Tesario de Ética
I. Ser y deber
La ética es una ciencia práctica, ya que estudia cómo se ordenan los actos humanos en relación con el fin del hombre. Tenemos entonces que la ética es la ciencia que estudia los actos humanos en cuanto a través de ellos el hombre adquiere su manera de ser y su perfección. “Ética” deriva de ethos y tiene un doble significado: es el carácter o modo de ser, como forma de vida que va formándose a través de los actos, y así incorporándose a la existencia humana; es también la morada o lugar donde se habita y es así el “desde” del hombre.
La ética trata de los actos humanos en cuanto son conformes con la norma de moralidad. La ética tiene una relación esencial con la antropología puesto que es un dato indiscutible la apertura del hombre a la normativa moral.
En cuanto a la relación de la ética con la metafísica hay que distinguir entre tres posturas: en primer lugar, la fundamentación de la ética en la metafísica y así tenemos el caso de Platón, Aristóteles y los escolásticos. En segundo lugar, el decir que la ética es independiente de la metafísica y ahí tenemos el caso de Kant en el que el imperativo moral es un hecho de conciencia que se impone; es más, es la ética la fundamentación de la metafísica puesto que desde el ámbito de la razón práctica se demuestran las dimensiones que pertenecen a la metafísica como la libertad, la existencia de Dios y la inmortalidad del alma. En tercer lugar, la identificación de la ética y la metafísica, propia del existencialismo, en el que son las acciones del existente las que forjan la esencia.
Debemos distinguir entre ética y psicología en cuanto ésta es una ciencia teórica que estudia el modo de ser del hombre, mientras que aquélla es una ciencia normativa, no sólo teórica, que estudia el deber ser del hombre.
En cuanto a la relación entre ética y política distingamos entre aquellos que subordinan la ética a la política puesto que conciben al hombre en función de la polis, tales como Platón y Aristóteles; aquellos que oponen ética y política como Maquiavelo (todos los totalitarismos son maquiavélicos); y la consideración de la ética como la ciencia normativa suprema y así el derecho es una parte del orden moral, tal es el caso de los escolásticos.
En cuanto a la relación entre ética y religión; en las religiones inferiores (politeísmo griego y paganismo romano) los dioses son inmorales y únicamente más poderosos que el hombre, y la religión consiste en aplacarlos; en cambio, en las religiones superiores (cristiana y judía), Dios es la perfección suprema y el hombre le agrada imitándole. Asimismo, hay que decir que si bien en los medievales ética y religión van intrínsecamente unidas, en Kant se da una separación.
En cuanto al método de la ética hay que saber que supone el momento inductivo y deductivo. Momento inductivo en donde, se conocen las realidades concretas y sus circunstancias; y el momento deductivo consiste en la aplicación de la norma de moralidad al caso concreto.
II. Los sistemas de moralidad
La norma de moralidad para el hombre es su misma naturaleza, en cuanto contiene las posibilidades de perfección y las exigencias entendidas y formuladas por la razón (ley natural), aplicada a cada caso concreto por la conciencia.
III. Los fundamentos de la vida moral
La naturaleza humana es la norma próxima de moralidad. Santo Tomás precisa que la norma inmediata fundamental es la recta ratio, la norma última sería la ratiodivina. El todo del hombre está constituido de dos elementos inseparables: alma y cuerpo. El alma es forma substancial del cuerpo en su dimensión vegetativa y sensitiva, pero en su dimensión espiritual excede por su actualidad al cuerpo y subsiste independientemente de él. Algunos autores, como Ortega y Gasset, sostienen que el hombre no tiene naturaleza sino historia: “El hombre no tiene naturaleza, nada en él es invariable. En vez de naturaleza tiene historia, que es lo que no tiene ninguna otra creatura. La historia es el modo de ser propio de una realidad, cuya sustancia es precisamente la variación; por tanto, lo contrario de toda sustancia. El hombre es insustancial. ¡Qué le vamos a hacer! En ello estriba su miseria y su esplendor. Al no estar adscrito a una consistencia fija e inmutable, a una naturaleza, está en franquia para ser, por lo menos para intentar ser lo que quiera” (Ortega y Gasset, Sobre la razón histórica).
Siendo la naturaleza humana la norma de moralidad, es bueno todo lo que contribuye a realizar la perfección de la naturaleza humana en toda su plenitud, y malo, lo que impide esa perfección. Es lo que los escolásticos llaman el bonum honestum, el que se busca por sí mismo, por su conveniencia con la naturaleza, contraponiéndolo al bien útil (medio para lograr un fin) y al bien deleitable.
El fin del hombre es la felicidad y ésta se consiste en el conocimiento y el amor a Dios; la teología precisará que se trata de la visión de la esencia divina, para la que el entendimiento humano ha sido dispuesto por el lumen gloriae.
