CUADERNOS DE HISTORIA DE LA SALUD PÚBLICA
DR. GREGORIO DELGADO GARCÍA HISTORIADOR MÉDICO DEL MINSAP
EN LOS DOMINIOS DE ESCULAPIO
84
Ciudad de La Habana, Cuba 1998
Publicación de la Oficina del Historiador del MINSAP
Edición: Lic. Lázara Cruz Valdés
Diseño de cubierta: Lic. José Manuel Oubiña González
Diseño interior: Luciano O. Sánchez Núñez y Edda Martínez Aparicio
© Dr. Gregorio Delgado García, 1998 © Sobre la presente edición: Editorial Ciencias Médicas Ministerio de Salud Pública, 1998
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PRÓLOGO
En octubre del pasado año, 1997, arribé al cuarto de siglo en el desempeño del cargo de historiador médico del Ministerio de Salud Pública, y como parte de las funciones del mismo, de director de Cuadernos de Historia de la Salud Pública.
En tres ocasiones anteriores he recogido en dicha publicación algo de la bibliografía producida al frente de la Oficina del Historiador del Ministerio de Salud Pública, con los títulos de: Estudios sobre historia médica cubana (Cuad. Hist. Sal. Pub. No. 66, 1983), Temas y personalidades de la historia
médica cubana (Cuad. Hist. Sal. Pub. No. 72, 1987) y El cólera morbo asiático en Cuba y otros ensayos (Cuad. Hist. Sal. Pub. No. 78, 1993).
En esta ocasión, tan propicia a la evocación de la labor intelectual realizada, he querido nuevamente recoger un grupo de mis últimos trabajos, aún inéditos, en el presente Cuaderno No. 84, con el título de En los dominios de
Esculapio, como una modesta justificación de la larga permanencia en el
cargo.
Los trece trabajos reunidos abarcan estudios que tratan aspectos de la historia de la medicina cubana desde el siglo XVI al presente: la influencia mexicana en nuestras ciencias médicas hasta el primer tercio del siglo XVIII; los orígenes de la enseñanza universitaria de la medicina en la atención hospitalaria y primaria en Cuba; instituciones no oficiales y academias privadas para el aprendizaje de la medicina en nuestro país; la enseñanza de la psiquiatría en la Universidad de La Habana (1906-1961); algunos aspectos históricos de la operación cesárea; el desarrollo de diversas especialidades médicas entre nosotros, tales como la angiología, las ciencias patológicas, la salud pública, la medicina interna y la obstetricia, visto a través de pinceladas biográficas de importantes representantes de ellas, como los doctores Jorge Mc Cook Martínez, Zoilo Marinello Vidaurreta, Jorge Aldereguía Valdés-Brito, José E. Fernández Mirabal y Celestino Álvarez Lajonchere, así como estudios sobre dos importantes personalidades médicas que desbordaron el campo puramente científico para adentrarse de manera destacada en la historia política cubana, los doctores Fermín Valdés-Domínguez y Quintanó y Enrique Núñez de Villavicencio y Palomino. El título me lo ha sugerido un viejo libro, En los dominios de Herodoto (1937), del ya desaparecido historiador profesor Gregorio Delgado Fernández, mi padre, en el que reunió una veintena de sus trabajos sobre historia general de Cuba, cuya lectura me inclinó, hace ya muchos años, al fascinante campo de la investigación histórica.
Espero, como en ocasiones anteriores, que la información que se ofrece en el presente Cuaderno, sea de ayuda a estudiantes y profesionales de la salud y a todo amante de la historia médica cubana.
Dr. Gregorio Delgado García Historiador Médico del MINSAP
INFLUENCIA MEXICANA EN LA MEDICINA CUBANA
DEL SIGLO XVII Y PRIMER TERCIO DEL XVIII
*INTRODUCCIÓN
Es bien conocida entre los estudiosos de la historia de Cuba la influencia que sobre ella ejerció la cultura mexicana en los siglos XVII y XVIII, principalmente a través de su organización eclesiástica y de la Real y Pontificia Universidad de San Hipólito de México.
Con respecto a la Iglesia resulta curiosa su influencia pues oficialmente nunca jerarquizó la nuestra. El Obispado de Cuba fue fundado en 1518 sufragáneo de la arquidiócesis de Sevilla, hasta 1547, cuando creado ya el Arzobispado de Santo Domingo, Primado de las Indias, quedó subordinado a éste y así se mantuvo hasta que la diócesis de Santiago de Cuba fue elevada a la categoría de arquidiócesis el 24 de noviembre de 1803, con las mismas facultades y prerrogativas del Arzobispado de Santo Domingo y se declararon sugragáneos suyos los Obispados de La Habana y Puerto Rico.1
El duodécimo obispo de Cuba, Fr. Alonso Henríquez de Armendáriz (1611-1623), mercedario, natural de Quito y descendiente de los reyes de Navarra, hombre de recio carácter que sostuvo enconados debates sobre cuestiones de la diócesis de Cuba con el gobernador Gaspar Ruiz de Pereda, a quien excomulgó en dos ocasiones, trató de que se estableciera la dependencia eclesiástica de Nueva España, haciendo para ello largas gestiones que siempre fracasaron, basando su petición en el tráfico continuo de La Habana con Veracruz y Yucatán.2
El obispo Armendáriz al ser promovido en 1623 al Obispado de Michoacán, fundó allí el Colegio de San Ramón Nonnato para jóvenes juristas de las dos diócesis que había desempeñado en el Nuevo Mundo, manteniendo becas permanentes para jóvenes cubanos. Sobre este colegio escribiría nuestro primer historiador José Martín Félix de Arrate: "Ha sido este insigne colegio el taller o turquesa de muchos célebres sujetos que han ilustrado las iglesias y Cancillerías del reino, con grande honor de esta ciudad (La Habana) y de toda la diócesis de Cuba".3
La ascendencia cultural de la iglesia de México que tuvo como centro de difusión ese colegio, continuó bajo los pontificados de los cuatro obispos mexicanos de Cuba en el siglo XVII: el doctor Leonel de Cervantes y Carvajal
* Ponencia presentada ante el IV Congreso Nacional y III Iberoamericano de Historia y
(1625-1630), descendiente del comendador Juan de Cervantes que pasó de Cuba a México con las tropas del conquistador Pánfilo de Narváez; el doctor Nicolás de la Torre (1650-1655), que fue tres veces rector de la Real y Pontificia Universidad de México, en donde había desempeñado diversas cátedras; el doctor Juan de Santo Matías Saénz de Mañosca (1662-1667), que ganó borlas doctorales en Lima y México y fundó la Universidad de Guatemala y el doctor Juan García de Palacios (1677-1682), quien ocupó cátedras de Leyes en la Real y Pontificia Universidad de México y en Cuba celebró el primer sínodo diocesano, cuyas actas publicadas en 1683 (244 págs.), con nueva edición en 1818, constituyen un documento de valor incalculable en la historia eclesiástica de Cuba.
También fue de gran ascendencia el obispo peruano, pero mexicano por su formación, el doctor Pedro de Reina Maldonado (1658-1660), distinguido como canonista y gramático. Su libro Norte claro de un perfecto Prelado, impreso en Madrid en 1658, lo coloca entre los clásicos americanos.1,2,4
De la iglesia mexicana nos llegó además, para traer métodos de renovación de la enseñanza en el Colegio de San José, de la Compañía de Jesús, el famoso jesuita mexicano Francisco Javier Alegre, considerado uno de los ingenios más notables de su tiempo.5
En la Real y Pontificia Universidad de México se van a graduar muchísimos cubanos, principalmente habaneros y varios de ellos fueron profesores de leyes, teología, medicina y matemáticas. Y de tan ilustrado foco cultural nos importarán los textos mexicanos con los primeros aires de la nueva filosofía que rompía con las exageraciones de la rutina del escolasticismo, tales como las obras de Juan Benito Díaz de Gamarra, Andrés de Guevara, Antonio Rubio y Pedro de Hortigosa.6
Toda esta gran influencia de la cultura mexicana en Cuba podrá ejemplificarse en la ejercida sobre uno de los padres de nuestra cultura, el historiador don José Martín Félix de Arrate.
El sabio don Juan José de Eguiara y Eguren, uno de los fundadores de la bibliografía mexicana con don José Mariano Beristaín y Souza, en su enciclopédica obra de largo título Bibliografía Mexicana, sive Eruditorium
historia Virorum qui in America Boreli nati, vei alibi geruti in ipsam domicilio aut studiis asciti, quavis lingua scriptoaliquid tradiderunt, que fue publicada
parcialmente en 1755, tiene la grandísima importancia para nuestra cultura de haber suscitado en Arrate el afán de hacer el saldo de la civilización habanera de mediados del siglo XVIII, como lo había hecho de México su ilustre inspirador.
