El orden simbólico en el siglo XXI No es más lo que era

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El orden simbólico en el siglo XXI. No es más lo que era. ¿Qué consecuencias para la cura?

por Rose-Paule Vinciguerra

1. El orden simbólico, su declinación

No nos parece poder evitar para las noches preparatorias una definición de lo que entendemos por «orden simbólico», tal como toma fundamento en Lacan. Lacan

comienza por referir los efectos psíquicos al modo imaginario[1] y el deseo, al deseo de reconocimiento. Se trataba entonces para este último de ser compatible con el orden del mundo.

La captura del humano por lo simbólico y el orden simbólico, propiamente dicho, como estructurante de la realidad humana, serán sin embargo despejados por Lacan bastante rápido, fuera de toda acepción trascendente del símbolo. En «El seminario sobre La carta robada» particularmente, este orden está ligado a una ley, la ley del lenguaje, y a la estructura combinatoria del significante desplegándose en la historia. El inconsciente está estructurado como un lenguaje y es también el discurso del Otro, donde el emisor recibe del receptor su propio mensaje en forma invertida.

Lacan articuló este simbólico especialmente a partir de Saussure, de Jakobson y de Lévi-Strauss, aunque diferenciándose de sus concepciones. La metáfora paterna fue entonces la clave de este orden que coincidía con «la subjetividad de la época» organizada alrededor de la instancia de un significante-amo.

Lo simbólico y su orden resultan entonces predominantes al punto tal que la pulsión misma –aunque no pueda decirse todo– fue escrita en términos significantes y el deseo fue planteado en términos de significado. En cuanto a lo imaginario, de donde

«proceden las confusiones en lo simbólico»[2], no hay más que lo simbólico que pueda ser allí el resorte y que pueda transcribirlo.

En esta perspectiva, lo simbólico es condición de existencia en la realidad[3] y lo real queda excluido de éste como del análisis. En esta época[4], en efecto, lo que sostiene es la estructura de lenguaje. Sin embargo, hay lo imposible de decir y el deseo engendrado por lo simbólico va a resultar finalmente incompatible con la palabra[5]. Lo simbólico está incompleto, está agujereado en tanto que el sujeto es imposible de localizar «allí donde eso estaba».

Si a lo largo de la enseñanza de Lacan, lo real va a situarse poco a poco fuera de lo que es simbolizado, lo simbólico como lo imaginario serán pensados como defensa contra lo real del goce[6].

Sin embargo, siguiendo otro movimiento donde los mismos términos son retomados pero con usos diferentes, Lacan va a elaborar la inclusión del goce en la pulsión y la articulación del significante y del goce. Es especialmente el objeto a el que va a condensar en él un elemento del orden simbólico y un elemento de goce (en el Seminario XI en particular). Lacan irá hasta concebir una relación primitiva entre el significante y el goce (Seminario XVII). El significante mismo va a devenir aparato de goce. La autonomía del orden simbólico se desvanece entonces.

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Al final de su enseñanza, a partir de un abordaje generalizado de la psicosis, Lacan hará de lo real lo que no obedece a ninguna ley y excluye lo simbólico sobre el cual él tiene la primacía. «La orientación de lo real […] forcluye el sentido»[7]. Desde este punto de vista, el objeto a deviene insuficiente para capturar lo que se trata con lo real[8]. ¿Cómo caracterizar aun lo simbólico? Aquí será encarnado en la materia misma de lalangue, que no es sin el cuerpo. La palabra es entonces aquella del Uno solo que «habla para sí» con la pulsión[9]. A partir de ahora, el inconsciente no es más el discurso del Otro, pues cada uno no habla más que su propia lengua. El inconsciente es pues una hipótesis que se construye a partir del agujero en lo real. Así, la armonía entre el sujeto y lo simbólico es borrada y son más bien los embrollos en los cuales se cierne el sujeto, los que se manifiestan en el análisis. El orden simbólico no es más entonces que una cierta disposición de los semblantes

En la cura, se trata aún de «que los sujetos repasen su lección en su gramática»[10], se trata igualmente de estar advertido de lo que se repite y no habla..

