Amy Wallace, Aprendiza de Bruja_fragmento

23 

Loading.... (view fulltext now)

Loading....

Loading....

Loading....

Loading....

Texto completo

(1)
(2)
(3)

APRENDIZA DE BRUJA

Mi vida con

(4)

Título Original

Sorcerer’s Apprentice. My life with Carlos Castaneda

Título

Aprendiza de bruja

Primera edición

Abril 2005

© 2003 Amy Wallace © 2005 para la edición en castellano

La Liebre de Marzo, S.L. Traducción Jordi Serra Diseño gráfico Mauro Bianco Impresión y encuadernación

Torres & Associats, S.L.

Impreso en España Depósito Legal B-19386-2005 ISBN 84-87403-80-8 La Liebre de Marzo, S.L.

Apartado de Correos 2215 E-08080 Barcelona Fax. 93 449 80 70

espejo@liebremarzo.com www.liebremarzo.com

(5)

A mi madre, quien realmente creyó que yo podía ser una escritora; a la memoria de mi padre, quien,

como su querido amigo Carlos, creía que los sueños pueden hacerse realidad; y para Scott Bradley, que dio vida a este libro.

Todos los honores que los hombres pueden conceder a un semejante son menores comparados con el gran premio al que pueden y deben aspirar –encontrar su alma, su espíritu, su fuerza y valor divinos: el saber que pueden y deben vivir en libertad y con dignidad– la comprensión final de que la vida no es un morir un poco cada día, no un fin sin sentido, no un polvo al polvo, cenizas a las cenizas, sino un regalo inmenso y cegador arrebatado a la eternidad.

(6)

N O TA D E LA AU TO RA

Aprendiza de bruja es una relación de los hechos acaecidos en mis

expe-riencias con Carlos Castaneda. Sin embargo, he optado por utilizar seu-dónimos con todas las personas que aparecen en el libro menos con seis; asimismo, he modificado los detalles de sus intervenciones y de sus ante-cedentes individuales.

Tenga presente el lector que sólo se identifica a seis personas median-te su nombre propio y otros detalles. Estas seis personas son personajes públicos que han escrito sus propios libros, han concedido entrevistas y han dado charlas u otro tipo de apariciones públicas. Cinco de las seis per-sonas a quien se identifica por su nombre auténtico y descripción constan en la lista que aparece al final del libro con el título «Guía de personajes principales».

Carlos Castaneda y los hombres y mujeres que le acompañaron escri-biendo y hablando sobre sus enseñanzas pretendían captar seguidores de entre los millones de lectores de los grandes éxitos editoriales de Carlos. Así pues, buscaron –y lograron– atraer la mirada pública por todos los Estados Unidos y en el resto de paises que visitaron; sus creencias y prác-ticas fueron objeto de público debate y controversia.

(7)

AG RA D E C I M I EN TO S

A todos los lectores que quieran saber –solo puedo ofrecer mi historia y mi sueño. Que viváis maravillosas historias y soñéis bellos sueños y siempre confiéis en vosotros mismos.

A Scott Bradley –un montón de gracias de corazón, por el amor, la inteligencia, literaria y de otros tipos, por el poema de Leo Marks; y por los profundos estudios sobre los hábitos de apareamiento de los topos y puercoespines. Te quiero.

A Richard Jennings, alias Corey Donovan, sin el cual nunca hubiera encontrado mi fuerza.

A Oe Warner, con inmenso amor –los dos hemos vivido mediante palabras, pero ninguna palabra se acerca a lo que siento por ti.

A Don Cushman y a JoAnn Ugolini: con amor, y esta certeza –nunca bebimos lo suficiente.

A Richard Brandenburg, por su gran amor y paciencia, gracias querido amigo.

A Bob Bassing, Dios (o quien esté ahí arriba o abajo) por estar en mi vida. Te quiero.