El historiador cubano, que conoció la obra de su amigo el mismo año de su parcial publicación y que ya tenía a medio terminar en 1751 su obra Llave
del Nuevo Mundo antemural de las Indias Occidentales. La Habana descripta: noticias de su fundación, aumentos y estados, le agregó las nóminas
de las glorias locales, para manifestarse en tono exaltado como el primer escritor nativista cubano, con una obra que anuncia la aparición del espíritu
criollo en nuestra sociedad y mostrarnos cómo antes de 1760 ya existía en la Isla como en México, una tendencia americanista frente al españolismo de los peninsulares, precursor del patriotismo y nacionalismo cubanos que constituirán la piedra angular de toda nuestra historia futura hasta el presente.
INFLUENCIA DEL REAL TRIBUNAL DEL PROTOMEDICATO DE LA NUEVA ESPAÑA Y DE LA REAL Y PONTIFICIA UNIVERSIDAD DE MÉXICO EN LA MEDICINA CUBANA
El Real Tribunal del Protomedicato, primera institución de la administración de la salud pública española, fue creado por Ley Fundamental signada por los Reyes Católicos el 30 de marzo de 1477 y las Reales Pragmáticas de 1491 y 1498 vinieron a completar las ordenanzas de este organismo.7
En México esta importante institución de la salud pública fue fundada muy tempranamente como tribunal personal y el notable historiador mexicano del siglo XIX, don Francisco de Asís Flores y Troncoso, le da dos posibles fechas de origen, una primera recogida en un curioso diario de los primeros años de la conquista con el nombre de Apuntes de Sedano, donde se dice que el licenciado Barreras presentó el 8 de enero de 1527, ante el cabildo de México, las reales cédulas para el establecimiento del tribunal y una segunda cuando el doctor Pedro López, primero de este nombre, tres días después (11 de enero), presentó ante el mismo cabildo poderes de los protomédicos de Madrid que le permitieron entrar en funciones.8
De las dos fechas, la segunda nos parece más exacta pues en ella se presentaron poderes de los protomédicos de Madrid que le permitieron al doctor Pedro López entrar en funciones de protomédico y no por reales cédulas, creando el Tribunal del Protomedicato, pues la ley por la que se ordenaba nombramiento de protomédicos generales para las colonias de América fue decretada por el rey Felipe II el 11 de enero de 1570.
Lo que no parece tener dudas es que se fundó en enero de 1527 y que se reafirmó como tribunal personal por la ley de 1570. Al crearse en la Real y Pontificia Universidad en 1580 la cátedra de Prima de Medicina, primera del Nuevo Mundo, se especificó que quien la desempeñara ocuparía también el cargo de Protomédico de la Nueva España.
Vuelven a surgir dudas con respecto a la fecha en que se transformó en tribunal complejo y el doctor José Álvarez Amezquita y otros en su Historia de la Salubridad y de la Asistencia en México, México D. F., 1960, citan al doctor Ismael Prieto que da como fecha de fundación del tribunal el año 1628 y agrega que lo integraban tres protomédicos: uno primero, como presidente, el catedrático de Prima de Medicina; uno segundo, vocal, el catedrático de Vísperas de Medicina y uno tercero, también vocal, propuesto por los dos primeros.9
Según Flores y Troncoso existen tres posibilidades más, para unos, fue en 1630, para otros, por Real Cédula de 19 de diciembre de 1639 y por último, por Real Cédula de 18 de febrero de 1646. El propio autor agrega que por reales cédulas de 31 de enero de 1792 y de 27 de octubre de 1798 se confirmó su existencia.10 Preferimos la dada por el doctor Ismael Prieto de 1628 pero no como la de fundación del Real Tribunal del Protomedicato de la Nueva España, sino como la de su transformación en tribunal complejo.
Para los historiadores médicos cubanos aclarar estas fechas tiene una gran importancia pues fue dicho Protomedicato también nuestro hasta 1711, en que se estableció la institución permanentemente en La Habana y a él debían ir a examinarse los que aspiraran en Cuba a ejercer la medicina en cualquiera de sus categorías, si no lo hubieran hecho ante alguno de los tribunales de España.
Precisamente por esa dependencia es que los regidores del Cabildo de La Habana acordaron en sesión de 23 de agosto de 1629 que los enfermos de lepra fueran enviados "a la casa u Hospital que hay en México"11 y no a otro lugar como La Española o Cartagena de Indias y que en la reunión del cabildo de 3 de septiembre de 1630 se acordara además "que cada vez que de este puerto saliera navío para la Nueva España se embién dos ayá y sus Hospitales hasta que se remitan todos..."12
La importancia que iba adquiriendo el puerto de La Habana para las flotas que partían del continente rumbo a España y la necesidad de mantenerlo en las mejores condiciones higiénicas posibles, seguramente hicieron que la petición del Cabildo de La Habana de que se estableciera en ella un Tribunal del Protomedicato, acordada en sesión de 6 de febrero de 1632,13 fuera atendida por la monarquía española y que el rey Felipe IV extendiera título de Protomédico al licenciado Francisco Muñoz de Rojas en 10 de mayo de 1633.14 Dicho médico fue recibido como tal ante el cabildo habanero en sesión de 9 de septiembre de 1634, para quedar en esta fecha establecido en Cuba, por primera vez, el Real Tribunal del Protomedicato como tribunal personal.15
El licenciado Muñoz de Rojas, peninsular, nos había llegado de la Nueva España donde fue
"
visitador de los médicos, cirujanos, barberos y boticarios de la ciudad de Veracruz y su distrito" y duró muy poco tiempo en su importante cargo, pues falleció en La Habana, según el doctor José A. Martínez-Fortún Foyo, el 28 de enero de 163716 y según el doctor José López Sánchez, el 28 de abril del propio año y que fue enterrado en el Convento de San Francisco, en La Habana.17 Desde entonces y hasta 1711 continuó la isla dependiendo del Protomedicato de la Nueva España.Tanto como esta institución era nuestra también la Real y Pontificia Universidad de San Hipólito de México, pues a ella mucho más que a las universidades de España y que a la de Santo Tomás de Aquino de Santo Domingo, iban a estudiar los jóvenes nacidos en la isla hasta la fundación de la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor San Jerónimo de La Habana en 1728.
En México encontraban los cubanos la facilidad de graduarse en la Universidad de bachilleres, Licenciados y doctores en medicina y de examinarse ante el Protomedicato para obtener los títulos de médico-cirujanos, médicos y cirujanos latinos, que les permitían ejercer legalmente la medicina, lo que no tenían en Santo Domingo en que no existía dicho tribunal y debían viajar entonces a España a legalizar sus estudios para poder ejercer.
Los que más dificultad tenían para ir a México eran los aspirantes a cirujanos romancistas, comadronas, boticarios, algebristas, flebotomianos, herbolarios y otros, que no poseían formación universitaria, los que por su condición humilde carecían de recursos económicos para el viaje y el sustento. Por eso se insistía en esa razón para pedir un protomédico en La Habana en 1632 y en el título de don Francisco Muñoz de Rojas se dice "que por su mucha distancia que hay de la dicha ciudad de la Habana a la de Méjico, donde están los protomédicos y ecsaminadores de dichas Facultades de Medicina y Cirugía, y no tener caudales para tan largo camino los que sean de ecsaminar usan los dichos oficios de médicos, cirujanos, boticarios y parteras sin ser capaces ni estar ecsaminados para ello en gran daño de los vecinos y pasajeros de la dicha ciudad de la Habana y su Ysla...".14
La necesidad de facultativos era tal y la imposibilidad de ir a México tan real que el Cabildo de La Habana nombró en 1622 a don Gabriel de Salas, cirujano romancista, para que "ecsamine a los barberos y cirujanos y de cuenta del que pueda o no usar"18 y hubo momentos verdaderamente dramáticos como en 1609 cuando el Cabildo de Santiago de Cuba nombró sin necesidad de examen, pues no tenía médico que lo hiciera, a la famosa curandera india doña Mariana Nava como médico de la población, prohibiéndole que se ausentara del lugar.19
Ya a mediados del siglo XVII comienza la formación de médicos cubanos en la Real y Pontificia Universidad de México, que cada vez irá en aumento. Documentalmente probado por el doctor José López Sánchez, el primero lo fue don Diego Vázquez de Hinostrosa que comenzó sus estudios de bachillerato en medicina en enero de 1649 para terminarlos en abril de 1651. Durante ese tiempo aprobó los tres cursos de Prima de Medicina, los cuatro de Vísperas de Medicina, los dos de Cirugía, los dos de Cirugía y Anatomía, el de Método Medendi y el de Astrología, para recibir su título el 2 de mayo de 1651 en la Universidad, realizar sus dos años de práctica y examinarse ante el Protomedicato el 6 de noviembre de 1653. Ante el cabildo habanero presentó sus títulos el 16 de abril de 1655.
