El territorio de Teverga se sitúa en la parte suroccidental del Principado de Asturias, en los lími-tes con la provincia de León, con la que se comunica a través de la carretera AS- 228, y a 38 km de Oviedo. Definido geográficamente por tres valles fluviales, es un territorio montañoso, con fuertes pendientes y aguas en abundancia, que propician pastos de calidad, determinando así que la actividad económica de la zona se centrara durante siglos en la ganadería, con un predo-minio importante del ganado vacuno, y en la agricultura, en la que destacarían los cultivos de cereales, principalmente la escanda, al lado de pequeñas plantaciones de frutales y huertos.
La ocupación humana del territorio se constata ya en época prehistórica, de la que han quedado manifestaciones en distintos puntos, como las pinturas rupestres de los abrigos de Fresnedo. Estas sociedades primitivas fueron evolucionado y concentrándose en los núcleos castreños de época prerromana, germen de las primeras aldeas de la zona, posteriormente ocu-pados por las legiones romanas, ya que una de sus primitivas vías de penetración en Asturias fue precisamente la conocida como calzada de la Mesa, que atraviesa el territorio tevergano. Fue ésta una importante ruta de comunicación con la Meseta desde la antigüedad hasta los pri-meros tiempos de la Edad Moderna, con especial incidencia en la Edad Media, cuando alcan-zó gran relieve tanto por el comercio como por su situación estratégica y defensiva.
Durante el Medievo, entre los siglos Xy XIII, queda prácticamente configurada la ordena-ción geográfica del territorio Tebricense (A. Fernández Suárez), citado por primera vez como tal en el controvertido testamento de rey Fruela, datado en el 912. En este tiempo sobre los tres valles que lo conforman se asienta un poblamiento denso diseminado en torno a villas, monasterios e iglesias, que, en ocasiones, estimulan la creación de un pequeño núcleo de población. A estos núcleos hay que añadir la presencia de varios castillos (Miranda, Monreal, San Pedro) que, asentados en puntos estratégicos, conformaban un complejo sistema defensi-vo para control de los diferentes valles y vías de comunicación procedentes de la Meseta, que era necesario proteger tanto ante la amenaza de razzias árabes como ante las revueltas interio-res originadas por la sublevación de algunos sectointerio-res de la nobleza contra el poder real, entre las que destaca la protagonizada en tiempos de Alfonso VII por el caudillo Gonzalo Peláez, que algunos autores consideran más que una simple revuelta una verdadera guerra civil entre dos facciones contrarias de la nobleza asturiana, de la que se vivieron algunos episodios en estas tierras, donde tanto el conde como sus adversarios disponían de importantes bienes patri-moniales.
Desde épocas tempranas se tiene conocimiento de la existencia de centros religiosos en Teverga, monasterios o iglesias de carácter propio dependientes de familias nobiliarias, entre las que debemos destacar el linaje de la infanta Cristina de León. Santa María de Corregia, Santa Felicis y el monasterio de San Juan son los primeros centros religiosos de los que se tienen noti-cias documentales, anteriores todos ellos al siglo XI. Es ése un período decisivo para el monacato asturiano y también para el territorio tevergano, ya que es cuando hacen su aparición los monas-terios de San Salvador de Alesgas, San Pedro de Teverga y Santa María de Villanuena (Carzana en origen), centros que jugarán un importante papel en el desarrollo de la vida religiosa.
En los siglos XIIy XIII, coincidiendo con la dispersión de los patrimonios nobiliarios y la importante transformación de la vida religiosa peninsular promovida por el concilio de Coyan-za, se inició un proceso que llevó a los obispos a un mayor control sobre su diócesis y desen-cadenó una sucesión de donaciones particulares a favor de los obispos y de los grandes monas-terios. Teverga, como el resto de territorios, no permaneció ajena a este hecho, de modo que entre finales del siglo XI y el siglo XII diversos territorios e instituciones eclesiásticas fueron
donadas a favor, principalmente de tres centros: la catedral de Oviedo, la Colegiata de San Pedro, que poco a poco consolidó un rico patrimonio que le permitió mantenerse como cano-nía rural, y el monasterio de Santa María de Lapedo, en el vecino concejo de Belmonte de Miranda. Ya en pleno siglo XIIIla tierra de Teverga se integra completamente en la orbita seño-rial-jurisdiccional de los obispos de Oviedo, un poder que ejercieron a través de la figura de los encomenderos, en buena parte pertenecientes a la familia de los Bernaldo de Quirós.
Colegiata de San Pedro
E
N EL LUGAR CONOCIDO COMO LA PLAZA, capital del actual concejo de Teverga, sito en la confluencia de los valles de Valdecarzana y Valdesampedro, se levanta la colegiata de San Pedro de Teverga, elemento generador del pequeño núcleo de población que se ubica a su alrededor. Es una construcción controvertida y difícil de interpretar, tanto desde el punto de vista artístico como his-tórico, dada la convergencia en la misma obra de elemen-tos que lo acercan tanto al prerrománico como al románi-co, y la dificultad para establecer una cronología precisa.La primera referencia documental al llamado monaste-rio de San Pedro de Tevega aparece en 1069, y ha llegado a nosotros de manera indirecta a través de la copia del Libro
Codo de la colegiata realizada en el siglo XVIIIpor el ilustra-do asturiano G. M. de Jovellanos. Se trata de una fecha tem-prana que, si bien en los primeros estudios del templo se consideró falsa, al ponerse en relación con otros cenobios para los que se creía una fundación más tardía, hoy parece aclarado que en dicha fecha el templo tevergano ya podía encontrarse perfectamente en pie o en fase de construcción. Plenamente establecido ya aparece pocos años después, en 1076, pues un epitafio, hoy perdido, citado por C. Miguel Vigil y del que se conserva copia en la Academia de la His-toria, recogía, según trascripción y traducción de Diego Santos: Vía alm(a)e fero signum fuge demon / In (h)oc tumulo obiit
famulo D(e)i Fre/denando defu(n)cto qui migratus de (h)oc s(a)eculo VIII I /d(u)s oc(to)br(i)s in civitate Toleto milite cum / pecanos in tem-pore Adefonso Rexe t[ra(n)/sivit] de LVIII annos / in era CXIIII post mla, Requies/cat in pace. Amen. (“Llevo la señal de la cruz,
demo-nio, huye. En este túmulo yace el siervo de Dios, Fernando, difunto, que emigró de este mundo el octavo día antes de las idus de octubre, en la ciudad de Toledo, luchando con-tra los infieles, en tiempo de Alfonso, rey de Toledo y León. Se fue a los 58 años. En la era de mil ciento catorce [8 de octubre de 1076]. Descanse en paz. Amén”).
