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La derrota del liberalismo

José Antonio Aguilar Rivera

En 1943 Stefan Zweig publicó una nostálgica memoria personal, El mundo de ayer. En ella describió un mundo que había sido barrido, destruido, por la Gran Guerra. Ahí reflexionaba sobre los dramáticos cambios que había experimentado y que su generación había

presenciado: “he vivido en la era de las dos mayores guerras conocidas para la humanidad… antes de esas guerras veía a la libertad individual en su cenit, después de ellas la veo en su punto más bajo en cientos de años; he sido aclamado y despreciado, he sido libre y no libre, rico y pobre. Todos los pálidos jinetes del Apocalipsis han asaltado mi vida: la revolución y la hambruna, devaluaciones y terror, epidemias y emigración. He visto cómo grandes ideologías de masas crecían ante mis ojos y se expandían; el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y sobre todo la pestilencia última que ha envenenado a la flor de nuestra cultura europea, el nacionalismo en general”. El mundo anterior a la guerra había sido la era “dorada de la seguridad”.

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neorromanticismo o del darwinismo social”. Así, toda la herencia ilustrada “fue socavada desde sus mismos cimientos”. Hasta antes de la guerra el liberalismo político mostraba todavía una gran vitalidad y el parlamentarismo era visto como la forma civilizada de la política, a la que aspiraba la mayoría de las naciones. Todo eso cambió con la guerra. El antiliberalismo de las dos décadas posteriores no puede explicarse cabalmente sin los efectos producidos por el conflicto bélico en los ámbitos político, económico e intelectual. ¿Por qué tuvo ese efecto la Guerra Mundial?

Una de las ideas centrales del liberalismo es la limitación del poder, en particular del Poder Ejecutivo. La forma natural de limitación es el Parlamento. Sin embargo, el esfuerzo que requirió una guerra de la magnitud de la desatada en 1914 alteró los equilibrios de las democracias partícipes en el conflicto. El Ejecutivo por necesidad se volvió más poderoso y, ante la

emergencia, los procedimientos parlamentarios se mostraron lentos y peligrosos. Las naciones adoptaron una política económica intervencionista que amplió “su campo de acción tanto para asegurar la victoria sobre el enemigo como para cohesionar a los ciudadanos en torno a ese objetivo”. Los gobiernos tuvieron que controlar los precios, los salarios y racionar los alimentos. De igual forma, se regularon las relaciones laborales y se planificó el sistema

productivo. La economía de guerra requería que sectores estratégicos fueran nacionalizados, como los ferrocarriles, las minas, etcétera. La idea de un mercado que operaba libremente fue sepultada como una quimera negada por las exigencias de la guerra. Así, “los principios clásicos que habían guiado a los poderes públicos en la época liberal se mostraron inviables durante ese periodo excepcional”. Como señala Del Rey, “la Guerra Mundial afirmó en la opinión pública el doble principio de que la economía debía ajustarse a algún tipo de planificación y de que el libre juego del mercado resultaba incapaz de neutralizar las desigualdades sociales. Bajo tales supuestos, ni la economía, ni las relaciones entre los distintos poderes, ni las relaciones

laborales, ni las competencias y objetivos de los gobiernos volvieron a ser los mismos… puede afirmarse que los cuatro años de experiencia bélica transformaron más intensamente la política —las relaciones entre los distintos poderes y las de éstos con la sociedad— que los cien años anteriores”. Tal vez es un poco extremo afirmar lo anterior, pero lo cierto es que el mundo, visto por espectadores como Zweig, se transformó a una velocidad pasmosa y las viejas certezas se derrumbaron súbitamente. No es una casualidad que precisamente en ese momento el jurista alemán Carl Schmitt redescubrió la idea de la dictadura romana y la

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rebautizó como “dictadura comisarial” (La dictadura, 1921). La era de los procedimientos terminó y comenzó el tiempo de los hombres y los movimientos providenciales. El pluralismo sería, a partir de entonces, un mal que rayaba casi en la traición.