2. Efectos en las sociedades de este desplazamiento del orden simbólico.

Hasta aquí, lo simbólico implicaba que cada uno tenga un lugar compatible con los otros en la sociedad por el hecho mismo de que resuelve los conflictos del estadio del espejo. El lazo social aseguraba sin embargo el dominio de un significante-amo que ordenaba el discurso. Hoy, el capitalismo deshizo las identificaciones al Ideal. Después de que el nuevo significante-amo haya devenido el mercado común que Lacan

estigmatizaba ya en los años sesenta, este significante-amo se encontró disuelto con la globalización que no es más que «falsa figura de un falso universal»[11].

De hecho, la extensión de la democracia desgasta la noción de significante-amo último. Todo sujeto deviene libre de inventarlo y la existencia del Uno solo funda el

individualismo contemporáneo. Mundialización e inexistencia del Otro van juntos[12] cuando el Otro, el Nombre-del-Padre como el falo no aseguran más la conjunción entre las instancias de lo simbólico, de lo imaginario y de lo real.

Lo que se ordenaba según las leyes de la palabra, se encuentra degradado. El efecto Wikileaks da pruebas de la puesta en cuestión radical del Otro de la buena fe.

Por consiguiente, las ideologías intentan reconstituir el Uno a través de la ideología del Uno de la igualdad o a constituir el Otro de lo múltiple[13] oponiéndose a toda

dominación imperialista, pero lo que ellas desconocen es que no hay lazo social más que determinado por la relación al goce mismo.

¿Cómo esta infiltración del goce en todos los lugares está enmascarada entonces en los discursos? Vemos proliferar la reivindicación de la felicidad para cada uno según su anhelo –aunque son los imperativos estandarizados del momento que se imponen a espaldas de los sujetos– o aun la invocación de una «naturaleza universal y animal presente en cada cuerpo» –llegando hasta la conminación «¡un esfuerzo aun para devenir animal!», según la sugestiva fórmula de Eric Laurent[14]… Pero lo que no se dice, es que la relación al goce devino una relación de adicción. No es más la ingenua «gozar sin trabas» de Mayo de 1968, es «gozar aun mejor o más rápido». El frenesí de consumo y de éxito invadió todos los dominios de la existencia. Con la secreta

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Las consecuencias en la política de esta deflación del significante-amo son, como lo señaló Eric Laurent, el refugio en la reacción fundamentalista con sus correlatos mortíferos en las sociedades donde reinó el «culto del Nombre único» divino, o bien la eclosión de un mundo que tiene la forma lógica del no-todo en las sociedades donde este Absoluto del Nombre está abolido. En esta última forma, «la multiplicidad inconsistente (Cantor) y el no-todo (Lacan) »[15] del goce femenino reemplazaron al orden simbólico regulado por el Nombre-del-Padre que devino un síntoma. Por otra parte, asistimos hoy a revoluciones portadoras de esperanza, pero en las que no se sabe si es el Absoluto del nombre divino el que triunfará o la forma más expandida de la civilización intotalizable. Las sociedadesa contemporáneas se debaten entre esas dos formas, aunque el psicoanálisis no se ejerce más que en la segunda.

Pero, peor aun que la religión de la cual Lacan decía que iría en progreso, lo que Lacan temía parece que está puesto en marcha: la ciencia sustituye a la religión, «de otro modo más despótica, obtusa y oscurantista» que ella[16]. La ciencia rechaza el Nombre-del-Padre y quisiera que «a lo real, esa cosa monstuosa que no existe, terminara por

dominarlo». Si la ciencia pudo parecer tratar lo real por lo simbólico y empujar siempre más lejos los límites de lo real, en realidad produce con sus fórmulas un nuevo real que excluye todo sentido e invade todo el espacio. Hoy no es más la cuestión de la

existencia de Dios lo que interesa; lo que prevalece en la perspectiva científica, es la existencia de la naturaleza que se supone que nos da el horizonte de una

neo-humanidad.

