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Burnel,Sigrid La Mujer Del Pelo Rojo

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Academic year: 2021

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BARCELONA -MADRID

L

A MUJER DEL PELO ROJO

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Titulo original: Woman With Read Hair New Victoria Publishers P.O. Box 27, Norwich, Vermont. U.S.A. ©Sigrid Brunei, 1991. ©Editorial EGALES, S. L. 2000. c/ Cervantes, 2 - 08002 Barcelona c/ Gravina, 11 - 28004 Madrid

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

ISBN: 84-95346-11-7 Depósito Legal: B - 31076 ©Traducción: Helena Alvarado Estévez.

©Fotografía portada: Lorraine Inzalaco: «The Inspiratress» Diseño gráfico de cubierta e interiores:

Miguel Arrabal - Karl Zetterstróm Imprime: EDIM, S.C.C.L.

c/ Badajoz, 145 - 08018 Barcelona

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Magalie aparca su Honda blanco frente a la suntuosa casa de su gerente, situada en las afueras de la ciudad, y se dirige allí a través de un pequeño acceso. Desde el ancho ventanal, le llegan la música y el murmullo del gentío. Cuenta con encontrar a Jane, su jefa y amiga, ajetreada con una supuesta fiesta de negocios. Las mismas caras familiares, el mismo chismorreo sobre los programas de viaje más

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7 novedosos de la temporada.

Jane, de unos cincuenta años, elegante, dentro de un estilo clásico, le abre la puerta.

—¡Magalie! Pasa. ¡Qué jersey tan bonito llevas! Hace juego con el color de tu pelo. Yo nunca podría ponerme esos tonos otoñales tan cálidos. A ti, en cambio, te sientan de maravilla. —Cogiéndola de la mano, añade: —¡Qué contenta estoy de que hayas podido venir! Alguien ha traído a una chica francesa que apenas habla inglés. Ven, te la presentaré.

En el salón, repleto y animado, la gente está apiñada en pequeños grupos. Cuando entran, las conversaciones se paralizan un instante; los amigos se precipitan para saludar a Magalie.

—Y ésta es nuestra invitada de Francia. —Jane le presenta a una morena alta, de expresivos ojos grises: —Danielle Meylan.

Magalie extiende la mano: —Enchantée.

—¿Francesa? —La voz de Danielle es melodiosa; hace juego con el delicado perfume que desprende a su alrededor,

—Nací en Marsella —responde Magalie, mientras se fija en el elegante vestido negro de Danielle y en su colgante de esmeralda, la única joya que luce.

—Bueno, chicas, os dejo con vuestra incomprensible conversación —dice Jane, antes de volver con el resto de los invitados.

Magalie y Danielle se acercan al buffet, con parsimonia, conversando en francés.

—Hablas muy bien francés. ¿Cuantos años tenías cuando llegaste a Estados Unidos? —pregunta Danielle.

—Seis años. En casa lo hablaba con mis padres.

—Pues no tienes acento de Marsella —comenta Danielle, mientras pincha una gambita con el palillo.

—De hecho, mis padres eran adoptivos y procedían del norte de Francia —Magalie muerde un tronquito de apio y nota cómo los intensos ojos grises de Danielle la están examinando—.¿De dónde eres?

—De París, pero vivo en Mougins. —¿Mougins?

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—En la Costa Azul —afirma Magalie. —¿Te acuerdas de Francia?

—Sí, aunque no de lugares como Cannes. —Entonces, ¿de qué te acuerdas?

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de la Camarga. Sí, creo que se llama así. Marismas, bullicio, flamenco, caballos blancos, un mar azul eterno y un cielo...

—Al evocar aquellas imágenes no menciona a la mujer pelirroja que domina sus pensamientos.

—Exacto, la Camarga. ¿Y no te gustaría volver a visitarla? —Cualquier día de éstos iré.

—Que sea pronto —Danielle saca una tarjeta de visita de su monedero—. Cuando vayas, llámame. Me encantaría guiarte por aquellos parajes.

Magalie lee la tarjeta: —¿Eres periodista?

—Trabajo para el Niee Ma¿m. Es uno de los periódicos más importantes del sur de Francia.

—¿Y qué te ha traído a Estados Unidos? —Escribo artículos de viaje.

—¿Qué has visitado?

—He estado por todas partes. San Francisco es mi última parada. Por desgracia, mañana cojo el avión para Francia —su voz es grave y desprende un deje de tristeza—. Me hubiera gustado conocerte más. Creo que podríamos ser muy buenas amigas. —Los ojos grisáceos alcanzan los de Magalie, que se siente cautivada por su cándida mirada y por el refinamiento de esta francesa tan culta. Sin dejar de examinarla, Danielle le dice: —Magalie..., una canción de Provenza.

—¿Ah, sí? ¿Una canción?

—¡Oh Magalie! —tararea Danielle—. Afa ¿an¿ amado, mete /a ¿elo au feneslroun, escouío un flau aquesto auóado de ¿amóorm <?/ de m'ou/oun. L duro os ¿ombado, mazks estedos padran, c/uand ¿e vezran La compuso el poeta Frederic Mistral. Era de Provenza y, a menudo, escribía en provenzal. ¿Entiendes lo que dice?

—Es muy parecido al francés —responde Magalie. A continuación, traduce: —Oh Magalie, amada mía, mira por la ventana, escucha los tambores y los violines. Cae la noche

pero las estrellas palidecen cuando a ti te contemplan. —¿Quién te puso el nombre de Magalie?

—Supongo que mi madre biológica. —¿Llegaste a conocerla?

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—Sí, murió cuando yo tenía cinco años.

Se hace un silencio. Luego, Danielle prosigue: —¿Cuántos años tienes?

—Veintisiete.

—Tres menos que yo. —Danielle acaricia los rizos ámbar de Magalie y le pregunta: —¿Te ha pintado alguien alguna vez?

—¿Por qué tendrían que haberme pintado?

—Yo lo habría hecho, si fuese artista. ¡Con esos ojos y ese pelo! De color miel a la luz del sol. Insólitos y sorprendentes.

—¿A qué te dedicas?

—Trabajo en una agencia de viajes. —¿Como Jane?

—Trabajo para ella y dentro de poco seremos socias. Era una buena amiga de mis padres adoptivos.

—¿Te gusta viajar?

—Sí, y ojalá pudiera hacerlo más a menudo. Es imprescindible en mi trabajo. En estos momentos estoy preparando un tour por Noruega...

—Escarpada, pura, naturaleza salvaje. Impresionantes torrentes saltando por encima de las rocas de granito cubiertas de nieve; pueblos que brotan entre desnudos acantilados al borde del silencio, fiordos azul marino...

—Deberías trabajar para nosotras.

La sonrisa de Danielle deja al descubierto una dentadura blanca y perfecta. Magalie sonríe, también, cada vez más atraída por el encanto personal de Danielle. Envidia su piel tan tersa.

—Tienes razón. Estoy segura de que llegaríamos a ser buenas amigas si te quedases más tiempo.

Danielle, seria, le acaricia fugazmente la cara: —Siento como si ya lo fuéramos.

Sus miradas se mantienen en silencio. Hay algo en la de Danielle que le toca una fibra desconocida y le provoca inquietud. Magalie entorna los ojos, coge el vaso y, al intentar beber, se da cuenta, demasiado tarde, de que está vacío.

Danielle, divertida, le acerca uno lleno y le pregunta: —¿Qué le recomendarías a la gente que quiere viajar a Francia?

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11 recomendarías?

—Probablemente los mismos lugares. Pero cuando tú vengas, Magalie, te mostraré el auténtico sur, sin barniz. ¿Seguro que vendrás?

—¡Por supuesto! ¡Con una invitación como ésta! —responde Magalie sonriendo.

Magalie se despierta tarde. Durante la noche se ha levantado un fuerte viento. Con el ruido de la tormenta sacudiendo árboles y ventanas, apenas ha dormido. Se ha despertado gritando: ¡No, no!

Intenta retomar el sueño, tan nítido en el momento de abrir los ojos: el siniestro edificio, su pánico y Céline al final de la calle. Ayúdame, le gritaba mientras corría hacia ella, pero Céline se había esfumado. Ya despierta del todo, el sueño la transporta a refugiarse en sus pensamientos más recónditos.

Deslumbrada por la luz serena y diáfana que se filtra por la ventana, siente una fugaz añoranza por los borrosos contornos de su niñez: casas de piedra rosa, olivares, campos de lavanda bañados por el sol. Y Céline, que, tras la muerte de su madre, le había prometido sacarla del orfanato, promesa que jamás cumplió.

Se levanta y abre la ventana. La luminosidad y el aire frío la hieren como un cuchillo afilado. El cielo de San Francisco, despejado, se esparce sobre la calle vacía, dominio ahora de unas pocas palomas grises. La luz del Pacífico brilla a través de los cipreses azotados por el viento.

Respira hondo y piensa en Danielle, que, probablemente, en estos momentos ya estará volviendo a Francia. El hecho de haber hablado en francés y su conversación sobre la Provenza han debido de ser los causantes del sueño.