De regreso a la Nueva España el bachiller Vázquez de Hinostrosa optó por los grados mayores y los obtuvo, el de licenciado en medicina el 14 de febrero de 1658 y el de doctor, el 24 del mismo mes y año. Establecido en México, este estudioso científico y humanista se convirtió en un tenaz opositor a cátedras en su Alma Mater. En 1665 se opuso a la de Temporal de Vísperas de Filosofía, un año después, a las de Propiedad de Retórica y Temporal de
Artes y dos años más tarde, a la de Propiedad de Prima de Medicina, sin lograrlas, a pesar del gran número de votos que siempre acumuló. Finalmente, en 1670 obtuvo la de Temporal de Vísperas de Medicina, que desempeñó por cuatro años, como establecían los estatutos de la Universidad para las cátedras temporales.17
Graduado en México en 1675 lo fue el bachiller Luis de Baeza y Saavedra destacado como médico en La Habana.20 Muy importante lo será Marcos Antonio Riaño Gamboa y Vargas Machuca a quien nuestro erudito bibliógrafo don Carlos M. Trelles y Govín calificara como "un sabio cubano del siglo XVIII".21 Graduado de bachiller en 1678, a su muerte se escribió lo siguiente en la Gaceta de México: "Gamboa famoso médico de La Habana y Notario murió en 1729. Era sujeto de las primeras estimaciones... por su gran literatura, pues no sólo era aventajado Médico Galénico y chimico, sino insigne en las Matemáticas, y en la inteligencia de varios idiomas versadísimo".17
Amigo y compañero de estudios de Riaño Gamboa lo fue el habanero don José Escobar y Morales, que se estableció y después falleció en México en 1736 ó 1737, verdadero portento enciclopédico de su tiempo como médico, abogado, cosmógrafo, teólogo y helenista, sin dudas, el más importante aporte de Cuba a la enseñanza universitaria en el país azteca.2
Los médicos cubanos graduados en México van a constituir en el primer cuarto del siglo XVIII un factor determinante en la fundación de la enseñanza médica universitaria en la isla, por una parte, al hacer presión para que se incluyeran cátedras de medicina en la próxima a inaugurarse Universidad de La Habana y después, dando comienzo a dicha enseñanza.
Al habanero bachiller en medicina de la Universidad de México, don Francisco González del Álamo y Martínez de Figueroa, examinado ante el Protomedicato el 27 de mayo de 1700,22 cupo la gloria de iniciar en Cuba la enseñanza médica universitaria en el Convento de San Juan de Letrán de La Habana, de la Orden de Predicadores o Dominicos, cuando ya estos religiosos habían sido autorizados por un Breve Apostólico del pontífice romano Inocencio XIII para fundar en su convento una universidad, pero sin haberla erigido todavía.
Según el Libro de Estudios Conventuales de 1700 a 1774, hoy desaparecido pero citado por el historiador médico del pasado siglo doctor Rafael A. Cowley Valdés-Machado, el 12 de enero de 1726 comenzó sus cursos de medicina el bachiller González del Álamo, a quien se le va a unir el 26 de octubre del propio año el también bachiller en medicina de la Universidad de México, don Martín Hernández Catategui.23
Al ser inaugurada la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor San Gerónimo de La Habana, en el propio convento, el 5 de enero de 1728, el profesor González del Álamo fue nombrado para impartir la cátedra de Prima de Medicina, que pudo desempeñar muy poco tiempo, pues falleció en La Habana el 2 de marzo de ese mismo año.24 Se nombró entonces para sustituirlo, el 1ro de abril siguiente, al bachiller en medicina de la Universidad de México don Ambrosio de Medrano y
Herrera, clérigo presbítero habanero, quien la desempeñó hasta su muerte, ocurrida en la capital de la isla en octubre de 1755.25
Es curioso que ante la ausencia de retratos de estos dos iniciadores de la enseñanza médica en Cuba, en sus títulos expedidos por el Real Tribunal del Protomedicato de México podamos recoger interesantes descripciones de sus físicos. De don Francisco González del Álamo se dice: "de buen cuerpo blanco de rostro pelo rubio ojos pardos nariz grande y en su extremidad un hoyo de biruela con una cicatriz en la oreja del lado derecho"22 y de don Ambrosio de Medrano: "que es un hombre de buen cuerpo y rostro pelo rubio y crespo con una mordida en el pie del lado izquierdo una cicatriz entre ceja y ceja al mismo lado y un diente de la boca de arriba quebrado en la parte alta".26
Con las fundaciones del Real Tribunal del Protomedicato de La Habana el 13 de abril de 1711 y de la Real y Pontificia Universidad de La Habana poco más de tres lustros después, comienza a declinar la influencia mexicana en la medicina cubana, la que será inexistente ya en la segunda mitad del siglo XVIII.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
1. Pérez Cabrera, J. M.: Serie cronológica de los obispos de Cuba. Almanaque de la Caridad.Directorio de la Diócesis de Cuba. Imp. Mario Reguera. La Habana, 1968. pp. 196-205.
2. Martín, J. L.: Orígenes intelectuales de Cuba. San Hipólito de México, faro cultural de La Habana, en los siglos XVII y XVIII. Periódico El Nuevo Mundo. La Habana, enero 16 de 1949.
3. Arrate, J. M. F.: Llave del Nuevo Mundo antemural de las Indias Occidentales. La Habana descripta: noticias de su fundación, aumentos y estados. Imp. Libr. Andrés Pego. La Habana, 1876. p. 427.
4. Morell de Santa Cruz, P. A.: Historia de la Isla y Catedral de Cuba. Acad. Historia de Cuba. Imp. Cuba Intelectual. La Habana, 1929. pp. 230-236 y 268-284. 5. Peña y Reyes, A.: Cubanos en México y mexicanos en Cuba. América Española. 1
(2): 125-138. La Habana, Marzo 15 de 1917.
6. Argote, J. J.: Elogio de México. Tip. Universal. La Habana, 1949. pp. 39-40. 7. Santovenia Echaide, E. S.: El Protomedicato de La Habana. Cuad. Hist. Sal. Pub.
No.1. Pub. Ministerio de Salubridad y Asistencia Social. La Habana, 1953. p. 18. 8. Flores y Troncoso, F. A.: Historia de la Medicina en México, desde la época de los indios
hasta la presente. Edición facsimilar. Inst. Mexicano del Seguro Social. México. D. F. 1982. Tomo I. p. 168.
9. Álvarez Amezquita, J.; M. E. Bustamante; A. López Picazos y F. Fernández del Castillo: Historia de la Salubridad y de la Asistencia en México. Secret. Salub. y Asist. México. D. F., 1960. Tomo I. p. 141.
11. Acta del Cabildo de 23 de agosto de 1629. Libro 8, pp. 282-283. De los Libros de Actas Capitulares Trasuntadas del Ayuntamiento de La Habana.
12. Acta del Cabildo de 3 de septiembre de 1630. Libro 9, pp. 5-7. De los Libros de Actas Capitulares Trasuntadas del Ayuntamiento de La Habana.
13. Acta del Cabildo de 6 de febrero de 1632. Libro 9, p. 127 vuelta. De los Libros de Actas Capitulares Trasuntadas del Ayuntamiento de La Habana.
14. Copia del título de Protomédico del Lcdo. Francisco Muñoz de Rojas. Libro 9, pp 282 vuelta -284 vuelta. Libros de Actas Capitulares Trasuntadas del Ayuntamiento de La Habana.
15. Acta del Cabildo de 9 de septiembre de 1634. Libro 9, pp. 278-279. Libros de Actas Capitulares Trasuntadas del Ayuntamiento de La Habana.
16. Martínez-Fortún Foyo, J. A.: Historia de la Medicina en Cuba. Fascículo II. Siglo XVII. La Habana, 1956. p. 18.
17. López Sánchez, J.: Cuba. Medicina y Civilización, siglos XVII y XVIII. Ed. Científico-Técnica. La Habana, 1997. p. 251.
18. Acta del Cabildo de 5 de enero de 1622. Libro 7, p. 251 vuelta. Libro de Actas Capitulares Trasuntadas del Ayuntamiento de La Habana.
19. Pezuela Lobo, J.: Diccionario geográfico, estadístico, histórico de la Isla de Cuba. Imp. del Establecimiento de Mellado, Madrid, 1863. p. 174.
20. Acta del Cabildo de 1 de abril de 1680. Libro 15, p. 249. Libro de Actas Capitulares Trasuntadas del Ayuntamiento de La Habana.
21. Trelles Govín, C. M.: Un sabio cubano del siglo XVIII. Anal. Acad. Cienc. Med. Fis. Nat. Habana. 59: 560-563. La Habana, 1923.
22. Copia del título de Bachiller en Medicina del Dr. Francisco González del Álamo. Libro 17, p.p. 328 vuelta -330. Libro de Actas Capitulares Trasuntadas del Ayuntamiento de La Habana.
