LIBROS BASE MONOGRAFÍAS
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Los prim eros agricultores y las p rim eras ciudades Los celtas
Los pueblos de la E spaña p rerro m an a L a ag ricu ltu ra en la E dad del H ierro Pom peya
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C arlos Y
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Un viaje p o r E spaña en 1679 La g u erra de Sucesión española El M adrid de la Ilustración
E dim burgo y la revolución de la m edicina La construcción en la época victoriana Los sindicatos ingleses
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contem poránea El F ranquism o La transición española
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El ejército rom ano Ju lio C ésar
C aballeros medievales L a vida en un m onasterio medieval L a vida en un pueblo medieval L a construcción de las catedrales m edievales L a E spaña m usulm ana
El reino N azarí de G ran ad a
Los orígenes de la R econquista y el reino asturiano El Cam ino de Santiago
B uda
L a antigua C hina y la G ra n M uralla H ern án C ortés, conquistador de M éxico Toledo y las tres culturas
M artín L utero
Los soldados europeos en tre 1550 y 1650 L a Inquisición española
C arlos Y L a leyenda negra U n viaje por E spaña en 1679
Lá g u erra de la independencia norteam ericana El M adrid de la Ilustración
Velázquez
Sevilla y el C om ercio de Indias Los validos
E dim burgo y la revolución de la m edicina Los sindicatos ingleses
L a rebelión de la India en 1857 D eportados a la T ierra de Van Diemen Jap ó n Meiji
Los m aories El desastre colonial Goya
Un australiano en la P rim era G u erra M undial G andhi
L as revoluciones rusas H itler y los alemanes M ao Zedong y C hina Israel y los árabes
L uchas y revoluciones o b reras en la E spaña contem poránea
L a II República y la G u erra Civil española
Desarrollo tecnológico
L a vida en el Paleolítico
Los prim eros agricultores y las p rim eras ciudades L as Pirám ides
El P artenón
L a ag ricu ltu ra en la E d a d del H ierro Los ingenieros rom anos El ejército rom ano Los barcos vikingos L a vida en un pueblo medieval La construcción de las catedrales m edievales El reino N azarí de G ran ad a
Los canteros m edievales Los castillos m edievales
La p rim era vuelta al m undo L a an tig u a C hina y la G ran M uralla H ern án C ortés, conquistador de M éxico
Los soldados europeos en tre 1550 y 1650
La g u erra de la independencia norteam ericana El M ad rid de la Ilustración
Sevilla y el C om ercio de Indias
E dim burgo y la revolución de la m edicina El W arrio r, el p rim e r navio m oderno de com bate La construcción en la época victoriana La g u e rra de la Independencia española
l ’n au straliano en la P rim era G u erra M undial El autom óvil
Los libros base y las monografías de esta colección se refieren a distintos contenidos del curriculo de Ciencias Sociales de^iducación Secundaria, haciendo posible la investigación en el aula y la atención a la diversidad del alumnado. El conjunto de la colección se divide en:
' · Libros base: diez títulos, en color, cada uno abarcando un período de la Historia.
• Monografías: contienen diversos estudios sobre distintos aspectos de la vida social, cultural, tecnológica, etc,, de épocas y lugares concretos.
AKA L/CAMBRIDGE · HISTORIA DEL MUNDO PARA JÓVENES
LOS CASTILLOS
MEDIEVALES
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Conrad Cairns
-D irector de colección: Trevor Cairns Traducción: M ontserrat Tiana Ferrer
A m pliación española (capítulo 8): Jesús Espino Ñuño M apas: Reg P iggot
Dibujos: Sharon Pallent Maqueta: R A G
© C am b rid g e U niversity Press, 1987. 1992
© Ediciones Akal, S. A., 1999, para todos los países de habla hispana Sector Foresta, 1 28760 Tres Cantos M adrid - España Tel.: 91 806 19 96 Fax: 91 804 40 28 ISBN : 84-460-0888-2 D epósito legal: M . 4.510-1999 Im preso en M aterPrint, S. L. Colm enar Viejo (Madrid)
R eservados todos los derechos. D e acuerdo a lo dispuesto en el artículo 270 del C ódigo Penal, podrán ser castigados con penas de m ulta y priv ació n de libertad quienes reproduzcan o p la gien, en todo o en parte, una o bra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la p recep tiv a autorización.
Núm ero aproxim ado de castillos construidos en varios países durante la Edad M edia: Inglaterra: entre 1.500 y 1.800 Gales: entre 460 y 540 Escocia: entre 1.700 y 2.000 Irlanda: entre 3.500 y 4.000 Francia: 13.000
A lemania: 14.000 (m uchos de ellos pequeños)
Italia: 25.000 (m uchos han desaparecido por com pleto) España: entre 4.000 y 5.000
Agradecimientos
Portada, p. 35 Cadw Welsh Historie Monuments; p. 1 Colin Platt The Castle in Medieval England and Wales, Seeker and Warburg 1982, pp. 8 (E. S. Armitage Early Norman Castles o f the British Isles, 1912), 19 der. (Viollet-le-Duc Militaiy Architecture, 1879), 40 izq. sup. (T. H. Turner y J. H. Parker Domestic Architecture in England, 1877), 46 izq. (John Muller Treatise o f Fortifications, 1746) The Syndics of Cambridge University Library; p. 9 izq. sup. Peter Harbison Guide to the National Monuments in the Republic o f Ireland, Gill and Macmillan 1975, dibujo de Brian O’Halloran; pp. 9 der., 32 sup. Crown Copyright, Historic Buildings and Monuments (Escocia; pp. 9 izq. ab., 32 ab. Roger-Viollet, pp. 10, 11, 22 ab., 26 ab., 36, 41 izq., 44 Country Life; p. 17 sup. l’Institut Français d’Archéologie du Proche Orient; p. 17 ab. Helga Schmidt-Glassner; pp. 18 der., 26 sup., 27, 38 sup., 39, 46 der. Historic Buildings and Monuments Commission for England; p. 19 izq. © Vu du Ciel por Alain Perceval ®; p. 22 sup. Cambridge University Collection, Crown Copyright Reserved; p. 24 © Arch. Phot. Paris/S.P.A.D.E.M.; p. 29 The Mansell Collection; pp. 30, 33, 40 der., 47 izq., 48 Aerofilms; pp. 37 sup. (MS Add 42130 f 207), 38 ab. (MS Ar. 157 f71v) Bristish Library; p. 37 ab. Master and Fellows of Trinity College Cambridge; p. 41 der. Rijksdienst voor de Monumenten- zorg, The Netherlands; p. 42 Nigel Tranter TheFortified House in Scotland, 1962/The Syndics of Cambridge University Library; p. 43 cent. ab. Harold Leask Irish Castles, Dundalgan Press (W. Tempest) Ltd/The Bristish Architectural Library, RIBA London; p. 45 izq. sup. The Board of Trustees of the Royal Armouries; p. 45 izq. ab. The British Architectural Library, RIBA London de David McGibbon y Thomas Ross Castellated and Domestic Architecture o f Scotland, 1887; p. 45 der. Trustees of the British Museum. Contraportada, Photographie Giraudon/Musée Condé, Chantilly.
Portada; Castillo de Rhuddlan, construido entre 1277 y 1282. Formaba parte de los planes de Eduardo I para la conquista y defensa del norte de Gales (página 34). Es un castillo concéntrico. El centro lo forma un recinto interior cuadrado con las esquinas defendidas p o r dos torres redondas y dos entradas fortificadas. El anillo exterior de defensa es menos compacto y simétrico, porque abarca la orilla del río Clwyd y cubre el dique situado a la derecha. La ilustración muestra el aspecto que probablemente tendría el castillo recién construido.
