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Desm ond Morris

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INTIMATE BEHAVIOUR

Traducción de JOSE Mª M. PARICIO

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Portada de R. MUNTAÑOLA

© 1971, Desm ond Morris 1974. PLAZA 8 JANES. S. A. Editores Virgen de Guadalupe. 21–33 Esplugas de Llobregat (Barcelona)

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Printed In Spain Im preso en España

Deposito Legal 6.629 – 1974 ISBN: S401–44103X

GRÁFICAS GUADA. S. A. – Virgen de Guadalupe, 33 Espluges de Llobregat (Barcelona)

INTRODUCCIÓN

Intim idad significa unión, y quiero dej ar bien claro, desde el principio, que em pleo esta palabra en su sentido literal. Por consiguiente, de acuerdo con este sentido, la intim idad se produce cuando dos individuos establecen contacto corporal. La naturaleza de este contacto, y a sea un apretón de m anos o un coito, una palm ada en la espalda o un cachete, una m anicura o una operación quirúr gica, constituy e el obj eto de este libro. Cuando dos per sonas se tocan físicam ente, algo especial se produce, y es este algo lo que he querido estudiar.

Para ello, he seguido el m étodo del zoólogo experto en etologia, es decir, en la observación y el análisis del com portam iento anim al. En este caso, m e he lim itado al es tudio del anim al hum ano, im poniéndom e la tarea de ob servar lo que hace la gente: no lo que dice o lo que dice que hace, sino lo que hace en realidad.

El m étodo es bastante sencillo –sim plem ente, m irar–, pero la tarea no es tan fácil com o parece. Esto se debe a que a pesar de la autodisciplina, hay palabras que se em peñan en entrem eterse e ideas preconcebidas que se cru zan reiteradam ente en el cam ino. Es difícil, para el hom bre adulto, observar un fragm ento de com portam iento hu m ano com o si lo viese por prim era vez; pero esto es lo que debe intentar el etólogo, si quiere arroj ar una nueva luz sobre el tem a. Desde luego, cuanto m ás conocido y vulgar es el com portam iento, m ás se agrava el problem a; adem ás, cuanto m ás íntim o es el com portam iento, tanto m ás se llena de carga em ocional, no sólo para sus actores, sino tam bién para el observador.

Tal vez es esta la razón de que a pesar de su im por tancia e interés, se hay an efectuado tan pocos estudios sobre las intim idades hum anas corrientes. Es m ucho m ás cóm odo estudiar algo tan aj eno

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a la intervención hum a na com o, por ej em plo, la costum bre del panda gigante de m arcar el territorio por el olor, o la del acuchi verde de enterrar la com ida, que exam inar científica y obj etivam ente algo tan « conocido» com o el abrazo hum ano, el beso de una m adre o la caricia del am ante. Pero, en un m edio social cada día m ás apretado e im personal, im por ta m uchísim o reconsiderar el valor de las relaciones per sonales intim as, antes de vernos im pulsados a form ular la olvidada pregunta: « ¿Qué le ha pasado al am or?» Con frecuencia, los biólogos se m uestran reacios a em plear la palabra « am or» , com o si ésta no reflej ase m ás que una especie de rom anticism o culturalm ente inspirado. Pero el am or es un hecho biológico. Los goces em ocionales, sub j etivos y la angustia que le son inherentes, pueden ser profundos y m isteriosos y difíciles de explicar científica m ente; pero los signos extrem os del am or –los actos del am or– son perfectam ente observables, y no hay ninguna razón para no estudiarlos com o otro tipo cualquiera de com portam iento.

A veces se ha dicho que explicar el am or es destruirlo, pero esto es totalm ente incierto. Según com o se m ira, es incluso un insulto al am or, al presum ir que, com o una cara viej a y m aquillada, no puede resistir el escrutinio baj o una luz brillante. Y es que en el vigoroso proceso de form ación de fuertes lazos afectivos entre los individuos no hay nada ilusorio. Es algo que com partim os con m i llares de otras especies anim ales: en nuestras relaciones paterno-filiales, en nuestras relaciones sexuales y en nues tras am istades m ás íntim as.

Nuestros encuentros íntim os incluy en elem entos verba les, visuales e incluso olfatorios, pero, por encim a de todo, el am or significa tacto y contacto corporal. Con frecuen cia hablam os de cóm o hablam os, y a m enudo tratam os de ver cóm o vem os; pero, por alguna razón, raras veces tocam os el tem a de cóm o tocam os. Quizás el acto es tan fundam ental –alguien lo llam ó m adre de los sentidos– que tendem os a darlo por cosa sabida. Por desgracia, y casi sin advertirlo, nos hem os vuelto progresivam ente m e nos táctiles, m ás y m ás distantes, y la falta de contacto físico ha ido acom pañada de un alej am iento em ocional. Es com o si el hom bre educado m oderno se hubiese pues to una arm adura em ocional y con su m ano de terciopelo en un guante de hierro, em pezase a sentirse atrapado y aislado de los sentim ientos de sus m ás próxim os com pa ñeros. Es hora de m irar m ás de cerca esta situación. Al ha cerlo, procuraré reservarm e m is opiniones y describir el com portam iento hum ano con la óptica obj etiva del zoólo go. Confío en que los hechos hablarán por sí solos, y que lo harán con bastante elocuencia para que el lector se form e sus propias conclusiones.

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LAS RAICES DE LA INTIMIDAD

Com o ser hum ano que es, usted puede com unicarse conm igo de m uchas m aneras. Yo puedo leer lo que usted escribe, escuchar las palabras que pronuncia, oír su risa y su llanto, m irar la expresión de su rostro, observar las ac ciones que realiza, oler el perfum e que lleva, y sentir su abrazo. En lenguaj e vulgar, podem os referim os a estas in teracciones diciendo que « establecem os contacto» o « m an tenem os contacto» ; sin em bargo, sólo la últim a involucra un contado corporal. Todas las dem ás se realizan a distan cia. El em pleo de palabras tales com o « contacto» y « tacto» al referirnos a actividades tales con la escritura, la vocalización o las señales visuales, es, si lo consideram os obj etivam ente, extraño y bastante revelador. Es com o si aceptásem os autom áticam ente que el contacto corporal es la form a m ás fundam ental de com unicación. Hay otros ej em plos de esto. Así, hablam os con frecuen cia de « tener el corazón en un puño» , de –escenas que nos tocan en lo m ás « vivo» o de « sentim ientos heridos» , y deci m os que un orador « tiene al público en la m ano» . En nin guno de estos casos hay agarrón, tocam iento, sensación o m anej o; pero esto parece no im portar. El em pleo de m etá foras de contacto físico es un m edio eficaz de expresar las diversas em ociones im plicadas en diferentes contextos.

La explicación es bastante sencilla. En la prim era infan cia, antes de que supiésem os hablar o escribir, el contacto corporal fue un tem a dom inante. La interacción física directa con la m adre tuvo una im portancia suprem a y nos dej ó su m arca. E incluso antes, dentro del claustro m ater no, antes de que pudiésem os, no y a hablar o escribir, sino ver u oler, fue un elem ento aún m ás poderoso de nuestras vidas. Si querem os com prender las m uchas m aneras curiosas, y a veces fuertem ente reprim idas, en que establecem os contactos físicos con otros durante la vida adulta, debe m os em pezar por volver a nuestros rem otos orígenes, cuan do no éram os m ás que em briones dentro del cuerpo de nuestras m adres. Las intim idades del útero, que raras ve ces tom am os en consideración, nos m udarán a com prender las intim idades de la infancia, de las que solem os pres cindir porque las dam os por sabidas, y las intim idades de la infancia nos ay udarán, al ser vistas y exam inadas de nuevo, a explicar las intim idades de la vida adulta, que tan a m enudo nos confunden, nos intrigan e incluso nos inquietan.

Las prim erísim as im presiones que recibim os com o se res vivos, al flotar acurrucados dentro del m uro protec tor del útero m aterno, son sin duda sensaciones de íntim o contacto corporal. Por consiguiente, la principal ex citación del sistem a nervioso en desarrollo tom a, en esta fase, la form a de variadas sensaciones de tacto, presión y m ovim iento. Toda la superficie de la piel del feto se baña en el tibio líquido uterino de la m adre. Al crecer aquel y apretarse el cuerpo en desarrollo contra los tej i dos de la m adre, el suave abrazo del saco uterino envol vente se hace gradualm ente m ás firm e, estrechando m ás y m ás al feto a cada sem ana que transcurre. Adem ás, a lo largo de todo este periodo, la criatura que se está de sarrollando se ve som etida a la presión variable de la rítm ica respiración de los pulm ones de la m adre y a un suave y regular m ovim iento de balanceo, cuando la m a dre cam ina.

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Cuando, en los tres últim os m eses antes del nacim ien to, el em barazo toca y a a su fin el niño es tam bién capaz de oír. Todavía no puede ver, ni gustar, ni oler; pero cosas que resuenan en la noche del claustro m aterno pue den ser claram ente detectadas. Si se produce un ruido fuerte y agudo cerca del vientre de la m adre, la criatura se sobresalta. Su m ovim iento puede ser fácilm ente regis trado por instrum entos sensibles, o incluso ser lo bastan te fuerte para que la m adre lo sienta. Esto significa que durante este período, el niño es indudablem ente capaz de oír el rítm ico latido del corazón de la m adre, 72 veces por m inuto. Este quedará grabado com o la principal se ñal sonora de la vida intrauterina.

