Apellido y nombre de la autora: Fiszman, Laura
Pertenencia institucional: Antropóloga (UBA). Maestranda por la Maestría en Diseño y Gestión de Políticas y Programas Sociales - FLACSO/Argentina. Doctoranda en Antropología por la Universidad de Buenos Aires. Becaria CONICET. Investigadora Adjunta en el Área de "ONGs y Políticas Públicas" del Instituto de Investigación en Ciencias Sociales/IDICSO de la Universidad del Salvador.
Dirección de correo electrónico: [email protected]
Título: Profesionales vs. profanos: poder y representación en una red de organizaciones sociales.
Abstract
El objetivo del presente artículo es analizar la división del trabajo político de una red de organizaciones sociales lideradas por una ONG de Promoción y Desarrollo (ONGPD), explorando el capital político como mecanismo para obtener reconocimiento, el que permite imponer los criterios propios de valores frente a otros y establecer las reglas de juego.
El juego del campo político descansa sobre la exclusión de aquellos que poseen un capital político menor. De ahí que los “profesionales” del campo de las políticas sociales están legitimados a decir y hacer, no por la relación directa con las organizaciones representadas (los “profanos”) a través de la figura de la red, sino en relación con los otros miembros del campo (técnicos, políticos o funcionarios).
Esta suerte de efecto de cerramiento es el resultado de la autonomización del espacio político, que cuanto más avanza según su lógica propia, profundiza la ruptura con los profanos. Sin embargo, cabe señalar que no puede cerrarse por completo: quienes forman parte del centro simbólico de la red deben hacer referencia a aquellos en nombre de los cuales se expresan y frente a quienes deben rendir cuentas, aunque sea de forma relativamente ficticia, para poder permanecer en el mundo de las políticas sociales y sus recursos.
La comprensión y explicación, en sus múltiples dimensiones, de las formas locales de construcción del poder de las ONGPD a partir de la crisis de 2001, dentro del marco de las políticas sociales,
permite indagar las características de la participación y representación actuales. Por un lado, ¿las ONGPD son un mecanismo de mediación entre los excluidos y el Estado? ¿O los excluidos son mecanismos de mediación entre las ONGPD y el Estado? ¿Quiénes se benefician de esta relación y cómo se construye?
Introducción
La transición hacia el neoliberalismo y los cambios operados por las políticas de ajuste en la Argentina implicaron el paso hacia una sociedad compleja y heterogénea, con multiplicidad de ejes de desigualdad, nuevos espacios de exclusión social y de diferenciación social, económica y cultural (ISUANI,1998).
Durante la década del ’90 el Estado adquirió una serie de rasgos y atributos que marcan una metamorfosis en su fisonomía, dominio funcional y papel frente a la sociedad. Lejos de un supuesto carácter mínimo (aspiración de una corriente político ideológica que considera deseable reducir el papel y tamaño del aparato institucional a su mínima expresión), sí ha demostrado su ausencia en diversas áreas de la gestión pública, evidenciada en el menor peso de su acción en la resolución de cuestiones sociales críticas (OSZLAK,2003).
La metamorfosis del Estado nacional se ha manifestado concretamente en la reducción del volumen de empleo directo de sus instituciones y en la transferencia de funciones al mercado, los gobiernos subnacionales y las organizaciones de la sociedad civil, asociadas con el bienestar de los sectores sociales pobres o con su intervención tradicional en la regulación de la actividad socioeconómica (OSZLAK,2003).
En efecto, los indicadores centrales de la situación social señalaban un creciente nivel de pobreza, una disparidad en la distribución del ingreso respecto al resto de la región, un elevado y creciente nivel de desempleo, y un aumento significativo en la informalidad laboral que obstaculizaba el espíritu universal de la cobertura contra riesgos sociales (ACUÑA,KESSLER Y REPETTO,2002).
Dentro de este marco general, nos interesa señalar que las reformas en el sector de asistencia y promoción fueron apoyadas por las agencias y fundaciones de la cooperación internacional a través del financiamiento de proyectos, planes y programas. Esta ayuda exigió la estrategia de focalización
del gasto social en la población desempleada o con ingresos por debajo de la línea de pobreza, y la terciarización de los servicios a través de la participación de las organizaciones de la sociedad civil, dando como resultado final una profundización de la fragmentación de la asistencia social pública y privada y de las prestaciones transitorias (GRASSI Y NEUFELD,2003).
