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Putnam, Lara
Género, poder y migración en el Caribe costarricense 1870-1960 / Lara Putnam; traducido por Elisabet Saborío. – 1 ed. – San José: Instituto Nacional de las Mujeres, 2013 (Colección Haciendo historia; n. 4)
350 p.; 21,5 x 14 cm.
ISBN 978-9968-25-299-7
1. MIGRACION LABORAL. 2. MUJERES. 3. CONDICIONES ECONOMICAS. 4. CONDICIONES SOCIALES. 5.POBLACION AFRODESCENDIENTE. 6. PUERTO LIMÓN - HISTORIA. 7.UNITED FRUIT COMPANY. 8. BANANO. 9.VIOLENCIA EN CONTRA DE LAS MUJERES. I. Elisabet Saborío, tr. II.TITULO.
Créditos
Edición, investigación y elaboración final:
Lara Putnam
Traducción:
Elisabet Saborío
Productor Gráfico:
Alonso Gamboa Valverde
Impreso en los Talleres Gráficos de la Editorial EUNED
Diseño de Portada:
5
Índice
PRESENTACIÓN ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... . 9 RECONOCIMIENTOS .. ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 11 INTRODUCCIÓN ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 15 CAPÍTULO UNOLa evolución de la práctica familiar
en Jamaica y Costa Rica .... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 37 CAPÍTULO DOS
Visitantes y colonizadores:
Ciclos económicos y vidas viajeras, 1850 a 1950 ... ... ... ... 57 CAPÍTULO TRES
Las Princesas del Dollar: Mujeres en prostitución
y los auges del banano, 1890 a 1930 ... ... ... ... ... ... .... 109 CAPÍTULO CUATRO
Compañeros: Comunidad y parentesco 1920 a 1960 .. ... ... .... 153 CAPÍTULO CINCO
Mujeres “facety”: Escándalo y respetabilidad 1890 a 1930 ... .... 187 CAPÍTULO SEIS
Hombres de valía: Autoridad y violencia, 1890 a 1960 ... ... .... 231 CONCLUSIÓN ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .... 271 APÉNDICE... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .... 287
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Ilustraciones
Campamento de trabajo del ferrocarril, Limón, ca. 1880.... ... ... 62
Familia en la región costera sur, Limón, ca. 1890. ... ... ... ... 66
Asentamiento cerca de Zent, parte baja de Línea Principal, ca. 1905.... ... ... ... ... ... ... 72
Casa cerca de Puerto Limón, ca. 1900. . ... ... ... ... ... ... 74
Cargando banano por la línea Limón, 1909. .. ... ... ... ... ... 86
Edificios de la United Fruit Company en Bocas del Toro... ... ... ... ... ... ... ... ... 91
Niños antillanos viajando en burro por la línea del tren, Limón, ca. 1925... ... ... ... ... ... ... ... ... .... 104
Eva Barrantes [1890?]-1912. ... ... ... ... ... ... ... ... .... 145
“Los Bajos” de la Cuesta de Moras, San José, 1920 ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .... 148
Familia en Brooklyn de Siquirres, ca. 1923. ... ... ... ... ... .... 158
Compañeros de caza, Guadalupe (San José), 1913. ... ... ... .... 167
Familia de zona rural, Costa Rica, ca. 1910. .. ... ... ... ... .... 169
Cosecha de café, provincia de San José, ca. 1920. .... ... ... ...174
Familia rural, Villa Colón (San José), ca. 1920 ... ... ... ... ...176
Calle principal en Limón, ca. 1920. .. ... ... ... ... ... ... .... 195
Mujer en patio, Puerto Limón, ca. 1930 ... ... ... ... ... ... .... 200
Congregación antillana de la iglesia, Limón, ca. 1924.. ... ... .... 222
Mujeres y niños indígenas, Talamanca, ca. 1900 .. ... ... ... .... 236
Trabajadores y jefe en carro manual, Río Bananito, ca. 1900 .... .... 241
Mujeres haciendo madejas y calificando la fibra de abacá en la planta de la United Fruit Company en Monteverde, 1945 ... .... 258
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Cifras
2.1 Comparación del lugar de nacimiento en Jamaica de participantes en casos judiciales en Limón, 1901-1915, con la población de Jamaica
por parroquia, 1911 ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 77 2.2 Año de llegada reportado en el censo de 1927
por los residentes de Limón de nacimiento extranjero,
con las exportaciones anuales de banano, 1880-1942 ... ... ... 89 2.3 Pirámides de edad de poblaciones
hispanas y antillanas en Limón, 1927 ... ... ... ... ... ... ... 97 4.1 Pirámides de edad de poblaciones
negras y blancas de Limón, 1950 ... ... ... ... ... ... ... .... 160 5.1 Origen y género de los ofendidos
en casos de injuria Limón, 1897-1910 .. ... ... ... ... ... ... ... ... . 191
Mapas
Mapa I.1 Centroamérica y el Caribe Occidental .... ... ... ... ... 17 Mapa 1.2 El Caribe Occidental. . ... ... ... ... ... ... ... ... 39 Mapa 2.1 Las líneas de Limón ... ... ... ... ... ... ... ... ... 71 Trabajadores cargando abacá en carros del tren,
Monte Verde, Siquirres. ... ... ... ... ... ... ... ... ... .... 266 La “cuadrilla de remachado” del puerto
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Presentación
Lara Putnam en su libro “Género, poder y migración en el Caribe costa-rricense 1870-1960” nos acerca a una lectura de una riqueza invaluable en la cual se entrecruzan acontecimientos, datos históricos, testimonios judiciales, relatos, experiencias y diálogos de mujeres y hombres de una gran variedad de orígenes y aún más diversidad de destinos, desde la cual nos permite acercarnos a un Caribe más amplio tanto en su cober-tura geográfica como en las conexiones sociales, intercambios y expe-riencias comerciales, personales y colectivas.
La autora a través de su escrito nos brinda la oportunidad de profundizar en la forma en la cual se organizaba la vivencia de mujeres y hombres en la economía de exportación en la zona Atlántica. Nos permite además plantearnos interrogantes acerca de las particularidades en las que se expresa la división sexual del trabajo en la estructuración del trabajo en esa economía, los elementos subjetivos, culturales y económicos que permearon las relaciones de poder entre los géneros y entre las perso-nas del mismo género, así como sobre las percepciones que se gestaron alrededor de la raza. Además nos abre una ventana para conocer el im-pacto de distintas políticas nacionales en la cotidianidad de las familias, grupos, parejas, trabajadores y trabajadoras que durante el periodo de estudio inscribieron su nombre en la historia de nuestro país desde las especificidades de sexo, raza, edad y nacionalidad.
Desde el Instituto Nacional de las Mujeres es un honor presentar la ver-sión traducida de esta obra desde la cual se abona a la visibilización y la legitimación de la diversidad de las mujeres, así como de sus propias culturas y orígenes étnicos. Consideramos que es imperativo continuar fortaleciendo los vacíos que la historia oficial hace del aporte de distintos grupos de personas y pueblos a la cultura, la economía y la sociedad, de manera que se avance en la erosión de los cimientos estructurales que justifican la discriminación, exclusión y expropiación de quienes se conciben como “diferentes”, particularmente existe una deuda en el re-conocimiento de las contribuciones de las mujeres desde su diversidad.
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La historia hay que reconstruirla, tal como lo plantearan Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser en 19881:
No puede haber igualdad cuando más de la mitad del género hu-mano carece de historia. Las aproximaciones tradicionales a la historia deben ser reajustadas y ampliadas para incluir tanto a la mujer como al hombre. El resultado será una versión que nos ofre-cerá por primera vez una verdadera historia de la humanidad. Este libro constituye un aporte que nos permite acercarnos a nuestro pa-sado, profundizar en sus raíces y así darle nuevos significados y lecturas más inclusivas a las distintas realidades.
María Isabel Chamorro Santamaría Ministra de la Condición de la Mujer Presidenta Ejecutiva Instituto Nacional de las Mujeres
1 Historiadoras norteamericanas autoras del libro Historia de las mujeres, una historia propia (Crítica Editorial.)
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Reconocimientos
Este libro no existiría si no fuera por una familia extendida cuyas contribuciones de amor, trabajo, dinero y tiempo hizo posible criar a tres niños pequeños y escribir una disertación doctoral al mismo tiempo. Natalia González, Christin Campell, Aracelly Pérez, Elsa Pérez, Mario Pérez, Jonathan Putnam, Robert Putnam, Rosemary Putnam, Ruth Putnam, Louis Werner y Zelda Werner dieron cada uno un apoyo esencial. Mis padres han brindado modelos impe-cables de unión familiar e integridad intelectual y espero haberlos hecho sentir orgullosos. La mayor parte de lo que yo pueda saber el complicado tejido de labor productiva y reproductiva me lo han enseñado mis hijos, Miriam, Gabriel y Alonso -a veces en contra de mi voluntad- y estoy profundamente agradecida por su amor y su adaptabilidad. A mi ex esposo y gran amigo, Mario Pérez, le debo mi más profundo agradecimiento.