Estas son, pues, nuestras prim eras y verdaderas expe riencias vitales: flotar en un líquido tibio, perm anecer acurrucados en un abrazo total, balancearnos con las os cilaciones del cuerpo en m ovim iento y escuchar los latidos del corazón de la m adre. Nuestra prolongada exposición a estas sensaciones, a falta de otros estím ulos, dej an una huella duradera en nuestro cerebro, una im presión de se guridad, de bienestar y de pasividad.

De pronto, esta dicha intrauterina se ve rápidam ente destruida por lo que debe ser una de las experiencias m ás traum áticas de toda nuestra vida: el acto de nacer. En cuestión de horas, el útero se transform a de nido m ulli do, en violento y opresor saco de m úsculos, el m úsculo m ás vasto y poderoso de todo el cuerpo hum ano, inclui dos los brazos de los atletas. El perezoso abrazo que era com o un apretón cariñoso se convierte en una constric ción aplastante. El recién nacido no nos saluda con una sonrisa feliz, sino con la tensa y convulsa expresión facial de una victim a desesperada. Su llanto, que suena com o m úsica dulcísim a a los oídos de los ansiosos padres, es en realidad m uy parecido a un grito salvaj e de pánico ciego, al perder de pronto su íntim o contacto con el cuer po de la m adre.

En el m om ento de nacer, el niño aparece fláccido, com o de gom a blanda y m oj ada: pero casi inm ediatam en te boquea y absorbe su prim er aliento. Después, a los cinco a seis segundos, em pieza a llorar. Mueve la cabeza, los brazos y las piernas con creciente intensidad, y , du rante m edia hora, sigue protestando, con irregulares sacu didas de los m iem bros, j adeos, m uecas y gritos, hasta que se sum e, generalm ente, en un profundo y largo sueño.

De m om ento, el dram a ha term inado; pero cuando el niño se despierta necesita un gran cuidado m aternal, con tacto e intim idad para com pensar la perdida com odidad de la m atriz. Estos sustitutos post uterinos se los propor ciona, de m uchas m aneras, la m adre a los que la ay udan. El m ás natural es rem plazar el abrazo del útero por el de los brazos de la m adre. El abrazo m aternal ideal es el que abarca todo el niño, de m odo que la superficie del cuerpo de éste establezca con el de la m adre el m ay or contacto posible, sin dificultar su respiración. Existe una gran diferencia entre abrazar al niño o sim plem ente sostenerlo. El adulto que sostiene un niño can el m ínim o contacto no tarda en descubrir que esto reduce extraordi nariam ente el valor reconfortante de su acción. El pecho, los brazos y las m anos de la m adre deben procurar re producir el abrigo total de la m atriz perdida.

A veces, no basta con el brazo, sino que hay que añadir otros elem entos sim ilares a los de la m atriz. Sin saber m uy bien por qué la m adre em pieza a m ecer sua vem ente al niño de un lado a

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otro. Esto tiene un pode roso efecto sedante; pero, si no basta, debe levantarse y dar pasos hacia delante y hacia atrás, con el niño acu nado en los brazos. De vez en cuando, conviene que lo sacuda brevem ente arriba y abaj o. Todas estas intim idades ej ercen una influencia reconfortante sobre el niño inquieto o llorón y , al parecer, esto se debe a que im itan algunos de los ritm os experim entados por la criatura antes de nacer. La presunción m ás natural es que aquéllas reproducen las suaves oscilaciones sentidas por el niño en el claustro m aterno cuando la m adre cam inaba durante su em barazo. Pero esto tiene una falla. Suele equivocarse la rapidez. El ritm o del cuneo es considerablem ente m ás len to que el de la m archa norm al. Adem ás, cuando « se pasea al niño» se hace a un paso m ucho m ás lento que cuando se anda con norm alidad. Recientem ente, se han realizado experim entos para averiguar el ritm o ideal de la cuna. Si era dem asiado lento o dem asiado rápido, el m ovim iento producía m uy poco efecto sedante, si es que producía alguno; pero cuan do se im prim ió a la cuna m ecánica de sesenta a setenta oscilaciones por m inuto, el cam bio fue sorprendente: los niños en observación se tranquilizaron

inm ediatam ente y lloraron m ucho m enos. Aunque las m adres varían en la rapidez con que m ecen a sus hij os cuando los llevan en brazos, su ritm o típico es m uy parecido al de los experi m entos, y lo propio puede decirse de cuando « pasea al niño» . Sin em bargo, en circunstancias norm ales, la rapi dez de la m archa suele exceder de los cien pasos por m i nuto. Parece, pues, que aunque estas acciones tranquilizado ras pueden surtir efecto porque reproducen los m ovi m ientos oscilatorios que siente el niño en el claustro m a terno, la rapidez con que se efectúa requiere otras expli caciones. Aparte de la m archa de la m adre el feto pasa por otras dos experiencias rítm icas: la respiración regu lar de la m adre y los latidos regulares de su corazón. El ritm o de la respiración –entre diez y catorce respira ciones por m inuto– es dem asiado lento para ser tom ado en consideración; en cam bio, el del corazón –72 latidos por m inuto– parece m ucho m ás digno de atención. Parece que este ritm o, oído o sentido, es un consolador vital, que recuerda al niño el paraíso perdido de la m atriz.

Existen dos indicios que refuerzan esta opinión. Pri m era: si registram os en un disco los latidos del corazón y hacem os que el niño lo escuche a la velocidad correcta, observam os un efecto calm ante, incluso sin cuneo o m ovi m ientos oscilatorios. Si tocam os el disco m ás de prisa, a m ás de cien latidos por m inuto –o sea, la velocidad nor m al de la m archa–, los efectos calm antes cesan inm edia tam ente. Segundo: com o y a refiero en El m ono desnudo, cuidadosas observaciones han revelado que la inm ensa m ay oría de las m adres sostienen a sus hij os de m odo que apoy en la cabeza sobre su seno izquierdo, cerca del corazón. Aunque estas m adres no saben por que lo ha cen, aciertan al colocar el oído del niño lo m ás cerca po sible del lugar en que se producen los latidos. Esto se aplica tanto a las m adres norm ales com o a las zurdas, por lo que la explicación de los latidos del corazón parece ser la única adecuada.

Salta a la vista que esto seria susceptible de ser explo tado com ercialm ente m ediante la confección de una cuna que oscilase m ecánicam ente a la velocidad de los latidos del corazón, o que estuviese provista de un pequeño apa rato que reproduj ese, am pliado, el sonido norm al de aque llos latidos. Un m odelo de luj o que incluy ese am bos ingenios sería indudablem ente aún m ás

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eficaz, y m uchas m adres atareadas sólo tendrían que apretar un botón y echarse a descansar, para que el aparato tranquilizase e hiciese dorm ir a su pequeño con la m ism a facilidad con que la m áquina lavadora lim pia su ropita sucia.

La aparición de estas m áquinas en el m ercado es sólo cuestión de tiem po, y sin duda servirán de gran ay uda a las atareadas m adres m odernas; pero seria peligroso excederse en su utilización. Cierto que un tranquilizador m ecánico es m ej or que la falta de todo sedante, tanto para los nervios de la m adre com o para el bienestar del niño, y que aquél tiene grandes ventaj as, sobre todo cuan do la falta de tiem po quita a la m adre toda alternativa. Sin em bargo, los anticuados procedim ientos m aternales siem pre serán m ej ores que sus sustitutos m ecánicos. Dos razones lo confirm an. Prim era: la m adre hace m ás de lo que nunca podrá hacer una m áquina. Sus acciones con fortantes son m ás com plej as y tienen rasgos específicos que exam inarem os m ás adelante. Segunda: la íntim a in teracción entre la m adre y el hij o, que se produce siem pre que aquélla conforta a éste, sosteniéndolo, abrazándolo y m eciéndolo, constituy e la base fundam ental del fuerte lazo afectivo que pronto surgirá entre am bos. Cierto que du rante los prim eros m eses el niño responde positivam ente a cualquier adulto com placiente; pero, pasado un año, ha brá aprendido a conocer a su propia m adre y a rechazar la intim idad de los extraños. En la m ay oría de los niños, este cam bio suele producirse al quinto m es, pero no se realiza de la noche a la m añana y varía m ucho de un niño a otro. Por consiguiente, es difícil predecir con seguri dad el m om ento exacto en que el niño em pezará a res ponder selectivam ente a su propia m adre. Es un período critico, porque la fuerza y la calidad del lazo afectivo ulterior dependerá de la riqueza y la intensidad del com portam iento de contacto corporal que se produzca entre la m adre y al hij o, precisam ente en esta fase inicial.

Evidentem ente, el uso excesivo, durante esta fase vital, de procedim ientos m ecánicos puede ser peligroso. Algunas m adres se figuran que el sum inistro de alim ento y de otras recom pensas parecidas les granj ea el afecto de sus hij os: pero no es así. Observaciones realizadas con niños carentes de aquellas atenciones y experim entos practicados con m onos han revelado, sin lugar a dudas, que es esencial el tierno contado con el suave cuerpo de la m adre para producir el lazo vital afectivo que tan im portante habrá de ser para el com portam iento en ulteriores etapas de la existencia. Es virtualm ente im posible dar dem asiado am or y contacto durante estos prim eros m eses críticos, y la m adre que ignora este hecho lo lam entara m ás tarde, lo m ism o que su hij o. Es difícil com prender la torcida tra dición según la cual conviene dej ar que el niño llore para que « no se le suba a uno a las barbas» , cosa que ocurre con dem asiada frecuencia en nuestras culturas civilizadas.

