DOLLFUS, Olivier - El Espacio Geográfico

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El espacio

geografico

OLIVIER DOLLFUS

COLECCIÓN ¿ q u é s é ? NUEVA SERIE

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Olivier Dollfus

P rofesor en l a U nive rsid a d de París VII

EL ESPACIO

GEOGRÁFICO

I

oikos-tau, s. a. - ediciones

APAR TAD O 5 3 4 7 - BARCELONA

(3)

Traducción de Damià Bas

Primera edición en lengua castellana 1 9 7 6 Segunda edición en lengua castellana 198 2

Título original de la obra : «L'ESPACE GÉOGRAPHIQUE» par Olivier D ollfus

Copyright ® Presses Universitaires de France 1 9 76

ISBN 8 4 - 2 8 1 - 0 3 0 3 - 8 Depósito Legal: B -1 7 .2 4 7 -1 9 8 2

Cubierta de Juli Blasco

® oikos-tau, s. a. - ediciones

Derechos reservados para todos los países de habla castellana Printed in Spain - Impreso en España

Industrias Gráficas García

Montserrat, 1 2 -1 4 - Vilassar de Mar (Barcelona)

índice

In tr o d u c c ió n ... 7

1. Los caracteres del espacio g e o g r á fic o ... 9

Un espacio localizable y d ife re n c ia d o ... 9

Un espacio cam biante que se describe ... 11

La hom ogeneidad de los espacios g e o g r á fic o s ... 2 0 La noción de escala aplicada al espacio geográfico . 23 2 . El hom bre y el espacio geográfico ... 31

Paisajes naturales, paisajes m od ifica dos y paisajes ordenados ... 32

Los tipos de ordenación de un m ism o m edio natural. 36 La noción de recursos naturales ... 39

La noción de obstáculo natural ... 4 0 3 . El hom bre y el medio ... 43

La influencia del m edio en el hom bre ... 4 4 El hom bre y el m edio m odificado ... 48 El espacio geográfico es un espacio percibido y sentido. 53

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4 . El s ig n ific a d o de las d e n s id a d e s ... 57 Densidades diferentes en unos m edios sem ejantes . . 57 M ism as densidades y significado d ife r e n te ... 58 Ó ptim o de población, sup erpoblación y subpoblación. 61 5. E spa cio ru ra l y e s p a c io u r b a n o ... 71 El espacio r u r a l... 72 El espacio u r b a n o ... 80 La influencia de las ciudades sobre su entorno . . . . 9 4 6. El e s p a c io re g io n a l ... 101 Las fam ilias de regiones ... 102 El com e tido de las ciudades en la form ación de las

r e g io n e s ... 105 La evolución de la región ... 108 7. Los tipos de organización del espacio geográfico. 1 1 1

Los espacios recorridos, pero no o rg a n iz a d o s ... 111 Los espacios acondicionados por sociedades «no desa-

rrolladas» ... 112 Los espacios en los países subdesarrollados ... 115 La organización del espacio en los países industriales. 1 18

C o n c lu s ió n ... 123

B ib lio gra fía ... 125

Introducción

En su sentido más amplio, el ám bito del espacio geográfico es la «epidermis de la Tierra» (J. Tricart), es decir, la superficie terrestre y la biosfera. En una acep- ción sólo en apariencia más restrictiva, es el espacio habitable, la oikuméne de los antiguos, allí donde las condiciones naturales permiten la organización de la vida en sociedad. Hasta una fecha reciente la oikum é ne coincidía poco más o menos con las tierras cultivables y utilizables para la agricultura y la ganade- ría. Quedaban excluidos los desiertos en donde no es posible la irrigación, y los espacios helados de las altas latitudes y de alta montaña. Pero esta noción de la oikuméne debe ser revisada. Lo constataba el pro- pio geógrafo Max. Sorre, quien lo desarrolló y empleó ampliamente: «Al igual que para los antiguos, para nosotros la oikuméne sigue siendo la tierra habitada, aunque con sus anexos; el área de extensión del géne- ro humano tiende a confundirse con la superficie del planeta». El espacio geográfico es «el espacio

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sible al hombre» (J. Gottman), usado por la huma nidad para su existencia. Por lo tanto, incluye los mares y los aires.

El espacio geográfico es localizable, concreto, di ríamos «trivial», usando una expresión del economista F. Perroux. Aunque cada punto del espacio puede ser localizado, lo que importa es su situación con relación a un conjunto en el cual se inscribe y las relaciones que mantiene con los diversos medios de los que fo r ma parte. Lo mismo que el espacio de los m atem áti cos o los de los economistas, el espacio geográfico se forma y evoluciona partiendo de unos conjuntos de relaciones, pero estas relaciones se establecen en un marco concreto: el de la superficie de la Tierra.

El espacio geográfico es cambiante y diferencia do, y su apariencia visible es el paisaje. Es un espacio recortado y dividido, pero en función de las luces que le aportamos. Espacio troceado cuyos elementos son desigualmente solidarios unos con otros. «La ¡dea de área de extensión incluye la de límite, que le es inseparable y que ofrece distintos grados de determ i nación, desde el límite lineal hasta la zona límite, con sus franjas de degradación» (Max. Sorre).

El espacio geográfico se presenta, pues, como el soporte de unos sistemas de relaciones, determ inán dose unas a partir de los elementos del medio físico (arquitectura de los volúmenes rocosos, clima, vegeta ción), y las otras procedentes de las sociedades huma nas que ordenan el espacio en función de la densidad del poblamiento, de la organización social y económ i ca, del nivel de las técnicas, en una palabra, de todo el tupido tejido histórico que constituye una civilización.

1.

Los caracteres

del espacio geográfico

Un espacio localizable y diferenciado

Todos los puntos del espacio geográfico se locali zan en la superficie de la Tierra, definiéndose por sus coordenadas y por su altitud, pero tam bién por su emplazamiento (que es su asiento), así como por su posición, que evoluciona en función de un conjunto de relaciones que se establecen respecto a otros puntos y a otros espacios. Como espacio localizable, el espa cio geográfico es cartografiable. Y la geografía pone en primer plano de sus formas de expresión a la repre sentación cartográfica, que permite situar los fenóm e nos y esquematizar los componentes del espacio de acuerdo con la escala elegida y con las referencias adoptadas.

Este espacio es asimismo un espacio diferencia do. Debido a su localización y al juego de las combina ciones que preside su evolución, cualquier elemento del espacio y cualquier forma de paisaje son fenóm e nos únicos que jamás encontramos estrictam ente

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idénticos en otra parte ni en otro momento. Una ciu dad, una montaña o un río, tienen una personalidad y una identidad. Jamás un paisaje es estrictam ente igual a otro. Dentro de una visión somera del espacio, esta diferenciación puede parecer incom patible con la noción de homogeneidad del espacio; nada menos cierto. Como veremos más adelante, la homogeneidad es la consecuencia de la repetición de determinado número de formas, de un juego de combinaciones que se reproducen de una manera parecida, aunque no perfectamente idéntica, en una determinada superfi cie. Pero, como consecuencia de las desigualdades que se presentan, incluso dentro de las fam ilias de for mas y de sistemas, el espacio geográfico se presenta dotado de cierta rugosidad, que hace que las compa raciones y las esquematizaciones rápidas sean más difíciles.

