Desde la Puerta del Sol
La Puerta del Sol madrileña, en la que se encuentra el punto kilométrico 0 de España, creemos es un buen enclave para formalizar un juicio de lo que pasa en el país, lo que podemos alargar a Hispanoamérica y al resto del mundo. Con esa idea nos hemos situado junto el oso y el madroño, desde donde saludar a nuestros amigos
ace tiempo me viene rondando la cabeza tocar el tema que hoy sacamos a relucir. Para mí es un tema importante, pues si constantemente se llena la boca de nues-tros gobernantes asegurando que todos
somos iguales, lo cierto es que esta aseveración es mentira. Y mienten y engañan fundamental-mente los que más tienen la obligación de man-tener el tipo para dar ejemplo. Quien me ha incitado hoy a entrar en la cuestión ha sido mi amigo Gustavo Morales a través de un suelto que ha colgado en Facebook; me impulsa a no dejar para mañana lo que tengo en la mano la posibilidad de hacerlo hoy. Surge como conse-cuencia de la actualidad que han puesto los pro-fesionales de youtube –un negocio que al pare-cer es muy gratificante aunque uno no lo entien-da– al largarse a Andorra a ejercer esta activi-dad. Lo normal es que se piense que es para pa-gar menos impuestos, y por ahí han surgido las discusiones, aunque «El Rubius», que es el últi-mo que ha tomado esa decisión y con ello levan-tado la polvareda, en un largo escrito justifica su marcha con otras muchas razones
aseguran-do que él siempre ha pagaaseguran-do a la Hacienda Pública toaseguran-do lo que debiera, por más que esta le esté persiguiendo con saña aquí y en el extranjero.
No entramos en el tema de El Rubius y otros compañeros de profesión, pues al asegurar que todos los españoles no somos iguales, queremos tocar la cuestión de los impuestos por otro lado, el que pone en evidencia Gustavo Morales, a saber:
H
¿Somos iguales, o solo parecidos?, Emilio Álvarez Frías
Elecciones: Sánchez, Castro y Gorbachov, Roberto Blanco Valdés ¡Vigilen también a Blancanieves!, Manuel Parra Celaya
Las identidades colectivas existen, Jesús Laínz
En política las verdades de Pinocho ganan votos, Juan Mata Hernández La aposentadora Real, Karina Sainz Borgo
Mil millones de rayos, Arturo Pérez Reverte
La despreciable dictadura encubierta, Niunpasoatrás
«Hay gentes que se marchan de España para pagar menos impuestos y hay otros que se quedan porque hacen leyes para que ellos mismos paguen menos impuestos. Los diputados y los senadores no pagan impuestos por el 40% de su sueldo; las prebendas que perciben los 350 diputados y los 268 senadores en forma de dietas y pa-gos en especie les permite acabar el año con casi la mitad de su sueldo libre de impuestos. Unos privilegios que impiden a las arcas del Estado ingresar un mínimo de 144 millones de euros cada ejercicio. El artículo 17.2b de Ley 35/2006 del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas establece que los diputados quedan exentos de pagar IRPF sobre las cantidades que reciben para “gastos de viaje y desplazamiento” en el ejercicio de su car-go en la Cámara».
Esa bicoca que tienen diputados y senadores no existe para el resto de los mortales, pues si perciben otros importes de las empresas en las que trabajas por parecidos con-ceptos, estos se consideran complemento de sueldo y pasan a formar parte de las «per-cepciones en especie», y por ende en el cómputo sobre el que ha de pagarse IRPF y Seguridad Social. Es decir, según la legislación vigente, para los trabajadores se consi-deran retribución: la monetaria, la más habitual e implica el pago de una determinada cantidad de dinero por parte de la empresa al trabajador por los servicios que éste ha prestado, y en especie la aportación no dineraria pero cuyo valor sí se puede calcular a efectos de determinar el salario total del empleado; es decir, que aunque no sea dine-ro, si supone un beneficio económico para el que la recibe.
¿Por qué los diputados y los senadores gozan del privilegio de no cotizar sobre todas sus percepciones, tanto en IRPF como a la Seguridad Social. ¿Somos o no somos todos iguales, o únicamente parecidos? Como tampoco somos iguales en las percepciones que se devengan por el despido como consecuencia de falta de trabajo, por jubilación, etc. ¿Que no es igual porque los trabajos son distintos? Seguro, el trabajo como diputa-dos y senadores es mucho más descansado que el de un albañil en el andamio, o el de un empresario que tiene que estar machacando continuamente cómo poder mantener a su plantilla, o el investigador que se deja la vida en el laboratorio y ni siquiera tiene garantizado el trabajo por un periodo largo de tiempo, o el
ciru-jano que hace una operación de corazón tras otra, de pulmón, o de bazo… ¿Que es de mayor responsabilidad y se requiere mayor cacumen? Probablemente, pero ello no quiere decir que los que ejercen en esos puestos estén mejor dotados y actúen con la res-ponsabilidad requerida.
