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Ejercicios Espirituales de M. García Morente

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Manuel García Morente

EJERCICIOS

ESPIRITUALES

PRESENTACIÓN

POR

MAURICIO DE IRIART

E MADRID, 1961

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Nihil obstat,

DR. ENRIQUE VALCARCE ALFAYATE

Canónigo Doctoral de Madrid Madrid, 25 de febrero de 1961

Imprímase, †JOSÉ MARÍA

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Í N D I C E

PRESENTACIÓN...5

DIARIO DE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES...19

DÍA 24. MARTES...19

Propósitos...19

DÍA 25. MIÉRCOLES...20

Primera meditación: Sobre mi condición de criatura...20

Segunda meditación: Sobre los fines de la criatura (yo)...21

Tercera meditación: Fin de las otras criaturas...22

Cuarta meditación: Del tanto cuanto...23

DÍA 26. JUEVES...25

Primera meditación: De la indiferencia...26

Segunda meditación: «Ad majorem Dei Gloriam»...27

Tercera meditación: De los tres pecados...28

DÍA 27. VIERNES...29

Primera meditación: Dolor de los propios pecados...29

Segunda meditación: Coloquios...31

Tercera y cuarta meditación: Del Infierno...31

DÍA 28. SÁBADO...33

Primera meditación: Del juicio universal...33

Segunda meditación: Del juicio particular...35

Tercera meditación: Consideraciones sobre la muerte...37

Cuarta meditación: De la misericordia...38

DÍA 29. DOMINGO...40

Primera meditación: El llamamiento del rey temporal...40

Segunda meditación: De la Encarnación...42

Tercera meditación: El nacimiento del Salvador...43

Cuarta meditación: La huida a Egipto...45

DÍA 30 DE SEPTIEMBRE...47

Primera meditación: La vida oculta en Nazareth...47

Segunda meditación: Jesucristo, a los doce años, perdido y hallado en el templo....49

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DÍA 1.º DE OCTUBRE...54

Primera meditación: De tres binarios (clases) de hombres...54

Segunda meditación: Jesús parte para el Jordán...55

Tercera y cuarta meditación: De los tres grados de humildad...57

DÍA 2. OCTUBRE...59

Primera meditación: Prosiguen los tres grados de humildad...59

Segunda meditación: La vocación de los Apóstoles...61

Tercera meditación: El sermón de la Montaña...63

Cuarta meditación: La misión de los Apóstoles...65

DÍA 3 DE OCTUBRE...66

Primera meditación: La oración del Huerto...66

Segunda meditación: Jesús en casa de Pilatos...68

Tercera meditación: Las siete palabras de Nuestro Señor Crucificado...71

Cuarta meditación: Muerte de Jesús en la Cruz...73

DÍA 4 DE OCTUBRE...74

Primera meditación: La Resurrección de Nuestro Señor...74

Segunda meditación: La aparición junto al lago de Genezareth...76

Tercera meditación: La Ascensión del Señor...77

DÍA 5 DE OCTUBRE...79

Meditación para alcanzar amor de Dios...79

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PRESENTACIÓN

Estas han de ser sólo breves palabras de presentación de un escrito, cuya edición aparte solicitaban muchos que ya lo conocían, y nosotros mismos la tuvimos siempre en propósito. A unos y a otros nos guiaba idéntico motivo: el ver en él, junto a su valor de documento sobre la vida interior del protagonista, otros valores más absolutos y religiosamente operativos, edificantes, a saber, el de su ejemplaridad y el de su doctrina. Entendemos el adjetivo «edificante» en su acepción enteriza, no en la vulgar y dulzona. Es decir, pensamos en la acepción paulina de edificación del templo vivo de Dios en las almas, y en la del Cuerpo místico de Cristo —la Iglesia—, el cual, por el aumento de la vitalidad religiosa en sus miembros los fieles—, progresa en su desarrollo orgánico in virum

perfectum, in mensuram aetatis plenitudims Christi, según términos del

mismo Apóstol (1 Cor. 12, 27; Eph. 1, 23; 4, 12). Cuán fundada sea nuestra confianza en la acción así edificante y bienhechora de estas páginas, lo muestra la experiencia de los últimos años, el frecuente recurso a ellas para la meditación, y la repetida y fervorosa confesión de los beneficiarios.

Para ellos, para los varios millares de lectores del libro El Profesor

García Morente, Sacerdote, sería superfluo este prólogo. Útil en cambio, v

casi necesario, para quienes lo desconozcan. Pues así como los «ejercicios espirituales» del profesor, cuyas vivencias recoge el presente Diario, fueron, por testimonio del mismo, jalón decisivo en su ascendente ruta religiosa, así, a su vez, el conocimiento de los pasos anteriores de ella es premisa inexcusable para apreciar en todo su alcance no menos las densas consideraciones que los sentimientos allí registrados. Por lo mismo, lo que aquí se diga sólo muy relativamente puede sustituir al conjunto biográfico presentado en aquel libro.

* * *

Don Manuel García Morente (1886-1942) fue una de las figuras universitarias más brillantes y representativas en los cuatro decenios de su

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profesorado, desde su ingreso en 1912 hasta su muerte. Altamente favorecido en dones de inteligencia, lo fue también de la fortuna dentro de su carrera intelectual. Ya a los veintiséis años conquistaba la cátedra de Etica en la Universidad de Madrid. En 1930 es subsecretario del Ministerio de Educación; del 31 al 36, decano de la Facultad de Filosofía y Letras, y como tal el principal agente de su ordenación de estudios y de la construcción del pabellón a ella destinado en la Ciudad Universitaria.

Era como hecho para el magisterio, verbal o escrito: mente ágil y lúcida, penetración comprensiva y crítica de las ideas, diafanidad, viveza y elegancia, sin arrequives retóricos, en la elocución. Y al par el calor humano, muy de su índole, puesto en la tarea docente, a la que consagró vida y esfuerzo con amor de vocación, unido a un hondo sentido del deber y aun del pundonor profesional.

Hombre de aspiraciones elevadas y de acentuada conciencia de su propia valía. A ellas pudo deberse cierto tono de altivez, de que él mismo se acusa en el Diario, como también de explosiones iracundas. De gesto

tal vez adusto al exterior, era en el fondo, fuertemente apasionado.

Exigente en sus funciones oficiales, y hasta imperioso y desagradable al reaccionar contra la desobediencia, la inmoralidad administrativa o las trampas estudiantiles. Juzgando él mismo su temperamento, habla también de su «sensibilidad sutil y excitable», de su afectividad, por la que «le gusta amar y que le amen». Genio vivo, fácil a simpatías y antipatías, a la ira y a la ternura, a la risa y a las lágrimas, a la ironía y al humor.

Dos rasgos de su vida privada completarán la semblanza. El uno su vibratilidad estética. así a los encantos de la naturaleza como a los del arte, singularmente a los de la música, rival de la filosofía en la afición y aun en la pericia; tanto que, por llegarle tan al corazón, tuvo no escasa parte dispositiva en el suceso culminante de su historia. El otro, su intimidad familiar. Familia y vida de familia fueron en él algo entrañable. El vacío dejado en su hogar por la temprana muerte de su esposa lo llenó él, en cuanto ello es posible, con su entrega a la compañía de sus dos hijas y con una solicitud que ellas califican de maternal y mimosa; recrecida, si cabe, en sus últimos años con sus dos nietos, huérfanos a su vez —y trágicamente— de padre en la primera infancia.

Tal fue el hombre en su cara humana. Cara humana decimos mirando a lo puramente natural; pues humana —y no menos— es la que queda por presentar, la que da a la vertiente sobrenatural y eterna, a la que todo hombre viene al nacer encarado por superior destino. Puede, sí, voluntariamente cerrarse a su reclamo, absorbiéndose en intereses terrenos,

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en cuyo caso, y aun con apariencias de plenitud intelectual, será la suya una existencia frustrada, siempre en conflicto, mas o menos consciente, con su ser y su deber ser absoluto. Tal fue el caso del profesor Morente desde su adolescencia hasta cinco años antes de su fin.

Sobre sus catorce años de edad, alumno del Liceo de Bayona, a influjo quizá del relativismo religioso de aquel centro, o bien en parte por respetos humanos y alarde muchachil, se desentiende de toda práctica religiosa y hace profesión de incredulidad. Consolidan tal actitud, y la sistematizan, sus estudios universitarios en la Sorbona, así como ampliaciones ulteriores en Berlín y Marburgo. Fuera suceso fortuito o intencionado, las aulas que en unos y otros centros frecuenta eran plataforma de ideologías ateas, si se exceptúa la de Bergson, uno de sus predilectos. El para sí, sin prenderse a sistema alguno filosófico, antes abierto a todas sus variantes, da sus preferencias a Kant, en cuya ética basaba la de su cátedra. En fin, instalado ya en España, como en un refrendo de su postura, se adscribe a la influyente «Institución Libre de Enseñanza», profesional del laicismo, no precisamente neutro sino proselitista. No quiere esto decir que él cayera en sectarismo. Exceptuada alguna actuación pasajera, mantuvo respeto, y aun cierta benevolencia, a las ideas cristianas, íntegras y vivientes en sus familiares, cuyo ejemplo no pudo menos de gravitar sobre su ánimo, al menos afectivamente, y a cuyas plegarias en su favor él mismo atribuyó después la gracia de su renacimiento.

