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El Simbolismo de La Rueda Gonzalez Federico

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CAPITULO I

Todos los seres y las cosas expresan una realidad oculta en ellos mismos, la cual pertenece a un orden superior, al que manifiestan, y son el símbolo de un mundo más amplio, más realmente universal, que cualquier enfoque particular o literal, por más rico que éste fuese. En verdad la vida entera no es sino la manifestación de un gesto, la solidificación de una Palabra, que contemporáneamente ha cristalizado un código simbólico. Ese es el libro de la vida y del universo, en el que está escrito nuestro nombre y el de todos los seres y las cosas, y los distintos planos en que conviven y se expresan, comunicándose perpetuamente, interrelacionándose entre sí a través de gestos y símbolos. La trama entera del cosmos es en verdad un símbolo que cada una de sus partes expresa a su manera.

Y si toda la manifestación es simbólica y el universo un lenguaje, un código de signos, nosotros somos también símbolos y conocemos y nos relacionamos a través de ellos. Todo pasa entonces a ser significativo y cada cosa está representando otra de orden misterioso y superior a la que debe la vida, su razón de ser.1 Entonces los

símbolos están vivos y emiten sus mensajes, e interactuando los unos con los otros también reciben y retransmiten innumerables señales y constituyen grupos, conjuntos, señales o estructuras de los que son parte. Los indefinidos códigos simbólicos están manifestando un sólo modelo universal, la arquitectura de la tierra y el cielo, encuadrada en los límites del espacio y del tiempo.

Son pues inevitables, consubstancial es al ser humano. Y ellos, como los gestos, generan el enmarque en que nos hallamos, promoviendo todas las acciones, no sólo las que han pasado y las futuras, sino las del presente, las del ahora mismo. Si con el lenguaje pueden nombrarse todas las cosas, todas las cosas están implícitas en el lenguaje. Si lo numerable tiene signo, en esos signos está toda la posibilidad de lo numerable. Gracias al símbolo nos revelamos a nosotros mismos, pues merced a éste se forma la inteligencia, se crea nuestro discernimiento y se ordena la conducta. Pudiera decirse que él es la cristalización de una forma mental, de una idea arquetípica, de una imagen. Y al mismo tiempo su límite; lo que posibilita el retorno a lo ilimitado a través del cuerpo simbólico, que permite así las correspondientes transposiciones analógicas entre un plano de realidad y otro, facultando el conocimiento del ser universal en los

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distintos campos o mundos de su manifestación. Ya que expresa lo desconocido por su apariencia sensible y conocida.

El símbolo conforma de continuo lo preexistente, establece una perpetua conexión con nosotros mismos y una vinculación constante con el cosmos, del que es solidario. El gesto simbólico, o el rito cósmico, es la permanente posibilidad del reciclaje del ser y de la cadena de los mundos. Es revelador, siempre da a conocer algo. Tiene también poderes transformadores. Por su intermedio algo abstracto se concreta, e inversamente algo concreto se abstrae. Es ambivalente, pues es aquello que él expresa y simultáneamente lo expresado. Su función mediadora constituye un punto de conexión donde se produce la transición entre dos realidades, participando de ambas: como sujeto dinámico, o como objeto estático.

A su función intermediaria como sujeto pudiera representársela geométricamente con la vertical, que se recorre en dos direcciones: ascendente-descendente-ascendente. Y a su función como objeto estático se la podría ilustrar con la horizontal, que es un reflejo de la energía vertical en el plano de la realidad sensible donde ésta se expresa. Y donde también se da su ambivalencia, generando de esta forma las leyes de la simetría, lo izquierdo y lo derecho en el cosmos.

Esta polarización está presente en todo lo signado por el espacio y el tiempo, y se refiere al pasado y al futuro, a lo pasivo y a lo activo, a la concentración y a la expansión, a la atracción y a la repulsión, y a toda dualidad complementarla de opuestos que posibilitan el orden y el equilibrio cósmico, y que el símbolo testimonia sin hacer exclusiones.

- La simpatía, o la sintonización de una onda o vibración rítmica común, hace que dos cosas se correspondan, pues lo similar atrae lo similar y se une con él. La atracción produce la complementareidad y la fecundación, la división prohija la ruptura y la expulsión. Para que dos cosas se atraigan mutuamente es necesario que haya en una parte de la otra, y en ésta algo de aquélla.

Estas situaciones se dan a distintos niveles de profundidad y planos de relación. Y es necesario que exista afinidad para que la armonía rítmica se produzca. Asimismo se requiere que la disposición o la forma de los entes asociados se corresponda para que se dé la conjunción armónica. Esto quiere decir que estén "diseñados" de tal o cual manera para que el acoplamiento sea posible; que se hallen invertidos los unos con respecto a los otros. Tal lo pasivo y lo activo (la copa y el líquido que la colma), lo cóncavo y lo convexo (la matriz y aquello que se plasma en ella).

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La analogía es la relación entre un objeto y otro objeto, entre un plano y otro plano, que vibran a la misma frecuencia. Se ha dicho que la analogía es correspondencia rítmica. Y el símbolo es la unidad analógica entre un plano y otro plano, o un objeto y otro objeto. También pudiera decirse que él es el mensajero de una energía-fuerza, que lo conforma, y que actúa mágicamente a su través.

De hecho, todas las formas se reducen a escasas estructuras primarias que están en la base prototípica de cualquier manifestación. Este conjunto de módulos e imágenes se halla también simbolizado ordenadamente por las figuraciones geométricas en correlación con el denario numeral, las que conjuntamente hacen posibles todas las construcciones matemáticas.2 En el código del lenguaje alfabético-fonético, las letras y

las sílabas tienen esa misma función sintetizadora-generadora, así se las mire desde el punto de vista de la manifestación verbal hacia sus orígenes, o contrariamente, desde su fuente original hacia su solidificación o concreción en palabras u oraciones. El símbolo, al sintetizar en sí todas las posibilidades expresivas, está manifestando a nuestro orden sensible y sucesivo la simultaneidad del conocimiento, que se traduce en la pluralidad de sus significados. La analogía es una lógica fundamentada en los mecanismos de asociación. El universo es un tejido de estructuras interdependientes, incesantemente relacionadas las unas con las otras. Estímulos y respuestas que a su vez han de generar nuevas contestaciones.

También los pueblos en su historia realizan esta constante esquemática comunicándose por el intercambio y por la guerra. Y este flujo y reflujo forma parte de la estructura del mundo. Dos corrientes telúricas y cósmicas que son la textura misma del universo, que al atraerse se unen y al expelerse se rechazan, oponiéndose, para volver a juntarse en una asociación que materializa la posibilidad y la continuidad de la vida, asegurando su difusión; ya que estas corrientes se buscan simultáneamente, pues cada una de ellas tiene en su constitución dos partes, que al oponerse se complementan, e inversamente, un núcleo que al reflejarse se polariza.

Es gracias a la cadencia inefable del lenguaje simbólico, y su reiteración ritual, que se generan los códigos y se repite el modelo cósmico presente en cada una de sus partes constitutivas, pues ellas pertenecen al cuerpo simbólico y reiteran el arquetipo del que han de derivar todos los modelos posibles. De la arquitectura del cosmos a las de las arquitecturas particulares, y contrariamente, de las arquitecturas particulares a la arquitectura cósmica. Esta es la manera viva y permanente de lo que expresándose a sí mismo manifiesta la ley en que se crean, transforman y conservan, los seres y las cosas.

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En una metamorfosis constante, que no va ni viene, pues constituye un circuito perpetuo, un todo continuo, que se regenera conjuntamente con el nacimiento diario del sol, y que se revela coetáneamente con el tiempo.