Sin em bargo, al com batir esta declaración, hay que añadir que cuando el niño es m ay or la situación cam bia. Entonces, es posible que la m adre exagere su protección y retenga al niño pegado a sus faldas, cuando éste debería em pezar a cam par por sus respetos y hacerse m ás inde pendiente. Lo peor que puede hacer una m adre es ser poco protectora y dem asiado severa y exigente con un niño pequeño, y después, exagerar su protección y su apego al niño m ay or. Esto invierte com pletam ente el orden natural de form ación del lazo, aunque, desgraciadam ente, es algo m uy frecuente en la actualidad. Cuando un niño m ay or o un adolescente, « se rebela» , es

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m uy probable que encontrem os, en el fondo, este equivocado sistem a de crianza. Y, cuando esto ocurre, es dem asiado tarde para corregir el prim itivo error.

La secuencia natural que acabo de esbozar –prim ero, am or; después, libertad– es fundam ental, no sólo para el hom bre, sino tam bién para todos los prim ates superiores. Las m adres de los m onos m antienen ininterrum pidam ente la intim idad del contacto corporal durante m uchas sem a nas después del nacim iento. Desde luego, su tarea se ve facilitada por el hecho de que los m onitos son lo bas tante vigorosos para m antenerse agarrados a ellas duran te largo rato. En los m onos m ás grandes, com o el gorila, los pequeños pueden necesitar unos cuantos días para aprender a agarrarse bien, pero una vez conseguido esto, y a pesar de su peso, lo practican con notable tenacidad. Los m onos m ás pequeños se agarran a su m adre desde que nacen, e incluso he visto a un m onito, en el m om ento del alum bram iento, agarrarse fuertem ente con las patas delanteras al cuerpo de su m adre, cuando la parte poste rior del anim alito no había salido aún de la m atriz.

El niño es m ucho m enos atlético. Sus brazos son m ás débiles, y los pies, de cortos dedos, no son prensiles. Por consiguiente, plantean un problem a m ay or a la m a dre hum ana. Durante los prim eros m eses, ella sola debe realizar todas las acciones físicas encam inadas a m ante ner el contacto corporal entre ella y su pequeño. Suele subsisten unos pocos restos de los ancestrales hábitos prensiles del recién nacido, rudim entarias huellas de su rem oto pasado en el curso de la evolución, pero que de nada le sirven en la actualidad. Duran poco m ás de dos m eses a partir del nacim iento y reciben el nom bre de reflej o de asim iento y reflej o de Moro.

El reflej o de asim iento se produce m uy pronto; el feto de seis m eses lo experim enta y a de un m odo m uy intenso. Después del nacim iento, un estim ulo en la palm a de la m ano hace que ésta se cierre con tal fuerza que perm ite al adulto levantar el cuerpo del niño con todo su peso. Sin em bargo, a diferencia del m ono pequeño, este asi m iento no puede prolongarse m ucho rato. El reflej o de Moro puede observarse si baj am os rápida y bruscam ente al niño unos pocos palm os –com o si le dej ásem os caer–, sosteniéndole por la espalda. El pe queño extiende inm ediatam ente los brazos y abre las m a nos y los dedos. Después, cierra los brazos de nuevo, com o para agarrarse a algo. Aquí vem os claram ente un reflej o de la ancestral acción de asim iento del prim ate, practicada eficazm ente por todos los m onitos norm ales. Recientes estudios han confirm ado esto, aún con m ay or claridad. Si el niño se siente caer, sostenido de las m anos de m odo que estas puedan agarrarse, su prim era reacción no es abrir los brazos para volver a cerrarlos, sino, sim plem ente, apretar los dedos con m ás fuerza. Esto es pre cisam ente lo que haría un m onito asustado, si, hallándose floj am ente agarrado a la pelam bre de su m adre, ésta, súbitam ente espantada, se levantase de un salto. El m ono lo apretaría m ás los dedos, para que su m adre le llevase rápidam ente a lugar seguro. El niño, hasta las ocho se m anas, aún conserva lo bastante del m ono para m os trarnos un resto de esta reacción.

Sin em bargo, desde el punto de vista de la m adre hu m ana, estas reacciones « sim iescas» sólo tienen un interés académ ico. Pueden intrigar al zoólogo, pero, en la prác tica, no sirven para aliviar la carga de los padres. En tonces, ¿cóm o debe hacer frente a la situación? Hay varias

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alternativas. En la m ay oría de las llam adas culturas prim itivas, el niño, durante los prim eros m eses, está casi constantem ente en contacto con el cuerpo de la m adre. Cuando ésta descansa, el niño es sostenido continuam ente por ella m ism a o por otra persona. Cuando duerm e, el pequeño com parte su lecho. Cuando trabaj a o va de un lado a otro, lo lleva firm em ente suj eto a su cuerpo. De este m odo, m antiene el casi ininterrum pido contacto típico de los prim ates. Pero las m adres m odernas no pueden siem pre llegar a estos extrem os.

Una alternativa es faj ar al niño con unos pañales. Si la m adre no puede ofrecer al pequeño el abrigado refugio de sus brazos o el íntim o contacto con el cuerpo, de noche y de día, hora tras hora, puede al m enos envolverlo en unos pañales finos y calientes que sustituy an al per dido abrigo de la m atriz. En general, pensam os que se abriga a los niños sólo para m antener su calor; pero, en realidad, hay m ucho m ás que esto. El abrazo de la tela en que es envuelto el niño, establece un contacto igual m ente im portante con la superficie de m i cuerpo. Si esta envoltura debe ser floj a o apretada, es un tem a obj eto de acaloradas discusiones. La actitud de las diferentes culturas varía m ucho sobre el grado ideal de suj eción de este prim er abrigo que sustituy e a la m atriz.

En nuestro m undo occidental, suelen rechazarse los pañales y se prefiere envolver ligeram ente al recién nacido, de m odo que pueda m over el cuerpo y los m iem bros a su antoj o. Los expertos han expresado el tem or de que una m ay or suj eción « podría entum ecer el espíritu del niño» . La inm ensa m ay oría de los lectores occidentales acepta rán inm ediatam ente esta opinión: pero conviene estudiarla m ás de cerca. Los antiguos griegos y rom anos faj aban a sus pequeños; sin em bargo, incluso los m ás ardientes de tractores de los pañales tienen que adm itir que había, en tre ellos, m uy pocos espíritus entum ecidos. En cuanto a los niños ingleses, hasta finales del siglo XVIII eran en vueltos en pañales, y m uchos pequeños rusos, y ugoslavos, m ej icanos, tapones, j aponeses e indios am ericanos lo son aún en la actualidad. Hace poco, se estudió científicam ente la cuestión, com probando, por m edio de instrum entos su m am ente sensibles, el grado de incom odidad experim en tado por niños con pañales y niños sin ellos. Y se llegó a la conclusión de que los que llevaban pañales se sentían m enos incóm odos, hecho dem ostrado por un pulso y una respiración m ás lentas y por la m enor frecuencia del llan to. Adem ás, aum entaban las horas de sueño. Es de pre sum ir que esto es debido a que los pañales apretados reproducen m ej or la presión de la m atriz experim entada por el feto durante las últim as sem anas de gestación.

Pero si esto parece hablar en favor de los pañales, no hay que olvidar que incluso los fetos m ás volum inosos y que hinchan m ás el vientre de la m adre no están nunca tan apretados por la m atriz, que ésta les im pida ocasio nales m ovim ientos y patadas. Cualquier m adre que sienta estos m ovim ientos en su interior sabrá que no lleva a su hij o tan faj ado com o para im ponerle una inm ovilidad total. Por consiguiente, un faj ado m oderadam ente aislado, después del nacim iento, es probablem ente m ás na tural que los pañales apretados que se aplican en algunos países. Adem ás, los pañales suelen prolongar innecesaria m ente, m ucho m ás de lo que es recom endable, la estrecha suj eción de los pequeños. Puede ser útil durante las pri m eras sem anas, pero si se prolonga durante m eses puede entorpecer el proceso de desarrollo m uscular

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y de m ovi lidad norm ales. Así com o el feto tiene que abandonar la m atriz real, así el recién nacido tiene que abandonar pronto la m atriz de tela, si no quiere « llegar con retraso» a su nueva fase de desarrollo. En general, cuando habla m os de niños prem aturos o retrasados nos referim os úni cam ente al m om ento de su nacim iento, pero conviene apli car los m ism os conceptos a fases m ás avanzadas de su desarrollo. En cada fase, desde la infancia hasta la ado lescencia, existen im portantes form as de intim idad, de con tacto corporal y de crianza, que deberían producirse entre padres e hij os si se quiere que estos pasen venturosam en te por las diversas etapas. Si la intim idad brindada por los padres en cada fase particular se adelanta o retrasa dem asiado en relación con lo adecuado, pueden surgir ulteriores com plicaciones.

