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Los Santos de cada día

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Academic year: 2021

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JESÚS ÁLVAREZ MAESTRO

LOS SANTOS DE CADA DÍA

AÑO CRISTIANO AGUSTINIANO

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ÍNDICE DEL SANTORAL AGUSTINIANO

PRÓLOGO...12

El Dios tres veces santo...12

Bienaventurados...14

El culto a los santos...16

Los Santos de cada día...17

INTRODUCCIÓN...19

CELEBRACIONES DE FIESTAS Y TIEMPOS MOVIBLES...19

El domingo...20

Adviento...21

La Sagrada Familia...23

El bautismo del Señor...24

La Cuaresma...25

Miércoles de Ceniza...27

La Semana Santa...28

Domingo de Resurrección...30

La Ascensión del Señor...30

Fiesta de Pentecostés...31

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote...32

Fiesta de la Santísima Trinidad...33

Fiesta de Corpus Christi...34

Sagrado Corazón de Jesús...35

Inmaculado Corazón de María...36

Jesucristo Rey del Universo...36

JORNADAS...37

La Infancia Misionera...38

Día del Ayuno voluntario...38

Jornada Mundial del Enfermo...39

Día de Hispanoamérica...39

Día del Seminario y colecta...39

Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales...40

Jornada del Clero nativo...40

Jornada Mundial de Oración por las vocaciones...40

Jornada «Pro Orantibus»...40

Colecta del Óbolo de San Pedro...41

Jornada de responsabilidad del Tráfico...41

Jornada Mundial de las Migraciones...41

(4)

Día Mundial de la Propagación de la Fe (DOMUND)...42

Tiempos y días penitenciales...42

DEVOCIONES...43

Devociones a la Virgen María...43

Devoción a los santos...44

MES DE ENERO...47 Día 1...47 Día 2...48 Día 3...49 Día 4...49 Día 5...50 Día 6...51 Día 7...52 Día 8...53 Día 9...53 Día 10...54 Día 11...55 Día 12...55 Día 13...56 Día 14...57 Día 15...57 Día 16...58 Día 17...59 Día 18...60 Día 19...61 Día 20...62 Día 21...62 Día 22...63 Día 23...64 Día 24...65 Día 25...65 Día 26...66 Día 27...67 Día 28...67 Día 29...68 Día 30...69 Día 31...69 MES DE FEBRERO...71 Día 1...71 Día 2...71 Día 3...73 Día 4...74 Día 5...74 Día 6...75

(5)

Día 7...75 Día 8...76 Día 9...77 Día 10...78 Día 11...78 Día 12...79 Día 13...80 Día 14...81 Día 15...81 Día 16...82 Día 17...83 Día 18...83 Día 19...84 Día 20...85 Día 21...85 Día 22...86 Día 23...87 Día 24...87 Día 25...88 Día 26...88 Día 27...89 Día 28...89

Día 29 (Año bisiesto)...90

MES DE MARZO...91 Día 1...91 Día 2...91 Día 3...92 Día 4...93 Día 5...93 Día 6...94 Día 7...94 Día 8...95 Día 9...96 Día 10...96 Día 11...97 Día 12...98 Día 13...98 Día 14...99 Día 15...99 Día 16...100 Día 17...100 Día 18...101 Día 19...102 Día 20...103

(6)

Día 22...105 Día 23...105 Día 24...106 Día 25...107 Día 26...108 Día 27...108 Día 28...109 Día 29...109 Día 30...110 Día 31...110 MES DE ABRIL...111 Día 1...111 Día 2...112 Día 3...113 Día 4...113 Día 5...114 Día 6...115 Día 7...116 Día 8...116 Día 9...117 Día 10...118 Día 11...118 Día 12...119 Día 13...119 Día 14...120 Día 15...121 Día 16...121 Día 17...122 Día 18...122 Día 19...123 Día 20...124 Día 21...124 Día 22...125 Día 23...125 Día 24...127 Día 25...128 Día 26...129 Día 27...130 Día 28...131 Día 29...132 Día 30...132 MES DE MAYO...134 Día 1...134 Día 2...135

(7)

Día 3...135 Día 4...136 Día 5...137 Día 6...138 Día 7...139 Día 8...140 Día 9...141 Día 10...141 Día 11...142 Día 12...143 Día 13...144 Día 14...145 Día 15...145 Día 16...146 Día 17...148 Día 18...148 Día 19...149 Día 20...150 Día 21...151 Día 22...152 Día 23...153 Día 24...153 Día 25...154 Día 26...155 Día 27...156 Día 28...156 Día 29...157 Día 30...157 Día 31...158 MES DE JUNIO...160 Día 1...160 Día 2...161 Día 3...162 Día 4...163 Día 5...164 Día 6...165 Día 7...166 Día 8...167 Día 9...168 Día 10...168 Día 11...170 Día 12...171 Día 13...172 Día 14...173

(8)

Día 16...175 Día 17...176 Día 18...177 Día 19...177 Día 20...179 Día 21...179 Día 22...180 Día 23...182 Día 24...183 Día 25...184 Día 26...185 Día 27...186 Día 28...187 Día 29...188 Día 30...189 MES DE JULIO...191 Día 1...191 Día 2...192 Día 3...193 Día 4...194 Día 5...196 Día 6...197 Día 7...198 Día 8...199 Día 9...200 Día 10...201 Día 11...202 Día 12...203 Día 13...203 Día 14...205 Día 15...206 Día 16...207 Día 17...208 Día 18...209 Día 19...210 Día 20...211 Día 21...212 Día 22...212 Día 23...213 Día 24...214 Día 25...216 Día 26...217 Día 27...218 Día 28...219

(9)

Día 30...221 Día 31...222 MES DE AGOSTO...224 Día 1...224 Día 2...225 Día 3...226 Día 4...227 Día 5...227 Día 6...228 Día 7...229 Día 8...230 Día 9...231 Día 10...232 Día 11...233 Día 12...234 Día 13...235 Día 14...236 Día 15...236 Día 16...238 Día 17...238 Día 18...240 Día 19...241 Día 20...242 Día 21...243 Día 22...244 Día 23...245 Día 24...246 Día 25...247 Día 26...248 Día 27...249 Día 28...250 Día 29...251 Día 30...252 Día 31...253 MES DE SEPTIEMBRE...255 Día 1...255 Día 2...256 Día 3...256 Día 4...257 Día 5...259 Día 6...260 Día 7...261 Día 8...261 Día 9...263

(10)

Día 10...264 Día 11...266 Día 12...267 Día 13...268 Día 14...269 Día 15...271 Día 16...272 Día 17...273 Día 18...274 Día 19...275 Día 20...276 Día 21...277 Día 22...278 Día 23...278 Día 24...279 Día 25...280 Día 26...281 Día 27...282 Día 28...282 Día 29...284 Día 30...285 MES DE OCTUBRE...286 Día 1...286 Día 2...287 Día 3...287 Día 4...288 Día 5...289 Día 6...290 Día 7...290 Día 8...291 Día 9...292 Día 10...293 Día 11...294 Día 12...294 Día 13...296 Día 14...296 Día 15...297 Día 16...298 Día 17...299 Día 18...300 Día 19...301 Día 20...301 Día 21...302 Día 22...303

(11)

Día 24...304 Día 25...305 Día 26...306 Día 27...306 Día 28...307 Día 29...307 Día 30...308 Día 31...309 MES DE NOVIEMBRE...310 Día 1...310 Día 2...311 Día 3...311 Día 4...312 Día 5...313 Día 6...314 Día 7...315 Día 8...316 Día 9...316 Día 10...318 Día 11...318 Día 12...319 Día 13...320 Día 14...321 Día 15...322 Día 16...323 Día 17...323 Día 18...324 Día 19...325 Día 20...326 Día 21...326 Día 22...327 Día 23...328 Día 24...328 Día 25...329 Día 26...330 Día 27...331 Día 28...332 Día 29...333 Día 30...333 MES DE DICIEMBRE...335 Día 1...335 Día 2...336 Día 3...336 Día 4...337

(12)

Día 5...338 Día 6...339 Día 7...339 Día 8...340 Día 9...341 Día 10...342 Día 11...343 Día 12...344 Día 13...345 Día 14...345 Día 15...346 Día 16...347 Día 17...347 Día 18...348 Día 19...348 Día 20...349 Día 21...350 Día 22...351 Día 23...351 Día 24...352 Día 25...352 Día 26...353 Día 27...354 Día 28...354 Día 29...355 Día 30...356 Día 31...356 NOTA...358

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PRÓLOGO

La Constitución sobre la Sagrada Liturgia del concilio Vaticano II nos ha recordado que la Iglesia se realiza en la celebración de los sacramentos salvadores. Por medio de ellos conmemoramos y nos hacemos partícipes de la salvación ofrecida por nuestro Señor. En la eucaristía, especialmente, hacemos una historia de salvación viviendo los misterios de Cristo desde la encarnación hasta su ascensión al cielo, recibiendo de ellos la gracia y fortaleza de nuestra esperanza. Jesucristo habla y obra, sigue operando la salvación, nutre nuestra fe, alienta la esperanza y alimenta nuestro amor. El Calendario cristiano ordena las fiestas de los misterios cristianos contribuyendo a que los fieles manifiesten a la vez a los demás la naturaleza de la verdadera Iglesia.