Pero es necesario, para que este orden horizontal indefinido de multiplicación, muerte y retorno, tenga sentido, que exista alguna interrelación en profundidad volumétrica, la que se representa en el plano horizontal por la vertical, como símbolo de otro plano o mundo, lo que llega a constituir un sistema de coordenadas que nos da cuenta de lo alto y de lo bajo -para equilibrar de esta forma la imagen fugaz del devenir haciéndola significativa y jerarquizándola-, completando así el encuadre en donde las cosas se buscan a sí mismas, en sus distintos planos de existencia y modos de realidad y donde se conjugan con otras que a su vez imitan la misma estructura. Es esta interacción la que da lugar al espacio tridimensional, que se presenta como un sólido, producto de las tensiones y los ritmos internos, del entrecruzamiento multidimensional de las coordenadas, que crean un sistema coherente, una red o un cuadriculado, que es la base a partir de la cual se posibilitan las formas y la sustancia en que ellas aparecen manifestadas. Este orden es un delicado equilibrio permanentemente inestable, que se refiere una y otra vez a sí mismo, siendo su identidad la afirmación de su ser en la temática vida, muerte, resurrección, configurando un ciclo o rueda, que vuelve a sus orígenes después de realizar un recorrido completo. Constituye pues un entrecruzamiento vertical-horizontal de dos planos o energías simultáneas, que se reciclan indefinidamente, como una rueda dentro de otra rueda, o como el símbolo plano de la cruz de brazos iguales inscrita en una circunferencia. Pero para que este proyecto quedara asegurado era indispensable que una cosa fuese el símbolo y otra lo simbolizado. Que el valor de lo uno y lo otro fuese determinado no sólo por su correspondencia armónica, sino por la situación de primacía que hace que uno simbolice a lo otro y no al contrario, a pesar de la analogía que los hace solidarios, pero invertidos, en tanto que uno refleja la energía de lo otro, re convirtiéndola, y la difunde haciéndola inteligible.

En el simbolismo, lo de orden menor está simbolizando a lo mayor, y no a la inversa. La rueda simboliza el movimiento universal, y no este movimiento se encuentra simbolizando a una rueda específica, individualizada. Una imagen o un modelo del cosmos, simbolizan al universo y no es este universo el símbolo de un modelo o imagen particular; así se trate del modelo de la rueda, o el de la cruz tridimensional, o el del árbol de la vida Sefirótico. Lo mismo cuando se dice que una persona nacida bajo el

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influjo zodiacal de Leo está relacionada con el sol, no se dice que Leo, y menos el sol, son los símbolos de tal o cual persona concreta. Sin esta salvedad, el símbolo nada simbolizaría y no tendría razón de ser, y la simbólica sería una mera constatación de formas parientes. Es la revelación de un alto secreto cognoscitivo, manifestado por una forma inteligible, lo que caracteriza a una transmisión de energías ordenadora, que hace posible, por otra parte, el fluir de su discurso existencial.

La regeneración es la posibilidad de que todo sea siempre nuevo y ahora, de que la existencia sea real y no un vago teatro de sombras indeterminadas y fluctuantes. El símbolo es el punto de contacto entre la realidad que él cristaliza y el ropaje formal con el que se viste para hacerlo. Este vestido ha de ser agradable y correlativo con la idea que expresa, para que ésta pueda ser comprendida en verdad. Entonces manifestará cabalmente la energía-fuerza que lo ha conformado y podrá transmitirla en el contexto adecuado, que él mismo condicionará, por la actualización de su potencia. Inversamente se puede decir que esta energía inteligente trasciende al símbolo considerado como mero objeto estático, o soporte de conocimiento. Y siendo esto así, él nos permite pasar por su intermedio de un plano de conciencia a otro, constituyéndonos en los protagonistas del conocimiento, vale decir, del ser, ya que existe una identidad entre lo que se es y lo que se conoce. Se actualizan entonces las potencias inmanentes del símbolo, y la idea-fuerza de lo simbolizado se comprende en todo su esplendor, ya que ha sido manifestada adecuadamente. A través de la identificación con el símbolo y con el conocimiento paulatino nacido de la reiteración ritual y revivificante de su energía, deviene lo simbolizado, que ha estado oculto en la estructura simbólica, y que ésta no ha dejado nunca de expresar. Todo lenguaje incluye un metalenguaje, y en verdad no habría lenguaje sin metalenguaje o translenguaje. El trans-lenguaje metafísico se expresa por el modelo del universo, o plano de la creación. Es decir, a niveles inteligibles y sensibles, en razón de que el lenguaje y lo físico existen para este fin, constituyendo códigos simbólicos de manifestación y revelación.

Conocer, es aprehender aquello que se conoce. Es realizar una síntesis, de tal suerte que, la unión del sujeto y el objeto del conocimiento, sean el conocer. Que el que conoce, sea idéntico a la cosa conocida. Se trata entonces de una conjunción de opuestos, merced a la cual se produce el conocimiento. Esta unión complementaria es la misma que se obtiene en y por el amor, producida también por la atracción de oposiciones que se conjugan y que de esa forma recrean la unidad originaria -a cualquier nivel en que acontezca-, estabilizando el equilibrio general, además del

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particular. Es por medio de la unidad y su irradiación que se actualiza perennemente el acto creativo. Eso puede verse en cualquier código, serie, agrupación o estructura. Se repite un esquema en el que están implícitas sus modalidades de desarrollo y conservación, y también su propio fin a través de la multiplicación de sus posibilidades. Hasta que éstas deben sintetizarse nuevamente en lo esencial, para entonces volver a difundirse, y pasar nuevo hálito al ritmo vital. La unidad es el símbolo más alto de todos, el símbolo por excelencia, porque lleva en sí la potencialidad de lo simbolizable. El principio ontológico es la razón de ser del símbolo; y la unidad, su manifestación simbólica. El Ser, El mismo, aún siendo increado es el origen de la emanación que dará lugar a la concreción material.

Reiterando el acto creativo, que nace de la pureza indiferenciada, sin mezcla, de lo que no es ni un polo ni otro, sino lo que es en sí mismo, nos regeneramos a nosotros y al universo, constituyéndose el hombre en el símbolo central, de lo único, que es lo mismo que decir del ser, del amor, o del conocimiento.

Comprendiendo la identidad entre el ser universal, el todo y el sí-mismo, la entera manifestación de los principios se nos presenta como una revelación. Se habrá llegado entonces a conocer la unidad del ser, que es igual al sí-mismo, sin división ni extensión de ningún tipo, motivo por el que no puede tener par. Sin embargo, esa realidad que a nivel cósmico es la más alta, no es sino un punto afirmado en las posibilidades infinitas del no ser. Por lo que el ser es un punto en la infinitud del no ser (o de lo supracósmico, o del supra-ser o del hipertheos realmente incondicionado) e inversamente el no ser es un punto presente en todo lo que es. La unidad actúa como símbolo y conecta a la unidad aritmética (que será generadora de la serie numérica) con la unidad metafísica, que también pudiera signarse con el cero aritmético.

Esto, si se considera al símbolo como lo que realmente es, o sea aquello que posibilita cualquier manifestación, aun llevándola a su instancia más alta, es decir, la de considerar simbólica a la misma tri-unidad de principios universales que constituyen el ser. Pues tanto el ser como el símbolo, se expresan primero como principios, y sucesivamente a tres niveles en el discurso de la manifestación. Lo mismo sucede con la unidad, que puede ser conocida a tres grados, y también en su principio.

Otra cosa es lo que sucede en la sociedad actual, que considera al símbolo, en el mejor de los casos, a nivel de alegoría. Aunque a veces ni siquiera lo toma en cuenta aun en su forma literal, sino que lo rechaza de plano por el hecho mismo de ser "simbólico", ya que considera este hecho como una estafa, como la sustitución de lo que

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realmente es, por lo que no puede ser. Y por lo tanto ese signo o símbolo ha de ser una falsificación y un supuesto arbitrario. O al menos una invención, cuando no un cuento. Con el mito sucede lo mismo, hasta el extremo de que llamar a alguien mitómano, es una forma educada de decirle mentiroso.

