Trabajo de investigación:
“Los buscavidas: nómadas del capitalismo”
Oriol García Rovira
DOCTORADO EN TEORÍA DE LA LITERATURA Y LITERATURA COMPARADA
DEPARTAMENTO DE FILOLOGÍA ESPAÑOLA DIRIGIDA POR MERI TORRAS
UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE BARCELONA BELLATERRA 2010
Capítulo I Los buscavidas: nómadas del capitalismo...4
I.1. Introducción al término ‘buscavidas’...6
I.2.Los buscavidas en sus novelas ...11
I.3. Aproximación histórica a la noción de régimen salarial...25
Capítulo II Originalidad del buscavidas en el marco de la picaresca y la Bildungsroman ...33
II.1.El buscavidas y las literaturas del ‘yo’ ...33
II.2 Elementos picarescos en la figura del buscavidas ...39
II.3. Comparación crítica de la Bildungsroman con la figura del buscavidas ...62
Capítulo III Inadaptación del buscavidas al sistema laboral capitalista...82
III.1.Un ‘espíritu’ no capitalista ...82
III.1.A. ‘Irracionalidad’ y ‘ascesis’ del sistema capitalista ...87
III.1.B. La profesión del nómada ...100
III.2.Conflictos materiales del buscavidas con el régimen salarial capitalista...131
III.2.A. Conflictos del buscavidas con el principio de separación de las tareas...135
III.2.B. Conflictos con la disciplina salarial...155
IV. Conclusiones...190
Capítulo I Los buscavidas: nómadas del capitalismo
I.1. Introducción al término ‘buscavidas’
Esta investigación se propone describir los rasgos esenciales de un tipo de personajes que hemos denominado, a efectos de generalización teórica, como “buscavidas”, peregrinos antihéroes del sistema laboral contemporáneo, deficientemente integrados a los valores del capitalismo e irreductibles a sus principios disciplinarios, que podemos hallar en la novelística del s. XX. He escogido a título de ejemplo cuatro novelas emblemáticas: Viaje al fin de la noche (1932), de Louis-Ferdinand Celine (1894-1961);
La Conjura de los Necios (1980), de John Kennedy Toole (1937-1969); Factotum (1975), de Charles Bukowski (1920-1994) y Los Hermanos Tanner (1907), de Robert Walser (1878-1956). Asimismo, en el tercer capítulo de esta investigación, tendremos
en cuenta la novela El Desaparecido (1927), de Franz Kafka (1883-1924), como un
contrapunto iluminador que contribuye a analizar el tejido problemático de las dinámicas laborales en el pasado siglo. Karl Rossman, “el desaparecido”, no pertenece a la categoría de los buscavidas, porque a diferencia de estos, aspira a progresar en su carrera, pero sufre los golpes bajos de un sistema que tiene reservado a su condición de emigrante la misma suerte ingrata.
A pesar de su disparidad estilística y temática, los protagonistas de estas novelas se ajustan, a mi parecer, a esta denominación de los personajes “buscavidas”, en tanto que presentan una misma estructura de triple encrucijada que le arroja a una vida de continuo vagabundeaje y trabajos cambiantes. Me refiero al triple conflicto irremediable entre sus necesidades, su búsqueda de una identidad más plena y un sistema laboral de rasgos alienantes, al que periódicamente deben doblegarse para sobrevivir. Dicha pugna les hace poseedores de un curriculum tan vivaz como mediocre e inconexo, sospechoso para la burocracia de un capitalismo avanzado, que valora, mediante el sistema de incentivos salariales, la adhesión incondicional del empleado a un solo proyecto de carrera y su sistema de ascenso; a una sola “beruf”, como acuñara en su estudio del protestantismo Max Weber, al sugerir que el ejercicio constante de una sola “profesión” —el trabajo— pudo actuar como un principio de socialización religioso-económico en el capitalismo incipiente.
Antes de seguir adelante, me gustaría justificar muy brevemente por qué se ha optado por el vocablo “buscavidas” para describir a este tipo de personajes. Me parecía pertinente acuñar un término para denominarle, porque a pesar de su relación de parentesco con géneros novelescos como la Bildungsroman o la picaresca, que analizaremos en el segundo capítulo de la investigación, las novelas con “buscavidas” se desmarcan de ambas tradiciones y proporcionan un enfoque nuevo sobre el conflicto entre el yo el mundo, polarización lukaksiana cuya tensa dialéctica convierte a la novela en una de las principales forma guía de la conciencia moderna. En el caso del buscavidas, como digo, este conflicto entre el yo y el mundo toma la forma de una resistencia enconada del protagonista contra el mundo del trabajo, una lucha para preservar su identidad de sus efectos corrosivos y alienantes.
La DRAE recoge en su acepción más peyorativa del vocablo que el buscavidas es aquella “persona demasiado curiosa en averiguar las vidas ajenas” y en la más positiva, que se trata de aquella “persona diligente en buscarse por cualquier modo lícito el
modo de vivir”1. La primera acepción, con todo y tacharle de entrometido, parece
indicar en la personalidad del “buscavidas” un residuo de empatía o curiosidad hacia sus semejantes, una pulsación de solidaridad esquiva que conviene mucho a la descripción de su carácter. Porque en efecto, a pesar de su yo hipertrofiado y su aprensiva soledad, que a menudo experimenta las relaciones humanas y laborales como una emboscada moral, el “buscavidas” no existiría sin la presencia de los superiores que le acosan y los empleados con quienes comparte periódicamente su desgracia, sin esas otras vidas con las que mantiene una relación indagadora, de compromiso intermitente y desafección crónica, de turbio espejo en los que ve reflejado aquello en lo que no desea transformarse, existencias deshechas entre las cuales trata de buscar y encontrar su propia vida. La segunda acepción hace hincapié en su condición de “animal laborans” que hace de este personaje, en mi opinión, una de la las principales plataformas de investigación literaria en torno al mundo del trabajo en el S.XX. Por tanto, si hemos de establecer una tradición literaria para este tipo de personaje, cuyas andanzas hacen pensar en un género a caballo entre la Bildungsroman y la picaresca, será teniendo en mente aquellos ejemplos que recojan en sus páginas el mundo del trabajo. En su ensayo, The Way of the World,The Bildungsroman in 1. Real Academia Española. Diccionario de la lengua- Vigésima segunda edición [en
línea]. Madrid: Espasa Calpe, 2000. Recuperado el 14 de febrero de 2006, de http://buscon.rae.es/draeI/
European Culture, Franco Moretti observa que Wilhem Meister abandona el mundo del trabajo para perseguir su ideal de formación y enuncia esta sentencia demasiado rotunda en mi opinión, pero que hace pensar, por contraste, en la específica originalidad del personaje del buscavidas respecto al personaje de las novelas de formación tradicionales: “Let us begin by observing that the representation of the economic domains and of its symbolic universe has had in the great narratives of the
last two centuries has had no importance whatsoever”2. En ese sentido, el buscavidas
constituye una excepción deliberada y rotunda, porque sus inquietudes se circunscriben a la esfera económica y sus factores alienantes sobre la identidad en una sociedad de asalariados.
En nuestra sociedad actual, dominada por un capitalismo de complejo alcance mundial, me parece interesante hacer un estudio sobre este tipo de personajes, porque hurgan de manera tan cómica como hiriente en la brecha de la que todos nacemos en nuestra transición hacia la vida adulta, la socialización más irrevocable de todas, la entrega a un
trabajo estable. André Gorz señala en Metamorfosis del trabajo: “Debido a que el
trabajo socialmente remunerado y determinado es el factor, con mucho, más importante de socialización, la sociedad industrial se entiende como una sociedad de trabajadores, y como tal, se distingue de todas las que la han precedido”3. En este contexto, la
identidad contestataria de los buscavidas, trabajadores que no encuentran en su salario incentivo suficiente para prosperar en dicho sistema, se convierten en pieza que atasca el engranaje capitalista con su dilema identitario, su gandulería nihilista y su aspiración a no ser nada en la vida, salvo ellos mismos. Resulta un síntoma de malestar de la cultura laboral tan desalentador como interesante, cuyos rasgos principales me he propuesto estudiar en esta investigación.