La Iglesia celebra también los natalicios de los santos, especialmente a la bienaventurada Virgen María, nos los propone como ejemplos de vida y nos exhorta a elevar con ellos nuestra oración a Dios. Son ellos los más evidentes testimonios de la salvación realizada por Cristo. En la liturgia de la tierra celebramos con estos hermanos nuestros la salvación del Resucitado y anticipamos la fiesta eterna de la liturgia celeste. Ellos cantan la alabanza perfecta a Dios e interceden por nosotros. En ellos ha triunfado ya Cristo y con su ayuda confiamos obtener la misma corona de gloria. EL DIOS TRES VECES SANTO

Tenemos que reconocer con humildad que los santos en vida nos asustan un poco. Nos cuesta renunciar a muchas cosas superfluas o malas, nos duele el sacrificio que comporta la práctica de la virtud y el hacer el bien a los demás renunciando al nuestro. El santo nos da siempre en el rostro cuando lo tenemos a nuestro lado. La presencia de estos hombres termina siendo molesta. Sin duda se refiere a esto Bernanos cuando escribe en las primeras páginas del «Diario de un cura de aldea»: Dios nos guarde

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Sin embargo, los santos suelen ser hombres humildes y amables. Es propio de todos reconocer sus limitaciones y pecados. Cuanta bondad pueda haber en sus obras la atribuyen a Dios. No ocultan sus defectos. Algún conocimiento de esto debió de tener Ramón de Valle-Inclán cuando se decidió a escribir que lo mejor de la santidad son las tentaciones. Los vio débiles y sumidos en las penurias de su carne y de su sangre como el resto de los mortales. Sólo Dios es totalmente santo. A los santos de la tierra les basta el ejercicio de algunas virtudes en las que demuestren la fuerza de Dios, que hace en ellos maravillas con su gracia. Al final, dice San Agustín, no son santos sino los que tuvieron amor. Y hasta no es extraño que se encuentren entre ellos algunos que no conocieron a Cristo y le dirán: Pero, ¿cuándo te vimos desnudo o en la cárcel...? (Mt 25, 38-40).

Cuando los Setenta tradujeron el término hebreo Qadosh, santo, referido a Dios tuvieron que escribir agios, que no se usaba en la literatura griega ni para los hombres ni para los dioses. Unicamente Dios es agios. Santo es también el lugar donde están Yahveh, las personas y las cosas que tienen relación especial con él: La tierra, la ciudad de Jerusalén, el templo, el lugar del templo y sus recintos, los vasos y utensilios del culto, los ministros, los sacrificios. Se adquiere esta santidad por cierta asociación con Dios, santo por sí mismo con santidad infinita y fuente de la santidad. Es la santidad el atributo que le hace más distinto de todas las criaturas. La comunión con el Santo exige que las criaturas sean como él porque yo soy

santo (Lev 11, 44; 19, 2).

Más importante que esta santidad por asociación es la santidad por amor y que en Cristo terminó en la cruz. El autor de la carta a los hebreos afirma que Jesús fue crucificado fuera de la puerta, extramuros, exiliado y murió como pecador para que seamos santos poniéndonos en comunión personal con Dios (Hebr. 13, 12; 12, 2). Ahora nos hace santos el Santo de

Dios (Me 1, 24; Le 4, 34; Hech 3, 14). El sentido en estos textos es

trinitario. Santos o agioi son todos los miembros de las iglesias a las que escribe San Pablo. Son santos porque Dios nos ha dado su santidad y amor en Cristo con el Espíritu Santo santificador.

Nuestro cuerpo es también santo. Podemos mimarlo, idolatrarlo o mirarlo con desdén y vergüenza, utilizarlo como instrumento material de trabajo o para obtener poder, dedicarlo a los placeres propios de la animalidad y para los vicios o con el respeto que merece todo lo santo, por ser el templo de Dios en el que él habita (I Cor. 6, 15 ss.). Esta santidad requiere otra superior, de orden moral, que la perfecciona y ennoblece.

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Eres miembro del cuerpo místico de Cristo y estás obligado a una santidad personal y de carácter social y solidaria, unido a los demás miembros de ese cuerpo.

BIENAVENTURADOS

Son verdaderamente bienaventurados los santos del cielo, los que llegaron a Dios y poseen ya la felicidad eterna. Pero Jesús llamó así a hombres de carne y hueso que pisan tierra todavía. Son sus seguidores, los más cercanos a él, aquellos que merecen de verdad el nombre de cristianos. Otros traducen dichosos, felices, amados de Dios. A primera vista estas frases del capítulo quinto de San Mateo parecen la exclamación de un deseo. Esto puede damos la impresión de que se trata de unos ideales hermosos, pero irrealizables, maravillosos, pero utópicos. Son exclamaciones que se encuentran también en los Vedas y en el Talmud, usadas por los rabinos de Israel. Cuando en las religiones del Oriente se quiere exponer una doctrina de ética natural o una exigencia religiosa la expresan en forma de exclamación. Según esto, usando Jesús el lenguaje de su tiempo, nos ha expuesto en este sermón, pronunciado en una colina de Cafarnaúm, el programa de sus seguidores. Así lo entendió ya San Agustín que llama a las bienaventuranzas preceptos evangélicos.

La primera santificación se produce en el hombre con la regeneración bautismal. Con ella dejas de ser profano o impuro. Quedas dedicado y consagrado a Dios. Su gracia te hace santo. Las exhortaciones de las cartas paulinas van dirigidas a estos santos, que tienen que crecer en santidad más y más siendo cada día más cercanos seguidores de Cristo. Hay, pues, una santificación inicial y otra progresiva. La fe, esperanza, caridad y las demás virtudes infundidas en el bautismo son operantes y se desarrollan en el contacto con Cristo y en el servicio a los hermanos. Mirando a Jesús siempre podemos ser más perfectos, mejores cristianos. El orden de la santificación comienza con la conversión, continúa en progresión indefinida y termina en glorificación. En este proceso existe una continuidad y crisis, con elementos divinos y humanos. De todos los hombres dice San José María Escrivá de Balaguer: Hay un algo santo,

divino, escondido en las situaciones más difíciles. El origen de todo y la

capacidad nos vienen de Dios y de la plenitud de Cristo (Jn 1, 16).

Los santos han sido fieles cumplidores de los mandamientos de Dios que nos mandan honrar al creador, reverenciar y amar a los que comparten lazos de sangre, respetar la vida, guardar el alma limpia de todo abuso de

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los sentidos, apreciar la propiedad ajena, amar la verdad, limpiar nuestro corazón de malos deseos.

Han sido los santos hombres de fe, esperanza y amor tales que han seguido las huellas de Jesús por el camino trazado en Cafarnaúm. Los hubo pobres como San Francisco de Asís con pobreza interior y exterior, que pusieron todos los bienes recibidos de Dios a disposición de los demás: la fe, esperanza y amor que movía su vida, amistad, consejo, alien-to, comprensión, cultura, salud, fraternidad, dinero, bienes materiales, etc.

Otros conservaron su paz en las mayores dificultades con alma serena y corazón tranquilo sin apelar nunca a la violencia. Muchos optaron por sobrellevar el sufrimiento humano llorando con los que lloran, suspirando por la justicia a favor de los pueblos subdesarrollados y explotados, por los presos políticos, los cautivos, los marginados sociales, minusválidos psíquicos, ancianos abandonados, obreros con salarios injustos o sin trabajo, los explotados por el sexo, etc. No hay necesidad humana que no haya sido atendida por una institución cristiana, que no haya tenido a un santo por fundador de ella.