Es claro que esta confusión y esta ignorancia, por razones cíclicas, es propia del hombre contemporáneo, que es el exponente más neto de la estulticia generalizada, que viene incubándose desde antiguo. Valga un ejemplo: en el universo todo es sexuado. Esta verdad evidente por sí misma, sin embargo se le presenta al contemporáneo como una extraordinaria novedad en el pensamiento humano, un gran descubrimiento moderno, fruto de las investigaciones científicas de los sexólogos, intérpretes y analistas, y una conquista de los movimientos sexuales de distinto signo. El uso "correcto", o "libre", del sexo, parece ser uno de los postulados axiomáticos de esta sociedad progresista. Se visualiza al sexo como algo que el hombre no conocía de sí mismo o del mundo. Un tema en el que no había reparado del todo hasta nuestros días. Como si no hubiéramos estado siempre desnudos debajo de nuestros vestidos, o la naturaleza hubiera ocultado este hecho de alguna forma. Lo más menguado del caso es que, además, este "descubrimiento" no se refiere al cosmos en su totalidad, todo él sexuado -o diferenciado en un par de opuestos que se atraen o se repelen- sino que considera que sólo el ser humano posee este derecho "conquistado". Pues supone que las mismas bestias hacen apenas un uso limitado de la genitalidad, mientras que los vegetales prácticamente no la poseen y en el reino mineral es nula. Todo esto referido sólo al plano más estrictamente material, pues es obvio que se ignora la presencia real de los mundos sutiles, y no se tiene ni idea de la existencia de los arquetipos. Esta visión antropomórfica del sexo, como atributo personal del ser humano, que las demás criaturas parecerían tener apenas por añadidura 3 se ve agravada por el hecho de que lo

sexuado, para la mentalidad progresista, no excede lo erótico-genital. Y su desconocimiento al respecto es tal, que se cree que la realización sexual es en sí misma un fin, tan avanzado y moderno como la moda. Una panacea universal aprobada con certificado, inventada recientemente por la ciencia, para la tranquilidad y el confort psíquico de los ciudadanos.4

Por lo tanto, cuando decimos que el universo es sexuado, con seguridad que nos estamos refiriendo a otra cosa de lo que vulgarmente se entiende por esto. Estamos afirmando, como lo han hecho todas las tradiciones, que en la creación, en la vida, hay siempre presentes dos corrientes cósmicas de energía. Y que cada una de ellas

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representa un sexo, una polaridad, que la genitalidad humana también manifiesta entre un sinnúmero de seres y cosas. Unánimemente la antigüedad ha otorgado a la sexualidad y sus misterios una importancia fundamental. A tal punto, que se considera a la energía sexual no sólo como generadora, sino también como regeneradora. Como el soporte y el impulso que permite la realización y el conocimiento. Puesto que utilizando su polaridad -que es la misma dualidad de todas las cosas- se pretende la unión (donde la oposición no existe), encarándosela como un medio de realización, de transmutación, que va de lo más grosero, a lo más sutil, empleándose numerosísimas formas "prácticas" para obtener este objeto. Por otra parte, y volviendo al tema, diremos que es imposible definir al símbolo, pues él y la creación perenne no toleran límites conocidos en su desarrollo lineal y cuantitativo. Siendo el símbolo el soporte del Conocimiento, sus posibilidades son ilimitadas. El es en sí mismo su propia definición, puesto que su función es su ser. Es siempre idéntico a sí, y mutable con los cambios de los seres individualizados, las formas y los estilos que lo reflejan. Se lo halla presente en todas las tradiciones, porque se encuentra en la textura de la vida, de la manifestación y del hombre. Este último es mucho más y mucho menos de lo que él actualmente imagina. Mucho más en profundidad, en el sentido vertical de lo no formal, mucho menos en cuanto a sus indefinidas posibilidades horizontales de mutación que él y las formas personalizan.5 Y lo mismo sucede con su concepción de la vida, su visión del mundo, y

su comprensión del símbolo.

Ya hemos dicho que el símbolo es el punto de conexión entre una energía vertical y otra horizontal, como lo figura la escuadra, o la letra griega gamma, y que participa de ambas naturalezas. También hemos afirmado que la energía vertical es descendente y ascendente a la vez, pues va de lo simbolizado al símbolo, y de éste a lo simbolizado, como un sin fin. Asimismo, que la energía horizontal se difunde e irradia indefinidamente generando su propio plano, o campo de acción. Debemos agregar que el sentido ascendente o descendente que le otorgamos a esta energía, no sólo se manifiesta en función del camino de ida y vuelta vertical que recorre, sino igualmente en cuanto es "benéfica" o "maléfica" -por decirlo así; benéfica en cuanto el símbolo es tal, y como tal es comprendido, vale decir cuando cumple normalmente su mediación; maléfica, si él es considerado apenas una convención arbitraria, o una mera invención humana, y así es tomado, motivo por el cual no es revelador de ningún otro nivel que no sea el psiquismo del hombre. En este último caso, la degradación del símbolo sería un acto sumamente perturbador, que sólo la comprensión, la vivificación del simbolismo,

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pudiera equilibrar. Esto también estaría representado por la figura de la cruz, en la cual los brazos horizontales conforman el campo o plano de manifestación del símbolo, y los brazos superior e inferior, estarían expresando su energía ascendente-descendente o benéfica-maléfica, respectivamente.

En el símbolo específico de la rueda cósmica, imagen y modelo de la creación, un eje fijo constituye un centro que irradia su energía hacia el exterior, difundiéndose en proporción directa al cuadrado de las distancias. En la concentración, o retorno al centro interior desde la periferia, la energía recorre inversamente ese cuadrado de las distancias. Una y otra energía son exactamente proporcionales entre sí y ambas coexisten permanentemente. La primera expresa la voluntad de la expansión indefinida, y la otra, la contracción necesaria a toda manifestación. Si la primera fuese el fluir de las emanaciones hasta su propio límite, ese límite estaría impuesto por la contracción de la segunda y su atracción hacia el centro arquetípico.6 Estas dos energías se figurarían

geométricamente por dos espirales, una evolutiva y la otra involutiva. Teniendo en cuenta que son simultáneas, y que constituyen la estructura del huevo del mundo, siendo ellas la expresión simbólica de los principios de los que este huevo primigenio deriva.

Conviene asimismo hacer una distinción entre los símbolos naturales y los símbolos específicos de la Ciencia Sagrada, o Ciencia a secas. Estos últimos son los portadores sintéticos, conscientes y didácticos, de un conocimiento o verdad, y nos han sido transmitidos a través del hombre mismo.7

Ahora bien, hemos estado viendo que toda expresión o manifestación es de por sí simbólica. Sin que esto deje de ser cierto en ningún momento, conviene aclarar que hay determinados juegos de símbolos, mitos y ritos -que por otra parte se dan en distintas formas en todas las tradiciones- que han sido específicamente acuñados, como vehículos del conocimiento, por los sabios y los inspirados de los innumerables pueblos. Estos gestos rituales, revelados por los dioses a los mortales, incluyen la enseñanza de una cosmogonía y la posibilidad de comprender nuevos mundos, o nuevos estados del ser, que constituyen la verdadera realidad de lo que es el hombre y el universo. Esta posibilidad siempre es enseñada; el ser humano en su estado ordinario no la conoce, ni puede realizarla por sí solo, mal que le pese, y necesita siempre un espejo donde mirarse y reconocerse, y la palabra que lo rescate del mundo de los muertos, o de los ignorantes, y le insufle la posibilidad de una nueva vida, de encarnar el hombre nuevo. Ese espejo es, en primera instancia, el juego de las simbólicas, que han de ser aprendidas y enseñadas, para obtener así un imprescindible estado de virginidad. Posteriormente, esas

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mismas simbólicas son ordenadoras, y quienes las transmiten las conocen porque a su vez se las han enseñado. Esta cadena iniciática tradicional nos remonta hasta el origen, tanto histórico como atemporal, al fin del cual nos encontramos siempre con la misma pregunta: ¿quién? 8 ¿Quién se los ha revelado a los sabios y a los hombres? Según la

tradición, su origen es no humano, por ser supracósmico. De hecho, todos los pueblos coinciden en la fuente mítica, producida en la noche de la historia, más allá del tiempo. Además es unánime la idea de un dios civilizador y ordenador, o la de un héroe liberador e instructor. Los símbolos necesitan ser enseñados, para que haya una comprensión real de las fuerzas que concentran. La energía que permanece oculta en el símbolo en estado potencial, requiere ser activada. Mediante el rito del aprendizaje, el estudio y la meditación, se despierta al símbolo y éste actúa. La relación es mutua. La energía-fuerza que éste expresa viene a nosotros, y nosotros a nuestra vez la proyectamos sobre él, estimulando su propia esencia. Se evoca entonces, además, la energía de todos los que han conocido, comprendido y transmitido el símbolo. Y esa misma entidad, o estructura arquetípica, actualiza los principios universales, haciendo que estos devengan a nosotros y nosotros participemos de ellos, gracias a la identificación con el símbolo y la mediación simbólica, reactivada por una exégesis ritual, que es aquélla que a lo largo del hilo de la historia ha mantenido viva la posibilidad de la regeneración, o lo que es lo mismo, la que hace factible que todo siempre sea nuevo y verdadero.