La estructura del trabajo contempla varios aspectos relacionados con este tipo de personajes. En primer lugar, mediante esta introducción, me he propuesto introducir el término al lector y familiarizarnos, mediante un resumen de las novelas, con los rasgos distintivos del buscavidas, esto es, la encrucijada en que se desarrolla su identidad, que
2 Moretti, Franco. The way of the World. The Bildungsroman in European culture.London: Verso, 1987, p.25.
3 Gorz, André. La Metamorfosis del trabajo: búsqueda del sentido: crítica de la razón económica. Madrid: Sistema, DL 1995, p.26.
carece de ambiciones sociales, a pesar de que tales ambiciones le brindarían una seguridad con la que afrontar sus necesidades acuciantes y le permitirían ponerse a resguardo de los trabajos más alienantes. Asimismo, veremos como el buscavidas, a pesar de su egolatría distintiva, fraguada en un nihilismo que le hace desconfiar de todos los valores sociales, no es ajeno a la solidaridad con los pobres de la tierra que corren una suerte semejante a la suya, sumidos en trabajos de escala o nula calificación social. Por último, citaremos el estilo de vida nómada mediante el que intenta
protegerse de este sistema laboral alienante (salvo aparentemente, en el caso de La
Conjura de los necios, que en línea con su imaginario carnavalesco, realiza una inversión paródica de dicho requisito). En el tercer apartado de esta introducción, a fin de establecer un puente con los siguientes capítulos, haremos un breve resumen histórico del momento en que cambia la noción de “trabajo”, con la llegada de la revolución industrial y la sistematización capitalista de un “régimen salarial” enteramente nuevo. Eso nos permitirá enmarcar en su debido contexto, en el segundo capítulo de la tesina, una semejanza del buscavidas con las tradiciones literarias en que se inserta, la picaresca y la Bildungsroman, para describir la especificidad de su posicionamiento cultural e ideológico, así como para profundizar en los principales rasgos de su personalidad. En el tercer capítulo, abordaremos por extenso la manera en que el buscavidas subraya, mediante su personalidad irreductible a los principios disciplinarios del capitalismo, un fenómeno de desencaje evidente con el sistema laboral contemporáneo. Lo haremos a través de dos ángulos de aproximación, espiritual y material, esto es, respectivamente, mediante un cotejo de su caracterización distintiva con el ‘espíritu capitalista’ descrito por Max Weber y mediante la ilustración de sus conflictos específicos con los mecanismos del régimen salarial y la organización industrial.
Debo añadir que mi intención ha sido ilustrar en todos y cada uno de los buscavidas, con rigor y riqueza, un perfil laboral que incumplen sistemáticamente, y que es requerido a todos sus asalariados por el sistema capitalista. A tal fin, he procurado ser tan cuidadoso como demorado en el dibujo teórico de ese perfil, que me ha llevado a contraer una deuda muy grata con varios autores, en las respectivas disciplinas desde las que he abordado mi análisis de los buscavidas. En primer lugar, con Jean Paul de Gaudemar y Benjamin Coriat, sociólogos de base foucaultiana, que llevan el enfoque disciplinario del filósofo francés al ámbito de la organización industrial capitalista. Sus
estudios me han permitido ilustrar, a ras de tierra, los mismos conflictos materiales que sufrimos los asalariados con el sistema laboral, de los que el buscavidas se hace eco en sus andanzas y traspiés. En segundo lugar, con Max Weber, que ocupa enteramente mi análisis en el capítulo reservado al ‘espíritu’ no capitalista del buscavidas, porque que sus aportes teóricos permitían entender, desde una perspectiva tan insólita como penetrante, la indignación del buscavidas frente al sistema laboral capitalista. En tercer lugar, con Miguel Salmerón, que en el capítulo reservado a la Bildungsroman, me permitió hacerme una idea completa y cabal, desde el punto de vista teórico y literario, de todos los esfuerzos de la novela de formación alemana por crear un marco de disidencia crítica que se aviene con el espíritu que rige a los buscavidas. Asimismo, su cabal compendio crítico me permitió argumentar, con rigor y sistema, por qué las novelas con buscavidas no son novelas de formación a la usanza del s.XIX y merecen ser estudiadas desde un marco teórico propio. Por último, en el capítulo de la picaresca,
requiere especial mención José Antonio Maravall, sin cuya genial y compleja obra, La
literatura picaresca desde la historia social, no habría podido desentrañar con precisión el sustrato disidente que une al pícaro con el buscavidas. Espero que los amantes de la picaresca, gracias a este análisis, puedan disfrutar en el buscavidas de un primo lejano del género, con el que sin embargo presenta diferencias sustanciales y enriquecedoras: porque la vida sigue y la literatura, su gran perseguidora, no gusta de quedarse rezagada.
I.2.Los buscavidas en sus novelas
Describamos la idiosincrasia de estos personajes y las tramas de sus respectivas novelas, de acuerdo con la imagen genérica que nos hemos formado de los “buscavidas”. Como he indicado más arriba, su disparidad estilística no puede ser más absoluta, desde el realismo sucio de Chinaski (Factotum) y Bardamu (Viaje al fin de la noche) , pasando por la prosa pensativa y mística de Simon (Los hermanos Tanner) , hasta el vodevil alegórico en que se narran las aventuras del carnavalesco Ignatius Reilly (La conjura de los necios). Esa disparidad le hace tanto más interesante, en tanto que condensa, en su caracterización distintiva, la modalidad de una cosmovisión que subyace a modalidades de novela muy distintas. Al referirnos al buscavidas, por tanto, no podemos hablar de un personaje tipo, limitado por su propia funcionalidad narrativa, a la manera en que lo sería, desde un punto de vista técnico, el gracioso en la comedia clásica del siglo de oro, cuya carácter artesanal a la hora de confeccionar una trama determina fundamentalmente su personalidad. El conflicto principal del buscavidas, su disidencia con una cultura laboral estable, condiciona una trama rica en peripecias, pero no la fosiliza en convenciones inescapables y tiene una relación más profunda con el tema desplegado por la obra: la imposibilidad del individuo de formarse en un sistema laboral alienante que impide el desarrollo de una identidad más plena. Observaremos a continuación, mediante un breve resumen de las tramas y la psicología de los personajes, la variedad de experimentos literarios en la que esta categoría de personajes puede tener cabida.
Los hermanos Tanner (1907) es la primera novela del autor suizo Robert Walser. La trama sigue a Simon, álter ego de su autor, el hermano Tanner “del que menos esperanzas de futuro pueden albergarse” 4, a quien “no le interesa en absoluto progresar
en la vida” 5, en sus erráticas andanzas por Suiza durante las cuatro estaciones de un
año, mientras va alternando su mero disfrute de la vida, desgranado en una filantrópica variedad de reflexiones sobre el maravilloso universo natural y humano que le rodea, con unas ocupaciones que le sirven para trazar una ética inquietante del mundo del trabajo. Fiel a este planteamiento de vida, veremos a Simón, alternando una serie de trabajos que configura una trama alegre y deshilvanada: aprendiz de librero, mozo de
4 Walser, Robert. Los hermanos Tanner. Madrid: Ediciones Siruela, 2000, p.27.
almacén en una fábrica, criado y copista. En distintos pasajes de la novela, conocemos asimismo a sus hermanos: Klaus el pintor, con el que convive durante los primeros capítulos y a quien considera su alma gemela, con la salvedad de que él ni siquiera se propone triunfar en el arte; su hermana Klara, entristecida por haber dedicado su vida entera a una sola carrera de maestra, con la que pasa unos meses en el campo; Kaspar, un erudito fatigado por haber seguido siempre una carrera demasiado estricta y responsable, que le ha alejado de las fuentes de la vida; su hermano Emil Tanner, que sólo conocemos por referencias, y que perdió la razón tras sufrir un proceso de marginación social y laboral cuyos pasos podría estar siguiendo Simón inadvertidamente. Estos y otros personajes configuran el mundo de Simon, que a pesar de su fuerte individualismo y su amor a la naturaleza, su rara habilidad para mezclar impertinencia y panteísmo, sabe solidarizarse con el destino de los suyos: “¿Qué enseña el conocimiento cada vez mayor del ser humano? ¡La cosa más sencilla del mundo, a tratar a todos con amabilidad! ¿No somos acaso todos hermanos los que vivimos en este planeta perdido y solitario?”6
Pero aunque Simon no renuncia a formarse entre los hombres, y se propone con frecuencia madurar en la sociedad mediante un desempeño escrupuloso de sus labores, la continuidad de tales propósitos se ve truncada al constatar el desfase entre semejante estilo de vida y las exigencias de su propio temperamento. Así, su carácter se mueve en extremos paradójicos, como cuando al empezar su trabajo en una oficina, se siente dignificado al ser contemplado por aquellos que vuelven a casa después de una jornada laboral, “sintiendo la tarde como un regalo, pues de verdad lo esperan quienes entregan su día al trabajo” 7 para deplorar poco después que “aquí un joven no encuentra sino
desaliento, nada más” 8.
