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Pero... ¿filosofía?

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Academic year: 2020

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PERO...¿FILOSOFÍA?

Lourdes Rensoli Laliga

Universidad Europea de Madrid - Departamento de Humanidades Correo-e: [email protected]

Resumen:

Se echa de menos un estudio sistemático a nivel de toda la Unión Europea, y en cada uno de los países que la componen, incluyendo los de inminente incorporación, acerca de la presencia de la filosofía en los medios de comunicación, los factores que en ello influyen y proposiciones para solucionarlo. En España se revela escasa y forma parte de la cultura superficial y dictada por las modas, unida a la falta de sentido de la vida y de valores morales que se impone a nivel general. Las instituciones educativas tienen el deber de influir sobre la sociedad en general para contrarrestar esa corriente, aunque muchas veces carecen de todos los medios necesarios para ello y lo cumplen escasamente.

Palabras clave:

Filosofía, medios de comunicación, educación, cultura, sociedad, sentido de la vida, valores.

Sí, filosofía. Exaltada o combatida, fieramente denostada o defendida con la vida misma, la filosofía sigue en pie, después de casi tres mil años, si, como en este caso, se incluye bajo ese nombre el pensamiento generado desde la época de las llamadas “Cien escuelas”, en China (S. VIII a.C.), muy anterior, como se ve, a las primeras escuelas filosóficas griegas. Entiéndase que hablamos de filosofía como patrimonio humano, sin más, sin ceñirnos a la filosofía occidental ni a sus fuentes inmediatas.

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o por otras formas del pensamiento humano. Pero, para desilusión de los profetas catastrofistas, ha sobrevivido y ha seguido su curso, no sin incorporar y evaluar críticamente en cada caso, el presunto proceso de su desaparición y las causas aducidas para tal destino. Hoy podría sospecharse que dicha amenaza se cierne de nuevo sobre la filosofía, y que en este caso ejercerían el papel de verdugos, o aun peor, de asesinos, los medios de comunicación. ¿O tal vez este poco halagüeño papel se reduciría al de “sepultureros de un ser vivo”, al que se mataría por asfixia? ¿o al olvido por “destierro” forzoso?

Tampoco en este caso sería novedoso: muchos de los escépticos antiguos dieron por terminada toda reflexión al declarar imposible saber algo acerca de cualquier cosa. Tertuliano consideró cerradas las búsquedas de filósofos e intelectuales en general con el surgimiento del Cristianismo. Al-Gazali también adoptó esta postura al creer que, cuanto vale la pena de ser conocido, está contenido en el Korán, y lo que no aparece en éste, carece de valor y llega a ser nocivo para el alma. Otro tanto sucedió con Marx y Engels, que declararon explícitamente que, con su doctrina, terminaba toda filosofía, en el sentido tradicional del término [1], idea que retomó y revalorizó la Frankfurter Schule. En nuestros días sin embargo, parece que nos hallamos frente a una conjura silenciosa: no mencionar algo en los media equivale a ocultar su existencia al público, al menos a aquella parte que se nutre de lo que en dichos medios aparece.

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Pero, ¿de qué medios se trata? Pues resulta imposible esbozar siquiera el tema de una forma satisfactoria, puesto que tendría que abarcar todos los medios, los públicos a los que se dirigen, las características de sus mensajes en cada caso, las variantes que en Occidente y en Oriente poseen dichos mensajes, su alcance, sus objetivos. Ello requeriría un buen equipo de especialistas, multidisciplinario y conocedor de sociedades muy diferentes, dedicado a una investigación en este campo durante algunos años. Ni siquiera en el ámbito más reducido de la Unión Europea se ha llevado a cabo este trabajo, que sepamos, pese a las múltiples investigaciones sobre los media que se llevan a cabo en varios países, en las que, sin duda, hay más de una contribución a este tema.

Por lo mismo estas páginas contienen ante todo una exhortación a que tal trabajo se lleve a cabo, aunque se refieren, modestamente, a algunas peculiaridades del fenómeno en España. En cuya tradición filosófica hay, por otra parte, quien no cree. ¿Subyace en esta valoración lo más negativo de la herencia hegeliana, que en sus Lecciones sobre historia de la filosofía declaraba incapaces de contribuir al desarrollo de la verdadera filosofía--es decir, la construida en forma de sistema y cuya esencia residía en el concepto--a numerosos pueblos, poco capaces de pensamiento metafísico? Sin contar con que, en la obra mencionada, España brillaba por su ausencia, existían y existen peculiaridades en el pensamiento español que exigen una revalorización de lo que debe entenderse como filosofía y sus características.

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personas que amaban la cultura y el pensamiento), en círculos de los exiliados de la guerra civil, más allá de los Pirineos o allende el mar....¿y ahora?, nos preguntaríamos.