Nos toca ahora ver las relaciones entre símbolo, mito y rito, y debemos entonces afirmar que esos vocablos designan de distinta manera a una misma cosa en tres formas operativas. Nos dice Mircea Eliade que: "El mito es la explicación y la justificación de la irrealidad de la existencia". El constituye un eje fijo que articula lo que constantemente deviene, lo perecedero, lo ilusorio. Es una verdad tangible, un "modelo ejemplar", periódicamente encarnado por la comunidad, o algunos de sus miembros, y posibilita la regeneración colectiva estabilizando el orden necesario para el desarrollo. El expresa los orígenes y la renovación de la vida, armonizando y asegurando la continuidad de los pueblos. Los mitos de la creación del universo y los trabajos de los héroes son el testimonio revelado de una posibilidad diferente, de la realidad del más allá, al nivel de la comprensión del hombre. Son ellos los que, al transmitir este conocimiento, otorgan a la vida un sentido coherente y la enriquecen con la opción salvadora de la realización espiritual. El mito es necesario. Es un motor vivo y constante en la vida de las sociedades. El nuclea las tradiciones orales y consagra los valores de lo

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colectivo y lo individual. Promueve las acciones y educa a los hombres al enseñarles lo que no podrían saber si no fuera por su intermedio. Los mitos son para esos hombres toda la realidad y la verdad, y la dura existencia cotidiana ocupa frente a ellos un lugar secundario o derivado, como las sombras con respecto a la luz.

Se debe también subrayar la carga emotiva del mito y la resonancia inmediata que encuentra en el hombre. Asimismo, no ha de pasarse por alto su función mnemotécnica, pues el "recuerdo" es una fuerza constitutiva de la vida y siempre la antigüedad ha considerado a la memoria como una deidad. En una concepción donde el universo es un conjunto de partes solidarias, indisolubles e interrelacionadas, el cosmos también tiene mente y memoria. Los períodos de "sueño" en el universo, corresponden a los momentos de olvido de los pueblos, a su desintegración. El mito hace que éstos despierten y se produzca la reintegración y el "recuerdo". En el hombre sucede lo mismo, y gracias al mito, nos liberamos del tiempo relativo y ordinario, y regresamos a un tiempo otro, en donde todo es verdad, a un momento sin duración cronológica, a un estado "mítico" original, perfectamente experimentable, en el que las cosas y las concepciones cotidianas pasan a ser completamente otras cosas y otras concepciones, pues el ángulo de visión ha sido alterado por el conocimiento de lo suprahistórico y lo sobrehumano.

Es importante destacar que la forma normal de transmitir un mito es a través de la poesía 9 y su recitado rítmico reiterativo, la que junto con el gesto y el movimiento

conforma y escenifica la estructura del rito. Se trata de dar expresión a los grandes ritmos cósmicos y naturales que se transfieren a los acontecimientos y a los personajes en el tiempo de una historia, en un estado particular. Esta cosmogonía repite mágicamente la situación original, haciendo al presente efectivo, actual y renovador, por obra del poder concentrado de la energía del mito y su ritualización.

La etimología de la palabra "rito" proviene del latín ritus, que significa ceremonia religiosa. Deriva de la raíz sánscrita rt, que conforma el nombre ritli: ida, marcha, encaminarse, adelantar o progresar, uso, etc., y también la voz rita: orden. Se trataría pues de un uso o andar ordenado, tal cual la marcha de los días, y especialmente las ceremonias en el tiempo circular del calendario ritual, y su cristalización o actualización en el espacio del templo, o casa cultural.

Debemos dejar bien establecido que cuando nos referimos aquí a las ceremonias religiosas, lo hacemos en el sentido más amplio del término. Por un lado, estas ceremonias jamás han sido "religiosas" en el sentido que se atribuye hoy en día al

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término, y tampoco "ceremonias", como las que vulgarmente conocemos. Los ritos de fecundación, de regeneración y de iniciación, no tienen nada que ver con lo devoto-ortodoxo, piadoso-sentimental, moral-justo, o con la solemnidad engolada, características que son propias de la sociedad contemporánea y que constituyen un derivado deforme de las virtudes de lo sagrado, lo heroico y lo metafísico. Por otra parte insistimos en que la comprensión moderna de lo que es una ceremonia, se halla vinculada a ideas asépticas relativas al laicismo, la conmemoración, o la pompa exterior, cuando no son actividades presuntamente mágico-fenoménicas, que no exceden el nivel literal. Se toma la forma ceremonial como un fin en sí misma, o como una comedia anticuada, o un hecho mecánico-institucional de corte digno.

Si el cosmos es la fijación de un gesto, o la solidificación de la inflexión de un sonido, o la danza de un bailarín supracósmico, es por lo tanto un rito primigenio que se halla implícito en todo lo manifestado. La reiteración de este rito es una perenne actualización de ese hecho efectuada a nivel sensible. Exige por eso el conocimiento del evento cosmogónico original para que sea "verdadera", en el sentido de que obtenga adecuadamente sus propósitos. O se precisa para esto, al menos, una disposición tal de ánimo, que haga posible paulatinamente ese conocimiento y su complementarla realización efectiva. El rito es liberador; al imitar conscientemente y con la debida disposición armónica el ritmo de la estructura cósmica, nos permite salir de ella por su intermedio, encontrando así la posibilidad de trascenderla al vivenciarla, y comprenderla en el corazón. Esta liberación no es ningún "milagro", pues verdaderamente la estructura cósmica es nada más -y nada menos un soporte de lo increado, y el hombre un simple extranjero, como exiliado en esta tierra. Este es un hecho normal, tal cual el retorno a nuestra auténtica casa, o a nuestros orígenes no humanos. Y el rito iniciático, una vía ordenada para efectuarlo.10

En realidad, la vida misma es el mayor de los ritos. Una ceremonia permanente, el rito por excelencia, donde la perfección finita de cada símbolo o gesto esconde e Implica una perfección infinita. En este encuadre, la vida es una simbólica, y su conocimiento constituye la ciencia de los ritmos y de los símbolos. Y es a través de la ciencia de los símbolos, es decir, por medio del conocimiento de la simbólica, que se realiza el pasaje de lo cósmico a lo supracósmico, de lo creado a lo increado, de lo humano a lo no humano.

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NOTAS

1. Debe haber por lo tanto un parentesco, una relación mutua entre estas dos cosas para que una pueda simbolizar a la otra. Sobre todo cuando se tiene en cuenta que la de orden menor debe su forma a la de orden secreto, a la que expresa.

2. En las civilizaciones que utilizaban al 5, 10 o 20 como base de su numerología. 3. La sociedad moderna no sólo tiene una visión antropomórfica respecto a este tema,

sino que lo vuelca sobre todas las cosas. Comenzando por su concepción de Dios. Todo lo "humaniza", y proyecta en todo su psicología, suponiendo además que el hombre universal, es como él un progresista occidental del siglo Y-X, un hipotético hombre "científico". La concepción del mundo contemporánea es antropomórfica y psicologista y, para colmo, presume de ser objetiva.

4. La sobrevaloración de lo erótico-genital impide ver en el comportamiento humano las innumerables formas de penetración y recepción.

5. A las que la tradición brahmánica y la budista designan con el nombre de rueda de las reencarnaciones.

6. En el mundo del hombre, que depende de la atmósfera, ese papel le corresponde a la gravitación -gracias a la cual la sangre no se escapa por los poros- que comprime y solidifica lo creado.

7. Haciendo la salvedad de que éste no los ha inventado, y que no se trata de una simple convención, como sería el caso de las modernas técnicas de la comunicación, notación o señalización, o el uso que hace de ellas la publicidad, la ciencia, y también su utilización por las políticas a cualquier nivel de sugestión que sea o con el fin que fuese.