Todo parece indicar, a la luz de documentos posterio-res y siguiendo patrones muy difundidos en la época, que el primitivo cenobio de San Pedro fue fundado como
monasterio propio en régimen de herederos, de forma que la presencia de vida reglada en la institución no tiene por qué entenderse desde sus orígenes, ya que estas fundacio-nes, vinculadas a un grupo familiar de cuyo patrimonio formaban parte y sobre el que tenían derechos de presen-tación, solían destinarse al retiro de las mujeres viudas de la familia y servían de lugar de sepultura de sus miembros. En el caso de la colegiata de Teverga, la mayor parte de los documentos conocidos se relacionan con miembros de un mismo linaje nobiliario, los descendientes de Pelayo Froi-laz y Aldonza Ordóñez, hija de los infantes Cristina y Ordoño, nieta, por tanto, de Vermudo II y Ramiro III, entre los que se encuentran algunos de los personajes más destacados de la alta nobleza asturiana de la época.
Así, en el año 1092, su nieta, Aldonza Muñiz, en donación otorgada a favor de San Salvador de Oviedo, incluye in territorio de Tebrega in monasterio Sanctj Petri meam
por-jonem ab integro (...) una posesión que le pertenecía, tal como
menciona en el documento, como herencia de su madre la condesa Elvira, quien parece ser, a la luz de otros docu-mentos, una de las hijas de los mencionados condes. Cua-tro años después serán sus tías, Jimena y María Pelaéz, hijas de la condesa Aldonza, quienes sigan el mismo cami-no entregando a la sede ovetense sus respectivas porciones del monasterio de San Pedro, mencionando además, en el testamento de María, que dichas propiedades las obtinuerunt
eas genitoribus meis comes Pelagius Froilaz et uxor eius comitissa Eldonza Ordoniz. Al año siguiente, en 1097, Mayor
Gon-zanviz, llamada Mumadomna, que era nuera de Aldonza, como esposa de su hijo Pelayo Peláez, hace lo propio, entregando a San Salvador de Oviedo las raciones que le pertenecían, aclarando que si bien una de las raciones le pertenecía a ella misma (podemos suponer en vista de los documentos anteriores como herencia de su marido), la otra ración procedía de una permuta realizada con el rey Alfonso VI, el cual le habría entregado su ración en el monasterio tebricense a cambio del llamado castillo de Siario, en tierras leonesas. Esta permuta parece poner de
relieve la existencia de una participación regia en el monasterio tevergano, lo cual, como veremos más adelan-te, puede ayudar a determinar algunas de las relaciones formales entre la colegiata de San Pedro y la de San Isido-ro de León. La donante, que se refiere a la iglesia de Tever-ga como uoeitatus Saneti Petri eum bis titulis, Sancti Benedicti et
Sancti Ihoannis, pone como cláusula del testamento que su
hijo Gonzalo Peláez, protagonista de un importante epi-sodio de la historia medieval asturiana por sus rebeliones contra Alfonso VII, debe conservar ciertos derechos en la institución, en la cual, según se desprende de una inscrip-ción que había antaño en la colegiata y que fue recogida por el Padre Carballo, reposaban los restos de soterrado
Floylan Pelaez, fillo de Payo Paez e de si el so fillo Payo Floylez, home del Emperador; a quien puede identificarse, como
expo-ne Calleja Puerta, como hijo de los mismos Pelayo Peláez y la mencionada Mumadonna González.
La lectura de este último documento parece dar a entender que se pone aquí fin a la historia de San Pedro como monasterio familiar, pasando ya a pertenecer por completo a la Iglesia ovetense. Sin embargo, no parece haber sido así, ya que, tiempo después, en 1201, el rey
Alfonso IX todavía poseía una de las raciones de San Pedro, la cual, según aclara el documento de donación a favor de San Salvador de Oviedo me pertinebat ex parte comitisse domine
Elvire quod me recipit in filium et heredem, una condesa Elvira a
quien se identifica con Elvira Peláez, descendiente también de los mencionados condes Aldonza y Pelayo, como hija del conde Pedro Alfonso, biznieto de los anteriores. Este conde, casado con María Froilaz, que pertenecía a la más alta nobleza leonesa, lo que explica que sus restos reposen en el panteón real de San Isidoro, en 1147 hizo donación junto con su esposa a San Pedro de Teverga de ganados y otros presentes, lo que habla nuevamente de la vinculación de todo el linaje a la colegiata ahora comentada.
A la luz de estos documentos, parece clara la existen-cia de una vinculación de este grupo familiar, entre cuyos miembros se encontraban algunas de las más altas digni-dades del reino, con el origen y el momento de construc-ción, a mediados del siglo XI, de la colegiata de San Pedro. Además, el Libro Codo copiado por Jovellanos menciona que Eclesia Tibrisensis habet societatem et confraternitatem cum
Ecle-siis seus Monasteriis que inferius ennotantur, videlicet cum monasterio S. Isidori Legión, cum Ecca S. Mariae Arvens, cum monastero
Planta Alzado sur
0 1 10 m
Sección transversal Sección longitudinal
0 1
0 1 5 m 5 m
Axonometría
Detalle del muro sur
1 5 m 0
dem, cum Corneliana, cum Monasterio de Obona, cum Monasterio S. Andreae de Spinareda, et pro ibidem defuntis celebratur anniversarium annunatim y todas estas instituciones, de una u otra manera,
guardan una estrecha relación con la estirpe nobiliaria mencionada en los documentos. Así, en San Isidoro de León reposan los restos, entre otros familiares, de Vermu-do II, abuelo de la condesa AlVermu-donza; San SalvaVermu-dor de Cor-nellana fue fundado por la infanta Cristina, madre de la misma condesa; el monasterio de Lapedo fue fundado por ella misma junto con su esposo, y en cuanto al monasterio berciano de Espinareda, sabemos que al menos su hija Jimena tenía una participación en él mismo, tal como apa-rece en el mismo documento por el que entrega San Pedro a la catedral de Oviedo.