La personalidad de Simon, común a todos los protagonistas de su autor, es la de un caballo de Troya, que con fingida mansedumbre e irónico espíritu de sumisión se interna en el sistema laboral y lo socava desde dentro. En el fondo, como él mismo reconoce, se indigna con “la palabra “trabajo fijo” y los compromisos que ella supone” porque su único deseo es “seguir siendo un humano” 9. Pero a tal punto su ironía tiene 6Ibid., p.254.
7Ibid., p.224. 8Ibid., p.226. 9Ibid., p.208.
un doble filo contestatario y sumiso, a tal punto canta las virtudes de la sumisión y celebra el morboso placer de la insumisión, que ya no solo sus patrones, sino el lector mismo queda desorientado ante las contradicciones existenciales de Simon frente al trabajo, en el que observa una posibilidad de formación y deformación simultaneas y con el que mantiene gozosa relación sadomasoquista. Así, podemos encontrar un buen ejemplo de este humor enrarecido, a caballo entre el placer formativo y el terror alienado, al observar de una señora que intenta educarlo para convertirse en su perfecto criado: “Para enfadarse es una auténtica maestra, y yo, por mi parte, también soy un maestro en provocarla. (…) Me gusta ese escarnio porque me hace temblar, y me encanta ser invadido por la rabia y la vergüenza: te impulsa hacia metas más altas,
incitándote a la acción”10. Para Simón, la búsqueda de una identidad más plena, la
expresión más entera de si mismo, puede plasmarse a veces en el arte, pero se cifra antes que nada en esa exuberancia delicada con que medita los paisajes de la naturaleza y el alma de los hombres como en un largo paseo. Y en efecto, cuando Simón no está trabajando, e incluso, con el rabillo del ojo, cuando trabaja, su principal ocupación es la del paseante observador, profundo y sin propósito, que celebra la belleza de la naturaleza y se solidariza amorosamente con los sufrimientos de otros pobres desde una hiperestesia rayana en el misticismo. Sirva de ejemplo la observación que hace de un pobre anciano orante en el comedor social al que acude a comer:
“Aquel viejo quizá tuviera tras de si una larga e inútil caminata por todas las calles de la ciudad. (…)La simple idea de que el anciano anduviese buscando un trabajo, como cabía suponer, de que aún tuviera, a su edad, ánimos para trabajar, esa simple idea tenía un trasfondo penoso y aterrador. (…) Quizá por eso rezara, para mitigar la terrible gravedad de su situación con una melodía suave, tranquilizadora” 11.
Esta compasión es doblemente valiosa si tenemos en cuenta que el desclasamiento de simón es voluntario, ya que su extracción social, originariamente acomodada, le habría permitido escoger otro destino social más elevado, que rechaza sin reparos por su desinterés total en seguir una carrera. Para el nómada Simón, la vida no puede ser una carrera, sino más bien un paseo demorado y detallista, una peregrinación sentimental y filosófica. Al mismo tiempo, esta identidad tan desatada de condicionantes económicos se concreta en ocasiones en una relación de amor fugitivo con el arte, como en la
10Ibid., p.170. 11Ibid., p.60.
pintura de su hermano Klaus, en la que aprecia “una oración solitaria a la bondad”12 que
dignifica a todos los seres humanos. Sin embargo, dicha “oración” se contradice con su deseo de no aspirar a nada, razón por la cual rasga a veces las tirillas de papel en que va escribiendo retazos de un diario personal, porque una vez escrito “ya no tenía ningún valor para él” y prefería “seguir entregándose a la tarea de ser un hombre olvidado”13.
Esta triple encrucijada que configura la esencia del buscavidas, de la que ya hemos mencionado dos ejes, el trabajo y la aspiración a una identidad más plena (realizable mediante el arte filosófico del paseo o el arte ruborizado de la escritura), se complementa con un tercer vértice. Me refiero al de sus necesidades, ya que por mucho que el mismo Simon confiese que “nada en el mundo es mío, pero tampoco deseo nada”14 y alardee de ser “una persona bastante resistente, capaz de soportar todo género
de adversidades”15, lo cierto es que se ve forzado a trabajar, y hacia el final del libro,
ante la inminencia cruda del invierno y sin paradero fijo, comienza a sentir brotes de ira que brotan “desde las profundidades de la falta de dinero” 16 y “de un estómago que nos
ladra de puro vacío”17. Tal vez cabría recordar, a modo de conclusión profética sobre
esta cercanía del invierno, que Walser murió en un paseo por la nieve, el día de navidad, en los alrededores del manicomio donde vivió ingresado voluntariamente las últimas décadas de su vida.
En Viaje al fin de la Noche (1932), Louis-Ferdinand Celine, que encabeza el patriarcado de todos los realistas viscerales, narra las andanzas igualmente erráticas de Ferdinand Bardamu, inspiradas en su propia biografía. Su protagonista, Ferdinand Bardamu, enrolado en un momento de estupidez en el ejército francés, y asqueado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, decide desertar haciéndose pasar por loco, no sin describir toda suerte de personajes pintorescos y de pintar el absurdo y la brutalidad de la guerra. Tras la guerra y un noviazgo con una estadounidense, Lola, va a parar en un barco en que los demás pasajeros le quieren linchar, rumbo a una colonia francesa en África; su descripción del sistema colonial francés es hilarante y
12Ibid., p.44. 13Ibid., p.103. 14Ibid., p.267. 15Ibid., p.195. 16Ibid., p.236. 17Ibid., p.223.
sumamente crítica: viene a decir más o menos que las colonias francesas son el paraíso de los pederastas y que todo se funda en la explotación del negro. Unas fiebres acaban con esa aventura y llega en un estado cercano a la esclavitud a Estados Unidos. Escapa a Nueva York, donde vive por un tiempo y se reencuentra con Lola, a quien extorsiona. Vuelve a viajar, a Detroit; donde hace amistad con una prostituta norteamericana y trabaja para una fábrica de Ford, pero vuelve a París y ejerce la medicina a pesar del asco que le da su clientela. Siguiendo uno de sus súbitos impulsos de fuga, cierra la consulta y acaba entrando de actor en un espectáculo de variedades, para acabar trabajando de asistente en un manicomio, cuyo director y gerente pasa al mismo tiempo una crisis de nomadismo neurasténico que le hacen abandonar el país en busca de aventuras y dejando a Bardamu a cargo de un sanatorio que sigue funcionando por inercia, descabezado, a la deriva, como su propia visión hastiada de la vida. El tono de la novela es radicalmente distinto a la novela de Walser, ya que contempla el mundo, ya no desde esa irónica filantropía que distingue a Walser, sino desde un lirismo misantrópico, sangrante y despiadado.
