Julián Marías
Cervantes clave española
Alianza Editorial
Primera edición en el «Libro de bolsillo»: 1990 Primera edición en «Libros Singulares»: 2003
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© Julián Marías
© Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1990, 2003
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www.alianzaeditorial.es ISBN: 84-206-6875-0 Depósito legal: M. 14.552-2003 Impreso en Fernández Ciudad, S. L.
Printed in Spain
¿Quién fue Cervantes? ¿Cómo fue su vida y su España de su tiempo? ¿Cuáles fueron sus trayectorias, su vocación o, acaso, sus vocaciones? ¿Cómo era aquella España del siglo XVI para que en ella fuera posible un escritor distinto de todos los demás? ¿Qué ha significado Cervantes para la realidad española? ¿Cuál ha sido la discontinua España cervantina?
Julián Marías se formula todas estas preguntas y busca su respuesta en un examen de Cervantes en sus libros —en todos sus libros— y en su vida, en una indagación de lo que ha sido España a lo largo de su historia. Marías reflexiona sobre las condiciones que explican la aparición de este creador único que, con sus obras y su periplo vital, ha dado una nueva dimensión tanto a la España en la que nació como a la que contribuyó a crear, que es la nuestra.
«Cervantes —señala Julián Marías en el prólogo de este libro— ha sido considerado en cada época de una manera peculiar; mejor dicho, de muchas maneras dentro de cada nivel histórico; desde cada país, desde cada individuo que lo ha leído y meditado, ha presentado un aspecto distinto. Siempre cabe ensayar una perspectiva personal, poniendo a Cervantes en conexión con aquello sin lo cual no es comprensible, haciéndolo funcionar igualmente en la intelección de eso que es necesario para entenderlo».
Julián Marías nació en Valladolid, en 1914. Es doctor en Filosofía por la Universidad de Madrid, hoy Universidad Complutense, y catedrático de Filosofía Española, Cátedra Ortega y Gasset, de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Fue senador, por designación real, en las primeras Cortes de la Monarquía. Es académico de número de la Real Academia Española y de la de Bellas Artes de San Fernando. Asimismo es miembro del Colegio Libre de Eméritos, del Instituto Internacional de Filosofía, de la Hispanic Society of America, de la Society for the History of Ideas de Nueva York y del Consejo Pontificio de Roma.
Es presidente de la Fundación de Estudios Sociológicos (FUNDES) y del consejo de redacción de la revista Cuenta y Razón. Entre los numerosos galardones recibidos, cabe destacar el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, en 1996, y la medalla de oro del Mérito al Trabajo, en 2001.
Índice
Prólogo
1. La posibilidad de Cervantes 2. La génesis de la nación España
3. La España de Felipe II y la de Felipe III 4. Las generaciones de la España cervantina 5. Las trayectorias de Cervantes
6. «Español sois sin duda»
7 «Tú mismo te has forjado tu ventura» 8. «Yo sé quién soy»
9. Soldado y escritor: la evasión y el recuerdo 10. La novela: vidas imaginarias
11. Don Quijote y Sancho
12. Los dos Quijotes: de las cosas al mundo 13. Reabsorción de la circunstancia
14. La memoria y el sueño: El Persiles como recapitulación de la vida 15. Cervantes para lectores
16. El desenlace histórico del mundo cervantino 17. Cervantes y la realidad: sueño, ficción y vida 18. La discontinua España cervantina
19. La expresión de España Epílogo
Prólogo
Un libro más sobre Cervantes. Parece dudoso que tenga sentido escribirlo en 1990, añadirlo a la serie interminable de libros, sin contar los ensayos y artículos, que sobre él se han escrito. Podría buscar una justificación en el deseo que he tenido durante muchos años —creo que el deseo, cuando es auténtico, es una poderosa justificación con la cual no se suele contar—. He dado cursos en torno a su figura y su obra: el primero, en Wellesley College, en 1951; el último, en el Instituto de España, entre octubre de 1989 y mayo de 1990, que ha sido el más fuerte impulso para que este libro llegue a escribirse.
No parece fácil decir nada sobre Cervantes que no se haya dicho ya, que tenga alguna novedad, que verdaderamente ayude a su comprensión. Pero pienso que siempre se puede hacer algo que no esté hecho, incluso sobre asuntos tratados de un modo que parece exhaustivo. Nada es exhaustivo, porque nada real se puede agotar. Todas las ideas, teorías, interpretaciones, aun siendo verdaderas, dejan fuera una enorme porción de la realidad, que va más allá de todas ellas.
En definitiva, se trata de algo muy sencillo, que es elegir una perspectiva propia. Si se mira la realidad desde un punto de vista personal, desde la situación de cada uno, automáticamente resulta que se ve algo nuevo, porque las perspectivas no son intercambiables ni equivalentes, sino, por el contrario, irreductibles; y a la vez comunicables, y esta es la justificación de que se hable o se escriba.
Cervantes ha sido considerado en cada época de una manera peculiar; mejor dicho, de muchas maneras dentro de cada nivel histórico; desde cada país, desde cada individuo que lo ha leído y meditado ha presentado un aspecto distinto. Siempre cabe ensayar una perspectiva personal, poniendo a Cervantes en conexión con aquello sin lo cual no es comprensible, haciéndolo funcionar igualmente en la intelección de eso que es necesario para entenderlo. Si a esto se añade lo que uno encuentra realmente en Cervantes, lo que necesita de él para realizar su propia vida, cierta dosis de originalidad no solo es posible: es inevitable.
En 1966 hice lo que podría llamarse un primer intento de esta visión: un ensayo titulado: «El español Cervantes y la España cervantina»; creo que nunca se ha hecho sobre él ningún comentario. En algún sentido puede considerárselo como el germen de este libro, en el cual se intenta ver en qué medida Cervantes permite comprender España y, a la vez, el intento de entenderlo obliga a poner en juego la comprensión de nuestro país. Es una relación doble y, como veremos, bastante compleja.
Quiero advertir algunas de las cosas que no voy a hacer aquí. No está a mi alcance descubrir «fuentes» nuevas de la obra de Cervantes; aunque pudiera, no lo haría, porque es grande mi desconfianza de las fuentes y lo que se extrae de su investigación. Hay una tendencia muy difundida a explicar a los autores por sus «fuentes», sin advertir que esas fuentes han estado manando desde su momento respectivo y de ellas han salido —si es que han salido— cosas enteramente diferentes. Las obras que suelen interesar son casi siempre enteramente irreductibles a sus fuentes, y si no se tiene esto presente la investigación conduce a la pérdida de la obra así estudiada.
Tampoco se trata de algo que evidentemente es tentador: analizar los textos. Es lo que en la actualidad se hace con más frecuencia y detenimiento, pero muchas veces al hacerlo se desvanece la realidad de la obra y quedan solo sus ingredientes. Hay una tendencia casi imperativa —por lo menos muy imperiosa— a desmenuzar los componentes de una obra literaria —o no literaria—, con el riesgo de que el conjunto —es decir, la obra misma— se evapore y desvanezca.
Hay otra posibilidad, una empresa muy atractiva y tentadora: hacer una biografía de Cervantes. Esto se ha hecho muchas veces, quizá demasiadas, pero a última hora hay que confesar que sabemos poco de Cervantes. No es extraño, porque no se sabe mucho de casi nadie. Tengo la arraigada convicción de que en toda biografía el número de cosas que se desconocen es inmenso. Estoy seguro de que en innumerables biografías de diversas personas no figuran ni siquiera en el índice alfabético nombres que han sido decisivos en esas vidas.
Un ejemplo para mí particularmente claro es Ortega. Lo he conocido mucho tiempo, veintitrés años, y muy de cerca, con mucha intimidad, compartiendo muchas cosas personales e importantes. Nunca me atrevería a escribir una biografía suya. Mis libros sobre él tienen evidentemente un elemento biográfico, porque no se puede escribir sin él acerca de una persona, sobre todo si se trata de un
pensador y escritor; pero no son en modo alguno biografías.