Ni siquiera tiene seguro su futuro el artesano alfarero que nos regala con su creatividad un botijo como el que hoy presentamos, pues su trabajo como autónomo no le asegura con precisión
cómo será su acontecer caso de que las piezas que elabora dejen de gustar a los com-pradores, pasen de moda o llegue una pandemia como la que estamos padeciendo en la que, por falta de recursos de los clientes, se venga abajo su negocio.
(La Voz de Galicia)
n 1999 la Universidad de Santiago concedió al presidente de Uruguay, Julio María Sanguinetti, el título de doctor honoris causa. Gracias a la generosidad del departa-mento proponente y del profesor Darío Villanueva, rector de la universidad, me cupo la profunda honra y satisfacción de oficiar como padrino del gran político, periodista, jurista e historiador, en uno de los actos más gratos de mi ya larga carrera universitaria,
Sanguinetti, que es hombre de vastísima cultura y fino sentido del humor, guarda en su prodigiosa memoria un mundo de recuerdos y un sinfín de anécdotas, de las que la que ahora les contaré me permitirá hilar la reflexión de esta columna: en una ocasión, y con-versando de los problemas de Cuba con el dictador que la gobernó durante casi medio siglo, Castro descubrió a Sanguinetti su receta de entonces: «Cuaaando teeengo que soluciooonar un problemaaa, piensooo en lo que haríaaa Gorbachov… y haaago lo con-traaario».
Esa parece ser también la fórmula magistral de Pedro Sánchez para enfrentarse a una campaña electoral: el líder socialista planea lo que hará después de los comicios… y pro-mete lo contrario.
Así actuó durante la campaña para las elec-ciones de noviembre del 2019, tras las que una mayoría camarote (de los hermanos Marx, of course) lo eligió presidente: pro-metió que no formaría gobierno con Podemos (posibilidad que le quitaba el sueño), prome-tió que jamás se apoyaría en los independen-tistas y prometió («¿cuántas veces quieren que lo repita?») que nunca pactaría con EH-Bildu. Y, después de prometer todo eso, hizo, como Castro con las ideas de Gorbachov, justamente lo contrario: anunció al día siguiente de los comicios que formaría un gobier-no progresista (palabra que ya gobier-no vale nada) con Podemos y concertó una mayoría en la que estarían los posterroristas y los secesionistas.
Ahora, y para asombro de cualquiera que no sea un forofo de los engaños en política, ha viajado a Barcelona con motivo de la campaña para esas elecciones catalanas que se celebrarán en medio de una pandemia pavorosa, y, como suele decirse, con dos narices (también cabe subrayarlo de otro modo, impublicable), ha comparado a los secesionistas con Trump, por su ataque (el de los secesionistas) a las instituciones. La comparación es del todo procedente, salvo por el hecho de que Trump intentó dar un golpe de Estado y los secesionistas lo culminaron, y por eso fueron juzgados y condenados por los tribu-nales de justicia.
No es por tanto la comparación lo que lleva a asombro, sino el hecho de que Sánchez ha gobernado hasta ahora y lo seguirá haciendo en el futuro con los secesionistas trumpistas y la certeza de que a eso aspira en Cataluña el licenciado en Filosofía (que no filósofo) que ha enviado allí a competir por la Generalitat. Obtenga Illa el resultado que obtenga, solo podría gobernar con el apoyo de ERC y, en su caso, de los Comunes, y por ello mis-mo proclama Sánchez en campaña… todo lo contrario. A eso se le llama, entre otras co-sas, tener cara.
o puedo decir que la noticia me asombrara en demasía; tampoco que me indig-nara, pues uno ya está curado de espanto, acostumbrado a las necedades que corren por estos pagos. Si la traigo a colación no es por su estupidez que no pasa de la anécdota, sino para reflexionar sobre su calado al elevarla a categoría.
Se trata –ya lo saben– de la implacable censura que aplica Disney a sus clásicos, que deben pasar un nihil obstat o, como en este caso, ser adornados con un mayores con
reparos. Es el caso de Dumbo, Peter Pan, La dama y el vagabundo, Los aristogatos y El
libro de la selva, en los que dicen haber encontrado «estereotipos y contenidos racistas». En consecuencia, han sido retiradas de la parrilla infantil y reservadas para un público adulto, eso sí, con el aviso de que «esos contenidos estaban equivocados antes y lo están
ahora»; la productora se justifica: «En lugar de eliminar este contenido (¡menos mal!), queremos reconocer su impacto dañino (¡toma del frasco!), aprender de él (¡gracias, qué
buenos son!) y generar conversaciones para crear juntos un futuro más inclusivo» (sin comentarios…).
