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La observación: procedimiento fundamental de la investigación criminalística

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Academic year: 2021

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Luis Rafael Moreno González*

Hoy en día, en la opinión popular del mundo victoriano, el hombre científico se identifica, antes que con cualquier otro, con Sherlock Holmes, el primero que puso en práctica el método de la detección del crimen científico y el inventor de la celebrada “Ciencia de la dedución y el análisis”.

Thomas A. Sebeok y Jean Umiker-Sebeok, Sherlock Holmes y Charles Peirce, el método de la investigación.

Mirar, ver y observar suelen considerarse como sinónimos que designan una mis-ma percepción sensorial, aplicables indistintamente en el lenguaje coloquial, pero de significación muy diferente cuando se emplean en el ámbito de la ciencia. Y por cuanto concierne a la investigación criminalística, nada reviste mayor importancia que saber discernir, con absoluta claridad, el valor prioritario de la observación dado que constituye un examen minucioso y analítico, mediante el cual es posible formular deducciones acertadas.

Así nos lo permiten apreciar, cabalmente, los testimonios de los tres ilustres personajes, dos de ellos médicos: Sir Arthur Conan Doyle y Sydney Smith. El primero, a través del célebre Canon Holmesiano y el segundo en las páginas de Casi todo ase-sinato. Por su parte, el tercero, Umberto Eco, destacado hombre de letras, aporta en su novela En el nombre de la rosa, una original recreación de dichas tareas —la ob-servación y la deducción—, ambas indispensables para descubrir lo que suele pasar desapercibido o, peor aún, lo que se excluye por considerarlo irrelevante.

En Memorias y Aventuras, Arthur Conan Doyle relata:

Pero el personaje más curioso que conocí fue un tal Joseph Bell, médico de la Enfermería de Edimburgo. Bell era un hombre muy notable física y mentalmente. Enjuto, nervudo, moreno de rostro afilado y nariz poderosa, ojos grises penetrantes, hombros angulosos y andares renqueantes. La voz aguda y disonante. Cirujano muy mañoso, su punto fuerte era, sin embargo, el diagnóstico, y no sólo de la enfermedad sino también de la profesión

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y carácter del paciente. Por alguna razón que nunca he logrado adivinar, de entre el mon-tón de estudiantes que frecuentaban sus salas me escogió a mí para ayudarle a atender a los pacientes externos, lo que significaba que yo tenía que ocuparme de darles cita, escribir notas sencillas sobre sus casos y luego hacerles entrar, uno a uno, a la gran sala, que presidía mayestáticamente Bell en medio de una cohorte de ayudantes y alumnos. Aquello me permitió estudiar sus métodos de cerca y comprobar que él obtenía más datos del paciente con unas cuantas ojeadas que yo con mi sarta de preguntas. A veces obtenía unos resultados espectaculares, aunque en alguna que otra ocasión también metiera la pata. En un caso memorable, le dijo a un paciente vestido de paisano:

— Vaya, vaya, así que ha estado usted en el ejército… — Sí, doctor.

— Y no hace mucho que se ha dado de baja… — En efecto, doctor.

— Regimiento de los Highlands… — Así es, doctor.

— Suboficial… — Sí, doctor.

— Destacado en Barbados… — Efectivamente, doctor.

— Ya ven, señores —nos dijo después—. Este paciente es un hombre educado, aunque no se haya quitado el sombrero. En el ejército no se lo quitan… Se le habrían pegado los modales de la sociedad civil de haber llevado más tiempo de baja. Tiene aire autoritario, y es obviamente escocés. En cuanto a lo de Barbados, padece elefantiasis, dolencia propia de las Antillas, no de las islas Británicas.