Portadilla; Castillo de Caerlaverock, dom inando una de las rutas entre el este y el oeste de Escocia. C onstruido unos diez años después de Rhuddlan. Carece de un anillo exterior de defensa (aunque posee un buen foso), pero, p o r lo demás, coincide con el anterior en sus ideas defensivas: un recinto com pacto y
rodeado de altos muros con torres o entradas fortificadas. El dibujo nos muestra la situación actual; el diseño original ha sobrevivido a pesar de su historia repleta de daños y reparaciones. C ontraportada: La vida en los castillos se hace más agradable. Una escena del calendario de un lujoso libro de horas, realizado a principios del siglo xv para el duque de Berry, un fam iliar cercano del rey de Francia.
Mes de agosto. En la campiña cercana al castillo de Etampes, jóvenes nobles practican la cetrería. Dos damas cabalgan a la grupa detrás de los caballeros, otra cabalga sola mientras el halconero -u n siervo del castillo m uy diestro y valorado- camina a pie. En las cercanías del castillo los campesinos recogen el trigo, y en el calor del verano algunos se tom an un descanso para bañarse en el arroyo.
Indice
1. Los primeros castillos, p. 4
Bizantinos, árabes e hispanos, p. 4
La caída del Imperio Franco, p. 5
Castillos de madera y tierra, p. 7
2. Piedra en lugar de madera, p. 10
La torre del homenaje cuadrada, p. 10
El shell, p. 11
La cortina, p. 12
3. El castillo sitiado, p. 72
4. Perfeccionar las defensas, p. 16
Conquistar terreno, p. 16
La lección de las Cruzadas, p. 16
Torres más sólidas, p. 17
Acosar a los atacantes, p. 20
Murallas más solidas, p. 22
Defender la puerta, p. 23
Federico, Stupor Mundi, y sus castillos, p. 29
Un castillo puede definirse simplemente como una vivienda particular fortificada, diseñada para protegerse de cualquier ataque armado.
La m ayoría de las fortificaciones no son castillos: por ejemplo, no lo son las defensas fronterizas, ni las murallas que rodean las ciuda des, ni los fuertes que albergan a soldados regulares. Por otra parte, hay grandes casas que incluyen la palabra «castillo» en su nombre y que no cuentan con ninguna fortificación; es más, muchas de ellas fueron construidas después de la época de los auténticos castillos. Los castillos de verdad se construyeron en Europa únicamente durante la Edad Media. Los primeros se edificaron en una época en la que la gente vivía bajo la constante amenaza de la violencia. Posterior mente, fueron evolucionando y m ejorándose para hacer frente a los nuevos desafíos hasta llegar a una aparente perfección. Sin embargo, las condiciones siguieron cambiando y, finalmente, los castillos deja
5. Diseñar castillos perfectos, p. 30
Concentrar el poder, p. 30
La línea de defensa, p. 31
Los castillos de Eduardo I en el norte de Gales, p. 34
6. El castillo como lugar de residencia, p. 36
7. Castillos más pequeños, p. 40
Las casas solariegas fortificadas, p. 40
El castillo de planta cuadrangular y torres en las esquinas
p. 41
Las casas-torre, p. 42
8. Los castillos en España, p. 44
9. El declive de los castillos, p. 47
La pólvora, p. 47
La paz del rey, p. 48
Casas majestuosas y monumentos antiguos, p. 50
ron de ser efectivos para la guerra o adecuados para la paz. Fue entonces cuando unos se modificaron hasta convertirse en lujosas mansiones, y otros cayeron en ruinas.
No obstante, los castillos se construyeron para perdurar, y muchos de ellos aún se mantienen firmes en ciudades o en zonas rurales. Es posi ble que en más de una ocasión los hayamos contemplado como supervi vientes de una era más romántica, en la que en la vida había más aven turas, más heroicidades, y también más brutalidad. Las personas que los habitaban, sin embargo, probablemente no serían ni más ni menos bru tales o heroicas que los que vivimos hoy día. Para ellos, un castillo era un lugar de trabajo, un lugar sensato y práctico. Por eso, para compren der adecuadamente qué era un castillo, debemos estudiar primero cómo surgieron, cómo se desarrollaron, cuáles fueron sus tipos principales y cómo y por qué se produjo su final.
1. Los primeros castillos
Los romanos basaban su arquitectura en edificios majestuosos. En su sistema, regido por la ley y por un estricto gobierno, no había lugar para fortalezas privadas del tipo de los castillos; además, el ejército romano sabía que, siempre que hubiera posibilidad, era preferible avanzar contra el enemigo que perm anecer tras unas murallas agual dando a que éste atacara. No obstante, los romanos sabían también que las fortificaciones, utilizadas adecuadamente, podían ser de gran ayuda, por lo que edificaron una gran diversidad de ellas por todo el imperio, especialmente en las provincias fronterizas. Pero no existe defensa con tra el enemigo exterior que pueda salvar a una sociedad de su decaden cia interna, y así fue como, en el siglo v, el Imperio Romano Occidental terminó por hundirse.
Este imperio se dividió en una multitud de reinos cuyos nuevos gobernantes eran bárbaros procedentes de tribus de las tierras germ a nas. Eran personas que siempre habían vivido en asentamientos de madera, en los que su jefe ocupaba una gran sala central parecida a
Fuerte bizantino en Lemsa, Túnez, tal como debió ser hacia el 650. La planta rectangular, simple pero eficaz, se repetiría a menudo en castillos de siglos posteriores.
un granero. Como es natural, a esta gente le gustaba más esta forma de vida que el sistema rom ano y, cuando se hicieron cargo de las pro vincias romanas, prefirieron vivir en el campo en vez de en ciudades. Con la caída del imperio, el com ercio había sufrido un grave retroce so, y muchas ciudades habían quedado en ruinas. Esta decadencia de las ciudades se dio sobre todo en las tierras del norte, donde se asen taron los anglos, los sajones y los francos. Algunas de las ciudades de esa zona m antuvieron sus murallas en buen estado, pero práctica mente ninguno de sus edificios estaba construido con piedra, ni siquiera las fortificaciones.
Bizantinos, árabes e hispanos
En las regiones mediterráneas las cosas eran diferentes. A llí se siguió utilizando la técnica de construcción en piedra, y los recién llegados fueron olvidando sus murallas y sus cabañas de madera. A lo largo de la costa este del M editerráneo, el Imperio Romano Oriental seguía en pie, fuerte y vigoroso, aunque su idioma no era el latín, sino el grie go, y su capital no era Roma, sino Constantinopla, o Bizancio, por utilizar su nombre original.
Allí las fortificaciones no se abandonaron. El Imperio Bizantino tenía que hacer frente a numerosos enemigos, y sus ingenieros mili tares eran tan hábiles como sus antepasados griegos o romanos. A lrededor de las grandes ciudades levantaron y mantuvieron enormes y complejas defensas, cuyo máximo exponente era la triple muralla de la propia Constantinopla. También edificaron fortalezas relativa mente pequeñas que se utilizaban para defender territorios expuestos o recientemente ocupados. Su estrategia consistía en que, en m om en tos de invasión o de rebelión, estas fortalezas pudiesen aguantar hasta que llegasen los refuerzos. No se trataba de castillos, sino de puestos regulares del ejército bizantino. Sin embargo, eran muy similares a algunos de los castillos que se construirían en siglos posteriores, y es posible que muchos de ellos sirvieran de inspiración para la cons trucción de otros.
En el siglo vil, los árabes barrieron el Oriente Medio, conquis tando territorios en nombre de su fe, el Islam. Llegaron hasta Constantinopla, pero no pudieron atravesar sus poderosas murallas. Pese a ello, se convirtieron en los nuevos gobernantes de algunas de las provincias más ricas del Imperio Bizantino, y adoptaron rápida mente las técnicas y conocimientos de sus nuevos súbditos. En muy poco tiempo, también ellos estaban construyendo espléndidos edifi cios.