En el caso de Cervantes, en definitiva tan secreto, tan poco manifiesto, de quien se saben relativamente pocas cosas y, sobre todo, se ignoran las que serían más importantes, lo único que se puede hacer —y se debe hacer— es una obra de ficción. Se entiende, cum fundamento in re, apoyada en hechos y datos conocidos y que no se pueden contradecir. Una vida de Cervantes tiene que ser una construcción imaginaria, ficticia, verosímil. Se podría decir: «Este hombre cuya figura presento pudo haber escrito el Quijote y las Novelas ejemplares y el Persiles y el teatro y las poesías». Pudo, porque la mayor parte de los Cervantes que circulan no hubieran podido.
Hay muchas cosas que no se pueden hacer, o por lo menos que yo no sé hacer y no voy a intentar. Voy a hacer una cosa bastante distinta. Me interesa un Cervantes para lectores. Los libros son para leerlos. La tendencia dominante hoy entre los estudiosos es analizar los libros, hacer papeletas de ellos (mejor, perforadas y destinadas a un computador) y, si es posible, no leerlos. Este ideal no es el mío. Cervantes es un escritor, su obra aparece en unos cuantos libros; creo que lo más discreto es leerlo y ver qué nos dice, qué nos dicen sus libros.
Finalmente, ahí están las obras de Cervantes; quiero decir todas las obras de Cervantes. La atención se ha concentrado de manera abrumadora sobre el Quijote. No digo que esto no se justifique: es el libro capital de Cervantes, algo absolutamente extraordinario, más importante que los demás; pero no el único. Cervantes escribió otras muchas cosas, sin las cuales no se lo entiende y, en definitiva, tampoco se entiende el Quijote. Es la parte esencial y más importante de su obra y por consiguiente no hay que excluir el resto. Cervantes nos interesa primariamente por haber escrito el Quijote —si no lo hubiera hecho no es probable que estuviera yo ahora escribiendo este libro—, pero no nos basta. Propondría una fórmula: en torno al Quijote, todo lo demás. Parece la manera más accesible y más justa de hacerse las preguntas que nos plantea Cervantes.
J. M. Madrid, 25 de julio de 1990
1
La posibilidad de Cervantes
La pregunta decisiva que hay que hacerse es: ¿quién fue Cervantes? He dicho que en rigor no se puede hacer una biografía suya; solo se puede conocer su vida fragmentariamente, con grandes zonas de sombra, con ignorancias enormes y que afectan a aspectos esenciales. Pero esto no quiere decir que no podamos saber quién fue. Nunca podemos conocer una vida humana íntegra, ni siquiera la propia, pero podemos conocer la vida misma. Cervantes nos permite saber quién fue. Yo creo que el lector de Cervantes, el lector íntegro y además ingenuo —sin una dosis de ingenuidad no se entiende nada—, sabe quién fue Cervantes y se siente amigo suyo. Personalmente me gustaría haber conocido a muchas personas ilustres de la historia; no a todas, ciertamente; hay algunas, ilustrísimas, a las que me interesa leer y estudiar, pero, no siento demasiado no haberlas conocido; en algunos casos, por ejemplo Descartes o Cervantes —sin contar algunas mujeres—, siento no haberlos conocido y no poderlos conocer (tal vez en el otro mundo: siempre hay una esperanza).
Pero esta pregunta ¿quién fue Cervantes? no es en verdad primaria; si pensamos un poco en serio, nos remite a otra anterior: ¿cómo fue posible? Tenemos que indagar algo sobre lo que no se puede resbalar: la posibilidad de Cervantes.
La razón de ello es que Cervantes no se parece nada a los demás escritores españoles. Se puede estudiar la literatura española del Siglo de Oro —o en su conjunto— y se encuentran multitud de escritores de diferentes géneros a los cuales se puede ordenar cronológicamente y comparar: novelistas, poetas, dramaturgos, ascéticos y místicos, ensayistas; hay entre ellos cierta homogeneidad que no excluye las grandes diferencias personales o de valor. Pero Cervantes no se parece a ninguno, no lo podemos poner en fila con los demás, y no primariamente porque nos parezca superior. Se trata de una unicidad cualitativa. Se puede comparar a Lope de Vega con Tirso de Molina o Calderón, al autor del
Lazarillo con Mateo Alemán o con Espinel, a Garcilaso con Fray Luis de León, Góngora o Quevedo;
pero, ¿qué hacemos con Cervantes? En algún sentido es inexplicable. Creo que esta es la primera impresión que debemos retener.
Pero al mismo tiempo encontramos que Cervantes no es un escritor ajeno a la tradición literaria española; al contrario, no puede ser más español. No se parece a nadie pero es absoluta, radicalmente español; todavía más: no podría ser más que español. Sería imposible imaginar a Cervantes italiano, francés o inglés. Ahí es donde está la dificultad, lo que resulta extraño y en alguna medida anómalo: no podemos agruparlo con los demás escritores, pero al mismo tiempo es radicalmente español y no puede ser otra cosa, está definido intrínsecamente por esa condición. ¿No es sorprendente? Yo propondría esta fórmula: es inverosímil pero absolutamente real.
No solamente es así, sino que no podemos concebir España sin Cervantes. Si se habla de España es inevitable pensar en él. Tengo un recuerdo ya lejano que evoco con simpatía. Estaba en la India, en Agrá, en el Taj Mahal; un señor acompañado de su mujer y una hija vio que yo llevaba una cámara y me pidió el favor de hacerles una fotografía con la suya. Hablamos un momento y me preguntó: «¿De dónde es usted?». Le contesté: «De España». Y dijo: «¡Ah! Don Quijote». Me agradó que el nombre de España evocara para aquel ingeniero indio, inmediatamente, a Don Quijote y, por tanto, a Cervantes.
Si eliminamos a Cervantes de España queda un hueco que no se puede llenar: nos parece que es clave de España. Y quizá la manera más eficaz de penetrar en lo que es España sea verla en la perspectiva de Cervantes. Esto nos llevaría a lo que un matemático llamaría «condiciones de existencia»; pero aquí no se trata de matemáticas, sino de algo más complejo: de historia. Y los problemas son bastante difíciles.
En efecto, no podemos inferir a Cervantes de la realidad española. Antes de Cervantes estaba ahí España; no había Cervantes, y pudo no haberlo; no se olvide esto. No hay ninguna necesidad de que hubiese Cervantes. Nos parece evidente que no podemos entender España sin Cervantes, pero antes de mediados del siglo XVI no existía Cervantes, y pudo no existir nunca. Rodrigo Cervantes y Doña Leonor de Cortinas pudieron no tener hijos, o todos los demás, que eran Cervantes solo de apellido. Miguel no era «necesario».
Esto quiere decir que Cervantes representa una innovación radical en España. Ciertamente, condicionada por la realidad española, dentro de la cual vino a alojarse en cierto momento una figura irreductible que era una entera novedad. Hay que tener presentes estas dificultades si se quiere entender algo. Recordemos los términos del problema. Cervantes resulta único, distinto de todos los demás autores, no comparable con ellos. En cierto modo aparece como una discrepancia respecto de las múltiples formas de la literatura española del Siglo de Oro y de todos los tiempos.
Estos atributos de profunda radicación en la realidad española y a la vez cierta unicidad que ronda con lo inexplicable se encuentran acaso en otros momentos de la historia. Hay dos figuras que muestran, junto a enormes diferencias, alguna analogía con el caso de Cervantes: Velázquez y Ortega. Con distancia cronológica, escasa en Velázquez, muy grande en Ortega, con gran diversidad en el contenido, la situación que caracteriza a Cervantes reaparece en ambos casos. No voy a entrar en este asunto: basta con tenerlo presente en el fondo de la mente por si puede ayudar a entender algunas cosas.
Pero —y esta es la conclusión a que es forzoso llegar— una vez dado Cervantes es imposible entender España sin él. Este tipo de razonamiento no suele hacerse. Hay realidades contingentes, que pueden ser azarosas, que no son necesarias, pero que si se producen, una vez dadas, modifican la si-tuación y obligan a enfrentarse de otro modo con ella. Un ejemplo que está a mil leguas de nuestro asunto es la guerra civil española. Creo que pudo no ocurrir —por supuesto no debió ocurrir—, los españoles podían sentirse totalmente ajenos a la guerra, a su espíritu y a sus beligerantes, pero una vez
dada, evidentemente no tenían más remedio que tomar posición frente a ella. Era un factor de sus vidas
absolutamente condicionante.