La relación de este linaje nobiliario, tan próximo a la corte leonesa, con San Pedro de Teverga es fundamental para explicar muchas de las características de su estructu-ra y ornamentación, así como la relación existente con el primitivo templo leonés de San Juan Bautista y San Pela-yo, cuya construcción en piedra habían favorecido los monarcas Fernando I y Sancha. También explica la estre-cha relación que ambas edificaciones parecen guardar con las primeras muestras del románico ovetense, que encon-tramos en el monasterio de San Pelayo y en la Torre Vieja de la catedral, debidas, la primera, a la iniciativa del mismo Fernando I, y la segunda, según la tradición, al empuje de su hijo Alfonso VI.
Considera A. M. Fernández que probablemente desde la segunda mitad del siglo XIISan Pedro funcionaba como colegiata rural, siendo el centro religioso de una gran área geográfica por su situación, alejada por igual de la órbita directa de la mitra y de los grandes monasterios. En 1142 se data el primer documento en que aparece la colegiata como beneficiaria de una donación, siendo ya una cons-tante a partir de 1169. A través de estas donaciones, la ins-titución fue aumentando considerablemente su patrimonio y alcanzó su máximo esplendor en el primer cuarto del siglo XIV. De la documentación de este período parece desprenderse que la canónica de San Pedro, posiblemente sujeta a la regla de San Agustín, a pesar de su dependencia del cabildo ovetense, gozó de gran autonomía como insti-tución, al tiempo que la relación entre los miembros de las dos comunidades fue muy estrecha, tanto desde el punto de vista espiritual como económico. A partir del siglo XVI, aunque su vinculación pueda ser anterior, la Casa de Miranda reclama sus derechos de presentación y patrona-to sobre la iglesia de la colegiata, concedidos, según se presenta en el pleito, por un privilegio otorgado en 1372 por Enrique II. Como patronos de San Pedro, los Miranda emprenden entonces una serie de obras en el templo para
convertirlo en iglesia panteón de su linaje, uno de los más poderosos de la nobleza rural asturiana.
A lo largo de sus casi mil años de historia el conjunto de la colegiata ha pasado por diferentes etapas constructi-vas para ir dotando a la institución de las dependencias necesarias para sus actividades. A la iglesia, construida hacia mediados del siglo XI y alterada en los siglos XVIIy XVIII, se añadieron otra serie de construcciones anejas; en el siglo XV se construyó un primer claustro, sustituido siglos después por el actual, un palacio abacial del que apenas quedan restos y una capilla funeraria adosada al muro norte de la cabecera, que todavía puede verse en la construcción. Tras un incendio que destruyó gran parte del edificio, hacia el siglo XVIII, se levantó un nuevo claus-tro y la actual casa rectoral, posiblemente en sustitución del mencionado palacio abacial, al mismo tiempo se lleva-ron a cabo en la iglesia una serie de obras, como la cons-trucción de la torre en la fachada occidental, la tribuna alta del pórtico y la reconstrucción de la cabecera, que desfiguraron un tanto la apariencia primitiva del templo.
La iglesia de San Pedro viene ya desde antiguo, cuan-do se abordaron a principios del siglo pasacuan-do los primeros estudios serios sobre la obra, considerándose como uno de los principales ejemplos del primer románico español, lle-gado de la mano de la reforma eclesiástica y de las estra-tegias políticas que acercaron el reino de León a la órbita franco-navarra. Numerosas y controvertidas interrogantes han planteado tanto la estructura general de la obra como su cronología, dada la pervivencia en ella de elementos de dos estilos artísticos, prerrománico y románico, aparente-mente pertenecientes a una misma campaña constructiva, que puede situarse en la segunda mitad del siglo XI. No obstante, también se ha pensado (R. Alonso Álvarez) en la existencia de dos fases constructivas y con escaso margen temporal entre ambas, de la que la primera se adscribiría al románico incipiente de mediados del siglo XIy la segunda, ya con elementos del románico pleno, en torno a los últi-mos años del mencionado siglo.
Para algunos autores, la convivencia de elementos de dos estilos distintos en una misma campaña constructiva es explicable por considerar este templo como una obra puente entre la tradición prerrománica y las nuevas corrientes del románico; para otros, como I. G. Bango Torviso, siguiendo una secuencia constructiva similar a la propuesta para el caso de la colegiata leonesa, la iglesia de Teverga vendría a ser, tanto por cronología como por algunas soluciones concretas, una obra del románico pleno, condicionada en su planimetría por una estructura anterior perteneciente al período prerrománico, de la que se habría reaprovechado parte de la cimentación. Ahora
bien, aunque, como expone M. S. Álvarez Martínez, esta teoría no resulta descabellada puesto que la práctica de reaprovechamiento mural fue frecuente en la Asturias de la época, según demuestran las fábricas de San Salvador de Fuentes y la misma torre románica de la catedral de Ovie-do, no podemos descartar que las soluciones constructivas de Teverga puedan deberse a una elección voluntaria de sus patrocinadores, quienes, a imagen y semejanza de las obras de patrocinio regio que por entonces se construían tanto en León, caso de la iglesia y el panteón de San Juan Bautista y San Pelayo, como en Oviedo, caso del monas-terio de San Pelayo, optaron por un modelo constructivo que desde el punto de vista conceptual enlazaba y seguía los esquemas propios de las edificaciones vinculadas a la Monarquía Asturiana, tal y como parece que también ocu-rrió en los primeros tiempos de románico germano, en el que se buscó la evocación de la imagen imperial a través del empleo de esquemas similares a los utilizados en la capilla palatina de Aquisgrán, como demuestran la iglesia del monasterio de Ottomarsheim del primer cuarto de siglo XIo la antigua colegiata de San Cosme y San Damián de Esse, construido a mediados del mismo siglo.
