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MISIÓN PROFETICA DE LA IGLESIA EN LOS TIEMPOS ACTUALES

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MISIÓN PROFETICA DE LA IGLESIA EN LOS TIEMPOS ACTUALES

Joscph Comblin

II PROFECÍA HOY * La misión de la Iglesia hoy

Si es verdad lo que hemos dicho con respecto al mensaje bíblico y la importancia del profetismo en la eclesiología bíblica, provoca sorpresa el lu- gar menos que mediocre que le reserva la teología dominante, la catcquesis, y aún los documentos eclesiásticos. El Concilio menciona dos veces el rol profético de la Iglesia, pero hay que reconocer que esa presencia parece muy discreta, más aún, insignificante al lado de la insistencia bíblica. Otra sorpresa es la poca importancia que se dio a la reflexión de tos laicos sobre un cierto profetismo en una sociedad cristiana. Si teólogos como Jour- net y Congar le dan un cierto reconocimiento, su centro de interés permanece muy alejado del pro- fetismo.

Entonces ¿por qué y para qué destacar de tal modo un aspecto del mensaje bíblico que la teo- logía moderna dejó de lado? ¿Ese aspecto será realmente actual? ¿No se trata, tal vez, de preocu- paciones marginales de algunos grupos sin impor- tancia?

En realidad, sucede que el interés por el pro- fetismo tanto del Antiguo como del Nuevo Testa- mento procede de un malestar de la Iglesia frente a la teología dominante. Esta no le proporciona muchos elementos para interpretar ni la nueva situación en la que ella está colocada, ni la nueva misión —o la nueva visión de su misión— que esa situación le impone. La Iglesia de hoy —aún en la jerarquía— está procurando una definición de su misión en categorías más adecuadas. Sin duda, ya

lo hemos sugerido, en la teología bíblica del pro- fetismo hay mucha proyección de los problemas de Iglesia de hoy. La Iglesia de hoy ilumina el mensaje bíblico. Inversamente todo indica que el mensaje bíblico puede también iluminar la misión de hoy. No existe todavía una teología del profe- tismo en forma organizada. Pero, podemos tener c] presentimiento de que esa teología está latente en el proceso de maduración de algunos proble- mas-claves de la Iglesia actual.

Conviene evocar primero esa nueva misión, o ese nuevo aspecto de la misión o la nueva ma- nera de mirar la misión de la Iglesia en medio de circunstancias nuevas. Dos documentos fundamen- tales de la actualidad bastarán pura informarnos: . la carta de Paulo VI al cardenal Roy, Octogésima Adveniens, y el documento sobre la justicia en el mundo del Sínodo romano, ambos de 1971.

El Sínodo romano enuncia la conciencia que tiene la Iglesia de su misión en cuatro textos pa- ralelos. La misma multiplicidad de estos textos muestra un cierto malestar: los redactores no en- cuentran las expresiones adecuadas y sienten la necesidad de multiplicar las fórmulas. Hay sin duda en los textos una deficiencia de lenguaje que procede de una insuficiencia de la teología colo- cada de hecho a la disposición de los obispos. Por otro lado, la vinculación de la nueva conciencia de la Iglesia con la eclesiología tradicional no apa- rece.

/ . "La misión de predicar el evangelio requiere en el tiempo presente que nos comprometamos en la liberación integral del hombre ya desde ahora, en su existencia terrena" lE.

" La ]** parle de este artículo fue publicada en nucsf.ro número anterior, pág. 211-220.

a" L i i It'iitogía de la liberación en el último Sínodo Rom.-inn", Memaje, N? 215. diciembre de 1972, N<? 37 (con los comenta- rios del P. Roñal do Muñoz}.

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¿En que sentido el compromiso en la libera- ción es parte de la misión de predicar? La propo- sición siguiente justifica esc compromiso por la necesidad de salvar la credibilidad de la Iglesia 10.