A su boquiabierto auditorio de Watsons todo aquello le pareció bastante sencillo una vez debidamente explicado. No es de extrañar que, dada mi familiaridad con aquel personaje, yo acabara utilizando y generalizando sus métodos cuando, años más tarde, me propuse crear a un detective científico que resolviera los casos por mérito propio y no por las locuras del delincuente.1

Cabe reconocer y conviene puntualizar que el verdadero precursor del género poli-ciaco o, más específicamente, del relato detectivesco, es Edgar Allan Poe, cuya podero-sa imaginación le permitió plasmar con idéntica maestría tanto situaciones aterradoras como también concebir al primer investigador independiente, monsieur Auguste Dupin, protagonista de tres narraciones: Los crímenes de la calle Morgue, La Carta robada y El misterio de Marie Roget, en cada una de las cuales ya se aplican, metódicamente, la observación y la deducción para esclarecer enigmas aparentemente irresolubles.

Por otro lado, más allá de apreciaciones literarias, nadie puede poner en tela de juicio que corresponde a Conan Doyle el merito de haber dado vida al “rey de los detec-tives” y, junto con éste, consolidar los fundamentos procedimentales de una ciencia y de una nueva profesión: la del investigador científico en el ámbito de la Criminalística.

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Y, a su vez, como lo hace notar Sydney Smith, también el doctor Joseph Bell —contemporáneo de Conan Doyle—, figura entre los pioneros de la observación sistemática, acerca de la cual se refería con insistencia al impartir su cátedra: Deben observarlo todo con suma atención caballeros, acostumbraba decirnos…

Usen sus dedos, usen sus ojos, usen todas sus facultades antes de llegar a una decisión. Re-cuerdo que una vez se dirigía a nosotros con su acostumbrada vena y levantó un tubo de en-sayo que contenía un líquido de apariencia nauseabunda. Vean, caballeros. Pongan toda su atención a esta muestra tal como hago yo mismo. Observen con cuidado su color, ¿es claro u oscuro, espeso o fluido? ¡Huélanlo! ¿Reconocen algún olor en particular? ¡Pruébelo! ¿A qué sabe? A cada pregunta acompañaba el gesto a la palabra y metiendo el dedo en el recipiente lo introdujo seguidamente en su boca, haciendo grandes aspavientos y muestras de asco. A continuación el tubo de ensayo pasó de mano en mano y cada estudiante lo miró, lo olió y lo probó, siguiendo el ejemplo del profesor e —igual que aquel— hicieron gestos de repugnancia, pues el líquido era realmente pestilente.

Cuando todos hubieron “disfrutado” de aquel hediendo compuesto, Bell explicó: “Esto de-muestra su falta de observación. Si bien metí en el tubo mi dedo índice, el que introduje en mi boca fue el anular”.2

Sobre el tema, Daniel Tubau escribe:

“Uno de los aspectos en los que Sherlock Holmes se parece a los científicos modernos y que le permite superar a sus rivales de Scotland Yard, como los policías Gregson y Les-trade, es su capacidad para observar los pequeños detalles, aquello que está a la vista de todos, pero a lo que no se puede prestar atención; ‘Siempre he sostenido el axioma de que los pequeños detalles son, con mucho, lo más importante’. La declaración de Holmes nos recuerda una afirmación del doctor Bell, profesor de medicina de Arthur Conan Doyle, a quien conoceremos mejor más adelante: ‘Para los maestros del oficio existen miríadas de signos elocuentes e instructivos, pero cuyo descubrimiento requiere un ojo experto… La importancia de lo infinitamente pequeño es incalculable’”.3

De la misma forma, Umberto Eco en El nombre de la rosa, novela erudita y de trama detectivesca, escrita por el semiólogo italiano, destaca, como a continuación haré ver, la importancia de la observación y la deducción al interpretar los indicios, “testigos mudos que no mienten”, cuyo lenguaje críptico sólo el profesional de la criminalística puede descifrar.

Acostumbrado a oírle decir las cosas más extrañas, nada le pregunté. También porque, poco después, escuchamos ruidos y, en un recodo, surgió un grupo gritando agitado de monjes y servidores. Al vernos, uno de ellos vino a nuestro encuentro diciendo con gran cortesía:

2 Smith, Sydney, Casi todo asesinato, Librería Editorial Argos, Barcelona, 1961, p. 32. 3 Tubau, Daniel, No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes, Ariel, México, 2016, pp. 47 y 48.