Hasta aquí hem os considerado algunas de las m aneras en que la m adre ay uda a su pequeño a suplir ciertas inti m idades de la vida intrauterina; pero sería erróneo dar la im presión de que los cuidados prestados durante la pri m era fase que sigue al nacim iento no son m ás que pro longación del bienestar del feto. Esto es solo una parte del cuadro. Otras interacciones se producen al m ism o tiem po. La condición del niño tiene sus propias y nuevas for m as adicionales de satisfacción. Entre estas, figuran las caricias, los besos y palm aditas de la m adre, y la lim pieza de la superficie del cuerpo del niño m ediante cuidadosas m anipulaciones, com o el lavado y otras fricciones suaves. El abrazo requiere tam bién algo m ás que un sim ple abrazo. Adem ás de la presión envolvente de los brazos, la m adre suele dar rítm icas palm aditas al pequeño. Esta ac ción se lim ita casi siem pre a una región del cuerpo del niño, a saber, la espalda. En ella se observa un ritm o característico y un vigor peculiar, ni dem asiado débil, ni dem asiado fuerte. Sería erróneo considerarlo com o una m era acción de « zalam ería» . Es una reacción de la m adre m ucho m ás am plia y fundam ental, y no se lim ita a una form a específica de m alestar infantil. Siem pre que el niño parece necesitar un poco m ás de alivio, la m adre enriquece su sencillo abrazo con unas palm aditas en la espalda. Con frecuencia, les añade un poco de balanceo sim ultáneo y unos m urm ullos cerca de la cabeza del pequeño. La im portancia de estos prim eros actos de consuelo es consi derable, pues, com o verem os m ás adelante, reaparecen baj o m uchas form as, a veces evidentes, a veces m uy di sim uladas, en las diversas intim idades de la vida adulta. Son tan autom áticos, para la m adre, que raras veces se advierten o se discuten, lo cual da por resultado que el papel transform ado que representan en la vida ulterior suele pasarse por alto. En su origen, la acción de dar palm aditas es lo que los especialistas en com portam iento anim al califican de m ovi m iento de intención. Lo com prenderem os m ej or con un ej em plo anim al. Cuando un páj aro está a punto de em prender el vuelo, agacha la cabeza com o parte de la ac ción de partida. A lo largo de la evolución, esta inclinación de la cabeza puede exagerarse para indicar a los otros páj aros que se dispone a volar. El anim alito sacude la cabeza con fuerza y reiteradam ente antes de iniciar el vuelo, com o avisándoles de lo que va a hacer e invitándo les a acom pañarle. Dicho con otras palabras, m anifiesta su intención de volar, y por eso el m ovim iento de cabeza se denom ina m ovim iento de intención. Las palm aditas de las m adres parecen haber evolucionado de m anera parecida, com o una señal especial de contacto, com o un rei terado m ovim iento intencional de apretar fuerte. Cada palm ada de la m adre es com o si dij era: « Mira, así te apre taré de fuerte para protegerte del peligro; conque, des cansa, no tienes nada que tem er.» Cada palm ada repite la señal y contribuy e a sosegar al niño. Pero aún hay

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m ás. Y de nuevo puede servirnos el ej em plo del páj aro. Si éste se alarm a un poco, pero no lo bastante para echar a volar, puede avisar a sus com pañeros con unos ligeros m ovim ientos de cabeza, pero sin llegar a levantar el vuelo. En otras palabras, la señal de intención de m ovim iento puede darse por sí m ism a, sin llegar a la plenitud de la acción. Lo m ism o ocurre con las palm adas hum anas. La m ano da unas palm adas en la espalda, se detiene, repite su acción y vuelve a detenerse. No llega hasta la plena acción de asim iento com o protección contra un peligro. Y así, el m ensaj e de la m adre al niño no dice solam ente: « No te m as, te tendré agarrado así, si am enaza un peligro» , sino tam bién: « No tem as, no hay peligro; si lo hubiese, te agarraría m ás fuerte.» Por consiguiente, las palm adas re petidas son doblem ente tranquilizadoras. La señal de los arrullos o de los m urm ullos aplaca de otra m anera. Tam bién aquí nos servirá un ej em plo anim al. Cuando ciertos peces se sienten agresivos, lo indican ba j ando la parte del cuerpo correspondiente a la cabeza y levantando la de la cola. Si el m ism o pez indica que no tiene propósitos agresivos, hace todo lo contrario, es de cir, levanta la cabeza y baj a la cola. Los suaves m urm ullos de la m adre se rigen por el m ism o principio de antítesis. Los sonidos fuertes y roncos son señales de alarm a para nuestra especie, com o para m uchas otras. Los chillidos, los gritos, los gruñidos y los rugidos son, entre los m a m íferos, m ensaj es de dolor, de peligro, de m iedo y de agresión. Em pleando m atices de fondo que son la antite sis de estos sonidos, la m adre hum ana puede indicar lo contrario de aquellos m ensaj es, a saber, que todo m archa bien. Puede transm itir m ensaj es verbales en su arrullo o en su m urm ullo, pero, desde luego, las palabras tienen poca im portancia. Lo que transm ite la señal vital y confor tante es la suave y dulce calidad del tono del arrullo.

Otra nueva e im portante form a de intim idad post uterina es el ofrecim iento del pezón (o del chupete) para que el niño lo succione. La boca de éste siente entrar una form a suave, tibia y elástica de la que puede extraer un líquido dulce y caliente. Su boca siente el calor; su len gua gusta el dulzor, y sus labios perciben la suavidad. Una nueva y básica satisfacción –una intim idad prim aria– ha entrado a form ar parte de su vida. Y, baj o m uchos disfra ces, reaparecerá m ás tarde, en la vida adulta.

Estas son, pues, las intim idades m ás im portantes de la prim era fase infantil de la especie hum ana. La m adre abraza a su retoño, lo sostiene, lo m ece, le da palm aditas, lo besa, le acaricia, le lim pia y le am am anta, y le can turrea y le m urm ura. Durante esta prim era fase, la única acción realm ente positiva de contacto del niño es chupan pero em ite dos señales vitales con las que anim a a la m a dre a realizar acciones de intim idad y de estrecho con tacto. Estas señales son el llanto y la sonrisa. Llanto para iniciar el contacto, y sonrisa para m antenerlo. Al llorar, dice: « Ven» , y al sonreír: « Quédate, por favor.»

El llanto es, a veces, m al interpretado. Com o el niño llora cuando tiene ham bre, se siente incóm odo o le duele algo, se presum e que éstos son los únicos m ensaj es que transm ite. Cuando el niño llora, la m adre saca inm ediata m ente la conclusión de que se ha planteado alguno de estos tres problem as; pero esto no es necesariam ente cier to. El m ensaj e dice solam ente: « Ven» ; no dice por qué. Un niño bien alim entado, cóm odo y sin dolor alguno, pue de seguir llorando sólo

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para iniciar un contacto íntim o con la m adre. Si la m adre le da alim ento, se asegura de que se encuentra cóm odo y lo dej a otra vez, es posible que el niño reanude su llantina. Todo lo que esto signi fica, en un niño sano, es que no ha tenido toda su ración de íntim o contacto corporal, y que seguirá protestando hasta conseguirla. En los prim eros m eses, esta exigencia es m uy aprem iante; pero el niño tiene la suerte de dispo ner de otra señal, ésta m uy atractiva, la sonrisa de gozo, que com pensa a la m adre de todos sus trabaj os.

La sonrisa es una facultad única del niño hum ano. Los m onos y los sim ios no la tienen. En realidad, no la necesitan, porque son lo bastante vigorosos para agarrarse a la pelam bre de su m adre y aferrarse a ella por su propio esfuerzo. El niño no puede hacerlo, y necesita algo para atraer a la m adre. La sonrisa fue la solución dada por la evolución a este problem a. Tanto el llanto com o la sonrisa están respaldados por señales secundarias. El llanto hum ano em pieza com o el de los m onos. Cuando un m onito llora, produce una serie de chillidos rítm icos, pero no vierte lágrim as. Durante las prim eras sem anas después del nacim iento, el niño llora tam bién sin lágrim as; pero, pasado este periodo inicial, las lágrim as se sum an a la señal vocal. Más tarde, en la vida adulta, las lágrim as pueden fluir aisladam ente, por si so las, com o una señal m uda: pero, en el niño, el llanto es por esencia un acto com binado. Por alguna razón, la singu laridad del hom bre, com o prim ate que vierte lágrim as, ha sido raras veces com entada; pero salta a la vista que esto debe tener alguna significación concreta para nuestra es pecie. En prim er lugar, es, desde luego, una señal visual, acrecentada por las m ej illas lam piñas, donde las lágrim as pueden brillar y rodar ostensiblem ente. Pero otra clave del problem a es la reacción de la m adre, que suele « enj ugar» los oj os de su hij o. Esto entraña un suave secado de las lágrim as de la piel de la cara, un acto apaciguador de íntim o contacto corporal. Tal vez sea ésta una im portante función secundaria de la creciente y espectacular secre ción de las glándulas lacrim ales, que, tan a m enudo, inun dan el rostro del j oven anim al hum ano.