Bardamu es un buscavidas, porque sus necesidades le llevan de trabajo en trabajo, de mal en peor, a cual más degradante para el alma, de los que se protege inútilmente cambiando de continente hasta en tres ocasiones, en un estado de fuga perpetua, como si intuyera que ese estado cambiante preserva en él un resquicio de cordura en el que su identidad puede refugiarse. Ese resquicio de identidad no corrompida es lo único que acaba importando Bardamu. Se hace evidente cuando Molly, una prostituta de Detroit cuya bondad despierta en el los únicos momentos de ternura incondicional de toda la novela, le plantea sentar cabeza y ambicionar una vida laboral más estable:
“Intentaba con amabilidad retenerme junto a ella, Molly, disuadirme…”Mira, Ferdinand, ¡la vida es aquí igual que en Europa! No vamos a ser infelices juntos – Y tenía razón en un sentido -. Invertiremos los ahorros…compraremos un comercio…Seremos como todo el mundo…”Lo decía para calmar mis escrúpulos. Proyectos. Yo le daba la razón. Me daba vergüenza incluso que hiciera tantos esfuerzos por conservarme. Yo la amaba, desde luego, pero aún amaba más mi vicio, aquel deseo de huir de todas partes.18”
La alternativa, claro, es inaceptable para un buscavidas, seguir trabajando en la fábrica de Ford en un estado de explotación erosiva por un salario misérrimo (pero tentador para un emigrante o un paria social) que exige como contrapartida una fidelidad absoluta a su trabajo y la ambición de una carrera industrial que le enajenaría totalmente. Ante la posibilidad del amor, Bardamu duda por un momento ante su
instinto de fuga perpetua e incluso flirtea en su imaginación con seguir una carrera estable en la Ford, pero una corazonada visceral le impide seguir adelante: “Llegué justo hasta la puerta de la fábrica, pero me quedé paralizado en aquel lugar liminar, y la perspectiva de todas aquellas máquinas que me esperaban girando eliminó en mi sin
remedio aquellas veleidades laborales.19”
Entre esa posibilidad y la de seguir siendo él mismo, desdichado pero él mismo, reflexiona sobre su despedida al amor de Molly en la estación de trenes con estas palabras: “Me daba pena, pena de verdad, por una vez, todo el mundo, ella, todos los hombres. Tal vez sea eso lo que busquemos a lo largo de toda la vida, nada más que eso, la mayor pena posible para llegar a ser uno mismo antes de morir.20”
El tema del trabajo se desgrana en muchos pasajes de la novela desde la condición de paria absoluto, en una solidaridad visceral y amedrentada con los pobres que no pueden escapar a su destino: “Os lo digo, infelices, jodidos de la vida, vencidos, desollados, siempre empapados de sudor; os lo advierto: cuando los grandes de este mundo
empiezan a amaros es porque van a convertiros en carne de cañón”21. Así, tanto su
condición de asalariado en comercios tras la guerra, su observación de los negros explotados impunemente en África, su propio estado de esclavo en galeras hacia América, su condición de emigrante explotado en Nueva York y Detroit y su profesión de médico en los arrabales más pobres de parís, le convierten en un testigo de excepción del paisaje laboral contemporáneo más sombrío.
Finalmente, lo único que quiere Bardamu es trazar pactos de no agresión entre sus necesidades y ese resquicio de identidad que guarda para si, pactos volátiles, como se demuestra durante toda la novela y se insinúa poderosamente en el final, cuando muere el ultimo amigo que trabajaba junto a él manicomio y escucha las barcazas que marchan río abajo por el sena fugándose, tal vez como él mismo, hacia ninguna parte. Esas situaciones de nulidad social en las que Bardamu sobrevive durante toda la novela le sirven como escudo doble, contra el hambre y contra un ascenso que podría embrutecerlo más aún, como cuando reconoce de su último trabajo en el manicomio:
“No era malo que Baryton me considerara en conjunto con algo de desprecio. Un patrón se siente siempre un poco tranquilizado por la ignominia de su personal. El esclavo debe ser, a toda costa, un poco despreciable e incluso mucho (…) Por lo demás, yo había renunciado, desde hacía mucho, a 19Ibid., p.268.
20Ibid., p.274. 21Ibid., p.48.
cualquier clase de amor propio. Ese sentimiento me había parecido siempre superior a mi condición, mil veces demasiado dispendioso para mis recursos. Me sentía muy bien por haberlo sacrificado de una vez por todas. Ahora me bastaba con mantenerme en un equilibrio soportable, alimentario y físico. El resto, la verdad, ya no me importaba en absoluto”22.
De manera puntual y discreta, pero constante a lo largo la novela, el buscavidas Bardamu refiere los “cuentos” y “lecturas”, el amor a la palabra que le acompaña en este peregrinaje laboral a lo largo de tres continentes. Aunque sólo confiese su carácter letra herido esporádicamente, es evidente que Bardamu, inspirado en la psicología de su propio autor, es un hombre cuya identidad sobrevive, como la de Simon Tanner, mediante esas dos vías: la de la fuga continua y la del arte de la escritura, última vía de redención espiritual en un mundo que consideran corrompido en alto grado. Es por ello que una oralidad de poeta desgarrado inunda la novela de Celine, como si después de tanta decadencia, la palabra del poeta, afilada con una vulgaridad inédita en la literatura hasta la fecha, sucia y precisa como el cuchillo de un carnicero, fuera el único consuelo espiritual posible. En ese desamparo, sobrevive la identidad del buscavidas Bardamu, mudando continuamente de destino y refugiándose en la expresión desgarrada y oscura de sus propios miedos:
“De tanto verte expulsado así, a la noche, has de acabar por fuerza en alguna parte, me decía yo. Era el consuelo. “Ánimo, Ferdinand – me repetía a mi mismo, para alentarme- a fuerza de verte echado a la calle en todas partes, seguro que acabarás descubriendo lo que da tanto miedo a todos, a todos esos cabrones, y que debe encontrarse al fin de la noche” 23.
La conjura de los necios (1980), de John Kennedy Toole, fue redactada a mediados de los años 60, dos décadas antes de su publicación póstuma. Ignatius J.Reilly es un ser inadaptado y anacrónico que sueña con que la forma de vida medieval, y su moral, vuelva a reinar en el mundo. Tras pasar diez años estudiando literatura medieval en la universidad de Nueva Orleans, consumiendo desvergonzadamente la pensión de viudedad de su madre, la única ambición de Ignatius es pasar el resto de su vida en su habitación, eructando pantagruélicamente y aprendiendo a tocar el laúd, exiliado del mundo y redactando su gran obra maestra, cientos de cuadernos Gran Jefe desperdigados por la habitación entre pañuelos manchados de secreciones seminales, en los que plasma su incomprendida visión del mundo. Como sugería más arriba, Ignatius realiza una inversión paródica de la vida nómada que caracteriza al buscavidas,
22Ibid., p.286. 23Ibid., p.256.
optando por la fuga mucho menos refrescante que supone su encierro monacal y su rechazo de las ambiciones mundanas. A tal efecto, Ignatius refiere monomaníacamente a varios personajes uno de los principales traumas formativos de su juventud, su excursión con un autobús Greyhound a una entrevista de trabajo en un pueblo de las inmediaciones, que se zanjó en el más absoluto desastre.
Desde entonces, alega dicha experiencia, en su estilo chantajista, para evitarse mayores desplazamientos y la vana persecución de una carrera. Su única actividad en el mundo exterior es la asistencia compulsiva al cinematógrafo del barrio para despreciar con insultos los engendros fílmicos de su siglo, que carecen de “geometría y teología24” así
como de buen gusto y decencia. Por desgracia para él y los habitantes de la ciudad, su madre y él estampan su coche contra una fachada rococó de la vieja ciudad colonial, y a fin de pagar los desperfectos, Ignatius se ve obligado a ganar algún dinero. Como el mismo dice, la diosa Fortuna, contra su voluntad, lo catapulta al mundo capitalista, viéndose obligado a someterse a la nueva forma de esclavitud que para él es el trabajo. Él se resigna, comparándose a Boecio (que se resignó a su ejecución) y sale a buscarlo, no sin antes emprender la redacción de su periplo laboral en uno de sus cuadernos, que titula Diario de un chico trabajador, o adiós a la holganza. Por tanto, a su primer trabajo como profesor adjunto en la universidad (de la que fue expulsado tras atrincherarse en su despacho y arrojar los exámenes por la ventana sobre una manifestación de alumnos) suma el de oficinista en una fábrica de ropa y el de vendedor de salchichas callejero. La novela narra el desclasamiento progresivo de Ignatius, cuya personalidad, proclive al desastre, acaba generando más problemas de los que pretendía solucionar con su ingreso en el mercado laboral. Finalmente, acorralado entre una posible demanda multimillonaria de la fábrica de ropa y la decisión materna de ingresarlo en un psiquiátrico, Ignatius se fuga a Nueva York in extremis, con la ayuda de Myrna Minkoff, compañera de universidad, activista política y enloquecida alma gemela, que aparece en las últimas páginas de la novela tras haber mantenido con él una agresiva correspondencia sobre su falta de implicación social. Podemos apreciar como, después de todo, Ignatius es un nómada forzoso, incapaz de permanecer en un puesto de trabajo o en una ciudad sin que el trabajo, la justicia y el manicomio le persigan. Por desgracia, la segunda parte nómada que se insinúa en este
final de novela, que nos habría deparado más aventuras del buscavidas Ignatius en la bulliciosa ciudad de Nueva York, no fue posible debido a la muerte del autor.