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— Bien venido, señor. No os asombréis si imagino quien sois, porque nos han avisado de vuestra visita. Yo soy Remigio da Varagine, el cillerero del monasterio. Si sois, como creo, fray Guillermo de Baskerville, habrá que avisar al Abad. ¡Tú —ordenó a uno del grupo—, sube a avisar que nuestro visitante está por entrar en el recinto! — Os lo agradezco, señor cillerero —respondió cordialmente mi maestro—, y aprecio

aún más vuestra cortesía porque para saludarme habéis interrumpido la persecución. Pero no temáis, el caballo ha pasado por aquí y ha tomado el sendero de la derecha. No podrá ir muy lejos, porque al llegar al estercolero tendrá que detenerse. Es dema-siado inteligente para arrojarse por la pendiente…

— ¿Cuándo lo habéis visto? —preguntó el cillerero.

— ¿Verlo? No lo hemos visto, ¿verdad Adso? —dijo Guillermo volviéndose hacia mí con expresión divertida—. Pero si buscáis a Brunello, el animal sólo puede estar donde yo os he dicho.

El cillerero vaciló. Miró a Guillermo, después al sendero, y, por último, preguntó: — ¿Brunello? ¿Cómo sabéis…?

— ¡Vamos! —dijo Guillermo—. Es evidente que estáis buscando a Brunello, el caballo preferido del Abad, el mejor corcel de vuestra cuadra, pelo negro, cinco pies de alzada, cola elegante, cascos pequeños y redondos pero de galope bastante regular, cabeza pequeña, orejas finas, ojos grandes. Se ido por la derecha, os digo, y, en cualquier caso, apresuraos…

— Y Ahora decidme —pregunté sin poderme contener—. ¿Cómo habéis podido saber? — Mi querido Adso —dijo el maestro—, durante todo el viaje he estado enseñándote

a reconocer las huellas por las que el mundo nos habla como por medio de un gran libro. Alain de Lille decía que

omnis mundo creatura quasi liber et pictura nobis est in speculum

pensando en la inagotable reserva de símbolos por los que Dios, a través de sus criaturas, nos habla de la vida eterna. Pero el universo es aún más locuaz de lo que creía Alain, y no sólo habla de las cosas últimas (en cuyo caso siempre lo hace de un modo oscuro), sino también de las cercanas, y en esto es clarísimo. Me da casi vergüenza tener que repetirte lo que deberías saber. En la encrucijada, sobre la nieve aún fresca, estaban marcadas con mucha claridad las improntas de los cascos de un caballo, que apuntaban hacia el sendero situado a nuestra izquierda. Estos signos, separados por distancias bastante grandes y regulares, decían que los cascos eran pequeños y redondos, y el galope muy regular. De ahí deduje que se trataba de un caballo, y que su carrera no era desordenada como la de un animal desbocado. Allí donde los pinos formaban una especie de cobertizo natural, algunas ramas acababan de ser rotas, justo a cinco pies del suelo. Una de las matas de zarzamora, situada donde el animal debe de haber girado, meneando altivamente la her-mosa cola, para tomar el sendero de su derecha, aún conservaba entre las espinas algunas crines largas y muy negras… Por último, no me dirás que no sabes que esa senda lleva al estercolero, porque al subir por la curva inferior hemos visto el chorro de detritos que caía a pico justo debajo del torreón oriental, ensuciando la nieve, y dada la disposición de la encrucijada, la senda sólo podía ir en aquella dirección…4

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La observación científica es aquella que utiliza hipótesis expresas y manifiestas. Observar es advertir los hechos como espontáneamente se presentan y consignarlos por escrito. El fundamento de la observación científica reside en la comprobación del fenómeno que se tiene frente a la vista, con la única preocupación de evitar y precaver los errores de observación que podrían alterar la percepción del fenómeno, o la correcta expresión del mismo.

Ya se trate de los primeros estadios o de los más avanzados de una investiga-ción, utilizamos la observación como instrumento básico para el logro empírico de nuestros objetivos, ya que sólo a través de ella se puede llegar a la obtención de conceptos con significación objetiva; por ello, la observación constituye uno de los aspectos más importantes del método científico.

