V. LA ACTITUD RELIGIOSA: LA RELIGIÓN COMO RESPUESTA.

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V. LA ACTITUD RELIGIOSA:

LA RELIGIÓN COMO RESPUESTA.

V.1. ACTITUD DETERMINADA POR LO SAGRADO.

V.1.1. Experiencia de sentido.

El hombre, en el encuentro con lo sagrado, con las hierofanías, alcanza ideas y sentimientos que cambian la manera de entenderse a sí mismo y su comportamiento. Esa realidad extraña le llama la atención y le lleva a entender su vida en la dirección de una trascendencia donde encontrará su plenitud. Desde ese momento aspira a superar todo lo que le rodea y quiere implantarse en esa otra vida que se le muestra.

El hombre religioso no se da, sino que se hace. Es el hombre que descubre algo nuevo y diferente y quiere acercarse y ser él mismo esa realidad divina o sagrada que descubre. Es más, el hombre descubre que no será él mismo en plenitud si no se acerca y vive esa realidad, pues se da cuenta que en ella está la respuesta a todos sus anhelos y aspiraciones, que en ella se le ofrece la condición del sentido absoluto. Pero no como algo que se invente, sino como algo que se encuentra.

Sabemos que la experiencia humana no se reduce a lo percibido por los sentidos y lo verificable, como podían decir los empiristas. Tampoco se limita a la propia conciencia y a la racionalización del propio yo. El hombre está dotado de muchas maneras de acceder a la realidad, entre las que está la experiencia de sentido, por la que se abre a la presencia de algo enteramente otro.

La experiencia cotidiana nos abre a objetos y acontecimientos que podemos controlar y entender, nuestra reflexión permite conocernos, pero la experiencia de sentido va más allá, interpreta los contenidos anteriores llevando a la persona a un campo significativo más amplio y valioso, pero inobjetibable y fuente de compromisos vitales.

Pero esta experiencia no pretende controlar la realidad, sino que se sitúa en actitud de respeto y admiración, espera que se muestre para participar de su grandeza. Más que demostrar pretende abrir horizontes y sugerir nuevas realidades.

Los elementos constitutivos de toda experiencia de sentido son tres:

a. Iluminación, pues permite al hombre sentirse enriquecido al descubrir su fundamento y meta última.

b. Trascendimiento, porque le lleva a salir de sí mismo y a entrar en una realidad superior que lo perfecciona.

c. Participación, porque de alguna forma se hace con algo de esa realidad sugerida.

El vehículo de esta experiencia es el símbolo, un signo que transmite un sentido y pone al

hombre en contacto con una realidad escondida e inaccesible de manera inmediata, debido a su

carácter limitado, situado y finito.

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Se trata de una experiencia referencial basada en una ruptura de nivel por la que el hombre se abre a un campo de significación más profunda, donde lo vivido inmediatamente permite conocer realidades que están más allá de lo cotidiano.

V.1.2. La experiencia religiosa.

Si aplicamos lo dicho a la actitud religiosa, vemos que se trata de una experiencia de sentido en cuyo centro está lo sagrado, lo numinoso, lo santo, como punto último de referencia que garantiza la realización plena del hombre. No se trata de una experiencia de lo inmediato, sino de profundización en ella. El hombre no podría experimentar a Dios en sus cultos y ritos, si no lo descubriera de algún modo en lo cotidiano del mundo y de su vida. Es ahí donde se producen estas experiencias, en las que la realidad divina se da a conocer a través de las vivencias humanas, pero quedando siempre tras el velo de lo que las trasciende.

