es por su naturaleza más abierto a la experimentación, a la diversidad, a querer darse cuenta de cuanto ve, se trate de la hierba o del vecino? En tal caso entonces el hecho respondería solamente a una exigencia típica del cristianismo mismo, cuya marca, no es precisamente el temor, sino la audacia y la adaptabilidad, como se expresó un día Pablo de Tarso desde su primera carta: “Probadlo todo y quedaos con lo que es bello”!.
Para hacer esto, me parece, hay que adherir firmemente a un sólido punto de vista, como sucede en el deporte extremo del bungee jumping, en que desde una altura considerable se lanza uno al vacío con la seguridad de no estrellarse contra el suelo por estar sostenido de una malla plenamente confiable, o simplemente como sucede a una cometa, que vuela libremente en el cielo siempre que esté bien sostenida en el otro extremo de la cuerda, así sea por un niño. Este agarradero seguro, para el autor de las páginas que siguen, no es otro que Jesucristo. Alguien dirá que no hay necesidad de él, porque el agarre está ya constituido por nuestra simple razón. Pero si un escritor atormentado como Dostoyevski de los Demonios llegó a escribir que “si me demostrasen matemáticamente que la verdad está fuera de Cristo, preferiría permanecer con Cristo más bien que con la verdad”, quiere decir cuando menos, que entre la atracción fría de la verdad o de la razón y una persona concreta, viviente y amante, esta última es la que hace posible la relación y en definitiva, la vida. En efecto, no obstante
que otros pongan la esencia del cristianismo en actores que no son ni centrales ni originales (como la paternidad universal de Dios o la inmortalidad del alma), su esencia no está en otro sino en Cristo en persona y en el adherir de todos modos a él, donde lo importante no es si se es santo o pecador.
Si las páginas que siguen bastaran por lo menos para hacer entrever esta conciencia, aunque no alcanzaran a hacerla compartir, valdría ya la pena haberlas escrito.
Roma, Pascua de 2003
I. EL PISO SÓLIDO DE LA HISTORIA
Un buen día entre la primavera y el verano del año 34, hallándose en su villa de Capri, el emperador Tiberio vino a saber un hecho extraño acerca del cual quiso informarse personal y directamente por boca del interesado. Había sucedido que un marinero de origen egipcio, embarcado en una nave de carga que también se empleaba para llevar pasajeros, y en aquel momento se encontraba en el mar Jónico no lejos de Corfù, inesperadamente al anochecer oyó una voz que repetidamente lo llamaba por su nombre, Thamos, aunque él era desconocido para muchos de aquellos que iban a bordo con él. La voz sorprendentemente le decía: “Anuncia que el Gran Pan ha muerto!”. Todos en la nave la oyeron. Pensaron que podía tratarse de una burda chanza del viento o del rumor de las olas; pero el viento había cesado y el mar estaba en suma calma. Al llegar un poco adelante con la nave, el marinero obedeció al encargo y, vuelto hacia la islita siguiente, repitió las palabras como las había escuchado: “El Gran Pan ha muerto!”. Esta vez su voz fue acompañada en el aire por un misterioso coro de lamentaciones y de sonidos maravillosos.1
Pan era el dios hirsuto, satiresco, de cuernos y pies de cabra, asociado a rebaños y vacadas, que vagaba libre y sin reglas por las soledades salvajes, soplando en una caña de la que sacaba sonidos modulados. Representaba el misterio inquietante de la naturaleza y quizás era la más pagana de las divinidades griegas, tanto que sus facciones servirían más tarde a la iconografía cristiana para representar al demonio. Quizás por esto hubo quien quisiera deducir del hecho narrado una premonición del final inminente del paganismo.2 Pocos años antes en Judea había muerto crucificado un galileo de Nazaret llamado Jesús, de quien entre muchas otras, se transmitían estas palabras: “Si arrojo los demonios con el dedo de Dios, entonces ha llegado a ustedes el reino de Dios” (Lucas 11,20; Mateo 22,28).
No es que se deba creer el hecho como histórico, pero ciertamente es histórico el cuadro a que hace referencia. En efecto, Plutarco, quien lo narra hacia fines del siglo I, lo inserta en una discusión sobre la ausencia de los oráculos en la religión de la sociedad greco-romana de su tiempo, y entre los personajes por él puestos en escena hay quien sostiene la tesis según la cual la causa de los pronunciamientos oraculares, como los de la célebre Pitonisa de Delfos, no eran los dioses inmortales del Olimpo sino sólo algunos semi-dioses (daimones) sujetos a la maldad y a la muerte. Sobresale aquí la idea de que la religión tradicional ya estaba en crisis; en efecto, mucho antes de que el poeta satírico Juvenal a comienzos del siglo II, registrara el hecho de que en Caronte, (el transportador de los muertos) y en los reinos subterráneos de los difuntos “no creen ni
1
La narración nos fue transmitida por Plutarco, La falta de oráculos 17 (=Moralia 419B-D).)
2
Así ya el filósofo-literato iluminista B. Le Bovier de Fontenelle en su Histoire des oracles de 1687. De un género enteramente distinto era la sorprendente interpretación cristiana que en 1500 dio de él el burlesco escritor francés Rabelais en su Gargantúa y Plantagruel, que refiere el hecho a Jesús y a su muerte: “Él con buena razón puede ser llamado Pan en lengua griega, dado que él es nuestro Todo, y todo lo que nosotros somos, lo que vivimos, lo que tenemos, lo que esperamos, es él, en él, de él, por medio de él. Él es el buen Pan, el gran pastor… a cuya muerte hubo llantos, suspiros, gritos de terror y lamentos en toda la gran máquina del Universo, cielos, tierra, mar, infiernos. Y esta mi interpretación encuentra concordancia de fechas, porque aquel nuestro óptimo y grandísimo Pan, nuestro único Salvador, murió en Jerusalén, reinando en Roma Tiberio César” (Gargantúa e Plantagruel IV, 28; Einaudi, Torino 1993, p.596). Esta original interpretación ya tenía un precedente en Eusebio de Cesarea, La preparación
evangélica V,9. Más recientemente en cambio hay quien ha querido ver en el marinero Thamos un
símbolo del Mesías como antagonista de Tiberio: G. Baudy, Das Evangelium des Thamus und der Tod
des “grossen Pan”. Ein Zeugnis Romfeindlicher Apokalyptik aus der zeit des Kaisers Tiberiius, en
siquiera los niños”, ya en el siglo anterior la era cristiana el eruditísimo romano Varrón expresaba el temor de que los dioses pudieran perecer “no por un ataque desde el exterior sino por la indiferencia de los ciudadanos”. Es en el ámbito de esta crisis donde de hecho se inscribe el naciente cristianismo, el cual por su parte contribuyó lenta pero inexorablemente a hacerlo explotar. Así, hacia el año 112, Plinio el Joven podía escribir al emperador Trajano que, como gobernador de aquella provincia, sus intervenciones contra los cristianos de la Bitinia, en la actual Turquía noroccidental, habían producido el efecto de restaurar la frecuentación a los templos “ya casi desiertos” y la reanudación de las ceremonias rituales “interrumpidas desde tiempo atrás”.
1. La importancia de la historia
Los nombres que hemos encontrado hasta ahora, de Tiberio a Trajano, nos hacen encontrarnos inevitablemente con personajes, lugares, fechas y hechos que son bien conocidos de todos los historiadores de la antigüedad, además de todos los estudiantes de escuela media. Asimismo el nombre de Jesús de Nazaret, aunque no es el de un gobernante, ni de un general, ni de un filósofo o literato, pertenece a la normal serie histórica de los personajes descollantes de la época; y también hace parte de una infinita de otros nombres como los del procurador imperial Pilatos, de la fatal Salomé y del bandido Barrabás, del pescador Simón de Betsaida, del ex fariseo Pablo de Tarso, del procónsul Galión, gobernador de la Acaya y hermano de Séneca.