Si esto parece rebuscado, conviene recordar que la m a dre hum ana, com o la de otras m uchas especies, siente la fuerte necesidad de lim piar el cuerpo de su retoño. Cuan do éste se orina, ella lo seca, y casi parece com o si las lágrim as copiosas hubiesen llegado a ser una especie de “sustituto de la orina”, para estim ular una reacción íntim a parecida en m om entos de desconsuelo em ocional. A di ferencia de la orina, las lágrim as no sirven para elim inar im purezas del cuerpo. Cuando la secreción es escasa, lim pia y protege los oj os; pero cuando es abundante su única función parece ser la de transm itir señales sociales, lo cual j ustifica una interpretación a base únicam ente del com portam iento. Com o en el caso de la sonrisa, la invitación a la intim idad parece ser su principal obj etivo.

La sonrisa es reforzada por las señales secundarias de los m urm ullos y el estiram iento de brazos. El niño sonríe, em ite sonidos inarticulados y tiende los brazos a su m a dre en un m ovim iento intencional de asirse a ella, invi tándola a levantarlo. La reacción de la m adre es recipro ca. Sonríe a su vez, « balbucea» y le tiende los brazos para tocarlo o asirlo. Com o el llanto, la sonrisa com plej a no aparece, aproxim adam ente, hasta el segundo m es. En rea lidad, en el prim er m es podría llam arse « sim iesca» , pues las prim eras señales hum anas sólo aparecen después de

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transcurridas estas prim eras sem anas.

Al tener el niño tres o cuatro m eses, aparecen nuevas m uestras de contacto corporal. Las prim eras acciones « si m iescas» del reflej o de asim iento y del reflej o de Moro desaparecen siendo rem plazadas por form as m ás refinadas de asim iento y agarrón directos. En el caso del prim itivo reflej o de asim iento, la m ano del niño se cerraba auto m áticam ente sobre cualquier obj eto que se pusiese en con tacto con ella; en cam bio, ahora, el agarrón selectivo se convierte en una acción positiva en que el niño coordina los oj os y las m anos, estirando los brazos para agarrar un obj eto concreto que le llam a la atención. En general, este es parte del cuerpo de la m adre y sobre todo, sus cabellos. Los agarrones directos de esta clase suelen ser perfectos al quinto m es de vida.

De m anera parecida, los autom áticos e indirectos m o vim ientos del reflej o de Moro se convierten en un apre tón deliberado, en que el niño se aferra concretam ente al cuerpo de la m adre, adaptando sus m ovim ientos a la po sición de esta. Esta adhesión dirigida se produce norm al m ente al sexto m es.

Dej ando atrás la prim era infancia y pasando al período siguiente, observam os que existe una decadencia gradual en el alcance de la prim itiva intim idad corporal. La ne cesidad de seguridad, satisfecha por el am plio contacto corporal con los padres, tropieza con un com petidor cada vez m ás poderoso, a saber, la necesidad de independen cia, de descubrir el m undo, de explorar el m edio am biente, Y es natural que esto no puede hacerse desde dentro del cerco de los brazos de la m adre. El niño debe lanzarse. La intim idad prim era debe sufrir por ello. Pero el m undo es todavía un lugar tem ible, y el niño necesita alguna form a de intim idad indirecta, a distancia, para conservar la im presión de seguridad, m ientras se afirm a la indepen dencia. La com unicación táctil debe ceder paso a una com unicación visual cada vez m ás sensible. El niño tiene que rem plazar el restringido y engorroso refugio del abra zo y de los m im os por el m enos restrictivo artificio del intercam bio de expresiones faciales. El abrazo reciproco cede terrino a la sonrisa com partida, a la risa com par tida y a las dem ás actitudes faciales de que es capaz el ser hum ano. La cara sonriente, que antes invitaba al abra zo, ahora lo sustituy e. En efecto: la sonrisa se convierte en un abrazo sim bólico, que opera a distancia. Esto per m ite al niño m overse con m ay or libertad, pero restablece, con una m irada, el « contacto» em ocional con la m adre. La siguiente fase im portante de desarrollo llega cuando el niño em pieza a hablar. En el tercer año de vida, con la adquisición de un vocabulario básico, el « contacto» ver bal viene a sum arse al visual. Ahora, el niño y la m adre pueden com unicarse sus « sentim ientos» recíprocos por m e dio de la palabra.

Al progresar esta fase, las prim itivas y elem entales in tim idades del contacto corporal directo se restringen forzosam ente m ucho m ás. El abrazo es propio del niño « pequeño» . La creciente necesidad de exploración, de inde pendencia y de identidad individual y separada, am ortigua el deseo de ser sostenido y abrazado. Si en esta fase, los padres exageran esos contactos corporales prim arios, el niño no se siente protegido, sino m agullado. El asim iento significa un retroceso, y los padres tienen que adaptarse a la nueva situación.

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Sin em bargo, el contacto corporal no desaparece por com pleto. En m om entos de dolor, de disgusto, de tem or o de pánico, el abrazo será bien recibido o deseado, e in cluso en m om entos m enos dram áticos puede producirse algún contacto. Pero la form a de este experim enta im por tantes cam bios. El abrazo total y apretado se transform a en parcial. Y em piezan a aparecer el abrazo a m edias, el brazo que rodea los hom bros, la palm ada en la cabeza y el apretón de m anos.

Lo curioso de esta fase de la infancia es que, con todas las tensiones originadas por la exploración, persiste aún una gran necesidad interior de intim idad y contactos cor porales. Esta necesidad, m ás que reducirse, se reprim e. La intim idad táctil es infantil y tiene que relegarse al pasado, pero el m edio sigue pidiéndola. El conflicto resultante de esta situación se resuelve con la introducción de nuevas form as de contacto que proporcionan la requerida inti m idad corporal sin dar la im presión de que el niño sigue en la prim era infancia.

La prim era señal de estas intim idades disim uladas apa rece m uy pronto y casi vuelve a llevarnos a la prim era fase. Em pieza en la segunda m itad del prim er año de vida y consiste en el em pleo de los que han sido llam ados « ob j etos de transición» . Éstos son, en efecto, sustitutos ina nim ados de la m adre. Tres de ellos son m uy corrientes: un biberón predilecto, un j uguete blando y un pedazo de tej ido suave, generalm ente un chal o una pieza particular de los enseres de la cam a. En la prim era fase infantil, estos fueron experim entados por el niño com o parte de sus contactos íntim os con la m adre. Desde luego, no los prefería a estos, pero los asociaba intensam ente con su presencia corporal. En ausencia de la m adre, se con vierten en sus sustitutos, y m uchos niños se niegan a dor m ir sin su consoladora proxim idad. El chal o el j uguete tienen que estar en la cunita a la hora de acostarse, o habrá m ucho j aleo. Y la exigencia es concreta: tiene que ser el j uguete o el chal. Otros parecidos, pero desconoci dos, no sirven. En esta fase, los obj etos se em plean solam ente cuando la propia m adre no está disponible: por esto adquieren tanta im portancia a la hora de acostarse, cuando se rom pe el contacto con la m adre. Pero al crear el niño se produce un cam bio. Al independizarse el hij o de la m adre, los obj etos predilectos se hacen m ás im portantes y con fortadores. Algunas m adres lo interpretan m al y se im a ginan que el niño se siente extrañam ente inseguro por alguna razón. Si el niño m uestra un furioso afán de con tacto con su Teddy o su « chalín» o su « titín» –estos obj etos son siem pre designados con un apodo especial–, la m adre tal vez lo considere com o un retroceso. En rea lidad, es todo lo contrario. Lo que el niño hace es com o si dij era: « Quiero estar en contacto con el cuerpo de m i m adre, pero esto es propio de un niño pequeño. Ahora, soy dem asiado independiente para esto. En cam bio, es tableceré contacto con este obj eto, que hará que m e sienta seguro sin tenor que arroj arm e en brazos de m i m adre.» Com o dij o un autor, el obj eto de transición « es un recor datorio de los aspectos agradables de la m adre, es un sus tituto de ésta, pero es tam bién una defensa contra un nuevo acaparam iento por parte de la m adre» . Al crecer el niño, y con el paso de los años, el obj eto confortador puede persistir con notable tenacidad, a veces hasta después de la m itad de la infancia. En raras ocasiones se prolonga hasta la edad adulta. Todos conoce m os el caso de la m uchacha núbil que se duerm e abrazada a su

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gigantesco oso Teddy . He dicho en « raras ocasiones» , pero esto requiere una aclaración. Ciertam ente, es raro que conservem os una obsesión por el m ism o obj eto de transición em pleado en nuestra infancia. Para la m ay oría de nosotros, la naturaleza del acto sería dem asiado trans parente. Lo que hacem os es buscar sustitutos a los sus titutos: refinados sustitutos de adulto para los sustitutos infantiles del cuerpo de la m adre. Cuando el chal de la infancia se transform a en un abrigo de piel, lo tratam os con m ás respeto.

Otra form a de intim idad disim ulada del niño en cre cim iento se m anifiesta en la afición a los j uegos violentos. Si subsiste la necesidad de unos abrazos que parecen de niño pequeño, el problem a puede resolverse abrazando a los padres de m anera que el consiguiente contacto cor poral no parezca un abrazo. El apretón cariñoso se con vierte en un abrazo de oso aparentem ente agresivo. El abrazo se convierte en lucha. Cuando j uega a luchar con los padres, el niño satisface la necesidad de intim idad cor poral de la prim era infancia, pero ocultándola baj o la m áscara de una agresividad propia de los adultos.

Este recurso es tan eficaz, que estas luchas fingidas con los padres continúan, a veces, hasta m uy avanzada la adolescencia. Y aún m ás, entre los adultos, suele com pri m irse en un am istoso apretón del brazo o en una palm ada a la espalda. Desde luego, la lucha fingida de la infancia involucra algo m ás que una sim ple intim idad disim ulada.