Creo que a esa táctica la llaman contextualizar, es decir, avisar al incauto espectador de la época y las circunstancias en que se filmó la película, poner etiquetas de aviso a toda la cultura heredada, para acomodar así el pasado a su presente, que es lo que se hace aquí con las leyes de memoria histórica y democrática, por ejemplo.
Esta inquisición de baratillo no es nueva ni mucho menos; recordamos que se aplicó no hace mucho a Lo que el viento se llevó y, tanto en EE.UU. como en Gran Bretaña, a mu-chos clásicos del cine, de la literatura y del pensamiento filosófico, tanto en las Univer-sidades como en otros ámbitos menos elevados. En España, queda poco para que la cen-sura de la corrección política se lleve por delante a todos nuestros clásicos, desde El
Can-tar del Mío Cid hasta las novelas de Pérez-Reverte, y, si no, al tiempo… Ya lo dijo Ortega: Las cosas buenas que en el mundo acaecen obtienen en España solo un pálido reflejo. En cambio, las malas repercuten con increíbles eficacia y adquieren entre nosotros mayor intensidad que en parte alguna.
Se trata, en realidad, de revisar fraudulentamente todo el pasado, histórico, artístico, li-terario, filosófico, cinematográfico…, como una estrategia más de esa guerra cultural en contra de una tradición entendida, al modo marxista y gramsciano, como
superestruc-tura, que debe ser batida inexorablemente antes de ocuparse de la estructura: esa ya
está fijada y aceptada por todos, izquier-das y derechas al unísono, según los pla-nes del Nuevo Orden Mundial.
Sabemos que la corrección política nació en las Universidades norteamericanas por influjo del neomarxismo de la Escuela de Frankfurt y se ha extendido, como una pandemia ideológica, por todo el mundo occidental. Ya en los años 70 del pasado siglo se acuñó el término de
microagre-siones para indicar todos aquellos
térmi-nos o expresiones que, aun sin mala in-tención, eran susceptibles de molestar a esas minorías oprimidas que sustituyeron al mundo del trabajo en el imaginario de la nueva izquierda. El resultado en los campus fue una superprotección al estudiante, que buscaba sus espacios seguros en las aulas y fuera de ellas, y actuaba, si convenía, como juez y fiscal de los profesores y de sus compañeros.
El fenómeno se ha propagado sin control (y menos por medio de una acomplejada dere-cha). Psicológicamente, ha provocado una hipersensibilidad por el llamado razonamiento
emocional, que es un verdadero oxímoron, pues confía a los sentimientos y no a la razón
la interpretación de la realidad. El paso siguiente es su prolongación a todos los ámbitos de la sociedad y su aprovechamiento político, con la consiguiente demonización de los
supuestos adversarios de la corrección, enemigos de esa inclusión y, por tanto, reos de
racismo y de cualquier fobia que se antoje.
Desde el punto de vista sociológico, es fácilmente comprobable que las generaciones na-cidas a partir de los años 80, los millenials, han gozado de esta superprotección por parte de los adultos, frente a los presuntos agresores o frente a ellos mismos, educados en esas normas de corrección. El esto me ofende es el único argumento, sin apelación posi-ble, y se puede ofender fácilmente cualquier persona que pertenezca a esos grupos que consideran susceptibles de ser oprimidos o menospreciados.
Esto ha hecho a muchos jóvenes frágiles e incapaces de usar del pensamiento crítico; solo les serán familiares –y asumibles por sí– los mensajes que vengan rodeados de esa aura de corrección política. Dice el profesor Carabante que lo políticamente correcto es
el tóxico que emponzoña el debate cultural.
Mucho ojo, pues, con los cuadros que admiramos, las obras que leemos, las películas que visionamos…; pueden contener mensajes incorrectos, y debemos estar atentos a las oportunas contextualizaciones que nos prevengan del peligro.
Recomendamos a la Disney que ponga bajo vigilancia también a Blancanieves: su nom-bre ya encierra una provocación deleznable para las personas de otro color de piel, y, además, utiliza a seres de estatura inferior a la habitual como comparsas.
(LD)
a más grave enfermedad política que sufre España desde la muerte de Franco es la inflamación identitaria. Para ser exactos, microidentitaria. Cuanto más microi-dentitaria, más progresista. Y cuanto más progresista, más inatacable. Y con el agravante de que la izquierda, en
te-oría internacionalista y ajena a estas cuestiones, se apuntó a la inflama-ción desde que compartió trinchera y exilio con los separatistas vascos y catalanes.
Como reacción contra esta inflama-ción, algunos derechistas –e incluso unos pocos izquierdistas que conser-van un resto de lucidez–, de esos exquisitos que se admiran a sí mis-mos por considerarse eternamente incomprendidos, pontifican que las identidades colectivas son
pernicio-sas. Algunos, los más aguerridos, hasta se lanzan a proclamar que no existen, como si todos fuésemos apátridas.