* * *

Cuál hubiera sido su porvenir religioso en circunstancias normales de la vida nacional o de la suya privada, o sea, si el seísmo politicosocial del año 36 en España no hubiese provocado en su alma un gemelo seísmo espiritual, del que ahora hablaremos, nadie podría imaginarlo. Ciertos indicios, reacciones y palabras suyas, dan pie a presumir la pervivencia, siquiera en raíz, de la antigua fe bautismal; en todo caso una abertura del ánimo a los altos valores del espíritu y aun resonancia a los católicos.

Y ello en un proceso creciente, a medida de su madurez personal. Al ensanchársele los horizontes filosóficos, iba sintiendo la estrechez de la armadura mental en que su primera formación había quedado encogida (véase Conferencias de Valladolid); y se le desvanecía el optimismo ingenuo sobre el poder de la pura razón para descifrar los enigmas del Uni-verso y del hombre, o satisfacer las más radicales exigencias del alma humana. Fuerte desengaño para una mente ávida de comprensión y

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pesquisidora de significados; desengaño también para el corazón deseoso de interpretar sus mismas insatisfacciones. Lo que sobre todo echaba de menos, y no se lo daba su filosofía, ni la inicialmente adoptada, ni los sistemas o patrones de nuevo curso, era aquello que en una carta notificativa de su conversión pondera gozosamente haber «por fin» obtenido con ella, a saber: «un sentido claro e inequívoco para la vida y orientación concreta». Digno de notar es en este pasaje el adverbio «por fin», en el que, como al paso, pero agudamente, se nos revelan las inquietudes, los anhelos y la frustración experimentada en aquellos años de laicismo, tan bien asentado en apariencia.

Más expresivamente describe su desazón, esa que llamaríamos desavenencia de un hombre consigo mismo fuente acaso la más viva del malestar psicológico en unas líneas que no dudamos juzgar como autobiográficas: «Cuando la fe religiosa abandona a un alma, deja en el fondo de ella, por decirlo así, un vacío que con nada se llena. El alma sin religión pierde su unidad; no sabe qué hacer, qué querer, qué desear; y sus resoluciones, privadas de esa cohesión unitaria que sólo el fundamento sobrenatural confiere, son contradictorias, disidentes, caprichosas y subversivas.» (N.º 34 de la revista Ecclesia.)

De ahí la nostalgia de la antigua fe. Mas, al par, los impedimentos. Porque en una vida como la suya, cuajada ya en cierta horma y posiciones, con la presión —y prisión— de un modo de ser por tantos años cultivado, el cambio, cambio desde la raíz, desarraigo, era cosa ardua y violenta, y presuponía un temple del ánimo de cuya falta son confesión y lamento las palabras recién transcritas. Y así corría el tiempo.

Hasta que llegó el tremendo aldabonazo. Aquella tempestad del año 36, para todo español estremecedora, cayó sobre él como llamarada e impacto física y moralmente—, sacudiendo cuanto había de estable en su existencia, y en su conciencia. Las desgracias personales se sucedieron y acumularon, y basta enumerarlas: pérdida del decanato y de la cátedra, asesinato de su yerno, registros de milicianos en su hogar, sobresaltos y angustias; y al cabo, advertido secretamente del peligro para su propia vida, la fuga azarosa, dejando tras de sí una familia de mujeres y niños en total desvalimiento. Así viene a refugiarse en París, indigente, acogido al amparo de techo y mesa de algunos amigos, u ocupado en un trabajo, aunque intelectual, casi mecánico, y siempre con la ansiedad sobre la suerte de los suyos, royendo su soledad e incertidumbre, al borde de la desesperación.

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La parábola del Hijo pródigo arruinado se encarna entonces en él dramáticamente, y a la par benéficamente. En el ulterior relato de su conversión (*) describe sus tristes días de París, las horas nocturnas sobre

todo, durante meses, horas de reflexión, dé entrar en cuenta consigo mismo, o de pedir cuenta a la Tierra y al Cielo sobre su tragedia. En ellas —refiere— «repasaba en la memoria todo el curso de mi vida: veía lo infundada que era la especie de satisfacción modorrosa en que sobre mí mismo había estado viviendo; percibía dolorosamente la incurable inquietud e inestabilidad en que de día en día había ido creciendo mi desasosiego».

Anteriores llamadas del Padre celeste, siempre en espera, nostalgias y acaso remordimientos del hijo descarriado, habían ido desvaneciéndose en el vértigo de la actividad, el ruido de los aplausos o la evasión dilatoria; y en suma, en aquel estado de ánimo que a él mismo acabamos de verle calificar de «satisfacción modorrosa». De ella le despertaban ahora los rudos golpes de la realidad, que eran también sus llamadas. Llamadas al filósofo y al hombre: al amarga sensación de vacío en cuanto al sentido de la vida sin religión, y al hombre, por el derrumbamiento del bienestar hasta entonces tan saboreado, reemplazado por la desgracia, el desamparo y el dolor. Y en el silencio, y alerta, que ellos crean, la voz de la conciencia se le hace clara y urgente, demandando, tanto como el alivio, la explicación, que es también un modo de alivio, y casi necesidad para un pensador.

Como tal, decide afrontar el problema que toda aquella trama de hechos externos y vivencias internas le plantean, y a través de su análisis y debate, buscar una interpretación que satisfaga a la sana razón. Fueron análisis y debate rigorosos, detenidos, accidentados en sus pros y contras, en los que de su caso personal se eleva al de la existencia en general; al fin de los cuales se ve forzado a reconocer que el mundo, la vida, el acontecer humano, «tienen un sentido»; un sentido que no lo daría el azar o el

* Es un autógrafo que llena sesenta apretadas cuartillas, entregado a su director espiritual, don José María G. de Lahiguera, entonces director espiritual del Seminario y hoy Obispo Auxiliar de S. E. Rvma. el señor Patriarca-Obispo. En ese escrito, después de enumerar, como preámbulo, los sucesos personales desde el verano del 36 a la primavera del 37, reconstruye —con su característica lucidez de filósofo y psicólogo— el curso de sus estados de ánimo durante esos meses, y el proceso mental y afectivo que se resolvió en su vuelta a la religión. De otros convertidos se han publicado en nuestros días numerosos documentos similares; ninguno de ellos —a nuestro parecer— que le supere, y pocos que le igualen en valor psicológico y religioso. En nuestro libro arriba mencionado se dio a luz el texto íntegro, y de él serán los párrafos o frases siguientes entrecomilladas.

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determinismo, y que por tanto lleva necesariamente a la idea de una Providencia; en concreto, a la existencia de un Ser providente, sabio, primero y último ordenador «de toda vida, de todo complejo o sistema de hechos plenos de sentido». Conclusión que significaba «Dios a la vista», presente a la inteligencia, reconocido como tal; y por ende a la ruptura con un cuarto de siglo de su indiferentismo o ateísmo.

Pero..., Dios a la vista y reconocido, sí: mas todavía sólo —en frases suyas— «el Dios del deísmo, ese Dios de la pura filosofía, ese Dios intelectual en el que se piensa pero al que no se le reza». Ni tampoco un reconocimiento pacífico, sino forzado, con sacudidas contrapuestas del sentimiento: tras un inicial consuelo ante el hecho de la Providencia, quejas subsiguientes y rebeldías ante un Dios aparentemente duro en la permisión del dolor que le atenazaba.

Situación escabrosa, y casi un callejón sin salida. Para buscársela, juzga necesario volver atrás y repensar de nuevo todo el proceso mental recorrido; y entretanto tomarse algún descanso, dando tregua al pensamiento.

Ocurría esto sobre la medianoche del 29 al 30 de abril de 1937. Solitario en su departamento, y para entretenerse, recurre a su recreo favorito, el musical, poniendo en marcha el receptor radiofónico. Trans-mitían música muy selecta: César Frank, Ravel, y por fin, de Berlioz, en orquesta, L’enfance de Jésus. «Cantábala un tenor magnífico, de voz dulce..., que matizaba incomparablemente la melodía pura, ingenua, verdaderamente divina.» Acabada la pieza, cerró la radio, para no perturbar el estado de deliciosa paz en que la audición le había sumido.

Y allí le aguardaba Dios, Jesús, el Redentor, con su gracia terminal y decisiva. Con especiales y emotivos pormenores nos lo dan a conocer las páginas del autógrafo —que ahora con más pesar extractamos— al relatar lo ocurrido en aquellas horas silenciosas, las más transcendentales de su vida: etapa resolutiva de su conversión.