Reservamos el nombre de “observación del lugar de los hechos” a las indaga-ciones realizadas por peritos en diversas especialidades científicas y técnicas, con el fin de recabar las informaciones y elementos necesarios para integrar el medio de prueba que se conoce como “peritaje”, “peritación” o “dictamen pericial”. O bien, la observación criminalística del lugar de los hechos consiste en el escrutinio mental activo, minucioso, completo y metódico que del propio lugar realiza el investigador, con el fin de descubrir todos los indicios y establecer la relación que guardan entre sí y con el hecho que se investiga. Es preciso recordar que hay que contemplar con inteligencia el lugar, sólo así nos entregará los secretos que guarda celosamente. Bajo estas premisas, es de vital importancia tener muy en cuenta que la observación va mucho más allá que el simple hecho de ver o mirar algo, pues implica todo un proceso de razonamiento.

Es conveniente señalar, además, que la observación debe realizarse paralela-mente a la fotografía, la descripción y el dibujo del lugar de los hechos porque, junto con otras ventajas, el acto de dibujar concentra la atención, haciendo exhaustivo su examen y, con ello, evita que se excluyan detalles frecuentemente inadvertidos en la inspección general.

Los fines de la observación criminalística son:

a) Comprobar la realidad del presunto hecho delictuoso, y

b) Encontrar suficientes indicios que permitan, por una parte, identificar al autor o autores, y, por otra, conocer las circunstancias de su participa-ción.

Es adecuado hacer notar que este tipo de observación se convierte en técnica científica en la medida en que sirve a un objetivo de investigación ya formulado; en la medida en que es planificada y controlada sistemáticamente, relacionándose con proposiciones más generales en vez de ser presentada como una serie de curiosidades interesantes; y en la medida en que es sujeta a comprobaciones y controles de vali-dez y fiabilidad. Viene al caso recordar las palabras de Mario Bunge: “En el proceso de la observación pueden reconocerse cinco elementos: objeto de la observación,

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el sujeto u observador, circunstancias de la observación, medios de observación y cuerpo de conocimiento”.5

“Uno no puede observar todo detenidamente, por lo tanto, debemos discriminar e intentar seleccionar sólo lo significante. Cuando se cultiva una rama científica, el observador ‘adiestrado’ busca deliberadamente aquellas cosas específicas, las cuales, su mismo adiestramiento le ha enseñado que son importantes; pero en el campo de la investigación, el investigador tiene que confiar a menudo en su propia discrimi-nación, guiada por su conocimiento científico general, su propio juicio y, tal vez, la hipótesis que mantenga”.6

Con relación a la observación criminalística del lugar de los hechos, es conveniente tener presente lo siguiente:

a) Realizarla en las mejores condiciones posibles, fundamentalmente buena ilumina-ción (natural o artificial); y auxiliarse, cuando el caso lo requiera, de instrumentos ópticos (lupa, microscopio, etc.).

b) Practicarla sin dilación, de ser posible en cuanto se tiene conocimiento del hecho, pues “conforme pasa el tiempo la verdad huye”, según dice un aforismo criminalís-tico.

c) No prescindir de ningún detalle, por nimio que parezca, pues lo que a primera vista puede parecer insignificante, por la fuerza de las circunstancias posteriormente pue-de convertirse en evipue-dencia física valiosa. Al respecto, Hans Gross pue-dejó escrito: “El más leve detalle, lo que más baladí parece, suele ser en ocasiones la clave que nos conduce a la averiguación de la verdad, según comprueban la mayoría de las causas célebres y acredita la experiencia propia”.7

La observación completa del lugar de los hechos permite encontrar, fijar, reco-ger y acto seguido embalar todos los indicios existentes, para su envío al Laborato-rio de Criminalística, siempre guardando la cadena de custodia. La que según Vivas Botero “es el procedimiento que consiste en la manipulación adecuada del elemento material de prueba o evidencia física, en procura de conservar su autenticidad y garantizar su inalterabilidad, para lo cual debe hacerse una rigurosa recolección, fijación, embalaje, etiquetado, movimiento, depósito y documentación, partiendo de quien la encuentra, hasta su disposición final”.8 La entrega de los indicios al

la-boratorio para su procesamiento es el eslabón que viene a unir los dos fragmentos de la cadena de la investigación criminalística: la criminalística de campo con la criminalística de laboratorio.

