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Caminos de Alegría - Rafael Fernández de Andraca

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Academic year: 2021

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CAMINOS DE ALEGRÍA P. RAFAEL FERNÁNDEZ DE A. Ed it o ra s : Elena Ariztía F. Adriana Domínguez S. Nº Inscripción: 225.029 ISBN: 978-956-246-708-7 eISBN: 978-956-246-717-9

© EDIT OR IAL NUEVA PAT R IS S . A. José Manuel Infante 132,

Providencia, Santiago, Chile Tels/Fax: 2235 1343 - 2235 8674 e-mail: [email protected] www.patris.cl Ilu s t ra c io n e s Alejandro Ortíz [email protected]

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Con inmensa gratitud,

a la querida Margarita Navarrete M., dedicamos este libro,

el último que ella diagramó antes que Dios la llamara, sorpresiva e inesperadamente, a su Casa paterna.

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ÍNDICE

Introducción

La familia, cuna de la fe Una fe "histórica" Ampliar el horizonte Preparar la buena tierra La vivencia del padre Conquista de la paternidad La vivencia materna Una fe en comunión

Una fe que genera solidaridad Las vivencias religiosas Padres "profetas" Una misión sacerdotal

Compartir la misión pastoral de Cristo María, la gran educadora

Epílogo

Entrevista al autor Apéndice

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Introducción

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H

La transmisión de la fe constituye hoy uno de los mayores desafíos que enfrentan la Iglesia y las familias cristianas. Nos encontramos desvalidos e impotentes para contrarrestar el creciente proceso de secularización, debilitamiento y pérdida de la fe, que cada día se hace sentir con mayor fuerza y que amenaza con arrebatar el don de la fe a nuestros hijos.

ace ya decenios

dejamos atrás el tiempo en que los católicos podíamos confiar que nuestros hijos mantendrían la misma convicción que heredamos de nuestros abuelos. La fe, que en los decenios pasados se transmitía por costumbre de padres a hijos, se encontraba protegida por el ambiente de cristiandad que reinaba. El prestigio de la Iglesia y las costumbres hacían que ésta no fuera mayormente cuestionada.

Hoy todo es diferente. Nuestros hijos crecen en un mundo pluralista, donde ser católico y pertenecer a la Iglesia no juega un papel relevante. Se convive con agnósticos y creyentes de los más variados credos, con ateos y con católicos que dicen creer en Dios pero no en la Iglesia, o que sustentan sin mayor problema posiciones diversas a las que propone el magisterio. Vivimos en un mundo fuertemente marcado por el pluralismo, por el relativismo moral y la tolerancia, entendida como una posición donde no hay cabida para un orden objetivo o para verdades de carácter absoluto, menos todavía a una verdad revelada.

La realidad actual de la Iglesia se ha visto empañada por diversos escándalos que han debilitado su prestigio y autoridad. Adicionalmente, las estadísticas nos muestran una gran cantidad de divorcios y de hijos nacidos fuera del matrimonio.

Todo esto nos obliga a repensar seriamente nuestro modo de transmitir la fe. La cristiandad desapareció del horizonte cultural. El cristianismo por tradición hoy tiene muy poca vigencia. El estilo de vida, las costumbres y la mentalidad reinante son cualquier cosa menos un caldo de cultivo de la fe. En medio de esta realidad cultural, la Iglesia no sólo ha perdido miembros numéricamente sino, lo que es más grave, ha disminuido la solidez y el dinamismo de la fe en sus fieles, de modo que éstos no son capaces de enfrentar un ambiente fuertemente secularizado y materialista y de impregnar la cultura con los valores evangélicos.

Se ha buscado nuevos métodos de evangelización. Se ha dinamizado la catequesis. Pero pareciera que los esfuerzos realizados no son suficientes, que la corriente contraria es más vigorosa y atrayente para una juventud preocupada de superarse profesionalmente, de gozar la vida, de “ser libre”, sin tener que dar cuenta a nadie ni sentirse obligado por prácticas religiosas o determinadas normas morales.

La Iglesia se encuentra así ante un escenario difícil. Ha hecho grandes esfuerzos por revitalizar la fe, motivando un compromiso más consecuente con Cristo Jesús. En el

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realizar una “misión continental”, precisamente para encender nuestra fe y hacernos decididos pregoneros de la Buena Nueva.

El éxito de esta empresa depende del don de Dios: la fe siempre es un regalo. Pero también de nosotros: de cuán profundamente estemos injertados en Cristo. Depende del modo en que entreguemos y transmitamos la fe. Es decir, de la pedagogía de la fe que apliquemos. Si antes se enseñaba el catecismo a través de preguntas y respuestas, hoy hacer lo mismo sería impensable. Por ello, a partir del siglo XX y, específicamente, del Concilio Vaticano II, se busca otros métodos de evangelización, considerando la psicología del hombre actual y, especialmente, de la juventud a la cual queremos transmitir la fe.

La voz del magisterio de la Iglesia

Pareciera que aún no son suficientes todos los esfuerzos que hemos hecho. Los resultados no son especialmente halagadores. La Iglesia pierde terreno. En Europa lo ha perdido en forma trágica: pensemos en este sentido en España, país católico y misionero por excelencia al cual Latinoamérica tanto debe. Hoy ya no es más la España católica de antaño. Algo semejante habría que decir de Italia, Alemania, Francia, etc. países que no sólo vivían sino que “exportaban” la fe.

¿Qué sucederá con el continente señalado por los últimos Papas y el magisterio como “continente de la esperanza” para la Iglesia universal? ¿Bastará con reforzar los métodos aplicados hasta ahora? ¿Será suficiente con pedir un mayor compromiso apostólico y misionero? ¿Podremos detener el avance de las sectas y el proceso de descristianización que vivimos?

La familia, cuna de la fe

La Iglesia, a partir de Juan Pablo II, proclama que la pastoral

familiar constituye una prioridad.

El futuro de la humanidad se fragua en la familia, donde la vida de fe

se expresa y se nutre.

Estas reflexiones nos han conducido a revalorar la familia como “cuna de la fe” y, por otra parte, nos han hecho repensar la transmisión de la fe, considerando especialmente la preparación del terreno en el cual esparcimos la semilla de la Buena Nueva. Pareciera que ha llegado la hora de mirar más directamente a la familia como la originaria cuna de la fe.

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La Iglesia, a partir de Juan Pablo II, destaca cada vez con mayor fuerza la importancia de la familia. Proclama que la pastoral familiar constituye hoy una “prioridad” dentro de la acción evangelizadora. Benedicto XVI, siguiendo la línea de Juan Pablo II, insiste en que el futuro de la humanidad se fragua en la familia. “Las familias, afirma, ocupan el primer lugar del corazón de la misión evangelizadora de la Iglesia, pues es en la vida de la familia donde, en primera instancia, nuestra vida de fe se expresa y nutre”. El Documento de Aparecida del CELAM, reitera esta visión. Los obispos de Latinoamérica y del Caribe abogan por auténticos discípulos y misioneros de Cristo para que nuestros pueblos tengan vida en él.

Un nuevo foco evangelizador

En el ámbito eclesial hoy existe una preocupación central por “el evangelio de la familia” (Juan Pablo II). Se la ha defendido en los foros nacionales e internacionales. La Iglesia se ha jugado por la vida que engendran los padres y por la fidelidad de los esposos, haciendo frente a corrientes divorcistas y antivida.

Pareciera que ha llegado el momento de acentuar también que la familia cristiana debe asumir decididamente el papel que le corresponde como cuna de la fe. La problemática que enfrentamos exige ir más allá del cultivo de prácticas religiosas en el hogar (que siempre se deberán dar) o de la necesidad de transmitir la doctrina cristiana a los hijos. Si queremos hacer de la familia un foco de evangelización en el seno de la Iglesia y de la sociedad, nos parece necesario profundizar el contenido mismo de la fe, es decir, en qué consiste exactamente creer. No es lo mismo transmitir verdades e inculcar comportamientos morales, que el proceso de introducir vitalmente en el acontecimiento salvífico y, con ello, en el encuentro y compromiso personal con Cristo Jesús. Esto implica también que los padres de familia deben examinar su propia vivencia de fe ya que “no se enciende un fuego con un trozo de hielo”.