8. Esta es también la última pregunta de la cábala hebrea: ¿mi?

9. Hoy mismo en día, los mitos profanos se propagan a través de la canción.

10. Para dar sólo un ejemplo de los indefinidos posibles, diremos que el rito de la danza -en el que las coreografías cosmogónicas circulares son unánimes- asegura un medio de transformación y transfiguración espiritual, para aquél que ha comprendido su significado y su naturaleza, en relación con el conocimiento de sí mismo y del universo.

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CAPITULO II

EL SIMBOLISMO DE LA RUEDA

1

ALGUNOS ASPECTOS DEL SIMBOLISMO DE LA RUEDA

De los numerosos símbolos que aparecen en una u otra tradición o civilización, alejadas en el espacio (geográfico) o en el tiempo (histórico) y que son idénticos, merece especial atención el símbolo de la rueda. No sólo porque éste se da en todas las culturas de las que tenemos noticia, sino también por las innumerables posibilidades que brinda, la diversidad de campos que abarca, y la acción concentradora que ejerce en el estudio y el ordenamiento indispensable en cualquier investigación seria.

Por otra parte, las relaciones de todo tipo a que se presta este símbolo parecen indefinidas, así como sus conexiones con otros pantáculos igualmente tradicionales.1 En

efecto, siendo el símbolo de la rueda la expresión del movimiento y la multiplicidad, también lo es de la inmovilidad original y de la síntesis. Es, asimismo, la expresión simbólica de la expansión y la concentración. De la energía centrífuga, que parte del centro a la periferia, y de la energía centrípeta, que retorna a su centro, eje o fuente. Para volver a extenderse una vez más, siguiendo una ley universal a la que obedecen las mareas de los mares (flujo y reflujo) y la tierra (condensación, dilatación). Así como la diástole y la sístole, la aspiración y la expiración del hombre o del universo, es decir, tanto de lo microcósmico como de lo macrocósmico.

Es este símbolo también la manifestación de lo que siendo apenas virtual (el punto) genera un espacio o plano (que delimita la circunferencia).2 Y está obviamente

ligado, por lo tanto, con el espacio y el tiempo, y asociado o unido a cualquier idea de cosmogonía y creación. En este mismo sentido, el movimiento superficial de la rueda, o externo, estaría vinculado con la manifestación, mientras la virtualidad, la inmovilidad del punto central o eje, se hallaría conectada con lo inmanifestado.3 Las modalidades

especiales del símbolo de la rueda surgen por la irradiación, o por la "actualización", de las "potencialidades" del punto central, que se hace "presente" en el tiempo, creando un campo espacial. Se ha visto que un punto genera un plano, es decir, un espacio. Ese punto central es un eje en la tridimensionalidad. Por lo tanto el símbolo de la rueda está estrechamente ligado con todo símbolo axial y vertical. Y asimismo con todas las proyecciones de la vertical, es decir, con la creación de planos o espacios horizontales, articulados a través de un eje al cual reflejan, siendo uno de ellos el perímetro limitado

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de nuestro mundo, ciclo, o cualquier campo definido en relación con las coordenadas espaciotemporales.

Entre los símbolos que manifiestan la verticalidad, o el eje, deben destacarse el árbol (asociado por cierto a la vida y a la generación cíclica), la montaña (o la piedra como "Miniatura" de aquélla) y asimismo el hombre. Por lo que concierne a este último -tal cual hoy lo encontramos-, ha extraído sus conocimientos, toda su cultura, de un modelo simbólico revelado, que es la proyección de la energía vertical al crear un plano horizontal (una civilización, por ejemplo), que en su movimiento cíclico, rotativo, es reintegrada a su no ser primigenio. La ciudad, el sistema social, el templo, el hogar, los objetos de uso cotidiano, las costumbres, el arte, las leyendas, mitos, artesanía, agricultura, labores domésticas, así como los ritos religiosos, civiles o personales, o las normas de ordenamiento, leyes y pautas de comportamiento actuales, han sido aprendidas de civilizaciones tradicionales anteriores en pleno proceso de degradación. Esas estructuras, que constituyeron por siglos la forma del ordenamiento social y personal (hoy completamente desvirtuadas), reconocían por antecedentes al mito, a lo supracósmico, supraindividual y divino, destacando sus orígenes sagrados.

En cuanto a otras modalidades de este pantáculo (pequeño todo), al que nos estamos refiriendo, señalaremos su identificación con la idea de ciclo o de espacio cerrado sobre sí mismo; ya se trate del ciclo del sol en un año, o su movimiento aparente en un día, o represente la vida entera de un ser humano (desde su nacimiento hasta su muerte), o un período histórico en esa existencia, o en la existencia del mundo en general (vgr. un siglo). Es interesante en este sentido asociarlo al estudio del movimiento, los calendarios, los períodos vinculados con la agricultura, el conocimiento de la armonía de los cielos y la tierra, y todo lo concerniente a la ciencia de los ritmos.

Es, pues, el símbolo de la rueda, un prototipo o modelo de la idea arquetípica que el cosmos íntegro no hace sino manifestar. Y al ser un modelo del cosmos bien pudiera ser calificado como universal en la acepción más amplia de este término. Por eso llama poderosamente la atención, que siendo de tan singular importancia, no se le preste la dedicación debida, aun apareciendo como un legado fundamental, en unánimes formas tradicionales.

Esto se debe, en gran parte, al hecho de que la simbología aparece, a los ojos de nuestros contemporáneos, como una ciencia nueva, en el sentido historicista de este término. Siendo que tanto los antecedentes de esta ciencia, como su razón de ser, se remontan precisamente al símbolo, o sea, a la posibilidad de toda manifestación -actual

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o pretérita-, entroncando con los orígenes no-históricos o atemporales de cualquier expresión. Ya que esta expresión no hace sino plasmar la energía esencial a través de una forma sustancial. Sin embargo, nunca más citados que hoy en día los autores que se han ocupado, en el pasado o en el presente, acerca de los temas de la simbólica, que apasionan al investigador actual, y en los que éste ve una posibilidad nueva, o una manera de acceder al conocimiento (no a la suma de información o al enciclopedismo estéril) auténtico.

De todas maneras, no está de más subrayar el hecho de que aún entre estos autores no se haya tratado específicamente el tema, sino incluido entre otros estudios y enseñanzas simbólicas.4 Tampoco está de más recalcar cierta dificultad en la

comprensión del lenguaje' simbólico por parte del lector corriente, no familiarizado con el método analógico y la utilización de la síntesis y no del análisis. Es importante, por otro lado, destacar que muchas de estas dificultades se deben a las diversas terminologías, o palabras, que se emplean con distintas acepciones, en tal o cual contexto, en un mismo o en diferentes códigos. A veces con sentidos o entonaciones completamente ajenos a los originales, cuando no invertidos, como es el caso de la lectura "literal", o "sentimental", de cualquier texto, símbolo, rito, mito o leyenda. O de la propia existencia, sin ir más lejos.

En todo caso, diremos que el símbolo es la expresión de una energía oculta, que se manifiesta a través de la propia estructura simbólica. A esa energía el símbolo debe su razón de ser, pues sin ella nada estaría simbolizando. Es por lo tanto el recipiente en el que se plasma su propia forma y el transmisor de una energía que al conformarlo se expresa a sí misma. En ese sentido hemos dicho que, en términos generales, cualquier expresión es simbólica. Y la manifestación entera es un símbolo de algo que está por detrás, o más allá de ella. O mejor, de algo que es inmanente en ella, o de aquello que se halla ocultó, o que es virtual o potencial en su ser. Debe haber, pues, una correlación muy definida y analogías muy precisas (aunque fueran invertidas) entre lo simbolizado y el símbolo. Así éstas se tomaran desde el punto de vista de lo simbolizado, como energía actuante que plasma al símbolo y se manifiesta a través de él, o desde el punto de vista del símbolo, como mediador de una energía-fuerza que lo trasciende y que él no hace más que manifestar. Sin esta correlación sería imposible que cualquier símbolo, palabra o gesto, expresase cualquier cosa. O se llegaría a la confusión de lenguas, donde las palabras, los gestos o los símbolos, carecieran de todo sentido. El caos, la negación del orden, la torre de Babel.

