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Gobierno y élite en el México colonial durante el siglo XVIII

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GOBIERNO Y ÉLITE

EN EL MÉXICO COLONIAL

DURANTE EL SIGLO XVIII*

D a v i d A . B R A D I N G University of Yale

I

E L M É X I C O C O L O N I A L era u n a sociedad de " ó r d e n e s " o "esta-dos". D e acuerdo con él profesor Mousnier, en t a l sociedad la estratificación y el estatus son determinados más p o r los privilegios, las funciones y el nivel comparativo de los diver-sos estratos que p o r u n a jerarquía de clase económica o p o r la respectiva vinculación con el mercado de los grupos. E n e l siglo X V I I , en Francia, u n comerciante rico era socialmente inferior a u n noble indigente o a u n sacerdote mendicante.1 Una variante compleja de este tipo de sociedad floreció en la Nueva España, donde se sustituyeron las distinciones euro-peas (sacerdote, noble, burgués, hombre d e l pueblo) p o r u n a estratificación étnica basada en los cinco "estados" principa-les: españoles, mestizos, mulatos, indios y negros, categorías que indicaban el carácter genético aproximado de cada i n d i -v i d u o y se consideraban más bien como definiciones de u n a condición fiscal y c i v i l .2 Cada estrato étnico tenía privilegios,

* L a versión original inglesa de este artículo fue publicada bajo el título "Government and Elite in Colonial Mexico", en Hispanic American

Historical Review, vol. 5 3 : 3 (agosto de 1973) .

1 Véase Roland MOUSNIER, Les Hierarchies Sociales de 1450 a Nos

Jours. París, 1969. Partes de su análisis están reproducidas en Roland

Mousnier, Peasant Uprisings in Seventeenth Century France, Russia and China. Nueva York, 1970; p. 3-31, 153-78, 233-72.

2 Véase también Lyle N. MCALISTER, "Social Structure and Social Change in New Spain", Hispanic American Historical Review (de aquí en adelante citado: H A H R ) , X L I I I ( 1 9 6 3 ) , p. 349-70; Woodrow BORAH, "Race and Class in Mexico", The Pacific Historical Review 2 2 ( 1 9 5 4 ) ,

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obligaciones y en algunos casos hasta instituciones distintas. El i n d i o , en particular, estaba rodeado por u n cuerpo com-pleto de leyes e m i t i d o para su beneficio específico. Así, sólo los negros y los mulatos eran tenidos en general como escla-vos y sus descendientes liberados vivían bajo el estigma de su origen. A pesar de su clasificación común como castas, los mulatos se diferenciaban de los mestizos en que estaban sujetos a tributo, u n impuesto de capitación pagado por los i n -dios, del cual estaban exentos españoles y mestizos. Es inne-cesario decir que esta f o r m a de estratificación no debe confundirse con u n sistema de castas, ya que los diversos esta-mentos n o eran preservados mediante sanciones religiosas, n i endogamia compulsiva. De hecho, los matrimonios mixtos eran tan frecuentes que, en muchos casos, los hijos pertenecían a u n estrato distinto al de sus padres y teóricamente era posi-ble que a través de u n a cuidadosa selección de consortes el bisnieto de u n i n d i o p u r o fuese reconocido como español/*

En E u r o p a era también necesario el mismo número de generaciones para que el descendiente rico de u n campesino se hiciese noble, aunque en todo caso, la inmigración era el medio más común para elevarse en la jerarquía étnica.

L a nobleza en México estaba constituida por españoles descendientes de nación conquistadora, quienes ejercían u n verdadero m o n o p o l i o sobre los nombramientos civiles y ecle-siásticos. Sin embargo, a finales del siglo x v m , dado el creci-m i e n t o n a t u r a l , los creci-m a t r i creci-m o n i o s creci-mixtos y la intrusión silen-ciosa de indios y mulatos, este estrato comprendía ya cerca del 18% de l a p o b l a c i ó n * Por l o menos tres cuartas partes de

p. 331-42; Richard M . MORSE, " T h e Heritage of Latin America", en Louis HARTZ, The Founding of the New Societies. Nueva York,' 1964, p. 135-46,

3 Pedro Alonso O ' C R O W L E Y , A Description of the Kingdom of New

Spain, trad. y ed. por Sean Galvin. San Francisco, 1972; p. 17-21. De la

mezcla de un indio y un español nacía un mestizo, del mestizo y un español nacía un castizo, del castizo y un español nacía un español. E n contraste, cualquiera con antecedentes negros, por diluidos que fuesen, en teoría seguía siendo mulato.

4 D. A . BRADING, Miners and Merchants in Bourbon México 1763¬ 1810. Cambridge, 19771, p. 14, 19-24.

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GOBIERNO Y É L I T E E N L A C O L O N I A 613 los españoles nacidos en América pertenecían por su ocupa-ción, no ya a la élite, sino a l a capa superior del estrato del pueblo. Se concentraban en poblados y en las zonas recién establecidas de la G r a n Chichimeca, conocida más tarde como " t i e r r a adentro"; trabajaban al lado de castas y de indios aculturados, de mineros, campesinos, arrieros y artesanos. A u n q u e tales condiciones convertían la estratificación étnica en u n anacronismo, se dice que u n blanco, aunque pobre, se consideraba a sí mismo socialmente superior a u n m u l a t o rico. C o m o consecuencia de l a expansión, por n o decir de la dilu-ción del grupo- español, solamente los peninsulares, i n m i g r a n tes de la metrópoli, y u n reducido número de criollos lograron conservar l a quintaesencia noble p r o p i a de su estado. A su llegada a la N u e v a España, el gachupín esperaba ser tratado como don sin i m p o r t a r la posición que hubiera ocupado en España.6

A la vanguardia del estado español se encontraba la "gente decente", la que era respetable y de calidad, heterogénea élite colonial que sumaba menos del 5 % de la población, grupo para el que n o existía u n criterio común que gobernara el ingreso de sus miembros, como l o podría haber sido la pose-sión de hacienda o el privilegio legal. Gente decente eran todos los españoles europeos, los clérigos, médicos, abogados y notarios, la burocracia real, los mercaderes, hacendados y mineros de éxito; y eran gente decente en base a tres p r i n -cipios: la nobleza étnica, el privilegio legal y la riqueza.

Gracias a su origen metropolitano, los peninsulares, fue-r a n soldados, mefue-rcadefue-res u oficiales, gozaban de u n a posición elitista que les permitía desdeñar las pretensiones de supe-r i o supe-r i d a d de los csupe-riollos. Asimismo, el clesupe-ro, gsupe-racias a su edu-cación y al fuero eclesiástico que le eximía de toda jurisdic-ción legal, gozaba de u n a posijurisdic-ción de privilegio en tanto que los mercaderes, organizados en cofradías también privilegia-das, disfrutaban de u n a aceptación más p r o p i a de Boston que de M a d r i d . E n contraste, l a posición del hacendado

den-5 Francisco DE AJOFRÌN, Diario del viaje que hizo a la America en

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tro de las élites n o se define fácilmente. Generalmente el hacendado mexicano carecía de las exenciones fiscales, puestos políticos y demás privilegios de que gozaba el terrateniente europeo, ya q u e l a posesión de grandes extensiones de tierra no confería fuero específico n i título de nobleza, y traía con-sigo más prestigio que privilegio. E n efecto, e n l a N u e v a Es-paña n o d o m i n a b a l a aristocracia del campo, más bien el d o m i n i o era ejercido por los concejos de pueblos y m u n i c i -pios, concejos que rara vez eran presididos p o r u n hacendado. A u n q u e es de pensarse que el hacendado se asociaba en términos de igualdad con el clero, los comerciantes y los re-presentantes reales de su región,6 es difícil especular sobre puestos jerárquicos, ya que en México n o se daban los gran-des bailes, recepciones, cacerías y funciones públicas que en E u r o p a constituían a l a "sociedad" y q u e servían para apre-ciar y comparar la posición de u n i n d i v i d u o y de su f a m i l i a .7

En este ensayo me propongo: a) analizar l a composición de l a élite mexicana en el siglo x v m y rastrear los patrones de m o v i l i d a d social de criollos y peninsulares; b) examinar la participación de criollos en l a burocracia; c) tratar l a distri-bución de beneficios políticos entre los diferentes sectores de l a élite, y d) revisar los cambios producidos p o r la inde-pendencia; además de analizar l a debilidad política y econó-mica del hacendado, como tema principal de este ensayo.

Para este propósito, m e parece interesante comenzar con una comparación que ilustre m i argumento.

I I

Hace algunos años, Lawrence Stone, actualmente profeso en l a Universidad de Princeton, presentó u n a brillante image

6 Para una afirmación vigorosa de esta posición, véase Frank SAFFORD, "Social Aspects of Politics in Nineteenth Century Spanish America: New Granada, 1825-1850", Journal of Social History, 1972, p. 344-70.

