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Discursos sobre la conquista de México y Brasil

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Discursos

RA51L

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EXICO

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Rosa Maria ;pinoso Arcocha

Rosa María Spinnso Arcocha(-~slicen ia I en Histuria porlal'\',con ma .tríaydoctorado en HistoriaSo~ül('n Brasil por las universidades Federal de Uberbndia yF 'deral Fluminense. Ha escrito articulos sobre género e hi,Loria de las mujeres.

L

a idea de abordar la conquista desde una pers-pectiva brasileña surgió de una invitación para participar en un seminario permanente en la Facultad de Historia de la Universidad Veracruzana, cn el quc se me propuso "repensar la conquista, sacu-diendo la capa de plomo discursiva e identitaria que esteriliza la escritura de la historia de México".1

La propuesta cra ofrecer una rápida visión de la forma como "se considera diseursivamentc la con-quista en el Brasil" y confrontarla con la mexicana, ya que, para algunos historiadores, ésta se metió en un verdadero "hoyo negro donde se pierde y agota", impedida por la historiografia nacional de expandir sus horizontes hacia otras lecturas y posibilidades in-terpretativas, debido a su compromiso identitario con la nacionalidad.

Se trataba de un problema para el cual -pensé-sería interesante oír otras voces, aunque fuesen dis-cordantes o, mejor aún, principalmente por eso; ver la historia de la conquista desde otras perspectivas y verificar los diferentes sentidos que se le pueden dar a procesos históricos paralelos.

y aunque al principio me resultó dificil desarro-llar tal idea, ya que la historiografía brasileña no in-corporó en su periodización el término "conquista", después me di cuenta que aun así existía la noción de obstáculos superados o vencidos, aunque expresada de forma diferentc. En NIéxico, al contrario del Brasil, la conquista ocupa todo un periodo de su historia, que fue pintado en términos nacionalistas como el origen de los majes nacionales. Si bien hay autores extran-jeros que la ven a partir de un problema de lenguaje,

En México/al contrario del Brasil/

la

conquista

ocupo todo un periodo de

su historio, que fue pintado en términos

nacionalistas como

el origen de los

males nacionales.

por lo que inician sus análisis discutiendo un vocabu-lario pertinente, otros prefieren verla como parte de un proceso civilizador y pacificador.

Por tanto, el objetivo aquí es revisar algunas de esas opciones de lectura, pero también ver cómo las oficiales han servido para la legitimación de regí-menes políticos o construcciones identitarias nacio-nales.

La conquista y los problemas del lengua¡e

En julio de 2005, durante el XXIII Encuentro Nacio-nal de laANPU-¡2que tuvo lugar en la ciudad de Lon-drina, estado de Paraná, región sur del Brasil, tuve la oportunidad de escuchar una interesante ponencia cuyo largo título comenzaba así: "Conquista do Méxi-co ou queda de MéxiMéxi-co-Tenochtitlan ...",3 "Conquis-ta deel México o caída de México-Tenochtitlan ... "

1Me refiero a mi amigo el Dr. Cuy RozaL, a quien agradezco

la invitación ysus comentarios críticos.

"Associayao :"Jacional de Proressores Unjversil:.c'Írios de Histólla.

JDos Santos, Eduardo Naralino,Conquista do iVléxico ou que-da de J'vléxico 7énoch/itlan? Guerras e alianra.\ entre co.lleLlanos e alteJie-me alteJie-me.loaalteJie-mericanos na prialteJie-meíra alteJie-me/ade do século XVi. Disponible en: hllp: / / \\'ww.ilch. unicamp_ br / ih b/ esrudos/ ConqMcx .pdr

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y

después de señalar el artículo

y

la preposición

que en el texto

antece-dían a la palabra IIMéxico

ll,

decía que su objetivo era mostrar que

lila caída de

México·Tenochtitlan

y

la conquista

de los territorios de la Nueva España

se relacionan pero no son equivalentes".

