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Cuba: la estrella fugaz de la bandera de los Estados Unidos. Osvaldo Lorenzo Monteagudo.
Universidad de La Laguna. Resumen:
El presente texto aborda la construcción de las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y Cuba a partir de los vínculos históricos. En este sentido, no se puede analizar la intimidad compartida por ambas sociedades durante doscientos años, sin tener en cuenta la proximidad geopolítica y social. Escribir sobre esta complejidad requiere el esfuerzo de atender a la singularidad de una lógica preñada de encuentros y desencuentros, tanto por los sedimentos culturales que acercan a las dos orillas como por la asimetría que comparten en la estructura del poder mundial.
Palabras claves: Estados Unidos, Cuba, relaciones bilaterales, vínculos culturales, encuentros, desencuentros.
Abstract:
This paper deals with the relations between the U.S. and Cuba from historical links. In this sense, one can not analyze the intimate shared by both societies for two hundred years, regardless of geographical and social. Write about this complexity requires the effort of attending to the singularity of a logic fraught encounters and disagreements, both cultural sediments close to both banks as shared by the asymmetry in the structure of world power.
Key words: U.S., Cuba, bilateral relations, historical links, encounters, disagreements.
Más claro no se podía decir. La fiel isla de Cuba y llave de conexión entre las dos Américas, tenía que caer, sobre el territorio norteamericano, como una “fruta madura”. Con esta metáfora que hace referencia a la gravitación física, el secretario de Estado Quincy Adams, artífice de la doctrina Monroe, incorporó el futuro político de Cuba, como un asunto importante para la política exterior de los Estados Unidos. Entonces, ¿qué podían esperar las últimas posesiones españolas en el Caribe de la política de Washington? La aspiración de incorporar Cuba y Puerto Rico a la Unión respondía, según John Quincy Adams, a la propia lógica del interés nacional estadounidense, en tanto que garantizaba el acceso a mayores recursos económicos.
Por todo ello, resulta plausible preguntarnos sin ánimo de agotar el presente tema: ¿por qué tanto interés suscitado por los gobernantes estadounidenses de anexionar a la isla de Cuba como un estado más de esta federación criolla? En primer lugar, como ha señalado la profusa producción historiográfica que se maneja en torno a este tópico, la posición geoestratégica de Cuba, enclavada en el mar Caribe, hacía de la mayor de las Antillas una zona exclusiva para el control de los norteamericanos sobre “su patio trasero”. De hecho, la isla de Cuba situada tan sólo “a 90 millas” al sur de la Florida consolidó, aún más, la política angloamericana en su expansión territorial por el Gran Caribe. La vecindad de La Habana, al tratarse de la capital latinoamericana más próxima a la extensión peninsular de Key West, contribuyó desde el siglo XIX, a un importante flujo cultural entre las dos orillas del estrecho (Grenier y Pérez, 2003; Pérez Jr., 1996). En efecto, analizar la naturaleza íntima de las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y Cuba pasa, entonces, por hundir sus raíces en los tradicionales nexos culturales compartidos por ambas naciones.
122 desempeñado por Varela en “las extrañas del monstruo” (Martí, 1979:427) no sólo transciende la frontera de lo religioso, como deja entrever en las Cartas a Elpidio
(1836), sino que su proyecto humanista en defensa de la independencia es de obligado referente para entender la formación misma de la cultura cubana. La huella del pensamiento político de Varela marcó un punto de inflexión en los contornos de la nación cubana como “comunidad imaginada” (Anderson, 2007), repensada, para bien o mal, en los Estados Unidos. El viaje del poeta José María Heredia por algunas ciudades de los Estados Unidos, como “metáfora peregrina” de los intelectuales cubanos decimonónicos ofrece, a partir de los Fragmentos descriptivos publicados por el escritor Domingo del Monte en la revista La Moda o Recreo Semanal del Bello Sexo (Heredia, 1878: 449 -455), un excelente relato sobre la vida social de los estadounidenses. La desgarradora estancia de Heredia en Norteamérica se resume con el poema Niágara, oda que se convierte en espejo de paciencia para la libertad y la independencia de Cuba. Dicho esto, la tradición del pensamiento político desarrollado por Heredia a partir de su destierro sentó, sin duda alguna, las bases del nacionalismo cubano.