Pero si no existiesen, inexistente lector, estas líneas no estarían siendo el vínculo que, por unos minutos, va a unirnos a usted y al abajo firmante. Porque, si las identidades colectivas no existen, ni el abajo firmante ni usted hablaríamos la lengua que hablamos, ésa que nos fue impuesta por nuestros padres desde el momento en el que empezaron
a hablarnos mientras nos cambiaban los pañales. ¿O acaso sus liberalísimos progenitores le pidieron su consentimiento para hablarle en la lengua que desde entonces, y hasta el día de su muerte, se convirtió en su lengua materna? ¿O quizá no le dirigieron la palabra hasta que cumplió dieciocho años para que, con la mayoría de edad, eligiese libremente la lengua en la que iba a expresarse? He ahí la primera identidad colectiva que les es impuesta a todos los hijos de Adán: su familia. Y la segunda, su lengua y, por lo tanto, la porción de la Humanidad con la que se va a comunicar en ella. Y junto a la familiar y la lingüística, un montón de identidades colectivas concéntricas, yuxtapuestas y acumu-ladas: unas costumbres, una estirpe, una tradición cultural, una tradición artística, una tradición religiosa, una tradición moral, una tradición jurídica, una tradición histórica… una tradición nacional, en suma. Porque eso es lo que quiere decir tradición: transmisión, entrega, paso de una cosa de unas manos a otras. Y en eso consisten, exquisitos desa-rraigados, las inexistentes identidades colectivas. Porque el mundo no vuelve a comenzar de cero cada vez que nace un bebé.
Pero ahí siguen, erre que erre, esos ciegos ilustrados empeñados en convencerse, y en convencer a los demás, de que entre los individuos y su común pertenencia al género humano no hay escalones intermedios. Y en eso consiste toda su crítica a los separatis-mos vasco y catalán. Por eso nunca han podido ni podrán hacerles el menor rasguño en su acorazada superficie.
Porque si la crítica a los separatismos se hace por defender una identidad colectiva, sa-cando de ello la conclusión de que toda identidad colectiva es perniciosa, se estará ha-ciendo un diagnóstico erróneo de la enfermedad, por lo que lo único que logrará su trata-miento será debilitar aún más el organismo del enfermo, en este caso España.
A los separatismos vasco y catalán no hay que criticarlos por ser identi-tarios, sino por ser falsamente iden-titarios y, por lo tanto, los peores enemigos de la verdadera identidad vasca y catalana. Ya lo sentenció hace un siglo el guipuzcoano Pío Ba-roja, que sabía muy bien de lo que hablaba: «Para un verdadero vas-congado, el bizkaitarrismo es una farsa». La pretendida existencia de las naciones catalana y vasca como comunidades humanas ajenas y hostiles a España es insostenible se mire por donde se mire. No es otra cosa que la construcción de sentimientos falsificados mediante mentiras de una necedad que aturde y una campaña sistemática de incitación al odio que, en cualquier país menos acomplejado que el nuestro, habría pasado sin duda hace ya décadas por los tribunales. Y sin haber tenido que esperar a un golpe de Estado. Además, para atacar a las identidades colectivas falsas, clónicas, totalitarias y agresivas, esos ilustradísimos apátridas se ríen hasta de las verdaderas; y abominan de las patrias (Fernando Savater tituló uno de sus libros Contra las patrias) hasta el punto de consi-derarlas caspa paleolítica. E incluso emplean sus preclaras neuronas en escribir pedan-terías contra cualquier cosa que tenga que ver con el patriotismo.
Dirigente derechista ha habido, y no de los más lerdos, que llegó a afirmar que España no es más que un espacio de derechos. Como si lo que nos hace españoles fuera sola-mente la sujeción a las leyes españolas y no una herencia cultural milenaria. Cualquier
cosa que vaya más allá de la defensa de la ciudadanía española como aséptica condición jurídica es peligrosa, pues implicaría adentrarse en los malolientes terrenos de la patria. Y el patriotismo sólo es aceptable –y a regañadientes– con la condición de que vaya acompañado del atenuador adjetivo, también proveniente del vocabulario jurídico, cons-titucional. Lo que, dicho sea de paso, es el equivalente derechista del izquierdosepara-tista Estado español para no decir España, esa nación a la que hay que privar de la con-dición de tal para reducirla a mera cáscara jurídica. De ahí no debe pasar.
Pero este humilde juntaletras, harto de clamar en el desierto durante muchos años, re-frena aquí su pluma y le cede el sitio al egregio Joseph Conrad, que juntó letras infinitamente mejor:
El patriotismo es un sentimiento desacreditado debido a que la delicadeza de nuestros humanitaristas lo ve como una reliquia de la barbarie. Hace falta cierta grandeza de alma para juzgar al patriotismo como merece; o bien una sinceridad de sentimientos que le está negada al vulgar refinamiento del pensamiento moderno, incapaz de entender la augusta sencillez de un sentimiento que procede de la naturaleza misma de las cosas y de los hombres.