¿El compromiso tendría puro valor apologético y permanecería exterior al mismo mensaje cristia- no que la Iglesia predica? Esa sería una interpre- tación minimalista. ¿O bien el evangelio incluye en cierto modo un mensaje sobre la liberación integral del hombre? El texto no lo dice explícita- mente. Sin embargo en el mismo párrafo, el lexto habla de la necesidad de tomar una nueva con- ciencia del verdadero sentido det Evangelio. Con- forme o esa sugerencia, la liberación afectaría al contenido del Evangelio, o sea su sentido.

2. "La Iglesia recibió de Cristo la misión de predicar e! mensaje evangélico, que contiene la llamada del hombre a convertirse del pecado al amor del Padre, la fraternidad universal y, por tan- to, la exigencia de justicia en el mundo. Esta es la razón por la que la Iglesia tiene el derecho, aún más, el deber, de proclamar la justicia en el cam- po social, nacional e internacional, así como de denunciar las situaciones de injusticia, cuando lo pidan los derechos fundamentales del hombre y su misma salvación" 30.

La misión de la Iglesia no se limita, por tanto, a enunciar principios de moral, principios de jus- ticia, por ejemplo, ella no se limita tampoco a exhortar a los hombres a la conversión en general.

Su misión alcanza los hechos concretos: ella va hasta el punto de designar el pecado concreto y exigir la conversión de tal pecado concreto. El fun- damento dado a esa misión es la misión de pre- dicar. Ya se ve que el concepto de "predicar" me- recería un examen atento. Pues, en el sentido ha- bitual de la palabra, "predicar" puede ser sinó- nimo de enseñar, comunicar una ciencia moral, comunicar principios, etc. Habitualmente la pa- labra predicar no postula la denuncia concreta de hechos concretos. Es decir que la afirmación de los obispos va más lejos que el principio invoca- do para justificarla. Sin embargo, el método teo- lógico nos enseña que lo que vale es la afirmación del magisterio y no los argumentos dados por él.

3. "Su misión de dar ante el mundo testimonio de la exigencia de amor y de justicia tal como se contiene en el mensaje evangélico; testimonio que lia de darse en las mismas instituciones eclesiales y en la vida de los cristianos" M.

El fundamento es el mismo: ei mensaje evan- gélico. La consecuencia es una variante: el testi- monio en el comportamiento de las comunidades y de los individuos.

4. "Su misión implica la defensa y la promo- ción ile la dignidad y tos derechos fundamentales de la persona humana" s.

Estos textos presentan la misión de la Iglesia.

El principio general invocado como fundamento de todo lo que se deriva es "el mensaje evangé- lico" y la larca de "predicar" ese mensaje. En otras palabras: la misión de la Iglesia es la evangeliza- ción. Ahora bien, de esa misión de evangelización se derivan los deberes siguientes:

a) Compromiso en la liberación:

b) proclamar la jusiici;i como principio y exigen- cia;

c) denunciar las situaciones de injusticia;

d) vivir la justicia como testimonio de lo que se predica;

e) promover y defender los derechos humanos.

En otro lugar, el Sínodo dice en forma gene- ral que esas tareas tienen un contenido de cierto modo nuevo (no nuevo en relación al Evangelio, sino a una cierta manera habitual de interpretarlo) :

"Debemos estar preparados a asumir nuevas responsabilidades y nuevos deberes en todos los lampos de la actividad humana" ~l.

"Nuestra acción debe dirigirse, en primer lu- gar, hacia aquellos hombres y naciones que, por diversas formas de opresión, y por la índole actual de nuestra sociedad, son víctimas silenciosas de la injusticia, más aún, privadas del mismo dere- cko a hacerse oír".

No será abusivo colocar dentro de esa acción la de levantar la voz para defender esas víctimas que no pueden defenderse por sí mismas. Ahora bien, el documento del sínodo enuncia algunas ca- tegorías de esas personas: emigrantes, obreros,

uIbid. Ver el cumensariü dt-l P. ftunaldu Muñoz al respecto.