El autor comenzaba con dos citas de la versión en portugués de una conocida obra de la historiografía sobre América:

fue necesario esperar la tercera expedición (diri-gida por Hernán Cortés) para que, por fin, tu-viera inicio la conquistadel i'vléxico [...] Durante

la ausencia de Cortés, su teniente, Alvarado, que se quedó en México fue presa del miedo y

ma-sacró preventivamente a una parte de la nobleza mexica.'+

y después de señalar el artículo y la preposición que en el texto antecedían a la palabra "Ivléxico", decía que su objetivo era mostrar que "la caída de México-Tenochtitlan y la conquista de los territorios de la Nue-va España se relacionan pero no son equiNue-valentes". La idea era discutir la equiparación que se da a los dos hechos en los libros de historia y manuales escolares, en los que se presentan como si ambos hubiesen sido la misma cosa. O sea, queria él mostrar que la caída de Tenochtitlan no significó la conquista de México, y que si bien esos términos son utilizados indistintamen-te, su sentido historiográfico es o debería ser diferente. El autor no citó los libros y manuales en que se basó.

y para los que observasen -como YO-, que ese análisis de la conquista a partir de la distinción en-tre México y el México sólo podía tener sentido en

portugués, ya que en español el artículo definido no antecede al nombre del país, insistía él en que el uso o ausencia de tal artículo en vez de confundir debería servir para distinguir, por un lado, "el lento proceso de conquista" de lo que hoyes México, y por otro la conquista de la más importante ciudad azteca.

Para él, esa confusión entre conquista de :México y caída de Tenochtitlán no es resultado de una falta de atención de los historiadores, sino el "reRejo de un pro-blema historiográfico más amplio que se relaciona con una visión de la historia colonial americana amplia-mente aceptada y clifundida" que, en términos histo-riográficos, pretendía resolver "el problema indígena" ya desde 1521. Y más, sugería que tal equiparación era

IBernand, Carmeny Serg Gruzinski, História do Novo ¡\;Jun-do, Edusp,Sao Paulo, 1997.

34 INVIER O, 2009

lJihlljn: B. S.l.

"tributaria de la historia oficial mexicana, construida durante el sigloXIX y la primera mitad del siglo)c'C".

Nada sé respecto a tal equiparación basada en el uso o la ausencia del artículo definido pero, realmente, no hay duda de que el modelo d.iscursivo historiográ-fico mexicano fue construido en el siglo XIX, se cuerde o no con el autor sobre la cuestión de la con-quista. Yo misma revisé algunas obras para verificar si sus aseveraciones eran procedentes; sin embargo, y lo más importante, es que tales aseveraciones me alerta-ron sobre algo d.iferente: la existencia y posibilidad de otras lecturas e interpretaciones de los términos con-sagrados por una historia que estamos acostumbrados a ver como "natural", como si hubiese existido desde siempre y que sólo a los mexicanos pertenece.

La conquista yolras cuestiones en México

y Brasil

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En México,

los conquistados

fue-ron los indios

y

por tanto las

principales víctimas

de los

invaso-res españoles;

en el caso del Brasil,

la idea de conquista parece

inci-dir más sobre el territorio,

lo que

exento su historio de ese victimismo.

la conquista ha sido la base de un discurso identitario nacional, construido sobre la idea de pérdida y de un determinismo victimista (que parece haberse vuelto nostálgico, principalmente después de la aproxima-ción diplomática con España), que tendía a achacar los males del país a los 300 años de colonizacíón es-pañola. En el Brasil, en donde he vivido por 35 años, si bien existe una idea popular más o menos genera-lizada de que si no hubiese sido colonizado por los portugueses elpaís tal vez sería mejor, no se percibe, o al menos no de forma nítida, ese sentimiento de vic-timacíón.

En .Méxíco, los conquistados fueron los indios y por tanto las principales víctimas de los invasores espa-ñoles; en el caso del Brasil, la idea de conquista parece incidir más sobre el territorio, lo que exenta su historia de ese victimismo, sustituido por una especie de "ufa-nismo" ante las hazañas de los bandeirantes.