1 H . G . WARD, Mexico in 1827, 2 vols., London, 1828, I I , p. 715. "Nada

he dicho acerca de la organización de la sociedad en Mexico, porque, de hecho, no existe."

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visual de lo que había sido Inglaterra en la época de los T u -dor.s Comparaba a la sociedad inglesa de los años 1540 con el edificio de las Naciones Unidas en Nueva Y o r k . E n ese t i p o de sociedad, casi el 9 5 % de la población habitaba el podio, cuya extensión lateral, con larguísimos corredores y varios niveles, ofrecía posibilidades enormes de m o v i l i d a d ho-rizontal y m u y escasas oportunidades de ascenso social. Sobre las masas, en la torre donde se encontraban los grupos de élite que debían su membresía a sus extensas posesiones, esta-ba u n elevador que generalmente esta-bajaesta-ba a más pasajeros de los que subía. Y afuera, expuestas al viento, se encontraban las cuatro rampas: legislación, administración, iglesia y co-mercio, por las que el i n d i v i d u o podría ascender al nivel que le permitieran su talento y su fortuna, para después entrar a la torre con la compra de tierras. E l profesor Stone con-cluyó ilustrando a la sociedad inglesa de los años 1700 con la imagen de San G i m i g n i a n o , pueblito italiano construido sobre u n cerro con u n a serie de torres que se alzan sobre el caserío. Ya en la sociedad, de esa época, cada g r u p o social y económico contaba con jerarquía y elevador propio, independiente de la torre central de la terratenencia. E n la época de los Borbones, México se asemejaba más a la sociedad de la época de los T u ¬ dor cjue a la de los Hannover. Por l o menos el 9 5 ^ de su po~ blación vivía en la base de la escala social, sin más oportuni¬ dades de ascenso aue aauellas accesibles a la "olebe" a u n cuando dentro de ese mismo nivel existían diferencias éconó-micas E l m i n e r o que ganaba 350 pesos diarios y el ranchero con tierras v animales valían unos 500 pesos se diferen-ciaban enormemente del peón de hacienda que ganaba u n a

^rión d e maíz v 48 nesos al año v aún más de u n t>eón itine-„,„ Q u e d os r e ai e s diarios cuando trabaraba Estas

diferencias dividían las jerarquías dé los "estados" étnicos lo que sería en sí m i s m o u n tema amplísimo para explorar aquí.»

8 Lawrence STONE, "Social Mobility in England, 1500-17700: Confer-ence Paper", Past and Present, 33 1966, p. 16-50.

« Manuel ABAD Y QUEIPO, "Escritos", en José María Luis MORA, Obras

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I m a g i n a n d o a los habitantes del rascacielos social, encon-tramos que en México, como en la Inglaterra de los T u d o r , las fortunas logradas por medio de la minería, el comercio y l a administración pública se invertían generalmente en tie-rras; sin embargo todavía carecemos de u n a caracterización del hacendado mexicano del siglo x v m equivalente a la del hacendado inglés de los años 1500. E n 1810 había en México 4 945 haciendas registradas y poco más de 4 000 familias

cons-tituían la clase hacendada, y de ese número tan reducido h a b í a distinciones entre el hacendado dueño de una sola ha-cienda, valuada entre 20 y 50 000 pesos, y el gran terrate-niente con numerosas propiedades que en conjunto valían entre 300 000 y 1 000 000 de pesos. E n ambos casos la clase hacendada sufría dificultades económicas tan grandes, que constituía u n segmento de l a población de m o v i l i d a d descen-dente. Los marqueses de San M i g u e l de Aguayo, dueños de casi la m i t a d de Coahuila, a duras penas podían cubrir deu-das heredadeu-das de casi medio millón de pesos. Los pequeños hacendados vendían pronto. E n u n estudio del valle de Oaxa-ca, el profesor T a y l o r encontró que u n gran número de haciendas habían cambiado de dueño u n promedio de cinco veces en el curso del siglo x v m y en mis propias investigacio-nes en el estado de León, encontré que las 25 haciendas estu-diadas habían sufrido cuatro ventas entre 1700 y 1860.

A u n q u e no se h a n podido determinar plenamente las cau-sas de las numerocau-sas ventas, tan precipitadas para el pensar europeo, los tres factores que siguen podrían haber sido de-terminantes: a) el sistema testamentario: ya que el mayoraz-go n o se acostumbraba y la progenitura estaba prohibida por l a ley. Dado l o impráctica y dificultosa que resultaba la divi-sión de las tierras, frecuentemente p r o h i b i d a por contratos hipotecarios, se hacía muchas veces necesaria la venta de la hacienda para lograr la división equitativa de la herencia; b) a través de los años, muchas haciendas habían acumulado tantas hipotecas y pensiones eclesiásticas, que se requería la totalidad de su ingreso nada más para pagar los intereses; del estudio de 27 haciendas, T a y l o r calculó que, en conjun-to, sus obligaciones o deudas eclesiásticas, constituían el 67%

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del valor total de su capital; " c) la tasa de ganancias agríco-las era relativamente baja e insegura: dado el elevado costo del transporte, resultaba p r o h i b i t i v a l a exportación del pro-ducto agrícola, por lo que las grandes propiedades derivaban toda su ganancia de la venta a los m u y limitados mercados urbanos. Enrique Florescano o p i n a que la competencia de los pequeños productores y de los poblados indígenas, obli-gó al hacendado a depender de los años de escasez, cuando podían distribuir y vender a precios elevados el producto almacenado de "cosechas previas.1 1 Cualquiera que fuese la causa o causas (ya que indudablemente cada región seguía u n patrón diferente) de los problemas del hacendado, es i n dudable que la hacienda de la Colonia no constituía u n f u n -damento sólido para establecer a u n a nobleza o a u n a aristo-cracia de hacendados que fuesen estables.

El comercio y la minería eran los medios principales de ascenso económico. Descartando el enlace con una rica here-dera, el m o d o más común de hacerse rico era abrir u n a tien-da. A u n q u e no existen datos en cuanto al número de comer-ciantes que no fuesen solamente distribuidores, el censo de

1791 registra a 1 384 en la ciudad de México, lista que pro-bablemente incluía a cajeros y aprendices, y sin embargo, sólo se emitieron 5 votos en las elecciones del Consulado en 1787. Guanajuato, principal centro m i n e r o , n o contaba en ese mismo año con más de 162 mercaderes y 149 cajeros, mien-tras que en toda la intendencia había cerca de 1 000 personas descritas como comerciantes.1 2 Sería sorprendente que en

aque-10 Para una lista de haciendas, véase Fernando NAVARRO Y NORIEGA,

Memoria sobre la población del reino de Nueva España. México, 1943.

Sobre el Marquesado de San Miguel, véase Vito ALESSIO ROBLES, Coahuila

y Texas en la época colonial. México, 1938, p. 503-508. Acerca de

Oaxa-ca, véase William B . T A Y L O R , Landlord and Peasant in Colonial Oaxaca. Stanford, 1972, p. 141.

11 Enrique FLORESCANO, Estructuras y problemas agrarios en México

(1500-1821). México, 1971, p. 125-28.

12 Sobre la ciudad de México, véase Alexander von HUMBOLDT,

En-sayo político sobre el reino de la Nueva España, ed. Juan A. Ortega y

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Con-618 D A V I D A . BRADING

l i a época hubiese habido más de 10 000 comerciantes e n toda la N u e v a España. Naturalmente, existían enormes diferencias entre u n negocio mercantil y otro: había quienes terminaban una vida de lucha y trabajo con u n a f o r t u n a m u y reducida, mientras q u e había quienes utilizaban relaciones familiares y conexiones de todo tipo para conseguir fácilmente el capital y los créditos requeridos p o r su empresa, y u n a vez acumu-lado, invertían el capital mercantil en tierras y haciendas.

Es necesario insistir sobre u n factor evidente, importante en el comercio de l a Colonia: los mercaderes más ricos de todo el r e i n o eran peninsulares. E l censo de 1792-1793 de-muestra que la m i t a d de todos los comerciantes y cajeros de la región del B a j í o eran españoles europeos. E n total, los i n m i -grantes de aquella época, excluyendo a los miembros del clero, n o pasaban de 9 250, de los cuales sólo 400 eran m u -jeres. U n a cuarta parte de los inmigrantes (y l a m i t a d de las mujeres), residía en l a ciudad de México. E l resto residía en distintos centros urbanos: 314 en Guanajuato, 249 en Oaxaca, 190 en Querétaro, 113 en Orizaba, 93 en Jalapa, 51 e n T o l u c a , 40 e n San M i g u e l el Grande y 19 en San Juan del R í o . U n muestreo de las jurisdicciones del Bajío, T o l u c a , Orizaba y Jalapa indica que menos de l a q u i n t a parte residía e n el campo. Por l o menos el 55 p o r ciento de todos los i n m i -grantes, se dedicaba al comercio.1 8

El establecimiento europeo en l a N u e v a España podría re-presentarse gráficamente como u n a r e d de centros urbanos conectados p o r líneas de relaciones familiares y comerciales. Pero, en última instancia, l a aceptación de que gozaba el ga-chupín se debía más a su persona que a su ocupación.