Los hay en el Santoral que fueron misericordiosos, dando su corazón a otros, compadeciéndose, comprendiendo, sonriendo, ayudando, disculpando, disimulando, acogiendo, haciéndolos felices. Fueron todos limpios de corazón, de alma bella y trasparente, sin envidias, hipocresías, egoísmos; vieron a Dios en todo, lo descubrieron en sus vidas y en los otros porque sus ojos y su cuerpo no se mancharon. Lutero Küng, Gandhi, el Papa, algunos premios Nobel fueron hombres de paz; pero los santos la llevaron en su corazón y la irradiaron a su alrededor; no necesitaron desmontar toda la máquina cuando chirriaba, les bastó poner un poco de aceite, un poco de amor. Los más grandes héroes fueron los perseguidos por la justicia, por ser rectos, justos, honrados, buenos; una muchedumbre innumerable murieron por su fe en Cristo salvador.

Todos son ahora bienaventurados. El mundo les llamó desgraciados. No tuvieron dinero, ni llegaron al poder, ni fueron famosos o recibieron aplausos. Sin embargo, los hay ricos que supieron compartir su riqueza con los demás, reyes que extendieron el reinado de Dios, filósofos y escritores que fueron fuente de inspiración para los pensadores durante siglos, niños, jóvenes, ancianos. La belleza del cielo es también armonía en la variedad.

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EL CULTO ALOS SANTOS

La veneración e invocación de los santos se practica en la Iglesia desde los primeros días. El AT se refiere a la intercesión de los amigos (Gen 18, 16-31). Judas Macabeo ve a Onías y a Jeremías delante de Dios, con las manos abiertas, pidiendo auxilio para todo su pueblo (2Mac 15, 12). En el NT algunos santos tienen más poder de intercesión que otros en el cielo (Mt 19, 28) o los muertos piden por los vivos (Le. 16, 19-31) y los mártires rezan delante del trono de Dios (Apoc. 6, 9). Sin embargo, la base principal de fe sobre el culto a los santos nos la da el apóstol San Pablo con la doctrina del cuerpo místico en el que cada miembro desempeña un papel especial en la vida del conjunto.

El culto a los santos comenzó con la veneración de los mártires, pero pronto se extendió a los confesores, vírgenes y anacoretas. San Agustín era ya venerado como santo en Cartago el año 475, poco después de su muerte, y él mismo nos atestigua que la Iglesia invocaba a los santos en la liturgia eucarística (De Civ. Dei, XXII, 10). Fue más tarde el concilio de Nicea II (787) el que detuvo la corriente iconoclasta definiendo la licitud del culto a los santos recordados en sus imágenes. La piedad cristiana es muy rica en manifestaciones celebrando las fiestas de santos y beatos, venerando sus reliquias e imágenes, rezando sus letanías, peregrinando a sus santuarios, etc. Este culto debe ir siempre unido a la glorificación del Dios de los santos y a la eficacia de su testimonio evangélico para que redunde todo en honor de Cristo.

La ola de supersticiones que brotaron en torno a esta devoción durante la Edad Media provocó el repudio de los reformadores Lutero, Zwinglio, Calvino, etc. Los anglicanos han vuelto a dar culto a los santos. La iglesia oriental los defendió siempre como prueba de su ortodoxia y los ha honrado con los más bellos iconos. La Iglesia nos ha vuelto a recomendar esta devoción en el concilio Vaticano II, especialmente a la Virgen María, Madre de Dios. Los santos contemplan a Dios, son testigos de la llamada universal a la santidad, han sido discípulos distinguidos del Señor, son ciudadanos de la Jerusalén celeste y hacen de intercesores y patronos de cuantos peregrinamos por la tierra.

La devoción a los santos consiste principalmente en su imitación. Tenemos una nube de testigos para imitar, nos dice el autor de la carta a los hebreos (Hebr. 12, 1; 13, 7). San Venceslao, rey de Hungría, le decía a su paje, que no podía seguirle caminando sobre la nieve helada: Pon tus pies

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mensaje de los santos para todo el mundo. Todos ellos son una maravilla de la gracia de Dios que recibimos todos. Por eso decía también San Agustín a sus fieles: Nosotros no adoramos a los santos, sino al Dios de

los santos.

La Iglesia escoge a ciertos santos por patronos de ciudades, pueblos e instituciones. Quiere de este modo que los fieles acudan a ellos pidiendo su protección. Todos podemos escogemos este patrono a quien imitar en su vida pidiéndole a la vez que haga suyas nuestras peticiones a Dios. En oca-siones buscamos con afán a uno que llevó nuestro nombre, a nuestro tocayo en el cielo, para celebrar su fiesta o desear su feliz protección a un ser querido o amigo. El Santoral de la Iglesia es una mina inagotable para escoger nombres cristianos. Los nombres más extraños de países del Oriente, del norte de Africa o de Europa y Asia han estado escritos antes que los nuestros en el libro de la vida. La práctica de acudir a un nombre de los famosos o extranjero es efímera y no nos asegura ninguna protección desde el cielo.

LOS SANTOS DE CADA DÍA

El Santoral cristiano ha tenido muchas ediciones a través de los siglos. La misma Iglesia, siguiendo normas del concilio Vaticano II, ha reformado recientemente su propio Santoral, de acuerdo con la crítica histórica. A él nos atenemos en esta nueva edición. Unos son bien conocidos por el pueblo cristiano, otros pertenecen a lugares de la Iglesia, hoy desgraciadamente reducida, como el Oriente y Norte de África, donde fue floreciente.

La lista de los santos es innumerable. El primero que llegó a los altares siguiendo las normas del proceso canónico, fue el beato Ulrich, obispo de Augsburgo (Baviera, Alemania), muerto el año 973. Es reconocido como un hombre prominente en la historia política durante el imperio de Otón I y un gran reformador de la Iglesia. Fue canonizado por el papa Juan XV en el sínodo lateranense de 29 de enero de 993. Su fiesta se celebra todavía el día 4 de julio. Anteriormente fueron todos proclamados por el pueblo cristiano.

La presente edición incluye a todos los beatos y santos declarados por Juan Pablo II desde la renovación del Santoral, después del Vaticano II, hasta el 31 de marzo de 2004. En ella destacamos la celebración del santo o beato principal de cada día, recordando a la vez a los venerables y siervos de Dios más conocidos en España. Damos también información de

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las Jomadas, que se celebran en día fijo y en la Introducción de las Jornadas y Fiestas que son mudables. Hemos pretendido poner al alcance del pueblo creyente, en un solo volumen, el Santoral completo del Año cristiano.

Es nuestro deber también señalar otra singularidad en este Santoral. Se incluyen todos los santos, beatos y venerables de la Orden y Familia agustiniana, distinguiéndolos en su día de fiesta correspondiente. Queremos de este modo que sea del mayor provecho espiritual posible en nuestras comunidades religiosas, confraternidades, asociaciones de padres y fieles encomendados en nuestras iglesias. San Agustín y los santos que se hicieron a su sombra tienen un halo especial que procede de las primeras palabras de su Regla a los monjes: Ante todo, hermanos

queridos, amemos a Dios y después al prójimo porque estos son nuestros preceptos principales. Todos participan algo del corazón de Agustín. A la

santidad se llega por el camino del amor. El panteón agustiniano comprende 15 santos, algunos con celebración litúrgica universal, 35 beatos, sin contar a los agrupados como Mártires japoneses o Mártires de Motril, 6 venerables, 27 siervos de Dios y un más crecido número de religiosos y religiosas, cuyo proceso ha sido comenzado (La seducción de

Dios. Perfiles de la hagiografía agustiniana, Femando Rojo Martínez, Publicazioni agostiniane, Roma 2001).

Santos y santas de Dios, rogad por nosotros

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INTRODUCCIÓN

CELEBRACIONES DE FIESTAS Y TIEMPOS MOVIBLES

Solemos llamar fiestas de precepto a los días en que es obligación de todos los bautizados con uso de razón, no impedidos por un motivo serio y prudente, la escucha de la Palabra de Dios, la celebración de la eucaristía y el descanso de los trabajos habituales no necesarios. Son días santos que se han de celebrar con ratos de oración, dedicación a la familia, a obras de caridad, sanas diversiones, etc.

El Código establece como días de precepto las fiestas patronales de pueblos y ciudades, Santa María, Madre de Dios (1 de enero), Epifanía del Señor (6 de enero), San José (19 de marzo), Santiago, patrono de España (25 de julio), La Asunción de la Virgen María (15 de agosto), Todos los Santos (1 de noviembre), La Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre), La Natividad del Señor (25 de diciembre). Además celebramos en la liturgia todos los días a los santos, los que son de relieve universal en toda la Iglesia y los demás dejándolos a la devoción de las iglesias particu-lares, familias religiosas o regiones. La Iglesia universal celebra también el aniversario de la elección del Papa y las iglesias diocesanas el aniversario de la ordenación de su obispo.