A David y Flora; gracias muy especiales por la noche que me llamaste después de enterarte de la muerte de Carlos; a David, que acarició mi mano cuando decíamos adiós a nuestro padre. Y a toda la familia, inclu-yendo mis inteligentes sobrinos por la fantástica diversión a la hora de compilar el glosario: Flora, ¡arrancaste todos los frenos!

Al Dr. David Crausman, que hizo realidad el antiguo dicho: «Sin ti este libro nunca hubiera existido.» Sí, incluso las lágrimas se secan.

Al Dr. Donald Bender, que estuvo toda la noche al teléfono el día en que murió Irving.

Al Dr. Stalberg, por el sereno apoyo y el tan necesario sentido del humor. Al Dr. Silver, un hombre singular que comprende y nunca juzga. Gracias. A Devo Rubenstein, que puso la pelota en marcha.

Gracias a Ron Betten, Souren y a Nara y al maravilloso Jonathan Kirsh. A Tony Karan, por ser real y confiar en su corazón: lo más raro del mundo.

(8)

A Greg Shukov; elegante bajo presión, distinguido y espléndido. ¡AL FIN! ¡Lo hicimos!

A Janet Oliver, por todas nuestras palabras y todos nuestros delicados silencios.

A toda la gente en Clementines, Annie Miler, gracias –y a Ron Gilbert, con amor- estuvisteis a mi lado y me alimentasteis en las horas bajas y me proporcionasteis refugio cuando escribí el primer borrador. Con gratitud infinita.

Al inimitable Swan Parson, cuentista que me alimentó y amó, y a la sabia Alice L. Dennis que me sacó de apuros en el último momento.

A Lisa Palac por los amorosos detalles de cumpleaños, a Andrew por su apa-sionada respuesta y palabras combativas de aliento tras leer el primer borrador. A Allison Berry, simplemente por todo, principalmente por su fe en este libro. Avec gratitude et grands bisoux. Merci avec tout mon coeur.

En parlant de bisoux, merci Gerard Barbier, pour tout et pour toujours.

A John Skipp, por dejar abierto su gran corazón.

A Jon Winokur, colega aficionado a las citas, uno de mis primeros y más inspiradores lectores.

A Norman Corman, aspiro a tus triunfos y a tu corazón de oro. A los maravillosos Richard Grossinger, Kathy Glass y a toda la gente increíble de North Atlantic/Frog Ltd.–por su compromiso, humor y coraje. A mi agente, Wendy Schmalz, un auténtica guerrera, ingeniosa y luchadora por la libertad, con gratitud.

A Josh Baran, que me hizo sentir, cuando dudaba de mi misma, que podía acabar.

A Byron Katie; el trabajo me atrapó cuando paré de observar: gracias. A Joe Kanon, que me puso en mi camino, con admiración y profundo agradecimiento.

A Melissa Ward, una elegante combatiente que luchó por mi y junto a mi. A Cass Coty, mi primera editora y una de mis mayores inspiraciones. A Mavis Dalke, por todos los años de amor profundo y compartido. A Jeanie Soloner por su ayuda.

A Annette Brown, por ejemplo de honestidad y amistad.

A Vera Savannah –una de las personas más extraordinarias que he tenido el privilegio de conocer; y a Carolyn –trabajadora milagrosa, mujer mila-grosa.

A Wayne D. Walker, alias Pablo Milberg, por escribirme bellos poemas y por tener el valor de saltarse las reglas del grupo.

(9)

A Liz Vaughan, por mostrarme que es realmente un cheque en blanco de afectividad.

A Joyce Maynard, cuyo valor y amor por la libertad y la verdad me ins-piraron.

A Bernie Greenburg y Bert Levitch, que siempre creyó en lo que podía hacer cuando me sentía totalmente desbordada.

A Eric y Ted del Centro Fantasy de Londres, por el ánimo y por enviarme los libros de mi autor favorito, Robert Aickman.

Agradecimientos especiales a Ned Claflin, necesitaría toda una página para agradecerle la existencia de este libro.

A Jeremy y Sue Beadle, por la noche en Londres que me dio esperanzas. A Kathleen Seligman, bella, intrépida y valiente; y a su exquisita y sublime familia. Con amor eterno.