L a ocupación de m i n e r o puede compararse con u n a grúa r u d i m e n t a r i a , moviéndose a velocidad vertiginosa, a l a que los hombres se lanzaban p o r su cuenta y riesgo. Los novicios

sulado, véase D . A. BRAMNG, Miners and Merchants in Bourbon Mexico,

1763-1810. Cambridge, 1971, p. 117, 254. También, Archivo General de

la Nación (en adelante: AGN) , Historia, 523, ff. 76, 90.

13 Éstos son mis cálculos basados en A G N , Padrones, vols. 5, 19-24, 26, 30-31, 34-37, 39, 41-42; véase también NAVARRO Y NORIEGA, Memoria, p. 64-65.

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casi siempre encontraban la r u i n a ; los pocos sobrevivientes, sin embargo, lograban frecuentemente subir a los peldaños más elevados de la escala social. L a excesiva fugacidad de la profesión i m p i d e u n cálculo aproximado del número de m i -neros, l o que el censo de 1792-1793 d i f i c u l t a aún más, ya que n o distingue entre los dueños de grandes minas y los que sim-plemente eran técnicos o cateadores. E n cualquiera de sus niveles, la minería pagaba sueldos altos, haciendo del simple cavador y del dinamitero, u n a especie de aristocracia laboral. Sin embargo, es de dudarse que en toda la industria hubiese más de 1 000 empleados con pretensiones y posibilidades de ascender a u n a posición de élite.

/ " C o m o sistema económico, la sociedad mexicana del si-Iglo x v m n o presenta sorpresas. L a i m p o r t a n c i a de la expor-t a c i ó n residía más en las ganancias que rendía que en el valor

total de l o que se exportaba. Sólo a través de las minas y la importación de mercancía de l u j o (toda tela europea podría considerarse l u j o ) podían erigirse grandes f o r t u n a s . " Sin em-bargo, l a minería era sumamente especulativa y el comercio era decididamente a b u r r i d o A E n ambas ocupaciones el éxito estaba determinado por la~~"sagacidad personal, cualidad que n o se podía heredar fácilmente a los hijos, educados para con-siderarse, ante todo, caballeros. Sin bancos, n i acciones, n i bonos, las únicas inversiones seguras eran la hacienda, la igle-sia y l a propiedad urbana, de tal manera que se desarrolló u n proceso continuo, en el que el capital acumulado por la exportación era invertido en la compra de haciendas, para que se disipara gradualmente mediante el consumo suntuario, l a división testamentaria, los donativos a la Iglesia y en pér-didas estacionales.

E l sistema social, en cambio, sí presenta facetas sorpren-dentes. E n E u r o p a Occidental, los mercaderes ricos, hijos de campesinos prósperos o de gente bien venida a menos, com-praban las haciendas de nobles sin fortuna. Las altas y bajas de esas familias fue u n lugar común en l a literatura de la

W Véase Jonathan V. L E V I N E , The Export Economics. Cambridge, Mass., 1960, p. 7-12.

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época.1 5 Pero ese trayecto circular: del campo a l a c i u d a d y o t r a vez al campo, que en E u r o p a a veces tardaba tres gene-raciones en completarse, se v i o i n t e r r u m p i d o en l a N u e v a España. Aquí, los inmigrantes peninsulares, dueños del co-m e r c i o , - a s c e n d í a n ^ l a escaía social, co-mientras que descen-dían los terratenientes criollos. L a minería de la plata atrajo a miembros de ambos grupos y algunos incluso criollos, se hicieron millonarios cuando l a mayoría terminaba sus días en la miseria. Es indiscutible que el descenso social de los criollos de l a clase alta, a m e n u d o se alargó más que las tres generaciones proverbiales y n o hay duda de que en muchos casos la buena administración logró evitar l a r u i n a total; sin embargo, es i n c o n f u n d i b l e l a tendencia.

Igualmente insólito para u n europeo, es l a rapidez con que u n i n d i v i d u o podía subir y bajar en l a escala social. Usando a l a aristocracia como medida, encontramos que de 49 títu-los conferidos en México entre 1700 y 1810, veintiséis f u e r o n otorgados a mineros y comerciantes y v e i n t i u n o a inmigra-dos. A pesar de su f o r t u n a , sin embargo, muchas familias así ennoblecidas, n o sobrevivieron las vicisitudes de su tiempo. En 1775, u n a investigación oficial sobre el pago de impues-tos de l a aristocracia, descubrió que p o r su pobreza, muchos herederos habían renunciado a sus títulos.1 6 E l nieto del M a r -qués de San Clemente, m i n e r o principal de Guanajuato que había m u e r t o prácticamente en l a miseria, renunció a su tí-t u l o para casarse con u n a sirvientí-ta. Y es significatí-tivo que los Condes de Pérez Gálvez y Casa R u i , inmigrantes malagueños casados con ricas herederas, hayan comprado sus numerosas haciendas de los descendientes del Marqués de A l t a m i r a y del

15 Véase Pierre GOUBERT, Beauvais et la Beauvaisis de 1600 a 1730.

2 vols. París, 1960; I, p. 206-222, 334-348. U n análisis contemporáneo fue

hecho por John MILLAR, The Origin of the Distinctions of Banks. Edin-burg, 1779; reproducido en William C . LEHMANN, John Millar of Glasgow

1735-1801. Cambridge, 1960, p. 290-291. Véase también BRADING, Miners and Merchants, p. 208-214.

18 " L a nobleza colonial en la segunda parte del siglo xvm, en A G N .

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GOBIERNO Y É L I T E E N L A C O L O N I A 621 Segundo Conde de Regla, cuyos títulos f u e r o n otorgados en 1704 y 1768 respectivamente."

La m o v i l i d a d social descendiente de tantas familias aristo-cráticas, obviamente exacerbó l a tensión que caracterizaba las relaciones de criollos y peninsulares, y al concluir el siglo x v n t a n t o los viajeros como los virreyes comentaban esa m u t u a a n t i p a t í a . " A l parecer esas dos ramas de la nación española e n México habían desarrollado identidades distintas. Los es-tereotipos de sus respectivas personalidades contienen u n a notable s i m i l i t u d con l a psicología social de los europeos de las colonias, descrita por O . M a n n o n i en su estudio clásico sobre Madagascar del siglo x x . » E l europeo español debía comprobar con sus logros, su posición en l a élite; su arrogan-cia nacía de la convicción de su superioridad en relación a las masas morenas que l o rodeaban, actitud que se veía refor-zada por su d o m i n i o sobre los medios para lograr el t r i u n f o económico. E n comparación, el criollo de clase alta nacía caballero y demostraba su superioridad con la ostentación. L a amarga ironía de la situación se daba en la conciencia del criollo que se sabía atrapado en u n m o v i m i e n t o descendente, en el cual sus hijos y nietos estaban destinados a perder su posición social.

Una aguda sensación de desplazamiento o, por mejor de-cir, de desposeimiento, echó profundas raíces en la mente mexicana; raíces colectivas cuyo origen se remontaba al si-glo x v i , en el que las familias de los encomenderos vieron su posición amenazada por olas de inmigrantes que se enrique-cían con el comercio, l a administración y las minas. Ya en

1599, Gonzalo Gómez de Cervantes exclamaba: "Aquellos que apenas ayer atendían la tienda o l a taverna, los que desem-peñaban trabajos serviles, hoy ocupan los puestos más hon-rados del país, mientras que los caballeros, los descendientes

" BRADING, Miners and Merchants, p. 105, 120, 208, 264-265, 297-298. 18 G. F. G E M E L L I CARRERI, Viaje a la Nueva España, 2 vols. México, 1955; I, p. 45; Instrucciones que los virreyes de Nueva España dejaron

a sus sucesores. 2 vols. México, 1873; I, p, 101-103.

19 O . MANNONI, Prospero and Caliban, The Psychology of

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de aquellos que conquistaron y colonizaron estas tierras, están h u m i l l a d o s y empobrecidos, desairados y abatidos." 2 0

Una lamentación conmovedora fue la que expresó Baltasar Dorantes de Carranza: " ¡ O h , Indias! M a d r e de extraños, abri-go de forajidos y delincuentes, patria común a los innatura-les. Dulce beso a los recién v e n i d o s . . . Madrastra de vuestros hijos y destierro de vuestros naturales, azote de los propios." 2 1 U n a generación después, A n t o n i o de l a Calancha, cronista peruano, expresó el mismo sentir: "los nacidos en ella ( P e r ú ) , son peregrinos de su patria; los advenedizos son los herederos de sus honras".2 2 ¡Cuán frecuentemente, aún hasta la época de l a Revolución, el intelectual mexicano habría de hacerse eco a estas declaraciones! A través de los años, la hos-t i l i d a d inicial hacia el recién llegado se enquishos-tó en u n a serie de prejuicios, invocados incluso por los hijos de los coloni-zadores posteriores contra todos los nuevos inmigrantes espa-ñoles. Es notable que numerosos exponentes del patriotismo criollo hayan sido hijos de peninsulares, como Calancha, Eguiara y Eguren, Clavijero y Bustamante.