La Liturgia cristiana alaba y da gracias a Dios con motivo de otras muchas fiestas, que no tienen día fijo señalado en el calendario civil. Lo mismo sucede con los tiempos especialmente dedicados a la renovación espiritual de los fieles o con la preparación a las celebraciones de los grandes misterios de Cristo. La Iglesia consagra a Dios tiempos, lugares, cosas y personas. Cristo es el Señor del mundo, de los hombres y de la historia, a través de la cual continúa manifestándose ininterrumpidamente su gloria. El es el centro de la liturgia cristiana en la tierra y en el cielo. Con San Pablo le pedimos a Dios que sea dada a él la gloria por los siglos. Sin embargo, la propia movilidad de estas fiestas del Señor no nos ha permitido ponerlas en día señalado. Las reseñamos brevemente para que los fieles comprendan la importancia que tienen en nuestra vida.

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EL DOMINGO

El centro del Cristianismo y del espíritu del año litúrgico cristiano es la Pascua de Resurrección. Toda la vida de Cristo está ordenada a una resurrección gloriosa. El Hijo de Dios que se abaja a la condición humana asciende hasta la derecha del Padre y goza de su poder en el cielo y en la tierra. El célebre teólogo Straus afirmó: El centro de los centros, el

corazón propio del Cristianismo, es la resurrección de Jesucristo. Antes

que él lo había dicho San Pablo a los fieles de Corinto: Si Cristo no ha

resucitado nuestra fe es inútil, somos los más miserables de todos los hombres. El célebre orador de Nuestra Señora de París, el Padre dominico

Lacordaire, nos advierte que todas las lápidas de los cementerios comienzan diciendo: Aquí yace..., mientras que los ángeles dijeron a las mujeres que visitaron el sepulcro de Jesús:...no está aquí.

Esto hace exclamar a la Iglesia en su Liturgia de la Vigilia pascual con San Agustín: ¡Oh bienaventurada noche, que fuiste testigo de la

resurrección del Señor! Los cristianos celebramos esta alegría todos los

domingos del año, que son 52. Con razón los primeros cristianos cambiaron el sábado judío, sabbath, por el primer día de la semana, el día en el que resucitó el Señor y le llamaron día del Señor (Apoc 1, 10). San Lucas y San Pablo habían comenzado hablando simplemente del primer

día de la semana (Hech 20, 7; I Cor 16, 2). Desde San Justino y San

Ignacio de Antioquía prevalece el nombre Día del Señor, en latín

Dominica, en español Domingo.

El domingo es día de alegría y descanso consagrado especialmente al servicio y acción de gracias a Dios. La primera ley sobre el descanso dominical la promulgó en España el concilio de Elvira el año 306, (c. 21) y posteriormente el emperador Constantino la extendió a todo el imperio el año 321. Hoy constituye uno de los preceptos de la Iglesia obligatorio para todos los fieles. El canon 1. 247 dice: Los fieles se abstendrán de aquellos

trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo. La Iglesia tiene en cuenta la felicidad y la salud de todos. Cuando

en la Edad Media hizo universal ese precepto, pretendió además que los señores medievales cristianos dieran un día de descanso a sus criados. Por eso hablaban los antiguos moralistas de la abstención de trabajos «serviles». Se nos prohíben los trabajos físicos o intelectuales habituales, salvo siempre que estemos excusados por motivos justificados, con el fin de que el Día del Señor sea para todos diferente, dedicado al culto, a la

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familia, a las obras de caridad y de beneficencia, a las sanas diversiones y amistades.

La principal celebración del domingo es la Eucaristía. El canon antes citado obliga también a todos los fieles a participar en la misa. Conociendo el valor de la Eucaristía en la vida cristiana es una exigencia de nuestra fe. En ella escuchamos juntos la Palabra de Dios, le alabamos, damos gracias, pedimos perdón de nuestros pecados, impetramos el favor divino para todos los hombres. Todo esto lo hace también Cristo con nosotros a la vez que se inmola nuevamente muerto y resucitado por todo el mundo. La Eucaristía es la mayor fuente de gracia para todos y el momento en que más cerca estamos de Dios. Aquí se le encuentra mejor que en las maravillas de la naturaleza y la grandeza del universo. Su omisión, sin motivos serios, es señal inequívoca de poquedad en la fe y su repetición mecánica de miseria espiritual.

Pablo VI, la Congregación de Ritos y las Conferencias Episcopales de todos los países han elaborado magníficos documentos sobre la importancia del domingo. Juan Pablo II lo ha hecho principalmente en dos Cartas Apostólicas El Misterio y el culto de la Eucaristía, El Día del Señor y en la Encíclica del año 2003 La Iglesia vive de la Eucaristía. Cualquier ignorancia sobre esta materia sería culpable. La fe nos invita a celebrar la Eucaristía en el domingo, aun cuando nos cueste superar muchas dificultades. La característica principal del cristiano es su reunión semanal con los demás para celebrar en asamblea sagrada el sacrificio de Cristo al Padre. De este manantial brota abundante la gracia de Dios.

ADVIENTO

Con él comenzamos un nuevo año litúrgico, pero tampoco tiene día fijo. Es el tiempo más próximo a la celebración del Nacimiento de Cristo o Navidad y comprende cuatro domingos, el primero de los cuales es siempre el más próximo al 30 de noviembre. Este domingo nos invita a mirar al futuro. La Iglesia Oriental tiene un adviento más largo y lo inicia a mediados de noviembre, celebrando más tarde la fiesta de Navidad. La primera referencia que tenemos al adviento en Occidente se encuentra en el Sacramentanario Gelasiano y comprendía cinco domingos.

El adviento es el tiempo designado por la Iglesia para que nos preparemos a la celebración del nacimiento del Señor. Se trata de una época del año especialmente marcada por la esperanza. En las misas se omite la recitación del «Gloria», el color de los ornamentos es morado y se

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permiten los de color rosa en el domingo tercero, cuyo introito es una invitación a la alegría. El adviento no es tiempo tan fuerte o estricto como la Cuaresma, pero la Iglesia nos recomienda que nos privemos de hacer grandes fiestas, incluso con motivo de la celebración del matrimonio, que se ha de hacer con mayor sencillez.

Los cristianos del siglo III asumieron la palabra adviento del latín

adventus, venida, nombre dado por los romanos al tiempo intermedio entre

el anuncio de la visita del emperador a una de las ciudades del Imperio y su llegada. Era tiempo de preparación y de esperar. El nombre era muy apropiado para designar el tiempo que precede a la Navidad. En esta fiesta celebramos tres advientos: 1) el tiempo de la esperanza mesiánica, que precede a Cristo, anunciado por todos los profetas, según lo reconocieron los rabinos de Israel con este axioma: Los profetas no hablaron sino del

Mesías y de los días del Mesías y lo expresó Isaías con este anhelo: ¡Ojalá rasgaras el cielo y bajases! (Is 64, 1); 2) el tiempo que media entre Cristo

y el fin del mundo, dentro del cual nos encontramos y que San Pablo recuerda a los corintios: Esperamos la manifestación gloriosa de Nuestro

Señor Jesucristo (I Cor 1,7; 3) el adviento litúrgico para acrecentar nuestra

esperanza, preparándonos a la celebración del nacimiento de Cristo en la tierra.

Nos preparamos a la Navidad oyendo con más asiduidad la Palabra de Dios, aumentando nuestros ratos de oración, siendo más generosos en nuestras obras de caridad y de beneficencia, preocupándonos más de que se haga justicia a los oprimidos y desheredados de este mundo, perdonando las ofensas recibidas, frecuentando la celebración de los sacra-mentos, especialmente el de la penitencia, etc. La piedad popular es especialmente sensible a la preparación de la Navidad instalando los clásicos belenes, celebrando las jomadas, una novena, las fiestas de la Inmaculada y de la Virgen de la Esperanza, simbolizando los domingos en una corona verde con cuatro cirios, etc. Los pastores a la vez enriquecen este tiempo santo con celebraciones de la Palabra o actos penitenciales, conferencias catequéticas, etc. Todo es necesario para recuperar el sentido de la Navidad en medio de una sociedad consumista, dando ejemplo de, sobriedad y alegre sencillez.

El hombre no puede vivir sin esperanza. Esperamos el tren, al amigo, una fiesta, esperamos despertar cuando dormimos. Todo el día estamos esperando. Pero la esperanza que alienta todas las esperanzas es la esperanza en Dios. Toda la vida es adviento, toda la vida es esperanza. La

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simbolizamos con una corona de ramos verdades y cuatro cirios, que se encienden uno cada domingo.