Al hilo del texto musical, providencialmente escuchado, comenzaron a desfilar por su mente imágenes sucesivas de la vida de Jesús: de la infancia de Nazareth, de la predicación evangélica, con especial relieve la clemente acogida a los pecadores; y por último las de la Pasión, y las de la Cruz, y en ella el Salvador Divino con los brazos abiertos sobre la multitud agitada y expectante. Y acentuándose el sentido de esta postrera imagen por el contraste entre su situación personal y aquel momento salvífico, pa-recíale como si los brazos del Crucificado crecieran y se extendieran para

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abrazar a toda aquella muchedumbre doliente, cobijándola en la inmensidad de su amor; y como si la Cruz también creciera y se elevara hasta el cielo, y en pos de ella subieran todos los allí presentes, hombres, mujeres y niños; y sólo él, postrado, quedara en el paisaje desierto, viendo desvanecerse los resplandores de aquella gloria infinita que se alejaba.

Esta —vivísima— representación de su fantasía, cuyo natural estímulo era la mentada audición musical, pero en la que, con tan suave y natural sobrenaturalidad, intervenía la gracia divina, tuvo —según su propia expresión— «un efecto fulminante» en su alma. «Ese es Dios —se dijo—, ése es el verdadero Dios, Dios vivo; ésa es la Providencia viva. Ese es Dios, que entiende a los hombres, que vive con los hombres, que sufre con ellos, que los consuela, que les da aliento y los trae a la salvación.» El Dios teórico de la filosofía, en quien anteriormente había pensado, le resultaba algo inasequible. «Pero Cristo, Dios hecho hombre, Cristo sufriendo como yo, más que yo, muchísimo más que yo, a ése sí que lo en-tiendo, ése sí me entiende. A ése sí que puedo entregarle filialmente mi voluntad entera, tras de la vida. A ése sí que puedo pedirle, porque sé de cierto que sabe lo que es pedir, y sé de cierto que da y dará siempre, puesto que se ha dado por entero a nosotros los hombres.» (Véase la profunda glosa y tornavoz de estos sentimientos en la med. 4.ª del día 28 sobre la misericordia.)

La luz de la fe, con viveza de llama, acababa de encenderse en su espíritu, y el corazón, fortalecido por ella, dio el sí de gracia. ¡A recurrir a El, pues, a rezar! Y puesto de rodillas comenzó a balbucir el Padre Nuestro, el Ave María y otras oraciones, a duras penas reconstruidas de su prolongado olvido. Largo rato permaneció así, ofreciéndose mentalmente a Jesucristo con las palabras que buenamente se le ofrecían. Una inmensa paz se había adueñado de su alma. Y un sentimiento tan vivo de transformación, que le llevó a moverse por la habitación, palpándose brazos, cabeza y cara. ¿Cómo podía ser el mismo que una hora antes? Hasta le sorprendía mirarse —aquel otro hombre que ya era— en el espejo.

Para reposar, se sentó en un sillón delante de la ventana; y su vista, por encima de la ciudad dormida, encontró la masa oscura del templo votivo de Montmartre: ¡el monte de los mártires!

«Los mártires —pensó—, ¡qué hombres aquellos! La gracia de Dios les inundaba, les sostenía; pero además ellos mismos, como todos los auténticos fieles, recibían y aceptaban sumisamente esa gracia y todo cuanto Dios les enviaba. Sumisa y libremente. Porque bien claro sabían lo

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que hacían y lo que querían al querer conformarse con lo que Dios quería en ellos... Ahí está el toque: aceptar a la vez sumisa y libremente. El acto más propio y verdaderamente humano es la aceptación libre de la voluntad de Dios... ¡Querer libremente lo que Dios quiera! He aquí el ápice de la condición humana. Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo. Y postrado de rodillas, perdida la mirada en el lejano horizonte del caserío de París, recité con íntimo fervor una vez más el Padre Nuestro, entregando libremente toda mi voluntad en las manos llagadas de nuestro Señor Jesucristo.»

Parecería que, llegado a este punto, el gran episodio había terminado. En realidad, por lo que se ve, y a tenor del relato, la conversión era un hecho definitivo. Y es conveniente lo advierta quien quiera apreciarla en su proceso, sus premisas y su motivación interna. Mas la Divina Benignidad quiso fortalecerla y resellarla, haciéndole experimentar una excepcional vivencia, al parecer de orden preternatural: la de la presencia de Jesucristo, cuyo influjo benéfico y eficaz perduró a través de todos los trances, arduos algunos, de su ulterior vida.

Hecha la oración de ofrenda que hemos referido, y vuelto nuevamente a su sillón, se dio a pensar reposadamente sobre su nueva situación y el modo de vida que debía emprender. Así sentado, quedóse como traspuesto en un tal vez breve sueño. Y de pronto, despertó «bajo la impresión de un sobresalto inexplicable».

«No puedo decir exactamente —prosigue— lo que sentía: miedo, angustia, aprensión, turbación, presentimiento de algo inmenso, formidable, inenarrable, que iba a suceder ya mismo, en el mismo mo-mento, sin tardar. Me puse en pie, todo tembloroso, y abrí de par en par la ventana. Una bocanada de aire fresco me azotó el rostro.

»Volví la cara hacia el interior de la habitación, y me quedé petrificado. Allí estaba El. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero El estaba allí... Yo permanecía inmóvil, agarrotado por la emoción. Y le percibía; percibía su presencia con la misma claridad con que percibo el papel en que estoy escribiendo y las letras —negro sobre blanco— que estoy trazando. Pero no tenía ninguna sensación, ni en la vista, ni en el oído, ni en el tacto, ni en el olfato, ni en el gusto. Sin embargo, le percibía allí presente, con entera claridad. Y no podía caberme la menor duda de que era El, puesto que le percibía, aunque sin sensaciones. ¿Cómo es esto posible? Yo no lo sé. Pero sé que El estaba allí presente, y que yo, sin ver, ni oír, ni oler, ni gustar, ni tocar nada, le percibía con absoluta e indubitable evidencia. Si se me demuestra que no era El o que yo deliraba,

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podré no tener nada que contestar a la demostración, pero tan pronto como en mi memoria se actualice el recuerdo, resurgirá en mí la convicción inquebrantable de que era El, porque yo lo he percibido.

»No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil y como hipnotizado ante su presencia. Sí sé que no me atrevía a moverme y que hubiera deseado que todo aquello —El allí— durara eternamente, porque su presencia me inundaba de tal y tan íntimo gozo, que nada es comparable al deleite sobrehumano que yo sentía.

»¿Cómo terminó la estancia de El allí? Tampoco lo sé. Terminó. En un instante desapareció. Una milésima de segundo antes estaba El aún allí, y yo le percibía y me sentía inundado de ese gozo sobrehumano que he dicho. Una milésima de segundo después ya no estaba El allí, ya no había nadie en la habitación, ya estaba yo pesadamente gravitando sobre el suelo y sentía mis miembros y mi cuerpo sosteniéndose por el esfuerzo natural de los músculos.»

Tal es el fenómeno que el mismo protagonista calificó de «Hecho extraordinario», al someterlo al juicio de su director espiritual, con amplias observaciones adjuntas de objetiva y aguda crítica sobre su naturaleza. Diremos, de paso, que fenómenos similares no han sido infrecuentes en sujetos de condición muy dispar, aun religiosa; y en los tratados de psicología de la religión son estudiados bajo el nombre de «sentimiento de presencia».

En el caso del profesor, y en aquellas circunstancias, bien se deja entender en qué medida contribuyó el misterioso suceso a ratificarle en su feliz vuelta a Dios, momentos antes decidida. Y tanto fue el influjo, tan prendida quedó su alma en la vivencia de la personalidad redentora de Jesucristo, que por ello sin duda ya al día siguiente vino a prefijarse como debida meta la del sacerdocio. «Pensé —escribía al Sr. Obispo-Patriarca en carta a que luego aludiremos— que mi deber estricto era trabajar, ayudar a otros a su salvación, hacer cuanto estuviera en mi mano para afianzar en las almas la buena palabra de Dios y de su Iglesia. Precisamente en el hecho de mi conversión advertí la prueba evidente de que con ella no ha querido Dios solamente hacerme a mí un beneficio infinito, sino, además, imponerme una obligación, una tarea, una misión que debo cumplir entre mis compatriotas, lacerados hoy por inauditas desgracias.»

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Brevísimamente daremos ahora las últimas noticias biográficas. Pensando y tratando estaba en días sucesivos sobre el plan de vida para el futuro, cuando su familia, por cuya salida de España se había afanado hasta entonces en vano, entre angustias y esperanzas, vino casi inesperadamente a reunirse con él. Consuelo incomparable; mas al par grave problema de proveer a su subsistencia. La única solución era el aceptar la oferta meses antes recibida de explicar unos cursos filosóficos en la Universidad de Tucumán. Y así lo hizo. La estancia, empero, fue corta; un año escaso. Era una situación holgada en lo material, pero apretada de inquietudes, a diario urgido por su conciencia al cumplimiento de sus propósitos. No pudiendo resistir más, resolvió el regreso a la patria.

