• No se han encontrado resultados

Escritos espirituales de Don Bosco.pdf

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "Escritos espirituales de Don Bosco.pdf"

Copied!
188
0
0

Texto completo

(1)

COLECCIONES DEL INSTITUTO

TEOLÓGICO SALESIANO DE GUATEMALA C O L E C C I Ó N H I S T Ó R I C A

1. PAHULA. Bruno Renato Frison, O.F.M.

2. LA UNIÓN DE LAS IGLESIAS. Balance y perspectivas. Mons. Antonio María Javierre, S.D.B.

3. LA IDENTIDAD SALESIANA. Para un estudio metódico del Capítulo Ge-neral Especial Salesiano (XX). José Aubry, S.D.B.

4. GOBERNACIÓN ESPIRITUAL DE INDIAS. Código Ovandino. Ángel Martín González, S.D.B.

5. ORIGEN DE LAS MISIONES SALESIANAS. La evangelización de las gentes según el pensamiento de San J u a n Bosco. Ángel M a r t í n González, S.D.B.

6. TRECE ESCRITOS INÉDITOS DE SAN JUAN BOSCO AL CÓNSUL ARGENTINO J. B. GAZZOLO. Ángel M a r t í n González, S.D.B.

C O L E C C I Ó N C A T E Q U E S I S B Í B L I C A 1. EL EVANGELIO DEL AÑO- 2000. Lorenzo Gagnon.

2. UN HOMBRE QUE SABE ESCOGER. Evangelio según San Marcos. Vol I. Mario Galizzi, S.D.B.

3. VOSOTROS LO HABÉIS MATADO. Evangelio según San Marcos. Volumen I I . Mario Galizzi, S.D.B.

4. UN GRITO DE LIBERTAD. Carta a los romanos. Vol. I. Mario Galizzi, S.D.B.

5. LA HISTORIA TIENE UN SENTIDO. Carta a los r o m a n o s . Vol. I I . Mario Galizzi, S.D.B.

C O L E C C I Ó N VIDA E S P I R I T U A L

1. BAUTIZADOS EN EL ESPÍRITU. José María Delgado Várela, O. de M. 2. CRISTO PALABRA Y PALABRA DE CRISTO. Ejercicios Espirituales a

religio-sas en t o r n o a la palabra. Mons. Antonio María Javierre, S.D.B. 3. LA FE. Cardenal Gabriel M a r í a Garrone.

4. SUCEDIÓ HACE UN SEGUNDO. Libro del mejor a m o r . Fermín María García, O.F.M.

5. RENOVAR NUESTRA VIDA SALESIANA. Conferencias de espiritualidad. José Aubry, S.D.B.

6. LLEGAR A DIOS. LA ORACIÓN. Cardenal Gabriel María Garrone. 7. ESCRITOS ESPIRITUALES DE SAN JUAN BOSCO. José Aubry, S.D.B. COLECCIÓN TEOLOGÍA Y VIDA

1. PARA VOSOTROS ¿QUIÉN SOY YO? Cardenal Gabriel María Garrone. 2. LA EUCARISTÍA SALVAGUARDIA DE LA FE. Cardenal Gabriel M.a Garrone.

3. LA CONCEPCIÓN DE LA SALVACIÓN Y SUS PRESUPUESTOS EN M A R I E DOMI-NIQUE CHENU. Luis Antonio Gallo, S.D.B.

4. EL SACERDOTE. Cardenal María Garrone.

ESCRITOS

ESPIRITUALES

(2)

SAN JUAN BOSCO

Fotografía histórica de su visita, en Barcelona a los señores Martí-Codolar (3 de mayo de 1886)

PUBLICACIONES DEL INSTITUTO TEOLÓGICO SALESIANO

SAN JUAN BOSCO

ESCRITOS

ESPIRITUALES

INTRODUCCIÓN,

SELECCIÓN DE TEXTOS Y NOTAS

POR

J O S É AUBRY SALESIANO

INSTITUTO TEOLÓGICO SALESIANO 20 Avenida, 13-45 - Zona 11 - Guatemala

(3)

SIGLAS Y ABREVIATURAS

Archivo Designa siempre el Archivo Central Salesiano (Roma, Casa Generalizia).

Epist. I, 48 E. Ceria, Epistolario de San Juan Bosco, SEI, Tori-no, vol. I, pág. 48. Se han publicado 4 volúmenes, 1955-1959.

MB VII, 126 Memorias Biográficas del Venerable Don Juan Bosco, Torino, vol. VII, pág. 126. Se han publicado 19 volúmenes, por G. B. Lemoyne (vol. I al IX, 1898-1917), A. Amadei (vol. X, 1939) y E. Ceria (vol. XI-XIX, 1930-1939).

MO San Juan Bosco, Memorias del Oratorio de San Fran-cisco de Sales del 1815 al 1855, ed. E. Ceria, SEI, Torino, 1946.

P. Stella, Don P. Stella, Don Bosco nella storia della religiositá cat-Bosco nella tolica, PAS-Verlag, vol. II, Zürich 1969, pág. 324. storia II, 324 Cfr la Nota bibliográfica, pág. 40.

En cuanto a los textos bíblicos citados en latín por Don Bosco han sido traducidos según la edición de la Vulgata usada por él; los de-más según la Biblia de Jerusalén.

(4)

DATOS BIOGRÁFICOS

1815 Nacimiento de Juan Bosco en I Becchi (Asti), 16 de agosto. 1835 Entra en el seminario de Chieri.

1841 Se ordena sacerdote en Turín, 5 de junio. Estudia en el Con-vino Ecclesiastico de Turín, donde escoge como confesor a Don José Cafasso.

A) Primera etapa de las obras juveniles

1841 Comienzo de la obra en favor de los jóvenes aprendices aban-donados, 8 de diciembre.

1844 Biografía del clérigo L. Comollo, primera publicación de Don Bosco.

1845 Historia eclesiástica para uso de las escuelas.

1846 Don Bosco estabiliza su obra del Oratorio de San Francisco de Sales en el barrio Valdocco. - Grave enfermedad. - Su madre viene a ayudarle. - (Comienzo del pontificado de Pío IX). 1847 Casa aneja al Oratorio: pensionado para artesanos y

estudian-tes pobres. - Historia Sagrada para uso de las escuelas. B) Defensa de la fe del ceta popular

1848 Reformas constitucionales en Piamonte en sentido liberal (Es-tatuto). Propaganda valdense. - (Secularización de los conven-tos en 1855).

1850 Primera organización de los Cooperadores salesianos (llamados también Promotores salesianos).

1852 Inauguración de la capilla de San Francisco de Sales en Val-docco.

1853 Fundación de las Lecturas Católicas mensuales. - Primeros ta-lleres profesionales. - Primera edición de un Almanaque na-cional: II Galantuomo.

1854 Domingo Savio entra en el Oratorio (29 de octubre). Morirá en Mondonio el 9 dé marzo de 1857.

1855 Comienzo de los cursos de segunda enseñanza en Valdocco. 1856 Historia de Italia narrada a la juventud. - Muerte de mamá

Margarita (25 de noviembre).

1857 Miguel Magone entra en el Oratorio. Morirá en el 21 de enero de 1859.

(5)

C) Fundación de las dos Congregaciones sálesianas

1858 Primer viaje a Roma para presentar a Pío IX el primer pro-yecto de la Sociedad salesiana.

1859 Fundación (en privado) de la Sociedad de San Francisco de Sales (18 de diciembre), con diecisiete miembros.

1860 Muerte de Don Cafasso, confesor y consejero de Don Bosco (23 de junio). - Ordenación de Don Miguel Rúa (29 de julio). 1861 Apertura de los talleres de tipografía y prensa.

1862 Votos públicos de los 22 primeros salesianos (14 de mayo). 18634 Primeros colegios salesianos fuera de Turín: Mirabello y Lanzo. 1864 «Decreto de alabanza» de la Sociedad salesiana (1 de julio).

-Primer encuentro con María-Dominga Mazzarello en Mornese. 1866 Don Bosco mediador entre la Santa Sede y el nuevo Reino de

Italia para el nombramiento de los obispos.

1868 Consagración de la iglesia de María Auxiliadora en Turín-Val-docco (9 de junio) (se comenzó en 1864).

1869 Aprobación de la Sociedad salesiana (1 de marzo). - Comienzo de la Biblioteca de la juventud italiana.

1870 Don Bosco sostiene en Roma la infalibilidad del Papa. - Fun-dación del colegio de Alassio, primera obra fuera del Piamonte. 1871 Fundación de las obras de Sampierdarena y de Varazze.

-Grave enfermedad de Don Bosco en Varazze (diciembre). 1872 Fundación del Instituto de las Hijas de María Auxiliadora en

Mornese (5 de agosto). Madre Mazzarello había sido elegida la primera superiora el 29 de enero.

1874 Aprobación de las Constituciones salesianos (3 de abril). 1875 Fundación de la Obra de María Auxiliadora para vocaciones

eclesiásticas adultas (Hijas de María). D) Expansión mundial

1875 Fundación de la primera obra fuera de Italia, en Niza, Francia (9 de noviembre). - Partida de los diez primeros misioneros salesianos hacia la Argentina (11 de noviembre).

1876 Organización autónoma y primer Reglamento de la Pía Unión de los Cooperadores salesianos.

1877 Fundación del Boletín Salesiano, septiembre (primer título: El Bibliófilo Católico). - Primer capítulo general de la Sociedad salesiana. - Partida de las primeras Hijas de María Auxilia-dora misioneras hacia Uruguay, donde entran también los Sa-lesianos.