No obstante, al propio tiem po que muestra lo que constituye la originalidad de su esfera, el geógrafo que analiza el espacio localizado y diferenciado se esfuerza al mismo tiem po por poner de relieve los elementos de comparación que permiten el reagrupamiento de los principales elementos, de las formas, de los siste mas y de los procesos en grandes familias. Aunque la originalidad únicamente puede surgir por compara ción con situaciones análogas, lo mismo que la excep ción únicamente aparece una vez conocido el término medio. El geógrafo puede parafrasear a Goethe escri biendo que «todas las formas son semejantes y que ninguna es igual a las demás». El geógrafo describe a la vez lo único y lo cambiante, poniendo de relieve, si no unas leyes en el sentido de las ciencias exactas, por lo menos unos grupos de combinaciones dinám i cas que explican las formas y facilitan su clasificación, indispensable para las comparaciones.

Cada día es más necesario el uso de las matemá ticas para el establecim iento de las correlaciones, para

Los caracteres del espacio geográfico

la determinación de las interrelaciones, y para cifrar ciertos volúmenes. Este uso exige unos datos que sean a la vez localizables, precisos y comparables. Pero muchas veces los datos utilizados por los geó grafos no se pueden cuantificar tan fácilm ente como los que emplean los economistas, y de ahí unas inves tigaciones que a menudo son más cualitativas que cuantitativas. No obstante, parece vano comparar las ventajas de una investigación cualitativa con las de una investigación más cuantitativa. No existe más que una única y misma investigación, que puede perfec cionarse por medio de unos análisis que no son cuantificables, aunque algunos de cuyos resultados pueden exponerse más claramente gracias a una form ulación cifrada, y de ahí la utilidad del instrum en tal matemático.

Un espacio cambiante que se describe

La faz de la tierra se modifica continuam ente. Cualquier paisaje que refleje una porción del espacio lleva las señales de un pasado más o menos lejano, desigualmente borrado o modificado, pero siempre presente. Es como un palimsesto en el que los análisis de las herencias permiten rehacer sus evoluciones. El espacio geográfico está impregnado de historia, y por ello se diferencia de los espacios económicos, que casi siempre dejan de lado la profundidad histórica. Este espacio concreto y localizable es un espacio cuya apariencia —el paisaje— se describe. Vidal de La Bla che, uno de los fundadores de la geografía francesa a principios de este siglo, para nombrar al paisaje empleaba igualmente la palabra «fisonomía».

«La origin alida d de una parte del espacio terrestre se expresa por su "fis o n o m ía " en un estilo p a rtic u la r de org a nización espacial nacido de la unión de la naturaleza y de la

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historia; en otras palabras, en lo que m ás tarde llam arem os un paisaje. V id al de La Blache ha puesto ai servicio de esta nueva noción su arte incom parable de la descripción, que sabe —m ediante la elección de los de talles típicos, por la habilidad de la generalización, por el resum en de ciertas com p ara cion es— ofrecer un cuadro evocador y preciso de estos "seres ge o g rá fico s" que son los paisajes» (E. Ju illa rd , R égion e t rég io nalisatio n).

La descripción es indispensable para la explica ción, y los trám ites de la investigación están constitui dos por un constante vaivén entre la descripción y la explicación. Debido a este juego entre descripción y explicación existe una dialéctica de la gestión geográ fica. La descripción valora, clasifica y ordena los ele mentos del paisaje que son m otivo de análisis. La des cripción permite plantear los problemas y buscar las relaciones entre las combinaciones. Es una condición previa al estudio, aunque es mucho más que una con dición previa. En las diferentes etapas de la explica ción se acude a la descripción. En el análisis del espa cio geográfico se parte de lo que está presente, de lo que es visible, para aquilatar la importancia de las herencias y la velocidad de las evoluciones, para des cifrar los sistemas que son las estructuras que actúan sobre el espacio.

Los altiplanos cristalinos del Macizo Central fran cés son elevadas superficies onduladas, con pequeños valles repletos de derrubios y fondos húmedos; en estas superficies los ríos están encajados en gargan tas. La relativa horizontalidad de los altiplanos es una herencia de las superficies de erosión terciarias, ela boradas bajo climas casi siempre húmedos y cálidos que favorecen las alteraciones, y a veces más secos, y de ahí los esparcimientos debidos a la arroyada. Una parte del material de descomposición y de disgrega ción, que se remonta a las fases cálidas del Terciario, fue reorganizada por fenómenos de solifluxión en los períodos fríos del Cuaternario, lo cual provocó el relle

Los caracteres de l espacio ge ográfico 13

nado de ciertos valles y retocó el perfil de las pendien tes. El corte de las gargantas es una consecuencia de los m ovim ientos tectónicos de la segunda parte del Terciario, que levantaron las superficies de erosión, y a veces las bascularon. La red hidrográfica principal se hunde en mesetas formadas de un material rocoso resistente a la erosión (granitos, esquistos cristalinos, etc.), de donde la lentitud en el ensanchamiento de los valles, que quedan estrechos (Sioule, Dordogne). Este paisaje tiene su explicación, pues, al encontrar en los distintos conjuntos topográficos los testim onios de las formas heredadas de un pasado más o menos lejano. No obstante, tam bién sabemos que una herencia se conserva mejor o peor, y que constantemente se al tera. Pero las superficies planas próximas a la horizontalidad pueden mantenerse duraderamente, lo que explica la conservación de las superficies de ero sión en rocas duras, mientras que las entalladuras lineales pueden formarse rápidamente a escala de los tiem pos geológicos. Así, es posible que la excavación del Gran Cañón del Colorado, que rebasa los 2 .0 0 0 m, tuviese lugar en sus rasgos esenciales en el transcurso del Cuaternario, es decir, durante los dos últim os millones de años.

El análisis de un paisaje urbano es asimismo revelador de su historia y de sus condiciones de desarrollo, y muestra el peso del pasado en la organi zación del espacio urbano en la época contem porá nea. Numerosas ciudades de Europa occidental poseen un núcleo medieval con callejuelas estrechas, amontonado alrededor de la iglesia o de la catedral. Las antiguas fortificaciones que lim itaban el área urbana contribuyendo a su defensa se han podido suprimir, y su emplazamiento se ha utilizado para la construcción de una avenida circular, más allá de la cual se extienden los barrios más recientes; a menudo los del siglo XIX se construyeron en las proximidades

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de la estación del ferrocarril. A veces en la trama urba­ na todavía encontramos el dibujo de la parcelación rural, lo cual a la vez señala la extensión de la ciudad por el campo y la inercia que permite conservar una estructura antigua dentro de una estructura de naturaleza distinta. Pero, así como los altiplanos del Macizo Central francés están cortados por gargantas, el viejo barrio medieval se ha cortado con arterias mejor adaptadas a la circulación automovilística, pero que rompen la organización viaria medieval.

Algunas zonas de Europa occidental o del norte de África conservan todavía testim onios de la coloni­ zación romana. El cuadriculado agrario de ciertos sec­ tores de la Emilia es el resultado de la distribución del espacio que hicieron los centuriones. En la disposición de algunos campos del llano de Alsacia encontraría­ mos aún las huellas de la organización de los terrenos del Neolítico. Los ejemplos de este tipo podrían multiplicarse.

El análisis de las herencias partiendo de la obser­ vación del paisaje lleva necesariamente al estudio de las interacciones, que es una de las bases de la ges­ tión geográfica.