5 Bunge, Mario, La investigación científica, 2a. ed., Editorial Ariel, Barcelona, 1972, p. 717.

6 Beveridge, W.I.B., El arte de la investigación científica, Ediciones de la biblioteca, Universidad Central

de Venezuela, 1966, p. 158.

7 Gross, Hans, Manual del Juez, Imprenta Eduardo Dublán, Méjico, 1900, p. 97, de la parte primera. 8 Vivas Botero, Álvaro, El lugar de los hechos, Edit. Leyer, Bogotá, Colombia, p. 308.

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La inspección ocular requiere ciertos conocimientos técnicos para practicarla, que sólo pueden adquirirse mediante larga práctica, gran serenidad de espíritu, preparación concienzuda y falta de todo prejuicio.9

Al respecto, Edmond Locard nos dice: “Al malhechor le es imposible actuar, se entiende actuar con la intensidad que supone la acción criminal, sin dejar indicios de su paso. Esos indicios son, en gran manera, diversos: hay que tener, presente en la memoria que en cada asunto criminal puede hallárseles de una clase diferente”.10

Dada la diversidad de hechos y circunstancias que se producen, no es posible establecer normas rígidas para el orden que se debe seguir en la observación del escenario de los hechos, ya que jamás se encontrarán dos casos iguales. Sin embar-go, sí cabe señalar el procedimiento de las actuaciones a practicar en el lugar del suceso, conforme al cual el investigador seguirá haciendo aquellas variaciones que, de acuerdo al caso concreto, su criterio le dicte.

No es necesario consignar que para este tipo de labor se ha de actuar con ab-soluta calma y sin precipitación, en palabras de Hans Gross: “Ante todo, hay que proceder en esas diligencias con extraordinaria calma y tranquilidad, pues sin ella se malograría lastimosamente el éxito de la investigación”.11

Regla de oro de la investigación de homicidios:

“No se debe tocar, cambiar o alterar cosa alguna hasta que esté debidamente identificada, medida y fotografiada. Recordar que cuando algo ha sido removido, no podrá ser restitui-do a su posición original”.12

Por todo ello, el criminalista de campo preserva la escena de los hechos, observa críticamente, interpreta y recoge de la misma cuanto es significativo y necesario para el esclarecimiento y comprobación del delito perpetrado; el criminalista de Laboratorio, realiza las investigaciones analíticas y biológicas que, por la delicadeza de los métodos y el tiempo que requieren, no puede verificar en el mismo lugar del hecho. Las observaciones preliminares, o sean, las pruebas elementales, pueden ser ejecutadas por el criminalista, es decir, por la persona científicamente preparada para investigar los delitos. Las investigaciones superiores, las que reclaman un absoluto dominio de los métodos biológicos y experimentales, amén del equipo adecuado, son las que corresponden al criminalista de laboratorio. Ahora bien, hablamos del crimi-nalista científicamente preparado en la resolución de los problemas planteados por el Ministerio Público en las muertes violentas; no de los teorizantes que fungen de

9 Gross, Hans, ob. cit., p. 91.

10 Locard, Edmon, Manual de técnica policiaca, 4a. ed., José Monteso (ed.), Barcelona, 1963, p. 105. 11 Ob. cit., p. 93.

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tales por un nombramiento accidental, cuyos dictámenes comprometen a la justicia y sonrojan a la ciencia.

L. Bianchi, el insigne maestro italiano, en ocasión del proceso Murri, expresó, en libro formidable y bellísimo, que el verdadero perito, el auténtico investigador científico ante los Tribunales, no se limita a la autopsia del cadáver, sino que hace también la autopsia del crimen.13 Es preciso recordar que una necropsia mal hecha

impide “hablar al cadáver”, la reconstrucción del suceso y de las circunstancias que ocasionaron el fallecimiento. Además de que no puede reconstruirse.