Una feliz inspiración le movió a confiarse a la benevolencia y dirección del Sr. Obispo-Patriarca, hacia quien anteriores contactos culturales le habían inspirado un alto aprecio. Recibida pronta respuesta, y, como cabía esperarla, generosamente paternal, el día 3 de junio del 38 embarcaba con toda su familia en Buenos Aires; el 26 arribaban a Vigo, y el 27 se presentaban en la Residencia episcopal del Castro. En ella, después de los emocionados saludos, en una larga y secreta entrevista entre el Pastor y la oveja descarriada, era ésta introducida de nuevo sacra-mentalmente en el redil divino; y al día siguiente, allí mismo, la Santa Misa y Comunión —la que él llamó su segunda Primera Comunión—, en entrañable comunión de almas con los suyos, cerrando definitivamente un triste lapso vital de cerca de cuatro decenios, daba paso a la postrera jomada, en ruta de espirituales ascensiones.

Ya no restaba otra cosa sino ajustar concretamente el canon de vida al logro de sus aspiraciones sacerdotales. Acogidas éstas favorablemente por el señor Obispo-Patriarca, Su Excelencia, como prueba vocacional al par que dispositiva, recabó y obtuvo para el profesor la hospitalidad de los PP. Mercedarios en su convento de Poyo. Fue aquel un año de sabroso recogimiento, de intenso ora et labora, de fructífera dirección espiritual; de todo lo cual —lo decía él en una carta— conservó «un recuerdo imbo-rrable», como él lo dejó allí de su piedad y de su adaptación a todos los pormenores de una regularidad monástica.

Más dura hubo de ser la prueba, para él acrisolante, y para los demás fehaciente de su sinceridad, cuando, abierto el Seminario madrileño en octubre del 39, ingresaba en él como uno de tantos seminaristas internos. Allí, en un local mal acondicionado tras las violencias de la guerra, en un régimen de escolar disciplina, entre muchachos, los más de condición aldeana, aquel profesor distinguido y en edad madura, ahora en humilde

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plan de discípulo, fue noble dechado de sencillez en la observancia, afabi-lidad en el trato, y —en frases de su rector— «equilibrio de pensamiento, carácter y devoción», que le valieron el afecto, nada digamos del aprecio, de superiores y alumnos..

Hasta que, transcurrido año y medio de intenso estudio teológico, llegó el gran día, el del sacerdocio, iteración y corona —en el altar de aquel encuentro con Jesucristo en la noche de su fe recuperada. Ahora lo encontraba en más íntima cercanía, en sus propias manos; y de ello venía a ser símbolo la misma fecha de la Primera Misa, el día su día onomástico, Emmanuel, «Dios con nosotros».

Con esto, terminado el entreacto escolar, y consumada la obra de reforma —nueva forma de ser y vida—, se le abría al profesor Sacerdote una perspectiva de acción altamente promisora. Y así fue que, en su sazonada madurez de hombre, junto al juvenil ardor de nuevo sacerdote, comenzó a desplegar una basta y fecunda actividad, repartida en su múltiple quehacer, de sacro y apostólico ministerio, de profesorado y de pluma. A su cátedra universitaria se había ya reintegrado en el curso 1939-40, simultaneando entonces su doble condición de seminarista y de catedrático. Requerido también una y otra vez, y de diversas partes, como conferenciante, de estas actuaciones nos ha quedado un grupo de escritos, cuyo ideario ofrece a un auténtico pensamiento católico-español fértiles fermentos y orientaciones.

Mucho nos prometíamos todos de sus futuras tareas, y él mismo no era corto en aspiraciones y proyectos. Mas todo ello, a humanos ojos, quedó frustrado. Agravadas por el excesivo trabajo y el reducido descanso antiguas dolencias, cuando, merced a una intervención quirúrgica parecía restablecido, el 7 de diciembre de 1942, al amanecer, fue encontrado cadáver en su lecho. Diríase como si, en los designios de la Providencia, el destino de aquel hombre se hubiera cumplido con el venturoso desenlace de su drama religioso, adjunta la ejemplaridad de cada una de sus incidencias. Y así le plugo llamarlo a la mansión eterna. De su interna disposición para esta final llamada divina dio testimonio quien bien podía darlo, el Sr. Obispo Patriarca, en el Colegio de la Asunción, del que Morente era Capellán: «Tengo la satisfacción de decir que su alma se hallaba en un grado máximo de fervor, y sin duda Dios la encontró ya madura para el cielo.»

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Dentro de este marco biográfico ha de verse el Diario de Ejercicios para que se haga patente todo el valor y matices de su contenido. Hay en él sentidos, y latidos, únicamente perceptibles si se piensa que quien aquí describe sus vivencias religiosas es el protagonista de los dramáticos sucesos que hemos brevemente narrado. Era aquel retiro, además, pre-paración para otro capital evento, el de las órdenes sagradas, de las que la primera, el subdiaconado, se le conferiría el inmediato 6 de octubre. Por ellas, su vida, su personalidad, iba a adquirir una nueva forma de ser, el «carácter» sacramental, del que —y del ministerio sacro anejo— adviene al protagonista una responsabilidad que le obliga a una nueva y seria toma de posición personal. Tal había de ser la labor de sus Ejercicios espirituales, en los que, a tenor de la ascética ignaciana, va en busca de una más estrecha cercanía a Dios, y —efecto de ella un más perfecto conocimiento de la voluntad divina en la ordenación de su conducta.

Las notas que redacta son para sí solo, como memorial y balance de lo tratado en intimidad con su Dios y su conciencia; hecho que avala su sinceridad. Su intención mira al porvenir, mas el pasado revive al hilo de sus meditaciones y es acicate de sus afectos. Al fulgor de las grandes verdades eternas, y sobre todo la Majestad y Santidad divinas, que ahora, en la recogida contemplación, le sobrecogen y fascinan, su antigua impiedad vuelve a presentársele con todo el relieve de su malicia objetiva, y espantado de ella, también sobre su propia malicia subjetiva formula los más duros juicios inculpantes. De ahí el ardor entrañable de su arrepentimiento, del que a su vez deriva el agradecimiento por el perdón recibido. No sólo por el perdón; sino redobladamente porque, al rememorar el curso de su historia, se ve como perseguido, reclamado, cercado, por la divina misericordia, más concretamente, por el amor redentor de Jesucristo. Consideración que le arranca emocionados acentos de adhesión y don personal: «Cristo doloroso de Getsemaní, no pecar más, no resistir jamás al soplo de tu divina gracia.» «Todo yo para Ti, Cristo mío.» «Cristo mío, lléname de tu amor.» «Tuyo soy, tuyo en todo, por todo, para todo.»

Y en qué forma práctica entendía esa correspondencia a la gracia, el ser todo para Cristo, en amor colmado, quedó expuesto, entre otros pasajes, en el que a continuación transcribimos, más significativo por la categoría intelectual del autor, y más conmovedor en su misma sencillez y humildad implorantes:

«En estos coloquios con la Santísima Virgen, el Hijo de Dios Nuestro Señor Jesucristo y el Padre eternal, he expuesto humildemente mi petición

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de que me toleren en su servicio, de que miren con buenos ojos a este pecador arrepentido, que pide un puesto, el último y más humilde, en la Santa Milicia de Cristo Nuestro Señor. Que Dios me dé su gracia y me proteja de todo lo que pueda dañar mi alma renaciente... ¡Dios mío, Cristo mío, Virgen Santísima, haced que yo me aparte ya para siempre, sin remisión, de ese mundo que pervierte así y trastrueca la recta razón de mis actos! Concededme la gracia, en adelante, de una vida sencilla, retirada, llena de paz, en el trabajo incesante y esforzado por mayor gloria de Dios y salvación de las almas. Que yo sea un sacerdote modesto, recatado, pacífico, tranquilo, pero que el fuego de mi amor no se apague nunca ni se debilite jamás, y que las circunstancias me encuentren en todo momento dispuesto a obedecer con entusiasmo alegre a los mandatos de la voluntad divina y de las autoridades de la Iglesia. ¡Gracias, Dios mío, por haberme dado la paz de una resolución inquebrantable!»

Tal es el aire —espíritu— que corre por todo el Diario, espejo del alma religiosa del autor, y rúbrica, junto a la de su conducta, de la autenticidad, radicalidad, de su conversión.

