El interés del autor se dirigió, de manera especial, a aquella parte de la geografía que en la historia se conoce con el nombre de Antiguo Oriente. Muestra de su profundo conocimiento del asunto es este libro. En sus páginas sintetizó todo lo que conocía acerca de tal periodo de la humanidad.
El Antiguo Oriente ofrece el interés de que de ahí derivarían muchas formas de vida y de pensamiento posteriores. Hogarth, para enfocar su estudio, se remonta al año 1000 a. C. y de dos en dos siglos hace el recorrido hasta situarse en la época de esplendor de Grecia. El predominio griego, en el cual Alejandro ocupa principalísimo sitio, marca la transitoria imposición de nuevas formas culturales y el intercambio de ideas y hábitos contradictorios. De esa confluencia, dice el autor, resultó el cristianismo y, a la postre, la irrupción de ideas religiosas orientales que han llegado a enriquecer las bases mismas de la sociedad moderna.
D. G. Hogarth
El Antiguo Oriente
ePub r1.0
Título original: The Ancient East D. G. Hogarth, 1914
Traducción: Jorge Hernández Cam pos
Editor digital: IbnKhaldun ePub base r1.2
Introducción
EL TÍTULO de este libro necesita una breve explicación, puesto que cada uno de sus térm inos puede utilizarse, legítim am ente, para denotar m ás de un concepto, tanto de tiem po com o de lugar. En la vaga e im precisa idea que de « el Oriente» se tiene hoy en día, se incluy e todo el continente e islas de Asia, parte de África —la parte norte, donde la sociedad y las condiciones de vida son m ás sem ej antes a las asiáticas— y tam bién algunas regiones de la Europa sudoriental y oriental. Por tanto, pudiera parecer arbitrario restringir el Oriente, en este libro, al Asia occidental. Pero hay que invocar el calificativo de m i título a m anera de j ustificación. No se trata del Oriente actual, sino del de la antigüedad, y por lo m ism o, sostengo que no es irrazonable entender por el Oriente lo m ism o que entendían en la antigüedad los historiadores europeos. Para Heródoto y los griegos de su época, Egipto, Arabia y la India eran el sur, la Tracia y la Escitia eran el norte, y el Asia Menor era el oriente: porque no concebían que hubiese nada m ás allá, sino el fabuloso océano. Tam bién puede alegarse que m i restricción, aunque no en sí m ism a arbitraria, evita, de hecho, la que de otra m anera fuera inevitable obligación de fij ar lím ites arbitrarios al Oriente. Porque el térm ino, tal com o se em plea en los tiem pos m odernos, im plica un área geográfica caracterizada por una sociedad de cierto tipo general, y de acuerdo con la opinión que tenga sobre este tipo, cada persona que escribe o especula en torno al Oriente, expandirá o contraerá su área geográfica.
Más difícil será j ustificar la restricción im puesta en los capítulos siguientes a la palabra
antiguo. Este térm ino se em plea aún con m ay or vaguedad y variedad que el otro. Si en general
connota lo opuesto a « m oderno» , en algunos casos, y particularm ente en el estudio de la historia, no se entiende habitualm ente que lo m oderno em pieza donde term ina lo antiguo, sino que significa lo relativam ente reciente. Así, en la historia el m al definido período llam ado la Edad Media y Oscura form a un hiato considerable antes de que, en el proceso restrospectivo, lleguem os a una civilización que, al m enos en Europa, considerem os de ordinario com o antigua. En la historia tam bién solem os distinguir dos provincias dentro de la evidente área de lo antiguo, la prehistórica y la histórica. La prim era com prende todo el tiem po en el cual la m em oria hum ana, tal com o la com unica la literatura superviviente, no penetra, o al m enos; no penetra de un m odo consciente, consistente y verosím il. Al m ism o tiem po, no se im plica que no podam os tener conocim iento alguno de la provincia prehistórica. Es incluso posible que la conozcam os m ej or que ciertas partes de la historia, gracias a seguras deducciones a partir de pruebas arqueológicas. Pero lo que los registros arqueológicos nos enseñan es analítico, no histórico, puesto que tales registros no han pasado por el crisol transform ador de una inteligencia hum ana que razone sobre los sucesos com o efectos de causas. Sin em bargo, la frontera entre lo prehistórico y lo histórico depende dem asiado de la subj etividad de los historiadores individuales, y está dem asiado suj eta a variar con el progreso de las investigaciones, com o para ser un m om ento fij o. Y tam poco puede ser la m ism a para todas las civilizaciones. En lo relativo a Egipto, por ej em plo, tenem os un cuerpo de tradición literaria que puede llam arse, razonablem ente, historia, y que se refiere a un tiem po m uy anterior al que alcanzan las tradiciones literarias fidedignas de Elam y Babilonia, aunque estas últim as civilizaciones fueron probablem ente m ás antiguas que la egipcia.
Para el Oriente antiguo, tal com o lo entendem os aquí, poseem os dos, y sólo dos, cuerpos de tradición histórica literaria: el griego y el hebreo; y sucede que am bos (aunque independientes uno del otro) pierden consistencia y verosim ilitud cuando se ocupan con la historia anterior al año 1000 a. C. Por otra parte, el profesor My res ha cubierto el período prehistórico en su brillante libro El amanecer de la historia.[1] Por tanto, desde cualquier punto de vista, al tratar del período histórico, estoy absuelto de la obligación de tener que retroceder m ás de m il años antes de nuestra era.
No es m uy visible el punto donde tenga que detenerm e. La conquista de Persia por Alej andro, que consum a una larga etapa de una lucha secular, cuy a descripción es m i tarea principal, m arca una época m ás definidam ente que cualquier otro suceso en la historia del antiguo Oriente. Pero hay graves obj eciones al hecho de term inar bruscam ente en esa fecha. El lector a duras penas podrá cerrar un libro que acabe entonces, sin quedarse con la im presión de que, a partir del m om ento en que el griego puso al Oriente baj o sus plantas, la historia de los siglos que todavía han de transcurrir para que Rom a se apodere de Asia será sim plem ente historia griega —la historia de la Magna Grecia, que se ha expandido por el antiguo Oriente y le ha hecho perder su distinción del antiguo Occidente. Sin em bargo, esta im presión no coincide en m anera alguna con la verdad histórica. La conquista m acedónica del cercano Oriente fué una victoria ganada por hom bres de civilización griega, pero sólo fué m uy parcialm ente una victoria de esa m ism a civilización. El Occidente no asim iló, al Oriente en aquel entonces sino en m uy pequeña m edida, y no lo ha asim ilado m ay orm ente en el tiem po transcurrido hasta nuestros días. Por ciertas razones, entre las cuales algunos hechos geográficos —la gran proporción de estepas desérticas y del tipo hum ano que engendra tal país— son quizás las m ás poderosas, el Oriente se cierra obstinadam ente a las influencias occidentales, y m ás de una vez ha cautivado a sus cautivadores. Por tanto, si bien, por m or de la conveniencia y para evitar enredarm e en el m uy m al conocido laberinto de lo que se llam a historia « helenística» , no intentaré seguir el curso subsiguiente de los sucesos a partir del año 330 a. C., sí m e propongo añadir un epílogo que pueda preparar a los lectores para lo que iba a resultar del Asia occidental después de la era cristiana, y para hacerles posible la com prensión, en particular, de la conquista religiosa del Occidente por el Oriente. Éste ha sido un hecho de m ay or gravedad en la historia del m undo, que cualquier conquista política del Oriente por el Occidente.
En la esperanza de hacer que los lectores retengan una idea clara de la evolución de la historia, he adoptado el plan de exam inar el área, que aquí llam am os Oriente, según ciertos intervalos, en lugar de utilizar el plan alternativo y m ás habitual de considerar los sucesos consecutivam ente en cada parte separada de esa área. Así, sin necesidad de repeticiones y superposiciones, nos cabe esperar la com unicación de un sentido de la historia de todo el Oriente com o sum a de las historias de sus partes particulares. Las ocasiones en que se harán estos reconocim ientos serán puntos cronológicos puram ente arbitrarios separados entre sí por dos siglos. Los años 1000, 800, 600, 400 a. C. no se distinguen, ninguno de ellos, por sucesos conocidos de la especie llam ada « de los que hacen época» ; ni tam poco se han escogido esos núm eros redondos por alguna significación histórica peculiar. Lo m ism o podían haber sido 1001, 801, etc., etc., o cualesquiera otras fechas
divididas por iguales intervalos. Mucho m enos deberá atribuirse ninguna virtud m isteriosa a la fecha m ilenaria con que em piezo. Pero es un punto de partida conveniente no sólo por la razón y a expuesta, de que la m em oria literaria griega —la única m em oria literaria de la antigüedad que tiene algún valor para la historia prim itiva— llega hasta esa fecha m ás o m enos, sino tam bién porque el año 1000 a. C. cae dentro de un período de perturbaciones durante las cuales ciertos elem entos y grupos raciales, destinados a ej ercer influj o predom inante en la historia subsiguiente, se establecían en sus hogares históricos.