Cierra la ventana y pone la radio. Música de piano que va desapareciendo de forma gradual y el locutor que informa: «Están ustedes escuchando el concierto de piano número uno de Prokoviev, interpretado por George Szell. Son las diez y media de la mañana, de esta mañana de sol radiante de este sábado veintidós de enero. Y ahora, las noticias. Nuevos conflictos en...».

Apaga la radio. No tiene humor para oír hablar de guerras ni de desastres. Mientras piensa en el desayuno, un lujo que sólo puede

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permitirse los fines de semana, suena el teléfono. —Buenos días —dice Jane—. ¿Te he despertado? —No, ¡qué va!, ya hace un rato que me he levantado.

—Me acaba de llamar Russ. Nos invita esta tarde a navegar con él. Jane se refiere a su novio, que tiene un barco amarrado en Sausalito.

—No puedo. Walter llegará hoy de Santa Cruz, sobre las cuatro. ¡Qué pena! —suspira Jane—. Vas a perderte un viaje muy bonito. Bueno, hasta el lunes.

Magalie sonríe para sus vadentros. A Jane no le cae nada bien Walter.

Un poco más tarde se ducha, entregándose al chorro de agua caliente, disfruta de su cosquilleo juguetón, estira los brazos, se regodea, sin prisas. Lo de tener un sábado libre no es algo frecuente. Pero como, últimamente, el negocio va sobre ruedas, Jane ha decidido no abrir la agencia de viajes este sábado.

Magalie cierra el grifo de la ducha y coge una toalla. Con el pelo pegado a la cabeza, se mira al espejo, se arregla las cejas, se pone crema en la cara con ligeros toques y deja al descubierto sus rizos chorreantes; éstos, a medida que van secándose, van recobrando, poco a poco, el mismo color ámbar de sus ojos.

Recuerda las palabras de Danielle: «¿Te ha pintado alguien alguna vez?». Qué mujer tan atractiva, Danielle; elegante y con gran magnetismo personal. ¡Qué lástima que tuviera que irse tan pronto!, precisamente hoy. Piensa en Danielle mientras desayuna y mientras pone orden en la sala de estar. Al colocar las flores en un jarrón de cristal, encima del piano, su mirada tropieza con el cuadro de Odilon Redon colgado de la pared. Sus padres compraron esta pintura a un marchante de Marsella el mismo año que la adoptaron.

Visiones del orfanato y de la Provenza la asaltan. Surgen rostros, imprecisos. Sólo el de Céline es nítido: mejillas sonrosadas, ojos azules y una larga melena pelirroja recogida en una trenza. ¿Quién era aquella mujer que la crió en lugar de su madre? ¿Por qué desapareció tras la muerte de su madre?

Pensativa, ordena las revistas y los libros esparcidos por el sofá y los coloca en los estantes; enciende una lamparilla de mesa y recoge

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13 un hilillo negro de la moqueta blanca.

Nunca nadie le ha explicado cómo o por qué murió su madre. ¿Por qué no podía ni siquiera recordar su cara, su presencia? ¿Qué le ocurrió a su madre?

El carillón del reloj de pared interrumpe sus reflexiones. Decide vestirse y salir a la calle a hacer unas compras.

Unas horas después, regresa de la tienda de comestibles con una gran bolsa en cada mano. Las deposita encima de la mesa de la cocina y conecta el contestador automático. Dos amistades han dejado su número de teléfono. Ni un mensaje de Walter.

Le gusta entretenerse por ahí como a mí, piensa, regañándose a sí misma por haber pasado tanto tiempo en la librería. Se dirige a la habitación para ponerse una bata de seda de color canela que Walter le compró cuando pasaron juntos aquel largo fin de semana en Nueva York.

De nuevo en la cocina, doge unas botellas de licor, unas aceitunas verdes, dos vasos de cóctel y un recipiente de cristal con cubitos; lo coloca todo en una bandeja de plata y lo lleva al salón. Una vez sentada en el sofá, mira, distraída, el reloj. Son casi las cinco. El dijo a las cuatro. Enciende la chimenea. Las pequeñas llamas que centellean, suaves como la seda, la hipnotizan unos instantes. Ya le ha esperado así otras veces, pero hoy le molesta. ¿Por qué se siente tan abandonada justo ahora?

Mientras atiza el fuego se pregunta qué es lo que no funciona. ¿Por qué, de repente, percibe esta falta de entusiasmo, si hace unos días se moría por ver a Walter? Sus sentimientos, a lo largo de la tarde, parecen una montaña rusa: oscilan entre la felicidad y un inexplicable abatimiento. De un modo u otro, puede sentirse y percibirse a sí misma desde la distancia, lo que le produce una extraña y excitante sensación.

Es como si una parte desconocida de sí misma se alzara contra sus propias barricadas y la forzara a ir de acá para allá. De pronto, la habitación se le hace pequeña y entiende por qué los animales se sienten así, como ella ahora, en las jaulas.

Impaciente, mira el reloj de refilón y no sabe si llamar al hotel Mark Hopkins para ver si Walter ha hecho el registro de entrada en la

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sm'ie. Mejor no hacerlo. Como Walter siempre quiere discreción, podría molestarle. Ello era comprensible durante los tres primeros meses de su relación, cuando todavía vivía su esposa. ¿Pero por qué tenían que ser discretos ahora?

El sol empieza a declinar; de los rincones avanzan suaves sombras. Corre las cortinas y luego enciende una lamparilla. Una luz amarillenta color miel baña la habitación y le confiere una luminosidad tenue y sutil.

Suena el timbre y se precipita hacia la puerta para abrirla. Es Walter: alto, corpulento, muy puesto con su traje oscuro, con un bronceado rostro cuadrado que un ramo de margaritas medio oculta.

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15 —Te pido mil disculpas —le ofrece las flores. Su beso es frío; huele a martini.

—¡Mis flores favoritas! Gracias —Magalie sonríe y se pregunta para sus adentros con quién habrá estado tomando una copa.

—Y las mías —añade él, haciendo alusión a su nombre, un derivado de Margarita.

—Por lo visto has tenido que quedarte hasta ahora con la gente de la galería —comenta, mientras coloca las flores en un jarrón. Además de otra empresa en el sur, Walter comparte una galería que suele visitar antes de encontrarse con ella.

—No, no estuve en la galería.

Espera alguna explicación de su parte, pero, como él no suelta prenda, le sugiere:

—¿Por qué no preparas unos martinis?

—Magalie, no puedo quedarme. Tengo una cena en Mark Hopkins con mi hija y su novio.

Sin mediar palabra, se queda mirándolo.

—No siempre soy dueño de mi tiempo, Magalie. —Pero podías haber llamado...

He venido a la ciudad con Linda y Mike, y he pasado todo el día con ellos. Quieren casarse. A Linda todavía le quedan dos años de estudios y Mike los acabará este año. No me gusta nada esa boda sorpresa y empiezo a preguntarme si... Walter le sugiere a Magalie que la boda de su hija es de una importancia crucial para ¿Ha. Tras la muerte de su esposa, Walter dejó muy claro que nada cambiaría, que no volvería a casarse mientras sus hijos viviesen con él. Pero el caso es que Robert ya hace seis meses que dejó la casa paterna y ahora Linda quiere llevar su propia vida...

—Magalie, ¿me escuchas? Dicen que quieren trabajar media jornada y buscar un apartamento cerca de Coit Tower. Linda me ha pedido que le suba la paga. Yo no veo, en absoluto, que eso vaya a funcionar. —Mira el reloj—. ¿Estás libre mañana por la tarde?

Magalie asiente con la cabeza y se pregunta por qué no ha hecho ni una sola mención a su futuro. Quizá lo deje para mañana: querrá hablar del tema con más tranquilidad.

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perfume? El de rosas que él mismo le regaló. Todavía puede recordar el momento en que le echó una pizca en la muñeca y cómo la fragancia de las rosas se entremezcló con el olor de las otoñales hojas aquel día de septiembre.

Más tarde, Magalie, sentada en la cómoda, mientras cepilla su pelo, fantasea sobre cómo sería su vida si fuera la señora de Walter Booth. Puede imaginarse en el club del pueblo, asistiendo a torneos de tenis o a las inauguraciones de los proyectos de la comunidad y, una o dos veces por año, haciendo algún viaje a un país exótico. Una vida exenta de problemas, un ambiente cordial, pero sin ningún aliciente.

Asombrada por el hecho de que la idea del matrimonio no la haga sentirse más feliz, se dirige a la cocina. Sin embargo, la inquietud que la atenaza desde la mañana le quita todo el apetito. ¿Por qué esa inestabilidad? ¿Qué le disgusta tanto? Se sirve un vaso de vino, se sienta frente al piano y toca un fragmento de la quinta de Beethoven, muy acorde con su agitación interior.

Domingo. Mientras desayuna, enfundada en la bata de raso beige, Magalie piensa en la tarde que le espera. La idea de que Walter la coja de las manos y le diga «¿quieres ser mi esposa?» hace que se atragante con la galleta. Como siempre, ella se conformará y se adaptará a la tendencia natural de Walter hacia lo tradicional y lo pasado de moda. Después de todo, él pertenece a otra generación.

