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Alesso, M. - Homero. Odisea. Una Introduccion Critica

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HOMERO

ODISEA

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Homero

Odisea

U na introducción crítica

p o r M arta Alesso

(U.N . L a P am p a)

MARTIN H. R A C O

Prof de Lengua Uteratu* y Corrmnir.acitv

(3)

• Buenos A ire s : Santiago Arcos Editor, 2005. 96 p . ; 20x12 cm. (Para leer. Clásicos; 3 dirigida por Leonor Silvestri)

ISBN 987-1240-04-X

1. Ensayo Argentino. 2. Literatura Clásica I. Título COD A 8 6 4 ; 880 Pa r a Leer / Cl á s i c o s Directora de la colección: Le o n o r Sil v e s t r i Editores: La u r a Es t r in Mig u e lA. Vil l a f a ñ e Diseño:

Cubierta: Horacio Wainhaus ([email protected])

Interiores: Gustavo Bize ([email protected])

Corrección: Esteban Bertola ([email protected])

© Santiago Arcos Editor, 2005.

José Bonifacio 1402 (1406) Buenos Aires e-mail: [email protected] ISBN; 987-1240-04-X

Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723. Impreso en la Argentina - Printed in Argentina

REALIZADO CON EL APOYO DEL FONDO CULTURA B.A. DE LA SECRETARIA DE CULTURA DEL GCBA

La reproducción total o parcial de este libro, no autorizada por los editores, viola derechos reservados. Cualquier utilización debe ser previamente solicitada.

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Confluyen en todo héroe lo histórico y lo simbólico. Su destino es, por sobre todas las cosas, vencerse a sí mismo. Debe tener la aptitud precisa para triunfar sobre el caos y la fuerza anímica para resistir la atracción de las tinieblas. De allí que la imagen del sol, que recorre un periplo, se asimila en muchos mitos a la

figura

del héroe. Y mucho más, a la del héroe “que regresa". El viajero apartado de su hogar durante largos años, que debe sortear num erosas aventuras para volver a radicarse —al final y para siempre— en su tierra natal, donde restablecerá el orden devastado en razón de su ausencia, es el argumento predilecto de las leyendas mediterráneas pre-griegas. Relatos breves y sencillos abundaban en una sociedad que escu­ chaba con delectación las historias sobre un cíclope antropófago, sirenas seductoras con forma de aves que atraían irresistiblemente con su canto y lotófagos que cultivaban plantas cuyos frutos provo­ caban la amnesia total a quienes los comían.

Se ha señalado con frecuencia que Odisea1 está constituida por sucesivos núcleos temáticos provenientes de relatos de marinos que circulaban en el segundo milenio, en la época del poderío marí­ timo de Creta. Nóstos (viaje de regreso) es el nombre que designaba a cada uno de estos cantos, que los antiguos bardos recitaban en el palacio o en las

fiestas en

que se reunía el

pueblo. A

ellos

empezaron

a sum arse los cantares sobre los héroes que retornaban de la guerra de Troya. Odisea pretende ser el último y m ás hermoso: "todos los otros cuantos habían huido de una muerte terrible, estaban en sus casas, a salvo del mar y de la guerra, él solo estaba privado de regre- so y esposa” (Canto l,w . 11-13).2 De los héroes griegos que lograron tomar la mítica ciudad, Odiseo3 —nacido en Itaca4— se destacaba por su habilidad para tramar ardides frente a un orden social hom o­ géneo, en el cual la fuerza constituía el imperativo dominante.

1 Para leer Odisea gratis en la web, se puede entrar a http://www.odisea. com.mx/ o solicitar clave de acceso a http://www.Iibrodot.com.

2 Todas las traducciones de fragmentos de Odisea son propias y directas

del griego.

3 Denominamos al héroe por su nombre griego. Generalmente se lo conoce como Ulises, que proviene del latín: Ulysscs.

4 Isla situada sobre la costa oeste de Grecia y al este de Cefalenia, mucho más extensa territorialmente.

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La filiación de este nóstos con una periplografía pre-griega —y un posible desarrollo literario directo de previas y embrionarias his­ torias de marinos anónimos— la ubica, junto con ¡liada, en el inicio exacto de la literatura occidental. Sin embargo, Odisea es mucho m ás compleja, desde el punto de vista de construcción del espacio, que ¡liada. Los veinticuatro extensos cantos que componen Odisea se pueden dividir en dos partes: los doce primeros transcurren antes del regreso del héroe a su tierra; los doce últimos, después del retorno a ítaca. Los cuatro cantos iniciales constituyen lo que se denomina la “Telemaquía”, el protagonista es el hijo del héroe, Telémaco, quien viaja a Pilos y Esparta en busca de noticias sobre su padre. Los Cantos 3 y 4, a su vez, relatan otros regresos: el nóstos de Néstor, uno de los pocos héroes de Troya que tuvo un retorno afor­ tunado, y el de Menelao, quien tardó ocho años en llegar de vuelta a Esparta con Helena.