(Tradición viva)
oda la información que nos abochorna sobre las verdades inconfesables de nues-tros políticos está en algún grado contaminada por la duda, y cualquiera que ignore o margine este hecho estará muy equivocado.
La verdad es, sin duda, una de las exigencias éticas fundamentales para la convivencia humana. Un político, por el simple hecho de serlo, tiene el deber inexcusable de ser ve-raz, tanto en el pensar, como en el hablar o el obrar. Y tal parece que no lo son, aunque no siempre seamos conscientes de ello, pues no observamos que les crezca la nariz como
a Pinocho.
La verdad política puede anunciarnos victoria, vida, bienestar, respecto al ene-migo, la pandemia o la inseguridad, pero también, puede advertir de la derrota, la muerte o el sufrimiento. Un político de talla, como lo fue Churchill durante la II Gran Guerra, tuvo aquellas palabras de «sangre, sudor y lágrimas» con las que enardeció y unió a su pueblo frente a la adversidad. Otro que no lo fuera, men-tiría sobre la evolución de la pandemia del COVID-19, sus méritos académicos, los compañeros de viaje que apoyarían su gobierno, y todo lo que le conviniera para mantener su poltrona. No importa si de paso se divide, fractura, y rompe una convivencia o pudiera traer después aquella sangre, sudor y lágrimas, de la que hablaba el político británico.
Claro que siempre nos podría decir que sus verdades eran subjetivas y, realmente ten-dría razón, pues la mentira, debilidad o virtud según se mire, siempre es subjetiva. Pero nosotros, los ciudadanos de a pie, entendemos que la palabra verdad equivale a
ridad, porque la política, aunque cada vez se parezca más al espectáculo, no es una obra de teatro donde ya sabemos que cuando el galán le dice a la chica «te amo», esa frase suele ser mentira, pues terminada la función, olvidará su compromiso.
Estoy convencido que llevo a su memoria situaciones, en las que un político muy conocido, afirmaba que no podría dormir si tenía cerca de su gobierno a otro político también bastante conocido. ¿Era verdad lo que afirmaba? Estoy casi convencido de que lo era para sus intereses inmediatos. Cada cual tiene su verdad subjetiva, y la expresa con sinceridad o engañando, por-que a sus efectos, lo mismo da. Pero a no-sotros nos interesa otro tipo de verdad y otro tipo de políticos. Dirigir al país hacia la unión y el desarrollo, exige gobernar con verdades objetivas, las que apelan a la razón más que al corazón. Aunque, desgra-ciadamente, nuestros sentimientos suelen ser ciegos a la verdad objetiva y los políticos lo saben muy bien. Sirva de ejemplo el recuerdo de cómo Hitler entusiasmaba a las ma-sas, para lograr el apoyo mayoritario a sus tesis; o aquel predicador, Jim Jones, que pro-pició el suicidio de sus correligionarios, el Templo del Pueblo, en la Guyana. Sin duda, eran ambos mucho más eficaces excitando los sentimientos, que quienes pretendían per-suadirlos de lo perverso de sus ideas apelando a la razón.
Ahora bien, es evidente que con las valoraciones subjetivas de ese tipo de líderes que invocan sentimientos, no siempre se alcanzarán buenos objetivos, salvo para quienes los impulsan. Un terrorista miliciano de los que quemaban iglesias también se movería por sentimientos y, en algún caso, estaría dispuesto a morir por ellos anteponiendo su verdad a la propia vida y a la ajena. Uno de aquellos mártires cristianos, que padecieron la muerte en nuestra guerra civil sólo por «ser de iglesia», defendería una verdad dife-rente a la del miliciano suicida, pero ni el mártir convencerá al terrorista, ni éste a aquel, por muy heroicos que sean ambos en sus interpretaciones de la verdad. Claro que en al-go coinciden ambos, pues ninguno pretende engañar al otro.
El negador lógico, que tanto utilizan los políticos en campaña y fuera de ella, lo define el doctor López Quintás como la mentira del que afirma a sabiendas lo que no piensa, ni está dispuesto a hacer lo que dice o promete. Ya he referido alguna vez el entusiasmo con el que vivo la experiencia de guía de grupos en el Museo Geominero de Madrid, pues bien allí, al hablar sobre la evolución del homínido al homo sapiens, explico que el eslabón que nos distingue de un modo categórico y que no parece un fruto más de la evolución, es precisamente la libertad que tenemos los seres humanos de mentir a conciencia, es decir, de utilizar ese negador lógico, pues ningún otro ser vivo parece tener la capacidad de falsear la verdad ante sus congéneres, no al menos conscientemente. Curiosamente, sin embargo, es esa libertad la que nos convierte en persona y de la que brotan: digni-dad, bajeza, nobleza… en función de un tipo de actos que se corresponde con la natu-raleza humana.
