La moral de una reina
Un comentario sobre el libro “Reina Victoria” de Lytton Strachey * Ana Santillán
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Tal como en distintos momentos de su enseñanza, Lacan ha afirmado que el descubrimiento del inconsciente, no hubiese podido tener, lugar, antes del siglo del nacimiento de la ciencia; en su Seminario R.S.I, encontramos una referencia relativa al contexto del descubrimiento, la época victoriana, del que afirma que: “quizá hay más de un origen para ese fenómeno estupefactivo del descubrimiento del inconsciente “.
Lacan ubica la época victoriana como “una especie de estrago”. Una especie de estrago necesario para que se produjera un despertar: el descubrimiento del inconciente.
“. Si el siglo XIX, me parece, no hubiera sido tan asombrosamente dominado por lo que es muy necesario que yo llame la acción de una mujer, a saber la reina Victoria, tal vez no nos hubiéramos dado cuenta de hasta qué punto era
necesario, era necesario esta especie de estrago para que hubiera al respecto lo que yo llamo un despertar”.
Entonces, la época victoriana, como estrago y el descubrimiento del inconciente como despertar Es, en este contexto, en R.S.I., que Lacan elogia y recomienda la lectura de “Reina Victoria” de Lytton Strachey.
Un libro, que no sólo es la biografía de aquella reina,
Victoria I , soberana del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda y Emperatriz de la India, y Gobernante Suprema de la Iglesia Anglicana, que fuera, sin duda, el emblema de una época. Su reinado, el más largo de la historia de Gran Bretaña, coincidió con el apogeo y expansión del poder colonial, con el desarrollo económico e industrial del imperio
británico, convirtiendo a Inglaterra en primera potencia mundial, durante el siglo XIX. “La corona era el símbolo de esa potencia y estaba depositada sobre la cabeza de Victoria”.
Este libro, no sólo es la biografía de una mujer que se “se autoproclamara guardiana de las esencias morales del Imperio” De una reina, que personificó y dio nombre a una moral:
la severa y férrea moral victoriana, que “tras su imperturbable fachada escondía un patio trasero lleno de inconfesables miserias.”. Este libro, es también, el relato de las
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intrincadas tramas políticas, y de sus laberintos del poder y es, claramente, un retrato de un momento en la historia de la civilización.
Escrito con cierta ironía e irreverencia a los personajes victorianos, el estilo de Strachey, supone, en sí mismo una critica osada para ese momento.
Los tiempos de la ilustración habían preparado el terreno para que en el siglo XIX, se precipitaran una serie de cambios radicales. Durante la ilustración se fraguaron los ideales de la modernidad, desde un proceso que se había iniciado mucho antes y entraron al siglo XIX, con su espíritu de progreso, sus aspiraciones de cientificismo y los ideales del utilitarismo.
Gran Bretaña, en su esplendor, en el apogeo del desarrollo industrial y del capitalismo, produce un quiebre y una recomposición de los lazos sociales, instaurando un nuevo orden y una moral:
La burguesa moral victoriana: puritana, férrea, glacial.
El siglo XIX, se impuso con su nuevo orden: “Victoria era la personificación del triunfo de una nueva era en la humanidad. Los últimos vestigios del siglo XVIII habían desaparecido; el cinismo y la astucia habían quedado trasnochados y el deber, el trabajo, la moralidad y la vida doméstica triunfaban en su lugar. Cada uno de los detalles había adoptado, en justa correspondencia, formas severas y sólidas. La era victoriana estaba en pleno apogeo.”
¿Pero a qué respondió la existencia en el siglo XIX de esta moral? ¿Cómo surge? ¿Por qué la severidad?
Una moral, cuya vigencia se extendió más allá del siglo XIX y de la que aún hoy, podríamos, reconocer, en nuestros prejuicios conservada su presencia. Una moral, burguesa, asentada en una represiva moral sexual. Con celosos disfraces de apariencias, practicaba la disimulación y la hipocresía. El espíritu escrupuloso de los victorianos:
exaltaba el sentido de la pureza y la castidad, la higiene y la decencia. Disciplinó, bajo estrictos principios, el lugar de la sexualidad.
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Por fuera del ámbito conyugal y de su función de procreación, la sexualidad fue
considerada escandalo, extravío o silenciosa hipocresía. Para el orden burgués, modelo de doméstica virtud, la mujer, era “el ángel del hogar”, el matrimonio, su dignidad y la castidad, su honor.
La moral sexual cultural, con sus severos imperativos, sus severas restricciones al goce sexual, hayan “en la nerviosidad de la época”, su malestar. Tal como plantea Freud, en su texto “la moral sexual cultural y la nerviosidad de la época”. Texto, cuya hipótesis central es que la causa de “la nerviosidad” está en la renuncia pulsional que exige someterse al ideal de fidelidad del matrimonio monogámico. Freud, lector de la época, en ese tiempo de recrudecimiento de la represión sexual, formula, al mismo tiempo una hipótesis cuyos conceptos trascienden las épocas. Los síntomas son la práctica sexual de los seres
humanos, satisfacción sexual sustitutiva de la relación sexual que no existe. Tal es el lugar de la sexualidad para Freud. Los síntomas “huéspedes forzosos de un mundo extraño, cosas inmortales que se han mezclado en el ajetreo de los mortales”. Los deseos inconscientes, extrañamente propios, indestructibles y atemporales, aunque interdictos, encuentran sus vías de satisfacción. Que la condición del goce es su interdicción, que no hay proporción sexual, que cada época y cada sujeto ficciona singularmente algún modo de decir de este real.
En el mundo victoriano, Freud avanza, con la vena del romanticismo y las luces de la razón, hacia su descubrimiento del inconciente. La subversión freudiana, encuentra su punto nodal, en la división subjetiva, tal que “el yo no es dueño en su propia casa” y “supo dejar, bajo el nombre del inconciente, a la verdad hablar “
Si el despertar es producto de la proximidad con el encuentro de un real, para luego volver a adormecernos en las ficciones de ese sueño que llamamos realidad, el descubrimiento freudiano, es el descubrimiento del encuentro con ese real.
En tal sentido vuelvo a otra cita de Lacan del Seminario R.S.I “Creo que este libro “Reina Victoria” me parece que tiene que volvernos muy sensible esto, en fin, sensible con un particular relieve, sensible que el amor no tiene nada que ver con la relación sexual”
(…)cuando uno encuentra una vagina dentada, si puedo expresarme así, de la talla excepcional de la reina Victoria, en fin, una mujer que es reina, es decir que
verdaderamente es lo que se hace mejor como vagina dentada. Es incluso una condición esencial (…) Ustedes mirarán eso de muy cerca: eso me parece la cosa más maravillosa
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que se pueda tener como anuncio de esta verdad que yo había encontrado sin eso, esta verdad de la no-relación sexual. Eso me parece una ilustración completamente
sensacional”.
* Publicada por primera vez en 1921, Strachey ya había cuestionado y desafiado las convenciones de su tiempo en otras ejemplares biografías: “Victorianos enminentes” y “Isabel y Exxel”. El modo narrativo, la descripción del entorno cotidiano y el contexto histórico, el acento en los detalles y en los rasgos singulares de los personajes, hacen de este libro un lectura amena e inauguró, en su momento, un nuevo estilo dentro del género biográfico, en ruptura con enciclopedismo. Lytton Strachey, hermano de James Strachey (traductor al inglés de la obra de Sigmund Freud) perteneció al círculo londinense de Bloomsbury junto con la escritora Virginia Wool, entre muchos otros, grupo que se caracterizó por un rechazo al mundo victoriano y sus valores morales.
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