Los musulmanes -nom bre que reciben los seguidores del lsla m - se extendieron hacia el oeste, a lo largo de la costa norteafricana, hasta llegar al estrecho de Gibraltar. En el 711 lo atravesaron y, unos años después, eran los amos de casi toda la Península Ibérica. El sur
de Hispania se convirtió en uno de los grandes centros de la civili zación islámica, con su capital en Córdoba. Sin embargo, en el norte había una larga franja de montañas donde los cristianos de Hispania se refugiaron y se negaron a ceder, sin importarles los ataques ni los castigos de los musulmanes. Al principio no parecían un grupo dem a siado peligroso pero, poco a poco, se fueron haciendo cada vez más fuertes y empezaron a avanzar hacia el sur, tratando de ganar terreno a los moros (nombre que daban ellos a los musulmanes). A sí dio comienzo una lucha que duró desde el siglo ix hasta finales de la Edad M edia, en el año 1492, cuando el último rey moro entregó Granada a los cristianos.
A lo largo de estos siglos, a través de las grandes llanuras de la His pania central la población rara vez podía olvidar la amenaza de la guerra e, incluso en los momentos de tregua, las zonas cercanas a la frontera corrían peligro de sufrir ataques. Era preciso contar con fortalezas para proteger las tierras y para que sirvieran como base desde la que atacar al enemigo. Las ciudades amuralladas cumplían perfectam en te su función, pero no bastaban para cubrir la larga frontera. Por ello, los moros empezaron a construir fortalezas de piedra más pequeñas, parecidas a los fuertes bizantinos del norte de África, que los cristia nos no tardaron en copiar. Los reyes concedieron privilegios especia les a los habitantes de las ciudades amuralladas como recompensa por defender la región, y también permitieron a los señores de la guerra
Castillo musulmán de Baños de la Encina, Jaén, tal como era hacia el 960. Un alto muro, protegido p o r numerosas torres, rodea la cima de la colina.
m antener como propias las fortalezas más pequeñas, con la condición de que tanto ellos como sus hombres protegieran la tierra y lucharan por su rey cuando éste se lo pidiera. Estas fortalezas no eran puestos de un ejército regular, por lo que podem os considerarlas como los primeros castillos de Europa. Llegó a haber tantos, entre moros y cristianos, que la región central de H ispania pasó a ser conocida como Castilla, la tierra de los castillos.
La caída del Imperio Franco
Los castillos hispanos resultaban muy eficaces, pero no fueron copiados en otras regiones: en el norte de Europa, este tipo de edifi caciones siguió una evolución muy diferente. Esto puede deberse a que los pueblos de esa zona no tenían demasiado contacto con Hispania, aunque es más probable que la causa resida en las diferen tes condiciones climáticas. Como ya hem os dicho, en las regiones del norte el material más utilizado para la construcción era la madera. La piedra, aparte de para reparar algunas de las viejas murallas romanas, sólo se utilizaba para construir iglesias y, rara vez, palacios. Los hom bres ricos aún podían contratar canteros e incluso arquitectos (si era necesario, podían hacerlos venir de Italia), pero los edificios de pie dra eran caros, lentos de construir y muy fríos.
También eran diferentes las tácticas bélicas. Los guerreros del norte luchaban constantemente, pero casi siempre contra pueblos similares al suyo, y todos ellos com partían como tradición el que los soldados valerosos salían a librar las batallas a cielo abierto. Por eso, salvo las murallas que habían sobrevivido desde los tiempos rom a nos, ninguna de sus fortificaciones era demasiado elaborada. Los burh anglosajones, por ejemplo, se iniciaban probablemente como un asentamiento hecho de madera y protegido por un terraplén y una empalizada, y situado, a ser posible, en un lugar dotado con acciden tes naturales propicios, como una colina o entre dos ríos.
El más grande de los guerreros del norte era Carlos, Rey de los Francos (conocido también como Carlomagno). Tras declararse a sí mismo rey de la mayor parte de la Europa noroccidental y central, intentó, en el año 800, fundar algo que reemplazara al antiguo Imperio Romano. Fue lo que se conoció como el Sacro Imperio Romano. Sin embargo, trató de llevar a cabo esta empresa sin contar con el sistema de gobierno, perfectam ente organizado, de los rom a nos: su imperio carecía de las leyes y tribunales, los magistrados y funcionarios cualificados, la red de com unicaciones y, sobre todo, el ejército regular del antiguo imperio. En lugar de eso, el rey dependía de la lealtad de sus nobles, jefes guerreros como él, para que gober naran y protegieran sus respectivos distritos en su nombre. Sólo un rey muy poderoso podía imponer su voluntad sobre hombres como aquéllos, especialmente en un territorio tan extenso, y los sucesores
de Carlomagno no fueron capaces de hacerlo. Poco después de su muerte, su imperio se dividió en tres partes pero, aun así, los gober nantes de estos tres nuevos reinos se encontraron muchas veces con dificultades para proporcionar a sus súbditos paz y orden.
Mientras el imperio de Carlomagno se desmoronaba, sus pueblos sufrían, cada vez con más frecuencia, los devastadores ataques de dos razas de crueles invasores: los vikingos, con sus barcos, y los m agia res, a caballo. Aparecían de repente, saqueaban, quemaban y m ata ban, y volvían a desaparecer antes de que se pudiera reunir un ejér cito lo bastante grande como para hacerles frente. Las fuerzas locales y las aldeas rodeadas de empalizadas no tenían nada que hacer con tra ellos.
Una posible solución eran las fortificaciones. Un rey podía esta blecer ciudades bien fortificadas en puntos clave y poner a su cargo a hombres de confianza. En Inglaterra, por ejemplo, Alfredo el Grande, hacia el año 880, tras rechazar una invasión vikinga contra Wessex, cubrió el reino con un sistema de burhs y, a principios del siglo siguiente, Enrique el Pajarero, rey de Germania, creó un sistema simi lar de fortalezas para hacer frente a los magiares. Estos sanguinarios atacantes buscaban un saqueo rápido, no les interesaban los sitios prolongados, para los que no tenían ni equipo ni experiencia. Su pro blema consistía en que, ahora, no sólo los mejores botines se encontra ban detrás de esas grandes murallas, sino que, si al entrar en Germania
no tomaban las ciudades que encontraban a su paso, o al menos deja ban tras de ellos fuerzas suficientes para bloquearlas, las guarniciones les seguían, les hostigaban y trataban de retrasar su marcha; esto resul taba especialmente peligroso para los magiares cuando se retiraban de nuevo a sus territorios, probablemente cansados y desorganizados, car gados con el botín y perseguidos por el vengativo ejército de Enrique. Así fue como las fortificaciones demostraron su valor en el norte de Europa, aunque éstas aún no pueden ser consideradas castillos.
Parece ser que las fortalezas privadas surgieron porque, en aque llas peligrosas décadas, ningún señor tenía dem asiadas probabilida des de sobrevivir a menos que su casa pudiera resistir un ataque, peli gro que no procedía únicamente de los vikingos o los magiares, sino también de los vecinos codiciosos. Cuando el rey era demasiado débil para mantener la ley, los señores no tenían más opción que fortificar sus propias viviendas y contratar buenos guerreros, de los cuales los jinetes con armadura eran los más eficaces. Así, en Francia y Germania empezaron a aparecer castillos al mismo tiempo que se im plantaba el sistem a feudal, y por los m ism os m otivos; en Inglaterra, según parece, los nobles, aunque ya poseían casas más
Aldea sajona en Lidford, Devon, hacia el 860. Protegida p o r abruptos valles en dos de sus lados, los terraplenes empalizados tenían un grosor de 12 metros.
grandes y más fuertes, aún no tenían deseos (o quizá oportunidad) de construir castillos.