Los elementos determinantes de toda experiencia religiosa son:

a. Insobornable y terrible. Se trata de algo imprevisible, una fuerza dispensadora de todo, que rebasa el nivel humano y escapa a cualquier apropiación por parte de los hombres.

b. Delimitación y forma. Algo que determina lo caótico y salvaje, que confiere forma y hace posible el mundo.

c. Envío. Elemento mediador entre los dos anteriores que revela un camino de salvación, que hace de la religión un mensaje de liberación

En toda experiencia religiosa auténtica aparecen estos tres elementos o principios (material, formal y final), que son captados por el hombre como algo inapropiable, como un orden superior y como salvación definitiva. De estos principios derivan las características de la experiencia religiosa:

a. Inmediatez. La experiencia religiosa no se da en contacto directo con la realidad típica de las sensaciones, sino como un encuentro personal con lo sagrado, pero a través de otras realidades que sirven de mediaciones. No se trata de algo sensible o especulativo, sino de una vivencia que brota por simpatía con la presencia de una realidad superior evocada en la conciencia.

b. Globalidad. No es una experiencia puntual o reducida a determinados aspectos de la realidad, sino que abarca a la persona y la realidad enteras. A la vez, en ella se juega el hombre su destino último, pues es donde descubre las respuestas que ponen en marcha sus dimensiones más importantes, como la racionalidad o el compromiso ético.

c. Transformación. En la experiencia religiosa el sujeto se siente transformado por completo, pues al reconocer una realidad superior sale de sí mismo y descubre nuevos horizontes y metas a su vida. Descubre algo con valor supremo a lo que ajusta su conducta para alcanzar la plenitud personal

Este tipo de experiencias son las que provocan en el hombre la actitud religiosa, actitud que se caracteriza por la búsqueda del sentido y por la aceptación incondicional de esa realidad encontrada, como últimas palabra y realidad insondable. El hombre la acepta con confianza porque la ve como máximo poder y valor incondicional, como algo que colma todas sus pretensiones y ansias de búsqueda.

Esta docilidad brota del sentimiento de salvación que experimenta el hombre, que traduce en

términos de liberación integral y de vida totalmente renovada. Sólo en esta aceptación de ese

modelo superior se siente verdadero hombre que se realiza plenamente.

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V.1.3. La religión como encuentro personal con Dios.

V.1.3.1. El hombre es un ser de alteridad.

La antropología nos descubre que una de las dimensiones fundamentales de la persona es su capacidad de apertura, encuentro y comunicación con los otros. El sujeto humano está abierto al mundo y a los hombres. Esta apertura es la que le hace que sea persona, pues sólo en la relación vital del yo con el tú podemos hablar de un hombre auténtico.

El hombre no es un ser encerrado en sí mismo, sino que es eminentemente dialogal, necesita comunicar sus sentimientos e ideas.

Es más, el hombre que es hombre con los otros, necesita el encuentro interpersonal, la relación entre personas en respectividad, reciprocidad e intimidad. Respectividad porque se sabe distinto y referencia mutua. Reciprocidad porque necesita respuestas iguales a sus vivencias y experiencias. E intimidad porque necesita encontrarse en lo más profundo de su propio yo y no en la periferia de simples acontecimientos. Estas características se basan en una estructura peculiar:

Inviolabilidad. El respeto al otro yo que se reconoce con sus derechos y obligaciones.

Dignidad. El reconocimiento de la supremacía de la persona por encima de cualquier forma de objetivación y manipulación.

Interioridad. El hombre es autoposesión y autoconciencia, coincide consigo mismo y sabe quien es, que piensa y existe. Necesita reflejarse en los otros.

Libertad. Es capaz de optar, de abrirse a los otros sin restricción alguna. Se sabe a sí mismo como un valor y en el encuentro personal así reconoce al otro.

Estos elementos son la base de todo encuentro interpersonal. Son el modo propio del hombre de estar en la realidad, desprenderse de sí mismo y salir hacia lo que está fuera. Relación que capacita al hombre que se encuentra para la donación mutua y el trascendimiento hacia lo incondicionado, hacia un Tú definitivo.