Una montaña levantada por m ovim ientos tectóni­ cos queda expuesta inmediatamente a los ataques de la erosión. Pero, como sea que la velocidad del levan­ tam iento es superior al borrado debido a la erosión, se forma un relieve culminante. El aumento del volumen montañoso provoca una modificación del clima regio­ nal y local. Las formaciones vegetales experimentan un cambio a consecuencia del escalonamiento si la am plitud de las desnivelaciones es suficiente, y al mis­ mo tiem po debido a la evolución del sistema de pen­ dientes, sistema que depende de la tectónica, de la erosión y de las características de los volúmenes roco­ sos sobre los que se ejerce-la erosión. Todos los relie­ ves terrestres son el resultado de las interacciones

Los caracteres del espacio geográfico 15

entre las fuerzas endógenas, tectógenas, y las fuerzas exógenas, vinculadas en gran medida con el clima. No obstante, los tiem pos de respuesta a las transform a­ ciones no son los mismos para los distintos grupos de fenómenos ni para las diferentes escalas. La constitu­ ción de un inlandsis, de un gran glaciar continental, requiere decenas de millares de años, mientras que la de un glaciar alpino únicamente unos siglos. Por su volumen, el inlandsis acarrea modificaciones clim áti­ cas regionales y generales, que durante un tiem po favorecen su crecim iento (retroacciones positivas relacionadas con el enfriamiento) y luego actúan en sentido inverso (retroacciones negativas, aum ento de la sequía). El inlandsis responderá muy lentamente a un cambio climático, y las consecuencias de un cam­ bio clim ático se dejarán sentir en las márgenes glacia­ res únicamente varios siglos después del desencade­ nam iento de los fenómenos. El tiem po de respuesta de un glaciar alpino será mucho más corto: en pocos años acusará una modificación del clima. Pero la fusión de un inlandsis unida a un aumento duradero de la temperatura tendrá toda una serie de conse­ cuencias generales, regionales y locales. La fusión de grandes masas de hielo entraña la liberación del agua capitalizada y provoca una elevación del nivel general de los océanos: es el glacieustatismo. El aumento de la tem peratura del agua del mar contribuye, aunque ligeramente (a razón de 2 m por cada °C de calenta­ miento medio), al aumento del volumen líquido: es el term oeustatism o. El aumento del volumen oceánico se traduce en transgresiones que modifican la disposi­ ción de las líneas de costa al borde de todos los océa­ nos, repercutiendo en el curso inferior de los ríos, y ello lo mismo en las zonas frías que en las zonas cáli­ das. Aunque con cierto retraso, se elevan los sectores liberados por la fusión del inlandsis, cuya masa pesa­ ba sobre la corteza terrestre. Diez milenios después de

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la desaparición de los glaciares, las costas del golfo de Botnia continúan elevándose por compensación isos tática, lo cual ocasiona un desplazamiento de los puertos aguas abajo.

Cualquier cambio tiene lugar partiendo de una situación dada, y se alimenta a partir de herencias. En un período determinado se depositan en el fondo de un valle unas capas de guijarros. Luego, al cambiar el clima, se modifican las relaciones entre el caudal y la carga del río; entonces el río hace una incisión en las capas aluviales, que se convierten en terrazas. Pero la mayoría de los guijarros que el río transporta durante las crecidas proceden de las formaciones aluviales depositadas en el período precedente. El desplaza­ miento de un elemento rocoso casi nunca se efectúa con continuidad, sino por una serie de intermitencias, de fases de movim ientos separadas por prolongadas fases de «silencio»; tal desplazamiento se efectúa a través de una serie de sistemas de erosión, a veces muy diferentes, y en cada fase el fragm ento se trans­ forma y cambia de identidad. Un fragm ento rocoso se desprende de una pared bajo la acción del hielo del agua que actúa dentro de las grietas; rodando, pasa a acumularse en un cono de derrubios, por el que des­ cenderá lentamente, en una sucesión de pequeños movimientos. Con motivo de un cambio clim ático puede ocurrir que un glaciar lo capte y lo convierta en un elemento de una morrena, desgastándole ligera­ mente las aristas. Las aguas de fusión se lo llevan como carga y lo transforman en canto rodado y en arena. Si queda depositado en una capa aluvial puede alterarse y quedar reducido al estado de arenisca, la cual es arrastrada por el río que erosiona la terraza, o bien, en el caso de que el clima se preste a ello, los elementos más finos pueden ser desplazados por la acción del viento.

Incluso cuando parece efectuarse de manera con­

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tinua, la evolución tiene lugar casi siempre por medio de sacudidas, por crisis. Únicamente es continua en relación con la escala de tiem po adoptada para el estudio del fenómeno. En su obra sobre Les phéno­ mènes de discontinuité en géographie (CNRS, París,

1968), R. Brunet ha tenido el mérito de insistir en el significado de la discontinuidad. En una región en donde reine un clima semiárido la arroyada se ejerce sobre superficies que no están totalm ente cubiertas de vegetación, y tiene lugar con m otivo de violentos aguaceros. Durante un lapso de tiem po muy corto una im portante masa de derrubios es transportada por la arroyada. Pero estas fases activas están separadas por dilatados períodos de inmovilidad. No obstante, si las lluvias fuesen menos violentas pero estuviesen menos distanciadas, favorecerían el establecim iento de una cobertura vegetal continua, y en tal caso los procesos erosivos serían distintos. Generalmente se observa que el vigor de las transformaciones se ve favorecido por el paso de un sistema a otro o la sucesión de siste­ mas distintos en el tiempo. En alta montaña una fase fría y relativam ente seca ayuda a la gelifracción; la fragm entación de las rocas bajo el efecto del hielo del agua dentro de las grietas próximas a la superficie ali­ menta los taludes de derrubios al pie de las paredes. Pero el aumento del volumen del talud quedará pro­ gresivamente frenado a medida que la superficie roco­ sa sometida a la acción del hielo se reduzca a causa de que la pared va quedando protegida por sus pro­ pios derrubios. El paso a una fase más húmeda, pero igualm ente fría, ocasiona la formación de un glaciar, que se lleva los derrubios, despeja el pie de la pared y transporta aguas abajo los fragm entos rocosos, que a continuación son captados por las aguas de fusión. De este modo la erosión, de la que depende la im portan­ cia del material arrancado a La alta montaña, será más

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alternancia de fases periglaciares y glaciares, que si los procesos periglaciares o glaciares ejercen solos su acción.

Una fase clim ática cálida y húmeda origina suelos nacidos de la alt eración de la roca viva y de la existen­ cia de una cobertura vegetal. El paso a una fase más seca se traduce por un cambio de la vegetación, que se vuelve dispersa, y por una arroyada que será tanto más eficaz, por lo menos durante un tiem po, cuanto más carga pueda tom ar de productos de disgregación heredados de la fase precedente.

Sin embargo, las fases y la actuación de las inte­ racciones no son simétricos, ni en el tiem po ni en sus efectos. En una región en la linde de un desierto, en un «sahel», el m antenim iento de una asociación vegetal —por ejemplo, la de acacias y de gramíneas que rever dean esporádicamente con ocasión de las lluvias— va unida a la existencia de unos equilibrios precarios. Basta con que los ciclos de años lluviosos se espacíen, o bien que la intervención humana provoque la des­ trucción de los árboles, para que el desierto se instale rapidísimamente y de un modo difícilm ente reversible, a menos de un profundo cambio del clima. El umbral para el paso de la estepa al desierto se franquea con mucha facilidad, pero es más difícil que un desierto pueda convertirse en una estepa arbustiva.