1878 Muerte de Pío IX. - Fundación de otras dos obras en Francia (Marsella y La Navarre).

1879 Comienzo de la misión de la Patagonia. - Edición francesa del Boletín Salesiano. - Agravación de las dificultades con el arzo-bispo de Turín, Mons. Gastaldi.

1880 Don Bosco recibe de León XIII el encargo de continuar la construcción de la iglesia del Sagrado Corazón en Roma. 1881 Fundación de la primera obra salesiana en España (Utrera).

-Muerte de Madre Mazzarello (14 de mayo). - Edición española del Boletín Salesiano (Buenos Aires).

1882 Consagración de la iglesia de San Juan Evangelista, Turín. 1883 Viaje triunfal a París. - Los Salesianos entran en Brasil (Rio

Niteroi).

1884 Fundación de una nueva obra en España (Barcelona) y de otras dos en Francia (Lila y París). - Comunicación de los

pri-vilegios a la Sociedad salesiana (28 de julio). - Mons. Cagliero, primer obispo salesiano (consagrado el 7 de diciembre). 1886 Viaje a España, donde Don Bosco encuentra la sierva de Dios

Dorotea Chopitea. - Primera obra de las Hijas de María Auxi-liadora en España. - Comienzo de la misión de la Tierra del Fuego. - Edición del Boletín Salesiano en castellano (Barce-lona).

1887 Vigésimo y último viaje a Roma. Consagración de la iglesia del Sagrado Corazón (mayo), y fundación del hospicio anejo. - Pri-mera obra en Austria (Trento), en Inglaterra (Londres) y en Chile (Concepción). - Ultima misa de Don Bosco (11 de di-ciembre).

1888 Muerte de Don Bosco en Valdocco, 31 de enero. - Tres días antes, los Salesianos habían entrado en Ecuador.

1929 Beatificación de Don Bosco, 2 de junio.

1934 Canonización de Don Bosco, 1 de abril (Pascua).

1951 Canonización de Madre María Dominga Mazzarello, 24 de junio. 1954 Canonización de Domingo Savio, 12 de junio.

1972 Beatificación de Don Miguel Rúa, 29 de octubre.

CRONOLOGÍA DE LOS PRINCIPALES ESCRITOS DE DON BOSCO

CITADOS EN ESTA ANTOLOGÍA

1846 Ejercicio de devoción a la misericordia de Dios. 1847 El Joven instruido en la práctica de sus deberes.

1856 La Llave del Paraíso en manos del católico que practica sus deberes de buen cristiano.

1858 El Mes de Mayo consagrado a María Santísima Inmaculada. 1858-74 Esbozos y borradores diversos de las Constituciones de la

So-ciedad de San Francisco de Sales. 1859 Vida del joven Domingo Savio.

1861 Dato biográfico del jovencito Miguel Magone. 1863 Recuerdos confidenciales a Don Rúa.

1864 El Pastorcillo de los Alpes o Vida del joven Francisco Besucco. 1868 Panegírico de San Felipe Neri.

1873 Don Bosco comienza a escribir las Memorias del Oratorio. 1875 Introducción a las Constituciones. - Recuerdos a los misioneros. 1876 Cooperadores Salesianos (Reglamento) (precedido, en 1874-75,

de Asociados a la Congregación de San Francisco de Sales). 1878 (Deliberaciones del Capítulo General de la Pía Sociedad

sale-siana, tenido en Lanzo en septiembre de 1877).

1884 Don Bosco comienza a escribir su Testamento espiritual.

(6)

1

INTRODUCCIÓN

I - Un maestro espiritual

¿Es Don Bosco un escritor espiritual? Ciertamente que no. ¿Es un maestro espiritual? Ciertamente que sí.

En estas dos afirmaciones coexisten al tiempo la razón de ser y la dificultad de la presente obra.

Don Bosco maestro espiritual

Comencemos por la segunda afirmación: Don Bosco es, entre otros, uno de los maestros espirituales que Dios se dignó dar a su Iglesia. En la imaginación popular Don Bosco es aquel sacer-dote dinámico que consagró su vida a los jóvenes más pobres y fundó para ellos la Congregación salesiana. Para el cristiano un poco mejor informado, es el fundador de las Hijas de María Auxiliadora y de los Cooperadores salesianos, el autor de un sis-tema de educación particularmente eficaz, uno de los sacerdotes del siglo xix que vivió de la forma más dolorosa, pero también más positiva, el drama de la unidad italiana, en fin, uno de los servidores más grandes de la Iglesia en el campo misionero. Pero a quien hubiese tomado con él contacto directo y personal, leyendo su vida y sus escritos, le aparece como un hombre provi-dencial que ha dado paso en la Iglesia a una corriente carismá-tica, un maestro capaz de inspirar a un gran número de cristia-nos, de cualquier estado y condición, un estilo original de vida cristiana y de santidad.

Y también de santidad oficialmente reconocida por la Iglesia. Santa María Dominica Mazzarello, santo Domingo Savio, el bea-to Miguel Rúa y otros dieciocho discípulos suyos, cuya causa de beatificación está ya introducida en Roma (sin contar el cente-nar de víctimas de la persecución española), dice claramente que seguir a Don Bosco puede llevar muy lejos por el camino de la perfección cristiana1. Los Papas lo han dicho

expresamen-1 Damos la lista de las causas introducidas. Dos obispos: Mons. Luis VERSI-GLIA (1873-1930), nacido en Oliva Gessi (Pavía), vicario apostólico de Shiu Chow en China, asesinado; y Mons. Luis OLIVARES (1873-1943), nacido en Corbetta

(7)

(Mi-te, sobre todo con ocasión de las etapas de alguna de estas cau-sas. Pío XI, por ejemplo, en el decreto de tuto para la beatifi-cación de Madre Mazzarello, dice de san Juan Bosco: «Este sapientísimo doctor bajo cuyo magisterio ella fue conducida hasta el más alto vértice de la perfección cristiana y religiosa»2. Y Pío XII dirá más tarde a los Cooperadores: «Bien proveyó a vuestra vida interior la sabiduría del santo de la acción,

dictándoos a vosotros, no menos que a su doble familia de

Salesianos e Hijas de María Auxiliadora, una regla de vida

espiritual, ordenada a formaros sin la vida común, en la

religio-sidad interior y exterior de quien hace suya seriamente, en su mundo familiar y social, la obra... de la perfección cristiana»3. Es un hecho: Don Bosco tiene una numerosa posteridad4.

lán), párroco en Roma, después obispo de Sutri y Nepi. — Un prefecto

apostó-lico: Mons. Vicente CIMATTI (1879-1965), nacido en Faenza, prefecto apostólico de

Miyasaki, Japón. — Vn rector mayor: Don Felipe RINALDI (1856-1931), nacido en Lu Monferrato, tercer sucesor de Don Bosco desde el 1922. — Seis sacerdotes: el Venerable Don Andrés. BELTRAMI (1870-1897), nacido en Omegna (lago D'Orta), recibido salesiano por Don Bosco en 1887, muerto en T u r í h ; el Venerable Don Augusto CZARTORYSKI (1858-1893), príncipe polaco que vio a Don Bosco en París en 1883 y recibió de él la sotana el 24 de noviembre de 1887; Don Luis VARIARA (1875-1926), italiano del Monferrato, misionero entre los leprosos de Agua de Dios, Colombia, fundador de las «Hijas de los Sagrados Corazones»; Don Calixto CARA-VARIO (1903-1930), de Cuorgné, compañero de martirio de Mons. Versiglia en China; Don Luis MERTENS (1864-1920), de Bruselas, Bélgica, párroco en Lieja; Don Rodolfo KOMOREK (1890-1949), polaco, misionero en Brasil. — Dos

coadjuto-res: Simón SRUGI (1877-1943), libanes, nacido en Nazaret, m u e r t o en Beitgemal;

y Artemide ZATTI (1881-1951), nacido en Boretto (Italia central), infatigable en-fermero en Viedma, Argentina. — tres Hijas de María Auxiliadora: Sor Teresa VALSE-PÁNTELLINI (1878-1907), nacida en Milán, m u e r t a en T u r í n ; Madre Magdalena MORANO (1847-1908), nacida en Chieri, inspectora en Sicilia; y Sor Eusebia PALO-MINO (1900-1935), nacida en Cantalpino (Salamanca), m u e r t a en Valverde del Cami-no (Huelva). — Dos Cooperadoras: Doña Dorotea de CHOPITEA (1816-1891), insigne bienhechora de Barcelona; y Alejandrina DA COSTA (1904-1955) de Balazar, Portugal. — Dos alumnos salesianos: el Venerable Ceferino ÑAMUNCURA (1886-1916), hijo del último cacique de la Pampa argentina, muerto estudiante en Roma; y Laura VICUÑA (1891-1904), nacida en Santiago de Chile, m u e r t a en Junín de los Andes, Argentina. — Finalmente 97 víctimas de la revolución española (1936-1939), sacer-dotes, clérigos, coadjutores, Hijas de María Auxiliadora, aspirantes y cooperado-fas, muertos en las tres zonas de Barcelona-Valencia, Sevilla y Madrid-Bilbao. Entre ellos Don José CALASANZ, inspector, Cfr. CASTAÑO, Don L.: Santitá Salesiana.