Un m ovim iento de pueblos hacia el poniente y hacia el sur, causado por alguna oscura presión del noroeste y el noreste, que había perturbado el Asia Menor oriental y la central por m ás de un siglo y que aparentem ente había puesto fin a la suprem acía de los Hatti capadocios, em pezaba a asentarse dej ando dividida la península occidental en dos pequeños principados. Indirectam ente, el m ism o m ovim iento había producido un resultado sem ej ante en el norte de Siria. Un m ovim iento, todavía m ás im portante, de pueblos iranios del lej ano Oriente había term inado en la unión de dos grupos sociales considerables —cada uno de los cuales contenía gérm enes de un desarrollo superior— en las franj as noreste y oriental de la viej a esfera de influencia m esopotam ia. Estos grupos eran los m edos y los persas. Un poco antes, un periodo de inquietud en los desiertos sirio y arábigo, período señalado por intrusiones interm itentes de nóm adas en las tierras de la franj a occidental, había term inado en la form ación de nuevos estados sem íticos en todas partes de Siria, desde Sham al en el extrem o noroeste (acaso desde la m ism a Cilicia, m ás allá de Am ano), hasta Ham ath, Dam asco y Palestina. Finalm ente, hay esta otra j ustificación para no llevar la historia del Oriente asiático m ás atrás del año 1000 a. C.: que antes de esa fecha no hay nada que sirva de base cronológica segura. La precisión en el fechado de los sucesos en el Asia occidental em pieza cerca del fin del siglo X con las listas epónim as asirias, es decir, las listas anuales de los funcionarios im portantes; m ientras que para Babilonia no hay cronología segura hasta casi doscientos años m ás tarde. En la historia hebrea no se llega a un terreno cronológico seguro hasta que los registros asirios m ism os em piezan a tocarse por encim a de ella durante el reinado de Ahab sobre Israel. Para todos los otros grupos sociales y estados del Asia occidental tenem os que depender de sincronism os m ás o m enos exactos con la cronología asiria, babilonia o hebrea, a excepción de algunos raros sucesos cuy as fechas pueden inferirse de las historias aj enas de Egipto y Grecia.
El área cuy o estado social exam inarem os en el año 1000 a. C., para reexam inarlo a intervalos, com prende el Asia occidental lim itada al este por una línea im aginaria trazada desde la cabeza del golfo Pérsico hasta el m ar Caspio. Sin em bargo, esta línea no ha de trazarse rígidam ente recta, sino que debería m ás bien describir una curva poco profunda de tal m odo que incluy a en el antiguo Oriente toda el Asia situada a este lado de los desiertos salinos de la Persia central. Esta área está señalada por m ares en tres lados y por el desierto en el cuarto. Internam ente se le distinguen unas seis divisiones m arcadas por fronteras geográficas extraordinariam ente acentuadas o por grandes diferencias de carácter geográfico. Estas divisiones son com o sigue:
1) Una proy ección peninsular occidental, lim itada por m ares en tres lados y dividida del resto del continente por m asas m ontañosas elevadas y m uy anchas, y que ha sido llam ada, no sin propie da d, Asia Menor, puesto que presenta, en m uchos respectos, un epítom e de las
características generales del continente.
2) Una enm arañada región m ontañosa que llena casi todo el resto de la parte norte del área, y que tiene un acusado carácter distinto no sólo del altiplano del Asia Menor hacia el oeste, sino tam bién de las grandes tierras llanas de carácter estepario que hay al sur, al norte y al este. Esta región nunca ha tenido quizás un solo nom bre, aunque en su m ay or parte ha sido incluida en « Urartu» (Ararat), « Arm enia» o « Kurdistán» en varias épocas; pero, para m ay or conveniencia, la llam arem os Armenia.
3) Una angosta faj a que corre hacia el sur de las dos divisiones anteriores y que se distingue de ellas por una elevación general m ucho m enor. Está lim itada al oeste por el m ar, y al sur y al este por grandes extensiones de desierto, y se la ha conocido generalm ente, al m enos desde la época griega, com o Siria.
4) Una gran península austral en su m ay or parte desértica, alta y bordeada de arenas por el lado de tierra, y que desde la antigüedad ha recibido el nom bre de Arabia.
5) Una ancha faj a que se extiende hacia el interior del continente entre Arm enia y Arabia y que contiene las cuencas m edia y baj a de los ríos gem elos, el Tigris y el Éufrates, los cuales nacen en Arm enia y desaguan la m ay or parte de toda el área. La superficie de ésta es de m uy diverso carácter, y va del puro desierto en el oeste y en el centro, a la gran fertilidad de las partes al este; pero, en general, hasta que no em pieza a elevarse al norte hacia la frontera de « Arm enia» y hacia el este hacia la de la sexta división, que estam os a punto de describir, m antiene una baj a elevación. Ningún nom bre com ún ha incluido todas sus partes, tanto la región interfluvial com o los distritos m ás allá del Tigris; pero com o el térm ino Mesopotamia, aunque visiblem ente incorrecto, se utiliza hoy día para designarla, podem os utilizarlo a falta de otro m ej or.
6) Una m eseta elevada, am urallada con altas cordilleras por donde toca a Mesopotam ia y Arm enia, y que se extiende hasta los lím ites desérticos del antiguo Oriente. A esta región, aunque sólo com prende la parte occidental de lo que debiera entenderse por Irán, podem os darle « sin prej uicio» este nom bre.
Capítulo I
El Oriente en el año 1000 a. C.
EN EL año 1000 a. C. el Asia occidental era un m osaico de pequeños estados y no contenía, hasta donde nos es dado saber, ninguna potencia im perial que tuviese dom inio sobre pueblos diversos. Pocas veces en su historia podría describírsela así, pues desde que se volvió predom inantem ente sem ítica, m ás de m il años antes de nuestra investigación, ha caído baj o dom inaciones sim ultáneas o sucesivas, ej ercidas cuando m enos desde tres regiones dentro de ella m ism a, y desde una exterior.
1. Imperio babilónico
El prim ero de estos centros de poder que desarrolló un im perio extranj ero estaba tam bién destinado, después de m uchas vicisitudes, a ser el últim o en m antenerlo, porque era el m ej or dotado por la naturaleza para reparar el desgaste que entraña el im perio. Esta fué la región que sería conocida m ás tarde com o Babilonia, nom bre de la ciudad que la dom inó, pero que, com o sabem os, no fué un prim er asiento del poder ni la progenitora de su civilización distintivam ente local. Si este honor pertenece a alguna ciudad, debería concederse a la de Ur, cuy o im perio fué el prim ero y el único verdaderam ente « babilónica» . La prim acía de Babilonia no fué obra de su población sum eria aborigen, autores de lo m ás elevado en la cultura local, sino de intrusos sem íticos originarios de una región com parativam ente bárbara; ni tam poco había sido obra de los prim eros de estos intrusos (si seguim os a los que ahora niegan que el dom inio de Sargón de Akkad y de su hij o Naram -sin se extendía m ás allá de las cuencas baj as de los ríos gem elos), sino de pueblos que entraron con una segunda serie de ondas sem íticas. Éstas surgieron de Arabia, eterna m adre de vigorosos em igrantes, en los siglos m edios del tercer m ilenio antes de Cristo. Si bien esta m igración inundó el sur de la Siria de « canaanitas» , acabó por dar al Egipto los hicsos o « rey es pastores» , a la Asiria su población sem ítica perm anente, y a Sum er y a Akkad lo que cronistas posteriores llam aron la prim era dinastía babilonia. Sin em bargo, puesto que estos intrusos sem íticos no tenían civilización com parable a la contem poránea egipcia o a la sum eria (desde hacía m ucho adoptada por inm igrantes sem íticos anteriores), asim ilaron inevitable y rápidam ente estas dos civilizaciones, a m edida que se asentaron.