Es decir, hay realidades que, una vez dadas, condicionan una situación; pero pueden no darse. Cervantes pudo no nacer, o dedicarse a otras cosas; pudo morir en la batalla de Lepanto, aquellos arcabuzazos que lo dejaron manco y malherido pudieron matarlo, o pudo morir en el cautiverio; es decir, pudo no existir como escritor. Ahora bien, una vez existente, resulta que no solo la literatura española, sino la realidad entera de España nos aparece condicionada por él.
*
Conviene seguir pensando. El pensamiento consiste fundamentalmente en eso, en seguir pensando; cuando uno se detiene está perdido: parece que se ha alcanzado cierta claridad, y si nos paramos y no seguimos adelante se desvanece. Hemos visto que Cervantes no existía hasta que en cier-to momencier-to apareció en España, y hasta tal puncier-to condicionado por ella, que no podemos concebir que fuese otra cosa que español. Pues bien, esto nos lleva a pensar que acaso la idea dominante de España no sea adecuada o suficiente. ¿Por qué? Porque la idea que usualmente se tiene de ella no parece apta para alojar a Cervantes, para explicar su posibilidad. He dicho que tenemos que entender España desde él; pero esto no es posible sin más, porque España preexistía a Cervantes; surgió en ella, en la España efectiva y real; y esto no parece posible en la que existe normalmente en la mente de los españoles —y por supuesto en la de los extranjeros—; por eso nos parece Cervantes inexplicable y nos sorprende.
Esta dificultad, lo que un griego hubiese llamado una aporía, obliga a dar un paso atrás, a ver cómo era España antes de Cervantes; no vaya a resultar que Cervantes respondía más a lo que España verdaderamente era que a la idea que nos forjamos de ella; el hecho es que en esa España, tal como era a mediados del siglo XVI, fue posible. Sería inconcebible un Cervantes italiano, francés, alemán o inglés; nos parece que no hubiera sido posible en esos países; pero en España fue posible, luego esta era una realidad conciliable con lo que él significó. Y acaso necesitemos a Cervantes para ver cómo era esa España que efectivamente existía antes de que viniera al mundo. Vamos descubriendo una vinculación múltiple y problemática entre la realidad de Cervantes y la de España; y al decir España tenemos ahora que entender, por una parte, la que preexistía y, por otra, la que queda condicionada por él; Cervantes, clave de ella y clave para su comprensión.
Cervantes nació en Alcalá de Henares el año 1547 y vivió en la segunda mitad del siglo XVI y una parte menor pero decisiva del siglo XVII; en esa España se alojan sus diversas trayectorias. Hace ya mucho tiempo que considero que el concepto capital para entender una biografía es el de trayectorias, en
plural; en singular no acaba de tener sentido, porque la vida humana no es una línea, sino más bien una arborescencia, una pluralidad de caminos que se inician, se siguen o no, se interrumpen, se frustran, se abandonan. La vida humana no consiste solo en lo que hacemos, sino tanto como eso en lo que no hacemos pero podríamos hacer, o queremos hacer, o deseamos hacer, o acaso empezamos a hacer y no nos dejan. Esto es así respecto de la vida individual, donde tiene su sentido primario, pero también es cierto de la vida colectiva, de una sociedad o un país. No se entiende la historia más que usando a fondo el concepto de trayectorias. Cervantes es un ejemplo admirable porque en su biografía la pluralidad de trayectorias se nos impone desde el primer momento y con particular fuerza, y se alojan en la España en que vive, medio siglo del XVI y dieciséis años del XVII.
No perdamos de vista que, dado todo esto —la España anterior y la de su tiempo—, no apareció en ella nadie parecido a Cervantes. Y esto nos obliga a preguntarnos por su originalidad. No ya en el sentido de que su obra sea original, de que escribiera unos libros que nadie había escrito, sino que se trata de la originalidad de su persona. Esto es lo que nos parece absolutamente original, irreductible; no la biografía de Cervantes, sino Cervantes mismo, esa persona de la que nos preguntamos quién fue. Lo que sucede es que esa figura nos es conocida por sus obras, y tenemos que descubrirla viéndolo como escritor. Tuvo, como veremos, diversas vocaciones, pero la radical fue la del escritor, y hay que ver en qué sentido lo fixe. Antes de encontrar la originalidad de cada libro hay la de la actitud de Cervantes como escritor; y hay que ver cómo se articula esta vocación personal con la realidad española.
*
Nos encontramos con un problema teórico: el de la posibilidad de Cervantes. Para plantear esta cuestión con algún fundamento hay que tomar posesión de lo que sabemos de Cervantes, de lo más elemental y seguro. Nacido en 1547, vive cincuenta y tres años en el siglo XVI. Primariamente es un hombre de este siglo, súbdito de Felipe II; nace en el tiempo del Emperador Carlos V, pero cuando abdica y luego muere, Cervantes es un niño; Felipe II muere en 1598, de modo que la mayor parte de la vida de Cervantes corresponde a su reinado.
Pero aquí surge una primera sorpresa, una anomalía. Cervantes publica un solo libro en el siglo XVI, La Galatea, en 1585; y ningún otro hasta veinte años después. La primera parte del Quijote aparece en 1605, y entre este año y 1617 —el Persiles, como todos saben, fue póstumo— se publican todos sus libros menos el primero. Es decir, es un hombre del siglo XVI, pero casi exclusivamente un escritor del XVII, del tiempo de Felipe III. Fue, claro es, un escritor; pero ¿fue un escritor profesional? Parece dudoso.
Si se mira la figura social de Cervantes, se encuentra que tuvo poca importancia. Incluso cuando publicó la primera parte del Quijote y tuvo enorme éxito —fama, ediciones legales o fraudulentas, pronto traducciones—, no se le dio gran importancia. Esta es un concepto social que tiene poco que ver con la calidad, ni siquiera con el éxito. Cervantes no fue una figura importante, y esto es absolutamente esencial si queremos entender qué clase de persona fue y cómo ejerció el menester literario.
Cervantes dice muchas cosas reveladoras de sí mismo y de su vida; las dice desgranadas, en diferentes lugares, sin insistencia, en prosa o en verso. Hay que tomarlas en serio y, sobre todo, pensar qué quieren decir, porque es necesaria la hermenéutica, la interpretación del sentido de los dichos. Esas cosas, a veces las dice Cervantes en su propio nombre; otras, las dice un personaje, porque tienen en ocasiones una función vicaria de su propia realidad, habla por boca de ellos, muchas veces de un modo transparente —cuando un personaje se llama Saavedra tenemos que pensar que no anda lejos el autor.
En un libro que pocos leen, el Viaje del Parnaso, hay largas enumeraciones de poetas —casi todo el mundo lo era a principios del siglo XVII—; de muchos no sabemos nada y los eruditos intentan investigarlos y documentarlos. Pero además dice cosas muy interesantes, al desgaire, ciertas confesiones extraordinarias —con la única condición de que reparemos en ellas.
Estamos hablando de Cervantes porque fue un escritor; pero ¿solamente eso? Fue un soldado, estuvo en el ejército de Italia, combatió en Lepanto, siguió luchando cuando curó de sus heridas y luego fue cautivo en Argel, cinco años, que son muchos años. Y cuando al fin es rescatado y vuelve a España, publica un libro y se pasa veinte años sin que siga otro, haciendo otras cosas, por ejemplo recaudar
contribuciones o requisar trigo, vino, aceite para la Armada Invencible. Este simple enunciado de hechos elementales y conocidos de todo el mundo muestra una pluralidad de trayectorias. Y por otra parte se sabe que tuvo una hija, que luego se casó con una muchacha muy joven, de diecinueve años, con la cual no tuvo hijos. No sabemos casi nada de la vida amorosa de Cervantes, pero es evidente, por su obra, que estuvo toda su vida preocupado por el amor, que nada le parecía tan interesante. Sabemos poquísimo; casi solo que para él fue algo decisivo, capital. Es decir, sabemos que no sabemos respecto a algo decisivo en la perspectiva total de su vida.