La elección de un modelo tradicional y con connota-ciones áulicas para la iglesia de Teverga no resulta extraña si tenemos en cuenta la ascendencia del grupo familiar con quien venimos relacionándola y su posición en la corte leonesa, así como que, según la donación de la condesa Mumadomna, una parte del monasterio le perteneció al rey Alfonso VI, si bien no sabemos a través de que vía le llegó al monarca dicha participación. Como ya citamos, la condesa Aldonza Ordóñez era nieta de Ramiro III y Ver-mudo II, como hija del infante Ordoño, heredero del pri-mero, apartado del trono por su tío, y de la infanta Cristi-na, hija de la repudiada reina Velasquita. La unión en matrimonio de los hijos de las dos reinas apartadas del trono y “recluidas” en Oviedo, donde ambas vivieron muy ligadas al monasterio de San Pelayo, tal como ha puesto de relieve I. Torrente Fernández, quizás no esté exenta de miras políticas, pudiendo entenderse como una alianza entre las dos damas tratando de recuperar el trono para sus vástagos, lo que vendría a apoyar la serie de revueltas que en estos años finales del siglo Xparece que tuvieron lugar en la zona centro occidental asturiana, precisamente el ámbito geográfico donde se concentrará posteriormente la mayor parte de dominios de la familia Peláez. Según expo-ne M. Calleja Puerta, las relacioexpo-nes de esta rama familiar con la línea reinante en León parece que en los reinados de Vermudo II y Alfonso V se limitaron a la protección eco-nómica, a través de varios donaciones, pero desde los tiempos de Vermudo III y sobre todo a partir de Fernando I
–conviene tener en cuenta que para el ascenso de este monarca al trono se produjeron una serie de revueltas, en las que parece que la familia Peláez estuvo de su parte– se aprecia una progresiva integración de los miembros de esta rama en el poder político ocupando destacados cargos en la corte. No es este el lugar para enumerar los cargos y dig-nidades que ostentaron los miembros de este linaje, pero a manera de ejemplo ilustrativo, y muy válido para nuestro propósito, es de destacar que de los cuatro nobles que junto con la familia real y las dignidades eclesiásticas pre-sidieron la consagración en 1063 de la iglesia de San Juan y San Pelayo de León con motivo del traslado de los res-tos de San Isidoro de Sevilla, tres de ellos, Pedro Peláez, quien en algunos documentos aparece con el título de dux entre los denominados magnates palatii, Ordoño Pelaéz y Munio Pelaéz, no eran otros que los hijos de Aldonza Ordóñez y Pelayo Froilaz. Un dato que, además de poner de relieve la posición social de los personajes, nos indica un conocimiento directo del templo leones.
Proponemos así, a modo de hipótesis, que siguiendo el ejemplo de lo que por aquel entonces se estaba constru-yendo tanto en León como en Oviedo, la familia Peláez emprendiese la construcción de un templo, destinado a panteón, a semejanza del que sus señores y familiares esta-ban construyendo en León, poniendo así de relieve, a tra-vés de unas estructuras de connotaciones regias, la proce-dencia de su estirpe, pues parece evidente, a la luz de algunos documentos, que la condesa Aldonza, sus hijos y aún sus nietos, entre los que se encontraba el laureado conde Suero Bermúdez, siempre quisieron dejar constancia de la procedencia de su estirpe, como puede demostrar el hecho de que en 1032 Vermudo III permutara con la con-desa la villa de Lapeto que había pertenecido a su abuela, donde posteriormente se fundaría el monasterio de Santa María de Lapedo. Poco tiempo después, en 1051, sería la madre de la condesa, la infanta Cristina, quien en un pleito contra el obispo de Oviedo, reclamase la corte de la Santa
Cruz, que había pertenecido a la difunta Velasquita y que
tras la conclusión del pleito pasó a manos de Aldonza, ya que ista corte mea est ad me partinet quia fuit ex mea progenie.
Puede sorprender la elección del emplazamiento del templo en un lugar que hoy se nos presenta muy apartado de los principales centros de poder. Sin embargo, es preci-so tener en cuenta que la familia disfrutaba de importantes dominios en la zona y que en el período altomedieval del que estamos hablando Teverga estaba comunicada con la Meseta por una de las principales vías existentes desde época romana, la calzada Real de la Mesa. Por otra parte, el hecho de que estos territorios hayan sido los protagonistas de la revuelta de Gonzalo Peláez, también miembro de la
familia, contra Alfonso VII, demuestra que la zona debió de gozar, al menos durante los siglos XI y XII, de cierta rele-vancia vinculada a las aspiraciones de esta estirpe. Y ello queda demostrado en la fundación de iglesias y monaste-rios, como el caso que nos ocupa, además de Santa María de Villanueva, San Salvador de Cornellana y Santa María de Lapedo, en los que, a excepción del último citado, en el que la ausencia restos materiales nos impide valorarlo, parece que trabajaron talleres de alta cualificación, conoce-dores de lo que, en cada momento, se estaba haciendo al otro lado de la cordillera, tal como puede verse en las entra-das referientra-das a ellos en esta misma colección.
Construida con cantería regular en la totalidad de su fábrica, lo que además de evidenciar un importante respal-do económico ya es indicativo de la aplicación del apare-jo según los nuevos presupuestos románicos, la estructura del templo presenta dos espacios perfectamente diferen-ciados y, según parece, edificados independientemente uno de otro, aunque levantados en la misma campaña y relacionados entre sí. En ellos, a un planteamiento plani-métrico de tradición prerrománica, muy próximo al de San Salvador de Valdediós, se superponen elementos construc-tivos, ornamentales, estéticos y espaciales propios del nuevo estilo románico.
En primer lugar se dispone un pórtico o nártex, con tres naves, la central ligeramente más ancha que las latera-les, articuladas en cada lado por medio de dos arcos de medio punto dispuestos sobre tres potentes columnas de canon corto. De ellas, las de los extremos aparecen adosa-das a los muros y las centrales exentas, compuestas por un grueso y corto fuste cilíndrico que se apoya sobre una basa también cilíndrica y se remata con un pesado capitel cúbi-co, carente de collarino, y en el que la cesta y el ábacúbi-co, decorados con toscas figuraciones, conforman un único bloque pétreo. El sistema de cubiertas actual, con bóvedas de cañón corrido, con la central escarzana y ligeramente más elevada que las laterales, parecen ser fruto de las refor-mas efectuadas en el templo cuando, en época moderna, según las últimas consideraciones, se construyó una tribuna encima del pórtico. Estas bóvedas, no obstante, debieron de reconstruirse siguiendo el sistema de cubiertas original, aunque es de suponer que la bóveda central sería de medio cañón como las laterales; al menos, eso parece deducirse de la presencia de los contrafuertes en los muros perimetrales en el exterior y de las líneas de imposta originales que mar-can el arranque de las bóvedas en las naves laterales.