Contiene una buena dosis de prueba y de contacto cor porales, de exploración de nuevas posibilidades físicas, j unto a la reproducción de las viej as. Pero las viej as siguen estando allí, y son im portantes, m ucho m ás de lo que suele pensarse.

Con la llegada de la pubertad surge un nuevo problem a. El contacto corporal con los padres se restringe aún m ás. Los padres descubren que sus hij as son, de pronto, m enos j uguetonas. Los hij os m uestran cierta tim idez en sus contactos con la m adre. En el caso que sigue a la pri m era infancia, em pieza a m anifestarse la acción indepen diente; pero ahora, en la pubertad, se intensifica esta ne cesidad, que introduce una nueva y poderosa exigencia: la reserva. Si el m ensaj e del niño pequeño era « agárram e fuerte» , y el del m uchachito, « a ver si m e tum bas» , el del adoles cente es « déj am e solo» . Un psicoanalista describió cóm o, en la pubertad, « la j oven persona tiende a aislarse, y cóm o, a partir de entonces, convive con los m iem bros de su fam ilia com o si le fuesen extraños» . Desde luego, esta de claración es exagerada. Los adolescentes no van por ahí besando a los extraños, y sin em bargo, siguen besando a sus padres. Cierto que sus acciones son m ás com edidas –el beso sonoro se convierte en un roce de la m ej illa– pero siguen produciéndose breves intim idades. Sin em bar go, las lim itan, com o los adultos, a los saludos, las des pedidas, las celebraciones y los desastres. En realidad, el adolescente es y a un adulto –y a veces un superadulto– en lo que respecta a las intim idades fam iliares. Los am an tes padres, con inconsciente ingenuidad, resuelven este problem a de m uchas m aneras. Ej em plo típico de ello es el “arreglo de la ropa”. Si no pueden realizar un contacto cariñoso directo, establecen el contacto corporal disim u lado baj o la fórm ula de « dej a que te arregle la corbata» , o « dej a que te cepille la chaqueta» . Si la respuesta es « no te preocupes, m adre» , o « puedo hacerlo y o m ism o» , esto significa que el adolescente, tam bién

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inconsciente m ente, ha com prendido el truco.

Cuando llega la postadolescencia y el j oven adulto sale de la fam ilia, es –desde el punto de vista de la intim idad corporal– com o si se produj ese un segundo nacim iento, porque aquél abandona el claustro fam iliar de la m ism a m anera que, dos decenios antes, abandonó el claustro m a terno. Vuelve a em pezar la prim itiva secuencia de intim i dades cam biantes « agárram e fuerte, a ver si m e tum bas, déj am e solo» . Los j óvenes am antes dicen, com o el niño, « agárram e fuerte» . A veces, incluso se llam an « pequeño» cuando dicen tal cosa. Por prim era vez desde la prim era infancia, las intim idades se extienden hasta el m áxim o; las señales de contacto corporal em piezan m i tej ido m ágico y com ienza a form arse un poderoso lazo afectivo. Para recalcar la fuerza de este lazo, el m ensaj e « agárram e fuer te» se am plía con las palabras « y no m e sueltes» . Cuando se com pleta la form ación de la parej a y los am antes cons tituy en una nueva unidad fam iliar de dos personas, ter m ina la fase de esta repetición de la prim era niñez. La se cuencia de la nueva intim idad continúa, copiando la pri m era, la prim aria. Y viene la repetición de la infancia avanzada. (Es realm ente una segunda infancia, que no debe confundirse con la fase senil, que aparece m ucho m ás tarde y que a veces ha sido denom inada, equivocadam en te, segunda infancia.)

Ahora, las absorbentes intim idades del noviazgo em pie zan a debilitarse. En casos extrem as, uno o am bos m iem bros de la nueva parej a se sienten atrapados, y am ena zada su independencia de acción. Es una cosa norm al; pero parece anorm al, y por ello, deciden separarse, pen sando que todo fue una equivocación. El « suéltam e» de la segunda niñez es sustituido por el « déj am e solo» de la segunda pubertad, y la separación fam iliar prim aria de la adolescencia se convierte en la separación fam iliar se cundaria del divorcio. Pero, si el divorcio crea una segun da adolescencia, ¿qué va a hacer, solo, el nuevo adolescen te, sin alguien que le am e? Por esto, después del divorcio, cada uno de los ex cóny uges busca un nuevo am or, pasa una vez m ás por la segunda fase de la niñez, vuelve a ca sarse y , de pronto, se encuentra de nuevo en la segunda infancia. Para su asom bro, se ha repetido el proceso.

Esta descripción puede ser cínica por su excesiva sen cillez, pero ay uda a centrar el problem a. Para los afortu nados, que aún abundan en la actualidad, la segunda ado lescencia no llega nunca. Aceptan la conversión de la se gunda fase de la prim era infancia en la segunda fase de la segunda niñez. Fortalecido por las nuevas intim idades del sexo y por las intim idades com partidas de la pater nidad, el lazo entre la parej a se m antiene.

Más tarde, la pérdida del factor paternal se m itiga con la llegada de nuevas intim idades con los nietos, hasta que, en definitiva, aparece la tercera y últim a infancia, con la perspectiva de la senilidad y la im potencia de la ancianidad. Esta tercera parte de la secuencia de la inti m idad dura poco. No hay una tercera niñez avanzada, al m enos en este m undo. Term inam os com o niños de teta, suavem ente encaj ados en el ataúd, que, com o la cuna del recién nacido, está suavem ente alm ohadillado y ador nado. De la cuna de la infancia pasam os a la cuna de la vej ez. A m uchos les resulta difícil aceptar que term ine aquí la tercera parte de la intim idad. Se niegan a adm itir que a la tercera prim era infancia no sigue una tercera segunda infancia, que pueden

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encontrar en el ciclo, donde no existe el tem or de un exceso de cuidados m aternales. Al trazar este esquem a de la intim idad, desde el claus tro m aterno hasta la tum ba, m e he dem orado en las pri m eras fases de la vida y he pasado rápidam ente las etapas ulteriores. Pero expuestas com o han sido las raíces de la intim idad, podrem os ahora, en los capítulos siguientes, observar m ej or el com portam iento de los adultos.

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INVITACIONES A LA INTIMIDAD SEXUAL

El cuerpo hum ano envía constantem ente señales a sus com pañeros de sociedad. Algunas de estas señales invitan a un contacto íntim o: otras, lo repelen. A m enos que tro pecem os accidentalm ente con el cuerpo de alguien, nunca nos tocam os sin estudiar prim ero los signos. Sin em bargo, nuestro cerebro está tan a tono con la delicada función de captar estas señales invitadoras, que con frecuencia po dem os resum ir una situación social en una fracción de se gundo. Si descubrim os inesperadam ente una persona am a da entre una m ultitud de desconocidos, podem os abrazar los a todos a los pocos m om entos de haber puesto en ellos la m irada. Esto no im plica descuido; sólo significa que las com putadoras de nuestro cráneo son estupendas para el cálculo rápido, casi instantáneo, del aspecto y estado de ánim o de los m uchos individuos con quienes nos trope zam os en nuestras horas de vigilia. Los centenares de se ñales separadas em anadas de los detalles de su form a, ta m año, color, sonido, olor, actitud, m ovim iento y expre sión, afluy en con la velocidad del ray o a nuestros órganos sensoriales especializados: la com putadora social entra en acción, y brota la respuesta: tocar o no tocar.

Cuando som os m uy pequeños, nuestro reducido tam año y nuestra im potencia incitan poderosam ente a los adultos a tendernos los brazos y establecer un contacto am istoso con nosotros. La cara lisa, las grandes oj os, los torpes m ovim ientos, los cortos m iem bros y los contornos gene ralm ente redondeados, todo esto contribuy e a nuestro atractivo al tacto. Añádanse a esto la am plia sonrisa y las señales de alarm a del llanto y los chillidos. El niño es una clara y poderosa invitación a la intim idad.

Si, de adultos, enviam os señales parecidas de im po tencia o de dolor, com o cuando estam os enferm os o som os victim as de un accidente, provocam os una reacción seudopaternal de naturaleza sem ej ante. Tam bién cuando realizam os el prim er intento de contacto m aterial, en for m a de un apretón de m anos, solem os acom pañar nuestra acción con una sonrisa. Estas son las invitaciones básicas a la intim idad; pero, con la m adurez sexual, el anim al hum ano entra en una nueva esfera de señales de contacto –las señales de la atracción del sexo– que sirven para incitar al varón o a la hem bra a contactos recíprocos algo m ás que am isto sos.