23. Cowley Valdés-Machado, R. A.: Breves noticias sobre la enseñanza de la medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor San Gerónimo. Imp. Libr. A. Pego. La Habana, 1876. p. 82.
24. Le Roy Gálvez, L. F.: Francisco González del Álamo. Precursor de la Enseñanza de la Medicina en Cuba. Vida Universitaria. 9(100): 11-13 y 19. La Habana, Noviembre-Diciembre de 1958.
25. Parroquia del Espíritu Santo. Entierros de Españoles. Libro 5, folio 30 según el índice, Libro petrificado, abarca el intervalo 4 de junio de 1750 a 14 de julio de 1763.
26. Copia del título de Bachiller en Medicina. Ambrosio de Medrano. Libro 17. pp 349 vuelta -351 vuelta. Libro de Actas Capitulares Trasuntadas del Ayuntamiento de La Habana.
ALGUNOS ASPECTOS HISTÓRICOS
DE LA OPERACIÓN CESÁREA*
INTRODUCCIÓN
Muy bien han hecho los organizadores de este Symposium-Taller sobre Operación Cesárea en incluir en su evento una breve exposición histórica en relación con tema tan debatido desde tiempo inmemorial, como es el de la técnica quirúrgica con la que el hombre procuró resolver uno de los problemas más dramáticos que le presentaban las distocias en el parto y sus complicaciones y como tardó casi dos milenios en alcanzar plenamente su dominio.
Sus raíces son tan lejanas que nos han llegado envueltas en la mitología y en la leyenda, unidas a grandes personajes de la historia y sobre ella, por el gran contenido ético de su práctica en la mujer muerta, influyeron como en ninguna otra técnica quirúrgica las regulaciones jurídicas y religiosas durante siglos.
En la presente conferencia trataré de exponer lo más brevemente posible el origen del nombre de la operación cesárea, sus raíces en la mitología y la leyenda de los pueblos más antiguos, su aplicación en la mujer muerta y en la mujer viva y algunos detalles de su origen y desarrollo histórico en Cuba.
ORIGEN DEL NOMBRE DE LA OPERACIÓN CESÁREA
Plinio el Viejo (23-79) en su Historia Natural, verdadera enciclopedia del conocimiento en su época, dice que el primero de los Césares llevó su nombre por el útero escindido de su madre y hace derivar el nombre de la operación de la palabra caesus, que quiere decir cortado, mondado y su opinión se ha mantenido durante siglos. Sin embargo, parece seguro que no se refiere al parto de Cayo Julio César (101- 44 a NE), el gran conquistador, pues la madre de éste vivía en la época en que su célebre hijo atemorizaba al mundo antiguo con su campaña de las Galias y la operación cesárea en una mujer viva era inconcebible en aquel tiempo.1
Otros autores opinan que el nombre de César fue dado a la dinastía de los Julias, porque uno de sus miembros había dado muerte a un elefante, César en lengua púnica significa elefante y creen ver confirmada su opinión en la existencia de monedas que muestran en su anverso la efigie de César y en su reverso un elefante que pisa una serpiente.
* Conferencia leída en el Taller Simposio sobre Operación Cesárea. Círculo Social "Cristino Naranjo". La Habana, octubre 26 de 1996.
También se piensa que el nombre de César deriva de caesius, azul grisáceo, porque los ojos de uno de los Césares tenía este color y no faltan los que creen más probable que ese nombre derive de caesaries, del sánscrito
kesara, que significa largos cabellos, pues en tiempos muy antiguos un cabello
abundante era considerado como signo de regia dignidad.2 Pero el verdadero creador del nombre de la operación cesárea fue el médico francés Francois Rousset (¿1530-1603?) que en 1581 en su famosa monografía sobre dicha intervención quirúrgica habla por primera vez de una section Caesarienne y afirma que la palabra Caesar (César) esta relacionada etimológicamente con una operación cesárea.3
En la actualidad dicha denominación se ha extendido en las lenguas de los países más cultos y aunque no han faltado intentos por sustituirla, ya hoy es muy difícil que eso pueda ocurrir.
LA OPERACIÓN CESÁREA EN LA MITOLOGÍA Y LA LEYENDA DE LOS PUEBLOS MÁS ANTIGUOS
No hay dudas de que la operación cesárea se cuenta entre las intervenciones de urgencia más antiguas que conoce la humanidad y quizás si, porque con ella se evitaba el camino estrecho del parto normal con su consecuencia tan gráficamente expuesta por San Agustín (354-430) en su frase Inter faeses et urinas nacimur (entre excrementos y orinas nacemos), se le tenía como el "parto inmaculado" y se hacía nacer de esta forma a los dioses y se consideraba entre los hombres como signo de brillante porvenir.
En el Rig-Veda, el libro más antiguo de la cultura indú, se relata como Indra, el supremo dios védico, se negó a nacer por la "antigua vía ya probada" y deseó "salir oblicuamente por el lado" a pesar de las malas consecuencias que esto traía aparejado a la madre.4
En la mitología griega también se pueden encontrar dioses nacidos de esta forma y uno de ellos es Asklepios o Esculapio, el dios de la medicina. Acerca del nacimiento de tan importante personaje cuenta la mitología que la bella virgen Coronis, que había concebido un hijo de Apolo, que también es dios de la medicina, pero además de la poesía, las artes, los rebaños y el Sol, le fue infiel a su divino amante con Isquis o Isdup, su prometido, vecino de Arcadia, la región más fecunda en fábulas de toda la Grecia. Enterado Apolo, por su vigía el cuervo, de tan amarga realidad se vengó dando muerte por sí mismo a Isquis. La hermana gemela de Apolo, Artemisa, diosa de la caza, con sus flechas mató a Coronis y el enamorado dios, cuando se disponían a quemar el cuerpo de su amante se compadeció de su hijo que todavía estaba por nacer, lo extrajo del vientre de Coronis, lo llevó al monte Pelión y lo entregó, en su cueva, al viejo centauro Quirón o Cheilón, médico, el que educó a Asklepios y le enseñó sus conocimientos de medicina.5
Dionisos, dios del vino de la propia mitología, también nació de cesárea
post-mortem.6
Una leyenda recogida en el libro antiguo de los budistas Mahavastu nos dice que Siddharta Gautama, Buda (siglo VI a NE), salió puro e inmaculado del lado derecho de su madre Mâyâ, recibido por el propio Indra.
Plinio el Viejo, además de a César, menciona como nacido de cesárea
post-mortem a Escipión el Africano, el viejo (235-183 a NE), vencedor de
Cartago. El mismo origen tuvieron el nacimiento de Rustem, héroe de la epopeya nacional persa, Libro de los Reyes de Abul-Qasim Firdawsi y el héroe de Islandia, Worsung, según las tradiciones nórdicas.4
Igualmente la operación cesárea juega un importante papel en las tradiciones y leyendas de pueblos primitivos como los habitantes de las Islas Palau, en la Micronesia; de los nubas y tschambas en África; de los pobladores de las Islas Marquesas, del archipiélago de Santa Cruz y Nueva Zelandia en la Polinesia; de los Wiyots en la California Central y los bororos en el oriente del Brasil.
Por todo ello, se ha llegado a pensar que también la practicaba el hombre de la prehistoria y el historiador médico, y ginecólogo alemán Reinhard Hofchlager (1871-1951), opina que la operación cesárea se practicaba ya en los cadáveres en los principios de la Edad de Piedra y funda su opinión entre otras cosas en las ideas mágicas del hombre paleolítico, estudiadas no sólo en la arqueología sino también por minuciosas investigaciones en pueblos muy primitivos, principalmente de África Occidental y Oriental.7
LA OPERACIÓN CESÁREA EN LA MUJER MUERTA
La operación cesárea en la mujer muerta estuvo influida desde que se conoce su práctica por regulaciones legales y religiosas. Su primera indicación en Europa, documentalmente demostrada, se encuentra en el Digesto, o colección de leyes romanas, del emperador Justiniano (527-565), donde se dice: "La Lex regia prohibe enterrar a una mujer, que ha muerto durante el embarazo, antes de extraerle el fruto por escisión del abdomen. Quien obra en contra de esto, destruye evidentemente la esperanza de un ser viviente".8
Según una leyenda esta ley se atribuye al segundo rey de Roma, Numa Pompilio (715-675? antes de NE), sucesor de Rómulo (siglo VIII a NE), este último con su hermano gemelo Remo (siglo VIII a NE), fundadores de la Ciudad Eterna. Tal opinión no parece ser cierta, pues existe el criterio de que el último párrafo, en el que se dice, "Quien obra en contra de esto, destruye evidentemente la esperanza de un ser viviente", está influenciado
por el Cristianismo y su doctrina de que el niño posee ya un alma en el momento de la concepción con lo cual se reconoce al feto como potencialmente un hombre. Esta idea se hallaba en contra de la que primaba en Roma en la época de Numa Pompilio, la que consideraba que el niño por nacer no era un ser humano y por lo mismo no era castigado el aborto provocado.2
No obstante lo dicho, el criterio posterior de la Iglesia con respecto a la operación cesárea en la mujer muerta fue variable y así durante toda la Edad Media se encuentran pocas disposiciones, según las cuales, al morir una embarazada debía abrírsele en todo caso el vientre y bautizar al niño.