Después, discutirán sobre los trámites de la ceremonia. No ignora que la boda tiene que ser discreta. Se casarán por lo civil en San Francisco y después harán un viaje por Europa. El hecho de haber conocido a Danielle ha reavivado la curiosidad por su país de origen. Podría ser un viaje de luna de miel bien bonito. Por supuesto, Walter no pondría ningún reparo en ello.

Con respecto al trabajo, no sabe muy bien qué sucedería si se casase. Al vivir en su casa de Santa Cruz, una gran

mansión a la que siempre ha tenido que desplazarse en coche, no podría seguir trabajando en San Francisco. No sabe tampoco si a Walter le gustaría que ella trabajase o no. Esta misma noche se lo preguntará. Sintiendo, momentáneamente, que todo está muy bien atado, Magalie hojea la revista Fogue para ver qué ropa necesitaría para un viaje a un país cálido, como el sur de Francia. La mayoría

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17 de su ropa es adecuada para la temperatura y el clima de San Francisco.

A continuación, echa un vistazo a una revista de viajes especializada en la Riviera francesa. Hoteles con unas fotos preciosas, con su piscina, al lado de playas rodeadas de palmeras y yates blancos presidiendo un fondo azul; salas de fiestas, restaurantes, cafeterías.

De hecho, esto no es lo que ella recuerda. También le gustaría visitar el interior del país, encontrar de nuevo los caminos que había recorrido de pequeña. ¿Y a Walter? ¿Le gustaría hacer esto? No puede imaginárselo en las callejuelas retorcidas y pedregosas de los pueblos antiguos ni en sus aldeanos bares. Inquieta, se incorpora, y mira a través de la ventana. Un indicio de primavera se destila del perfume de los jardines inundados de hojas frescas. La sensación de añoranza no sólo está presente en su interior: puede percibirse en el aire quebradizo.

Decide salir a dar un paseo en el cercano parque Golden Gate y se arregla a toda prisa.

Con el ajetreo, se le cae una botella de lavanda al suelo. El perfume refrescante que emana del líquido esparcido inunda la estancia y trae recuerdos a su mente. Todo parece un poco entremezclado: desde los extensos campos violetas, hasta la visión de los cantos rodados y las piedras calizas, pasando por la granja situada en el mismo corazón de la Provenza. Pero, por encima de todo, predomina la visión de Céline cogiendo un ramillete de flores para ella. Recoge todos los cristales esparcidos por el suelo y nota cómo se le saltan las lágrimas. Mirándose al espejo, se pregunta: «¿pero qué me pasa?».

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18 A medida que va limpiando, se siente como un mar insondable y agitado; éste recibe unos mensajes, pero son indescifrables.

En el parque, el viento que le acaricia la cara y el agradable olor a hierba mojada disipan, en cierta medida, su inquietud. Se dice a sí misma que es la primavera, esa gran seductora, la causante de los desvarios que han puesto su sensibilidad a flor de piel.

Hacia las cuatro ya está en casa. A las cinco, un mensajero del hotel Mark Hopkins le trae un enorme ramo de rosas rojas. En el sobrecito que sobresale del envoltorio, reconoce la letra de Walter. ¡Qué detalle, enviarle flores para resaltar la importancia de este día tan especial! Rasga el sobre y lee:

«Queridísima Magalie:

Linda y Mike han tenido que regresar a Santa Cruz esta mañana. No he querido despertarte para comunicarte que nuestro encuentro de hoy no será posible. Me temo que la boda es «inevitable» y que el ritmo de las próximas semanas será frenético. En cualquier caso, nada cambia entre nosotros. Te llamaré. Un abrazo muy fuerte.

W.» Llora largo y tendido. En su interior se entremezclan la decepción, la rabia, el desconcierto. Llora porque se siente estúpida, por los cuatro años desperdiciados con Walter, por la falta de tacto de éste al enviarle una nota para eludir una discusión.

El orgullo herido es más profundo que sus sentimientos, aunque la sensación de abandono le es tan familiar como la que ha experimentado en sus pesadillas. ¿Por qué se le han escapado todos los pequeños detalles? Se hubiera podido dar cuenta de que los planes acerca de un futuro común con Walter eran sólo castillos de arena. Para él, la relación ha sido una mera diversión, una cuestión de comodidad;

seguramente éste es el lugar que él le había otorgado, dada su avanzada edad.

Cuando conoció a Walter le pareció una persona sólida, alguien con quien se podía contar. Desde el principio, los sentimientos hacia él se habían basado en el afecto y la confianza. La relación nunca

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19 había tenido la chispa de la pasión que se puede leer en los libros, ni siquiera en los comienzos. De hecho, ella no había conocido lo que era la pasión. Antes de Walter había habido algunos jovencitos, pero siempre los había encontrado inmaduros y poco interesantes; incluso se había sentido ligeramente a disgusto haciendo el amor con ellos. Walter le había parecido un hombre maduro, fuerte, estable. La seguridad que ella sentía con él compensaba la aversión que experimentaba por el sexo. A la edad de Walter, esto no era lo más importante en una relación.

«Nada camóza entre nosotros...» Fines de semana en su casa, llamaditas durante la semana, cenas en discretos restaurantes... De vez en cuando, un viajecito juntos y unos regalitos. Limosnas. No, Walter, no. Ya no seguiré bailando al son de tu música. Blanda e indiferente, la almohada se rinde ante sus uñas, embebe sus enojadas lágrimas.

Dándose la vuelta, se pregunta a sí misma: «¿y ahora qué?». En la pared de enfrente se encuentra la fotografía de sus padres adoptivos. Su padre murió de un ataque al corazón cuando ella tenía diecisiete años y su madre le siguió cinco años después. No tiene a nadie que la consuele, ni un lugar donde resguardarse. Y, en lo más hondo de su ser, siempre aflora una antigua herida: la pérdida de su madre y, por supuesto, la incógnita del abandono de Céline.

El apartamento se le aparece con un aspecto sombrío, gris y gélido. El silencio es aplastante. Se seca las lágrimas y enciende la luz. La habitación proyecta el vacío contra ella. Piensa en llamar a Jane, pero sabe que no encontrará ninguna complicidad. Jane le dirá: «ya te lo advertí», aunque ni siquiera pronuncie estas palabras.

En la cocina, las rosas y la nota todavía presiden la mesa. Muy a su pesar, relee la nota, la rasga hasta hacerla añicos y la tira al cubo de la basura; después, coge las rosas para ofrecerles el mismo destino, pero cambia de opinión. Incapaz de hacer pagar a estas inocentes espectadoras la falta de tacto de Walter, las coloca de nuevo en el jarrón y las lleva al despacho, cerca del teléfono.

Mira a su alrededor como en busca de ayuda. El mobiliario, estático e impasible, parece mirarla fijamente. No se oye ni el más mínimo ruido en el apartamento, a excepción de su propia respiración. Las paredes le devuelven un eco de silencio. Sola. Ha

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estado sola durante cuatro años y ni siquiera lo sabía.

Sentada frente al piano, la frustración y la rabia desencadenan un desenfrenado juego de escalas y ejercicios pianísticos con los dedos, para dejar paso, a continuación, a unos acordes potentes. Con las lágrimas deslizándose por las mejillas, toca un caprichoso y anhelante fragmento de la Inacabada de Schubert. Le siguen algunos pasajes de La trucha y luego pasa a interpretar La Patétüa de Beethoven. La música abre las compuertas de su interior y hace que su alma renazca y se eleve a otras esferas.

Se dirige a su despacho y escribe: «Querido Walter, creo que es mejor que no nos veamos más». El sobre va dirigido a su oficina, con la indicación de «personal»; constata que lo ha subrayado tres veces.

Transcurren un par de semanas. Una mañana, en el trabajo, mientras repasa la correspondencia, Jane le entrega una postal: — Para ti. De Francia.

—¡De Danielle! —exclama, contenta; luego lee: «El vla/ 'e de vuelta, perfecto. ¿ Todavía estás decidida a venir? Hazlo antes de que llegue ¡a avalancha veraniega. Saludos cariñosos. Danielle». Coloca la postal en un sitio bien visible. Al advertir que Jane la observa con picardía, pregunta: —¿A qué viene esa sonrisita?

—Tú y Danielle os caísteis muy bien, ¿no?

—Sí, es como si nos hubiésemos conocido de toda la vida... —Qué lastima que no esté aquí para ayudarte a salir del atolladero.

—No estoy en ningún atolladero. —Entonces, ¿qué te pasa?

—No sé cómo explicártelo. Y no es por lo de Walter. Ahora que ya he liquidado el asunto me doy cuenta de que nunca lo he deseado.

—Podrías intentar encontrar a un hombre de tu edad. —No me interesa.

Febrero se desliza hacia marzo y la agencia de viajes se remonta con buenos augurios; es un verano prometedor. Magalie trabaja de forma incansable y, cuando está fuera de la oficina, procura ocuparse con mil cosas, para olvidar la angustia que la atenaza y que

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21 parece haberse incrustado en su interior, sin saber por qué ni cómo curarla.