El análisis de los ritm os de los cambios conduce a la investigación de los umbrales más allá de los cuales se modifican los procesos. Cada proceso es activo úni­ camente entre dos umbrales, dos límites. Cuando se rebasa un umbral se desencadena un proceso y otro se extingue. Así, la arroyada sólo actúa sobre una superficie dada si la lluvia es lo suficientem ente inten­ sa o si el suelo está saturado de agua. Una lluvia que totalice la misma cantidad de precipitaciones, pero repartida por una duración mayor y con gotas de dis­ tin to calibre, tendrá diferente efecto. Como conse­

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cuencia del juego de las interacciones, basta con que se m odifique un proceso para que cambie de naturale­ za todo un sistema. Así ocurre con el proceso del hielo. Pero, como hemos visto anteriormente, los umbrales no son los mismos según el lado por el que son abordados; por otra parte, si bien determinados umbrales pueden determinarse claramente debido a su diafanidad (por ejemplo, el hielo a 0 °C), otros experimentan unas franjas de incertidumbre, de inde­ terminación, que hacen acto de presencia cuando varios fenómenos actúan en la misma dirección.

El estudio de los umbrales es tan im portante para la comprensión de los fenómenos que intervienen para m odificar el medio natural como para los que rigen la organización de las sociedades que ocupan el espacio. Sabemos que cualquier equipamiento y que cualquier servicio únicamente pueden funcionar entre dos límites: un límite inferior más allá del cual el servi­ cio ya no es rentable, y un límite superior que si se rebasa hace que la congestión paralice el tráfico. Entre ambos existe una zona de utilización óptima. La cons­ trucción de una autopista no es rentable para un tráfi­ co de 2 0 0 vehículos al día; pero si su capacidad hora­ ria es de 3.5 0 0 coches, el aflujo de 5.000 paralizará el tráfico.

Como consecuencia de las relaciones que se com ­ binan, el franqueo de un umbral generalmente supone toda una cascada de transformaciones, consecuencia del juego de los procesos acumulativos. Un paisaje de montaña acondicionado no puede ser conservado si una parte de la población lo abandona. El m anteni­ miento de los servicios es demasiado oneroso para quienes se quedan, y el cuidado de los campos es una carga demasiado pesada para los habitantes que no han emigrado. Campos y prados se ven invadidos por la landa y el bosque. Eventualmente puede acelerarse la erosión: las terrazas que no se cuidan se hunden, lo

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cual provoca el desarrollo de los fenóm enos torrenciales. La carga sólida de los ríos aumenta y entraña un aumento del aluvionamiento en los llanos situados más abajo, provocando inundaciones, como en Florencia en octubre de 1 966. Un paisaje ordenado lentamente en el curso de los siglos cae hecho añicos en pocas décadas como consecuencia del éxodo rural. Esto es lo que se observa en las montañas de Umbría desde 1950, descritas por H. Desplanques.

Una evolución jamás conduce al punto de partida. Una superficie de erosión levantada por un m ovim ien­ to tectónico será atacada, disecada; otra superficie de erosión podrá formarse, y no será ya la misma. No hay verdaderamente ciclo en el espacio geográfico, sino el ciclo de elementos físicos que intervienen como agen­ tes en el espacio, como el ciclo del agua o el ciclo de las estaciones. Ciertamente, es posible utilizar este térm ino por comodidad didáctica, como ha hecho uno de los fundadores de la geomorfología, el americano W . M. Davis, pero a condición de saber que la llegada jamás estará en el punto de partida. Así pues, parece preferible reemplazar el térm ino «ciclo» por el de «rit­ mo», que admite el avance y la evolución, y que sobre todo permite descubrir las «anomalías» dentro de un ritm o dado, y ver lo que constituye la originalidad de una situación en el interior de una fam ilia de formas, de un sistema, o de una evolución que se inserta en el espacio.

La homogeneidad de los espacios geográficos

La noción de espacio homogéneo es de un uso tan corriente entre los geógrafos como entre los eco­ nomistas. Para J. R. Boudeville1, un espacio

homogé-’ Boudeville. J. R.. Les espaces économ iques, col. «Que sais-je?», n ú m. 9 5 0 PUF, Paris.

Los caracteres del espacio geográfico 2 !

neo es un espacio continuo, cada una de cuyas partes constituyentes, o zona, presenta unas características tan cercanas como las del conjunto. En una determ i­ nada superficie hay, pues, una identidad pasiva o acti­ va de los lugares y, eventualmente, de los hombres que la ocupan. La identidad puede proceder de un ele­ mento que imprime una nota determinante al paisaje, o bien de un tipo de relaciones que queda indirecta­ mente marcado en el paisaje.

La homogeneidad puede ser externa: en tal caso, una región homogénea será la que corresponde al área de extensión de un paisaje; la homogeneidad la proporciona entonces una formación vegetal depen­ diente del clima (el prado, el bosque), o bien un tipo de topografía que se repite (la alternancia de colinas y de valles de Armagnac). Puede deberse a un tipo de ordenación en un espacio bastante poco diferenciado: el bocage del oeste de Francia, con los campos y los prados cerrados y la dispersión del hábitat rural. A veces la homogeneidad está vinculada a determinada forma de ocupación del espacio que corresponde a una densidad regular, señalando la presencia de un grupo étnico que se individualiza por técnicas originales, como la región Serer, en el sur de Senegal, en donde el cultivo de secano está asociado con la ganadería, y en donde el paisaje tiene el aspecto de parque, salpicado de kad, árboles que se pueblan de hojas en la estación seca (lo que representa un forraje muy apreciado), pero de parque com partim entado con empalizadas para proteger del ganado a los cultivos.

La hom ogeneidad también puede ser interna; la estructura que rige la organización del espacio res­ ponde a dos condiciones: como escribe C. Lévi- Strauss, «es un sistema, regido por una cohesión interna; y esta cohesión, inaccesible a la observación de un sistema aislado, se revela en el estudio de las transformaciones, gracias a las cuales encontramos

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propiedades similares dentro de sistemas aparente­ mente distintos»: como la organización de los Estados en las sociedades industriales, lo mismo si son socialistas como si están regidos por la economía de mercado. Un Estado nacional en el que los ciudadanos obedecen las mismas leyes constituye igualmente un espacio homogéneo. La homogeneidad nace de un sistema de relaciones que determina unas combina­ ciones que se repiten, análogas en una determinada fracción del espacio geográfico. Además, es posible que en vez de la expresión «homogéneo» se prefiera la de «isoesquema», como hace R. Brunet, quien usa la palabra esquema en función de la definición que de ella da el diccionario francés Robert: «estructura o m ovim iento de conjunto de un objeto, de un proceso».

Inm ediatam ente vemos la riqueza y la ambigüe­ dad de la noción de homogeneidad aplicada al espacio geográfico. Cualquier porción de la epidermis de la Tierra pertenece a varios espacios homogéneos. En función del enfoque del análisis damos preferencia a tal o cual tipo de las relaciones que se establecen en el espacio. Por ejemplo, las grandes zonas climáticas, con sus consecuencias derivadas biogeográficas e hidrológicas, son «espacios homogéneos», con el mis­ mo rango que una pequeña parte de la superficie terrestre cuya originalidad se debe a un clima local, como por ejemplo un valle seco en los Andes colom ­ bianos, entre montañas húmedas, o el valle de Magdalena, cerca de Girardot (Francia), entre las cordilleras oriental y central abundantemente regadas. Los países industriales de Europa occidental forman un espacio homogéneo si nos situamos a escala mun­ dial y si la observación se consagra prioritariam ente a las formas de organización económica y a los niveles de desarrollo. Pero, por ejemplo, la Beauce es por sí misma un espacio homogéneo original, caracterizado por un tipo de paisaje agrario aplicado a una topogra­

Los caracteres del espacio geográfico 23

fía de meseta baja; form a parte del conjunto de los lla­ nos y baja meseta de la cuenca parisiense, en donde se practica la «gran agricultura». Es un espacio hom o­ géneo, con sus fajas de degradación (como hacia el Gâtinais) y de indeterminación (hacia el Hurepoix). Pero la Beauce es un elemento dentro de espacios homogéneos más vastos: espacio nacional francés, países de Europa occidental, zona templada, etc.