Una de estas disposiciones está contenida en el estatuto de Canterbury de 1236 donde se dice que: "Si muere una mujer durante un parto y se cree que el niño vive, debe ser incidido su vientre y se debe abrir su boca". Esta última consideración se va a mantener en estricto cumplimiento durante muchos siglos.
En el Sínodo o Concilio de Vienne (1311-1312), los jerarcas de la Iglesia se extendieron en consideraciones sobre la operación cesárea y el bautismo. Allí se dispuso:
"Cuando una mujer muere durante el parto y el niño se encuentra todavía en el claustro materno, debe abrirse éste inmediatamente y bautizarse el niño en caso en que todavía viva; si ha muerto ya, habrá que enterrarlo fuera del cementerio. Si hay motivo para pensar que el niño ha muerto en el vientre de la madre, éste no se abrirá, sino que la madre junto con el niño serán enterrados, en el camposanto. Cuando una mujer no puede parir y el niño solo asoma su cabeza del vientre materno, la comadrona deberá rociarla con agua pronunciando las palabras: ‘Te bautizo en el nombre ...’ y el niño queda bautizado. Lo mismo hay que proceder cuando el niño no asoma su cabeza, pero sí surja de la madre una gran parte del cuerpo de la criatura. Ahora bien, si esta parte es sólo un pie o una mano, no debe bautizarse. Si solamente asoma la cabeza u otra parte mayor del cuerpo que no permita determinar su sexo, la comadrona dirá: ‘Criatura de Dios, yo te bautizo...".8
A partir de los comienzos de la Edad Moderna, la idea del bautismo al practicar la operación cesárea en la mujer muerta desempeñó un papel mucho más importante, al extremo que el clérigo Francesco Enmanuele Cagiamila (1702-1763) en su libro Embryología sacra..., publicado en Milán en 1751, exigía que los sacerdotes dominaran la técnica de la operación cesárea, para que en caso de urgencia pudieran administrar a un niño el bautismo.
A pesar de que también en muchos países de Europa decretaron sus Cortes la obligatoriedad de practicar la operación cesárea post-mortem, esto no se llevaba a cabo siempre y se conocen casos en que se prohibió su
realización como al célebre obstetra francés del siglo XVII Francois Mauriceau (1637-1709) y al cirujano alemán del XVIII Lorenz Heister (1683--1758), a quienes se les acusó e insultó además, al decirles que ni siquiera en el momento de la muerte dejaban reposar en paz el cuerpo de personas que ya en vida habían frecuentemente atormentado.
El cirujano y obstetra alemán Leopold Sokrates von Rieke (1790-1876) que estudió profundamente la bibliografía sobre cesáreas post-mortem, quedó sorprendido de que existieran tan pocos casos seguros de niños que debieron su vida a la ley de su obligatoriedad y propuso en 1829 que el Estado concediera un premio a las operaciones cesáreas practicadas con éxito en la mujer muerta, de un modo semejante a los conferidos por la salvación de vidas.
Ya a partir del siglo XIV los médicos se venían preocupando de mejorar la técnica quirúrgica de la cesárea y así ,en ese mismo siglo, el famoso cirujano francés Guy de Chauliac (1290-1368) fue el primero que hizo indicaciones acerca de la posición y sentido de la incisión y recomendó la parte izquierda con el propósito de no herir el hígado y en la centuria siguiente Pietro d’ Argellata (¿ -1423), profesor de la Universidad de Bolonia, Italia, fue el primero que propuso la incisión en la línea alba y la practicó por sí mismo.8 Pero no fue hasta el siglo XIX que se concedió mayor atención a las bases científicas de la operación cesárea en la mujer muerta, formulándose la pregunta de cuánto tiempo podía vivir el niño después de la muerte de la madre, a la que se dio respuesta con los más disímiles criterios, en su mayoría absurdos, lo que explica por qué tal práctica arrojaba hace algo más de ciento cincuenta años, una mortalidad infantil de 90 a 99% y que estas cifras no cambiaran hasta que se reconoció que la operación cesárea debía realizarse inmediatamente después de la muerte de la madre y que se aprendiera a conservar la vida del recién nacido, por lo general asfíctico, con ayuda de acertadas medidas.
LA OPERACIÓN CESÁREA EN LA MUJER VIVA
Todos los historiadores médicos están de acuerdo en que la evolución de la operación cesárea en la embarazada viva constituye uno de los capítulos más dramáticos de la historia de la medicina.
Formados los médicos europeos desde los inicios de nuestra Era en el principio hipocrático del nil nocere, no hacer daño, la inmensa mayoría se negaba a realizar una intervención de tal magnitud, con resultados tan sombríos y los pocos que la intentaban lo hacían en situaciones extremas en las cuales había que obrar a todo trance.9 Tomando en cuenta dicha gran
verdad es que puede asegurarse que esta operación de urgencia es un producto de la época del Renacimiento y de su extraordinaria audacia y vitalidad que hizo cambiar en todos sentidos la mentalidad del hombre medieval.
No se sabe exactamente quien fue el primer operador que se atrevió a practicarla por primera vez en una mujer viva y se acepta, aunque con naturales reservas, la opinión de Caspar Bauhin (1560-1624) quien la da por realizada hacia el año 1500 por el matarife de cerdos Jacob Nufer, de Sigershausen, en el cantón de Thurgovia, Suiza. Bauhin refiere que ante la imposibilidad de la prosecución del parto:
"...el marido, después de implorado el auxilio divino y de cerrada cuidadosamente la puerta, coloca a su mujer encima de una mesa, y le abre el abdomen, como se hace para los cerdos. Y supo hacerlo con tanta destreza que ya al primer corte se pudo extraer el niño sin ninguna lesión. Once comadronas que estaban cerca de la entrada, sintiendo los vagidos del niño, intentaban entrar con todos los medios; pero no fueron admitidas antes de que se limpiase al niño, y se suturase la herida abdominal, según costumbre veterinaria...".10
Bauhin afirmaba que la madre y el niño vivieron, pero como este informe no fue dado a conocer hasta pasado un siglo, son numerosos los historiadores que acogen el caso con cierta reserva. De mucho más crédito es la cesárea en mujer viva realizada en 1540 por el cirujano italiano Christophorus Bainus recogida por su contemporáneo Marcello Donati (1538-1602).
Por los datos tan precisos comunicados por Jacques Guillemeau (1550--1613) hoy se admite que la operación cesárea en la mujer viva fue intentada por primera vez en el siglo XVI. Sin embargo, todas las intervenciones llevadas a cabo en aquella época siempre terminaban en el fracaso, lo que hizo que tanto Guillemeau como su maestro Ambrosio Paré (1510-1590) se pronunciaran en contra de la misma.
En el siglo XVI fue escrita, también, la primera monografía acerca de la cesárea, publicada en París en 1581 por el médico francés Francois Rousset bajo el título de Nuevo tratado de la histerectomía o parto cesariano. Esta obra fue considerada como magistral durante todo el siglo y legiones de sus seguidores cumplían en toda Europa sus minuciosas observaciones, muchas de ellas erróneas, como la que sostiene que el útero no debe ser suturado, porque su fuerza de retracción es tan grande que una sutura sólo causaría trastornos. Esta falsa observación fue aceptada como verdad indiscutida y tendrían que pasar exactamente tres siglos para que fuera abandonada definitivamente. Rousset que avalaba sus opiniones con una extensa casuística no ejecutó por sí mismo ninguna cesárea, ni tampoco asistió jamás a esta operación como espectador, por lo que asombra grandemente que la obra de un teórico acerca de una cuestión práctica haya llegado a adquirir tal importancia.11
En el siglo XVII los más eminentes obstetras, a cuyo frente se encontraba Francois Mauriceau, eran opuestos a la operación cesárea. Mauriceau opinaba que esta operación nunca debiera hacerse en la mujer viva, porque siempre tenía un desenlace fatal para la madre. De este siglo es uno de los casos mejor documentado que se conoce de cesárea en mujer viva. Fue realizada la operación en Witemberg, Alemania, el 21 de abril de 1610 por el cirujano Jeremías Trautmann en la esposa de un tonelero, que al final de su embarazo fue gravemente herida por un arco que al saltar la alcanzó en el vientre, produciéndole una ruptura del útero. Trautmann logró extraer el niño vivo, suturó la herida abdominal y la madre parecía salvada, pero 25 días más tarde falleció súbitamente. La necropsia demostró, sin embargo, que la causa de la muerte no fue debida a la intervención.10
El célebre obstetra Cornelio Solingen (1641-1687), en el propio siglo, después de algunas cesáreas fracasadas, mantenía la opinión de que dicha operación no debía contarse entre las misiones de un tocólogo.