Ha reanudado el jogging y, los fines de semana, juega al tenis. Algunos domingos, Jane y ella salen a navegar con Russ. Va al teatro más a menudo y, más esporádicamente, asiste a la Opera o sale a cenar con los amigos.

Como apenas está en casa, es difícil dar con ella; además, pasa de los mensajes que Walter deja en el contestador. En una ocasión, él intentó localizarla en la oficina, pero fue Jane quien cogió el teléfono y le dijo: «La señora Lisan no se puede poner». Ante la negativa, él dejó una nota en el buzón, un par de veces, y finalmente, como último intento, le dejó su número de teléfono personal en el contestador automático.

—Este hombre está totalmente desesperado —dice Jane, burlona. Sus intentos para ponerse en contacto con ella le producen una cierta satisfacción; hay algo de crueldad infantil en su reacción. No obstante, un día de niebla, cuando estaba bajando del coche, Walter se le acerca y ella nota cómo aún le tiembla el corazón.

Al advertir la espesa niebla que lo envuelve todo, tiene la tentación de hacerle una alusión sarcástica con respecto a las precauciones que siempre ha tomado para que no los vean juntos, pero se reprime. En su lugar, y sobre todo al contemplar su compungido rostro, simplemente dice:

—Hola, Walter.

—Magalie, quiero que nos veamos otra vez. Quiero hablar contigo. Ya sé que no he sabido llevar bien las cosas.

—Todos cometemos errores, pero cada uno yerra de maneras diferentes.

—¿Por qué no vamos a cenar, Magalie?

—A algún sitio por ahí, donde nadie pueda reconocernos... ¿verdad? No, Walter, no. Acabo de darme cuenta de que ya soy mayorcita para jugar al escondite.

—Magalie...

—Walter, no puedo volver contigo. Además, me marcho a Francia.

—¿A Francia?

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propio comentario.

Al volante, y de camino a casa, no puede detener las lágrimas; constata que, de hecho, le duele la separación. Al fin y al cabo, son cuatro años y la ruptura la ha herido. Aparca el coche, mientras se pregunta por qué le habrá dicho que se iba a Francia. Pensativa, saca la llave de contacto. «¿Y por qué no? ¿Por qué no puedo ir por mi cuenta?»

La idea le ronda por la cabeza durante toda la tarde y la persigue hasta la cama. En sus sueños, aparecen los puebleci- tos arremolinados en las colinas. Y la mujer pelirroja: Céline.

Al día siguiente le comunica la decisión a Jane.

—Pues no es una mala idea —responde ella, solidaria—. Yo ya he salido este invierno, así que, de todos modos, ahora te toca a ti. Un cambio de aires te irá de maravilla. Al mismo tiempo, aprovechas para explorar el país y te traes todo tipo

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de información para la agencia. ¿Cuánto tiempo calculas que vas a estar fuera?

—Para que el viaje salga a cuenta, de cuatro a cinco semanas. Quiero visitar los lugares donde pasé mi infancia. Hay algunas cosas que... me gustaría saber.

—Estupendo, Magalie. Cinco semanas es un largo período, pero supongo que, de un modo u otro, me las apañaré. Russ tiene un amigo que me ha pedido trabajo como agente de viajes. He declinado la oferta, pero me parece que voy a cambiar de opinión, así me podrá echar una mano durante tu ausencia.

—¡Ya veo que no me queda más remedio que marcharme! Magalie consulta el calendario; el corazón le late, acelerado: — ¿Qué te parece si te dejo a primeros de mayo? Es una buena época para encontrar viajes baratos, ¿no crees?

Piensa en mandar una postal a Danielle para anunciarle sus planes, pero le espanta el entusiasmo que percibe ante tal perspectiva. No se ve capaz de enviársela. No sabe a ciencia cierta por qué, lo único que sabe es que el viaje está al caer y que Danielle... ¿acaso no es una persona a quien apenas conozco, «Más vale que me espere un poco. Una vez allí, ya me pondré en contacto con ella», piensa.

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La Canebiére es el centro turístico de Marsella y el barómetro de lo que allí se cuece. Cafeterías, hoteles, bancos, tiendas y agencias de viaje confieren su aspecto estereotipado a una de las mayores arterias de la ciudad.

El bulevar finaliza en el Puerto Antiguo, una dársena rectangular atiborrada de embarcaciones de recreo. El lugar es ruidoso, debido a las gaviotas, las amas de casa y los niños; todos se hallan hacinados

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alrededor de una docena de paradas de pescado. Un poco más allá y hacia la derecha, se encuentran unos cuantas terrazas al aire libre. Magalie está sentada en una mesita, bajo un intenso sol primaveral, y pide una Perrier con limón. Un ligero oleaje mece los barcos. Los fuertes de San Juan y de San Nicolás presiden la entrada al muelle y, justo enfrente de ella, en la colina, se halla el punto más emblemático de Marsella: la iglesia Notre-Dame-de-la- Garde.

Como ya hace dos días que llegó a Marsella, por la mañana

llamó al Ma¿m de Cannes, pero Danielle se

encontraba en Ginebra, en un viaje de servicios informativos, por lo que decidió no dejarle ningún mensaje. De algún modo, se sentía aliviada. Antes, quería familiarizarse con su tierra natal, así que cogió un bus turístico para hacer un tour por Marsella y tener una visión de conjunto de esta ciudad, fundada por los marineros griegos seiscientos años antes de Jesucristo. Durante el recorrido panorámico tenía la vana esperanza de ver algún edificio, tienda, esquina o mercado que le recordara algo de su niñez. Marsella, el lugar donde había nacido y donde había pasado algún tiempo cuando era niña, la recibía como a una extranjera.

Paga la bebida y extrae un papel del bolso con una dirección. —Calle Antoine Pons— le indica a un taxista unos minutos más tarde. Cuando el taxi se detiene delante de una gran verja de hierro fundido, parecen despertarse algunos recuerdos en su mente. Paga y, después de bajar, mira durante unos instantes el silencioso orfanato. Parece más pequeño; el patio, también, y los plátanos. Todo lo recuerda mucho más grande, más ancho, más alto. Las ocas zambullen sus pescuezos provocando círculos concéntricos; ello le trae a la mente el miedo terrible que sintió cuando la llevaron a aquel lugar, así como otros recuerdos fragmentados, como el de la casa junto al anfiteatro. Amor, afecto, ternura y un jardín de infancia regentado por las monjas. Los veranos y los fines de semana que pasaba en una granja cerca de Rosellón, la granja de la abuela, aunque en realidad no era su abuela, sino una buena amiga de Céline...

Una vida de color de rosa, hasta el día en que Céline —que acababa de llegar de Rosellón— le dió un fuerte abrazo y le dijo, sollozando: —Tu mamá ya no está aquí. —Magalie no lo

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25 comprendió y Céline añadió: —Se ha ido al cielo.

Poco tiempo después, notó que Céline estaba asustada por algo y le fue contagiando el miedo a Magalie. Luego, hubo mucho trajín; la gente iba y venía y hablaba con Céline, pronunciaba palabras que Magalie no sabía descifrar. Céline estaba fuera de sí. Al cabo de unos días, un hombre y una mujer de uniforme se llevaron a Magalie, a pesar de la resistencia que ésta oponía y a pesar de la desesperación de Céline.

—¡Vendré a buscarte, Magalie! —gritó, mientras se la llevaban. Se la llevaron al orfanato en autobús. Allí todo era espantoso: el sombrío edificio decimonónico, el despacho, el gran ventanal con barrotes y, sobre todo, Madame Rose, con su traje oscuro a juego con su terrorífico rostro. A Magalie le hizo el efecto de un gigante maléfico, como el de los cuentos. Amedrentada, observaba todo cuanto había a su alrededor. Cuando la trabajadora social hizo el gesto de marcharse, se pegó a su cuerpo, chillando y dando patadas a troche y moche. Madame Rose le atizó un solemne manotazo en el trasero y, dándole la espalda a la joven que la había acompañado hasta allí, giró en redondo.

Las semanas sucedían a los meses y ni rastro de Céline. Llorar y llorar no la llevaba a ninguna parte, por lo que Magalie se encerró en sí misma. Se volvió introvertida y apenas comía; su rostro fue perdiendo la redondez lozana que lo caracterizaba y se volvió tan pálido como el color de las paredes. Llegó el buen tiempo: todo parecía más acogedor y lleno de colores, pero en el interior de Magalie reinaba el invierno. Desamparada, erraba por las inmensas e impersonales salas, en busca de algún detalle que le pareciera cercano, con los ojos siempre fijos en algo remoto.

Dos días después de Navidad, Madame Rose le anunció que Céline le haría una visita de un cuarto de hora por la tarde. Cuando Céline, toda vestida de negro, irrumpió en la sala de visitas, Magalie se precipitó hacia ella y lloró entre sus brazos: —Por favor, llévame contigo.

—No puedo... No me está permitido...

Céline, con los ojos empañados, le entregó un paquete envuelto en papel de regalo.

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La cara de Magalie no se apartaba del cuerpo de Céline. —Pero, ¿por qué? ¿Por qué no me puedo ir?

Céline la sujetó con todas sus fuerzas, se mantuvo en silencio un buen rato y después le preguntó, con todo el cariño del mundo: — ¿No quieres ver lo que te he traído?