Profili dei Santi e Servi di Dio della tríplice Famiglia di San Giovanni Bosco.

SEI, Torino, 1966, p p . 424.

2 «... sapientissimum ei largiendo doctorem, sanctum Joannem Bosco, sub cuius magisterio ad christianae et religiosae perfectidnis culmen fuit adductá»

(Acta Apostólicas Seáis, 30 [agosto 1938], p, 272).

3 Discurso del 12 de septiembre de 1952, Acta Apostólicas Seáis 44 (octubre 1952), p. 778. Citamos asimismo las palabras dirigidas por Pío XI el 16 de noviembre de 1929 a un grupo de guías alpinas a las que regaló una medalla de Don Bosco: «No es por casualidad el que queramos que conservéis este leve recuerdo. Porque Don Bosco fue un gran guía espiritual. Que él vele sobre vosotros y os proteja en las horas de la prueba m á s d u r a ; que él os haga escalar las m á s altas cimas espirituales con el mismo éxito con que escaláis las de las montañas» («L'Osservatore Romano», 17-11-1929).

4 La liturgia de su fiesta (31 de enero), en su antigua redacción, no dudó en aplicarle lo que san Pablo recuerda a propósito de Abrahán en Rom. 4, 18: «Abrahán esperó contra toda esperanza y llegó a ser padre de innumerables pue-blos, como se le había dicho: Así será tu descendencia».

16

Pero Don Bosco ¿qué pensaba de esto personalmente? No debemos esperar que, en su humildad, se presente como «maes-tro y doctor». No obstante él aspiraba a difundir un «método de vida cristiana». Exigía con energía que, en el conjunto de su Familia (Salesianos, Salesianas, Cooperadores, alumnos de sus casas), rigiese un mismo «espíritu» las almas, los corazones, las conductas externas. Por este motivo reivindicaba, no sin tenaz firmeza, la autonomía, la libertad de acción, la posibilidad de hacer llegar a todas partes sus directivas, hasta el punto que algunos le acusarán de una tendencia a la excesiva centraliza-ción. El tenía sus convicciones no sólo pedagógicas sino espi-rituales, y su innato temperamento de jefe, como también la fascinación que ejercía por la gran riqueza de sus dones, le han llevado a señalar poderosamente con su huella las diversas cate-gorías de sus discípulos. Estos por otra parte estaban dispuestos a recibirla: piénsese en particular en el hecho —ciertamente raro entre los fundadores— que él mismo plasmó a sus primeros colaboradores, apenas salidos de la adolescencia y escogidos de entre las filas de sus mismos alumnos; y pudo forjar durante cuarenta y tres años a su primer sucesor, Miguel Rúa'.

Existe, pues, una espiritualidad «salesiana de Don Bosco», la cual si bien se inspira en la de san Francisco de Sales, no es ciertamente una simple prolongación de la misma.

No es un autor espiritual

Esta misma afirmación nos permite afrontar el otro aspecto del problema: maestro espiritual, Don Bosco no es un autor espiritual. Don Bosco no escribió nada que pueda compararse al

Tratado de amor a Dios ni siquiera a la Introducción a la vida devota. Y mucho menos corremos el riesgo de encontrar en sus

escritos páginas análogas a las de Narración de un peregrino o de Historia de un alma. Don Bosco no tiene nada del teólogo especulativo, y es ajeno a la introspección espiritual.

Inteligencia extremadamente viva, Don Bosco sigue siendo un campesino piamontés, más sensible a la experiencia que a las ideas. Desde el seminario, sus preferencias están encaminadas hacia las ciencias positivas: la Sagrada Escritura y la historia de la Iglesia. Cuando empuña la pluma —y este apostolado será uno de los principales de su larga vida— nunca es para escribir tratados, sino para «hablar» a sus jóvenes, a la gente del pueblo, a sus Cooperadores o Salesianos, y para proponerles una doctri-na sencilla, consejos prácticos, ejemplos concretos, con toda la apariencia de ser «ordinarios», pero que no por eso dejan de 5 Don Bosco mismo hizo notar la importancia de esta homogeneidad: «Las demás Congregaciones en sus comienzos tuvieron ayuda de personas doctas... que se asociaron a su fundador. Entre nosotros, no: todos son alumnos de Don Bosco. Esto me costó un trabajo muy fatigoso y continuo durante cerca de treinta años, pero con la ventaja que habiendo sido educados p o r Don Bosco, tienen los mismos métodos y sistemas» (conversación con Don Barberis, crónica del mismo, 17 de mayo de 1876; cfr. MB X I I I , 221).

(8)

llevar la señal de sus m á s profundas convicciones y de sus insis-tencias m á s vivas. Su doctrina espiritual aparece como envuelta en su sencillez de escritor popular, y sus diversos elementos es-t á n dispersos en docenas de opúsculos, sin prees-tensiones, ni espe-culativas ni literarias. Y apenas intenta u n a sistematización de principios, parece como que pierde la inspiración y sus manus-critos se llenan de innumerables retoques.

El lugar por excelencia de su doctrina es su propia vida, es su misma experiencia espiritual, rica en extremo, la de u n o de los mayores carismáticos de la Iglesia. Pero también aquí, p o r desgracia, no estamos bien servidos. De su vida m á s profunda, no reveló casi nada. Y esto, t a n t o p o r su temperamento (él expe-rimenta, sin preocuparse luego p o r analizar) sea p o r virtud de u n a n a t u r a l reserva (teme desviar la atención hacia el instru-m e n t o en daño de Aquel que lo usa), y, quizás, tainstru-mbién p o r falta de medios de interpretación y de expresión (la literatura mística no le es m u y familiar, y no se siente dispuesto a aumen-tarla).

No obstante nosotros poseemos elementos autobiográficos de grandísimo interés, y más aún, un notable n ú m e r o de cartas en las que deja transparentar sus tendencias espirituales. Pero, como se dijo, hay que captar la doctrina bajo la envoltura de u n a narración concreta o por medio de anotaciones m u y rápidas. E s t a s reflexiones ayudarán a comprender el carácter de esta antología. Los textos elegidos son numerosos y en su mayor par-te m u y breves. Nada que pueda compararse con la narración hilvanada de san Agustín en sus Confesiones o con las efusiones espirituales de un Padre de Foucauld en sus Meditaciones. Don Bosco no tuvo nunca el tiempo de sentarse largas horas p a r a r e d a c t a r pensamientos largamente madurados. Dictadas p o r preocupaciones pastorales inmediatas y sugeridas p o r circuns-tancias juzgadas favorables (y esto durante cuarenta años), las páginas espirituales que nos ha dejado pertenecen a los géneros literarios m á s variados. Su lectura con eso gana en facilidad e interés. Precisamente por eso, Don Bosco es uno de los maestros espirituales m á s accesibles.

II - Obras escritas q u e ofrecen un contenido espiritual

Hay que distinguir en seguida con claridad las obras que Don Bosco mismo publicó y las obras manuscritas, publicadas o no después de su muerte.

Las obras publicadas por Don Bosco

Mucho escribió Don Bosco y mucho también publicó. La difusión de la prensa popular, lo hemos ya indicado, fue una de sus principa-les actividades pastoraprincipa-les, en especial a través de la publicación men-18

sual de las Lecturas Católicas a partir de 1853. El P. Pietro Stella, profesor de historia en la Universidad salesiána de Roma y eo-direc-tor del Centro Estudios Don Bosco, publicó recientemente el catálogo completo y críticamente revisado de las obras del Santo6. El lector

español encontrará una lista válida (hecha diez años antes) en la obra del P. Francis Desramaut, Don Bosco e la vita spirituale (LDC, Torino 1970), en las páginas 280-2967. Podemos decir, sin temor a

equivocar-nos, que Don Bosco escribió por lo menos un centenar de obras, con un promedio de un centenar de páginas cada una.

Se pueden distinguir cómodamente cuatro grupos o categorías, co-rrespondientes más o menos a cuatro géneros literarios8. Las

indica-mos rápidamente, a fin de que el lector pueda darse cuenta desde ahora, sumariamente, de qué tipo de obras son los extractos escogi-dos y aquí publicaescogi-dos.

1. Obras escolares. Para los alumnos de las escuelas nocturnas y de las escuelas públicas, Don Bosco escribió (además de un libro de aritmética, El sistema métrico decimal, 1849), tres libros de historia: Historia Eclesiástica (1845), Historia Sagrada (1847) e Historia de Ita-lia (1855). Son páginas de un educador que narra límpidamente y pone de relieve episodios y personajes capaces de alimentar el sentido religioso y moral de los lectores.

2. Biografías y narraciones. El género biográfico es, sin duda, aquel en que más a gusto se hallaba Don Bosco. Lo cultivó bajo tres formas. En correspondencia con su Historia Eclesiástica, publicó vi-das de santos personajes de otro tiempo, la mayor parte canonizados: san Martín (1855), san Pancracio, san Pedro (1856), san Pablo (1857), los Papas de los tres primeros siglos (1857-1864), la beata Catalina de Racconigi (1862), etc., obras de recopilación sin gran valor crítico, psi-cológico o literario.