En 1829, a propósito de la redacción El Mensajero Semanal por Félix Varela, José Antonio Saco publica en su artículo “El domingo en los Estados Unidos” algunas impresiones sobre la moral religiosa en la vida estadounidense. Si bien en este ensayo el ideólogo de la “nación cubana” en su prístina concepción sociológica muestra una especie de atracción hacia las instituciones sociales del Norte, en 1857, su madurez intelectual lo lleva a replantear las ideas acerca de este país (Saco, 2001a: 161 – 167). Este viraje en el pensamiento de Saco se plasma en el artículo “Origen del movimiento anexionista en Cuba. Ideas de Saco acerca de la anexión. Motivos de su oposición a ella” (2001b:264 - 270). En este texto, después de seguir una contienda electoral en la ciudad de Nueva Orleans, en 1832, además de que España cercenara con la Constitución de 1837 el derecho a que las colonias de ultramar estuvieran representadas en las Cortes, el intelectual criollo expone su compromiso político contra la anexión de Cuba a ese “pueblo que presenta un espectáculo seductor” (2001b: 265). Entonces, ante la idea del movimiento anexionista de los hacendados esclavistas cubanos con los estados sureños de la Unión, Saco expresó […] “yo desearía que Cuba no sólo fuese rica, ilustrada, moral y poderosa, sino que fuese Cuba cubana y no anglo-americana”
(2001b:273. Cursiva del original). La tradición del pensamiento cubano que se dirime de esta corriente intelectual y que, evidentemente, se refuerza con la descollante producción de Martí en la segunda parte del siglo XIX desentraña, en efecto, el papel que ocupa la cultura en la construcción de unas relaciones bilaterales salpicadas por la mutua desconfianza. El viaje de estos intelectuales peregrinos por los contornos de la nación cuba deja entrever, el primer esfuerzo sistemático de contra – hegemonía.
123 diseño de su política exterior, el tema de Cuba siguió manejándose como un asunto doméstico.
El crecimiento en las relaciones comerciales cubano – estadounidenses se tradujo en un buen punto de partida. En 1818, la apertura de los puertos cubanos al comercio mundial por las autoridades coloniales sentó las bases para la penetración del capital estadounidense, reduciendo la diversificación de la economía cubana, a la posición de enclave comercial. Lo cierto es que este enfoque no se puede entender, sin tener en cuenta la producción ideológica del “destino manifiesto” estadounidense. La narrativa de campos políticos tales como libertad y representación democrática terminaron subvirtiendo la “máquina” colonialista (Benítez Rojo, 1998), implantada en el Nuevo Mundo, a partir de “barcos como microsistemas lingüísticos y políticos” (Gilroy, 1993: 12 – 17). En este vaivén, la huella de la cultura norteamericana significó un punto de inflexión en la modernización de la sociedad cubana.
La posición de Cuba en la política exterior norteamericana.
El gran interés de la política norteamericana sobre Cuba se caracterizó por un enfoque realista promovido de acciones estratégicas y económicas. Si bien en 1823 el presidente Monroe reconoció la independencia de las repúblicas latinoamericanas, su comparecencia ante el Congreso de la Unión se tradujo en acicate para la nueva doctrina exterior. Entonces, el peso de los Estados Unidos en el sistema interamericano en contraposición a las naciones europeas y, en particular, de una España percibida en el equilibrio del poder mundial como potencia de segundo orden, les permitió reinventar, dentro los contornos de la doctrina Monroe, nuevos dispositivos de dominación hegemónica (Domínguez, 2009). De ahí que con la discursividad política de Jefferson se infiere, dentro de los contornos ideológicos del liberalismo, la importancia que representa “la información” en la arena de las relaciones internacionales (Nye, 2003). Dicho de otra manera, los intereses expansionistas impuestos por Washington sobre América Latina acabaron construyendo unas relaciones bilaterales subordinadas. La puesta en escena de este nuevo orden hegemónico en la región se desenvuelve, otrora, en la desarticulación y articulación excluyente centro/periferia, modernización inserta en una cultura seductora/dependencia económica por los efectos del monocultivo, intervención militar en los asuntos domésticos/política de buena vecindad, así como Norteamérica/Latinoamérica.
124 los precios cotizados por el tabaco, además de los nuevos conocimientos y avances tecnológicos introducidos en la industria azucarera. Sin embargo, la alta dependencia de la economía cubana con el mercado de los Estados Unidos bajo el sello del “monocultivo”, imposibilitó el desarrollo inclusive de la isla caribeña.