IV. La ley natural como norma de moralidad
Desde el punto de vista etimológico, el vocablo ley es oscuro; Cicerón la deriva de eligere, ya que se trata de elegir lo que es justo; san Isidoro acude a legere, pues los romanos escribían sus leyes en tablas y allí se podían leer; santo Tomás la deriva de ligare pues la ley obliga y ata las voluntades.
pues por el uso de la razón práctica se formulan proposiciones imperativas; ad bonum commune, hacia un bien común puesto que se ordena no a un bien particular sino al bien del todo; ab eo qui curam communitatis habet, a partir de aquél que tiene el cuidado de la comunidad, es decir la autoridad; promulgata, promulgada en cuanto esta promulgación es la manifestación externa de la voluntad del legislador ante lo comunidad.
Sabiendo que la ley eterna es el plan que Dios tiene sobre toda la creación, sobre lo que es y debe ser, y que esta ley supone la provisión particular de los medios para que cada creatura llegue a su fin, se tiene entonces que la ley natural es la participación de la ley eterna en la creatura racional: participatio legis aeternae in creatura rationali. Y así la ley natural significan las exigencias intrínsecas a la naturaleza humana y el conjunto de imperativos morales que se descubren inscritos en la misma naturaleza y son formulados por la razón. El primer principio de orden práctico es el “haz el bien y evita el mal”, el cual es percibido por el intelecto práctico, el cual es reforzado para esto por el hábito de la sindéresis y forma el precepto primario; también tenemos las exigencias del decálogo que están incluidas en el contenido de la ley natural como preceptos secundarios o conclusiones próximas e inmediatas deducidas fácilmente del precepto primario.
La prueba de la ley natural es doble: por experiencia, ya que existen en el hombre imperativos anteriores y superiores a las leyes positivas; y por la misma naturaleza humana ya que, al ser ésta algo en desarrollo y al ser el hombre un ser moral, necesita una orientación que indique a esta naturaleza el camino a su pleno desarrollo.
Las propiedades de la ley natural son la universalidad y la inmutabilidad. Universalidad quiere decir que es común a todos los hombres; inmutabilidad quiere decir que no cambia en cuanto está fundamentada próximamente en la naturaleza humana, la cual no cambia específicamente.
La ley natural guarda diversas relaciones con la ley positiva (la que es determinada por la voluntad del legislador). La ley positiva es complemento de la ley natural puesto que ésta exige determinación en las diversas circunstancias; la ley natural es fundamento de la ley positiva puesto que ésta es una explicitación y continuación de aquélla; la ley natural es norma de la ley positiva puesto que no pueden oponerse; finalmente, la ley natural es fondo subsidiario de la ley positiva puesto que cuando no se tienen las leyes positivas suficientes para decidir un caso, se acude a los principios generales de la ley natural.
V. La Conciencia Moral
universales a los actos particulares mediante un razonamiento. En este razonamiento, la premisa mayor es un principio universal práctico; la premisa menor es la enunciación de un hecho concreto, y la conclusión es la valoración moral o conciencia. La conciencia no debe confundirse con la sindéresis, ya que ésta es un hábito de los primeros principios morales y es infalible e inextinguible, mientras que aquélla juzga de los casos particulares y puede equivocarse.
La conciencia se divide según se considere la razón de acto, la comparación con la ley eterna, o la razón del asentimiento. En cuanto a la razón del acto, la conciencia es antecedente o consecuente, según juzgue un acto futuro o pasado; en cuanto a la comparación con la ley eterna la conciencia puede ser verdadera (recta) o errónea siendo que la recta o verdadera es la que juzga de un acto según los primeros principios morales y la conciencia errónea aplica, para juzgar, unos principios falsos que acepta como verdaderos ( y la errónea su distingue entre escrupulosa, cuando por motivos insuficientes juzga o teme que un acto sea malo; perpleja cuando juzga que un acto es malo, realícese o no; y laxa); en cuanto a la razón del asentimiento la conciencia puede ser cierta, probable o dudosa; cierta cuando juzga sin temor a equivocarse; probable cuando juzga con temor a errar y dudosa cuando no tiene razones suficientes para juzgar.
El hombre está obligado a formar una conciencia recta y a seguir la voz de su conciencia, incluso cuando ésta fuese invenciblemente errónea. Para la formación de una conciencia recta ayuda no sólo el estudio de las virtudes y la ética en general, sino el conocimiento por con-naturalidad que se obtiene por la misma vivencia de las virtudes.
VI. La libertad
Para el griego, la libertad significaba libertad civil. El hombre libre era dueño de sus actos, por contraposición al esclavo. Y así un acto se puede llamar libre cuando está exento de coacción externa. Con la reflexión suscitada posteriormente por el cristianismo se insiste en la libertad como la determinación de la voluntad sobre sí misma; el que la voluntad sea dueña de su acto. Santo Tomás, en algunos pasajes, habla de la libertad como la facultad de elegir los medios para conseguir el fin. Es palpable una tendencia intelectualista (puesto que es la inteligencia la que presentas los motivos a la voluntad y ésta sigue a la inteligencia), visión que en otros textos es suavizada ya que se habla de la libertad como la decisión propia de la voluntad que emerge, en el momento de la decisión, sobre las otras facultades. Sería Duns Escoto quien señala con toda claridad esta emergencia y así supera la visión intelectualista todavía presente en Tomás de Aquino.
indeterminación de al voluntad que vive en momentos de su vida ante un acto libre; el argumento moral es de Kant, el cual afirma que, siendo la libertad condición de moralidad, y existiendo el orden moral, se tiene que existe la libertad.