Es aquí donde se abre la posibilidad del encuentro personal del hombre con Dios. Pero no faltan dificultades a la hora de aplicar el encuentro humano al encuentro con Dios:

a. La absoluta trascendencia del misterio. Vimos que lo sagrado supone una ruptura de nivel que lo hace heterogéneo y misterioso. Pero es superioridad pone al hombre en la pista de la trascendencia, ante una llamada que le obliga a responder. Esa interpelación cumple las condiciones de todo encuentro personal, pues afecta al núcleo de la persona a pesar de la distancia, aparece a la conciencia humana como un sujeto de un acto de encuentro.

b. La posible objetivación del sujeto religioso. El hombre religioso puede caer en la tentación de objetivar ese misterio, de convertirlo en una cosa que se apropia y domina. Pero lo sagrado aparece siempre como lo otro inobjetivable, como algo que no se tiene a la mano. El Misterio no es una cosa entre las cosas ni un simple objeto de nuestro conocimiento, sino un horizonte distinto con el que el hombre se encuentra de forma semejante a como lo hace con las personas.

c. La ausencia de diálogo personal en algunas de las grandes religiones. Como sucede con el nirvana budista o con el brahmanismo hindú.

A pesar de estas dificultades, podemos definir la actitud religiosa como el encuentro personal con lo santo o el Misterio. Actitud que es configurada por dos notas fundamentales:

a. Inobjetividad conceptiva. Ya sabemos que lo sagrado y misterioso rebasan nuestro nivel de

conocimientos, que no puede ser objetivado y usado como una cosa a la mano. Por eso la

relación que el hombre guarda con él no es la misma que se da en el conocimiento científico,

que cae siempre bajo el dominio del sujeto. El ser humano carece de capacidad comprensiva

ante el misterio. Si se comprendiera ya no sería Dios, o el Misterio. En la actitud religiosa el

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sujeto no domina intelectivamente sobre el objeto, porque sabe que desborda su finitud, que es el centro y razón de su existencia. Ante este reconocimiento el hombre no tiene más remedio que someterse y saberse dependiente de dicha realidad. Aceptar su existencia como un regalo.

b. Interpelación personal. En todo encuentro interpersonal se da una interpelación o llamada mutua. En las distintas religiones el encuentro con lo sagrado, la presencia de lo divino, se muestra como un tú con el que se establece una relación que reúne las condiciones del encuentro personal: respectividad, reciprocidad, intimidad y subjetividad. La actitud religiosa se fundamenta en la dualidad yo-tú propia de todo ser personal, tiene carácter de diálogo, pues es síntesis de algo que me afecta, otro distinto que sale a mi encuentro.

De todas formas, es preciso aclarar que el encuentro del hombre con Dios no responde al simple esquema de causa-efecto o de sujeto-objeto, sino al de apelación-respuesta, típico de los seres espirituales, por el que el hombre se abre a un nuevo horizonte de realidad y de sentido.

Pero se trata de una relación específica que reconoce y respeta los distintos niveles de realidad.

Podemos concluir que toda religión define el encuentro del hombre con Dios, una realidad absoluta de carácter personal que se presenta al hombre como un enfrente que le invita a entrar en una relación intersubjetiva. En toda experiencia religiosa Dios aparece como un sujeto que atrae, que se comunica y que habla al hombre manteniendo intacta la mutua respectividad y posibilitando el trascendimiento humano.

V.1.4. Definición de la actitud religiosa.

Se trata de un hecho humano específico que consiste en el reconocimiento y aceptación por parte del hombre de una realidad suprema que confiere sentido último al mundo, al hombre y a la historia, que es la última respuesta al interrogante del hombre sobre sí mismo y sobre el mundo.

En todo hecho religioso se dan tres componentes necesarios:

a. Hecho humano específico. La religión es una actividad exclusivamente humana, que requiere su inteligencia y voluntad. Y a la vez es irreductible a cualquier otro hecho humano, pues supone entender la existencia desde la perspectiva de la trascendencia.

b. Realidad suprema. Es el elemento determinante de la actitud religiosa. Se identifica con el Ser Supremo o trascendente, dotado de una triple superioridad:

b.1. Ontológica, porque se trata de un ser o realidad en grado supremo.

b.2. Axiológica, porque se entiende como el valor supremo.

b.3. Personal, porque goza de las características propias de lo humano en grado máximo.

