Licenciado en Economía, Universidad de Buenos Aires (uba); Doctor en Economía, Universidad de Cambridge. Actualmente, es profesor de Economía Laboral en la Facultad de Ciencias Económicas (uba) e investigador-docente del Instituto de Ciencias, Universidad Nacional de General Sarmiento. Fue director del Instituto Nacional de Estadística y Censos.
El mercado de trabajo urbano
Desde hace varios años, las dificultades de empleo son un tema central de la realidad social y económica del país y cons-tituyen una de las principales causas del serio deterioro de las condiciones de vida de amplios segmentos de la población. Más recientemente, estas han sido agravadas por los efectos de la fuerte erosión registrada por el poder de compra de los sueldos y salarios.
Los actuales problemas laborales encuentran sus raíces en el insatisfactorio comportamiento económico que caracterizó buena parte de los últimos 30 años, aunque se agudizaron como consecuencia de los efectos de las reformas estructu-rales y del régimen de convertibilidad de la década de los 90. Al inicio de esa década, y no obstante el crecimiento produc-tivo que tuvo lugar, se produjo un importante incremento del desempleo que disminuyó en alguna medida luego de que se superase la crisis del tequila. Pero la nueva fase recesiva inicia-da en 1998 volvió a repercutir negativamente en la capaciinicia-dad
Jóvenes
y empleo en la Argentina
El desempleo y la precariedad laboral afectan particularmente a los jóvenes.
El abandono escolar, motivado en muchos casos por la necesidad de incrementar
los ingresos familiares, reduce las posibilidades de acceder a mejores puestos.
Luis Beccaria
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de generar puestos de trabajo, por lo que tres años después el país experimentaba un des-empleo cercano al 20%.
Los efectos de esa recesión fueron hacien-do evidentes las dificultades para sostener el régimen de convertibilidad que se abando-nó a principios de 2002, con la consecuente devaluación de la moneda. En un principio, esto originó un recrudecimiento de la retrac-ción productiva y una elevaretrac-ción de precios que redujo fuertemente las remuneraciones reales y llevó a que más de la mitad de la población tuviese ingresos por debajo de la línea de pobreza.
Este proceso negativo se revirtió a media-dos de 2002 y comenzó un período de recu-peración que se extiende hasta la actualidad. El mismo tuvo efectos importantes sobre el empleo, cuyo nivel en la primera mitad de 2004 superó al máximo anterior, registrado en 1999. Consecuentemente, la desocupación abierta se redujo de manera manifiesta: del 18% en octubre de 2002 al 12% hacia fines del 2004 –y del 24% al 16% si se excluye el efecto de los planes de empleo–. En cambio, resultó más lenta la recuperación del poder de compra de los sueldos y salarios, que todavía está alejada de los registros de fines de 2001.
No obstante los avances logrados desde 2002, subsisten las marcadas dificultades laborales acumuladas durante los años 90 y agudizadas por la crisis del 2001/02. No debe perderse de vista que la desocupación es sólo una de las manifestaciones de la in-satisfactoria realidad laboral; esta también se expresa en otros fenómenos que son igual-mente importantes tanto en lo que hace a su extensión –a la cantidad de personas que
afecta– como en lo que respecta al impacto negativo que tienen sobre el bienestar de las personas. En este sentido cabe destacar, en primer lugar, que aunque aumentó la preponderancia de jornadas extensas (más de 45 horas por semana), es significativa la magnitud de la subocupación horaria (producto de un aumento de la cantidad de puestos de trabajo de corta duración superior al de los plenos). Otro rasgo de los problemas que experimenta el mercado de trabajo urbano es la importancia, dentro de la estructura ocupacional, de los asalariados no registrados en el sistema de seguridad social. Su participación no era despreciable hacia 1990, a lo que debe agregarse que la mayor parte del empleo generado desde ese momento, y hasta la actualidad, tuvo estas características. Una consecuencia de la in-suficiente generación de puestos de trabajo en un mercado laboral que tiene una eleva-da presencia de ocupaciones precarias es un importante grado de inestabilidad laboral. Ello se expresa en la significativa proporción de personas que atraviesan regularmente trayectorias ocupacionales muy inestables: de un puesto precario de corta duración a un episodio breve de desempleo y, de allí, a otro puesto precario y así sucesivamente.