En este punto ya se ha entendido que el cristianismo da a la historia una importancia decisiva. Y esto es verdadero por varios títulos: ésta confiere a sus orígenes un peso de realidad documentable y por tanto controlable, permite encajar los personajes y los acontecimientos a ellos ligados en el común contexto de nuestra vida en este mundo, y sobre todo entra plenamente a hacer parte de la misma concepción cristiana de la relación que se da entre el hombre y Dios y por tanto connota la idea misma de salvación. Tal relación en efecto no está fundada en el simple contacto con la naturaleza ni sobre contemplaciones místicas sujetivas, sino que está marcada por la mediación de los acontecimientos históricos, es decir, nada menos que por el hombre. Algo análogo vale también para las otras religiones monoteístas, el Judaísmo y el Islam; pero para el cristianismo el valor de la historia es todavía mayor porque afirma que Dios mismo en persona se ha hecho visible y ha hablado a los hombres en la figura de un hombre muy concreto de nombre Jesús. Y lo que es Jesús, sólo la historia puede decirlo3, o sobre todo ella. De allí se sigue, por ejemplo, que él no ha sido solamente un portavoz de Dios, ni en cuanto subió a un monte para recibir sus mandamientos como Moisés ni en cuanto que haya recibido en condición estática particulares revelaciones de lo alto como Mahoma. En cambio, según la fe cristiana, es el hombre mismo Jesús quien en todo su ser y en toda su vida normal de empeño diario y por tanto no sólo en sus palabras, ha representado en persona la revelación de Dios. Así pues, desde su nacimiento en un establo hasta su muerte en una cruz es la noción misma de Dios la que entra en cuestión. Y entonces no es indiferente establecer si aquel Jesús ha concebido su propia existencia en busca del éxito y del triunfalismo, como quería Satanás cuando lo tentó en el desierto, o si más bien prefirió una vida de ocultamiento y de humildad, aunque dedicándose con rigurosa fidelidad a la voluntad de Dios. ¡De manera que, todo lo que podemos saber de él se convierte en algo que podemos saber sobre Dios mismo!
3
Con estas palabras hago paráfrasis de una sentencia del historiador canadiense Ferguson, con que se abre el volumen de G. Galazo, Nient‟altro che storia. Saggi di teoria e metodología della storia, Il Mulino, Bologna 2000, p. 13: “Ciò che è l‟uomo, solo la storia può dirlo”.
Precisamente aquí es donde se mide toda la distancia que separa al cristianismo no sólo de las otras formas de monoteísmo configurables como religiones proféticas, sino también y sobre todo de las grandes religiones asiáticas, que se pueden catalogar como religiones místicas.4 Entre éstas el budismo es quizás el exponente más típico. Aquí lo más importante no es ciertamente el encuentro con un Dios trascendente que se hace uno de nosotros, sino solamente el logro autónomo de una iluminación interior que sea capaz de conferir al hombre el despego o a lo sumo la compasión hacia todos los seres y por consiguiente una perfecta paz interior. En esta perspectiva, como puede comprenderlo cualquiera, la historia cuenta poco. Lo importante es más bien la salida de la historia, es decir, del mundo de las apariencias y de las ilusiones para llegar “a la otra orilla”, como a menudo se lee en los discursos del Canon budista: “Contempla este mundo como una burbuja de agua, míralo como un espejismo”, o bien, “Aquel para quien no existe nada, ni antes, ni después, ni en medio”, éste es un Despertado.5
Estas sentencias de Buda pueden muy bien haber sido compartidas, además de los monjes budistas, inconscientemente también por las multitudes de monjes cristianos a causa del ascetismo que ellas implican (cfr. Capítulo VIII, § 1). Pero la fuga mundi (huída del mundo), por más que sea motivada por otros ideales, constituye siempre un rechazo de la historia, de sus dificultades y de sus exigencias, y por tanto de la posibilidad de que se pueda construir en el devenir del tiempo. En efecto, es el desarrollo de la historia el que puede ser portador de una “revelación” divina.
Lo mismo vale en el hinduismo para la figura de Krishna, considerado como el máximo
avatara o manifestación sensible de Visnú, el dios “omnipervadente” y conservador del
todo. En la Bhagavad Gita o Canto del bienaventurado (que se remonta al siglo V a.C.) Krishna enseña al discípulo Arjona la doctrina de la omnipresencia, de la impersonalidad y de la indestructibilidad del Absoluto divino en el mundo y en el hombre.
Yo soy la meta, el sostén, el señor, el testigo, la morada, el refugio, el amigo, yo soy el principio del ser y de la disolución, la base, el punto de reposo y la semilla que no puede perecer.
Y Sarvepalli Radhakrishnan, filósofo y político indio (que también fue presidente de la India entre 1967 y 1972), se expresa así en su comentario al Canto:
Es algo sin importancia la cuestión de si Krishna, el maestro, es o no un personaje histórico. Lo que importa es la eterna encarnación de lo divino, la sempiterna explicación de la perfecta vida divina en el universo y en el alma del hombre.6
Efectivamente en esta perspectiva la verdad enseñada, siendo abstracta y universalmente válida, cuenta mucho más que la persona que la propone; en efecto, puede subsistir, ser apreciada y convertirse en principio de vida por sí misma, aún desconectada de quien la ha propuesto.
También hay formas más recientes de religiosidad que dejan de lado sustancialmente la historia. Me quiero referir al Neo-Paganismo y a la New Age. El primero centra su propia identidad en el culto de formas aun rituales de la naturaleza, en especial de la
4
Amplias informaciones sobre estas segundas pueden encontrarse en H. Zimmer, Filosofie e religioni
dell‟India, Mondadori, Milano 2001.
5
Cfr. las secciones Dhammapada 13,170; y Suttanipata 861.
6
Baghavad Gita, Saggio introductivo, commento e note di S. Radhakrishnan, Ubaldini, Roma 1964, p. 45. El pasaje citado de la Gita corresponde a 9,18.
Tierra y de todos modos, de la vida en todas sus manifestaciones: la convicción de base es que la religión es una cuestión de belleza más que de verdad. La segunda apunta en términos más bien gnostizantes sobre la consonancia del individuo con el Todo y allí predominan los conceptos de luz, de armonía y de fitness (buena condición) individual, pero es menos comprometida que el primero en el campo de la ecología. Entrambos sin embargo prescinden de la dimensión histórica y favorecen una comprensión estática más que dinámica de la realidad. La contraposición Naturaleza-Historia se vuelve significativa de dos diversas concepciones del mundo, del hombre y en definitiva de Dios mismo, donde todo se combina en una caldera de fundición indistinta.7
En el cristianismo no es así. El es, por una parte, heredero de la concepción judía de la personalidad de Dios y del hombre: estos se encuentran no en la abstracción metafísica sino en el devenir de la historia, en que un pueblo mide su propia identidad en relación con la de las naciones con las cuales o está ligado, o por el contrario, entra en conflicto. Por otra, acoge de la cultura griega la preocupación historiográfica de salvaguardar lo más posible la memoria del pasado, aunque se diferencia del pensamiento griego porque pone el lugar del encuentro con Dios precisamente en la historia y no propiamente en el ritualismo cultual ni en la evasión mística ni tampoco en el simple esfuerzo moral. En efecto, Jesús no es un rito, no es una visión, y mucho menos el resultado de un esfuerzo ascético nuestro. Jesús es una persona que está por fuera de nosotros y que nos es dada como don gratuito, con el cual relacionarnos en un libre juego de relaciones interpersonales.
