I Encuentro Universitario de Sostenibilización Curricular Diseñando la Educación para una Sociedad Sostenible
SOSTENIBILIDAD
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Rodríguez Jiménez, Rosa María1
1: Departamento de Ciencias
Escuela Politécnica
Universidad Europea de Madrid
c/ Tajo s/n, 28670 Villaviciosa de Odón (Madrid)
e‐mail: rosamarí[email protected]
Resumen. En los últimos años venimos observando una profusa utilización del concepto sostenibilidad en distintos ámbitos sociales, económicos y políticos. En el ámbito educativo varias universidades han incluido de un modo u otro criterios de sostenibilidad en sus respectivos currículos. Se podría decir que está de moda hablar de sostenibilidad curricular. En este artículo, se ofrecen algunas reflexiones al respecto. Es evidente que el ser humano debe modificar pensamientos, actitudes y comportamientos, si pretendemos dejar un mundo habitable en las mejores condiciones posibles a las futuras generaciones. Inevitablemente, esto requiere de un trabajo serio y comprometido con la formación en valores, sin la cual la sostenibilidad pasaría a ser un vocablo vacío, sin contenido.
Palabras clave: Sostenibilidad curricular, formación en valores, formación integral,
educación superior, profesorado.
1. INTRODUCCIÓN
Los términos sostenibilidad y desarrollo sostenible se emplearon inicialmente en
ámbitos ecológicos y medioambientales, pero fue a partir del Informe de la Comisión
Brundtland “Nuestro Futuro Común” en 1987 cuando su uso se hizo extensivo. La
Comisión Mundial para el Medio Ambiente y el Desarrollo (UNCED), a través de dicho
informe, introdujo el concepto de Desarrollo Sostenible o Duradero, definiéndolo
como “el desarrollo que satisface las necesidades actuales de las personas sin
comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las suyas”
(UNCED, 1987, 23). En 1992, la misma Comisión organizó la denominada “Cumbre de la Tierra” en Río de Janeiro, Brasil. En dicha reunión, representantes de 179 gobiernos analizaron temas críticos en relación a la sostenibilidad y la conservación de los recursos naturales, y realizaron un plan de acción que se vino a denominar la “Agenda 21” o “Programa 21” (ONU, 1992). El objetivo del programa era promover actividades
que protegieran y renovaran aquellos recursos medioambientales de los cuales
dependían el crecimiento y el desarrollo. En particular, En la Agenda 21 se desgranan acciones para la consecución de los siguientes objetivos:
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Más allá del guiño humorístico, surge como evidente el reflexionar sobre cuántas de
nuestras acciones se podrían denominar sostenibles y cuantas no. Cuando digo
nuestras me refiero a todos los ámbitos en los cuales los individuos nos relacionamos:
como consumidores, como gestores, como docentes, etc. Tal vez sería adecuado
pensar si la crisis no sólo económica sino social que existe en este mundo global no está conectada con la falta de considerar criterios reales de sostenibilidad en las distintas tomas de decisión que realizamos cada día.
Según el catedrático José Miguel Veza (2012,1), cuando hablamos de sostenibilidad
nos referimos al “estado final al que queremos llegar, un estado ambientalmente vivible, económicamente viable, y socialmente equitativo”. Según esta definición, la sostenibilidad es un objetivo en sí mismo. Por su parte, el término desarrollo sostenible tiene que ver con un proceso de cambio, con el camino que es necesario recorrer para alcanzar el objetivo de sostenibilidad. Por tanto, de lo que se está hablando es de orientarse hacia una igualdad intra e intergeneracional, en la cual se tengan en consideración de modo equilibrado las relaciones con el entorno, y se impulse una
distribución equitativa y más justa de los recursos entre toda la población.
Lamentablemente, en los últimos años, y de un modo global, se han agudizado
drásticamente las desigualdades en el uso de los recursos (Oxfam, 2013), lo que cada vez más hace inviable una vida digna para millones de personas en todo el mundo. Esto justifica una profunda reflexión en cuanto a nuestra parcela de responsabilidad. No es posible hablar de sostenibilidad sin replantear y revisar cómo son nuestras actitudes y comportamientos, e incluso nuestras ideas sobre estos temas. Esta revisión
debería realizarse continuamente. Se pueden enumerar numerosos ejemplos en los
cuales no se es del todo consciente del impacto que nuestra acción diaria como consumidores tiene en países en vías del desarrollo. A modo de muestra, tan sólo se citarán un par de ejemplos.