La presencia y funcionalidad de este cuerpo, que ante-cede al templo propiamente dicho y que está separado físi-camente de él, ya que aunque actualmente la nave central está abierta al templo, en origen debió de comunicarse con
él únicamente a través de una puerta, ha sido objeto de variadas opiniones, si bien actualmente parece unánime-mente aceptada su vinculación a practicas funerarias. Estos panteones situados a los pies del templo y en eje con él parecen responder, tal como apunta I. G. Bango Torviso, a una extendida práctica arraigada en la tradición hispánica, que en Asturias cuenta con un precedente señero en la basílica de Santa María, donde Alfonso II estableció el panteón regio de su estirpe. La monarquía leonesa conti-nuó dicha práctica en el panteón de la primitiva iglesia de San Juan y San Pelayo, y también, según se desprende de las últimas investigaciones, en el panteón que a fines del siglo XI Alfonso VI mandó construir para su eterno des-canso en el monasterio de Sahagún, donde con planta cua-drangular y dos grandes pilares circulares en el centro se siguió una disposición muy similar a la de León, aunque con mayores proporciones. A esta lista de edificaciones funerarias de raigambre áulica, según propone M. S. Álva-rez Martínez, debió de pertenecer también el panteón de San Pelayo de Oviedo, “restaurado”, al igual que el de León, por iniciativa de Fernando I y Sancha hacia 1053. Siguiendo estos presupuestos debió de levantarse enton-ces, a mediados del siglo XI, más o menos contemporánea-mente a las obras de Oviedo y León, el panteón de San Pedro de Teverga, destinado también a una estirpe de ascendencia regia.
Similares paralelismos pueden establecerse desde el punto de vista ornamental, donde junto a repertorios de filiación prerrománica, como los sogueados de las basas, aparecen motivos característicos ya del románico pleno, como la línea de imposta ajedrezada que recorre el arran-que de las bóvedas laterales, poniendo de manifiesto el conocimiento por parte de los autores de la obra de las últi-mas innovaciones artísticas. Técnica y formalmente, carac-terizan a estas piezas, en bajo relieve a bisel, la tosquedad y rudeza de las formas y el esquematismo de las composi-ciones, en las que en un solo plano, carentes de referencias espaciales, se representan las distintas figuras mediante siluetas y sin prestar atención alguna a los detalles.
De los seis capiteles, las caras frontales de los entre-gos y dos de las caras de los exentos se decoran a base de estilizadas y esquemáticas hojas lanceoladas, de aspecto primitivo, muy próximas a las que se encuentran en las columnas del primer tramo de la vecina iglesia de Santa María de Villanueva, y relacionadas estrechamente con las que decoran los capiteles de cripta de Leire en Navarra, para los que se toma como referencia de su construcción la fecha de consagración del templo en 1057. A su lado, en las caras restantes, encontramos representaciones zoomor-fas y antropomorzoomor-fas, cuya lectura iconográfica parece estar
Interior. Tribuna de los pies
relacionada con la confrontación entre el bien y el mal, tan frecuente en discursos morales de la época, encaminados, a través de las imágenes, en relación a la función didáctica de éstas, a mostrar al fiel el verdadero camino hacia la sal-vación. Prestan especialmente atención estas imágenes a la iconografía de la salvación, al triunfo sobre la muerte y a la resurrección, un discurso muy adecuado para la función funeraria de este recinto.
De esta manera, en el capitel exento del lado del Evan-gelio se representa, en la cara norte, la figura de un orante, rodeado de palmas y flanqueado por dos peces, con los bra-zos extendidos hacia el cielo, siguiendo una iconografía muy antigua derivada de las primeras representaciones del arte paleocristiano. En aquéllas, este tipo de imágenes, de raigambre imperial, era frecuente en los frescos de las cata-cumbas y en los relieves de los sarcófagos para representar la piedad del difunto y su salvación, que en el caso de Teverga quedan reflejadas por medio de las palmas, alusivas al martirio, y de los peces, emblema de Resurrección. En el lado opuesto aparece la figura de un extraño cuadrúpedo, de aspecto monstruoso, con el que se puede identificar una imagen del pecado y del mal, en oposición al triunfo del orante. La misma lectura puede establecerse para el capitel opuesto, en el lado de la Epístola, donde en una de las caras parece representarse la dócil figura de un cordero, en clara alusión a la figura de Cristo, en contraste a la imagen de un felino, de gran fealdad y rasgos demoníacos, que en la cara opuesta pisotea otro de los emblemas cristológicos: la cruz. La presencia de estos tres elementos nos trae a la memoria uno de los capiteles del arco triunfal de San Salvador de Fuentes, que E. Fernández González interpreta con una visión anacrónica de dos versículos del Apocalipsis, al con-siderar en el caso de Fuentes al cordero, sobre el que pare-ce la cruz, como símbolo del Salvador-víctima, y al león, símbolo del Salvador-victorioso. En el caso que nos ocupa, al encontrarse el felino pisoteando la cruz, creemos más acertado vincularlo a la lucha de contrarios, entendiendo al león, como ocurre en otras representaciones, dotado de un sentido negativo.
Repetida hasta en cuatro ocasiones, la imagen del caballo es otra de las iconografías más presentes en la cons-trucción. Esta repetición se explica, según ha expuesto M. S. Álvarez Martínez, por la antigua vinculación de este ani-mal con las representaciones funerarias, ya existentes en el primer arte cristiano, como símbolo de la victoria final frente a la muerte. En dos de los relieves, situados en las caras laterales del capitel del primer tramo del Evangelio, aparece una composición integrada por un caballo sobre el que se coloca una paloma y, por encima de los dos y adap-tadas al ábaco, las figuras de dos sinuosas serpientes. La
mencionada autora considera esta escena como una inter-pretación del triunfo sobre la muerte y alusión a la vida en el más allá, pues la figura del equino vendría a simbolizar la victoria ante la muerte, la paloma representaría el alma resucitada y la serpiente, en su acepción positiva, constitui-ría un emblema de la resurrección. También un caballo, y en este caso acompañado de un orante con las manos uni-das sobre el pecho, aparece representado en el capitel de último tramo de la Epístola, justo antes de acceder a la igle-sia. En esta ocasión acompañan a las imágenes grandes rue-das, con rosetas o estrellas inscritas en ellas, en clara alusión a las representaciones solares, que, heredadas de cultos antiguos, como las creencias mitraicas, pasan al arte cristia-no como símbolo de luz y eternidad, en relación con el dogma de la resurrección. Se pone así una vez más de mani-fiesto la clara orientación escatológica de todo el conjunto.