El análisis de la homogeneidad del espacio sólo es esclarecedora cuando recurre a la noción de escala, de taxonomía de los fenómenos, e implica el estudio de áreas de extensión de las formas y de los sistemas, y de los procesos que los engendran, por el camino de las consecuencias. Este análisis plantea el problema de la relación de las formas dentro de conjuntos más vastos, y únicamente él permite las comparaciones que nutren la cultura geográfica. Es por ello por lo que se sitúa en el centro de la reflexión geográfica.

La noción de escala aplicada al espacio geográfico

El análisis de cualquier espacio geográfico, de cualquier elemento que interviene en su composición, y de cualquier combinación de procesos que actúan en y sobre el espacio, no deviene inteligible más que si tiene lugar en el interior de un sistema de escalas de magnitud. Nadie compara la población y las m odalida­ des de su distribución entre Costa Rica y Brasil, aun­ que en ambos casos se trate de Estados pertenecien­ tes a América Latina. Nadie estudia con los mismos métodos ni con las mismas perspectivas el macizo prealpino de la Chartreuse y el conjunto de las cordilleras alpinas, aunque en ambos casos la palabra «montaña» se aplique a estos relieves. También sabe­

mos que al cambiar de escala los fenómenos cambian no solamente de magnitud, sino tam bién de

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naturale-24 El espacio geográfico

za. Una ciudad de un millón de habitantes no puede compararse con veinte aglomeraciones de cincuenta mil almas, a pesar de que el total de la población es equivalente, porque un mismo térm ino está aplicado a dos realidades diferentes. El equipamiento urbano y los servicios, pero tam bién el ritm o de vida de los habitantes, no son iguales en una aglomeración m illo naria y en una ciudad de cincuenta mil habitantes. La utilización de una misma palabra induce a ambigüeda­ des y a confusiones cuando engloba realidades de dis­ tinto orden dimensional. Por lo tanto, cuando se trata de comprender el significado de una forma —ya sea un relieve, un paisaje o una aglomeración—, es necesario compararla con formas parecidas para ver las analo­ gías que hay entre los procesos y las combinaciones que intervienen en la evolución y permiten explicarla. La llamada geografía «general» tiene por objeto establecer comparaciones entre formas y sistemas de interacción basados en elementos similares. Sabiendo que las formas son plenamente inteligibles sólo en el caso de que estén situadas en su medio, la com pren­ sión de los hechos únicam ente tiene valor cuando estos se colocan en unas escalas de magnitud comparable. Así, el problema de la escala interviene de dos maneras: a nivel de las comparaciones —que es esencial para comprender la generalidad, y, en con­ secuencia, la originalidad de un fenómeno o de una situación— y a nivel de las transferencias de escalas dentro de un mismo conjunto. Cuando estudiamos un macizo montañoso es tan indispensable que conozca­ mos su lugar en el sistema de relieve como que anali­ cemos los elementos que lo componen. Las funciones de una pequeña ciudad se definen con relación a la red urbana de la que forma parte y por sus relaciones con su entorno rural; tales funciones deben comparar­ se asimismo con las que poseen otras pequeñas ciu­ dades análogas.

Los caracteres del espacio geográfico 25

Se han presentado diversos intentos de clasifica­ ción de los espacios geográficos, tanto por parte de geógrafos orientados hacia el estudio de las formas del relieve como por geógrafos «humanos».

En Le modelé des chaînes p lissées (CDU), Cailleux y Tricart clasifican las montañas de acuerdo con siete u ocho órdenes de magnitud basados en la superficie. Es cierto que puede haber otros criterios de clasifica­ ción: por ejemplo, la génesis o la am plitud del volu­ men montañoso, o la altitud relativa o absoluta de las cimas. El criterio fundam ental es de orden espacial. El primer orden de magnitud es el de las grandes cordilleras que, junto con los escudos, constituyen el armazón de los continentes: las cordilleras del oeste de América, que tienen 1 5.000 km de extensión, des­ de Alaska hasta la Tierra de Fuego, y cubren millones de kilóm etros cuadrados, o bien el conjunto alpino- himalayo, que corta al sesgo el dom inio mediterráneo y una gran parte de Asia. El segundo orden procede de una elemental división del precedente: por ejemplo, el arco antillano o los Alpes. El tercer orden de magnitud es un elemento del número precedente: así, dentro del sistema montañoso del Oeste americano, las Coast Range y Sierra Nevada, con el gran valle californiano entre ambas. Avanzando hacia las escalas inferiores llegamos al séptimo orden, constituido por un pliegue: la dimensión del sector implicado es de unos kilóm e­ tros. El octavo orden puede ser el flanco de un pliegue o una parte de una vertiente, en cuyo caso el territorio analizado abarca sólo algunos centenares de metros. A cada orden de magnitud le corresponde un enfoque particular del análisis. Así, en los ejemplos preceden­ tes, para los primeros órdenes el estudio se orienta primero hacia la tectónica y la física del globo, que permiten explicar la formación del conjunto m ontaño­ so en el curso de dilatados períodos geológicos, y en gran parte su evolución. Por el contrario, el estudio de

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E l espacio ge ográfico

la evolución de una vertiente se dedica a la forma de la pendiente y a su evolución en función de los proce­ sos de erosión que intervienen sobre el material que aflora o cubre la vertiente.

Una clasificación de este mismo tipo puede basarse en los climas. En cabeza figuran las grandes zonas clim áticas que dependen de los fenómenos pla­ netarios; al final de la escala encontramos el clima local, que posee una identidad gracias a unos elemen­ tos particulares que pueden estar vinculados con la topografía: una posición resguardada proporcionada por una pantalla montañosa, y en el últim o nivel el microclima, que es el clima de un volumen de aire res­ tringido, particular y muy localizado: el clima de una pared rocosa o de una sala.

Es posible dividir el espacio en función de los niveles de desarrollo: los países subdesarrollados y los países desarrollados, con las etapas de transición o de degradación; en los países subdesarrollados hay una diferencia muy considerable —no solamente relaciona­ da con la dimensión nacional o población— entre Boli via y Venezuela, o, en los países desarrollados, entre Suecia e Italia. A continuación es posible recortar cada espacio en función de unos criterios específicos. En un esfuerzo de síntesis, R. Brunet presenta una cla­ sificación por conjuntos espaciales isoesquemas, que por su dimensión y su especificidad ofrecen cierta uni­ dad. Esta clasificación (presentada aquí bajo una for­ ma simplificada) tiene el mérito esencial de situar en un mismo orden de magnitud los diferentes elementos —tanto del medio físico como del medio humano— que contribuyen a la organización y a la evolución de las distintas partes del espacio.