Don Bosco es mucho más Don Bosco en las biografías edificantes de contemporáneos, relacionadas especialmente con ambientes colegia-les y eccolegia-lesiásticos: Vidas o Datos históricos de su compañero Luis Comollo (su primer escrito, 1844) y de sus queridos alumnos, Domin-go Savio (1859), Miguel MaDomin-gone (1861) y Francisco Besucco (1864), de su amigo y confesor José Cafasso, (1860), de Angelina «la huerfanita de los Apeninos» (1869). Al frágil tejido biográfico anclado en pocos datos cronológicos, él agrega episodios clasificados según el esquema moralista de las virtudes: se comprende cómo aquí nos será dado rastrear interesantes elementos de doctrina espiritual.

6 STELLA, P.: Gli scritti a stampa di S. Giovanni Bosco. Publicaciones del «Centro Estudios Don Bosco», Estudios históricos n.° 2, Roma, Librería Ateneo Salesiano, 1977, p. 176. Estos escritos están divididos en tres series: libros y opúsculos; cartas circulares, programas, etc.; artículos del Boletín Salesiano.

7 El P. Desramaut distingue prudentemente tres series: las publicaciones fir-madas y reconocidas por Don Bosco (83 números, nn. 5-87), las anónimas, pre-sentadas o al menos revisadas por él (26 números), y las de origen impreciso (con frecuencia anónimas), pero atribuidas con frecuencia a Don Bosco (38 nú-meros). En total 147 números.

8 Sobre Don Bosco autor, cfr. STELLA, P.: Don Bosco nella storía, I, cap. X,

Don Bosco scrittore ed editare, pp. 229-248. Distingue seis categorías de obras: Obras escotares, Escritos amenos y acciones escénicas, Escritos hagiográficos, Escritos biográficos y narraciones de fondo histórico, Obritas de instrucción religiosa y de oración, Escritos relativos al Oratorio y a la Obra salesiána.

(9)

En fin, junto a estas biografías, nos ha dejado diversas narracio-nes que le gusta llamar «amenas», cuyo fondo se da como histórico. La conversión de una valdense (1854), Pedro, o sea la fuerza de una buena educación (1855), la Novela amena de un viejo soldado de Napoleón I (1862), Valentín o la vocación estorbada (1866), etc., hasta La Casa de la fortuna, representación dramática (1865) son historias agradablemente edificantes, pero de contenido algo ligero.

3. Los escritos de apologética, de doctrina y devoción. El prose-litismo protestante y la propaganda anticlerical, que tuvieron su momento de mayor impulso entre el 1850 y el 1860, llevaron a Don Bosco no a la polémica directa, sino a la defensa de la religión cató-lica, con escritos populares que mezclan en dosis variadas la apolo-gética y la exposición doctrinal: Avisos a los católicos (1850), El cató-lico instruido en su religión (1853), Disputa entre un abogado y un ministro protestante (1853), etc. Otros acontecimientos como el Jubileo y el Concilio Vaticano I, le proporcionaron la ocasión de exaltar la Iglesia: El Jubileo (1854), Vade mecum cristiano (1858), Los Concilios Generales (1869), La Iglesia católica y su Jerarquía (1869), etc.

La mayoría de las obras marianas de Don Bosco comprendían artículos doctrinales, junto a narraciones de milagros o de gracias y elementos devocionales: son típicos El Mes de Mayo (1858), Nueve días consagrados a la Augusta Madre del Salvador bajo el título de María Auxiliadora (1870), La aparición de la Virgen en la Montaña de la Salette (1871), etc.

Desde sus primeros años de sacerdocio, había concebido y reali-zado un género de libro de piedad que fuese al mismo tiempo un libro de reflexión y de dirección espiritual. Dos obras de este tipo, una para los jóvenes y otra para los adultos, tuvieron en Italia una extraordinaria difusión: El Joven instruido en la práctica de sus de-beres (1847), progresivamente enriquecido hasta su 118.a edición en

1888, La Llave del Paraíso en manos del católico practicante de sus deberes de buen cristiano (1856, unas cincuenta ediciones).

4. Escritos relativos a la obra salesiana: reglamentos y relaciones. El espíritu del Fundador se halla claramente en los Reglamentos del Oratorio y de las casas (1877), donde abundan las consideraciones ascéticas, en el de los Cooperadores salesianos (1876) y, a fortiori, en las Constituciones de la Sociedad de San Francisco de Sales (impre-sas a partir de 1867), con su Introducción publicada por primera vez en la edición italiana del 1875. Tampoco están ayunas de elementos espirituales o pedagógicos las relaciones impresas para el gobierno o para la Santa Sede, ni la rendición de cuentas de las ceremonias de las casas (el famoso tratado acerca del Sistema preventivo en la edu-cación de la juventud salió por vez primera en el fascículo Inaugu-ración del Patronato de San Pedro en Niza del Mar (1877).

Se puede apreciar cómo todos estos escritos, excepto los de la primera serie, pueden ofrecer, ciertamente en diversa medida, textos válidos sobre el camino espiritual que Don Bosco proponía a los jóvenes, a los adultos, y a sus religiosos'. Con todo, en otra parte hallaremos los textos más significativos.

9 Una edición oficial comentada de las obras de Don Bosco fue emprendida el año 1929, año de la beatificación: «Don Bosco». Obras y escritos editados e

inéditos nuevamente publicados y revisados según tas ediciones originales y ma-nuscritos sobrevivientes, por la Ka Sociedad Salesiana, SEI, Tormo. El primero

20

Manuscritos dejados por Don Bosco

En todos los textos arriba citados, el pensamiento personal de Don Bosco no es realidad preponderante, y sus opciones de tipo espi-ritual no aparecen sino sumariamente. Ya se sabe que él no compuso del principio al fin toda esta masa de libros y opúsculos. Tal como lo consentía el uso de la época, se sirvió generosamente de la docu-mentación que poseía y que tenía cuidado de tener al día. El P. Stella observa a este propósito: «El momento crítico de Don Bosco está en la elección de autores... El exige que estén acreditados, esto es, trata de que sean considerados como autorizados por los doctos, que sean favorables a la Iglesia, al papado, llenos de celo y mejor aún santos. La elaboración de las fuentes es casi siempre mínima»10. Apóstol

popular, no se consideró obligado a largas investigaciones: se trataba de recordar, en un lenguaje límpido, las verdades esenciales y las orientaciones morales de mayor relieve, según las urgencias y las oca-siones favorables del momento. La selección de los temas es, por tanto, en él, más significativa aún que los particulares de su desa-rrollo.

Continuamente acuciado por el trabajo, y nada pretencioso, no tenía escrúpulos en hacerse ayudar por colaboradores cuyas aptitu-des literarias había podido comprobar. Don Bonetti y Don Lemoyne sobre todo, pero también Don Rúa y Don Berto fueron aprovechados. El autor principal revisaba personalmente cuanto se le sometía y asumía la paternidad.

De estas comprobaciones se concluye que nosotros podemos en-contrar al Don Bosco más auténtico en los escritos para los que le fue difícil o imposible hallar colaboradores o fuentes ya difusamente elaboradas. En el conjunto de escritos arriba citados, hemos de dar la preferencia a dos series: las biografías de los contemporáneos (y en particular las de los jóvenes por él educados) y los documentos directamente «salesianos».

Y más aún hemos de conceder consideración a otras fuentes: escritos que Don Bosco no publicó nunca, pero que han brotado de lo más hondo de su alma y de su experiencia, escritos doblemente «personales» por su pensamiento más original y su estilo más vigo-roso ".

y, hasta hoy el único, en meter mano fue Don Caviglia (muerto en 1943). Es una buena edición desde el punto de vista crítico, aunque no perfecta, y va enriquecida con un amplio comentario. Salieron seis tomos (los primeros en dos partes): Vol. I, parte I y II: Historia sagrada, Historia eclesiástica (1929); Vol. II, parte I y parte II: Las vidas de los Papas (1932); Vol. III: La Historia

de Italia (1935); Vol. IV: Vida de Domingo Savio, y el estudio Domingo Savio y Don Bosco (1943); Vol. V: El primer libro de Don Bosco: Breves rasgos de la vida de Luis Comollo, y el «Miguel Magone», una experiencia educativa clá-sica (1965); Vol. VI: Vida de Francisco Besucco, texto y estudio (1965). El texto

de estos dos volúmenes postumos fue redactado entre 1938 y 1943. El «Centro de estudios Don Bosco» de la Universidad Salesiana de Roma está procurando su edición, en impresión anastásica, de todas las Obras editadas por Don Bosco: 1.a serie. Libros y opúsculos, 37 volúmenes; 2.a y 3.a serie. Circulares,

progra-mas... Artículos del «Boletín Salesianos, 4 volúmenes. La primera serie estaba

enteramente publicada al final de 1977.

10 STELLA, P.: Don Bosco nella storia, I, pp. 238 y 241.

11 Los documentos manuscritos de Don Bosco han sido reunidos en la me-dida de lo posible en el Archivo Central Salesiano de la Casa generalicia de Roma, en las posiciones siguientes: 131, Cartas de Don Bosco (131.01 cartas autógrafas; 131.21 fotocopia de cartas autógrafas; 131.32 copia de cartas cuyo 21

(10)

En primer lugar su correspondencia. Nos quedan más de tres mil cartas suyas. Don Ceria publicó 2.845, en cuatro volúmenes: Episto-lario (SEI, Tormo 1955-1959). Las indagaciones llevadas a cabo después de 1959 permitirían hoy añadir más de una quinta parte. La más antigua data del 1845, cuando Don Bosco tenía treinta años12; la

última publicada es del 15 de diciembre de 1887, escrita cuarenta y cinco días antes de su muerte. Estas cartas son sin duda alguna el documento que mejor delinea el vivo retrato de Don Bosco: su vida, su irrefrenable actividad, sus múltiples relaciones, pero también su carácter, su corazón y su pensamiento. En ellas se abandona sin inhi-biciones. Nosotros captamos al vivo sus preocupaciones y reacciones espirituales, y al mismo tiempo se hace guía de la mayor parte de sus destinatarios. Si bien sus cartas de dirección espiritual pro-piamente no abundan y son muy breves, el sentido de Dios y de las almas está siempre presente, tanto que hasta las mismas cartas de negocios son ricas de acentos espirituales. En este tesoro, pues, pode-mos tomar abundantemente.