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En este desorden, los símbolos 5 habrían perdido su energía y no actuarían como

transmisores de la idea-fuerza, pues habría sido rota su conexión con lo simbolizado, al ser aislados de su fuente de vida y tratados analíticamente o de manera literal. Sin embargo, en forma potencial, estos símbolos conservan la vibración que los ha plasmado, y basta con que sean actualizados para que recobren su vivificante labor mediadora, y se conviertan en el vehículo, o la estructura necesaria, que nos va a llevar más allá de sí misma, a un plano o nivel diferente de comprensión. En este punto hay que disipar rápidamente algunos equívocos. El primero es el de confundir alegoría con símbolo, y dar a éste un valor como de algo probable o posible, en la "esfera" del "como si fuera". Es decir, haciéndolo "simbólico", en la versión degradada que hoy en día tenemos de este término. Por lo tanto negándole toda posibilidad real, didáctica o actuante. O lo que es lo mismo, negándolo lisa y llanamente.6 El segundo es tratarlo

como algo del pasado. Algo ya muerto y que nada significa. O tomar lo que éste dice como una cosa "superada". Todo día de la creación es el primero y todo símbolo expresa hoy, a su manera, una idea arquetípica, universal, simultánea y eterna. El tercero es el grueso error de confundir al símbolo con lo simbolizado, de lo cual la idolatría y la literalidad dan buenos ejemplos.

Asimismo, debe recalcarse que todas las tradiciones han atribuido a sus símbolos y códigos simbólicos el carácter de revelados, o de origen suprahumano; a lo que se debe agregar la coincidencia de que los símbolos fundamentales están presentes en todas las tradiciones de manera manifiestamente idéntica, aun en sus aplicaciones secundarias, o en sus formas derivadas y folklóricas. Y así estos dos simples hechos: a) la observación de la identidad asombrosa entre las simbólicas de todas las tradiciones (vivas o muertas); y b) el que todas ellas les asignaran a esas simbólicas un carácter no humano y revelado, debe ser para nosotros tanto un tema de meditación, como un incentivo para el estudio y la comprensión de estas simbologías y tradiciones. A las que podremos acceder gracias al vehículo simbólico, tomado como la estructura de una idea. Desde esta perspectiva, habría que visualizar al símbolo como un gesto por el cual se expresa una idea-fuerza: o sea, el arquetipo en acción. De "el fuego" a los fuegos", de lo sintético a lo múltiple. Asimismo, inversamente cambiando el punto de vista, de lo múltiple a lo sintético. De los innumerables fuegos, al fuego arquetípico.

En lo que se refiere específicamente al símbolo tratado en estas páginas, nos interesa quede en claro su relación con dos energías complementarlas, que hemos llamado vertical y horizontal, y que también pueden ser designadas -haciendo una

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transposición analógica- como esencial y sustancial. El eje central (vertical) enlaza una cadena de mundos, o de planos de manifestación (horizontales), uno de los cuales es nuestro mundo o nuestra vida, en la variedad indefinida de mundos y vidas. De ciclos dentro de ciclos. Va de suyo, que el punto que genera al plano es invisible, como cualquier punto en el espacio. Y que el axis, que es la razón de ser de cualquier espacio tridimensional (en la arquitectura por ejemplo), permanece oculto e imperceptible, expresándose sólo en forma refleja, en las innumerables manifestaciones a las que él da lugar. Tal como el espacio vacío, con respecto a las paredes, las columnas, estructuras u ornamentos, que constituyen su ropaje sustancial. Lo mismo podría ser aplicado a la arquitectura universal. También debe decirse que este eje central, que vincula dos o más planos entre sí, lleva implícita la idea de movimiento, como en el caso de las ruedas de un carro, vehículo simbólico (como el caballo), que expresa la posibilidad de un viaje, el traslado de un punto a otro punto, o la conexión de un plano con otro plano. La asociación obvia de este símbolo con el movimiento, se expresa en distintas tradiciones por la idea de un carro solar, o por la rueda calendárica de un tiempo cíclico, reiterado por sus propias limitaciones (en el caso del sol por sus dos solsticios y dos equinoccios). Que no son sino las mismas limitaciones (encuadre, orden) de todo lo manifestado.

Es así, entonces, que el punto central en un plano horizontal (o lo que es lo mismo, el eje vertical, en lo volumétrico), se debe emparentar con la potencia esencial de lo ilimitado, mientras que su expresión manifiesta, es decir la circunferencia, debe vincularse con la limitación del acto, que conforma las superficies periféricas o sustanciales de la figura. Por otra parte, esta inversión que hace de lo horizontal un reflejo de lo vertical, y de toda manifestación sustancial una proyección de la inmanifestación esencial, nos dice mucho acerca de la ilusión de todo lo que se mueve, lo relativo. Lo que tiene principio y fin, o está sujeto a causa-efecto. Por eso mismo nos habla también de la realidad de lo que siendo uno (el centro como proyección de la vertical), no tiene par. De aquello que permaneciendo inmóvil (lo absoluto), no está subordinado a ningún proceso dialéctico.7 Por otra parte, este esquema de la rueda es el

modelo del ciclo. En la vida que nos rodea, de la que formamos parte constitutiva, todo son ciclos que existiendo simultáneamente se interrelacionan entre sí, como pueden ser el del átomo incluido en el mayor de la molécula, y éste en el de la célula, y la célula en el del organismo humano; o como el ciclo del día, incluido en el mayor de la semana, y éste en el del mes, y el mensual en el año, etc. Todo lo que reconoce principio y fin,

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causa y efecto, nace y muere en forma indefinida, mientras lo increado, lo no dual, es infinito y eterno.

Hay en el plano manifestado una energía (centrífuga) que parte del origen virtual hasta el límite de sus posibilidades, y que retorna al mismo punto original (centrípeta), para continuar perennemente este recorrido. Estos dos aspectos son también los de dilatación o expansión, y contracción o concentración, simbolizados respectivamente por el círculo y el cuadrado. Ambas figuras -como símbolos de un espacio o campo limitado- son equivalentes. Y tanto el círculo como el cuadrado han representado para la antigüedad idéntica perspectiva simbólica. A veces una misma tradición ha utilizado con preferencia una de esas formas, en tal o cual período, o las dos de manera conjunta.8

Las tradiciones del extremo Oriente simbolizan estos dos aspectos 9 con el Yin y el

Yang, que actúan como fuerzas permanentes y equilibradoras de todo ciclo o proceso cualquiera. En el caso del ciclo del hombre, habría también una energía ascendente relacionada con la niñez y la juventud, y otra descendente equiparada con la madurez y la vejez. En rigor, esta división binaria del ciclo es importantísima y parte en dos nuestro modelo de la rueda. Si fuese la porción oriental la ascendente, y la occidental la descendente, correspondería, desde este punto de vista, la primera al símbolo del círculo (energía centrífuga), y la segunda al del cuadrado (energía centrípeta).

Pero, antes de seguir, debemos aclarar que el modelo simbólico de la rueda, es válido no sólo para un ciclo en particular, cualquiera que éste sea, sino que es el prototipo de una idea arquetípica, y puede ser aplicado a cualquier ciclo, así se trate de un ciclo de ciclos, etc., en sucesión indeterminada. En este sentido no está de más recordar, que para la antigüedad la idea de cosmos es una sola. No hay varios mundos o cosmos, sino que la suma de todos esos mundos o cosmos, galaxias o estrellas indefinidas, es la que constituye la idea de cosmos o mundo, en su acepción más amplia. No hay, por lo tanto, nada: "fuera" del cosmos. Ni tampoco ninguna cosa que no esté sujeta a las leyes de ese cosmos, ni a su ordenamiento cíclico.10 Esto lo han sabido todos

los pueblos civilizados del mundo, y de su concepción del cosmos han extraído toda su cultura. Al fijar sus propios límites espaciales y temporales han dado lugar a su ciudad. Al crearla, es decir, al solidificarla o cristalizarla, y al establecer las marcas reincidentes de los períodos agrícolas, han conseguido alimento necesario para la satisfacción de sus necesidades básicas. En el plano horizontal del mundo, todo está aquí y ahora. Y todas las evasiones de las evasiones, son también ilusiones.