La investigación para este proyecto ha sido apoyada genero-samente por la Facultad Rackham de Estudios de Posgrado, el Programa de Estudios Latinoamericanos y del Caribe, el Proyecto sobre Migraciones Secundarias en la Diáspora Africana del Centro para Estudios Africanos y Afroamericanos y el Departamento de Historia, todos de la Universidad de Michigan; el progra-ma Fulbright-USIA; la Foundación Mellon y la Vicerrectoría de Investigación de la Universidad de Costa Rica. Mi investigación en Costa Rica no hubiera sido posible sin la ayuda y amistad de Rina Cáceres, Elizabeth Fonseca, Héctor Pérez y Ronny Viales del Centro de Investigaciones Históricas de América Central; Rocío Vallecillos y el personal de la Sala de Consulta del ANCR; mis asis-tentes de investigación Ileana d’Alolio y Carlos Fallas Santamaría y Juan Carlos Vargas. Los archivistas de la Biblioteca Baker de la Harvard Business School, la ANCR, y el Museo Nacional de Costa Rica se esforzaron para encontrar fotos y facilitar los permisos. El Centro David Rochefeller para los Estudios Latinoamericanos de
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la Universidad de Harvard brindó una acogedora casa durante la conclusión de este proyecto.
Moji Anderson, Soili Buska, Sueann Caulfield, Frederick Cooper, Laura Gotkowitz, Lowell Gudmundson, Thomas Green, Peter Guardino, Anne Hayes, Catharine MacKinnon, Aims McGuinness, Dunbar Moodie, Stefan Palmié, Robert Putnam, Rosemary Putnam, Rebecca Scott, Ann Stoler, Florencia Quesada y Ronny Viales leyeron y comentaron borradores parciales de este material. Las conversaciones Aims McGuiness han sido tan centrales para cada etapa de este proyecto que una vez amenacé con culparlo a él en los reconocimientos de cualquier error que quedara. En el Editorial de la Universidad de Carolina del Norte, Elaine Maisner, Lowell Gudmundson y Catherine LeGrand (los últimos en calidad de lectores anónimos) mejoraron mucho el producto final; Mary Reid editó el manuscrito con un cuidado meticuloso. Finalmente, Sueann Caulfield y Rebecca Scott han sido consejeros ejemplares durante mi educación superior y más: modelos de entusiasmo in-telectual, crítica rigurosa y apoyo constante.
Nota a la edición traducida:
Hacer disponible este libro en español y en Costa Rica ha sido un compromiso que por muchos años quedó pendiente. Su logro en este momento se debe al apoyo imprescindible de Rina Cáceres, Maureen Clarke, María Isabel Chamorro y los grandes esfuerzos de Zelenia Rodríguez, Elisabet Saborio, y Lina Pochet. A todas ellas, mis profundos agradecimientos.
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Certain woman call me a one-pant man I shouldn´t be in society
calling myself a calypsonian
but she say she going to run me out the country. Me no know brother me no know
what I done this wicked woman I only sing me sweet calypso
she say she going to run me out of the land She went and called the police on me
telling them I’m running contraband when the government come down and see
they glad was to leave the calypsonian She went and called the authority
telling them I’m a foreigner they come with soldier and artillery compelling me, to show them me cédula --- Calypso por Walter Gavitt Ferguson
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INTRODUCCIÓN
Sebastiana Veragua nació en 1890 en Colón, en el extremo caribeño del proyecto francés del Canal de Panamá, proyecto que había quedado en bancarrota el año anterior. Cuando su abuela, quien la había cria-do, se enfermó en 1904, la llevó hacia el norte, a Puerto Limón, Costa Rica, donde la colocó como sirvienta en la casa del abogado colom-biano Salomón Zacarías Aguilera. Después de dos años de limpiar la casa y cuidar los tres niños de Aguilera por la mitad del salario normal para la época, Sebastiana, de diecisiete años, decidió prestarle atención a las “palabras afectuosas” del obrero costarricense Leandro Chacón. Un domingo por la noche, se encontraron en el parque donde tocaba la banda militar y Sebastiana acompañó a Leandro a su cuarto alquilado. Ella no regresó a la casa de los Aguilera para recoger sus pertenencias sino hasta tres días después, luego de que Leandro finalmente logró romper su himen. Las actuaciones de ella fueron actos sexuales dentro de un contexto doméstico, pero también fueron gestiones dentro de una lucha por lograr mejores condiciones laborales y mayor autonomía per-sonal, hecho que quedó muy claro cuando Aguilera denunció a Leandro por “desflorar” a su “pupila” y exigió que Sebastiana fuera devuelta a su custodia.
El doctor Benjamín de Céspedes fue llamado para realizar el examen vaginal requerido y describió a Sebastiana como una “joven negra que gracias a sus incitantes curvas seguramente fue buscada con gran te-nacidad por su violador…la pérdida de la virginidad fue consumada sin la más mínima resistencia por parte de una joven mujer bien formada para fines reproductivos.”1 El reporte clínico encerraba una afirmación
política sobre cuáles tipos de mujeres tenían derecho a cuáles tipos de protección estatal. La negrura de Sebastiana, sus curvas y su disposi-ción sexual aparentemente fueron igualmente visibles al ojo experto de Céspedes. Por supuesto, el doctor tenía amplia experiencia en este tipo de asuntos. Años atrás él había llevado a cabo un estudio sobre la pros-titución en su Cuba natal y observó que “en el linfático organismo de la
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sociedad cubana, el absceso supurante de la prostitución está localiza-do en las costumbres de la raza de color.”2 En esta instancia Sebastiana
decidió no contradecir las conclusiones del buen doctor. Ella había sido, insistió, no la víctima sino la autora de la pérdida de su virginidad. Ese mismo año nueve millones de racimos de banano fueron exportados desde Puerto Limón, cargados en los barcos de vapor de la United Fruit Company (UFCo), a la vista del parque donde Sebastiana y Leandro to-maron su caminata nocturna. Las vías férreas que se ramificaban hacia el oeste y el sur desde el puerto unían la provincia de Limón, un vasto campo donde fincas grandes y pequeñas se dedicaban a sembrar el oro verde. Sabemos mucho de algunos tipos de trabajo y de contienda política en la zona bananera, de las plantaciones, huelgas y contratos entre diputados de San José y abogados de Boston pero la historia de Sebastiana plantea nuevas preguntas acerca del trabajo de cuido de niños y hombres y cómo esto calzaba en la economía de exportación. También, nuevas preguntas acerca del rol del parentesco y de las cone-xiones sociales, (ya no solo del dinero) en la estructuración del trabajo en esa economía; acerca del hogar como un sitio de conflictos sobre los recursos y la autoridad y finalmente acerca del impacto de las ideas sobre raza y sexualidad en el ejercicio del poder.
Amor y trabajo en la economía de exportación
Ubicándose dentro del marco teórico de la dependencia, en las déca-das de 1970 y 1980 los intelectuales argumentaban que las conexio-nes globales habían determinado el curso histórico de América Central, particularmente en las “economías de enclave” del litoral caribeño. Sin embargo, conforme los historiadores han construido casos de estudio con base en gran variedad de fuentes primarias, se ha vuelto claro que el impacto de las fuerzas globales fue definitivamente condicionado por las dinámicas regionales y locales.3 En Costa Rica es común la idea
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inmigración desde Jamaica surgieron y cayeron a la vez. Los escrito-res de la época ciertamente los vinculaban: los allegados de la UFCo alardeaban de la capacidad de la Compañía para importar trabajado-res negros para exportar banano, mientras que los críticos nacionalistas arremetían contra eso mismo. Pero, al examinar la historia del Caribe costarricense más cuidadosamente y un marco temporal más amplio, se revela que la exportación de banano y la migración laboral respondieron a dinámicas distintas; y ninguna de las dos funcionó según la voluntad de los funcionarios de la UFCo. En cada caso, los acontecimientos en la provincia de Limón dependían de eventos y procesos de una región más amplia: el Caribe Occidental, el cual abarcaba las bajuras costeras desde Guatemala hasta Colombia y las islas de Jamaica y Cuba.