En el siglo XVIII se inicia una época de pruebas audaces, la tradición y los prejuicios fueron vencidos por la experiencia y llegó por fin a prevalecer la convicción de que la operación cesárea, a pesar de sus altas cifras de mortalidad, debía constituir una medida necesaria a alcanzar en la obstetricia.12 Fueron los médicos franceses los que más van a contribuir al desarrollo de la técnica de la cesárea en este siglo, entre ellos Andre Levret (1730--1780), uno de los más célebres obstetras de su época, con la incisión lateral que lleva su nombre; Francois-Ange Deleurye (1737-1780), que perfeccionó la incisión en la línea alba y Theódore-Etienne Lauverjat (¿ -1800) que se ocupó críticamente de la cesárea y publicó en 1788 en París una extensa monografía con el título Nuevo método de practicar la operación cesárea y
paralelo a esta operación la sección de la sínfisis de los huesos del pubis, en
la cual comunicó los resultados de extensos y minuciosos ensayos sobre la técnica de esta operación. Lauverjat fue un ferviente partidario de la incisión oblicua.
Tan importantes como estos avances fueron también los intentos hechos por los obstetras franceses de conseguir una sutura del útero. En 1769 el cirujano Lebas de Moulleron, en contra de la opinión de su tiempo, se atrevió a practicar una sutura del útero con tres hilos, pocos obstetras le siguieron. El siglo XIX comenzaba dándole toda la vigencia a la descarnada opinión de Otto Küstner (1849-1931): "Esta operación de tan orgulloso nombre ha sido casi siempre un desastroso fracaso".10
Tomando en cuenta que la causa principal de la gran mortalidad de la operación cesárea residía en la hemorragia y sobre todo en la peritonitis y que la infección partía casi exclusivamente del útero, había que encontrar un método que permitiera de un modo u otro excluir al útero como fuente de peligro. El primero que creó una nueva y eficaz técnica operatoria desde este punto de vista y con ello abrió una nueva época, la verdaderamente brillante en la historia de la operación cesárea, lo fue el genial ginecólogo de Milán, Edoardo Porro (1842-1902).13
El 21 de mayo de 1876, Porro realizó por primera vez la operación que más tarde llevó su nombre y que consistía en amputar supravaginalmente el útero después de la cesárea, con lo cual obtuvo un completo éxito para la madre y el niño en una primípara de 25 años de edad, que presentaba una pelvis en alto grado raquítica. La técnica fue publicada en Milán en el propio año 1876 con el título De la amputación útero-ovárica como complemento
de la operación cesárea que produjo gran sensación entre los médicos.
Poco después de ser conocida la nueva técnica, comenzó a perfeccionarse constantemente. Si en la primera operación realizada por su autor se dejaba el muñón del cuello uterino fuera del peritoneo, más tarde se adoptó la técnica del muñón intra y retroperitoneal y por último, se pasó a practicar la inversión del muñón en la vagina. Estas y otras modificaciones contribuyeron a mejorar la técnica y que al cumplirse el 25o aniversario de la operación de Porro la casuística aportada por Ettore Truzzi (1855-1922) mostrara finalmente una mortalidad materna que llegaba solamente a un 25 % y una mortalidad infantil de 22 % aproximadamente.13
En estos éxitos no pueden verse solamente las ventajas de dicha operación y si deben tomarse en cuenta que por esos años hacen su aparición la antisepsia y la asepsia para dar comienzo a una nueva Era en la medicina que haría avanzar a la cirugía en general hasta alcanzar logros insospechados siquiera antes de 1880.14
El gran inconveniente del método de Porro estribaba en el carácter mutilante de la operación, que no lograban desvirtuar todas sus demás ventajas y muy pronto se abrió paso la idea de que tarde o temprano había que volver a adoptar de un modo o de otro, el antiguo método conservador. Sin embargo, para evitar el peligro de infección había que crear una técnica operatoria completamente nueva.
Al comenzar a pensar en métodos más apropiados se concentró la atención en la sutura del útero, detalle éste que hasta entonces se había descuidado. Desde la época de Francois Rousset repetidas veces fue rechazada una sutura como innecesaria y, aún cuando fue propuesta de nuevo en 1866 por Bernhard Breslau, no se reconoció que fuera inocua e imprescindible hasta 1882 en que el célebre ginecólogo alemán Max Sanger (1853-1903) practicó la primera cesárea seguida de cierre del útero por suturas de plata y seda.
Las técnicas aportadas por este inmortal ginecólogo y su no menos inmortal compatriota, el ginecólogo de Heidelberg, Ferdinand Adolf Kehrer (1837-1914), encaminadas a aislar de un modo seguro y duradero la c a v i d a d p e r i t o n e a l c o n v i r t i e r o n l a o p e r a c i ó n c e s á r e a e n u n a intervención nada peligrosa y se llegó a conseguir un éxito que pocos años atrás hubiera sido imposible, lo que hizo exclamar a su contemporáneo Gerhard Leopold (1846-1911): "Si Porro deshizo el n u d o g o r d i a n o , e v i t á n d o l o s i m p l e m e n t e , a K e h r e r y S a n g e r corresponde el mérito de haberlo efectivamente desanudado".13
En busca del futuro perfeccionamiento de la técnica operatoria, así como para disminuir la mortalidad, se prestó posteriormente mayor atención no solamente a la asepsia y a la técnica de sutura, sino también a la dirección de la incisión y este campo es tan fecundo que resulta imposible en el marco breve de nuestra conferencia, comentar siquiera las imprescindibles y sólo mencionaremos los nombres de algunos de sus más eminentes autores: Isidor Cohnstein (1841-1894), Oskar Polano (1873-1934), Henrich Fritsch (1844--1915), Peter Müller (1836-1922), Fritz Frank, Albert Doderlein (1860-1941), Sidmund Gottschalk (1860-1914), Ernest Solms (1878-? ) y Henrich Doerfler (1864-1938).
Al éxito de la operación cesárea han contribuido además en el siglo XX, otras muchas conquistas científicas pero ninguna de ellas como la introducción de los quimioterápicos y los antibióticos y el perfeccionamiento de la anestesia,15 por eso junto a los grandes impulsores de su técnica deben figurar los nombres de los inmortales creadores de la anestesia, la antisepsia, la asepsia, la quimioterapia y la antibioticoterapia: William Thomas Morton (1819-1868), Louis Pasteur (1802-1895), Joseph Lister (1827-1912), Paul Ehrlich (1854-1915), Gerhard Domagk (1895-1964) y Alexander Fleming (1881-1955).
LA OPERACIÓN CESÁREA EN CUBA
Para el sabio bibliógrafo cubano don Carlos M. Trelles Govín (1866--1951) la primera cesárea en madre muerta se practicó en Cuba, en La Habana, en 1825, pero no cita quien la realizó ni la fuente bibliográfica, documental o testimonial por la que conoció tan importante información.16
Resulta curioso que ni Trelles, ni tampoco el doctor Jorge Le Roy y Cassá (1867-1934), acucioso historiador de la obstetricia cubana17 informen sobre ninguna otra llevada a cabo en todo el siglo XIX a pesar de contarse en La Habana con cirujanos tan destacados y audaces, desde principios de la centuria, como los doctores Tomás Montes de Oca, Antonio Miyaya, Nicolás J. Gutiérrez Hernández (1800-1890), Fernando González del Valle Cañizo (1803-1899) y José Guillermo Díaz Marrero (1824-1874), entre otros, y obstetras de la calidad de Serapio Arteaga Quesada (1841-1888), Juan M. Sánchez de Bustamante (1818-1882), Manuel Valencia García (1831-1893), Gabriel Casuso Roque (1851-1923) y Eusebio Hernández Pérez (1853-1933), principalmente en la segunda mitad del siglo.
