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Historicidad y devenir en los concepto de espíritu y absoluto en Hegel

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Historicidad y devenir en los concepto de espíritu y absoluto en

Hegel

Andrés Felipe Hurtado Blandón

[email protected] Universidad de Antioquia Resumen:Esta ponencia se propone tratar los conceptos de espíritu y absoluto en Hegel

haciendo énfasis en su devenir y carácter histórico. Para comprender este asunto se realiza en primera instancia un breve análisis y explicación sobre cada uno de dichos conceptos; por lo cual se resalta necesariamente su negatividad intrínseca y forma dialéctica en que devienen progresivamente hacia la plenitud de su concepto. Su devenir constante y su historicidad definen su realidad. La forma en que este devenir se desarrolla y el grado de conciencia que se alcanza sobre la historicidad de cada concepto se representa en la figura del espíritu (autoconsciencia libre); por lo tanto, la exposición sobre dichos aspectos (historicidad y devenir) se hace a partir de la explicación de la forma en el espíritu se desenvuelve y configura; ello porque para Hegel Lo absoluto es espíritu y el espíritu es esencialmente absoluto; ningún concepto puede entenderse realmente sin hacer referencia al otro; son complementarios. Finalmente para ilustrar mejor los temas tratados y el problema principal del texto, se hace mención de conceptos como espíritu del pueblo y espíritu universal u obra universal, en el marco de hechos históricos de carácter nacional y mundial, a fin de resaltar algunos aspectos de importancia y pertinencia para una reflexión sobre la actual situación de la humanidad y lo que implica además la formación de los individuos.

Palabras claves: espíritu, absoluto, devenir, negatividad, historicidad, autoconocimiento. “De hecho lo que somos, lo somos históricamente”

Hegel

IN T R O D U C C I Ó N Y

A C L A R A C I Ó N P R E L I M I N AR

Acercarse a las obras de Hegel nunca dejará de ser una tarea tan compleja como fascinante. Ciertamente su lenguaje parece ser oscuro e ininteligible; y pocos son los que llegan a ser lo suficientemente diestros para hacer más claras y asequibles sus ideas, sin olvidar al tiempo, el riesgo que trae consigo el tratar de ejemplificar, descomponer y traducir sus elaborados conceptos en un lenguaje menos arduo. Y aquí precisamente se abordarán algunos de esos conceptos que son sumamente elaborados, tales como el de espíritu, lo absoluto, dialéctica e historia, sobre los que se hace un gran esfuerzo en su comprensión para una adecuada exposición de una manera clara y coherente, en la medida de lo posible, del objeto de reflexión o tema con el que se titula este escrito.

He partido de la convicción de que una de las formas en que los conceptos de espíritu y absoluto, tan presentes en Hegel, pueden hacerse un poco más claros, es recurriendo al carácter históricos de los mismos. Sin embargo, es necesario hacer primero un acercamiento a la logicidad de dichos conceptos para poder profundizar, posteriormente, en la historicidad que les es esencial a cada uno de ellos.

Para comenzar, vale decir que la filosofía hegeliana se instaura como un programa monista y especulativo (un monismo heraclíteo dicen algunos), esto es, como la concepción de una única

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realidad, llamada Uno-Totalidad, en la que todo lo existente tiene su ser y su existencia, está sumergido y determinado en la infinita posibilidad de relaciones entre las partes de esta totalidad, del que cada elemento es una de ellas, y encuentra fundados sus fines más supremos o esenciales en y con respecto a la totalidad misma, que deviene constantemente. Esta única realidad es lo absoluto, lo cual es lo mismo decir en términos especulativos, que el proceso completo por medio del cual deviene progresiva y constantemente como otro-diferente-de-sí (como finito) y como sí mismo (infinito) en sí mismo hacia su autorrealización y autoconocimiento efectivo1. Este proceso completo y universal del devenir en sí misma como diferente de sí de la Uno-totalidad, se comprende en el elevado concepto que expresa lo absoluto como espíritu que podemos ver presente tanto en la Fenomenología como en la Enciclopedia de las ciencias filosóficas. Conscientes de la dificultad que implica detenerse en este complejo análisis de orden lógico, epistémico y metafísico –el cual desarrolla magistralmente Dieter Henrich en su famosos texto alteridad y absolutez del espíritu- optamos por detenernos en lugar de ello (sin hacer abstracción de elementos importantes de aquel análisis) en el proceso de orden fenomenológico que va desde la finitud del espíritu hacia su absolutez, pero refiriéndonos a este proceso en términos generales, esto es, como un devenir infinito y progresivo del espíritu en el tiempo, hacia su autocomprensión como absoluto, libre y universal.