Para un rey, los castillos podían ser un obstáculo o una ayuda: era mucho más difícil dominar a los señores rebeldes si podían defender se desde un castillo, pero estas mismas edificaciones, en manos de señores leales, podían reforzar el reino. Muchos reyes trataban de insistir en que no podía fortificarse una casa sin licencia real, y los más poderosos llegaron incluso a destruir los castillos construidos sin permiso (castillos adulterinos, como los llamaban). Además, los reyes trataban de reservar para su propio uso, como propiedad suya, los castillos más grandes y los que se encontraban en mejor situación.
Estos grandes edificios no sólo resultaban útiles para defender un reino bien asentado, sino también para mantener los territorios recién conquistados. Y así fue como los castillos llegaron a Inglaterra. En el año 1066, los normandos llevaron en su flota invasora piezas de madera prefabricadas para levantar un castillo con el que proteger su lugar de desembarco y, tras su victoria, plantaron castillos por todo el país para aplacar las revueltas y protegerse de nuevos invasores. Los escoceses conocieron los castillos por los normandos, a los que su rey
Castillo normando de Brinklow, Warwickshire, hacia 1130. La sala de recepción probablemente estaba situada en el patio interior, y los graneros, establos y cobertizos en el exterior.
invitó como amigos, y los galeses luchando contra los señores nor mandos que ocuparon la región de las Marcas. Por último, tras inva dir Irlanda, en el 1169, los normandos se apresuraron a construir cas tillos en todas las regiones que ocuparon.
Castillos de madera y tierra
La gran mayoría de los primeros castillos normandos en Britania no tenían nada que ver con nuestra idea habitual de un castillo. En lugar de murallas de piedra con almenas y pesadas torres, lo que había eran construcciones de tierra, recintos protegidos por terraplenes que, en muchos casos, tenían un montículo cónico al lado y estaban protegi dos por murallas de madera, o empalizadas, reforzadas por soportes de madera, o revestimientos, y en cuyo interior se situaban los edifi cios, también de madera. Hoy día sólo se conservan los montículos y los terraplenes, erosionados por el tiempo y cubiertos de vegetación. Hasta principios de este siglo, los historiadores creían que este tipo de montículos debían ser más antiguos, quizá de la época de los anglo sajones o los vikingos, porque no se parecían en nada a los enormes recintos y catedrales de piedra típicos de los arquitectos normandos.
No obstante, estas defensas, aparentemente primitivas, cumplían todos los requisitos de un castillo. En su interior albergaban todos los edificios necesarios para que una comunidad completa y autónoma viviera su vida diaria sin correr peligro: había alojamientos para los vigilantes, los artesanos, los mozos de cuadra, los cocineros, los sir vientes de todo tipo y sus familias; también había almacenes para ali mento y herramientas, establos y cuadras para los animales más valiosos (especialmente los preciados caballos de batalla), talleres y cocinas, aposentos para el señor, su fam ilia y sus huéspedes, y una capilla; sobresaliendo por encima de toda esta piña de edificios se alzaba la sala de recepción. Para los barones medievales, al igual que para los jefes bárbaros que los habían precedido, esta sala era el cen tro y el símbolo de su poder. A llí se decidían todos los asuntos importantes del castillo y del distrito (allí se encontraba el tribunal local, por ejemplo), y allí era donde la gente del castillo se reunía para comer. Durante las comidas, el señor y sus huéspedes se senta ban en la tarima, una plataform a baja situada en un extrem o de la sala y desde la que podían ver y ser vistos, mientras que los demás se sentaban en largas m esas de caballete que se podían retirar fácil mente cuando la com ida term inaba y había que dedicar la sala a otros usos.
Estos edificios se agrupaban dentro del recinto fortificado, que estaba rodeado por el terraplén y la empalizada. Estas defensas eran lo que convertían la hacienda en un castillo. En muchos casos, el recinto entero estaba situado sobre una elevación del terreno y rodeado por un foso que se cruzaba mediante un puente levadizo.
Plantas del libro Early Norman Castles of the British Isles (1912), en el que E. Armitage demuestra que todas estas obras de tierra eran normandas. Comunes en muchas zonas, varían en tamaño y disposición, pero los diseños sencillos son los más habituales. Investigadores recientes han descubierto numerosos «anillos», con zanjas pero sin mota; es discutible si eran lo suficientemente fuertes para ser denominados propiamente castillos.
Este tipo de castillos parecía simplemente una versión reforzada de un tipo anterior de asentamiento, y es lo que hoy día se conoce como fortalezas en anillo. Cuando un castillo tenía una mota, como sucedía en muchos casos, la diferencia resultaba evidente. La mota era un montículo cónico situado junto al recinto fortificado (y en oca siones dentro de él) que servía como fortaleza o refugio. General mente, en la parte superior no había demasiado espacio, sólo lo sufi ciente para levantar una em palizada en el borde y edificar una torre de madera en el centro; esto era suficiente para que, si un enemigo ocupaba el recinto, el señor y unos cuantos más se refugiaran allí hasta recibir refuerzos o hasta que llegaban a un acuerdo con el ene migo o trataban de escapar de noche.
Los castillos form ados por un recinto fortificado y una m ota eran baratos y eficaces. Su construcción era rápida y fácil, pues ni la tala de la m adera ni la excavación de los terraplenes requerían más conocim ientos de los que pudiera tener cualquier cam pesino o sol dado. Los altos terraplenes podían resultar muy difíciles de atrave sar, e incluso los ejércitos reales tenían dificultades para som eter este tipo de castillos. De hecho, las em palizadas siem pre han sido una defensa muy efectiva, que en nuestro siglo aún se utilizó en la década de los sesenta en Vietnam.
No obstante, los defectos de este tipo de fortificación eran serios. Al estar constantemente en contacto con el suelo, la madera absorbe el agua y tiende a pudrirse, por lo que las empalizadas tenían que sei revisadas continuamente. Además, su tamaño tenía un límite, pues eia muy difícil levantar murallas que, además de fuertes, fuesen altas. En ocasiones, la torre de la mota era demasiado pequeña para albergar a toda su guarnición, y había veces que las murallas exteriores eian lo suficientemente bajas como para que un enemigo numeroso y decidi do trepara por ellas. Por encima de todo esto, se alzaba el defecto más importante de todos: la leña arde. El Tapiz de Bayeux muestra a los normandos que obligan a un castillo a rendirse prendiéndole fuego.
En muchas zonas de Europa, los castillos de madera nunca llega ron a ser populares. Como ya hemos visto, en el sur, donde la técni ca de la construcción en piedra no había llegado a perderse, no tuvie ron necesidad de recurrir a la madera; además, allí la buena madera para construcción no era tan abundante com o en las regiones del norte y, durante los veranos calurosos, el riesgo de que ardiera resul taba aún mayor. Respecto al norte del continente, los propios germ a nos, pese a que inicialmente construían en madera, prefirieron situar sus castillos en las cimas rocosas, donde podían encontrar piedra con la que construir y donde habría resultado ridículo abrir huecos en la roca sólo para clavar en ellos los troncos de la empalizada.
Lo cierto es que, según parece, los castillos de madera y tierra se consideraron siempre una fortaleza barata y temporal e, incluso en los lugares donde eran frecuentes, como Gran Bretaña y el norte de Francia, pronto fueron sustituidos por los de piedra.
Algunas de las fortificaciones de piedra más antiguas
de Europa occidental
Izquierda: El famoso monasterio de Kells hacia el 1100. Ante el temor a
los vikingos y otros invasores, los mojes irlandeses empezaron a construir después del año 800 altas y estrechas torres al lado de un grupo de cobertizos en forma de panal. A llí se encontraban a salvo, pero no podían luchar ni permanecer mucho tiempo; aguardaban a que los invasores saquearan los cobertizos y se fueran.