Si no procede adecuadamente, el investigador corre el riesgo de soslayar indicios que podrían ser la clave para la solución del caso. Sin embargo, aunque no se hubiera protegido correctamente el lugar de los hechos, en ocasiones se puede encontrar al-gún indicio útil. Ejemplo de ello, lo relata Luis Sandoval Smart en su valioso Manual, en los siguientes términos:

En la vecina ciudad de Quillota, se encontró, en casa de un dentista, el cadáver del cui-dador, degollado, en la cocina de la propiedad. La cabeza estaba en el jardín, al parecer, lavada con la manguera que allí estaba.

Los policías y el Juez revolvieron todo y autorizaron, incluso, al dueño de casa, para que lavara la cocina. Cuando no encontraron ningún sospechoso, llamaron apresuradamente al Laboratorio de Policía Técnica.

No se pudo hacer ningún estudio de rastreo sanguíneo, pues todo había sido lavado, y hasta se había pretendido sacar las baldosas del piso. Sólo una botella de vino, que no tenía por qué estar allí, se salvó de la limpieza. En ella, se revelaron dos dedos de la mano derecha del occiso y dos dedos de otra persona, que no correspondían a ninguna de las que, por razones profesionales, habían penetrado en tan mala forma en el sitio del suceso.

Se pudo aprovechar una huella, la del índice derecho de ese desconocido, que habría brindado por última vez con el degollado.

El estudio del cadáver, que había sido trasladado a la Morgue, demostró evidentes signos de lucha y la causa de muerte.

La búsqueda en el Archivo Monodactilar, fue negativa, lo que hacía descartar un delin-cuente habitual, que son los allí fichados. Una pacientísima investigación en el Archivo Decidactilar de Quillota, permitió individualizar al que había bebido con el muerto, y, detenido, confesó de plano su delito, al ser confrontado con los pocos detalles técnicos que se habían salvado de la obra destructora de quienes debieron protegerlos.14

13 Citado por Castellanos, Israel, La sangre en policiología, Talleres Tipográficos de Carasa, Cuba, 1940,

p. 6.

14 Sandoval Smart, Luis, Manual de criminalística, Editorial Jurídica de Chile, Santiago de Chile, 1960,

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Es importante tener presente que los hechos observados descubren sus secretos a quien con la técnica adecuada sabe identificarlos, interpretarlos y mostrarlos a las autoridades con el debido fundamento científico. Sin embargo, cuando a pesar de haber aplicado la técnica apropiada no se obtienen resultados plenamente satisfac-torios, es preciso valerse de otros procedimientos para equiparar o contrastar los resultados. De ser los mismos, podemos quedar satisfechos pero, de lo contrario, hay que revisar una y otra vez la técnica inicial hasta detectar el error cometido. Este tipo de confrontaciones siempre es recomendable.

Al respecto, son de gran relevancia, las siguientes consideraciones del Dr. Ruy Pérez Tamayo, Premio Nacional de Ciencias (1974):

Tenemos que eliminar al observador en la medida de lo posible. Esto es lo que dicen los filósofos, pero a mí me parece absurdo. Eliminar al observador es eliminar a la ciencia, porque la ciencia no es un ente que existe al margen de nosotros: es un producto de nuestra actividad creadora. No se trata de establecer el porcentaje en el que el obser-vador participa: el 5%, el 15% o el 20%. No. Simplemente lo que tenemos que hacer es desear que el observador participe de manera creativa, proporcionado un significado a la observación.