En primer lugar, es necesario aclarar entonces que “[d]e lo absoluto hay que decir que es esencialmente resultado, que sólo al final es lo que es en verdad” (Hegel, 1993:16); es decir, que a diferencia de la manera habitual en que es tomado el concepto como algo inmediato, abstracto y formal, en Hegel éste no posee la absolutez desde un principio, es decir inmediata y acabadamente, sino que debe devenirlo progresivamente, debe mediarse, negarse de manera constante a través de sus manifestaciones y determinaciones en el tiempo, hasta alcanzar en cada momento (por vía del retorno) el grado de absolutez y universalidad que le sea posible. La absolutez de lo absoluto no es entonces algo que contenga inmediatamente en sí mismo, acabado desde un principio, como un presupuesto o punto de partida fijo desde el que se desprende lo demás; la absolutez por el contrario radica fundamentalmente, en el proceso mismo de estar siéndolo y haciéndose constantemente en relación con lo otro, con lo no absoluto, lo cual desde el punto de vista del monismo, no puede ser algo externo y ajeno a su concepto sino intrínsecamente ligado con su ser. Así pues, lo absoluto no debe ser concebido como algo fijo, dado, abstracto o formal, sino como algo que deviene, que se construye progresiva y constantemente en el tiempo, siendo y mostrándose por ello no como trascendente a éste sino inmanente a la temporalidad e historicidad humana; lo absoluto es, por tanto, sólo siéndolo. Son precisamente de estas características de lo absoluto de las que da cuenta el concepto de espíritu que hemos de tratar, el cual debe entenderse en primera instancia y con relación a aquél, como el movimiento o devenir autoconsciente de lo absoluto mismo en el tiempo. Lo absoluto se concibe entonces como espíritu en cuanto devenir autoconsciente. El objeto de reflexión de este escrito consiste entonces en resaltar el carácter histórico del concepto de absoluto bajo la figura y dinámica misma del concepto de espíritu en Hegel. -Espíritu y absoluto son conceptos complementarios en Hegel; no es posible hablar realmente de uno sin hacer referencia al otro-.

Ahora bien, lo absoluto es entonces esencialmente resultado, sólo al final es lo que es en verdad. Pero tampoco se reduce a ser un mero resultado que se absolutiza y muestra indiferencia con las condiciones reales que lo llevaron a ser ello, sino que es un resultado producto de un proceso de desarrollo que se apropia y conserva sus momentos, de un proceso en el cual parte de si mismo y se desarrolla en sí y a través de lo diferente de sí, de sus opuestos, en razón de la relación dialéctica que establece con éstos que es a su vez una relación negativa consigo. Dicho de otro modo, es el proceso constante de despliegue y devenir de sí mismo en y como otro-diferente-de-sí hacia la autocomprensión progresiva de lo que realmente es.

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Así pues, la tesis que pretendo desarrollar, es que para Hegel parte de la realidad de dichos conceptos (de espíritu y absoluto) se refleja en los hechos de la Historia en cuanto que devienen fundamentalmente en ésta, y como su devenir es su realidad, por lo tanto el carácter histórico de los mismos constituye parte fundamental de esa realidad. En el mismo sentido, se mostrará entonces cómo el autoconocimiento progresivo del espíritu como absoluto en su devenir, lo cual tiene por fin y ley (Flórez 1983:213-214) o mandamiento supremo (Hegel 1999:76), sólo puede llevarse a cabo y comprenderse como proceso de desarrollo autoconsciente, como un proceso dialéctico y negativo en el que lo absoluto como espíritu retorna a sí cada vez más cerca de la plenitud de su concepto.