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Los marineros han circulado entre las islas y el litoral continental del Caribe Occidental desde 1600. El movimiento entre Jamaica y América Central se intensificó en el último cuarto del siglo diecinueve, con el auge de nuevos proyectos de infraestructura y la agro exportación en el litoral continental. La construcción de un ferrocarril desde la Meseta Central de Costa Rica hacia Puerto Limón atrajo miles de trabajadores del Caribe Británico en la década de 1870; al sur, el trabajo en el proyecto francés del canal atrajo decenas de miles una década después. El banano fue sembrado comercialmente en Costa Rica por primera vez por hombres que habían trabajado en el ferrocarril o en el canal, en tierras que ocupa-ron para sí mismos y en plantaciones cuyo dueño era el concesionario ferroviario Minor Cooper Keith. En 1898, Keith fusionó sus activos en Costa Rica con la Boston Fruit, empresa localizada en Jamaica, para formar la United Fruit Company. Para finales de siglo las compañías de Keith administraban directamente más de la mitad del área sembrada de banano en Limón y la mayoría de los trabajadores de la United Fruit Company eran de las Antillas. Algunos costarricenses adinerados y otros aventureros acaudalados, recién llegados de Colombia, Cuba y el Caribe Británico, entre otros, establecieron sus propias plantaciones. La mayoría de los trabajadores de estas plantaciones particulares eran de la Meseta Central, y en un menor número oriundos de Nicaragua, Colombia y las Antillas. Durante el primer auge del banano, el control que podía ejercer la United Fruit sobre sus trabajadores estaba limitado por la facilidad del movimiento marítimo, la gran cantidad de oportunidades de empleo en la región y la falta de restricciones legales migratorias. La exportación de banano desde Limón creció continuamente desde la década de 1880 hasta 1907, se sostuvo con altas y bajas por varios años y luego cayó en picada durante la I Guerra Mundial. Las prácticas de cultivo agotaron los ecosistemas y le abrieron el camino a las enfermedades de las plantas. Esto, sumado al activismo laboral, propició que la United Fruit trasladara sus operaciones a Panamá, Guatemala, Honduras y Colombia.
Cuando la respuesta de parte de la UFCo a las huelgas en Limón y Sixaola (zona fronteriza de Costa Rica con Panamá) después de la I Guerra Mundial fue represiva en lugar de concesionaria, los jóvenes an-tillanos salieron en masa de Costa Rica hacia Cuba tras el auge de la industria azucarera. En 1920 los precios internacionales del banano se
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dispararon y tanto la United Fruit como los agricultores tanto grandes como pequeños volvieron a sembrar fruta para exportación en tierras que habían sido abandonadas dos décadas antes. En esta ocasión, la Compañía reclutó trabajadores costarricenses por miles. Sin embargo, la planilla de la compañía pronto se redujo al marco de la caída de las cosechas. Los años treinta fueron nefastos en todas partes. Al final de la década de 1930, hubo un pequeño aumento en la siembra de bana-no, pero de 1942 a 1958 la exportación llegó a prácticamente cero. Sin embargo, durante esos mismos años la United Fruit se convirtió nueva-mente en la principal fuente de empleo de la provincia, ahora sembrando abacá y cacao.
En estas plantaciones la mayoría de los trabajadores eran nuevos mi-grantes de la Meseta Central, Guanacaste o Nicaragua, así como al-gunos antillanos (para aquel entonces, nativos de Limón de segunda o tercera generación). En Limón las haciendas y parcelas de cacao se multiplicaron, pero en la región más amplia las oportunidades de empleo eran limitadas. Las trayectorias de vida de los trabajadores no se limita-ban a Limón, al igual que las inversiones de la UFCo tampoco lo hacían y, la expansión de las operaciones de la Compañía en el lado pacífico de Costa Rica y en Panamá significó que el peso de la compañía en la vida laboral de quienes pasaban por Limón aumentara, aunque el banano desaparecía de Limón en el curso de las décadas de 1930, 1940 y 1950. ¿Será que esta crónica de los ciclos de exportación y de los hombres cuya labor los propulsó abarcara la totalidad de la historia económica de Limón? A través de las décadas comentadas, hubo gran cantidad de trabajo, esencial para la economía de exportación, que no fue contabi-lizado en las nóminas de la empresa ni en los manifiestos de carga. Un recuento exhaustivo del funcionamiento del enclave debería incluir no solo la extensión de siembra, exportación e infraestructura, sino tam-bién la comida que se cosechaba, intercambiaba o compraba y luego se transportaba y preparaba; el agua cargada para beber y lavar; pantalo-nes remendados y vestidos almidonados y té de hierbas preparado para quitar la fiebre. La organización de este tipo de labores generalmente quedaba fuera del control y, frecuentemente fuera del conocimiento, de los gerentes de la compañía y de los dueños de las plantaciones. Al igual
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que en la mayoría de las sociedades y a través del tiempo, el género fue un componente crucial de la organización de la producción. Aquí la labor de la reproducción social les tocaba a las mujeres. Un elemento era la reproducción generacional: el embarazo y la crianza de los niños. Pero aun más importante para la economía de exportación era la reproduc-ción social diaria: la provisión de la comida, ropa limpia, albergue, sexo y compañía que sostenían la fuerza laboral regional.4
Las mujeres llegaban a Limón desde Kingston y Cartago, Santa Lucía y San Juan del Norte. Algunas venían con un compañero a su lado y otras llegaban por cuenta propia (algunas madres jamaiquinas enviaban a sus hijas adolescentes encomendadas a trabajar con alguna amiga o parien-te mayor). En las primeras décadas de la expansión de las plantaciones la cantidad de migrantes masculinos era de más del doble de la cantidad de migrantes femeninas, creando así una gran demanda para los servi-cios femeninos. Esto les proporcionaba a las mujeres que llegaban mu-chas alternativas a una relación de pareja exclusiva. Así fue la suerte que corrió Jerome Dabney, según sus propias palabras, gritadas a la puerta de la pensión de Jane Barnes en 1903 (en inglés local, N. de T.): “Maldita puta perra, te recibo desde Kingston desnuda y te doy ropa para que te cubras el trasero, y vienes a Limón a poner un hombre en mi catre: haz a tu hombre comprarte catre”.5 La mayoría de las mujeres se asentaron en
el puerto o en los pueblos ubicados en las líneas férreas. Unas cuantas decidieron seguir a sus maridos o amantes al monte o, de campamento en campamento: cocinando, lavando y apoyando, no por dinero sino por amor, por promesas de largo plazo o por falta de un escape. La prosti-tución o “trabajo sexual” es un tema cada vez más investigado por los historiadores y es uno que exploro en detalle a continuación. Pero tam-bién describo muchas otras cosas que mujeres y hombres hacían que implicaban sexo y trabajo a la vez: tales como iniciar un noviazgo, hacer una finca o criar una familia. El parentesco, el dinero y la reciprocidad, cada uno estructuraba una porción de la labor reproductiva esencial a la economía de exportación.