La simple enumeración de los hechos más elementales y que se encuentran en el más modesto manual de literatura de bachillerato, si la tomamos en serio, resulta reveladora y plantea multitud de problemas. ¿Insolubles? Acaso no, si leemos a Cervantes en serio, enterándonos de lo que dice, y hacemos el esfuerzo de comprenderlo, de ver las conexiones, las dificultades, los nudos de esa biografía, si nos preguntamos cuáles son las trayectorias que se presentan ante él y en qué medida se realizan o se frustran o se aplazan.
La vida de Cervantes ofrece un ejemplo de laboratorio para entender el mecanismo de las trayectorias. Este hombre, después de su vida militar, va a volver a España; aparece una nave corsaria y lo lleva cautivo a Argel durante cinco años. Una trayectoria iba a empezar; no sabemos todavía cuál iba a ser. Llevaba unas cartas de recomendación que sirvieron para retardar su rescate, porque sus elogios hacían creer que era alguien importante. Va a seguir cierto camino, probablemente se hace la pregunta de Ausonio, que repetirá Descartes en 1619: Quod vitae sectabor iter? (¿Qué camino de la vida seguiré?). Los argelinos se encargan de que siga otro totalmente distinto: el de cautivo en el terrible Argel,
Unas trayectorias, probablemente todavía no decididas, presentadas, ofrecidas a la elección, brutalmente cortadas como por un hachazo. Y va a tener que elegir Cervantes cómo va a vivir su cautiverio, porque había muchas maneras posibles. Y luego tendrá que volver a plantearse la cuestión en circunstancias bien distintas, después de cinco años. ¿Cinco? No, once. Había salido de España once años antes; vuelve a España, a otra España, de la cual ha estado enteramente incomunicado. Tendrá que empezar por ver España, por enterarse de ella y ver qué caminos son posibles. Tendrá que elegir entre varias trayectorias. Será otra vez soldado, y luego escritor, y marido de Catalina de Palacios, y en seguida otras cosas que no resultan muy claras. Van a pasar veinte años de vida bastante extraña y en que no publica ni un solo libro, no es un escritor profesional; y de repente, en 1605, aparece con algo imperdonable: una obra maestra. Algo que nunca se perdona es la genialidad, y menos aún cuando todo el mundo cree que sabe a qué atenerse.
El simple planteamiento de los datos más elementales y conocidos presenta problemas de posibilidad. Hay que preguntarse quién fue Cervantes y en qué medida es clave de España. Pero antes de eso hay que hacer otra pregunta: no si fue posible, porque posible fue, sino cómo fue posible. En la
Crítica de la razón pura, Kant se hace tres preguntas: ¿Cómo es posible la matemática pura? ¿Cómo es
posible la física pura? ¿Es posible la metafísica? Da por supuesto que la matemática y la física están ahí; que sea posible la metafísica le parece dudoso. En nuestro caso, la posibilidad de Cervantes parece asegurada, puesto que está ahí, fue real. Lo que hay que preguntarse es cómo fue posible. Habrá que analizar la realidad española y descubrir los caminos, las trayectorias, las encrucijadas, los éxitos, los fracasos, las renuncias, los sueños de Cervantes. Todo esto, claro es, en sus libros, teniendo en cuenta lo que dice y, sobre todo, lo que quiere decir.
2
La génesis de la nación España
Para comprender la posibilidad de Miguel de Cervantes hay que intentar ver cómo se había constituido España antes de él, para entender cómo fue posible que en ella apareciera un día una figura como Cervantes. Hay que recordar, muy brevemente, lo que fue la génesis de la nación España.
Un hecho capital y poco atendido es que encontramos ciudades antiquísimas y, por supuesto, anteriores a esa nación. Muchas ciudades milenarias, por supuesto romanas, pero también anteriores a la romanización: Sevilla, tan ligada a la vida y la obra de Cervantes; Córdoba, Cádiz, Málaga, Tarragona y no hablemos de las menores. Son ciudades que existían hace dos mil, acaso tres mil años, más antiguas que casi todas las ciudades europeas fuera de Grecia e Italia. La importancia de muchas ciudades, el desarrollo urbano y social, las calzadas que cruzaban la Península Ibérica, las grandes figuras nacidas en ella, todo eso hace que la Hispania romanizada tenga una personalidad acusada dentro del Imperio romano.
Pero cuando este declina y se divide, mientras casi toda la Romania queda fragmentada en pequeños territorios con escasa comunicación entre sí, lo cual fue la causa principal de la decadencia intelectual que solo empieza a mitigarse en la época de Carlomagno, la construcción de la monarquía visigoda, cuyos límites vienen pronto a coincidir con los de la Península Ibérica, da una situación privilegiada a España. Hay una unidad política un poco laxa, con una minoría germánica dominante bastante romanizada y enormemente influida por la población hispanorromana, en un país muy grande, dato que casi siempre se pasa por alto. Ciudades como Toledo, Sevilla, Zaragoza, Barcelona, Tarragona eran centros importantes; había muchos libros —tan escasos en aquella época, angustiosamente en las pequeñas unidades resultantes de la desmembración del Imperio romano—, lo que hizo posible la obra extraordinaria de San Isidoro, por ejemplo. Y el recuerdo de la grandeza romana pervive en la monarquía visigoda. Hay un momento en que las dos unidades principales son Bizancio en un extremo y la España visigoda en el otro.
A comienzos del siglo vin se produce un acontecimiento que había de ser decisivo en la historia de España, y que desde el punto de vista español tiene un extraño carácter azaroso: la invasión islámica del año 711, la ocupación casi total de la Península por un ejército musulmán, árabe y sobre todo beréber, compuesto en su mayoría por beréberes recientemente islamizados y arabizados. Ocupan en pocos años todo el territorio, excepto una franja al norte de la Península, desde donde los núcleos cristianos van a empezar, muy pronto por cierto, la recuperación de lo invadido.
Rara vez se ha advertido la significación de que a este suceso se llamara «la pérdida de España» y, por tanto, se intentase durante siglos recobrar «la España perdida». La mayor parte de España está «perdida», enajenada, ocupada por gentes de otra religión; los que están libres de la dominación musulmana se identifican con la condición cristiana y no aceptan ni por un momento ese dominio. Menéndez Pidal ha demostrado cómo hasta dos siglos después del establecimiento de los árabes, los cristianos siguen considerando como un contratiempo pasajero aquello que les parece inaceptable, porque no admiten que el territorio español esté dividido entre cristianos y musulmanes. La España perdida, que por eso no tiene existencia y no pone los obstáculos de la realidad, es la meta, el ideal que determina el proyecto histórico de la Edad Media, lo que se llamó la Reconquista de España, de la España perdida, simbolizada en la monarquía visigoda.
La historia va a aparecer como una empresa, es decir, con un carácter vigorosamente proyectivo, como una lucha con un invasor infiel, lo cual introduce un espíritu de caballería. Hay una convivencia
polémica con la España musulmana, un trato cercano con el que es el «Otro», sobre todo desde el punto
de vista religioso. Por lo demás, la diferencia no es muy grande, porque la población de al-Ándalus no era demasiado diferente de la de los territorios cristianos: los invasores eran ejércitos pequeños, sin mujeres, y los habitantes son en su mayoría los hispanorromanos; esta diferencia se irá acentuando con las progresivas oleadas de invasores beréberes de la España musulmana originaria, que en buena medida será alterada o destruida por los recién llegados.
amor. La España medieval se puede ver como una «cruzada cotidiana», algo de todos los días y en el propio territorio, una convivencia «cuerpo a cuerpo». Toda la historia europea medieval es una polémica entre Cristiandad e Islam, pero a distancia y de modo esporádico, mientras que en España es algo inmediato y cotidiano, de manera que los españoles no solo son cristianos, como los demás europeos, sino que se identifican con esa condición.