"Jbid., NP 38.

" Ibid.

" tbul.. Mí 3!>.

•• tbid., N<> 20.

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Interpretar la realidad a la luz del Evangelio

campesinos, refugiados, perseguidos, víctimas de represión, incluso de torturas... A ^;iv categorías corresponden situaciones humanas concretas en las que la Iglesia tiene e] deber (Je hablar, según e] Sínodo de los obispos de la Iglesia universal,

A un uso de la palabra tan concreto y deter- minado, la teología tradicional no proporciona cuadros de interpretación suficientes. Todo indica que un estudio mayor y más profundo del profe- tismo de! Nuevo Testamento y de los instrumen- tos de análisis de los movimientos y las filosofías cristianas de este siglo podrían dar instrumentos conceptuales más útiles. Sobre todo si se toma en cuenta la interpretación habitual del vocabulario teológico, Muchos obispos, sacerdotes o religiosos han sido profesores o doctores. Una cierta inclina- ción profesional los lleva a comprender la función de "enseñar" o de "predicar" en un sentido pro- fesoral. De la mjsma manera ellos tienden ;i com- prender el mensaje evangélico como una "doctri- na", un sistema de proposiciones o de verdades que hay que exponer, explicar y defender. Ahora bien, el sínodo dice otra cosa. La misión de la

Iglesia no es la de una escuela de filosofía moral, ni de una ciencia humana. No se Irata de "ex- plicar" el Evangelio. Fso lo hacen los catequistas.

I ;i misión propia de la Iglesia es más determinada y más amplia a la vez: su palabra debe hablar de realidades concretas, de hechos y situaciones.

Esa palabra pendra en el mundo no de modo tranquilo y pacífico, sino provocando discusiones, controversias, adhesiones y rechazos. Por eso, el Sínodo de los obispos parece pedir y exigir incluso un examen más atento de los fundamentos de esa misión de la Iglesia :¡ fin de que su significado pueda ser captado más fácilmente por todos. El examen de lo que es, significa e incluye el profe- lismo podría responder a esa exigencia.

I .mibién ta carta de Paulo VI al cardenal Roy, Octogésima Adveníais, llama a una cxplici- lauón de la función profética. Desde Renán Hova- rum los Papas dirigen la palabra de la Iglesia en materia social. Sin embargo, nunca se ha expli- cado claramente el fundamento de la intervención de la Iglesia en este campo. Por eso, muchos cristianos no distinguen claramente el alcance de su palabra. Por supuesto, los Papas invocan su misión evangélica. Pero no explican muy bien por qué y cómo su misión evangélica los lleva a interve- nir en las situaciones sociales de nuestro tiempo.

Pues los Papas no se contentan con exponer una doctrina social deducida de Jos evangelios. Su doc- trina utiliza la mediación de conocimientos natu- rales sacados de la observación de los hechos socia- les o de las ciencias sociales. Invocan el derecho natural y se atribuyen el derecho de poder definirlo e interpretarlo auténticamente, No aparece clara- mente el título que invocan para hacerlo. Todo quedaría mucho más claro elaborando mejor la función profética. Pues, entonces, sería patente que la Iglesia no es profesora de moral social, que su papel no es el de enseñar principios.

La carta de Pablo VI explica en forma bas- tante precisa el modo de actuar de la Iglesia. Sólo faltaría integrar esas explicaciones en una visión global de la misma según los principios bíblicos.

Pues, todos sabemos muy bien que, en la práctica, muchos sacerdotes y predicadores ignoran ia doc- trina social de la Iglesia y no ln predican. Algunos nunca la exponen durante el uño, mientras dedi- can toda su predicación a puras homilías, a veces sin contenido muy explícito. Esa negligencia sólo

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se explica porque no enlienden el valor, el signi- ficado y la importancia de la enseñanza social — mejor dicho, de la palabra proféticn de la iglesia en el mundo—, y la tratan como si fuera CÜSÍI se- cundaria que se puede exponer cuando sobra

tiempo.