3. ¿Cuáles pueden ser los efectos de esta disolución en el orden de los goces individuales?

Si el orden simbólico jerárquico y el significante-amo constituían una defensa contra lo que tiene de problemático la relación sexual, hoy, como lo formulaba Jacques-Alain Miller, «el sujeto se confronta más directamente a lo que tiene de problemático la relación sexual». En efecto, hay enfrentamiento a lo que el goce tiene de no negativo. No se lo puede atrapar más por la vía del falo como tercer término entre los sexos y como poder de significación.

Lo que prevalece entonces, es el autismo del goce. Los sujetos se encuentran entre la angustia y el aburrimiento y en ese sentido, «la relación entre los sexos va a devenir cada vez más imposible»[17]. El Uno solo, comandado por un plus de gozar ansiógeno, «será el estándar post-humano».

Con el ascenso al cénit del objeto a, así erigido en objeto tirano, es el fragmento

pulsional el que reina. Objeto oral con las adicciones donde el Uno de goce se reitera sin fin. Objeto anal con la multiplicación de desechos (civilización de la alcantarilla) por una parte y por otra, la acumulación de riquezas (Al respecto, el mercado del arte devino máquina de especulación financiera y rentabilidad a corto plazo). Lleva a a la cima un arte que se sitúa al nivel de lo post-prandial, de las letrinas y de lo obsceno. Considerado como que nos hace gozar, parece más bien sustentar lo que Proust llamaba el esnobismo del canalla). Objeto escópico además de las pantallas demultiplicadas donde los sujetos, controlados en sus mínimas elecciones, son manipulables a voluntad. Objeto vocal, en fin, bajo la forma de los objetos de comunicación «enmascarando lo que es lo más real en la voz»[18], el mandamiento. Esta invasión del objeto a no es sin embargo para interpretar como hedonismo, pues la incidencia de la pulsión de muerte está siempre trabajando.

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Ese crescendo de un «plus-de-gozar a-sexuado»[19] sólo vuelve más evidente la inexistencia de la relación sexual mientras que en el discurso del amo, esta inexistencia era una verdad reprimida por el significante amo.

Pero más allá incluso del objeto a que queda como una «enforma del A»[20], es sobre todo lo no localizable del goce femenino, que excede todo orden fálico, lo que lleva a reconsiderar el impasse de la relación sexual en el orden de los goces.

Vemos entonces surgir el estallido de las formas instituidas de unión entre los partenaires, la creación de nuevos significantes-amo entre los gays recusando toda identidad así como la demanda de acceder a la institución del matrimonio, las

segregaciones múltiples, las nuevas fecundaciones, las remodelaciones de los cuerpos aspirando a una humanidad futura liberada de las contingencias anatómicas. Aparece entonces la creencia en una sexualidad nueva que es de hecho «una puesta en cuestión de las asignaciones identitarias del goce»[21]. La idea subyacente a estas puestas en cuestión es que el antiguo orden simbólico es causa de toda represión de goce. Y las comunidades de identificación funcionan «como fundamento imaginario de una neogarantía simbólica»[22].

4. ¿Qué consecuencias sobre los síntomas y su «tratamiento»?

El síntoma resta, como lo había señalado Marx antes de Freud, como «signo de lo que no va en lo real»[23]. La inconsistencia del Otro, los |significantes-amo que son desplazados o disueltos hoy, engendraron en consecuencia nuevos síntomas. A partir de la declinación del padre, el parricidio no interesa más sino el niño

maltratado, como lo había enunciado Eric Laurent. A partir de la sociedad de consumo, hay un interés creciente por la anorexia y la bulimia. E «hizo falta una crisis en la cuestión de lo real para que la depresión […] tenga este imperio»[24]. Los avances de las técnicas de fecundación desencadenan las angustias en torno a las cuestiones de filiación, de adopción, de parentalidad. La civilización contemporánea produce las reconfiguraciones formales de los síntomas. Ellos no son más clasificados según las entidades clínicas sino que se reparten según las normas inéditas que promueven las nuevas balizas del goce en el seno de esta civilización. Ciertos síntomas nacen, otros desaparecen, a veces según las necesidades económicas de los laboratorios o de los partidarios de la reeducación comportamental (testimonio de ello, los afiches puestos en la ciudad para banalizar el autismo).