El fin de la guerra no implicó, como bien hizo notar Zweig, el regreso a la normalidad, a

diferencia de lo que había ocurrido con las guerras del siglo XIX. Tras el conflicto nada volvió a ser igual. Los gobiernos no regresaron a sus antiguas órbitas de competencia y los efectos de la guerra —y la paz— se hicieron sentir a lo largo y ancho de Europa. La dinámica de la política internacional había sido transformada para siempre, como hizo ver E.H. Carr en el clásico The Twenty Years Crisis, 1919-1939. La inflación y la recesión de la posguerra devastaron a las economías de varios países, profundizando las desigualdades. La inseguridad de millones de personas se hizo crónica y con ella aumentaron las protestas, el descontento y las huelgas. La crisis fue particularmente fuerte en la Europa central. Los valores que constituían el “credo de la moral liberal”, que hacía énfasis en el trabajo, el ahorro, la iniciativa individual y la creencia en el progreso, se quebraron. Las clases populares y medias se empobrecieron y constituyeron un caldo de cultivo propicio para movimientos e ideologías extremistas de izquierda y derecha. Por doquier aparecieron partidos comunistas. Sin la Gran Guerra el sueño de Lenin

probablemente habría sido imposible; también lo habrían sido los de Mussolini y Hitler. La exitosa revolución bolchevique produjo una oleada de fervor revolucionario. La acometida contra el parlamentarismo vino de la izquierda y la derecha. Todos estos desarrollos hicieron permanente el activo intervencionismo estatal de los tiempos de la guerra. Las partes del Estado, los partidos, el Parlamento y el Ejecutivo no volvieron a funcionar como lo habían hecho antes de 1914. Aun aquellos países que resistieron la ola revolucionaria o fascista y mantuvieron el parlamentarismo consideraron que las viejas formas eran obsoletas.

Propusieron, en consecuencia, mecanismos para garantizar la gobernabilidad, como mayores poderes al Ejecutivo y la introducción de mecanismos de la democracia directa, como el referéndum. La enjundiosa crítica política de Max Weber durante la República de Weimar respondía precisamente a esta profunda transformación de los regímenes parlamentarios de la posguerra.

Al otro lado del Atlántico, ¿cual fue el efecto de la Gran Guerra en el liberalismo? México ya estaba en un conflicto civil en 1914. Sin embargo, parecería que entre los mexicanos los efectos fueron distintos. Entre 1916 y 1917 lejos de perder fe en el constitucionalismo, los

revolucionarios triunfantes se enfrascaron en un proceso constituyente. Sin embargo, el

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liberalismo en México ya había sido profundamente transformado en el último tercio del siglo XIX. En cierta forma, como percibió José María Vigil en su polémica con Justo Sierra de 1878-1879, el liberalismo doctrinario de la Constitución de 1857 había sido transfigurado en un ente irreconocible, el positivismo. Sin embargo, algo del optimismo de los liberales de la Reforma había en el programa político de Madero en 1910. Podríamos sugerir que la decepción que los europeos sufrieron en 1914 había sido experimentada gradualmente por los mexicanos desde los años de la República Restaurada. Juárez fue un crítico escéptico del parlamentarismo. De ahí que muy pronto después de la victoria sobre el imperio de Maximiliano buscó atenuar el

poder del Congreso unicameral restaurando el Senado y buscara gobernar a través de poderes de emergencia perennes. Durante décadas la guerra civil había puesto a prueba las certezas del liberalismo, en particular las limitaciones al Poder Ejecutivo. Para finales del siglo XIX tanto en la práctica como en la teoría, el liberalismo doctrinal estaba agonizante o extinto en México. Del liberalismo “social” de Ponciano Arriaga, que ya en su momento fue muy marginal, quedaba poco o nada. Lo que triunfaba era la sociología positivista de Andrés Molina Enríquez. El anarquismo de los Flores Magón tuvo un impacto restringido. Para la vuelta del siglo Díaz, al igual que Juárez, había encontrado mecanismos que le permitieron ejercer un poder por

encima de las restricciones formales de la Constitución de 1857. Por otro lado, Sierra y los otros “nuevos liberales” habían hecho de la política científica su axioma teórico. No obstante, los positivistas creían en el progreso, la razón, la ciencia y, sobre todo, en el poder de las

instituciones para ordenar la política. Y ésa fue una fe que sobrevivió intacta la guerra civil y que se manifestó cabalmente en 1917. Un ejemplo interesante es Emilio Rabasa. La constitución y la dictadura (1912) es un libro escéptico de la Constitución de 1857, pero absolutamente convencido en el poder ordenador de las instituciones bien diseñadas. La crítica al positivismo de Vasconcelos y otros miembros del Ateneo de la Juventud (que predata al estallido de 1914 y que estaba inspirada en el intuicionismo de Bergson) no encontró en México una traducción ideológica parecida al fascismo o al nazismo. No produjo un movimiento de masas. A lo mucho, halló cuerpo en el espiritualismo cristiano de Antonio Caso.