Inferior izquierda: Cerca del Rhin, los constructores de castillos
alemanes encontraron peñas que eran fortalezas naturales en las que construir cómodas viviendas. Era habitual que se construyera en la cima una torre de refugio o Bergfried (literalmente, «montaña de paz»), mucho mejor diseñadas para la defensa que las torres irlandesas. Esta vista de St. Ulrichburg, Alsacia, muestra lo fuerte de la posición y la torre,
junto con el edificio palaciego inferior, añadido en el siglo xii.
Inferior derecha: En Escocia occidental, la piedra también constituía un
elemento natural para la construcción. El castillo de Sween, en Argyll, es simplemente un muro fuerte, sin torres pero originalmente con almenas; las viviendas se construyeron en el lado interior del muro. Data de hacia 1100; se construyeron muchos castillos similares en lugares rocosos a lo largo de toda la costa oeste, mientras los castillos de tierra de estilo normando se extendían p o r otras partes de Escocia.
2. Piedra en lugar de madera
Aunque en Inglaterra y en el norte de Francia los castillos formados por una mota y un recinto fortificado siguieron siendo los más com u nes hasta bastante entrado el siglo x i i , los reyes y los grandes señores que podían permitírselo empezaron a construir castillos de piedra bas tante antes. No sólo eran más resistentes, sino que daban a su propie tario una apariencia más importante. Aunque los castillos de piedra se basaban en el mismo esquema que los de madera (un patio resguarda do y un punto fuerte), su disposición seguía dos fórmulas diferentes.
La torre del homenaje cuadrada
En el 994, Fulk Nerra (el Negro), Conde de Anjou, en la Francia cen tral, construyó una torre de dos pisos y gruesos muros en Langeais. Era como una versión alta y en piedra de la sala de recepción de madera, y quizá en eso pensaban los arquitectos cuando la constru yeron. Langeais es uno de los primeros ejemplos de lo que se dio en
Colchester, la torre más grande de Gran Bretaña, fue construida hacia 1080 sobre las ruinas de un templo romano. Su muralla tiene 5,3 metros de espesor en la base, y su altura original se muestra en el dibujo.
llamar torres del hom enaje cuadradas; pero, de hecho, no eran cua dradas, sino rectangulares, y to n e del homenaje es un término nuevo para designar el donjon. Las que aún se conservan resultan im presio nantes, y sin duda lo eran aún más en aquella época. Durante dos cientos años aproxim adam ente, las torres cuadradas fueron las forti ficaciones más poderosas de Francia y Gran Bretaña; los normandos eran especialmente aficionados a ellas, y las fueron construyendo donde quiera que viajaban, desde Irlanda hasta Sicilia.
La Torre de Londres, el más famoso de los castillos británicos, fue iniciada por Guillermo I poco después de la conquista normanda, y su torre, la Torre Blanca, aún conserva el mismo aspecto que tenía al ser construida. Poco a poco, la forma de estas torres cuadradas fue cam biando, y se fueron haciendo más altas en relación a su anchura. La Torre de Rochester (página 15), construida en 1126, es uno de los mejores ejemplos que podem os encontrar en Inglaterra de gran torre cuadrada del siglo xn.
Dentro de una de estas torres, el señor podía vivir cómodamente en cualquier momento. La habitación principal era la gran sala, que normalmente ocupaba una de las plantas superiores y, en ocasiones, se alzaba hasta el tejado, rodeada por una galería que transcurría más arriba, em bebida en el muro. La entrada a la torre solía estar en la pri mera planta, y se llegaba a ella por un tramo exterior de escaleras; en esa primera planta probablemente se situaban las salas de guardia y los almacenes. Además, en el sótano o en la planta baja se alm acena ban también alimentos, bebidas y municiones y, si era posible, se excavaba un pozo. Probablem ente, el señor y sus huéspedes disfruta ban del lujo de unas cámaras privadas donde dormir, em bebidas asi mismo en el muro, y es posible que, en el siglo xii, las mejores tuvieran incluso chimenea. En cuanto a los demás, tenían que prepararse las camas en una de las salas principales, quizás cerca de donde traba jaban. En el m uro también había varias cámaras de menor tam año a
las que con frecuencia se llama guardarropa·, quizás había quien col gara allí la ropa (se decía que a las polillas no les gustaba el am bien te), pero su finalidad principal era servir de letrinas. Cuando tantas per sonas tenían que perm anecer apiñadas en un m ism o lugar durante un sitio, el saneamiento resultaba especialmente importante, y parece ser que la m ayoría de los constructores de los castillos eran perfecta mente conscientes de ello.
Sin embargo, muchos señores preferían vivir la mayor parte del tiempo en una gran sala en el interior del recinto fortificado, pues, al fin y al cabo, la torre se construía pensando más en la protección que en la comodidad. Los muros eran sumamente gruesos (en muchos casos medían tres metros o más) para resistir los golpes de ariete y las rocas lanzadas por el enemigo. En las plantas inferiores había muy pocas ventanas (si es que había alguna), e incluso las que había en las superiores estaban pensadas más para garantizar la protección que para dejar pasar la luz. La altura de la torre hacía que fuera muy
Torre de Appleby, Cumbria, hacia 1180. Sus muros, de tan sólo 1,8 metros de espesor, sin protección exterior y con una puerta directa a la bodega, hacían de ella más una casa que una fortaleza.
improbable que el enemigo escalara las almenas, ya fuera con esca las o con torres de sitio (página 14), por lo que los constructores se dedicaban a poner todos los obstáculos posibles a cualquiera que intentara entrar por la parte de abajo. Normalmente, las escaleras exte riores estaban protegidas por una defensa a modo de pretil almenado, y a veces estaban dispuestas de manera que los atacantes mostraran el costado derecho a los defensores (pues normalmente los guerreros lle vaban el escudo a la izquierda). Si los atacantes conseguían abrirse paso a través de las sólidas puertas de entrada a la toree, en el interior se encontraban aún con más obstáculos. Muchas torres estaban dividi das en dos por un grueso muro transversal, atravesado por una sola puerta en cada planta, y el único camino para ir de una planta a otra era una estrecha escalera de caracol que podía bloquearse fácilmente; muchas veces, estas escaleras estaban diseñadas de manera que un hombre diestro, de pie en lo alto, podía hacer uso de su espada fácil mente manteniendo el resto del cueipo protegido tras la columna cen tral, mientras que el atacante, debajo de él, tenía que hacer un movi miento extraño para poder golpear y no tenía ninguna protección. Todas estas precauciones eran imprescindibles en los momentos de lucha, pero no resultaban demasiado cómodas en tiempos de paz.
El shell
Sin duda, todos los señores habrían deseado construir sus castillos con una torre cuadrada, pero el coste que suponía toda aquella canti dad de piedra, sumado a lo que había que pagar a los arquitectos espe cializados necesarios para edificarla, era algo que no todos podían permitirse, especialmente los señores que se establecían por su cuen ta. Luego estaba el problem a de los cimientos. Las torres cuadradas eran terriblemente pesadas, y los señores que querían reem plazar las defensas de madera de sus castillos de mota y recinto fortificado por otras de piedra tenían que pensarlo cuidadosamente; en muchos casos, la mota no era lo bastante firme, sobre todo cuando se trataba de un montículo artificial. Por supuesto, podían construir la torre en cualquier otro sitio (era bastante frecuente que se construyera en medio del recinto fortificado), pero también había otro sistema para poder seguir utilizando la mota.
Este sistema consistía sencillamente en levantar una muralla de piedra alrededor del borde del montículo, en lugar de la empalizada. Este muro se conoce como shell (caparazón). Generalmente, sería cir cular, aunque también podía seguir el contorno irregular de las motas naturales. En la muralla había una entrada, normalmente resguardada por una pequeña torre, y en ocasiones los constructores incluían un paso cubierto para que quienes subían hacia la entrada quedaran pro tegidos de los proyectiles de los atacantes.