En el N? 4 de la carta, el Papa insiste en el carácter concreto de la misión de la Iglesia:

"Incumbe a las comunidades cristianas analizar con

objelividad la situación propia de su país, esclarecerla mediante la luz de la palabra del Evangelio, deducir prin- cipios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción".

Ya en Popuhrum Progressio (N° 13) e! Papa presentaba la palabra de la Iglesia en la misma forma. Se trataba de "perscrutar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio".

No se trata du repetir palabras del Evangelio, ni de sacar principios generales de ellos, sino de apli- carlos en forma determinada a casos concretos.

En el N? 42, la carta explica más ampliamen- te ¡a dinámica de la enseñanza social du la Iglesia y dice de qué tipo de actividad se trata,

"Si bien no interviene p;ira dar autenticidad a una estructura determinada o para proponer un modelo pre- fabricado, ella no se limita simplemente a recordar unos principios generales. Se desarrolla por medio de una reflexión madurada al contacto con situaciones cambian- tes de este mundo, bajo el impulso del Evangelio cuma fuente de renovación, desde el momento que su mensa- je es aceptado en su totalidad y en sus exigencias. Se desarrolla con la sensibilidad propia de la Iglesia, mar- cada por una voluntad desinteresada de servicio y una atención a los más poores, finalmente se alimenta en una experiencia rica de muchos siglos, lo que permite asumir en la continuidad de sus preocupaciones perma- nentes la innovación atrevida y creadora, que requiere la situación presente del mundo".

En ese texto se reconocen muchas de las ca- racterísticas de la palabra profética según el mo- delo de la Biblia: la visión histórica de la realidad, basada en un recuerdo del pasado, una compren- sión del presente y una previsión del porvenir; la relación entre la fuente de] conocimiento que pro- cede de Dios y la realidad concreta; la nota de generalidad sin modelo concreto.

, Una referencia a la misión profética ayudaría también a comprender el modo de conocer de la Iglesia. Pues, estamos en una época dominada en- teramente por el afán de reducir todo conocimien- to a la ciencia. Las ciencias humanas tienen una

pretensión universal: quieren ser los únicos arbi- tros de la realidad humana. Ahora bien, la Iglesia no tiene títulos científicos particulares para dar opiniones sobre ¡as situaciones sociales, ¿Con qué título puede hablar? Hoy día estamos de hecho asistiendo a un rechazo —muchas veces cortés, pero firme— de toda interferencia de la Iglesia por parte de los economistas, los sociólogos, los antropólogos o los sicólogos. Sin embargo, la igle- sia sigue afirmando, y con más fuerza que nunca, su capacidad para interferir en los asuntos huma- nos y no permanecer en el mundo de las realida- des invisibles.

Ese derecho a la palabra aún contra el rechazo de muchos científicos, la Iglesia lo mantiene por ejemplo en materia demográfica, aún con el riesgo de provocar la ira y la reprobación de los cientí- ficos y de organizaciones internacionales podero- sas. La Iglesia defiende sus derechos a la misión contra his ideas de muchos antropólogos. Mantie- ne su derecho a hablar de los problemas sociales y La pobreza contra la voluntad de los economistas del neo-capitalismo imbuidos de un tecnicismo ra- dical —como se puede ver en muchos países la- tinoamericanos de hoy—. ¿En qué se basa y cómo comprender esa función de la Iglesia no basada en títulos científicos? ¿Cuáles son los títulos de \u Iglesia? Durante siglos, éstos no fueron discutidos, sobre todo en materia moral. Pero, hoy día, los problemas morales son también problemas cien- tíficos. La respuesta más válida y más coherente se encuentra en un estudio más atento de la for- ma profética de conocer.