Dicho todo lo anterior, el modo como se pretende desarrollar entonces el tema es el siguiente: en primer lugar, explicar cómo el espíritu parte de sí mismo, cómo a partir del conocimiento y conciencia de lo que ha sido y es en el momento puede iniciar realmente su despliegue hacia un nivel superior; segundo, explicar cómo en su autodespliegue, en su devenir, se conoce cada vez más a sí mismo como espíritu y se hace consciente de la absolutez, infinitud y universalidad que le son esenciales pero que debe esforzarse por desarrollar y actualizar constantemente. Por último, mostrar en qué medida se puede concebir al espíritu como una obra universal, es decir, como el saber universal que se ha construido a lo largo de la historia de los hombres y que al devenir como espíritu, esto es, como actividad autoconsciente, está determinado por las acciones y conciencia que tengan los mismos hombres como individuos, como naciones y como humanidad en general,

de lo que han sido, de lo que son en su presente y del saber que han alcanzado.

1. EL E S P Í R I T U D E S Í M I S

M O

Hegel nos dice en su Fenomenología “que el espíritu no es una cosa abstracta, no es una abstracción de la naturaleza humana, sino algo enteramente individual, activo, absolutamente vivo: es una conciencia, pero también su objeto. La existencia del espíritu consiste en tenerse a sí mismo por objeto” (Hegel, 1994:62): es autoconciencia, pensamiento de sí mismo que quiere conocer qué es y cómo es, es esencialmente actividad y producto de sí mismo; lo qué él es y cómo lo es, es precisamente lo que se ha hecho y el modo como ha llegado a serlo. La conciencia de lo que es en la actualidad, en su presente, se da gracias a la reconciliación de sí mismo con su pasado y a la interiorización de éste. El conocimiento de lo que ha sido es requisito fundamental para comprender lo que es. El espíritu es por ello su propio comienzo, su historia, su material de reflexión como también un fin en sí mismo de saberse superado en cada momento.

El espíritu es actividad cognoscitiva, progresivamente autoconsciente, relacionado esencialmente consigo y con lo otro diferente de sí (el mundo) en el que se determina negándose – explicaremos este asunto más adelante; es sujeto que vuelve sobre sí mismo para comprenderse en cuanto se sabe en el deber y el fin de conocerse como espíritu mediante un proceso dialéctico y especulativo de configuración y autoconocimiento. El proceso es dialéctico por la relación de oposición que surge con lo otro, es decir, es el momento de la negación y determinación de su conciencia en aquello otro con que se relaciona; es especulativo, porque, al comprender la riqueza y necesidad de dicha relación negativa para conocerse, supera dicha oposición unificando los términos o elementos de ésta (el sí mismo y lo otro) vinculándolos a la totalidad de su proceso de desarrollo, a su devenir, el cual se muestra entonces como movimiento tendientemente progresivo hacia su absolutez subyacente.

Ahora bien, luego de este análisis conceptual, si comenzamos a mirar entonces el asunto desde la Historia, es decir, desde la superficie en que se despliega el espíritu absoluto en su retorno a sí mismo, nos daremos cuenta que el espíritu es necesariamente histórico; lo es por razón de que es en la historia, en cada momento de la misma que él, en su devenir, se temporaliza, se finitiza y se determina como espíritu particular. En términos de lo universal y específicamente de la Historia

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universal, el espíritu particular es el espíritu de un pueblo (Hegel, 1994:65), de un pueblo también particular consciente de sí y de sus propias determinaciones, a saber, su cultura, su religión, forma de gobierno, costumbres, leyes, instituciones, facultades y problemas propios y, claro está, el saber intelectual o científico que está disponible para su tiempo. El espíritu en su devenir hace suyas las determinaciones que le son propias a su época, las reconoce. El espíritu toma conciencia de lo que es a través de ellas; se conoce a sí mismo determinándose; pero, en cuanto se hace consciente y se sabe al mismo tiempo como capaz de trascender la particularidad de su actual determinación, es capaz de negarse nuevamente como tal, de contradecirse y transformarse; es decir, de adquirir una nueva forma trascendiendo de su estado actual superándose y elevándose de este modo a una nueva configuración más universal.