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La misión civilizadora
En años recientes, los estudios culturales coloniales y post-coloniales han vuelto la atención a los alegatos morales de los proyectos interna-cionales de Estados Unidos y Europa de finales del siglo diecinueve y principios del veinte. Los estudiosos no ignoran que las ganancias eco-nómicas fueron motivo fundamental de esa expansión neocolonial. No obstante, creen también importante la manera en que esos proyectos neocoloniales afectaba y eran afectados por las ideologías: de superio-ridad racial, deber moral y virtud femenina o masculina.6 Las
publicacio-nes de la United Fruit describían el avance tropical de la compañía como la vanguardia estadounidense de la misión mundial del hombre blanco. En Costa Rica, Frederick Upham Adams escribió en 1914,
Las tribus indias nativas han absorbido algunos de los atributos de la civilización caucásica, única manera en la cual un indio pue-de adquirir una primera capa pue-de civilización. Cada generación si-guiente de indios en Costa Rica ha desechado algún rasgo tribal hereditario y lo ha substituido por un hábito energético del domi-nante hombre blanco…No ha habido progreso efectivo o duradero en todo el vasto dominio desde el Río Grande hasta el Cabo de Hornos que no haya sido resultado de una iniciativa y eventual supremacía caucásica. La esperanza para las zonas perturbadas de América Central yace en la afluencia de una raza que posee la inteligencia y el coraje para luchar solo por la paz.7
No hay duda de que la manera en que los gerentes, inversionistas y so-cios de la UFCo entendían su lugar en el trópico estaba teñida con las ideologías de raza y género que justificaban la dominación del norte. No obstante, fuentes generadas fuera del ámbito de la Compañía proveen poca evidencia de que la ampliamente anunciada misión civilizadora fue-ra puesta en acción. ¿Perseguía la United Fruit en Limón un proyecto de imperialismo cultural? ¿Intentaba la Compañía vigilar la vida doméstica, las escogencias sexuales o los códigos morales? Las narrativas perso-nales de los trabajadores hablan de bananos rechazados bajo excusas falsas, supervisores que mentían acerca de las dimensiones de las labo-res y heridas que se podrían por culpa de jefes racistas. También hablan
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de momentos de generosidad y respeto mutuo. Pero en estas mismas fuentes, a veces críticas y ocasionalmente positivas, no hay evidencia de que los agentes de la UFCo intentaran infundir los valores burgueses, promover el núcleo familiar patriarcal o instar a la moderación sexual. A juzgar por las narrativas y testimonios de aquellos que trabajaron por ella, la energía de la compañía estaba dirigida a impedir la sindicalización (siempre) y a controlar el proceso laboral (aun cuando la subcontratación desentendida también tuvo un lugar importante en el arsenal adminis-trativo de la UFCo). Controlar la vida doméstica de los trabajadores ni siquiera estaba en la lista. Mientras tanto, los supervisores buscaban placer y poder de las mismas maneras en que lo hacían los trabajadores que supervisaban. La retórica de la compañía acerca del mejoramiento de la moral se quedaba solo en eso, en retórica.
En este contexto es útil comparar la migración de antillanos a Centroamérica a finales del siglo XIX (una mezcla de reclutamiento pri-vado con viajes por cuenta propia) con la migración desde las Indias Orientales al Caribe Británico organizado por el gobierno colonial britá-nico en los mismos años. En Trinidad, Guyana y Jamaica el sistema de inmigración de por contrato se veía afligido por el costo de repatriar a los hombres solteros que querían regresar a casa tan pronto como sus contratos vencieran. Mientras que los contratistas privados que llevaban antillanos a Centroamérica solían sencillamente incumplir sus promesas para eludir el costo de la repatriación (si es que no habían caído en ban-carrota mucho antes), las autoridades británicas se hallaban en una po-sición más delicada. Tanto la ideología que justificaba el poder imperial como el desafío constante de mantenerlo, exigían el cumplimiento de las promesas a los migrantes. Por la misma razón, los oficiales británicos prestaban más atención a los reclamos acerca de la inmoralidad y vio-lencia resultado de una fuerza laboral desproporcionadamente mascu-lina, que los oficiales de la UFCo. Para estabilizar y moralizar a la fuerza laboral migrante, los oficiales coloniales ordenaban incluir proporciones cada vez más altas de mujeres en los embarques de trabajadores por contrato.8
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Como resultado, muchas mujeres provenientes de las Indias Orientales trabajaban por contrato en las plantaciones de banano jamaiquinas. Las mujeres antillanas que viajaban por cuenta propia a Centroamérica nun-ca lo hicieron. La United Fruit Company demostró estar perfectamente dispuesta a contratar mujeres para labores de campo y de muelles en Jamaica; el hecho que no lo hiciera en América Central refleja diferen-cias en los mercados de trabajo y en la libertad que tenían las mujeres inmigrantes para ubicarse en ellos, no por una ideología o una visión particular de la feminidad por parte de la compañía.9 La indiferencia de
la UFCo a la moralidad doméstica de los trabajadores no significaba que los reclamos morales basados en ideologías de género no tuvieran re-lación con las jerarquías de poder en Limón. Lo que significaba era que aquí, las lavanderas y los trabajadores, los predicadores y las prostitu-tas, instigaban ellos mismos las luchas que le daban forma a la intimidad y a las obligaciones entre ellos.
Migrantes transnacionales en el Caribe Occidental
Este estudio utiliza técnicas microhistóricas para crear un retrato de las vidas de los migrantes sin limitarse a los patrones que los observadores contemporáneos percibieron. La microhistoria reduce la escala de ob-servación para detectar elementos que se opacan en los datos globales. Esto no es nada revolucionario. Un mandato básico en las ciencias so-ciales es utilizar la unidad más pequeña de análisis que los datos per-mitan para evitar correlaciones falsas. Las conclusiones sobre las dife-rencias étnicas en la adherencia a equis partido son, por ejemplo, más convincentes si se basan en encuestas a votantes particulares en vez de inferir con base en tendencias provinciales. Similarmente, los historiado-res podemos reducir la unidad de análisis a la vida individual, y seguir a los aldeanos medievales o molineras del siglo diecinueve a través de vinculación nominal de registros para evaluar convenios del mercado, sistemas migratorios y cambios culturales. La microhistoria no busca
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explicaciones micro sociales, o sea, explicaciones que enfatizaran habi-lidad, virtud o suerte para explicar resultados individuales, ni restringe el análisis al punto de vista del personaje. Las tendencias de largo plazo de demografía, producción, inversión y comercio nos son usualmente invi-sibles aun cuando dan forma a nuestras vidas. La microhistoria provee un panorama más exacto de tendencias a gran escala y ofrece una ven-tana única hacia la forma en que un sinnúmero de encuentros íntimos, moldeados de manera similar, crean cambios colectivos.10
El impacto de este enfoque es claro en el caso de la migración en el Caribe Occidental. A nivel agregado, las cifras oficiales de fines del si-glo diecinueve y principios del veinte parecen captar las olas sucesivas de emigración desde Jamaica: a Costa Rica en la década de 1870, a Panamá en la de 1880, a Costa Rica desde 1890 y hasta la década de 1900, a Panamá durante la construcción norteamericana del canal y a Cuba después de la I Guerra Mundial. Sin embargo, a nivel micro, las autobiografías y los relatos personales preservados en testimonios ju-diciales, revelan una realidad diferente. Sebastiana Veragua y su abuela siguieron una ruta muy común. Hombres y mujeres iban y venían entre Kingston, Colón, Bocas del Toro, Puerto Limón, Santiago de Cuba y otros puertos, trabajando por salario, comprando e intercambiando, lavando y cocinando, sembrando y cosechando. Las reubicaciones unilaterales que aparecen en las estadísticas globales ocultan un sistema en el cual las personas viajaban repetidamente, creando un campo migratorio que se expandía para incluir nuevos sitios de dinamismo económico confor-me pasaban las décadas.
Las redes sociales canalizan la migración. Esto es una verdad de Perogrullo entre sociólogos y antropólogos, y aun así los historiadores nunca se han preguntado si las redes sociales de los migrantes afecta-ban la formación de la fuerza laboral de las economías de enclave. Al preguntarlo encontraremos que los lazos personales guiaban las deci-siones de los migrantes en cuanto a dónde y cuándo viajar y a menudo determinaban cómo se aplicaban a la llegada. No había distinción cate-górica entre lazos familiares y los demás lazos en este sentido. La adop-ción informal, las uniones consensuales y las relaciones de pareja de tra-bajo entre hombres, todas conllevaban obligaciones tanto económicas
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como emocionales. Los desplazamientos frecuentes y los encuentros repetidos crearon amplias redes sociales y reafirmaron las normas de repartición y reciprocidad entre ellos. Esto era igualmente cierto para los migrantes antillanos a finales de siglo y para los costarricenses y demás centroamericanos una generación después. No era inusual que una fa-milia se constituyera de parientes esparcidos por Kingston, Cuba, Bocas del Toro, Colón y Limón. Un hombre de Nicaragua podía reencontrarse con una hermana en Limón, un tío en la costa pacífica de Costa Rica, y una ex amante en Sixaola, y fijo que se reencontraría con antiguos compañeros de trabajo en todos esos sitios. El resultado paradójico de aplicar un lente microscópico a la historia de Limón es que se revela la extensión de las conexiones regionales y la interdependencia de proce-sos ocurridos en Panamá, Jamaica, Cuba, Costa Rica y Nicaragua. Observadores culpaban a la supuesta falta de lazos sociales entre tra-bajadores “desarraigados”, por la legendaria violencia y consumo de al-cohol en la zona bananera. “En la pequeña comunidad en que él vivía estaba influenciado por las actitudes de sus vecinos. Disfrutaba de su aprobación y huía de su desaprobación. Con la desaparición de muchas de estas relaciones primarias, cualquier trabajador inmigrante…puede perder controles importantes que previamente habían guiado su con-ducta diaria”.11 Pero el uso del alcohol y la violencia en la plantación no
reflejaban una falta de lazos sociales; por el contrario, el carácter es-pecífico de lazos forjados entre hombres migrantes. Como veremos, la violencia entre hombres era altamente estilizada, casi como un guión, en el cual insultos y amenazas terminaban en duelos de honor con estánda-res claros y consecuencias conocidas. Esto no era una reversión a algún estado masculino natural pre-cultural. Esto era la cultura local particular, una en la cual la lealtad y las reputaciones eran lo suficientemente impor-tantes como para pelear por ellas.