Al m ism o tiem po, conservaron, al m enos en Mesopotam ia, que y a era m edio sem ítica, ciertas ideas e instintos beduinos, que afectarían profundam ente su historia posterior. La m ás im portante, históricam ente, era una idea religiosa que, a falta de m ej or térm ino, puede llam arse superm onoteísm o. Esta idea, que con frecuencia se halla arraigada en pueblos vagabundos, y que suele sobrevivir largam ente a la fase nom ádica, consiste en la creencia de que, por m uchos dioses tribales y locales que existan, hay una deidad suprem a que no sólo es singular e indivisible, sino que m ora en un punto, solitaria sobre la tierra. Su m orada puede cam biar por un m ovim iento en m asa de su pueblo; pero, fuera de eso, nada m ás podría conm overla, y no puede tener verdaderos rivales en el poderío suprem o. El hecho de que el dios padre de los sem itas viniera, gracias a esa m igración en m asa, a residir en Babilonia y no en otra ciudad de las anchas tierras recién ocupadas, fué la causa de que esta ciudad retuviera por m uchos siglos, a pesar de los cam bios sociales y políticos, una posición predom inante no m uy distinta de la que ha m antenido la santa Rom a desde la Edad Media hasta los tiem pos m odernos.
Los árabes traj eron, adem ás, su inm em orial instinto de inquietud. Este hábito tiende a persistir en una sociedad establecida, y encuentra satisfacción en el recurso anual a la vida de la tienda o la cabaña y en excursiones anuales de rapiña. La costum bre de la razzia o incursión de verano, que todavía es obligatoria en Arabia para todos los hom bres vigorosos y de espíritu tem plado, era tenida en igual honor por el antiguo m undo sem ítico. Em prendida com o cosa de caj ón, con provocación o sin ella, fué el origen y la fuente constante de aquellas m archas anuales a las fronteras, de que nos hablan los m onum entos reales asirios con tanta vanagloria, con exclusión de casi otra inform ación. Chêdorlaom er, Am rafel y los otros tres rey es cum plían su obligación
anual en el valle del Jordán cuando la tradición hebrea creía que se encontraron con Abraham ; y si, com o parece adm itido, Am rafel era el m ism o Ham m urabi, esa tradición prueba que la costum bre de la razzia estaba bien establecida baj o la prim era dinastía babilónica.
Adem ás, el hecho de que estas cam pañas anuales de rey es asirios y babilonios fueran sim plem ente razzias de beduinos altam ente organizadas, y en gran escala, debería tenerse presente al hablar de « im perios» sem íticos, no sea que tengam os de ellos un concepto dem asiado territorial. Ninguna organización perm anente de dom inio territorial en regiones extranj eras fué establecida por gobernantes sem íticos hasta m uy avanzada la historia asiria. Los prim eros señores sem íticos, es decir, todos los que precedieron a Asurnazirbal de Asiria, em prendían una correría para saquear, asaltar, destruir o recibir tributos de sum isión, y una vez que cum plían sus propósitos regresaban sin im poner guarniciones perm anentes de sus propios hom bres, virrey es perm anentes, ni siquiera un tributo perm anente que im pidiera al enem igo herido que se recobrara m ientras le tocaba el turno de padecer otra incursión. El im perial bandido posiblem ente dej aba en las rocas un recuerdo de su presencia y hazaña que lo borraran osadam ente apenas volvía la espalda; pero por lo dem ás sólo quedaba de él m em oria siniestra. Por tanto, el prim er « im perio» asirio y babilonio no significaba territorialm ente m ás que una área geográfica a través de la cual un em perador podía, y lo hacía, m erodear sin encontrar oposición efectiva.
Sin em bargo, tal m erodeo constante en gran escala tenía que producir algunos de los frutos del im perio; y por sus frutos, no por sus registros, sabem os con certeza qué tan lej os se había hecho sentir el im perio babilónico. Los m ej ores testigos del gran alcance de su influj o son, prim ero, los elem entos babilonios en el arte hetita de la lej ana Asia Menor, los cuales m uestran desde el principio (hasta donde sabem os, desde el año 1500 a. C. cuando m enos) que los artistas nativos apenas si podían realizar ninguna idea nativa sin ay uda de m odelos sem íticos; y, segundo, el em pleo de la escritura y el lenguaj e babilónicos y hasta de los libros babilónicos por las clases dom inantes de Asia Menor y Asiria en época un poco posterior. El que los gobernantes de las ciudades sirias hay an escrito sus com unicaciones oficiales a los faraones de la 18ª dinastía en caracteres cuneiform es babilónicos (com o lo dem uestran los archivos encontrados en Am arna en el Alto Egipto), y a nos había proporcionado una prueba tan definitiva del tem prano y largam ente m antenido influj o babilónico, que el m ás reciente descubrim iento de que los señores hetitas de Capadocia em pleaban el m ism o lenguaj e escrito para fines diplom áticos apenas nos ha sorprendido.
Se ha dicho y a que Babilonia era una región tan rica y tan afortunada que el im perio no sólo le vino antes, sino que le duró m ás que a ninguna de las otras tierras del Asia occidental que no lo disfrutaron nada. Cuando echem os un vistazo al Asia occidental del año 400 a. C., nos encontrarem os con un em perador que todavía la gobierna desde un trono instalado en la cuenca baj a del Tigris, aunque no en Babilonia. Pero, por ciertas razones, el im perio babilónico no duró continuadam ente por ningún período largo. Los habitantes acadianos y sum erios aborígenes eran gente asentada, culta y sedentaria, m ientras que el establecim iento del im perio babilónico había sido obra de intrusos, m ás vigorosos que ellos. Sin em bargo, estos intrusos no sólo tenían que tem er la no m uy grande sim patía de sus propios súbditos aborígenes, los cuales reunieron una y otra vez sus sañudas huestes en el « País del Mar» en la cabeza del golfo Pérsico y atacaron a los dom inadores sem itas de la retaguardia, sino tam bién las incursiones de otros extranj eros, porque
Babilonia está singularm ente abierta por todas partes. En consecuencia, las revueltas de la gente del « País del Mar» , las hordas invasoras de Arabia, los descensos de guerreros m ontañeses de las colinas fronterizas de Elam en la faj a sudeste de la cuenca de los ríos gem elos, las presiones de los pueblos de tierras m ás vigorizantes en el alto Éufrates y Tigris: uno, o m ás, de tales peligros descendió siem pre sobre Babilonia y la rindió una y otra vez. Un gran descenso de m erodeadores hatti del norte, alrededor de 1800 a. C.,[2] parece haber acabado con el dom inio im perial de la prim era dinastía. Al retirarse los invasores, Babilonia, caída en débiles m anos nativas, fué presa de una sucesión de incursiones provenientes de las m ontañas cassitas m ás allá de Elam , de Elam m ism o, de la creciente potencia sem ítica de Assur, antiguo vasallo de Babilonia, del im perio hetita fundado en Capadocia, alrededor de 1500 a. C., de la nueva ola de la inundación arábiga que se conoce com o aram ea, y de otra que seguía a ésta, que suele llam arse caldea; y no fué sino casi al fin del siglo XII cuando uno de estos elem entos intrusos alcanzó independencia suficiente y seguridad de tenencia para volver a exaltar a Babilonia com o señora de un im perio extranj ero. Por esa fecha el prim er Nebukhadnezzar (o Nabucodonosor), parte de cuy os anales se han recobrado; parece haber establecido dom inio en alguna parte del Asia m editerránea,
Martu, la tierra occidental; pero este im perio volvió a perecer con su autor. El año 1000 a. C.,
Babilonia era otra vez un pequeño estado dividido interiorm ente y am enazado por rivales en el este y en el norte.