La familiaridad con el moro y con el judío procede de que están ahí, cerca. A medida que avanza la Reconquista, los mudéjares que siguen viviendo en los territorios reconquistados influyen en el arte, los oficios, las formas de vida. Los romances fronterizos o moriscos son huellas de esa convivencia no siempre hostil. Y a la vez hay una exigencia, un proyecto permanente de reconquista, un horizonte habitual de heroísmo que dura siglos, algo extraño. El «espíritu caballeresco» tiene en la Edad Media española caracteres propios; la literatura refleja esta peculiaridad. La Chanson de Roland, las chansons de
geste francesas, los ciclos del Rey Arturo, tienen caracteres excepcionales, minoritarios, irreales; el Poema del Cid o el Romancero son concretos, con localizaciones precisas, con una presencia de la realidad
cotidiana. El héroe no es un personaje mítico, sino lleno de realidad; el Cid va a mostrar a su esposa y sus hijas «cómo se gana el pan»; Félez Muñoz encuentra a sus primas, las hijas del Cid, apaleadas y malheridas en el robledo de Corpes, y les da agua en un sombrero nuevo que ha comprado en Valencia. Hay realismo, localismo, precisión geográfica, topográfica. El Quijote empieza «En un lugar de la Mancha», y el personaje no es un héroe, un Amadís o Palmerín, es Alonso
Quijano, «un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor», y se nos explica cómo vestía y qué comía cada día de la semana. Esto no pasa con los ciclos épicos de otros países. Y cuando Don Quijote decide hacerse caballero andante, atraído por las lecturas de los libros de caballerías, va a partir de las realidades más inmediatas, y no aparecerán grandes personajes, sino la sobrina y el ama y el cura y el barbero y Sancho Panza y el bachiller Sansón Carrasco; y el ventero, que le aconsejará llevar «dineros y camisas»; y aparecerán las ventas con las Maritornes y los pellejos de vino y los cuadrilleros y todo lo demás.
Cotidianidad combinada con el espíritu de la caballería. Pero vemos que esta ha sido la situación española durante toda la Edad Media, lo cual nos lleva a una imagen de la realidad anterior a Cervantes bastante distinta de la de otros países europeos. La Reconquista se ha sentido como un deber, una exigencia, cumplida o no: «Si no vencí reyes moros, / engendré quien los venciera». La Reconquista tiene largas pausas, sobre todo cuando no queda más que el reino de Granada, que vino a ser un protectorado que paga parias al de Castilla; no hay demasiada prisa, pero la conciencia está un poco inquieta. Desde la batalla del Salado, desde la muerte de Alfonso XI en 1350 hasta fines del siglo XV la Reconquista avanza poco, hay pereza, desmoralización, corrupción, pero ahí está la exigencia de la empresa no cumplida: el deber de recuperar la España perdida. Sin esto no se entiende la génesis de España.
La vida en España ha sido constitutiva inseguridad. Hay la lucha permanente con los moros, durante siglos en condiciones de inferioridad, de constante amenaza. La España cristiana es muy pequeña, unos cuantos núcleos de resistencia en el Norte; la mayor parte es al-Andalus, y Almanzor puede llegar hasta Santiago de Compostela. Cuando en 1085 se llega al Tajo y se toma Toledo, las cosas empiezan a vencerse del lado cristiano, y esta ventaja se acentúa con la división de los reinos de Taifas; pero las invasiones africanas de almorávides y almohades destruyen en gran parte la cultura andalusí y dan refuerzos que hacen nuevamente difícil la empresa de la Reconquista. La inseguridad perdura.
Y otro factor importante es la pobreza. España es un país relativamente pobre; las tierras más ricas estuvieron mucho tiempo, por lo menos hasta el siglo XIII, en poder de los musulmanes. Inseguridad y pobreza van a ser ingredientes de la perspectiva española ante la vida.
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Hay que añadir algo muy importante: la función de Castilla. Se convertirá en el centro de la reconquista, en su motor principal. Y Castilla no es nunca un territorio, es una actitud; por eso no da nunca por terminada la Reconquista. Ha habido una serie de incorporaciones, Asturias y Galicia, Asturias y León, León y Castilla, al final corresponderá a esta el predominio y asumirá la representación del conjunto. Pero cuando la Reconquista avanza, entonces será Castilla la Vieja y aparecerá Castilla la
Nueva, y cuando se reconquista la mayor parte de Andalucía, sobre todo en tiempos de Fernando III, se llamará «Castilla novísima».
Es decir, siempre Castilla, y hay un hecho que me parece interesante y que merece atención: habría que calcular cuántos años residen en Sevilla los reyes castellanos. Castilla no tenía capital, los reyes iban de una ciudad a otra según las exigencias de la guerra o de la política; llegaban a un castillo, ponían unos tapices y unas alfombras, y eso era un palacio, de gran sobriedad, por cierto. En Sevilla residen más tiempo que en ninguna otra ciudad, para ello había muchos motivos, pero lo que me interesa es que nadie hubiera tenido la impresión de que no estaban en Castilla; estaba en un territorio andaluz recién reconquistado, pero era tan Castilla como Burgos, Valladolid, Segovia, Ávila o Toledo.
Esta actitud va a persistir a lo largo de la historia y explica muchas cosas. Se van produciendo dilataciones sucesivas. Las personas de mi edad aprendíamos en la escuela unos versos pueriles que acaso ya no se recuerdan: «Por necesidad batallo / y una vez puesto en la silla / se va ensanchando Castilla / al trote de mi caballo». Es lo que ocurrió: Castilla se fue ensanchando, dilatando, porque no era un territorio determinado, sino una actitud, sin límites previamente establecidos.
Hay una serie de rasgos sorprendentes, que no se encuentran en otros lugares y van a condicionar la génesis de la nación España, partiendo —no lo olvidemos— de la España perdida, imaginada, recordada, trasladada al futuro como un ideal. El territorio de lo que hoy es Francia está durante toda la Edad Media dividido, fragmentado en porciones en lucha interna; recuérdese, aparte de los Estados feudales menores y de la presencia inglesa durante largo tiempo, lo que fue Borgoña enfrente o al lado del reino de Francia, le royaume de France; o lo que era Italia atomizada en pequeños territorios y ciudades en lucha constante; no digamos Alemania; en cuanto a la Gran Bretaña, una cosa es Inglaterra, otra Gales, otra Escocia, para no hablar del problema permanente y agudísimo de Irlanda.
Por ser distinta la situación de España, por haber poseído la unidad de la monarquía visigoda, haber sido invadida durante siglos, haber funcionado como una España perdida que hay que reconquistar, su génesis como nación ha sido muy distinta de las demás, y esto se reflejará en su historia posterior. Se va reconquistando desde todos los lugares del norte, desde Asturias hasta el Pirineo oriental, pero no es que se reconquisten los reinos o condados medievales —¿cómo hubiese sido posible, si no existían?—, que son precisamente los resultados parciales de la reconquista de España.
Los reinos medievales que se van formando son claramente convergentes. Montaner dice que los reyes de España son «una earn i una sang»; el Poema del Cid termina diciendo: «Hoy los reyes de España sos parientes son»; y Jaime I, cuando quiere persuadir a su reino para que coopere en la reconquista de Murcia, dirá que es «per salvar Espanya». Los reinos cristianos combaten entre sí muy poco, incompara-blemente menos que en cualquier otro lugar de la Europa cristiana. Multitud de territorios y ciudades pertenecen sucesivamente a diversos reinos, a Castilla, Aragón, Navarra, acaso varias veces. Cuando un noble tiene dificultades en su reino, se va a otro y se establece en él; las casas reales se entrecruzan y componen una única dinastía que se interpreta como continuación de los godos y llega hasta hoy.
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En la obra de Cervantes, en el Quijote y en otros muchos escritos, se encuentra un eco personal de lo que acabo de decir. Habla de muy diversas porciones de España, al hilo de las andanzas de sus personajes; está lleno de simpatía por las varias regiones españolas y las colma de elogios; aparecen en sus libros castellanos, andaluces, vascos, catalanes, aragoneses, valencianos; no se siente distinto de ellos, no hay conciencia de castellanía exclusiva; no hay ni asomos de que Cervantes se sienta extraño ante ninguna porción de España. Hay una fraternidad general y espontánea en la obra entera de Cervantes, reflejo de lo que había sido la génesis de España durante la Edad Media y parte de la Moderna: Cervantes escribe cuando la unidad española está consolidada desde más de un siglo antes. En otros países europeos esto no era así, y persistían relaciones de extranjería dentro de los territorios que hoy llamamos nacionales. Ahora hay gentes que pretenden presentar España como un «mosaico», pero la realidad es literalmente la contraria, y los escritos cervantinos lo muestran sin proponérselo.