En la educación tradicional de la fe se acentuó todo lo que tenía que ver con la razón y voluntad; la doctrina y la moral recibían toda la atención. Sin embargo, no se dio mayor importancia a los supuestos psicológicos que condicionan la transmisión de ésta. Cuando el ambiente estaba impregnado por la fe, ello no era mayormente necesario. Hoy, como decíamos, éste no es el caso.

Este libro quiere ser un aporte al extraordinario desafío de la transmisión de la fe, especialmente a nuestra juventud. La fuente de estas reflexiones se remite a la enseñanza pedagógico-pastoral del P. José Kentenich, fundador del Movimiento de Schoenstatt, y, por otra parte, a la observación de la vida.

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¿E

La fe es el tesoro más grande que tenemos

Los padres tienen la extraordinaria y difícil misión de transmitir la fe a los hijos. Nos preguntamos qué entendemos por ella y cómo la vivimos. Por la fe damos nuestro asentimiento a la verdad revelada. Ella nos propone una moral o actitudes que deben conformar nuestra vida. Además, se expresa en la liturgia, en la oración y en prácticas religiosas. La vida de fe tiene una repercusión social, ya que vivirla significa traducirla a costumbres, en un comportamiento que hace realidad el reino de Dios en nuestra cultura.

Se nos invita a reflexionar al respecto sobre cuál ha sido nuestra práctica personal y familiar al respecto y si no hemos caído quizás en unilateralidades que deforman nuestra vida de fe y el modo en que la transmitimos a nuestros hijos.

Por otra parte, en este capítulo se insinúa ya el próximo donde se abordará lo más esencial de nuestra fe: creemos en un Dios personal, “histórico”, que intervino, interviene y seguirá interviniendo en nuestra vida; que se ha acercado a nosotros, que nos llama y nos guía como un Dios providente, sabio y poderoso. La fe radicalmente es un “acontecimiento”, un encuentro personal con el Señor.

n qué consiste

la fe?

La fe es una adhesión personal del hombre entero al Dios que se revela. Significa un compromiso de la inteligencia, de la voluntad y del corazón con la Revelación que Dios ha hecho de sí mismo mediante sus obras y sus palabras. La fe es el tesoro más grande que tenemos. Es un don de Dios, es una gracia accesible a cuantos la piden humildemente.

El término “fe” viene de la palabra en latina “fides”, que significa confianza. Nosotros creemos en Dios, y en él tenemos puesta nuestra confianza. La fe es la primera respuesta del hombre a Dios; por la fe establecemos una relación personal con el Dios vivo que nos sale al encuentro.

Concepciones parciales de la fe

Si queremos educar en la fe, es preciso revisar, en primer lugar, lo que entendemos por fe y cómo concebimos una vida conformada por la fe.

¿Hemos pensado en qué consiste concretamente tener fe?

Si observamos la realidad, percibimos que en muchos cristianos reina un concepto y una práctica unilateral de la fe. En este sentido podemos distinguir, simplificando, cuatro formas de concebirla.

Nos encontramos a menudo con una noción de fe marcadamente: • Conceptual o ideológica

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• Devocional • Secularizada

Es importante recalcar que cada una de estas formas de concebir y vivir la fe posee una verdad, pero, por su carácter unilateral, también una deformación. Ciertamente, se mezclan unas con otras. Es por ello que reflexionaremos detenidamente cada una de estas formas.

Una fe conceptual o ideologizada

Para muchos la fe consiste básicamente en aceptar las verdades que Dios ha revelado y que la Iglesia nos propone. El acento se pone en la doctrina; en la claridad de los conceptos o verdades de la fe. Transmitir la fe significa, entonces, transmitir verdades, adoctrinar, enseñar.

Se envía a los hijos a colegios católicos para que ellos reciban allí una catequesis adecuada. En éstos y en las parroquias se prueba nuevos métodos catequéticos, para afirmar con mayor fuerza la verdad y hacer comprensible la doctrina. La tarea de transmitir la fe en el seno del hogar, busca entonces reforzar esta enseñanza. Sin embargo, pareciera que los esfuerzos no dan abasto. Nos encontramos con un hecho bastante generalizado: a la juventud no le importa tanto la verdad o lo que piensa el magisterio o lo que propone la “sana doctrina”…

Una fe moralista

Existe también una forma acentuadamente moralista de vivir la fe. En este sentido, ser un hombre católico, de fe, significa tratar de vivir y de encarnar las virtudes cristianas, de atenerse a las normas morales dictadas por el Evangelio y el magisterio. Los padres tratan de inculcar en los hijos no sólo la sana doctrina sino, al mismo tiempo, la práctica de las virtudes cristianas. Se les protege del contagio del ambiente. Se les premia o castiga, de acuerdo a su comportamiento. Sin embargo, no es raro constatar lo precario que resulta este “adiestramiento” cuando los hijos han dejado la tutela de los padres. Cuando entran a la adolescencia y el resguardo de los padres va perdiendo terreno, a menudo no son capaces de sustraerse al sistema valórico y al estilo de vida reinantes.

Una fe devocional

Otra forma común de vivir la fe es aquella que se centra en lo devocional. Vivir cristianamente significa entonces practicar determinados ritos litúrgicos o devociones, como asistir a misa los domingos, recibir los sacramentos, realizar prácticas religiosas, etc.

Los padres se esfuerzan por enseñar a rezar a sus hijos desde pequeños. Pero, cuando han crecido un poco, éstos ya no quieren reunirse a rezar, arguyen que la misa es “una lata”, etc. Poco a poco los padres ven con dolor cómo sus esfuerzos han sido en gran

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parte infecundos.

Una fe secularizada

Encontramos también otra forma de vivir la fe: una fe que podemos llamar “secularista”, la de aquellos que han asumido la vida de fe como un imperativo de amor al prójimo, de preocupación por los más desvalidos. Sea por contraste con lo que ven en sus padres, o, si es el caso, siguiendo el ejemplo que éstos dan, vuelcan toda su vida de fe en esa dirección: no muchos rezos, no tanta preocupación por la recta doctrina, sino una vida activa de compromiso social.

Esta unilateralidad, sin embargo, hace que muchos vayan dejando en segundo o tercer plano la realidad del mundo sobrenatural y el contacto personal con el Señor. El compromiso social tiende entonces a perder su sentido más hondo y su energía transformadora más eficaz.

Consecuencias de vivir la fe unilateralmente

Como señalamos, esta caracterización no afirma que estas formas de vivir la fe se den en estado puro. Se trata de tendencias o de formas que ciertamente contienen mucho de verdadero, pero que, extrapoladas, conducen a una fe racionalista estéril, a un eticismo de tinte farisaico, a un formalismo devocional o a una reducción de la fe al compromiso social. La fe, entonces, pierde su vitalidad como una fuerza que nos arraiga en el mundo sobrenatural y nos ata por un vínculo personal al Dios vivo. ¿Cuál es nuestra vivencia de la fe? ¿Qué es lo predominante en nosotros? Desde esta perspectiva, podemos también considerar cómo educamos a nuestros hijos en la fe y dónde ponemos el acento en nuestro proceder pedagógico-pastoral.

Una concepción bíblica de la fe

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Debemos, por lo tanto, tratar de descubrir o redescubrir, yendo a las fuentes, cuál es el contenido bíblico de la fe.

Si nos adentramos en las Sagradas Escrituras, ciertamente los rasgos de la fe mencionados no son los más relevantes. La fe bíblica tiene mucho más que ver con una adhesión personal, con una confianza y entrega al Dios vivo, que con la transmisión de un código de verdades y normas morales o prácticas religiosas.

La fe bíblica aparece en un contexto marcadamente personal e hi stóri co. Es una entrega personal, llena de confianza, al Dios que se acerca a nosotros –que se nos muestra o revela– para entregarnos su amor, para unirnos en alianza con él y abrirnos al horizonte de su misterio y de su plan de amor redentor.