A la inversa de los síntomas estandarizados, la clínica lacaniana nos permite no ceder en lo concerniente a la particularidad de cada caso, y la del último Lacan, afinar nuestras referencias diagnósticas, tanto para las psicosis «ordinarias» como para los

«inclasificables» de la clínica.

Al respecto, es sobre todo en la dialéctica del sentido y de lo real que los nuevos síntomas no llegan más a insertarse. Para Freud en efecto, el síntoma implicaba que hubiera «sentido en lo real»[25]. El saber producido en la asociación libre alcanzaba para tratar el síntoma que como tal hacía obstáculo al discurso imperativo[26].

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Pero hoy, hay «escisión de lo real y del sentido»[27]; hay escisión del ser del síntoma. No tenemos más la idea que hace falta hablar para alcanzarlo. Y el discurso de la

ciencia, que produjo un nuevo real, al que se le supone dominar todo simbólico, no hace más que reforzar esto.

Lacan no recusa el saber en lo real, pero este último es sin ley y no hace acuerdo entre los sexos. Los síntomas, aunque estén articulados en significantes, son los síntomas de la no relación sexual. El real que interrogan excede todos los semblantes. No hay ningún orden preexistente para caracterizar en qué los síntomas fallan. Entonces se le pide al psicoanálisis que «nos libre de lo real y del síntoma»[28].

Ante esta deflación del antiguo orden simbólico, asistimos a un enloquecimiento terapéutico: o los síntomas son tratados por la bioquímica, o se privilegia el sentido a raudales pero que es una escucha de puro semblante la que responde cuando no es una palabra autoritaria. El sentido es rotundamente nivelado y el síntoma desmentido, o bien chorrea por todas partes. La clínica lacaniana no amordaza ni hace proliferar el sentido del síntoma. Esto le permite deshacer las identificaciones alienantes. Más allä del Nombre-del-Padre con el cual continúa operando, toma en cuenta en el síntoma lo real, «parásito de goce».

5. ¿Cómo puede pues ejercerse la práctica lacaniana hoy?

En 1968, Lacan ya decía: el psicoanálisis «es síntoma del punto del tiempo al que hemos llegado en lo que llamaré, con esta palabra provisional, la civilización»[29]. Pero, como lo formulaba Jacques-Alain Miller en «Una fantaisía», si hoy estamos sin brújula, ¿estamos sin embargo «sin discurso»? Si nuestro mundo no puede ser puesto en orden por los universales, decir entonces «el inconsciente es eterno» vuelve a tratar de fortalecer un refugio puramente imaginario. ¿Qué decir también de la exaltación de lo simbólico vehiculizado por la tradición, incluso de la reivindicación de «una

convergencia entre la Biblia y Traumdeutung»[30], de la transformación «en estándares de la metáfora paterna»[31]? ¿No es apoyarse en una concepción obsoleta del

simbólico? El analista en efecto no tiene que ser nostálgico del Nombre-del-Padre. Por muy imposible que sea su posición, no puede estar a contrapelo del cambio en la civilización. La inconsistencia del Otro –la de la civilización y la que aprendió en su análisis– es más bien la que tiene que hacer soportar.