A continuación, desenvolvió el regalo y apareció un enorme peluche:

-—Toma, para que puedas abrazarlo por la noche.

Transcurridos los quince minutos, Madame Rose se presentó en la estancia y Céline, antes de despegarse de Magalie, le susurró al oído: —¡Voy a remover cielo y tierra! ¡Te lo prometo!

Y como Magalie no entendió el significado de las palabras de Céline, todavía se puso a llorar con más desesperación.

Después de esta visita, la vida en el orfanato empeoró. Para superar la tristeza, Magalie destrozaba juguetes, se peleaba continuamente, garabateaba las paredes. En una ocasión, al ser castigada, intentó propinarle una buena patada a Madame Rose, a quien consideraba la culpable de todos sus infortunios.

Unos meses más tarde, agruparon a las niñas en el comedor y Madame Rose dejó pasar a una pareja para que las inspeccionasen. Se trataba del señor y de la señora Lisan; pasaban ya de los cuarenta años y querían adoptar una niña. A medida que la pareja avanzaba e iba escrutando a cada niña, la esperanza brillaba en los ojos de todas ellas, menos en los de Magalie. Indiferente, vio cómo la señalaban y comunicaban su elección a Madame Rose. Cuando la pareja le dedicó una sonrisa, Magalie entornó los ojos. No quería que la adoptaran. Ella pertenecía a Céline.

En los dos días que siguieron, no sucedió nada relevante, hasta que la pareja regresó para hacer otra inspección y se decidió, definitivamente, por Magalie.

Durante las semanas en las que se tuvo que resolver todo el papeleo de la adopción, Magalie mantenía la esperanza de que Céline regresaría antes de que ella dejara el orfanato. Incluso buscó la manera de escabullirse y huir de aquel lugar.

Magalie mira a su alrededor, temerosa de que alguien pueda advertir su estremecimiento; a continuación, se dirige a la puerta de

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27 entrada. La misma vetusta campanilla, el mismo firme tañido metálico.

—Pase —le indica una voz. Una joven, con téjanos desteñidos por la lejía y una camisa blanca, está sentada frente a un despacho:— ¿Qué puedo hacer por usted?

Haciendo un esfuerzo para aterrizar de nuevo en el presente, Magalie le explica que vivió en el orfanato en 1962 y que fue

adoptada. Después de esta breve presentación, acaba pidiéndole: — Me gustaría saber el nombre de mi madre biológica y... si tienen también alguna información acerca de mi padre. Además, quisiera saber si conocen el apellido de una tal Céline. Me gustaría mucho poder dar con ella.

—Recibimos requerimientos de este tipo muy de vez en cuando. De todos modos, si fue adoptada, su ficha tiene que estar en la oficina de registro, aunque, tiene que tener en cuenta que, para prevenir posibles problemas, normalmente no se facilitan los nombres.

—Mi madre falleció.

—Si es así, encontrar su nombre no debería presentar ninguna dificultad. —Entonces, ¿le importaría facilitarme la dirección de la oficina de registro?

La joven la escribe en un papel. Se lo entrega a Magalie, deseándole buena suerte. Magalie le da las gracias y se dispone a irse. Por unos instantes, está a punto de pedirle si puede echar una ojeada al interior del orfanato, pero los sentimientos que le inspira este lugar son tan fuertes que decide cambiar de opinión.

La siniestra habitación de la oficina huele a polvo; se respira un aire rancio. Una lámpara de neón ilumina las hileras de archivos dentro de las vitrinas y las estanterías atibo^racias de carpetas.

Roídas por el paso del tiempo, las cartu|jnas amarillas, marrones y

azules albergan destinos desconocidos.

Magalie ha pasado dos días deambulando de un departamento a otro, hasta dar con la mujer que la atiende. Ésta, ya entrada en años, no para de ir arriba y abajo y de una hilera de archivos a otra. Por fin abre un archivo y regresa a la mesa metálica con una carpeta de color marrón. Llena de impaciencia, Magalie observa cómo toma asiento frente a ella y abre el expediente. Después de hojearlo, la

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mujer alza los ojos: —Usted ingresó en el orfanato en julio de 1962

y fue adoptada por los señores Lisan de San Francisco ocho meses después.

Magalie asiente; la mujer de rizos canosos prosigue, bajando el tono de voz:

—Su madre murió el diecisiete de junio de 1962.

Mientras Magalie toma nota, la funcionarla prosigue: —Muerta en extrañas circunstancias.

—¿Extrañas?

—Ver el archivo de la policía número 62-617-95. Por supuesto, nosotros no disponemos de tal archivo. Si desea obtener más información al respecto, debería consultarlo con la policía.

Magalie escribe la dirección sin demora y luego pregunta: — ¿Podría decirme el nombre de mi madre, por favor?

—Anne Sathmar.

—¿Y sobre mi padre qué dice? —Aquí indica: padre desconocido.

—¿Y con respecto a Céline, hay alguna información? —¿Céline? ¿Así tal cual?

Magalie asiente y sigue con expectación el movimiento de cada folio del expediente.

—Aquí no hay nadie registrado con ese nombre de pila, así que, por lo que parece, no tiene nada que ver con este caso.

Magalie guarda su cuaderno y su pluma, y se incorpora.

—Muchísimas gracias. No sabe cómo le agradezco su ayuda. — A continuación, sale del siniestro despacho.

Es mediodía y las calles están abarrotadas de gente. Se dirige hacia la Canebiére y gira en dirección a la calle de St. Ferreol, donde había descubierto una pizzería el día anterior. Pide un vaso de vino blanco y una pizza Napolitana. Mientras espera a que la sirvan, escribe algunas postales. Por unos instantes, es capaz de abstraerse de todos los pensamientos y disfrutar del vino seco y frío, y de la pizza crujiente, sazonada con anchoas y con hierbas provenzales. Al finalizar la comida, pide un café expresso.

«Circunstancias extrañas». Qué misterioso. Céline sí que debe de saber cómo murió su madre y por qué murió tan joven. Haciendo un recuento hacia atrás, Magalie intenta descifrar la edad de Céline.

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29 Si en aquella época debía de tener unos treinta, ahora estará rondando los cincuenta.

Los tres días siguientes resultan frustrantes. En la jefatura de policía, va de un agente a otro: alguno parece voluntarioso, otro se muestra totalmente indiferente y el peor se muestra receloso (incluso la hace dudar de sus propias palabras).

—¿Por qué les costará tanto esfuerzo consultar un expediente? —exclama ya al cuarto día, completamente exhausta.

El burócrata de turno, un hombre rechoncho, se retuerce los bigotes y echa una mirada al reloj de pared, antes de contestarle: — No está permitido dejar ver a cualquiera los expedientes.

—¡Pero éste es de crucial importancia para mí!

Insistiendo en su negativa, el funcionario alcanza la chaqueta que cuelga de una silla: —Señorita, créame, es mejor dejar el pasado tal y como está. Además, necesitamos una orden judicial para poder facilitar este expediente.

—Yo no me lo quiero llevar. Solamente quisiera consultarlo. Pero el funcionario está a punto de irse a comer. La hora de la comida, un festín báquico, de una duración de dos a tres horas, es sagrada en la Provenza. Las tiendas y los almacenes cierran, y ni siquiera un incendio haría levantar de la mesa a un bombero ni a un oficial, y menos por un viejo expediente.

—No está permitido, ¿me oye? —dice, al tiempo que se desplaza para hacer un ademán al compañero que se encuentra tras el cristal, en la habitación contigua. Regresa a su despacho con el único interés de quitársela de encima.

Disimulando su furia, Magalie lo sigue hasta la puerta, a la espera de algunas palabras resolutivas. Pero lo que recibe es una ligera palmadita en la espalda, que da por concluido el caso: — Mire, señorita, si esto tiene una importancia vital para usted, consiga un buen abogado; puede que le eche una mano. Yo no puedo nacer nada.

Poco después, Magalie se abre paso a empellones entre las apiñadas mesitas del restaurante, situadas en la acera, hasta llegar a una cercana a una sombrilla, en un extremo. Se le ha pasado un poco el mal humor y pide una ensalada y un Campari con zumo de

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30 naranja.

Abstraída, repasa las notas obtenidas en la oficina de registro, ajena al griterío que la rodea. ¡Qué poca información ha obtenido! ¿No sería mejor dejar el pasado en paz? Porque además, sea lo que sea, ya no se puede cambiar. De todos modos, desea encontrar a Céline. ¡Estaban tan unidas! ¿Qué le costaría un abogado? ¿Y qué garantía tendría de obtener verdaderamente el expediente en cuestión? Esta y otras preguntas rondaban por su cabeza. Apenas había información sobre su madre en el fichero de adopción. Y sobre Céline, nada de nada. Y en cuanto a su padre: desconocido.

Danielle aparece en su memoria. Hubiera querida llamarla, pero lo ha ido posponiendo. A lo mejor ella sabe cómo tirar adelante. Los periodistas son muy eficaces a la hora de obtener información. La llamará esta misma noche.