Temas sobre el profetismo como respuesta a problemas actuales

Por lo que hemos dicho, podemos sugerir la idea de que la lgksi;i actual camina hacia un re- conocimiento más explícito y más amplio de su misión profética. El tema profético no está desti- nado a ser tratado solamente en algunos rincones apartados de la teología. La reaparición de la con- cepción bíblica del rol profético, después de un eclipse de muchos siglos, y la nueva conciencia que el magisterio —sobre todo el del Papa— toma de sí mismo, tienden hacia un punto de convergencia.

La teología bíblica necesita de una actualización en los problemas contemporáneos, y la misión de

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evangelización de la Iglesia actual necesita de la iluminación de los conceptos bíblicos.

No podemos proponer aquí una teología del profetismo, en toda su extensión. Bastará con dar algunas indicaciones para mostrar cómo una ela- boración del concepto de profeta puede traer luz a los problemas que se plantea la Iglesia actual.

1. La palabra en la vida

Dios y el hombre, lo espiritual y lo temporal, lo religioso y lo temporal, lo sagrado y lo profano, evangelización y humanización, cristianismo y po- lítica. Todas esas antinomias han constituido du- rante mucho tiempo el temario de todos los falsos problemas de la Iglesia y la teología de las últimas décadas. Todavía no se ha superado la situación problemática. En realidad, los términos en que se plantea muchas veces ese problema, no pueden ayudar en nada en la solución.

Sólo el profetismo y una comprensión más profunda del profetismo pueden manifestar cómo se unen en una sola visión y una sola acción Dios y el hombre, lo temporal y lo espiritual, lo evan- gélico y lo político, lo religioso y lo temporal, lo divino y lo humano. Pues, lo propio del cristia- nismo es justamente que no se pueden separar Dios y el hombre, etc. El cristianismo es justamen- te el único sistema, la única sabiduría que no per- mite considerar a Dios separado del hombre ni al hombre separado de Dios.

Se puede decir con igual razón que el objeto del mensaje de los profetas es Dios, o que es el hombre. En realidad es una palahra sobre la re- lación entre Dios y el hombre. El Dios de los pro- fetas no se hace presente entre los hombres en forma o dentro de una experiencia específicamen- te religiosa (separada de la vida profana); tam- poco el culto tiene valor privilegiado, el culto siem- pre es ambiguo; no vale por sí mismo, sino como signo de otra actitud y otra actuación humana;

tampoco se define Dios como objeto de un servi- cio, o fuente de preceptos. A cada una de esas alternativas corresponden sistemas religiosos co- nocidos en Ja historia de la humanidad.

El Dios de los profetas se hace presente en la alianza de los hombres. Su exigencia es la de una convivencia entre los hombres de su pueblo. Dios

es el autor, el defensor y el promotor permanente de determinado tipo de relaciones humanas: la alianza. El servicio de Dios es el servicio de la alianza del pueblo. Amar a Dios y amar a los hombres no son dos actividades distintas, sino dos aspectos, dos maneras de ver la misma actividad.

Dios se encuentra no en la naturaleza material (a pesar del sentimentalismo romántico del siglo XIX), ni en una experiencia sensible específica de tipo místico (hecho de sicología humana subor- dinado a la verdadera religión), sino en el mundo de los hombres: no por la reflexión del hombre en sí mismo, sino en el otro: en la relación con los otros dentro de la convivencia de la alianza. Por eso, no se puede hablar válidamente, no se puede decir nada que sea serio sobre Dios, sin hablar del hombre.

Inversamente, para los profetas, no se puede hablar válidamente del hombre sin hablar de Dios.

Los humanismos actuales quieren ser siempre más científicos y puramente científicos: por tanto ellos definen al hombre por lo que se ve en él, por lo observable, o sea lo actualmente perceptible. Para los profetas, esc hombre visible es el hombre tal como lo ha hecho el pecado. El verdadero hombre es otro, más allá de lo visible. La esencia y el verdadero valor del hombre no es algo visible, ni observable: es la vocación que Dios le atribuye en el pueblo de la alianza. Hablar válidamente del hombre no es algo científico, es decir lo que Dios quiere de él.