Algunas señales sexuales son universales y com unes a todos los seres hum anos; otras, constituy en variaciones culturales de estos tem as biológicos. Algunas se refieren a nuestro aspecto de varones a hem bras adultos; otras, tienen que ver con nuestro com portam iento adulto: nues tras actitudes, adem anes y acciones. La m anera m ás sim ple de observarlas es dando un recorrido al cuerpo hum ano, deteniéndonos brevem ente en cada uno de los principales puntos de interés. La zona genital. Ya que tratam os de señales sexuales, es lógico em pezar con la típica área genital y partir de cita para pasar a otras zonas. La zona genital es la re gión tabú por excelencia, lo cual no se debe únicam ente a que en ella se encuentran los órganos externos de la re producción. En esta pequeña zona del cuerpo se concen tran todos los tabúes: la m icción, la defecación, la

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cópula, la ey aculación, la m asturbación y la m enstruación. Con esta serie de actividades, no es de extrañar que hay a sido siem pre la región m ás oculta del cuerpo hum ano. Expo nerla directam ente, com o invitación visual a la intim idad, es una señal sexual dem asiado fuerte para ser em pleada com o incitación prelim inar, antes de que la relación hay a pasado por las prim eras fases de contacto corporal. Lo curioso es que, cuando la relación ha alcanzado la fase m ás avanzada de intim idad genital, es generalm ente de m asiado tarde para la exhibición visual, y así, la prim era experiencia de los órganos genitales de la parej a es norm al m ente táctil. El acto de m irar directam ente al órgano ge nital del sexo opuesto es m uy raro en el m oderno galanteo hum ano. Existe, en cam bio, considerable interés en esta región del cuerpo, y si es im posible la exhibición directa, suele acudirse a ciertas alternativas.

La prim era es el em pleo de artículos de vestir que recalquen la naturaleza de los órganos que ocultan. Para la hem bra, esto significa llevar pantalones, shorts o traj es de baño dem asiado estrechos para ser cóm odos, pero que, con su estrechez, revelan la form a del sexo a la atenta m i rada m asculina. Este es un fenóm eno exclusivam ente m o derno, pero si equivalente, en el varón, tiene una larga historia. Durante un período de casi doscientos años (apro xim adam ente desde 1408 hasta 1575) m uchos varones europeos exhibían indirectam ente sus órganos genitales m ediante una pieza del vestido colocada en la parte an terior de la entrepierna. Al principio, no fue m ás que un m odesto pliegue delantero que form aba una pequeña bolsa en el pantalón excesivam ente ceñido o en las calzas que llevaban los hom bres de aquellos tiem pos. En realidad, éstas eran tan aj ustadas, que el rem edio era necesario. Pero, con el transcurso de los años, su tam año aum entó extraordinariam ente hasta convertirse en una pieza para el falo, y no sim plem ente para el escroto, que daba la im pre sión de que el que la llevaba estaba en erección continua. Para subray arlo, era m uchas veces de color distinto de la tela circundante, e incluso se adornaba con oro y pedre ría. Al final, llegó a exagerarse tanto que fue tom ado a brom a, y por esto Rabelais, al describir el que usaba su protagonista, pudo decir que se habían em pleado en él quince m etros de m aterial. Su form a era de arco de triun fo, elegantísim o y asegurado por dos anillas de oro suj e tas a unos botones de esm alte, del tam año de naranj as, y con grandes esm eraldas incrustadas. La pieza form aba una protuberancia de cinco palm os» . Actualm ente, estas extravagantes exhibiciones no se en cuentran y a en el m undo de la m oda, pero aún subsisten algunas rem iniscencias en los calzones excesivam ente aj us tados de los j ovencitos de los años sesenta y setenta. Com o las hem bras m odernas, se ponen « j eans» y traj es de baño ceñidísim os, que les obligan a cam biar la posición corriente del pene. A diferencia de los varones de edad m adura, que lo llevan colgante dentro del ancho pantalón, el j oven ac tual cam ina con el pene en posición erecta. Suj eto firm e m ente en su postura vertical por la aj ustada tela, presenta un ligero pero visible bulto genital a los interesados oj os fem eninos. De este m odo, el traj e del j oven varón perm ite a éste hacer alarde de una seudoerección, que, com o la antigua pieza, no ha provocado excesivas críticas, ni si quiera por parte de los sectores m ás puritanos. Falta por ver si la antigua pieza no volverá a ponerse de m oda en los años venideros, o si llegarem os a un punto en que este alarde de m asculinidad será tan descarado que acabara por desacreditarse.

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Otras prendas m odernas de exhibición genital son de carácter francam ente exótico y poco em pleadas. Entre ellas, traj es de baño fem eninos y bragas adornadas con piel en la región del pubis, o con encaj es en la parte delantera que im itan la form a del aparato genital. Otra form a de exhibición genital indirecta que ha sobrevivido sin oposi ción al paso de los artos es el m onedero escocés, sim bólica bolsa genital que se lleva en la región del escroto y está frecuentem ente recubierta de vello sim bólico.

Una m anera aún m ás indirecta de transm itir señales genitales visuales consiste en em plear alguna otra parte del cuerpo com o im itación o « eco genital» . Esto perm ite enviar un prim ario m ensaj e genital, m anteniendo com pletam ente ocultos los verdaderos órganos. Hay varias m a neras de hacer esto, y , para com prenderlas, debem os exa m inar la anatom ía de los órganos sexuales fem eninos. A efectos de sim bolism o, consisten en un orificio –la va gina– y dos pares de pliegues de piel: los labios m enores y m ay ores. Si éstos están cubiertos, otros órganos o de talles del cuerpo que se les parezcan de algún m odo pue den em plearse com o « ecos genitales» , a m odo de señales.

Com o sustitutos del orificio, tenem os el om bligo, la boca, las fosas nasales y las orej as. Todos ellos tienen algo que es tabú. Por ej em plo, es de m ala educación sonarse en público o lim piarse la orej a con el dedo. Esto contras ta con acciones de lim pieza tales com o enj ugarse la frente o frotarse los oj os, que consentim os sin el m enor reparo. Con frecuencia nos cubrim os la boca por alguna razón, si no con un velo, al m enos con la m ano, cuando bosteza m os, tosem os o reím os disim uladam ente. El om bligo es aún m ás tabú, y , en tiem pos pasados, solía borrarse de las fotografías para ocultar a nuestros oj os su sugestiva form a. De estos cuatro tipos de « abertura» , sólo la boca y el om bligo parecen haber sido em pleados com o invita ciones sexuales. La boca es, con m ucho, la m ás im portante, y transm ite m uchas señales seudogenitales durante los encuentros am o rosos. Ya sugerí en El m ono desnudo que la singular evo lución de los labios en nuestra especie puede tener algo que ver con esto, al desarrollarse sus superficies rosadas y carnosas com o una im itación labial a nivel biológico, m ás que puram ente cultural. Com o los labios genitales, se enroj ecen e hinchan con el estim ulo sexual, y , com o ellos, rodean un orificio central. Desde los prim eros tiem pos históricos, la m uj er acentuó sus señales labiales con la aplicación de un color artificial. El lápiz de labios es, actualm ente, uno de los productos cosm éticos m ás im por tantes, y aunque sus colores varían con la m oda, siem pre vuelven al roj o vivo, copiando el enroj ecim iento sexual en los estados avanzados de excitación. Desde luego, no se trata de una sublim ación consciente de las señales sexuales, sino de algo puram ente sexy o « atractivo» , sin m ás com plicaciones.

Los labios de la m uj er adulta son típicam ente, un poco m ás gruesos y carnosos que los del varón, que es lo na tural si desem peñan un papel sim bólico, diferencia que ha sido a veces acentuada pasando el lápiz sobre una zona m ás am plia que la de los propios labios. Esto im ita tam bién la hinchazón que sufren cuando la sangre afluy e a ellos, producto de la excitación sexual. Muchos autores y poetas han considerado la boca com o una poderosa región erótica del cuerpo, sobre todo cuando la lengua del varón se inserta en la cavidad bucal de la hem bra durante un

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beso profundo. Tam bién se ha preten dido que la estructura de los labios de una m uj er deter m inada reflej a la estructura del órgano genital oculto. Así se presum e que la m uj er de labios carnosos posee un órga no genital carnoso, y que la de labios linos y apretados tie ne un órgano genital fino y estrecho. Si esto es realm ente así, no reflej a, desde luego, un m im etism o exacto del cuer po, sino sim plem ente el tipo som ático en general de la m uj er en cuestión. El om bligo ha suscitado m uchos m enos com entarios que la boca; pero algo le ha ocurrido en años recientes que revela el papel que desem peña com o eco genital. No sólo era borrado por los antiguos fotógrafos, sino que el pri m itivo « Código de Holly wood» prohibía expresam ente su exhibición. De m odo que las bailarinas de harén de las películas de antes de la guerra estaban obligadas a tapár selo con algún elem ento ornam ental. Jam ás se dio una verdadera explicación de este tabú, salvo la débil excusa de que la exhibición del om bligo podía inducir a los niños a preguntar para qué servía y obligar a los padres a ex plicaciones enoj osas. Pero, en un contexto adulto, esto no tiene sentido, y salta a la vista que la verdadera razón fue que el om bligo recuerda vivam ente un « orificio secre to» . Com o las m uchachas de harén se presum e que, en cuanto dej en caer el velo, em pezarán a retorcerse en una danza del vientre oriental, con el resultado de que el seudoorificio em pezará a abrirse, estirarse y girar de una m a nera sexualm ente invitadora. Holly wood decidió que había que disim ular esta descarada pieza de la anatom ía. Lo curioso es que, al entrar en la segunda m itad del siglo XX y em pezar a m itigarse en Occidente la severidad del « Có digo de Holly wood» , el m undo árabe, con su nuevo espíritu republicano, em pezó a cam biar el rum bo. Se inform ó ofi cialm ente a las danzarinas egipcias de que era incorrecto e indecente m ostrar el om bligo durante sus exhibiciones « folklóricas tradicionales» . En el futuro, declaró el Go bierno, la región del diafragm a debía cubrirse adecuada m ente con alguna clase de parto ligero. Y así, m ientras los om bligos europeos y am ericanos volvieron por sus fueros, en los cines y en las play as los falsos orificios de las norteafricanas se sum ieron en la obscuridad.