Ignatius cumple la triple encrucijada en que se debate la existencia del buscavidas, entre sus necesidades, un trabajo alienante y el desarrollo hipertrofiado de una identidad incapaz de plegarse a los condicionamientos de un proceso de socialización laboral. Aunque ha intentado obviar las humildes fuentes financieras que sustentan su estilo de vida, se ve obligado a reconocer, tras la cuantiosa multa que supone el accidente, la angustia derivada de tales necesidades:
“¡No hipotecarás esta casa! Toda la sensación de seguridad que he procurado crear se derrumbaría. (…)Nunca imaginé que subsistiéramos de modo tan precario. Sin embargo, es una suerte que no me lo hayas dicho nunca. Si hubiera sabido lo cerca que estábamos de la penuria total, mi sistema nervioso hubiera estallado hace ya mucho” 25.
Pese a ello, estas acuciantes necesidades no son motivo suficiente para “socializar” a Ignatius en ningún trabajo fijo, pues su conducta ególatra acaba desbaratando cualquier tipo de lealtad corporativa; por ejemplo, su trabajo en Levy pants, la fábrica de ropa, concluye con Ignatius organizando una manifestación de los negros que trabajan en su propia fábrica (que denomina con solemne medievalismo, Cruzada de la Dignidad mora) contra sus propios oficinistas. Tales iniciativas de solidaridad, presentes como contrapunto en la caracterización individualista del buscavidas, con más extrañas aún en un personaje tan ególatra como Ignatius. Lo cierto es que responden a un poderoso afán de exhibicionismo social, con que Ignatius pretende acallar los reproches de Myrna Minkoff, que le echa en cara haber “cerrado tu inteligencia al amor y a la sociedad” y su negativa a “comprometerse con los problemas cruciales de estos
tiempos”26. Así, todos los proyectos más bizarramente megalómanos de Ignatius, como
la mencionada Cruzada de la dignidad mora, o su afán por liderar un ejército de pederastas para establecer la paz mundial, responden, paradójicamente, a una ostentación de solidaridad que se gana la simpatía del lector. Naturalmente, aunque Ignatius privilegie su yo por encima de todas las cosas, consagrando su megalómana psique a desarrollar proyectos que rediman al mundo de su locura (con más locura), éstos desembocan en el más absoluto fracaso. Ignatius es uno de los personajes más contradictorios del s.XX, porque se integra en una novela de estructura clásica y temas decididamente realistas, como la socialización laboral que afecta no sólo a Ignatius,
25Ibid., p.59. 26Ibid., p.85.
sino al resto de los personajes de la novela, pero procede de una literatura de resonancias alegóricas que parece actualizar la figura del loco-filósofo de Erasmo de Rotterdam y el gigante rabelaisiano. Cabe recordar que su autor, que sospechosamente había trabajado como profesor adjunto, en las oficinas de una fábrica de ropa y como repartidor callejero, debió sentirse igualmente inadaptado, cuando al no lograr la publicación de su novela y ver frente a si el panorama desolador de tener que ir a trabajar, se suicidó con sólo 31 años.
Factotum (1975), de Charles Bukowski, cuenta la vida de su álter ego Henry Chinaski en 1944, un factótum27 que tras ser rechazado en el reclutamiento de la 2ªGM, pasa por
toda serie de trabajos ínfimos mientras se consagra al alcoholismo y la escritura. Con sólo 23 años, Chinaski ya es un perdedor, un poeta y un borracho impenitente, que ha renunciado de manera radical a prosperar en la vida y cuya única meta es publicar sus cuentos en una editorial que rechaza sistemáticamente todos sus escritos con una cordial nota de agradecimiento. Entremezcladas con la descripción, cómica y aterradora, que hace Chinaski de sus trabajos más ingratos, conocemos el amor que vive a ratos perdidos junto a dos mujeres a las que ama, Jan y Laura, sus almas gemelas alcoholizadas, que le sirven, como la escritura y la bebida, para fugarse a un mundo donde su identidad puede reconciliarse consigo misma y la realidad se vuelve menos inhumana. La particularidad de este determinado buscavidas es que, al ser el álter ego oficial de Bukowski, podemos verle como protagonista de cinco de sus novelas, que explican diferentes etapas de su vida, a las que me referiré puntualmente en algún momento de la tesina.28
Chinaski es el buscavidas por excelencia, que abandona hasta 30 trabajos de pésima calificación social, porque sus ambiciones, como dice suave e irónicamente uno de sus compañeros de infortunio, “sufren el hándicap de la pereza”29. No le parece en absoluto
que los asalariados enloquecidos con los que se va encontrado sean un ejemplo a seguir, sino pobres almas a la deriva que han perdido toda integridad como seres humanos tras trabajar 19 años seguidos, por poner un ejemplo, en una línea de montaje que fabrica galletas para perros. A pesar de que contemple con desconfianza y miedo a
27 Fac Totum . (Del lat. fac, imper. de facĕre, hacer, y totum, todo). 2. m. coloq. Persona que desempeña en una casa o dependencia todos los menesteres.
28 Son particularmente interesantes Cartero(1971) y La senda del perdedor(1982), muy vinculadas al mundo alienante del trabajo.
todos los seres humanos, Chinaski es solidario con el destino de las pobres gentes con las que comparte su aciago destino laboral, Chinaski se sabe el poeta de esa masa anónima, como cuando reconoce megalómanamente: “Yo construiría un imperio con los cuerpos fracturados y las vidas de los hombres sin esperanza, mujeres y niños…Les impulsaría a todos ellos a lo largo del camino. ¡Les enseñaría!” 30
A fin de mantenerse libre y gozar de esa libertad nómada que le lleva a vivir en cuatro ciudades distintas durante un año, Chinaski mantiene a raya sus necesidades, cuidándose mucho de que estas no le arrastren a un estilo de vida que le dejaría totalmente alienado. Dándole un trago a la petaca de whisky en pleno recado laboral, pregunta con impertinencia a unos negros que trabajan en una hilandería industrial de Nueva York, con los rostros pegados a sus máquinas cosedoras: “Brad, me está deprimiendo de la ostia veros trabajar a todos. ¿No os gustaría, tíos y tías, que os cantara una canción? Vuestro trabajo es realmente horrible. ¿Por qué lo hacéis?31”,
como si se negara a entender que la necesidad les ha empujado a ello. Pese a ello, no es una impertinencia ingenua, sino indignada contra el destino alienante del trabajo, porque Chinaski ha aprendido muy bien esta lección: “El alma de un hombre estaba radicada en su estómago. Un hombre podía escribir mucho mejor después de haberse zampado un buen solomillo de ternera y bebido medio litro de whisky de lo que jamás podría hacerlo después de haber comido una barrita de caramelo de a níquel.32”
Toda su precaria existencia laboral es una lucha por alimentar de la manera más frugal tales necesidades, que le dejen tiempo libre para la escritura. Con todo, Chinaski se burla del sistema de necesidades artificiales en que nos sume el afán de progresar en la vida, si eso le permite, pese a convertirse en un paria social y en un asalariado irreductible, ser con todo un poco más libre. En ese sentido, observa de un compañero de trabajo donde hace de mozo de almacén:
“En las listas de recibos nunca había el menor error, probablemente porque el tío que había en el otro extremo estaba demasiado preocupado por su trabajo como para ser descuidado. Normalmente esos tíos suelen estar en la séptima de las treinta y seis letras del coche nuevo, sus mujeres van a clase de cerámica los lunes por la noche, los intereses de la hipoteca se los están comiendo vivos y cada uno de sus cinco hijos se bebe un litro de leche diaria”33.