Los diagnósticos de la crisis que atravesaba el país ubicaban las causas en la expansión de las regulaciones estatales, creando un corpus político-discursivo sobre el ajuste estructural, que marcó el nuevo rumbo de las políticas sociales. El llamado ajuste estructural impuso entonces la desregulación y apertura de los mercados locales, la eliminación del déficit fiscal, la capitalización de la deuda externa y el disciplinamiento de la fuerza laboral (GRASSI Y NEUFELD,2003).
En la escala local, la agenda de las políticas sociales promovió en los municipios la gestión asociada como metodología de trabajo, en la que confluyeron una serie de intereses entre el gobierno, las organizaciones de base y las ONG profesionalizadas: acceso a nuevos recursos y programas a partir de la necesidad de demostrar capacidad para asociarse y movilizar esfuerzos técnicos, humanos y financieros; diversificación y ampliación de servicios frente al aumento de la demanda de trabajo y al corrimiento del estado provincial y nacional en el tema; y legitimidad social o el control de gestión, como condicionalidad promovida por la cooperación externa (CLEMENTE,2004).
La crisis que tuvo su punto máximo en 2001, ya se manifestaba con anterioridad en los municipios urbanos. A partir del estallido es cuando se modifica, no su escala, sino la forma de la demanda a través del conflicto y la movilización. Ante la emergencia, las acciones que los municipios lograron generar se centraron en las áreas de salud, educación inicial y alimentación, promoviendo -aunque más no fuera coyunturalmente- la apertura y democratización de las relaciones con la comunidad (CLEMENTE,2006).
Por otra parte, se dieron múltiples respuestas desde la sociedad civil, entre las que se pueden mencionar redes de trueque, comedores populares, asambleas barriales, grupos de desempleados, fábricas y otras empresas recuperadas, cada una de ellas con sus dinámicas particulares (CERRUTTI Y GRIMSON,2004).
Nuestro análisis se sitúa en este proceso de desconversión de lo social en el cual se recodificaron las funciones del Estado, economizando sus medios de gobierno a partir de la transferencia de tareas
hacia ciertos actores de la sociedad civil. Estos actores pasaron a constituir una red institucional no estatal de acción asistencial y de servicios sociales denominada Tercer Sector en cuyo marco se planificaron, diseñaron, ejecutaron y evaluaron políticas, planes y programas de gobierno (DE
MARINIS,2005;GRASSI,2003).
De esta manera, con mayor énfasis desde la década del ’90, quienes integraban las organizaciones sociales (especialistas, promotores sociales, militantes, técnicos y dirigentes, entre otros actores) asumieron la misión de mostrar las verdaderas necesidades de las poblaciones pobres y de realizar acciones y prestaciones de servicios sociales apelando a la buena voluntad, los sentimientos y/o los intereses de particulares (GRASSI,2003).
En este marco, los integrantes de la Fundación Nuevos Caminos, una ONGPD del conurbano bonaerense, empezaron a idear diversas estrategias de supervivencia para la institución y de acceso privilegiado a los recursos del Estado, entre las cuales se encuentra la creación de una Red de organizaciones sociales que analizaremos.
El origen: una red de líderes políticos distritales
A fines de 2004 conocí el trabajo de la Fundación Nuevos Caminos, momento en que logra gestionar el primer proyecto de fortalecimiento para redes de organizaciones de la sociedad civil con financiamiento internacional. En ese marco, contrataron para coordinar el proyecto a dos militantes de base (Ernesto y Mirta) con una extensa experiencia en trabajo barrial, lo cual garantizaba la tarea de convocar a organizaciones sociales en diversos distritos.
Buscando rastrear y comprender el origen de la red, acordé una cita con Ernesto, quien me explica que en el 2002 la Fundación había convocado a todo tipo de organizaciones “más allá de que tuviesen una lectura política común”, razón por la cual él creía que no habían llegado a un acuerdo de trabajo.