A Janet Durovchic y su querido Jim –por creer en la magia, solo he de recordar como nos conocimos.

A los muchos lectores de Sustained Action y sustainedaction.org, cuya paciencia y apoyo me proporcionaron valor y las razones para no abando-nar nunca.

Por último, a la memoria de los desaparecidos: Florinda Donner, Annie Abelar y mi querida Kylie Lundhal.

(10)

Índice

1. Conozco al hombre más esquivo del mundo 2. Los años interinos

3. La reunión con Florinda 4. Murciélagos

5. La reunión siguiente 6. Mi reunión con Carlos 7. Conozco a un «extraterrestre» 8. Una comida nefasta

9. ¡Estamos en marcha!

10. Carlos Castaneda tiene una cita 11. La magia sexual llega al peligro 12. En Méjico con Castaneda

13. Una visita mágica al hogar secreto de los brujos 14. Madura para la cosecha

15. Regalo mis gatos, me hago camarera y escandalizo al infinito 16. Desastre

17. Contrato a un detective privado 18. El Desafiante de la Verdad

19. Ir de taller en taller lleva a la transformación 20. La clase de los domingos

21. Vampiros energéticos 22. Polvo de hadas 23. «¡Rodarán cabezas!» 24. El Teatro de lo Real . . . 1 . . . 26 . . . 37 . . . 45 . . . 48 . . . 54 . . . 63 . . . 67 . . . 71 . . . 78 . . . 86 . . . 94 . . . 104 . . . 108 . . 124 . . . 133 . . . 138 . . . 145 . . . 155 . . . 162 . . . 168 . . . 174 . . . 186 . . . 191

(11)

25. Grasa y cuerpos

26. La verdad sobre la jerarquía 27. Las guerras de las joyas

28. Claude y sus amigos juegan a muñecas

29. Una ojeada tras la cortina de Oz y la sábana santa de Turín 30. Carlos envía una bruja para moverme

31. Una mesa mágica

32. El nagual fracasa en un intento de seducción 33. Domingos, domingos muy sangrientos 34. El centro de reinserción para los perdedores 35. Sexo brujo, amor brujo

36. Proyecciones de traición 37. Astrid quema su pasado 38. Los últimos meses del nagual 39. Últimas visitas a mi marido 40. El adiós de un colibrí 41. El adiós de Taisha 42. Carlos se ha ido

43. Navidad en el manicomio 44. Coca-Cola contra Pepsi 45. La jerarquía del vacío 46. Implosión

47. ¿Funciona el amor duro de la brujería? Epílogo

Apéndice A:Guía de personajes principal Apéndice B:¿Ahora dónde están?

Apéndice C:Testamento y certificado de defunción de Carlos Castaneda

. . . 198 . . . 206 . . . 215 . . . 220 . . . . 228 . . . 239 . . . 245 . . . 249 . . . 261 . . . 266 . . . 274 . . . 288 . . . 295 . . . 298 . . . 302 . . . 309 . . . 316 . . . 321 . . . 333 . . . 340 . . . 348 . . . 354 . . . 362 . . . 369 . . . 379 . . . 385 386

(12)
(13)

Va a llegar el momento de enseñar las cartas: los secretos nos matan. Acordaos. Si tenéis secretos, os lo prometo, ¡carajo! Vais a morir. Espero que lo entenderéis, si el momento os llega. Si os morís agarrados a vues-tros preciosos secretos, nunca me encontraréis.

–Carlos Castaneda ¡Ojalá fuera tan sencillo! Ojalá por ahí hubiera gente malvada perpe-trando maldades y lo único necesario fuera apartarlos del resto de noso-tros y destruirlos. Pero la línea que separa lo bueno de lo malo pasa por el corazón de todo ser humano. Y, ¿quién está dispuesto a destruir un trozo de su corazón?