2. Imperio asiático de Egipto
Sin em bargo, durante el largo intervalo desde la caída de la prim era dinastía babilónica, el Asia occidental no se quedó sin señor. Otras tres potencias im periales se habían form ado y desvanecido en sus fronteras, de las cuales potencias una estaba destinada, m ás tarde, a una segunda expansión. La prim era que apareció en escena estableció un dom inio de una especie que no volverem os a observar hasta la caída de Asia en poder de los griegos, porque fué establecido por una potencia no asiática. En los prim eros años del siglo XV un faraón de la vigorosa 18ª dinastía, Thutm és III, que había invadido toda Siria hasta Karkheem ish, en el Éufrates, estableció en la parte sur de ese país una organización im perial que convirtió sus conquistas, por un tiem po, en dependencias provinciales del Egipto. De estos hechos tenem os pruebas absolutas en los archivos de los sucesores dinásticos de Thutm és, encontrados en Am arna hace dos generaciones, porque incluy en m uchos inform es de funcionarios y príncipes clientes en Palestina y en Fenicia. Sin em bargo, si hem os de aplicar la palabra im perio (com o, de hecho, la hem os aplicado y a al tratar de la Babilonia prim itiva) a una esfera de m erodeo habitual, donde el derecho exclusivo de una potencia a m erodear es reconocido im plícita o explícitam ente por las víctim as y por los pueblos lim ítrofes, este « im perio» de Egipto debe fecharse cien años antes de Thutm és III y debe tam bién dársele el crédito de m ay ores lím ites que la Siria del sur. Las invasiones de la Siria sem ítica hasta el Éufrates por faraones tuvieron lugar a principios del siglo XVI, com o consecuencia de la caída del poderío de los « hicsos» asiáticos en Egipto. Fueron guerras en parte por venganza, en parte por la natural expansión egipcia hacia un fértil territorio vecino, que por fin quedaba abierto y que ningún otro poder im perial reclam aba, m ientras los débiles cossitas gobernaban Babilonia, y estaba en em brión la independencia de Asiria. Pero parece que los prim eros ej ércitos egipcios sólo fueron Siria a saquear y extorsionar. Evitaron todos los lugares fortificados, y volvieron al Nilo sin dej ar a nadie en el saqueado territorio. Ningún faraón, antes del sucesor de la reina Hatshepsut, se apoderó de Palestina y Fenicia. Fué Thutm és III el prim ero que reduj o fortalezas com o Megiddo, y ocupó las ciudades sirias hasta Arvad, en la costa, y casi hasta la tierra interior de Kadesh; fué el que, por m edio de unos cuantos fuertes, guarnecidos quizás con tropas egipcias y nubias, y con toda certeza, en algunos casos, con m ercenarios reclutados en las islas y costas m editerráneas, se hizo tem er de tal m anera por los j efes nativos, que pagaban tributo regular a sus recaudadores, y suj etó a la paz de Egipto a todos los varios hebreos y am ontas que podían intentar incursiones desde el este y el norte.
Sin em bargo, parece que en la alta Siria él y sus sucesores intentaron hacer poco m ás que lo hecho por Thutm és I, es decir, hacían incursiones por las partes fértiles, tom ando aquí y allá una ciudad, pero en general se lim itaron a sacar tributos forzados. Es probable que no hay an entrado nunca en algunas plazas fuertes com o Kadesh. Sin em bargo, sus correrías fueron frecuentes y lo bastante efectivas com o para que Siria fuera considerada por los rey es y rey ezuelos vecinos com o esfera de influencia egipcia, dentro de la cual era conveniente reconocer los derechos de los faraones y aplacarlos con oportunos presentes. Así pensaban y se conducían los rey es de Mitani, al otro lado del Éufrates, los rey es de Hatti, m ás allá del Tauro y los distantes iranios de las dinastías cassita, en Babilonia.
últim os años del tercer sucesor de Thutm és, Am enhotep III, quien gobernó a fines del siglo XV y el prim er cuarto del XIV. Más aún, parece que se hizo un interesante experim ento para afirm ar el dom inio egipcio en su provincia extranj era. Jóvenes príncipes sirios fueron llevados a educar en el Nilo, en la esperanza de que, al volver a sus hogares, serían leales virrey es del faraón; pero el experim ento no parece haber tenido m ej ores efectos que otros experim entos sim ilares puestos en práctica por las naciones im perialistas, desde los rom anos hasta nosotros m ism os.
Los egipcios no avanzaron m ás allá de este concepto de organización im perial. No se pensó siquiera en la ocupación m ilitar efectiva de Siria, ni en su efectiva adm inistración por algún organism o m ilitar o civil. Las huellas del influj o cultural de Egipto, tal com o se advierten en las excavaciones sirias pertenecientes a aquella época, son pocas y aisladas; y debem os concluir que fué m uy pequeño el núm ero de verdaderos egipcios que residieron, o siquiera pasaron por la provincia asiática. De naturaleza poco am ante de aventuras, y reacios a em prender com ercio con el extranj ero, los nilotas se contentaron con dej ar Siria en m anos interm ediarias y así obtener de ella alguna ganancia. Por tanto, bastó con la aparición de alguna tribu vigorosa y nutrida en la provincia m ism a, o de alguna potencia codiciosa en sus fronteras, para acabar con el im perio. Tribu y potencia habían aparecido antes de la m uerte de Am enhotep: los am oritas de la Siria m edia, y el poderío recientem ente consolidado de los hatti, en los confines del norte. Su hij o, el fam oso Ekhnatón, no opuso nuevas m edidas a la crisis, y antes de la m itad del siglo XIV y a el im perio extranj ero de los egipcios se había reducido a nada (excepción hecha de una esfera de influencia en el extrem o sur de Palestina) después de durar, para bien o para m al, algo m enos de doscientos años. Ciertam ente fué revivido por los rey es de la dinastía sucesora, pero cuando esto sucedió tuvo m ucha m enos posibilidad de perdurar que el antiguo. Al acceder Ram sés II a dividirlo con el rey hatti, por m edio de un tratado cuy os térm inos conocem os por docum entos supervivientes de am bas partes, confesó la im potencia egipcia para hacer efectiva cualquier reclam ación; y y a para fines del siglo XIII la m ano del faraón se había retirado de Asia, incluso de aquella antigua propiedad egipcia, la península de Sinaí. Algunos rey es egipcios posteriores harían incursiones en Siria, pero ninguno de ellos fué capaz, ni se m ostró m uy descoso de serio, de establecer ahí un im perio perm anente.
3. Imperio de los hatti
El im perio que hizo retroceder a los egipcios es el últim o, j unto con Asiria, que tenem os que considerar antes del año 1000 a. C. Se ha sabido por m ucho tiem po que los hetitas, llam ados kheta por los egipcios y heth o hatti por los sem itas y por ellos m ism os, desarrollaron una potencia en el extrem o occidental de Asia por lo m enos y a en el siglo XV; pero no fué hasta el descubrim iento de sus archivos cuneiform es en 1907, en Boghas-Keui, al norte del Capadocia, cuando se aclaró la naturaleza im perial de su poder, el centro desde donde fué ej ercido y la sucesión de gobernantes que lo ej ercieron. Se recordará que fué una gran incursión hatti la que quebrantó el dom inio im perial de la prim era dinastía babilónica, alrededor del año 1800 a. C. Todavía tenem os que averiguar de dónde vinieron esos m erodeadores. Pero, puesto que un pueblo hatti, lo suficientem ente bien organizado para invadir, conquistar e im poner sus guarniciones, y (lo que es m ás significativo) su propia civilización en territorios distantes, estaba establecido en Boghas-Keui (es preferible utilizar este nom bre m oderno hasta que tengam os m ás seguro el antiguo) en el siglo XV, podem os suponer, con toda razón, que el Asia Menor occidental fué el punto de origen de los hatti tres siglos antes. Com o potencia im perial, entran en la historia con un rey a quien sus propios archivos llam an Shubilulium a (Sapararu, en los registros egipcios), y se desvanecen algo m enos de dos siglos m ás tarde. La m itad norte de Siria, el norte de Mesopotam ia, y probablem ente casi toda el Asia Menor, fueron conquistados por los hatti antes del año 1350 a. C. y les obligaron a pagar tributo; el Egipto fué expulsado del Asia; las colonias sem íticas en los ríos gem elos y las tribus en el desierto fueron obligadas a som eterse o a defenderse. Siglo y m edio m ás tarde los hatti habían vuelto a una oscuridad todavía m ás profunda que aquélla de donde salieron. El últim o rey de Boghas-Keui, alguna parte de cuy os archivos han visto la luz, es cierto Arnaunta, que reinó hacia fines del siglo XIII. Puede haber tenido sucesores cuy os docum entos todavía pueden encontrarse; pero por otra parte, sabem os, por anales asirios, fechados un poco m ás tarde, que un pueblo, posiblem ente em parentado con los hatti y ciertam ente civilizado por éstos, aunque conocido por otro nom bre, m ushkay a o m ushki (luego hablarem os m ás de ellos), invadieron la m ay or parte, si no es que todo, del reino hatti hacia m ediados del siglo XII. Y puesto que, adem ás, las ruinas excavadas en Boghas-Keui, capital de los hatti, y en Karkhem ish, su principal dependencia en el sur, m uestran huellas inconfundibles de destrucción y de una reconstrucción general subsecuente, que, sobre bases arqueológicas, no puede fecharse m uy posterior a la época de Arnaunta, parece probable que la historia del im perio hatti se cerró con ese rey. Dentro de poco, hablarem os de lo que sucedió después con los grupos supervivientes de su antiguo pueblo im perial, y con otras com unidades tan em parentadas con éste en sangre y civilización, que los asirios, cuando hablaban en general de enem igos o súbditos occidentales, siguieron llam ándolos hatti durante m ucho tiem po.