En este momento tan especial, al hilo de la Pandemia y las elecciones catalanas, nos for-mulamos la pregunta: «¿Qué pasa con nuestros políticos?», queremos saber la verdad. No nos referimos en concreto a si Rajoy conocía esa pretendida «caja B» del PP, que argumentó la moción de censura de Sánchez, sino al negador lógico que antes pasó de puntillas sobre el escándalo del PSOE con los ERE de Andalucía o pretende marginar los
escándalos de Podemos en asuntos como «el Dina Bousselham», «el Neurona» o el de «la niñera pagada por otros para los Iglesias». Digo sólo eso, porque realmente me inte-resa lo substancial y porque, desgraciadamente, temo que todas van a ser preguntas sin respuesta.
Y a buen seguro, si alguien responde, tengan por cierto que estarán dispuestos a optar por la que les convenga en función de sus circunstancias. Utilizaran de nuevo el negador lógico porque «Se trata de no perder el poder». Así que bien pueden convertir su verdad subjetiva en una Ley orgánica, como pretenden hacer para controlar el poder judicial. Porque últimamente, en el juego de la política, sobreviven solamente los Pinochos. ¿Qué podemos hacer nosotros? Pues miren ustedes, probablemente la mayoría, esa opi-nión que impulsa la democracia, nos diga que no quieren saberlo, porque entre tanto Pi-nocho, se muestra incapaz de contestar a esa pregunta y, hasta es posible, que hagan suya la verdad subjetiva de sus líderes. Es un juego y aquí no vale aquello de que lo importante es participar, porque todos queremos ganar.
Si le consuela medite la frase de Friedrich Schiller cuando dice que: «El hombre sólo
jue-ga cuando es hombre en el pleno sentido de la palabra, y sólo es plenamente hombre cuando juega». Así que, ganemos o perdamos, juguemos todos porque así es el Juego
de la Vida.
(Vozpópuli)
rene Montero, la ministra de Igualdad del Gobierno de coalición que su marido vice-preside, examina la lista de nodrizas e institutrices, ¡qué digo!, pasa revista a las notas de su agenda: confirma la reunión con la plataforma Expropia a tu vecino rico
que tiene dos casas; corrige la hora para la firma del manifiesto Las gónadas no son de nadie y así completa una relación de
los temas pendientes, hasta que se da cuenta, ¡oh por Dios!, de que María Teresa (Arévalo Carvallo) tiene el día libre. «¡¿Quién cuidará a los niños?!», exclama. Cuántas amargas escenas de conciliación progresista de este tipo habrán sido necesarias para que fuese posible su lucha contra el heteropatri-arcado.
Esta semana, la abogada de Podemos Mónica Carmona envió un informe al
juez del «caso Neurona». En esas páginas explicaba al letrado de qué manera el vice-presidente segundo, Pablo Iglesias, y su mujer, la ministra de Igualdad han empleado como niñera a la exparlamentaria de su formación María Teresa Arévalo Carvallo. El asunto salta a la vista por el año y las circunstancias en las que ocurrió: la que fuera diputada de Podemos por Albacete entre 2016 y 2019 no consiguió renovar el escaño en el Parlamento. Mientras se recuperaba del varapalo electoral, Arévalo aprovechó para hacerse cargo de algunos «asuntos domésticos» del partido.
Antes de volver a la cosa pública, Arévalo Carvallo fue nombrada responsable de la Se-cretaría de Políticas de Cuidados (¿eufemismo, provocación o ironía?), un cargo que le permitió entrar en la Ejecutiva de Podemos y que comenzó a desempeñar junto a sus labores como canguro del más pequeño de los tres hijos de la pareja Iglesias Montero: una niña que había nacido justo en agosto de ese 2019, el año de las elecciones en que Podemos había perdido siete escaños, hasta quedarse con apenas 35. Lo que comenzó primero como parte de un acuerdo privado, lo compatibilizó con sus demás emolu-mentos, incluido el que recibía por su posterior nombramiento como adjunta al gabinete del Ministerio del Igualdad. Al menos así figura en el contenido del documento presentado por Carmona.
En la formación morada hay una política de los afectos, una endogamia de alcoba en la gestión de su poder. Acostumbrado a las lealtades, Iglesias confunde el ejercicio polí-tico con sus relaciones sentimentales y per-sonales. Tania Sánchez fue la madrina de Podemos y pareja de Iglesias cuando él sal-tó a la palestra. En plena purga de los disi-dentes del tercer Vistalegre, Iglesias recu-rrió a Irene Montero, que de novia pasó a ser la madre oficial de la familia. Se mudaron de Vallecas a La Navata, esa especie de corte de Escocia en Galapagar desde donde Iglesias y Montero despachan agenda y alco-ba, como si en lugar de un partido, dirigieran un reino. Su relación con las personas es ancilar, y estos casos lo confirman.