Otros dos documentos «privados» son dignos de la más viva aten-ción. Exhortado por Pío IX, Don Bosco escribió entre el 1873 y el 1878, para sus hijos salesianos únicamente, las Memorias del Oratorio de San Francisco de Sales desde el 1815 al 1855a: es una especie de autobiografía hasta los cuarenta años, en la que explica el origen de su vocación y de su obra apostólica. También en ellas la pluma corre sin vacilar, y si bien abre su corazón sólo discretamente, dice lo bastante para desvelarnos ciertas profundidades espirituales. Ha-biendo quedado durante mucho tiempo manuscritas, fueron publica-das en 1946 por Don Ceria: Memorias del Oratorio de San Francisco de Sales (SEI, Tormo).

El otro documento precioso es el llamado Testamento Espiritual: es un humilde bloc de notas en el que, desde 1884 al 1886, a interva-los irregulares, Don Bosco escribió algún recuerdo, y sobre todo una larga serie de importantes recomendaciones sobre algunos problemas referentes a la Sociedad salesiana. En ese contexto, los elementos espirituales que en él se contienen adquieren un valor singular. La parte más importante del Testamento fue publicada por Don Ceria en el volumen XVII de las Memorias Biográficas, pp. 257-273.

Lo que Don Bosco dijo pero no escribió

Nuestra mies es abundante, como se ve. Y lo podría ser mucho más si no se tratase aquí únicamente de «textos» espirituales. En original falta); 132, Manuscritos de Don Bosco no destinados a la publicación (avisos, billetes, contratos, poesías, sermones, conferencias, programas, sueños, blocs, testamentos...); 133, Manuscritos destinados a la publicación. Los manus-critos que interesan a las Constituciones ya los Reglamentos de la Sociedad salesiana forman grupo aparte: 022 y 023; lo mismo los que tratan de los pri-meros Capítulos generales: 04. Una buena parte de estos documentos han sido publicados o al menos aprovechados en las Memorias Biográficas de Don Bosco, sobre todo en los apéndices documentales de los volúmenes de Don Amadei y Don Ceria (Vol. X y siguientes).

12 Las cuatro primeras «cartas» de la edición de Don Ceria, de los años 1835, 1836 y 1843, son de Don Bosco, pero en realidad se trata de documentos de otro tipo. La primera verdadera carta es de 1845. C£r. DESRAMAUT, F.: Les

Me-mórie de G. B. Lemoyne, Lyon, 1962, pp. 74, 97-100.

13 Archivo 132.11. Autógrafo: tres grandes cuadernos, 180 páginas; y una copia del secretario Don Berto, revisada y glosada por Don Bosco.

realidad, sabemos mucho más de Don Bosco y de su doctrina espi-ritual de lo que se halla escrito: desde el 1858, sus discípulos más cercanos y queridos tomaron abundantes notas de cuanto veían y oían. Más aún, en marzo del 1861, formaron una «comisión de las fuentes», encargada de recoger y registrar los hechos y las palabras más señaladas de Don Bosco para transmitírselas a los siguientes. Aunque dicha comisión funcionó irregularmente, poseemos, sobre los treinta últimos años de Don Bosco, una documentación enorme, reco-gida por secretarios asiduos que fueron además testimonios directos. En sus cuadernos o agendas, crónicas y anales, Don Juan Bonetti, Don Domingo Ruffino, Don Miguel Rúa, Don Francisco Provera, Pedro Enría, Don Julio Barberis, el clérigo Carlos Viglietti para los últimos cuatro años, y fuera de serie, el infatigable escritor, relator y reco-pilador Don Juan Bautista Lemoyne, coleccionaron día por día hechos, episodios y palabras de Don Bosco: discursos, sermones, buenas no-ches, narraciones de sueños, conferencias a los Salesianos, a los Coo-peradores, conversaciones familiares, avisos y consejos breves M. Más

tarde numerosos testigos depusieron en los procesos canónicos de Turín y de Roma en vista de la beatificación de Don Bosco 15.

Todo este material confluyó en dos imponentes series de docu-mentos recogidos por Don Lemoyne:

— Documentos para escribir la historia de Don Bosco, del Orato-rio de San Francisco de Sales y de la Congregación Salesiana: prue-bas de imprenta en galeradas, recogidas en 45 registros, sin fecha, pero probablemente compilados entre el 1885 y el 190016.

— Memorias Biográficas de Don Juan Bosco, San Benigno Cana-vese y Turín, 19 volúmenes, escritos por Don Lemoyne (vol. I al IX, 1898-1917), A. Amadei (vol. X, 1939), E. Ceria (vol. XI-XIX, 1930-1939); índice analítico de E. Foglio (vol. XX, 1948). Los 19 volúmenes for-man un total de 16.000 páginas.

Es evidente que una documentación tan imponente aporte elemen-tos auténticos y significativos para el conocimiento de la doctrina espiritual de Don Bosco, y es, por tanto, más que normal que haya sido utilizada por los autores de «estudios» particulares acerca de esta doctrina. Pero también lo ha sido, no siempre con juicio crítico, por compiladores de «textos» de Don Bosco". Por nuestra parte, en esta antología, no citaremos más que textos explícitos de Don Bosco mismo, publicados o manuscritos, que ofrecen suficientes garantías de autenticidad (alguna rara excepción habrá, pero siempre motiva-da). Y escogeremos en cada caso la edición que presenta más interés.

14 Cuadernos y blocs de Don Bosco están recogidos y guardados en el Archi-vo en la posición 132, 6. Los de sus discípulos en la posición 110.

15 Casi todas estas deposiciones se pueden leer en el Summarium de los procesos ordinario y apostólico, Roma, 1907 y 1923.

16 Archivo 110.

17 Por ejemplo Mons. LUCATO, G.: Parla Don Bosco, SEI, Tormo, 1943, pp. 494; TERRONE, Don L.: Lo Spirito di S. Giovanni Bosco, 2.» ed., SEI, Torino, 1956, pp. 501; BERTETTO, Don D.: La pratica delta vita cristiana secando San G. Bosco,

La pratica della vita religiosa secando San G. Bosco, dos tomos, LDC, Torino,

1961; FIERRO, Don Rodolfo: Biografía y Escritos de San Juan Bosco, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1967, pp. 938. Estos autores, sirviéndose copiosa-mente de las Memorias Biográficas, citan como «escritos» de Don Bosco muchos documentos que en realidad sólo son relaciones de sus hijos.

(11)

III - Las fuentes de la doctrina espiritual de Don Bosco

Sobre el problema de las fuentes de Don Bosco maestro espi-ritual, poco tenemos que decir, porque él es, a un tiempo, muy dependiente y muy independiente. Muy dependiente en lo refe-rente a los temas teológicos fundamentales y sus expresiones literarias: hemos hecho notar antes que, para escribir sus obras y sus opúsculos de carácter hagiográfico, apologético y doctri-nal, no sentía escrúpulos en servirse de los escritores más acre-ditados y seguros. Sus verdaderos «autores» fueron de los mo-dernos de la Contra-Reforma y del humanismo antijansenista, es decir, aquellos cuya influencia en Italia del 800 era preponde-rante: en el primer grupo los jesuítas italianos, y en especial Pablo Segneri (1624-1694), san Felipe Neri (1515-1595), muy admi-rado, san Francisco de Sales (1567-1622) elegido como patrono, el autor del Combate espiritual (1589), san Carlos Borromeo (1538-1584) y san Vicente de Paúl (1581-1660); en el segundo gru-po el beato Sebastián Valfré, del Oratorio (1629-1710), y san Alfonso de Ligorio (1697-1787), la fuente espiritual en la que más se inspiró y que dio a los Salesianos como autor oficial de moral y de ascética religiosa. Pero Don Bosco, que tomaba lo bueno donde quiera que lo encontrara, también se inspiró en autores contemporáneos: «humildes anónimos, como el autor de la Guía angélica, o bien escritores político-religiosos un poco inquietantes, como el abate Barruel y José de Maistre, o neo-humanistas más simpáticos como el oratoriano Antonio Cesari (1760-1828), o filósofos, teólogos y escritores espirituales famosos como Antonio Rosmini, Juan Perrone, Mons. de Segur y José Frassinetti» ".

Es necesaria una precisión. ¿En qué medida se inspiró Don

Bosco, -fundador de los «Salesianos», en san Francisco de Sales?