En 1848, el presidente Polk propuso formalmente la compra de Cuba por un valor de 100 millones de dólares. Ante los continuos ajustes de España en la Realpolitik, y a pesar de que en 1868 estallará la primera guerra de independencia cubana, las autoridades coloniales no aceptaron bajo ningún concepto negociar el statu quo de la colonia. El alto coste tras la simultaneidad que produjo la independencia en América Latina (Anderson, 2008), además de la amenaza estadounidense, no hizo sino acrecentar más la debilidad de España en el concierto internacional. Las pretensiones acometidas por la geopolítica clásica de Washington, en su objetivo como potencia regional, se ven reforzadas con las administraciones de Pierce 1853 – 1857 y Buchanan 1857 – 1861. La política expansionista justificada por el presidente James Buchanan asume la necesidad de convertir a los Estados Unidos en una figura policial encargada de proteger a Centroamérica, así como al Caribe, de posibles agresiones europeas. En lugar de ello, los asuntos domésticos en la configuración del proceso nacional norteamericano postergaron los planes injerencistas en el Gran Caribe. En 1869, concluida la Guerra de Secesión, y aprovechando el contexto revolucionario iniciado en Cuba tras la Guerra de los Diez Años, el presidente Grant pone de relieve una vez más, la voluntad de dominación del Gulliver norteño sobre los liliputienses cubanos.
En otros términos, los presupuestos ideológicos del “destino manifiesto” se explican más bien, a partir de la misión civilizatoria de los padres fundadores de expandir la naturaleza del sistema político estadounidense, hacia los “primitivos” territorios del Sur. Los intereses estratégicos caracterizados por la agenda norteamericana se insertan en la carrera por el poderío naval, tanto en el mar Caribe, como en el océano Pacífico. Analizar la asimetría en la estructura del poder mundial a partir de los recursos económicos y militares requiere, ante todo, traspasar en sí mismo el espíritu injerencista de la “doctrina Monroe”. Repensar en torno a esta perspectiva imperialista como disquisición teórica implica (de) construir los guiones crípticos de una relación hegemónica entre el nuevo centro de poder galvanizado por Washington y la periferia continental; es decir, América Latina. Con ello, el dominio sobre Nuevo México tras la adquisición de Texas, en 1845, en tanto la necesidad de anexionar a la isla de Cuba debido a la creciente intromisión en los asuntos internos, terminaron dando una vuelta de tuerca en la reconfiguración de la política mundial por esta potencia en cierne.
125 En el artículo “La verdad sobre los Estados Unidos” (1979), la propuesta periférica que expone José Martí en sus escritos desde “las entrañas del monstruo” se trata, en cualquier caso, de una arqueología acerca de la voluntad colonialista de Washington. De ahí la necesidad, según Martí, de advertir a los pueblos reunidos en el sentimiento humanista y nacionalista de Nuestra América (2005) de la peligrosa expansión norteamericana hacia “los primitivos países” del continente. De hecho, la lectura detallada “Apuntes sobre los Estados Unidos” nos permite comprender, de manera desentrañada, la génesis de las preocupaciones políticas que aparecen en la producción literaria martiana. Es evidente que cuando Martí se refiere a la deseada independencia y soberanía de Cuba respecto al decadente imperio español, también reafirma una conciencia nacional cubana frente a la intromisión de Estados Unidos. El derecho a la autodeterminación en Nuestra América, parece decirnos José Martí, debe interpretarse como una tradición tanto en el pensamiento de la cultura política de la sociedad cubana, como en el interés nacional del país. Para el tratamiento de esta cuestión, se hace necesario comprender que la obra de Martí constituye sin paragón la primera gran crítica a la cultura anexionista norteamericana.
El propio nombre de la nación; es decir, los Estados Unidos de América como estructura semántica, desplegó desde su independencia, el concepto contemporáneo de la nueva Roma imperial. La organización social del espacio a partir de la parafernalia disposición de una arquitectura imperial de monumentos y edificios, así como la penetración neocolonial por la creciente hegemonía sobre el hemisferio, explica, de hecho, la voluntad de los políticos estadounidenses de representar en la estructura del poder mundial el papel de Gulliver. Incluso algunos de los personajes centrales en la historia política de los Estados Unidos, tales como Jefferson, Madison y Hamilton no solo se propusieron levantar con la planificación de la ciudad de Washington la capital de la nación, con toda la estructura burocrática que esto conlleva, sino que, además hicieron de este enclave el centro político del nuevo imperialismo. Pero este apunte requiere de un análisis semiótico sobre los dispositivos simbólicos en el proceso de formación nacional de toda “comunidad imaginada”. La simbología de la bandera imaginada por estos “pioneros criollos” (Anderson, 2007: 77) se convirtió en un elemento de estructuración para la identidad nacional de los Estados Unidos.