Esta superioridad es la que le concede un rango que no es equiparable con nada del mundo o de la realidad humana. De ahí que se denomine como Misterio.

c. Función salvífica. Una realidad tal, situada en un nivel superior, es la que confiere el sentido último, pues en el encuentro con ella el hombre alcanza su plenitud y se siente liberado. Como dice Duméry, toda religión comporta un clima de optimación en el que el hombre aspira a superar el estado presente trascendiéndose hacia un estado definitivo o nueva esfera de realidad considerada como anticipo de la vida definitiva y perdurable.

Todo hecho religioso supone unos elementos básicos:

1. El hombre en su realidad existencial.

2. Lo divino como realidad trascendente.

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3. El sentido de dependencia y la función salvífica.

Elementos entre los que se cumplen todos los aspectos de la relación: un sujeto, un objeto y un fundamento que los vincula.

Todos estos elementos determinan los rasgos distintivos de la religión tanto por parte del hombre como por parte del misterio.

Por lo que respecta al hombre, los caracteres principales son los siguientes:

1. Dinámico, pues comporta una actividad constante.

2. Emocional, pues afecta al hombre en su totalidad, y de manera especial a sus aspectos interiores o espirituales.

3. Óntico y místico, pues se vive de manera nuclear, muchas veces es indefinible e inexpresable.

4. Doctrinal,, ya que contiene unas verdades imprescindibles.

5. Colectivo y eclesial, se vive y se ejerce e unión con los otros.

6. Inmanente y trascendente, pues va desde la vida cotidiana hasta una realidad totalmente ajena y fuera del mundo.

Por parte del Misterio, la religión se presenta como una irrupción en la propia vida de una potencia extraña que conmueve al hombre impulsándolo a cambiar de vida. Le fuerza o anima a ser él mismo con la ayuda de alguien mayor. Es un movimiento que concierne al hombre en su intimidad más profunda teniendo que dejar de ser lo que es para conquistar otra forma de vida más perfecta. Conseguir esta vida es la meta de la actitud religiosa, que se traduce en actos y prácticas mediante las cuales pretende el hombre acortar distancias y hacer presente a Dios en la propia vida, a la vez que se transporta él mismo a la nueva esfera descubierta.

V.2. CATEGORÍAS RELIGIOSAS Y FORMAS AFINES.

V.2.1. Categorías y prácticas religiosas.

Se trata de los conceptos fundamentales típicamente religiosos o manifestaciones externas de la actitud religiosa.

a. Fe y oración.

Elementos constantes en todas las religiones. La fe es el reconocimiento y aceptación de una realidad trascendente y personal que dota de sentido a la vida del hombre. Aunque la fe religiosa excluye la evidencia, no por eso se reduce a un simple presentimiento, sino que se entiende como un verdadero conocimiento. Toda forma de fe tiene una estructura que incluye necesariamente la obediencia a esa verdad creída y la confianza en aquel que la manifiesta.

“El hombre que cree en Dios, lo presiente, obedece su verdad y se confía a él”, decía G. Van der Leeuw.

En la fe se abren siempre dos caminos: apoderamiento y comportamiento, que culminan en la salvación. Apoderamiento en cuanto el creyente encuentra su lugar propio en Dios, en quien encuentra la vida en plenitud. Comportamiento porque a partir de esa convicción ordena su existencia, sus costumbres y conducta moral, hacia esa totalidad y unidad descubiertas.

La oración es consecuencia de la fe. El que cree necesita el encuentro con el Misterio por

medio de la palabra, el diálogo permanente con lo divino. Sus formas son tantas como

posibilidades ofrece la comunicación humana, fundamentalmente son de invocación y acción

de gracias. Algunos estudiosos de la religión dicen que la oración es la expresión originaria de

toda actitud religiosa, pues el misterio se presenta como lo único necesario frente a las otras

realidades de la vida del hombre.

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b. Fiesta y culto.

Todas las religiones señalan días especiales en los que el hombre rompe con la monotonía para dedicarse a Dios. Son las fiestas, días señalados con carácter sagrado y religioso, en los que cesa toda actividad y se viven en especial dedicación al servicio divino.