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Sin embargo -y según la feliz frase de Paul Eluard, "hay otros mundos, pero están en éste"- se nos ofrece a través del modelo tradicional, la posibilidad de escapar del movimiento reiterativo, siempre constante, de la "rueda cósmica" o "rueda de las encarnaciones". Pues la solución, o salvación, está presente en forma inmanente, en esa misma rueda, de manera oculta, como se encuentra en la semilla toda la potencialidad del nuevo árbol, y en el huevo el origen del ser".11 Por lo tanto, el ordenamiento cultural,

todas las estructuras de una civilización, no son sino el reflejo de. un centro invisible, que se manifiesta, o revela, a través de las mismas. Pues ellas no son sino soportes, o símbolos, de una realidad mucho más vasta, no sujeta al cambio. Y todo esto que se acaba de decir, referido a la cultura y a sus estructuras, podría ser aplicado a cualquier orden. A tal o cual organismo vivo. Pues así como cualquier objeto visible tiene una estructura interna fundamental, gracias a la cual éste se hace reconocible como tal, también los símbolos, por los que se manifiestan externamente las cosas -que no son sino simbólicas-, han de tener alguna estructura interna. Estas estructuras de los símbolos tradicionales,12 no son sino ideas, o juegos de ideas, que ellos mismos plasman

con sus formas. Lo que llevaría a pensar que el universo tiene una estructura precisa, y leyes, y juegos de módulos prototípicos. Es decir, un modelo que se expresa simbólicamente, a través de números y formas geométricas, dando lugar a las ciencias correspondientes.

En realidad, toda estructura tiene una forma. En el caso de la urdimbre y trama de los tejidos, de la red de pesca o caza, se advierte el entrelazamiento de lo vertical con lo horizontal, por medio de ligamentos o ensambles, formando un reticulado. Este diseño simbólico de orden, dado por el cuadriculado de cualquier plano, bien pudiera expresar también la idea misma de estructura. Así ésta fuese la de la casa-templo, la ciudad, la agricultura, o la cultura. Y los límites mismos de ese cuadriculado (el encuadre final bajo la misma forma), la idea prototípica de un ciclo de ciclos, o lo que es lo mismo, de la unidad y la multiplicidad coexistiendo de manera simultánea. El hecho de que un número limitado de formas (el cuadriculado), sea enmarcado en una forma prototípica (el cuadrado o tablero de ajedrez), permite a las definidas piezas del juego (así sean reyes o peones), una cantidad indefinida de movimientos y jugadas múltiples. Si el total del tablero simbolizara al cosmos,13 el cuadriculado expresaría un

orden dentro de ese plano o campo, perfectamente delimitado, gracias al cual existen las leyes (del juego), que permiten a las diferentes piezas protagonizar sus propias jugadas, o conjuntos de jugadas.14 Esta estructura es la expresión de un orden o de una

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inteligencia universal, que permaneciendo secreta e invisible, es el prototipo de todo lo que puede ser llamado orden o inteligencia. Por otro lado, esas mismas leyes expresadas en medidas y pesos cuantitativos, y definidas a nivel espacio-temporal, nos refieren también a una estructura invisible del cosmos. O a un equilibrio y armonía universal, que conforman un lenguaje articulado, relacionado con otra "visión" del espacio y el tiempo.

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OTRAS MODALIDADES DEL SIMBOLO DE LA RUEDA

Con nuestra óptica cultural contemporánea, estamos acostumbrados a visualizar al espacio y al tiempo como homogéneos, sin fisuras. La antigüedad no pensaba lo mismo. Y establecía en distintos lugares geográficos, especialmente elegidos, y en fechas calendáricas precisas, sus espacios y tiempos rituales. Y esos son –precisamente, en la trama invisible de la vida, los puntos de coyuntura (ensambles, nudos o ligaduras), o de interconexión con otros planos o mundos.15

En ese sentido, es interesante destacar la simbología de los pueblos peregrinos, que en un viaje a través de los años (tiempo) y de los distintos lugares (espacio), encuentran su ser al solidificarse, concentrarse, o cristalizar como un pueblo, o nación, en determinada circunstancia temporal y espacial.16 Advertida esta circunstancia por los

sacerdotes, los sabios y los jefes, el pueblo se asienta en ese paraje y en ese tiempo, y crea de esa manera una cultura. La vida nueva de un grupo. Un plano, o medio, que por irradiación de un centro, como en el modelo de la rueda cósmica, ha de estructurar las concepciones, emociones, sentimientos, de una comunidad. O lo que es lo mismo, su razón de ser como tal.

Asistimos a una recreación del mundo, a la instauración de una cosmogonía, que hace posible la vida de ese grupo, y que el mismo pueblo conforma al actuarla. Esa "cosmización" de un punto espacio-temporal de la circunferencia -o periferia de la rueda- sería un rayo de la rueda, un reflejo de la unidad central, y un verdadero centro para los que se adscribiesen a ella. En ese sentido, debemos recordar una vez más, que a la energía centrífuga o de expansión, corresponde la energía centrípeta o de contracción. Y que conjuntamente ambas realizan el rito de la vida y la muerte, de esa o de cualquier otra comunidad, así como de cualquier cosa creada, que está sujeta a la determinante causa-efecto, como todo lo incluido en el mundo manifestado. Así pues, al instaurarse un espacio y un tiempo significativo, en la masa de lo amorfo e indeterminado,17 se lo

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sacraliza,18 y se lo realza por su cualidad intrínseca, en detrimento de lo menos

significativo o profano, netamente vinculado con lo relativo, lo múltiple y lo trabajoso. De esta manera, mediante este rito, nace un pueblo que comienza a contar su tiempo, su historia, desde ese momento en adelante. Siendo sus orígenes, desde esta perspectiva, míticos o no temporales. Igualmente toma conciencia de sí, de su ser, y se visualiza como protagonista, "centro del mundo", o "pueblo elegido". Lo que es lo mismo que decir que tiene un nombre.19

Ese mismo nombre, o color, o número, o particularización químico-genética, o impresión digital, es absolutamente personal. Y se expresa mediante una marca o signo, que otorga al ser su individualidad dentro de un conjunto de seres. Y que -paradójicamente- es al mismo tiempo el anuncio de su propia muerte, en la limitación (causa-efecto) de cualquier plano de existencia. Ya que es claro que aquello que nos da la vida, por ese mismo expediente, nos está signando con la muerte.

Hemos visto entonces, cómo el nacimiento de un ser -por ejemplo una cultura- crea simultáneamente un nuevo espacio y un nuevo tiempo, en donde se desarrolla ese ser; y que tal desarrollo no es sino ese ser mismo. O dicho de otra manera: que toda creación renueva las posibilidades espacio-temporales, arquetípicas, de la creación original, y no es sino una modalidad de esa misma creación, al actualizar las posibilidades de lo que en el universo manifestado ha dado lugar a las coordenadas espacio-temporales. Para una civilización tradicional, las fiestas sagradas son puntos significativos en la circunferencia del ciclo calendárico, que garantizan la comunicación con la energía invisible del centro, reflejo de la verticalidad.20 Lo mismo sucede con el

vasto espacio que, como el año, presenta puntos y situaciones de coyuntura, de comunicación de energía a través de distintos planos o niveles.21 Ellas están dadas en

circunstancias geográficas precisas, en los lugares en donde se establecen las ciudades, se fundan los templos, o se instala la casa habitación.22

Estos puntos significativos (sagrados), están claramente jerarquizados con respecto a los insignificantes (profanos), aunque íntimamente relacionados con ellos, ya que no podrían existir los unos sin los otros.23

En esta perspectiva, el centro del modelo simbólico de la rueda, correspondería al origen. Y su despliegue manifestado al samsara (para emplear un término hinduista-budista), desde el cual, y gracias a una concentración de energías, se retornaría a la unidad nirvánica simultánea de los seres y las cosas. De la que éstos no han salido jamás, sino en forma ilusoria y sucesiva, de acuerdo con los patrones dialécticos de la

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mente dual. Por otra parte hay que destacar que esta división jerárquica entre lo nirvánico y lo samsárico, y asimismo entre lo sagrado y lo profano, lo simultáneo y lo sucesivo, es por cierto relativa. Y válida sólo desde el punto de vista de lo samsárico, lo profano y lo sucesivo. Es decir, de lo discursivo, que trata de expresar un solo hecho y una sola realidad, que en sí misma comprende la gama indefinida de todas las posibilidades de manifestación, ya fueran las que éstas fuesen. Desde la periferia hacia el centro se establecen esas jerarquías, siendo el centro mismo la máxima jerarquización, como símbolo en el plano de la unidad original vertical, que produce por grados todas las cosas, y a la cual necesariamente ellas retornan en forma sucesiva. Si una gota de agua cae en un estanque, forma un campo de irradiación que llega hasta sus propios límites. Desde el punto de vista de un ser situado en ese límite, y por lo tanto, un ser sucesivo, el retorno a su fuente original se realizaría a través de la ruptura de los diversos círculos concéntricos, que se le presentarían como imágenes de mundos o estados espacio-temporales diferentes, como escalonados, los que impiden asimismo su fusión con el centro. O envuelven y ocultan esa gota original, esa semilla primigenia, que se vislumbra como anterior en el tiempo.