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El Estado en el enclave
Irónicamente, el lugar de nacimiento de la United Fruit—en un sentido, la original república bananera, se convirtió en el único estado exitosa-mente hegemónico en América Central. A lo largo del siglo veinte, el grado de participación política y de repartición del poder fue mucho mayor en Costa Rica que en sus vecinos del istmo. Ya para la década de 1920, los activistas josefinos ya tenían preparado el armamento in-telectual para lo que se convertiría en uno de los estados benefactores más duraderos de Latinoamérica.12 Por otro lado, desde principios del
siglo veinte voces críticas insistían en que las gestiones de la United Fruit socavaban la soberanía nacional, argumentando que el poder del estado era uniformemente disminuido por el poder de la compañía. Mas el estado en el enclave no era un monolito. Era una presencia múltiple. Un recuento exhaustivo de la gobernanza en la zona debe considerar policías y jueces, burócratas y políticos locales y debe valorar el uso de las cortes, titulación de propiedades, lazos patrono-cliente, leyes la-borales y votaciones. Los oficiales de UFCo y diferentes agentes del estado trabajaban a veces de la mano y a veces en conflicto, en una serie de alianzas cambiantes que beneficiaban a diferentes sectores en diferentes momentos. Dentro de esta perdurable complejidad dos pa-trones claros saltan a la vista. Primero, a lo largo de las generaciones las mujeres que residían en los puertos y pueblos, aunque formalmente privadas de derechos, hacían uso activo de las instituciones y figuras estatales. Usaban contactos personales y apelaciones judiciales para disputar órdenes de desahucio, demandar a vecinos malhablados e inti-midar a los atrevidos amantes de sus hijas. Segundo, a principios de si-glo los antillanos en Puerto Limón, hombres y mujeres por igual, hacían uso generalizado de las cortes locales y construían lazos personales con burócratas y oficiales electos. Sin embargo, este acceso político in-formal disminuyó a fines de la década de 1930 y la de 1940, aun cuando segundas y terceras generaciones de afro costarricenses adquirían la ciudadanía formal y derecho al voto por primera vez.
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Así, el presente estudio indaga el contorno cambiante del género, familia y comunidad entre los migrantes, quienes se encontraban a la vez dentro de un enclave y dentro de un estado. Su empleador era particularmente poderoso; el estado inusualmente persuasivo. Y sin embargo, ninguno parece haber dictado los términos del debate local sobre la virtud se-xual, conducta personal, valores familiares u orden doméstico. De he-cho, mientras seguimos las vidas de tres generaciones de hombres y mujeres en Limón, nos daremos cuenta de que los proyectos oficiales y las campañas moralizantes de élite rara vez eran los impulsores los pro-cesos por los cuales se reconstruían el comportamiento y las creencias populares.
El problema de género y el estado
El género en el mundo académico ha llegado a referirse a una constela-ción de cosas relacionadas. ¿Qué es considerado masculino o femenino en una sociedad dada? ¿Qué se supone que los hombres y las mujeres deben estar haciendo juntos y qué es lo que realmente hacen? ¿Qué se supone que deben hacer las mujeres con otras mujeres y los hombres con otros hombres? ¿Qué es lo que hacen realmente? Las preguntas dirigen nuestra atención tanto a debates públicos como a relaciones ínti-mas, incluyendo, aquellas entre enamorados o esposos. También impli-can preguntas relacionadas al sexo. ¿Cómo son formados por la cultura el deseo o la aversión? ¿Cómo son estos puestos en práctica? ¿Cuáles sanciones aplican a aquellos cuyas prácticas van en contra de lo pres-crito? Hombres y mujeres, familias y sexo: ¿Qué los hace lo que son? Los historiadores sociales suelen recurrir a las transiciones demográficas y económicas de largo plazo para explicar las variaciones en patrones fa-miliares, mientras que las analistas feministas pioneras examinaron la biología, psicología y capitalismo para buscar explicar la condición de las mujeres. En décadas recientes la atención académica se ha dirigi-do al impacto de las políticas de estadirigi-do y al lugar de los discursos de
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género en la formación en clases sociales. Esto ha arrojado información importante sobre el rol del género en la conformación de proyectos po-líticos y el rol de los proyectos popo-líticos en la conformación de las rela-ciones de género.
No obstante, seguir las sendas abiertas por este aparato conceptual re-quiere enfrentar un dilema metodológico. La mayoría de lo que conoce-mos los historiadores lo sabeconoce-mos porque alguien con acceso a un gabi-nete o porque una imprenta tuvo interés. Los historiadores usualmente estudiamos las prácticas populares a través de documentos creados y preservados por élites, empleadores o instituciones estatales. Los mo-mentos en que estos ponían atención creaban registros. Los momo-mentos o los espacios de que las élites o el estado no se percataban o no se pre-ocupaban, pasaban sin dejar huella documental.13 El “record histórico”
en sí tiene un sesgo de selección, el cual crea un desafío metodológico. Una vez que descartamos la suposición de que las prácticas de la vida íntima pertenecen a una longue durée apolítica a la cual la acción del estado le es irrelevante, se nos hace difícil ver que a veces el estado no ha importado. Los estados están en el negocio de hacerse ver impor-tantes a sí mismos, o más exactamente, los que reclaman el manto de la autoridad estatal están en el negocio de hacer a su supuesto amo verse poderoso y a sí mismos verse eficientes. Esto crea un sesgo descriptivo en las fuentes oficiales, uno que puede ser contrarrestado en gran parte con la práctica de lectura crítica (el leer las fuentes “entre líneas”. Este enfoque ha sido elaborado en años recientes por la escuela de estudios subalternos, pero la máxima básica es simple: hay que tratar los infor-mes oficiales sobre conflicto social con el mismo escepticismo que los historiadores han aplicado a documentos como bulas pontificias hasta informes de impuestos provinciales. El sesgo de selección de las fuentes escritas, sin embargo, es mucho más difícil de abordar. En la medida en que nuestra escogencia de estudios de casos refleje la disponibilidad de fuentes escritas, nos arriesgamos crear una literatura en la cual cada caso interpretado es acertado, pero el panorama general está funda-mentalmente errado.
¿Cómo podemos evitar exagerar la frecuencia o eficacia de las inter-venciones hechas por estados reformadores en la vida familiar popular?
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Una manera es utilizando fuentes alternativas, tales como autobiogra-fías o historia oral. Como los entrevistados no fueron seleccionados por una iniciativa reformista en particular, estas fuentes ofrecen un pa-norama más representativo del grado en que los actos del estado o ideologías de la élite afectaban la vida de las personas o calaban en su narrativa. En el capítulo 4, por ejemplo, comparamos datos censales con fuentes autobiográficas para describir patrones conyugales entre migrantes. Otra posibilidad es seguir las vidas a través de la vinculación nominal de registros. Aunque para ello dependemos de fuentes oficia-les, al hacer evidentes múltiples momentos en que algún individuo se encontrara con las instituciones del estado, la vinculación de registros revela trayectorias de vida que fueron más allá de cualquier obsesión oficial particular. En el capítulo 3, aplicamos esta técnica a las vidas de las mujeres que trabajaban como prostitutas en Limón, demostrando el limitado impacto de las regulaciones de profilaxis venéreas que fueron diseñadas para detener su movimiento y su empleo. Evidentemente, las prostitutas a veces eran arrestadas o enviadas a tratamientos obli-gatorios. También viajaban de provincia en provincia, tenían amantes y los desechaban, usaban las cortes para vengar su dañado honor y en general vivían su vida de manera completamente contraria al modelo que los reformistas pretendían imponer.
