El texto bíblico en La intrusa, de Jorge Luis Borges

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El texto bíblico en “La intrusa”,

de Jorge Luis Borges

Ángeles Ma. del Rosario Pérez Bernal

“La intrusa” (Jorge Luis Borges, 1970), dentro de sus múltiples po-sibilidades estéticas, es una invi-tación a leer y reflexionar sobre los significados culturales de dos his-torias: la de dos orilleros del siglo XIX superpuesta a una historia bí-blica. El texto induce al lector a reconsiderar temas como la leal-tad, el homocentrismo y la exclu-sión femenina.

Jorge Luis Borges alguna vez señaló que el acontecimiento más importante de su vida había sido la biblioteca de su padre. Con esta afirmación, el autor argentino destacó la importancia de ser lector antes que escritor. Luego, en su literatura, el hecho se hizo patente al convertir cada ficción en una posibilidad de leer otras historias detrás de ella. Esto no significa que los relatos de Borges se con-viertan en plagios; por el contrario, se trata de elaboraciones esté-ticas que parten de un postulado histórico, literario, filosófico o reli-gioso, y juegan con todas las posibilidades que ese elemento origi-nal ofrece para llegar a un nueva propuesta de realidad con el fin de sorprender al lector e invitarlo a la reflexión.

Lo anterior es justamente lo que sucede en “La intrusa”, texto publicado en El informe de Brodie (1970), y que será objeto de análisis en el presente estudio. El objetivo de este trabajo es invitar al lector a descubrir las historias rescritas en el relato, así como las variaciones y nuevas propuestas que la ficción introduce para goce y asombro de quienes la leen. Las herramientas utilizadas para rea-lizar esta exposición provienen de la hermenéutica de Paul Ricoeur (2000), quien considera la obra de ficción como un proceso de

in-“La intrusa” (Jorge Luis Borges, 1970), within the multiple aesthe-tic possibilities, is an invitation to read and reflect on the cultural meanings of two stories: that of the orilleros of the nineteenth century superimposed on a biblical story. The text induces the reader to re-consider themes such as loyalty, homocentrism and feminine discri-mination.

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novación semántica que integra en una historia total y completa acontecimientos múltiples. Para tal autor, el proceso de lectura es fundamental, pues activa y otorga unidad al recorrido hermenéutico o círculo de la mimesis, el cual permite al texto manifestarse como holom o unidad de significado total. Dicho recorrido abarca los campos prefigurativos (el material cultural que sirvió para construir la obra), los configurativos (procedimientos artísticos) y los refigurativos (la realidad aludida).

“La intrusa” comienza con una referencia bíblica como epígra-fe, se trata de 2 Reyes, 1, 26. El curioso lector abre el texto sagrado para encontrarse con la sorpresa de que el capítulo indicado sólo cuenta con 18 versículos. Devuelve su mirada inquisitiva al texto de Borges, y se pregunta qué relación tiene un versículo inexistente con el título ofrecido. También se trataría de un versículo intruso en la historia divina, o cuyo lugar estaría en otra parte y no en tal sitio. Pero, ¿por qué eligió el narrador tal referencia y no alguna distinta? A través de una revisión de la historia de los textos bíblicos, el lector se entera de que la Biblia llamada Septuaginta, (Nelson, 2000) incluía cuatro libros de Reyes, que correspondían a los libros de Samuel 1 y 2, y Reyes 1 y 2 de la Biblia moderna. Por consiguien-te, la referencia del epígrafe estaría disfrazada y realmente perte-necería a 2 Samuel 1, 26, que dice: “Angustia tengo por ti, hermano mío Jonatán, /Que me fuiste muy dulce. /Más maravilloso me fue tu amor /Que el amor de las mujeres.” (Santa Biblia, 1998). Esta cita forma parte de la endecha pronunciada por David al enterarse de la muerte de Jonatán, a quien “amaba como a sí mismo.”

De acuerdo con la elegía antes citada, David sentía por Jonatán un amor análogo al amor descrito por Platón en El banquete, don-de los amantes pertenecen al mismo sexo y su meta no es otra que la inspiración recíproca en la investigación de la verdad y del bien. Y aunque este amor tiene un fundamento en el instinto sexual, los amantes lo han sublimado en una pasión por el estudio en común. Jonatán y David eran guerreros, pero también gustaban de la sabi-duría y el arte.

Por consiguiente, el epígrafe de “La intrusa” es fuertemente sugestivo, ya que el lector imagina el tipo de intrusión que puede

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invocar el título de la ficción, donde una mujer habría irrumpido sin derecho y estaría perturbando la paz en una relación similar a la de David y Jonatán. Sobre todo si contextualizamos la historia en los marcos hebreo (la Biblia) y griego (la filosofía platónica), donde las mujeres tienen como función primordial la reproducción de la especie, y son consideradas un sexo inferior al masculino.