Seguramente, el resentimiento criollo n o se resolvió más que rara vez, en acción política directa, debido a que los jó-venes más brillantes ingresaban a la Iglesia en donde encon-traban g r a n a m p l i t u d para desarrollarse como predicadores, escritores y conferencistas, en la administración de bienes eclesiásticos y en los oficios propios del sacerdote. De hecho, el clero constituía la dirección m o r a l e intelectual del país, y el gachupín, aunque desdeñoso de l a h a b i l i d a d adminis-trativa del criollo, aceptaba su dirección espiritual y alentaba a sus hijos a ingresar en la Iglesia. E n 1810, el clero estaba

20 Gonzalo GÓMEZ DE CERVANTES, La vida económica y social de

Nue-va España al finalizar el siglo XVI. México, 1944, p. 94.

21 Baltasar DORANTES DE CARRANZA, Sumaria Relación de las cosas

de la Nueva España. México, 1902, p. 113-114; véase también a Jorge

Alberto MANRIQUE, " L a época crítica de la Nueva España a través de sus historiadores", en Investigaciones contemporáneas sobre Historia de

Mé-xico. México and Austin, Texas, 1971, p. 101-124.

22 Antonio DE L A CALANCHA, Crónica moralizada del orden de San

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GOBIERNO Y É L I T E E N L A C O L O N I A 623 constituido por 4 229 sacerdotes seglares y 3 112 frailes, y con-taba con 1 073 beneficios parroquiales y 107 prebendas cate-dralicias.2 8 C o m o fuente de empleo, la Iglesia ocupaba u n a posición predominante. E n 1804 había 386 abogados regis-trados en la Audiencia, de los cuales, solamente 210 practi-caban su profesión; asimismo, n o había en todo el país, más de 150 notarios (que n o fuesen simples escribanos), n i más de

150 doctores (que n o fuesen simplemente cirujanos) .2 i

Vista a la luz secular, como carrera o m e d i o de vida, la Iglesia servía de refugio al criollo indigente que n o podía de o t r a manera mantener sus pretensiones sociales, y al mismo t i e m p o ofrecía a los más brillantes la posibilidad de ascenso. Los ingresos de la Iglesia provenían del t r i b u t o eclesiástico, de las obvenciones parroquiales, del 5 % de interés sobre i n -numerables capellanías y de otras dotaciones cargadas a las haciendas y propiedades urbanas. G r a n parte de su capital ^provenía de terratenientes y comerciantes que establecían

capellanías a perpetuidad para sus descendientes que ingre-saban al clero.2 5 D e esta manera, las haciendas seguían redi-tuando a los dueños que años antes habían cedido el título legal de su propiedad.

La Iglesia era, pues, en u n nivel, u n a de las grandes cau-sas de l a debilidad económica de los hacendados, pero, por otra parte, utilizaba una elevada proporción de su ingreso en mantener a los hijos de esa misma clase que ingresaban a ella. Será necesaria una mayor investigación para

compren-da Fernando NAVARRO Y NORIEGA, Memoria sobre la población. Véase también su Catálogo de los curatos y misiones de la Nueva España. México, 1943, p. 44, 50; Mariano TORRENTE, Historia de la revolución

hispano-americana, 3 vols. Madrid, 1829; I, p. 46-48.

24 Para el numero de abogados, véase el Archivo General de Indias (en adelante citado A G I ) , México, 1811, Audiencia al Concejo de In-dias, octubre 21 de 1806. La intendencia de Guanajuato, con un décimo de la población del país, tenía 9 doctores y 11 notarios. E n la ciudad de México había 51 doctores y 63 notarios. Véase HUMBOLDT, Ensayo político, p. 579, y A G N , Historia, v. 523, ff. 76-90.

25 Francois CHEVALIER, La formación de los grandes latifundios en

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624 D A V I D A . BRADING

der del todo esta íntima simbiosis, así como para comprender el efecto d e l celibato en las élites de la Colonia. C o m o ejer-cicio didáctico, se podría calcular el m o n t o d e l capital acu-m u l a d o en iglesias, conventos y altares que aún son l a gloria arquitectónica de México.

I I I

Nuestra descripción carece todavía de dimensión política. ¿Cuáles fueron las relaciones entre l a burocracia y l a élite colonial? E l profesor S. N . Eisenstadt describió la política d e l i m p e r i o español como u n a burocracia histórica, u n sistema de gobierno asociado en la E u r o p a continental con el absolu-tismo dinástico y que sucedió a los regímenes patrimoniales y feudales de la Edad M e d i a . E n u n estudio sobre la A u d i e n cia de Q u i t o , J o h n L . Phelan demostró la exactitud y l a u t i -l i d a d de esa categoría posweberiana.2» L a burocracia había dejado de ser la servidumbre doméstica de l a Corona y ejer-cía como u n cuerpo semiautónomo, celoso de las prerroga-tivas de su profesión. Como t a l , la burocracia constituía u n grupo de interés, comparable a l a aristocracia territorial, a l a Iglesia o a las élites urbanas. C o n este sistema, los oficiales de la Corona tendían a integrarse a las condiciones de l a aristocracia.

En este p u n t o debemos protegernos contra el hábito de hacer grandes abstracciones para describir pequeños grupos humanos. Hasta las reformas borbónicas de fines del siglo x v m , la Corona española dependía de unos cuantos oficiales f u n -cionarios para gobernar el i m p e r i o americano. L a burocracia j u d i c i a l de toda l a Nueva España, es decir, los miembros asa-lariados de las audiencias de México y Guadalajara, estaba

26 Aquí me guío por John LEDDY PHELAN, The Kingdom of Quito

in the Seventeenth Century. Madison, 1967, p. 320-337. Véase S. N .

EISENSTADT, The Political Systems of Empires. Nueva York, 1963. Para un análisis brillante sobre el absolutismo dinástico, véase Hans ROSEN-BERG, Bureacracy, Aristocracy and Autocracy. The Prussian Experience

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GOBIERNO Y É L I T E E N L A C O L O N I A 625 constituida por 20 personas. Igualmente escasa era l a burocra-cia fiscal, pues aparte de tinterillos y simples escribanos, la Tesorería y l a Corte de Auditoría no contaba con más de 60 empleados.2 7 Salvo las patrullas fronterizas y la guardia del puerto, las fuerzas armadas eran prácticamente inexisten-tes. Los magistrados de distrito, los alcaldes mayores y los corregidores, no llenaban ningún criterio conocido de buro-cracia. Con el ascenso de los Borbones se abandonó toda pretensión de pago de sueldos, que ya eran irrisorios, de manera que los 150 magistrados debieron subsistir con los escuálidos frutos de la justicia o por medio de tratos ilegales.2 8 Nombrados, sin calificación n i tradición profesional para f u n -gir por u n periodo de tres a cinco años, los oficiales consi-deraban sus puestos como simples prebendas, como su opor-t u n i d a d para enriquecerse.

El interés en el gobierno colonial se ha centrado en la exclusión de la clase criolla de los puestos públicos, noción tradicional que aún adoptan muchos libros de texto y que surgió en 1811 con los debates en las Cortes de Cádiz, cuando los representantes americanos hicieron listas para demostrar el número irrisorio de virreyes y arzobispos criollos. A u n q u e ya entonces López de Cancelada rebatió esas pruebas, el ar-g u m e n t o fue esar-grimido y utilizado por los propaar-gandistas de la independencia y, más tarde, l a publicación de documen-tos coloniales confirmó la o r t o d o x i a en boga.2 9 Ya en 1604, u n virrey mexicano comentaba: "Es opinión común que de necesidad solamente los descendientes de los conquistadores fungirán como c o r r e g i d o r e s . . . " 3 0 A principios del siglo x v m ,

27 La Corte de Auditoría empleaba a 14 contadores permanentes y un número variante de supernumerarios. Había solamente 10 tesorerías. BRADING, Miners and Merchants, p. 55; Joaquín M A M A U TORQUEMADA,

Compendio de la historia de la Real hacienda de la Nueva España.

Mé-xico, 1914, p. 6-8.