Conociendo este antecedente, Ernesto me explica que decidió ordenar la información sobre lo hecho hasta el momento, trazando una línea de tiempo en la que ubicar lo que sabía en forma directa por su militancia en otras organizaciones de la zona, lo que había podido averiguar a través de informantes claves y en qué consistía la propuesta inicial de la red.
Analizando las características de las organizaciones que habían participado inicialmente concluyó que “eran líderes referentes de cada distrito, más o menos al estilo de Beatriz… [la presidenta de la Fundación Nuevos Caminos]. Gente relacionada al peronismo que tenía cierta vinculación con las organizaciones o con iniciativas sociales… con la necesidad de buscar un espacio social para legitimar lo político. Era como si se armara una agrupación y ellos convocaran: la puerta de entrada. Un acuerdo más de cúpula”.
Hablando con Mirta me comenta que ese período fue muy conflictivo porque los representantes de las organizaciones comenzaron a competir políticamente por la dirección de la incipiente red, buscando una acumulación personal de poder político en un contexto de escasez de recursos de todo tipo. Estas luchas llevaron a que la presidenta de la Fundación decidiera estratégicamente dejar de impulsar el proyecto hasta tanto pudiese tener nuevamente su control, lo cual sucedió en 2004 a partir del financiamiento mencionado.
Refundación de la red: profesionales y profanos
Ernesto me explica que él consideraba que si se pretendía armar una red a partir de esa lógica política sería imposible. Su experiencia y su conocimiento de las relaciones, los conflictos y las luchas de poder entre las organizaciones más importantes de la zona le anticipaban el fracaso al utilizar como eje de la convocatoria una supuesta coincidencia político-ideológica de los líderes locales. A partir de este planteo, Ernesto le propuso a Graciela descartar esa estrategia, reunirse con funcionarios del Ministerio de Desarrollo Social para revisar los listados de las organizaciones que estaban inscriptas y realizar un análisis en conjunto. “La lectura que hicimos es que es una zona de patrones de estancia. Cada intendente y cada organización social dependen de ese patrón o tienen que pasar por ahí. Entonces la manera de unirnos y romper ese territorio compartimentado era convocar al que viniera. En ese “quién viniera”, vino de todo y sigue viniendo de todo”.
A partir de la convocatoria masiva de organizaciones comenzaron a realizarse plenarios en los que Ernesto me cuenta que “muchas personas venían con ideas piolas y se encontraba que estaban pintadas o hacían una propuesta que no tenía mucho que ver. Esperaban participar de un grupo ya armado y era como una asamblea de vecinos”.
Estos primeros encuentros anticipaban una tensión entre dos formas de valoración de la actuación en el campo político: la militancia de los vecinos y la militancia de los técnicos. En esta tensión se
jugaba el reconocimiento como "mecanismo que constituye el vínculo político por medio de la evaluación moral de las personas capaces de acceder a la política" (FREDERIC, 2004:133). El
reconocimiento permite la institución o el desplazamiento de las categorías de militante en la división de trabajo al interior de la red, consagrando a quienes se han profesionalizado y otorgando beneficios materiales o simbólicos dentro de la estructura.
La competencia entre ambas categorías en su aspiración a ser protagonistas destacados en la red estuvo atravesada por la tensión entre dos valores que legitimaban sus prácticas: la lealtad barrial
para los vecinos y el conocimiento experto para los técnicos.
Algunos especialistas diferencian la toma de decisiones en las redes en dos niveles: uno estratégico
que correspondería al conjunto de los actores y se construiría en base a acuerdos y consensos; y otro
técnico que es delegado en grupos más pequeños cuyas sus acciones deben ser validadas posteriormente en las asambleas (ROVERE Y CAMARGO, S/F).
La experiencia de la red bajo estudio se aleja bastante de esta propuesta de clasificación o al menos de los significados que los actores de la red le atribuyen a lo estratégico y lo político. En efecto, las sucesivas asambleas, el desgaste de estas instancias manifestado por las organizaciones y la consecuente imposibilidad de concretar una planificación de las acciones para la red, llevaron a que a fines de 2005 Ernesto decidiera seleccionar lo que llamó “compañeros de una estrategia”. Este pequeño grupo de organizaciones reunía las tareas de ambos niveles en la toma de decisiones, eliminando la instancia de las asambleas: serían las que definirían las actividades de la Red, marcarían su posicionamiento político y contactarían a otras en cada distrito.