La figura simbólica de un círculo 24 que contiene otros círculos internos,

considerada desde el punto de vista de su expansión (ad-extra), es la sucesión de escalones intermedios que hacen posible la existencia de cualquier creación.25 Tomada

desde el punto de vista de la periferia, es el viaje jerarquizado (ad-intra), o la escala sucesiva que se recorre al pretender la fusión con el centro primigenio.26 Así, en el

modelo de una ciudad tradicional (o civilización), los límites de la misma enmarcan un espacio significativo. Fuera de este orden todo es incertidumbre, confusión, barbarie o salvajismo. Pero esta ciudad se halla jerarquizada. En su periferia vive la gran masa.27

Un grado más adentro (o más alto), se halla un número menor de personas que se dedican a actividades más específicas. Otro grado o paso más adentro o arriba, se encuentra un grupo aún menor, la nobleza, y por encima de ella, solo, el emperador, como encarnación del poder real y sobre todo del conocimiento o sabiduría sacerdotal.28

Esta es la verdadera idea de aristocracia, siempre ligada a la jerarquía espiritual, y al conocimiento que ella entraña, sin punto en común con las versiones a las que estamos generalmente habituados, degradación e inversión, propia de "este mundo".

En el simbolismo constructivo, la arquitectura del templo se levanta desde el plano cuadrangular de la base (tierra), hasta la semiesfera de la cúpula (cielo), escalonada jerárquicamente en planos o niveles superpuestos. Este templo, en su planta,

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o plano horizontal, reproducirá las mismas Jerarquías verticales de su estructura, y el paso dificultoso y jerarquizado a su través. La calle representaría el mundo de lo confuso y lo aleatorio. A ella se abre la puerta (símbolo de pasaje de un espacio a otro espacio, o de un estado a otro estado) del templo, que establece propiamente el límite entre lo sagrado y lo profano. Al transponerla, y luego del paso por el área donde se halla la pila bautismal (símbolo de la regeneración por el agua, o nuevo nacimiento), se penetra en el recinto propiamente dicho: y se recorre el camino 29 que lleva al centro del

templo 30 donde se encuentra el altar, como proyección, en el plano, de la verticalidad de

la cúpula. Y sobre la piedra de sacrificio, relacionada con el fuego, el sagrario,31 un

recinto o recipiente vacío capaz de recoger los efluvios celestes, que se derraman sobre este punto como emanaciones, y que bien pudiera ser llamado el "corazón" del templo.

De allí en más las jerarquías son verticales, y para percibirlas hay que morir nuevamente, y resucitar o regenerarse en el fuego. Mientras las aguas bautismales están emparentadas con los nacidos de vientre de madre (aunque hagan ayunos, penitencias, sean ascetas, o practiquen la castidad como Juan Bautista), el bautismo de fuego está relacionado con la piedra de sacrificio, la sangre y el vino ceremonial; con Cristo, y los que ya virtualmente no tienen ningún condicionamiento humano, ni aun el borroso signo de la determinación del nacimiento, por lo que no se encuentran identificados con su persona, ni incluso con sus mismos actos relativos. Es decir, los que ya conocen por intuición directa los estados supra-individuales del ser, de los que se dice ya no perciben exclusivamente por los sentidos, y se hallan en condiciones de emprender entonces un nuevo viaje, esta vez vertical. Esta misma significación (de los círculos contenidos los unos en los otros, jerarquizados con respecto a su aproximación a un centro o eje) la dan los hebreos, cuando dicen que Sión es la tierra elegida, que dentro de ella se halla la ciudad sagrada de Jerusalén, en el interior de ésta su templo, y oculto en el corazón de este último, el Sancta Sanctorum.

Si el templo es un modelo del cosmos, los efluvios divinos han de hallarse en forma inmanente en lo más oculto del mismo. Si el cuerpo humano es también un templo y un modelo, o miniatura del cosmos, estos efluvios también se han de encontrar en forma virtual, o en potencia, en el fondo del corazón. En el modelo cósmico de la rueda se hallará el punto central (invisible), que articula sus irradiaciones o vibraciones graduales de energía, hasta llegar a sus propios límites, o sus formas superficiales. Pero: a) el templo no es la suma de sus ladrillos, ni el inventario cuantitativo que pudiera hacerse -en cualquier dirección de su conjunto, o de sus partes. b) Asimismo el hombre

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no es la suma de sus células, ni el catálogo de sus innumerables componentes. Y c) por otra parte, en el modelo simbólico que estamos estudiando: "treinta rayos convergen hacia el cubo de la rueda, pero es el vacío del centro el que hace útil a la rueda".32 En

realidad, lo que verdaderamente interesa, es el espacio interno y sus cualidades diferentes, significativas, sagradas, y no la sucesión cuantitativa de ventanas y columnas del templo, o músculos y poros del hombre, o lugares indefinidos por donde pasa, haya pasado o pasará la rueda. En verdad, ese lugar interno, es la morada del silencio, o del misterio. El corazón y la clave (llave) del ser. Pues en él se halla la posibilidad del ascenso vertical. La salvación mesiánica, o la salida definitiva del samsara al nirvana, o estado de "iluminación".33

Esta liberación, se logra a través de un camino gradual, por estaciones, que en el caso de la tradición extremo oriental, se enumeran de la periferia al centro, como Tao del hombre, Tao de la tierra, Tao del cielo, y el Tao de Taos, o Tao abstracto. En la tradición judía (y también de la periferia al centro), como Olam ha'asiyah, o mundo de la realidad materializada, Olam hayetsirah, o mundo de las formaciones cósmicas, Olam haberiyah, o plano de la creación y Olam ha'atsiluth, mundo de las emanaciones. Este camino espiral ascendente, que va de lo más bajo a lo más alto,34 de lo más grueso a lo

más sutil, de lo múltiple a lo sintético, y vincula varios planos entre sí, de manera sucesiva, es el que describe Dante en la Divina Comedia. Y es bien sabido que esa vía es llamada la de la iniciación en los misterios. Lo que equivale a la transmutación de la conciencia del aprendiz o alumno, la ampliación de todas sus posibilidades latentes o dormidas. El cual, a través de un proceso arquetípico, realiza un "viaje", o camino sucesivo; la aventura del conocimiento, que finalmente termina en la obtención de lo buscado. Este hallazgo es llamado licor de inmortalidad, elixir de larga vida, paraíso, tesoro, vida eterna, o Santo Grial.

En el centro arquetípico, o en el eje vertical, está ese lugar que todos los seres anhelan, aun sin saberlo. Y allí es donde lo encuentran los hombres de la ciencia, o filósofos, o artistas, como se denomina a los alquimistas medioevales. Es por otra parte, en ese lugar invisible, apenas virtual, donde los sabios de todos los pueblos y todas las tradiciones lo han hallado unánimemente. Pues conocen que lo que es mayor en un sentido, es menor en otro, y viceversa. Así, lo que es mayor en un orden elevado (cielo), es casi imperceptible en un orden bajo (tierra). Y lo que es mayor en un orden bajo (tierra), es menor en un orden alto (cielo). Estos personajes buscan entonces lo pequeño, lo imperceptible, lo invisible, lo sutil, porque saben que allí se halla en potencia toda la

Referencias

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