El problema no fue nunca estudiado a fondo. Encontraremos más adelante los textos donde él mismo da cuenta de las razones por las que escogió este santo como modelo y patrono. No pare-ce que haya leído mucho las grandes Obras del doctor del amor de Dios. Lo ha citado alguna vez. Ha expresado su plena con-cordancia con la doctrina de la Introducción a la vida devota. Sobre todo fue atraído por dos expresiones de su figura moral; por un lado, su energía apostólica, su celo por las almas, por la defensa de la verdad, por la fidelidad a la Iglesia católica, y por el otro lado, la dulzura evangélica en la manera de ejercitar este celo: «caridad, dulzura, buenas maneras, gran calma, ex-traordinaria mansedumbre», como precisa el mismo Don Bosco.

i» DESRAMAUT, F.: Don Bosco e la vita spirítuale, LDC, Tormo, 1970, p. 39. Cfr. las páginas 33-34 tituladas: Las fuentes de Don Bosco, y la conclusión pp. 220-229. Por otra parte, en su segundo volumen de Don Bosco en la historia

de la religiosidad católica, Mentalidad religiosa y espiritualidad, el P. Stella

intenta precisamente demostrar como Don Bosco entró en la corriente religiosa de su siglo, salvaguardando su originalidad; cfr. en particular pp. 237-244 sobre la selección y uso de las fuentes.

24

Por nuestra parte, creemos qué las afinidades entre los dos san-tos son más profundas de lo que se ha dicho a veces, pero es un hecho que Don Bosco se inspiró más en Francisco pastor que no en Francisco pensador y doctor".

En estos modelos y en estos autores, y en, san Francisco de Sales mismo, Don Bosco se inspira con plena libertad, sin ligar-se en modo alguno a ninguno de ellos, tanto que él mismo apor-ta su contribución original a la «escuela» iapor-taliana de la Resapor-tau- Restau-ración católica. Su espontaneidad es muy viva, la riqueza de sus dones muy compleja, para que le consienta «seguir» sin más a un autor o a un modelo. El inventa de una manera muy perso-nal. Dependiente, como decíamos, en lo referente a la expresión de los principios generales de la vida cristiana, en su época y ambiente, se independiza luego en el modo concreto de aplicar-los, en el «estilo de vida» que él mismo experimenta y de lo cual tiende a hacer partícipes a sus discípulos próximos o leja-nos, y hasta a cada cristiano, joven o adulto, que se sienta en cierto modo predispuesto a seguirlo. Las fuentes más vivas y

más verdaderas de su doctrina espiritual y del camino a la san-tidad que él propone son su carisma personal y su larga expe-riencia, polarizadas la una y la otra por su misión de apóstol.

Su mística es una mística de servicio a Dios, su espiritualidad es Una espiritualidad del hombre de acción. Intentamos aquí delinear rápidamente sus rasgos más salientes, distinguiendo las convicciones doctrinales y la conducta práctica.

IV - Las convicciones doctrinales

Escribe el P. Stella al comienzo del segundo volumen de su

Don Bosco en la historia de la religiosidad católica: «Quien

examina la vida de Don Bosco siguiendo sus esquemas mentales y batiendo las pistas de su pensamiento encuentra como matriz la idea de la salvación redentora en la Iglesia católica, única depositaría de los medios salvíficos; advierte cómo el reclamo de la juventud abandonada y pobre suscita en él la instancia educativa para promover su inserción en el mundo y en la Igle-sia con métodos de dulzura y caridad, pero con una tensión que proviene del ansia por la salvación eterna de los jóvenes» (p. 13). Este texto me parece que expresa resumidamente las tres gran-des convicciones doctrinales sobre las que Don Bosco construyó

*' En 1841, neosacerdote, Don Bosco escoge Francisco de Sales para guiarlo «en toda cosa»; en 1846, le dedica su primera obra en Valdocco, y en 1853 su primera capilla; en 1854, escoge el nombre de «salesianos» para sus colaborado-res, etc. La referencia al Santo fue continua, y continua la llamada hecha a los salesianos de imitar realmente el tipo de caridad y de celo de su patrono; su fiesta fue siempre celebrada en Valdocco con el estilo de las mayores festivi-dades. Entre los salesianos de hoy, la figura del fundador quizá ha dejado en la penumbra la del santo patrono. ¡Qué lástima! Cfr. los textos citados más adelante, pp. 60, 64-65, 270, 319; y STELLA, P.: L'ínflusso del Salesio su Don

Bosco, trabajo dactilografiado, Turín, 1954.

(12)

su propia santidad y el tipo de santidad que propuso a los de-más: grandeza de la salvación, miseria de los débiles, urgencia de la caridad activa.

Dios Padre da a cada hombre una vocación prodigiosa

La percepción más viva y más profunda de Don Bosco ha sido, sin duda, la realidad de la salvación ofrecida a cada hom-bre. Don Bosco es uno que ha creído de verdad en la redención universal: con una visión excepcionalmente aguda, colocaba a cada ser en la perspectiva del designio de Dios. Estaba acostum-brado a expresar esto con sencillez (Don Bosco es así: dice cosas muy profundas con palabras comunes), pero su percepción del misterio era vivísima. Cuando decía por ejemplo: «Las

al-mas, salvar alal-mas, trabajar para gloria de Dios», ponía

concre-tamente en causa el misterio de Cristo redentor en toda su riqueza: cada hombre es una libertad capaz de amor, de un amor al que Dios Padre llama gratuitamente por medio de su Hijo: «¡Hijos, mirad qué amor tan grande nos ha tenido el

Pa-dre que nos llamó a ser hijos de Dios, y lo somos!» (1 Juan 3,1).

Dios quiere nuestra felicidad total, en la tierra y en el cielo, íntima y exterior, presente y futura. El más pequeño, el más humilde es «un hermano nuestro por el cual murió Cristo» (1 Cor 8, 11); está llamado a la libertad de los hijos de Dios, a un diálogo de amor con Dios mismo, a la alegría de las bodas eternas. Don Bosco se caracteriza por esta visión siempre inte-gral de la vocación de cada ser humano.

Pero para realizarla, ha de entrar en el «área de la salvación»,

la Iglesia, visiblemente organizada y activa para reunir y educar

a los hijos de Dios. Además, la inmensa bondad del Padre les ofrece la ayuda de una madre, María, la poderosa auxiliadora de la Iglesia y de cada uno de sus miembros.

Quien se halla más desamparado frente a su vocación merece que se le ayuda más

La precedente percepción se veía contrastada en Don Bosco por otra: en el mundo, bajo nuestros mismos ojos, a muchos de nuestros hermanos, la realización o mejor aún el conocimien-to mismo, de una vocación tan grande se hace imposible o casi. Tienen que entrar en el mundo y actuar dentro de él como hombres. Tienen que creer y obrar en la Iglesia como hijos de Dios. Pero ¿cómo hacerlo? Ante la salvación se encuentran igno-rantes, desamparados, débiles en medio de peligros inmensos, como ovejas perdidas o en peligro de perderse cada día.

Frente a este hecho, el corazón de Don Bosco se ha conmo-vido, e hizo suya la opción: «Vuestro Padre celeste no quiere

que ni siquiera uno de estos pequeñuelos se pierda (Mt 18, 14). Hijitos, si uno posee riquezas en este mundo y viendo a su her-mano que padece necesidad cierra su corazón, ¿cómo permanece en él el amor de Dios?» (1 Jn 3, 17). Sin vacilación alguna,

26

Don Bosco se dirigió hacia los menos favorecidos, los más débiles, hacia quienes tenían necesidad de ser salvados, y en concreto hacia estas tres categorías de «pobres»: la juventud abandonada y en peligro, la clase popular, entonces ignorante y despreciada, y los paganos privados del evangelio.

Más adelante, en el texto de las Memorias del Oratorio, se leerá donde él cuenta cómo, en una hora decisiva de su vida, fue puesto en la alternativa de «escoger» entre las educadas huerfanitas de la marquesa de Barolo y los aprendices medio golfos de las calles de Turín. Con el bajo pueblo y con los obre-ros, con los cuales, él, hijo de campesinos, simpatizaba espon-táneamente, gastó gran parte de sus energías en obras de pro-moción cultural, social y religiosa. En cuanto a los paganos, nos refieren las Memorias Biográficas que, si pensaba enviar a sus hijos a evangelizar la Patagonia y la Tierra del Fuego, era «porque hasta entonces estos pueblos eran los más abandona-dos» (III, 363). Hay en Don Bosco, y en quien lo sigue, esta reacción inmediata, que dimana del corazón mismo de Dios Padre y de Cristo salvador: sufrir con el sufrimiento ajeno,

buscar los espacios donde la caridad pueda desplegarse con ma-yor amplitud, dar a los menos favorecidos la posibilidad de

realizar su gran vocación de hombres y de hijos de Dios. £5 divino ayudar al hermano a realizar su vocación

Una tercera y viva percepción sostuvo a Don Bosco en la realización de su misión: la de la responsabilidad que el Señor deja al apóstol, a su libertad, a su generosidad. Cierto que Dios podría hacerlo todo, realizar por sí mismo el designio de sal-vación. Sigue, en efecto, siendo verdad que su gracia tiene siempre un papel principal y primero. Pero Dios Padre está en las antípodas del paternalismo: más aún promueve en cada uno su libertad> y llama colaboradores a los que confía una parte auténtica de su obra de salvación. Don Bosco creyó con todas sus fuerzas (y él salesiano también) en la nobleza de las causas segundas, en la infinita dignidad del trabajo en pro del Reino de Dios, en la responsabilidad de cada intermediario humano, en la real influencia de todo esfuerzo del apóstol, pero también en los terribles efectos de cada negligencia. La felicidad de los demás, en particular de los desafortunados, en parte está en nuestras manos: ¿cómo sería posible no intentarlo todo, sacri-ficarlo todo para procurársela?