¿Cómo se puede dar un significado a la observación?: interpretándola en función de un contexto de mayor amplitud que la contiene y la explica. Si no hacemos esto, la obser-vación no tiene ningún significado, representa un simple hecho. Pero ¿quién es el que pone a la observación dentro del contexto que la explica y que por lo tanto le da un significado? Es el observador quien lo hace. ¿Y de qué manera lo hace? Proyectándose a sí mismo en la observación. ¿Qué parte de sí mismo proyecta? Proyecta su marco concep-tual dentro de la observación, la que adquiere así un significado. ¿Y este marco de dónde proviene? Lo ha creado el mismo observador. Esta es la parte creadora de la observación, y es la razón por la cual, para que una observación sea significativa, no puede ser hecha solamente de manera instrumental. El observador requiere de instrumentos para afinar sus observaciones, pero esto no le confiere significado a la observación.15

Resulta incuestionable que la investigación criminalística requiere de profesio-nales en sus dos etapas: la Criminalística de campo y la Criminalística de laboratorio. En este sentido, son particularmente aleccionadoras las palabras de Bradford Cannon, profesor investigador de los Laboratorios Biológicos de la Universidad de Harvard, a saber: “De los muchos y varios errores que pueden deslizarse en el trabajo de un investigador, he escogido e ilustrado unos pocos, que me han parecido los más im-portantes. Evitando cuidadosamente toda deducción no probada; asegurándose de que el experimento ha sido desarrollado hasta el fin; insistiendo invariablemente en controles adecuados; examinando minuciosamente los aparatos para evitar defectos, y cuidando celosamente el ajuste de las conclusiones a los hechos observados, el

15 Pérez Tamayo, Ruy, La observación científica, Criminalia, 1-6 de Enero-Junio, México, 1975, pp. 121

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investigador puede confiar en evitar errores. Y, si al informar sobre sus métodos y resultados no omite detalles pertinentes y da a su monografía un título adecuado al contenido, puede creer que ha hecho cuanto pudo en pro de la verdad”.16

En suma, el criminalista debe poseer y desarrollar un agudo poder de observa-ción, así como tener profundos conocimientos de su materia. Estar alerta y vigilante en el transcurso de la investigación, de modo que nada escape a su observación. Se ve fácilmente lo habitual, pero puede escapársele el pequeño detalle.

Sobre el tema, Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel de Medicina (1906), pun-tualiza: “Observar sin pensar es tan peligroso como pensar sin observar”.17 En

cri-minalística, asimismo, la observación crítica es la herramienta intelectual del perito con la que labra honda brecha en el duro bloque de la realidad de los presuntos hechos delictivos sujetos a investigación.

Mediante la observación analítica y sistemática, como punto de partida im-prescindible para todas las ramas de la ciencia, el conocimiento humano ha logrado avances extraordinarios y, muy particularmente, en el campo de la Criminalística. La verdad está presente y puede ser descubierta en cualquier escenario del crimen. Para llegar a ella es necesario seguir las normas de la investigación: observar y compro-bar los datos, formular, modificar y descartar las hipótesis fallidas hasta dar con la correcta.

Los instrumentos y las técnicas se han multiplicado: Reacción de la polimerasa en cadena; activación de neutrones; cromatografía de gas; electroforesis en gel; espectrometría de masas; micrografía electrónica de barrido. Los huesos revelan la identidad y los traumatismos producidos después de la muerte. El antropólogo foren-se sabe interpretarlos. El odontólogo analiza la dentadura y las marcas que deja. El experto en indicios microscópicos estudia los cabellos y las fibras, el polen, la pintu-ra, la tierra y el cristal para averiguar quién estaba presente en el lugar de los hechos. El perito en balística examina los residuos de pólvora, los casquillos, los fragmentos del proyectil, las armas. El biólogo abaliza la sangre, la saliva y el semen a fin de relacionar a los culpables con sus víctimas o con el escenario del crimen.

Los actuales laboratorios forenses disponen de recursos especializados para ab-solver a los inocentes y encarcelar a los homicidas, violadores, terroristas, ladrones y estafadores.

Y a pesar de esta amplísima gama de hallazgos, innovadores, sofisticada tec-nología y especialización profesional, mientras persista en el fondo oscuro del alma humana el impulso criminal y la violencia que éste conlleva, habrá que reiniciar la

16 Bradford Cannon, Walter, La ruta de un investigador, Editorial Siglo Veinte, Buenos Aires, 1947, p.

126.

17 Ramón y Cajal, Santiago, Recuerdos de mi vida: Historia de mi labor científica, Alianza Editorial, 2a.

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lucha cada día con voluntad inquebrantable, ánimo sereno y lucidez intelectual. Con otras palabras, Sherlock Holmes no ha muerto, está de regreso.