El reconocimiento de ciertas cualidades personales, fundadas en una serie de valores y condiciones sociales de expresión, instituyó a los portavoces de la Red y las futuras lógicas de acumulación de prestigio y beneficios (BOURDIEU, 1991). Sólo unas veinte organizaciones cumplían con el perfil
que Ernesto buscaba. Todas exhibían en su discurso un pensamiento de izquierda, la educación popular como metodología de trabajo y se reconocían como militantes sociales con trabajo territorial. Desarrollaban proyectos concretos en sus organizaciones, a partir de un saber técnico que les permitía acceder a programas con de financiamiento nacional e internacional. Finalmente, los representantes de estas organizaciones decían mantener un cierto grado de autonomía frente a los funcionarios locales de cada distrito.
Este reconocimiento fue mutuo, ya que no sólo dependía de la selección que Ernesto hiciese frente a la heterogeneidad de organizaciones de acuerdo a su criterio personal, sino que las organizaciones elegidas reconocían en él una trayectoria de militancia social que lo legitimaban para ser quien encabezara el proceso de construcción de la Red.
La división del trabajo al interior de la Red quedó configurada a partir de la diferenciación entre este Grupo Estratégico, conformado por lo que podemos identificar como ONGPD (en su mayoría), y el resto de las organizaciones, fundamentalmente ONG de base, grupo del cual se desprendía un tercero, conformado por organizaciones relacionadas con la alimentación.
Las ONGPD son aquellas que están compuestas por técnicos, profesionales y voluntarios y desarrollan proyectos con el fin de promover el desarrollo social y económico de los sectores más pobres (MALLIMACI,1996). Este tipo de organizaciones son las que muchas veces deben dirimir la
encrucijada de constituirse en ámbito de reproducción y legitimación del saber técnico impuesto por los organismos de financiamiento (la cara comunitaria del neoliberalismo en palabras de James Petras) o desarrollar estrategias comprometidas con diversas modalidades de protesta y organización como los movimientos sociales (RODRÍGUEZ KARAMAN,TRINCHERO Y WOODS,2001).
Ernesto pensaba que el rol de este grupo debía ser transitorio, dado que “se había iniciado como un grupo de promotores que compartía ciertos valores, una estrategia en común y el juntarnos en torno de un colectivo. Decidimos hacer un grupo, que sin ser la Conducción o la Mesa Chica por detrás, sí ser los promotores de esta idea”.
El segundo grupo estaba compuesto por organizaciones con “un núcleo reducido de miembros organizadores, una estructura interna simple, un ámbito de acción eminentemente local y una orientación hacia problemas concretos de la comunidad” y que dependen de los recursos que obtienen principalmente del Estado (FORNI,2001:94).
Se trata de pequeñas organizaciones que esporádicamente obtenían financiamiento para desarrollar acciones de atención directa a la comunidad local. Muchas de ellas, si bien están integradas por un voluntariado que no era beneficiario directo de sus acciones, poseían un capital de poder político o bien eran parte constitutiva de estructuras políticas clientelares (RODRÍGUEZ KARAMAN,TRINCHERO Y WOODS, 2001). Estas organizaciones en su mayoría no contaban con conocimiento en
convocar porque habían trabajado o trabajaban simultáneamente para políticos locales, lo cual les proveía un conocimiento preciso de los barrios y un contacto diario con las organizaciones sociales que podían estar interesadas.
Por ejemplo, Graciela, la representante de una de las organizaciones de este grupo, me comentaba que “la ventaja que llevo es que fui funcionaria pública y coordinadora general del Plan Vida en mi distrito. El haber estado en una agrupación, haber hecho un trabajo partidario de la nada, donde hacías los afiches, los pasacalles, te caminabas por una agrupación veinte cuadras y veías los alineamientos. Te metés muy adentro en ese aspecto…”
Finalmente, un tercer grupo quedaba formado por las organizaciones relacionadas con la alimentación1, principalmente comedores comunitarios y organizaciones que fueron efectoras del Programa de Emergencia Alimentaria a partir de 2002. Una de las organizaciones del segundo grupo me explicaba que en un comienzo se había consensuado que este tipo de organizaciones no estarían incluidas en la red “porque se quedan en dar y buscar comida, no tienen un trabajo social genuino”. Sin embargo, el grupo estratégico decidió incorporarlas agrupándolas por temática con la intención de “transformarlos en algo más comunitario. El trabajo de ellos es la emergencia, trabajar en el día a día”, en palabras de Ernesto. De ellas no se esperaba un rol activo en la red.