4. Primer imperio asirio
Nos queda Asiria, la cual, antes del año 1000 a. C., había conquistado dos veces un im perio de la m ism a clase que el de la prim era dinastía babilónica, y dos veces lo había perdido. Las prim eras expansiones asirias son, históricam ente, las m ás notables de los im perios prim itivos del Asia occidental, porque, a diferencia de las dem ás, fueron preludios de una ocupación territorial que se aproxim aría m ás que ninguna otra a lo que serían m ás tarde los sistem as m acedonio y rom ano im periales. La Asiria, m ej or que Babilonia o Egipto, encabeza la lista de aspirantes al dom inio del m undo.
Habrá tanto que decir de la tercera, y de las subsecuentes expansiones de Asiria, que podem os referir en pocas palabras sus prim eros im perios. La cuenca m edia del Tigris parece haber recibido un vasto influj o de sem itas de la oleada canaanita, por lo m enos desde la época de Babilonia, y gracias a diversas causas —ausencia de civilización local anterior tan adelantada com o la sum eria, m ay or distancia de suscitadores de disturbios tan em prendedores com o Elam y Arabia, y clim a m ás salutífero— estos sem itas se asentaron m ás rápida y com pletam ente en sociedad agrícola que los babilonios, y la desarrollaron en m ay or pureza. Su prim er centro social fué Assur, en la parte austral de su territorio. Ahí, en la vecindad de Babilonia, cay eron inevitablem ente baj o el dom inio de ésta; pero a partir del derrum be de la prim era dinastía de Babilonia, y la decadencia subsecuente del vigor de los sem itas m eridionales, se m anifestó entre los del norte una tendencia a desarrollar su nacionalidad en torno a puntos m ás centrales. Cale, río arriba, ocupó el lugar de Assur en el siglo XIII a. C., para ser reem plazada a su vez por Nínive, todavía m ás arriba del río; y al fin, Asiria, aunque había tom ado el nom bre de la ciudad austral, vino a consolidarse en torno a una capital del norte de Mesopotam ia com o potencia capaz de im poner vasallaj e a Babilonia y de m andar m erodeadores im periales al Mediterráneo y a los grandes lagos de Arm enia. El prim ero de los rey es asirios que alcanzó esta especie de posición im perial fué Salm anasar I, quien a principios del siglo XIII a. C. parece haber aplastado el últim o vigor de las potencias de la Mesopotam ia del norte, Mitani y Kani, para abrirse el cam ino hacia las tierras occidentales. El poderío hatti, sin em bargo, hizo lo que pudo por cerrar los pasaj es, y no fué hasta que se derrum bó y se establecieron los que provocaron su ruina —los m ushki y sus aliados— cuando, alrededor de 1100 a. C., Tiglathpileser I pudo llevar sus soldados asirios al interior de Siria, y quizás los llevó tam bién a cierta distancia dentro del territorio del Tauro. Por qué m urió con él su im perio, no lo sabem os exactam ente. Una nueva invasión de sem itas árabes, los aram eos, a los cuales atacó en el m onte Bishri (Tell Basher), puede haber sido la causa. Pero de cualquier m odo el hecho es indudable. Los hij os del gran rey que había llegado a la Arvad fenicia, para em barcarse ahí orgullosam ente y reclam ar el señorío del m ar occidental, quedaron reducidos a la posición de casi vasallos del antiguo vasallo de su padre, Babilonia; y todavía a fines del siglo XI Asiria no había resucitado.
5. Nuevas potencias en el año 1000 a. C.
Así, pues, en el año 1000 a. C., echam os un vistazo al Oriente, y en la m edida en que podem os penetrar las nubes no vem os ninguna potencia dom inante. Territorios, antes esfera de acción de los estados m ay ores, Babilonia, Egipto, Capadocia y Asiria, no sólo parecen gobernarse por sí m ism os, sino que parecen tam bién libres de toda interferencia, aunque los im perios desaparecidos y un gran m ovim iento reciente de pueblos les han dej ado fronteras políticas alteradas y, a veces, nuevas dinastías. Ninguna de las unidades políticas tiene un área m ay or que otra, y en ese m om ento no hubiera sido fácil profetizar cuál, o si alguna de ellas, crecería a expensas de las dem ás.
El gran m ovim iento de pueblos a que se acaba de aludir había perturbado el Asia occidental durante dos siglos. Al este, donde las bien organizadas y bien arm adas sociedades de Babilonia y Asiria eran obstáculo serio a los inm igrantes nóm adas, las oleadas se habían visto obligadas a retroceder m ás allá de las fronteras m ontañosas. Pero al oeste, los m ares parecen haberse derram ado con dem asiada fuerza para ser resistida por tal potencia com o la que el im perio hatti de Capadocia podía oponer, para luego invadir el Asia Menor hasta Siria y Mesopotam ia. Registros de Ram sés III cuentan cóm o una gran hueste de pueblos federados apareció en la frontera asiática de Egipto m uy a principios del siglo XII. Entre ellos m archarán hom bres de los « kheta» o hatti, aunque no com o j efes. Éstos, que hacía no m ás de un siglo fueran poderosos enem igos y aliados de Seti I y Ram sés II, habían caído ahora de su condición im perial para seguir la estela de los recién llegados, que los habían hum illado en su país, Capadocia. El orden geográfico en que los escribas de Ram sés enum eran las conquistas de estos pueblos m uestra claram ente la dirección de donde venían los m iem bros de la federación y el cam ino que siguieron. Habían devastado sucesivam ente Hatti (es decir, Capadocia), Kedi (es decir, Cilicia), Karkhem ish y la Siria central. Su victoriosa m archa com enzó, pues, al norte del Asia Menor, y siguió los grandes cam inos a través de los pasos cilicianos para term inar en las fronteras m ism as de Egipto. La lista de estos recién llegados ha interesado a los historiadores desde hace m ucho tiem po; pues por m uy extraños que parecieran sus nom bres a los egipcios, no lo son a nuestros oj os, y probablem ente son variantes de algunos que ocupan sitio im portante en páginas de la historia posterior. Tales son los pulesata o filisteos, y un grupo que procedía aparentem ente del Asia Menor y las islas Zakaray, Shakalsha, Danaau y Washasha, sucesores de los pisidianos y otros sucesores anatolios de los hititas en la época de Ram sés II, y de los piratas licios, aqueos y sardos que el Egipto a veces rechazaba de sus fronteras y a veces enlistaba en su servicio. Algunos de estos pueblos, cualquiera que hay a sido la localidad de donde procedían, se establecieron en nuevos lugares al em pezar a retroceder la m area. Los pulesata, si realm ente eran los filisteos históricos, encallaron y perm anecieron en los confines del Egipto, y retuvieron ciertos recuerdos de un estado prim itivo, que había sido suy o en algún país m inoano. Puesto que los zakaray y los washasha parecen haber surgido de tierras que ahora se cuentan entre las de Europa, podem os considerar esta ocasión com o la prim era en que el Occidente invadió el Oriente.
Acudam os a los anales asirios y nos enterarem os, por los registros de Tiglathpileser I, de que esta ola del norte fué seguida en el m ism o siglo por otra segunda, que llevaba en su cresta otra
horda audaz procedente del Asia Menor. Su nom bre, m ushki, lo oím os ahora por prim era vez, pero volverem os a escucharlo m ás adelante. Un resto de esta raza sobreviviría en tiem pos históricos com o los m osqui de los geógrafos griegos, oscuro pueblo de los lím ites de Capadocia y Arm enia. Pero quiénes fueron precisam ente los prim eros m ushki, de dónde vinieron originalm ente, y a dónde fueron cuando se les expulsó de Capadocia, son cuestiones que aún no se aclaran. Dos hechos significativos se saben de su historia subsecuente: prim ero, que dos siglos después de nuestra fecha estaban, al m enos parte de ellos, establecidos en Capadocia, en apariencia m ás bien hacia el centro y el norte de ese país que hacia el sur; segundo, que en esa m ism a época, y m ás tarde, tuvieron rey es que llevaron el nom bre Mita, que se supone idéntico al nom bre Midas, conocido por los historiadores griegos com o llevado por rey es de Frigia.