Por otro lado, la palabra profética no consiste en proferir un discurso sobre la relación entre Dios y los hombres. Ella es acto que interviene en esa relación, un acto creador de esa relación. El pro- feta no habla para lograr una adhesión intelectual a una doctrina, sino un cambio de vida, una reor- denación de la vida. Su palabra interviene en la vida de los hombres, molestando o liberando, acep- tada o rechazada, deseada u odiada.

2. La palabra en el tiempo

La palabra profética no es atemporal como las doctrinas filosóficas. El profeta habla de los acon- tecimientos en su singularidad para personas de- terminadas por un contexto histórico, es decir, de- terminadas tareas, determinados peligros y riesgos.

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El hombre no pítale ser Utilizado

El profeta se caracteriza por la forma como con- templa ;i ln historia. Se opone a tres numeras dis- tintas: la mítica, la oportunista y la ideológica.

El mito interpreta toda la historia a la luz del pa- sado. Para el mito, lo que sucede hoy es la pura repe- lición - hiijo otras furnias i> apariencia'»— ile lo que siempre sucedió en el pasado: nunca hay realmente no- vedad nunca pasa Dada.

Para el oportunista, el (Mésente vale en sí mismo y debe ser interpretado cu si mismo; el pusado pasó y el porvenir todavía no existe; hay que sacar el mayor provecho posible de lo présenle sin preocuparse con lo que hubo ¡irues y lo que vendrá después.

L.i^ ideologías miran hacia el futuro y contemplan en el hombre de hoy la fuerza que engendra el futuro.

Todo se refiere al futuro y lodo se sacrifica para el futuro, El futuro ahsorhe el presente.

Así son las ideologías del progreso; asi la ideolo- gía marxista sacrifica (I hombre actual para preparar una humanidad futura. \sf el neoptisiiivismo sacrifica a las clases marginadas para la construcción de un sistema económico del que se promete que hura la felicidad del hombre futuro. Las Ideologías que sacrifican al homhre actual pura el hombre futuro, generan todas las formas de totalitarismo. En los últimos años, los Papas multi-

tra el totalitarismo marxiste y también el totalitarismo ecOBomicista y neoposilivisla del mundo occidental (Oc- togésima adveníais, N " 26-36). Hará las ideologías, el p.isul» ya no tiene nada que pueda entrar en el por- venir. El pasado cslá superado. El porvenir es un hom ore nuevo, técnico, moderno. Entre el hombre pre-tác- nico y ul hombre técnico no hay continuidad.

El profeta asume el pasado. Por eso, la Biblia recapitula el pasado, y la Iglesia es, en cierto mo- do, la memoria (Je los siglos. El profeta cree que el drama vivido por e! hombre actual ha sido vi- vido desde el origen y el pasado puede iluminar el presente cuyas estructuras anticipa. El pasadu no está superado, sino vivido de nuevo aunque en tina etapa nueva y un registro nuevo de datos y circunstancias.

El profeta mira hacia el porvenir. Pero no acepta que el porvenir sea una creación del hom- bre, ni que éste encuentre su destino en la crea- ción de un futuro. F.l porvenir viene de Dios y está reservado a Dios. Pertenece al hombre el dis- ponerse hacía el porvenir a partir de las condicio- nes del pasado y del presente. El hombre no puede vivir en el porvenir porque Dios no le ha dado ese porvenir todavía. El porvenir se debe esperar en su tiempo pero no anticipar. El porvenir ha sido dispuesto por Dios y queda siempre fuera del alcance del hombre: es el hombre renovado, el hombre de la alianza renovada. Ese porvenir debe ser respetado en su plenitud y no encerrado en un sistema, una ideología o una teoría científica. El porvenir es más amplio e imprevisto que todas las teorías. El porvenir se vive viviendo el presente.