Y he ahí su primer valor cristianamente edificante, el ejemplo, el estímulo para nosotros. Pues si bien de Dios es únicamente el juicio absoluto sobre lo secreto de los corazones, a nuestra humana vista, en él, como en los más bellos ejemplos, aparece encarnada la conversión que el Evangelio exige y denomina metanoia, o sea, el giro en redondo del ánimo desde la aversio a Deo del pecado a la conversio ad Deum de la caridad vivífica y operante; y esto no a medias o en zigzag, no nadando y guardando la ropa, la antigua, por lo que pudiera venir, sino con el sincero y tajante sí o no como Cristo nos enseña.

Y el otro —y de más vasto alcance— valor del Diario es el de su contenido, su rica sustancia espiritual, en la que sobre todo fundamos la esperanza de edificación. Pocos, muy contados, entre los manuales de Ejercicios —ya en exceso proliferantes pueden competir con estas glosas admirables de los temas propuestos por San Ignacio; glosas palpitantes de vida, como nacidas del seno de la propia oración, no compuestas para uso ajeno. No quiere esto decir que reemplacen al mismo Libro de los Ejerci-cios o a un buen comentario, pues como notas personales que son, no recogen aquellos documentos, avisos, normas, etc., esenciales en la obra ignaciana, que le confieren su peculiarísima estructura y van ordenados a la ascética o buen régimen del ejercitarse. El profesor los tiene, sí, en cuenta en el suyo, pero en el Diario sólo están presentes implícitamente.

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Lo en él valioso —repetimos— es el material que ofrece para la meditación: copioso surtido de ideas madres, nuevos aspectos de las verdades eternas o de la doctrina y hechos evangélicos, animadas des-cripciones, inferencias o aplicaciones al genuino comportamiento cristiano; y en todo un razonamiento lúcido y vigoroso, como de gran pensador, y una llama interna, como de gran afectivo, en la que la más fría reserva del ánimo no puede menos de sentirse prendida.

Encontrará también el lector alguna que otra disquisición que pudiera parecerle, para aquel lugar, en exceso sutil o divagatoria. Mas si recuerda que el autor era un filósofo, y que escribía para sí, no se le hará extraño que salten a su mente y a su pluma problemas especulativos más o menos trenzados con el tema que medita, cuya recíproca ilustración era natural que le interesara. Véase, en contraste, y como expresión de su amplia gama mental, la llaneza con que revive contemplativamente los misterios de la infancia de Jesús, complaciéndose en el movimiento escénico y la visión gráfica y concreta, aun con cierta campechanía idiomática, como en una presencia familiar y afectuosamente confiada.

Y dejando ya por superfluos más comentarios, por terminar, llamaremos la atención sobre otro pormenor, asimismo ejemplar. Al final del Diario, bajo el epígrafe de «Resultados logrados por los Ejercicios», verá el lector, entre otros, el siguiente: «Idea más clara de lo que son y valen los Ejercicios. En realidad, nunca los había hecho hasta ahora. Los de Poyo fueron un espectáculo estético y artístico. Los del Seminario — noviembre de 1939— un espectáculo intelectual.»

Esta declaración del autor sobre la realidad de sus actuales Ejercicios se nos revela en todo su sentido y alcance al cotejarla con el contenido de las notas. La honda vibración espiritual en ellas latente —y latiente, diríamos—, el fervor de sus reacciones de ofrenda y propósitos de vida, son el resultado de unos «ejercicios» espirituales de hecho, auténticos, ac-tivos; siempre contando con cuanto deba atribuirse a la gracia divina. Mas de ésta sabemos también que se va comunicando, en providencia ordinaria, a compás de la disposición psicológico-ascética del sujeto; y el crearla, estimularla y fomentarla es la función y quehacer de los Ejercicios ignacianos.

Por ello las palabras del ilustre profesor ejercitante son un aviso para todos, para ejercitantes y ejercitadores. Y por aludir una última vez a su ejemplo, ahí está la actitud con que emprende su retiro, la plena entrega al

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consignadas en los párrafos introductorios del Diario: cuya lectura, o más bien meditación, nos permitiríamos recomendar encarecidamente.

Con esto damos por cumplida nuestra tarea, poniendo ya el libro en manos de los lectores.

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DIARIO DE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES

Septiembre, 1940.

D

ÍA

24. M

ARTES

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La Santísima Virgen de la Merced.

Comienzo los Ejercicios por la tarde. Don José María me da el horario y en pocas palabras expone el nervio de los Ejercicios. Indiferencia y generosidad. Por mí mismo, ninguna iniciativa en querer, en la voluntad. Todo es de Dios, que dispone de todo. Y de mí.

En la capilla, después del Santo Rosario, le pido a Dios y a la Santísima Virgen de la Merced —no hay mejor ocasión que la de hoy, día dedicado a las Mercedes de Nuestra Señora— la disposición de espíritu más conveniente para hacer bien los Ejercicios; le pido abandono, entrega total, sencillez, simplicidad inclusive. Sin retorcimiento, sin retórica. Heme, pues, aquí ante Dios, para que haga de mí lo que quiera. y la generosidad, de que habla don José María, ¿en qué puede consistir? ¿En que puedo yo mostrarme generoso ante Dios? Bien veo que sólo en un punto puedo yo ser generoso: en la donación de mi libertad. Lo único de que el Señor nos deja disponer es del libre albedrío. Pues bien; yo hago libremente donación de mi libertad. Sin dejar de ser libre, quiero ahora ser esclavo de Dios por mi libre voluntad. Quiero querer lo que El quiera; no sólo aceptarlo, sino quererlo. No es que anule mi voluntad libre; es que libremente quiero que mi voluntad sea el sometimiento a Dios; de manera tan completa, que no consista en aguantar (el sustinere de los estoicos), sino en adoptar, como si fuera mía la voluntad de Dios.

Propósitos.

Primero, exterior: cumplir minuciosamente el horario establecido. Segundo, interior: estar atento a la palabra de Dios en mi alma. Voy a vivir unos días en unión con Dios. Hay que escuchar y no sólo oír. Hay que mirar y no sólo ver. Sobre todo, hay que meditar y no soñar. Yo propendo mucho al ensueño y a veces lo confundo con la meditación. Pero el ensueño es pasivo, mientras que la meditación es ejercicio activo del alma,

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que escucha y mira; es decir, atiende. Concédame el Señor la gracia de hacer buenas meditaciones, que me declaren patente la voluntad divina, para abrazarme al punto a ella. Tomar por intercesores a San Agustín y a San Ignacio. Aquél por la ternura con que siempre, aun en tiempos muy remotos, llenó mi alma. Este por la energía luminosa de su concepción dinámica de la vida espiritual. Todos los días, dirigirme a la Santísima Virgen y a esos dos santos para que me ayuden y conforten en la oración. Estoy lleno de alegría y confianza en Dios Nuestro Señor. Una vez más, repito: Renuncio libremente a tener propia voluntad; quiero libremente lo que Dios quiera.

D

ÍA

25. M

IÉRCOLES

.

Esta mañana he pedido a Nuestro Señor, por intercesión de la Santísima Virgen y de mis dos santos patronos de Ejercicios, San Agustín y San Ignacio, la gracia de sentir bien y profundamente las verdades, que van a ser objeto de la meditación. He ofrecido a Nuestro Señor, una vez más, toda mi voluntad, todo mi ser.

Primera meditación: Sobre mi condición de criatura.

«El hombre es criado.» (Pero iré fijándome simultáneamente en el hombre genérico y en mí particularmente.) Tres puntos: a) Creador, b) Criatura, c) Relación de la criatura al Creador.

En el primer punto: Creador = Dios. Todo lo real demuestra la realidad de Dios, pues todo lo real es contingente, salvo la realidad necesaria, que creó la realidad contingente. La realidad de Dios, siendo ab-soluta (infinita, etc.), es necesariamente absoluto bien, absoluto valor y

fuente o manantial de toda realidad, de todo bien y valor relativos. Luego

el Creador=absolutamente amable. ¡Enciéndeme, Señor, en amor inextinguible de tu infinita bondad!

En el segundo punto: Criatura = todo ser contingente = yo. El ser o realidad de la criatura es recibido; Dios lo da; crear significa propiamente

dar el ser. Luego la criatura por sí misma no es; es decir, es nada. Está

entre el ser infinito (Dios) y la nada (infinita); pero ese ser relativo y medio procede de Dios, fuente de todo ser. El hombre (yo) entre dos infinitos (Pascal): el infinito positivo de Dios creador

En el tercer punto: la relación de la criatura con el Creador es: a) Relación de absoluta dependencia. b) De absoluta sumisión. La estatua no se rebela contra el escultor. Pero el hombre tiene libertad —que Dios le ha dado—. Puede, pues, rebelarse. Sí; puede. Pero no debe. O, mejor dicho,

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debe no rebelarse, sino libremente someterse. Esto es lo propiamente

humano. Esa libertad de que puedo mal usar o bien usar es el ápice entre los dos infinitos; por eso es lo humano. Todos los ejercicios son para ver bien claro cuál sea el uso que debo hacer de mi libertad (como criatura que soy).