–Alexander Solzhenitsyn, Archipiélago Gulag

No se les puede decir nada

A los que han perdido su verdadero amor Excepto: Bienvenidos

(14)

La autora a los diecinueve años, dos después de conocer a Carlos Castaneda. F oto de Lar ry Robidoux

(15)

CA P Í T U LO 1

Conozco al hombre más esquivo del mundo

Corría el verano de 1973 y yo tenía diecisiete años, cuando fui a visitar a mis padres a Los Angeles durante unas vacaciones de mi escuela de Vermont, en donde estudiaba interna.

Me encontraba holgazaneando en mi antigua habitación, cultivando mi tranquilidad mientras mordisqueaba un tentempié de algarroba y per-geñaba una carta a mi primer amor. Por todas partes se veían desperdiga-das obras de interés literario: Ada, Zap Comix, el I Ching, Les Liaisons

Dangereuses y The L.A. Free Press. Asimismo, mi novio me había pasado los

ensayos de Wilhelm Reich, pero yo no los había entendido.

Cada fin de semana por la noche, mis padres, Irving y Sylvia Wallace, asistían a una fiesta. Se ocupaban de una amplia gama de asuntos de Hollywood, a veces políticos, a veces estrictamente hollywoodenses y, en ocasiones, literarios. Hubo reuniones para recoger fondos para Ralph Nader y Eugene McCarthy; cenas con Shirley MacLaine y Gregory Peck, Lauren Bacall y Art Buchwald; y fiestas con Henry Miller, Ray Bradbury, Alex Haley, Irving Stone y Sidney Sheldon. El famoso guionista cinema-tográfico Ernest Lehman era uno de los mejores amigos de mi padre y miembro sempiterno de «la partida de póquer de los jueves por la noche». Mi padre me contó que la primera vez que fumó marihuana fue con nues-tros vecinos de al lado, Norman y Francis Lear, y que nos llegó metida en una lata de película vía Henry Manzini y Quincy Jones. Yo era una cría, y en aquel entonces para mí sólo eran amigos de la familia, no famosos.

En aquella noche primaveral, mis padres volvían de una cena organi-zada por sus viejos amigos Ned y Mira Brown. Ned era un agente de 1

(16)

Hollywood ya veterano. Las familias se conocían desde hacía décadas, desde la época en que eran pobres y luchaban codo con codo. Ahora, mi padre era uno de los cinco novelistas que más libros vendían del mundo, y Ned había organizado la reunión en su elegante mansión de Malibú, en primera línea de mar.

2 APRENDIZA DE BRUJA

La familia Wallace (de izquierda a derecha: David, Irving, Sylvia y Amy).

F oto de A ndr ew S ackheim

(17)

Mi padre estaba exultante. Desde la entrada me saludó: –¡Hemos conocido a Carlos Castaneda!

Me quedé pasmada. No se podía conocer a Carlos Castaneda así como así. Todo el mundo lo sabía.

Castaneda era el «guru» más célebre de su generación; había escrito dos números uno en ventas en rápida sucesión. Su editorial era Simon and Schuster, y tanto él como mi padre habían trabajado con el mismo editor, Michael Korda, durante veinte años. Korda fue el descubridor del genio de Castaneda y quien escogió su tesis doctoral para publicarla. Ahora Castaneda era un personaje famoso en el mundo entero que se negaba a ser fotografiado o entrevistado y que constituía un misterio completo y absoluto.

Según los estudiosos, Carlos César Salvador Aranha Castaneda nació el 25 de diciembre de 1925 en la pequeña ciudad peruana de Cajamarca, hijo de un joyero de clase media.

Para lograr «borrar su historia personal», Castaneda afirmaba ser bra-sileño (o argentino, o mejicano) y se negaba a decir cuántos años tenía. Sus más antiguos amigos cuentan que su madre murió cuando él tenía veinti-cinco años. Entonces se encerró tres días en su habitación sin probar boca-do. Al salir anunció que se iba de casa para siempre. Junto con su familia, también dejó tras de sí a una novia embarazada.