El castillo de Trematon, en Cornualles, es claramente un castillo de mota y recinto fortificado, con shell y muralla. La torre cuadrada es una entrada fortificada añadida hacia el 1250, y la casa situada en el interior del recinto se construyó en 1807, cuando un castillo en ruinas era un adorno muy pintoresco para la residencia de un caballero.
La vivienda del señor se encontraría originalmente construida contra el muro del shell.
Dentro del shell, construidos contra él, estaban la sala de recepción y otros edificios, normalmente de madera. Sin duda, el interior debía ser muy estrecho y oscuro (los muros del shell bloqueaban casi toda la luz del sol), por lo que no es de extrañar que, salvo en los m om en tos de peligro, la gente prefiriera vivir en el interior del recinto forti ficado. De hecho, en algunos castillos la única edificación que había dentro era una pequeña torre central, una especie de torre del hom e naje interior, construida con madera o con piedra.
La cortina
Fuera cual fuese el tipo de torre, el recinto fortificado seguía siendo el centro de la vida cotidiana. Como es natural, siempre que podían per mitírselo los señores preferían tener en torno a su castillo una m ura lla de piedra a una em palizada de madera: la piedra no se pudría, no ardía, y con ella se podían hacer murallas más altas. Esa muralla que rodeaba el recinto entero es lo que se conoce con el nombre de muro cortina.
Así, a mediados del siglo x i i , todos los castillos importantes de Inglaterra y Francia estaban construidos en piedra, y se com ponían de una torre del hom enaje (cuadrada o shell) y un recinto amurallado. No obstante, los castillos de madera y tierra aún seguirían utilizándo se durante años, pues eran muy baratos y muy fáciles de construir y de reparar. Como ya hemos visto, en sus primeros ataques los inva sores anglo-normandos que llegaron a Irlanda en 1169 utilizaron cas tillos de madera, y éstos resultaron tan útiles contra los irlandeses, que no tenían ninguna experiencia en técnicas de sitio, que pasaron veinte años antes de que los recién llegados se molestaran en cons truir un castillo de piedra. Otro ejemplo es el de York, la ciudad más importante del norte de Inglaterra, que tenía dos motas: hasta bien entrado el siglo x i i i no se reem plazaron por un shell las defensas de madera que coronaban una de ellas, y la otra dejó de utilizarse antes de que sus em palizadas se cambiaran por murallas de piedra.
M ientras tanto, cada vez era más evidente que, en los castillos de piedra, aún había muchas cosas que mejorar antes de poder hacer frente realm ente al ataque de un enemigo bien preparado. No obstan te, antes de analizar cuáles eran esas mejoras, debemos estudiar cuá les eran las posibles tácticas de ataque.
3. El castillo sitiado
En ocasiones, un atacante podía capturar un castillo por sorpresa o porque había un traidor que le ayudaba desde dentro. Sin embargo, en la mayoría de los casos el atacante tenía que sitiar el castillo para intentar que se rindiera, y eso significaba que tenía que utilizar maquinaria con la que derribar la muralla o con la que escalarla.
Mucho antes de que se inventara la pólvora había otros tipos de artillería que lanzaban contra las fortalezas y sus defensores rocas, bolas de fuego, animales muertos (para propagar enfermedades) y flechas. Los dibujos de la página 13 muestran las dos herramientas de sitio más conocidas de la Edad Media. La catapulta se conocía ya en los tiempos antiguos (los soldados romanos la llamaban «el asno sal vaje» a causa de su coz); el trabuco, más grande y poderoso, apare ció por prim era vez en Europa en el siglo x i i , aunque los chinos y los musulmanes ya llevaban m ucho tiempo utilizando un arma similar.
Las máquinas podían ser de muchos tamaños, según las necesida des. Además de derribar las murallas y de utilizar mecanismos pare cidos a enormes arcos para hacer caer a los defensores de las alm e nas, era necesaxio poner fuera de com bate la artillería del propio cas tillo. M uchas veces, los defensores contaban con las mismas m áqui nas que los atacantes y, aunque el tamaño de las piezas que podían montarse en lo alto de una torre tenía un límite, la altura adicional proporcionaba una ventaja considerable. Además, los defensores tenían práctica en disparar desde esas posiciones y conocían el alcan ce de sus armas y los resultados que podían obtener con ellas. El cas tillo de Harlech (página 35) es un buen ejemplo de las posiciones de la artillería de defensa; este castillo se diseñó para que los suminis tros llegaran por mar, y se habían levantado plataformas desde las cuales se podía disparar con artillería contra cualquiera que intentara impedir que los barcos llegaran al puerto.
Las máquinas de los sitiadores podían afectar a algunas defensas, pero habría hecho falta mucho tiempo para dañar seriamente la sóli da construcción de los muros más fuertes, especialm ente la torre del homenaje. En algunos asedios los atacantes podían asestar golpes más duros y certeros mediante arietes o abrir brechas desplazando las piedras una por una m ediante picas y palancas. Era un trabajo peli groso, ya que los defensores se mantenían activos en lo alto, mientras los atacantes sólo podían protegerse con pieles o cobertizos. También se utilizaban unas robustas barracas móviles de madera cubiertas con pieles m ojadas para que el enemigo no pudiera incendiarlas con faci lidad.
El trabuco fue aparentemente la máquina de artillería más conocida. Funcionaba mediante el principio del columpio: cuanto mayor era el peso en el brazo corto, mayor era la fuerza del brazo largo. La puntería se podía ajustar cambiando el ángulo de lanzamiento de la honda situada en la punta del brazo largo. Con un gran alcance, los trabucos podían lanzar proyectiles tras los muros y a lo alto de las torres. Se podían construir muy grandes, pero eran muy difíciles de mover. Este dibujo está basado en un modelo a escala.
El método más efectivo para dem oler parte de un castillo era, sin duda, el minado. Desde una entrada oculta en el campo de los sitia dores se construía un túnel bajo tierra hasta llegar a la parte del cas tillo que se pietendía derribar. A llí se excavaba una gran sala, cuyo techo se sostenía con vigas de madera. Al prender fuego a las vigas, la sala se derrumbaba y la parte de la muralla situada encima se venía abajo con tal fuerza que a veces quedaba hecha añicos.
El m inado era un trabajo muy arriesgado y desagradable. El zapa dor trabajaba en la oscuridad, con poco aire y con el constante peli gro de derrum bam iento. P or esta razón, los zapadores eran muy valorados y respetados, y su profesión se transm itía en general de padres a hijos. Un castillo construido sobre roca sólida o terreno húmedo, o rodeado de un foso profundo, estaba a salvo del minado;
La catapulta ya era utilizada p o r los griegos y los romanos. Se disparaba mediante una madeja de nervios, pieles de animales o cuerdas fuertemente retorcidas que se podían estirar para ajustar la puntería. Más pequeñas y manejables que los trabucos, las catapultas efectuaban disparos muy potentes y con una trayectoria mucho más baja, lo que permitía golpear con más fuerza. Este dibujo está basado en una reconstrucción a escala real que podía lanzar piedras de 4,5 kilos a 320 metros.
de no ser así, la única defensa consistía en cavar una contramina, desde la cual los defensores podían irrum pir en el túnel de los sitia dores y matar a los zapadores. Para ello, los defensores tenían pri- m eio que localizar la mina, tarea que requería un agudo vigía que detectara movim ientos sospechosos fuera de la muralla y localizar así la ubicación de la entrada a la mina; también podían situarse reci pientes con agua en lugares estratégicos y confiar en que las vibra ciones causadas por los picos de los zapadores tuvieran la fuerza suficiente para producir ondas en el agua e indicar dónde se encon- traba la mina.
Si un castillo rechazaba todas las ofertas de rendición, antes o des- pués los atacantes tenían que enfrentarse a un combate cuerpo a cuer po. A menos que lograsen derribar una puerta o abrir una brecha lo
suficientemente grande en el muro, la única solución era escalar la muralla.