Por esto el cristianismo atribuye un valor primario a la posibilidad de establecer con la mayor precisión posible las coordenadas espacio-temporales en las cuales situar la figura de Jesús y los desarrollos de su movimiento. Pero la conceptualización histórica de los orígenes cristianos no está motivada por la simple curiosidad positivista de saber quién mandaba en tiempos de Jesús o cuáles ideas circulaban en el mundo mediterráneo de entonces. Cierto, es importante saber todo esto, pero con una doble finalidad paradójicamente complementaria y contrastante, a saber, para verificar hasta qué punto la aventura cristiana es deudora del tiempo y del ambiente en que tomó forma (inculturación como resultado de la encarnación) y al mismo tiempo para medir la distancia que la separa de aquel ambiente en términos de irreductibilidad y originalidad (por sus contenidos eventualmente meta-históricos).
Se entiende entonces por qué el evangelista Lucas al comienzo del relato de la vida pública de Jesús, tiene el cuidado de establecer con exactitud el cuadro político-religioso del momento en que comienza aquella vivencia:
En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato gobernador de la Judea y Herodes (Antipas) tetrarca de Galilea y Filipo su hermano tetrarca de la Iturea y de Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, la palabra de Dios fue dirigida a Juan, hijo de Zacarías en el desierto (Lucas 3, 1-2).
Como se ve, el tono es solemne; parece el texto de una proclama o de un acta notarial. En especial se trasluce el contraste entre el elenco de las diversas autoridades humanas y la fuerza de la “palabra de Dios” que se cuela entre los pliegues de un sistema político y religioso aparentemente impermeable. Como si quisiera decirse que, a pesar de que cada uno está en su puesto de guardia, aunque la red está tejida en una malla estrecha para no dejar pasar a nadie, hay una Palabra de otro género, que despista a todos y salta por
7
encima de las autoridades de todo tipo y alcanza la finalidad de suscitar algo no previsto, algo diverso, y a la larga, explosivo.
2. Fastos y nefastos de un imperio
Después de los dramáticos Idus de marzo del año 44 a.C., y de la desaparición de Julio César de la escena política, el poder romano sufrió algunos años de confusión y de venganzas en cadena entre los nuevos protagonistas Bruto, Antonio y Octaviano. Este último, después que en el 31 venció a Cleopatra en el mar de Azio (no lejos de Patras) y se anexó el fabuloso Egipto, se convirtió en el único e indiscutido amo de todo el Mediterráneo. Aunque perduraba todavía, por lo menos formalmente, como autoridad máxima, la antigua institución republicana de los dos cónsules anuales, ya era la figura única del emperador la que constituía el principal punto de referencia político y militar. La historia de los orígenes cristianos, al igual que la historia general, tendrá en la sucesión de los emperadores el referente cronológico más adecuado para su propia datación. A continuación los reseñamos brevemente hasta comienzos del siglo II.
En el 27 a.C., el Senado romano otorgó a Octaviano el título honorífico de “Augusto”: si el equivalente griego de Sebastós significa solamente “Venerable”, el término latino en realidad quería decir que los “augurios-auspicios-presagios” de allí en adelante serían, libre de sorpresas, botín de uno solo. Él erigió un altar a la Paz en el 9 a.C., y de todos modos gobernó con sabiduría durante 45 años hasta su muerte, acaecida el 19 de agosto del 14 d.C. Le sucedió su hijo adoptivo Tiberio, cuya madre, Livia había sido la tercera y última mujer de Octaviano; valeroso, desconfiado, e impopular, desde el año 26 se retiró a la Villa Iovis de Capri, cuyos grandiosos restos todavía hoy pueden admirarse, y allí murió el 16 de marzo del 37. El sucesor designado fue el joven Gaio, de veinticinco años, de sobrenombre Calígula, nieto directo de Marco Antonio y de Octavia, hermana de Augusto; excéntrico y autocrático, rompió con el Senado y fue asesinado en el Palatino el 24 de enero del 41. La guardia pretoriana aclamó como emperador a su tío paterno, Claudio, hombre estudioso y enfermizo, que pocos años después hizo matar a su infiel mujer Mesalina y se casó con su sobrina Agripina, hermana de Calígula y ya madre de Nerón; Claudio murió el 13 de octubre del 54, envenenado, según se supone, por Agripina misma con un plato de hongos. Así le quedaba ella allanado el camino para imponer como emperador a su hijo Nerón, que apenas tenía diecisiete años; éste, después de algunos años de buen gobierno, desahogó su vanidad teatral y sus dudosas dotes artísticas viajando a Grecia para hacerse aplaudir; un tribuno condenado a muerte en el contexto de la conjura de los Pisones del 65, pudo decirle: “He comenzado a odiarte después de que te volviste asesino de tu madre y de tu mujer, cochero, histrión e incendiario”;8
habiendo huido de Roma y refugiado en una modesta casa entre la Salaria y la Nomentana, Nerón se suicidó ayudado por un liberto el 9 de junio del 68, y así puso fin a toda la dinastía Julio-Claudia.
Algunas provincias occidentales se habían sublevado contra él, y en solos dos años se sucedieron cuatro imperatores: Galba (hasta el 15 de enero del 69), Otón (hasta abril del mismo año), Vitelio (hasta el 20 de diciembre), y finalmente Vespasiano. Con este comienza la nueva dinastía de los Flavios, originarios de la Sabina; encargado por Nerón en el 66 de dominar la revuelta judía en Palestina, Vespasiano rigió los destinos del imperio con buen sentido realista hasta el 23 de junio del 79. Le sucedió su hijo Tito, definido por Suetonio amor ac deliciae generis humani, 9 (amor y encanto del
8
Tracito, Anales 15,67,2.
9
género humano), pero sólo por dos años, hasta el 13 de septiembre del 81. El imperio pasó luego a su hermano Domiciano, hombre despiadado, licencioso e inclinado a la monarquía absoluta, último de los Flavios, que terminó asesinado el 16 de septiembre del 96.
El nuevo Emperador, Nerva, proclamado por el senado, era nativo de Narni; favoreció la damnatio memoriae (condena del recuerdo) de su predecesor, e instauró dos años de buen gobierno con la consigna de una sabia moderación; tuvo el cuidado de adoptar a tiempo a Trajano antes de morir el 25 de enero del 98. Trajano, originario del sur de España, era un buen general, anexó al imperio la Dacia (actual Rumania) y la Nabatea (situada entre la península del Sinaí y los actuales reinos de Jordania y Arabia Saudita), conquistó y perdió la Mesopotamia y murió en Cilicia el 8 de agosto del 117; fue administrador acertado y justo, tanto que mereció el título oficial de Optimus princeps (öptimo gobernante).
2. Las ideas corrientes
Con la conquista romana de Egipto en el año 30 a.C., según la historiografía corriente, termina el período del helenismo en sentido estricto. Iniciado con las empresas de Alejandro Magno, muerto en Babilonia en el 323 a.C., se había consolidado como una original mezcla de culturas, la griega y las semíticas del Cercano Oriente. En el campo político había dado forma a varias monarquías10 en las cuales se había afianzado la idea de la divinidad del soberano. En el plano de las letras había favorecido la explosión de una amplia producción sobre todo poética, que encontraba en Alejandría y en su prestigiosa biblioteca su epicentro. En el campo filosófico se habían impuesto algunas escuelas nuevas como el estoicismo y el epicureismo, que se interesaban sobre todo por el ideal moral según el principio: “Es discurso vacío el del filósofo que no logra sanar alguna pasión del hombre”.11
En el campo religioso se habían impuesto algunas nuevas formas de culto que se añadían al antiguo culto griego de Eleusis en Atenas (con las diosas Demetra y Core) y a los tiasis o círculos báquicos: estaban centradas en figuras de divinidades que, a diferencia de las olímpicas tradicionales, conocían un destino de sufrimiento y de muerte pero también de reviviscencia, de modo que las hacían más cercanas a la suerte del hombre y a sus esperanzas, bien que estos nuevos dioses proviniesen de Egipto (Osiris, Isis, Serapis), de Siria (Adonis y Atargatis), de Frigia (Cibeles y Atis), o, más recientemente, de Persia (Mitra).