Se puede decir que la fiesta es una reactualización de los acontecimientos sagrados originarios, del tiempo mítico. Es la forma de recuperar y repetir el tiempo, que no se pierde, sino que se renueva y revive. En cada día festivo se reencuentra el mismo tiempo de los años anteriores, a la vez que se rememoran y actualizan las gestas divinas de los orígenes.

La fiesta consta de elementos distintos y reviste modalidades tan dispares como formas religiosas existen. Pero en todos los casos expresa el deseo del hombre de regenerar su existencia profana y de vivir en la eternidad transformando el curso temporal en un momento interminable.

Por culto entendemos un conjunto de actos y ritos sociales cuya finalidad es la de exteriorizar y compartir las vivencias religiosas, preferentemente en los días festivos o momentos intensos. Es elemento constante y requisito de toda religión. No hay religión en la que no aparezcan tiempos, lugares y actos cúlticos donde se expresen comunitariamente los sentimientos propios de la fe religiosa. La mayoría de los cultos son fenómenos culturales concretos que permiten su estudio y determinar la estructura de una determinada religión.

Todo culto obedece a una normativa dictada por la comunidad en la que se realiza. Está exento de todo pragmatismo utilitarista, lejos de ser un instrumento para obtener favores mundanos.

En todo acto de culto intervienen dos aspectos fundamentales: el litúrgico, porque se basa en la repetición de determinadas palabras, y el dramático, porque tiene carácter de representación.

En el culto se da forma conjunta a las vivencias del individuo y de la colectividad, y a la conducta del poder supremo. En él se unen la indigencia humana y la sobreabundancia divina;

se reúnen el ser del hombre y el ser de Dios.

c. Sacrificio.

Este componente reviste formas distintas según las religiones, pero tiene unos elementos comunes en todas ellas. Sacrificio, sacrum-facere, se refiere a la introducción de algo profano en el ámbito de lo sagrado con el fin de fortalecer los vínculos del hombre con la divinidad.

Trata de establecer una comunicación entre lo sagrado y lo profano por medio de un objeto o una víctima sacrificial.

Las formas más comunes de acción sacrificial son: el ofrecimiento de dones o intercambio de favores entre el hombre y los dioses; la expiación de las culpas mediante la destrucción de una víctima que sustituye a quien la sacrifica; comunión o unión con la divinidad compartiendo una comida. Estas formas, como tantas otras, expresan la actitud religiosa entendida como unión con la divinidad por la que se concede al hombre su salvación.

Un caso peculiar de sacrificio son los sacramentos cristianos, en cuanto que la víctima es a la vez la persona oferente divina, Cristo que se ofrece a sí mismo como víctima propiciatoria.

d. Culpa y pecado.

Se trata de una categoría presente en todas las religiones, y significa el rechazo

consciente por parte del hombre en el cumplimiento de sus obligaciones, una actitud de

rechazo o negación hacia lo divino y hacia las prescripciones que brotan de la fe en él. En las

grandes religiones históricas, como el cristianismo, se trata de un rechazo de la ley divina,

transgresión que supone un alejamiento de Dios que desemboca en la muerte del hombre, su

no-salvación. En estas tradiciones se afirman dos constantes la libertad absoluta del hombre

para transgredir dicha ley y el amor y perdón permanentemente ofrecido por Dios.

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e. Muerte e inmortalidad.

Parece lógico que el hecho biológico de la muerte, así como sus connotaciones humanas, son acontecimientos evidentes, que como tales aparecen recogidos en toda actitud religiosa.

Pero no sucede lo mismo con la inmortalidad, que, siendo esencial en toda religión, no es interpretada de la misma manera en todos los credos (resurrección, reencarnación, transmigración,...), aunque siempre es considerada como un don de Dios (participación en una vida de orden superior) que supone la transfiguración de la duración en un instante eterno propio de la vida divina. Es como la recuperación del tiempo en su totalidad o el logro de una vida interminable en un nuevo estado.

V.2.2. Formas afines a la religión.

a. Magia.