126 fundadores desde mediado del siglo XIX, la joven república apretó las clavijas en sus relaciones con el Gran Caribe. El crecimiento económico y demográfico a partir del
boom industrial, además del comercio transoceánico cada vez más rentable impulsó, empero, la expansión mundial acometida por la nueva hegemonía.
Ahora bien, ¿cómo entender el término de “hegemonía” cuando resulta en sí mismo escurridizo? Al intentar ofrecer algo cercano a una definición sobre esta construcción epistemológica, nos encontramos con ciertas disrupciones teóricas que tienden ad infinitum. De hecho, la abundante literatura académica producida desde las ciencias sociales deja entrever, en ese sentido, la ambigüedad conceptual que encierra esta categoría analítica. Si bien la acepción “hegemonía” toma diferentes acepciones discursivas, llegando incluso a la abstracción, y aun sabiendo que no existe una sola definición manejable, propongo una revisión lo más cercana posible a nuestro objeto de estudio. Esta aproximación teórica no pretende posicionarse de manera exclusiva ni cerrada, sino que busca asumir una posición metodológica acorde a la experiencia colonial cubana. Dicho esto, el historiador Louis A Pérez Jr. aborda en su libro Cuba in the American imagination: metaphor and the imperial ethos (2008b) con un análisis sobrio, crítico y bien documentado, como es de costumbre en sus trabajos, los tópicos íntimos, incluyendo el papel que ocupa la cultura en las relaciones bilaterales entre el Gulliver norteamericano y los liliputienses cubanos:
Cuba ocupa un lugar especial en la historia del imperialismo americano. Ha servido como una suerte de laboratorio para el desarrollo de los métodos por los cuales los Estados Unidos han buscado la creación de un imperio global. En suma, los medios usados por los Estados Unidos en Cuba constituyen un microcosmos de la experiencia imperial americana: intervención armada y ocupación militar; construcción de naciones y redacción de constituciones; penetración de capitales y saturación cultural; instalación de regímenes títeres, formación de clases políticas clientelares, y organización de ejércitos tutelados; imposición de tratados vinculantes; establecimiento de una base militar permanente; asistencia económica—o no—y reconocimiento diplomático—o no—según las circunstancias lo aconsejaran. Después de 1959, sanciones comerciales, aislamiento político, operaciones encubiertas, y embargo económico. Todo lo que es imperialismo americano se ha practicado en Cuba (Pérez Jr, 2008b:1).
Cuba y Estados Unidos: de la cercanía a la mutua desconfianza.
Si bien las relaciones políticas entre los Estados Unidos y Cuba desde el siglo XIX se han movido entre la luna de miel y el divorcio (Pérez – Stable, 2011), los vínculos culturales compartidos entre ambos países superan los nodos atrapados en el conflicto bilateral tras la subida al poder de los revolucionarios cubanos (Hernández, 2000, 2001; Pérez Jr., 1996, 2008a). Las crónicas de viajes pueden ser de gran ayuda a la hora de entender la presencia norteamericana en la narrativa de la identidad cubana. La revisión historiográfica que brinda Pérez Jr., tras descubrir en el archivo de la biblioteca de la Universidad de Emory el diario del norteamericano Joseph J. Dimock que arriba a la isla en 1859, se inscribe en la tradición literaria de relatos de viajeros que incursionan en la formación misma de la nacionalidad cubana. La crónica que ofrece este visitante se desenvuelve en torno a la idea de la anexión. Bajo la publicación Impressions of Cuba in the Nineteenth Century: The Travel Diary of Joseph J. Dimock (1998) se plantea “la
corriente anexionista” que lleva a Narciso López, en 1850, a organizar una expendición desde Nueva Orleans con el propósito de incorporar a Cuba como una estrella más de la Unión.