Partiendo de la clasificación de acuerdo con la escala de los fenómenos, es posible ver cómo se entrelazan las combinaciones y analizar el cometido de los procesos en función del tiem po y de la

dimen-E s c a la s de lo s con ju n to s e s pa ci al e s is o e s q u e m a s se g ú n Roger B ru n e t (cu a dr o s im p li fi c a d o )

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2 8 El espacio geográfico

sión. El análisis de un paisaje agrario requiere que lo situemos en una zona climática, un clima regional, que veamos los eventuales matices debidos a un cli­ ma local que favorecen o perjudican tal o cual activi­ dad agrícola, que conozcamos las características de los suelos. Pero es necesario saber a qué tipo de sociedad pertenecen los hombres que lo trabajan y lo han trabajado en el pasado, que expliquemos las rela­ ciones tanto sociales como económicas a nivel local y regional, nacional e internacional, que conozcamos las técnicas de ordenación del espacio utilizadas en fun­ ción de la densidad de los hombres, pero también de las formas de apropiación del suelo. Al estudiar una montaña granítica, el geomorfólogo sabe que es nece­ sario situarla en el conjunto morfoestructural de! que es una de las partes, pero tam bién que es preciso conocer los caracteres petrográficos de los volúmenes rocosos; su com portam iento frente a las presiones tectónicas o a las acciones meteóricas, que son distin­ tas según los climas que hayan podido sucederse en el transcurso de los tiempos. Le es necesario trabajar tanto a escala del m illar o de la decena de millares de kilóm etros cuadrados, como a escala del microscopio polarizante, que permite la observación de los cristales; debe intentar descifrar una evolución en el curso de los últim os millones de años, pero saber tam ­ bién cómo reacciona esta superficie rocosa ante el hielo o frente a un aguacero. Y únicamente por medio de esta sucesión de análisis efectuados en todas las dimensiones y con técnicas y un instrumental adecua­ dos a cada escala de estudio se podrá llegar a una explicación coherente del paisaje y de las formas que lo caracterizan.

La cartografía es una técnica que, al perm itir la figuración y la esquematización del espacio localizan­ do sus elementos, implica obligatoriam ente la elec­ ción de una escala. La escala de reproducción y las

Los caracteres del espacio geográfico 29

necesidades de la figuración gráfica exigen que se seleccionen lógicamente y de una manera parecida los fenómenos que deben figurar en el documento. A cada escala le corresponde una forma de representa­ ción, que no siempre es posible transcribir a otras escalas. A escala 1/1 0 .00 0 el catastro señala las parcelas de las propiedades, dibujando la forma y la situación precisa de las construcciones. El mapa a escala 1/5 0 .00 0 permite ver la disposición de las aglomeraciones, el trazado de las calles principales y la distribución de los bosques y de los prados, mencio­ nando todos los lugares habitados; partiendo de este documento se puede analizar el emplazamiento de las aglomeraciones y la distribución del hábitat. El mapa a escala 1/2 0 0.0 0 0 señala la localización de las aldeas; las aglomeraciones están representadas por un símbolo que expresa la cifra de su población o bien su importancia adm inistrativa; los caseríos y los edificios aislados desaparecen de la representación, por lo menos en las regiones densamente pobladas. Con el mapa a escala 1/2 0 0.0 0 0 podemos estudiar la situa­ ción de las aglomeraciones, su distribución, y ciertos aspectos de la vida de relación. Un mapa a escala 1 /1 0 .00 0 .0 0 0 únicamente menciona las grandes ciu­ dades o sólo indica los grandes conjuntos del relieve. El análisis y la comprensión de los fenómenos locali­ zados en el espacio geográfico pasan necesariamente por la utilización de documentos cartográficos, en donde son seleccionados y representados unos ele­ mentos de naturaleza distinta en función de las escalas usadas.

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2.

El hombre

y el espacio geográfico

La acción humana1 tiende a transformar el medio natural en un medio geográfico, es decir, modelado por la acción de los hombres en el curso de la historia. Este es un hecho reciente en la historia del mundo. Efectivamente, si bien la paleontología nos dice que los seres que podemos considerar como los primeros hombres aparecieron en África oriental hace dos millones de años, el cometido del hombre como agen­ te de intervención en el espacio geográfico data sola­ mente de unos 6.500 a 7.000 años, con el inicio de la agricultura. La generalización de la agricultura tuvo lugar en diversas regiones del mundo hace tres o cua­ tro milenios. Pero la acción humana en el espacio geo­ gráfico se vuelve cada vez más vigoroso bajo los efec­ tos conjugados del crecimiento demográfico mundial y de los progresos técnicos. Aunque si bien la historia humana no es más que una fina película en el espesor de la historia del mundo, es una película que ostenta una posición capital para la comprensión y la explica­ ción del espacio geográfico.

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32 El espacio geográfico

Paisajes naturales, paisajes modificados y paisajes ordenados

Por comodidad y para facilitar la exposición, podemos clasificar los paisajes —reflejos de espacios— en tres familias, en función de las modalidades de la intervención humana.

El paisaje natu ra l. — El paisaje «natural» o «vir­

gen» es la expresión visible de un medio que, en la me­ dida en que nos es posible saberlo, no ha experimen­ tado la huella del hombre, por lo menos en una fecha reciente. Inm ediatam ente vemos cuáles son sus lím i­ tes. En nuestra época los paisajes naturales son los que no se inscriben en el oikuméne en sentido estric­ to. Se trata de regiones no aptas para las actividades agrícolas o la ganadería, por razones climáticas: piso de alta montaña o regiones heladas de las altas latitu­ des, desiertos fríos o cálidos, a veces extensiones forestales o pantanosas del dom inio tropical. No obs­ tante, en algunos puntos encontramos instalaciones que responden a unas actividades precisas: bases científicas y estratégicas de las altas latitudes, minas en los desiertos o en la alta montaña. El coste de la presencia del hombre moderno en estos difíciles medios es muy elevado a causa del clima, de la d ifi­ cultad de las comunicaciones y del aislamiento. En estas bases se reduce la duración de la estancia de sus habitantes, que generalmente son técnicos y especialistas de elevada cualificación. Aunque la instalación puntual del hombre en estos espacios vacíos puede contribuir a m odificar localmente el medio, de ningún modo queda afectado el carácter general del conjunto.

Algunas regiones tórridas, selváticas o estépicas, pueden ser recorridas por pequeños grupos de caza­

El hombre y el espacio geográfico 33

dores y de recolectores. Los guayaki de Paraguay se lim itan a perseguir animales, a buscar moluscos y a recolectar bayas; mientras para la caza no utilicen el fuego, no ejercerán en el medio una acción fundam en­ talm ente distinta a la de determinados animales. Pero ello no quiere decir que estos grupos nómadas no ten­ gan una clara percepción del espacio por el que se desplazan, de sus límites, y de sus posibilidades de utilización para su género de vida.

El paisaje modificado. — Aunque no ejerzan acti­

vidades pastoriles ni agrícolas, estas colectividades de cazadores y de recolectores en constante desplaza­ miento pueden m odificar el paisaje de manera irreversible. La práctica del fuego en la maleza o en el bosque para la caza desemboca en una transform a­ ción del medio. Ello es visible principalmente en las lindes de los grandes dom inios forestales tropicales, allí donde la selva es más fácilm ente combustible que la selva permanentemente verde. Este es el motivo por el cual a menudo se discute sobre el origen de las sabanas. ¿En qué medida es la sabana una formación originaria, y en qué medida está relacionada a una empresa humana a veces lejana e inconsciente de sus consecuencias? Así, las cimas redondeadas cubiertas de prados, y los pajonales que cubren las colinas rodeadas de selva en las lindes de la Amazonia perua­ na, ¿se deben a la ruptura de un equilibrio ecológico causado por el fuego de los indios que encontraron en estas colinas areniscosas un medio más permeable, y por ello más favorable a ¡a combustión que la vecina selva, tan húmeda? La pregunta sigue en pie. Obser­ vemos que a menudo existe la convergencia de dos elementos: un medio local, más frágil por razones edáficas que su entorno, será modificado más fácil­ mente por el fuego —ya sea accidental o bien provoca­ do por los cazadores— que una espesa selva.