28 BRADING, Miners and Merchants, p. 48.

29 Juan LÓPEZ DE CANCELADA, El telégrafo americano. Cádiz, 1812, p. 133-142; José Miguel GURIDO ALCOCER, El censor extraordinario. Cádiz, 1812, p. 1-26.

so Instrucciones que los virreyes de la Nueva España dejaron a sus

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el doctor J u a n A n t o n i o de A h u m a d a , en u n a elegía a l a me-m o r i a de Felipe V , exigió q u e todo n o me-m b r a me-m i e n t o real en América fuese reservado para los nacidos en ese hemisferio, los herederos - d i j o - de aquellos q u e l o habían conquis-tado. A r g u m e n t a b a que sin l a esperanza de u n puesto público, el joven criollo n o tendría incentivo para el estudio y se sumiría e n el ocio y el vicio convirtiéndose en "simple pere-g r i n o e n su p r o p i a t i e r r a " .3 1 E n 1771, el A y u n t a m i e n t o de l a ciudad de México, reiteraba con vehemencia l a petición. A l peninsular se le descartaba abiertamente como extranjero e n México y se buscaba, por l o tanto, u n m o n o p o l i o criollo de l a burocracia r e a l .3 2

Recientemente, esta visión tradicional ha sido puesta en tela de j u i c i o y, en parte, refutada. E n u n a serie de cuatro artículos publicados en 1972, los profesores León Campbell, M a r k B u r k h o l d e r , Jacques Barbier y D . S. Chandler demos-traron q u e en el siglo x v m , era frecuente y a veces predo-m i n a n t e l a participación criolla en las audiencias apredo-mericanas; mis investigaciones me h a n llevado a l a misma conclusión.3 3 Está probado que en los años de 1760 los oidores de las A u -diencias de L i m a , Santiago de Chile y México, eran criollos en su mayoría; sin embargo, sus nombramientos eran recien-tes y e n g r a n parte se debían a l a extraordinaria decisión de los Borbones, de vender los puestos de oidores al mejor

31 Juan Antonio AHUMADA, Representación política-legal a la

Mages-tad del Sr. D. Felipe V en favor de los españoles americanos...

Ma-drid, 1725.

32 L a petición de 1771 está impresa en Juan HERNÁNDEZ DÁVALOS,

Colección de documentos para la historia de la guerra de independencia

de México de 1S0S a 1821. 6 vols. México, 1877-1882; I, p. 427-455. 33 Leon G . CAMPBELL, " A Colonial Establishment: Creole Domina-tion of the Audiencia of Lima during the late Eighteenth Century",

HAHR 5 2 , 1972. Núm. 1, p. 1-25; Mark A. BURKHOLDER, "From Creole

to Peninsular: T h e Transformation o£ the Audiencia of Lima", y Jac-ques A. BARBIER, "Elites and Cadres in Bourbon Chile", ambas en HAHR 5 2 , 1972, núm. 2, p. 395-415, 416-435; M. A . BURKHOLDER y D . S. CHAND-LER, "Creole Appointment and the sale of Audiencia Positions in the Spanish Empire under the Early Bourbons 1701-1750", Journal of Latin

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627 postor. Entre 1701 y 1750 la cuarta parte de los n o m b r a m i e n tos fueron comprados. D u r a n t e la década de 1740, dos q u i n -tas partes de los puestos f u e r o n ocupados por americanos, puestos no otorgados en su mayoría, sino vendidos. G r a n parte de los oidores criollos de las Audiencias de L i m a y San-tiago de Chile estaban vinculados a las élites de hacenda-dos, ya fuese por parentesco, por m a t r i m o n i o o por intereses económicos. E n las Audiencias, tanto como en el Cabildo, irónicamente fue la venta de puestos públicos l o que abrió las puertas a u n cierto tipo de gobierno representativo. Hacia 1770 la mayoría de las audiencias americanas representaban a las familias ricas y poderosas de sus provincias respectivas.

L a A u d i e n c i a de México tenía las mismas características que las de L i m a y Santiago de Chile. E n 1767, de doce puestos disponibles, once estaban ocupados por hombres de antece-dentes conocidos, de los cuales ocho eran criollos y tres eran peninsulares, aunque los padres de por lo menos tres criollos eran peninsulares y el padre de u n o más provenía de las Islas Canarias. A u n q u e solamente la m i t a d de los oidores americanos provenían de provincias sujetas a l a corte mexi-cana, dos eran de Jalisco, y u n tercero, guatemalteco, se había educado en la ciudad de México. Por l o menos cinco oidores, inclusive dos peninsulares, por m a t r i m o n i o o por des-cendencia, tenían relaciones directas con la nobleza. Es igual-mente i m p o r t a n t e que por l o menos cinco jueces fueran hijos de funcionarios del gobierno, dos de ellos, hijos a su vez de oidores. N o existen datos acerca de su fortuna, pero su talento y educación constituían requisito importante para el éxito. Se sabe que cuatro de ellos se educaron en la famosa escuela jesuíta de San Ildefonso, en la ciudad de México.3* Dos crio-llos, Francisco Javier de Gamboa y J o a q u í n de Rivadeneyra habían residido en España, en donde ganaron u n a buena reputación con la publicación de sus respectivos libros. De esta manera los oidores mexicanos formaban u n g r u p o cohe-sivo, una élite de educación y antecedentes sociales semejan-tes, reforzada por u n o que otro parentesco distante.

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Dada l a insuficiencia de estudios prosopográficos, es pre-m a t u r o hacer generalizaciones de l a situación en las audien-cias. E l éxito de los oidores americanos se debió a l a escasez de abogados ricos procedentes de M a d r i d . Sin embargo, en el caso de las alcaldías mayores que redituaban ingresos m u y altos, y especialmente en aquellas que producían cochinilla, es probable que se despertara l a avaricia peninsular, y que la venta de puestos, por l o tanto, i m p i d i e r a l a participación criolla. D e hecho, es poco l o que conocemos de los antece-dentes sociales de estos magistrados e igualmente oscuras son las fuentes de reclutamiento de l a burocracia fiscal. Será u n a investigación posterior l o que aclare estas cuestiones.

N o es posible ningún análisis del gobierno colonial sin considerar el papel que en él jugó l a Iglesia. E l clero, depen-diente de l a Corona para sus promociones y nombramientos, constituía u n a burocracia paralela que como sistema de con-t r o l social, era más eficiencon-te que l a magiscon-tracon-tura secular. L a Iglesia d o m i n a b a l a v i d a espiritual e intelectual del país. Proveía los servicios sociales, escuelas y universidades, hospi-tales, asilos y orfelinatos que actualmente dependen del Es-tado. Cobraba t r i b u t o y contaba con tribunales propios. Los jueces eclesiásticos, lejos de dedicarse exclusivamente a las transgresiones espirituales y a l a disciplina del clero, ordena-b a n los emordena-bargos y suordena-bastas de propiedad privada con las que l a Iglesia se cobraba el t r i b u t o o el interés sobre hipote-cas eclesiástihipote-cas que se le adeudaban.3 5 Generalmente, el pue-blo buscaba su guía y dirección, n o en los alcaldes mayores, sino en los 1 073 párrocos del reino y, del mismo modo, cuando las masas se levantaban, era en el clero donde l a Corona y las clases altas buscaban su a p o y o .3 6 Y n o es necesario comentar la función misionera de jesuítas y franciscanos en l a pacifi-cación de nuevas fronteras.

35 N . M . FARRIS, Crown and Clergy in Colonial Mexico 1759-1821. London, 1968, p. 94-96, 152-154, 165-168.

36 E n Tehuantepec, la sola presencia del obispo de Oaxaca en atuen-do episcopal era suficiente para acallar una rebelión indígena. Véase Brian R . HAMNETT, Politics and Trade in Southern Mexico 1750-1821. Cambridge, 1971, p. 13.

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GOBIERNO Y É L I T E E N L A C O L O N I A 629 A u n q u e se sabe que en algún m o m e n t o del siglo x v m , los criollos l o g r a r o n tener u n m o n o p o l i o de los puestos secula-res inferiosecula-res al obispo, es poco l o que se sabe de la compo-sición social del clero mexicano. Por el valor que quizá el dato pueda tener, hago notar que en l a década de 1790, por l o menos cuatro miembros del cabildo eran hijos de miem-bros de la A u d i e n c i a .3 7

Para hacer del imperio americano u n a posesión más l u -crativa, Carlos I I I y sus ministros se apoyaron en los instru-mentos clásicos del absolutismo monárquico: el soldado y el recaudador de impuestos. Se organizó u n destacamento de

10 000 hombres para el servicio permanente en la N u e v a Es-paña, reclutando al soldado raso en la misma región donde se acuartelaría. L a burocracia fiscal tuvo u n a expansión sin precedente, debido a la ampliación de viejas instituciones como la Tesorería y la Corte de Auditoría, así como a la crea-ción de nuevas dependencias: el m o n o p o l i o del tabaco, las intendencias y el servicio de alcabalas. E l censo de 1790-1792 listó a 311 personas como empleados de la Real Hacienda en l a c i u d a d de México y a otros 105 en l a Intendencia de Guanajuato, cifras superiores al total combinado de abogados, doctores v notarios en cada d i s t r i t o .3 8 C o m o consecuencia de las reformas borbónicas, calculo que los puestos burocráticos b i e n remunerados se cuadruplicaron y que persistió el énfasis en la recaudación de impuestos. Además del n o m b r a m i e n t o de doce intendentes como gobernadores provinciales se puso poca atención en el gobierno local cediéndolo a subdelega-dos, versión de alcaldes mayores, que debían subsistir con u n 3. comisión del 5 % del t r i b u t o cobrado 3. los indios y mulatos del distrito.