Actualmente se accede a la iglesia a través de la nave central del panteón, aunque, según se indicó, es de supo-ner que originariamente este acceso estaría cerrado, esta-bleciendo así la separación entre dos espacios perfecta-mente diferenciados en sus funciones. Como en el caso del panteón, al iniciar el comentario del templo propiamente dicho es preciso hacer mención del templo prerrománico de San Salvador de Valdediós, que constituye una referen-cia indiscutible para su estructura. Y similar relación con el templo de Valdediós tuvo el de San Juan y San Pelayo de León, que actualmente conocemos a través de excavacio-nes arqueologías, al haber sido sustituida su estructura a fines del siglo XIpor la que conserva hoy.
Sigue el templo una disposición de tipo basilical, con tres naves, la central más elevada que las laterales, separa-das por dos arcos formeros de medio punto en cada lado, dispuestos sobre pilares de sección cuadrada a los pies, columnas cilíndricas en el tramo central y pilares crucifor-mes en el más próximo a la cabecera. En su día, las tres naves, tal como se desprende de los datos vertidos por las campañas arqueológicas, ya que fue reconstruida en el siglo XVII, se comunicaban con una cabecera tripartita de testero recto con las tres capillas independientes, siguien-do los modelos de la tradición asturiana, tal como se puede ver en la ya mencionada iglesia de Valdediós, en San Julián de los Prados y en la más próxima a Terverga, de Santo Adriano de Tuñón. Al igual que en el pórtico panteón, el sistema de cubiertas recurre al abovedamiento total de las naves, utilizando el cañón corrido para la central, que alcanza casi los diez metros de altura, y el cañón reforza-do por un arco fajón para las laterales. Los pesos de la cen-tral descansan sobre las columnas de la arquería y sobre las mismas bóvedas laterales, lo que hace necesarios los con-trafuertes en el exterior del templo. El arco fajón de las
bóvedas, que además de cumplir sus funciones estructura-les actúa como articulador del espacio y da lugar a dos tra-mos, apea sobre la columna central de la arquería y sobre un pilar rectangular adosado al muro, correspondiéndose también en el exterior con un contrafuerte. La combina-ción de todos estos elementos da como resultado un con-cepto espacial muy distinto del que encontramos en el pre-rrománico, puesto que, a pesar de la angostura de las naves y la altura de las bóvedas, la gran luz de los arcos y el esca-so número de apoyos utilizados da como resultado un espacio más abierto y diáfano.
Plásticamente nos encontramos con los mismos dile-mas y controversias que en la arquitectura, ya que en el relieve integrado dentro de la estructura arquitectónica conviven elementos arcaicos con otros ya evolucionados. La decoración, de medio y bajorrelieve tallado a bisel con una técnica elemental y arcaizante, se concentra en capi-teles, basas, impostas y canecillos. Desde el punto de vista formal y técnico, responde a las mismas características que mencionamos en los relieves del panteón, si bien en este caso encontramos en algunas piezas un mayor detallismo y complejidad. En los repertorios ornamentales e icono-gráficos encontramos, junto con una serie de imágenes que veremos a continuación, en las que la carga simbólica parece evidente aunque difícil de interpretar, otra serie de motivos utilizados con fines meramente estéticos, caso de las recreaciones vegetales y geométricas, que decoran los ábacos y algunos capiteles imposta de los pilares, como los que reciben el peso del arco fajón de las naves laterales o los del primer tramo de las naves.
Las piezas más destacadas, tanto desde el punto de vista formal como iconográfico, son los dos capiteles de
las columnas exentas de las naves, en los que encontramos una serie de figuras que representan, con una adaptación secuencial y narrativa a la cesta, una escena de difícil inter-pretación. En ambos casos en composiciones claramente marcadas por la simetría, las figuras, totalmente antinatu-ralistas, rígidas y en posición frontal, se sitúan sobre un espacio abstracto carente de cualquier referencia temporal o espacial, acentuando así el sentido expresionista y pri-mitivo de la escena. Extrañas figuras de rasgos antropo-morfos y zooantropo-morfos aparecen como protagonistas de estos relieves, lo que en opinión de M. S. Álvarez Martínez debe ponerse en relación con la pervivencia de prácticas mági-cas, danzas y luchas rituales, cuyo significado debe de estar vinculado a la lucha contra el mal, la brutalidad y la ignorancia, en definitiva contra el pecado. De esta mane-ra, en el capitel de lado del Evangelio nos encontramos con una secuencia en la que se suceden hombrecillos ata-viados con túnica en actitud orante o como volando, con animales de rasgos felinos. Como elemento de unión entre las distintas figuras, las situadas en los vértices, siempre gemelas, funden su cabeza en una sola, dando así conti-nuidad a lo que parece haberse concebido como distintos episodios de una misma escena. Lo mismo ocurre con el capitel opuesto, donde fueron representados personajes a pie o a caballo, entre los que se distinguen por sus atuen-dos miembros del campesinado y miembros de la nobleza, algunos de ellos armados con escudo y lanzas, junto a seres fantásticos, como un hombre con cabeza de oso, otros en actitud voladora, como los de la pieza anterior, y un águi-la. Unas representaciones cargadas de un simbolismo que actualmente se nos escapa, y que la ya mencionada M. S. Álvarez Martínez, en su estudio El imaginario plástico del
románico en Asturias, relaciona con temas de magia y
supers-tición propias de tradiciones paganas, todavía fuertemente arraigadas en la Asturias medieval, tal y como dejan ver algunos documentos de la época. Ritos satánicos, danzas y luchas rituales, máscaras y figuras monstruosas en los que se mezclan las tradiciones populares con las intenciones moralizantes de la iglesia cristiana.