El primer trabajo cubano sobre cesáreas lo fue la tesis doctoral presentada en la Facultad de Medicina, de la Universidad de París, por el doctor Federico Gálvez Alfonso (1829-1889), después cirujano notable, con el título De la
operación cesárea, Imp. Rignoux, París, 1855, 58 págs.18
El cirujano que primero practicó entre nosotros la operación cesárea con éxito para la madre y el feto, fue el doctor Enrique Fortún André (1872--1947), uno de los cirujanos más brillantes que ha producido nuestro país y
Fig. 2. Dr. Enrique Fortún André (1872-1947). Primer cirujano que practicó en Cuba la operación cesárea con éxito para la madre y el feto.
profesor durante cinco décadas de Patología Quirúrgica en la Universidad de La Habana. El doctor Fortún publicó su importante caso en la revista Archivos de la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana con el título “Operación cesárea”, en el propio año en que llevó a cabo la intervención quirúrgica. Este autor realizó también en 1900 la primera operación por embarazo extrauterino con éxito para la madre.19
El doctor Le Roy Cassá, que además de haber sido la más importante figura de la bioestadística en Cuba y un incansable investigador de la historia médica de nuestro país, como notable obstetra, fue quien primero realizó la operación de Porro en la Isla, la que llevó a cabo el 10 de agosto de 1900, ayudado por el también notable tocólogo doctor Ernesto de Aragón Muñoz, padre (1868-1920). El caso fue publicado con el título “Presentación de tronco. Ruptura uterina. Operación de Porro”, en la revista Progreso Médico, 1900.20
Entre los cirujanos cubanos, de las dos primeras décadas del siglo XX, que más se destacaron en la práctica de la operación cesárea se encuentra el doctor Nicolás Gómez de Rosas (1870-1944), que publicó en 1908 "Nuevo caso de operación cesárea". "Pelvis justo minor acondroplásica, considerada la primera cesárea conservadora realizada en la isla; "Nuevo caso de operación cesárea conservadora por pelvis ublicua sacro-coxalgica" (1911) y "Única observación de cesárea doble en Cuba" (1915).16
Por esas primeras décadas el obstetra que más habilidad demostró en la práctica de la cesárea fue el doctor Sergio García Marrúz, padre (1886-1947), quien publicó “La operación cesárea por el método del Dr. A. B. Davis. Pequeña incisión mediana supra-umbilical” (1913), memoria que fue reproducida por la Revista de Ciencias Médicas de Barcelona y por la Semana Médica de Buenos Aires. Su estudio “Operación cesárea conservadora” (1915) lo presentó como trabajo de ingreso en la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana y su artículo "Dos casos de cirugía obstétrica. Operaciones cesáreas" (1921) también fue reproducido en la prensa extranjera. El doctor García Marrúz fue profesor titular de Obstetricia con su Clínica en la Universidad de La Habana, académico de número de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana y Ministro de Salubridad y Asistencia Social.
El doctor José M. Ramírez Olivella (1891-1971) muy hábil práctico de la cesárea y después profesor de Obstetricia con su Clínica por más de tres décadas en la Universidad de La Habana, publicó en la primera Revista Cubana de Obstetricia y Ginecología (1919-1922), fundada y dirigida por él y el doctor Aragón Muñoz, su estudio "Nuevo método de aislamiento de la cavidad peritoneal en la cesárea abdominal "(1921), en el que utilizaba una compresa de goma y un protector elástico que había ideado para evitar la caída del líquido amniótico en la cavidad abdominal.16
Los obstetras cubanos han aportado también diferentes métodos o variantes de técnicas extranjeras de la operación cesárea, la primera fue la de
los doctores Sergio García Marrúz, padre y Francisco Vilalta Gandarilla (1896-?). Dada a conocer en 1933, era una cesárea segmento corpórea, lo que representaba una ventaja en los casos de placenta previa grave, con escaso desarrollo del segmento inferior, otra de sus ventajas constituía el buen aislamiento que se hacía de la cavidad peritoneal. El doctor Vilalta Gandarilla fue por más de tres décadas profesor auxiliar de Obstetricia con su Clínica y director por muchos años, de la Escuela de Comadronas anexa a la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana.
En 1941 el profesor Ramírez Olivella presentó una nueva técnica, que el mismo calificara como una variante del método de Michón y que realizaba en iguales indicaciones que con la técnica García Marrúz-Vilalta, obteniendo con ambos procederes cubanos resultados parecidos. De estas dos técnicas se da amplia explicación en el segundo tomo de la formidable obra
Obstetricia, UTEHA, La Habana, 1945, del profesor Ramírez Olivella.
Diez años más tarde el doctor Alfredo Sardiñas Ramírez (1913-?) en colaboración con los doctores Sergio García Marrúz Badía, hijo (1919-1982) y Humberto Sinobas del Olmo (1915-1989), daban a conocer una nueva técnica con microincisión baja estética longitudinal. En importante comunicación, en que se hace un detallado recuento histórico de las diferentes incisiones en la operación cesárea, fue presentada primero el 4 de octubre de 1951 en La Habana ante la Sociedad Cubana de Cirugía Plástica y Reconstructiva y unos días más tarde, el 13 del mismo mes y año, en el Primer Congreso Internacional de Técnica Operatoria celebrado en Ciudad México. Dicha memoria fue publicada en el Boletín del Colegio Médico de La Habana, volumen III, números 3 y 4, correspondiente a marzo y abril de 1952 con el título de "Microincisión baja estética longitudinal para la operación cesárea". Sobre esta técnica se han suscitado siempre escabrosos comentarios acerca de su verdadera autoría.
El doctor Sardiñas Ramírez fue por muchos años cirujano partero del Hospital de Maternidad América Arias y emigró de Cuba en los años de la década de 1960. Los doctores García Marrúz, hijo y Sinobas del Olmo fueron dos de las más importantes personalidades de la obstetricia y ginecología cubanas de nuestro actual período histórico de Revolución Socialista y maestros de varias generaciones de médicos como inolvidables profesores de dichas disciplinas en la Universidad de La Habana y el Instituto Superior de Ciencias Médicas de La Habana.
Sin entrar en otras consideraciones, son estos, a grandes rasgos, algunos aspectos históricos de la operación cesárea, en general en el mundo y en particular en Cuba. Espero que los mismos sirvan de puerta de entrada a este importante Symposium-Taller sobre Operación Cesárea que promete estar a la altura de los deseos de sus organizadores, participantes y asistentes.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
1. Ferrarelli, L.: Dudas históricas sobre la operación cesárea. Gaceta Sanitaria. 4(5-6): 41-43. Sept.-Dic. 1949.
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18. Trelles Govín, C. M.: Bibliografía científica cubana. Ciencias Médicas. Ingeniería. Imp. de Juan F. Oliver. Matanzas. 1919. Tomo II.
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20. Le Roy Gálvez, L. F.: Bio-Bibliografía del Dr. Jorge Le Roy y Cassá. Cuad. Hist. Sal. Pub. No. 61. La Habana. 1976.
EL DOCTOR FERMÍN VALDÉS-DOMÍNGUEZ,
HOMBRE DE CIENCIAS
Y SU POSIBLE INFLUENCIA RECÍPROCA CON
JOSÉ MARTÍ
*El doctor Fermín Valdés-Domínguez y Quintanó recibió su formación médica en cuatro universidades, casos como el suyo son verdaderamente raros y me viene a la memoria otro muy singular, el del doctor Tiburcio Pérez de Castañeda y Triana, médico y abogado pinareño, I Marqués de Taironas, que se graduó de licenciado en medicina en Madrid, de licenciado en derecho civil en Barcelona, de doctor en medicina en París, de cirujano en Londres y de doctor en derecho civil y canónico y medicina y cirugía en La Habana.
Valdés-Domínguez va a cursar sus estudios de medicina de una manera extraordinariamente irregular por sus actividades revolucionarias, en parte junto a Martí, desde su etapa en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana.
Con el título de bachiller en artes recién expedido el 28 de octubre de 1870, después de un año de cárcel, matricula la carrera de medicina en la Real y Literaria Universidad de La Habana para el curso de 1870-1871. El plan de estudios vigente entonces en Cuba para dicha carrera era el de 1863 y comprendía tres etapas: la de premédica o curso de ampliación, de un año; la de bachillerato en medicina de cuatro; de licenciatura en medicina de dos y la de doctorado, en un año final. Por lo tanto de haber seguido normalmente sus estudios debió graduarse en 1877 de licenciado y en 1878 de doctor en medicina.
En junio de 1871 aprobó las tres asignaturas del año de ampliación, que eran: Química General, Física Experimental e Historia Natural, esta última comprendía a su vez Zoología, Botánica, Minerología y Geología. Casi a mediados de curso, el 15 de enero de 1871, salió Martí deportado para España. El 19 de octubre de ese propio año matricula Valdés-Domíguez las tres asignaturas del verdadero primer año de la carrera: Anatomía Descriptiva 1o. Curso, Ejercicios de Disección 1o. Curso y Ejercicios de Osteología.
Los sucesos del 27 de noviembre, recién empezado el curso 1871-1872 y su posterior encarcelamiento hasta su final salida de Cuba el 30 de mayo de 1872, interrumpen violentamente sus estudios de medicina. No obstante, ya en Madrid junto a Martí, en junio de ese año, va a realizar algo
* Trabajo leido en Mesa Redonda *"Valdés-Domínguez, hombre de ciencias y posibles influencias mutuas con José Martí ",Centro Superior de Estudios Martianos. La Habana, noviembre 20 de 1993.
verdaderamente increíble al matricular en la Universidad Central de Madrid, por la enseñanza libre, no sólo las asignaturas del curso que ya tiene casi perdido, sino también dos asignaturas del siguiente, Anatomía Descriptiva y Ejercicios de Disección, ambas del segundo curso.