LA SAGRADA FAMILIA

El tiempo de Navidad es el más corto de los registrados en la Liturgia cristiana, al modo de hitos de descanso y renovación en el camino que nos lleva hacia Dios. Este tiempo está todo impregnado del espíritu de la Navidad. El Nacimiento de Cristo nos invita a celebrar la unión eterna de Dios con el hombre en el seno de María. Dentro del tiempo de Navidad la Iglesia celebra diversos misterios en tomo a la vida del Señor: Los Santos Inocentes, asesinados por Herodes creyendo encontrar entre ellos al Mesías-Rey, la circuncisión del niño, imponiéndole el nombre de Jesús, que significa Salvador, tal como el Ángel había indicado, la Maternidad divina de María, que dio su carne a Cristo, según frase de san

Agustín y la Epifanía, que nos revela el amor de Dios a todos los hombres en el Salvador adorado por los Magos.

Todas estas fiestas tienen un día señalado y fijo en el calendario cristiano; en cambio, no lo tiene la fiesta de la Sagrada Familia, que se celebra en el domingo que cae dentro de la Octava de la Navidad. La sagrada familia está formada por el Niño Jesús, por su madre María y por su esposo y padre adoptivo de Cristo San José. El culto a la Sagrada Familia comenzó a extenderse en el siglo XVII y desde entonces ha sido

cada vez mayor la devoción del pueblo cristiano. Varias Congregaciones religiosas han sido creadas con este nombre. La fiesta fue instituida por la Congregación de Ritos el 26 de octubre del año 1921. La mayor parte de los pintores le han dedicado sus lienzos, siendo el más famoso de todos el pintado por Murillo en 1670 y que se encuentra en el museo del Louvre. La Conferencia episcopal española quiere que dediquemos este día a celebrar una Jomada por la Familia y la Vida, tan necesitadas hoy de oración y protección.

La familia, tan amenazada por el divorcio y el aborto principalmente, que sufre las consecuencias de la secularización e inmoralidad crecientes, tiene en la familia de Nazaret el modelo más perfecto de familia. En este familia aprendió el Hijo de Dios, hecho hombre, a dar los primeros pasos, a balbucear el arameo y el hebreo, a amar y trabajar, etc. Aprendió también a hablar con Dios, a rezar.

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Nazaret es una pequeña iglesia y la mejor escuela de la vida familiar. El cumplimiento de la ley, las reglas de educación más exquisita, el mejor de los códigos, basado en el amor a Dios y al prójimo se enseñaron en esta escuela. Pablo VI, en su visita a Nazaret con motivo de la inauguración de su basílica, se refirió a esta escuela con grandes alabanzas y poniéndola como ejemplo para todas las familias cristianas. Jesús haciéndose hombre quiso seguir el camino de todos y comenzó naciendo dentro de un legítimo matrimonio, cuyo amor había sido bendecido por Dios. Este es el fundamento de todas las familias cristianas.

EL BAUTISMO DEL SEÑOR

Esta fiesta se celebra el primer domingo después de la Epifanía. Los años que van desde que Jesús se pierde en una peregrinación a Jerusalén y es encontrado por sus padres en el Templo los encierra San Lucas en estas frases: Bajó con ellos y vino a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre

conservaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres (Lc 2, 51-52). Terminado el tiempo de Navidad comienza la

Liturgia a celebrar los misterios de la vida del Señor.

Jesús inicia su vida pública bautizándose en el río Jordán, donde

estaba Juan bautizando. Los tres sinópticos narran este acontecimiento,

con algunas diferencias de detalle, mientras que Juan le hace una breve alusión. Jesús recibió el bautismo de manos de Juan el Bautista. Marcos apunta a la profunda simpatía que Jesús sentía hacia la obra de su primo el Bautista. El bautismo de Juan significaba una confesión pública de integridad moral y el profeta, después de una breve resistencia, accedió a los deseos de Jesús.

Resulta sorprendente ver al Hijo de Dios guardando fila entre los pecadores que deseaban iniciar una vida nueva, convertidos por Juan, con el signo de la purificación en las aguas del río Jordán. Los cielos se abrieron y se oyó la voz de Dios confirmando la Mesianidad de Jesús. Los tres evangelistas lo presentan como el «Siervo de Yahveh», de Isaías, portador de justicia, de luz y de libertad. Las aguas del Jordán quedaron santificadas con la presencia del «Hijo amado de Dios», a quien debemos escuchar. En la persona de Jesús se juega su destino la humanidad.

En esta fiesta celebramos la unción de Jesús por el Espíritu y que nos libera de toda opresión y esclavitud con mansedumbre y amor. Toda su vida será un acto de entrega y servicio a todos, haciéndose semejante a

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nosotros. La Iglesia en esta fiesta del bautismo de Jesús nos quiere recordar nuestro propio bautismo y la obligación misionera que todos hemos contraído en él.

LA CUARESMA

Se llama Cuaresma al tiempo de cuarenta días que precede desde el Miércoles de Ceniza hasta la celebración de la Pascua o Resurrección del Señor. Sabemos por Eusebio que se preparaban los cristianos a esta fiesta con tres días de ayuno en los siglos II y III. Nos cita un testimonio de San Ireneo. La primera vez que se habla de cuarenta días es en los cánones de Nicea, el año 325. También éste era el tiempo de preparación de los candidatos adultos al bautismo, con clara referencia al ayuno de Moisés, Elías y el mismo Jesucristo. Sin embargo, la costumbre de las iglesias varía desde las dos, cinco, siete y ocho semanas hasta que se estableció en la iglesia Roma la costumbre de los cuarenta días y de aquí se extendió a todo el Occidente cristiano. El ayuno en este tiempo era tan estricto que no se permitía más de una comida al día. Poco a poco se fue anticipando la hora de romper el ayuno y se añadió una ligera colación a la tarde. El cuarto domingo llamado de Laetare, por comenzar así el introito de la misa, permitía una relajación de este riguroso ayuno.

Modernamente la Cuaresma conserva su espíritu penitencial, pero de forma muy aliviada. Como preparación a la Pascua la Iglesia ordena en el Derecho canónico la abstinencia de carne todos los viernes del año, especialmente los viernes cuaresmales, el ayuno y abstinencia el Miércoles de Ceniza y Viernes Santo, recomendando a la vez evitar la solemnidad del matrimonio, ejercitarse en la limosna, en la oración, en actos piadosos, etc. La Cuaresma comienza con la celebración del Miércoles de Ceniza. Es un signo de penitencia. No es el momento de recordar las circunstancias que pueden concurrir en el cumplimiento de la ley sobre ayuno y abstinencia. Lo importante es que se cumpla con espíritu de mortificación y comunión eclesial. La solidaridad en el pecado exige solidaridad en la penitencia.

Por ley divina estamos todos obligados a hacer penitencia, a demostrar de alguna manera nuestra voluntad de restablecer el orden conculcado con nuestros pecados. Es, por otra parte, un método admirable para dominar nuestros instintos y pasiones, mejorando de este modo nuestra libertad para hacer el bien. Por eso la Iglesia escoge los momentos precisos, como los viernes del año, que nos recuerdan la muerte de Cristo y el tiempo de adviento o cuaresma.

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También el precepto de la abstinencia fue una forma de igualar en la Edad Media a los señores feudales y ricos con los pobres, que no podían comer nunca carne. De esta forma nos igualamos todos también en un mismo espíritu penitencial. De este espíritu tiene que surgir una nueva vida de compromiso con los pobres y marginados sociales, con la justicia, con la paz, con el cumplimiento de nuestras obligaciones, etc. La penitencia nos ayuda a rechazar el pecado y a acercarnos a Dios.

Tiene que ser muy hermoso a los ojos de Dios ver a toda la Iglesia haciendo penitencia, reconociendo a la vez nuestra corresponsabilidad en el pecado por ser todos miembros del Cuerpo de Cristo. Pasar hambre en un día de ayuno o privarse de comer carne o un manjar exquisito, sin perjudicar nuestra salud, nos enseña a comprender la situación de esa tercera parte de la humanidad que pasa hambre porque no tienen alimentos. Nuestra leve penitencia resultará más perfecta si lo ahorrado con sacrificio lo entregamos en dinero para los necesitados. La Cuaresma con su espíritu penitencial es una respuesta a Dios, que nos exhorta a destrozar de este modo nuestro pecado, pensemos en el libro de Jonás o en palabras de Cristo, a la vez que nos lucramos del carácter pedagógico que tienen las acciones externas y sociales. Mucho más es esto verdad si atendemos a razones de comunión espiritual en un mismo plan de salvación.