Velázquez amasó más poder y dinero como Aposentador Real que como pintor de Cáma-ra de Felipe IV. Sus cargos administCáma-rativos le concedían el influjo y libertad necesarias para despachar a su antojo determinados asuntos que a otros cortesanos les hubiese resultado más complicado resolver. España aún era potencia hegemónica de Europa y el absolutismo, el orden político alrededor del cual se organizaba todo. Algo en el compor-tamiento de Irene Montero trae un eco de aquel mundo en el que el Estado se fundía con el cortinaje de la corte y las creencias o necesidades particulares acaban convertidas en edictos o verdades oficiales. El asunto es que no estamos en el siglo XVI, ni Pablo Iglesias ni su mujer provienen de la corte de los Austrias ni María Teresa Arévalo aspira, ni mucho menos, a pintar Las Meninas. Y sin embargo, todo esto huele a absolutismo.
(XLsemanal)
caba de cumplir 80 años fiel a sí mismo y leal a sus amigos, que es más de lo que podría decirse de muchos de nosotros. El 9 de enero de 1941, a bordo del buque
Karaboudjan, el capitán Haddock entró en la vida del reportero Tintín y en la de
sus lectores, exactamente en la página 14, novena viñeta, de El cangrejo de las pinzas
de oro. Dos décadas más tarde lo hizo en la mía, y ahí permanece tras haber influido
mucho en ella, pues Haddock fue uno de mis primeros grandes compañeros de infancia y lecturas. Él me impulsó a echarme al hombro una mochila para salir luego a buscarlo en la vida real; y como escribí hace tiempo, tuve la fortuna de encontrarlo y reconocerlo en muchas ocasiones, «cada vez que alguien estuvo junto a mí, hombro con hombro,
cuando un avión Mosquito del Jemed viraba sobre la popa de un sambuk para ame-trallarnos en el Mar Rojo».
Siempre deseé envejecer junto a él cuando al fin todo terminase, recordando peripecias, conversando sobre viejos enemigos que, con el tiempo y la costumbre, llegan a ser tan entrañables como los amigos. Y casi lo he conseguido, mil millones de rayos. Muchas tardes me siento con Haddock en la biblioteca, le sirvo un whisky Loch Lomond, y envuel-tos en el humo de su pipa acariciamos el lomo de tela de las veintitrés antiguas ediciones antes de abrir juntos una u otra, al azar, recordando: Allan, Muller, el coronel Sponz, el millonario Rastapopoulos y tantos otros. Para cada uno tiene el veterano capitán un ges-to de memoria, una palabra adecuada: filibustero, ecges-toplasma, bachibuzuk, coloquinges-to, zuavo, mequetrefe, especie de logaritmo, rocambole, giróscopo, fátima de baratillo, nic-tálope, megaciclo, pirómano… El insulto como una de las bellas artes. También los ami-gos desfilan por el álbum de la memoria: Tornasol, Abdallah, Oliveira da Figueira, Ches-ter, Zorrino, Serafín Latón, Piotr Pst («ametrallador con babero») y todos los demás. Y Tintín, claro, siempre inmutable, virginal en su papel de boy scout frío y cerebral, de una sola pieza, a diferencia de la humanidad torrencial del viejo marino barbudo que, él sí, evoluciona, crece, muestra el desgarro humano, los errores, las sombras y los destellos de luz, con la contradictoria grandeza de un personaje de Shakespeare. Se equivocan mucho quienes conside-ran al capitán Haddock simple persona-je cómico de las historias tintinescas. No tienen ni remota idea. A la altura respecto a Tintín de un Long John Sil-ver, un Elzevir de Moonfleet o un Fals-taff, dos momentos de su biografía bas-tan para consagrarlo en lo que a lealtad y heroísmo se refiere. Uno es cuando en el Tíbet, colgando de una cuerda a punto de arrastrar a Tintín al abismo, se dispone a cortarla para caer solo y, sacrificándose, salvar la vida de su ami-go. Otro, cuando actuando como un experimentado marino dirige tenaz, desde el puente del Ramona, las maniobras evasivas para escapar a los torpedos de un submarino pirata en el Mar Rojo y salvar a los hombres indefensos que están a bordo («Nosotros no
zua-vos, nosotros buenos negros que ir a La Meca»). Esos dos momentos de heroísmo
enter-necedor, coraje y pericia marinera, bastan para situarlo entre los grandes héroes de la aventura.