Con estas hipótesis en mente, el lector comienza la lectura del relato, que abre con un momento de la historia, análogo a la situa-ción en que David compuso la endecha a Jonatán, y donde destaca la imprecisión y la ambigüedad por parte del narrador:

Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduar-do, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. (Borges, 1989, 403)

La historia, de la que el lector está por enterarse, comienza por cuestionar la probabilidad de sus fuentes. El lector se confunde al leer la primera frase, y no puede evitar preguntarse: ¿Qué es lo improbable?, ¿que lo digan? Parece que no, pues es por el efecto de ese “dicen” que el narrador se ha enterado de la historia. Enton-ces, ¿por qué la acotación entre paréntesis? Una posible solución es buscar por el lado de la etimología, im- significa “sin” o “no”, y “probable” viene de la raíz latina probabilis, que tiene dos signifi-cados: aquello sobre lo “que hay buenas razones para creer que sucederá o que es cierto” y aquello que “es digno de aprobación o elogio.” (Gómez de Silva, 2001) Si nos inclinamos por la segunda opción, implicaría que el rumor, el chisme, producto del “dicen”, no es digno de la aprobación, es algo ímprobo y malvado. Esta posibi-lidad abre un nuevo abanico de significados, que revelaría la reser-va del narrador hacia los informantes de la historia, la cual fue contada por uno de sus protagonistas, Eduardo, en un momento culminante: el funeral de su hermano Cristián, como sucedió con David al endechar a Jonatán. La diferencia entre Jonatán y Cristián es que el primero murió por la espada, mientras que el segundo, de

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muerte natural. Al componer la elegía, el rey poeta pidió que la enseñaran a los hijos de Judá; mientras que la historia referida por Eduardo pasó de boca en boca sin que el hermano lo solicitara, de modo que llegó a oídos del narrador, quien ahora la refiere. David pidió que el poema fuese repetido para mayor gloria de su amigo Jonatán. La historia de los hermanos, botín del “dicen”, probable-mente ha sido repetida como motivo de escarnio:

Y endechó David a Saúl y a Jonatán su hijo con esta endecha, y dijo que debía enseñarse a los hijos de Judá. He aquí que está escrito en el libro de Jaser.

¡Ha perecido la gloria de Israel sobre tus alturas! ¡Cómo han caído los valientes!

No lo anunciéis en Gat,

Ni deis las nuevas en las plazas de Ascalón; Para que no se alegren las hijas de los filisteos,

Para que no salten de gozo las hijas de los incircuncisos. (2 Samuel 1, 17-20)

Pareciera que a la historia de los hermanos Nelson le ocurrió justo lo que no quería David que le sucediera a la historia de Jonatán. Figuradamente, fue anunciada en Gat y referida a las hijas de los filisteos y de los incircuncisos, quienes se alegraron y saltaron de gozo. Todo esto lo anticipa el lector con el “alguien la oyó de al-guien” y con la variedad de fuentes que permiten al narrador ente-rarse de ella. Esto contrasta con el carácter elitista de la tradición judía, reservada sólo para los descendientes de Abraham, los elegi-dos. El narrador de “La intrusa”, por consiguiente, juega a rescatar el relato del escarnio, acude a diversas fuentes, y ofrece al lector una versión literaria, para un auditorio también de elite, que sepa descubrir sus juegos, y seguirlo en el rescate del “trágico cristal” por él descubierto:

[...] La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor. (Borges, 1989, 403)

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La indeterminación de las fuentes juega analógicamente con el ca-non bíblico, donde un autor desconocido refiere una historia en la que abundan datos históricos muy cuidados pero incomprobables, las más de las veces, y aceptados como sagrados. Con esto, el lector es invitado a reflexionar sobre la vulnerabilidad de la autori-dad, ya sea religiosa o popular, pues una no tiene toda la verdad ni los medios para probarla; mientras que la otra, no es “la voz de Dios”; en oposición al conocido dicho Vox populi, vox dei.