Tanto más que está interesada en ello la gloria de Dios y la revelación de su caridad. Sorprende ver cómo Don Bosco atri-buye un origen divino a la compasión efectiva para con el pobre. Si él cree con tanta fuerza en nuestra capacidad de ser-vir con eficacia a nuestros hermanos, se debe al hecho de que cree, con la misma fuerza, en que Dios nos anima con su misma caridad. Ayudar a los demás a realizar su vocación de hombres y de hijos de Dios es obra divina: «Hijitos, por esto hemos

(13)

también nosotros hemos de dar la vida por los hermanos»

(1 Jn 3, 16). Nada hay mayor en el mundo que trabajar en la salvación de los propios hermanos: «Ningún sacrificio es tan grato a Dios como el celo por la salvación de las almas», dice Don Bosco en su panegírico de san Felipe Neri. Afirma decenas de veces: «De las cosas divinas la más divina es cooperar con

Dios en la salvación de las almas» (recordemos sólo que para

Don Bosco «salvar un alma» incluye realísticamente el servicio total a la persona), como para decir que, en Dios mismo, la realidad más «divina» es esta incomprensible tendencia de su amor a tener compasión de nosotros: por tanto, quien se dedica a salvar su hermano encuentra a Dios en lo más profundo de su vida.

Ahora bien todos los creyentes son llamados a esta colabo-ración maravillosa, cada uno según sus posibilidades. Este modo de hablar Don Bosco lo tiene no sólo con sus religiosos, sino también a sus colaboradores laicos, a sus chicos, a los lectores de las Lecturas Católicas. En la medida en que un hijo de Dios cobra conciencia de su propia fe, se torna sensible al servicio activo para con los hermanos y encuentra ocasiones y modos de realizarlo. Es su manera de participar en la misión de sal-vación de la Iglesia.

En resumen, Don Bosco despierta y moviliza en cada uno las energías apostólicas. El cree no sólo en la redención, sino en la solidaridad en la redención. En concreto, uno se salva salvando a otros, halla su felicidad trabajando en la de los otros. Dice Don Bosco a su discípulo: «Si has recibido es para que des. Si eres rico, es para amar (y uno siempre es rico de algún bien, los mismos pobres tienen riquezas que ofrecer). Acumular no sólo es pecar, es también cooperar en la obra de la muerte. Recibir y dar es el movimiento mismo de la vida».

Tales son, pues, las convicciones de fondo del discípulo de Don Bosco. Del amor del Padre, cada uno recibe su vocación personal, al mismo tiempo concreta e inmensa, hasta la vida eterna. Los menos beneficiados merecen que se les ame y ayude más. Participar a su salvación, en la Iglesia, es obra grande y meritoria, tanto más cargada de responsabilidad cuanto más divinamente hermosa.

V - La conducta práctica

Las conductas más típicas se pueden reducir a tres: el rea-lismo del constructor del Reino, la dulzura del buen pastor, la humildad del siervo de Dios.

El realismo del constructor

Dios busca operarios para su Reino. La reacción de Don Bos-co, cuando se siente llamado, no es la de Jeremías: «Ay de mí,

Señor, que no sé hablar», sino la de Isaías: «Aguí estoy,

man-28

dame»™. «Señor, dame las almas y quédate con las demás cosas»: de esta frase del Génesis 14, 21, interpretada de modo

acomodaticio, ha hecho su lema: ésta es, al mismo tiempo, una petición a Dios, un proyecto fundamental, y la afirmación de un desapego de todo cuanto le pueda impedir el servicio de Dios. Si la misericordia y el apostolado son realidades tan urgentes para la felicidad de los hermanos, tan útiles para la gloria de Dios, y tan excitantes para quien se siente llamado, entonces es menester comprometer en este servicio todas las dotes propias y las propias fuerzas, con ardor y con alegría. La característica de Don Bosco y de su discípulo es él celo, esta especie de fuego que anima la acción y la impele cada vez más hacia adelante. La ascesis salesiana halla aquí su raíz más evidente. Don Bosco no ha predicado nunca la mortificación por sí misma. La exige como condición para la disponibilidad en el servicio de Dios y del prójimo. «¡Trabajo y templanza!», repite a sus dis-cípulos, exactamente como él decía a Dios: «Dame almas y llévate lo demás». Se trata de llegar a ser «fuerte y robusto» para ser capaz de darse todo entero, de aceptar todas las fati-gas y todos los riesgos, sin desperdiciar un minuto de tiempo «¡Cuánto trabajo...! Mientras el Señor me conserve la vida, la acepto gustoso. Trabajo cuanto puedo y aprisa, porque veo que el tiempo apremia... y nunca se puede hacer ni la mitad de lo que haría falta»21.

Don Bosco reflejó en su espiritualidad su temperamento de campesino piamontés, equilibrado, concreto, realista y realiza-dor, capaz de llevar a cabo de vez diez asuntos, preocupado por la santa eficacia: «Hijitos, no amemos de palabra o con la

boca, sino con hechos y en verdad» (1 Jn 3, 18). Este corazón,

algo inclinado a la ternura, desconfía no del sentimiento sino del sentimentalismo. Su espíritu agudo y penetrante desconfía no de la inteligencia sino del intelectualismo. Este hombre elo-cuente desconfía no de la palabra sino del verbalismo. ¡Actue-mos! Los pequeños y los pobres no tienen tiempo de aguardar la solución perfecta de nuestros problemas teóricos. Y mientras, las fuerzas del mal actúan. Hagamos lo que podamos hacer hoy, con los medios de que disponemos hoy. Mañana haremos más y mejor.

Así Don Bosco pudo ser audaz, no en los principios y en la teoría sino en los hechos. El mismo lo reconoció: «Respeto a to-dos, pero no temo a algunos»22, y estas palabras impresionantes:

«En las cosas que son de ventaja para la juventud en peligro o sirven para ganar almas para Dios, yo corro adelante hasta la temeridad»B, ¡Santa temeridad, que es la del auténtico amor!

20 Jeremías 1, 6; Isaías 6, 8.

21 Diálogo típico con Don Julio Barberis el 21 de enero de 1876, que recuerda el «Non recuso labóreme de san Martín: MB XII, 38-39.

22 MB V, 661 (en un diálogo con el ministro valdense Bert).

23 En una carta al Sr. Vespignani que citamos en los textos (11 de abril de 1877), Epistolario III, 166.

(14)

Pero sin excluir la prudencia. Se basaba en la profunda con-vicción de responder al querer de Dios y sobre la aceptación de las fatigas y de los sacrificios necesarios: «Ayúdate, que Dios te ayuda»24. Se asociaba al coraje del luchador, al estilo de san Pablo, «como buen soldado de Cristo Jesús», de defensor de la Iglesia, de padre que advierte el peligro de sus hijos.

Pero hemos de hablar mucho más del constructor. La imagen del luchador sirve aquí sólo para indicar la energía animosa del que, obrero del Reino en construcción, encuentra obstáculos, pero no se desalienta. Don Bosco propone una espiritualidad esencialmente dinámica y realizadora: hay que construirse a si mismos, ayudar a todo ser a construirse, participar en la cons-trucción de una sociedad sana y fuerte y de una Iglesia irra-diante, decir en toda verdad, con los labios y con las manos: «¡Padre nuestro, venga a nosotros tu Reino!».

La dulzura del buen pastor

La fuerza en la acción se asocia en Don Bosco, y no es para-doja, a la dulzura en las relaciones personales, porque este hom-bre sólo quiere ser un continuador de la Caridad divina salví-fica, un testimonio del Padre de las misericordias, un enviado de Cristo buen pastor, un imitador de san Francisco de Sales. Don Bosco, como Cristo, se conmovió ante el sufrimiento humano. Si se decidió a poner todas sus energías al servicio de las categorías de pobres arriba recordadas, es porque su corazón era infinitamente tierno y sensible: toda su obra no es sino la prueba real de su bondad.

Pero se puede hacer el bien a los otros sosteniendo actitudes distantes o rígidas, olvidándose de que los pobres necesitan-ante todo ser escuchados y amados personalmente. Don Bosco era bueno en sus modales, en sus gestos, en sus palabras, en su sonrisa. Vale la pena citar en este lugar la página del salé-siano que mejor lo ha estudiado y conocido, Don Caviglia: «Su buen corazón estaba no sólo en la caridad, sino también en los modales. El amator animarum era un conquistador de almas, cuya arma era la bondad. Hablo de aquella bondad diaria, hu-milde, cordial, amable, a veces paterna, a veces materna, frater-na: no la que se digna inclinarse, sino la que vive con quien y por quien se le acerca, que pone a los demás en su lugar, y de la caridad del pan desciende a la de la pequeña complacen-cia, de la buena palabra, de la sonrisa, del soportar. En medio de su colosal trabajo siempre conservaba un poco de su persona, de su mente, de su corazón, para el último llegado a cualquier hora que llegara y después de cualquier trabajo. Amaba, y nos dábamos cuenta: y la amabilidad «amorevolezza», de la que hizo uno de los tres pilares de su sistema, es en resumen el amar « S e leerán con interés las páginas en las que el P. Desramaut describe W Don Bosco la energía en el trabajo y la audacia y la prudencia, en Don Bosco

e la vita spmtuale, LDC, Torino, pp. 134-143.