Unificado el Mediterráneo bajo el dominio único de Roma, los aspectos constitutivos del helenismo continuaron florecientes, hasta el punto de hacer escribir a un filósofo hebreo como Filón de Alejandría, que Augusto había “acrecentado la Hélade en muchas Hélades”.12
En el plano político desde entonces es evidente que Roma sola, con sus legiones y con su derecho, domina el mundo entero; y esto llevará al afianzamiento, más lento en Occidente, de un culto específico reservado al emperador mismo ya durante su vida: después de algunos pródromos, aunque desproporcionados, puestos por Calígula, y en parte por Nerón, será sobre todo Domiciano quien exigirá para sí el doble título de
Dominus ac Deus noster, “Señor y Dios nuestro”. En el aspecto social, aunque a partir
de mediados del siglo I antes de Cristo, la ciudadanía romana se concediera también a
10
Los Antogónidos en Macedonia-Grecia , los Lágidas o Tolomeos en Egipto, los Seléucidas en Siria y luego los Atálidos en Pérgamo.
ÿ
11
Epicuro, en los fragmentos seleccionados por H. Usener, n. 221.
12
los no itálicos, se confirmó la difundidísima práctica de la esclavitud, que, aunque en Occidente conocía formas más mitigadas (pero los inhumanos juegos de gladiadores eran desconocidos en Oriente), de todos modos abarcaba cuando menos a la mitad de la población. En el aspecto de las letras, elitista y aristocrático, florecieron poetas e historiadores de alto nivel desde la época de Augusto (Virgilio, Horacio, Ovidio, Livio) a la de Trajano (Marcial, Juvenal, Suetonio, Tácito). En el campo filosófico se impuso el estoicismo representado por nombres como Séneca, Musonio Rufo, Epicteto y finalmente Marco Aurelio; estos proclamaban el ideal de la felicidad, laicamente identificada con una vida acorde con la naturaleza, es decir, conforme a la razón y por tanto según las virtud, con un fuerte subrayado de la igualdad de naturaleza entre todos los hombres pero también con un adecuarse espontáneamente a la voluntad del Fato (destino); si el epicureismo en este período no ofrece nombres destacados, el neo-pitagorismo, contrario a toda violencia, conoce la figura del filósofo-mago Apolonio de Tiana, vegetariano hasta en el vestir de lino en vez de lana.
En el campo religioso se va operando un paso siempre más consistente de la religión tradicional a nuevas formas esotéricas, apartadas de la conformidad con el mos maiorum o “costumbre de los antiguos” que Cicerón reconocía todavía como único criterio para la aceptación de un culto.13 Los así llamados cultos mistéricos, de marca oriental (cf. supra), se difunden cada vez más aún en el Occidente latino y conquistan las clases sociales más dispares. Están entroncados en mitos de muerte y vida concernientes a divinidades particulares, no olímpicas, que garantizan a los adeptos una vida segura acá y la inmortalidad bienaventurada en el más allá. Pero las vicisitudes propias de estos dioses no tienen ningún peso histórico, sólo representan el recurrente ciclo estacional de la naturaleza; lo cual expresará óptimamente el filósofo pagano del siglo IV: “Estas cosas nunca han sucedido, sino que existen siempre”14
Y un cristiano apóstata como el emperador Juliano, en su Himno a Cibeles, rechaza el dogma cristiano de la encarnación porque toma demasiado en serio el antropomorfismo divino, tanto que el mito pretende trasladarse a la historia. En efecto, a propósito del mito de fecundidad expresado en la castración de Atis, amante de Cibeles, Juliano escribe claramente: Nadie debería tomar lo que digo como hechos o acontecimientos del pasado… Nunca hubo un tiempo en que la cosa no sucediera sino como sucede ahora.15
Además, también se registra una tendencia anti-cultualista, si no propiamente irreligiosa, que por una parte hace consistir el culto en la simple dimensión de la vida moral (el estoicismo) o en el rechazo de los sacrificios cruentos e inclusive de los oráculos (neo-pitagorismo) y por otra llega hasta a burlarse de la religión misma como hacen el epicúreo Lucrecio en el siglo I a.C., o el sofista Luciano en el siglo II d.C. Entre tanto se impone siempre más la divinidad máxima, que está por encima, no sólo de los hombres, sino también de los dioses y que se llama, en griego y en latín, Tyche-Fortuna, Anánke-Necesidad, Heimarméne-Hado, Destino (mitológicamente identificada en plural con las Moiras o Parcas). Esto favorece inevitablemente el florecimiento de la astrología y de la magia, con las cuales se intenta conocer, y sobre todo plegar a la
13
Cfr. Cicerón, De las Leyes 2,39-40.
14
Saturnino Segundo Salustio, Los dioses y el mundo 4,9. Quien quiera una actualización sobre el concepto del dios mistérico que muere y resucita vea T.D.N. Mettinger, The “Dying and Rising God”. A
Surfey of Research from Fraxer to the Present Day, en “Svensk Exegetisk Arsbok” 63,1998, pp. 111-123
(donde la dicción “dying and rising God”, proveniente de J.G. Frazer a comienzos del siglo XX, se considera ya superada). Una buena descripción de los cultos se encuentra en R. Turcan, Les cultes
orientaux dans le monde Romain, Les Belles Lettres, Paris 1992.
15
propia voluntad, el poder superior de los dioses, como lo atestiguan muchos papiros de encantamiento.
3. Un pueblo fuera de serie
En este variadísimo contexto cultural se distingue un pueblo especial, el judío. Sigue una religión diferente de todas las demás; con inevitables recaídas en el campo de la visibilidad social. El pagano que lo constata no puede sino impresionarse por el hecho de que los hebreos no tienen ninguna representación de su divinidad, se hacen circuncidar, no se casan con extranjeros, observan un día de reposo semanal, no comen determinados alimentos como la carne de cerdo. Se comprende por tanto que varios autores griegos y latinos de su tiempo se burlen de ellos o presenten de ellos un retrato deformado por la incomprensión. Valga para todos lo que escribe un gran historiador latino, Tácito:
Moisés introdujo ritos nuevos y opuestos a los de los demás mortales. Entre ellos son impías todas las cosas que entre nosotros son sagradas… Se abstienen de la carne de cerdo… Se dice que han escogido para el reposo el séptimo día porque éste marcó el término de sus sufrimientos. Luego, ilusionados por la dulzura y no por nada, dedicaron al ocio todo un año cada siete… En las relaciones entre ellos son de una honestidad a toda prueba y dispuestos siempre a la compasión, pero odian a todos los demás como enemigos (erga omnes hostile odium). Se sientan a la mesa separados (de los demás), se separan (de nosotros) también en cuanto al lecho; desenfrenadamente licenciosos, se abstienen de acostarse con otras mujeres… Conciben un dios único y solamente con el pensamiento, mientras juzgan sacrílegos a los que forjan con materiales perecederos imágenes divinas con semejanza humana: su divinidad es suprema y eterna, no representable ni perecedera, por lo cual no colocan imágenes suyas en sus ciudades y mucho menos en los templos, ni usan esta forma de adulación hacia los reyes o hacia los Césares… La costumbre judía es triste y escuálida (Iudaeorum mos absurdus
sordidusque).16
Con anterioridad el retórico griego Apolonio Molon, que había sido maestro de Cicerón, había llegado a acusar a los judíos de ser no sólo “ateos y misántropos” sino también “los más ineptos entre los bárbaros, los únicos que no han aportado invento alguno útil para la vida”.17
Por cierto las cosas son muy diversas porque la situación es mucho más compleja.