Sin embargo, ¿el analista tiene que ser incauto respecto al progreso? Y, ¿de cuál progreso? ¿Progreso de la multiplicación de los objetos «latosa»[32], de las

satisfacciones siempre más disponibles, con su cortejo de demandas siempre nuevas? Ignorando que así la falta de gozar se esparce en la superficie del globo, ¿el

psicoanalista no sería más que un «colaborador» del sistema how to? ¿Puede aun ser incauto del progreso del discurso científico y de sus consecuencias sobre la psiquis? Los que cedan a esta ingenuidad ponen al psicoanálisis en la fila de las falsas ciencias

creyendo ponerlo en las filas del real de la ciencia. Como lo señala Leonardo Gorostiza, es con esta «traducción neurocognitiva del psicoanálisis» que nuestra partida se

juega[33]. ¿Cómo el síntoma analítico podrá responderle al síntoma de la ciencia? El analista no es sin embargo igualitarista. Frente a la exigencia contemporánea de transparencia igualitaria entre analizante y analista[34], el analista lacaniano al contrario instaura una jerarquía. El inconsciente del analizante y el analista están del mismo lado, pero, por su silencio, por la economía de su palabra, por la presteza de su interpretación,

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el analista permite sin embargo que se instaure el sujeto supuesto saber. En ese aspecto, el acto analítico no soporta el semblante. Pero, contra el autoritarismo del DSM[35], deja al sujeto su libertad de asociar y le reconoce su responsabilidad. El analista no trata ni por el saber ni por el S1 ni por los objetos sustitutos. Permite simplemente que por la división subjetiva el sujeto tenga un acceso un poco más dócil a su inconsciente.

Sin embargo, si el sujeto supuesto saber es el pivote de la transferencia, ¿qué devienen ese sujeto supuesto saber y el orden simbólico que implica cuando, en la cura, éste palidece respecto al real de goce en juego?

Si en efecto la relación de los sujetos al goce hace a partir de ahora a los Unos disjuntos, ¿cómo hacer existir al inconsciente como saber?, ¿cómo hacer existir la relación

simbólica entre S1 y S2? «Quien no está enamorado de su inconsciente, yerra», decía Lacan en «Los no incautos yerran»[36]. Hace falta entonces, con Lacan, invertir la perspectiva y darse cuenta como lo hizo él al final de su enseñanza, que a partir de ahora, «es la transferencia la que es pivote del sujeto supuesto saber»[37]. Porque es ella la que permite al Uno solo entrar en relación con el Otro del saber inconsciente. Al respecto, la presencia del deseo del psicoanalista puede suscitar ese amor que los sujetos no tienen espontáneamente por el saber inconsciente.

No habría que creer sin embargo que la acción del psicoanalista se despliega en el horizonte del alcance de una plenitud. Pues los psicoanalistas son también víctimas del psicoanálisis. Las consecuencias del psicoanálisis retornan sobre su ejercicio mismo. Los semblantes del Edipo y de la castración palidecieron y el imposible devino a partir de ahora condición del mismo. El analista está así en el lugar de «ese fracaso» que es la manifestación de la relación a ese imposible. La contingencia del éxito en psicoanálisis no invalida la ley del fracaso. Más bien es su demostración.

Si la práctica lacaniana sufrió una «deformación, una transformación en el sentido topológico»[38], como lo ha señalado Jacques-Alain Miller, es esta transformación misma la que le permite superar las consecuencias.

En este contexto particular, ¿cuáles son entonces las tareas del analista? Creer y hacer creer en el síntoma

El analista tiene en cuenta un síntoma particular. Cree en esa particularidad, en el encuentro traumático que vehiculiza. Pero también tiene que hacer creer al sujeto en su síntoma como «manera de gozar del inconsciente en tanto que el inconsciente lo determina»[39]; hacerle creer en su síntoma como acontecimiento de cuerpo. A la inversa de todos los tratamientos del síntoma por la dimensión de lo imaginario del cuerpo. Puede «restituir el síntoma a su doble contingencia: se inscribe en un Otro que ya está ahí y en un cuerpo donde produce acontecimiento»[40].