Desde su reaparición, los om bligos desnudos del m undo occidental han sufrido una curiosa alteración. Han em pe zado a cam biar de form a. En las representaciones pictóri cas, la antigua abertura circular tiende a ser sustituida por una concavidad m ás alargada y vertical. Al investigar este extraño fenóm eno, descubrí que las m odelos y actrices con tem poráneas m uestran, en una proporción de seis a uno, un om bligo vertical m ás que circular, en com paración con las m odelos de artistas de ay er. Una rápida observación de doscientas pinturas y esculturas de desnudos fem eninos, elegidas al azar entre el caudal de la Historia del Arte, re veló una proporción del 92 por ciento de om bligos redon dos, contra un 8 por ciento de verticales. Un estudio pa recido de fotografías de m odelos y artistas de cine actuales, revela un cam bio notable: ahora, la proporción de om bli gos verticales se ha elevado al 46 por ciento. Esto sólo se explica en parte por el hecho de que las j óvenes son ahora, en general, m ucho m ás delgadas; pues, aunque es verdad que una m uj er obesa no puede m ostrar un om bligo vertical al observador, no lo es m enos que esto pue de ocurrir tam bién en las m uj eres flacas, las esbeltas m uchachas de Modigliani exhiben om bligos tan redondos com o los de las rollizas m odelos de Renoir. Adem ás, dos m uchachas de los años setenta, de figura parecida, tienen con frecuencia om bligos de form a diferente.

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La m anera de producirse este cam bio, y a inconsciente m ente, y a deliberadam ente fom entado por los fotógrafos m odernos, no está del todo clara. Parece tener algo que ver con una sutil alteración de la posición del tronco de la m odelo, posiblem ente relacionada en parte con las exa geradas inspiraciones de aire que éstas suelen realizar. Sin em bargo, el significado últim o de la nueva form a del om bligo parece razonablem ente seguro. El clásico om bligo redondo, en su papel de orificio sim bólico, recuerda de m asiado el ano. Al convertirse en una hendidura m ás ova lada y vertical, adquiere autom áticam ente una form a m ás genital, y su calidad de sím bolo sexual aum enta consi derablem ente. Al parecer, esto es lo que ha ocurrido desde que el om bligo occidental salió a la luz y em pezó a actuar m ás abiertam ente com o señal erótica.

Las nalgas. Dej ando el pubis y sus ecos sustitutivos, y pasando a la parte posterior de la pelvis, llegam os a los dos carnosos hem isferios de las nalgas. Estas son m ás pro nunciadas en la m uj er que en el varón y constituy en un rasgo exclusivam ente hum ano, que falta en las otras es pecies de prim ates. Si una m uj er se agachase de espaldas a un varón, adoptando la típica posición im itadora a la cópula de los prim ates, su aparato genital quedaría en cuadrado entre los dos hem isferios de carne suave. Esta com paración convierte a éstos en una im portante señal sexual para nuestra especie, y que tiene, probablem ente, un origen biológico m uy antiguo. Es nuestro equivalente de las « hinchazones sexuales» de otras especies. La dife rencia está en que en nuestro caso la condición es perm anente. En las especies anim ales, la hinchazón aum enta o dism inuy e con el ciclo m enstrual, alcanzando el m áxim o cuando la hem bra es sexualm ente receptiva, alrededor del tiem po de la ovulación. Naturalm ente, com o la m uj er es sexual m ente receptiva casi en todos los tiem pos, sus « hin chazones» sexuales perm anecen de un m odo continuo. Al erguirse nuestros prim eros antepasados y adoptar la po sición vertical, el apáralo genital fue m ás visible por de lante que por detrás, pero las nalgas conservaron su sig nificación sexual. Aunque la cópula propiam ente dicha se realizó cada vez m ás de un m odo frontal, la hem bra siguió enviando señales sexuales acentuando de algún m odo su parte posterior. Actualm ente, si una m uchacha aum en ta ligeram ente la ondulación de sus caderas al andar, en vía una poderosa señal erótica al varón. Si adopta una posición en que aquéllas sobresalen « accidentalm ente» un poco m ás de lo norm al, el efecto es idéntico. En ocasio nes, com o en la fam osa posición de « traseros arriba» del cancán, advertim os una versión com pleta de la invitación de los antiguos prim ates, y son corrientes los chistes so bre el hom bre que se siente tentado a dar una palm ada en el trasero a la m uchacha que se inclina inocentem en te para recoger un obj eto del suelo.

Desde tiem pos rem otos, hay dos fenóm enos relaciona dos con las nalgas que m erecen com entarios. El prim ero es la condición conocida por el nom bre de « esteatopigia» , y el segundo es el artificio del polisón. Literalm ente, es teatopigia significa ancas gordas, y designa la exagerada protuberancia de las nalgas que se encuentra en ciertos grupos hum anos y en particular el de los bosquim anos del África del Sur. Se ha sugerido que este es un caso de acum ulación de reseñas de grasa, sem ej ante al de las gibas de los cam ellos; pero si tenem os en cuenta que es m ucho m ás exagerado en las hem bras que en los va rones, parece m ás probable que se trate de una especialización de las señales sexuales que em anan de esta re gión del cuerpo. Parece com o si las m uj eres bosquim anas hubiesen acentuado m ás que las otras razas el

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desarrollo de esta señal. Incluso es posible que esta condición fuese típica de la m ay oría de nuestros rem otos antepasados y que, m ás tarde, se reduj ese en favor de una disposición m ás adaptable atléticam ente, en form a de las nalgas fe m eninas m enos protuberantes que vem os en la actualidad. No hay que olvidar que hubo un tiem po en que los bos quim anos fueron m ucho m ás num erosos que hoy día, y que dom inaron la m ay or parte de África antes de la m ás m oderna expansión de los negros.

Tam bién es curioso que m uchas figurillas prehistóricas fem eninas, de Europa y de otras partes, suelen presentar un aspecto parecido, con grandes y protuberantes nalgas, com pletam ente desproporcionadas a la obesidad general de los cuerpos representados. Esto tiene únicam ente dos explicaciones. O las m uj eres prehistóricas estaban dota das de enorm es traseros, que enviaban vigorosas señales sexuales a los varones, o los escultores prehistóricos es taban tan obsesionados por la naturaleza erótica de las nalgas que, com o m uchos caricaturistas actuales, se per m itieron un alto grado de licencia artística. En am bos casos, las nalgas prehistóricas im peraron de un m odo ab soluto. Lo curioso es que después, al progresar en una re gión tras otra las form as del arte, la m uj er de grandes nalgas em pezó a desaparecer. En el arte prehistórico de todas las localidades donde ésta ha aparecido, fue siem pre la prim era en ser encontrada. Después, desapareció, y otras m uj eres m ás esbeltas ocuparon su sitio. A m enos que las m uj eres de grandes posaderas abundasen realm ente en los prim eros tiem pos y desapareciesen después gradualm en te, la razón de este cam bio general en el arte prehistórico sigue envuelta en el m isterio. Persistió el interés del varón por las nalgas fem eninas, pero, con raras excepciones, éstas se reduj eron a las proporciones naturales que observam os en las pantallas de cine del siglo XX. Las danzarinas de los m urales del antiguo Egipto encontrarían fácil colocación en un club nocturno m oderno, y , si vivió la Venus de Milo, la m edida de sus caderas no pasó de los 96 centí m etros.

Las excepciones a esta regla son intrigantes, pues de m uestran, en cierto sentido, un retorno a los tiem pos pre históricos y un renovado interés del hom bre en la tosca exageración de la región glútea fem enina. Y con ello pasa m os del fenóm eno carnoso de la esteatopigia al ingenio artificial del polisón. El efecto es el m ism o en am bos casos –a saber, un considerable aum ento de la región glú tea–, pero el polisón consistió en insertar un grueso relleno, o alguna form a de arm azón, debaj o del vestido fem enino. En su origen Fue una especie de m iriñaque re ducido. La costum bre de poner alm ohadillas alrededor de la pelvis fue m uy frecuente en la m oda europea, y lo úni co que se necesitaba para destacar las posaderas era eli m inar el alm ohadillado de la parte frontal y de los lados del cuerpo. Esto hizo que el invento del polisón fuese m ás una « reducción» que una exageración, y perm itió que se introduj ese en la alta costura sin indebidos com enta rios. Al surgir de este m odo negativo, consiguió evitar sus evidentes im plicaciones sexuales. El polisón con flej es y alm ohadillas de los años de 1870 pasó rápidam ente de m oda, pero regresó triunfalm ente y en form a aún m ás exagerada en la década de 1880, conviniéndose en una es pecie de anaquel plantado en la espalda, m antenido en su sitio con redes de alam bre y m uelles de acero, y dando una im presión capaz de hacer reaccionar al bosquim ano m ás fatigado. Sin em bargo, en los años noventa, se extin guió, y la cada vez m ás atlética hem bra del siglo XX no pensó j am ás en instaurarlo de nuevo. Las nalgas aum en tadas de los tiem pos

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