Desde Julio César en adelante, por motivo de una ayuda militar decisiva que le fue prestada cuando en el 48 a.C. estaba asediado en Alejandría por la egipcia nacionalista, los hebreos habían obtenido para su culto el implícito reconocimiento de religio licita y por lo tanto no sujeta a persecución.18 En el año 40 a.C. el idumeo Herodes, hijo del comandante de las tropas hebreas acudió en ayuda de César y apodado después El Grande, había obtenido del Senado romano el apelativo de aliado, rex socius, y desde el 37 había gobernado el país manteniéndolo exento de las ingerencias romanas, si se exceptúa la prohibición de declarar guerra por iniciativa propia; había fundado nuevas ciudades como Cesarea Marítima y luego Sebaste en lugar de Samaria, y sobre todo prácticamente había reconstruido el antiguo templo de Jerusalén, del cual todavía hoy se conserva el muro occidental de contención de la explanada superior, llamado el “muro de las lamentaciones”. Pero un temperamento suspicaz y el temor de complots manifestaron su naturaleza sanguinaria, que lo llevó a asesinar mujeres e hijos. Muerto
16
Tácito, Historias 5,4-5.
17
Flavio Josefo, Contra Apión 2,148.
18
Herodes el Grande en el 4 a.C., el territorio fue subdividido por Augusto en cuatro partes: dos fueron asignadas a su hijo Arquelao con el título de etnarca (Judea, Samaria Idumea), las otras dos fueron dadas en calidad de tetrarquías, a los hermanastros Herodes Antipas (Galilea y Perea) y Filipo (Iturea y Traconítide, al nordeste del lago de Tiberíades). Los destinos de estos territorios fueron muy diversos.
Arquelao, por su impopularidad fue depuesto diez años después (en el 6 d.C.) y su territorio fue asignado a un representante directo del emperador, con el título de “prefecto” (será llamado “procurador” desde Claudio en adelante), subordinado al gobernador de Siria. El quinto de estos prefectos fue Poncio Pilato, que permaneció en el cargo entre el 26 y el 36, pero se sucedieron catorce años antes de que en el 66 estallase la trágica guerra judía que llevaría a la destrucción del Templo. Una de las causas de este desastre fue el movimiento guerrillero llamado de los Sicarios, (así llamados a causa de un corto puñal llamado sica), movimiento iniciado en el año 6 por un cierto Judas el Galileo, contra la nueva ocupación romana y apoyado por un ala de los Fariseos.
Herodes Antipas por su parte, permaneció como tetrarca de Galilea hasta el año 40, entre otras cosas hizo construir en las orillas del lago una nueva ciudad que llamó Tiberíades, en honor del emperador Tiberio, pero cuando, por las intrigas de la sobrina-mujer Herodías, pretendió el título de rey, fue desterrado por Calígula a la lejana Lyón, en la Galia. Herodías ya había sido mujer de otro tío de nombre Herodes Filipo, también hijo de Herodes el Grande, de quien había tenido una hija, Salomé (que luego llegaría a ser esposa de su propio tío paterno, el tetrarca Filipo). La narración evangélica de Marcos y de Mateo nos cuenta la oposición manifestada a Herodes Antipas por parte de un oscuro profeta de origen sacerdotal, Juan, hijo de Zacarías, y de cómo el tetrarca lo hizo decapitar por el hastío que Herodías alimentaba en contra de él.
La tetrarquía de Filipo, aparte de que se tienen pocas noticias de ella, no interesa mucho a nuestra historia. Se puede recordar que él hizo construir una ciudad en honor del emperador, llamándola Cesarea, en cuyos alrededores Jesús hará a sus discípulos la pregunta decisiva sobre su propia identidad (“¿Quién dice la gente que soy yo?”, y obtuvo de Pedro la respuesta de que él era el Mesías (cfr. Marcos 8,27).
A la muerte de este tetrarca en el año 34, su territorio pasó a un nieto directo de Herodes el Grande, llamado Herodes Antipas, que, siendo amigo de Calígula, obtuvo de él también la tetrarquía de Herodes Antipas, desterrado en el 40. Al advenimiento del emperador Claudio en el 41, Herodes Agripa finalmente obtuvo también el territorio sujeto a la administración de los prefectos imperiales, cuyo nombramiento cesó entonces. Así quedó reunificado todo el país, porque ya en el 44 Herodes Agripa murió, no sin haber hecho matar al apóstol Santiago, hijo de Zebedeo, y haber encarcelado a Pedro (cfr. Hechos 12, 1-23). Del 44 al 66 siguió la serie de los prefectos, esta vez sin ningún tetrarca; dos de ellos son mencionados también en los Hechos de los apóstoles con ocasión de la prisión de Pablo, a saber, Antonio Felix y Porcio Festo, cuya fecha de sucesión se discute (año 55 o 60) con diversas consecuencias para la cronología del apóstol Pablo.
El pueblo hebreo en su mayoría ya estaba disperso desde hacía algunos siglos, es decir, en la diáspora fuera de la tierra de Israel, desde la Mesopotamia hasta Roma; especialmente floreciente era el judaísmo helenista, que gravitaba en torno a la ciudad de Alejandría y empeñado en un enfrentamiento con la cultura griega. Pero sus clásicas instituciones de gobierno estaban en “Judea” como llamaban los textos romanos a todo el territorio palestino. Allí estaban el Templo, al cual todos los hebreos de la diáspora pagaban un tributo anual, y el Sanedrín, supremo tribunal religioso. Allí sobre todo se podían enumerar varias corrientes, formadas solo dos siglos antes, que representaban
interpretaciones diversas de la identidad judía:19 los Saduceos, pertenecientes a la aristocracia sacerdotal, conservadora en el plano religioso, colaboracionista en el plano político; los Fariseos, abiertos a una actualización de la ley de Moisés y más patriotas; los Esenios, polémicos con el sumo sacerdocio considerado ilegítimo, reunidos en grupos que practicaban la comunidad de bienes y el celibato, conocidos para nosotros sobre todo por los manuscritos de la comunidad de Qumràn, la cual sin embargo representaba una franja extremista de ellos; los Bautistas, conocidos sobre todo por la obra de Juan hijo de Zacarías, que concedía el perdón de los pecados sobre la base de un simple rito de inmersión en el agua del río Jordán; los Escribas, una clase de intelectuales, intérpretes de las antiguas Escrituras sobre todo en unción de la vida diaria. Los ya mencionados Sicarios, que al comienzo de la guerra judía del 66 confluyeron en el grupo de los Zelotes, eran en cambio un movimiento de oposición armada a los romanos. En la formación de este variopinto tablero religioso-cultural dentro de Israel contribuirá también Jesús de Nazaret con su movimiento de renovación del antiguo pueblo de Dios. Pero casi todos estos grupos desaparecerán con la tragedia del año 70: les sobrevivirán como resto solamente dos troncos, teniendo en común las mismas Sagradas Escrituras: el Farisaísmo, que se configurará como judaísmo rabínico sobre la base del valor absoluto de la Toràh, y el cristianismo, que se distinguirá de él al poner en el centro de su propia identidad la figura de Jesús.