Segunda meditación: Sobre los fines de la criatura (yo).

Tres puntos: «alabar, hacer reverencia, servir a Dios Nuestro Señor», «y mediante esto salvar mi ánima».

Primer punto: ¿Qué es alabar a Dios? Alabar = proclamar la excelencia o valor de algo. La excelencia o valor de Dios es infinito, puesto que es el ser absoluto. Luego proclamarla es ocupación incesante y necesaria de la criatura. Pero esa alabanza no ha de consistir sólo en proclamar las excelencias de Dios conocidas por mí, sino también en

buscar las desconocidas y suponer ciertamente que las hay en número

infinito. Buscar a Dios en todo. Toda indagación filosófica y científica es búsqueda de excelencias divinas. La investigación que no se sustenta en Dios es absurda. Pues ¿qué se busca? Una realidad, algo que es; luego algo que es bueno; y todo bien y todo ser procede de Dios. En toda cosa, por nimia que sea, por oculta e incógnita, hallar a Dios. El espectáculo de la creación, en lo infinitamente grande, en lo infinitamente pequeño y en el medio (que es el hombre con su mundo) está gritando la grandeza y excelencia de Dios. Vivir siempre en alabanza de Dios.

Segundo punto: Hacer reverencia. Reconocida y proclamada la excelencia infinita de Dios, queda nuestro yo y todo lo nuestro reducido a mínimo valor, y ese mínimo es Dios quien lo ha hecho y criado. Luego parangonándome (yo y todo lo mío) con Dios, me encuentro infinitamente pequeño e infinitamente incapaz; reconocerlo así, reconocer y confesar mi absoluta dependencia ante la infinita supremacía de Dios, esto es hacer reverencia. Yo soy un ínfimo y minúsculo ente, que Dios sacó de la nada. ¿Qué puedo hacer, sino prosternarme ante la inmensa grandeza y el valor absoluto de Dios? Prosternarme, sí; y en consecuencia quedar absorto en esa excelencia suprema, quedar prendado y arrebatado en el amor de un Bien tan absoluto, como que de él dimana todo otro bien. La alabanza y reverencia son los preludios del Amor. Amar, amar, amar a Dios. Con todo amor, con amor intelectual, con amor sensible, con serenidad y con exaltación. ¡Dios mío!, yo soy incapaz de decir otra cosa mejor que ésta: te amo, te amo infinitamente. Por nada del mundo quisiera olvidar un instante ese amor hacia ti. Que te lo tengo no porque lo deba, sino porque

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se me mete en el alma ante tu grandeza, tu belleza, tu bondad, tu sabiduría, tu omnipotencia, tu misericordia, de la que me has dado a mí, a mí, tremendo pecador de tantos años, la más dulce e inequívoca prueba. ¿Quid

retribuam Domino pro ómnibus quœ retribuit mihi?

Segundo punto: Servir. ¿Que Dios no necesita mis servicios? Pero yo debo y quiero dárselos, aunque El no los necesite. Soy yo el que necesito servirle, esto es, hacer ciegamente su voluntad santa. ¡Extraño servicio, dirá alguien acaso, este en que el sirviente necesita servir a un Señor que

no necesita ese servicio! Pero es que ese Señor es Dios. ¡Dios! Y servir a

Dios es lo único que hace la vida del hombre plenamente humana. De todos modos tendría que servirle aun sin saberlo, aun sin quererlo, como le sirven los animales, las plantas, las cosas todas creadas, puesto que todo ejecuta su santa voluntad. Sirvámosle, pues, conscientemente,

voluntariamente, libremente, a sabiendas. Esto es lo que nos eleva por

encima de toda otra criatura y nos hace partícipes de la vida eterna.

Termina la meditación con el fin remoto: «y mediante esto salvar su ánima». Alabando, reverenciando y sirviendo a Dios salvaré mi ánima. Lo sé, la creo, lo espero firmemente. Pero añado ahora: Dios mío, te amo y te amaría, aun cuando este amor no me diese la salvación eterna. Sé que me la dará. Pero no es por ella por lo que te amo. Ella es para mí un término seguro; pero no es formalmente el objeto y fin de mi amor hacia ti. Es más bien un fin superpuesto, superañadido, que accede al único fin mío, que es amarte por ti solo. Es algo así como ese fin superaccedente de que habla Aristóteles, cuando dice que el placer es ἑπιγιν μενον τι τὁ ἑ ος. Si laλ salvación del alma es fin nuestro, lo es, sin duda, en un segundo término, y en este lugar la coloca San Ignacio al decir: Mediante esto, salvar su alma.

Tercera meditación: Fin de las otras criaturas.

Dice San Ignacio: «Son criadas para el hombre y para que le ayuden en la prosecución para el fin que es criado.» Tres puntos: a) Como criaturas, b) Para el hombre, c) Para ayudar al hombre en la prosecución de su fin.

Primer punto: Como criaturas no tienen las cosas preferencia metafísica u ontológica sobre el hombre, ni el hombre sobre ellas. Tan criatura soy yo como ese árbol. Nuestro ser es derivado y contingente y finito, tan infinitamente alejado del ser de Dios como todo finito está lejos infinitamente de lo infinito. Esto quiere decir que el hombre y las cosas están otológicamente en el mismo plano. El hombre no crea las cosas. Ni las cosas crean el hombre (contra el transformismo). Las cosas tienen su

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ser propio, independiente del hombre. Y, por consiguiente, su fin propio independiente del hombre; fin que también es Dios, creador. Ese fin propio e inalterable de cada cosa no es otro sino la gloria de Dios, que se manifiesta en la riqueza, variedad y armonía de la creación. Ahora bien, el hombre tiene sobre las demás cosas unas ventajas estructurales: la inteligencia y la libertad. Pasemos al segundo punto: las cosas han sido criadas para el hombre. El hombre es la única cosa criada (en la tierra o, como dice San Ignacio, sobre la faz de la tierra) que tiene inteligencia, es decir, conciencia de su propio ser y de su fin, y libertad, es decir, posibilidad de hacer o no hacer lo conveniente o disconveniente para la consecución de su fin. Por eso los otros seres, que no tienen ni inteligencia ni libertad, no saben ni pueden por sí mismos realizar por sí mismos realizar su fin. Entonces es menester que el hombre lo realice por ellas. En este sentido las criaturas no humanas son para el hombre; el hombre las usa, las emplea. En dos sentidos: a) Para que las cosas realicen su fin, la gloria de Dios, b) Para ayudar al hombre a realizar el suyo (alabar, reverenciar, servir a Dios).

Tenemos, pues, que las cosas son para el hombre: a) Espectáculo, b) Habitáculo, c) Instrumento. Son espectáculo en cuanto que son y existen, y forman la inmensa y magnífica máquina viviente de la creación y manifiestan al hombre la gloria infinita de Dios. El hombre descubre el espectáculo de esa gloria en el arte, la ciencia, la filosofía, la historia, etcétera. Son también habitáculo por cuanto que las cosas por su esencia propia constituyen el hombre; entre ellas vive el hombre y realiza su propio fin. Son, por último, instrumento. Y aquí viene el tercer punto.

Las cosas ayudan al hombre a la prosecución de su fin. Como alimento, como herramienta, como material para diferentes transformaciones. Pero tienen su fin propio además de este fin auxiliativo para el hombre. Luego el hombre no puede o mejor no debe hacer con las cosas todo lo que quiera, sino sólo lo que le sirva a su propio fin. Es usufructuario, no propietario de la creación, cuyo único dueño es Dios. Y como usufructurario, no ha de usar de las cosas ni más ni menos de lo necesario para su fin propio. Esta limitación del poderío humano sobre las cosas creadas es objeto de la siguiente meditación.

Cuarta meditación: Del tanto cuanto.

El uso de las cosas por el hombre está, pues, condicionado. No puede ser absoluto, puesto que sólo el Creador tiene absoluto derecho sobre lo creado. ¿Qué norma para dicho uso? Evidente: el fin del hombre. Las

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cosas pueden ayudar al hombre a conseguir su fin y realizan su función (alabar, reverenciar, servir a Dios). Entonces úsense y precisamente para la consecución del fin. Pueden estorbar a esa consecución. Entonces no se usen; es más, apártese de ellas el hombre. Pero sucede que el uso de las cosas (su espectáculo, su manejo, su posesión, etc.) puede despertar en nosotros afecto, apego, pasión por el placer que nos proporcionan; o despego, aversión, desafecto por el dolor que nos causan. Pues bien; este placer y dolor son accidentes secundarios y de ninguna manera pueden considerarse como fines. Así, cuando usamos y poseemos o contemplamos algo por el placer que ello nos causa, entonces sustituimos a nuestro fin propio el afán de deleite; entonces usamos las cosas no en tanto en cuanto nos conducen al fin propio, sino en tanto en cuanto nos proporcionan placer. Ponemos nuestro propio placer en el lugar que le corresponde a Dios. Todo el Universo queda con esto trastocado, deforme v monstruoso; nuestra alma rompe la armonía de sus proporciones; el afán de deleites nos desvía de la prosecución del único valor absoluto. Ello equivale a renunciar a nuestro fin y renegar de nuestro esencial destino.