Las escalas portátiles eran fáciles y rápidas de fabricar y transpor tar, por lo que se utilizaban con frecuencia en los ataques por sorpre sa; sin embargo, en otras circunstancias eran muy peligrosas, porque los escaladores no podían protegerse mientras trepaban y los defen sores podían em pujarlas con largas lanzas y despeñar a los atacantes. Cuando no había posibilidad de sorpresa, la mejor arma era la torre de asedio. Era una torre de madera, más alta que el muro que debía ser atacado, con ruedas para poder em pujarla hasta la muralla. Una vez allí, el puente levadizo que llevaba se apoyaba en el muro y los atacantes saltaban hasta las almenas y se batían con los defensores. Otras veces, los sitiadores construían una torre de asedio fija - o inclu so un «castillo de asedio»- a cierta distancia de la muralla, con la altura suficiente para que los arqueros barrieran las almenas y las dejaran libres de defensores para poder así utilizar las escalas portá tiles.
Una vez alcanzado el muro del castillo por una torre de asedio, los atacantes tenían muchas posibilidades de aplastar a los defensores en ese punto y conquistar esa parte de las defensas. Sin embargo, era fre cuente que la torre de asedio no pudiera llegar demasiado lejos. Era preciso que el terreno sobre el cual debía ser arrastrada fuera llano y estuviera libre de obstáculos. Cuando los defensores veían a los sitia dores allanando zanjas y nivelando pequeñas elevaciones, sabían lo que se avecinaba. Las torres de asedio, con su volumen y su lentitud, eran un blanco fácil para cualquier arquero o máquina de guerra den tro de su campo de tiro. Se podía disparar contra sus travesaños, destruyéndolos o haciendo que se tambalearan, y también podía pren dérseles fuego a pesar de su protección de pieles húmedas. Parece que estos defectos fueron los que causaron que, a partir del siglo x i i , las torres de asedio dejaran de usarse, y los atacantes confiaran más en el poder de las piezas de artillería.
Los defensores solían tener muchas ventajas sobre sus atacantes, dependiendo, por supuesto, de lo hábilmente que hubiera sido conce bido el castillo y de la solidez de su construcción. Mientras los sitia dores intentaban protegerse tras parapetos de madera, los defensores contaban con almenas de piedra y, desde el siglo x i i , con aspilleras muy bien diseñadas que proporcionaban una excelente protección. Además de las máquinas y los arcos normales, podían utilizar pode rosas ballestas. Lentas de cargar pero muy precisas, lanzaban dardos cortos y pesados capaces de atravesar armaduras con una fuerza terri
ble. (El rey inglés Ricardo Corazón de León fue herido de muerte de esta manera durante el asedio a un castillo.) La guarnición contaba con la ventaja proporcionada por la altura a la hora de utilizar cual quiera de sus armas, y esa misma altura le perm itía lanzar rocas o aceite hirviendo a los atacantes, dejar caer un enorme acolchado para proteger una extensión de muro que estuviera siendo bombardeada con piedras o golpeada con un ariete, o lanzar grandes horquillas de madera que atrapaban la cabeza del ariete. Finalm ente, los defenso res podían elegir cuándo atacar a sus sitiadores. Una parte de la guar nición podía realizar una incursión nocturna, saliendo por una peque ña puerta llamada poterna; con suerte, podían pillar a los sitiadores por sorpresa, prender fuego a las máquinas, matar a los artilleros y regresar aprovechando la confusión en el campo.
No es difícil com prender por qué los asedios podían durar tanto tiempo y por qué los soldados estaban poco dispuestos κ líos. El jefe de los atacantes necesitaba muchos más soldados que lo-, que necesi taba el señor sitiado para defender el castillo; adei¡ im pedir que esos soldados abandonaran el asedio vencidos por el tedio suponía un grave problema, ya que el sitio era más aburrido que incómodo o peli groso. Si llegaba a la conclusión de que no podía entrar por la fuerza, el atacante podía intern.ir rendir a la guarnición por hambre, pero en ese caso tenía que llevar a cabo la difícil tarea de obtener suficientes abastecimientos para sus propios hombres mientras esperaban, más aburridos que nunca. Cuanto más tiempo pasaba, más aumentaba el riesgo de tener que levantar el asedio a causa del descontento y el hambre de sus propios hombres, o por la llegada de un ejército que acudiese en ayuda de los sitiados.
Si el asedio finalizaba con el castillo tomado al asalto, era proba ble que la guarnición fuera masacrada. Los atacantes, que habían soportado duras penalidades durante semanas o meses, y graves pér didas luchando contra los defensores, no se lo perdonarían. Todos los soldados lo sabían.
Ninguno de los bandos deseaba term inar asesinado, si podía evi tarlo, y los sitiadores preferían capturar un castillo en condiciones razonables. Por eso era corriente que los defensores, si tenían pocas esperanzas de recibir ayuda, acordaran la rendición después de pactar con el enemigo una tregua de una semana durante la cual esperarían ser auxiliados, mientras ambos bandos cesaban la lucha. Lo cierto es que, terminase como terminase, un asedio costaba tiempo al atacan te; cuanto más poderoso fuera el castillo, más tiempo tardaría en ren dirse y más probabilidades habría de que no tuviera que hacerlo.
Última etapa del asedio del castillo de Rochester, en noviembre de 1215. Desde principios de octubre, el ejército del rey Juan, acampado cómodamente en el pueblo, había estrechado el cerco, había cortado el puente para im pedir la llegada de auxilio, había apostado cinco grandes máquinas, había irrumpido dentro del recinto y había minado y derribado una de las esquinas de la torre de homenaje. Incluso entonces,
los barones rebeldes resistieron tras el muro que dividía el interior
de la torre. El rey, furioso, ordenó acabar con todos ellos, pero sus consejeros le convencieron de que les permitiera rendirse sin represalias. Algunos detalles de la escena son imaginarios, pero otros están bien documentados. No hay duda, p o r ejemplo, de la destrucción de la torre del homenaje, que fue reparada diez años después, y el nuevo torreón de esquina se construyó en otro estilo más moderno, redondo. La torre de homenaje todavía permanece en pie.
4. Perfeccionar las defensas
Conquistar terreno
En la Edad M edia, los guerreros y gobernantes - y ningún gober nante llegaba muy lejos si no era un buen caudillo g u errero - cono cían muy bien las ventajas que ofrecían los castillos. Una fuerza re lativamente pequeña dentro de un recio castillo podía detener a un ejército muy superior a ella durante semanas o incluso meses, y no era prudente adentrarse en territorio enemigo dejando intacto un cas tillo importante cuya guarnición podía ser una amenaza en la reta guardia. No es, pues, sorprendente que las campañas se resolvieran a veces en torno a algunos castillos, y que los asedios fuesen más comunes que las batallas en campo abierto.
Hemos visto cómo los normandos usaban castillos para defender las tierras conquistadas (página 7), y veremos cómo Eduardo I de Inglaterra usaba castillos en Gales con el mismo objeto (página 34). Si estaban bien situadas y dirigidas por jefes de confianza, estas edi ficaciones podían ser una efectiva protección para impedir la invasión de un país. Ricardo Corazón de León construyó un soberbio castillo, Château Gaillard (página 32), para evitar cualquier invasión de Norm andía por los francos. Sin embargo, en 1204, sólo seis años des pués de que Ricardo lo terminara, Château Gaillard fue tomado por el rey Felipe Augusto de Francia después de una larga y valerosa defen sa. El nuevo rey de Inglaterra, luán, había fracasado en su intento de detener al ejército del rey Felipe, y hasta la mejor de las fortalezas puede caer si se perm ite a un enemigo poderoso y obcecado atacarla durante el tiempo suficiente. Sin embargo, en 1216, el castillo de Dover fue defendido para el rey Juan por su condestable, Hubert de Burgh, contra un ejército invasor francés; los defensores se negaron a rendirse incluso después de la muerte de Juan, y al final los france ses tuvieron que retirarse.