El proceso histórico mexicano hizo, entonces, que no se sintiera en este país el súbito

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Comunista se fundó en México en 1919 no tuvo el influjo ni el poder que los partidos comunistas en algunos países de Europa. Los fascistas tampoco se convirtieron en una

amenaza real a la estabilidad de los regímenes posrevolucionarios. Una hipótesis de por qué en México la guerra civil no tuvo el mismo efecto centralizador, en el corto plazo, que en Europa es que históricamente las guerras en los países latinoamericanos no han construido Estados. Según Charles Tilly, la guerra hizo a los modernos Estados europeos. La necesidad de centralizar recursos para hacer la guerra fue la que creó fiscalmente al Estado. Sin embargo, como han señalado varios estudiosos, en esta parte del mundo, desde la independencia, las guerras civiles han fragmentado y destruido a los Estados en lugar de ser los catalizadores de la construcción estatal.

México no tenía que abrazar el antiliberalismo producto de la Gran Guerra, pues produjo una cepa propia, nativa. En efecto, muerto Madero, las referencias al liberalismo que aparecen en el discurso revolucionario no son sino formulismos históricos, empleados por mera conveniencia

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política y que nada tendrían que ver con la verdadera orientación de los gobiernos

revolucionarios. La “ideología de la Revolución mexicana” era profundamente antitética al liberalismo: oponía al individualismo el valor de la colectividad. La Carta Magna de 1917 le confirió al Ejecutivo un enorme poder, le dio al gobierno un papel rector en la economía y elevó al rango constitucional algunas reformas sociales prometidas por la Revolución, como la propiedad social y el régimen agrario (art. 27) y los derechos laborales colectivos (art. 123). Como afirma Arnaldo Córdova, estas medidas se oponían a la doctrina liberal clásica. Las garantías individuales, aunque estaban consagradas en la Constitución, no tenían mecanismos para ser salvaguardadas de un Leviatán que las tenía en bien poco. Sin duda existieron

elementos de liberalismo en la Constitución de 1917. Un rasgo conspicuo de continuidad fue el anticlericalismo extemporáneo que la Constitución del 17 heredó de su predecesora

decimonónica. Sin embargo, el resultado final difícilmente puede considerarse “liberal”. El fracaso de Madero había dado cuenta de la necesidad de centralizar el poder en lugar de establecer complejos y limitadores mecanismos de pesos y contrapesos que impedían que el gobierno actuara eficazmente. El liberalismo era contrario al imperativo de consolidar un gobierno fuerte que lograra integrar las partes de un país disperso y dislocado por la guerra civil. Y México había hecho también su contribución propia a la pestilencia de aquellos tiempos: el nacionalismo revolucionario.

 

José Antonio Aguilar Rivera

Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el

liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.

Stefan Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo, El Acantilado, Barcelona, 2001.

Fernando del Rey Reguillo, “Antiliberalismo y democracia en la España de entreguerras”, en Marcela García Sebastiani y Fernando del Rey Reguillo (eds.), Los desafíos de la libertad. Transformación y crisis del liberalismo en Europa y América Latina, Biblioteca Nueva, Madrid, 2008, p. 222.

Ibíd., pp. 223-224.

Ibíd., p. 225.

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Charles Tilly, Coercion, capital and European status, Blackwell, Cambridge, 1990; José Antonio Serrano y Manuel Chust, “Guerra, revolución y liberalismo en México”, en Ivana Frasquet (ed.), Bastillas, cetros y blasones, MAPFRE, Madrid, 2006; Clement Thibaud, Repúblicas en armas. Los ejércitos bolivarianos en las guerras de Independencia de Colombia y Venezuela, Planeta-IFEA, Bogotá, 2003.

2014 Agosto, Ensayo.

     

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