Entre los ejercicios piadosos propios de la Cuaresma destaca el Via

Crucis haciendo el último tramo del camino recorrido por Jesús desde el

palacio de Pilatos hasta el calvario. Es un testimonio de amor del pueblo cristiano que conserva la memoria de los últimos hechos y palabras de Jesús en este mundo. Es un excelente ejercicio de piedad en el que se combinan la oración, los cantos, la meditación y el movimiento en un camino que recorre también la humanidad. Hechos y personas son símbolos de hechos y personas de todos los tiempos. La misma piedad cristiana ejercita también en este tiempo cuaresmal otro ejercicio parecido en honor de la Virgen llamado Via matris. En él el pueblo cristiano acompaña a María en su dolor con imágenes de la Dolorosa o de la Piedad como expresión del camino de fe y dolor de la Iglesia.

A estos ejercicios de piedad hemos de añadir otros muchos unas veces recomendados por la Sede Apostólica, otras por las iglesias particulares o según las tradiciones de asociaciones, hermandades y tradiciones antiguas que cuentan con profundo arraigo en el pueblo cristiano, etc. En todo caso han de contar con la aprobación de la legítima

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autoridad y desarrollarse en armonía con el espíritu de la Liturgia. Puede seguirse la costumbre de cubrir las imágenes y las cruces con el fin de que el pueblo cristiano concentre su atención en el misterio de Cristo; sin embargo, no es menos laudable que las comunidades cristianas preparen celebraciones de la Palabra y actos de adoración a la Cruz o imágenes de profunda significación religiosa como el Ecce homo, especialmente los viernes cuaresmales. Todas son expresiones legítimas de piedad cristiana, indicadas para avivar el amor a Cristo crucificado. La Cruz es siempre el símbolo del triunfo sobre el poder del mal y recuerdo perenne de la muerte y resurrección de Jesucristo.

MIÉRCOLES DE CENIZA

No es día de precepto, pero los fieles acuden en masa a comenzar la Cuaresma con la imposición de la ceniza. Se celebra cuarenta días antes de la Pascua de Resurrección. Este rito es un signo de arrepentimiento y de penitencia. La Iglesia impone la ceniza sobre nuestras cabezas recordándo-nos la necesidad de hacer penitencia y de aceptar con todas sus consecuencias el Evangelio de Cristo. La fórmula de imposición es la siguiente: Conviértete y cree al Evangelio. De este modo nuestra condición de hombres pecadores va unida a la misericordia divina, al amor revelado en el Evangelio.

La Cuaresma en la forma actual procede en la Iglesia desde el siglo

VII. El miércoles cuarenta días precedente a la Pascua eran recibidos los

pecadores públicos y comenzaban su penitencia. A medida que esta disciplina cayó en desuso fue reemplazada por la penitencia de toda la comunidad cristiana. Para ello escogió la Iglesia el símbolo de la ceniza usado en el Antiguo Testamento.

La Iglesia nos recomienda que la verdadera penitencia culmine con la celebración del sacramento. La ligereza de la ceniza nos recuerda el polvo del que fue formado Adán, pero a pesar de nuestra pequeñez somos capaces de contrariar la voluntad de Dios. Rasgad vuestros corazones y no

vuestras vestiduras, nos dice por el profeta Joel (2, 12-13). El Miércoles de

Ceniza es una llamada de la Iglesia a todos para que iniciemos nuestra renovación espiritual. Jesús nos dice que la oración, el ayuno y la limosna, con las disposiciones interiores, son la manera de hacer eficaz nuestra conversión (Mt 6, 1-6, 17-18).

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LA SEMANA SANTA

La última semana de Cuaresma, que precede a la celebración de la Pascua, la dedica la Iglesia a la recordar la pasión del Señor. Cada día de ella tiene su propio sentido con la celebración de ritos tradicionales, que comenzaron a desarrollarse en Jerusalén durante el siglo IV. Los cristianos

comenzaron a reproducir en forma de dramas litúrgicos las escenas de los últimos días de la vida de Cristo. La peregrina Eteria nos ha trasmitido los rasgos principales de ellos. Es lo que tratamos de conmemorar en nuestra Liturgia de hoy.

El domingo de Ramos abre esta Semana Santa con la bendición de las palmas y la procesión, que recuerda la entrada solemne de Jesús en Jerusalén. Se hace de múltiples maneras, según los pueblos y ciudades, pero nos consta por Eteria que estas reproducciones dramáticas se hacían ya en el siglo IV en la Ciudad Santa. En algunos lugares se canta la Pasión

según San Mateo. La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén es a la vez el anuncio profético de su Pasión y de su poder. El Apóstol lo explica así: Si

sufrimos con él, con él también seremos glorificados (Rom 8, 17).

Jueves, viernes y sábado santo tienen el nombre común de Triduo Sacro. El Jueves Santo es una conmemoración especial, atestiguada ya en el concilio de Hipona del año 393. En este día consagraban los obispos los santos óleos y tenía lugar la reconciliación de los penitentes. Actualmente la consagración de los óleos suele adelantarse a otro día de esta semana por razones pastorales. A esta misa crismal asisten el mayor número posible de presbíteros en señal de comunión con el propio obispo y ellos mismos llevan a las iglesias respectivas los óleos bendecidos. Celebramos, sobre todo, este día la institución de la Eucaristía por Jesús en la última cena del Señor con sus discípulos. Dentro de ella adquieren realce especial el lavado de los pies a doce personas, el recuerdo del mandamiento nuevo del amor y la procesión con la sagrada forma al Monumento donde estará expuesta a la adoración de los fieles hasta el día siguiente. Sin merma alguna de esta adoración pueden organizarse otros ejercicios piadosos en lugares diferentes.

El viernes Santo recordamos la muerte de Cristo. Obedeciendo al Padre murió por todos los hombres para testimoniarnos su amor. De este modo asumía la condición humana hasta sus últimas consecuencias. Sobran ya todas las víctimas de las religiones antiguas. Ahora se repite este sacrificio único en la eucaristía extendiendo a toda la humanidad sus efectos salvadores. La Liturgia de este día tiene tres partes esenciales: La

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proclamación de la Palabra de Dios, que recuerda el misterio de la muerte redentora, sobre todo, cantando la Pasión de San Juan, la Oración pública de la Iglesia pidiendo por las necesidades de todos los hombres y la vene-ración especial de la Cruz. Los fieles pueden comulgar en este día y los sacerdotes no celebran la misa para centrar la atención en el sacrificio de la Cruz. La colecta de esta tarde santa se dedica a la atención y conservación de los Santos Lugares, llamados a reavivar constantemente la fe del pueblo cristiano.

El sábado Santo es día de contemplación de Cristo en el sepulcro. La Iglesia permanece todo el día en silencio mientras medita el misterio de la muerte salvadora de Cristo. Algunas parroquias, iglesias y cofradías organizan actos piadosos, especialmente recordando a la Virgen María. Tampoco hoy se celebra la Eucaristía, los altares permanecen desnudos. Es día de adoración a la Cruz. No se celebran bodas, ni se administran los sacramentos, salvo el de la penitencia y comunión a los enfermos en forma de viático.

A las horas más tardías se celebra la Vigilia de Pascua, la madre de

todas las Vigilias, en frase de San Agustín. La Liturgia recomienda que se

haga a las 12 de la noche, aunque puede anticiparse según conveniencias pastorales. Los antiguos cristianos permanecían en vela toda la noche esperando el sol del amanecer: El primer día de la semana va María

Magdalena al sepulcro de madrugada, cuando todavía estaba oscuro y ve que la piedra estaba quitada del sepulcro (Jn 20, 1). Había resucitado.

Durante la Vigilia la Iglesia bendice el fuego del que se enciende el cirio pascual, que representa a Cristo resucitado, nos proclama la Palabra de Dios, recordando los hechos principales de la historia de la salvación y el diácono canta ante el cirio emocionado: ¡Oh bienaventurada noche, que

mereció saber el día y la hora en la cual Cristo resucitó de la muerte! La

Iglesia se atreve a decirle a Dios esta noche con San Agustín: ¡Oh, feliz

pecado, que nos ha merecido un tan grande redentor! También bendice el

agua con la que se serán bautizados los nuevos resucitados a la vida de Cristo y nos felicita e invita a la alegría repitiendo durante la misa el Aleluya pascual.