El aspecto exterior del templo acusa las transformacio-nes sufridas a lo largo de la historia, sobre todo en su facha-da occidental, donde la torre construifacha-da en el siglo XVII modifica por completo la visión de la construcción primiti-va. No obstante, la impronta medieval se deja sentir toda-vía en el empleo de los aparejos, la articulación de los muros por medio de los contrafuertes, el escalonamiento de las naves y en los numerosos canecillos y la cornisa ajedre-zada que rematan los aleros de toda la construcción. Estos canes, algunos de los cuales han sido recolocados libre-mente tras las intervenciones sufridas, constituyen uno de los aspectos más conocidos del templo tevergano y son muy similares a los que encontramos en San Isidoro de León y en la Torre Vieja de la catedral, donde, como aquí, el protagonismo es para las representaciones zoomorfas. Son las testas de los animales de la fauna local, cérvidos, osos, jabalíes, felinos, cánidos, etc., los que con alguna inclusión de cabezas humanas fueron tallados en estas pie-zas. Si bien el simbolismo dado a los animales desde la anti-güedad es una constante en el arte románico, como pudo verse en los capiteles del interior del templo, parece acer-tado pensar que en el caso de estas piezas su función es fun-damentalmente decorativa, pues no hay elemento alguno que permita establecer algún tipo de discurso o intención moralizante, como ocurre en otras ocasiones.
Completa la presencia de restos románicos en el tem-plo de San Pedro una puerta abierta en el muro sur, que es el único acceso original conservado, ya que la principal debió de ser eliminada con motivo de la construcción de la torre. Se compone este acceso de un arco de medio punto de descarga, en el cual inscribe un vano adintelado, todo ello envuelto por un guardapolvo decorado con el típico taqueado.
Como conclusión, podemos decir que el templo de San Pedro de Teverga es una de las primeras construccio-nes del románico asturiano, pudiendo datar su fábrica en torno al tercer cuarto del siglo XI. Esta temprana datación condiciona el aspecto primitivo de la construcción, en la que conviven elementos propios de la tradición prerromá-nica y de las nuevas soluciones del románico. Se ha señala-do en diversos estudios los paralelismos que presenta la obra tevergana, en todos sus aspectos, con algunos ele-mentos del primitivo templo leonés de San Juan y San
Pela-yo, así como con los restos de San Pelayo de Oviedo y la Torre Vieja de la catedral. Como ejemplos foráneos suele ponerse en relación con la iglesia gallega de San Martín de Mondoñedo, y sobre todo con varios ejemplos del primer románico navarro y catalán, como Leire, Cardona y Cuixá, así como con algunos ejemplos del sur de Francia. Los para-lelismos existentes entre San Pedro y los mencionados tem-plos, todos ellos más o menos contemporáneos, pueden derivar de la cronológica paralela, en el momento en que comenzaban a propagarse las soluciones del nuevo estilo. Unas ideas que, según pone de manifiesto M. S. Álvarez Martínez, no debieron de llegar a Asturias con el retraso que tradicionalmente venía asegurándose, pues tanto los restos conservados en Oviedo como la propia colegiata de Teverga y los elementos de la primera fase de construcción de Santa María de Villanueva, entre los que destacan la pila bautismal, demuestran que ya a mediados del siglo XIse tra-bajaba de acuerdo con la nueva estética. Debemos tener en cuenta, además, que tanto San Juan y San Pelayo de León, como San Pelayo de Oviedo, y pudiera ser que también el templo objeto de nuestro estudio, se vinculan, de manera más o menos directa, a los círculos de la corte leonesa de Fernando I, hijo de Sancho el Mayor de Navarra, gran benefactor de monasterios, entre los que destaca el de Leyre, donde introdujo la reforma cluniaciense, y propulsor de las peregrinaciones a Compostela, y que durante mucho tiempo su principal consejero no fue otro que el abad-obis-po Oliba introductor e impulsor de las nuevas corrientes culturales en el área catalano-aragonesa.
Texto: MFP - Fotos: MFP/PLHH/LAP - Planos: FN/JVC
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I
NSTALADO EN UNA PEQUEÑA DEPENDENCIA del claustro de la Colegiata de Teverga, este museo guarda una serie de piezas artísticas relacionadas con la historia del tem-plo. Entre ellas se encuentran algunos restos de filiación románica, de los que no se puede precisar su procedencia, ya que pueden ser piezas de la propia colegiata o proceder de otros templos del concejo, como San Miguel de la Plaza y Santa María de Villanueva. De entre estas piezas, entre las que se encuentran varios restos de imposta aje-drezada y un fuste liso, podemos destacar:Fuste con cestería
Resto de un fuste cilíndrico, cuya superficie fue deco-rada por medio de un entramado de cestería. En el románi-co asturiano no fue una práctica muy habitual utilizar este elemento decorativo que aquí ocupa la parte central de la columna, aunque contamos con algunos ejemplos en la
por-tada occidental de Santa María de la Oliva y la ventana absidal de Santa María de Sebrayo, ambas en Villaviciosa.
Dos capiteles vegetales
De forma troncocónica –uno en peor estado de con-servación que el otro–, y tallados en todas sus caras, para los que se recurrió a una decoración de tipo vegetal, com-puesta por dos filas supercom-puestas de hojas lanceoladas, siguiendo un modelo habitual en los templos del prerro-mánico asturiano, como Santa Cristina de Lena y Santa María del Naranco. Pueden ser, por tanto, unas piezas per-tenecientes a los tiempos de la monarquía Asturiana, qui-zás relacionadas con un templo prerrománico que pudo preceder a la construcción actual.
Capitel vegetal
Capitel troncocónico, con collarino, cesta y ábaco tallados en un mismo bloque pétreo, en el que sólo apare-ce decorada la apare-cesta, quedando lisas las otras dos moldu-ras. Dispuesta sobre todas las caras de la pieza, presenta una decoración vegetal inspirada en el corintio clásico, compuesta por cuatro grandes hojas de acanto nervadas y enroscadas en la parte superior, sobre las que asoman pequeñas volutas. Al igual que en el caso anterior esta pieza podría pertenecer a una construcción de filiación prerrománica, ya que guarda ciertos paralelismos con ele-mentos de esta corriente.