Hay un momento, a fines del siglo XV, en que se produce el cumplimiento, la realización de lo que había sido el programa o proyecto permanente desde comienzos del siglo VTIP. la recuperación de la España perdida, el final de la Reconquista, cuyo resultado es la España reconstituida. Ese momento
es la toma de Granada a comienzos del año 1492. Recuérdese aquella frase en la deliciosa enumeración de La Celestina: «ganada es Granada». Es un eco de lo que aconteció el 2 de enero, unos meses antes de la expedición de Colón hacia lo que había de ser América.
Antonio de Nebrija tiene una conciencia extrañamente clara de todo esto. Había nacido en 1441, vivió en tiempo de los Reyes Católicos, fue el mayor humanista español de su época y murió ya al comienzo del reinado de Carlos V, en 1522. El mismo año 1492, en la dedicatoria de su Diccionario Latino-Español a don Juan de Estúñiga, habla con orgullo de que está enseñando Gramática «en el estudio de Salamanca, el más lucido de España, y por consiguiente de la redondez de todas las tierras». No dice Castilla, sino España; y habla de muy diversas porciones de ella, de regiones, ciudades y lugares, sin distinción; menciona a Córdoba, el Guadalquivir, Asturias, Aragón, Segorbe, Tarragona.
Todavía es más interesante y revelador lo que dice en agosto del mismo año (antes del descubrimiento de América) en el prólogo a su Gramática castellana dirigida a la reina Isabel la Católica, «Reina y señora natural de España y las islas de nuestro mar». La lengua castellana, dice, «se extendió después hasta Aragón y Navarra y de allí a Italia siguiendo la compañía de los infantes que enviamos a imperar en aquellos Reinos. Y así creció hasta la monarchia y paz de que gozamos primeramente por la bondad y providencia divina; después por la industria, trabajo y diligencia de vuestra real majestad. En la fortuna y buena dicha de la cual los miembros y pedazos de España, que estaban por muchas partes derramados, se reduxeron y aj untaron en un cuerpo y unidad de reino. La forma y trabazón del cual así está ordenada que muchos siglos, injuria y tiempos no la podrán romper ni desatar».
Esta es la reacción de un andaluz, de un castellano de Andalucía que se siente primariamente español, ante la nueva situación, la integración final de la España perdida, y esta es su vivencia personal de la condición española.
En este momento, sobre todo después de la reconquista de Granada, aparece la España íntegramente cristiana de los Reyes Católicos, y se produce un viento de entusiasmo que durará por lo menos un siglo —tendremos que ver lo que pasa con ese viento—, que alentara una inverosímil serie de empresas. Una imagen adecuada a la vida humana individual y a la colectiva de una sociedad es el cohete. Va teniendo cargas sucesivas, y así procede la vida humana, que no tiene un solo impulso inicial, como un disparo, sino una serie de ellos, como un cohete.
Los pueblos tienen también cargas sucesivas que los van impulsando, que mueven series de empresas en que se intensifica, desarrolla y articula ese entusiasmo primario, que puede seguir a una fase de quebranto y desaliento. La situación de Castilla y Aragón era en muchos sentidos lamentable hacia 1470, pero entonces se produce la integración o incorporación final de los dos reinos, el final de la Reconquista, el descubrimiento de América, la creación de la nación como forma política y social original e innovadora, con el espíritu renacentista superpuesto al viejo proyecto medieval, el paso casi inmediato de la nación europea a la supernación en los dos hemisferios —la Monarquía Católica o Hispánica—, la pertenencia a la misma Corona de otros territorios europeos, en Italia, Francia, Flandes, también en África; la dignidad imperial que sobreviene a Carlos V, pero no se olvide que era mucho más importante ser Rey de España que Emperador, y por eso Felipe II heredará esta Corona y no la imperial. Finalmente, un siglo después de la unión española, en 1571, Lepanto, de importancia extremada para Europa y la Cristiandad, pero sobre todo para Cervantes, y por eso tomo esta fecha que condicionó su vida entera como término de ese proceso de constitución, de génesis de España en extraña continuidad, desde los primeros orígenes en la remota romanización.
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Pero no se olvide que todo esto sucede entre un cúmulo de dificultades. He hablado de las etapas de la creación de la nación española, pero todo eso se hace entre constantes dificultades, tropiezos, quebrantos. La Reconquista fue durísima, llena de desmayos, derrotas y retrocesos, avanzar y vuelta a empezar. El poder real se fue asentando en épocas agitadas, con una nobleza levantisca y llena de egoísmo, capaz de sacrificios también, pero dividida por rivalidades; todos los reyes de Castilla desde Enrique III tuvieron que luchar constantemente, porque necesitaban a los nobles y a la vez tenían que dominarlos; lo mismo ocurre en el reino de Aragón con las luchas entre Juan II, el príncipe de Viana, los catalanes; los Reyes Católicos tuvieron que enfrentarse con estos problemas, sobre todo en Galicia.
Había bandidaje, solo a medias superado por la Santa Hermandad, y que en algunos lugares, como Cataluña, fue gravísimo hasta dentro del siglo XVII. Había judaizantes que, convertidos al cristianismo, volvían a las prácticas mosaicas; desde los primeros años del siglo XVI había herejes que seguían los principios de la Reforma. Y, claro es, varias gravísimas rebeliones de moriscos, con sus correspondientes represiones. Hay pobreza, picaresca, calamidades; una población muy escasa; epidemias que devastan regiones enteras, en que a veces muere un tercio de los habitantes. Todo esto hay que tenerlo en cuenta.
Pero hay todo lo demás, esa enorme, casi inimaginable grandeza, ese esfuerzo creador de formas nuevas, políticas, militares, culturales, que hizo posible una incomprensible expansión y la evangelización de un continente que ha llegado a ser la comunidad cristiana más grande del mundo. Esa vida, evidentemente dura, estuvo animada por una empresa permanente: se sentía que se estaba yendo a alguna parte a través de dificultades, de dolores, de quebrantos, de derrotas, de fracasos; a alguna parte que despertaba una increíble ilusión.
Todo esto tiene que ver con la vida de Cervantes y la obra cervantina. Recuérdese la frase esencial puesta en boca de Don Quijote, con la cual evidentemente se solidariza Cervantes: «Podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo es imposible». ¿No refleja esta frase lo que ha sido esa constitución, esa génesis de España que he intentado hacer pasar ante los ojos del lector como una película acelerada? Hay venturas y desventuras, pero el esfuerzo y el ánimo han constituido el motor, el argumento de la constitución de España.
Si la vemos así parece conciliable con Cervantes; acaso no es tan distinta de él como la imagen habitual y que ha circulado durante siglos. Quizá en esa España podía aparecer Cervantes y vivir en ella. ¿No se puede encontrar una rima entre la figura de Cervantes y la España que estamos imaginando, que estamos recordando?
3
La España de Felipe II y la de Felipe III
El año 1547, en que nace Cervantes, es el de la victoria de Carlos V en Mühlberg y el de la muerte de Hernán Cortés. La batalla de Mühlberg es el momento de mayor esplendor en la carrera del Emperador y coincide con el final de la vida del conquistador más importante de América, el fundador de la Nueva España, que había de ser México. Un año después de Cervantes nace Francisco Suárez, que murió también un año después (1548-1617), dos vidas rigurosamente coetáneas. Cuando Cervantes tiene nueve años, en I556, abdica Carlos V en su hijo Felipe todos los reinos de España, con los territorios europeos y africanos de la monarquía y las Indias (la dignidad imperial irá al hermano de Carlos, Fernando). La vida de Cervantes transcurre desde la niñez hasta 1598 durante el reinado de Felipe II; el año en que este empieza, por cierto, muere San Ignacio de Loyola.
Todavía en vida de Carlos V, retirado en Yuste, se produce una situación inquietante y que tuvo consecuencias delicadas. Hubo dos brotes heréticos, uno en Sevilla y otro en Valladolid, que se interpretaron como luteranismo y fueron duramente reprimidos por la Inquisición; Carlos V se alarmó mucho e instigó a la severidad. Es comprensible, había luchado contra la Reforma, no había podido impedir que hiciese progresos dentro del Imperio, incluso en territorios no alemanes; pero España se había conservado libre de protestantismo, y la aparición de focos de él le produce gran conmoción y cree que hay que cortarlos de raíz. Es posible que tuviese presente la situación de Francia, que había de pasar la mayor parte del siglo enzarzada en terribles guerras de religión, a pesar de ser siempre los hugonotes una minoría reducida.