El proyecto de fortalecimiento de redes: luchas en torno a la representación y el poder
Identificados los actores que componen la red, analizaremos uno de los proyectos que gestionó la Fundación, ya que nos permite comprender cómo se construyen las relaciones de lealtad y (des)confianza entre los representantes de las organizaciones comunitarias y en relación con la Fundación. Asimismo, permiten comprender cómo se dirimen las posiciones y responsabilidades en la red de acuerdo a los proyectos y las necesidades personales de cada representante, su distancia o cercanía con el centro, y qué estrategias y recursos se ponen en juego.
En los meses siguientes a la conformación de los grupos se desarrollaron actividades de diferente tipo. Por un lado, las organizaciones comenzaron a reunirse de acuerdo a mesas temáticas para
1 El Ministerio de Desarrollo Social luego de la crisis de 2001 reorientó los fondos disponibles y lanzó tres mega-programas de emergencia: el “Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados”, el “Programa de Emergencia Alimentaria” y el Programa Remediar”. El segundo de ellos proponía la complementariedad de las prestaciones, es decir, que una familia fuera beneficiaria de varias prestaciones alimentarias en simultáneo (niños en comedores, recepción de módulos alimentarios mensuales o tickets alimentarios, desarrollo de huertas familiares/comunitarias, etc.) Fuente: RESOLUCIÓN MDSYMANº008/02.
compartir información sobre problemáticas comunes. Por otro lado, una de las organizaciones del Grupo Estratégico comenzó a asesorar a las organizaciones de base para que presentasen proyectos correctamente formulados en potenciales convocatorias. Finalmente, esa misma organización coordinó algunas de las reuniones para que la red definiese su misión y sus objetivos a largo plazo. La misión apuntaba a intercambiar saberes y experiencias, capacitar hacia fuera y hacia adentro, generar estrategias para ocupar espacios de poder para incidir en las políticas públicas, y lograr financiamiento nacional e internacional. Los objetivos eran ampliar la red a nuevas organizaciones y distritos, establecer un mecanismo de comunicación para compartir información, construir una modalidad de articulación horizontal, y realizar encuentros periódicos de trabajo.
Ahora bien, mientras las organizaciones de base empezaban a poner en funcionamiento la red, la Fundación se erigía en su representante ante los funcionarios de programas provinciales y nacionales y los organismos de financiamiento internacional interesados en financiar las actividades de las redes. Las organizaciones no ignoraban esta situación, pero tampoco sabían qué beneficios se estaba negociando y esperaban ver cómo serían distribuidos.
A partir del vínculo con el Ministerio de Desarrollo Social, la Fundación y un reducido número de ONGPD del resto del país participaron de una serie de reuniones para diseñar un proyecto de apoyo a redes que fuese financiado por uno de los Organismos Multilaterales de Crédito más importantes. El objetivo era fortalecer la capacidad del gobierno nacional para vincularse con las organizaciones de base a nivel local, así como la capacidad de estas últimas para articular sus esfuerzos y presentar sus demandas a través de redes.
Este espacio de negociación le aseguró a la Fundación ser una de las ONGPD referentes de las redes existentes en la provincia, obteniendo financiamiento general para el proyecto y particular por su rol de intermediaria. Las organizaciones sociales de la Red tenían que dar su aval para apoyar a la Fundación en su candidatura y a cambio esperaban participar del financiamiento obtenido.
La Fundación se posicionaba ante la red como representante de sus intereses y principios, asegurando que hablaba y actuaba como parte del grupo. Este lugar privilegiado estuvo apoyado en la atracción que ejercía sobre el grupo a través de su retórica y de la posesión casi exclusiva de un corpus de saberes específicos relativos al campo político. Dado los miembros de la red no tenían acceso a la totalidad de las cuestiones a las que su representante debe responder así como las
decisiones que debe tomar en nombre del grupo, se le entrega una suerte de “cheque en blanco” difícilmente controlable (BOURDIEU,2000).