En México, los vencidos fueron los nativos; en Bra-sil, la naturaleza; por eso mientras el primero comenzó con una derrota, el segundo lo hizo con un triunfo. No es casual que dos clásicos de sus respectivas historio-grafias lleven por título Visión de los vencidosy Visión del paraíso." "Desde su descubrimiento -dice una autora brasileña-, el Brasil y su gente fueron colocados aliado de la naturaleza, como algo dado, para ser contempla-do, admirado y exaltacontempla-do, pero en sentido contrario al de la cullura y la civilización". Autores como Gilberto Freyre ofrecieron una visión triunfante de un Brasil donde la naturaleza predominó sobre la cultura. "El Brasil, en síntesis, creó una cultura dominada por la naturaleza, una cultura no sólo vigorosa, sino deseable de ser lo-grada a ojos de muchos extranjeros".G

y esos, me parece, fueron los tonos que marcaron la pauta de las historias patrias brasileña y mexicana, también bastante nítidos, por cierto, en sus respecti-vos himnos nacionales. El del Brasil obedece a una especie de triunfalismo tendiente a exaltar más la na-turaleza que a la gente, o las bellezas, la ríqueza yel

tamaño del país, mientras que el mexicano resulta ser un grito de guerra.

Es más, en el caso del himno brasíleño, si bien la música fue compuesta desde 1823, inmediatamente después de proclamada la independencia, la letra sólo fue escrita en 1909 y sólo se utilizó desde 1922, aun-que oficializada por ley en 1971. La demora se debió, justamente, a que las diversas tentativas anteriores no habían agradado, entre otras cosas, por el tono resen-tido contra los portugueses, yeso cuando no se caía en la franca adulación hacia el rey. Así, se optó por una letra más optimista, por no decir ufana y conciliadora, que exaltase una naturaleza elevada a la condición de "nacional" por derecho.

A continuación, algunas estrofas para ilustrar:

Deitado eternamente em berfo espléndido, ao som do mar e¿¡luz do céu profundo, fitlguras, óBrasil, floriio da América,

iluminado ao sol do novo mundo! Do que aterra maú garrida

Teu.s risonhos, lindos campostémmaüflores; "Nossos bosques tém mais vida",

"Nossa vida" no teu seio "mais amores".

6

pátria amada, Idolatrada) Salve! Salve!

Yaciendo eternamente en cuna espléndida, al son del mar y a la luz del cielo profundo, refulges, ¡oh Brasil! guirnalda de la América, iluminado por el sol del Nuevo .Mundo. Quela tierra más aguerrida,

tus risueños, lindos campos tienen más flores; nuestros bosques tienen más vida,

nuestra vida en tu seno más amores ¡Oh patria amada,

idolatrada! ¡Salve, salve ... !

Pero continuando con el tema de la conquista, en términos historiográficos no existe propiamente una

; Para el caso del Brasil me refiero a: Buarque de Holanda, Sergio, Visao do Paraíso,'laed., Brasiliense, Sao Paulo, 199+. Corno lo sugiere en el subtítulo, la obra trata de los motivos "edénicos" para el descubrimiento y colonización del Brasil. El autor dc-construye el imaginario del Paraiso Terrenal que los españoles e ingleses crearon sobre las tierras recientemente descubiertas, opo-niéndok la visión prácticayel sentido utilitario de los portugue-ses, un pueblo supuestamente poco imaginativoymás apegado al lenguaje directo que al metafórico.

GPesavento, Sandra,Paraísos Cruzados: Diálogos do Encantamento e do Desencantamento do ¡\!fundo. (Gilberl/J Freyre e Sérgio Euarque de Holanda).

En: www.unicamp.br/siarq/ sbh / paraisos_cruzados.pdf

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"conquista do Brasil", incluso porque no existía un Brasil, como cuestionael autor re ponsable del capi-tulo ln;dal de una obra clave, História Ceral do Brasil.

Revisándola, se puede percibir que la periodicidad adoptada comienza con la colonización portuguesa, y que la idea de conquista tiene más una connotación espacial y territorial anterior al Brasil: la conquista del "lVIar Océano" o la conquista del "Nuevo Mundo", incluidas ahí las historias de África y de la esclavitud negra.!