Capitel figurativo
Quizás sea esta la pieza más destacada de todo el con-junto, se trata de un capitel exento, visto por sus cuatro caras, de forma troncóconica en el que se representa una escena simétrica y repetida. En el centro de cada cara se dispone una especie de columna o pedestal de la que surge una gran hoja de palma, a la que flanquean, dispuestas en las esquinas, de una parte, un hombre barbado, cubierto con túnica y capa largas, que sostiene un bastón en forma de Tau y, al otro lado, una mujer con toca y bonete, atavia-da igualmente con túnica y manto, que lleva en su regazo un niño al que protege con su túnica y del que sólo se deja ver la cabeza y una mano con la palma abierta. Desde el punto de vista iconográfico, todos los elementos de la
com-Museo de la Colegiata de San Pedro
posición parecen aludir a un tema de la infancia de Cristo, concretamente el episodio vivido por la Sagrada Familia cuando en su descanso en la huida a Egipto el Niño hace surgir una fuente del tronco de una palma para calmar la sed de sus padres. Talladas en medio y bajo relieve, con for-mas suaves y redondeadas, hieráticas, rígidas y en posición frontal, las figuras, responden técnica y formalmente a las formulaciones propias del lenguaje del románico pleno.
Canecillo zoomorfo
Canecillo zoomorfo que sigue los modelos vistos en las cornisas del templo de San Pedro, por lo que no hay dudas en cuanto a su procedencia. Representa la figura amenazante de un felino mostrando sus fauces.
Canecillo zoomorfo
Similar y con las mismas características que el ante-rior, se recurrió aquí, siguiendo la tónica general en el resto de canes del templo, a la representación de un animal procedente de la fauna local, pudiendo ser en este caso un ternero.
Basa sogueada
Gran basa circular de perfiles sogueados similar a las que se utilizaron en las columnas del panteón, por lo que pudiera tratarse de la basa de alguna de estas columnas o de las existentes en las naves del templo, que actualmente carecen de ella.
Texto y fotos: MFP
Iglesia de San Miguel de la Plaza
S
EGÚN LA TRADICIÓN, contigua a la Colegiata de San Pedro, en su costado norte, se encontraba la iglesia de San Miguel de la Plaza, en la que se llevaban a cabo las funciones parroquiales, ya que la colegiata estaría reservada a los canónigos. Fundado el templo en el siglo XI, tal como reza la inscripción de la que nos ocuparemos a continuación, en el Libro Becerro de la Catedral, dentro de laNómina de parroquias elaborada entre 1385 y 1386, se alude
a él como San Miguel de la Plaça húsala apresentar el abbad de
Teverga. Es capellán della Ruy Pérez e beneficiado Goncalo Monniz. Ha de manso dos días de bues. Los diezmos pártense en esta manera: la metad lieva el abbad, la otra metad el capellán e el benefiçiado. Pagan
de procura çión quarenta e seys mrs. Riende esta capellanía mrs.e el benefiçio.
Nada parece conservarse en la actualidad de la men-cionada iglesia, a no ser la inscripción fundacional, depo-sitada hoy en el Museo de la Iglesia de Oviedo. Se trata de un bloque de alabastro, de 38 por 31,5 cm, que presenta por uno de sus lados la inscripción y por el otro una some-ra y tosca cruz con alfa y omega rodeada de un sencillo zigzag. Esta decoración ha sido considerada por los dife-rentes autores que se han ocupado de su estudio anterior a la inscripción del lado opuesto. De ser así, estaríamos ante una pieza reutilizada que pone de relieve la existencia de
una construcción anterior en el entorno de los templos de San Miguel y de San Pedro.
La inscripción, realizada en diez renglones con las letras trabajadas en bajo relieve, recoge, según trascripción y traducción de F. Diego Santos la siguiente fórmula:
Cerne om(n)em templum hoc / hic nos(c)e a f[a]m(ul)a Dei Eldonciae / fundatum est post obitu(m) vir{i} / sui ad annos V era bis quaderdena / supersunt bis ternis dive memo/ri(a)e. Fieri iunsit pro remedio anim(a)[e] / me(a)e arc(h)itectoni, fuit facta ex mea / munera em(p)ta h(a)ec domus Dni. S. Migaeli Ar(changeli) / precor vos, sacerdotes, sis D (e)us m(i)s(eri)c(o)r/s mici Eldoncia in v(estr)as ar(ationes), memento e(t) D(eu)s vos. Am(en).
(“Mira todo este templo, sabe que aquí fue fundado por la sierva de Dios Aldonza, cinco años después de la muerte de su marido de santa memoria, en la era de (mil)
dos veces cuarenta menos seis. Mandé hacerlo al arquitec-to para la salvación de mi alma y fue hecha con el produc-to de mis donativos esta iglesia de San Miguel Arcángel. Os pido a vosotros, sacerdotes, que con vuestras oraciones Dios sea misericordioso conmigo, Eldoncia, y que Dios se acuerde de nosotros, Amén”)
Desde que C. Miguel Vigil dio a conocer por primera vez el texto a mediados del siglo XIX, varios autores se han encargado de su estudio y trascripción, existiendo entre las diversas lecturas una serie de discrepancias en torno a la interpretación de la palabra SUPERESSE según se entien-da como “restar” o como “sumar”, en relación a lo cual se establece la datación de la pieza y de la fundación del tem-plo. Teniendo esto en cuenta, si ese término se lee como “restar”, opción que siguen la mayoría de autores, estaría-mos habando de 1036, mientras que si se interpreta como
“sumar” la fecha resultante sería la de 1048. En vista de esto, según nuestras consideraciones, nos inclinamos a considerar como acertada la última de las fechas mencio-nadas, 1048, pues, según se indicó al hablar del templo de San Pedro, en dicha fecha parece que tuvo lugar el falleci-miento del conde Pelayo Froilaz, cuya esposa respondía al nombre de Aldonza, condesa relacionada con los templos de San Pedro y de Santa María de Villanueva, todos ellos muy próximos dentro del territorio de Teverga, y que, según la inscripción conservada, puede ser también la pro-motora del templo de San Miguel.
Texto: MFP - Foto: LAP
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