Las actividades del proyecto de fortalecimiento consistían principalmente en una serie de talleres de capacitación en las temáticas que cada red considerase relevantes. Luego de varias reuniones entre la Fundación y algunos integrantes del Grupo Estratégico, se decidió que una de ellas recibiera los honorarios y estuviese a cargo del dictado de los talleres a los que asistirían las organizaciones de base, ya que eran la única que podía acreditar formación y experiencia en la temática.
Las luchas de reconocimiento y de construcción del poder de las organizaciones son inherentes a la configuración de la división del trabajo en la red y del rumbo que toma la profesionalización (BOURDIEU,1998A;WEBER, 1998). Es a partir de la década del ’90 que, bajo la intencionalidad de
racionalización de la acción del campo del Tercer Sector, se produjo un corpus de saberes sostenido en la teoría política y social, que se integró al proceso de profesionalización de los agentes de las organizaciones sociales. Este proceso supuso la acreditación de los saberes sobre planificación y gerenciamiento de los voluntarios, dirigentes y técnicos, lo cual llevó a la multiplicación de espacios de capacitación ofrecidos por las agencias gubernamentales, las universidades y las fundaciones internacionales (GRASSI,2003:288).
“Esta pretensión de racionalización se puso de manifiesto (…) en las exigencias y pre-requisitos para la gestión de los recursos financieros (…) que dieron lugar a un mercado de servicios ad hoc
para técnicos y expertos, el cual originó tensiones en el campo al limitar el dominio de la militancia” (GRASSI,2003:289)
Durante las reuniones de la red, el Grupo Estratégico decía diferenciarse dentro del heterogéneo Tercer Sector por una metodología de trabajo que retomaba los postulados de la educación popular, lo cual suponía un espacio de aprendizaje donde las organizaciones de base pudiesen desarrollar y valorizar colectivamente su conocimiento, sus formas de aprender y de explicar los acontecimientos de la vida social.
Sin embargo, el curso de los hechos demostró que la división del trabajo entre organizaciones con saber técnico o saber práctico/popular era defendida a la hora de negociar los beneficios cosechados en nombre de la red, consagrando a quienes detentaban el saber académico. La Asociación Civil Amanecer, una de las organizaciones de base, explicaba que únicamente las de su grupo
legitimaban y valoraban su saber en la temática del diseño de proyectos. “Mirta me había dicho que se iba bajar guita para pagar a los capacitadores. Ahora ¿por qué no la distribuimos entre los que estamos laburando? ¿Para qué me van a poner a un “profesor” si yo sé cómo se arman los proyectos?” O sea que ahí saltó la ficha. Tenemos que blanquear eso. Nosotros estamos podridos de ser el relleno de la empanda. Nuestros compañeros son los que se acomodan y nosotros siempre somos los que vemos el espectáculo”.
En esta división del trabajo en la red, el lugar que cada actor ocupa propende a la jerarquización de quienes conocen el lenguaje de las políticas sociales y tienen una práctica bien estimada y quiénes no. Así, la conformación de categorías como los militantes de base o los técnicos responden a posicionamientos conquistados por los sujetos, pero también a las visiones que los demás adoptan sobre ellos y que los invisten (BOURDIEU, 1989).
La participación que se habilita para las organizaciones de base al interior de los territorios de la pobreza se ubica en la periferia del sistema de decisiones políticas y económicas. Los protagonistas son autorizados a circular únicamente en el espacio reducido de los objetivos y las actividades de los proyectos operados por las ONGPD, constituyéndolos como sujetos desarticulados del mundo económico, político y social donde se juega su condición de ciudadanos (CARDARELLI Y
ROSENFELD,1998:2).