Así, la historia oficial brasileña no tiene indios

pre-colombin~s,ya que comienza en 1500 con la llegada de Pedro Alvarez Cabral, considerado su descubridor. Tampoco tiene una conquista como la mexicana, ya que a ese descubrimiento siguió luego la Colonia o, mejor, el periodo "precolonial" de 30 años, durante el cual los portugueses no demostraron gran interés por colonizar. Se limitaron a explotar y comercializar el "pau-brasil" en factorías establecidas en la costa, con rápidas incursiones tierra adentro para cazar indios. Éstos resultaron mal negocio como mano de obra, ya que no se dejaban domesticar fácilmente y huían siem-pre que podían, de donde comenzó a forjarse la idea del indio perezoso tan común hoy en día.

No fue sino hasta la introducción de la caña, en 1530, por lVlartin Afonso de Souza, cuando se fundó el primer ingenio azucarero (1533) Y comenzaron a delinearse los que un historiador considera "los rasgos básicos [y] una cierta fiJiación de la colonización por-tuguesa en América", conforme la experiencia que los lusitanos ya habían adquirido con éxito en las islas atlánticas.8 Así, los nativos brasileños entraron en la historia como parte de una naturaleza hostil a la que había que domar, cuando no vencer.

y con eso no quiero hacer juicios valorativos ni decir que una historia está mejor contada o es más verdadera que la otra. Lo que quiero decir es que cada historia es construida y contada en cada socie-dad según sus intereses específicos, que pueden ser coyunturales. En el caso de lVléxico, esto ocurrió en el siglo XIX, cuando surgió una clara tendencia a for-jarse una historia legitimadora de un discurso nacio-nalista que escogió al indio como víctima oficial, pero al indio muerto, el del pasado precolombino. En el

, Linhares, Maria Yedda (coord.), Histólia Geral do Brasil, 9"

ed. (corr. y actualizada), Campus, Rio deJaneiro, 1990.

8Teixcira da Silva, Francisco Carlos, <'Conquista e coloni-za<;:ao da .\mérica portuguesa. O Brasil Colonia, 1500/1750",

Históna Ceral do Brasil, op. cit., p. 56.

9Fcrnández Billencourt, Circe María, As "Tradi<;:oes

Nacio-nais" no ensino da História e o ritual das restas cívicas, Pinsky, Jaime (coord.), en O eflsino da Histó'ú¡ e a cria}ao de.!(¡to, 9' ed., Sao

Pau10, Contexto, 200 1, p. 62

36 • INVIERNO, 2009

Cada historia es construida

y

contada

en cada sociedad

según sus

intere-ses específicos, que pueden ser

coyunturales.

En el caso de México,

esto ocurrió en el siglo

XIX,

cuando

sur-gió una clara tendencia a foriarse una

historia legitimadora de

un discurso

nacionalista que escogió al

in-dio como víctima oficial.

Brasil el indio no tuvo el mismo peso para la cons-trucción identitaria, a pesar de los intentos literarios del romanticismo decimonónico para elevarlo a per-sonaje protagónico, por lo que la noción de conquista se transfirió hacia la cuestión territorial, dejando más espacio para el mérito que para las acusaciones.

Hacia las primeras décadas del siglo xx, la cons-trucción del discurso historiográfico brasileño fue do-minada por la idea prevalente entre las oligarquías políticas paulistas, que veían a Sao Paulo como la "locomotora de Brasil", representada por la figura

del bandeirante. Los bandeirantes paulistas fueron vistos

como sinónimo del valor aventurero y enérgico, cuya epopeya propició la expansión territorial y, por ende, la idea de que sólo la gente paulista es trabajadora en Brasil. Diversos autores se dedicaron entonces a can-tar a la Patria, destacándose entre ellos Olavo Bilac, con su obraEl cazador de esmeraldas, en que contaba la

historia de Fernao Dias Páes Leme, símbolo del ban-deirantismo paulista.