Mientras tanto, vaga por la ciudad como una turista, sin rumbo fijo. A media tarde, da una vuelta por la calle Paradis y, aunque no está muy segura de su sentido de la orientación, confía en llegar a su hotel. Concentrada en el presente y en lo que la rodea, acaba por llegar a la plaza de la Opera, uno de los lugares más concurridos. Hoteles, restaurantes y un sinfín de bares con sugestivos nombres se agolpan alrededor del Teatro de la Opera. Mujeres extremadamente pintadas merodean por las esquinas; dos de ellas abordan con machaconería a un hombre ya entrado en años.

Magalie se detiene a contemplar aquella incongruente plaza, donde dos culturas tan diferentes se cogen del brazo. Un hombre de mediana edad se le acerca para preguntarle: —¿Cuánto?

—¡Pero cómo se atreve! —le espeta y se aleja a toda velocidad; todavía tardará un buen rato en reponerse del sobresalto.

Al pasar por delante de una galería de arte, se detiene para mirar el escaparate y, de pronto, se acuerda de Walter. Pero tiene la sensación de que ya pertenece a otra vida, a otro compartimiento que dejó atrás, en San Francisco.

A pesar de su fracaso con la policía, vislumbra un atisbo de optimismo y, sobre todo, muchas expectativas ante las nuevas experiencias que se avecinan. Esta misma noche se pondrá en contacto con Danielle. Marsella no ha servido de gran ayuda, pero quizá pueda encontrar algunas respuestas en Arles. Se desplazará

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31 allí, mañana por la mañana.

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Arles: romana, pagana, gálica, cristiana; puerta de entrada a la Camarga, con sus estuarios y sus ciénagas sombrías. Un deje de tristeza, un aire lóbrego, una vaharada de mágica y persistente pátina... Todo ello se percibe en las estrechas callejuelas que convergen en el escenario de los sangrientos sacrificios: el anfiteatro romano. Jinetes y corridas de toros, bellas mujeres, gitanos, historia transformada en piedra, días agitados por el violento mistral. Un aura envuelve esta ciudad, que el imponente Ródano abraza antes de perderse en las marismas.

El día, además de caluroso, es radiante. El cielo es de un azul marino palpitante, como una pintura de Van Gogh. Magalie pasea lentamente por la alameda que se encuentra en Alyscamps. La quietud preside el mármol de las tumbas de la cristiandad, que ladean la avenida bajo la sombra de los chopos. Ni una brizna de aire; sólo se oyen los zumbidos de las libélulas y el movimiento rápido de las lustrosas lagartijas que corren a esconderse a su paso.

Muchos poetas y artistas se han inspirado en este lugar. Piensa en Van Gogh, cuyo oscuro destino parece perseguirla por todo Arles. Esta es la ciudad en la que pintó sus obras cumbres y donde se produjo su caída hacia los abismos de la desesperación. Los escenarios dentro y fuera de la ciudad, imperturbables durante tres generaciones, mantienen la misma intensidad y el mismo poder, como en las pinturas de los artistas.

El encanto tentador y austero que se percibe en el ambiente sobrecoge a Magalie. Muchos seres humanos, como ella, se han sentido también sumergidos en los dos mil años de historia que se destilan en el presente a través de una tenue y sutil capa.

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De nuevo, se dirige al bulevar de Lices; desde allí pide un taxi. Diez minutos más tarde se encuentra ya en la plaza de las Arènes. Vagabundea alrededor del anfiteatro, observa las estrechas casas que rodean la plaza al igual que el círculo de una danza. En una esquina todavía puede verse la única casa que conserva un pequeño jardín en su parte delantera. Es de piedra gris, con la superficie áspera y desigual, y con las contraventanas de madera de color verde; dos esbeltos cipreses flanquean la puerta de entrada. Aquella había sido su casa.

Manojos de margaritas bordean el camino que conduce a la puerta de entrada. Son las flores favoritas de Magalie. Palpitante y llena de expectación, hace sonar el timbre.

Cuando se abre la puerta, aparece un hombre de unos cuarenta años.

—Sí, ¿qué desea?

—Estoy buscando a Céline.

—Aquí no vive nadie que se llame así. —Con una mirada apreciativa, inquiere:

—¿Sabe cuando vivió aquí?

—Hace muchísimo tiempo... Veintidós años... No recuerdo su apellido... Creí que quizá todavía... La verdad es que yo viví en esta casa cuando era una niña.

Con una sonrisa, el hombre acaba de abrir la puerta hasta entonces entreabierta. Lleva unos pantalones cortos de color azul y una camisa blanca holgada.

—Así que a la búsqueda de los recuerdos de la infancia... Bien, entre, la invito a mi casa.

Magalie duda por unos instantes.

—La verdad es que no quisiera causarle ninguna molestia. —Pues claro que no. Pase, pór favor.

El hombre sube el escalón y entra; Magalie lo sigue. Alargándole la mano, se presenta a sí mismo:

—Pierre Duval.

—Magalie Lisan —se presenta a su vez.

Pierre la conduce hacia el salón y le señala un sofá bajo. —Póngase cómoda, por favor.

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35 Magalie echa una ojeada a su alrededor y enseguida advierte que han eliminado una parte de la pared para dar más amplitud a la sala. Al otro lado de la habitación, puede ver una estantería llena de libros, un despacho con una máquina de escribir y una silla con un cojín rojo un poco ajado.

—Creo que esto era nuestro comedor. Perdone, si no me equivoco, he interrumpido su trabajo; estaba escribiendo.

—La verdad es que necesitaba un descanso. —¿Es escritor?

—Soy un maestro que, en estos momentos, está de vacaciones; escribo para una revista juvenil. Mi familia ahora está ausente; se han ido todos a la granja de la familia de mi mujer.

—¿Desde cuándo vive usted aquí? —Desde hace ocho años.

—¿Llegó a conocer a los que vivían antes de que usted llegara? —No. Antes de que mi mujer y yo compráramos la casa, estuvo vacía durante un año.

—¿Nunca oyó hablar de Céline? Actualmente, debe de tener unos cincuenta años.

—Pues no. Lo siento.

Se hace un breve silencio y Pierre se dirige a la vitrina para coger unos vasos.

—¿Le apetece tomar algoP

—Un vaso de agua no me iría mal. Gracias.

—Vamos a la cocina. Ya que desea echar una ojeada a la casa, se la enseñaré; venga conmigo.

Sus ojos son grises y afables; el pelo grueso y las canas prematuras. Es un hombre de talante desenvuelto, sin imposturas. La nuez de la garganta, desmesurada, parece rebotar arriba y abajo, como si tuviera miedo de ser engullida, lo que le confiere un aire juguetón.

—¡Oh, cómo se ha modernizado todo! —exclama Magalie— .Nuestra nevera era mucho más pequeña, teníamos una mesa en el centro y aquí había... —De repente deja de hablar—. Perdone, debo de estar aburriéndole...

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vaso y se lo ofrece.

—-Puedo comprender sus sentimientos. Yo soy huérfano. Mis padres murieron en un accidente de autocar y crecí en un orfanato en París. Tiempo después, también regresé al pueblecito y a la casa de la Bretaña donde pasé los primeros nueve años de mi vida. No cesaba de soñar con ello. Necesitaba volver para poder cerrar aquel capítulo de mi vida.

Magalie está asombrada: —¡Es extraordinario haber encontrado a alguien como usted y en esta casa! Yo también soy huérfana y tengo una gran cantidad de dudas sin resolver con respecto a la época que precede a mi adopción.

—¿Qué les sucedió a sus padres?— pregunta con interés, mientras se acomoda sobre un cojín de piel.

—Nunca llegué a conocer a mi padre. Mi madre murió. —¿Y quién es Céline?

—Me crió los primeros cinco años de mi vida y me cuidó mucho más que mi madre. Después de que mi madre muriera, me alejaron de ella y me pusieron en un orfanato en Marsella.

El la contempla con atención antes de atreverse a decir: —De todos modos, tengo la sensación de que usted no es muy..., perdóneme por insinuarle esto...

—¿Francesa? —Exactamente.

—Fui adoptada por una pareja francesa que emigró a Estados Unidos cuando eran aún jóvenes, pero regresaron a Francia por un corto período, de hecho porque querían adoptar a una niña francesa. Me crié en San Francisco y obtuve la nacionalidad norteamericana, ya que mis padres adoptivos ya la tenían.

—Así que ésta es la primera vez que regresa a este país— dice Pierre, sorprendido.

Moviendo la cabeza afirmativamente, Magalie prosigue: — Sí, ésta es mi primera visita al sur de Francia. Una vez estuve en París y en Normandía con mis padres adoptivos.

—Casi podría hacerse una novela de su vida...

Magalie le sonríe, franca: —Sí, pero déjeme que primero encuentre a Céline para poder completarla.

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37 —¿Qué hacía Céline en Arles?

—Creo que mi madre y ella tenían una boutique. —¿Recuerda a otras personas de esta zona?

—Sí, recuerdo a algunas personas de Rosellón y de la Camarga. —Pues yo no conozco a nadie en Rosellón y la Camarga es una región muy grande.