Debido a este últim o hecho, se ha considerado a los m ushki com o proto-frigios, elevados al poder después de la caída de los hatti capadocios. Más adelante, considerarem os esta cuestión, cuando lleguem os a la fecha del prim er contacto conocido entre la Asiria y cualquier pueblo establecido al oeste del Asia Menor. Pero m ientras tanto, tengam os presente que su nom bre real, Mita, no im plica necesariam ente conexión entre los m ushki y los frigios, pues com o el étnico « m itani» , del norte de Mesopotam ia, significa « los hom bres de Mita» , ese nom bre debe haber estado dom iciliado por largo tiem po m ucho m ás lej os hacia el oeste.
En conj unto, independientem ente de su historia posterior, la verdad sobre los m ushki, que penetraron en Siria a principios del siglo XII y se retiraron a Capadocia unos cincuenta años m ás tarde después de cam biar estocadas con los asirios, es probablem ente ésta: que fueron originariam ente un pueblo m ontañés del norte de Arm enia o del Cáucaso, distintos de los hatti, y que, habiendo descendido desde el noreste en estado nom ádico prim itivo hasta alcanzar el asiento de una viej a cultura poseída por una raza debilitada, adoptaron la civilización de esta últim a al conquistarla y establecerse. Pero probablem ente no se afirm aron en Capadocia, definitivam ente, hasta que el golpe descargado por Tiglathpileser refrenó su ansia de m ovim iento y debilitó su confianza en la victoria. En todo caso, en el año 1000 a. C. las torm entas del norte habían am ainado dej ando el Asia Menor, la Arm enia, y la Siria parcelada entre m uchos príncipes.
6. El Asia Menor
Si uno se hubiera em barcado en el año 1000 a. C. con aqueos o j onios, con rum bo a la costa occidental de Anatolia, hubiera esperado desem barcar en, o cerca de alguna colonia naciente no de nativos, sino de recién llegados m arinos de habla griega o de cualquier otra lengua egea. Estos hom bres se habían aventurado tan lej os con el fin de apoderarse de las ricas tierras en las entradas de los largos valles de Anatolia, de los cuales sus vagabundos padres habían sido casi enteram ente excluidos por las fuerzas provinciales de alguna potencia de tierra adentro, posiblem ente los hatti de Capadocia. En otro tiem po los cretenses, o parientes suy os de la Grecia m icénica en Ja últim a época egea, habían podido instalar no m ás que unas cuantas colonias insignificantes de m ercaderes en costas anatolias. Sin em bargo, ahora los descendientes de éstos eran reforzados constantem ente por m iem bros de una raza aria m ás j oven, que se m ezcló con los nativos de la costa y que gradualm ente los dom inó o los em puj ó tierra adentro. Por m uy insignificantes que hay an parecido en ese m om ento estas infiltraciones europeas en el borde del continente vecino, sabem os que inauguraban un proceso que a la larga afectaría profundam ente toda la historia del cercano Oriente. El hecho de que la colonización griega j ónica llam e la atención, por prim era vez, alrededor del año 1000 a. C., señala ese período com o punto cardinal de la historia. El estado actual de nuestros conocim ientos no nos perm ite decir con seguridad si y a habían em pezado a crecer cualquiera de las fam osas ciudades griegas de la costa de Anatolia. May m ás pruebas de tan tem prana existencia para la ciudad de Mileto, donde los excavadores alem anes han encontrado m ucha cerám ica de la últim a época egea, que para cualquiera otra. Pero es al m enos probable que los griegos y a estuvieran establecidos en los sitios de Cnido, Teos, Esm irna, Colofon, Focea, Cum as, y m uchas m ás; m ientras las islas m ay ores Rodas, Sam os, Quío y Mitilene aparentem ente habían recibido colonos occidentales desde hacía algunas generaciones; Rodas incluso desde antes de las prim eras correrías de los aqueos en Asia.
El visitante occidental, si hubiera proseguido hacia el interior, hubiera evitado los distritos sudoccidentales de la península, donde un país m ontañoso, conocido m ás tarde com o Caria, Licia y Pisidia, estaba en poder de prim itivos m ontañeses establecidos en tribus separadas, a la m anera de los albaneses m odernos. Nunca se les había som etido, y tan pronto com o los prósperos puertos griegos de sus costas les abrieran cam ino al m undo exterior, se darían a conocer com o adm irables soldados m ercenarios, profesión que, si los pedasu que aparecen en los registros de las cam pañas egipcias de la 18ª dinastía eran realm ente pisidianos, no era nueva para ellos. Sin em bargo, al norte de sus colinas había m ás am plios valles que llevaban a la m eseta central, y, si Heródoto es digno de crédito, y a estaba desarrollada ahí una sociedad m onárquica organizada que gobernaban los « Heráclidas» de Sardes. De ella no sabem os prácticam ente nada; pero com o encontram os, unos tres siglos m ás tarde, que el pueblo lidio vivía rica y luj osam ente en el valle de Herm o, que había sido alguna vez feudo de los hatti, tenem os que concluir que había disfrutado de seguridad y a desde el año 1000 a. C. Quiénes eran exactam ente esos príncipes Heráclitas es oscuro. El nom bre dinástico que Heródoto les da probablem ente im plica que derivaban su origen (es decir, debían hom enaj e especial) a un dios de la doble hacha de guerra, al que los griegos com paraban con Hércules, pero al cual nosotros com param os con Sandan, dios de Tarso y de las tierras del sudeste. Más adelante direm os algo m ás de él y de sus adoradores.
Dej ando a un lado las tierras de la franj a norte, com o m al conocidas y de poca im portancia (com o tam bién nosotros las dej aríam os), nuestro viaj ero pasaría de los valles lidios para encontrarse con los hatti capadocios, que y a no son los señores de la m eseta com o en otros tiem pos. Ningún pueblo de igual poder parece haber tom ado el sitio que dej aron; pero hay razón para pensar que los m ushki, los m ism os que los som etieron, ahora ocupan algo de su espacio en el Asia Menor. Pero estos m ushki y a han adoptado a tal punto la civilización hatti, a partir, o antes, de la gran expedición que rechazó Tiglathpileser I de Asiria, que su dom inio apenas puede haber significado diferencia para la condición social del Asia Menor. Su capital estaba probablem ente en el m ism o sitio de la capital hatti, en Boghas-Keui; pero lo que no se conoce es la distancia hasta donde radiaba su señorío a partir de ese centro.
En el sudeste del Asia Menor leem os, tanto en los docum entos hatti de siglos anteriores, com o en los anales sirios de fecha posterior, sobre la existencia de varios principados; y com o algunos de sus nom bres aparecen en am bos cuerpos de docum entos, podem os, con toda seguridad, asignarlos a las m ism as localidades durante el período interm edio. Tales son Kas, en la que luego se llam ó Licaonia, Tabal o Tubal al sudeste de Capadocia, Khilakku, que dej ó su nom bre a la Cilicia histórica, y Kue, en la rica llanura del este y en las colinas del noreste ciliciano. Al norte de la Siria encontram os, adem ás, en tiem pos prim itivos y tardíos, a Kum m ukh, que dej ó a su distrito el nom bre histórico de Com m agene. Todos estos principados, com o lo prueban sus m onum entos prim itivos, com partieron la m ism a civilización hatti de los m ushki y parecen haber tenido las m ism as deidades principales, el de la doble hacha Sandan o Teshub o Hadad, cuy o predom inio hem os notado en el extrem o oeste de Lidia, y tam bién una Gran Madre, patrona ésta del pacífico acrecentam iento, así com o el prim ero era dios de la conquista guerrera. Pero es m uy dudoso que esta uniform idad de civilización im plicara un señor general, tal com o el rey m ushki. La pasada suprem acía de los hatti basta para explicar la gran com unidad de rasgos sociales en el año 1000 a. C. en toda el Asia Menor y el norte de Siria.