Los brotes heterodoxos de Sevilla y Valladolid eran muy pequeños en número, pero los componían personas distinguidas por su alcurnia, su saber y sus puestos en la Iglesia; había en ellos algunas monjas y damas de la nobleza. No está claro si eran luteranos o acaso simplemente erasmistas, cristianos inquietos, deseosos de innovaciones. Erasmo era visto con suspicacia, aunque había polemizado enérgicamente con Lutero; pero la suspicacia era muy grande y no se distinguían mucho las cosas; el proceso del arzobispo Carranza es buena prueba de ello.
El hecho es que el año 1559 significa un momento de retracción: además de los autos de fe, el
Index librorum qui prohibentur, del inquisidor Fernando de Valdés (fundador, por otra parte, de la
Universidad de Oviedo), la prohibición a los españoles de estudiar en universidades extranjeras, con pocas excepciones, etc. (Claro que Isabel I de Inglaterra prohibió lo mismo a los ingleses, y con mayor rigor, en 1580, pero de esto no se habla nunca.)
Es indudable que en ese momento se produce una retracción; lo que no se añade es que fue pasajera; normalmente se prolonga lo negativo, como si nunca hubiese tenido fin; España había estado singularmente abierta, es bien sabido que el sistema copernicano era enseñado en Salamanca por Fray Diego de Zúñiga. Y la biblioteca de Felipe II, única en su época, sus colecciones de arte, su parque zoológico, hacen de él un gran promotor de la cultura.
Entre 1563 y 1584 se construye El Escorial, para conmemorar la victoria española en San Quintín sobre las tropas francesas y «compensar» a San Lorenzo por la destrucción de una ermita dedicada a él. La importancia de El Escorial es decisiva, no solo porque es un monumento incomparable en muchos sentidos, sino porque fue obra personal de Felipe II y resultó símbolo de su figura y su reinado. Un libro de Fernando Chueca, El Escorial piedra profética, ilumina la significación de este monasterio que es a la vez un palacio real, un templo, una biblioteca, un museo, un enterramiento regio, una presencia de los proyectos personales de su fundador y de la misma Monarquía.
Durante la construcción de El Escorial hay una fecha decisiva para Europa entera y desde luego para Cervantes: la batalla de Lepanto en 1571. La lucha entre la Cristiandad y el Islam había sido durante toda la Edad Media entre los países europeos y los árabes o arabizados. Desde mediados del siglo XV, sobre todo después de la toma de Constantinopla por los turcos en 1453, la gran potencia islámica no es árabe, sino el Imperio Otomano. Los turcos no tenían nada que ver con los árabes, pero eran musulmanes y habían recibido una arabización, incluso en la escritura (hasta la occidentalización
impuesta en nuestro siglo por Mustafá Kemal o Kemal Atatürk, que adoptó el alfabeto latino), aunque la lengua turca no es ni semítica ni indoeuropea. La gran amenaza sobre la Cristiandad era el sultán de Turquía, de quien dependían todos los musulmanes del Mediterráneo. La batalla de Lepanto, con la Armada aliada de España, Venecia, Génova y los estados del Papa, al mando de don Juan de Austria y del gran marino de la época, don Alvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, frenó durante mucho tiempo la amenaza islámica. Para Cervantes fue el momento capital de su vida, y tuvo clara conciencia de su alcance histórico.
Algo muy distinto fue el envío de una Armada contra Inglaterra en 1588. Había conflictos con este país durante mucho tiempo, por una diferencia religiosa, por la ayuda inglesa a los flamencos en rebeldía contra la Corona, por los frecuentes ataques de los corsarios más o menos «oficiosos» o de la marina inglesa a los convoyes de galeones que hacían el tráfico con América, en ocasiones a las ciudades americanas; las comunicaciones con el otro hemisferio eran vitales para la Monarquía extendida por los dos continentes. Felipe II había tenido siempre la esperanza de que el catolicismo fuese restaurado en Inglaterra. La ejecución de María Estuardo en 1587, después haber estado largos años prisionera de la reina Isabel I, fue lo que decidió la expedición. Se preparó, como es sabido, una espléndida flota, que se llamó la Grande Armada o la Felicísima Armada, y que pronto empezó a llamarse también —sobre todo después de su destrucción— la Armada Invencible; había de mandarla el más ilustre marino, don Alvaro de Bazán, pero murió durante la preparación y Felipe II nombró en su lugar al duque de Medina Sidonia, hombre escrupuloso y competente, pero que no sabía de cosas de mar y se resistió a aceptar la responsabilidad. Es sabido que en aquel tiempo los mandos principales no podían recaer más que en miembros de la primera nobleza, y el duque disponía de marinos competentes y de gran mérito; pero las últimas decisiones tenían que ser suyas.
Hace ya tiempo que se ha tenido una idea más favorable del duque de Medina Sidonia, tratado con frecuencia desdeñosamente. Un gran historiador americano, Garrett Mattingly, que había pasado la Segunda Guerra Mundial en la Marina de los Estados Unidos y conocía bien estos asuntos, escribió un admirable libro, delicioso de lectura, en que la figura del duque era tratada con estimación y respeto, y la derrota de la Armada quedaba reducida a sus justos límites (que se han limitado todavía más, y por historiadores ingleses, con ocasión del centenario). Es curioso que el libro se llama The Armada, pero la edición impresa en Inglaterra se titula The Defeat of the Spanish Armada, y la traducción española La
Armada Invencible.
Lo que se da por supuesto como moneda corriente es que la Invencible significó la pérdida del poder naval de España; pero antes de diez años, en vida de Felipe II, se había construido una flota mayor, y que tuvo diversas victorias sobre los ingleses. El poderío de España en el mar se redujo enormemente en los últimos decenios del siglo XVII, en el reinado de Carlos II; y resurgió con la Casa de Borbón, ya desde Felipe V, más aún con Fernando VI y sobre todo Carlos III, cuando la marina española es solo inferior a la inglesa y equiparable a la francesa. Cuando se perdió ese poder naval fue en Trafalgar, en 1805, bastante después de 1588.
Por otra parte, durante todo el reinado de Felipe II España interviene constantemente en los asuntos franceses.
Las guerras de religión desgarraron Francia con una dureza que casi siempre se olvida. Según estudios recientes, los hugonotes no rebasaron nunca el diez por ciento de la población, pero hubo verdadero riesgo de que se impusieran y consiguieran un reino protestante. Por debajo de los reyes, de autoridad insegura, desde Enrique II hasta Enrique III, pasando por Carlos IX, los nobles y sus partidarios —los Guisa de un lado, los Condé de otros— se disputaban el poder. Es famoso el atroz episodio de San Bartolomé, pero durante medio siglo hay una serie de guerras violentísimas. España apoyó a la Liga católica, estableció guarniciones en varios lugares, principalmente en París, y Felipe II apoyó la candidatura de su hija Isabel Clara Eugenia para el trono de Francia, con buenos derechos aunque con el obstáculo de la Ley sálica. Cuando por fin Enrique IV, que había sido como rey de Navarra el pretendiente protestante, se convirtió al catolicismo, fue reconocido como rey de Francia, y la guarnición española abandonó París con banderas desplegadas a comienzos de 1594.
He querido recordar muy brevemente algunos sucesos de la época de Felipe II, en que vive Cervantes hasta muy avanzada su madurez. Se consolida lo que se llamó la Monarquía católica o la Monarquía hispánica o las Españas; no el Imperio; se habló de Imperio en tiempo de Carlos V, pero se
entendía el Imperio germánico; era, como sus sucesores, Rey de España o de las Españas y las Indias
(Hispaniarum et Indiarum Rex). Esta Monarquía era de un orden de magnitud incomparable con ningún
otro país. Además de los territorios heredados, en el reinado de Felipe II se añaden las Filipinas y otras islas del Pacífico, y desde 1580, al incorporarse Portugal a la Corona, todos los extensos territorios por-tugueses en África, la India, y los establecimientos en el Extremo Oriente; y el Brasil, que se dilató enormemente, más allá de los límites fijados, con la tolerancia de España, al pertenecer a la misma Corona. El peso de España en los asuntos mundiales no era ni comparable con el de ninguna otra nación de la época.