30Ibid., p.54. 31Ibid., p.121 32Ibid., p.54. 33Ibid., p.122
Vale la pena recordar que Chinaski –por no decir Bukowski – se mantendrá fiel a ese temperamento indisciplinado y errático hasta el fin de sus días, pero pagará muy cara la factura que supone tal osadía. Ya en Factotum, el personaje, que sólo cuenta 23 años, se plantea muy seriamente si no valdría la pena suicidarse. Esa angustiosa decisión, contemplada como solución una y otra vez, vuelve a surgir tres décadas más tarde, en una de esas noches que carga el diablo, cuando el buscavidas Chinaski, con cincuenta años recién cumplidos, decide abandonar un trabajo en el que había permaneció inusitadamente 13 años, que le brindaba seguridad material pero le estaba conduciendo inexorablemente a la demencia: “I even had the butcher knife against my throat one night in the kitchen and then I thougth, easy, old boy, your Little girl may want you to
take her to the zoo.”34 Un par de noches después, tras una borrachera absolutamente
salvaje, el buscavidas se redime de sus meditaciones suicidas con un último acto de expresión individualista que le abrirá las puertas a una nueva vida: “In the morning it was morning and I was still alife. Maybe I’ll write a novel, I thought. And then I did”35.
El Desaparecido (1927), novela inacabada y póstuma de Franz Kafka, describe el vagabundeaje laboral en el exilio de Karl Rossman, un emigrante europeo de 17 años que se ve obligado a exiliarse en Nueva York por la vergüenza de haber seducido a una sirvienta. En el barco que le conduce a Nueva York, Karl traba amistad con un fogonero que está a punto de perder su trabajo, al que apoya frente a la tripulación. En un giro inesperado, Karl conoce durante este juicio a un tío suyo adinerado, que decide tomarle bajo su protección, en lo que parece ser, a mi entender, un guiño irónico de Kafka a la novelística británica, en la que una herencia familiar redentora, o un lazo de parentesco muy oportuno, libran de modo inverosímil y folletinesco al protagonista de la más absoluta pobreza, como puede verse en el David Copperfield de Dickens, que según el propio Kafka, inspira esta novela. Sin embargo, su suerte no es la misma, porque su tío acaba cortando con el todo vínculo al considerarse traicionado por una excursión de Kafka a las afueras de Nueva York(que había sido consentida previamente por el tío). Tras este segundo “exilio”, Karl se ve arrojado a las manos de dos pícaros, Robinson y Delamarche, que le prometen trabajo a cambio de su ayuda, pero acaban desvalijándole de la manera más ruin. Karl acaba siendo contratado como ascensorista en un hotel, pero aunque desempeña sus labores de manera óptima, con la esperanza de ir ascendiendo poco a poco, acaba cayendo en desgracia cuando Delamarche aparece
borracho en su habitación y le cita como amigo. Expulsado pues de este trabajo, y acosado por la policía, que considera sospechosa la manera en que ha sido expulsado del mismo, Karl se ve obligado a alojarse como siervo, en un estado de secuestro y esclavitud, en el balcón del piso de Brunelda, una dama rica que ha tomado como sirvientes a Robinson y Delamarche. Tras varios intentos de fuga, y una elipsis rotunda, atribuible sólo al carácter inacabado de la novela, Karl se ve de nuevo en libertad y contempla el anuncio de una oferta de trabajo en el Gran Teatro de Oklahoma, donde “todo el mundo es bienvenido”, como lee Karl con un atisbo de esperanza, pensando que “todo lo que había hecho hasta ahora quedaría olvidado y nadie se lo reprocharía”36. Karl asiste a la oferta de trabajo y se encuentra con una oficina de
reclutamiento laboral llevada al paroxismo más absurdo, en el que existen cientos de casetas, a cual más especializada, para contratar a todo el mundo en función de su curriculum previo. Karl, que no tiene pasaporte ni papeles, se inscribe como “Negro” (apodo que había recibido en sus últimos empleos) e intenta pasar por ingeniero, pero acaba siendo llevado a la caseta ínfima de “ex-estudiantes europeos de instituto secundario”. Una vez allí, es contratado y poco después se pone en marcha junto al resto de los contratados hacia Oklahoma, en un tren que atraviesa montañas gigantescas y hace pensar en un destino ominoso para Karl Rossman.
Naturalmente, esta novela se ciñe en su polaridad de fuerzas desiguales al mismo conflicto que se reproduce en El Castillo y El Proceso, la pugna entre el individuo que reclama sus derechos frente a una sociedad que pretende aniquilarle y marginarle. Karl comparte muchas afinidades con los buscavidas pero no es uno de ellos, en gran medida por lo específicamente kafkiano de su caracterización, esto es, la tendencia irrenunciable de los personajes kafkianos a penetrar, mediante el escaso margen de maniobra reservado al individuo, en un sistema de leyes oscuras y herméticas que rechaza sus tentativas de justicia con un silencio autoritario. Del mismo modo que el agrimensor K no logra acceder al castillo, ni Josef K desentraña el porqué de su misterioso juicio, Karl Rossman no pierde la esperanza de prosperar en un sistema que tiene reservado a los emigrantes una suerte marginal. Por tanto, si bien su reiterativa falta de integración social comparte el hado de los buscavidas, este conflicto netamente kafkiano nos impide contarlo entre sus filas. Sin embargo, por sus sujeción al imperio
de la necesidad, su lucha por preservar su identidad, su nomadismo forzoso y su descripción despiadada de los factores más alienantes del trabajo sobre el individuo, esta novela nos servirá a un tiempo para profundizar en el sistema laboral contemporáneo, cuya descripción será abordada en el tercer capítulo, así como establecer paralelismos que ayudarán a definir la especificidad del buscavidas.
I.3. Aproximación histórica a la noción de régimen salarial
Es importante conocer el sistema laboral en que se integra – muy a su pesar - el buscavidas, para valorar la especificidad de su conflicto con la sociedad. Examinaremos esta cuestión, de manera exhaustiva, en el tercer capítulo, al ocuparnos de la descripción del régimen salarial que actúa como un principio disciplinario sobre la identidad del asalariado en el capitalismo. Sin embargo, en el ámbito de esta breve introducción, nos interesa sobre todo establecer el momento en que emerge dicho sistema, que nace en la época de Bildungsroman, a finales del s.XVIII, alcanza al buscavidas, en pleno s.XX y se extiende hasta nuestros días. Concentrarnos en ese momento nos permitirá trazar una oposición clara con el sistema en que se integra su precedente literario, el pícaro, del que ha evolucionado históricamente. Como digo, sólo así podremos describir en el segundo capítulo las semejanzas entre la figura del pícaro con la del buscavidas, interpretando en su debido contexto histórico las tensiones de estos personajes, derivadas de un sistema laboral en evolución continua, que ha condicionado de manera diversa, tanto a los individuos trabajadores en sus respectivas sociedades, como a los personajes en sus respectivas literaturas. Así pues, en las siguientes páginas, comentaremos brevemente el nacimiento del concepto moderno de “trabajo” dentro del régimen salarial capitalista, que nace con la revolución industrial, a lo largo del S.XVIII.
La idea contemporánea del trabajo no aparecería hasta el S.XVIII, con el advenimiento del capitalismo fabril. La estructura productiva del capitalismo se sustenta en una economía cuya principal propiedad radica, como dice Max Weber, en el hecho de estar racionalizada “sobre la base de un estricto cálculo contable, el ordenarse planificada y austeramente al logro del éxito económico aspirado, en oposición al estilo de vida del campesino que vive al día y a la privilegiada rutina del viejo artesano gremial”37.Weber sitúa ese momento de transición, entre el capitalismo industrial y los
modos de producción más tradicionales, como un momento clave a la hora de entender las modificaciones que ha sufrido el moderno concepto de “trabajo”. Conviene subrayar que la transición entre estos dos sistemas de producción, y los respectivos
modos de vida a que están vinculados, no se produjo de la noche a la mañana, sino en el curso de un largo desarrollo de la economía dineraria que acompañará el nacimiento de un nuevo concepto de “trabajo” desde el SXV hasta nuestros días. Abordaremos en profundidad esa etapa histórica previa al capitalismo en el segundo capítulo, al ocuparnos de las afinidades del buscavidas con el pícaro.