Así, en los tiempos políticos del "café con leche", como se conoció a la alternancia política entre los es-tados de Minas Geraisy Sao Paulo, las oligarquías de este último legitimaban su propia dominación con la historia de losbandeirantes paulistas, ya que habían sido

éstos quienes habían "ensanchadola patria".9 Es más, con su historia se legitimaba también un estado autori-tario y disciplinado, con una población que debería ser "obediente a la firme unidad del comando".

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Los mexicanos, en su busca de una identidad,

optaron por reconocerse en

los indios, pero no en los vivos, sino en los indios muertos;

aquellos

del pasado prehispánico o, como diría Guy Rozat, los indios imaginarios.

Darcy Ribeiro- no dijeron ninguna palabra de piedad por los millares de indios muertos, por las aldeas in-cendiadas, por los niños, por las mujeres, por los hom-bres esclavizados. Todos eso ellos

Uos

misioneros] lo vieron en silencio".10

y una vez que los indios entraron en esta historia, como no podía dejar de ser cuando se tiene como tema de fondo la conquista, este fue otro de los aspectos de las construcciones estereotipadas que las respectivas

intelligentsias coloniales hicieron sobre ellos. En el caso

de los brasileños, se creó un imaginario basado en la pereza ya que, como dijimos, casi siempre fracasaron las tentativas de esclavizarlos y usarlos como mano de obra. "Los indios eran Aojos", es el estribillo que aún repiten en Brasil personas que no saben que la Aojera es un concepto usado por la moral capitalista como contrapunto del trabajo, en el proceso de sacraliza-ción de éste.

Porque el capitalismo se nutre de la explotación de la mano de obra, por lo que el trabajo fue someti-do a un proceso de valoración que lo elevó, incluso, a cualidad moral y religiosa. El trabajo se volvió sagra-do porque las sociedades capitalistas necesitaban gen-te trabajadora, tanto como el diablo necesitaba a los Aojas para poblar su infierno. Así, la pereza se volvió pecado y los indios, que nada entendían de trabajo ni mucho menos de cielos e infiernos cristianos, fueron (des)caracterizados como flojos.

y los brasileños, en su búsqueda de una identidad propia, comenzaron a reconocerse más en la extrañe-za hacia el portugués que por su identificación con los indios, con quienes prefirieron marcar una distancia y una diferencia de superioridad. Fue sólo en el siglo xxcuando autores como Cilberto Freyre y después el propio Darcy Ribeiro comenzaron a ver al indígena como integrante de una de las tres matrices que die-ron origen al pueblo brasileño, junto con los blancos europeos y los negros africanos.

En el caso de Freyre, a pesar de su "lusotropicalis-mo", usado por los portugueses para justificar su co-lonialismo en África, y por el que fue criticado por sus pares, en él hay una percepción positiva del mestizaje y la valoración de la cultura como objeto y fuente de investigación.1IEn la opinión de una conocida histo-riadora,12 fue él quien lanzó en Brasil las bases para un análisis del mestizaje cultural desde una perspec-tiva armoniosa y no necesariamente excluyente. Fue

Dibujo: B. S. Z.

también quien incorporó al indio y, principalmente, al negro como elementos positivos en la configuración del pueblo brasileño.

Los mexicanos, en su busca de una identidad, op-taron por reconocerse en los indios, pero no en los vivos, sino en los indios muertos; aquellos del pasa-do prehispánico o, como diria Cuy Rozat, los indios imaginarios, pues el indio real también era conside-rado un flojo -tanto como el brasileño-, cuando no un borracho y mentiroso. Sobre este indio vivo tam-bién se fue creando un imaginario cuyos trazos más sobresalientes eran la maña, el silencio, la simulación,

10Ribeiro, Darcy, Opavo brasilelro. Ajorm.afilo e o senlido do Brasll,

Companhia das Letras, Sao Paulo, J997, p. 62.

1IFreyre, Gilberto,Casa-grande& Sim:::.ala, Global Editora,

Sao Paulo, 2005.

" De Mello e Souza, Laura, 'I\spectos da histonografia da Cultura sobre o Brasil CoJonial",HislO1iograjia Braslleira cm

Pmpec-liva,Contexto, Sao Paulo, 2003, pp. 17-38.