La adquisición compulsiva de las últimas novedades tecnológicas en los países
occidentalizados agudiza el impacto que los residuos generados (en cuanto a número y
tipo de residuo) tienen en el medioambiente y la salud de poblaciones más
vulnerables. Según un estudio Greenpeace del 2010 (www.greenpeace.org), en Europa
los residuos electrónicos están sufriendo un crecimiento del 3 al 5% al año, casi tres veces más rápido que el total de los residuos, y en España se generan cada año 120 mil
toneladas de basura electrónica: pilas, electrodomésticos, celulares, computadoras,
etc.
Por citar un segundo ejemplo, consideremos el mundo de la moda. Los continuos y rápidos cambios en las tendencias hacen que desde países occidentalizados se marque un determinado ritmo de producción. No siempre el consumidor final es conocedor de que en muchas ocasiones la elaboración de un determinado artículo se ha realizado en un escenario de condiciones laborales precarias y de falta de derechos para los
trabajadores que las han realizado. En este sentido, las campañas Ropa Limpia
(setem.org), presentes en numerosos países, pretenden concienciar y trabajar para
comportamientos más responsables.
A esto se le une el hecho de que en numerosas ocasiones la propia sostenibilidad se convierte en un negocio próspero a través de subvenciones, ayudas o primas que hacen que determinadas empresas o instituciones vulneren los mínimos exigibles. Así,
podemos encontrar ejemplos de mataderos a los que la legislación impide verter
residuos al alcantarillado con elevada concentración de deshechos orgánicos, de modo que en vez de soltar 100 litros de agua, se toma la decisión de soltar 100.000 litros, disminuyendo así la concentración; centros comerciales en los que se abusa en la utilización de los sistemas de calefacción o de refrigeración como un modo de atraer al
cliente en momentos de temperaturas extremas; empresas con procesos que
requieren la utilización de grandes depósitos de agua y donde un fallo de operación supone un vaciado completo de un tanque; o instituciones que en sus solicitudes de financiación para llevar a cabo proyectos vinculados a la integración de personas con discapacidad o de respeto a los derechos humanos, no siguen criterios sostenibles.
De nuevo, una actitud crítica y constructiva desde el lugar que cada uno ocupa en la
sociedad es un modo de colaborar de modo activo y responsable con lo que
pretendemos sea un futuro mejor.
3. EDUCACIÓN EN VALORES
Así, en la actualidad, el hablar de sostenibilidad implica hablar desde un enfoque ético que tenga en consideración no sólo aquello que se refiere a la protección del medio ambiente, sino aspectos entre otros como la reducción de la pobreza, el cumplimiento de los Derechos Humanos, y la promoción de la salud y la educación para todos los seres humanos sin distinción, de un modo justo y equitativo. A este respecto, es necesario recordar que la Educación Superior es una herramienta importante para la solución de muchos de los problemas globales. Ya en el informe Delors (1996) se ponía de manifiesto que una educación en su pleno desarrollo debe apoyarse no sólo sobre el Aprender a conocer y el Aprender a hacer, sino sobre los pilares de Aprender a vivir juntos y Aprender a Ser. Aunque tradicionalmente la Universidad se ha centrado en los dos primeros, en los últimos años y cada vez con más fuerza se han trabajado los dos últimos vinculando la formación superior a la educación en valores. Esto ya fue ratificado en 1998 por la propia UNESCO en su informe sobre “La educación superior y el desarrollo humano sostenible”. A pesar de diferencias en sus misiones, objetivos y dinámicas de funcionamiento, las distintas entidades tanto políticas como educativas están de acuerdo en que la formación en valores es algo que debe impregnar los distintos niveles educativos desde los más elementales hasta los cursos superiores (Rodríguez, Castaño y Terrón, 2013; Martínez, 2008; Cortina (1997).
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Como respuesta a este incremento en la toma de conciencia sobre las dificultades que
afronta el planeta, numerosas universidades han firmado declaraciones, como la
Declaración de Talloires (1990) o la Carta Copernicus (CRE, 1993), que las
comprometen a introducir el Desarrollo Sostenible en la formación que ofrecen.
Centros como el MIT o las Universidad de Columbia o Yale, en Estados Unidos, o las de Lüneburg, Uppsala, London MET o HAW en Europa1 son ejemplos de la viabilidad e interés que tiene el incluir criterios de sostenibilidad en la formación que ofrecen a sus alumnos (Leal, 2012).
En España, en 2002, la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas aprueba por unanimidad la propuesta para la creación del Grupo de Trabajo de la CRUE para la
Calidad Ambiental y el Desarrollo Sostenible. Este grupo elaboró un conjunto de
directrices a considerar en el diseño y desarrollo de los contenidos curriculares de los diversos planes de estudio. El objetivo último es que el alumno sea un elemento modificador de su entorno a través de:
Su compromiso con el desarrollo social sostenible, en lo económico, lo
sociocultural y lo medioambiental, poniendo sus competencias y habilidades al servicio de cambios sociales positivos. Esto implica el asumir como la propia actividad profesional tiene impacto sobre la sociedad y el medio ambiente, a escala tanto local como global.