127 asentamiento de emigrantes norteamericanos a través de los “enclaves económicos” (Vega Suñol, 1996, 2004). La enseña cubana, imaginada por Narciso López desde el Norte, resultó ser una reproducción de la bandera de Texas. No obstante a ello, la bandera de la estrella solitaria se dirime, por encima de toda conspiración injerencista, en la gramática donde convergen los distintos relatos acerca de una conciencia nacional cubana. Asimismo, el prístino escudo de Cuba, confeccionado en el contexto anexionista, simboliza también otros de los tantos préstamos que, en cierto modo, forjaron desde el siglo XIX ese sustrato cultural compartido entre ambas sociedades. El universo simbólico de estos artefactos nacionales se tradujo en acicate para la opción anexionista. En la disertación sobre “Los factores humanos de la cubanidad” (1996), el antropólogo Fernando Ortiz indaga en torno a los ricos aportes de la cultura angloamericana en ese ajiaco criollo que representa el ethos cubano. En ese sentido, la influencia norteamericana se convirtió en un hecho sin precedentes en el fenómeno sociológico de “la transculturación cubana”. El término “guajiro” para referirse a las personas en los campos de Cuba resulta de una mal pronunciación del inglés war hero. La comunidad emigrada cubana asentada en Key West acabó traduciendo el extremo suroeste de la Florida, y punto de encuentro entre las dos orillas del estrecho, como “Cayo Hueso”. El marco teórico que sigue Pérez J., en esta ocasión de la mano del libro
On Becoming Cuban: Identity, Nationality and Culture (2008a), se trata, de un excelente análisis sobre los bordes de la cultura material norteamericana en la formación de la nacionalidad cubana en el siglo XIX.
La idea de mandar a los hijos a estudiar a las universidades norteamericanas aparece, en este contexto, como una práctica distintiva entre la élite cubana. La experiencia de esta emigración terminó adaptando en el devenir de la nación cubana nuevas experiencias culturales y narraciones de poder, entrando otrora Cuba, en el circuito de la modernidad. La afición de los cubanos por el béisbol como deporte nacional, así como por el boxeo explica el grado de coexistencia compartida con la cultura estadounidense. La creciente huella de la comunidad emigrada cubana con especial influencia en las ciudades de Tampa, Key West, Filadelfia y Nueva York fue creando vínculos de pertenencias, construyéndose discursivamente, una conciencia diaspórica más allá del espacio nacional. Partiendo de la metáfora propuesta James Clifford sobre la “construcción de hogares alejados de la propia tierra natal” (1999: 299), la tradición de la comunidad emigrada cubana en Estados Unidos es de gran interés para entender los intercambios culturales.
La producción de estas prácticas culturales por la génesis de la diáspora cubana, en tanto la disposición social que se fue articulando como parte de este nuevo “espacio diaspórico” desbordado por ritmos musicales y contribuciones intelectuales, desempeñaron un papel significativo en la tradición de la cultura política de la nación cubana. Lo cierto es que sin la contribución del exilio cubano, con mayor presencia en los Estados Unidos, no se puede entender el movimiento separatista cubano del siglo XIX. Las remesas aportadas por la comunidad tabacalera emigrada en la Florida se convirtió, en consecuencia, en la principal fuente de financiación en las guerras de independencia. La preparación de la última guerra contra el régimen colonial español tuvo lugar en el exilio. El Partido Revolucionario Cubano (PRC), encargado de aunar el esfuerzo de todos los cubanos en el contexto político de la insurrección armada, se fundó en el exilio. En 1892, el escritor Cirilo Villaverde publica en la ciudad de Nueva York tras su experiencia diaspórica la novela Cecilia Valdés o La loma del Ángel
128 La plantación cañera fue la ventana que engarzó a Cuba en el llamado sistema – mundo moderno/colonial a través de los efectos discontinuos de las economías periféricas. El sistema de plantación agrocañero en la isla como institución socioeconómica se tradujo en asidero para el comercio esclavista, en tanto que la irrupción del capital estadounidense terminó revolucionando la tecnología productiva de la industria azucarera. En ese sentido, la genealogía del primer ferrocarril de vapor construido en la periferia de La Habana tras la revolución en los transportes marcó la modernización de Cuba a partir de la singularidad norteamericana. En 1859, el relato del viajero inglés Anthony Trollope después de su paso por la isla caribeña explica como: “el comercio del país está cayendo en manos de extranjeros. La Habana pronto será tan americana como Nueva Orleans” (1859: 142 - 143).