Pero volvamos al tema. Pues no sólo se trata de la filosofía española, entiéndase ésta como se entienda, sino de la filosofía en todas sus formas, en todas sus vías de expresión, de cualquier procedencia. ¿Tiene alguna presencia en los medios de comunicación? Sin duda, en alguna prensa, sí, por modesta que sea, por poco alcance que tenga. Excluimos las revistas especializadas en filosofía, poco accesibles para el público más amplio, y las de cultura general en las que suele tener alguna presencia, mayor o menor según el caso. En muchas de estas últimas se le exige sin embargo, una evidente aplicación al esclarecimiento de alguno de los interrogantes de nuestro tiempo, a veces los esenciales, a veces los de moda. Por supuesto que las revistas de cultura general no pueden incluir siempre artículos altamente especializados, pero no es raro que se olviden los trabajos de divulgación filosófica que, sin pretender exponer solución alguna, ni vías para encontrarlas, ofrecen al lector sin embargo herramientas teóricas generales que pueden ayudarlo considerablemente en esta tarea. Los diarios suelen conceder algún espacio a artículos escritos por filósofos, en los cuales los autores plantean, de forma suscinta y clara para el lector general, algunas reflexiones sobre los problemas más o menos urgentes. Los suplementos culturales ofrecen reseñas sobre muchas de las obras filosóficas de cuya aparición tienen noticias, o por las que se interesan sus colaboradores habituales, por lo que una parte de las ediciones queda fuera de sus marcos. Pero, sea como fuere, buena parte del público no lee los diarios, no conoce siquiera las revistas mencionadas o no las encuentra con la regularidad que desearía. Los media de mayor alcance son la radio, la televisión, e Internet.

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Con la televisión, al menos con los canales públicos nacionales más importantes, el panorama se vuelve descorazonador. No es necesario reiterar el mal gusto y la vulgaridad que reina en los programas que ocupan la mayor parte del día y que no suelen tener más alternativas que los documentales sobre flora y fauna ―excelentes por cierto― que ofrece el Canal 2, pero a los que no todo televidente quiere dedicar todo el tiempo del que dispone para esta actividad. Muchas veces se ha repetido que se echan de menos programas formativos, de los que el televidente extraiga algo útil: un mensaje, un conocimiento, un despertar de su interés hacia alguna rama de la cultura. “Blanco sobre negro” es un buen espacio, pero ni se dedica específicamente a la filosofía ni basta para llenar las necesidades y/o expectativas del público.

Se echan de menos series basadas en novelas de alto vuelo metafísico como Los gozos y las sombras, que en su momento gustó mucho a los televidentes, no tan tontos como algunos parecen imaginar. Y programas en los que los filósofos tengan la oportunidad de expresar sus puntos de vista, o de explicar, de modo accesible al menos para quien posea un nivel cultural medio, las doctrinas filosóficas de esta época y de las precedentes.

Por supuesto que estos programas, de presentarse, tendrían al principio, posiblemente, escasos niveles de público. ¿Cuánto tiempo duraría ese “principio”? Carecemos de elementos para ofrecer una respuesta argumentada. Pero tenemos la triste sospecha de que, al menos por el momento, nadie se arriesgará a presentar siquiera uno. Sería interesante conocer la opinión de la TV pública y, si por desdicha fuera negativa, en qué razones se basa. Los canales privados probablemente no se embarcarían en esta aventura por no ser rentable.

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Las carreras humanísticas, en especial la filosofía, no tienen mucha demanda. Cabría preguntarse por qué los jóvenes no las eligen. La respuesta inmediata es: no les aseguran un futuro. O les aseguran que no les aseguran un futuro. Pero esto es cierto en buena medida y hay que preguntarse entonces por qué no lo aseguran. No siempre se vislumbran con claridad las funciones que puede tener el filósofo en la sociedad, fuera de la enseñanza, importantísima sin duda, pero no exclusiva. Pero el caso es que, sitúese donde se sitúe, la filosofía no produce valores directamente negociables. Sus beneficios conciernen sobre todo al ser humano, a su formación y por lo tanto, a su proceder, su obrar personal y social. En los programas de estudio de otras carreras ocurre, más a menudo de lo deseable, que todo argumento es bueno para reducir al mínimo y aun eliminar la formación filosófica, reducida a breves cursos sobre deontología que al menos una parte del alumnado escucha, bien con desinterés, bien como simple curiosidad (una “pausa” en medio de las asignaturas básicas), o bien como espacio en el que exponer sus puntos de vista, sin mayores repercusiones. El porqué está claro: el ejercicio profesional, al menos en buena parte de los casos, le hará faltar con frecuencia aterradora a los principios aprendidos. Y se dirá que entonces, ¿para qué aprenderlos, si intentar siquiera ponerlos en práctica lo obligará a ir contra la corriente, cosa que podría crearle graves problemas laborales? Existen sin duda centros y empresas que desean trabajar según los principios de la ética, otras que lo intentan, y otras que los mencionan, pero de ahí no pasan. En sociedades altamente competitivas, en las que el ser humano vale tan poco, o al menos eso parece algunas veces, ¿para qué sirve un individuo capaz del “libre ejercicio de la razón”?