—En especial, me acuerdo de una granja en la Camarga. Se dedicaban a criar caballos y toros para las corridas. Y también había un lago..., más bien parecía el mar, pero con millares de flamencos... Y también había un trenecito...

—Eso podría ser Méjanes. —¿Méjanes?

—¿Se acuerda de alguien en particular?

—Sí, de un hombre, un granjero a quien llamábamos tío... Creo que su verdadero nombre era Marcel.

—¿No podría ser Marcel Savalle?

—¿Savalle? Pues la verdad es que no lo sé.

—El viejo Savalle tiene una granja enorme. Conozco a sus hijos.

—Sí, había algunos muchachos...

—¿Sabe si conocían a la mujer que está buscando? —Marcel quería casarse con ella.

—Vaya. Por lo que puedo recordar, Marcel es viudo. Vamos a ver si investigo algo. —Pierre se incorpora y llama por teléfono—. ¡Hola Paul, soy Pierre! Muy bien, gracias. Sí, ya veo, tú tan ocupado como siempre... ¡Ah, me alegro mucho! Quisiera hacerle una pregunta a tu padre. ¿Está en casa? ¿Así que no volverá hasta la noche? De acuerdo. Bueno, quizá tú puedas echarme una mano. ¿Conoces por casualidad a una tal Céline? De unos cincuenta... Demasiado mayor para ti... Vaya, veo que no me resultas de gran ayuda. No, no es para mí, es para alguien... Una joven de San Francisco... Sí, dice que probablemente conoció a tu padre, de niña, hace unos veinte años. Se llama Magalie... ¡Ah! ¿Te suena? Está buscando a Céline. ¿Qué? ¿La recuerdas ahora?... Un momento, que se lo pregunto.

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Magalie asiente ilusionada.

—De acuerdo. Estaremos allí hacia las doce —contesta Pierre; a continuación, cuelga el teléfono.

Magalie contiene la respiración: —Casi no me lo puedo creer. ¡Voy a ver al tío Marcel...!

—Espero que Paul y su padre sean realmente las personas que usted está buscando. —Viendo la expresión de desmesurada alegría en el rostro de Magalie, añade: —Bien, y si no lo son, como mínimo podrán echarle una mano. Todos los granjeros se conocen entre sí. ¿Dónde se aloja?

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39 —Estoy en el hotel Arlatan.

—Ah, sí. En la calle Sauvage. Pasaré a buscarla mañana hacia las diez. Si me lo permite, ya tengo experiencia en historias de huérfanos en busca de su pasado. Además, se trata ya de una cuestión personal. Es un placer poder ayudarla, en la medida de lo posible, claro.

Magalie toma otro sorbo de agua y se incorpora.

—Ya le he robado bastante tiempo por hoy. Gracias por su invitación. Esto sí que ha sido un encuentro muy propicio. La verdad es que es un buen augurio, una puerta abierta. Desde luego, sería una feliz coincidencia si resulta que sus amigos son las personas que conocí en mi niñez.

—No crea que es tanta coincidencia. En mi profesión, llegas a conocer a mucha gente. Además, mi esposa, Jacqueline, nació aquí y mis suegros también tienen una granja en Raphéle —añade Pierre, mientras la acompaña hacia la puerta.

Una vez en el hotel, satisfecha de cómo le ha ido el día e ilusionada con las expectativas del día siguiente, se quita la blusa, la lanza sobre la cama y se desliza bajo la ducha. Después, se arregla para salir a cenar. Al ir a buscar el billetero que está en la bolsa de lona, se le cae la tarjeta de visita de Danielle. Echa un vistazo al reloj, descuelga el teléfono y marca el número de Mougins, con la esperanza de oír su voz, y con la esperanza de verla pronto. Tras unos tonos, se oye la voz de Danielle en el contestador. Decepcionada, Magalie le deja un mensaje con la promesa de llamarla de nuevo.

Por la mañana, una ráfaga de viento frío la despierta. La ventana está totalmente abierta; las cortinas aparecen hinchadas como balones. Magalie se pone el albornoz y cierra la ventana.

Los árboles se balancean bajo las violentas ráfagas que provienen de los glaciares alpinos. El cielo, de un azul penetrante, está despejado. En la calle, el polvo y unos restos

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de basura se arremolinan formando torbellinos, antes de elevarse vertiginosamente.

¡Qué fuerza la del mistral! Un viento procedente del norte, gélido, impredecible, un malévolo ahuyentador de nubes. Desgarra la tierra; la azota con sus alaridos, para luego agonizar más allá, en el delta del Ródano, cuando éste se reúne con el mar.

Magalie se aleja de la ventana y decide prepararse para su visita a Méjanes; se pone ropa de verano. Después de tomar el desayuno, se dirige al encuentro de Pierre, en el vestíbulo del hotel.

—Casi hace tanto frío como un día de invierno en San Francisco —exclama—. Me sorprende que sople tanto viento en esta época del año.

—Ah, el mistral tiene estas cosas; a menudo, te sorprende en medio de un abrasador día veraniego. Siempre debería llevar un jersey con usted, por mucho calor que haga.

Pierre la invita a subir a su Citroen de color azul. En un santiamén dejan la ciudad atrás y se encuentran rodeados de arrozales, viñas y campos de trigo. La torre de Albaron del siglo XIII se presenta ante sus ojos, pero, a medida que se adentran en pleno corazón de la Camarga, desaparece de su vista.

Ya en el área de Méjanes, el cielo y el agua del lago Vaccarés parecen fundirse en el horizonte. Marcados por los vestigios de tantas batallas libradas por el mistral, cipreses, tamarindos y pinos ribetean este paraíso de abubillas, cormoranes, cigüeñas, ánades y flamencos rosas. Y, en medio de tan lujuriosa vegetación, florecen cardos azules, margaritas y narcisos.

—¡Es tal como lo recordaba! —prorrumpe entusiasmada Magalie.

—Vamos sobrados de tiempo. ¿No le importa que salgamos de la carretera principal? Así le enseño lo que no está al alcance de los turistas...

A Magalie, la idea le parece perfecta. Al cabo de unos instantes exclama: —Mire, ¡caballos blancos!

A su izquierda, una docena de caballos, pequeños, vigorosos, con sus exuberantes y largas colas al viento, corren entre la hierba. Haciendo caso omiso de un «prohibido el paso», Pierre traspasa una barrera abierta más allá de una marisma, para ir a parar a un estrecho camino repleto de baches. De repente, el escenario se transforma. El paisaje se vuelve salvaje, áspero, hostil, con sus árboles caídos, las oscuras ciénagas y los prados de tonos grisáceos y marrones, hogar de

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41 los bravos y peligrosos toros, y cuna de los caballos salvajes de la Camarga.

—¿Sabe si pertenecen a alguien estos caballos? —pregunta Magalie. —Por supuesto que sí.

—¿Y viven siempre así, salvajes?

—Solamente los primeros años de su vida. Cuando tienen un año, se cogen con el lazo y se marcan. Cuando tienen tres o cuatro años, se vuelven a capturar. A veces, pasan unos meses antes de que se les ensille y nunca se les puede enjaezar.

—¿Cuál es el origen de estos caballos?

—Es una de las razas más antiguas que existen; se cree que ya vivían aquí antes de la llegada de los romanos.

Pierre detiene el coche y descienden unos instantes. Magalie se ciñe la chaqueta y mantiene los brazos contra su cuerpo; el mistral sopla a sus espaldas y revuelve sus cabellos.

Frente a ellos, interminables marismas. De vez en cuando, un triste graznido surge de entre los cañizales. Un toque de misterio y de pureza original se cierne sobre los cenagales castigados por el viento.

Pierre hace un amplio movimiento con una mano e indica: —A partir de allí empiezan las marismas pantanosas de La Sigoulette.

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__ Un paisaje misterioso y prohibido. Magalie no puede evitar que un estremecimiento electrizante recorra todo su cuerpo.

—Sí, la Camarga tiene sus leyendas y también sus secretos, y no se olvidan fácilmente. Pero, por desgracia, todo cambia a una velocidad espeluznante. La Camarga de los poetas y de los artistas se está extinguiendo.

Unos gritos agudos surgen de los matorrales, como en señal de aprobación.

5

Marcel Savalle tiene sesenta y siete años. Su pelo canoso e indomable se entrelaza con ribetes oscuros, vestigio de una espesa melena negra. El bigote negro subraya una prominente nariz recta y pone de relieve las comisuras de la boca, que a su vez hacen resaltar una enérgica barbilla cuadrada. Bajo las tupidas cejas destacan sus ojos negros. Es alto y todavía se mantiene muy robusto, aunque actualmente tiene achaques de reumatismo y necesita la ayuda de un bastón. Anda un poco encorvado, como si acarreara el peso de los años sobre su ancha espalda.

Como muchos de los hombres de la Provenza, tiene su porción de gloria militar, Luchó en las Ardennes, en el norte de África, durante la segunda guerra mundial y fue condecorado con una medalla que decora con orgullo su traje dominical.

Su granja se dedica a la cría de caballos típicos de la Camarga y de los mejores toros, para exhibir en la plaza de toros de Arles.