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34 El espacio geográfico

Aunque unas actividades pastoriles no presenten huellas visibles en forma de cercados y de abrevade­ ros, provocan igualmente una modificación del medio. Para su alimentación, los bueyes, los corderos y las cabras eligen determinadas plantas, lo cual motiva una transform ación de la alfombra vegetal; el pisoteo de las vertientes o de las orillas de las corrientes de agua favorece los procesos erosivos, etc. Así, con los incendios de matorrales y el pastoreo, aunque sea extensivo, se llega a la noción de paisaje modificado. Se rompe un equilibrio y otro tiende a instaurarse, y entre ambos hay un período de cambios más o menos rápidos que pueden ser desastrosos. De una manera general, cuando unos fenómenos naturales —cuya evolución corriente, media, es lenta y poco apta para la observación directa— empiezan a evolucionar a una velocidad que los hace visibles y perceptibles, se corre el riesgo de desembocar en catástrofes, eventualm en­ te perjudiciales para las instalaciones humanas. Algu­ nas regiones actualmente casi deshabitadas y que parece que jamás hayan sido pobladas, son de hecho unos sectores transformados y depauperados por una acción inconscientemente devastadora del hombre. La selva que se extiende al sur de Yucatán, en las proxi­ midades de la frontera guatemalteca, está casi desha­ bitada; pero esta región fue uno de los focos de la civilización maya hace unos mil años. En el aspecto agrícola, esta civilización se basaba en el cultivo del maíz, practicado en claros abiertos en la selva; el abandono de este medio fue debido posiblemente a la ruina de los suelos consecutiva a una rotación dema­ siado rápida de los cultivos como consecuencia del aumento de la población. Salvo que la región se vol­ viese insalubre, por una razón todavía desconocida. No siempre los paisajes m odificados io son en el sen­ tido de una deterioración del medio natural, sino que pueden constituir una transición, un paso hacia los paisajes ordenados.

El hombre y el espacio geográfico 3 5

Los paisajes ordenados. — Son el reflejo de una

acción meditada, concertada y continua sobre el medio natural.

— Acción meditada, es decir, consciente. El grupo se esfuerza por sacar partido de ciertos elementos del medio en vistas a una producción determinada o a unas ventajas para la vida de relación. El grupo organi­ za el espacio en función de su sistema económico, de su estructura social y de las técnicas de que dispone. Su acción es una de las imágenes de su civilización, que según P. Gourou es «una opción entre las condi­ ciones naturales y las técnicas».

— Acción concertada, es decir, que no es el resul­ tado de un individuo que actúa solo, sino de una sociedad encaminada a alcanzar determinados objeti­ vos. Para lograrlo, las tareas se reparten en función de las posibilidades de los individuos, de sus tradiciones, de sus categorías sociales o profesionales, y, en cier­ tos casos, de su origen étnico.

— Acción continua. Esta noción es la consecuen­ cia de las dos relaciones precedentes. La acción debe ser necesariamente continua, proseguida durante cier­ ta duración para que el medio sea m odificado y se le pueda sacar el partido deseado. Es, pues, una acción que se realiza en función de un futuro más o menos lejano y que exige unos esfuerzos escalonados en el tiempo. Cualquier producción que sea el resultado de una serie de acciones se expresa en tiem po necesario entre el comienzo de los trabajos y el producto term i­ nado. Recoger una pepita de oro por azar en un río no es ningún acto productivo, pero la explotación de alu­ viones auríferos, ya sea por medios rudimentarios, o con técnicas modernas, grandes dragas, cribado y flo ­ tación, constituye una acción productiva.

Los acondicionamientos que transforman el medio natural en un medio geográfico dependen tanto de la naturaleza como del grado de evolución econó­

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3 6 El espacio geográfico

mica y social de la colectividad, y son el resultado del encuentro de un medio y de las técnicas de organiza­ ción del espacio.

Los tipos de ordenación de un mismo medio natural

Un mismo medio natural (o virgen) puede originar una serie de paisajes distintos. A través de un mismo medio hay todo un juego de posibles utilizaciones. No obstante, en un momento dado de su historia, una sociedad a veces no tiene más que una sola posibili­ dad para acondicionar el espacio que ocupa.

Una selva densa tropical puede:

— No ser utilizada por el hombre; en tal caso sigue siendo una selva primaria, virgen según la term inolo­ gía popular.

— Ser roturada periódicamente, y en los claros temporales así creados es posible tener una sucesión de cultivos, o bien su mezcla en un mismo campo (por ejemplo mandioca, maíz, bananos y patatas); el cam­ po está en activo durante tres, cuatro, o cinco años, hasta el agotam iento de los suelos. Entonces se aban­ dona y la selva secundaria brota en su lugar, hasta el momento en que, al cabo de quince, veinte, o treinta años, el mismo lugar se rotura de nuevo y se prende fuego a la selva talada. Se trata del sistema de culti­ vos itinerantes en chamicera, escasamente productivo pero muy extendido en el dom inio tropical, donde se le dan nombres locales: conuco en Venezuela, milpa en América Central, lougan en África occidental, ray en la península indochina. Permite cubrir modesta­ mente la subsistencia de una sociedad de agricultores con escasas herramientas, y mantiene el capital pedológico a condición, no obstante, de que las rota­ ciones no se aceleren. Casi no proporciona excedentes

El hombre y el espacio geográfico 3 7

comercializables. El instrum ental es rudimentario: azada, machete, o incluso bastón de cavar; la densi­ dad de ocupación permanece escasa, quedando lim i­ tada a unos pocos habitantes por kilóm etro cuadrado, salvo cuando este sistema se asocia a cultivos perma­ nentes. Solamente una fracción del espacio utilizable, del orden de una décima parte, se usa en un momento dado.

— La selva puede ser roturada y reemplazada por un cultivo arbustivo permanente: cacao, jebe, cafeto, agrios, etc. En este caso se llega a una utilización más o menos permanente del suelo. La producción se organiza de acuerdo con la venta en los mercados nacionales o internacionales. El sistema de propiedad y de explotación del suelo puede ser distinto para una misma planta y para un mismo producto. La planta­ ción está en manos de pequeños cultivadores autóc­ tonos que comercializan sus cosechas a través de cooperativas o de sociedades comerciales, o bien per­ tenece a grandes empresas con importantes capitales (United Fruit para los frutos tropicales en América Central, o plantaciones de jebes en Vietnam del Sur). La densidad de ocupación varía desde veinte hasta cien habitantes por kilómetro cuadrado.

— El mismo terreno puede igualmente ser rotura­ do y reemplazado por pastos que alimenten un gana­ do para carne o producción láctea.