El mercado estadounidense permeó la frontera insular para llegar a los hogares cubanos a través de artefactos modernizantes, tales como el sistema de electricidad, el teléfono, la televisión, la máquina de coser Singer, así como los autos marca Chevrolet, que si bien pueden formar parte de ese simulacro de la historia en cualquier museo, siguen transitando por las calles de La Habana. Mientras Rafael Hernández introduce el libro Mirar al Niágara: Huellas culturales entre Cuba y los Estados Unidos (2000), apoyándose en los guiones de ambas culturas superpuestos en la imagen del Hotel Baltimore, de Coral Gables y del Hotel Nacional, en El Vedado, el arquitecto Mario Coyula (2001) analiza la influencia del Norte en la construcción de nuevos barrios en La Habana, además de las medidas en el saneamiento de la ciudad. La perspectiva etnohistórica que brinda José Vega (1996, 2004) acera de los asentamientos norteamericanos en la región nororiental de Cuba surge de la necesidad, según el autor, de comprender la presencia de esta cultura.
Por supuesto, que los reacomodos introducidos por la diplomacia del dólar hicieron, en el caso particular de Cuba, una economía de enclave. De hecho, proponemos como hipótesis que: si bien Cuba no llegó a ser anexionada como una estrella de la bandera norteña por la cuestión de la esclavitud, su dependencia económica la relegaba al status
de neocolonia. Las series estadísticas acotadas por el historiador Moreno Fraginals sobre el comercio cubano – estadounidense en su clásico trabajo El ingenio. Complejo económico social cubano del azúcar (2002), hablan por sí mismas. Dicho esto, Moreno Fraginals deja entrever cómo Washington desde 1840 se convirtió, más allá de las limitaciones políticas impuestas por la metrópoli española, en el mayor inversionista, comprador y exportador de la zafra azucarera. Ni siquiera la aparición del azúcar de remolacha en la Europa napoleónica hizo acallar la danza de los millones en “la república primitiva” de la azúcarlandia. En otras palabras, la inversión del capital norteamericano en el principal producto de exportación cubano, el azúcar, se tradujo en una piedra para el zapato de la diversificación inclusiva de la isla.
129 composición somática de la sociedad cubana, con un alto porcentaje de población negra según los datos demográficos aportados por los censos coloniales (De la Fuente, 2009), además del fantasma desatado en el Caribe por la Revolución de Haití, impidieron, entre otros factores, la incorporación de Cuba a la Unión. El parteaguas del discurso (bio) político construido en torno a “la condición primitiva” de los cubanos se traduce, en este contexto, como la genealogía de una cultura imperialista en términos de Edward Said (2001).
Consideraciones finales.
Los intrincados vasos comunicantes entre las dos sociedades no hicieron sino acrecentar más los intereses intervencionistas de la política norteamericana sobre su patio trasero. La imagen “del buen salvaje” asociada al comportamiento social de los cubanos sirve, en este escenario hegemónico, como pretexto para la penetración del progreso técnico, así como civilizatorio. El simulacro de una Cuba moderna debe entenderse a partir de la presencia de ese “Otro – norteamericano” en la formación de la sociedad cubana. Los cruces permanentes en ambas direcciones del estrecho contribuyeron a esa dinámica enconada de acercamiento/ distanciamiento, que desde entonces, ha caracterizado a las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. La propia lógica de este proceso no se puede abordar, de hecho, sin tener presente la historia de la emigración cubana hacia el país norteño en las luchas por la independencia.
Pero si bien esta tendencia migratoria se explica, según el sociólogo Lisandro Pérez, a partir de la experiencia de los “destierros o exilios” (2001:83), también los cubanos se iban a estudiar a los Estados Unidos atraídos por los grandes centros culturales de ese país. En segundo lugar, el crecimiento económico norteamericano, basado en la diversificación industrial y la producción agrícola, intensificó una emigración cubana de tipo laboral. Las comunidades tabacaleras asentadas en la Florida representan este patrón migratorio, a pesar de la visión tradicional y dominante que se tienen sobre los flujos migratorios cubanos. La evolución de esta oleada migratoria marcó un punto de encuentro entre las dos culturas, en tanto que la experiencia de la diáspora cubana pone de relieve como el imaginario norteamericano sirvió de aporte para la transición política hacia la República neocolonial. El origen de las misiones protestantes en la isla es un claro ejemplo de “asimilación” de algunos artefactos de la cultura norteamericana, que según Ortiz (1996), se muestran imprescindibles en el crisol de la “cubanidad”. Los misioneros de estas órdenes religiosas desempeñaron una intensa labor en el campo educativo, donde el conocimiento del idioma inglés se tradujo en un elemento de distinción cultural para las familias cubanas.