La combinación de desempleo, subocupa-ción, precariedad y una desigual distribución de los ingresos constituye la base de la elevada incidencia de la pobreza que se viene regis-trando en el país. Precisamente, la señalada mejora en el empleo que se verifica desde 2002 y la leve recuperación de los salarios permitieron reducir los inusitados altos registros de ese año, aunque ellos resultan aún extremadamente altos.
Una situación compleja
En el contexto de un mercado de trabajo como el descrito, la situación de los jóvenes –definidos aquí como aquellos con edades entre los 18 y los 25 años– resulta parti-cularmente complicada. Por un lado, ellos ya enfrentaban a principios de los años 90 problemas laborales más significativos que las personas de mayor edad. En aquel mo-mento su tasa de desempleo era casi tres veces superior a la del resto de la población y resultaba menor la proporción de aquellos ocupados que trabajaban como asalariados no registrados [ver gráfico 1].
Por otro lado, los jóvenes no pudieron sustraerse al agravamiento de la situación laboral que caracterizó la última década y los primeros años de la actual, agravamiento que provocó tanto aumentos en el desempleo
como en el grado de precarización de los puestos a los que accedían. En efecto, hacia fines de 2004 la tasa de desempleo para esta franja etaria alcanzó el 27% –manteniendo la relación de casi 3 a 1 con la de aquellos de mayor edad– y sólo el 34% de los ocupados tenían un puesto con cobertura de la seguri-dad social, proporción que, aunque también era reducida entre los otros grupos etarios, llegaba al 56%. Si bien estas cifras indican que las dificultades para conseguir un em-pleo de calidad aumentaron para todos los grupos de personas, los jóvenes enfrentan particulares dificultades porque, entre otras aspectos, se incrementan las exigencias para cubrir las vacantes –especialmente las de puestos formales– en relación con la experiencia. Por lo tanto, es precisamente entre los jóvenes donde se advierte la mayor
A principios de los 90, la tasa de desempleo
de los jóvenes era tres veces superior
al resto de la población.
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inestabilidad ocupacional, dadas la reiterada exposición a episodios de desempleo y a tra-bajos precarios. Se puede estimar que entre el conjunto de jóvenes ocupados en un mo-mento dado, aproximadamente el 55% deja-rá el puesto (por renuncia o despido) durante los doce meses siguientes; esa proporción se reduce al 32% entre los empleados de mayor edad.
La elevada inestabilidad laboral de los jóvenes constituye una característica central de su experiencia de trabajo –que comparte hasta cierto punto con otros conjuntos de población activa– cuyas implicancias convie-nen no desdeñar. Podría argumentarse que ellos experimentan típicamente una más alta rotación que el resto de la fuerza laboral, aun en un mercado de trabajo con mayor empleo y mejores salarios que el actual. Sin embar-go, cuando existen buenas posibilidades de empleo, una parte de esa rotación constitu-ye, de alguna manera, un rasgo positivo en tanto resulta de carácter voluntario y refleja la intención de acceder a mejores puestos y/o de procurar una más adecuada articulación entre el tiempo dedicado al empleo y el des-tinado a actividades no remuneradas, como el estudio. En cambio, cabe sospechar que la elevada inestabilidad a la que actualmente se ve sometido este grupo etario resulta de la mayor probabilidad que ellos tienen para acceder a puestos precarios, cuya presencia
en la estructura del empleo es aún impor-tante.
De la misma manera que los trabajadores de baja calificación son afectados en edades adultas de manera particular por los desa-rrollos negativos del mercado de trabajo, las dificultades que sufre el conjunto de los jóvenes resultan aun más agudas entre aquellos que no han terminado el nivel se-cundario. Esto no sólo se traduce, al igual que en el caso de los adultos, en una mayor tasa de desempleo abierto, sino en las chan-ces significativamente menores que tienen de acceder a puestos de calidad: menos del 20% de los jóvenes ocupados con nivel edu-cativo igual o inferior al secundario incom-pleto trabajan en empleos cubiertos por la seguridad social (proporción que se acerca al 40% entre las personas de más edad pero similar grado de escolarización).