Otra técnica es seguir fenómenos sociales específicos a través del tiem-po, independientemente del interés oficial, inclusive durante épocas en que las fuentes eran escasas. Compararemos patrones entre grupos y a través de generaciones y preguntaremos qué los explica mejor. A veces la retórica oficial era francamente irrelevante ante los procesos de la vida real. En otros momentos estaba directamente conectado a ellos, ya sea pesando sobre ellos o surgiendo desde ellos, o ambos. Al explorar el uso del sistema judicial, en el capítulo 5, encontraremos que las demandas legales por injurias (insultos públicos) interpuestas por mujeres antillanas bajaron drásticamente en la década de 1920, en los mismos años en que la conformación de la fuerza laboral en la plantación fue transfor-mada y los servicios provistos por las mujeres antillanas ya no fueron sino marginales a la economía de exportación. Su disminuido acceso a las instituciones públicas fue agravado a fines de década por crecientes denuncias elitistas sobre el comportamiento y la moral de las mujeres
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negras. En otro ejemplo, en el capítulo 6 rastrearemos los patrones de violencia mortal hacia las mujeres. A principios de siglo la tasa de homi-cidios contra mujeres en Limón era, por mucho, la más alta en la nación. Para mediados de siglo, había bajado a una fracción del nivel anterior. Esto no fue en respuesta a ningún proyecto moralizador, no hay eviden-cia de que ningún ofieviden-cial notara ni mucho menos actuara, ante el proble-ma de violencia mortal contra las mujeres en Limón. Mi explicación, más bien, señala diferencias en la demografía, opciones de ingreso y redes sociales y cómo estas afectaron las disputas entre hombres y mujeres y sus a veces trágicos resultados.
De hecho, encontraremos que la demografía, los patrones de asenta-miento y las condiciones macroeconómicas son factores fundamentales para explicar los patrones que encontramos. Esto no implica que los actores no tuvieran opciones o que sus opciones no tuvieran impacto. La demografía es la suma de los patrones vividos en una multitud de vidas, patrones modelados por las construcciones de decencia y deseo, así como por la ovulación y las epidemias. Conforme los migrantes ne-gociaban la geografía que iban encontrando, con sus ecosistemas, rutas de tránsito y patrones de asentamiento y tenencia de tierra particulares, fueron formando la geografía social que se les enfrentaría a los subse-cuentes visitantes. El impacto que las política estatales tuvieran sobre la práctica íntima y los valores familiares era a menudo indirecta o no intencionada, según las autoridades públicas establecieran los términos del acceso institucional por medio de reglamentos de tierras o códigos civiles o política de migración y así moldearon el terreno que las mujeres y los hombres recorrían en su vida diaria.14
Identidades colectivas, raza y género
El auge exportador de Limón trajo trabajadores desde una amplia gama de puntos de origen y las líneas de identidad grupal se reescribían en la costa. Inclusive la aparentemente simple pregunta del origen geográfico
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da cabida a múltiples respuestas. Una mujer podía especificar su lu-gar de nacimiento de diversas maneras, como por ejemplo: la isla de Jamaica, el imperio Británico y la parroquia de Saint James, cada res-puesta implicando un conjunto diferente de lealtades, obligaciones y re-cursos. Para un censista, podría ser simplemente una “negra” pero, las connotaciones de esa etiqueta racial variarían en forma significativa a través de las tres generaciones aquí cubiertas. Esta complejidad crea un dilema fundamental para el historiador. Por un lado, había divisiones sociales reales entre grupos de migrantes y necesitamos un vocabulario para referirnos a ellos. Por otro lado, necesitamos reconocer la naturale-za construida inestable de esas mismas categorías.
Algunas etiquetas, que unían las suposiciones sobre la naturaleza racial y el carácter nacional, adquirieron desde muy al inicio, un sentido co-mún. Chumeco, derivado de “Jamaican”, se convertiría en sinónimo de negro en el ideario mesetacentraleño, mientras que entre los antillanos cualquier centroamericano era “Spanish” (español), término que se lle-garía a abreviar como (“paña”). Dentro de cada uno de estos dos gran-des colectivos, había tonos de distinción que variaban según el contexto y a través del tiempo. ¿Qué tan diferentes eran los nicas y los catrachos (nicaragüenses y hondureños) de los cartagos o ticos (costarricenses)? Para algunos observadores en algunos momentos estas divisiones pa-recían tan claramente reflejadas en el color de la piel y tan fielmente expresadas en el carácter moral, como la división entre los “negros” an-tillanos y los “blancos” locales.15 Asimismo, era un lugar común entre los
antillanos que un hombre de Trinidad no encontrara virtud alguna a un jamaiquino y que las “jóvenes de tinte claro” menospreciaran a sus her-manas de tono más oscuro. Sin embargo, llegarían momentos en que la solidaridad estaba a la orden del día, como en la década de 1930 cuando la prensa local anglófona instaba “a respetar a nuestras mujeres, sean casi blancas o negras como el ébano” ya que, a la vista de los “paña” “[todas son ‘Negritas’].”16 A través del período estudiado aquí, en casi
todos los contextos la división social fundamental en Limón era entre centroamericanos hispano parlantes (a quienes me referiré como hispa-nos) y antillanos anglo parlantes (a quienes me referiré como antillahispa-nos).
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A pesar de todas sus divisiones internas, había una densidad de lazos dentro de cada uno de estos grupos que por mucho sobrepasan cuales-quier vínculo entre ellos.
Reconocer la naturaleza multivalente de las identidades colectivas en Limón apunta hacia otro argumento que construiremos a lo largo de este libro, con respecto a raza, género y práctica social. Tanto la raza como el género son jerarquías construidas culturalmente que justifican una dis-tribución desigual de poder material haciendo referencia a la supuesta diferencia biológica. Obviamente, raza y género están conectados, y en la última década mucho esfuerzo académico se ha dedicado a teorizar esas conexiones. A nivel de discurso, la raza y el género ciertamente parecen crear significado en maneras paralelas. Pero en la práctica, la raza y el género no son variedades paralelas de procesos similares. Son dos cosas de índole muy distinta. Las diferencias se ponen en evidencia cuando consideramos la raza y el género con respecto a las familias y redes. En un sistema sociocultural basado en supuestas diferencias raciales, ningún niño blanco puede tener una madre negra, sin embargo todo niño varón debe tener una madre femenina. La familia une a los sexos y separa a las razas17. La raza puede crearse a la distancia; el
gé-nero se crea cara a cara. En el Caribe costarricense las negociaciones y la violencia que definían las relaciones de poder entre hombres y mu-jeres ocurrían entre personas que decían amarse y cuyas vidas diarias estaban estrechamente entrelazadas. En contraste, la raza se construía y reconstruía a través de políticas nacionales, encuentros en el lugar de trabajo, rumores. Lo que significaba ser chumeco o paña, negro, nica, tico o indio era definido mediante contacto y conflicto en los márgenes de las redes sociales. Lo que significaba ser hombre o mujer era definido mediante el contacto y conflicto en lo más profundo del ser.
Tratándose tanto de raza como de género, observaremos que las prác-ticas y la retórica que los conforman han cambiado a través del tiempo. No obstante, la cronología y las causas del cambio han variado noto-riamente entre una y otro. Veremos la coexistencia de una amplia gama de ideales de género, valores familiares y posiciones sociales para las mujeres: estos variaban entre individuos y a través del curso de las vidas. Pero el gran contorno de ese rango cambiaba, de hacerlo, lentamente
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a través del tiempo. En contraste, tanto la retórica como la práctica en lo que respecta a la raza mostraban cambios mucho más abruptos. En general, los cambios en el lenguaje, las leyes y costumbres que definían las diferencias raciales estaban conectados con cambios económicos, mientras que la variación en el sistema de género y parentesco estaba ligada a la demografía y geografía social. Por supuesto las tendencias en la economía, en demografía y en los patrones de asentamiento también estaban ligados entre ellos, especialmente aquí donde la población era muy móvil. Y, los cambios económicos, demográficos y en los asenta-mientos resultaron de procesos sociales formados en parte por ideolo-gías de género y raza. Rastrear estas conexiones múltiples e influencias mutuas a través del tiempo es la tarea que nos proponemos aquí. El capítulo 1 describe la evolución de las prácticas familiares en Jamaica y Costa Rica en los siglos antes de que empezara la migración a Limón. En cada caso, argumento, fueron la estructura de la producción agrícola y el rol histórico específico del estado en el control del acceso a la tierra y el trabajo, los factores que dieron forma a la vida doméstica a través del tiempo y determinaron el papel de las legalidades formales entre las formas de parentesco locales. El siglo diecinueve trajo transformaciones sociales importantes: emancipación y auge de un nuevo campesinado en las Antillas Británicas y el auge de la agricultura de exportación en Centroamérica en la era posterior a la independencia. Juntos, estos pro-cesos contribuyeron a la creación de un mercado laboral pan-caribeño después de 1850, a medida que la inversión extranjera directa en infraes-tructura de transporte reunía a los trabajadores antillanos con capital proveniente del Atlántico Norte. El capítulo 2 sigue las vidas de mujeres y hombres que migraron hacia y dentro del Caribe de Costa Rica a finales del siglo diecinueve y principios del veinte. La historia de Limón durante esos años es inevitablemente la historia de otros lugares también: Por Antonio y la parroquia de Saint James en Jamaica; Colón y ciudad de Panamá y los sucesivos sistemas de tránsito entre ellos; Santiago de Cuba y Bocas del Toro y las vastas y calurosas bajuras de la costa pa-cífica de América Central. Autobiografías, registros judiciales vinculados y los testimonios rendidos ante la corte exponen lazos sociales y vidas ambulantes que trascendían las fronteras nacionales de manera cotidia-na. Los trabajadores (del origen que fuesen) se trasladaban a menudo,
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cambiando de ocupación y cruzando fronteras de manera habitual. Dentro de este panorama general de movilidad, los ciclos económicos, la política local y nacional y los lazos personales, juntos encauzaron las tendencias migratorias a través del tiempo.