Cada nueva forma que el espíritu adquiere en su continuo devenir hacia sí mismo se representa y se hace concreto en la conciencia de los hombres, en los acontecimientos sociales, comportamientos y en cada una de sus producciones artísticas, intelectuales, culturales, etc. Cada nueva configuración o forma del espíritu es producto de la dialéctica de sus formas precedentes, y el contenido de éstas, lo sustancial de las mismas, en cuanto es reactualizado, pensado y apropiado por el espíritu se convierte en patrimonio suyo (Hegel 1993:22, 473) y a la vez de todos (Id. 13, 259) y cada uno de los hombres y de las épocas siguientes; constituye aquella riqueza espiritual que le permite a la humanidad comprenderse a sí misma a través de su devenir continuo en la historia.

Comprendemos entonces que el espíritu parte de sí mismo, porque éste “sólo comienza por su propio ser y no está en relación mas que con sus propias determinaciones” (Hegel 1969:340, Zusatz); pero, dichas determinaciones no le son absolutamente exteriores y ajenas a él, devienen propiedad suya, pues el terreno del espíritu es bastante amplio y lo abarca todo, encierra todo cuanto ha interesado e interesa todavía al hombre (1994:59). Aquello que lo determina en su momento, es lo que él “voluntariamente” ha permitido que le determine, en cuanto libre, pero no porque pueda elegir entre una y otra determinación de manera arbitraria, sino porque sus determinaciones como relaciones de necesaria oposición, y la posterior superación de éstas, reafirman y enriquecen su autoconsciencia, su saber de sí, reactualizan su propio devenir y constituyen el preludio necesario de sus nuevas formas y producciones. Por ende, el espíritu debe partir necesariamente de sí mismo, porque sólo en sí mismo, en su historia, en lo que ha devenido y recorrido en el tiempo de múltiples formas, es lo que constituye su ser; es el ´lugar’ donde encuentra el material y contenido de toda reflexión y transformación posible, y es aquello que por medio de su capacidad de autoconciencia, le permite conocerse a sí mismo y comprender la absolutez y universalidad que le es inmanente, esencial, pero que debe esforzarse en desarrollar, pues, no le basta al espíritu saberse absoluto, infinito y universal para serlo realmente (no sólo formalmente), debe realizarlo; mas dicha realización debe ser un resultado, resultado de su propia actividad libre, de su despliegue en el tiempo, de su devenir, de su proceso, porque sólo al final es lo que es en verdad como se anotaba anteriormente respecto al concepto de lo absoluto.

Finalmente, el espíritu parte de sí mismo porque sólo en sí mismo, en su historia, en su esencia y memoria, está contenido lo que ha sido a través de los tiempos, lo que es en el momento y las potencialidades y posibilidades de lo que puede llegar a ser.

2. EL

ES P Í R I T U E N S U D E S P L I

E G U E

Hegel, a diferencia de aquellos sistemas filosóficos que tienen por objeto lo absoluto en la forma de Dios, la sustancia, la verdad, el Yo, etc., y que sólo se relacionan con éste por medio de abstractos raciocinios, de la fe o el mero sentimiento, situándolo más allá del conocimiento del hombre como si fuese trascedente a éste, insiste constantemente en que lo absoluto sea no sólo sentido (Cf. 1994: 53) e intuido de manera simple sino además realmente concebido (Cf. 1993:10,12, 44-46), es decir, pensado, conocido, comprendido, expresado en su concepto como espíritu y develado en su devenir continuo en la historia como resultado de un proceso racional, negativo y dialéctico. Y la clave está precisamente en saber que el ‘lugar’ o la superficie en que deviene lo

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absoluto como espíritu (1993: 19) es precisamente la historia como ya lo hemos anotado, la historia de la humanidad en su infinita variedad y riqueza. Y como se trata precisamente de la historia de los hombres, y son los hombres los encargados de hacer su propia historia, y dado que el espíritu deviene constantemente en ésta, en la única que existe, son también por ello los individuos autoconscientes, los únicos encargados de transformar al propio espíritu. Y es que el espíritu absoluto no se encuentra tampoco suspendido en las nubes como un dios, sino que se encuentra encarnado en la conciencia de los hombres y en cada uno de sus comportamientos y creaciones; así, cuando hablábamos anteriormente de un espíritu particular, del espíritu de un pueblo, se trata precisamente de eso, de la necesidad de temporalización, concreción y finitización del espíritu absoluto en su devenir bajo múltiples formas, con lo cual se hace evidente y efectiva su realidad. Y su realidad y existencia consiste en tenerse a sí mismo como objeto, en saberse a sí mismo como conciencia, libre, en actuar como espíritu vivo, esencialmente activo.