Antes que nada, conviene formular el conflicto esencial del buscavidas, en tanto trabajador plenamente sometido a este proceso de racionalización económica que distingue al capitalismo, mediante una ecuación sencilla pero determinante, que podemos plantear en términos marxistas: el buscavidas sufre unas necesidades que intenta cubrir mediante un salario, un salario que a su vez traduce la cuantificación de su valor económico como fuerza de trabajo. Las convenciones legales que sirven para determinar la cuantía y la importancia del “salario” dentro del régimen de producción capitalista, así como el poder adquisitivo y su relación de dependencia con las necesidades de los consumidores y la productividad general de una sociedad, constituyen una piedra de toque trascendental a la hora de reflexionar en la evolución del capitalismo, tanto si pensamos en el salario paupérrimo mediante el cual se explotaba al miserable obrero del s.XIX, como si reflexionamos acerca del salario y el sistema de compensaciones sociales que concede nuestro moderno estado de bienestar. Ambas etapas, a pesar de sus diferencias antagónicas, forman parte de un mismo proceso histórico, que condujo a la progresiva implantación de un “régimen salarial” enteramente nuevo, inherente al capitalismo y condicionado por una mayor competitividad entre las empresas, que exigían, no ya una fidelidad del empleado a su patrón, sino la continuidad, calculabilidad y constancia de una fuerza de trabajo ininterrumpida.
Evidentemente, hasta la total implantación de este régimen salarial, tuvieron que erosionarse hasta su desaparición los modos tradicionales de producción que refiere Weber, incompatibles por definición con algunos de sus principales rasgos. Para que nos hagamos una idea de dicha incompatibilidad, arraigada en una menor competitividad de los mercados tradicionales, sobre los artesanos, por ejemplo, dice André Gorz: “Únicamente los jornaleros y los peones eran pagados por su trabajo; los artesanos se hacían pagar su “obra” según un baremo fijado por esos sindicatos profesionales que eran las corporaciones y las guildas. Estos proscribían severamente
toda innovación y toda forma de competencia”38.Asimismo, Barry Jones propone esta
ilustrativa descripción del campesinado en las economías no competitivas previas a la revolución industrial:
“en las economías de subsistencia, los campesinos no consideran la agricultura como una “industria”, es su modo de vida. Producen principalmente para cubrir sus propias necesidades, ahorrando un pequeño excedente para precaverse de los imprevistos y no para ser vendido. No se preocupan del rendimiento económico, ni de la tasa de beneficio, ni de la exportación, no cuentan su tiempo ni compiten con sus vecinos(…)Las nociones de salario, de duración de trabajo o de vacaciones no cuentan para nada”39.
Por tanto, los trabajadores que cita Weber, el “campesino que vive al día” y el “viejo artesano gremial”, mantenían una relación económica con su empresa sustancialmente distinta a las que mantiene la moderna empresa capitalista con el moderno trabajador asalariado. Esos modos de producción no estaban dominados por la racionalización económica exhaustiva que distingue a los modos de producción capitalistas. El patrón tradicional no planificaba su productividad “al logro de un éxito económico esperado”, no cuantificaba los tiempos de producción en un sistema de equivalencias salariales tan estrictamente contabilizado como el que desarrollará el capitalismo industrial, a fin de mantenerse en un estado de perpetuo ascenso económico, que le permita mantener un proyecto competitivo en un sistema de libre competencia entre empresas. Entre otros factores, esa menor racionalidad económica de la sociedad tradicional se debe a que los ciclos naturales, en el caso del campesino, y las convenciones gremiales, en el caso del artesano, determinaban una pauta de productividad consensuada socialmente, que hacía concurrir a intereses económicos enfrentados con una relativa estabilidad de los mercados. Pero con el advenimiento de la revolución industrial, la productividad crece de una manera inédita en la historia, así como la masa demográfica que puede consumir los excedentes de dicha productividad, de manera que la relativa estabilidad de los mercados que había distinguido a la primera modernidad quedó profundamente alterada.
A partir de entonces, para mantenerse competitivamente en el mercado, la empresa capitalista habría de regular toda su actividad en términos matemáticos. Max Weber hace una interesante descripción de este nuevo “espíritu del capitalismo” a través de un
38 Gorz, André. La Metamorfosis del trabajo: búsqueda del sentido: crítica de la razón económica. Madrid: Sistema, DL 1995, p.29.
39 Jones, Barry. Sleepers awake. Technology and the future of work, Oxford, Oxford University Press, 1983, p.83. Citado en: Gorz, ob.cit., p.147
hipotético primer patrón capitalista, que inspirado en estos principios en la competitividad, contribuye a desarrollar el moderno sistema industrial y su calculada reinversión de las ganancias: “iría un buen día al campo, y seleccionaría allí cuidadosamente los tejedores que le hacían falta y los sometería progresivamente a su dependencia y control, los educaría, en una palabra, de campesinos a obreros”40. Tras
aplicar una serie de iniciativas que romperían con las pautas de productividad tradicional, como la relación directa con sus abastecedores al por mayor, la búsqueda de nuevos clientes y la “adaptación” del producto a sus necesidades, este hipotético empresario:
“comenzaría a poner en práctica el principio: ‘precio barato, gran producción’. Y entonces se repetiría una vez más el resultado fatal de todo proceso de racionalización: quien no asciende, desciende. Desapareció así el idilio, al que sustituyó la áspera lucha entre los concurrentes; se constituyeron patrimonios considerables que no se convirtieron en plácida fuente de renta, sino que fueron de nuevo invertidos en el negocio”41.
Es en esta nueva dinámica de racionalización económica exhaustiva donde se haría crucial la cuantificación de la fuerza de trabajo en un salario, posiblemente la tarea más difícil que el capitalismo industrial ha tenido que llevar a cabo. André Gorz recuerda que en el libro I de El capital, Marx se refiere con profusión a:
“una vasta literatura que describe las resistencias, largo tiempo insalvables, con las que se tropezaron los primeros capitalistas industriales. Para su empresa era indispensable que el coste de trabajo llegara a ser calculable y previsible con precisión, porque solamente con esta condición podían ser calculados el volumen y los precios de las mercancías producidas y el beneficio previsible”42.
Es evidente que sin esa contabilidad previsora, sin ese proceso de racionalización económica, la inversión seguía siendo demasiado aleatoria para que los empresarios se aventuraran en ella. Precisamente por ello, ese delicado equilibrio entre beneficios y reinversiones exigía calcular, entre otros factores, la relación entre el rendimiento laboral y su valor económico. Era necesario, por utilizar las palabras de Gorz, “poder medir el trabajo en si mismo, como una cosa independiente, separada de la individualidad, las necesidades y las motivaciones del trabajador” 43.
40 Weber, Max. La ética protestante y el espíritu capitalista. Madrid: Alianza, 2009.p.76. 41Ibid., p.76
42 Gorz, André. La Metamorfosis del trabajo: búsqueda del sentido: crítica de la razón económica. Madrid: Sistema, DL 1995, p.35.