Durante los tumultuosos momentos de expansión bananera en Limón a principios del siglo XX y a principios de la década de 1920, jóvenes laboriosos y fatigados con dinero en el bolsillo y con deseos de con-suelo, atestaban los ranchos improvisados en las fincas o las cantinas de los linieros en los días de pago. El capítulo 3 explora la práctica de la prostitución durante las dos épocas de bonanza del banano. El sexo comercial era un elemento duradero de la economía de exportación, conformado de manera distinta en el puerto, en los pueblos linieros y en los campamentos de plantación. Tal como todos los trabajadores de Limón, las prostitutas viajaban constantemente. Sus viajes eran facilita-dos por, y a su vez reforzaban, los lazos sociales, incluyendo las rela-ciones de parentesco. Los registros judiciales revelan densas redes de apoyo mutuo así como encarnizados conflictos entre mujeres y entre familias. Mientras que los observadores de la élite caracterizaban a las prostitutas como mujeres endurecidas que no conocían ni sentimiento ni honor, los testimonios de ellas describen un mundo social donde ambos eran sumamente importantes. “Las mujeres de la vida” de principios de siglo diseñaron un entendimiento colectivo del amor romántico que tenía cupo para diversos roles femeninos, incluyendo tanto el sufrido sacrificio como la flagrante independencia.
Para fines de la década de 1920 Limón llegaría a ser tanto una socie-dad emisora (para los hombres antillanos) como una receptora (para los hispanos). Mujeres y niños conformaban una creciente proporción de la población local y, los migrantes formaban parejas, hogares y familias extendidas en una gran variedad de formas. El capítulo 4 compara los patrones de parentesco entre hispanos y antillanos en Limón con base en el censo de 1927, haciendo notar que las afirmaciones contemporá-neas acerca de las diferencias culturales se contradicen por la gran simi-litud de las prácticas familiares entre grupos. Proseguiremos a rastrear el perfil de los patrones de familia y comunidad que guiaron el trabajo y los viajes de los trabajadores hispánicos desde la década de 1920 hasta la
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del 50, cuando el cacao y el abacá reemplazaron al banano como preca-rios soportes de la economía de exportación. Compromisos alternativos para con los compañeros (de trabajo, que eran hombres) y las compañe-ras (parejas consensuadas, que eran mujeres), sincopaban las vidas de los trabajadores itinerantes mientras viajaban del Atlántico al Pacífico, de Panamá a Nicaragua y de vuelta.
El capítulo 5 usa los casos jurídicos por injurias como ventana a las con-tiendas sobre el espacio público en Puerto Limón, desde la década de 1880 hasta los difíciles años de la década de 1930. Durante los años de auge, el heterogéneo puerto tuvo una cultura callejera bulliciosa en la cual la posición personal se retaba y se defendía, a veces con profunda malicia y a veces con un abandono desenfadado. Las batallas públicas por el prestigio unieron a los hombres y a las mujeres, a los jueces mu-nicipales y a las “princesas de patio”, a las madamas colombianas y a los congresistas visitantes. Sin embargo, con las crisis económicas y las transformaciones demográficas de los años 20 y 30, cambiaron los patrones de acceso informal político. Las nociones de decoro doméstico y las imágenes racializadas de la transgresión sexual femenina tomaron nuevo peso en la vida pública de la zona bananera y las élites antillanas locales buscaban la respetabilidad pública para su comunidad, como un antídoto al racismo blanco.
El capítulo 6 se enfoca en la conflictiva cultura masculina de las fincas, baches (dormitorios comunales en las fincas de la United Fruit, palabra originada de “bachelors’ quarters. Nota de la traductora.), comisariatos y parcelas de monte del Limón rural. Combinaremos las autobiografías de los trabajadores con un estudio de los casos jurídicos desde la dé-cada de 1880 hasta la de 1950, para revelar, por un lado, la asombrosa continuidad de los patrones de violencia conyugal a través del tiempo y aun cuando, por otro lado, vemos cambios marcados en la frecuencia de resultados fatales. Los casos criminales describen un mundo en el cual un simple disgusto podía llevar a un duelo a machete, un mundo social abiertamente patológico ante los ojos de observadores judicia-les. Pero, los recuentos autobiográficos dan un sentido diferente de la preocupación de los trabajadores por su reputación personal. Ante la ausencia de instituciones de orden público, obreros y capataces ponían
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a prueba continua e individualmente el balance de poder en la zona. El acceso al crédito requería que los comerciantes locales o los vecinos estuvieran dispuestos a tomar el buen nombre de uno como garantía. La única red de seguridad en caso de accidente o enfermedad era la lealtad de los compañeros. Estas eran las estructuras que alentaban la defensa instantánea del respeto personal. Al mismo tiempo, los hábitos de con-frontación masculina conllevaron niveles de violencia hacia las mujeres sostenidamente altos.
El Caribe costarricense era una región de plantación heterogénea que experimentó percances económicos y demográficos dramáticos en el curso de pocas generaciones. Es por esta razón que el estudio de Limón ofrece múltiples posibilidades de comparación entre grupos y a través del tiempo. Estas comparaciones realzan el papel de la demografía y la geografía social en moldear las experiencias diferenciadas de hombres y mujeres y sugieren que el impacto de la retórica oficial o de las inten-ciones empresariales en la conformación del género fue más limitado. Al mismo tiempo, las historias de Limón dan cuenta de un enlace diferente y constante entre lo personal y lo político. Las jerarquías de género per-meaban la vida diaria, distinguiendo no solo a las mujeres de los hom-bres sino distinguiendo también entre homhom-bres y mujeres. Al hacerlo, las jerarquías de género moldeaban los términos de debate público para todos: desde madres agraviadas a trabajadores en huelga, hasta políti-cos rencillosos. Por esta razón, las prácticas que rodeaban el género, las relaciones familiares y la sexualidad se volvieron a veces centrales para la lucha de clases y la formación del estado. Sin embargo, no siempre fue así y, la legitimidad de estas prácticas como objetos de estudio no debería descansar solamente sobre esta afirmación. La cultura popular y la vida íntima tenían importancia cuando impactaban -y cuando no impactaban- las políticas públicas.