30

a los chicos. La bondad de esta clase no se define: a lo más se la describe, como hizo san Pablo presentando sus facetas como un brillante, en el capítulo 13 de la Carta a los Corintios»25.

En efecto Don Bosco no cesó nunca de cantar, para sí y sus hijos, el himno a la caridad de san Pablo: «La caridad es

va-cíente, es benigna... no se enfada... Todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera». Y lo que dio, lo recibió a su vez. Al

comienzo de los Documentos para escribir la historia de Don

Juan Bosco, su biógrafo Don Lemoyne se atreve a hacer esta

afirmación: «He escrito la historia de nuestro amorosísimo pa-dre Don Juan Bosco. No creo que haya habido en el mundo nunca un hombre que haya amado y haya sido amado tanto por los jovencitos».

Y Don Caviglia continúa: «Era sobre todo bondad serena y alegría de la bondad... Don Bosco era un santo de buen humor, y hablar con él alegraba de verdad el ánimo. La alegría y la

serenidad eran para él un factor de primer orden y una forma

de su pedagogía... En su casa la alegría era el undécimo man-damiento». Repetía a sus colaboradores con frecuencia el «.Nada

te turbe» de santa Teresa.

Es importante notar aquí que Don Bosco no se contentó nunca con practicar él solo la dulzura, la paz y la alegría, sino que de modo muy explícito la programó para sus hijos y dis-cípulos. Y no cesa de promoverla, por así decir, con las mismas piedras de las iglesias que él edificó. Llama la atención el hecho de que los titulares de las cuatro iglesias que construyó son los signos más vivos del amor con sus notas de mansedumbre y de socorro eficaz: Francisco de Sales, Juan Evangelista, María Auxiliadora de los Cristianos y el Sagrado Corazón de Jesús2Í. La espiritualidad de Don Bosco, decíamos, es dinámica. Y también optimista, de un optimismo humanista y evangélico al mismo tiempo. Ama la vida, admira al hombre, confía en sus recursos, apela a sus potencias más profundas: la razón, la libertad, el amor. Está convencido de que estamos en un mundo salvado, que allí donde abundó el pecado sobreabunda la gracia y que todo contribuye al bien de los que aman a Dios27.

En este punto hemos de notar otra cosa. A las dos actitudes 25 CAVIGLIA, A.: «Don Bosco». Profilo storico, SEI, Torino, 1934, p. 91. 26 De estas iglesias dos fueron edificadas en Valdocco (San Francisco de Sales 1853, y María Auxiliadora 1868), la tercera en Turín, en el barrio de Puerta Nueva (San Juan Evangelista 1882), la última en Roma, junto a la estación Ter-mini (Sagrado Corazón 1887). En su conferencia del 23 de mayo de 1884 a los Cooperadores de Turín, Don Bosco dijo entre otras cosas: «Al lado de esta iglesia dedicada al Apóstol de la caridad necesitaba también un asilo, para que se pudiera decir: He aquí la caridad práctica, he aquí cómo se honra al Apóstol de la caridad» (MB XVII, 150): para Don Bosco nunca ha de haber obra de caridad sin iglesia, ni iglesia sin obra de caridad. Y en Roma, después de la misa celebrada con lágrimas en la iglesia del Sagrado Corazón el 16 de mayo de 1887, declaró haber repasado entonces toda su vida y haber comprendido todo (cfr. MB XVII, 340): todo era iluminado por la luz de la caridad de Cristo, buen Pastor de corazón manso y humilde.

(15)

mayores que hemos indicado: el celo en la acción y la dulzura en los modales, Don Bosco pone una condición, la castidad (practicada por cada uno según su estado y edad). Es un dato clarísimo: Don Bosco tuvo por la pureza, tanto de sus jóvenes como de sus colaboradores, una estima extraordinaria, y para toda forma de impureza o de simple inmodestia una repulsión instintiva. Hasta el punto de que algunos le han acusado de estrechez de ánimo, de rigidez, y hasta de miedo obsesivo. Pero sería un error querer juzgar fuera del contexto y fuera de la perspectiva de conjunto.

Por una parte la cosa se explica a partir de la mentalidad tradicional. La teología moral y la ascética de su tiempo y am-biente hacían de la pureza la «bella virtud» y, más aún, la virtud por excelencia, que parecía suficiente para ser santos. Don Bosco en este aspecto no es nada original ni más severo que san Felipe Neri, san Alfonso María de Ligorio, o el Cura de Ars; y conviene además tener en cuenta que hablaba sobre todo a un público de internado. Al menos en cuanto a ciertas insistencias suyas concretas, estos diversos santos hoy readap-tarían su lenguaje.

Pero hay en Don Bosco razones más específicas. El es un educador de jóvenes, y de jóvenes expuestos particularmente al mal. Ahora bien, él cree con todas sus fuerzas en el valor

libe-rador de la castidad: el adolescente tiene necesidad de ella para

conquistar su libertad, para crecer espiritualmente, para hallar la verdadera alegría; y su educador tiene mayor necesidad toda-vía para comunicarla a los jóvenes como por irradiación, para estar disponible en la diaria donación de sí, para poder amar con ternura sin peligro ni para él ni para los jóvenes. Ser casto es, ni más ni menos, ser capaz de amar como se debe arriar: sin buscar lo personal, sin particularismos ambiguos, con fuerza y delicadeza. No nos debe maravillar, por tanto, que Don Bosco haya vigilado y exigido tanto en cuanto se refiere a la castidad y a su madurez.

Y quizás convenga decir algo más, notar que, entre los edu-cadores mismos y los maestros espirituales, Don Bosco irradia con una fuerza especial su candor virginal. Harían falta muchas páginas para explicarlo, mas no se puede no quedar impresio-nados por un conjunto de datos de su vida y de su enseñanza: la propia integridad personal, extraordinariamente luminosa, el lugar ocupado por la Sma. Virgen (tantos 8 de diciembre deci-sivos), la santidad de Domingo Savio, el origen concreto de las dos Congregaciones salesianas (a saber, los Socios de la Inma-culada y las Hijas de la InmaInma-culada), el papel asignado a los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía. La pureza lím-pida, sin sombra de afectación, es uno de los secretos de Don Bosco y de su obra. Ella caracteriza el estilo de vida de sus discípulos. A un mundo que ya no la aprecia y al cual la expe-riencia debería enseñar que no hay amor verdadero sin disci-plina sexual, ellos tengan quizás que recordarle su valor perma-nente y sus recursos de libertad, de alegría y de fecundidad. 32

La humildad del siervo

En el fondo del alma de Don Bosco y de su discípulo, hay una actitud más decisiva todavía, aunque sea menos aparente que el celo realizador y que la dulzura cautivadora: Don Bosco se ha considerado ante Dios como un humilde siervo. Ahí está,

•probablemente, su experiencia espiritual más profunda: la

con-ciencia viva de no ser otra cosa que un instrumento gratuita-mente escogido, claragratuita-mente enviado, ampliagratuita-mente enriquecido de dones, continuamente sostenido por la gracia divina y por el auxilio de María, destinado a no trabajar nunca para sí mis-mo, sino sólo por la gloria del Dueño del Reino.

Ante la vida maravillosamente fecunda de un apóstol como Don Bosco, nos inclinamos espontáneamente hacia los resulta-dos del trabajo apostólico, a su términus ad quem, en tanto que él estaba mucho más atento a su Fuente, al Autor e Inspi-rador de su «misión», & Aquél sin el que no hay ni mandato real ni genuino apostolado. Jamás se lanzó a ninguna iniciativa sin estar cierto que era voluntad de Dios. Don Bosco, como dijimos, era un contemplador secreto, atraído por la grandeza del designio de salvación de Dios, y precisamente de este gran-dioso designio él se reconocía un humilde operario obediente. Creemos que el P. Stella ha juzgado justamente cuando escribe: «La persuasión de estar bajo una presión singularísima de lo divino domina la vida de Don Bosco y está en la raíz de sus resoluciones más audaces. La fe de ser un instrumento del Señor para una misión singularísima fue en él profunda y sóli-da. En todo (lo milagroso en que se veía envuelto) sintió y vio una garantía de lo alto. Esta basaba en él la actitud religiosa característica del Siervo bíblico, del profeta que no puede sus-traerse a la voluntad divina. Y no sólo por temor reverencial, sino también con la persuasión de cuan buen Padre es Dios para sus hijos»28.

Se dijo que en Don Bosco lo sobrenatural se había vuelto natural, cotidiano. Hemos de entender que Don Bosco vivía con el pensamiento dominante de Dios activamente presente en cada instante de su vida y en cada uno de sus actos. Añádase a esto que él estaba no menos convencido de la presencia operante de María, cooperadora de su Hijo. Sus dones extraordinarios, sus visiones y milagros eran para él todo lo contrario de oca-siones para complacerse en sí mismo. Al contrario, muchas veces provocaban el temor de pesadas responsabilidades, a veces la audacia y la esperanza para el porvenir, siempre la acción de gracias y la búsqueda de la sola gloria de Dios. Cuando sobretodo al fin de su vida, suplicaba que se rezase por él, no fuera que salvando a los demás no salvase «su pobre alma», él no disimulaba una actitud «edificante», sino que revelaba su más íntima persuasión. Notemos que murió pidiendo perdón a

28 STELLA, P.: Don Bosco nella storia, II, p, 32.

Referencias

Documento similar