El complejo tema de la libertad se esclarece un poco cuando se distingue entre acto primero o perfección, y actos segundos o acciones. El acto primero enriquece a la voluntad hacia un fin que es propio de la creatura racional, se trata del bonum secundum quid o de la libertad como tarea; los actos segundos o las elecciones concretas expresan la fidelidad o no a esa direccionalidad, se trata del bonum simpliciter o de la libertad como conquista. Cuando hablamos de libertad hemos de entender algo englobante de estas dos dimensiones y no sólo algo puntual. También esclarece el tema de la libertad el saber que ésta no es algo absoluto sino, en cuanto creatural, relativa.
Los determinismos niegan la libertad. El determinismo fisiológico dice que los actos humanos están determinados por el estado del organismo: salud, carácter, herencia; el determinismo social afirma que los actos del individuo están determinados por el entorno social; y el determinismo psicológico explican la conducta humana sólo desde dimensiones psicológicas como el instinto, los temperamentos etc.
VII. Las fuentes de moralidad
Las fuentes o principios de moralidad son aquellos elementos por los que los actos humanos son de una manera inmediata conformes o disconformes con la norma última de moralidad. Estos elementos son: el objeto, el fin y las circunstancias.
El objeto se refiere al quid de la acción, lo que es la acción propiamente, y éste especifica el acto como moralmente bueno o malo. Se dice que es la materialidad de la acción o aquél aspecto que dice sobre el contenido de la misma. Ej: ayudar, robar, mentir, respetar.
El fin es esencial a la moralidad del acto y se refiere a la intención del agente al realizar la acción.
Las circunstancias influyen más o menos en el grado de responsabilidad sobre la acción realizada; y pueden llegar incluso a nulificar este grado.
Para que una acción sea moralmente buena tiene que ser bueno el objeto y el fin. Si el fin es malo, la acción es moralmente mala aunque el objeto sea bueno; si el fino es bueno, la acción es moralmente mala si el objeto es malo.
identidad propia del acto moral, y las circunstancias influyen en el grado de libertad que se tenga en la susodicha acción.
Finalmente, hay que saber que las éticas de situación, dando un papel exagerado a las circunstancias, llegan a decir que éstas son determinantes en la moralidad de la acción en el sentido de que el hombre puede casi crear las normas de acuerdo a las circunstancias que se dan en un determinado momento. En efecto, según las éticas de situación, el hombre debe cambiar la conducta según las circunstancias; el referente no es la norma de moralidad expresada en preceptos y obligaciones, sino las mismas circunstancias.
VIII. Los hábitos y la persona
Los hábitos son cualidades que disponen establemente a la facultad a que realice con facilidad, prontitud, uniformidad y gozo ciertas operaciones. Se dan los hábitos en las facultades sensibles del hombre, porque pueden obrar sometidas al imperio de la razón. En virtud de ese dominio de la voluntad, la sensibilidad humana pierde el determinismo psicológico propio de los animales y adquiere la suficiente amplitud e indeterminación para que puedan darse en ella los hábitos. Así, en el apetito sensitivo radican las virtudes morales, que moderan las pasiones. Y así tenemos la templanza que modera la concupiscible y la fortaleza que modera la irascible. En la voluntad y en el entendimiento también se dan los hábitos. En la voluntad se da la justicia, y en ele entendimiento se dan la ciencia, la sabiduría, el arte y la prudencia.
IX. Las virtudes morales
X. La prudencia y la dirección de la vida moral
Como virtud, la prudencia se define: “recta ratio agibilium”; es decir, virtud de la razón práctica que dirige las acciones humanas conforme a la verdad. Es una virtud que afecta a la inteligencia porque su misión es juzgar de la rectitud moral de los fines y medios, y dirigir a la voluntad en sus elecciones. Pero la prudencia es una virtud moral (y no solo intelectual) ya que la razón trata de descubrir la bondad o malicia de los actos humanos (agibilium). Lo propio de la prudencia es descubrir fines rectos (bajo la luz del sin último) y los medios para realizarlos.
Entonces, la prudencia es una virtud del intelecto práctico, pero supone el apetito rectificado (voluntad y pasiones). Reside en la inteligencia y así trata de discernir, de juzgar una realidad concreta, de ordenar una acción. La prudencia se ocupa de las acciones singulares; podemos decir que atiende al universal para regular mejor lo singular.
No pueden darse virtudes morales sin prudencia, que es la virtud directora; pero tampoco puede darse prudencia sin el dominio de las pasiones. El que vive mal termina pensando mal.
Las cualidades del hombre prudente son: i) la visión certera; o aptitud para entender una situación según sus circunstancias, ii) la docilidad, o el dejarse aconsejar por los que tienen experiencia; iii) la providencia en cuanto pre-ve los efectos y situaciones para el futuro.
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