Esta mayor proporción de puestos precarios entre los jóvenes ocupados de baja educación podría estar relacionada con la presión que tienen para acceder a un empleo, en tanto buena parte de ellos no continúa estudiando. Con relación a este punto cabe mencionar que sólo el 26% de los jóvenes ocupados permanece en el sistema educativo. Esta evidencia, sin embargo, plantea otros in-terrogantes, en particular en qué medida el abandono de la escuela –o un tránsito por ella caracterizado por repitencias e
in-Entre los jóvenes ocupados en un momento dado,
alrededor del 55% dejará el puesto por renuncia
o despido durante los doce meses siguientes.
cioeconómicos. Lo acontecido en el mercado laboral de la década del 90 pudo haber des-acelerado este último proceso debido a que los jóvenes de los estratos socioeconómicos bajos estuvieron más expuestos que antes a la necesidad de volcarse al mercado de tra-bajo por la pérdida de empleo –o el poder de compra de las remuneraciones– del jefe o porque este ahora sólo se inserta de manera inestable. No se sugiere que este hecho de-fina per se la continuidad o no del joven en el sistema educativo. Sin embargo, quienes pertenecen a hogares de bajos recursos son más vulnerables a este hecho ya que, entre otros aspectos, registran con mayor frecuen-cia trayectorias académicas más dificultosas que otros grupos. Además, la mayor vulne-rabilidad obedecería a diversas razones tales como deficiencias en la estimulación tem-prana, un paso poco satisfactorio por la es-cuela primaria o la ausencia de mecanismos compensatorios ante caídas en los ingresos. En este contexto, la falta de recursos que se vive en el hogar puede hacer más frecuente el abandono de la escuela.
termitencias– responde a presiones en el entorno familiar por ingresos adicionales. Conviene tener en cuenta, en este sentido, que la proporción de jóvenes que trabaja o busca trabajo resulta más elevada entre los hogares de nivel socioeconómico más bajo. En efecto, si agrupamos los hogares de acuerdo con el nivel educativo de sus jefes se advierte que los jóvenes de hogares con jefes con secundaria incompleta o menos tienen una participación económica más elevada y una tasa menor de asistencia al sistema educativo. Ambos factores están claramente relacionados y señalarían que la primera se deriva, al menos en parte, de la necesidad que existe en los hogares de lograr ingresos adicionales a los que proveen los miembros adultos [ver gráfico 2].
Debe recordarse que Argentina registró aumentos importantes en la tasa de es-colaridad durante los años 70 y 80, había
solucionado los problemas de asistencia a la educación primaria y estaba reduciendo la brecha entre las tasas de escolarización del nivel secundario de los diferentes grupos
so-182 I Anales de la educación común
En conclusión, no obstante la recuperación iniciada en 2002 se agudizan los problemas a los que usualmente se encuentran expuestos los jóvenes que ingresan o transitan por un mercado de trabajo todavía signado por di-ficultades significativas. Por ejemplo, entre aquellos que encontraron un empleo entre mediados de 2003 y mediados de 2004 –que en muchos casos implicó su primer traba-jo– sólo el 21% logró que se tratase de un puesto en blanco con un ingreso medio cerca de un 20% más bajo del correspondiente al que consiguieron los adultos de similar
ni-vel educativo. Las trayectorias ocupacionales inestables, asociadas al continuo movimien-to entre el desempleo y/o puesmovimien-tos precarios, no sólo deben ser vistas como un costo que enfrentan quienes inician su vida laboral. Entre aquellos menos capacitados estas in-fluyen negativamente sobre las posibilidades de acceder posteriormente a puestos de cali-dad; constituyen un factor que eleva la proba-bilidad de que su vida laboral adulta también esté signada por el deambular entre puestos precarios, mal pagos, inestables y sin cober-tura social.