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-Dihujo: B. S Z.

resumidos en el término "ladino", que los designaba cuando estaban aculturados o residían en los centros urbanos. De acuerdo con el diccionario, "ladino" era originalmente el sefardí o judío-español; hoy significa "marrullero, zorro, taimado, bellaco, tramposo, pérfi-do", y muchos otros adjetivos (des)calificativos.

Esas supuestas características, aunadas al alcoho-lismo, la tristeza yel silencio, hoy son analizadas por algunos historiadores como fugas y formas de resis-tencia pasiva contra la aculturación y la explotación a que fueron sometidos en el ámbito de la vida co-tidiana. El alcoholismo los alienaba y el silencio los encerraba en sí mismos, los "ensimismaba", de ahí la imagen romántica del indio triste y melancólico.

tiCon "historiografía mediática" me refiero a la publicada en

periódicos y revistas comerciales para consumo rápido; si bien aún quedaria por discutirse si eso es historiografía. A su favor hablael hecho de que a menudo es producida por historiadores serios y consumida por una mayor cantidad de gente. Véase Villa, núm.

1733, Editora Abril, Sao Paulo, 9 de enero de 2002. Veja On-line. Disponible en; http://veja.abril.com.br/ especial/artigos_200 1/ p_158.html

38 • INVIE NO, 2009

Como podrán imaginar, tales juicios

venidos de un historiador de tal

presti-gio

me deiaron más impactada,

creo yo, que a él

el no

reconoCi-miento de

los méritos de la

paci-ficación que traieron a América

los colonizadores europeos.

La conquista de México "con otros oios"

Otro ejemplo de visión histórica diferente respecto de la conquista es el de ]acques Le Goff, quien la ve como un proceso pacificador, a pesar de no referirse a ella de forma explícita. Uno de los textos que más me per-turbó en fecha reciente fue precisamente un trabajo de ese ilustre historiador francés, publicado por una revista brasileña a propósito de los atentados contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre.

Invitado junto con una decena de autores de di-versos campos del conocimiento a escribir sobre el significado de tales hechos para la globalización, Le Goff produjo una perla de la "historiografia mediáti-ca" titulada: "Vamos a construir la globalización que nos conviene".l3

En ella decía que la idea de globalización trae implícita una idea de resultados, de progreso, de pro-ducción, lo que conlleva a su vez una idea de pérdidas y ganancias. Y cita la paz como ejemplo de los bene-ficios que los romanos llevaron a las regiones domi-nadas por ellos, si bien él mismo advierte que cabría preguntarse cuál fue el precio y qué significó esa paz para los dominados. Por otro lado, recuerda que los romanos también extendieron la ciudadanía a todos los individuos libres, sin importar color u origen étni-co, aunque fueron incapaces de integrar a los bárba-ros, que acabaron por ponerle fin al imperio.

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r

europea, a pesar de sus injusticias y sus males, hizo desaparecer más o menos las guerras endémicas entre clanes y etnias". Entre los males, cita el "descquilibrio biológico", los resultados catastróficos para la salud de los indígenas que contrajeron las enfermedades y virus traídas por los colonizadores de forma involun-taria, salvo, y tal vez indirectamente, por la difusión de! alcohol.

O sea y resumiendo, aunque el autor no hable explícitamente de la conquista de México, por sus pa-labras se puede deducir que ésta debe ser vista como parte de un proceso civilizatorio y pacificador que tra-jo tranquilidad a esas tierras, librando a las poblacio-nes nativas de su propia crueldad, que las mantenía sumergidas en un estado de violencia permanente.