Las recientes investigaciones, ya mencionadas, h a n confir-m a d o l a hipótesis de que Carlos I I I y José de Gálvez,

Minis-37 Éstos eran: Andrés Luis Fernández de Madrid, Juan José Gamboa y TJrrutia, Giro Ponciano Villaurrutia y Joaquín José Ladrón de Gue-vara. José Cayetano Foncerrada era hermano de un oidor nombrado poco después. Títulos de Indias. Catálogo XX del Archivo General de

Siman-cas. Valladolid, 1954, p. 168-176.

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630 D A V I D A . BRADING

t r o de las Indias, i n t e n t a r o n reducir l a participación del crio-l crio-l o en crio-la Igcrio-lesia y ecrio-l Estado. Los nuevos funcionarios decrio-l m o n o p o l i o del tabaco y del servicio de alcabala v i n i e r o n d i -rectamente de España. Por medio de diversas artimañas, la participación criolla en las audiencias se r e d u j o a u n a tercera o cuarta parte de l a totalidad de los miembros. Asimismo, u n a tercera parte de las prebendas del cabildo de la Catedral fue-r o n ocupadas pofue-r eufue-ropeos.3 9 Pero se debe ejercer mucha cautela al interpretar datos incompletos. E l aumento de actividades gubernamentales indudablemente d i o empleo a m u -chos criollos que antes quizá l o hubiesen solicitado en vano. L a exclusión criolla funcionaba principalmente en los niveles más altos, pues casi todo el clero p a r r o q u i a l provenía de la ; propia parroquia. E l caso del ejército colonial es ilustrativo, j Los documentos oficiales de 1798 a 1800 i n d i c a n que seis i regimientos y u n batallón de la fuerza central (excluimos de ! este cálculo a las dispersas fuerzas del norte) estaban

coman-dadas por 268 oficiales cuyo rango iba desde alférez hasta capitán. De ellos, 112 eran peninsulares, 28 eran americanos de otras colonias v 128 eran nacidos en México. Pero como se podría adivinar, todos los coroneles, menos uno, eran euro-p e o s4 0 Fue en contra de esta discriminación que el A y u n -t a m i e n -t o de la ciudad de México pro-tes-tó en 1771 y en 1776.

De hecho, cuando los delegados americanos ante las Cortes de Cádiz protestaban contra la exclusión criolla de los puestos públicos denunciaban la política de u n a generación, más que la práctica de toda la época colonial.

E n el caso de la alta burocracia, se encuentran algunos sutiles indicios de cambio. Muchos de los ministros de Car-los I I I , Campomanes, Floridablanca, R o d a y Gálvez eran manteistas, hombres que por razón de su i n f e r i o r i d a d social tenían negada la entrada a los prestigiados Colegios Mayores, dirigidos p o r los jesuítas, cuyos alumnos, por l o general,

ob-39 Véase nota 33; también a Juan LÓPEZ DE CANCELADA, El Telégrafo

Americano. Cádiz, 1812, p. 139-141.

40 Cálculos propios basados en las hojas de servicio encontradas en el Archivo General de Simancas, Guerra Moderna, legajos 7274-77.

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GOBIERNO Y É L I T E E N L A C O L O N I A 631

tenían gran parte de los nombramientos más i m p o r t a n t e s .4 1 Para l a España del siglo x v n , R i c h a r d Kagen h a demostrado la existencia de u n a nobleza letrada, u n a élite burocrática hereditaria, procedente de familias de posición noble, quie-nes a pesar de poseer haciendas en mayorazgo generación tras generación, derivaban la mayor parte de su ingreso de u n casi total m o n o p o l i o sobre los puestos públicos.*2 Esto obliga a preguntarse si también en la Nueva España los funciona-rios provenían de u n a extensión colonial de esa noblesse de robe. Recordemos que en 1767, cinco oidores mexicanos eran hijos de funcionarios reales y que el decano de l a Audiencia, D o m i n g o Valcárcel, peninsular que ofició en México desde

1721 hasta su muerte en 1783, indudablemente provenía de esa clase noble: su hermano, su padre y sus dos abuelos ha-bían sido miembros del Consejo de Castilla.*3

El que la mayoría de jueces y funcionarios eclesiásticos hayan sido educados con los jesuítas, exacerbaba indudable-mente el disgusto con el nuevo régimen. Los antagonismos, lo mismo que las conexiones familiares, cruzaban muchas veces el océano, llegaban hasta los ministros en M a d r i d , don-de las distinciones usuales entre criollo y peninsular se veían divididas. Igualmente i m p o r t a n t e fue que Carlos I I I y sus ministros descansaran en u n a clase diferente de inteligencias adiestradas para administrar la proyectada expansión en la actividad del gobierno. E n el tiempo de los Habsburgo la bu-rocracia estaba formada por egresados de las facultades de derecho de las mejores universidades de España y, en casos de gran importancia, el gobierno se apoyaba en el consejo de los teólogos y utilizaba argumentos de filósofos escolásticos. En las primeras décadas del siglo x v m la Audiencia de México seguía siendo el único surtidor de servidores públicos

con-41 Richard HERR, The Eighteenth Century Revolution in Spain. Princeton, 1958, p. 25-26; Jean SARRAILH, La España Ilustrada. México, 1957, p. 209-211.

42 Richard KAGEN, "Universities in Castile 1500-1700", Past and Present 49 (1970) , p. 44-71.

43 Sobre Valcárcel, véase A G N , México, 1371, Bucareli a Arriaga, 26 de noviembre de 1773.

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632 D A V I D A . B R A D I N G

fiables, capaces de administrar las complejas operaciones de la casa de M o n e d a y el m o n o p o l i o del mercurio. Pero des-pués de la visita de Gálvez, surgió u n nuevo tipo de servidor público, contadores y hombres de antecedentes militares que, sin poseer grado universitario, contaban con u n a formación y u n a disciplina perfectamente adecuada para l a administra-ción del Estado.4* L a institución más i m p o r t a n t e de ese pe-r i o d o fue ppe-robablemente l a fuepe-rza ape-rmada, l o que significó una transición de t a l importancia, que los últimos virreyes e intendentes tuvieron ya u n a formación m i l i t a r . Sobra decir que, dada la desconfianza de Gálvez en la capacidad y l a leal-tad de los criollos, g r a n parte de esta nueva burocracia fue traída de la península.

I V

Aparte las decisiones sobre puestos públicos, al sistema político le atañe l a distribución de sus recursos económicos. Históricamente toda política burocrática h a tenido que vér-selas con los poderosos intereses de las élites tradicionales. E n E u r o p a O r i e n t a l , p o r ejemplo, las monarquías de esta época f u n d a r o n su nueva a u t o r i d a d en u n a íntima alianza con aristócratas terratenientes. Los hacendados, en muchos casos, i n -gresaban al ejército, al servicio civil o fungían como gober-nadores de provincia, recibiendo en cambio l a confirmación y a u n la extensión de su jurisdicción f e u d a l .4 5 Lawrence Stone h a hecho hincapié en u n a situación similar: l a f o r m a en que muchas familias nobles en Inglaterra debían el ascenso de su f o r t u n a al servicio prestado e n las cortes de los T u d o r y los Estuardo, verdaderas fuentes de posición y p r i v i l e g i o .4 8 Dados los enormes gastos que l a aristocracia implicaba, es

44 BRADING, Miners and Merchants, p. 44.

45 ROSENBERG, Bureaucracy, Aristocracy and Autocracy, p. 29-45. Henry K A M E N , The Iron Century. Social Change in Europe 1550-1660. London, 1971, p. 178-180, 214-228, 430-433.

46 Lawrence STONE, The Crisis of Aristocracy, 1558-1641. Oxford, 1965, p. 398-445.

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GOBIERNO Y É L I T E E N L A C O L O N I A 633 de suponerse que el poder político o el apoyo económico del Estado eran necesarios para mantener las grandes fortunas de los terratenientes.

E n el siglo x v i , los Grandes de España que se volvían virreyes de México, mantenían la Corte abierta y actuaban como dirigentes de la sociedad de los encomenderos. E n su m a n o estaba la sucesión de encomiendas vacantes, el derecho de otorgar títulos sobre grandes extensiones de tierra y el de-ber de n o m b r a r a los alcaldes mayores. Es notable el enri-quecimiento que en esta época lograron los oficiales reales, pero en último caso l a corte virreinal n o era más que u n a pálida imitación de la corte de M a d r i d . U n a vez transcurrida l a época de colonización inicial, la corte virreinal no actuó ya como centro dinámico de u n a política económica; excepto en su periferia, el I m p e r i o encaraba notablemente pocas ame-nazas internas o externas; la piratería nunca hizo peligrar la posesión de tierra firme. E n esta situación, la Corona depen-día de la Iglesia y de las Audiencias para mantener la ley y el orden, por lo que n o intentó utilizar a la clase hacendada para el servicio administrativo o m i l i t a r . L a función de las colonias en el sistema imperial se reducía a proporcionar i n -gresos y a servir de mercado a los productos españoles.