De este modo tenemos cuatro formas de utiliza­ ción de la selva densa, que pueden estar muy próxi­ mas. Así, en el piedemonte amazónico de los países andinos encontramos aún restos de selva primaria; calveros temporales se abren en una selva periódica­ mente roturada por agricultores itinerantes, mientras que unas plantaciones o unas granjas ganaderas señalan las im plantaciones fijas de una colonización organizada para una producción comercializada. Even­ tualm ente esta vecindad va acompañada del estable­

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3 8 El espacio geográfico

cim iento de relaciones de complem entariedad: un modesto agricultor puede ir a trabajar eventualmente a la plantación, o bien proporcionar algunas legum­ bres para el avituallam iento de la mano de obra asala­ riada de la gran empresa. También pueden presentar­ se conflictos: los cultivadores itinerantes necesitan vastas superficies, cuyas mejores porciones pueden ser acaparadas por explotaciones más pujantes que ocupan el suelo permanentemente, y de ahí se derivan litigios y tensiones.

A veces estas formas de utilización del espacio se suceden en el tiem po y en un mism o emplazamiento. El cultivo en chamicera desaparece ante la plantación, y esta puede verse reemplazada por una granja gana­ dera si las ventajas económicas son superiores: entre los Andes y el sur del lago Maracaibo, en Venezuela, la selva densa fue roturada al mismo tiem po que se suprimía la malaria y que se construía la carretera asfaltada panamericana. M uy a menudo la etapa del conuco, de la roturación practicada por los agriculto­

res bajados de los Andes o llegados de Colombia, ha precedido a la creación de las haciendas ganaderas que posee la burguesía de Maracaibo. A orillas del lago, una plantación de caña de azúcar se ha transfor­ mado progresivamente en granja ganadera que produ­ ce carne y leche para los mercados urbanos.

A través de este tipo de ejemplo, que podríamos m ultiplicar, vemos que el medio natural no es más que un elemento en el establecim iento de un paisaje acon­ dicionado. Una estepa herbácea sirve de soporte a una explotación pastoril extensiva, que mediante irri­ gación y con el empleo de abonos puede convertirse en un sector agrícola y ganadero intensivo. Los ejemplos abundan: basta con analizar las sucesivas transformaciones de la pampa argentina, de las prade­ ras canadienses o de una parte de las estepas del Asia central soviética para ilustrar este punto. Estas m odifi­ caciones van unidas a un aum ento de la densidad, o lo

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motivan, implicando una modificación de las técnicas de utilización del espacio en las que intervienen aquellas relacionadas con la producción (mecaniza­ ción y motorización agrícolas, uso de abonos, etc.), y las de los transportes a gran distancia, con una organi­ zación de los mercados dentro de unos vastos conjun­ tos económicos: el de los países socialistas para las estepas del Asia central soviética, y el de los países del norte del Atlántico para Canadá.

Según las sociedades, la velocidad y el ritm o de las transformaciones son extremadamente desiguales: los sucesivos acondicionam ientos del valle del Nilo se espacian por una cincuentena de siglos, pero el apro­ vechamiento de las estepas y de los desiertos del noroeste de México por medio de la irrigación se ha hecho en dos décadas. En el primer caso no contabili­ zamos el esfuerzo de las generaciones sucesivas, excepto cuando una gran realización modifica deter­ minados elementos, como la creación de la presa de Assuán en Egipto; en el segundo caso nos esforzamos por rentabilizar al máximo la inversión efectuada y por amortizarla en un espacio de tiem po dado.

La noción de recursos naturales

Los «recursos naturales» de un espacio determ ina­ do tienen valor únicamente en función de una socie­ dad, de una época, y de unas técnicas de producción determinadas; están en relación con una forma de producción y con la coyuntura de una época. La propia noción de recursos naturales se presenta singular­ mente estática, y a menudo su inventario tiene algo de irrisorio. La noción de recursos naturales plantea de un modo falso las relaciones entre el hombre y el medio. Sabemos que, desde un punto de vista absolu­ to, los recursos no existen: un «recurso» únicamente es utilizable con relación a cierto nivel de desarrollo técnico y a la situación geográfica de un espacio. Un

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siglo atrás una mina de uranio no era un recurso. Pero un recurso puede perder su utilidad y su significado: aunque las bellotas eran la base de la alimentación de los indios yana californianos a principios del siglo pasado, actualmente ya no las consumen los habi­ tantes de la California urbana... La mineta de

Lorena, mineral de hierro fosforoso, no fue apro­ vechable por la siderurgia hasta que se descubrió un procedimiento de reducción del mineral; hoy este mineral de bajo contenido ha perdido una parte de sus ventajas, cuando los grandes barcos para transporte de mineral han perm itido transportar a buen precio hasta los puertos de las regiones industriales un mine­ ral de hierro de alto contenido extraído de lejanos yacimientos. Por este motivo, Lorena queda en infe­ rioridad frente a Dunkerque, y a no tardar frente a Fos. Un mismo recurso ofrece distintas posibilidades de utilización según las épocas y las técnicas. Un río puede hacer girar las ruedas de los molinos, suminis­ trar el agua necesaria para un perímetro de regadío, usarse para un molino papelero o una fábrica textil, contribuir a la refrigeración de una central térmica, ali­ mentar de agua potable a una aglomeración urbana, o servir de soporte a los transportes fluviales. Existe, pues, una posible pluralidad de las utilizaciones de un mismo recurso, o bien competencia por su uso; puede tratarse de la elección entre el agua para una ciudad y la central térmica, entre la irrigación y la hidroelectrici dad en los ríos de llanura. Uno de los problemas de la ordenación del territorio es el del mejor uso posible de un elemento del espacio en función de las necesida­ des de la sociedad.

La noción de obstáculo natural

El significado de los distintos obstáculos naturales que suponen subordinaciones en la ordenación del espacio es también cambiante según las épocas y las

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técnicas. Un espacio puede ser más o menos per­ meable y más o menos franqueable.

Una vertiente en pendiente se acondiciona en for­ ma de terrazas para perm itir su aprovechamiento agrícola. Para un campesinado que únicamente se sir­ ve de la energía muscular, los trabajos agrícolas en una pendiente no son mucho más difíciles ni más cos­ tosos que en un campo más llano. Si la vertiente ofre­ ce suficientes desniveles, el escalonado de acuerdo con la altitud permite tener diferentes producciones o cosechas en distintos períodos del año, según la alti­ tud; de este modo es posible tener producciones a la vez más variadas y eventualmente complementarias en unos espacios reducidos, como el campo de ciertas aldeas andinas, escalonados de 1.500 a 2.000 m de desnivel y que comprenden, de abajo a arriba, bana­ nos, campos de maíz y árboles frutales, en el piso intermedio trigo y alfalfa, y más arriba cebada y pata­ tas, mientras que a partir de los 4 .0 0 0 m la puna (es­ tepa herbácea) sirve de pasto para una ganadería extensiva. Cuando los transportes se efectúan a lomos de animales, no representarán una gran dificultad los caminos de herradura. Por el contrario, la introducción de la rueda, de los ejes, y de la tracción motorizada, modifica profundamente los elementos de utilización de un espacio en pendiente. La agricultura de las ver­ tientes está en inferioridad de condiciones comparada con la agricultura del llano, en donde la mecanización y la motorización permiten grandes aumentos en la productividad del trabajo y en la producción, y su mecanización será difícil y su coste particularm ente oneroso a causa de la necesaria especialización del material adaptado a la pendiente, y los gastos de fun­ cionamiento más elevados, para una misma unidad de superficie, en comparación con una agricultura de lla­ no. A causa del relieve, a menudo los campos están divididos, tienen formas irregulares y son de pequeñas

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