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La política española en el siglo XVI, y no menos en el siguiente, tiene conciencia de deberes ligados al cristianismo. Desde la época visigoda, más aún desde la invasión islámica y la «pérdida de España», ha habido una identificación del proyecto español con el cristianismo. Por esto tuvo la Refor-ma para España una significación distinta de la que se vivió desde otros países: la ruptura de la Cristiandad pareció inaceptable, y esto explica la identificación total con el catolicismo, la afirmación de la unidad originaria de la Cristiandad.
El símbolo de esto fue en muchos sentidos El Escorial. Felipe II se siente sacerdote rey—no se olviden las espléndidas estatuas de los de Israel en el Patio de los Reyes—. Los intereses nacionales quedan supeditados a los de tipo espiritual cristiano. Se repetía la frase: «Con todos guerra y paz con In-glaterra», por lo que este país significaba como amenaza a las comunicaciones entre los territorios de la Monarquía, pero hay guerra con Isabel I por motivos religiosos.
Esto dio un sentido ascético a la vida española. Felipe II, hombre refinado y de gran cultura, interesado por la pintura, la música, los libros, por la arquitectura, en la que era bastante competente, vive con gran austeridad. Frente a la España multicolor y más divertida del reinado anterior, viste de negro, con trajes muy sencillos y un gorro menos atractivo que las gorras flamencas de tiempos del Emperador o los sombreros posteriores. La austeridad domina, por lo menos, la corte. No había habido capital permanente de España, y Felipe II la establece en Madrid en 1561, prefiriendo esta pequeña ciudad a Sevilla, Valladolid o Toledo, por diversas razones: era un lugar de caza, conocido y agradable, con buena agua, y además en el centro, aproximadamente equidistante de todos los límites de España. Cuando se construyó El Escorial, Felipe II residió mucho allí, más que en el Alcázar de Madrid, y no se olvide que en el siglo XVI El Escorial no estaba demasiado cerca.
Ya que se habla de distancias «vitales», conviene tener presente la enorme extensión de la Monarquía, con los medios de comunicación de la época: caballos y coches con no muy buenos caminos, lentos barcos de vela para el Atlántico y el Pacífico, accesible solo dando la vuelta a América del Sur por el cabo de Hornos o el estrecho de Magallanes, o mediante un viaje complementario por tierra, por ejemplo cruzando México. No digamos dónde estaban las Filipinas. Esto nada tiene que ver con las dimensiones de un país europeo —salvo Portugal, integrado entonces en el conjunto de la Monarquía—. Ni siquiera Inglaterra es comparable. La exploración y colonización inglesas de Norteamérica no empiezan hasta el reinado de Felipe III y sobre todo después. La única ciudad anterior era San Agustín, en la Florida, española. Los Padres Peregrinos llegan a Massachusetts en el Mayflower en 1620; hay algunos establecimientos en Maryland o Virginia, todavía muy poca cosa.
Esta desmesurada magnitud de España hacía que tuviese problemas complejísimos, por supuesto económicos, de administración, de comunicaciones, militares y navales, y enemigos múltiples. Todo ello hay que verlo a la luz de los proyectos supranacionales, a los que se subordinaban los intereses estrictamente españoles. Hay por parte de los españoles una aceptación —en forma menos positiva podría hablarse de resignación— ante los muchos males derivados de un proyecto que parecía extraordinariamente valioso, que valía la pena.
La visión de la historia de España en esta época está perturbada por el hecho de que se la mira desde una perspectiva que no reconoce el valor de esos proyectos. Los españoles del siglo XVI, que tienen muchas dificultades, problemas, quebrantos y fracasos, tienen conciencia de que todo eso vale la pena, de que están haciendo algo valioso. Si no se estima ese proyecto o no se lo entiende, la impresión inevitable es que se trata de un mal negocio.
Imagínese un artista con vocación, por ejemplo un pintor impresionista que está pasando hambre porque no vende un cuadro ni le hacen caso; no tiene fama, pero está pintando y le parece que eso, que es su vida, vale la pena. A quien no le interese la pintura o no le gusten los cuadros impresionistas, le parecerá que ese pintor es un pobre hombre desdichado. Pues bien, se ha producido una deformación del punto de vista y se mira ese periodo de la historia con unos ojos que no corresponden a los de los españoles del siglo XVI. Si no se entiende esto no se entiende nada.
En este momento no había ni megalomanía ni idealización. En tiempo de Carlos V hubo un deslumbramiento entusiasta ante una grandeza antes nunca conocida. El famoso soneto de Hernando de Acuña es triunfal y lleno de esperanza:
Una fe y un pastor solo en el suelo, un monarca, un imperio y una espada.
Pero esto ya no existe en el reinado de Felipe II, sino la grave conciencia de un deber, de que España consiste en llevar a cabo una empresa que parece de supremo valor, con todos sus inconvenientes, que se aceptan porque aquello vale la pena. Las cosas se pueden hacer mejor —hay una actitud con frecuencia muy crítica—, o pueden salir mejor, porque hay buena o mala suerte; pero hay que hacerlas. Esto es lo fundamental, y creo que es la actitud que define a Cervantes. Pero imagínese la diferencia entre pensar que hay que hacer algunas cosas o que no había por qué hacerlas.
Con esta visión, muy poco española, con ojos de otros países de Europa, se ha mirado la historia de España, lo cual ha introducido una incapacidad de comprenderla. Si queremos entender una época tenemos que intentar ponernos en su perspectiva; de otro modo resulta ajena y, en definitiva, incomprensible. Durante todo el reinado de Felipe II no faltan las críticas, hay descontento económico, hay derrotas —menos que victorias, pero también las hay—, inseguridad, amenazas de los argelinos, de los piratas, de los ingleses, a veces con respuesta tardía o ineficaz. Las cosas se deberían hacer mejor, y hay que contar con la mala suerte; pero domina la conciencia de la importancia, la impresión de enorme grandeza de todo aquello. Se siente que a última hora es un privilegio haber tomado esa posición, estar defendiendo lo que hay que defender. Cuando se insiste —y ahora se insiste mucho— en los aspectos negativos, en la pobreza existente, en las muchas deficiencias, hay que decir que era así y se sabía, pero se pensaba que se estaba haciendo algo enormemente valioso.
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En 1598 muere Felipe II y hereda el trono su hijo de veinte años Felipe III, que había de morir bastante joven, en 1621. Se repite siempre la frase que según parece dijo Felipe II a su gran ministro y consejero el portugués don Cristóbal de Moura: «Dios, que me ha dado tantos Estados, no me ha dado alguien capaz de gobernarlos». Es posible que lo dijera, aunque nunca se sabe, y acaso con alguna razón. Don Cristóbal de Moura fue muy leal a Felipe II y lo asesoró en los asuntos de Portugal, reino al que Felipe tenía derechos dinásticos; hablaba muy bien portugués, la lengua de su madre, y no llevó a Portugal gobernantes españoles, más bien al contrario. Felipe II había procurado que don Cristóbal in-trodujera al joven príncipe en los asuntos del Estado, pero era demasiado joven y no muy trabajador — a diferencia del activísimo padre— y acaso no excesivamente inteligente.
Parece que Felipe III era muy buena persona; no se sabe mucho de él; su madre murió cuando era muy pequeño, debió de ser educado con una fuerte influencia de su padre. Felipe II tenía enorme prestigio; su actitud, enérgica, era sumamente moral y religiosa; tengo la impresión de que esto actuó sobre su hijo, que tenía virtudes muy sólidamente arraigadas. Lo que no tenía es espíritu político, ni por supuesto ambición. Su voluntad era continuar; es el rasgo característico de Felipe III.
Pero, ¿cómo? Es sabido que Felipe II era increíblemente activo, metódico, meticuloso; se ocupaba de todo, hasta el exceso, con tendencia a no cambiar fácilmente las cosas, a tomarse tiempo, a reflexionar. Parece que una fórmula habitual suya era: «Por agora no conviene que en esto se haga novedad». A los que llegaban a su presencia, inquietos y alterados, les decía: «Sosegaos». La voluntad de continuar, en un hombre de tan distinto temperamento como Felipe III, y en plena juventud, tenía que llevar a otra forma de llevar el gobierno.