Una vez demostrada su importancia, los reyes tuvieron gran cuida do de los principales castillos de sus reinos, especialmente en las zonas donde era más probable una invasión. Los castillos más impor tantes los reservaban para ellos mismos, por medio de sus condesta bles, o los entregaban a unos pocos señores de su confianza. En la frontera con Escocia, por ejemplo, el obispo de Durham tenía grandes poderes y privilegios, pero necesitaba la ayuda del rey para detener una posible invasión escocesa; además, como hombre de la Iglesia, no podía tener familiares que heredaran su puesto, y cuando un obispo moría, el rey tenía un voto decisivo en la elección del nuevo.
Reyes y señores pronto se dieron cuenta de que el castillo de torre y muralla estaba lejos de ser perfecto. Desde mediados del siglo x i i , tanto ellos como sus constructores se dedicaron a intentar m ejorar los castillos ya existentes de este tipo o a experimentar nuevos diseños.
La lección de las Cruzadas
Los historiadores tienden a creer que la m ayoría de las ideas para mejorar los castillos las trajeron los cruzados que volvían de Tierra Santa, donde habían aprendido de las fortificaciones bizantinas y musulmanas cómo diseñar castillos de manera más científica. Es cier to que los cruzados hicieron construir magníficos castillos. Los necesi taban, especialmente en la última época de la ocupación de Palestina, cuando lo habitual era que un pequeño número de guerreros tuviera que enfrentarse a un gran número de musulmanes. Al principio, el número de cruzados no era tan pequeño, y sus castillos eran simples torreones amurallados, pero los últimos castillos incorporaron tantas mejoras, tanto en los detalles como en el diseño general, que puede decirse que a finales del siglo x i i eran los más poderosos del mundo.
Veremos que la m ayoría de los ingenios descritos en este capítulo y en el siguiente fueron utilizados en el M editerráneo Oriental antes de aparecer en Europa. Pero no existen pruebas definitivas de que se haya dado un solo caso copiado directamente; los constructores euro peos podían haber inventado las mejoras y haberlas adaptado a las necesidades de cualquiera de los castillos que estuvieran construyen do. Todos los em plazam ientos tenían sus ventajas y sus inconvenien tes y, aun cuando el arquitecto tuviera en m ente las ideas utilizadas en los castillos de la última cruzada, debía decidir si era posible poner las en práctica y cómo podían encajar en su proyecto.
Un nuevo concepto que indudablem ente fue im portado por los cruzados fue el del castillo-m onasterio. Estaba copiado de los ribat, un tipo de fortaleza construida por los m usulm anes en sus fronteras para luchar contra los no creyentes; su guarnición estaba com pues ta por devotos creyentes voluntarios que luchaban sin descanso contra los enem igos del Islam m ientras se ganaban el favor de Dios, así com o un considerable botín. En el lado cristiano, los Caballeros Tem plarios y los H ospitalarios construyeron sus m ejo res castillos en Tierra Santa, y desde allí la idea se extendió hacia otras fronteras de la Europa cristiana, donde luchaban otras órde nes m ilitares y religiosas: en C astilla, donde los Caballeros de Alcántara, Calatrava y Santiago se batían contra los moros; y en Prusia, donde los Caballeros Teutónicos conquistaban, convertían y som etían a las tribus paganas. Sin embargo, estos em plazam ientos estaban construidos según las características propias de cada terre no, sin puntos en com ún. Adem ás, los castillos eran algunas veces diseñados tanto para albergar m onasterios o edificios de gobierno
com o para servir de fortalezas. No incorporaban más novedades que los castillos que los reyes o grandes señores hacían construir en otras partes de Europa.
Torres más sólidas
Existen dos principales formas de defensa, la defensa pasiva y la defensa activa. La defensa pasiva consiste en resistir los golpes tra tando de sufrir el menor daño posible. La defensa activa consiste en acosar al atacante para que sus golpes sean más débiles. Los cons tructores de castillos tenían en cuenta ambos principios, y nos cen traremos primero en el camino que eligieron para asegurar la defen sa pasiva de los castillos.
Obviamente, el lugar· más importante a la hora de defender un casti llo era su punto más fuerte, la torre de homenaje, cuyos muros podían ser reforzados mediante contrafuertes lisos o apilastrados. Esto con tribuía a hacer los muros más sólidos, pero como soporte - la función principal de los contrafuertes- tenía poco valor. Un buen contrafuer te debe apoyarse con fuerza contra el muro, y para lograrlo debe sobresalir bastante; sin embargo, aunque los constructores lo hubie ran comprendido, no quem an proporcionar al enemigo una protec ción semejante, que podía ser utilizada para golpear desde ella impu nemente o aprovechada como parapeto durante un asalto.
Conseguir una base más gruesa resultaba mucho más efectivo, así que por el exterior se diseminaban piedras para form ar una masa de escombros que hiciese inútil cualquier intento de atacar atravesándo la. Esto es lo que se conoce como talud. Una ventaja añadida era que si un grupo numeroso de atacantes quedaba cercado, las piedras lan
zadas desde la torre podían rebotar en el talud hacia ellos, rom pién dose muchas veces en fragmentos afilados. El talud era, pues, un excelente mecanismo usado a menudo, y no existía razón alguna por la que una buena idea debiera utilizarse exclusivamente en la torre del homenaje. Una variante del talud era un enorme espolón construido en la parte exterior de una torre en la dirección por la que era más pro bable que viniese el ataque; algunos espolones franceses eran tan grandes como las tones que reforzaban.
Las torres del hom enaje cuadradas tenían un defecto que, sin em bargo, no quería decir que no fueran resistentes: los ángulos rec tos de sus esquinas. Cuanto más agudo era el ángulo de una torre, más vulnerable era al m inado y más fácil era arrancar sus piedras.
-ϊ-Λ |
Castillos cruzados en territorios muy diferentes. Margat (arriba) fue la base de los Caballeros Hospitalarios en Tierra Santa. A pesar de estaren terreno montañoso, de su tamaño, de su doble anillo de murallas y de su gran torre del homenaje de planta semicircular situada en el extremo escarpado, se rindió a los musulmanes en 1285. Marienburg (izquierda) fue el cuartel general de los Caballeros Teutónicos de la Prusia Occidental. Sus castillos solían ser de ladrillo (existía poca piedra de calidad en la zona) y estaban dispuestos en grandes bloques alrededor de una plaza; eran en parte monasterios y en parte dependencias de gobierno. Marienburg fue destruido en la Segunda Guerra Mundial.
Dos de las torres de Enrique il. Después del desorden del reinado de Esteban, Enrique hizo destruir muchos castillos construidos sin permiso p o r los barones y construyó o reforzó muchos castillos reales en lugares clave. Newcastle upon Tyne (izquierda) muestra el desarrollo final de la torre de planta cuadrada:
poderosos muros con pilastras que servían de contrafuertes, torreones en las ^ esquinas y un fuerte talud. La entrada está en la segunda planta, más alta de lo habitual, y se encuentra defendida p o r dos torreones en lugar de p o r una fortificación exterior. Las almenas que se observan en este grabado del siglo xix eran restauraciones recientes, casi con certeza erróneas. Fue construido p o r Mauricio el Ingeniero alrededor de 1170; él mismo construyó más tarde la torre del homenaje de otro castillo estratégico, Dover. O rford (derecha) fue construido a finales de los años sesenta del siglo xii para vigilar las costas de Suffolk y a algunos barones de dudosa confianza. Tenía, com o podemos ver en este grabado del siglo xvm, un diseño más experimental. Circular en el interior y muy anguloso en el exterior, con tres altos torreones, tenía una fortificación exterior
normal, entrada en el prim er piso y un gran talud. Segunda planta Prim era planta