Esta división entre trabajo y trabajador es clave a la hora de entender el cambio operado en la noción de trabajo, ya que la actividad productiva, en efecto, fue separada progresivamente de su sentido, de sus motivaciones y de su objeto para convertirse en el simple medio para ganarse un salario. Para ello, no sólo se hicieron más metódicas, menos artesanales y mejor adaptadas a sus fines de máxima productividad, unas actividades productivas preexistentes, sino que, como venimos diciendo, tuvieron que separarse esta noción de “trabajo” de las necesidades tradicionales de los trabajadores. Es sintomático de las dificultades que debió implicar dicho proceso el énfasis que pone Weber en la “educación” del campesino al obrero . Esta “educación”, como diría Weber, no fue una tarea tan obvia como puede parecernos hoy en día, y de hecho, la reticencia de los obreros a cubrir día tras días una jornada de trabajo entera, estableciendo así un continuum de fuerza de trabajo regular, previsible y calculable, fue la causa principal de la quiebra de las primeras fábricas. Como dice Gorz:
“Para los obreros de finales del s.XVIII, el trabajo era una habilidad intuitiva, integrada en un ritmo de vida ancestral y nadie habría tenido la idea de intensificar y prolongar su esfuerzo con el fin de ganar más. El obrero no se preguntó cuanto podría ganar al día rindiendo el máximo posible de su trabajo sino cuanto tendría que trabajar para seguir ganando los dos marcos y medio que ha venido ganando hasta ahora y que le bastan para cubrir sus necesidades tradicionales”44.
La preocupación del empresariado por “educar” a las nuevas masas de trabajadores industriales sustenta la evolución del régimen salarial, desde el primer capitalismo hasta nuestra moderna sociedad de consumidores en la era del bienestar. Los principios disciplinarios de dicho régimen, que desglosaremos y analizaremos en el tercer capítulo de esta investigación, en su relación conflictiva con la figura del buscavidas, que también documentaremos profusamente, se fueron sofisticando históricamente, desde los principios utilitaristas que recomendaba Jeremy Bentham para el buen funcionamiento de las casas de trabajo, pasando los elevados salarios de cinco dólares en las fábricas de Ford, hasta el sistema de compensaciones sociales que garantiza al asalariado el keynesianismo.
Aquí nos interesa sólo mostrar que el principal obstáculo al que se enfrentó el desarrollo del llamado régimen salarial en sus orígenes fueron las necesidades relativamente limitadas del trabajador preindustrial. La manipulación y subversión de dichas necesidades, hasta el punto de que el obrero las viera indisolublemente ligadas a su salario fue un proceso gradual y difícil. Podemos apreciar la trascendencia de este proceso al examinar la figura del buscavidas, que presenta ese mismo escollo al sistema
capitalista: su capacidad para vivir por debajo de las necesidades consensuadas como básicas por la sociedad, de desterrar dichas necesidades hasta un umbral ínfimo que bordea la pobreza, convierte al buscavidas en un asalariado inasible, pues privilegia el libre desarrollo de su identidad y se niega a ser “educado” en los principios del régimen salarial. En los orígenes del sistema laboral capitalista, este fracaso intermitente del régimen salarial, con todo, no se debía a los casos aislados y anárquicos que encarna en el s.XX el buscavidas, sino a un desfase cultural de largo alcance entre los mercados vinculados al estilo de vida de los trabajadores tradicionales y el moderno sistema de fábricas. Para que el capitalismo fabril prosperase, la producción debía estar regida por cierta “impersonalidad” de las relaciones comerciales, destinada al intercambio en un mercado libre en el que los productores sin ningún vínculo entre ellos se encontrasen frente a compradores con los que tampoco tienen ningún vínculo. Como dice André Gorz, esa condición no se cumplía en los mercados antiguos cuando:
“las corporaciones, las guildas, y los sindicatos de productores, podían entenderse sobre el precio de cada tipo de producto, y especialmente, sobre los procedimientos y las técnicas de producción que, como se sabe, estuvieron minuciosamente reglamentados hasta el s.XVIII. El acuerdo sobre los precios y las técnicas no constituye solamente una autolimitación contractual de la competencia, implica también una autolimitación de las posibilidades de ganancia, y por ello, una autolimitación de las necesidades. La racionalidad económica se ve así obstaculizada de raíz por la naturaleza limitada de las necesidades y sobre sus límites”45.
Así pues, la misma naturaleza del mercado tradicional hacía que fuese muy difícil “educar” al asalariado en las duras exigencias del sistema de fábrica; no se podía apelar a su sentido del lucro, no podía buscarse su rendimiento máximo por un sistema de destajo46, cuando a éste le era posible cubrir sus necesidades trabajando con arreglo a
un ritmo natural. De ahí la extrema dificultad que experimentaron los primeros industriales para obtener un trabajo continuo y a pleno tiempo. Esta “impersonalidad”
45Ibid., p.147
46 Para apreciar las dificultades de esta educación en el sistema de destajo, valga este interesante pasaje de Max Weber en La ética protestante: “Un obrero, por ejemplo, gana un marco diario por cada faena segada, y para ganar al día dos marcos y medio ha de segar dos fanegas y media; si el precio del destajo se aumenta en veinticinco céntimos diarios, el mismo hombre no tratará de segar, como podía esperarse, tres fanegas, por ejemplo, para ganar al día tres marcos con setenta y cinco céntimos, sino que sólo seguirá segando las mismas fanegas que antes, para seguir ganando los dos marcos y medio con los que, según la frase bíblica, “tiene bastante”. Prefirió trabajar menos a cambio de ganar menos también; no se preguntó cuanto podría ganar al día rindiendo el máximo posible de trabajo, sino cuanto tendría que trabajar para seguir ganando los dos marcos y medio que ha venido ganando hasta ahora y que le bastan para cubrir sus necesidades tradicionales. “Weber, Max. ob.cit, .p.69
es rastreable también en esta interesante reflexión de W.A. Lewis sobre los problemas con que se ha de enfrentar una sociedad que empieza a desarrollar su economía monetaria y las dificultades que entraña “educar” a las masas de trabajadores en esa nueva cultura laboral:
“A las personas les lleva mucho tiempo ajustarse a la economía monetaria. (…)Necesitan nuevas pautas morales, cuya creación puede tomar mucho tiempo; porque han dejado de vivir en una comunidad en la que las obligaciones están basadas en el trueque y se han trasladado a otra en la que las obligaciones se fundan en el contrato, y generalmente, en relaciones mercantiles con personas con las que no están vinculadas por lazos de parentesco.” 47
Habría de desarrollarse progresivamente el sistema salarial, como veremos en el tercer capítulo de esta investigación, para que las necesidades tradicionales permitieran que el capitalismo dispusiera de un flujo constante, calculable, ininterrumpido de fuerza de trabajo bien “educada”. Muy resumidamente, podemos indicar que la sociedad tuvo que trasformar radicalmente sus estructuras mercantiles previas, para que el antiguo trabajador que podía cubrir sus necesidades, siquiera mínimamente, dentro de un sistema más ligado a los ciclos naturales y las convenciones gremiales, se viera progresivamente falto de intermediarios e interlocutores en ese antiguo sistema, viéndose obligado a emigrar a las ciudades industriales. A partir de ahí, el régimen salarial evolucionó en varios aspectos. Desde el punto de vista tecnológico, la organización científica del trabajo industrial se distinguió por el esfuerzo constante por separar el trabajo de la persona del trabajador. Ese esfuerzo tomó primero la forma de una mecanización no del trabajo, sino del propio trabajador: es decir, la forma de presión para el ritmo o las cadencias impuestas, que llegaría a su expresión más absoluta con la imposición de la cadena de montaje fordista a comienzos del s.XX. Por otra parte, desde el punto de vista contractual, se pusieron en juego varias medidas que garantizasen una fuerza de trabajo ininterrumpida, vinculando cada vez más estrechamente la cuantía del salario con la duración de la jornada laboral, fijada innegociablemente por la empresa, que constituye la esencia del nuevo régimen salarial. En última instancia, el sistema capitalista, ya en nuestro opulento estado del bienestar, subvertirá completamente el orden de las necesidades tradicionales; la incesante generación de necesidades artificiales harán del mismo trabajador de clase media un consumidor que mantenga el mercado en movimiento, aún a costa de estar triplemente alienado, ya no sólo en su trabajo, sino también en sus consumos y en sus
47 Lewis, Arthur. Teoría del desarrollo económico. Mexico D.F.: Fondo de cultura económica, 1964. p.157. Citado en: Maravall, ob.cit., p.114
necesidades. Como veremos, el buscavidas se opone a estos tres principios, tecnológico, contractual y consumista, porque no está dispuesto a soportar la alienación física que conlleva el primero, la amputación a su tiempo de vida que implica el segundo y el fervor consumista del tercero.