La segunda parte de la cita analizada es una indicación del na-rrador sobre la tarea que está a punto de emprender. Deja claro que la historia que relatará no tendrá pretensiones de verdad, sino fines estéticos. Sin embargo, hay una pequeña frase que llama la atención del lector acerca de la razón por la cual el narrador decide que este relato vale la pena de ser contado, al indicar que es “un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos”. La palabra “cristal” inevitablemente evoca en el lector borgesiano al Aleph, objeto ideal donde todos los puntos, tiempos y sucesos del universo se reúnen; así pues, nos encontramos una vez más con una historia paradigmática, donde los hechos concretos no serán más que manifestación de una idea o un suceso abstracto y generalizable. Igualmente, el narrador destaca cómo relatará la his-toria: con “probidad”, en oposición al ímprobo “dicen” del vulgo. De esta manera, el narrador asume –en tono paródico– un papel análogo al del historiador bíblico: compara sus fuentes, escribe para una elite y añade los detalles literarios que le parecen adecuados. Una vez hechas estas advertencias, el lector es introducido en la trama:

En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su prede-cesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen perdida como todo se perderá.(Borges, 1989, 403)

Ahora ya no son los Nelson como al principio se indicó. Se trata de los Nilsen. Una imprecisión que no es aclarada. Una vez más, los nombres exactos no importan aquí, en contraste con los textos

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bí-blicos. Del mismo modo, aparece una nueva fuente del narrador, el párroco, aunque cabe la posibilidad de que o Santiago Dabove o el informante de Turdera haya sido ese mismo párroco, quien expresa su admiración porque “esa gente” tuviera una Biblia en casa, y más, porque estuviera manuscrita, y en los caracteres sacrílegos se pudiera leer la crónica de los Nilsen, justo en el libro donde sólo caben crónicas sagradas, donde se advierte, en el Apocalipsis, lo siguiente: “Yo testifico a todo aquel que oye las palabras de la pro-fecía de este libro: Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro.Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro.” (Apocalipsis 22, 18-19) Si los antepa-sados de los Nilsen escribieron la crónica de sus hijos (o la familiar, el lector sólo puede conjeturar) ignorando esta advertencia, era porque querían participar de la historia sagrada a partir de una vi-sión o interpretación poco ortodoxa del libro sacro.

El narrador, al relatar este apartado, está focalizado en la con-ciencia del párroco, pero su discurso es disonante, no concuerda con la perspectiva ideológica de su informante, (Cfr. Pimentel, 1998) estilo que permite al lector entrever que detrás del horror del infor-mador hay, tal vez, una historia incomprendida, tan azarosa como las incluidas en el texto sagrado y con el mismo destino: el olvido. Esta relativización de la historia sagrada conduce al lector a mirar el paradigma religioso dominante en Occidente como una configu-ración más que ahora da sentido a la historia humana, pero indefec-tiblemente se perderá en el tiempo. ¿Por qué unos hermanos de origen desconocido, probablemente analfabetos, tienen una Biblia antigua, con una crónica que les atañe, en las últimas páginas? ¿Será la crónica de lo que está por ocurrir y aún el lector no se entera? ¿El narrador estará llevando hasta sus últimas consecuencias el estatuto de la Biblia como texto que tiene ya escrita toda la historia humana, de modo que es posible que en ella quepan todas las histo-rias, inclusive los oscuros y apócrifos sucesos –ocurridos y por ocu-rrir– de la pampa? A partir de estas ideas es interesante recuperar la del texto “apócrifo”, término que significa “escondido”, y con el

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que se designaron los libros no destinados al uso general, porque se consideraba que contenían verdades demasiado profundas para la mayoría, o porque se pensaba que contenían errores o herejías. Esta historia, que para el común de la gente –representado por los informantes del narrador– promete ser execrable, puede llevar en lo profundo una reflexión que no es para el vulgo y a la que como lectores, somos invitados. Cabe también destacar que existe otra ficción borgesiana, “El Evangelio según Marcos”, publicada en 1970 en El informe de Brodie, donde aparece una familia, descendiente de ingleses, cuyos ancestros se fueron a vivir a la pampa, emparentaron con indios y adoptaron sus maneras salvajes, de modo que los descendientes heredaron una Biblia en inglés, la cual eran incapaces de leer y donde también estaba registrada, de manera manuscrita, la historia de todos ellos. Un día, un hombre descubre el libro, y comienza a relatarles el Evangelio según San Marcos. La familia se identifica de tal modo con la historia, que prefiguran a Jesús en el hombre que se las narra y en ellos mismos a los judíos. Así pues, el hombre termina crucificado. Todo esto puede condu-cirnos a la conclusión de la preeminencia de la literatura sobre la vida. A diferencia de muchos teóricos y literatos que han sostenido que la literatura imita la vida, la propuesta de estos relatos es inver-sa. Todo ya ha sido escrito, nada nuevo hay bajo el sol, parafraseando al Eclesiastés.