El placer y el dolor no deben, pues, entrar en la cuenta de nuestras resoluciones. Si vienen mandados por Dios, es decir, si el recto uso de las cosas nos los causan, aceptémoslos como de Dios. Pero de ninguna manera buscarlos expresamente. Ni el placer, ni el dolor. La ascética buena no me parece que haya de ser ni el cultivo del dolor ni el sistemático rechazar todo placer. En sí mismos, ni el dolor ni el placer son ni pueden ser fines propios del hombre. Y si a veces debemos buscar de propósito el dolor, cuando sentimos, por ejemplo, la obligación de hacer penitencia, ha de ser como un medio, no como fin propio; como el medio de mostrar a Dios nuestra disposición para servirle, pese a cuanto este servicio tenga de penoso y doloroso. Un alma que verdaderamente ama a Dios, ni siquiera piensa de antemano en cálculos utilitarios o hedonísticos. Bien sabe Dios por lo que a mí respecta— que jamás la idea de lo que iba a sufrir física y moralmente al ponerme a su servicio, fue parte a detenerme un solo instante en mi resolución. Y si durante la ejecución, por ejemplo, el año pasado en el Seminario, he sufrido de muchas maneras, paréceme que lo he tomado así como accidente inevitable, sin que haya logrado nunca el dolor, la molestia ni la humillación ocupar en mi alma el puesto de motivo determinante o fin principal.

El problema del renunciamiento puede también resolverse por los mismos principios. Pues la alabanza, la reverencia y servicio de Dios pueden muchas veces ponernos en el trance de no usar cosas indiferentes

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de suyo, o incluso gratas y placenteras, y, por otra parte, no contrarias tampoco al fin último del hombre.

El problema del mal en el mundo rebasa los limites de esta meditación, porque en realidad el mal no es cosa, no es realidad, no es criatura. Dios no crea el mal, lo consiente a veces como medio bueno para... esto o aquello.

En cambio, se plantea ahora netamente la cuestión de la ascética. Porque si debemos usar de las cosas creadas, no por cuanto nos afecten (placentera o dolorosamente), sino en tanto en cuanto, independientemente de todo afecto de placer o de dolor en ellas, nos ayuden a conseguir el fin, entonces es preciso que el hombre se ejercite en ese hábito de prescindir de las pasiones. Si el hombre fuese siempre y en absoluto dócil a la consecución mentalmente formada, toda conducta humana sería racional y buena. Pero, ¡ay! Video meliora proboque, deteriora sequor. El afán de placer y el temor al sufrimiento son, de hecho, muy esenciales estímulos de acción. Para que estos estímulos sensibles sean sustituidos por la pura y escueta idea del tanto cuanto, hace falta ejercitar la voluntad, preparar la sensibilidad, esclarecer el entendimiento. A ello van encaminados, según parece, los Ejercicios.

El día de hoy ha sido muy feliz y muy fecundo.

Las verdades sencillas y profundas del Principio y Fundamento merecen ser, una y otra vez, miradas y remiradas. No por sabidas han de pasarse por alto. Hoy he visto con absoluta claridad lo que el amor de Dios exige de mí.

D

ÍA

26. J

UEVES

Santos Cipriano y Justina, mártires.

Las horas pasan tan llenas y densas que no hay tiempo para ninguna otra cosa. Y aun esta mañana he tenido que pedir un pequeño cambio en el horario para tener más holgura en los quehaceres matutinos, aunque los he reducido al mínimo. Cumplido estrictamente el horario ayer. Mucha tranquilidad, mucha paz, mucha alegría. Ayer, que fue en verdad el primer día de Ejercicios, me he sentido contento, fuerte, resuelto, como nunca. No torcer ni ablandar jamás la resolución tomada de entregarme por entero al servicio de Dios y hacer en todo momento su voluntad y lo que más contribuya a su mayor gloria.

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Primera meditación: De la indiferencia.

Todo va encadenándose con lógica de hierro: el fin del hombre, mi fin, el uso de las criaturas, en tanto en cuanto sirvan a ayudarme para la consecución de ese fin, trae una consecuencia indeclinable: que las cosas criadas no tienen valor propio, sino sólo de aplicación a mi fin, en tanto en cuanto. Si no tienen, pues, valor propio, yo no debo adherirme a ellas por ellas mismas. Ahora bien; mi naturaleza y condición me llevan a adherirme a ciertas cosas por ellas mismas. Entonces, ¿qué sucederá si esas cosas se revelan contrarias a mi fin y propósito divino? Es, pues, menester hacerme indiferente. No lo soy en este momento. Debo hacérmelo, es decir, ejercitarme mentalmente en el desprendimiento de las cosas creadas.

Propósito: Todos los días, en el examen, unos minutos de repaso de las cosas (mías o no mías) a que he sentido afición natural, para considerar bien claro su valor propio y disponerme en cualquier momento a per-derlas, a prescindir incluso voluntariamente de ellas.

Consideración de la indiferencia ignaciana. No es la άδιάφορα de los estoicos; ésta propiamente es insensibilidad que remataba en orgullo y soberbia, puesto que consistía en una ascesis o ejercicio encaminado a elevar al hombre natural por encima de toda vicisitud de la fortuna. No; la indiferencia de San Ignacio no es eso. Primero: No es indiferencia hacia las cosas de suyo conducentes a Dios; a éstas, por el contrario, total adhesión de la voluntad, sean o no gratas. Segundo: No es indiferencia hacia las cosas, que de suyo desvían de Dios; frente a éstas, por el contrario, total repulsión de la voluntad, por muy gratas que sean. Tercero: No es indiferencia a lo mandado o prohibido por Dios, sino adhesión a lo primero y repulsión a lo segundo, suceda lo que suceda. Cuarto: La indiferencia se refiere, pues, a que las cosas me sean naturalmente gratas o ingratas, a lo que se expresa en esa frase de «suceda lo que suceda». En suma: que la voluntad se resuelva únicamente en vista del mayor servicio de Dios y acatamiento de su voluntad. Quinto: La indiferencia no consiste en suprimir en mí la sensibilidad, sino en vencerla siempre. No es indiferencia en la parte espontánea del deseo y el apetito, sino indiferencia en la facultad libre racional, en la voluntad. Que los movimientos del afecto y del apetito y del deseo no entren en la línea de los movimientos determinantes de la voluntad.

Por eso dice el Santo que la indiferencia ha de recaer «en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío». Eso es ser verdaderamente libre, no dejarse esclavizar por el apego natural a las cosas

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gratas. Tener dominio de la voluntad sobre todo lo mío y lo no mío, para que la voluntad esté siempre, sin limitación ni condición, a la obra de Dios. Vienen luego los ejemplos —salud, enfermedad, riqueza, pobreza, honor, deshonor, vida larga, vida corta, etc.—. Estos ejemplos, que son antítesis valorativas, aclaran perfectamente lo que el Santo quiere decir. Ni lo grato, en cuanto que es grato; ni lo ingrato, en cuanto que es ingrato, pueden ser objeto de mi voluntad. Objeto de ésta no puede ser sino siempre el mismo hacer la voluntad de Dios, hacer mía la voluntad de Dios, hacer por mi voluntad lo que más conduce a la mayor gloria de Dios.

Segunda meditación: «Ad majorem Dei Gloriam».

Termina, pues, todo este Principio y Fundamento en una toma de resolución, que es base fundamental de la vida futura: «Solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados.» De notar aquí dos puntos: a) Solamente, es decir, que no haya otro deseo y elección que el de los mejores medios para nuestro fin. El resto queda entregado a la indiferencia, b) Lo que más nos conduce; es decir, que nuestra elección ha de recaer sobre aquellos medios que mejor nos conduzcan al fin. Mejor —sin posible fallo, o sea con más seguridad, con más rapidez—, con menor numero de contingencias o peligros. La regla contenida en este «mejor» es, por el momento, formal; en cada caso se irá especificando, pues en cada caso he de ver yo claramente cuál sea la

mejor resolución a tomar para mejor alcanzar el fin.