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UNO
La evolución de la práctica familiar
en Jamaica y Costa Rica
Desde hace mucho tiempo, los mercados distantes y la iniciativa local han movilizado puesto bienes y personas a lo largo de la parte occiden-tal del Mar Caribe. Las migraciones que acompañaron los altibajos de la agricultura de exportación en Limón a finales del siglo diecinueve y principios del siglo veinte formaron parte de una tendencia bien esta-blecida. En los siguientes capítulos intentaremos evaluar las diferencias y similitudes entre grupos y los cambios y continuidades a través del tiempo de los roles de género y las prácticas de parentesco en Limón. Pero, ¿cuáles son los patrones culturales base contra los cuales se pue-de medir el cambio? ¿Cuáles son los límites grupales relevantes? Las respuestas no son obvias. La historia de cada pueblo en la región es un cuento estilo Rashomon en el cual, las fronteras entre identidades acosadas resultan ser ellas mismas, los resultados de conflictos anterio-res y convergencias pasadas. En el siglo veinte, las afirmaciones sobre esencia racial, carácter nacional y divisiones culturales dominaron la re-tórica política en la región. Dichos argumentos dependieron de un olvido deliberado de las historias anteriores. La diversidad, el capitalismo y el cambio no llegaron a la costa Caribe en un ferrocarril de hierro conduci-do por el empresario yanqui Minor C. Keith. Ya para mediaconduci-dos del siglo diecinueve no había en el área población que hubiera quedado intacta del mercado mundial y de la expansión europea, aunque los términos de participación habían variado mucho según los lugares y a lo largo del tiempo. Ninguna comunidad política era étnicamente homogénea, aunque algunos países se aferraban más a esa imagen que otros. Aún dentro de un solo lugar, en un solo pueblo auto identificado como tal, los patrones de género y parentesco no permitían la simple generalización.
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Ningún modelo de autoridad doméstica era incuestionable - aunque las jerarquías domésticas recibieran más apoyo oficial en algunos lugares que en otros. Ninguna función de género era universal – aunque algunos individuos tuvieran más alternativas culturalmente aceptables que otros. Las páginas que siguen ofrecen un relato de dos colonias: la isla de Jamaica y la provincia de Costa Rica. Procuro rastrear la evolución de los patrones en cuanto a las relaciones entre hombres y mujeres, por un lado, y familias y estados por otro. Encontraremos que el interés ofi-cial en los parentescos populares era con frecuencia inexistente y oca-sionalmente intenso. A fines del siglo dieciocho los agentes imperiales hicieron esfuerzos sin precedentes para moldear la práctica familiar en las colonias, ya que la Corona británica buscaba estimular el aumento natural en las poblaciones de esclavos y la Corona española trataba de detener las mezclas raciales, poniendo el peso de la ley detrás de una definición particular de honor familiar. En ambos casos, los proyectos intencionados tuvieron un impacto mínimo. Más bien, el peso más gran-de que tuvieron las políticas oficiales en la práctica gran-de parentesco fue de manera indirecta. Dentro de cada sociedad la articulación cambiante de las élites económicas, las instituciones estatales y los regímenes de trabajo estableció los términos del acceso popular a la tierra, el crédito y los mercados. Conforme las condiciones estructurales que los hombres y las mujeres negociaban en sus vidas diarias cambiaron en la primera mitad del siglo diecinueve, también cambiaron las familias que crearon y el papel que le asignaron al estado dentro de su práctica familiar.
El Caribe Occidental en el Sistema Atlántico
Hace más de 5000 años, senderos y vías fluviales costeras serpentea-ban desde el corazón del México actual hasta las tierras altas de la actual Colombia. Al sur del Lago Nicaragua, en el angosto extremo de Mesoamérica, corren tres cadenas montañosas de noroeste a sures-te en lo que es hoy Costa Rica. Para los años 1000 a 1500 de la era
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actual, el clima, la geografía y los vínculos a las redes socioculturales de larga distancia habían moldeado aquí tres regiones socio lingüísticas distintas. La Región Central incluía la cuenca montañosa templada y los valles que iban hacia la costa Pacífico sur: la Gran Nicoya abarcaba los bosques tropicales secos y las bajuras del Pacífico de la Nicaragua y el noroeste de Costa Rica actuales; el Gran Chiriquí se extendía por el istmo de Panamá y a lo largo de los manglares y bosques del litoral caribeño, hasta bien entrado lo que hoy es Nicaragua. Tal vez 400 000 personas vivían en estas tres regiones combinadas1. Hasta los años de
1500, el ascenso y la caída de los imperios expansionistas ajenos tuvie-ron aquí importantes repercusiones culturales, pero un impacto político y demográfico limitado.
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Todo esto cambiaría con la llegada de emisarios militares-comerciales de las ciudades-estado de Castilla y Aragón.
Las comunidades políticas indígenas de la Gran Nicoya fueron “pacifica-das” y se distribuyeron en encomienda a españoles particulares las dé-cadas de 1520 y 1530; las comunidades políticas indígenas de la Región Central cuatro décadas después. Desde el punto de vista de los coloni-zadores resultó esta una tierra de escasas oportunidades. Los descen-dientes de los aventureros españoles menos exitosos vivirían a duras penas en la parte este del Valle Central, fuera de la ciudad de Cartago, donde se agrupaban los funcionarios coloniales y los residentes adine-rados. Las reducciones forzosas habían combinado los raídos restos de las comunidades indígenas en un puñado de pueblos en el Valle Central y el Pacífico central. Los “pardos y mulatos libres”, descendientes de esclavos y esclavas africanos quienes habían logrado la libertad propia o la de sus hijos por medio de auto compra y la manumisión, se hicieron indispensables en las milicias coloniales. Los vaqueros mulatos admi-nistraban las fincas ganaderas propiedad de los cartagineses pudientes, ubicadas en las tierras bajas del Pacífico. En los terrenos aluviales de Matina, en el litoral caribeño, los esclavos africanos cultivaban los ca-caotales de amos ausentes, y tal vez uno que otro árbol propio también. A los indígenas de las cordilleras del sur se les forzaba periódicamente a trabajar las plantaciones de Matina de las élites bien conectadas. Las cosechas se vendían en forma ilegal a los comerciantes de Jamaica a cambio de armas, ropa y esclavos africanos.2
Conforme las plantaciones de azúcar se fueron extendiendo de Barbados a Jamaica, a Nevis y las Islas de Sotavento en la segunda mitad del siglo diecisiete, se introdujeron más de 300 000 esclavos africanos a las pose-siones británicas del Caribe. Entre los africanos que llegaban a Jamaica los hombres superaban a las mujeres en una proporción de tres a dos. Los europeos dueños de plantaciones preferían comprar trabajadores masculinos, mientras que las diferentes regiones de la África Occidental variaban mucho en su disposición por exportar mujeres. Ahí, las mujeres esclavizadas eran vitales tanto para la producción como para la repro-ducción; las mujeres realizaban la mayoría del trabajo agrícola y además, las esclavas se integraban en los hogares de sus dueños como esposas
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adicionales o como esposas de los esclavos de sus dueños.3 Los planes
que tuvieron los hacendados jamaiquinos para sus enseres humanos eran menos complejos. A la gran mayoría, tanto hombres como mujeres, se les ponía a trabajar en la caña de azúcar. Si para los observadores europeos el trabajo de las mujeres esclavizadas en el campo era prueba de su naturaleza asexuada, en otros puntos coincidían las construccio-nes de género de los africanos occidentales y de los europeos. Se daba por hecho que las posiciones técnicas y de supervisión que les corres-pondían a los hombres y las labores domésticas a las mujeres. En teoría, bajo el sistema de las plantaciones los esclavos eran insumos económi-cos, no actores económicos. Sin embargo, los mercados jamaiquinos llegaron a depender de la iniciativa económica de los y las esclavas, quienes surtían la isla de “cerdos, aves, pescado, maíz, frutas y otros artículos”.4 Eran los lazos de parentesco, en vez de cualquier institución
formal, los que guiaban la producción, los servicios y el comercio dentro del mundo económico de los esclavos.5
Las costumbres que moldearon lo sexual y lo moral entre los esclavos de las Antillas fueron reestructuradas por los mismos hombres y mujeres esclavizados, dentro de los confines delineados por el exceso de trabajo, los abusos de los amos y la muerte temprana. Las estructuras de pa-rentesco en formación en los distintos rincones del Caribe reflejaban las suposiciones culturales específicas traídas por hombres y mujeres afri-canos; la mayor o menor heterogeneidad de la población esclavizada; el ritmo de arribo de los “negros de agua salada”; las dificultades impues-tas por el tamaño de la plantación, el régimen de trabajo y las fortunas de los dueños; así como la distancia y el grado de contacto con otras plantaciones o pueblos. Dadas estas múltiples fuentes de diversidad, es notable la gran similitud de patrones de parentesco que se llegaron a desarrollar. Rara vez se crearon hogares con más de una pareja con-yugal residiendo juntos. Solo los hombres de un estatus particularmen-te alto particularmen-tenían varias esposas, generalmenparticularmen-te en casas separadas. Las mujeres, por lo general, normalmente entraban en unión co-residencial con su pareja masculina sino luego del nacimiento del primer o segundo hijo. El pequeño tamaño o el desbalance sexual de algunas plantaciones