De un objeto inusitado, la Biblia, ubicado al interior de la casa de los Nilsen, el narrador inicia la descripción de la vivienda dando un salto al exterior de la misma:

El caserón que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaba un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres: sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hoja corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. (Borges, 1989, 403)

Se trata de una casona destruida de la que sólo el narrador, a través de sus informantes, puede dar fe. Ubicado en el zaguán, desde donde mira los dos patios, el narrador se desplaza hacia las habita-ciones, donde destaca los catres y la falta de lujo. Este recorrido

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espacial, que comienza al recalcar la presencia, al interior de la vivienda, de un elemento específico: la Biblia, emblema de la civi-lización, tiene como finalidad contrastar tal símbolo con la barbarie de los hermanos. Aún más, al señalar cuáles eran los lujos de los Nilsen, los elementos enlistados entran en contraste con el mundo civilizado del lector y el narrador. El lector se entera de que los extraños no entraban a la vivienda, proporcionando un dato más que refuerza el carácter huraño de los habitantes. Con esta infor-mación, el narrador logra un efecto de distanciamiento de los per-sonajes, con lo que incita al lector a continuar leyendo la historia como alteridad, como una situación muy lejana pero que precisa-mente por ello se ve motivado a saber en qué terminará:

Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran algu-na muerte. Hombro con hombro pelearon ualgu-na vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de ava-ros, salvo cuando la bebida y el juego los volvía generosos. De sus deudos nada se sabe, ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y de una yunta de bueyes. (Borges, 1989, 403)

El aspecto físico de cada uno no importa, ambos son uno solo y eso es lo que el narrador quiere destacar al describirlos usando el plu-ral. El énfasis en el color rojo es símbolo de un espíritu aguerrido e indomable. La alusión a Dinamarca e Irlanda hace al lector recor-dar otros textos de Borges, donde el tema anglosajón –como punto civilizatorio– y la pampa –como eje de la barbarie– son una cons-tante, por ejemplo, además del ya mencionado “El Evangelio según Marcos”, la “Historia del guerrero y la cautiva”, donde se estable-ce claramente el paradigma indicado en un grado de mayor abs-tracción, con el guerrero bárbaro que asume la civilización romana sin entenderla o la inglesa civilizada que no puede renunciar al sal-vajismo de la pampa. Es posible leer, del mismo modo, el intertexto de “Ulrica”, donde un profesor colombiano se enamora de una no-ruega ideal. Cabe destacar que, tanto la india inglesa de la “Historia

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del guerrero y la cautiva”, como Ulrica, tienen el cabello rojo y su descripción guarda correspondencia con la de los Nilsen.

El hecho de combatir hombro con hombro hace al lector recor-dar una vez más la amistad de Jonatán y David, donde el primero protegía al segundo y combatían juntos contra los filisteos. Del mis-mo mis-modo, el altercado del menor con Juan Iberra invita a rememis-mo- rememo-rar la batalla de David con Goliat. En cuanto a la descripción de las ocupaciones de los hermanos, el narrador busca apuntalar su ca-rácter salvaje, a la par que resalta el origen desconocido de su familia, lo cual los hace aún más temibles para los vecinos, de quie-nes se distinguían: “Físicamente diferían del compadre que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.” (Borges, 1989, 404) Detrás de la fuerte unión de los Nilsen sigue el lector descifrando la historia de David y Jonatán, quienes tienen un pacto de cuidarse el uno al otro. Recor-demos las palabras de Jonatán a David:

Pero si mi padre intentare hacerte mal, Jehová haga así a Jonatán, y aun le añada, si no te lo hiciere saber y te enviare para que te vayas en paz. Y esté Jehová contigo, como estuvo con mi padre. Y si yo viviere, harás conmigo misericordia de Jehová, para que no muera, y no apartarás tu misericordia de mi casa para siempre. Cuando Jehová haya cortado uno por uno los enemigos de David de la tierra, no dejes que el nombre de Jonatán sea quitado de la casa de David. Así hizo Jonatán pacto con la casa de David, diciendo: Requiéralo Jehová de la mano de los enemigos de David. Y Jonatán hizo jurar a David otra vez, porque le amaba, pues le amaba como a sí mismo. (1 Samuel 20, 13-17)

Con el énfasis en la solidaridad de los hermanos, el narrador de “La intrusa”, focalizado en la conciencia de sus informantes, cierra la descripción, que ha tenido como propósito proporcionar algunos ele-mentos esenciales para que el lector se forme una imagen de los Nilsen. No obstante, al final toma distancia de dicho foco y abre la posibilidad de no nombrar aquello íntimo y secreto, aquello inacaba-do y desconociinacaba-do subyacente en el interior de toinacaba-do ser humano, y que es imposible de ser entendido por quien mira superficialmente

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y con prejuicios. El narrador, al destacar “aquello que ignoramos” se refiere, tal vez, a la oscura voluntad, en el sentido de Schopen-hauer, que da significado a nuestras existencias, y es tantas veces retomada por Borges como elemento primordial en la construcción de sus ficciones.