Abraham, prototipo del hombre creyente, es descrito, por ejemplo, justamente en esta perspectiva:

Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, peregrinó hacia la Tierra prometida como extranjero, habitando en tiendas, lo mismo que Isaac y Jacob, coherederos de las mismas promesas. (…).

Por la fe, Abraham, sometido a la prueba, ofreció a Isaac como ofrenda y, el que había recibido las promesas, ofrecía a su único hijo, respecto del cual se le había dicho: Por Isaac tendrás descendencia. Pensaba qué poderoso era Dios aún para resucitarlo de entre los muertos. Por eso lo recobró como símbolo. (Heb 11, 8-10; 17-19)

María fue alabada por Isabel porque ella había creído, porque se había abierto al insondable misterio del Dios que la visitaba y engendraba en su seno al Salvador. Su fe fue abandono pleno de confianza en el que “es Poderoso”, que la invitaba a emprender un camino misterioso, haciéndola partícipe en forma única de su plan redentor.

Para Abraham y para la Virgen María, la fe fue un acontecimiento, un compromiso, un hecho histórico. Fue respuesta y adhesión a un Dios vivo que prometía y que, en el claroscuro de esa promesa, les aseguraba que él estaría siempre junto a ellos.

Su fe significó confiarse ciegamente, aún pasando por obscuridades y dolorosas pruebas, en el poder, sabiduría y misericordia del Dios infinito y cercano. Su fe fue un compromiso lleno de audacia, un seguimiento al Señor, sin reservas.

Benedicto XVI, en su Encíclica “Deus caritas est”, expresa esto de modo certero y con gran claridad:

No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una P ersona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello una orientación decisiva. (n.1)

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Se comienza a ser cristiano por el encuentro con un acontecimiento,

con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida.

Una nueva forma de comprender y de vivir la fe:

a) Más que ideas

Si formulamos el contenido de la fe en conceptos, siempre vemos tras éstos a personas: Cristo Jesús que desciende al hombre, el Verbo que irrumpió en el tiempo, en nuestra vida concreta. Creemos en la redención que el Señor selló con su sangre en el Gólgota y que hoy sigue actuando. Creemos en su resurrección y su presencia viva, ahora, en nuestro acontecer. Nos sumergimos en la historia de salvación y nos asociamos al Dios que nos salva y nos hace hijos del Padre, congregándonos en una comunidad que comulga en la misma fe. P or la fe nos involucramos en un proceso, no sólo con nuestro intelecto y voluntad, sino también con nuestro corazón, con todo nuestro ser.

b) Más que un comportamiento ético

Si bien la fe nos muestra cuál debe ser nuestra conducta, siempre esa conducta está ligada a personas, a Cristo, a Dios Padre que nos ama y que requiere de nosotros una respuesta y un comportamiento de acuerdo a nuestra realidad de hijos suyos, en el Espíritu Santo que nos vivifica. La moral cristiana no consiste en un elenco de virtudes o en normas éticas de comportamiento. Es la voluntad filial de adecuar nuestro actuar de acuerdo a nuestro ser hijos de Dios P adre y miembros de Cristo. Es una entrega filial que siempre quiere hacer lo que agrada al Señor.

c) Más que prácticas religiosas

Si la fe se actualiza en ritos y se profundiza en la oración, esos ritos y esa oración tienen alma, porque se trata de ritos y acciones litúrgicas donde actúa Dios y donde también actuamos nosotros. Mediante los sacramentos y la oración, se da un profundo encuentro interpersonal pues los ritos desprovistos de alma, no tienen valor para Dios.

d) Más que justicia social

Si la fe debe expresarse en obras de amor al prójimo, esas obras brotan del amor a Cristo y son prolongación de su amor al hombre, criatura e imagen del Dios vivo. La fe es mucho más que un compromiso social humanista; involucra eso y mucho más.

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Concebida así la fe, su transmisión se comprende como un “engendramiento” (Cf 1 Cor 4, 15). Es decir, aquel que vive la fe (“El justo vive de la fe”, cf. Gal 3, 11) transmite la vida que

posee, involucra en lo que él mismo está involucrado. Dicho de otro modo, irradia la luz de Cristo e invita a los demás a seguirlo, a adherirse a su propio acontecimiento, al encuentro con él y, en él, a su obra redentora con la cual el Señor está comprometido.

En vez de entregar verdades y valores en forma abstracta o como un imperativo ético, éstos deben transmitirse en el contexto del acontecimiento, de la historia de salvación, que se inició en el Antiguo Testamento, y que tiene su cumbre en el Nuevo Testamento. De este modo, se continúa en nuestra vida, en nuestro tiempo, en nuestra familia, en cada uno de nosotros personalmente la gran historia sagrada. Ésta se hace vida en nuestra propia historia sagrada.

La fe no se puede reducir a ideas o a un código de ética

La fe “de nuestros padres”

Los padres cristianos están llamados a dar un testimonio y ejemplo

creíble de su fe y esperanza cristiana.

Hagámonos ahora las preguntas: ¿vivimos así nuestra fe? ¿es esa vivencia de fe la que entregamos y cultivamos en nuestros hijos?

El Antiguo Testamento nos narra cómo los padres transmitían a sus hijos la fe en el Dios de su Pueblo, relatándoles cómo éste se había acercado a ellos, cómo los había llamado y cómo había hecho promesas y sellado una alianza con ellos. Se trataba de un Dios personal, del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, del Dios “de nuestros padres”. Un Dios vivo que les había dado encargos y que los acompañaba en el camino. Un Dios fiel, poderoso y lleno de misericordia. Un Dios que había intervenido en su historia.

Esa fe, con ese contenido, alcanza su cumbre en el Nuevo Testamento, en el cual el Dios vivo viene a nuestro encuentro en Cristo Jesús, revelándonos los secretos más íntimos del Dios vivo y de su plan de amor. Ese Dios quiere ser recibido y sellar con su pueblo una alianza nueva y eterna en Cristo Jesús.

La fe no se puede disecar en ideas o reducir a un código de ética. La invitación a creer sucede en un acontecer, es una visita de Alguien que nos interpela, que busca nuestra adhesión libre y plena, que requiere de nosotros una entrega confiada y fiel.

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Detengámonos en el caso de los fundadores de una comunidad religiosa. Ellos fueron “visitados” por Dios. Recibieron un encargo que les pedía involucrarse en la “aventura de la fe”. Como Abraham y como María confiaron en el Señor de la historia –de su historia– y creyeron contra toda esperanza. Ellos “engendraron” en la fe a sus seguidores y los congregaron en una estrecha comunidad de creyentes.

Este mismo proceso, análogamente, sucede en cada persona que cree y que desea transmitir la fe a otros, especialmente en los padres de familia. Se trata de un “engendramiento” en la fe respecto a sus hijos, que va más allá del engendramiento biológico.

Si podemos responder afirmativamente estas preguntas, es claro que educar en la fe a nuestros hijos, más que enseñarles verdades o inculcarles costumbres, consiste en introducirlos vitalmente en el acontecimiento salvífico en el cual nosotros mismos estamos involucrados. Las verdades y las costumbres que les transmitamos se sitúan así en un contexto personal e histórico.

Educar a nuestros hijos en esta manera de concebir y vivir la fe, por cierto que no es fácil, pero, en definitiva, es la única manera de transmitirles una auténtica fe, activa y fecunda. Creerán por eso en un Dios vivo, y él será para ellos “el Dios de nuestros padres”, el Dios en el cual nosotros creemos: Cristo presente, ayer, hoy y mañana. Ellos creerán en el Señor que ha salido a nuestro encuentro en nuestra familia, y que nos ha dado muestras concretas de su poder y de su amor a lo largo de su vida.

Evangelizamos a nuestros hijos en la medida que ellos, con nosotros, se conviertan también en actores y protagonistas de una “historia” de salvación personal. La intervención de Dios en el acontecer no se interrumpió después del Antiguo y Nuevo Testamento. Dios continúa presente en el acontecer diario del mundo, en la historia de la Iglesia y en la sociedad, en nuestra propia historia personal y familiar, en la realidad en la cual estamos inmersos.