No se puede sacrificar el presente al porvenir; al revés, el porvenir debe ser vivido y realizado en el presente en forma de imagen o semejanza. No sacrificar al hombre presente en vista de una fra- ternidad y paz futura, sino vivir esa paz futura en una paz presente, imperfecta, pero imagen válida y real. Por otro lado, el presente no tiene signifi- cado en la satisfacción inmediata que confiere, sino en la imagen del porvenir que permite realizar.

Por eso, la Iglesia tiene un mensaje profético sobre el hombre. Ella tiene una visión del hombre que se impone como norma, límite y objetivo a.

toda acción humana. No acepta que el hombre pueda ser manejado o utilizado a partir de una ideología que es un futuro impuesto por un pro- yecto limitado de hombres que no reconocen sus

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límites; ni por mitos, ni por la conveniencia de una intuición del momento. Su profetismo cree que l;i imagen tlcl hombre creada por Dios se ba manifestado en la alianza del Antiguo Testamento.

La visión de] hombre que allí se vivió no está ni superada, ai anticuada. Además ella se desarrolló en el Nuevo Testamento y el mensaje del Nuevo Testamento sigue manifestando sus virtualidades.

Esa visión recogida del pasado permanece ante- rior y superior a todos los proyectos y las teorías científicas, a pesar de las contribuciones valiosas, pero parciales de estas.

Por otro lado, la Iglesia invoca al hombre pre- sente y real aún sin valor técnico o científico co- mo anterior y superior a todas las capacidades técnicas. Todo hombre es más que lo que las cien- cias pueden conocer en él y su presencia consti- tuye una exigencia que delimita todos los pro- yectos.

Finalmente, la visión bíblica contiene una pro- mesa de un hombre nuevo cuya radicalidad per- mite controtar y juzgar todos los proyectos parti- culares. Sobre todo, los profetas anuncian que la acción de Dios es superior a la acción del hombre en la historia y el hombre no puede atribuirse a sí mismo la tarea de Dios.

3. La palabra tic la Iglesia y las ciencias Hoy día el rechazo de la palabra de la Iglesia invoca las ciencias, el método científico, por lo tan- to y su valor universal. El discurso de la Iglesia no es científico, no vale. En nuestros días, el problema no procede tanto de las ciencias de la naturaleza, sino de las ciencias humanas, sobre todo la eco- nomía. Las ciencias tienden a emanciparse total- mente de todas sus fuentes precientífícas. Consti- tuyen totalidades que se han hecho autónomas y tienen sus normas exclusivamente en sí mismas.

El mismo hombre desaparece. Hablan de funcio- nes o de variables, no del hombre.

Conviene, por lo tanto, examinar la relación entre la ciencia y la profecía. Las ciencias no pue- den emanciparse totalmente del hombre. Ellas no parten de nada. Partieron de una cierta visión del hombre pasado. El hombre buscó en ella algunos valores y esos valores deben permanecer constan- temente presentes. Así por ejemplo, la economía

procede de una búsqueda de una vida más feliz y confortable. Ella no puede emanciparse del hom- bre hasta el punto de subordinar el hombre a la búsqueda de una potencia económica pura. La ciencia es irracional en el momento en que se aparta de su origen. La ciencia no es inocente:

es una actividad del hombre y éste nunca puede abandonar esa responsabilidad. El profeta no pre- tende reemplazar al científico, sino recordarle el significado de su labnr, y su responsabilidad de hombre, superior a sus tarcas científicas.