Pero entonces, cabe la pregunta de ¿en qué consiste no sólo la absolutez del espíritu sino además su universalidad e infinitud? Estos conceptos, al igual que el de lo absoluto, sólo son verdaderos realmente como resultado, y el resultado no es por sí sólo como término (Ende) real y verdadero sino que lo es en unión con su devenir (1993:8); por lo tanto, dichos conceptos adquieren su sentido y realidad sólo en cuanto el espíritu, en su acto esencial de conocerse a sí mismo, se vea como capaz de trascender su particularidad en cada momento determinado, en cada época, de comprender que en sus múltiples manifestaciones en el tiempo ha sido él mismo el sujeto eterno esencialmente activo y el agente de éstas, siendo de esta manera producto de sí mismo, consciente de que su devenir es racional y que las determinaciones no sólo son delimitaciones sino además formas de sus propias producciones o contenidos a su disposición, y que por lo tanto, es por ello pleno y de además de eso libre, en tanto capaz de autodeterminación. Entonces como resultado, el espíritu es capaz de comprender que en su esencia es potencialmente infinito y absoluto desarrollándose continua y progresivamente, y que en cuanto sus determinaciones, capacidades y acciones lo abarcan todo es también él histórico y universal.

El despliegue y fin del espíritu consiste entonces en lo siguiente: en partir de sí mismo, del saber de qué es, qué ha sido y cómo ha llegado a serlo para, de esta manera, transformarse y conocerse cada vez más como lo que realmente es. Pero para conocerse como lo que realmente es tiene que convertirse primero en lo que no es, es una exigencia de la negatividad que le es intrínseca, y por ello tiene que negarse constantemente, devenir, para superarse poco a poco.

El espíritu para convertirse en lo que realmente es debe devenir, debe primero contradecirse a sí mismo en lo otro de sí y conocerse como resultado de haber superado esa contradicción, resultado de haber superado la enajenación de su esencia en lo opuesto de sí o en lo que no corresponde realmente a ella (no en cuanto no hace parte de ella sino en cuanto no constituye su mejor expresión) , y resultado de devenir constante y progresivamente hacia sí mismo: hacia la absolutez, infinitud y universalidad que le es intrínseca.

El que la negatividad y racionalidad sean intrínsecas tanto al espíritu como a todas las cosas (Cf. Hegel 1976:362), quiere decir que cada cosa está ligada [esencialmente] con su opuesto, para ser lo que realmente es, tiene que convertirse primero en lo que no es (Cf. Marcuse 1980:126). La negatividad de cada cosa -y del conocimiento-, su necesidad, posibilidad y capacidad de relacionarse con lo otro constituye el preludio necesario de su realidad (Id. 70); sólo en este relacionarse es que cada cosa puede diferenciarse de lo otro y construir la identidad de su ser y existencia a partir de la relación con aquello otro. Así, el espíritu en su despliegue debe necesariamente determinarse para desarrollar su potencial, pero como toda determinación es negación, citando a Spinoza (carta 50, a Jelles), entonces dicho despliegue y dicho desarrollo deben realizarse de manera negativa, es decir, dialécticamente. Si el espíritu no se niega, es decir, sino se determina y no se relaciona con lo que él no es, entonces permanece en la ignorancia de sí, abstracto, frío, vacío, finito, enajenado en su propia particularidad y por tanto, petrificado en el tiempo, casi muerto. Pero como el espíritu es

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esencialmente activo, es sujeto, tiene por ende en sí la capacidad de autodesplegarse y negarse a sí mismo relacionándose con lo otro. Sin embargo, este otro, que en un principio parece amenazante y extraño, negativo de sí, se convierte para el espíritu, luego de que éste comprende su propio ser autoconciente y sus facultades ínsitas, en lo otro-de-sí-mismo, es decir, en aquello en que él se ve a sí mismo como espíritu y también como ese algo propio con lo cual ha entablado una relación fructífera y determinante para su ser.