Benedicto XVI en la homilía que pronunció para las familias en el encuentro mundial en Valencia, dice:

La fe no es, pues, una mera herencia cultural, sino una acción continua de la gracia de Dios que llama y de la libertad humana que puede o no adherirse a esa llamada. Aunque nadie responde por otro, sin embargo, los padres cristianos están llamados a dar un testimonio creíble de su fe y esperanza cristiana. Han de procurar que la llamada de Dios y la buena nueva de Cristo lleguen a sus hijos con la mayor claridad y autenticidad.

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requiere de nosotros, como padres de familia, que hagamos una

revisión sincera y realista, sobre cuál ha sido nuestra realidad y en qué

hemos puesto el acento en el modo de transmitir la fe a nuestros hijos:

• ¿Hemos pues to el ac ento en una tr ans mis ión más bien doc tr inal, mor alis ta, devoc ional o s oc ial de nues tr a f e?

• ¿Ha exis tido una “unilater alidad” inor gánic a al r es pec to o hemos s abido integr ar es as dimens iones en lo es enc ial, en el “ac ontec imiento” de la f e?

• ¿Tenemos pr es ente en nues tr a vida per s onal y f amiliar, más allá del Dios de la Palabr a y de los altar es , al Dios de nues tr a vida?

• ¿Podr ían denominar nues tr os hijos a Dios , c omo el Dios de mis padr es , el Dios que les da s entido a s us vidas y que los ac ompaña en todas las c ir c uns tanc ias ?

• ¿En qué s ituac iones o etapas de nues tr a vida hemos podido exper imentar la pr es enc ia e inter venc ión es pec ial de Dios ?

• ¿Podemos hablar de una his tor ia s agr ada que ac ontec ió y que c ontinúa ac ontec iendo en nues tr a vida y en nues tr a f amilia?

• ¿Hemos tenido nos otr os la exper ienc ia del Dios que nos ama y que nos ac ompaña, que nos bus c a y que r equier e nues tr a adhes ión per s onal y de c ompr omis o c on él y s u obr a de r edenc ión?

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L

Se concibe la fe como algo dinámico al mostrar a Dios presente tanto en el acontecer del mundo, como en nuestra vida personal y familiar. Si la fe está viva en los padres y en su historia personal, es posible transmitirla a los hijos.

Creemos en un Dios personal que nos llama a construir historia con

él.

a concepción bíblica

de la fe

a la cual nos referimos en el capítulo anterior, nos la muestra como una adhesión personal a un Dios que se acerca a nosotros y que busca unirnos a él por y en el amor. A un Dios presente en el acontecer del mundo, “histórico” y, por lo tanto, también presente en nuestra vida personal y familiar.

Nos parece que es esencial rescatar esta dimensión básica de nuestra fe: creemos en un Dios personal que está en nuestra vida y que, además, nos llama a construir historia con él, a participar en su acción creadora y redentora.

Concebida así la fe, no corre peligro de convertirse en algo estático, en una ideología, en ritos religiosos o en un código moral. Abarca un mundo de ideas, se expresa en ritos y celebraciones religiosas y nos entrega normas morales, pero la fe es mucho más que eso. Por la fe, nosotros mismos y nuestros hijos nos introducimos en una historia sagrada, en la alianza que históricamente Dios selló con el hombre, primero en el Antiguo Testamento y, luego, definitivamente, en Cristo Jesús en el Nuevo Testamento.

Esa intervención histórica del Dios vivo no es algo que sólo aconteció en el pasado y que nosotros simplemente recordamos. Su intervención fue ayer, es hoy y continuará mañana, hasta el fin de los siglos. Continúa dándose en el mundo, en la Iglesia y en nuestra familia, en cada uno de nosotros. Nuestro Dios es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, de María y de Pedro. Es el Dios “de nuestros Padres”, como María lo percibió y cantó plena de gozo, en su Magníficat. Vitalmente, nuestros hijos se compenetrarán de esa verdad principalmente cuando perciban que ese Dios ha estado presente en nuestra historia personal y en nosotros como matrimonio, y a lo largo de nuestra trayectoria familiar. Percibirán a Dios como “el Dios de mi papá” y el “Dios de mi mamá” y “el Dios de nuestra familia”.

Ese Dios, que se hace sacramentalmente presente de modo especial en la eucaristía, también se hace presente en nuestra vida cotidiana: es un Dios presente, hoy. La fe

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percibir.

Creemos que en determinadas familias se da este modo de vivir la fe, al menos en forma funcional. Sin embargo, generalmente éste no es el caso. Cuando no lo es, la vida de fe pierde su dinamismo: son otras las realidades que inspiran nuestra vida concreta. Vivimos inmersos en una actividad cotidiana donde se desvanece la conciencia de la presencia y acción de Dios. Nos vamos así convirtiendo en paganos de la vida diaria, aunque profesemos la fe y practiquemos virtudes o realicemos actos religiosos. En otras palabras: reina un gran divorcio entre fe y vida cotidiana.

Engendrar en la fe

Transmitir la fe en el Dios vivo, introducir a nuestros hijos en el “acontecimiento” salvífico, requiere que nosotros la vivamos diariamente. Si esa fe está viva en nosotros y en nuestra historia personal, podremos transmitirla a nuestros hijos. Les damos la vida no solo biológicamente, sino que también engendrándolos en la fe.

Porque la transmisión de la fe es un proceso de engendramiento. De allí que, por ejemplo, el apóstol Pablo podía decir: “Fui yo quién los engendró en Cristo Jesús” (1 Cor 4, 15).

Engendrar en la fe requiere que nosotros nos hayamos aventurado “a hacer historia de la mano del Dios vivo”, de modo que invitemos a nuestros hijos a hacer lo mismo que nosotros.

Pablo VI en Evangelii Nuntiandi destaca precisamente lo que significa una transmisión personal de la fe:

Además de la proclamación que podríamos llamar colectiva del Evangelio, conserva toda su validez e importancia esa otra transmisión de persona a persona. El Señor la ha practicado frecuentemente –como lo prueban, por ejemplo, las conversaciones con Nicodemo, Zaqueo, la Samaritana, Simón el fariseo– y lo mismo han hecho los Apóstoles. En el fondo, ¿hay otra forma de comunicar el Evangelio que no sea la de transmitir a otro la propia experiencia de fe? La urgencia de comunicar la Buena Nueva a las masas de hombres no debería hacer olvidar esa forma de anunciar mediante la cual se llega a la conciencia personal del hombre y se deja en ella el influjo de una palabra verdaderamente extraordinaria que recibe de otro hombre. (EN 46)

Una fe práctica en la divina Providencia

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largo de toda una historia de salvación, que rememoramos al leer el Antiguo y el Nuevo Testamento; un Dios que también hoy nos sigue visitando y requiriendo con su amor. En el Antiguo Testamento el pueblo de Israel estaba convencido de esta presencia activa de Yahvé, pero esta presencia se refería al pueblo como tal. Es en el Nuevo Testamento cuando Cristo Jesús amplía decididamente el horizonte, mostrando la intervención de Dios hasta en los detalles de nuestra existencia. Basta leer su enseñanza sobre las aves del cielo y los lirios del campo, etc.

Dios es un Dios fiel, que nos “persigue” con su amor; “que extiende su misericordia de generación en generación” (Lc 1, 50), “acordándose de la alianza, como lo había prometido

a nuestros padres, a Abraham y su descendencia por los siglos” (Lc 1, 54-55).

Hablar de Dios connota siempre su divina Providencia. Porque nuestro Dios es un Dios providente, que interviene en el mundo, que nos acompaña, que nos busca constantemente, que irrumpe en nuestra vida, a veces, con estrépito, pero, normalmente como una suave brisa.

Es un Dios amante, infinitamente sabio y poderoso que, si lo ignoramos o lo negamos, él no nos niega a nosotros ni nos olvida, porque es fiel y no puede negarse a sí mismo (cf 2 Tim 2, 13).

Es un Dios que, si caemos y pecamos, como el padre del hijo pródigo, está oteando el horizonte y, cuando nos divisa, corre a nuestro encuentro, nos abraza y hace una fiesta para mostrarnos su alegría.