Castaneda estuvo un año estudiando en una escuela peruana de arte. Luego, el 23 de septiembre de 1951, se embarcó con destino a San Francisco. No tardó demasiado en «borrar» por completo a su familia. A sus amigos les contó que su madre había fallecido siendo él un crío, y que quien lo habían criado eran una abuela judía, anarquista y que ponía bom-bas, y un abuelo obseso sexual que le aconsejó: «No te puedes follar a todas las mujeres del mundo, ¡pero puedes intentarlo!» Su abuelo lo educó para que fuese un depredador sexual, perfeccionando el arte de la lisonja y la seducción, y exigiéndole la realización de una primera conquista durante la pubertad. Demasiado aterrado para desobedecer esa orden tajante, Castaneda afirmaba que su iniciación sexual tuvo lugar «detrás de una puerta», y que resultó tan traumática que lo transformó en una persona «nerviosa» para toda su vida. De todas maneras, a ese abuelo brutal lo ide-alizó, lo cual contrasta con la descripción que nos deja de su padre: una persona «débil y agotada, alguien de quien avergonzarse.»

Su abuelo, habiéndole dicho que no era «hermoso» como un primo suyo, le dio el siguiente consejo: «Eres bajo y poco atractivo. Tu primo 3 CONOZCO AL HOMBRE MÁS ESQUIVO DEL MUNDO

(18)

guapo en todas partes es bien recibido; siempre tendrá las puertas abiertas allá donde vaya. Pero tú tienes que entrar por la puerta de atrás. Te voy a dar unas instrucciones: Cuando te acerques a una mujer dile, «¡Cielos! ¡Eres la chica más bella que he visto en mi vida!», y luego vete. Espera un día y repíteselo. Hazlo tres veces y no te le acerques: toda su vida estará en tus manos.»

Esta técnica de seducción le funcionó. Sin embargo, la ansiedad que le producía el ser «bajo, moreno y feo» –una declaración de autoodio que le acompañó toda su vida– alimentó también su ansiedad por el rechazo. Carlos emprendió una interminable cruzada de seducciones seguidas de abandonos, comportándose según la tradición del misógino inseguro, cuyas conquistas representan otras tantas muescas en la culata.

Trabajando aquí y allá en cosas de lo más raro, Carlos se presentó en el Los Angeles Community College de California en 1955, en donde cono-ció a su futura esposa, Margaret Runyon. Al igual que Castaneda, Margaret se sentía fascinada por los estudios espirituales y paranormales. Contrajeron matrimonio en 1960. Carlos le reveló que se había hecho la vasectomía y le propuso que un amigo de ambos la dejase embarazada. De esta unión nació un hijo, llamado C.J., que fue legalmente adoptado por los Castaneda. Carlos lo mismo apabullaba al crío con muestras de cariño, como lo dejaba abandonado durante prolongados períodos, con lo que sus recuerdos son una mezcla de calidez y angustia.

Durante este período, Carlos intentó mejorar su psiquismo para supe-rar su complejo de «fealdad». Afirmaba haberse matriculado en un gimna-sio de Hollywood en el que se ejercitaba Jack LaLanne; posteriormente, regalaba los oídos de sus amigos con anécdotas sobre cuando le daba masaje a LaLanne caminando por su espalda. Asimismo, se quedaba pas-mado mientras el culturista realizaba uno de sus trucos favoritos:

«Se comía un plátano, un puñado de galletitas saladas y se bebía un vaso de leche, por este orden. Acto seguido, lo vomitaba todo en orden inverso y cada cosa por separado. Era maravilloso. ¡No me lo podía creer!» En 1959, Castaneda ingresó en la UCLA persiguiendo su sueño de lle-gar a ser antropólogo. Dio inicio a una serie de viajes en solitario a Méjico para investigar el valor medicinal de determinadas plantas; fueron dichos viajes los que le condujeron a seguir un aprendizaje de la mano de un cha-mán nativo, o brujo, «un hombre de conocimiento» que afirmaba haber conocido en una parada de autobús. Castaneda escogió el seudónimo «don Juan Matus» para su mentor yaqui. Margaret nunca fue invitada a dichas 4 APRENDIZA DE BRUJA

(19)

incursiones, con lo que ella especulaba que la razón del seudónimo es que solían beber vino Matus para cenar.