Con el guiño de lo inacabado como marca esencial del espíritu humano, lo cual se opone al canon bíblico que señala un origen y un destino claro para todos los hombres, el narrador prosigue ahora con la descripción de la vida sentimental de los hermanos:

Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comen-tarios cuando Cristián llevó a vivir con él a la Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados, bastaba que alguien la mirara para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descui-do gastan a las mujeres, no era mal parecida. (Borges, 1989, 404)

El libertinaje y los devaneos de los Nilsen es lo primero que el na-rrador, en su función recopiladora, señala como característico en la historia afectiva de los hermanos, para enseguida oponerlo a la apa-rición de Juliana Burgos, la primera extraña que se queda a vivir en la casa de los Colorados. Destaca la postura ideológica de los tes-tigos, quienes exponen estos pormenores y en cuya conciencia está focalizado el narrador. La postura se manifiesta en las connotacio-nes que conllevan expresioconnotacio-nes como “calavera”, “casa mala”, “la Juliana”, y el considerar que Cristián “ganaba una sirvienta” al lle-varse a la mujer. Estos testigos tendrían en común entonces la de-cencia, una visión machista y, por consiguiente, un dejo despectivo hacia las mujeres, especialmente hacia las que son como Juliana. ¿Qué peculiaridades se desprenden de ella que la alejan de la de-cencia y la conducta apegada al espíritu patriarcal y cristiano? La primera es que Juliana se haya ido a vivir con un hombre sin casar-se; luego, que ese hombre sea nada menos que Cristián –el bárba-ro– y, finalmente, que además haya aceptado compartir la casa con el hermano, tan extraño y amenazador como el otro.

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De la misma cita, se deduce que Juliana no tiene voluntad ni gusto propios. Es, más que un carácter en la ficción, un objeto. Cristián, con su mal gusto, la adorna como a un caballo o a una pistola y, del mismo modo, la luce. La descripción física de Juliana es mínima. El narrador destaca su color (morena) y la forma de sus ojos. Lo cual da cuenta de la postura racial de los informantes, para quienes la Juliana es una otredad cosificada, pero bella:

Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos. (Borges, 1989, 404)

El tono de reseña a dos voces añade un cariz trágico a lo relatado. Tales voces son la del informante y la del narrador. La primera es identificable por frases como: “por no sé qué negocio” o “no se daba con nadie”. La segunda resalta a través de las suposiciones propias de un compilador: “el barrio, que tal vez lo supo antes que él [...]”. Por otro lado, el uso regionalista del español imprime mayor realismo al relato. La omnisciencia del narrador permite que el lec-tor penetre la conciencia de los personajes y la del pueblo, cuyos rumores y expectativas han sido herramienta útil para recuperar la historia y proporcionarle el grado de verosimilitud que manifiesta.

El tema de la rivalidad entre hermanos remite a la paradigmática historia de Caín y Abel, o la de José, hijo predilecto de Jacob, y sus hermanos, quienes, por envidia, lo venden y hacen creer al padre que ha muerto. Sin embargo, los Nilsen son en cierto modo superio-res a los hermanos de las historias bíblicas mencionadas, pues no sucumben ante el destino, y mantienen la lealtad entre ellos a toda costa, como se verá:

Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque. En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en mano. Cristián le dijo a Eduardo:

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—Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana: si la querés, usala.

El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; sin saber qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro. (Borges, 1989, 404)

Al lector lo conmueve la idea de que un hombre enamorado, sin-tiendo más amor por su hermano, le permita compartir o usar a la mujer que ama. Una vez más se transparenta la historia de David y Jonatán:

Aconteció que cuando él hubo acabado de hablar con Saúl, el alma de Jonatán quedó ligada con la de David, y lo amó Jonatán como a sí mismo. Y Saúl le tomó aquel día, y no le dejó volver a casa de su padre. E hicieron pacto Jonatán y David, porque él le amaba como a sí mismo. Y Jonatán se quitó el manto que llevaba, y se lo dio a David, y otras ropas suyas, hasta su espada, su arco y su talabarte. (1 Samuel: 18, 1-4)

A través de la donación de la mujer, también puede leerse un pacto: mientras que Jonatán entrega a David sus ropas y utensilios de guerra, Cristián ofrece su mujer a Eduardo. En cuanto al estilo, el narrador de “La intrusa”, en el párrafo antes citado, continúa focalizado en la conciencia de los testigos que le refirieron la histo-ria, pero también se permite emitir juicios de valor desde su postura de compilador, con lo que alterna un discurso indirecto libre, donde observamos el dialecto de los testigos del arrabal (primer párrafo); un discurso directo, al dejar hablar a Cristián, y un discurso narrativizado, donde filtra la observación de que la Juliana era una cosa (tercer párrafo). Esto permite un cierto grado de dialogismo, donde los puntos de vista tanto de los hermanos como de los infor-mantes y del narrador, alternan, permitiendo al lector examinar los tres discursos, las visiones de mundo y los ideologemas que conlle-van para asumir la postura que le parezca más conveniente. Esta posibilidad es muy acertada en un momento del relato en que los valores occidentales acerca del amor y la convivencia son puestos en entredicho:

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Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arre-glo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban y encontraban razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saber-lo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba. (Borges, 1989, 404)

El énfasis puesto en la temporalidad, en la durabilidad de la situa-ción, estilísticamente se manifiesta con el circunstancial de tiempo que abre el párrafo. Compartieron a la Juliana, pero la situación no tenía futuro, primero por sórdida e indecente, valores de los infor-mantes del narrador, pero con los que el curioso lector y el distante narrador no se identifican del todo. El extrañamiento ocurre por la discordancia entre el dialecto manejado por los personajes y el del narrador, y por la focalización interna disonante que éste ha asumi-do, tanto hacia los personajes como hacia los que se la refirieron. Esta perspectiva, marcada por el “dicen” o el “me contaron”, hace que el lector mire con curiosidad los sucesos y lejos de identificar-se, asuma el relato como una invención relatada para solaz y admi-ración, como los cuentos de hadas. El narrador, de este modo, jue-ga un papel similar al de Scherezada. En este párrafo, la distancia del narrador hacia los hechos referidos se marca en frases como “las decencias del arrabal” o “en el duro suburbio”. El narrador está fuera de esos espacios, y se sitúa en el “centro”, como oposi-ción a la “orilla” a la que se refiere. El lector también se ubica allí, y escucha una historia de barbarie desde un punto civilizado, donde “hechos así no se conciben.” Este guiño al lector, esta intencionada lejanía, también es una invitación a que se pregunte si no es posible que sucesos similares ocurran también en “su” centro. Si las muje-res no son también cosas en ese punto civilizado, donde lector y narrador se encuentran; o si los hombres no sienten algún dejo de humillación al sentirse vulnerables cuando se sienten enamorados:

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Una tarde, en la plaza de las Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.

La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero no la había dispuesto.

Un día la mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por allí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recor-daron […] (Borges, 1989, 404-405)

Por segunda vez, aparece el enemigo de Eduardo, Juan Iberra, quien una vez más lo desafía, en esta ocasión a costa de Cristián. Eduar-do, en ningún momento, se siente ofendido por su condición de “amante”, tampoco se le ocurre que el insulto incluye a la Juliana. Por quien se indigna es por Cristián; sólo piensa en defenderlo a él, y efectivamente lo hace.

Continuando con la lectura del párrafo, el lector encuentra el sema de la condición bestial de la Juliana, quien como un perro o un caballo podía sentir preferencia por uno de sus amos, o bien, cre-yendo conocer sus hábitos, tomar la decisión de dormir la siesta al suponer que dialogarían largamente. El narrador nunca indica que Juliana pudo suponer el tema de la conversación ni preocuparse por su suerte. Al contrario, como una bestia, sólo fue capaz de decidir que, mientras sus amos no la necesitaban, era libre de des-cansar. También es de destacar la alternancia de tipos de discurso, ya antes descrita, lo que mantiene la distancia del narrador y del lector hacia los hechos, y permite el dialogismo. Enseguida, el lec-tor se entera del ingrato destino de Juliana:

[…] Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las cinco de la mañana cuando llegaron a Morón. Ahí la ven-dieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro. (Borges, 1989, 405)

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Como la bestia que era fue vendida la Juliana. La compasión de los informantes hacia ella es subrayada por la implacabilidad de los hermanos, quienes la echan con todo, inclusive con el rosario de vidrio y la crucecita heredada por la madre, indicios de la pobreza de la muchacha, que probablemente cayó en desgracia a partir de la muerte de su progenitora. El dramatismo del suceso es resaltado, en un toque de realismo, por las condiciones del camino, que hace más penoso el traslado. Más conmovedor aún, resulta el destino de la Juliana, quien no es dejada en un camino o entregada a un hom-bre, sino que es vendida a un prostíbulo, dejando así abierta la posi-bilidad de poder seguirla usando. Quien hace el trato es el mismo que propició la intrusión de la mujer en la casa, y quien decidió compartirla: Cristián. También es él quien recibe el dinero de la venta, y lo divide, dejando claro que la lealtad, el pacto indisoluble y la relación de los hermanos es superior a cualquier otro tipo de afecto. No obstante, una sombra trágica marca la historia de los Nilsen:

En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la maraña (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanu-dar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las truca-das, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creye-ron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustifi-cadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la capital. (Borges, 1989, 405)