Por magia se entiende el conjunto de prácticas por la que se intenta conseguir bienes y favores inalcanzables por medios ordinarios. El que ejerce la magia pretende apropiarse de unos poderes superiores valiéndose de una habilidad especial para manipular las fuerzas de la naturaleza.

Se trata de un fenómeno tan antiguo como la humanidad, aunque predomina en ambientes de carácter primitivo o de escaso nivel cultural.

La magia reconoce el orden sobrenatural, pero recurre a la intervención del hombre para apropiarse de fuerzas misteriosas derivadas del Ser supremo.

Son dos los fines perseguidos por la magia: obtener favores (magia positiva-activa) y evitar males (magia negativa-pasiva). Dos formas típicas: la magia blanca, que ordena su actuación a la conquista de algún bien, y la magia negra, que intenta causar daños a otros.

Es cierto que magia y religión se entrecruzan e incluso se confunden a lo largo de la historia, pero sus diferencias son radicales. La magia, que denota un poder desproporcionado, es debida a un falso concepto del mundo, de sus leyes y de su relación con lo divino. La religión es consciente de la limitación humana, opta por el acatamiento y la sumisión de la realidad al poder divino, por el respeto del curso natural de los acontecimientos, fruto de una actitud de confianza salvífica y de la libertad del hombre.

b. Hechicería.

Forma afín a la magia negra, que parte de un concepto de naturaleza que excluye todo poder sobrenatural. Se trata de una apropiación de poderes naturales ocultos con fines maléficos mediante una habilidad extraordinaria que se ejerce. Según los casos se considera que el hechicero o bien está poseído o por poderes malignos, o bien que posee un poder extraordinario basado en un conocimiento especial de las leyes de la naturaleza. Los medios empleados en la práctica de la hechicería varían según los pueblos y las culturas y son transmitidos de padres a hijos y de maestros a discípulos.

Formas afines a la hechicería son el chamanismo, la brujería y los curanderos. Todos ellos disponen de poderes fuera de lo común como condición imprescindible para el desarrollo de sus funciones.

c. Superstición.

Se trata de una práctica basada en determinadas creencias que atribuye poderes

extraordinarios a ciertos ritos sin relación con la divinidad. Valiéndose de objetos especiales

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(amuletos) y practicando ritos singulares, el hombre supersticioso cree vencer el temor y la angustia producidos por fuerzas amenazadoras y poderes extraños e incontrolados.

Entre sus manifestaciones más frecuentes encontramos: el culto indebido hacia lo divino, oraciones milagreras, adivinación del futuro (cartomancia, quiromancia), hechizo protector (uso de amuletos y talismanes), maleficios (mal de ojo),... Todas estas prácticas son debidas a una falsa comprensión que diviniza la naturaleza atribuyéndole poderes propios de lo sobrenatural.

La carencia de convicciones religiosas auténticas y la excesiva credulidad son factores determinantes de la actitud supersticiosa, cuyo mejor antídoto está en una buena formación, ya sea científica o religiosa.

V.3. ESQUEMAS Y CLASES DE RELIGIÓN.

El hombre ha expresado de diferentes maneras a lo largo de la historia su vivencia peculiar de lo sagrado, siempre de acuerdo con su nivel de comprensión de la realidad y de desarrollo cultural. De ahí que haya una multiplicidad de manifestaciones religiosas y de grupos religiosos.

Aunque todas ellas tengan un núcleo universal identificable, son diferenciadas de acuerdo a distintos criterios historiográficos y antropológicos. Para nuestro estudio seguiremos un doble criterio: su momento de aparición y presencia histórica, y el tipo de concepción de la divinidad y el tipo de relación con ella.

V.3.1. Esquemas básicos.

a. Religión primaria.

Grupo formado por todas las formas de religión que se desarrollan desde el inicio del tercer milenio a. C., momento de la llamada revolución neolítica. Son religiones de carácter totémico

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y animista. Mas que religión se puede hablar de una mentalidad religiosa para la cual la naturaleza y, en general, el mundo están animados por espíritus. Esta concepción no quita para que se conciba un ser supremo de tipo teísta al que se subordinan los distintos poderes o espíritus. Otra forma típica es el denominado manismo, una particular forma de veneración a los antepasados como dadores de vida, fecundidad y fertilidad.

b. Religión secundaria.