En abril de 1968, la editorial University of California Press publicó la tesina de Carlos titulada The Teachings of don Juan, A Yaqui Way of

Knowledge [Las enseñanzas de don Juan: Un modo yaqui de

conocimien-to], un relato acerca de la formación de Castaneda como aprendiz de brujo. Cuando Simon & Schuster adquirieron los derechos para su lanza-miento multitudinario, el éxito fue enorme, alcanzando los primeros luga-res de las listas de libros más vendidos. Posteriormente, todo aquello supu-so un escándalo considerable para el Departamento de Antropología, cuyos miembros fueron acusados de falta de rigor académico por aceptar este trabajo no convencional sin haber podido examinar las notas de campo correspondientes, notas que Castaneda afirmó haber extraviado. 5 CONOZCO AL HOMBRE MÁS ESQUIVO DEL MUNDO

Izquierda: Carlos Castaneda a los treinta y cuatro años, como graduado del Los Angeles Community College en 1959. Derecha: Carlos en Los Angeles con su hijo adoptivo Jeremy «C.J.» Carleton, en el hogar de su esposa, Margaret Runyon.

F oto : L.A.C.C. F oto © Da vid Chr istie/Millenium P ress A rc hi v es

(20)

CA P Í T U LO 1 0

Carlos Castaneda tiene una cita

La verdad es que estaba aterrorizada, aunque resuelta a actuar con valor, lista para la aventura. Sentía una inmensa curiosidad por las motivaciones de Carlos, y por fin esas posibilidades sobrenaturales habían empezado a tentarme. ¿Qué ocurriría durante el sexo? ¿Se alteraría mi conciencia?, ¿entraría en otro mundo palpable?, ¿en una segunda dimensión? ¿Surgirían seres inorgánicos y exploradores con voces incorpóreas que me guiarían por túneles construidos como panales? ¿Penetraría en uno de los libros de Carlos Castaneda?

En la cena me bebí un martini y estuve jugueteando con la comida en el plato luchando por mantener con una cierta coherencia mi parte de la conversación. Las horas se fueron escabullendo mientras le echaba nervio-sas miradas a mi reloj.

Le dije a mi madre que había quedado con Carlos para ir a tomar una copa y que me recogería allí mismo. Su suave «¡Qué bien, querida!» en cierto modo me puso aún más nerviosa. Carlos llegó en su camioneta Ford, informal pero elegante, al estilo del sudoeste: vaqueros, corbata de bolero y un cinturón precioso con hebilla de plata y una turquesa.

Íbamos a The Wilshire Motel. Cuando llevábamos diez minutos de trayecto, a unas cuantas manzanas de nuestro destino, hice una observa-ción:

–Pareces nervioso.

–¡Estoy más nervioso que un gato!

–¡Venga, hombre! ¿Tú nervioso? Yo soy quien tiene que estar nerviosa.

Tú eres Carlos Castaneda: esto lo haces cada día.

(21)

Me miró escandalizado. –De eso nada.

–¡Por favor!

–¡Llevo veinte años de celibato! –¡Por favor!

–Llevo veinte años de celibato esperándote. Lo miré con ferocidad y murmuré: –¡Non capisco niente! ¡No entiendo nada! Se rió entre dientes, complacido.

–¡Non capisco niente! –repitió sonriendo, pero en su cuello y hombros la tensión era evidente. Me llamó mucho la atención el que no se comporta-ra en absoluto conforme a mi imagen del seductor consumado. Estoy segura de que nadie, ni el actor de más talento – ¡en nombre de Dios! ¡un guru!–, podría haber fingido una ansiedad tan realista.

De pronto, se hizo a un lado y aparcó.

–¿Eres consciente de en qué te estás metiendo, chica? ¿De lo serio que es? –Sí.

–Esto es peligroso, preciosa. No hay vuelta atrás. –Lo entiendo –dije completamente metida en el lío.