Haciéndose así el complemento del síntoma, el analista puede oponer la identificación a un síntoma común y volver a poner en actividad el agalma que estaba inmovilizado. Pero si el síntoma puede aliviarse, incluso olvidarse, ¿cómo el analista debe tomarse para que en los últimos tiempos de un análisis, la parte irreductible, permanente del sinthome sea reconocida por el analizante sin ser volcada al registro de la reacción terapéutica negativa? ¿Cómo puede desarticular la promesa de felicidad que el analizante colocó en él y hacerle reconocer su identidad sintomática?

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Perturbar la defensa

El analista no está encantado con la liberación de las costumbres «porque advierte su reverso: el nuevo imperio del goce»[41] que no es otro que el imperativo de goce del superyó.

De entrada, el analista está en el lugar del objeto a, en el lugar de «lo que excede a la representación»[42], pero tiene que hacer también con la inconsistencia del Otro. Es sin embargo a partir del vacío del orden simbólico que él puede perturbar la defensa. Perturbar y no significar la defensa. Pero para esto es necesario que esté advertido del punto de insimbolizable de su propio goce para mantenerse a distancia y que este lugar esté desierto para que haya posibilidad de que advenga un acto analítico.

Volver artificio el Nombre-del-Padre y hacer la pregunta de la nominación

El deseo del psicoanalista es seguramente obtener la diferencia absoluta, como lo formulaba Lacan en el Seminario XI, pero lo que aparece más adelante en su enseñanza es que el psicoanalista tiene que «saber hacer allí» con la incidencia imaginaria y

simbólica del goce tanto como con la incidencia real. Para que la contingencia del modo de goce del sujeto aparezca, es necesario que el analista haya soportado la prueba hecha por este último de lo necesario de la estructura y de lo imposible de la relación sexual. Lo que desplaza entonces la cuestión del padre, es el falo como punto de goce

imborrable. Así Lacan pudo decir que «el Nombre-del-Padre es […] algo leve»[43]. Al respecto, el Nombre-del-Padre se comprueba al final que es un nombre del modo de goce. El analista permite pues que el sujeto se haga la pregunta por la nominación: la del síntoma, la del fantasma y la del sinthome, que se produce retomando el punto de fijación y se opone a todo «nombrado para» maternal. Es con esta condición que puede oponerse a la angustia y al aburrimiento generados por la civilización contemporánea. Así podemos decir que «el reverso analítico de la civilización contemporánea es el conjunto inconsistente de las interpretaciones dadas a esos síntomas»[44]. El psicoanálisis, decía Lacan en 1975, es un síntoma que apareció tarde, porque era

necesario que «algo se conserve (sin duda porque está en peligro) de una cierta relación a la sustancia, la sustancia del ser humano»[45]. Pero, agregaba, es un síntoma que no se puede reducir.

Traducción: Alejandra Antuña NOTAS

Lacan J., «Acerca de la causalidad psíquica», Escritos 1, Bs. As., Siglo XXI, 1985, p. 168. Retomado por Jacques-Alain Miller en su curso de 2011 y particularmente a partir del curso del 26 de Enero del 2011.

Lacan J., «De un silabario a posteriori», Escritos 2, Bs. As., Siglo XXI, 1987, p. 701. Miller J.-A., «La orientación lacaniana. El último Lacan», curso del 15 de noviembre del 2006, inédito.

Entre el Seminario I, 1954-1955, Los escritos técnicos de Freud y el Seminario VI, 1958-1959, El deseo y su interpretación.

Lacan J., «La dirección de la cura y los principios de su poder», Escritos 2, op. cit., p. 621.

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Este enunciado es especialmente en La ética del psicoanálisis; cf. Jacques-Alain Miller, «Los seis paradigmas del goce», El lenguaje, aparato de goce, Bs. As., Colección Diva, 2000, p. 153.