Es entonces que surgen visiblemente los predicamentos de la élite criolla. Su exigencia de puestos públicos, expre-sada con u n a intensidad que n o correspondía al número tan escaso de puestos disponibles, obedecía, no tanto al deseo de servir en la burocracia, sino al de obtener el poder político y las prerrogativas que el servicio público significaba. L a omisión histórica de los conquistadores y los primeros enco-menderos que no dejaron establecida u n a sociedad señorial en la N u e v a España, les daba u n a sensación de agravio. A l rehusarse la Corona a otorgar encomiendas a perpetuidad y al insistir sobre la remuneración al contado de los trabaja-dores, se negaba al terrateniente la posibilidad de contar con u n a mano de obra m u y barata o gratuita. L a crisis económi-ca económi-causada por la baja producción de plata y por el descenso demográfico de la región central en los años siguientes a 1650, lejos de crear u n a sociedad feudal, trajo la r u i n a de muchos

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terratenientes, forzándolos a abandonar o a vender sus ha-ciendas.4 7

La comparación con Rusia es ilustrativa. Cuando en el siglo X V I I , nobles y hacendados se encontraban en peligro de r u i n a total, u n a orden del zar r e d u j o al campesino a l a con-dición de siervo, con obligación de trabajar sin remuneración para el señor feudal. Años depsués la corte estableció u n bando estatal que concediese a la nobleza créditos de bajo interés.4 8 E l hacendado criollo aspiró, en vano, a privilegios semejantes.

¿Pero dónde queda el peonaje por deudas, ese tan soco-r soco-r i d o equivalente mexicano de la condición de siesoco-rvo? Pasoco-ra el hacendado, necesitado de mano de obra barata, este siste-ma era u n pobre sustituto. Necesitaba invertir u n a buena suma que daba al contado o en bienes, más como estímulo q u e como préstamo, a u n g r u p o de trabajadores que en todo caso podían irse cuando quisieran. Además, el peón recibía u n sueldo mensual y u n a ración de maíz semanal.4 9 Ésta es la razón por la que muchos hacendados preferían alquilar sus tierras y contratar peones por día mientras d u r a r a la cosecha. A p a r t e de l a frontera norte, donde las exigencias eran dis-tintas, el hacendado mexicano rara vez ejerció u n a autoridad política o j u d i c i a l sobre sus peones. L a mayoría de los indios, por ejemplo, seguían habitando en sus pueblos, goberna-rá J r o r o dos por sus propios jefes. E n esta situación, y en contraste con el sistema feudal de E u r o p a Oriental, la hacienda

mexi-sobrevivía por sus propios méritos como u n i d a d produc-tiva, sin el apoyo que pudieran darle los derechos señoriales o el trabajo gratuito de siervos residentes. E n 1700 no era

47 Para una visión opuesta y posible, véase François CHEVALIER, La

formación de los grandes latifundios en México, p. 226-233; pero véase

también P. J . B A K E W E L L , Silver Mining and Society in Colonial Mexico,

Zacatecas, 15461700. Cambridge, 1971, p. 115-121.

48 Jerome B L U M , Lord and Peasant in Russia from the Ninth to the

Nineteenth Century. Princeton, 1961, p. 259-276, 376-385.

49 Charles GIBSON, The Aztecs under Spanish Rule. Stanford, 1964, p. 233-236, 249-256.

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635 r a r o que el dueño estuviese en deuda con sus trabajadores.» N o es de extrañarse entonces que las haciendas cambiaran de m a n o con tanta frecuencia: era el precio que se pagaba p o r la impotencia política.

En cambio, l a clase que más se benefició con l a r u i n a de la monarquía española fue l a del comerciante colonial. Y a en 1670 el virrey comentaba su avance en términos de pres-tigio social y el siglo q u e siguió, hasta 1778, fue el de su apogeo social. E l Consulado, gremio de los comerciantes, re-caudaba ahora las alcabalas a cambio de u n a cantidad esta-blecida. Por l a misma época, los grandes comerciantes de plata asumieron l a dirección de l a Casa de Moneda, de m o d o que controlaban los créditos de toda l a industria de l a p l a t a .5 1 En 1678, l a corte española decidió subastar en M a d r i d las alcaldías mayores de l a Colonia, negando de este m o d o al virrey su derecho de nombramiento. Y en 1754, Pardo y Freiré, f i r m a i m p o r t a n t e de Cádiz, compró los derechos de, por l o menos, tres magistraturas, las de Querétaro, Guana¬ j u a t o y T e h u a c á n .5 2 Y a que con los Borbones se suspendieron los sueldos de las alcaldías, los alcaldes se hicieron comer-ciantes, vendiendo a crédito a sus desafortunados súbditos que sufrían azotes o cárcel de n o c u m p l i r con sus obligacio-nes. Para financiar estos repartimientos de comercio, los ma-gistrados contaban con l a ayuda de mercaderes de l a ciudad de México o de l a provincia. Fue más en l a repartición for-zosa de mercancía, q u e en l a explotación d e l peón, donde la autoridad política de l a Corona fue utilizada y hasta pros-tituida, para el beneficio económico de u n a clase particular.

50 D . A. BRAMNO, " L a estructura de la producción agrícola en el bajío, de 1700 a 1850", en Historia Mexicana, vol. X X I I L 2 , oct.-dic. 1973, p. 197-237.

oí Roben SMITH, "Sales T a x in New Spain, 1575-1770", HAHR 2 8 (1948) , p. 237; BRAWNG, Miners and Merchants, p. 170172; P. J . B A K E

-WELL, Zacatecas, p. 212-215.

52 Handbook of Middle American Indians, Volume 12, Guide to

Ethno-historical Sorces: Part One ed. Howard Cline. Austin, 1972, p. 7 8 ;

Gui-llermo LOHMAN V I L L E N A , El corregidor de indios en el Perú bajo los

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Y era ésta l a práctica que provocaba el mayor desasosiego popular, que a veces se manifestó en abierta rebelión."» Los almaceneros itinerantes, encarnación misma del capitalismo comercial, surgieron de este m o d o como figuras dominantes en la economía colonial, gozando de u n a posición social igual a la de la alta burocracia y los magnates territoriales.

Parte esencial de la revolución gubernamental borbónica lanzada por Carlos I I I fue la destrucción de los monopolios comerciales de las casas importadoras de la capital. L a pro-mulgación del comercio libre en 1878, abrió el camino para u n l i b r e f l u j o de comercio entre los puertos principales de la península y las posesiones americanas. E n México se estable-cieron nuevos consulados en Guadalajara y Veracruz, y el régimen intentó liberar a los productores de su dependencia de los comerciantes en materia de créditos. Se p r o h i b i e r o n los repartimientos de comercio y se estableció u n banco que financiara l a industria minera. Pero poco se hizo para ayu-dar al terrateniente. E l niño favorito del gobierno era el m i n e r o de plata que se veía estimulado por u n a serie de ali-cientes económicos e institucionales. Jurisdicción privada, corte central, escuela técnica, u n nuevo código legal, títulos nobiliarios y numerosos descuentos en impuestos personales eran algunos de los beneficios con que podía contar el m i -nero afortunado. E n contraste, aparte la derogación de algún impuesto de exportación, nada se hizo para estimular a la agricultura o para apoyar al terrateniente. Es más, al poner en vigor la amortización eclesiástica a partir de 1808, el em-bargo y la subasta de muchas haciendas fue inevitable. Los Borbones i n t e n t a r o n liberar l a capacidad productiva de las colonias, de las restricciones impuestas por los Habsburgo, pero f u e r o n la exportación y la minería, n o la agricultura, los sectores más beneficiados con el nuevo orden de cosas.

L a Corona intentó movilizar la lealtad política de las cla-ses acomodadas con su integración a la fuerza m i l i t a r . U n a comisión en el ejército, confería amplios privilegios,

distin-53 HAMNETT, Politics and Trade in Southern Mexico, 1750-1821, p. 11-23.