La lucha por la distribución de los fondos del proyecto de fortalecimiento representó una instancia de quiebre en la red, ya que las organizaciones de base pusieron en cuestión los criterios que legitimaban el acceso a los beneficios. A partir de este hecho, las actividades de diversa índole que se realizaban en la red comenzaron a suspenderse y se convocó a una reunión general. En ella, Mirta explicó que “suspendimos cuando detectamos que, por no blanquear este grupo chico autoconvocado, se estaban generando malos ruidos. Porque yo entiendo que hayan pensado que si participan en una red y no se enteran que están haciendo algo chiquito, no les guste. Si seguíamos generando reuniones se terminaba todo”.
El haber puesto sobre el tapete las causas del conflicto no fue suficiente para que la mayoría de las organizaciones siguiera participando. Las reglas de la división del trabajo había sido puesta al descubierto y pocos estaban dispuestos a defenderlas públicamente. Ante esta situación, Beatriz, la presidenta de la Fundación, haciendo un inteligente uso de su retórica política buscaba generar un
acercamiento y una identificación entre las organizaciones de los distintos grupos en conflicto, eliminando de la discusión las desigualdades en la distribución de los recursos.
“Yo creo que todo logro no es para una institución ni para otra, sino que hay que ponerlo todo arriba de la mesa. Es decir, acá no hay ni hijos ni entenados. Lo digo compañeros desde el corazón, ustedes saben cuál fue la intención de la red: la de generar espacios de poder. Todos sabemos para qué estamos juntos. Hay compañeros que están sentados en la mesa y que tienen una historia de lucha. Acompañemos los que tenemos más experiencia. La red, para mí que soy peronista, donde hay compañeros que tienen organizaciones y se rompieron el alma toda la vida y todavía no tienen una computadora… Estamos trabajando en eso. Para mí ideológicamente sería un éxito que salgamos, que avancemos, que crezcamos, que demostremos nuestro trabajo”.
Estas luchas por la representación y por los recursos materiales y simbólicos que se distribuyen en torno a la posesión de ciertos saberes y a la cercanía con el centro (la Fundación) permiten entender a la red como un asunto de jerarquías y pertenencias. Los centros son lugares simbólicos en los que se concentran los actos y las ideas importantes que crean la arena política en la que se dirimen las decisiones que afectan las vidas de sus miembros. La participación en esas arenas y en los acontecimientos trascendentes que en ellas suceden es lo que confiere los signos de pertenencia (GEERTZ,1994).
Como vimos, en el centro político de la red se constituyó una élite y un conjunto de formas simbólicas que expresan el hecho de que la Fundación y sus allegados son en verdad quienes gobiernan. No importa cuán democráticamente sean elegidos los miembros de esa élite o cuán profundamente enfrentados puedan estar entre sí: ellos justifican su existencia y ordenan sus acciones en base a una colección de historias, formalidades y alianzas que los erigen como los portavoces de la red (GEERTZ,1994).
La palabra del portavoz es una palabra autorizada por el grupo para hablar en su nombre, pero el riesgo que corre la delegación como forma de acción colectiva es la permanente amenaza de la usurpación y la corrupción. En la medida en que se opera a favor de una persona o un pequeño grupo, la delegación implica una concentración del capital simbólico. Bourdieu plantea que la cuestión política reside justamente en “saber cómo dominar los instrumentos que hay que poner en práctica para dominar la anarquía de las estrategias individuales y producir una acción concertada, cómo el grupo puede dominar (o controlar) la opinión expresada por el portavoz, aquel que habla en
nombre del grupo y en su favor, pero también en su lugar, que hace existir al grupo presentándolo y representándolo pero que, en un sentido, tiene el lugar del grupo” (BOURDIEU,1973).
Teresa de la Asociación Civil de Estudios Populares (una de las organizaciones de base) intentó persuadir a las demás para permanecer en la red, invitando a disputar el monopolio del poder de la Fundación: “¿Cómo generamos la fuerza? El poder político son ellos arriba y de ahí empiezan a bajar línea. Nosotros tenemos que hacer el entramado de meternos en la red de ellos y lo hacemos trabajando codo a codo. Cada nudo de la red es potable y es potencia. Entonces aprendamos que juntos somos tres veces más. Ese es el miedo que nos tienen y por eso nos quieren manejar políticamente. Usemos la política para conseguir los medios y darle respuesta a nuestra gente”.