A partir del Neolítico, en torno a los siglos XVII-XVI a. C., con la aparición de las sociedades complejas, surgen las grandes civilizaciones, como la China o la japonesa, y más adelante las grandes civilizaciones del Medio Oriente. En todas ellas se desarrolla una religión que concibe la divinidad de manera extensiva, dominando las formas panteístas, dualistas y politeístas.

c. Religión terciaria.

Dentro de este grupo, a partir del siglo VI a. C., con el desarrollo y diversificación cultural, aparecen las grandes religiones que conciben la divinidad de manera intensiva, el monoteísmo, como experiencia de una divinidad única y siempre la misma. En este grupo

1 El término totemismo proviene del hindú totam, que indica la familiaridad o la relación familiar de personas o grupos con animales o plantas. El tótem es la representación de pueblos cazadores, que representa al animal portador de fuerza, el Señor-espíritu que cumple una función de ayuda y defensa.

Normalmente encarna al animal muerto, de donde se deriva el tabú de no cazar o comer al animal totémico, incluso de no casarse dentro del mismo clan totémico.

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encontramos una gran variedad de comprensiones, que van desde el Budismo, al Judaísmo, el Islam o el Cristianismo.

V.3.2. Tipos de religión.

a. Religiones profética y sapiencial.

Religión profética es aquella en la que la verdad última no se alcanza por reflexión humana, sino gracias a una revelación o manifestación de la palabra de Dios, que se vale de hombres privilegiados (profetas) para comunicarla y darla a conocer.

Una religión sapiencial es aquella en la que no hay revelación alguna, sino que el hombre mismo reflexiona sobre la realidad y llega por sus medios al conocimiento de la verdad y sentido últimos de la vida y de la historia.

b. Religiones politeísta, henoteísta y monoteísta.

Una religión politeísta se basa en la representación de la divinidad en distintas entidades superiores o pluralidad de dioses, que, por lo general, corresponden a las distintas fuerzas de la naturaleza deificadas.

Una religión henoteísta es la religión politeísta que da primacía a unas determinadas divinidades sobre las demás por razones de orden local, nacional o político. Se rinde culto exclusivo a la divinidad escogida, pero sin olvidar a las restantes.

Una religión monoteísta, con un concepto más depurado de la divinidad, sólo reconoce un único Dios trascendente y personal, autor del mundo, creador y salvador del hombre.

c. Religiones mística y personalista.

En una religión mística Dios lo es todo para el hombre, el individuo desaparece entregándose al absoluto, en cuya unión es absorbido por completo.

Una religión personalista, por el contrario, a la vez que reconoce la soberanía de Dios, mantiene intactas la originalidad y posibilidades del sujeto humano, que se relaciona personalmente con la divinidad sin perder su individualidad.

d. Religiones tribal y universal.

Religión tribal es la propia de una comunidad natural, tribu o pueblo, en la que el individuo alcanza la salvación por el hecho de su pertenencia natural a un grupo determinado.

Una religión universal rompe los esquemas espacio-temporales, no se reduce a un pueblo o grupo determinado, sino que se extiende a todos los hombres, su especificidad está en el hombre en cuanto hombre, sin restricciones de ninguna clase. Cualquiera que lo desee puede acceder a dicha religión.

e. Religiones primitiva, arcaica e histórica.

Una religión primitiva tiene su fundamento en un mito como forma de expresión de la realidad percibida como sagrada y de su relación con ella. Este tipo de religiones, además del Ser supremo, poseen otras figuras indeterminadas de carácter divino que centran su interés y actos de culto.

Una religión arcaica ya profesa un culto verdadero en el que intervienen sacrificios y sacerdotes.

Y una religión histórica, a parte de ser conocida de manera directa en la historia, posee

un concepto claro del carácter trascendente de la divinidad, y establece de manera organizada

los cultos, los códigos de comportamiento y se institucionaliza.

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