Resumiendo: Vitam impendere Deo y dedicarla sin restricción alguna

ad majorem Dei gloriam.—Voluntad resuelta de ser santo. Quiero serlo,

porque Dios lo quiere. ¿No me ha llamado El mismo? ¿No me ha sacado del abismo? ¿No me ha dado la luz de la fe? ¿No me ha perdonado la vida, que he vivido tantos años sesteando en una arrogante moral autónoma y privada? ¿No me ha hecho y rehecho, creándome, por decirlo así, dos veces? ¡Cuál no sería, pues, mi ingratitud si anduviera con regateos y cominerías! No, no. Todo a Dios, todo para Dios. Yo quiero prometer solemnemente —y así lo he hecho ante el altar, donde está encerrado el Santísimo Sacramento— no negar jamás a Nuestro Señor nada que me pida, nada. Aunque me pidiera lo que más quiero en el mundo, la vida de mis hijas —que quiero más, cien veces, que mi propia vida— se la daría sin vacilar. ¡Dios mío, concédeme la gracia de quererte como te amó el Santo Patriarca Abraham! Siento en mi pecho la grandeza de la resolución. Pero la he tomado, tomada está. Desde ayer anda rondándome por los aledaños del corazón. Ya está. Tuyo soy, tuyo en todo, por todo, para todo.

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Dime lo que quieras y estará hecho al punto, aunque me cueste la vida. ¿Qué digo la vida mía? Aunque me cueste la vida de mis hijas, quedará hecho sin refunfuños, sin vacilación, sin regateos. Dime, pues, qué quieres que haga, Señor. Aquí está tu esclavo.

Tercera meditación: De los tres pecados.

Pero yo, que me he entregado enteramente a ese fin, que es Dios; yo, que he hipotecado para siempre mi voluntad a Nuestro Señor; yo, que aspiro resueltamente a la santidad, a la beatitud, a la unión con Dios, yo, ¿quién soy ahora? ¿Qué he sido antes siempre? Pecador, pecador y pecador. En el cieno ha transcurrido mi vida, en el cieno del pecado. Y ¿qué es el pecado? Pues justo lo contrario de lo que acabo de proponerme. Lo contrario de la obediencia a la. voluntad de Dios, lo contrario de la libre sumisión. Esta meditación de los tres pecados lo pone bien claro ante los ojos. Son tres pecados típicos y, por decirlo así, representativos: el pecado de los ángeles, el de Adán, el de muchos que me han precedido en el mundo. Los ángeles, sin cuerpo material, espíritus puros y tan próximos a la cúspide del Ser Divino que en cierto modo participaban ya de algunas prerrogativas de excelencia casi suprema; los ángeles, sin concupiscencia de carne, sin pasiones de ambición u orgullo, puesto que cada uno es único en su especie e incomparable, los ángeles, pecaron. ¿Cómo no he de pecar yo, encerrada mi ánima en la asquerosa cárcel del cuerpo, sujeto mi ser a todos los empujones de una naturaleza caída en corrupción, concupiscencia, hipocresía, ambición, rencor, odio, apetito, envidia y mil otras monstruosidades harto naturales en la condición del hombre?

Adán, nuestro padre común, también pecó, y eso que había sido colocado por Dios en óptimas condiciones para no pecar: estado de gracia, virtudes y dones, inmortalidad, sujeción perfecta del apetito concupiscible a la voluntad racional, un sólo precepto y aun fácil de cumplir. Sin embargo, cayó en el pecado, desobedeció al Señor.

Hay un rasgo común a estos dos pecados primeros de los ángeles y del hombre: es, a mi juicio, la soberbia. Porque Dios, para que sus criaturas racionales tuviesen el supremo don del merecimiento, los hizo libres y responsables. Pero ese regalo o merced de la libertad —que hace al hombre sui juris y propiamente persona— encendió en ellos la soberbia, el orgullo de no depender, y los llevó a olvidarse de su condición radical de criaturas. Ya lo insinúa San Ignacio cuando dice: «...no se queriendo ayudar de su libertad para hacer reverencia y obediencia a su Criador y Señor». Es decir, que el pecado de los ángeles —y también, en último

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termino, el de Adán— fue el de no hacer uso de la libertad (cosa creada)

en tanto en cuanto, etc. (principio y fundamento).

Consideración, por último, de los muchísimos hombres que han pecado y pecan y que por interponer su propia voluntad contra la voluntad de Dios purgan en un infinito de padecimiento un breve instante de rebelión, acaso único.

Pues como ellos y más, muchísimo más que ellos, pequé yo también y repequé y reincidí una y mil veces. ¿No he de ser infinitamente digno de eterna castigo? Y más aún. He aquí que en su infinita bondad y misericordia, el mismísimo Dios hecho hombre vino al mundo a sufrir y morir por esos mis pecados, para traerme, a pesar de mis pecados, la tabla de salvación, y no una, sino muchas veces, tantas veces como yo mismo quiera pedirle perdón con arrepentimiento del alma. ¡Qué vergüenza me da de mirarte, yo, empedernido reincidente, yo, criminal, a Ti, clavado en una cruz por mis pecados! ¡Qué rubor, qué confusión, qué espanto de conside-rarme yo vil, ruin, y, sin embargo, acogido con cariño infinito por Ti, que cada día renuevas el sacrificio de tu humanidad gloriosa y lavas con tu propio cuerpo en mi ser indigno la mugre de mis pecados! ¡Yo perdonado a diario y los ángeles malos reducidos para siempre a eterna condenación! ¡Qué vergüenza si vuelvo a pecar! No lo quieras permitir, Dios mío y Señor mío. No lo quieras permitir; que yo juro ante Ti, Cristo doloroso de Getsemaní, no pecar jamás, no resistir jamás al soplo de tu divina gracia, no apartarme ni un ápice de la más mínima voluntad tuya. Tómame, Señor, bajo tus divinas alas. Mi nada quiere sumergirse en tu Todo, anular la chispa de ser propio, que Tú mismo me has dado, en el seno de tu voluntad infinitamente buena. No soy digno, Señor, pero heme aquí —para vergüenza y rubor— con la frente pegada al suelo, ante tu Cruz. Haz de mí lo que quieras. Nunca más volveré a pecar, con que me mires con compasión y me des tu gracia victoriosa. No soy digno, Señor, pero con que me digas una palabra de gracia y de consuelo, heme aquí dispuesto sin vacilación a dar mi vida en tu servicio.

D

ÍA

27. V

IERNES

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Santos Cosme y Damián, mártires.

Primera meditación: Dolor de los propios pecados.

He entrado en esta meditación completamente acobardado; tanto, que apenas he podido dormir pensando en que he de hacerla. Son tantas las veces en que el pensamiento de mi vida pasada me ha torturado hasta la

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auténtica desesperación, que me entra mucho miedo de tener que volver sistemática y expresamente sobre esos años tremendos, años de inconcebible ligereza, soberbia y suficiencia, años de pecado y, lo que es peor, de pecado que se disfrazaba bajo el manto de una moralidad natural. No ha habido ningún confesor de los que he tenido, a quien no haya tenido alguna vez que pedir consuelo y medicina contra la tentación de desesperación. Todos, unánimemente, me han asegurado, unos tras otros, que no hay pecador, por grande que sea, que no pueda cobijarse bajo la infinita misericordia de Dios. Y yo lo creo, sí; lo creo firmemente. Pero una tan horrenda vida como ha sido la mía, se me antoja, cuando lo miro de cerca, tan inexcusable, tan radicalmente imperdonable, que siempre que vuelvo la mirada hacia ella me da un pellizco el corazón y se me nubla la vista.

He comenzado la meditación leyendo varias veces el texto de San Ignacio y luego pidiendo a la Santísima Virgen, mi Madre, la que perdona como todas las madres perdonan, que interceda por mí y me obtenga de Nuestro Señor la gracia de ver yo bien mis propios pecados, pero sin caer en la desesperación. Me he encomendado a mis patronos de Ejercicios, San Agustín y San Ignacio, con la esperanza de que ellos —que también fueron un tiempo pecadores y también volvieron su vista a Dios en edad avanzada—, comprendan mi estado de ánimo, se compadezcan de mí y me ayuden a obtener de Nuestro Señor la gracia de una florecita de esperanza en mi corazón.

Y me he lanzado resueltamente al recuerdo de mis pecados en mi ya no corta vida. ¡Qué horror! La fe perdida, la soberbia de un pensamiento autónomo construyendo sistemas del Universo sin Dios o, lo que es lo mismo, con un Dios que de Dios sólo tiene el nombre. Luego más triunfos todavía. A los veinticinco años, catedrático de la Universidad de Madrid. ¡El catedrático más joven de España! Y vertiendo pedantescamente en la cátedra, con suavidad escéptica, toda suerte de falsedades, errores. Ningu-na dificultad material en la vida. No puedo seguir pensando sin sentirme anonadado. ¿Será posible que Dios me perdone? ¡Dios mío! ¡Jesús mío!

Pero aunque no me perdonase nunca yo no puedo, no puedo, no quiero seguir en esa vida; no quiero, no puedo. Es mucha, mucha la misericordia de Dios, que al fin me ha abierto los ojos y me saca del fango. ¿Cómo es posible, Dios mío, que te hayas fijado en este gusanillo inmundo que en su nada se atrevió a mirarte y tratarte con displicente suficiencia de filósofo entontecido por la soberbia? Pero si lo has hecho, Señor; si, como

Referencias

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