Conozco al capitán Haddock tan bien como a mí mismo, o más. Hasta en sus intimidades penetro. Estoy al tanto de que, aunque moderó su afición al whisky –veintiún borracheras en quince aventuras–, la cirrosis le ronda el hígado; y que todo el tabaco fumado –quince veces se quema la barba o los dedos al encender la pipa– dejó huella en sus pulmones. Sé también que no visitó más que tres veces a un médico y sólo se vio hospitalizado en dos ocasiones, y que alardea de ello; pero también sé que sufrió ciento nueve golpes diversos en la cabeza y perdió el conocimiento trece veces. Eso, claro, sin contar los efectos de la gravedad y falta de ella durante los viajes a la luna. También estoy al corriente de que, por mucho que reniegue de Bianca Castafiore, el ruiseñor milanés es el verdadero amor de su vida, como queda de manifiesto en Tintín y los Pícaros, donde se la juega para ir a salvarla; y que, pese a sus gruñidos y reniegos, Haddock se derrite
cuando ella lo llama Karbock o Harrock («Harrock’n Roll, señora»). Y que todo lo suyo empezó, como gracias a una indiscreción de Tornasol desveló oportunamente París Flash, un día en Gante, entre las flores.
Por todo eso y por otras cosas que no caben en esta página, celebro el 80 cumpleaños de Archibald Haddock, capitán de la marina mercante más cierto y real que muchos de los seres humanos que conozco. Y mientras escribo esto, caigo en la cuenta de que el viejo marino sólo es diez años mayor que yo. Entonces pienso en el Tintín que tal vez fui y en el Haddock que tal vez soy, y sonrío.
Es que el gobierno desconoce lo que es la transparencia? Recordemos que la recla-maban estando en la oposición, pero ahora la esconden siempre que pueden. Pare-ce que fue ayer cuando Iglesias alardeaba de que ellos no actuarían sin luz ni taquígrafos. Moncloa esconde todas «orgías» con el Falcon, viajes a fiestas familiares, bodas de cuñados, conciertos... Aquello que Sánchez llamaba abusos en tiempos de Ra-joy y Sáenz de Santamaría, ahora son secretos de Estado.
El Consejo de Transparencia y Buen Gobierno es un organismo público y tiene un carácter independiente, pero, eso no lo admite un embriagado narcisista como Sánchez. El control no quiere ni verlo. Él está por encima del bien y del mal, cuando sólo es la desfachatez pueden pedirle explicaciones, porque ya no están.
Este Consejo está harto de pedir al Gobierno que responda de su gestión de la pandemia y de decenas de abusos del presidente, empleando dinero público en provecho propio. Al «Guapísimo» de Moncloa le toca ciertas partes que el Consejo de Transparencia le quiera controlar. Por cierto, en estos días se está juzgando a la expresidenta madri-leña, Cristina Cifuentes, ¿el actual presidente del Gobierno deberá responder algún día en los tribu-nales por su tesis plagiada y el montaje del tribunal de amiguetes para juzgarla?
¡Ah!, pero ya han nombrado a un correligionario como Presidente del Consejo de Trans-parencia «ad hoc», se llama José Luis Rodríguez Álvarez; es decir, que se acabó la transparencia y buen gobierno, por los siglos de los siglos. Vamos, algo así como José Félix Tezanos en el CIS.
Las dos facciones del actual Gobierno, que no dejan de escupirse a la cara, desconocen qué es eso de «buen gobierno», de hecho, tras Rodríguez Zapatero pensábamos que era imposible un gobierno peor; ahora comprobamos que sí ha sido posible. Y lo ha sido en el peor momento, contando además, con la mayor cantidad de ministros y vicepresiden-tes inservibles e improductivos.
A partir de ahora, el narcisista y empalagoso Pedro Sánchez se va a ver liberado del control. El Falcon se convertirá en un avispero enrarecido de idas y venidas, fiestas y festines a cascoporro y los palacetes veraniegos a reventar de amiguetes con sus familias (todo DE GRATIS). Por suerte, los medios no «cagaítos» seguirán sacando a la luz la mucha oscuridad que ya acumula el Gobierno Sánchez-Iglesias.
Tenemos dos dictadores al frente del Gobierno. Ninguno de ellos admite que se les con-trole en nada. No son demócratas, sim-plemente son izquierdistas; es decir, antagónicos con la transparencia, la de-mocracia y la dignidad política. A estas alturas de la película, casi nadie duda que la pandemia es el propio Gobierno: todos con el bozal de la obediencia y enfrente el Ejecutivo más negligente, inepto y mentiroso de la Historia de Es-paña. ¿Acaso piensa alguien que a este gobierno le interesan los 82.000 falle-cidos que ya se contabilizan?
El totalitarismo necesita de una ciudadanía con bozal, doblegada, amenazada, sumisa, pastueña y borreguil, al estilo de la española. «Cuando un idiota llega al poder, quienes lo eligieron están bien representados». Ellos lo llaman «Gobierno progresista», los demás lo denominamos «despreciable dictadura encubierta».