Este intento por entrar en el juego del campo político de la Fundación y el Grupo Estratégico nos remite a la división entre profesionales y profanos. En efecto, el universo político descansa sobre una exclusión de aquellos que poseen un capital político menor (en nuestro caso las organizaciones de base), en tanto que los profesionales están legitimados a decir y hacer, no por la relación directa con sus representados, sino en relación con los otros miembros del campo (los técnicos, políticos o funcionarios).
El campo político tiene su lógica propia y está en la base de las tomas de posición de aquellos que allí están comprometidos. Implica que la Fundación y el Grupo Estratégico tienen un interés político específico, no reductible a los intereses de las demás organizaciones representadas a través de la red y que se definen dentro de la relación con los agentes del mismo campo. Esta suerte de efecto de cerramiento es el resultado de la autonomización del espacio político, que cuanto más avanza según su lógica propia, profundiza la ruptura con los profanos. Sin embargo, cabe señalar que el campo político no puede cerrarse por completo: la Fundación y el Grupo Estratégico deben hacer referencia a aquellos en nombre de los cuales se expresan y frente a quienes deben rendir cuentas, aunque sea de forma relativamente ficticia, para seguir en el mundo de las políticas sociales y sus recursos (BOURDIEU,1999).
Dentro de un campo como el político, las conductas de los agentes son determinadas por su posición dentro de la estructura de la relación de fuerzas, lo cual permite plantear en ciertos momentos la posibilidad de transformar esas relaciones. En las luchas simbólicas, los adversarios disponen de capitales simbólicos desiguales, siendo el poder político un capital de reputación vinculado a la notoriedad, al hecho de ser conocido y reconocido por los otros. La Fundación y el
Grupo Estratégico detentaban este poder político y el curso de los acontecimientos demostró que ninguna de las organizaciones de base podría disputarle su lugar central en la red.
Conclusiones
Las maneras de dirimir las posiciones y responsabilidades de cada representante en la red de acuerdo a los proyectos de cada organización y a las necesidades personales de sus representantes, permiten identificar algunas de las estrategias y de los recursos que se ponen en juego.
Los beneficios que negocia cada organización comunitaria están en estrecha relación con la distancia/cercanía que mantiene con el “centro”, es decir, con la Fundación; y con el capital político acumulado. Se trata de una serie de círculos concéntricos que parten de la Fundación: primero están Mirta y Ernesto, portavoces del “centro”, luego el Grupo Estratégico, le siguen las organizaciones de base y finalmente las organizaciones relacionadas con la alimentación.
En este juego político, las organizaciones convocan adherentes (organizaciones de base agrupadas en redes) para presentarse y legitimarse como los canales por los cuales los ciudadanos podrían influir en el accionar del Estado, logrando participar en el diseño o implementación de algunas políticas públicas o en ciertos espacios de poder.
La comprensión y explicación, en sus múltiples dimensiones, de las formas locales de construcción del poder de las ONGPD a partir de la crisis de 2001, dentro del marco de las políticas sociales, permite indagar las características de la participación y representación actuales.
No preguntábamos si las ONGPD son un mecanismo de mediación entre los excluidos y el Estado, o si las poblaciones excluidas son mecanismos de mediación entre las ONGPD y el Estado. A partir de las reflexiones realizadas, se pone en cuestión que la participación sea “social” y la representación sea “política”. ¿Se “participa socialmente” y la política se juega y define en otro espacio? La configuración de la agenda pública será el resultado de las características que adquiere la triple relación (funcional, material y de dominación) entre el Estado y la sociedad.
Los programas sociales intentan escindir, en las poblaciones pobres, la esfera de la satisfacción de sus necesidades puntuales del campo político de la reivindicación de los derechos. Esta lógica imprime las relaciones entre cada uno de los actores en la compleja cadena de canales de
participación: las poblaciones más pobres, las organizaciones sociales, los militantes políticos, los punteros, los funcionarios de diversas instancias y finalmente el Estado y sus agencias.
Así, la proclamada “participación ciudadana” despolitizada favorece el crecimiento del poder de los sectores influyentes que negocian, concertan y pactan, mientras que las poblaciones excluidas, que son la base de su existencia y reproducción, participan únicamente al interior de sus comunidades. Bibliografía
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