En la época de los orígenes cristianos, Israel desde tiempo atrás estaba recorrido por sobresaltos mesiánicos, esencialmente inexistentes en otros lugares, que proyectaban sobre el futuro histórico o meta-histórico el cumplimiento de las mejores esperanzas. Éstas podían ser materiales o espirituales, de tipo nacionalista o universalista: signo evidente de que el cuadro de las expectativas no era unitario. En efecto, el mesianismo traía sus orígenes de la institución de la monarquía existente antes del exilio de Babilonia (que duró cerca de medio milenio, desde David hasta el 586 a.C.) y consistía sobre todo en delinear la figura de un rey “ungido” (en hebreo mashiach, en arameo
meshichà), conforme al corazón de Dios y a los sueños del pueblo. Pero otras formas
tomaron cuerpo en los siglos más recientes anteriores a la era cristiana: la figura del mediador “escatológico”, es decir, propio de los últimos tiempos, podía configurarse también como profeta, como sacerdote, o como un misterioso Hijo del hombre que vendría sobre las nubes del cielo. A esta complejidad el cristianismo naciente añadirá los rasgos específicos de un Siervo sufriente. Pero tampoco faltaban grupos que pensaban en una inauguración de los tiempos futuros realizada directamente por Dios sin intermediarios.20 En todo caso puede entenderse que estos tipos de expectativa se reflejaban inevitablemente en el plano político con repetidos movimientos de revuelta, de los cuales los mayores, entre el siglo II a.C., fueron cuatro: el encabezado por los Macabeos del 166 al 143 a.C., que llevó al país a la independencia; el iniciado en el 66 d.C. formado alrededor de varios jefes, que condujo a la destrucción del Templo de Jerusalén en el 70; el de la diáspora, menos conocido, que estalló en el 115 en Cirenaica y se extendió a Egipto, a Chipre y hasta Mesopotamia, dominado en el 117 por Trajano; y finalmente el de la llamada segunda guerra judía que surgió en Palestina entre el 132 y el 135 bajo el emperador Adriano, que se aunó alrededor de la figura de Bar Koqueba, a quien uno de los máximos rabinos del tiempo proclamó Mesías, y terminó en un desastre total. Pero en el período que va del ingreso de Pompeyo en Palestina en el 63 a.C. hasta el drama del año 70 d.C. los tentativos de sustraerse a la dominación
19
Cfr. R. Penna, Che cosa significava esere giudeo al temo e nella terra di Gesù. Problemi e proposte, en Id., Vangelo e inculturazione, San Paolo, Cinisello Balsamo 2001, pp. 63-88.
20
Para una buena información general, cfr. G.S. Oegema, The Anointed and his People. Messian
extranjera y pagana son innumerables.21 En especial, se había difundido una ambigua profecía (atestiguada por los Oráculos Sibilinos, además de los historiadores Flavio Josefo, Tácito y Suetonio),22 que hablaba de un futuro dominador del mundo venido del Oriente, y esto no podía dejar de suscitar por lo menos alguna inquietud en el
establishement romano.
Región especialmente candente en el Israel del tempo era la norteña Galilea. Geográficamente separada e idealmente distante de Judea por la interposición de la bastarda Samaria, generó toda una serie de agitadores a partir del siglo I a.C., hasta la última guerra judía del siglo II d.C. El primer sedicioso fue un tal Ezequías, capturado y ajusticiado por el joven Herodes cuando todavía era simple gobernador de la región en el 47 a.C. Un tumulto posterior suscitado por un hijo de Exequias de nombre Judas, fue dominado a la muerte del mismo Herodes en el 4 a.C., por el gobernador romano de Siria, Publio Quintilio varo. En el año 6 d.C., otro Judas llamado “el Galileo”, se opuso al censo ordenado por el primer representante directo del emperador, dando origen, como ya dijimos, a todo un movimiento de revuelta y de guerrilla contra Roma que al final llevó a la desastrosa guerra de los años 66-70. Dos de sus hijos fueron crucificados por el procurador romano Tiberio Julio Alejandro en los años 46-48. Otro hijo de Judas, Menajhem, estuvo entre los jefes revoltosos de Jerusalén al estallar la guerra del 66-60. Finalmente, un descendiente del mismo Judas, de nombre Eleazar, guió el último acto de resistencia contra los romanos en la fortaleza de Masada en el 73-74. Estas noticias nos vienen todas del historiador hebreo Flavio Josefo, poco posterior a los acontecimientos.23 Pero también el subsiguiente rabinismo nos informa que un anónimo “hereje galileo” había criticado a los fariseos por haber incluido el nombre del emperador en la fecha de un documento de divorcio.24
5. El galileo de Nazaret
Otro galileo de nombre Jesús, ciertamente original pero no violento, ejerció un influjo mayor que todos los demás. Su ingreso activo en la escena de la historia aparece fechado por el texto de Lucas (3,1-2) citado antes, en donde se habla del año quince del emperador Tiberio César; esta fecha se refiere directamente a la intervención de Juan el Bautista, pero en cuanto conexo con el comienzo de la actividad pública de Jesús. Ahora bien, sabiendo oque Augusto murió el 19 de agosto del 14, el cómputo de los años de Tiberio, sin contar los de su co-regencia junto con Augusto durante los últimos dos años de este último, puede variar según tres posibilidades. O se computaba como primer año el efectivo, del 19 de agosto del año 14 al 18 de agosto del año 15, y entonces el año quince caía respectivamente entre el 28 y el 29.O se seguía el calendario juliano, que comenzaba el 1 de enero, y el primer año partiendo del 19 de agosto del 14 terminaba el 31 de diciembre del mismo año, de modo que el año quince era el 28; alternativamente se podía seguir el calendario siríaco, que comenzaba el 1 de octubre, y entonces el primer año iba del 19 de agosto del 14 al final de septiembre del mismo año, de modo que el año quince estaba comprendido entre el 1 de octubre del 27 y el 30 de septiembre del 28. Se ha de preferir una de estas últimas dos fechas, quizás la segunda, ya que el calendario siríaco también estaba en uso en Palestina.
21
Una mayor información sobre el tema se puede encontrar en los libros siguientes
22
Cfr. Oracoli Sibikkuni 3,363; Flavio Josefa, La Guerra Judía, 6,312; Tácito, Historias, 5,13; Suetonio,
Vespasiano 4,5.
23
Los textos en cuestión pueden hallarse en sus dos obras: La Guerra Judía 1,204; 2,118; y Antigüedades
Judías, 17,271-272; 18,4-10.
24
En aquel momento Jesús “tenía cerca de treinta años” (Lucas 3,23), y por tanto debía haber nacido antes del comienzo del actual cómputo de la era cristiana. Si leemos en el
Evangelio de Juan que, ya avanzada, los judíos se dirigen a él como a uno que “todavía
no tiene cincuenta años” (Juan 8,57), parece que entonces con seguridad habría superado los cuarenta años.25 ¿Pero cuando había nacido realmente? Lucas nos informa que el nacimiento había acontecido en Belén en la circunstancia de un censo general ordenado por César Augusto cuando Quirino era gobernador de Siria, con la obligación de los censados de dirigirse a la ciudad de origen (Lucas 2,1-2). Pero esta noticia está aquejada de no pocas dificultades que podemos enumerar así: no tenemos ninguna noticia de un censo ordenado por Augusto simultáneamente en todo el imperio; no es posible que el emperador ordenase un censo en el interior de un reino independiente como el de Herodes el Grande; no resulta que Quirino fuera gobernador de Siria antes del año 6 d.C., y no tenemos otras informaciones de un censo en Judea antes del 6 d.C., cuando, después de la deposición de Arquelao (cfr. supra), Roma asumió directamente el gobierno del país. Las únicas coordenadas seguras son dos: el reino todavía bajo Herodes el Grande (muerto en marzo-abril del 4 a.C.), de que hablan tanto Lucas como
Mateo, y un juramento de fidelidad prestado por los súbditos del rey en el año 7-6 a.C. a
Herodes mismo y al emperador, de que nos habla el historiador Flavio Josefo.26 Teniendo en cuenta el hecho de que el rey quiso matar a los niños de Belén “de los dos años para abajo” (Mateo 2,16), se puede afirmar con buena aproximación que Jesús nació por lo menos dos años antes de la muerte de Herodes.