Nos preguntamos entonces, ¿a quién le interesan estos aspectos? ¿quién está dispuesto a pagar por la formación integral humana, no sólo en la enseñanza, sino en el más amplio sentido, que abarcaría también los media? ¿quién no desea un hombre-masa, sino un hombre capaz del “libre ejercicio de la razón”, en suma: un ciudadano libre para una sociedad democrática? Con poder para determinar sobre su formación general en todos los sentidos.

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futuro de la sociedad, los desafíos que impondrá el futuro. Lo que no es posible sin ciudadanos capaces de pensar. De lo contrario, se dejarán arrastrar por consignas, impulsos emocionales, sofismas de todo tipo. Es fácil criticar lo que algunos llaman “la ignorancia de George Bush”, que, según dicen, se manifiesta en ciertos errores socio-políticos. Pero, ¿cultivan ellos mismos la opción que sería la opuesta? ¿ayudan a cultivarla, teniendo las posibilidades para ello? El hombre es un ser cuya capacidad de pensar lo diferencia de los restantes. Esta capacidad se ve por algunos como una maravilla y por otros como un peligro. Vienen a la mente los versos de Bertold Brecht, quien advertía de este modo a quienes pretendieran convertir al ser humano en una maquinaria similar a los robots de la película Matrix, que no por gusto atrae tanto a los más jóvenes:

“General, der Mensch ist sehr brauchbar, er kann fliegen und er kann töten

aber er hat einen Fehler: er kann denken” [4]

Nos quejamos con razón del cinismo, la falta de principios, el poco respeto a todo y a todos de una parte de las nuevas generaciones, no pequeña, a juzgar por las quejas de los maestros y profesores de enseñanza media. ¿Llegará el día en que miremos con orgullo esas mismas características? ¿Llegará el día en que una sociedad occidental, ignorante, pero lista para los negocios, aunque no siempre sean claros, hedonista y reblandecida, sea incapaz de defenderse, de preservarse, de renovarse frente a desafíos o amenazas de cualquier índole? No lo sabemos, pero es evidente que un sector de quienes poseen estos rasgos están muy orgullosos de sí mismos por tenerlos y por obrar en consecuencia con ellos. Nos viene a la mente el caso Gescartera, no por hacer leña del árbol caído, no por creer que su protagonista no pueda cambiar positivamente, sino porque es conocido por todos y constituye un ejemplo para meditar.

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mejor, en primer lugar para los propios jóvenes, que tendrán que abrirse paso en la intrincada selva social, que se imponga la imagen mítica del triunfador con 25 años, ejecutivo que conduce el coche del año, a cuyo lado viaja la chica que todos codician y que se sabe vender al mejor postor? Y llamarle a eso “poner los pies en la tierra”.

Al menos esa divulgan los media, y nunca la del estudioso y reflexivo que puede ser también un triunfador, por los aportes que sea capaz de hacer a su disciplina, aunque no viva con el lujo del anterior, aunque tenga a su lado “solamente” a una chica que lo ama, o viceversa: la chica amante de su profesión que elige no convertirse en objeto de lujo, sino trabajar con el empeño que cualquier profesión exige y triunfar en ella, es decir, realizarse, y en lugar de un “buen partido”, adinerado, tenga a su lado a quien ama y la ama, y que pueda ser madre sin frustrar su carrera. Por favor, que los amantes de la “corrección política” no se apresuren a criticar el empleo del masculino genérico: con menciones explícitas de hombres y mujeres nada se soluciona. Hacen falta hechos, que a menudo no se ven por ninguna parte. Como la filosofía en los media, por ejemplo.

NOTAS:

[1] Esta afirmación, contenida en el Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, dio mucho que hacer a los filósofos que eligieron seguir la línea marxista, o que no tuvieron otra alternativa que hacerlo. Sin embargo, en muchos casos lograron sortear los peligros que traía consigo su consagración como dogma, y poco antes de la pereztroika ya la revista soviética Ciencias Sociales, órgano del Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS para el exterior, criticaba con fuerza lo que denominaban “el mito de la muerte de la filosofía”.

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[3] Adoptamos esta definición, suscinta y cuestionable, como casi todas, porque parece una de las más comprensibles, por cuanto no es éste el marco para discutir una posible caracterización de la filosofía.

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