Tanto quiso estar con nosotros y convencernos de que estaba cerca nuestro, que nos amaba más que cualquier padre o cualquiera madre aman al hijo de sus entrañas, que decidió venir a visitarnos –y ése es el gran misterio de nuestra fe–, tomando carne en el seno de María, nuestra Madre: “el Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros”. Cristo Jesús, Señor del universo y de la historia, vino a hacernos aún más visible la presencia de Dios, vino a los suyos y estableció su tienda entre nosotros (cf. Jn 1). Vino a

sellar con su sangre, derramada en la cruz, su amor por nosotros. “No los dejaré solos” les dice a sus discípulos en la Última Cena.

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persona. Es el “método” que también usaron Jesús y los apóstoles.

El Dios vivo en la celebración litúrgica

El sentido de nuestras celebraciones litúrgicas es hacer memoria y

reactualizar hechos históricos, es decir, la historia de salvación.

Si recapacitamos sobre el sentido de nuestras celebraciones litúrgicas, de la celebración de la eucaristía, de las fiestas y solemnidades del año litúrgico, ¿qué son éstas, sino un “hacer memoria”, un “reactualizar” sacramentalmente hechos históricos, como el nacimiento de Cristo, su muerte y resurrección, su ascensión a los cielos? Es la “historia de la salvación” lo que conmemoramos y celebramos. El Dios que se hace presente en forma extraordinaria en Cristo, como el Dios Hecho Hombre, quiso, también en forma extraordinaria, instituir la eucaristía como memorial de su pasión, muerte y resurrección, y como presencia suya en el tabernáculo.

Por la celebración de la eucaristía, la vida y entrega de Cristo se actualiza en el altar y el sentido de esa actualización es que nosotros nos sumerjamos en su ofrenda, poniendo en ella lo que cada uno está viviendo: nuestras alegrías y nuestras cruces, nuestros proyectos, éxitos y fracasos. Llegamos a la celebración eucarística trayendo al altar todo lo nuestro y desde el altar vamos con Cristo a conformar nuestra vida cotidiana con él.

Transmitir una fe histórica

Más que un ateísmo militante, muchas veces se da un ateísmo práctico

No es fácil lograr la transmisión de fe a los hijos, tal como la concebimos, sobre todo hoy cuando vivimos inmersos en un tiempo radicalmente secularizado; cuando predomina, quizás no tanto un ateísmo teórico (al hombre actual no le importan tanto las verdades, menos aún las transcendentes; no se da ya un ateísmo “militante” como se daba hace un par de decenios atrás…), pero sí se da un ateísmo práctico. Donde, a menudo, los que dicen creer en Dios, creen en un dios “difuso”, impersonal, hecho a su medida, “inofensivo”. Poco importa, en verdad, “creer o no creer en él”, porque pareciera que no es Dios sino otros los factores que determinan el rumbo que sigue el mundo: los intereses económicos; los poderes que dominan los medios de comunicación, las influencias políticas, lo que puede la ciencia y la técnica o simplemente lo que nos gusta y complace.

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Ahora bien, el desafío que enfrentamos es lograr transmitir a nuestros hijos una fe viva, no de los “días domingos” sino del día de trabajo, de la existencia cotidiana. Lo lograremos en la medida que ellos vayan experimentando que ese Dios no es un Dios “en general”, sino que estuvo y está vivo entre nosotros, en primer lugar, en la historia de nuestra familia. Como también lo está en la historia de nuestra Iglesia actual, con todas sus bondades y deficiencias, y que lo está también en el acontecer mundial.

Sí, también allí, cuando pareciera que se hubiese quedado dormido en la barca de la historia, o que no tiene poder para intervenir en el acontecer del mundo, o que no le importa lo que está sucediendo acá, en medio de las guerras, de las injusticias o miserias de este mundo.

El gran obstáculo que muchos tienen para creer en el Dios vivo, es justamente el escándalo de la perversidad, de las injusticias, del mal. ¿Cómo puede permitir un Dios bueno, poderoso y sabio tantas miserias? ¿Por qué no aparta todo ese cúmulo de maldad?

Podría hacerlo, pero bajo la condición de reducirnos a la condición de las hormigas o las abejas –que “funcionan” extraordinariamente bien– pero no son personas libres. Dios nos quiso crear “a su imagen y semejanza”, nos hizo personas y como tales seres libres. Esa es nuestra grandeza.

El no violenta ni suprime esa libertad. Y esa libertad el hombre la puede utilizar mal, apartándose del Dios vivo. Por el pecado entró el desorden y la miseria en el mundo. No es Dios quien genera la maldad, la miseria y las injusticias; éstas son producto de nuestros pecados, del mal uso de nuestra libertad.

Pero no sólo del mal uso o abuso de nuestra libertad, sino también de la presencia del “misterio de iniquidad”, que subyace en el acontecer del mundo, es decir, de la presencia del demonio. Sin embargo, Dios sabe “escribir derecho en líneas torcidas”: sabe sacar bien del mal. “Todo coopera, afirma san Pablo, al bien de los que aman a Dios”. Por la fe somos capaces de vencer el pecado y el demonio, siempre que nos aliemos con Cristo. Él nos permite revertir el mal y el pecado, nos hace posible sacar bien del mal, crecer en las dificultades y santificarnos en nuestras cruces.

El Prefacio de la IV Plegaria Eucarística describe bellamente este camino:

Te alabamos, Padre santo, porque eres grande

y porque hiciste todas las cosas con sabiduría y amor. A imagen tuya creaste al hombre

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dominara todo lo creado.

Y cuando por desobediencia perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder de la muerte,

sino que, compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca.

Reiteraste, además, tu alianza a los hombres; por los profetas

los fuiste llevando con la esperanza de salvación. Y tanto amaste al mundo, Padre santo,

que, al cumplirse la plenitud de los tiempos, nos enviaste como salvador a tu único Hijo.

PREGUNTAS

PARA LA REFLEXIÓN

• ¿Le pido a Dios que aumente en nos otr os el don de la f e, y que podamos mejor ar la s epar ac ión de f e y vida?

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• ¿Cómo c elebr amos la euc ar is tía? ¿Es es ta par a nos otr os una c elebr ac ión donde c onf luye nues tr a vida c otidiana y des de la c ual s alimos c on nuevas f uer zas par a c onf or mar nues tr o día de tr abajo?

• ¿Nos damos tiempo par a “meditar la vida”, par a des c ubr ir a Dios en las c ir c uns tanc ias que nos r odean? ¿Tr ato de ver y es c uc har al Dios que inter viene en mi vida diar ia?

• ¿Le abr o c uando él toc a a mi puer ta?

• ¿I ntr oduc imos a nues tr os hijos en el c onoc imiento de la His tor ia Sagr ada, de f or ma que es te modo de c onc ebir la f e s ea algo f amiliar par a ellos ? ¿Hemos hec ho una pr ác tic a de “lec tio divina” ( meditac ión de la Biblia) c omo es pos os y en f amilia?

• ¿Hemos meditado c omo per s ona y c omo matr imonio en la inter venc ión del Dios pr ovidente en nues tr a vida? ¿En qué momento hemos per c ibido vitalmente s u Pr ovidenc ia? ¿Lo hemos des c ubier to en nues tr as c r uc es ?

• ¿Hac emos , por ejemplo, en Navidad o a f in de año, una meditac ión c on nues tr os hijos s obr e el Dios de nues tr a vida? ¿Cuándo, c ómo y dónde lo hemos exper imentado?

• ¿Rec ur r imos a Dios s ólo c uando tenemos pr oblemas o también lo hac emos par a agr adec er lo que nos r egala, o par a dis c er nir c ómo y c uándo debemos ac tuar en deter minada oc as ión?

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A

En la transmisión de la fe se acentuaba en particular el elemento racional y volitivo. Es decir, las ideas y la voluntad eran lo predominante. O bien se acentuaba en la vida de fe el elemento devocional.

En el último tiempo, también se ha dado una fe “desacralizada”, es decir, volcada a lo social, dejando en segundo o tercer plano el vínculo personal con el Dios vivo.