4. Profecía y actividad eclesial

Todas las comunidades cristianas tienen mi- sión profética. Por consiguiente no podemos repre- sentarnos la formación cristiana como una asimi- lación de una doctrina hecha, ni un aprendizaje de un modo de actuar tradicional. El cristianismo no se enseña como una doctrina o una moral. Las comunidades cristianas son cristianas en el mo- mento en que actúan prnféticamente: la palabra bíblica está llamada a tomar en ellos una nueva vida. Aprenderla en su letra no basta. Conocerla como documento del pasado es inútil. En muchos casos la enseñanza cristiana no ha superado el ni- vel de comunicación de tradiciones religiosas: lo que hace de! cristianismo la ideología de un pue- blo o una clase social en el pueblo. Las comuni- dades cristianas deben recibir activamente la pa- labra, referirla a las situaciones en que viven y proferirla frente al mundo como un juicio del mun- do y un factor de conversión del mundo.

5. Iglesia y mundo

El profetismo es la fuente de la irreductibili- dad de la Iglesia. La Iglesia no puede integrarse en el mundo. Ella permanece siempre superior y debe salvar su capacidad de juzgarlo. Su misión específica hace de ella nu la expresión de la posi- ble actual, sino de lo absoluto. No se pide el mar- tirio a los representantes del mundo o de la socie- dad, pero sí se pide a la Iglesia. Hay en ella algo que no puede ceder. Ella representa justamente lo que en el hombre nunca puede ceder: lo abso- luto del hombre frente a todas las aspiraciones de

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las potencias de este mundo: ciencia, riqueza, eco- nomía, estado, nación, poder.

Por supuesto, en los hombres concretos que representan a la Iglesia siempre habrá diversidad:

habrá laicos, sacerdotes y aún obispos más "po- líticos" y otros más "proféticos" (en el sentido de Mounier). Los primeros son más sensibles a lo posible, a la eficiencia inmediata, al oportunismo;

los segundos son más sensibles al rigor de las pa- labras evangélicas, a la fidelidad literal, menos a la eficiencia. Los primeros se sienten atraídos por los medios humanos y buscan en ellos ayuda para la pastoral. Los segundos son más sensibles al honor de Dios y sacrifican más fácilmente los me- dios humanos. Los primeros tienden a postergar la hora del martirio, y los otros nada hacen para postergarla, más bien la precipitan aunque invo- luntariamente. En todo caso, el profetismo de la Iglesia define ciertos límites que no se puede su- perar.

La profecía tiene dos aspectos que correspon- den a la línea de San Pablo y la línea de San Juan.

El discernimiento cristiano sabrá reconocer en las circunstancias el momento de la línea de San Juan y el momento de la línea de San Pablo: o sea los tiempos en que el profetismo manda enfrentar el mundo y el momento en que manda confiar en él, denunciar lo malo o afirmar lo bueno, partir de la denuncia o partir del reconocimiento. En eso, el pasado, la memoria de dos mil años de Iglesia y tnda la memoria de la humanidad ayuda. El discernimiento no puede ser obra de pura intui-

ción. El cristiano no puede ignorar el pasado. Si lo hace, caerá inevitablemente en el mito, el opor- tunismo o las ideologías.

6. La diversidad de los carismas

En lo anterior hemos tratado del proíetismo como misión de la Iglesia, y no de los diversos carismas dentro de la comunidad. Sería necesario otro estudio para plantear el problema de la su- cesión de los llamados profetas de las comunida- des cristianas primitivas. Aquí nos contentaremos con la misión general. De todos modos, podemos concluir que los carismas interiores a la comuni- dad no pueden permanecer indiferentes a la mi- sión de la misma comunidad: ellos ayudan a la co- munidad en el cumplimiento de su misión especí- fica y no solamente a los individuos de la comu- nidad.

Por otro, parece normal que la función de profecía que pertenece a toda la Iglesia sea asu- mida en forma más pura y más radical por algu- nos cristianos. En un cierto sentido, una exigen- cia especial de profetismo y de radicalidad está conferida a los miembros de la jerarquía. Pero hay también otras diversidades. Las hay primero dentro de la misma jerarquía, y, también, fuera de ella. Podemos aplicar a la Iglesia de hoy lo que decían Journct, Congar o Chenu después de Maritatn a propósito de la función de despertar.

No indos pueden cumplirla en forma igual.

Referencias

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