El pueblo cristiano suele participar muy activamente en la celebración de estos misterios celebrados por la Iglesia en la Semana santa. Muchas veces, repetimos, las celebraciones populares no van acordes con las celebraciones litúrgicas, sobre todo ciertas procesiones. Estas deben

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conducir a valorar las acciones litúrgicas de la Iglesia universal armonizan-do lo que son manifestaciones de piedad con el culto público al Señor. DOMINGO DE RESURRECCIÓN

La Resurrección es el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza. Glosando a San Pablo ahora vivimos con él, morimos con él, resucitamos con él y reinaremos con él (2Tim 2, 11; Ef 2, 5; Col 2, 12). El cirio, que anuncia desde la Vigilia la Resurrección de Cristo, de los hombres y del mundo, preside en este día la celebración de la Eucaristía y lo hará en todo los actos litúrgicos durante los cincuenta días que dura el tiempo pascual.

Hoy es día de alegría, de felicitaciones y agradecimiento al Salvador. Nietzsche nos reprocha a los cristianos que nos pasamos la vida sin reflejar en nuestros rostros la alegría de creer en la Resurrección del Señor. La Iglesia se llena de gozo en este día, se viste de blanco, toca las campanas, repone los manteles en los altares, canta constantemente el Aleluya y nos felicita a sus hijos. Cristo ha resucitado y con él hemos resucitado en parte nosotros. Ahora podemos hacer, dice Martín Descalzo, meditando las apariciones del Resucitado, catalogadas por San Pablo (I Cor 15, 3-8), el

Via lucís o camino de la luz. Para los cristianos la cruz termina en la

resurrección. Glosando a San Pablo escribió Harnack: El centro de los

centros, el corazón propio del Cristianismo es la resurrección de Jesucristo. El verdadero problema de la humanidad surge cuando, negando

la resurrección, se emprende un camino sin salida, una jornada sin espe-ranza.

La Iglesia anuncia en este día al mundo y lo repetirá todos los domingos el más hermoso mensaje, la más alegre de las noticias. La responsabilidad recae sobre todos los cristianos. Dice el poeta de color Grant que los pájaros cantan porque saben que tienen una bonita canción y les gusta oírse. Los cristianos tenemos este día la más hermosa de las canciones y es nuestro deber cantarla aunque no nos escuchen. ¡Feliz Pascua de resurrección a nuestros lectores!

El tiempo de Pascua es el más apropiado y por la Iglesia escogido para recordar a todos los cristianos olvidadizos, que han hecho la primera comunión, la necesidad de recibir la eucaristía en este tiempo. En muchos lugares es costumbre bendecir los hogares en este tiempo de Pascua, lo que aprovechan los pastores para visitar y felicitar a sus familias.

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LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Celebramos en este día el ingreso de Jesucristo en los cielos, según atestiguan los Evangelios y los Hechos. Según la tradición tuvo lugar en el Monte de los Olivos. Dejando de lado las diferencias exegéticas de los diversos testimonios, fue ésta la última de las apariciones del Resucitado a sus discípulos, después de haberles hablado muchas veces del Reino de

Dios. La naturaleza humana de Cristo asciende al cielo y desde ese

momento Jesús ejerce todo poder en el cielo y en la tierra (Jn 14, 2). Termina con la Ascensión la misión temporal de Cristo y comienza la de la Iglesia, ayudada por el Espíritu. La misión de la Iglesia es la misión de los cristianos.

El Día de la Ascensión es una de las más grandes fiestas del calendario cristiano. Cae en el quinto jueves, el día cuarenta, después de la Resurrección. En España, sin embargo, suele trasladarse al domingo próximo. Nos consta por la peregrina Eteria y el historiador Sócrates que se celebraba ya esta fiesta en Jerusalén a final del siglo IV. Estos mismos

autores dan testimonio de que los cristianos hacían una larga procesión hasta el Monte de los Olivos, recordando la última jomada de Jesús con sus discípulos antes de la separación definitiva. Los que habían sido testigos de su muerte en la humillación de la cruz tenían que ser testigos ahora de su exaltación suprema a los cielos.

La Ascensión tiene que ser también el hito más importante de nuestro viaje hacia Dios. Jesús les había dicho a sus apóstoles: Subo a mi Padre y

a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios (Jn 30, 17). Les prometió el

Espíritu Santo y se alejó bendiciéndolos. La Iglesia tiene que continuar la misión de Cristo en medio de las contradicciones del mundo. Pero la Ascensión constituye para ella y para todos los hombres un gran argumento de esperanza durante el tiempo de la peregrinación por la tierra. FIESTADE PENTECOSTÉS

La Liturgia cristiana nos recuerda en este día la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Pentecostés es palabra de origen griego que significa cincuenta. Es el nombre que daban los judíos a la Fiesta de las Semanas, que celebraban a los cincuenta días después de la Pascua. También conmemoraban la recolección de las primeras espigas de la tierra y el regalo de la Ley dada por Dios por medio de Moisés. Reunidos los Apóstoles el día de Pentecostés vino sobre ellos el Espíritu Santo (Hech 2,

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1) y la Iglesia dio este nombre también al día en que conmemoramos este acontecimiento.

La fiesta del descenso del Espíritu Santo sobre los Apóstoles a los cincuenta días de la Resurrección es la segunda fiesta más importante del Año cristiano. También en este caso hace una descripción la monja gallega Eteria de su celebración en Jerusalén a finales del siglo IV. La Vigilia de

Pentecostés era del mismo rango que la Vigilia pascual para el bautismo de los adultos, que ingresaban hoy en la Iglesia. Los cánones de Nicea, las Constituciones Apostólicas y los Sacraméntanos más antiguos nos hablan de ella. Hoy ha adquirido algo de rango en las parroquias y especialmente en las iglesias catedrales.

En la misa y en el oficio divino se rezan los himnos al Espíritu Santo «Veni Sancte Spiritus» y «Veni Creator» pidiendo que venga también sobre nosotros. Hoy se apaga el cirio pascual, que se encenderá en adelante para la celebración de los bautismos. Termina con esta fiesta el tiempo pas-cual. El Espíritu Santo continúa en la Iglesia la obra salvadora de Jesús. Su acción santificadora por medio de los siete dones sigue presente en la Iglesia, aunque no de forma tan ostentosa como el día primero. Por eso la Acción Católica y todos los comprometidos en el apostolado celebran hoy su Día y renuevan sus compromisos misioneros.

JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE

El jueves después de Pentecostés celebramos una fiesta singular: Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Desde la Encíclica Mediator Dei, de 1947, se fue extendiendo progresivamente la devoción al sacerdocio de Cristo, del que deriva todo el sacerdocio de la Iglesia. El Vaticano II afirmó: Jesús, después de haber padecido muerte de cruz por los hombres,

resucitó y apareció constituido en Señor, Cristo y Sacerdote para siempre

(LG 5). En virtud de este sacerdocio eterno Jesucristo está presente en toda acción litúrgica de la Iglesia.

El sacerdocio de Cristo está admirablemente descrito en la carta a los Hebreos, desilusionados de la pobreza del incipiente culto cristiano. La presencia de Cristo sacerdote eterno en la Iglesia se manifiesta tanto en el ejercicio del sacerdocio ministerial como en el de los fieles. Esta doctrina fue ya admirablemente desarrollada por San Agustín en varios de sus libros, como atestigua la conocida frase: Bautice Pedro, Pablo o Judas,

siempre es Cristo quien bautiza. Se ofreció en la Cena y se ofreció en la

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este sacerdocio en esta fiesta y lo expresa terminando todas las fórmulas de oración litúrgica por Jesucristo nuestro Señor.

No es extraño que la reforma litúrgica promovida por el Vaticano II haya incluido una misa votiva y el oficio divino propio de esta fiesta. En este día resuenan en el corazón las palabras de Cristo en la última cena:

Esto es mi cuerpo... esto es mi sangre... Haced esto en memoria mía. Los

fieles no pueden olvidar que fueron dichas para ellos estas palabras de San Pedro, después de invitarles a ofrecer sacrificios: Vosotros sois linaje

escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo escogido... El nuevo

Pueblo de Dios participa del sacerdocio de Cristo. FIESTADELA SANTÍSIMA TRINIDAD

Dios tiene también su día de fiesta en la Liturgia cristiana. El Dios único existe en tres personas y una substancia. La palabra Trinidad no se encuentra en los libros santos. El primero en emplearla en griego, trías, fue Teófilo de Antioquía. A este misterio de Dios se refirió Jesucristo en la fór-mula del bautismo: Haced discípulos a todos los hombres bautizándoles

en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu santo (Mt 28, 19). Sólo

algunas insinuaciones pueden encontrarse en el AT de este misterio. Fueron los concilios, las profesiones de fe y la elaboración teológica posterior los que nos han legado la fe en la Trinidad santa. San Agustín, sin duda el más eminente teólogo sobre la Trinidad, exclama extasiado en el último de sus libros: Credo propter pulchritudinem, creo porque es

hermoso. Para él la revelación del misterio necesariamente venía de Dios.