Carlos me observó con la duda pintada en su rostro. Al dar el contac-to, le temblaba la mano.

–Muy bien. Pero tengo que tener tu palabra. Tu palabra lo significa todo para Aquello.

–Carlos, te lo prometo. Te doy mi palabra. Asintió gravemente y arrancamos.

Era un motel barato, limpio, sumamente inocuo. Al acercarnos al libro de huéspedes, me sonrió y, tras pensarlo un momento, declaró:

–Somos el señor y la señora Simon Parbetur. Subraye este día en su calendario, señora Parbetur.

Firmó con nuestros nombres de «casados» y me susurró al oído: –Esta noche muere Amy Wallace.

Mientras nos dirigíamos a nuestra habitación cogidos del brazo, reali-zó un solemne pronunciamiento:

–Cuando estás muerto nada te puede dañar. ¿Qué se le puede hacer a un cadáver? Don Juan me dijo que me «muriera». «¿Cómo sabré que estoy muerto?», le pregunté. «Cuando no necesites a tus amigos, cuando nunca

más necesites a nadie», me dijo, «busca un motel barato con cortinas

ver-des y manchas en la alfombra, y quédate ahí hasta que estés muerto.» 79 CARLOS CASTANEDA TIENE UNA CITA

(22)

Durante los talleres para mujeres, Carlos y yo disfrutábamos de unas veladas especialmente románticas. Me regaló un bellísimo anillo victoria-no de ónice negro atravesado en su centro por un diamante. Florinda lo bautizó «el anillo del silencio interior». Yo lo llevé contentísima hasta la conclusión del seminario.

Cuando Beulah lo vio, se precipitó hacia mi mano; de hecho sonreía. «Por fin», pensé, «se va a olvidar de esta competición implacable.» Yo era sorprendentemente ingenua.

–Es asombroso –me arrulló.

–Es espléndido, me encanta. La colección de la hechicería es soberbia –bromeé.

De repente se transformó en una bruja, me agarró el cuello fingiendo estrangularme, sacudiéndome la cabeza adelante y atrás enérgicamente.

–¡Uuugh, podría matarte! –chilló.

–¡Beulah! –exclamé, zarandeada. Me palpé el cuello, intentando recu-218 APRENDIZA DE BRUJA

La autora con el «anillo del silencio interior» en su mano izquierda y uno de los últimos regalos de Carlos, un anillo «¡repleto de chi!» en su derecha.

F oto de Ge rar d Barbie r

(23)

perarme–. Era una broma. Si pierdes tu sentido del humor, no te queda nada, pero nada. ¿Por qué te enfadas tanto?

Frunció el ceño y se alejó dando grandes zancadas, con el asco man-chando sus rasgos. Era algo más que desprecio y mala educación: era odio. Nunca entendí lo que lo motivaba. ¿Qué era yo para esa mujer tan triste? En un mundo en el que comunicarse abiertamente significaba una casi inevitable expulsión, sólo me quedaba especular. En cierto modo, la había sustituido. O quizá Carlos la había puesto contra mí. Quizá cantando mis alabanzas había suscitado sus celos y su odio. O lo contrario.

Aquel anillo del «silencio interior» había producido un ruido horrible, el ruido de un gato aullando de dolor.

A las brujas les regalé mis mejores joyas, incluyendo un estimadísimo collar de perlas a Florinda. Ella me dijo que me quería tanto que no se lo quitaría ni para dormir. A pesar de la mezquindad de las brujas, Muni rompió el molde y me compró un elegante collar de labradorita con zarci-llos, cuando yo ya no poseía ninguna joya. Su gesto fue atrevido y extraño. Yo llevé aquellas piedras agradecida durante años.

219 LAS GUERRAS DE LAS JOYAS

La autora con el collar que Carlos decía que representaba la «grieta entre los mundos», tal como se describe en sus primeros libros. F oto de Ge rar d Barbie r

Figure

Actualización...

Referencias

Actualización...

Related subjects :