Después de “Yacay en las tierras del buen viento” y “Yacay rumbo a las Llanuras Kaibas”, en el último tomo de la saga, los protagonistas descubrirán verdades ocultas de su propio pasado, viajando por lugares sorprendentes y corriendo graves peligros.
editorial amanuta
Yacay
en la Isla de la F ur ia
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Yacay
en la Isla de la Furia
El último libro de la trilogía de Yacay
—Descansen —dijo Imiu mientras todos se tiraban al suelo exhaustos—, seguiremos el rastro de Gania. ¡¡¡Esos malditos túparos no tienen olor!!!
—Ni dejan huellas —añadió Yacay—. No hay manera de seguirlos.
—¡Excelente! —exclamó el kaibo jadeando —Avísales a todos que corran hacia las montañas, porque esto se va a poner feo...
El último libro de la trilogía de Yacay
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Yacay en las tierras del buen viento Yacay rumbo a las Llanuras Kaibas
Luz María del Valle
9789569330391
La última esperanza para vencer a los guácaros es seguir un arriesgado plan más allá de las montañas donde viven. Para lograrlo, Yacay y sus amigos necesitarán la ayuda de los misteriosos sabios de la selva...
editorial amanuta
Luz María del Valle
Ilustraciones de Francesca Mencarini
Yacay
en la Isla de la Furia
YACAY EN LA ISLA DE LA FURIA Colección Niños con Cuento
© Luz María del Valle, 2015
© de esta edición: Editorial Amanuta Limitada, 2015 Santiago, Chile
www.amanuta.cl
Edición general: Ana María Pavez y Constanza Recart Ilustraciones: Francesca Mencarini
Diseño: Philippe Petitpas
Primera Edición: octubre 2015 N° registro: 257.268
ISBN: 978-956-9330-39-1 Impreso en Chile
Editorial Amanuta
Todos los derechos reservados
del Valle, Luz María.
Yacay en la Isla de la Furia / Luz María del Valle.
Ilustraciones de Francesca Mencarini.
1º ed. - Santiago: Amanuta, 2015.
[192 p.]: il. 20 x 15 cm. (colección Niños con Cuento).
ISBN: 978-956-9330-39-1 1. CUENTOS INFANTILES CHILENOS Mencarini, Francesca, il.
editorial amanuta COLECCIÓN NIÑOS CON CUENTO
Yacay
en la Isla de la Furia
Para Ignacio, Elena y José Ignacio.
1. Los túparos
2. La negra amenaza de la selva 3. Un mundo de luz amarilla 4. Algo se acerca
5. La danza de las túparas 6. El plan
7. Los cazadores túparos 8. La partida del rey 9. La prueba de Imiu 10. Los primeros guácaros 11. Las Montañas Media Luna 12. La noche más fría de sus vidas 13. La tierra de los guácaros 14. El segundo poblado 15. Una idea brillante 16. El Collar del Cielo 17. La trampa
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Índice
18. La puerta secreta 19. La historia de Guimou 20. Viejos enemigos 21. Una guácara sorpresa 22. Antes de la batalla 23. La Isla de la Furia 24. El equilibrio 25. El final del viaje
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Volocordos
Sus casas están en las ramas de los árboles del Gran Bosque, tienen piel celeste, alas en la espalda y plumas en la cabeza; se alimentan de vegetales y su vista es excelente a la luz del día; pueden volar y caminar, pero no nadar, aunque les encanta mojarse y jugar en el agua.
Algunos personajes que encontrarás en esta historia
Yacay Tolbon Ragon
El rey Imiu Gania Guimou
Maullianos
Sus casas están junto a las raíces del Gran Bosque, aunque antes vivían en cuevas en las montañas; sus cuerpos son fuertes y ágiles, cubiertos de hermosos pelajes; son cazadores, comen solo carne, tienen excelente visión nocturna, pueden nadar y corren más veloces que cualquier otra criatura.
Kaibos
Son enormes y fuertes, con grandes orejas que se mueven y narices largas. Pueden sentir las vibraciones del suelo bajo sus pies con tal precisión que parece que “escuchan” con los pies. Recolectan frutos pequeños para comer y viven en las Llanuras Kaibas.
Ponguinos
Tienen la capacidad de encontrar agua bajo la tierra usando una piedra blanca.
Conocen el arte del riego para cultivar plantas, pastorean animales y construyen sus hogares de piedra en la isla de Pongo. Son vecinos de los proponguinos, pescadores que habitan chozas flotantes alrededor de la isla.
Ribo
Ilén
Guácaros
Viven normalmente al otro lado de las montañas Media Luna.