En este horizonte nosotros ponemos en primer plano la fe como un encuentro con el Dios personal, que está presente y actuante en nuestra historia: la fe es un “acontecimiento”, algo que sucede en nuestra vida.

Sin embargo, resulta difícil comprender esta dimensión, porque el hombre actual (y nosotros mismos) somos a menudo a-históricos: no bebemos de nuestra historia ni desentrañamos lo que ésta nos enseña.

Si logramos descubrir al Dios de nuestra vida, vamos a poder transmitir a nuestros hijos una fe que no sólo se arraigará en su cabeza y su voluntad, sino que penetrará en su corazón. Será entonces natural para ellos contar con Dios, con su presencia y compañía.

De allí que sea preciso que como padres nos adentremos en nuestra propia historia y descubramos en ella la acción del Dios vivo. Esto se verá reforzado por el descubrir más profundamente la historia sagrada, la historia de la salvación que relata la Sagrada Escritura. Ambos procesos se fecundan mutuamente.

firmamos que la

fe

es un encuentro personal, lleno de amor y confianza en el Dios que nos sale al encuentro, que nos ama y quiere construir su reino en la tierra con nosotros.

Vivir una fe bíblica o histórica requiere tomar conciencia de las unilateralidades que se dan en nuestra manera de vivir y transmitir la fe, para abrirnos a un panorama más amplio y focalizar con mayor fuerza nuestro empeño evangelizador en lo que constituye el núcleo de la fe según la Sagrada Escritura.

En este contexto, queremos ahora continuar las reflexiones anteriores.

Ilustrar la razón y fortalecer la voluntad

Transmitir la fe a los hijos no se limita a que asientan las verdades de

la fe con la razón. Su fe será puesta a prueba y cuestionada en un

mundo no creyente.

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se apelaba en primer lugar a la razón y a la voluntad. La filosofía definía al ser humano como un “animal racional”. La tarea consistía entonces en iluminar la razón y la voluntad para que éstas afirmasen como verdad lo que le proponía la fe. Por otra parte, había que mover la voluntad para que nuestra vida se conformase de acuerdo a la norma moral.

Simplificando: la tarea de educar se centraba en transmitir verdades (“enseñar”, adoctrinar) y practicar virtudes (a menudo, “adiestrar”).

La transmisión de la fe de modo semejante se centraba también en las prácticas religiosas, devocionales, que se cultivaban durante la niñez, pero que, posteriormente, los hijos a menudo las iban abandonando.

Es verdad que el elemento raci onal o conceptual de la fe es importante: a nuestros hijos debemos hacer asequible y razonable creer. Hoy no es suficiente la “fe del carbonero”. Junto con despejar las objeciones a la verdad revelada, es preciso, además, que la conozcamos, que podamos dar razón de lo que creemos.

P ero transmitir la fe no se limita a que nuestros hijos asientan con la razón lo que les enseñamos. Su fe será puesta a prueba por un mundo relativista y no creyente; será cuestionada y hasta ridiculizada.

Por otra parte, la vida de fe comprende un elemento voli ti vo, exige un comportamiento coherente. La persona tiene que llegar a practicar las virtudes y adquirir los hábitos propios de un creyente. Pero, como dijimos, la religión no es simplemente un catálogo de valores y virtudes que debemos adquirir.

Cuántas veces hemos sido testigos de que la “costumbre” de ir a misa, de rezar tal o cual oración, luego es dejada de lado, porque no la entienden o ya no les interesa. En definitiva, esas prácticas religiosas no llegaron a internalizarse.

Pero no sólo existe el peligro de una fe racionalista, moralista y devocionalista, sino también de cultivar una fe “secularista”. Cuántas veces hemos sido testigos de la práctica de una fe entendida unilateralmente como servicio al hombre y, especialmente, a los más pobres, que termina perdiendo su raigambre en el contacto personal con el Señor y convirtiéndose en un humanismo que prácticamente deja de lado al Dios vivo: no se necesita creer para jugarse por la dignidad del hombre y, a veces, incluso, para hacerlo heroicamente. Nuestra fe debe mostrarse en obras, pero es más que un imperativo de compromiso con la superación de la injusticia social. Lo distintivo reside en que nuestra caridad y fraternidad emanan de estar enraizados vitalmente en Cristo. La fuerza que nos lleva a preocuparnos por los más necesitados es que en ellos está Cristo y que es su amor el que fecunda nuestro amor.

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Estamos llamados a superar todas estas formas erradas de vivir la fe. Nuestra meta ha de ser la unión entre fe y vida, o como lo dice el concilio Vaticano II, la superación del divorcio entre Evangelio y cultura. La vida de fe auténticamente bíblica es, como hemos señalado, una fe personal e histórica.

La fe, afirmamos, consiste en adentrarnos en un acontecimiento histórico del Dios que nos visita y quiere sellar con nosotros una alianza. Queremos entregar y cultivar en nuestros hijos una fe que los lleve a un encuentro personal con Cristo y que permanezca indeleble en su alma, en medio de un mundo cada vez más alejado e indiferente ante Dios.

La fe nos habla de una relación de amor entre personas; nos habla de ser “protagonistas” que actúan y establecen vínculos de entrega y de confianza, que tienen una historia y se involucran en ella; nos habla de realidades que se viven y que nos cambian y enriquecen interiormente; de tareas que hay que realizar de la mano de Cristo el Señor.

Mencionamos la decepción que significa para los padres constatar que sus hijos a menudo van dejando de lado las verdades de fe que creíamos inconmovibles, siguiendo caminos muy distintos a los nuestros.

Queremos ser capaces de educar la fe de nuestros hijos de forma que ésta prevalezca y se consolide a pesar de las vivencias que experimentan en el medio en que interactúan; capaces de entregarles una fe que transforme su vida y los lleve a cultivar costumbres y convicciones que superen las costumbres materialistas y descristianizadas que abundan por doquier y que también, casi sin darnos cuenta, se van anidando en su corazón.

La fe es una relación de amor entre personas que son “protagonistas”

que actúan y estrechan vínculos entre ellas y el Señor.

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Un tipo de hombre sin historia

El hombre actual suele ser un hombre a-histórico: vive el presente y del presente. Su vida está parcelada. No tiene mayor conciencia de su pasado ni menos aún elabora su historia. Sólo cuando constata traumas en su psiquis, recurre al siquiatra que le lleva a escudriñar el origen de su comportamiento patológico. Trata de superar el pasado, viviendo intensamente el presente, sin saber qué va a suceder en un futuro que siempre es incierto. Por eso no es raro que la angustia y el stress sean en ellos (y en nosotros) una realidad dominante. No se reconoce en la trayectoria de su existencia la mano bondadosa y providente de un Dios que nos ama y que tiene un plan de amor para nuestra vida. El hombre actual (y nosotros lo somos) es un hombre esencialmente “discontinuo” o parcelado.

Nuestra propia “historia sagrada”

La gran historia sagrada se reactualiza en cada uno de nosotros:

Cristo vive y actúa en mí, ahora.

La vida del creyente es radicalmente distinta: éste sabe que “Uno es el Señor. Una la fe, uno el bautismo. Uno es Dios, el Padre de todos, que está por encima de todos, y que actúa por todos y está en todos” (Ef 4, 5-6). Ese Dios tiene un plan de amor para

nuestra vida. Y ello es lo que le da coherencia. Podemos caminar en zig-zag, ir por el camino recto o desviarnos, caernos y levantarnos: pero él está siempre junto a nosotros. El Señor nos tiene cogidos de su mano. En nuestra existencia hay una trama, hay “alguien” que nos acompaña, que nos espera, que nos corrige y nos rescata: Cristo Jesús, el Señor.

Cada uno de nosotros, como cristianos, “sabemos” lo que los otros no saben, porque tenemos la luz de la fe que nos hace “ver” la mano conductora del Dios providente. Como esposos, que han sellado su vida de amor en el sacramento del matrimonio, tenemos la conciencia que Dios nos ha unido, y que él quiere tejer con nosotros una historia de amor, en bien nuestro y de nuestros hijos. Él tiene un proyecto de vida con nosotros, que estamos llamados a descubrir y realizar progresivamente en la fe.