El ejercicio de la ciudadanía, desde una perspectiva ética, contribuyendo al
establecimiento de la paz y la democracia, con una actitud solidaria y
responsable ante el cumplimiento de derechos y obligaciones cívicas, tanto en el ámbito público como en el privado.
La convivencia en entornos multiculturales trabajando en equipos
multidisciplinares desde la escucha activa, el respeto a la diferencia y la
responsabilidad aportando propuestas realistas que contribuyan al desarrollo
sostenible.
El Espacio Europeo de Educación Superior ha supuesto un cambio en el enfoque de la
educación, haciendo que los nuevos títulos de grado contemplen no sólo una
formación técnica sino una formación basada en competencias. Igualmente, es el
momento oportuno de trabajar para incluir otros aspectos como son la educación en gestión de emociones o la educación en valores. La Academia tiene la responsabilidad de formar de modo integral; no se trata sólo de formar profesionales, sino personas;
personas desde su concepto más amplio en cuanto a conocimientos, actitudes y
valores; personas que estén preparadas para un mundo que cambia a gran velocidad y en el que las decisiones tomadas hoy influirán a las generaciones del mañana.
Y para aportar esta formación al alumnado, surge de nuevo la necesidad de tomar conciencia por parte del profesorado. No se trata sólo de proponer actividades o
diseñar planes de estudio que contemplen temas medioambientales, de cooperación
al desarrollo, derechos humanos o discapacidad, que también, sino que se hace
necesario revisar ideas, actitudes y comportamientos dando ejemplo desde el
momento en el que entramos en un aula.
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El profesorado deberá actualizar su formación continuamente, pero no es preciso ser un experto en determinados temas para poder trabajar la formación en valores. Si
trabajamos de modo colaborativo, y compartimos buenas prácticas, podremos sin
duda aportar nuestro granito de arena en esta tarea. Es necesario establecer
estructura, metodología y criterios de evaluación, pero es importante no perder de vista lo importante.
Dice Alessandra Boni en el prólogo del libro: Educación en valores en el ámbito
universitario (Rodríguez, Castaño y Terrón, 2013) que el Espacio Europeo de Educación
Superior, podría hacer sido una excelente oportunidad para potenciar las
competencias éticas en el currículum, pero que en numerosas universidades se ha
ignorado la formación en valores. No se trata de adoctrinar sino de trabajar en los
valores morales que caracterizan una sociedad democrática y que fundamentan como
indica Cortina (1997) una ética mínima: libertad, igualdad, solidaridad, respeto activo, diálogo, responsabilidad, respeto a la diversidad, aceptación de la diferencia y justicia. Desde la enorme suerte que supone trabajar en educación, en formar a los jóvenes
que tomaran las decisiones futuras en nuestro mundo, tengamos presente la
responsabilidad que esto supone y trabajemos de modo colaborativo para impulsar
criterios reales de sostenibilidad en nuestras aulas.
4. CONCLUSIONES
Las conclusiones principales de este trabajo son las siguientes:
Los conceptos de sostenibilidad y desarrollo sostenible han sido presentados por
distintos organismos internacionales como el único modo de garantizar las
necesidades de las personas sin comprometer las de las generaciones futuras.
En la actualidad hay varias universidades que han tomado el testigo desarrollando aspectos de sostenibilidad curricular en sus planes de estudio, y cuya actuación puede ayudar a aquellas que se inicien ahora.
La inclusión de criterios de sostenibilidad curricular (sociales, económicos y
medioambientales) en la educación superior va unida a una educación en valores.
La educación en valores no significa adoctrinamiento, sino que se refiere a aquellos
valores morales que fundamentan las sociedades democráticas.
Las instituciones educativas y los docentes tienen una gran responsabilidad en la tarea de formar de manera integral a sus alumnos. Y esto debe hacerse desde un posicionamiento crítico de toma de conciencia, y de capacidad para salir del propio área de confort.
La colaboración y el intercambio de buenas prácticas entre el profesorado puede animar a profesores reticentes a abordar estos temas.
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5. REFERENCIAS
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y el Desarrollo Nuestro Futuro Común. Anexo al documento A/42/427‐ Desarrollo y
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Leal, W. (2012). Sustainable Development at Universities: New Horizons. Vienna: Peter Lang Scientific Publishers.
Martínez, M. (Coord.) (2008). Aprendizaje servicio y responsabilidad social de las
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Veza, J. M. (2012). Sostenibilidad: preguntas frecuentes… y algunas respuestas. Lección