7. Siria
Es tiem po que nuestro viaj ero siga su cam ino hacia el interior del « país hatti» , com o los asirios seguirían llam ando por m ucho tiem po el área austral de la viej a civilización hatti. Hubiera encontrado a Siria en un estado de m ay or o m enor desintegración de extrem o a extrem o. Desde la retirada del vigoroso dom inio de los hatti en el norte, y de los egipcios en el sur, el desorganizado país, m edio vacío, ha atraído hordas sucesivas de sem itas sem inóm adas de las estepas del este y del sur. Por el año 1000 a. C., estas hordas se habían establecido com o un conj unto de sociedades aram eas, cada una con su pequeño príncipe. Todas estas sociedades eran de grandes m ercaderes. En Ugarit (Ras-Sham ra) y Al Mina, sobre la costa, ciudades y a antiguas, hallaron nueva prosperidad en el intercam bio con Chipre y la civilización aria. Una de estas sociedades se estableció al noroeste, en Sham al, donde, influida por la viej a cultura hatti, floreció un arte que, en últim o térm ino, fué salvado de ser puram ente hitita por la Asiria sem ítica. Más tarde hablarem os de su capital, que estaba en el sitio del m oderno Sindcherli, uno de los pocos lugares sirios científicam ente explorados. Al sur estaban Patin y Bit Agusi, y al sur de éstos, Ham ath y después Dam asco, todos los cuales eran estados aram eos nuevos, que esperaban tiem pos de paz para desarrollarse de acuerdo con la m edida de sus respectivos territorios y su dom inio de las rutas com erciales. La m ás privilegiada en cuanto a fertilidad natural y conveniencia de posición era Dam asco (Ubi o Hobah), que había estado recibiendo el influj o aram eo cuando m enos durante trescientos años. Estaba destinado a sobrepasar al resto de aquellos nuevos estados sem íticos; pero por el m om ento era poco m ás fuerte que éstos. En cuanto a las ciudades fenicias de la costa del Líbano, que por los archivos de Am arna y otros registros egipcios sabem os que por m ucho tiem po estuvieron colonizadas por sem itas canaanitas, iban a aparecer m ás adelante baj o una luz bien distinta de aquella en que las m uestran los inform es de sus gobernadores y visitantes egipcios. No sólo se convirtieron m uy rápidam ente en com erciantes m arítim os, en vez de sim ples centros territoriales, sino que (si podem os inferirlo de la ausencia de m onum entos conocidos de su arte m ás elevado o de su escritura, anteriores al año 1000 a. C.) estaban efectuando o a punto de efectuar un avance súbito en su desarrollo social. Habría que señalar que nuestras pruebas, que otros sem itas sirios habían em pezado a escribir en escritura propia, no em piezan m ucho m ás tarde en diversos puntos: en Ugarit de Sham al, en Moab y en Sam aria.
Esta expansión algo súbita de los fenicios, para convertirse en poder m arítim o, operada alrededor del año 1000 a. C., requiere explicación. Heródoto cree que los fenicios fueron obligados a echarse al m ar sim plem ente por la incapacidad creciente de su estrecho territorio para sostener el natural aum ento de habitantes, y probablem ente tenía razón, siendo apresurado su destino por la presión aram ea desde el interior. Pero el adelanto de su cultura, que señala el desarrollo de su arte y de su escritura, fué dem asiado rápido y dem asiado grande para resultar sólo del nuevo com ercio m arítim o; ni tam poco puede deberse a ningún influj o de los elem entos aram eos que estaban relativam ente recién salidos de la estepa. Para explicar los hechos de Siria parece que necesitam os, en época no m uy anterior a ésta, la llegada de población nueva originaria de algún área de cultura superior. Por tanto, cuando observam os entre los fenicios y los sirios australes prim itivos m ucho que fué im portado, y m ucho m ás que derivaba su carácter, de
Chipre y de centros todavía m ás rem otos de la cultura egea de la últim a época m inoana, no podem os considerar fantástica la creencia del descubridor de Creta, Arthur Evans, de que la civilización histórica fenicia, y especialm ente la escritura fenicia, debieron el ser, en gran m edida, a una inm igración de aquellas tierras ultram arinas m ás próxim as que desde hacía m ucho poseían un arte plenam ente desarrollado y un sistem a de escritura. Después de la caída de la dinastía Cnosiana sabem os que em pezó gran dispersión de cretenses, que fué continuada y aum entada m ás tarde por el descenso de los aqueos sobre Grecia. Ya se ha dicho que a los pulepata o filisteos, que habían seguido la prim era horda del norte hasta las fronteras del Egipto, a principios del siglo XII, se les supone, con visos de probabilidad, originarios de algún área afectada de civilización m inoana, m ientras los zakaray y los washasha que los acom pañaron fueron probablem ente cretenses. Los puleata se quedaron, com o sabem os, en Filistia: los zakaray se establecieron en Dor, en la costa sur de Fenicia, donde los encontró Unam ón, enviado de Ram sés XI. Estos colonos bastan para explicar el desarrollo subsecuente de una cultura superior en la Siria m edia y austral, y m uy bien puede haber habido alguna otra inm igración de Chipre y otras tierras egeas que, a m edida que transcurrió el tiem po, fom entaron en las ciudades de Fenicia, tan bien dotadas por la naturaleza, el rápido desarrollo de una nueva cultura alrededor del año 1000 a. C.
8. Palestina
Si los fenicios resentían el em puj e de los pueblos de las estepas, tam bién lo resentían sus vecinos del sur, los filisteos, que habían vivido y se habían enriquecido, cuando m enos durante un siglo y m edio, del peaj e y com ercio del gran cam ino del norte que partía de Egipto. Durante algunos siglos, en el pasado, habían aparecido por los desiertos del sureste ciertas tribus m erodeadoras, vigorosas y m uy unidas, que desde hacía m ucho tiem po habían desplazado o asim ilado a los canaanitas a lo largo de las tierras altas al oeste del Jordán, y que ahora tendían a arraigar en una unidad nacional favorecida por un culto com ún. Habían tenido largas luchas interm itentes, cuy as tradiciones llenan el libro j udío de los Jueces, luchas no sólo contra los canaanitas, sino tam bién contra los am ontas del valle superior del Orontes, y m ás tarde con los aram eos del norte y el este y con nuevas incursiones de gentes del desierto que llegaban por el sur; y, finalm ente, habían tenido que retroceder por cerca de m edio siglo ante un m ovim iento expansivo de los filisteos, que llevó a éstos hasta Galilea, y les aseguró las ganancias de toda la sección palestina del gran cam ino del norte. Pero alrededor de una generación antes de nuestra fecha, los m ás norteños de aquellos audaces « habiri» , baj o el m ando de un sheik por elección, Saúl, habían expulsado a los filisteos de Bethshan y de otros puntos ventaj osos en la Palestina m edia, y habían liberado una vez m ás las colinas que retenían en los días del faraón Mernepath. Aunque a la m uerte de Saúl el enem igo volvió a apoderarse de lo que había perdido, no iba a retenerlo por m ucho tiem po. Un gran j efe, David, que se había elevado al poder con ay uda de los filisteos y que ahora contaba con el apoy o de las tribus del sur, fundía a los hebreos del sur y del norte en una sola sociedad m onárquica y, habiendo expulsado del norte una vez m ás a sus antiguos am os, am enazó la parte sur del gran cam ino del norte desde una nueva capital, Jerusalén. Por otra parte, al asolar repetidam ente las tierras al este del Jordán hasta el borde del desierto, David había contenido incursiones ulteriores procedentes de Arabia; y aunque el estado aram eo de Dam asco crecía para convertirse en peligro form idable, había parado en seco, por el m om ento, su tendencia a extenderse hacia el sur, y se había vigorizado él m ism o por m edio de tratados con otro príncipe aram eo, el de Ham ath, establecido en el flanco norte de Dam asco, y con el j efe de la ciudad fenicia m ás cercana, Tiro. Esta últim a no era todavía el rico lugar que llegaría a ser en el siglo siguiente, pero era lo suficientem ente vigorosa para dom inar el cam ino costero al norte de las tierras baj as de Galilea. Israel no sólo no estuvo nunca m ás seguro, sino que nunca volvería a tener una posición de tan relativa im portancia en Siria com o la que tuvo en una época de m uchos pequeños y nacientes estados, alrededor del año 1000 a. C.; y en tiem pos posteriores, baj o la som bra de Asiria y la am enaza de Egipto, los j udíos volverían los oj os al reinado de David y su sucesor, con alguna razón, com o a su edad de oro.