De esta forma, la gran historia sagrada se “reactualiza” en nosotros. La “imitación” y “seguimiento” de Cristo no se reducen por ello a un “reproducir”, aunque sea en forma imperfecta, lo que Cristo vivió: su pasión,

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nosotros su historia, reactualizándola sacramentalmente en la eucaristía y en nuestra propia vida.

Los grandes “hitos” de la historia del Señor: su nacimiento, su vida en Nazaret, su vida pública, su pasión, muerte y resurrección, los revivimos en nuestra propia historia. También en nuestra vida se dan hitos, momentos de gracia, etapas donde la presencia de Dios y su acción se hacen más palpables y marcan nuestra senda.

En nuestra vida se dan hitos y momentos de gracia donde la presencia

de Dios se hace más palpable y cercana.

Tomar conciencia

Cuando los hijos comprenden la historia de salvación, se ilumina el

sentido de su propia historia familiar

y personal.

Nuestra fe, entonces, nos lleva a tomar conciencia del paso de Dios por nuestra vida. Implica hacer conscientes los momentos en los cuales el Señor nos ha visitado, gozosa o dolorosamente, para llevarnos hacia el Padre. Nosotros y nuestra familia, por lo tanto, somos una familia con historia. Con una historia llena de Dios, de nuestra entrega y de nuestras caídas, pero, por sobre todo, llena de su misericordia. Somos una familia con memoria: constantemente, como el pueblo elegido, “hacemos memoria”, recordando y agradeciendo. Como María, cantamos las “maravillas” que Dios ha hecho con nosotros, personalmente, como esposos y con nuestros hijos, “recordando” su misericordia “que se extiende de generación en generación”.

Esta fe viva es la que debemos transmitirles.

A partir de su propia historia familiar, los hijos podrán adentrarse en la gran historia de salvación. Y a su vez, la comprensión de la gran historia de salvación iluminará vitalmente el sentido de su historia familiar y personal. Este proceso afianzará en los hijos una convicción existencial de la realidad del Cristo de “ayer, hoy y mañana”. Será una convicción que les permitirá ir por la senda de su vida, con la paz que sólo el Señor sabe dar y con la confianza que “Dios es más grande que nuestro corazón” (1 Jn 3, 20) y que “en todas las cosas interviene Dios para el bien de los

que le aman” (Rm 8, 28).

De esta forma, la fe deja de ser algo teórico: se convierte en una forma de vida difícil de perder.

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PREGUNTAS

PARA LA REFLEXIÓN

• ¿Qué tipo de f e s e hac e más pr es ente entr e nos otr os ? ¿Una f e r ac ionalis ta, mor alis ta, pietis ta o s ec ular is ta?

• ¿Somos per s onas a- his tór ic as , es dec ir, vivimos s ólo el pr es ente? ¿Qué s ignif ic a par a nos otr os c ontar c on una “tr adic ión f amiliar ”? ¿Se puede dec ir que par a nos otr os “la his tor ia es maes tr a de la vida”?

• ¿Podr íamos s eñalar algunos de los hitos más impor tantes de nues tr a his tor ia f amiliar y des c ubr ir la pr es enc ia de Dios en ellos ?

• ¿Tenemos c onc ienc ia de que r evivimos en nues tr a pr opia his tor ia los ac ontec imientos de la vida de Cr is to? ¿Cuáles s on nues tr os mis ter ios gozos os , luminos os , dolor os os y glor ios os ?

• ¿Tiene nues tr a f e una c lar a nota de s er una f e per s onal, es dec ir, un enc uentr o per s onal c on el Señor, c on Dios Padr e, c on Mar ía en el Es pír itu Santo?

• ¿Qué s ignif ic a que nues tr a f e s ea “per s onal”? ¿En qué c ons is te una f e imper s onal?

• Por la f e es tablec emos un tr ato per s onal c on Dios , entr amos en alianza c on él. ¿Cómo vivimos es to en el día a día?

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En este capítulo se aborda el importante tema de la capacidad de recepción del don de la fe. Si estamos llamados a transmitir vitalmente la fe a nuestros hijos, entonces debemos tener presente que su recepción está condicionada por lo que son nuestros hijos tanto en el plano intelectual, volitivo, afectivo e inconsciente.

Ninguna persona recibe la fe como en una “tabula rasa”, es decir, en blanco, sino en una naturaleza que está marcada con realidades de diversos órdenes.

Por eso se explica la armonía que debiera existir entre la naturaleza y la gracia.

El don de la fe no cae como una “cosa” en nosotros, como algo yuxtapuesto a nuestra realidad consciente y profunda.

Por eso es preciso, considerar los “presupuestos de la fe”, a saber, los presupuestos racionales, morales, ascéticos y vivenciales.

Condicionamiento psicológico de la recepción de la fe

Nos hemos referido a la fe en el Dios vivo, histórico, que ha estado y está en nuestra historia personal y familiar. Esta consideración de la fe desde la perspectiva bíblica, amplía considerablemente la tarea evangelizadora de los padres y de todo educador de la fe; nos lleva a considerar algo que reviste gran importancia en el proceso de educación de la fe.

Nos referimos, concretamente, al condicionamiento psicológico de la recepción de la verdad revelada. El don de la fe no es un agregado que se yuxtapone a lo que somos como personas que poseen una sensibilidad determinada y una capacidad de comprensión condicionada por factores de diverso orden en la esfera natural.

En el capítulo anterior, señalamos que si no se tiene conciencia histórica, y no se ha aprendido a “hacer memoria” viviendo sólo del presente, entonces, difícilmente se va a comprender la fe de modo vital, como revelación de una historia sagrada.

En cambio, que exista en la familia una conciencia histórica, permite que los hijos se abran con mayor facilidad a Dios, Señor de la historia, que ha intervenido, también haciendo maravillas, en la trayectoria de su vida y de su familia. Psicológicamente, eso les hace posible comprender su historia de familia como una historia sagrada. Al mismo tiempo, podrán comprender más fácilmente la gran historia de salvación.

Relación entre el orden natural y sobrenatural

Se trata aquí de la armonía entre la naturaleza y la gracia o de la estrecha relación que existe entre el orden natural y el sobrenatural. La gracia que Dios nos regala la recibimos no como algo superpuesto o agregado a lo que somos. La gracia no es “algo” que se

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yuxtapone a lo que somos. Según afirma santo Tomás de Aquino, la gracia presupone, sana, perfecciona y eleva la naturaleza. Esta verdad central no sólo tiene validez doctrinal sino que también se debe aplicar en el campo de la pedagogía de la fe.

Otra antigua sentencia aclara también lo que queremos destacar. Dice: “Todo lo que se recibe es recibido de acuerdo al modo del recipiente”. Si vierto agua en un vaso, esta agua toma la forma que tiene el vaso.

A menudo no se toma suficientemente en cuenta el “presupone” al cual se refiere el axioma tomista. O se le reduce al hecho que el don de la fe la recibimos en nuestra inteligencia, como si la naturaleza del hombre fuese sólo razón y voluntad. La fe que queremos transmitir a nuestros hijos debe captar no sólo su razón, su voluntad, sino, más allá, debe llegar a captar su afectividad y su inconsciente. Durante siglos se pensó que la persona llegaba al mundo como una “tabula rasa”, es decir, como una página en blanco, sin escribir. Con el conocimiento que hoy poseemos de la psicología profunda, sabemos que no hay tal. El niño o joven que buscamos educar en la fe no es sólo inteligencia y voluntad, ni es tampoco una página en blanco, sino que –por la herencia y por las vivencias, sobre todo durante sus cinco primeros años de vida– lleva grabadas en la hondura de su ser, determinadas predisposiciones y tendencias. De algún modo, desde las raíces de su ser, ya está orientado positiva o negativamente frente a la verdad y, especialmente, respecto a la verdad revelada.

De allí que nuestras acciones y convicciones no dependan sólo de nuestra esfera racional o volitiva consciente, sino también de la afectiva y, muy particularmente, de la esfera que abarca nuestro inconsciente.