Vive en una casa enorme, cubierta de tejas rojizas. Las ventanas son pequeñas y cuadradas, y las contraventanas son de color marrón. Un jardín con flores variopintas, algunos pinos y árboles frutales rodea los tres costados de la casa. En la parte trasera hay un patio muy amplio, donde se encuentran los establos. En la parte norte de la propiedad hay una hilera de cipreses que actúa a modo de protección contra el viento.

Según le ha ido explicando Pierre por el camino, Marcel se casó muy joven y enviudó cuando apenas tenía treinta años. De este

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matrimonio tuvo dos hijos. El mayor, casado y padre de dos hijas, vive en Aix-en-Provence, donde regenta un pequeño hotel. El más joven es soltero y vive en casa, con su padre.

Cuando llegan, Pierre para el motor. Al salir del coche, Magalie ve inmediatamente a un anciano que avanza hacia ella; cojea y se apoya con firmeza en su bastón. Su modo de andar es lento y sosegado, pero sus ojos todavía mantienen la viveza y la chispa de su juventud. Magalie se detiene ante él y lo mira fijamente, con curiosidad.

A medida que va reconociéndolo, sus ojos se iluminan y, con una voz todavía llena de desconfianza, pregunta:

—¿Tío Marcel?

—¡Dios mío, Magalie, si eres tú! Tan crecida ya y todavía con esos magníficos ojos ámbar...

Rápidamente, Magalie se lanza a sus brazos, libre, como cuando era una niña.

—Sí, ésta es mi pequeña Magalie —murmura, abrazándola fuertemente—. ¿Quién hubiera imaginado que te volvería a ver?

Entre risas y lágrimas, Magalie no deja de mirarlo.

—¡Y este pelo! ¡Lo habría reconocido entre millares de personas! —dice Marcel.

—Pues tú tampoco has cambiado tanto. Bueno, tienes el pelo un poquito más blanco —Magalie se seca las lágrimas.

—Te has convertido en una mujer muy guapa y yo ya no soy más que un viejo inútil —le dice, mientras le pone las manos encima de los hombros.

—¡Hola, Pierre! Perdona que no te haya dicho nada, pero ya sabes lo que pasa cuando hay una mujer bonita alrededor... — bromea, y lanza una carcajada. A continuación, los acompaña al interior de la casa.

Paul, la viva imagen del viejo Savalle pero en versión juvenil, aparece en la sala de estar. Qué extraño le resulta a Magalie ver a este hombre, a quien vagamente recuerda como a un niño, que solía tomarle el pelo y con quien correteaba alegremente por la granja.

—Poneos cómodos —dice Marcel. Cuando Paul y Magalie ya se han intercambiado todos los parabienes, se sienta en una butaca de cuero, frente a la chimenea.

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Magalie coge el taburete de madera de ébano, pequeño y tan familiar —ahora menos pesado que cuando era pequeña— y se sienta al lado de Marcel, como solía hacer de niña, mientras él le explicaba cuentos de la Provenza. El anciano le acaricia el pelo y, con los ojos centelleantes, le pregunta:

—¿Te aproximas porque tienes frío o porque quieres estar cerca del viejo Marcel?

—Las dos cosas —responde Magalie, con picardía, y apoya la cabeza en sus rodillas—. ¡La de detalles que me vienen a la memoria! Recuerdo cómo te pusiste cuando vinieron los constructores y drenaron una parte del pantano, para convertirlo en zona de veraneo...

—Sí, es verdad —arrastra la voz, abatido—. Y no te imaginas lo que ya está ocurriendo en las lagunas de Saintes- Maries-de-la-Mer, un idílico pueblecito pesquero. Incluso mi hijo mayor, en lugar de dedicarse a criar toros, tiene un hotel ahí. ¡Ay, me temo que el delta del Ródano está en vías de desaparición!

Magalie recuerda por unos momentos el mapa que preside la recepción de su hotel. La Camarga, ni tierra ni mar, extendida entre los brazos del minúsculo y del majestuoso Ródano. Un poco antes de Arles, el Ródano se separa y crea un delta. En esta tierra aluvial, el río alcanza su destino después de un largo viaje desde los Alpes. A través de los meandros, se va perdiendo en innumerables charcas, estanques y pantanos, como si dudara antes de ofrecerse al mar.

La sirvienta, Mariette, a quien no conocía de antes, aparece y anuncia que la comida está servida, por lo que se desplazan hacia el comedor. Las paredes están encaladas y en el techo destacan las enormes vigas de recia y oscura madera; el suelo está cubierto por los típicos azulejos rústicos coloreados. En la ventana todavía lucen los geranios rojos; la pared donde se halla la chimenea está decorada con una extensa gama de utensilios de cobre. Una mesa larga de roble macizo, con sus doce sillas, preside la sala. Por unos momentos, emerge el pasado y Magalie se ve a sí misma casi como un bebé, gateando bajo la mesa o sentada en la falda de Céline; la habitación está llena de gente y de cháchara; sus manitas agarran un trozo de pan.

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Paul sirve el vino y Mariette empieza a servir los entrantes: embutidos y pan. Le sigue una carne asada con patatas, ensalada, quesos, repostería y café.

Con los excesos del festín, a Magalie se le suben los colores y se siente como adormecida. Reclinándose hacia atrás, murmura: —O me echo un poco o tengo que salir a dar un paseo.

—Bien, ¿por qué no vamos a dar una vuelta? —sugiere Marcel. Coge su bastón y dirige una mirada a Pierre y a Paul, que están totalmente enfrascados en sus cosas—. Ya nos perdonarán, los señores —bromea.

—Faltaría más —responden con el mismo tono.

Antes de salir, Marcel le presta a Magalie una de las chaquetas de Paul, pero es tan grande que la joven casi desaparece en su interior. Una vez fuera, se sube el cuello de la chaqueta y se cuelga del brazo de Marcel. Al principio, caminan en silencio. El viento ha amainado y puede oírse el graznido de algunos pájaros y los misteriosos ruidos que surgen de las marismas: una extraña sinfonía que los mantiene embelesados por unos instantes. Los toros pacen aquí y allá. La inmensidad empaña la perspectiva y hace que el paisaje aparezca como desdibujado. Taciturno, reservado y rodeado de tabúes, este misterioso universo parece inconmensurable para los no iniciados. ¿Qué saben estos parajes, que ella desconoce? Un escalofrío recorre su cuerpo de pies a cabeza.

Se encuentran ahora frente al lago de Vaccarés. Un poco más allá, una banda de flamencos, con sus largas y elegantes patas, se mueve con aire majestuoso. Marcel la conduce hasta un tosco banco situado en una pequeña colina.

—Parece que el mistral ha aflojado un poco —comenta Magalie, mientras toma asiento.

—Sí —responde Marcel, sentándose a su lado. El paseo le ha agotado y le falta la respiración—. Al viento se le acaban las fuerzas al caer la tarde..., como a mí —bromea, sonriendo entre dientes.

Durante unos minutos, contemplan la impresionante belleza del lugar, un verdadero paraíso para los pájaros. Luego, Magalie, inquieta, cambia de posición. Antes de que sea capaz de pronunciar palabra, Marcel se le adelanta:

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yo creo que puedo responderte alguna de ellas. Pero hay cosas que yo ignoro, como el paradero de Céline.

—¿No tienes ninguna información sobre ella?

—No, Magalie. Después de saber que habías sido adoptada, desapareció sin dejar rastro.

—¿Supo que había sido adoptada y que me habían llevado a San Francisco?

—Sí. Su abogado se lo notificó. Tienes que pensar que Céline luchó con todas sus fuerzas para poder tenerte. Eras su hija...

—No lo sabía. Siempre creí que me había abandonado.

—En realidad, no era tu madre natural. Si así hubiera sido, las cosas hubieran ido de otra forma. Pero, de hecho, ella fue quien realmente te crió y te quería. ¿No lo recuerdas?

—¡Sí, claro que sí! Mi madre era... diferente. —Sí, completamente diferente.

Marcel calla por unos momentos y mira fijamente a sus pies. —¿Por qué crees que era así? —insiste Magalie.

—-Tenía el pasado en contra de ella. —¿Qué pasado?

Con las manos apoyadas en la empuñadura del bastón, Marcel mira hacia el infinito, antes de reemprender la palabra: —Hay algo que..., bueno, Magalie, a veces las personas tienen que pasar por ciertas cosas para poder sobrevivir. A mí, personalmente, no me importaba. Céline tenía un corazón de oro y, de tan honrada que era, se pasaba de la raya.

—¿Por qué no quiso casarse contigo?

—¡Vaya! ¿Así que ya estás al corriente? Sí, después de quedarme viudo, ella era la única mujer con la que hubiera deseado casarme.

Magalie espera impaciente alguna otra explicación, pero, como Marcel permanece en silencio, no se atreve a ir más lejos.

—Céline estaba destrozada el día que dejaste el orfanato para ir con tus padres adoptivos —concluyó Marcel.

—¿Quieres decir que...?

—Ella sabía el día que te ibas por su abogado. Yo le insistí que no se acercara, que no fuera, que no se torturase más con la historia. Fue inútil. Fue a Marsella para poder verte por última vez y para

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