Son extremadamente fuertes, comen carne y cambian de lugar cuando se les acaba el alimento. A veces atacan violentamente a otras criaturas sin provocación.
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1. Los túparos
U
na calurosa mañana, tras haber caminado varios días atra- vesando las Llanuras Kaibas, Yacay y sus compañeros de viaje entra- ron en la selva. Iban en busca de los túparos, esos seres que todo lo oyen y todo lo ven. La única pista que tenían eran las inquietantes instrucciones que les había dado su amigo Ribo: “Vayan por la selva hacia las montañas. No se preocupen de encontrar a los túparos;ellos los encontrarán a ustedes”.
El felino olfato de los jóvenes maullianos Imiu y Gania recibía una enorme cantidad de olores extraños, pero no adivinaban cuál sería el de los túparos. La vegetación era tan tupida que no se veía el cielo. Se oían gruñidos, crujidos y zumbidos entre las ramas y las
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raíces sobresalientes de los árboles.
Se acercaron a un riachuelo que corría entre piedras negras.
Algo más allá formaba una pequeña laguna umbría. Hacia ella se encaminaron cuando, de pronto, Yacay se detuvo tan bruscamente que los demás casi lo derribaron al chocar con él. En un instante, todos alzaron sus armas: Yacay su cuchillo; Imiu y Gania, sus ondas maullianas; Ilén, la muchacha ponguina, levantó su arco a la vez que los volocordos Ragon y Tolbon abrieron las alas e hicieron lo mismo. Así, en posición de ataque, habrían asustado a cualquiera, pero la criatura que tenían enfrente no movió ni un solo músculo.
En el centro de la laguna, sobre una piedra plana, estaba sen- tado, con las piernas cruzadas y la espalda recta, un ser negro, tan negro que si no hubiese abierto los ojos, lo habrían confundido con la piedra. Su quietud perfecta lo hacía invisible desde lejos y por eso Yacay había visto aparecer un par de ojos tan de repente cuan- do el extraño los abrió.
Su cuerpo negro se parecía al de los ponguinos y proponguinos, pero no tenía pelo alguno. Sus delgados brazos terminaban en gran- des manos que estaban cruzadas sobre el pecho. En el rostro, de
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facciones finas, dos grandes y redondeados ojos miraban con una expresión entre divertida y seria, que daba la impresión de saberlo todo, penetrarlo todo, pero, a la vez, burlarse de todo. Así los estaba mirando, a los seis, con la vista fija. Cada uno sintió que era el único observado por esa mirada poderosa, temible, y a la vez magnética.
Podrían haber sido segundos o tal vez horas, nadie supo cuánto estuvieron todos inmóviles hasta que, con lentitud, el ser negro ce- rró nuevamente los ojos, inspiró por su delgada nariz y luego, con un elegante movimiento que parecía una danza, posó los pies en el fondo del agua y se levantó. Entonces quedaron al descubierto llamativas manchas amarillas en su cuerpo. Arqueándose como un puente, hizo una extraña pirueta y salió del agua. Quedó de pie, frente a Yacay, con los puños en la cadera, respirando calmadamen- te, como si nunca se hubiera movido.
Se miraron un momento, muy serios. El extraño era una cabeza más alto que Yacay, dos más que el resto de los viajeros. Su delgado y fibroso cuerpo no tenía más vestimenta que un taparrabos tan negro como su piel.
Ansioso por romper el incómodo silencio, Yacay cedió en el
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duelo de miradas y, haciendo una breve inclinación de cabeza, se presentó:
–¡Buen viento!, soy Yacay, volocordo del Gran Bosque, y estos son...
–Ilén –interrumpió con voz profunda el extraño individuo, mi- rando a la muchacha–, Gania –continuó, mirando ahora a la mau- lliana–, Imiu –dijo al joven rey–, Ragon y Tolbon –terminó, sin equi- vocarse–. Bienvenidos. Yo soy Güeriuk, túparo de la selva.
Cuando todavía tenían las bocas abiertas, tratando de entender por qué conocía sus nombres, el extraño ser siguió hablando:
–Les presento a mi tribu– dijo, con un gesto amplio de los brazos.
Los viajeros miraron a su alrededor, extrañados, pues no veían a nadie. De pronto Gania se sobresaltó y todos siguieron su mirada.
Entre las sombras, unas manchas amarillas aparecieron de la nada, dejando ver el contorno del cuerpo de un ser parecido a Güeriuk que se levantaba del suelo, donde había estado de rodillas con las manos sobre la cara. Las manchas que estaban en sus piernas y en