Notas biográficas de Arthur Conan Doyle y Joseph Bell. En lo que respecta al Dr. Watson y Sherlock Holmes, los datos biográficos son ficticios.

Arthur Conan Doyle.

Nació en Edimburgo (Escocia) el 22 de mayo de 1859. Familia de buena posición económica y cultural, católico y también liberal. Con sólida formación humanís-tica que le dieron los padres jesuitas, se percató que poseía cierta inclinación literaria. En 1876 entra a la Universidad de Edimburgo y en 1881 obtiene la licenciatura en medicina. Ejerce su profesión primero en Plymouth; luego en Londres. Después de un ataque de influenza tomó la decisión de renunciar a la Medicina y vivir absolutamente de su pluma, escribiendo historias detectivescas. En 1887 publica Estudio en escarlata.

Dr. Joseph Bell.

Este genial médico inspiró en buena medida la creación de Sherlock Holmes. Arthur Conan Doyle conoció a Bell durante sus años en la Universidad de Edim-burgo donde fue su profesor. Doyle escribió que Bell se sentaba en la sala de espera diagnosticando a sus visitas mientras entraban. Su talento para un diag-nóstico certero y perspicaz era tan asombroso que el escritor no encontró un mejor ejemplo para configurar el perfil de su gran detective. Por cierto, en 1882, Conan Doyle dedicó a su maestro la primera recopilación de relatos protagoni-zados por Holmes.

Dr. John H. Watson.

En 1878 obtuvo el título de Doctor en Medicina en la Universidad de Londres, prosiguió sus estudios en Netly, requisito indispensable para ser médico militar. Fue agregado como médico cirujano al 5° Regimiento de Fusileros, de Northum-berland. Este se hallaba de guarnición en la India, pero cuando llegó al país asiático, se había desatado la segunda guerra anglo-afgana, hacia donde se dirigió para incorporarse a su escuadrón. En la batalla de Maiwand, agregado a las tropas del Berkshire, fue herido en el brazo izquierdo. A causa de ello y por haber contraído tifus, lo enviaron de vuelta a Inglaterra para su recuperación. Se estableció una temporada en un importante hotel de Londres, del cual se ve obligado a mudarse en 1881 por falta de dinero. Por ese motivo conoció a Sher-lock Holmes, quien ya había visto unas habitaciones que resultaban cómodas de pagar, mismas pertenecían que a la Sra. Hudson, ubicabas en Baker Street. Los presentó un amigo común, Stamford. Así empezó la participación directa de Wat-son en la vida de Holmes con la investigación del asesinato de Enoch Drebber, relatado en el libro Estudio en Escarlata.

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Sherlock Holmes.

Como se señaló, entre las numerosas preguntas que rodean la vida de joven de Holmes está su educación preuniversitaria. Gavin Brend, en su Mi querido Sher-lock: En estudio a Sherlock escribió: “Es una lástima que no tengamos constancia de los días escolares del joven Sherlock. ¿Era un niño prodigio, o sus poderes notables se desarrollaron más tarde en su vida? Por desgracia no había ningún Watson presente para contarnos”. W.S. Baring-Gould, en su Sherlock Holmes de Baker Street (Sherlock Holmes of Baker Street), inventó que Holmes fue educado por un tiempo en un internado en Lambeth. Allí conoció y se hizo amigo del em-butidor de pájaros Old Sherman. Más tarde fue instruido por el profesor Moriarty. Lo que está claro es que Holmes hizo estudios universitarios, según dice Conan Doyle en dos relatos: casos La Gloria Scott y El ritual de Musgrave. En el primero, Holmes le refirió a Watson, que Víctor Trevor, “fue el único amigo que hizo du-rante la universidad”. El consejo del padre de Trevor fue que Holmes se convirtie-ra en detective. “Me parece que todos los detectives de hecho y fantasía serían niños en tus manos. Esa es su línea de vida, señor, y puede tomar la palabra de un hombre que ha visto algo del mundo”.

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Referencias

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