Lacan J., El Seminario, Libro XXIII, El sinthome, Bs. As., Paidós, 2006, p. 119. Miller J.-A., «La orientación lacaniana», curso del 6 de diciembre de 2006, inédito. Miller J.-A., « La orientación lacaniana», curso del 13 de diciembre 2006, inédito. Lacan J., «El atolondradicho», Escansion – Ornicar ?, Bs. As., Paidós, 1984, p. 65. Laurent E., «Apuestas del Congreso de 2008», texto publicado en la página del VI Congreso de la amp, Los objetos a en la experiencia analítica.

Miller J.-A., « La orientación lacaniana», curso del 12 de marzo de 2008, inédito. Laurent E., «Apuestas del Congreso de 2008», op. cit.

Laurent E., «Apuestas del Congreso de 2008», op. cit.

Miller J.-A., Le neveu de Lacan, Paris, Verdier, 2003, p. 165.

Lacan J., « Il ne peut pas y avoir de crise de la psychanalyse », republié in Le magazine littéraire, février 2004, p. 28.

Miller J.-A., «Una fantasía», texto publicado en la página del VII Congreso de la AMP, El orden simbólico en el siglo XXI. No es más lo que era. ¿Qué consecuencias para la cura?

Laurent E., «Apuestas para el Congreso del 2008 », op. cit. Miller J.-A., «Una fantasía», op. cit..

Lacan J., El Seminario, libro XVI, De un Otro al otro, Bs. As., Paidós, 2008, p 283. Laurent E., «Pourquoi Lacan aujourd’hui? », artículo publicado en el site de l’ECF. Laurent E., «Un nuevo amor por el padre», Revista Lacaniana de Psicoanálisis 5/6, Bs. As., Grama, 2007, p. 86.

Lacan J., «El Seminario», libro XXII, «R.S.I.», lección del 10 de diciembre de 974, en Ornicar ?, no 2, p. 96.

Laurent E., «La sociedad del síntoma», Revista Lacaniana de psicoanálisis, no 2, Bs. As., Altamira, 2004, p. 112.

Miller J.-A., «Una fantasía», op. cit. Ibid.

Ibid.

Lacan J., «La tercera», Intervenciones y textos 2, Bs. As., Manantial, 1991, p. 85. Lacan J., El Seminario, libro XVI, De un Otro al otro, Bs. As., Paidós, 2008, p 29. Miller J.-A., «Una fantasía», op. cit.

Miller J.-A., alocución pronunciada en la conclusión del coloquio Peurs d’enfants del 19 de marzo del 2011, notas manuscritas.

Lacan J., El Seminario, libro XVII, El reverso del psicoanálisis, Bs. As.,Paidós, 1992, p 188.

Gorostiza L., «Resonancias de ‘Une fantasía’». Página web del VIII Congreso de la AMP.

Como la plática de Owen Renik por la cual «el sujeto supuesto saber es supuesto saber cómo maximizar mejor la incomodidad de su relación al goce» [Laurent E., «El orden simbólico en el siglo XXI», Papers 1, Boletín electrónico del Comité de Acción de la Escuela Una – Scilicet, 2011-2012]

Cf. American Psychiatric Association, dsm-iv, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, 4e éd. (Version Internationale, Washington DC, 1995). Lacan J., «El Seminario», libro XXI, «Los no incautos yerran», lección del 11 de junio de 1974, inédito.

Miller J.-A., «Una fantasía», op. cit. Ibid.

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Lacan J., «El Seminario», libro XXII, «RSI», leccion del 18 de febrero de 1973, inédito.

Laurent E., «La sociedad del síntoma», op. cit., p. 113. Ibid., p. 110.

Laurent E., «El orden simbólico en el siglo XXI», op. cit. Lacan J., El Seminario, libro XXIII, El sinthome, op. cit. p. 119. Laurent E., «La sociedad del sintoma», op. cit., p. 112.

Lacan J., alocución pronunciada en las Jornadas de Carteles, 13 de abril de 1975 en Lettres de l’EFP, n°18 , 1976, p 269.

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