En todo caso Jesús es conocido por los Evangelios y por la tradición como “el Nazareno”. Su vida está por tanto ligada a un oscuro villorrio de Galilea de nombre Nazaret, repetidamente calificado como “su patria” (Mateo 13,54; Marcos 6,1; Lucas 4,16; Juan 7,27.41-42). Allí su padre José ejercía la profesión de tékton, un término griego que significa propiamente “trabajador de la madera” pero también albañil”, y más en general, “artesano”; su madre María no debía tener oficios especiales fuera de la de ama de casa. Entre los escritos canónicos sólo los Evangelios de Mateo y Lucas conocen la tradición según la cual Jesús fue concebido virginalmente, sin concurso del esposo de María, por intervención del Espíritu de Dios; pero el asunto ya está consolidado en los demás escritos en el paso entre el I y el II siglos27.
Mientras no se nos ha transmitido nada acerca de los más de treinta años pasados en el villorrio de Galilea, aparte de algunos pequeños sucesos divertidos narrados en algún Evangelio apócrifo, la tradición primitiva fue generosa para los años de su vida pública, que se ha de contar probablemente en número de tres según la cronología de Juan. En cuanto a su actividad, si se excluye un breve paso por el territorio pagano de Fenicia en las cercanías de las ciudades de Tiro y Sidón (pertenecientes a la provincia romana de Siria), una incursión en el distrito también pagano de la Decápolis al este sureste del lago de Tiberíades (territorio libre a partir de Pompeyo) y un recorrido en la tetrarquía autónoma de Filipo (en el nordeste del lago de Tiberíades), permaneció limitada a la tierra de Israel y a su interior, tanto que no nos parece que haya ido nunca a la costa del mar Mediterráneo. Una mayor exposición se puede entrever en un par de visitas realizadas en el territorio de Samaria (desde siglos ya considerada como una isla religioso-cultural autónoma en el interior de Israel), si bien éstas, presentes sólo en los Evangelios de Lucas (9,51-55) y de Juan (4,1-42), no gozan del criterio historiográfico de la múltiple atestación. La actividad de Jesús, en sustancia, permaneció limitada a la
25
En efecto, así pensaba san Ireneo, en el siglo II, Contra las herejías 2,22,6.
26
Cfr. Flavio Josefa, Antigüedades Judías, 17,41.
27
Cfr. el apócrifo Ascensión de Isaías 11,2.8; Ignacio de Antioquia, A los Efesios 7,2; 18,2. Cfr. cap. IV par. 11.
tierra de Israel y más que todo se desarrolló sólo en poblados. En la práctica él se movió principalmente en Galilea, que por lo demás administrativamente hablando no tenía salidas al mar, y parece que evitó ir a sus ciudades notoriamente paganas de Séforis y de Tiberíades. Además habló en Judea, aunque en las solas ciudades de Jericó, pero solo de paso, y sobre todo en Jerusalén. El radio de acción de su ministerio fue, pues, más bien restringido, tanto que se puede discutir si le conviene ale tiqueta de misionero, dado que no hay que confundir las declaraciones de tipo teológico, como las que a menudo leemos en el cuarto evangelio a propósito del hecho de que el Padre celestial lo envió al mundo, por el simple dato sociológico de su predicación itinerante. La categoría de misionero respecto a él, sería posible sólo con la condición de subrayar la dimensión divina de Jesús hasta el punto de ver en él un no-hebreo que actúa en una tierra y en una cultura extrañas a él; pero esto chocaría irremisiblemente con los datos históricos, para no hablar de los fecundos aportes provenientes de la impostación metodológica de la llamada “tercera búsqueda” sobre el Jesús terreno que pone en plena luz su ser de judío. Sin embargo, como veremos, sus acciones y sus palabras comportaron una carga tan explosiva, que al final debió sucumbir, con la acusación de blasfemia, bajo la intolerancia de las autoridades judías (sustancialmente las sacerdotales); el hecho de que Lucas en el texto citado 3,1-2. mencione dos sumos sacerdotes en el cargo, cuando realmente el sumo sacerdocio en Israel era ejercido por uno solo, se explica en el sentidod e que durante el proceso de Jesús el sumo sacerdote en cargo era José, llamado Caifás (que lo fue entre los años 18 y 36), pero que todavía debía tener cierto influjo sobre él su suegro Anás, que lo había sido del año 6 al 15.
Estas autoridades, sin embargo, a falta del derecho de decretar la pena capital, llevaron a Jesús al Prefecto romano del momento, Poncio Pilatos, que, con la nueva acusación de lesa majestad (crimen maiestatis), lo condenó a muerte por crucifixión.28 La datación de este hecho es complicada por la diversa valoración de la última cena de Jesús expresada en los evangelios: según Mateo, Marcos y Lucas fue una cena pascual, que con base en el calendario hebreo debía caer en la tarde del 14 de Nisán (cfr. Juan 18,28), y por tanto Jesús debe haber sido crucificado el día 15 de Nisán, para el cuarto Evangelio en cambio, la cena pascual se habría consumido la tarde siguiente a la muerte de Jesús (cfr.
Juan 18,28), que por tanto debe haber sucedido el 14 de Nisán. Sabiendo sin embargo
por admisión común de los Evangelios que esta muerte tuvo lugar en viernes, con base en los cómputos sobre el calendario astronómico de los años 26-36 se ha podido establecer que las únicas fechas verosímiles son o el 7 de abril del año 30 (=viernes 15 de Nisán) o el 3 de abril del año 33 ( =viernes, 14 de Nisán). Esta segunda posibilidad, teniendo en cuenta que el comienzo del ministerio de Jesús tuvo lugar en el año quince de Tiberio César, y por tanto en el 27/28 (cf. supra), nos lleva a una fecha demasiado tardía. Por lo tanto, no nos queda sino optar por la primera propuesta.
Tácito pudo resumir la situación en Palestina durante el imperio de Tiberio con la frase lapidaria: Sub Tiberio quies, “bajo Tiberio todo estuvo tranquilo”.29 El historiador romano, que estaba por lo demás al corriente de la muerte de Jesús bajo el gobierno de Pilatos, representante personal del emperador,30 no imaginaba siquiera cuáles pasiones habría desencadenado en aquellos años la predicación del Galileo de Nazaret y qué drama se consumó después en el año 30 en Jerusalén con la sentencia de un procurador imperial.
28
El estudio de Chaim Cohn, Processo e morte di Gesù. Un punto di vista ebraico, Einaudi, Torinoo 2000, publicado en hebreo en Israel en 1968, sostiene la improbable tesis de echar toda la culpa de la muerte de Jesús a los romanos, mientras los hebreos habrían querido salvarlo.
29
Tácito, Historias 5,9,2.
30
6. Los primeros decenios de vida del cristianismo
Como anota fríamente marcos, con el arresto de Jesús en Getsemaní todos sus discípulos “habiéndolo abandonado huyeron” (cfr. Marcos 14,50). Por tanto debió haber sucedido algo verdaderamente extraordinario si, a partir del tercer día después de su muerte, ellos, por así decir, en contravía, comenzaron una vida de firme testimonio respecto a él, tal que los condujo después sin vacilación hasta el martirio. Son los discípulos mismos, mujeres y hombres, quienes justifican este su cambio total con la afirmación de que Jesús había resucitado de entre los muertos. La idea de resurrección no habría sido comprendida en el ámbito greco-romano, como sucedió a Pablo en el Areópago de Atenas (cfr. Hechos 17,32), pero en Israel desde unos dos siglos antes gozaba de un buen grado de aceptabilidad. Pero lo que incomodaba era que se aplicara a un crucificado proclamado como Cristo y Mesías. En efecto un Mesías crucificado, como observará el mismo Pablo, para los judíos no podía ser sino un insoportable escándalo (cfr.1Corintios 1,23). Pero ahí está.