Como podrán imaginar, esos juicios venidos de un historiador de tal prcstigio me dejaron más impactada, creo yo, que a él el no reconocimiento de los méritos de la pacificación que trajeron a América los coloniza-dores europeos. No porque me niegue yo a admitir las guerras endémicas o las prácticas sacrificiales de los mesoamericanos, que realmente existieron, sino por el hecho de que un historiador de hoy siga justificando con ellas la legitimidad de la explotación colonial, en los mismos términos en que lo hicieron en su época la Iglesia y los estados hegemónicos colonialistas.

y ciertamente quc sus ideas aún son resultado de aquella, bastante difundida, de que los tres siglos colo-niales fueron de una total tranquilidad, y de que des-pués del impacto inicial las poblaciones indígenas se sometieron y aceptaron pasivamente el nuevo orden y la nueva doctrina. Hoy sabemos que no fue así, que los levantamientos se sucedieron uno tras otro, que in-cluso surgieron nuevas formas de resistencia cotidia-na, muchas veces con apariencia pacífica.

Un buen ejemplo de estas últimas fueron las llama-das idolatrías, considerallama-das como tales por los evange-lizadores, pero que no eran otra cosa sino [armas de resistencia pasiva, por lo que han sido clasificadas por algunos historiadores como formas "ajustadas" e "in-surgen tes". Las primeras por encontrarse inscritas en la vida cotidiana, como expresiones de una resistencia que no desafiabael orden colonial, y las segundas por-que estaban organizadas en sectas o movimientos sec-tarios francamente hostiles al nuevo ordcn, a la acción colonizadora y a las prácticas y prédicas evangélicas.

Pero regresando a Le Goff, y después de pensar en las mil y una formas de rebatirlo, se me ocurrió que aun sin concordar con sus argumentos éstos son váli-dos. Primero, porque vienen a confirmar la vigencia y validez de otros enunciados historiográficos, tales como los de Braudel, quien defendía la idea de dos tiempos históricos, el de larga y el de corta duración, que operan simultáneamente. Como se ha de

recor-dar, para él, la larga duración es la que opera, por ejemplo, sobre las mentalidades, que resisten más al tiempoya los cambios, y se mueven a un ritmo imper-ceptible y más lento que el convencional. De ahí que sea tan difícil vencerlas o modificarlas. Y ahí está el et-nocentrismo de Le Goff para probarlo, aunque no sea el único, como se podrá ver en el comentario final.

y por otro lado, porque si bien los historiadores nacionales o extranjeros pueden incurrir en confusio-nes o equívocos de hechos o evaluación, no por eso dc.jan de ser alternativas u opciones de lectura dife-rentes y al margen de los discursos historiográficos ofi-ciales y nacionalistas, de los que también es bastante difícil escapar. Difícil pero no imposible.

Lo que nos alerta para otra cosa. U no no tie-ne que concordar siempre con los historiadorcs; ellos no son infalibles, por mucho reconocimiento de que gocen. Lo que debemos hacer es aprender, y esto se puede lograr mostrando desacuerdo. Y no necesaria-mente aprender historia, sino aprender a practicar la historia; a tener actitudes históricas y críticas que nos mantengan alerta hacia las trampas de los discursos hegemónicos y totalitarios, y que nos ayuden a produ-cir una historiografia menos comprometida con ellos.

Comentario final

Leyendo recientemente una obra historiográfica so-bre África editada en 1972, encontré lasig~iente afir-mación:

Cualquiera que sea la interpretación que se dé a la palabra 'pacificación', empleada por los coloni-zadores para caracterizar su acción en África, se debe constatar que la colonización había puesto fin, por una parte, a la esclavitud y su secuela de abusos, y por otra a la larga serie de acciones vio-lentas entre tribus africanas y entre jefes guerreros que habían devastado extensos territorios ...

y si alguien pensó en e! historiador antes mencio-nado les puedo decir que no es de él, aunque sí de otro francés, Pierre Bertaux, por lo que la semejanza ciertamente no es mera coincidencia. Es el resultado de una visión colonialista de "larga duración" y quc resiste al tiempo. Ya para las ex colonias no deja de scr también su propia historia contada desde afuera y vista con la perspectiva de! "otro", con toda su car-ga de extrañeza. Misma extrañeza con que me miró una adolescente brasileña, estudiante de secundaria, cuando le pregunté cómo habia sido la conquista de Brasil. "¿Conquista? -me preguntó-, aquí nao teve nada disso nao", o sea, "aquí no hubo nada de eso".

Referencias

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