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Ballesteros, Adriana

Zapatos rojos de charol / Adriana Ballesteros; ilustrado por Marcela Lescarboura. - 1ª ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Uranito Editores, 2013.

144 p. : il. ; 21 x 15 cm. - (Heroínas) ISBN 978-987-703-025-9

1. Narrativa Infantil Argentina. I. Lescarboura, Marcela, ilus. II. Título

CDD A863.928 2

Edición: Anabel Jurado Diseño: Claudia Anzilutti Ilustración: Marcela Lescarboura

© 2012 by Adriana Ballesteros

© 2012 by EDICIONES URANO S.A. - Argentina Paracas 59 - C1275AFA - Ciudad de Buenos Aires [email protected] / www.uranitolibros.com.ar 1a edición

ISBN 978-987-703-025-9

Queda hecho el depósito que establece la Ley 11.723 Impreso en Gráfica Galt

Ayolas 494 - CABA Septiembre 2013

Impreso en Argentina. Printed in Argentina

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

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URANITO EDITORES

ARGENTINA - CHILE - COLOMBIA - ESPAÑA MÉXICO - PERÚ - URUGUAY - USA - VENEZUELA

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Esos zapatos de charol eran brillantes, fabulosos, un sueño de bellos. Pero… ¡eran tan incómodos!

¿Quién podría llevarlos puestos por mucho tiempo? El problema era que no se podía ni soñar con desa-fiar la tradición. La tatarabuela de la princesa Giuliana había conocido a su esposo gracias a ellos y, desde en-tonces, todas las princesas de la familia los estrenaban al cumplir los quince años.

Giuliana se calzó uno, luego el otro. Suspiró. Se ob-servó una vez más en el espejo y apareció en el salón. Por las miradas, supo que estaba radiante.

Entonces comenzó la danza. Una pieza, dos, tres… ¡El dolor era terrible! No, no podría soportarlo más.

Por fin, en un momento en que nadie la veía, sigi-losa como un gato, se los quitó. Ay… ¡Qué repentina felicidad! ¡Sentir el césped del gran parque bajo los pies! Siguió bailando descalza y feliz por unas horas.

Apenas terminara la fiesta, el rey y la reina parti-rían en misión de negocios. Y ella podría aprovechar la ausencia para hacer también un viaje. Pero no… eso mejor lo pensaría luego.

Ahora disfrutaba de su dicha, descalza, bajo la luz de la luna…

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Laura bajó la caja del estante más elevado del arma-rio, la abrió, los retiró y les quitó el papel que los cubría. Eran rojos… ¡Bellísimos!

—¡Qué lindos! —exclamó Gema—. ¿Son tuyos, mamá? Laura los acarició con la mirada.

—Eran de mi abuela. En realidad, son una reliquia fa-miliar.

—¿Qué es una “relequia”? —preguntó Rocío, que aca-baba de entrar en el cuarto.

—RELIQUIA, nena —la corrigió su hermana—. ¿¡Cuán-do vas a aprender a hablar bien!?

Rocío ya se iba a enojar con su hermana cuando, de pron-to, los vio… Abrió enormes los ojos color café y exclamó:

—¡Ohhhh… qué lindos! Son mágicos, ¿verdad? Gema empezó a reír, pero Laura apenas sonrió y dijo: —Ojalá lo fueran... Lo que sí espero es que sean tan valiosos como imagino.

—¿Por qué? —Gema abrió grandes los ojos—. ¿Los vas a vender?

—¡No! —chilló Rocío —. ¡Mamá, por favor, no lo ha-gas! ¡Son tan lindos!

Laura suspiró. Venderlos era, sin dudas, el último re-curso. Pero, ¿acaso no estaban llegando a una situación

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límite? Todo estaba resultando mucho más difícil de lo que habían pensado.

—¡Mamá! Tiene razón la pequeñita...

A Rocío no le gustaba que su hermana le dijera “la pequeñita”. Pero protestaría más tarde. Ahora, lo impor-tante era convencer a mamá.

—No los vendas, ¡por favor! Las cosas van a mejorar —continuó Gema—. Tú nos dices eso todos los días...

—Tienen razón, niñas —Laura asintió—. Pronto van a llegar los papeles y las cosas van a mejorar.

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Gina se levantó al alba. ¡Era un día tan bonito! Si lograba hacer su trabajo temprano, le quedaría tiempo libre para disfrutarlo. Por eso, a las siete estaba lista, con el uniforme puesto y los elementos de limpieza. ¡Había sido una gran fiesta! ¡Y el parque había queda-do en tan mal estaqueda-do! Comenzó a arrojar al balde los restos de comida, de vajilla rota cuando de pronto… los vio. ¡Qué bellos! ¡Tan elegantes! Y tuvo una idea… Sería solo por un segundo… Estaba sola… ¿Por qué no? Sin dar más vueltas, se los probó. ¡Le quedaban perfectos! Rio y bailó feliz entre los lirios.

Pero en ese momento escuchó una voz a lo lejos. —Por todos los cielos… ¡Allí está!

Y comenzó a acercarse un hombre lujosamente ves-tido.

—Yo… Ya… ¡Disculpe! —comenzó a balbucear Gina. —¡Princesa Giuliana! ¡Al fin la encuentro!

—¿Qué? —la joven no entendía de qué le hablaba—. Creo que es un error. Yo…

Pero el hombre no la oyó. —¡Vengan! ¡La encontré!

Gina de golpe se vio rodeada de gente que nunca había visto. Y sin que pudiera impedirlo, la llevaron

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hasta el castillo. Todos le decían: “Su majestad esto” “Su majestad aquello”… ¿Sería una broma? La joven no sabía qué pensar. La condujeron hasta el gran sa-lón, donde se encontró con un retrato tamaño natural de una damisela muy parecida a ella que lucía un fa-buloso vestido dorado y una corona.

—Disculpe usted, su majestad —dijo una dama de rojo haciendo un gran reverencia—, pero creímos que como los reyes se ausentaron…

—Y vuestra nodriza tomó vacaciones —continuó una dama de gris repitiendo la reverencia—. El conse-jero real aquí presente osó pensar que usted se había…

—Escapado. No se ofenda, su majestad —comple-tó la frase el hombre sin hacer ninguna reverencia—. Pero ya que está aquí, las doncellas la acompañarán a vuestras habitaciones.

—¿Cómo? —dijo Gina, confundida.

—Su alteza: la visita del príncipe Agusto es hoy, ¿re-cuerda? Debe usted… —la dama de rojo titubeó, mi-rándola—, quitarse ese disfraz y ponerse el vestido.

“¡Oh! ¡Claro! ¿¡Creen que soy la princesa!?”, pensó Gina mientras las doncellas la escoltaban (en realidad, la guiaban) hasta una fastuosa habitación llena de ves-tidos fabulosos hechos en seda, en satén y ¡con hilos de oro!

—¡Qué belleza! —exclamó Gina.

—Me alegra que a su alteza le agraden los nuevos trajes —suspiró aliviada la doncella de gris.

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—¿Cuál va elegir su majestad?

Las damas se quedaron en silencio esperando una respuesta.

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