El espíritu, que en su esencia es absoluto y que se esfuerza constantemente por hacerlo efectivo, “sólo conquista su verdad cuando es capaz de encontrarse a sí mismo en el absoluto desgarramiento” (Hegel 1993:24); sólo en cuanto le hace frente a lo negativo, a lo otro de sí mismo, se niega y determina en éste, lo supera conociéndolo y comprendiéndolo en sí como parte determinante de su ser, se hace por ende realmente absoluto y universal. El espíritu en su propio despliegue, en la medida en que se apropia de todo aquello que no es y lo hace determinante de su ser, se puede llamar a sí mismo universal y obra de sí mismo, resultado de su propio devenir.

3. EL

ES P Í R I T U A B S O L U T O

: U N A O B R A U N I V E R S A L

Hasta ahora, hemos visto cómo en la medida en que el espíritu se conoce cada vez más a sí mismo a través de su historia y de las determinaciones que le son propias en cada época, en cada momento, se va dando cuenta que en su esencia es potencialmente absoluto, infinito y universal, pero no como una potencia intacta que espera pacientemente el momento adecuado para ser desarrollada, sino una potencia que se encuentra en desarrollo progresivo y que depende su realización plena de la capacidad que tenga el mismo espíritu de conocerse cada vez más a sí mismo como lo que realmente es, esto es, como autoconsciencia libre. Se ha explicado también cómo a partir de la negatividad y racionalidad que contiene en sí lo uno y lo otro, el espíritu y las cosas: lo absoluto (monismo), es que las relaciones se producen y las transformaciones se efectúan,- todo

deviene. Se comprende entonces también cómo a partir de esta forma de actuar del espíritu, como

un sujeto con conciencia de sí y de lo otro de sí, que se despliega constantemente en el tiempo, conociéndose y produciéndose como su obra, que en cuanto absolutamente susceptible de ser

transformada, dada su naturaleza negativa y activa del espíritu, se puede concebir por ello como

una obra en movimiento o una obra universal que deviene. Una obra universal producto del espíritu como un absoluto en devenir. Su universalidad se da gracias a la capacidad que tiene el espíritu de comprender que lo abarca todo y que constituye tanto el pasado como el presente de los hombres, el presente que ahora existe y que está configurado por todos los hechos históricos que lo han precedido. Así por ejemplo, para clarificar el asunto, decimos que nuestro espíritu colombiano, si hemos de concebir que existe tal, que es un espíritu particular respecto al espíritu universal agente supremo y obra de sí en la historia universal, está configurado por determinaciones como la colonización española, la adquisición de la independencia, la opresión norteamericana, la guerra casi centenaria que lo agobia, los triunfos y fracasos de sus gobiernos, la no explotación colectiva y equitativa de sus riquezas naturales, etc. Cada pueblo, cada nación constituye un espíritu particular; la totalidad de estos espíritus constituyen al espíritu absoluto y universal; pero, no debemos olvidar que cada espíritu particular es una manifestación y forma singular de un mismo espíritu: el espíritu absoluto y universal que retorna cada vez más a sí mismo a través de su devenir en el tiempo en aras de alcanzar progresivamente la plenitud de su libertad.

Cada espíritu particular es una obra de sí mismo, y en su interior, da cuenta de la totalidad de las determinaciones históricas que lo constituyen; acercarse por ello al espíritu colombiano, es decir, a la conciencia que los colombianos tienen de su propia historia y de su presente, es acercarse a su identidad, a sus proyectos y problemas, a su religión, tradición, cultura, conocimiento científico, sentido social, forma de gobierno etc., es acercarse a la totalidad de este espíritu. De igual manera pasa con el espíritu peruano, venezolano, alemán, etc., cada espíritu es obra de sí mismo y contiene

en sí su historia y sus propias determinaciones.