El discurso indirecto libre resalta en el primer párrafo, donde los valores del pueblo, permeados a través de los informantes, contras-tan con el discurso disonante del narrador, cuya presencia se revela a partir de marcas discursivas como “acaso”, que funcionan como filtro de la alocución del informador, al cual no le otorga un crédito absoluto y parece no compartir sus juicios. Por estas estrategias, el lector tiene la oportunidad de apreciar con curiosidad, y tal vez incredulidad, los calificativos hiperbólicos de “monstruoso” para el amor o de “salvado” para los Nilsen, libres de la Juliana. Como también parece muy lejana para el lector la posibilidad de una “vida de hombres entre hombres.” Con tal distanciamiento, existe la po-sibilidad de preguntarse si no es monstruoso, más que el hecho de

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que dos hombres estén enamorados de la misma mujer, lo otro, el que a costa de ella busquen conservar su amor fraternal. Asimis-mo, las marcas del informante se distinguen por la carga de valores que transparentan:

Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, espe-rando turno. Parece que Cristián le dijo:

—De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.

Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la lleva-ron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos. (Borges, 1989, 405)

El informante decente, representante del recatado arrabal, no se refiere al prostíbulo como tal, sino como “la casa que sabemos”. Sin embargo, que la relación de los hermanos sea sostenida a costa de la dignidad de la Juliana, no es algo mal visto por la gente, pues la perspectiva ideológica del informante concuerda con la misogi-nia del arrabal. El discurso directo de Cristián es casi incomprensi-ble para el lector no familiarizado con el dialecto. Así, recurriendo al diccionario se entera que “pingo” significa “caballo”; por lo tan-to, Cristián no aparenta estar preocupado por la Juliana ni celoso de su actual oficio, sino interesado por cuidar a los caballos, que pue-den resentirse de tanto correrlos por ir a verla. Así, pues, recupera a la mujer pagando por ella. Eduardo, como a lo largo de toda la historia, se mantiene pasivo y obediente ante las decisiones del her-mano, quien juega a ser una especie de Dios en el relato, dado que, en analogía con Jehová, él abre la posibilidad de la discordia tanto en el Jardín del Edén como entre Caín y Abel o entre Job y él mismo. De modo similar, Cristián fue quien abrió la posibilidad de la intrusión al llevar a la mujer a la casa, al decidir compartirla, al venderla y, ahora, al recobrarla:

Volvieron a lo que ya se había dicho. La infame solución había fraca-sado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande – ¡Quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!– y prefi-rieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido,

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con los perros, con la Juliana, que había traído la discordia. (Borges, 1989, 405)

El informante, siguiendo con su discurso pudoroso, alude a la rela-ción promiscua como “lo que ya se había dicho”. Luego, el narra-dor confirma lo que el lector ya sabe por el mismo Cristián y por el informante: el plan no resultó y los enamorados regresaron con Juliana a casa. La referencia bíblica que aparece enseguida, evo-cando a Caín, paradigma de la traición entre hermanos, es usada por el narrador para anular la posibilidad de que esto ocurra entre los Nilsen, pues un vínculo superior al que existía entre Caín y Abel los une. El párrafo cierra con un ideologema asociado a la Juliana: la discordia, que en el Génesis guarda relación directa con la man-zana y el demonio.

Con estas ideas, el lector es invitado a pensar de un modo dife-rente las historias bíblicas evocadas. Con respecto a la leyenda de la pérdida del Paraíso, si bien fue la mujer la que invitó al hombre a comer la manzana, instada por la serpiente (el diablo), Jehová fue el primero en romper la armonía de su Paraíso al colocar allí el Árbol del Bien y el Mal, sobre todo siendo omnisciente y sabiendo que los hechos ocurrirían de ese modo. Lo mismo se aplica a Caín y Abel: es el capricho de Jehová el que causa la disputa entre los hermanos. De este modo, la acción del mismo Jehová es intrusa al disponer las cosas de los modos descritos. Esto se contrasta aún más en la propuesta de “La intrusa”, donde la participación de Dios no es directa y los personajes tienen la posibilidad de elegir. Así es que los hermanos, por el gran cariño que se tienen, escogen privi-legiar su amor sobre cualquier otro. La postura del narrador se distancia, entonces, del paradigma hebreo, que no discute la autori-dad divina, por ser perfecta, y asume el modelo griego, al mantener en su visión de los hechos un sentido trágico, según el cual los hombres llegan a convertirse en víctimas de los caprichos divinos, y el carácter heroico consiste en asumir con estoicismo el sino personal:

El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:

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—Vení; tenemos que dejar unos cueros en lo de Pardo; ya los cargué; aprovechemos la fresca.

El comercio del Pardo quedaba, creo más al sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agran-dándose con la noche.

Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:

—A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas. Ya no hará más perjuicios.

Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla. (Borges, 1989, 405-406)

Siguiendo el corte realista del texto, el narrador comienza esta últi-ma secuencia del relato con una últi-marca temporal, asociada a una climática: marzo-calor. Ambos se asocian al crisol de Marte, sím-bolo de la destrucción. Pues bien, un domingo, el día consagrado a Dios por los cristianos, Cristián –el cristiano– con toda calma unce los bueyes, los animales calmos de la pampa. Le dice a su hermano que va a dejar unos cueros, no le indica que son los de la Juliana. El hermano pequeño, dócil, obedece. Es de tarde y hace fresco. La inmensidad del campo argentino es proverbial y el narrador la su-braya al indicar que la noche lo agranda. El paisaje se impone a los personajes así como su destino, que Cristián acepta con sosiego. La invitación a Eduardo, registrada de manera directa por el narra-dor, es ambigua. Lo insta a trabajar, pero no en una fosa para ente-rrarla. Tal vez el trabajo consista sólo en bajar el cadáver de la carreta, no merece sepultura porque no es “gente”. La Juliana fue y será una cosa: antes sirvió para saciar el deseo de los hermanos y ahora saciará el hambre de las aves de rapiña. Como una mala bestia, ya muerta, “no hará más perjuicios”. Es lógico que sea Cristián quien ponga fin al “problema”, pues siguiendo con la línea actancial de jugar al papel de Dios, ahora es él quien restituirá el equilibrio perdido al matar a la Juliana, del mismo modo que el Jehová bíblico inició la historia humana con la tentación edénica y luego permitió la redención a través del sacrificio de su Hijo.

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El párrafo final es un sumario, donde el narrador deja abierta la razón por la cual “casi” lloraron los hermanos. El lector puede ima-ginar que era por tristeza a causa de la muerta o por la alegría de que la intrusa no se interpondría más entre ellos. También llama la atención el calificativo “sacrificada”, que en su primera acepción, remite a la ofrenda a una deidad en señal de homenaje o expiación, pero en un sentido figurado implica un acto de abnegación inspira-do por la vehemencia del cariño. (DRAE, 1998) Me parece que el narrador busca significar ambas cosas al utilizar esta palabra. El sentido de la ofrenda hace eco a las historias bíblicas que hemos recuperado como lectores, las cuales han sido parodiadas con el propósito de tomar distancia de ellas y establecer un paradigma humanista en oposición al teocéntrico de los textos hebreos. Estos, con el fin de recuperar el ímpetu del cariño fraternal sobre toda otra cosa, ya sea terrenal o celestial.

Junto con estas reflexiones, vale la pena señalar que la figura femenina en el texto es inexistente como sujeto, ya que sirve como soporte para sustentar una tesis homocéntrica y sus consecuencias en la historia. El universo desplegado hace recordar al lector una de las constantes en la relación Dios-elegido en la historia bíblica, donde el elemento disociador es normalmente subyugado. Así, ob-servamos, por ejemplo, que entre Jehová y Adán se interpone Eva; entre Jehová y Job se interpone el demonio y, en ambos casos, las discordancias son eliminadas. El planteamiento de un mundo “de hombres entre hombres”, desde el mismo mito religioso que lo sus-tenta, es el hecho monstruoso subyacente en esta exposición, da-das las consecuencias de exclusión y dolor que plantea para la par-te sacrificada. El lector puede llegar a conclusiones como esta de-bido a la estrategia de un narrador compilador que recoge los testi-monios del pueblo, y cuyo discurso no está en consonancia con el de sus informantes. El fin no es moralizar ni condenar, simplemente mostrar un hecho admirable e increíble, pero que sucede y forma parte de ese Aleph que conformamos todos.

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BIBLIOGRAFÍA

Borges, Jorge Luis

Obras Completas 1952-1972, tomo II. Sao Paulo: Emecé.

(DRAE) Diccionario de la Real Academia Española Edición en disco compacto. Madrid: Espasa Calpe. Gómez de Silva, G.

Breve diccionario etimológico de la lengua españo-la. México: El Colegio de México/FCE, 2ª ed.

Nelson, W. M.

Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia. Nashville, TN: Editorial Caribe.

Pimentel, Luz Aurora

El relato en perspectiva. Estudio de teoría narrativa. México: UNAM/Siglo XXI.

Ricoeur, Paul

Tiempo y narración. Configuración del tiempo en el relato histórico. México: Siglo XXI, 3ª ed.

Santa Biblia

Versión Reina-Valera revisada. Estados Unidos de Amé-rica: Sociedades Bíblicas Unidas.

1989 1998 2001 2000 1998 2000 1998

PALABRAS CLAVE DEL ARTÍCULO Y DATOS DE LA AUTORA

Borges - Biblia - intertextualidad - horizontes culturales Ángeles Ma. del Rosario Pérez Bernal

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