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GOBIERNO Y É L I T E E N L A C O L O N I A 637 ción social y cierta influencia semipolítica. E l rango de coro-nel podía comprarse por $40 000 y u n a gratificación al virrey, y traía consigo el título de vuestra señoría, mismo que correspondía al o i d o r .6* A cambio, los grandes terrate-nientes, especialmente en el norte, obtenían mando y juris-dicción m i l i t a r sobre fuerzas en parte reclutadas de sus pro-pias tierras. Los 16 regimientos y tres batallones estaban comandados por 496 oficiales cuyo rango iba desde alférez a capitán; de ellos, 209 eran peninsulares y 287 criollos, en una proporción de 40 a 60, y de los 23 coroneles y tenientes coroneles, por l o menos 15 eran criollos.5 5

N o contamos con datos suficientes para hacer u n análisis de los antecedentes sociales, pero sabemos que de los 15 co-roneles, cuatro eran nobles y dos más obtuvieron después títulos nobiliarios. Dos de ellos amasaron sus fortunas en el comercio y otros tres eran mineros millonarios. Los dos coro-neles de la brigada de San L u i s Potosí, el Conde de Peñasco y M a n u e l R i n c ó n Gallardo, más tarde Marqués de Guada-l u p e , eran crioGuada-lGuada-los, terratenientes de vastas propiedades. A Guada-l m i s m o tiempo, el gran número de peninsulares en todos los niveles militares, c o n f i r m a n nuestra idea acerca de su posi-ción en l a sociedad colonial.

V

L a manera como cada nación hispanoamericana o b t u v o su independencia, determinó en g r a n medida su historia en, por l o menos, u n a generación. E n América del Sur las fuer-zas patriotas de Bolívar y San Martín vencieron en batalla a las fuerzas realistas; pero u n a vez obtenida la

independen-54 Sobre el ejército colonial, véase María del Carmen VELÁZQUEZ, El

estado de guerra en Nueva España, 1760-1800. México, 1958; Lyle N .

MCALISTER, The fuero militar in New Spain, 1764-1800. Gainesville, Fia., 1957; BRADING, Miners and Marchants, p. 324-327.

55 Mis propios cálculos basados en hojas de control para 1798-1800, encontradas en el Archivo General de Simancas, Guerra moderna, lega-jos 7274-77.

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d a , sus fuerzas se desbandaron y f u e r o n suplantadas p o r ejércitos regionales dependientes de hacendados locales. Aque-llos que escogían u n a carrera m i l i t a r , rara vez lograban obte-ner altos puestos públicos. A r g e n t i n a y Venezuela, p o r ejem-plo, estaban dirigidas p o r caudillos, agentes políticos de los hacendados; y en Buenos Aires, los ejércitos de gauchos que llevaron a Rosas al poder, estaban constituidos p o r trabaja-dores residentes en las haciendas de su f a m i l i a .5 6

E n México, el bajo clero reunió a las masas bajo el estan-darte de l a V i r g e n de Guadalupe, en u n m o v i m i e n t o que por momentos pareció u n a rebelión campesina. Pero n o eran los ricos, sino los peninsulares, los miembros de esa nobleza étnica e n l a N u e v a España, el blanco principal d e l odio po-pular. Sin embargo, al ver amenazados sus intereses materia-les, los grandes hacendados acudieron a l a Corona para con-tener l a rebelión. N o contando con tropas europeas (las primeras llegaron en 1812), el virrey se v i o obligado a de-pender de jóvenes oficiales criollos que dirigieron las crecien-tes fuerzas coloniales y que con el tiempo adoptaron l a carrera del soldado profesional. Fueron estos oficiales los que pri-mero apoyaron a I t u r b i d e en su Declaración de Indepen-dencia y los que de hecho gobernaron a México u n a vez pasada l a tumultosa década de 1820, hasta l a Reforma. Bus-tamante, Barragán, Herrera, Paredes y López de Santa A n n a f u e r o n presidentes que pasaron su j u v e n t u d en l a lucha con-tra los insurgentes. Su concon-traparte en América d e l Sur n o f u e r o n los caudillos como Rosas y Páez, sino los presidentes militares de Perú y Bolivia: Gamarra, Santa Cruz, Ballivián y Castilla, todos antiguos oficiales de las fuerzas realistas de Goyeneche.5 7 Después de l a Independencia, con gastos que

56 Horacio C . E . GIBERTI, Historia económica de la ganadería

argen-tita. Buenos Aires, 1954, p. 118-127; Jorge M. MAYER, Alberdi y su tiem-po. Buenos Aires, 1963, p. 71-76; Robert L . GILMORE, Caudillism and Militarism in Venezuela, 1810-1910. Athens, Ohio, 1964, p. 122-146.

57 Alberto María CARREÑO Jefes del Ejército mexicano en 1847. Mé-xico, 1914; Thomas EWING COTNER, The Military and Political Career of

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GOBIERNO Y É L I T E E N L A C O L O N I A 639

absorbían cuatro quintos del presupuesto nacional, el ejército mexicano constituía una estructura de poder prácticamente autónoma, no representativa de clase económica alguna, que e n muchos casos dominaba a la autoridad civil del Estado.

L a evidente debilidad política del sistema se debe sólo en parte a la predominancia m i l i t a r . Como Argentina, gran par-te de México vivía l a lucha entre pueblo y despoblado, tan elocuentemente descrita en el Facundo de Sarmiento. Viejos insurgentes, como J u a n Álvarez, de Guerrero, r o n d a b a n aún por l a periferia montañosa y, al mismo tiempo, las capitales de p r o v i n c i a albergaban a políticos ambiciosos respaldados por fondos del Estado y por fuerzas urbanas para mantener su autonomía local. Pero n i unos n i otros contaban con la fuerza necesaria para romper la hegemonía del ejército regu-lar. L a Iglesia, por otra parte, con su prestigio m i n a d o por haber participado en la rebelión, afirmó su independencia del Estado a pesar de que el catolicismo era reconocido, cons-titucionalmente, como la religión establecida. E n efecto, la R e p ú b l i c a o Regencia Borbónica, como muchos la llamaron, carecía de esa cualidad intangible pero necesaria que es la l e g i t i m i d a d .5 8 Viejos hábitos de obediencia civil y deferencia social se habían perdido, y los nuevos lazos de interés y leal-tad surgían con gran l e n t i t u d . E n consecuencia, se d i o u n estancamiento amargo, u n sistema político de desorden insti-tucionalizado con u n trono vacío en su centro. L a monarquía h a b í a sido destruida, pero la república n o había encontrado aún su alma o, mejor dicho, su p r i n c i p i o esencial.

A l malestar político se unían la depresión económica y la disolución social. Las viejas jerarquías en base a "estados" étnicos, f u e r o n sustituidas por otras en base a clase econó-mica. C o n la expulsión de los peninsulares y l a continua

véase Manuel DE MENDIBURU, Biografías de geenrales republicanos, E d . Félix Denegrí Luna. Lima, 1963.

58 E l mejor análisis político de este periodo es el de Francisco B U L -NES, Juárez y las revoluciones de Ayotla y de Reforma. México, 2? dición, 1967. Tomo el término "república borbónica" de John WOMACK, en "Mexican Political Historiography, 1959-1969", en Investigaciones

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integración de los pocos negros restantes, los criollos, las cas-tas y los indios aculturados se identificaban ahora como me-xicanos y el único obstáculo en l a tendencia hacia l a homo-geneidad étnica residía en las comunidades indígenas y su t i p o particular de tenencia de la tierra. E n los niveles elitistas, México seguía siendo u n a sociedad de "órdenes". E l clero y el ejército conservaban sus privilegios y estaban exentos de la jurisdicción común de la República. Cuando el doctor M o r a interpretó el trayecto político como una lucha del Ejército y la Iglesia contra el Estado, deseaba poner en relieve la supervivencia del antiguo régimen.5 9 A l mismo tiempo, la influencia de las clases productivas, de hacendados, mineros, comerciantes e industriales, se equilibraba con el i n f l u j o de abogados e intelectuales, vástagos de la clase de profesionistas que buscaban el servicio público tanto para hacer valer sus principios, como para hacer f o r t u n a . Exceptuando los últimos años del Porfiriato, México n o estuvo nunca gobernado por una alianza de intereses económicos. L a investidura de la b u -rocracia histórica cayó sobre el proletariado intelectual

urba--QQ ^para usar u n a frase favorita de Francisco Bulnes) Si a esos grupos les interesó alguna vez convertir la investidura en una cubierta para lo que M a x Weber llamó dominación legal es u n a cuestión abierta al debate.6 0

N o se puede sobreestimar l a desorganización producida por la depresión económica: cundió el desempleo entre las masas y las deudas entre las clases altas. L a guerra insurgente des-truyó presas y graneros, acabó con el ganado y causó la r u i n a de muchas haciendas. E l valor de la tierra, disminuido ya en 1804 por el decreto de amortización, bajó de tal manera que la carga de las hipotecas eclesiásticas se hizo aún más opresiva. En el B a j í o y su zona circundante se hizo palpable la

ten-se José María Luis MORA, Obras sueltas. México, 1963, p. 55-82. 60 Bulnes describió el problema político después de la independencia como: "Clase propietaria hipotecada. Iglesia rica. Estado pobre. Abun-dantes clases medias, profesionales, famélicas, eclesiásticas, militares". Francisco BULNES, El porvenir de las naciones hispano-americanas. Mé-xico, 1899, p. 253.

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