El viaj ero no se hubiera aventurado en el interior de Arabia, y tam poco nosotros. Era entonces una tierra desconocida, totalm ente fuera de la historia. No poseem os registro alguno (si se desecha la m isteriosa em baj ada de la « reina de Saba» que vino a conocer la sabiduría de Salom ón) de ninguna relación entre un estado del oriente civilizado y un príncipe árabe antes de la m itad del siglo IX. Puede ser que, com o suponía Glaser, la sociedad sabea en el sudoeste de la península hubiera alcanzado y a el estadio prelim inar del asentam iento tribal a través del cual Israel pasó con sus j ueces, y que ahora se estuviese aproxim ando a la m onarquía, y que nuestro
viaj ero hubiera oído algo de esto en Siria, de labios de los aram eos llegados al últim o. Pero nosotros, que no podem os averiguar nada, no tenem os otra alternativa que dirigirnos nuevam ente hacia el norte con él, dej ando a nuestra derecha el desierto sirio recorrido por beduinos, que a nadie debían vasallaj e, y que tenían el m ism o estado social que tenían los anazeh recientem ente. Podem os cruzar el Éufrates en Karkhem ish o en Til Barsip, frente a la boca del Say ur, o donde Tápsaco dom inaba la desem bocadura del Khabur.
9. Mesopotamia
Ningún anal asirio ha sobrevivido a los escritos cerca de un siglo antes del año 1000 a. C., y m uy pocos del siglo siguiente a esta fecha. Ni los registros babilonios rem edian esta deficiencia. Aunque no podem os estar seguros de ello, probablem ente podem os decir que durante estos dos siglos los príncipes asirios o babilonios tuvieron pocas o ninguna hazaña que registrar de aquellas que consideraban, casi con exclusión de cualquier otra, dignas de inm ortalizar en piedra o arcilla, es decir, incursiones, conquistas, saqueo de ciudades, extorsiones de príncipes. Desde la época de Tiglathpileser, ningún « señor del m undo» (título que significaba sim plem ente señor de la Mesopotam ia) se había instalado en ninguno de los ríos gem elos. Qué había sucedido exactam ente en el ancho espacio entre los dos ríos y al sur del Tauro desde la partida de las hordas m ushki (si en verdad partieron todos), no lo sabem os. Los m itani, que pueden haber sido congéneres de estos últim os, parece que todavía poseían el noroeste; probablem ente todo el noreste fuera territorio asirio. No hay duda de que los curdos y los arm enios de Urartu arrasaban las cam piñas im parcialm ente desde el otoño hasta la prim avera, com o siem pre lo hacían cuando Asiria estaba débil. Hem os aprendido m ucho sobre la m ism a Mesopotam ia con los resultados de las excavaciones alem anas en Tell Halaf, cerca del Ras el-Ain. Los m ás prim itivos m onum entos que se encuentran ahí son quizás reliquias de aquella potencia de Khani (Harran), que se extendió para abarcar la m ism a Nínive, antes de que los patesis sem íticos de Assur crecieran hasta convertirse en estado real y se m ovieran hacia el norte para form ar la Asiria im perial. Pero hay tam bién capas posteriores de restos que contienen m uestras de sucesos en la Mesopotam ia m edia, y tam bién en regiones vecinas, durante períodos subsecuentes de dom inación asiria y de independencia local.
Asiria, com o se ha dicho, estaba en esta fecha indudablem ente débil, es decir, se hallaba confinada al territorio de sus propios agricultores sem itas. Siem pre que este estado de cosas se presentó en su historia, parece haber supuesto un predom inio de los sacerdotes, en el que contaba m ucho la influencia babilónica. La tendencia sem ítica al super-m onoteísm o, que y a se ha señalado, se m ostraba constantem ente entre los sem itas del este (cuando se veían relativam ente libres de la tiranía m ilitar) en una reversión de su sum isión espiritual a un dios suprem o entronizado en Babilonia, asiento original de la teocracia sem ítica del este. Y aun cuando esta ciudad tenía escasa fuerza m ilitar, parece que los sacerdotes de Marduk lograban con frecuencia cierto gobierno en los asuntos de la m ás vigorosa Asiria. Más tarde verem os cuánto prestigio podían lograr los señores guerreros ninivitas, inclusive entre sus propios paisanos, con el reconocim iento form al de su soberanía por parte de Marduk, y cuánto perdían cuando se desentendían de él y perj udicaban su m orada local. Aun en el pináculo de su poder, los rey es asirios nunca disfrutaron del derecho natural a gobernar el Asia sem ítica que pertenecía a los rey es de Babilonia. Si deseaban el favor de Marduk tenían que reclam arlo con la punta de la espada, y cuando esa punta se baj aba, el favor les era siem pre retirado. De principio a fin tuvieron que ser tiranos m ilitares que no contaban con una legitim idad reconocida, sino con las picas de cam pesinos conscriptos y, al fin, de m ercenarios. Ninguna dinastía duró m ucho tiem po en Asiria, donde los generales populares, aun cuando estuvieran sirviendo en distantes cam pam entos, eran elevados con frecuencia al trono, en anticipación de la historia im perial de
Rom a.
Parece, entonces, que nuestro viaj ero se hubiera encontrado con que Babilonia, m ej or que Asiria, era la principal potencia sem ítica del este en el año 1000 a. C.; pero que al m ism o tiem po no era una potencia fuerte, porque no tenía dom inio im perial fuera de la baj a Mesopotam ia. Puesto que una dinastía, de oscura historia —la de los llam ados rey es Pasha, en cuy o tiem po hubo un hom bre fuerte, Nabu-Kudur-usur (Nebukhadnezzar) I— encontró fin sin gloria alrededor del año 1000 a. C., puede inferirse que Babilonia pasaba en esta época por una de esas crisis políticas recurrentes que solían ocurrir cuando las ciudades sum erias del « País del Mar» austral conspiraron con algún invasor extranj ero contra la capital sem ítica. Sin em bargo, los contum aces supervivientes del elem ento m ás viej o de la población, aun cuando tenían éxito, no parecen haber intentado establecer nuevas capitales o restablecer el estado pre-sem ítico de cosas. Babilonia había dej ado tan atrás a todas las ciudades m ás antiguas, que no se deseaba ni se creía posible otra consum ación de ninguna revuelta que la sustitución de una dinastía por otra en el trono predilecto de Marduk. Sin em bargo, las fuerzas sum erias no habían sido las únicas en contribuir al derrocam iento del últim o rey de la dinastía Pasha. Nóm adas de las tribus suti hacía largo tiem po que salían de los desiertos del oeste para arrasar Akkad; y el prim er rey exaltado por los pueblos victoriosos del « País del Mar» tuvo que expulsar a estos nóm adas y reparar sus destrozos antes de poder instalarse en un trono am enazado por Elam en el este y por Asiria en el norte, y que debía caer tan pronto com o cualquiera de estos últim os pueblos encontrara un j efe vigoroso.
Capítulo II
El Oriente en el año 800 a. C.
DOS SIGLOS han pasado por el Oriente, y a prim era vista parece com o si no hubiera ocurrido ningún cam bio radical en su condición social o política. Ningún poder extranj ero ha entrado en él; y sólo ha surgido un nuevo estado de im portancia, el frigio. Los pueblos que eran los m ás im portantes en el año 1000 son todavía los m ás im portantes en el año 800: los asirios, los babilonios, los m ushki de Capadocia, los tribeños de Urartu, los aram eos de Dam asco, los fenicios com erciantes de la costa siria y los griegos com erciantes de la costa de Anatolia. El Egipto ha perm anecido detrás de su frontera, excepción hecha de una correría en Palestina aproxim adam ente el año 925 a. C., de la cual traj o Sheshonk, el libio, tesoros del tem plo de Salom ón para aum entar el esplendor de Am ón. Arabia no ha em pezado a destacarse. Ha habido, claro está, progreso, pero a lo largo de viej os lineam ientos. Se han alterado los valores relativos de los estados: algunos se han vuelto m ás decisivam ente los superiores de otros, en relación a lo que eran doscientos años atrás; pero son aquellos cuy o crecim iento estaba previsto. ¿Dónde está, pues, la gran diferencia? Porque indudablem ente las cosas han cam biado. No se necesita hurgar m ucho para percibir el cam bio, y quien m ire con cuidado no sólo advertirá ciertos cam bios, sino que percibirá en ciertos sectores señales y advertencias de un estado de cosas venidero que no se soñaba en el año 1000 a. C.