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Al espíritu absoluto y universal lo constituyen la diversidad de éstos espíritus o, mejor dicho, la diversidad de sus formas. El espíritu absoluto es obra de sí mismo, y en tanto universal, como espíritu que lo abarca todo, es en sí mismo una obra universal. Si un espíritu particular consiste en la conciencia que tiene de sí un pueblo o una nación particular, el espíritu absoluto en su carácter histórico consiste en la conciencia que tiene la humanidad en general de lo que ha sido y de lo que es en el momento; así, es propio del espíritu absoluto aquellos hechos que han tenido en la historia un alcance mundial, por ejemplo, los logros científicos y sapientes de Mesopotamia, Sumeria, Egipto y Grecia, las colonizaciones de Cartago y Roma, los triunfos de Alejandro Magno, las predicaciones de figuras históricas como Buda, Jesús y Mahoma, el medioevo, la modernidad, las cruzadas de la Iglesia, las colonizaciones europeas, las principales revoluciones, las dos guerras mundiales, etc., y actualmente problemas como el calentamiento global, la pobreza, el sida, que tienen un alcance mundial y es responsabilidad de cada nación tomar consciencia de sus

dimensiones y necesarias acciones al respecto. Por lo tanto, el espíritu absoluto es la historia de la

humanidad, es una obra universal que está a disposición de la conciencia de los hombres y se hace manifiesta de infinitas formas: por medio del arte, la religión, las ciencias, las culturas, la fuerza, y la filosofía misma; también se manifiesta en la conciencia y en las acciones de los individuos universales, estos son, los individuos que conocen el espíritu de su tiempo: sus determinaciones, sus triunfos y fracasos, sus necesidades, problemas, capacidades, preocupaciones, etc., y que no se encuentran limitados por condiciones de identidad nacional, religiosa, ideológica o racial, sino elevados al espíritu universal, esto es, a la humanidad en general.

En conclusión, el espíritu como absoluto y lo absoluto en cuanto espíritu, visto desde su carácter histórico -lo cual no es ajeno a la riqueza de sus conceptos sino que le es absolutamente propio-, constituyen y dan cuenta del devenir del saber y de la conciencia de los hombres como un proceso de desarrollo y autoconocimiento que abarca todo cuanto ha vivido, conocido, afecta e interesa todavía al hombre; constituyen una obra universal que es producto de la humanidad misma, quien a lo largo de la historia se la apropia cada vez más conociéndola y comprendiéndola

como tal; dicha humanidad encarna a su vez la negatividad y positividad del espíritu absoluto,

puesto que es quien le da movimiento, lo transforma, según las necesidades, determinaciones y condiciones específicas que le son propias en cada momento, en cada época. La obra universal es pues el referente de cualquier pensamiento o acción libre y racional del hombre, contiene en sí la totalidad del saber alcanzado, constituye la sustancia misma del espíritu, es decir, la sustancia espiritual del hombre.

Y ya para terminar, quisiera citar precisamente el párrafo que me inspiró a elaborar este escrito: El espíritu es la sustancia y la esencia universal, igual a sí misma y permanente -el inconmovible

e irreductible fundamento y punto de partida del obrar de todos- y su fin y su meta, como el en sí

pensado de toda autoconciencia. Esta sustancia es, asimismo, la obra universal, que se engendra como su unidad e igualdad mediante el obrar de todos y de cada uno, pues es el ser para sí, es, el obrar [del espíritu]. (1993:259-260)

B

I B L I O G R A F Í A

FL Ó R E S, RA M IR O.

La dialéctica de la historia en Hegel. Madrid, Editorial Gredos, 1983.

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Filosofía del espíritu. Traducción de E. Barriobero y Herran, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1969.

Ciencia de la lógica. Traducción de Augusta y Rodolfo Mondolfo, Ediciones Solar, Buenos Aires, 1976.

Fenomenología del espíritu. Traducción de Wenceslao Roces, Fondo de Cultura Económica,

México-Colombia, 1993.

Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Altaya, Barcelona, 1994.

Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Trad. Jose Gaos, Alianza editorial, Madrid, 1999.

MA R C U S E, HE R B E R T.

Razón y Revolución. Traducción de Julieta Fombona y Francisco Rubio Llorente. Quinta

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