El más importante aspecto de esa fiesta es la contemplación del hombre como templo de la Trinidad. En esto radica nuestra mayor dignidad y grandeza. Si alguien me ama, nos dice Jesús, mi Padre le

amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada (Jn 14, 23). San

Pablo nos lo repite en varias ocasiones después de afirmarlo explícitamente: Vosotros sois templos del Dios vivo (2Cor 6, 16).

La fiesta, pues, de Dios, del Dios Trino es nuestra fiesta. En ella celebramos nuestra dignidad, fuente de todos los derechos y del respeto que la persona humana merece. La fiesta comenzó a celebrarse en las Galias en el siglo IX y el Papa Juan XXIII, la extendió en 1. 334 a toda la Iglesia latina. Desde 1970 tenemos misa especial y oficio. La fiesta se celebra el domingo siguiente a Pentecostés. Los rezos y cantos más apropiados para este día son los trisagios al Dios trino y uno: Gloria al

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santo... de la Biblia, el Dios santo, fuerte e inmortal y cuantos expresen

alabanza a la grandeza de Dios. FIESTADE CORPUS CHRISTI

El domingo siguiente al de la Santísima Trinidad, salvo en algunos lugares a los que se les ha respetado antiguas tradiciones, conmemora la Iglesia la fiesta de Corpus Christi, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El día natural para esta celebración sería el Jueves santo en el que fue instituida la Eucaristía; sin embargo, el recuerdo de la Pasión del Señor en aquella noche santa aconsejaba otra fecha. La fiesta se debe en parte a una monja de Lieja (Bélgica), que afirmaba haber tenido una visión del Señor sobre esta materia el año 1230. Fue establecida por el Papa Urbano IV en la bula

Transiturus, en 1264 y muy pronto se observó en toda la Iglesia.

La celebración particular de esta solemnidad es la procesión pública que se hace llevando al Señor en la custodia por las calles y plazas de nuestras ciudades. De esta forma rendimos tributo de fe y de piedad a este Sacramento dando testimonio público de unidad, fraternidad y amor a todos los hombres. No hay manifestación más bella en estos tiempos de manifestaciones y reivindicaciones. Los cánticos de este día en la misa y en la procesión fueron compuestos por Santo Tomás de Aquino, que derrochó en ellos la mejor teología de la Eucaristía en dos bellísimas composiciones poéticas, Lauda Sion y Pange lingua. Encargado por Urbano IV compuso también toda la misa y oficio de este día.

De este modo celebramos las maravillas de Dios realizadas en este Sacramento dentro del tiempo pascual y los fieles aprenden a participar en la celebración de la Eucaristía, ofreciendo a Dios este sacrificio y a venerar a Cristo presente en nuestras iglesias. Es, pues, esta fiesta un signo de fe y oración común, que constituye a la vez un motivo de acción de gracias por el mayor de los dones recibidos. No puede haber más de una procesión en cada ciudad o pueblo y termina con una bendición solemne impartida haciendo la cruz sobre los fieles. El amor infinito de Cristo manifestado en la eucaristía ha sugerido a la Iglesia la celebración hoy del Día de la

caridad, con oración y colecta especial para los necesitados.

Es día de adoración al Santísimo Sacramento en las diversas formas de piedad cristiana: visitas de encuentro y oración, adoración ante el Señor solemnemente expuesto, actos especiales de asociaciones, Adoración de las Cuarenta horas, de día y de noche, etc.

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SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Fue Gambetta un célebre socialista y político, presidente de Francia en el siglo XIX. Después de su muerte sus seguidores le arrancaron el corazón y lo pasearon triunfalmente por las calles de París. El corazón es un músculo de carne, pero símbolo del amor. Esto es la devoción al Corazón de Jesús, una de las devociones más extendidas en la Iglesia, aunque hoy decaída. La Iglesia celebra esta fiesta el viernes siguiente al domingo de Corpus Christi.

La devoción es tan antigua como el Cristianismo. Los cristianos adoramos todo el amor de Cristo, su amor divino y humano, su amor a Dios y a los hombres. San Juan expresó ya estos sentimientos recostándose sobre su pecho y escribió que de su pecho traspasado por la lanza salió

sangre y agua. La devoción, tal como la hemos conocido, es moderna. San

Bernardo y Santa Teresa, entre otros, fueron muy devotos de la humanidad de Cristo; las santas Lutgarda y Gertrudis la centraron en el corazón. San Juan de Ávila en el siglo XVI y San Juan Eudes y Santa Margarita María

de Alacoque la popularizaron en el XVII. Pío IX la instituyó para la Iglesia universal.

León XIII consagró el mundo al sagrado Corazón. En este sentido se pronunció Pío XII en la encíclica Haurietis aquas, Pablo VI con la

Investigabiles divitias y Juan Pablo II con Dives in misericordia. Los

miembros del Apostolado de la Oración ofrecen su vida a Cristo. Fueron los jesuitas de Francia, en 1844, los principales apóstoles de esta devoción. Jesús tuvo un corazón, hoy resucitado. Este corazón y su amor son objeto de nuestra adoración. Hoy nos hablan más que nunca de amor la canción, el cine, la televisión, el teatro, la novela... pero centrado en las cosas, en el dinero, en el sexo. Jesús nos habla del amor a las criaturas, al hombre, especialmente al más necesitado, a Dios. La devoción y el culto al Sagrado Corazón de Jesús es correspondencia a este amor hasta el punto de haberse identificado con el hombre hambriento, desnudo, encarcelado, peregrino...

La devoción al Corazón de Jesús es la misma devoción a Jesucristo en múltiples formas: consagración personal, consagración de la familia, actos de reparación, práctica de los primeros viernes de mes han sido fuente fecunda de frutos espirituales y han de ser fuerza estimulante para el compromiso con el mundo.

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INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

Al día siguiente, sábado, damos culto al Inmaculado Corazón de María. Fue el corazón, entre todas las madres, de más altos quilates. El culto al corazón de Cristo exige una veneración no tan alta, pero sí superior a la de los santos, al corazón de su madre. La Iglesia lo hace por respeto, amor y atención a Cristo. Los Santos Padres y especialmente San Agustín, repitieron como axioma teológico: María concibió antes a Cristo

en su mente y en su corazón que en su vientre.

El corazón de María es el que aquella niña que se consagró a Dios en el templo de Jerusalén, el de la doncella que se ruboriza en Nazaret, el de la madre que sufre la soledad de Belén y el abandono del destierro, la del corazón encogido al perder a su hijo de doce años y contemplarlo crucificado en el Calvario, el que se alegra en Pentecostés viendo nacer a la Iglesia, el que late de viejecita en Éfeso recibiendo los cuidados de un amigo. Ese corazón y su amor a las criaturas, a los hombres, a los necesitados, a sus padres, a José, a su hijo Jesús, a Dios, ese corazón hoy resucitado y ese amor transformado son el objeto de nuestra veneración en esta fiesta.

La devoción al Inmaculado Corazón de María fue una reacción de San Pedro Canisio y de San Francisco de Sales contra el protestantismo que había arrinconado a María, a la vez que reacción también contra el Jansenismo con un Dios que espanta. Esta devoción la fomentó después San Antonio María Claret fundando las Congregaciones de hombres y mujeres a ella dedicados. Pío XII consagró al mundo al Corazón de María y son muchos los que se consagran a Cristo por ella. Las expresiones de la piedad popular de devoción al Corazón de María son una imitación de las de la devoción al Corazón de Jesús, salvando siempre una distancia infinita entre el Hijo y la Madre.

JESUCRISTO REYDEL UNIVERSO

Esta fiesta se celebra en la Iglesia en el último domingo de noviembre anterior al adviento. Fue instituida por Pío XII el 11 de diciembre del año 1925 con la Encíclica Quas primas para clausurar el Año Jubilar. Conmemoramos toda la autoridad de Cristo que quiere conducir a toda la humanidad a la paz de su Reino.

Este domingo es el último de todos los domingos del Año Litúrgico. Durante todo el año hemos ido celebrando los misterios de la vida de

Referencias

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