130 cuento es un guiño de cómo los vecinos del Norte pensaron a los cubanos a partir de la categoría del “moderno – primitivo”. Por esta categoría entiendo no sólo los lazos de intimidad que acercan en la lejanía del conflicto bilateral desde 1961 a las dos sociedades, sino que también intento engarzar el discurso imperialista (Said, 2001) norteamericano en la experiencia histórica cubana. Escribir sobre esta relación supone (de) – construir la misma visión que tuvo Robinson Crusoe hacia Viernes. Con este relato colonial por excelencia, el estadounidense, Harry A. Franck (1920), introduce su etnografía a partir de la experiencia reticulada por esa “colonia – colonizante”.
Al borde del muelle había un grupo de estos encantadores nativos tocando una guitarra y moviendo unas marugas grandes y gritando unos ruidos infernales que ellos debían llamar música. También había, como decorado para la orquesta aborigen, una tienda al aire libre que vendía frutos del árbol del turismo: castañuelas, abanicos pintarrajeados, las marugas de madera, palos musicales, collares de conchas de moluscos, objetos de tarro, sombreros de paja dura y amarilla y cosas así. Mrs. Campbell compró una o dos cosas de cada renglón. Estaba encantada. Le dije que dejara esas compras para el día que nos fuéramos. Honey, dijo, “they are souvenirs” (2008:
187 – 188. Cursiva del original).
En efecto, la intervención de los Estados Unidos en la guerra de independencia de Cuba tras los acontecimientos del Maine, en 1898, vino acompañada por una creciente emigración norteamericana. Estos emigrantes llegaron a la isla como los nuevos agentes colonizadores. La sórdida guerra contra España provocó una grave crisis en la agroindustria cubana. Los plantadores cubanos enfrentaron el estancamiento económico con la caída del comercio azucarero y, por otra parte, se vieron limitados a los préstamos internacionales. La ocupación militar estadounidense mantuvo a la isla como un protectorado entre 1899 y 1902, impidiendo la participación de los representantes del Ejército Libertador en las negociaciones que llevaron a España a renunciar, con el Tratado de París, a la soberanía de sus últimas colonias. Cuando en 1906 el presidente Theodore Roosevelt se refirió a Cuba como “esa republiquita infernal” (Schoultz, 2009), las tropas de intervención estadounidenses hicieron de la isla un protectorado militar hasta 1909.
La Enmienda Platt, entendida en el presente trabajo como una continuación de la doctrina Monroe, secuestró la independencia y el derecho de Cuba a la autodeterminación, relegando la soberanía nacional a una mera formalidad estadounidense. Este apéndice incorporado a la Constitución de la República de Cuba de 1902 limitaba a las autoridades del país la posibilidad de firmar tratados internacionales, determinaba el gasto de la deuda pública, y además garantizaba a las fuerzas ocupantes la intervención “para el mantenimiento de un gobierno apropiado para la protección de vidas, propiedad y libertad individual” (Pérez Jr., 1986). En 1903, el Tratado de Reciprocidad introducido como anexo al texto constitucional se tradujo en un callejón sin salida para el desarrollo inclusivo de la economía cubana. Si bien los azucareros cubanos encontraron un precio preferencial en el mercado norteamericano a partir de los bajos aranceles ofrecidos por la reciprocidad comercial, la dependencia al capital extranjero selló el destino político de la joven República en el monocultivo.
131 aquí, así como el alto desempleo provocado por el estancamiento azucarero, marcó la vida política republicana. A su vez, la resistencia del movimiento obrero y estudiantil a la reelección de Machado, en 1928, vino a representar a través de un programa nacionalista la frustración del pueblo cubano. Sin embargo, la ruptura del corporativismo cubano se convirtió en un problema para los intereses geoestratégicos de Estados Unidos en la región. La manera de hacer política por los cubanos siempre estuvo bajo sospecha, el golpe de Estado de Batista en 1952 explica la visión primitivista de la isla en los contornos de la cultura política norteamericana.
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