Muy intensamente debió estudiar toda la anatomía humana Valdés-Domínguez en los próximos seis meses, pues en diciembre de ese año, en busca de un medio ambiente más saludable y económico que les permitieran continuar sus estudios y mejorar sus estados de salud se trasladan Martí y Valdés-Domínguez a Zaragoza y en su universidad, en exámenes extraordinarios por la enseñanza libre, aprueba todas las asignaturas de anatomía. De esta época es posible que se despertara en Martí el interés por dicha rama de la ciencia, ya que pocos años después, en 1875, en su famosa polémica en México sobre "Materialismo y Espiritualismo" afirmara haber leído libros de anatomía comparada.
En Zaragoza se enfrasca febrilmente Valdés-Domínguez, asesorado indiscutiblemente por Martí, en la redacción de su libro, denuncia de los hechos del 27 de noviembre de 1871. En el se sigue el mismo objetivo desarrollado por nuestro Héroe Nacional en su libro El Presidio Político en
Cuba, publicado en Madrid, Imprenta de Ramón Ramírez, 1871, o sea la
denuncia testimonial, dramática, descarnada, de crímenes monstruosos del gobierno colonial español en la Isla, escrita en primera persona, por quien los había vivido y sufrido en carne propia.
Sus estilos literarios son tan parecidos que se puede decir que fue Valdés-Domínguez el primer escritor influido decisiva y permanentemente por la prosa martiana.
Con el título de Los voluntarios de La Habana en el acontecimiento de
los estudiantes de medicina firmado con el seudónimo de “por uno de ellos
condenado a seis años de presidio”, se edita el libro en Madrid, Imprenta de Segundo Martínez, 1873, epilogado con el largo poema épico-elegíaco de Martí, “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre”, publicado por primera vez el año anterior. Tan rápidamente se agotó la edición que cuatro meses después se publicaba la segunda bajo igual seudónimo.
Ganado un año de estudios, en el curso 1872-1873, Valdés-Domínguez matricula, siempre por enseñanza libre, en la Universidad de Zaragoza la asignatura que le queda del segundo año, Fisiología Humana y las tres del tercero: Higiene Privada, Patología General y Anatomía Patológica y Anatomía Quirúrgica, Apósitos y Vendajes. Para aprobar las tres primeras en Zaragoza y la cuarta en Valladolid.
En el siguiente curso 1873-1874, último que estudia en compañía de Martí, va a realizar un esfuerzo verdaderamente titánico dando muestras de una notable inteligencia. En dicho curso matriculó todas las asignaturas que le faltaban para graduarse de licenciado en medicina y cirugía, cinco en Zaragoza y seis en Madrid. En la primera aprobó: Terapéutica, Materia Médica y Arte de Recetar y Obstetricia y Patología General de la Mujer y de
los Niños. En la segunda no examinó, sino en Valladolid, donde aprobó nada menos que: Patología Médica, Patología Quirúrgica, Clínica de Obstetricia, Clínica Médica 1° Curso, Clínica Quirúrgica 1°. Curso, Higiene Pública y Medicina Legal y Toxicología y le quedaron pendientes solamente los segundos cursos de Clínica Médica y Clínica Quirúrgica.
En los dos años académicos de 1872 a 1874 Valdés-Domínguez al cursar las asignaturas de Higiene Pública y Privada entra en contacto con la gran Escuela de Higienistas de Cataluña, en pleno apogeo desde años antes, que dejará su evidente huella no sólo en él sino también en José Martí.
Las tres grandes figuras de esta escuela en su primera etapa lo fueron los doctores Pedro Felipe Monlau y Roca, Rafael Rodríguez Méndez y Juan Giné Partagás. Pedro Felipe Monlau, el higienista español por excelencia, hizo llegar sus concepciones novedosas sobre prevención de enfermedades infecciosas e higiene ambiental en uno de los más brillantes estilos de prosa castellana, en el campo de las ciencias, producido hasta la fecha.
En 1846 apareció en Barcelona la primera edición de su obra Elementos
de Higiene Privada, en un tomo y al siguiente año Elementos de Higiene Pública, en tres tomos, las que en sucesivas ediciones fueron consideradas
de texto desde 1853 en todas las universidades españolas. A estas obras siguieron otras de no menor importancia como Higiene Industrial (1856),
Higiene del Matrimonio (1858), considerada superior a todo encomio por el
historiador médico español doctor Luis Comenge Ferrer, Higiene de los Baños (1860) y su revista popular El Monitor de la Salud.
A Monlau le seguirán Rafael Rodríguez Méndez, profesor de Higiene Pública y Privada de la Universidad de Barcelona con el Tratado de Higiene
Pública y Privada, en 4 tomos y Juan Giné Partagás, profesor de Clínica
Quirúrgica de la Universidad de Barcelona, con el Curso Elemental de Higiene
Pública y Privada, en 4 tomos, obra muy gustada, de texto y de consulta
desde 1871.
Y es de preguntarse sino vendrá de este contacto, aunque de cierta forma indirecto a través de Valdés-Domínguez, con la obra extraordinaria de la Escuela de Higienistas Catalanes, que se forjan en Martí sus claros conceptos de una medicina preventiva por encima de una medicina curativa, con los que gratamente nos ha sorprendido siempre en sus escritos.
Alejado de Martí desde finales de 1874, Valdés-Domínguez cursa, las dos asignaturas que le quedan pendientes, Clínica Médica y Clínica Quirúrgica segundos cursos, que aprueba en Zaragoza (1874-1875), para realizar y aprobar los ejercicios del grado de licenciado en medicina y cirugía el 26 de noviembre de 1875, en la Universidad Central de Madrid, dos años antes de lo que normalmente debió ser, a pesar de las muchas dificultades sufridas.
Durante el siguiente curso, 1875-1876, matriculó las asignaturas del año del doctorado, que eran: Historia de las Ciencias Médicas, Análisis Químicos aplicados a las Ciencias Médicas y Ampliación de la Histología Normal y Patológicas, pero abandonó estos estudios para regresar a Cuba, lo cual se
produce en La Habana el 2 de enero de 1876. No aparece en su expediente de estudios No. 14144, antiguo, de la Universidad de La Habana que examinara las asignaturas del doctorado ni que hiciera los ejercicios de tal grado, pero siempre apareció como doctor y no como licenciado en la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana y en la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba, a las que perteneció y en sus publicaciones médicas en la Revista de la Crónica Médico-Quirúrgica de La Habana y Archivos de la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana.
Si accidentados fueron sus estudios no menos lo será su ejercicio profesional en muy diversos lugares. Desde el 2 de enero de 1876 en La Habana, tendrá que esperar hasta el 5 de junio de 1878 que se le incorpore su título en la Universidad de La Habana para poder ejercer la profesión. En ese tiempo se casa, el 25 de febrero de 1876, con su prima materna María Consuelo Quintanó y Ramos; está en contacto con Martí cuando éste se presenta secretamente en La Habana del 6 de enero al 24 de febrero de 1877, pues con cartas de recomendación de su padre para amigos influyentes y mil pesos que además le regaló éste para su futuro matrimonio con Carmen Zayas Bazán, partió el Apóstol para Guatemala y el 4 de septiembre de 1877 fue propuesto y admitido Valdés-Domínguez miembro de número de la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba.
En ejercicio de la profesión el médico revolucionario en La Habana, de regreso Martí el 2 de septiembre de 1878 con su esposa en avanzado estado de gestación, va a vivir a casa del "amigo del alma” y allí nacerán la única hija de Valdés-Domínguez, el 11 de noviembre siguiente y once días después el único hijo de Martí, José Francisco. Deportado a España el Héroe Nacional cubano el 25 de septiembre de 1879, al siguiente día, fallece la niña de Valdés-Domínguez.
En 1881 va a ejercer su profesión a Santiago de las Vegas, de donde regresa en1883 a La Habana y es en esta nueva etapa, en la capital de la isla, que publica algunos trabajos médicos entre 1885 y 1886, que comentaremos en breve, para en un inesperado cambio establecerse al otro extremo del país, en Baracoa, con su esposa y allí ejercer la medicina en general y en particular la medicina forense y realizar algunos estudios de arqueología, antropología y sanidad vegetal en 1890, que también comentaremos y se separa en 1893 de su primera esposa.
Por su labor profesional en la ciud a d p r i m a d a d e C u b a e l Ayuntamiento le extendió título de mérito, en el que se hacía constar "las más satisfactorias muestras de estimación, y muy especialmente por los relevantes y humanitarios servicios que ha prestado en esta jurisdicción exponiendo su propia vida en diferentes ocasiones por asistir a los enfermos y practicar reconocimientos y autopsias judiciales en épocas de abundantes lluvias, atravesando con su cabalgadura ríos a nado y caminos intransitables por llenar su deber y salvar la vida de los enfermos que reclamaban su asistencia”.