En Jerusalén, en abril del año 30, comenzó a resonar este inédito anuncio, confirmado y reforzado por la experiencia de una extraordinaria dación del Espíritu de Dios con ocasión de la fiesta judía de Pentecostés, hacia fines del mayo siguiente. Allí, en torno a estas ideas fuertes de cruz-resurrección-Espíritu, se constituye la primera comunidad cristiana que conocemos, aunque debemos calcular que en Galilea debieron existir grupos que se reclamaban al maestro de Nazaret. Todos eran solamente hebreos, sea que fueran de origen palestino, sea que proviniesen de la diáspora, pero no sabemos si el grupo jerosolimitano practicaba una misión hacia el exterior, aunque es puede pensar que la nueva e podría llegar hasta Damasco a partir del norte de Galilea. Lo que sabemos de la iglesia de Jerusalén es que estaba organizada alrededor de algunas figuras precisas: la de un jefe, que primero fue Pedro (hacia principios de los años 40) y luego Santiago, “hermano” y de todos modos pariente de Jesús (hasta el martirio en el 62), las de los demás apóstoles escogidos a su tiempo por Jesús mismo, y luego un grupo de Ancianos o Presbíteros. La comunidad, aunque acudía todavía al Templo como lugar de oración, encontraba dificultad por parte de los judíos que rehusaban el nuevo anuncio. Por su parte, ella celebraba la fractio panis, es decir la eucaristía, en las casas particulares y practicaba la comunidad de bienes. Los miembros debían ser en su mayoría de un nivel social más bien bajo; y para atender a la equitativa distribución de la asistencia, se estableció un grupo de siete cristianos provenientes del hebraísmo de la diáspora helenista para que se dedicaran a los suyos. Pero éstos, sobre todo Esteban, expresaron una mayor crítica frente al Templo como también a las tradicionales costumbres judías, tanto que provocaron una verdadera persecución por parte del
establishement religioso de la ciudad. Lapidado Esteban, los demás emigraron hacia el
norte hasta llegar a la prestigiosa ciudad de Antioquia, en Siria, donde por primera vez fue anunciado el Evangelio a los griegos, es decir, a los paganos (cfr. Hechos 11,19-26). Entretanto, otro judío de nombre Saulo, habitante de Jerusalén pero proveniente de la diáspora helenística de la ciudad de Tarso, en Cilicia, particularmente celoso de las tradiciones de los padres, no soportaba el grupo que acababa de formarse alrededor de la fe en el Mesías Jesús. En efecto, éste, más que todas las demás facciones en que se dividía el hebraísmo de aquel tiempo (cfr. supra), parecía inconciliable con algunos principios de la fe israelita, como la asociación de la esperanza mesiánica con la idea de un éxito nacionalista, la permanente centralidad de la Ley mosaica, y en definitiva el mismo monoteísmo. Sus persecuciones, en parte apoyadas por las autoridades oficiales, culminaron en un viaje hasta Damasco para castigar a los hebreos de aquella ciudad que
se habían hecho cristianos. Pero en el camino hacia Damasco sucedió lo inesperado: una particular aparición de Cristo resucitado le cerró el camino e incidió de tal modo en su vida que lo forzó a cambiar radicalmente su programa y orientación. Como dirá él mismo, fue “agarrado por Cristo” (Filipenses 3,12) hasta el punto de revolcarle la escala de valores o por lo menos de provocar un verdadero y propio reset general: “Lo que para mí era ganancia se me convirtió en pérdida” y viceversa. Su caso es el más evidente de uno que, haciéndose cristiano, se transforma también en apóstol, pero sin renunciar a su propia humanidad, que permanece fogosa y generosa tanto antes como después. Infortunadamente en tiempos recientes, a partir del siglo XIX (ver por ejemplo Nietzsche y Renán),31 sobre su figura se han incrustado algunos estereotipos negativos que lamentablemente se han vuelto lugares comunes (moralismo, vacilaciones, antifeminismo), que no corresponden en manera alguna al dato histórico, sino que más bien se explican quizás como el afán de un latente antisemitismo, que, queriendo salvar a toda costa la figura de Jesús, produjo dos desagradables resultados, el de desjudaizar a Jesús y el de demonizar a Pablo.32 Pero volvamos a la historia.
Teniendo por compañeros, primero a Bernabé y luego a Silas y Timoteo, Pablo parte tres veces de Antioquia de Siria para otras tantas misiones de evangelización que lo conducirán una y otra vez a Chipre, sobre el altiplanote Anatolia, a la costa egea del Asia, a Macedonia, a Acaya. Siempre su anuncio privilegia los grandes centros urbanos, entre ellos Éfeso, Filipos, Tesalónica, Atenas, Corinto. En esta última ciudad, capital de la provincia senatorial de Acaya, fue llevado por los judíos locales al tribunal del procónsul imperial Galión, hermano de Séneca, que ejerció tal función en el año 51-52 (de primavera a primavera); esta es la única fecha segura de la biografía de Pablo. En las diversas ciudades mencionadas, en parcial analogía con lo que hacían los filósofos cínicos itinerantes, él anunciaba el Evangelio en las respectivas ágoras o por las calles o, si había una sinagoga, en el lugar de culto de los hebreos, por lo menos hasta que entró en abierto conflicto con ellos. Se sostenía él mismo, trabajando con sus propias manos el cuero o el lino para hacer tiendas, y con su palabra suscitó nuevas comunidades, con las cuales mantuvo luego un fuerte contacto mediante cartas específicas enviadas a ellas. De estas cartas podemos deducir cuál era su mensaje, que tantas disquisiciones habría de suscitar a través de los siglos. Él representa una original interpretación del Evangelio y consiste en afirmar que, para ser justos delante de Dios, es necesario y suficiente acoger por la fe su gracia revelada en la muerte y resurrección de Cristo; por tanto la observancia de los preceptos morales no es exigencia para ser puesta en práctica, sino sólo para manifestar la justificación alcanzada. Ciertamente esta posición no podía agradar a los judíos, ni tampoco a aquella parte de cristianos que hoy llamamos judeo-cristianos, los cuales seguían refiriéndose a la Torá como valor esencial para definir su propia identidad. El conflicto, después de varios intentos de opositores anónimos infiltrados en las iglesias por él fundadas intentando corregir su predicación, estalló en Jerusalén probablemente en el 55 (según otros en el 58) cuando después de un encuentro-choque con Santiago, exponente típico del judeo-cristianismo, Pablo fue arrestado por un tribuno romano que lo libró así del linchamiento. Comenzó entonces una prisión que, después del cambio de procuradores de Antonio Félix a Porcio Festo, (acaecido en el 55 o alternativamente en el 60), y después de su apelación al tribunal del César, que entonces era Nerón, culminó en un riesgoso viaje por mar hacia Roma donde
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Pero ya en el Seiscientos un filósofo de origen hebreo como Baruch Spinoza reprochaba de hecho a Pablo acusándolo de haber contaminado la religión con la filosofía dirigiéndose a las naciones fuera de Israel, Tratado teológico - político, cap. XI.
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Cfr. O. Kuss, Paolo e le sue interpretazioni, en Id. Paolo. La funzione del‟Apostolo nello sviluppo