Para confirmar esto, basta con que miremos un poco a nosotros mismos, a la influencia que ejercen, en nuestro pensar y actuar, las simpatías y antipatías, los impulsos instintivos, más allá de las “claridades” que podamos poseer en nuestra esfera racional. Se dice que “el deseo es padre del pensamiento”. Las disposiciones del inconsciente en gran medida condicionan, desde el yo profundo, nuestros pensamientos y aspiraciones, y con ello también nuestra aceptación o rechazo de las verdades de la fe.

Las verdades de fe que anunciamos son recibidas de acuerdo a una

“receptividad” positiva o negativa. Esta receptividad está

condicionada por nuestras vivencias de amor paterno-filiales y

fraternales.

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Lo expuesto condiciona fuertemente nuestra pedagogía de la fe. Pensemos sólo en los conceptos claves de la fe que queremos transmitir a nuestros hijos. Estos tienen una estrecha relación con las vivencias que se dan en el seno del hogar, especialmente durante la primera niñez.

¿Cuál es el contenido de las verdades reveladas que les queremos transmitir? Éstas hablan de la paternidad de Dios; del Dios Padre providente, de Cristo como Hijo de Dios Padre; de María como madre de Jesús y madre nuestra; hablan de fraternidad y comunión entre hermanos, de que formamos un solo cuerpo, una sola familia. Hablan, en definitiva, del amor como la esencia misma del Dios revelado: comunidad de amor de tres personas que son uno; y que nosotros, como imágenes vivas de Dios en Cristo, tenemos como vocación, amar.

Cada uno de estos conceptos que anunciamos posee una resonancia afectiva-inconsciente en el alma de nuestros hijos, despertando una disposición negativa o positiva a acoger esas verdades reveladas.

¿Cómo van a entender el mundo del amor, de la solidaridad como hermanos, si no cuentan con la vivencia de ello en el plano natural? ¿Qué resonancia y capacidad psicológica puede tener en nosotros el llamado a vivir en el respeto, la fraternidad, la humildad, para acogernos mutuamente, si la vivencia de esas realidades ha sido deficiente o a veces casi nula en nuestra historia de vida?

Cuando el Señor nos pide “permanecer” en su amor, ¿qué puede significar vitalmente eso para alguien que nunca o muy débilmente ha experimentado ese estar el uno en el otro propio del amor? Hablamos de dialogar con Dios, pero, si no hemos aprendido a dialogar en nuestro hogar, a hacerlo de corazón, ¿será verdad que dialogamos con Dios y que “comulgamos” con él? ¿Cómo vamos a recibir como Buena Noticia el que tenemos un Padre en el cielo, si el padre natural ha sido un ausente, un castigador o un violento?

El condicionamiento psicológico

Cada uno de los conceptos revelados posee una resonancia afectiva inconsciente, de acuerdo a las experiencias vitales –positivas o negativas– que han anidado en lo profundo del inconsciente. Su interés, su gozosa acogida o su desinterés o rechazo, dependerá, desde este punto de vista, de cuán traumáticas o felices hayan sido esas experiencias. La gracia que Dios nos regala puede hacer milagros y de hecho los hace, pero, normalmente, esa gracia está sometida al condicionamiento psicológico del sujeto: edifica sobre la naturaleza, la presupone.

Dios pensó en una armonía de ambos órdenes: el natural y el sobrenatural. Él es el Dios Creador y Redentor que no pasa por encima de lo que él ha creado y redimido. Nosotros perturbamos esa armonía y, muy a menudo, no la tomamos suficientemente en cuenta cuando elaboramos una pedagogía de la fe o cuando queremos educar en la fe a nuestros

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hijos.

No tenemos dos psicologías: una psicología que condiciona nuestro comportamiento humano y otra psicología que condiciona nuestro comportamiento sobrenatural, es decir, en la fe. Las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad se arraigan (o no logran arraigarse) en nuestra capacidad natural de conocer, esperar y amar. Por ejemplo, la persona humana es un ser capaz de amar con todo su ser, con su afectividad y sus fuerzas instintivas, con su corazón y con su voluntad y ese amor se hace lúcido por la razón iluminada por la fe. Es esa capacidad de amar natural la que presupone, sana, eleva y perfecciona la gracia.

Presupuestos de la fe

Es en este contexto que podemos comprender lo que se denomina “presupuestos de la fe”. Si queremos transmitir a nuestros hijos la fe, entonces tenemos que tener en cuenta que ellos la reciben de acuerdo a lo que se da en su inteligencia, voluntad, afectividad e inconsciente.

Distinguimos presupuestos racionales, morales, ascéticos y vivenciales.

¿Cómo preparamos el camino para que nuestros hijos se abran a la verdad revelada? Lo hacemos cuando les exponemos las pruebas y fundamentos de las verdades reveladas o la explicamos y las hacemos comprensibles o “razonables”. Éste es el presupuesto “racional” que les hace creíble lo que afirma la fe.

Los presupuestos morales y ascéticos se refieren a las virtudes que cultivamos en ellos. Si llegan a ser personas honestas, puras, veraces, serviciales, etc., lo que dice el Evangelio les parecerá justo y bueno. En cambio, si son mentirosos, perezosos, lujuriosos, poco respetuosos, etc., no se sentirán precisamente motivados por lo que se les predica.

Los presupuestos vivenciales de la fe se refieren a lo que anida en el corazón e inconsciente. Lo que existe o “dormita” en ese inconsciente es producto de las vivencias que ellos han tenido, especialmente, durante su niñez en el seno de la familia.

Por esto es que es tan decisiva la realidad familiar, con las vivencias que comporta, para la recepción positiva de la fe. El ambiente que existe en la vida familiar, el trato que se da entre los padres y los hijos y entre los hermanos, la vivencia que los hijos tienen en relación con la mamá y el papá, condicionan profundamente la recepción y, posteriormente, la vida de la fe en los hijos.

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La parábola del sembrador nos permite visualizar gráficamente el proceso de acogida de la fe (ver Mt 13, 1-9. Cf Mc 4, 1-9; Lc 8 4-8). El Señor nos habla de un sembrador (de un

evangelizador, de la tarea que tenemos como padres) que esparce la semilla de la Buena Nueva del Reino. Pero no toda la semilla corre la misma suerte. Una parte cae sobre el camino y las piedras, otra sobre las zarzas, es decir, en una tierra no apta, de modo que no logra echar raíces profundas, o simplemente es ahogada por las zarzas o robada por las aves. Sin embargo, otra parte de la semilla cae en una “tierra buena”, donde arraiga y da fruto abundante.

Esta “buena tierra” se refiere a aquello que condiciona la recepción de la verdad revelada.

Una recepción positiva de la Buena Nueva pide hacer “razonable” las verdades de la fe para nuestros hijos, especialmente durante la adolescencia, cuando normalmente pondrán en duda su fe (“presupuestos racionales de la fe”). Debemos mostrarles que estas verdades, a pesar de trascender lo que dice la razón, no la contradicen (la apologética se preocupa de ello). Es tarea nuestra explicarles lo que la verdad de fe entraña y las consecuencias que de ello se siguen para nuestra vida, como verdad liberadora, que humanamente nos plenifica.

Los prepararemos a una recepción positiva de la fe en la medida que cultivemos en ellos una vida moral ordenada, interiorizando tanto las virtudes cardinales: prudencia, fortaleza, justicia y templanza, como también de la veracidad, del respeto, de la pureza, del amor a sus semejantes y el espíritu de servicio, etc. (“presupuestos morales y ascéticos de la fe”). Entonces las exigencias morales que les pone el Evangelio, les serán de algún modo connaturales: no les costará especialmente considerar lo que la fe pide como un ideal al cual vale la pena aspirar. Si nuestros hijos no contaran con una vida moral ordenada, entonces les sería mucho más difícil abrirse a algo que les exige cambiar sus costumbres.

Por otra parte, también señalamos, que existe otro nivel de receptividad: el de los “presupuestos vivenciales de la fe”. Considerando las reflexiones anteriores, podemos entender la preparación de la “buena tierra” también en el sentido de nuestra predisposición psíquica afectiva-inconsciente a acogerla en nuestra alma. En el próximo capítulo nos detendremos en este aspecto.

Referencias

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