El Canto 5 nos devuelve a la asamblea de los dioses olímpicos que inicia la obra. Presididos por Zeus,5 han decidido enviar a Hermes6 a la isla de Calipso para ordenar a la ninfa que deje mar­ char a Odiseo después de largos años de cautiverio. En el Canto 6 encontramos al héroe en Esqueria, donde reina Alcínoo. Esqueria es el nombre de la isla que habita el pueblo de los feacios, adonde Odiseo es arrojado después de una tempestad, cuando se rompe la balsa que construyó en la isla de Calipso. Allí permanece sólo tres días —que se extienden desde el Canto 6 hasta comienzos del Canto 13— aunque el lector queda con la sensación de que su estadía en ese país es mucho m ás extensa. En el país de los feacios, narra sus anteriores aventuras (Cantos 9 a 12): con los cicones, los lotófagos, los cíclopes, en la isla de Eolo y en la de Circe, un viaje al país de los muertos, el ardid para burlar a las sirenas, Escila y Caribdis7 y los re­ baños del Sol. En la narración de tan numerosas peripecias no ap a­

5 Zeus es el Júpiter romano, dios supremo del Olimpo cuyos hijos son también divinidades importantes: Apolo, Atenea, Ártemis, Hermes, Dioni-sos, entre otros.

6 Dios de los caminos y de los linderos, de la elocuencia y de los sueños, mensajero de los dioses. El Mercurio romano adoptó sus atributos, pero se lo consideró más bien el dios del comercio.

7 Cada uno de estos monstruos femeninos estaban ubicados a ambos lados del estrecho de Mesina, entre Sicilia y la Italia continental. Escila es representada con seis cabezas y doce pies. Caribdis, por su parte, sorbe tres veces al día las aguas del mar y otras tantas las echa afuera de modo horrible (Canto 12, w. 101-10).

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rece para nada Atenea, la diosa que, en la segunda parte de la obra, no dejará de protegerlo. ¿No será esta sucesión de aventurados acontecimientos una inmensa mentira de Odiseo? Están narrados en primera persona y ya no quedan testigos de los hechos.

Un viaje extraño y milagroso deposita a Odiseo, en el Canto 13, en la tierra de sus padres. Atenea lo ayudará a planear la venganza contra los pretendientes de Penélope que han estragado su hacien­ da. Los Cantos 17 a 23 implican una serie de reconocimientos, en consonancia con los ocultamientos-desocultamientos de la verda­ dera identidad del héroe y un clima de incertidumbre que no d e­ saparece ni siquiera cuando Odiseo vence a sus enemigos en la con­ tienda del arco. La victoria lo reconcilia definitivamente con el lugar del cual el héroe había sido desplazado y, sobre todo, promueve el reencuentro con la esposa legítima. Debiéramos suponer, como los alejandrinos de los siglos III y II a.C., que la historia termina aquí (Canto 23, v. 296a), pero en cambio empiezan a sucederse una serie de episodios que contradicen un tanto el resto de la obra: los pretendientes marchan al Hades guiados por Hermes Psicopompos (“conductor de las alm as” de los muertos, y ya no el agradable m en­ sajero que aparece en los episodios de Calipso y Circe), Agamenón y Aquiles conversan en los infiernos, y una lucha final se entabla, de manera confusa y efectista, entre la casa de Odiseo y los familiares de los jóvenes muertos. Finalmente, Atenea restablece la paz m e­ diante un pacto para el futuro.

El esquem a sucinto de Odisea no ofrece sino un atisbo de la complejidad de la estructura de caja china, mediante la cual la posibilidad de una historia dentro de otra puede ser infinita si atendemos al carácter siempre alusivo de los mitos, de modo que la paráfrasis en un orden lógico y conciso suele ser muy injusta con el texto.

¡.¿Quién escribió O disea?

El nombre de Homero quedó grabado junto al título de este poema épico y el de Ilíada. También una colección de himnos —a 8

8 Una anotación al margen a este verso afirma: “Aristarco y Aristófanes ponen aquí el final de Odisea”. Se desconoce si estos filólogos de la Bibliote­ ca de Alejandría quisieron señalar que en este punto finalizaba realmente la obra o si era éste el “final lógico" de la epopeya.

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Apolo, Zeus, Deméter, Hermes, Afrodita, etc.— se transmiten bajo el nombre común de Himnos Homéricos, si bien son claramente adjudicables a épocas posteriores y, por tanto, apócrifos. La Batra-

comiomaquici (batalla entre las ranas y los ratones), en el período

helenístico, se suponía escrita por Homero.9 También le fue atri­ buido el Margites, que cuenta la historia de un tonto que hace todo al revés, un personaje que ya en su propio nombre Margós (“loco”) lleva expresada su deficiencia mental.

Circularon biografías de

este poeta

monumental desde épocas

tempranas y siete ciudades se disputaron el honor de haber sido su cuna. En razón de las referencias geográficas o de los rasgos dialec­ tales, se supone originario de Asia Menor, más probablemente de Quíos o Esmirna (en la actual Turquía). Pudo haber vivido en un punto del largo lapso que va desde la guerra de Troya en el siglo XII a.C. hasta el VIII a.C., época en que los poem as fueron volcados a la escritura. Una de las opiniones sobre el alfabeto griego sostiene que, aunque tomó origen del alfabeto fenicio, el agregado de las vo­ cales responde a la necesidad de mantener la sonoridad de la poesía con su verso (hexámetro) medido regularmente por la sucesión de una vocal larga y dos breves (dáctilo).10

La multitud de leyendas sobre la vida de Homero en general coinciden en que fue ciego —característica extraída del Himno a Apolo—. Otra tradición poética lo ubica como contemporáneo de Hesíodo y hasta se los hace contender en el Agón de Homero y

Hesíodo, en el que su probable autor, Alcidamante, empleó una tra­

dición anecdótica para presentar a los dos poetas en un debate de preguntas y respuestas.

El autor de Odisea es un agudo observador de las actitudes y hazañas, no sólo de los héroes y caudillos que sitiaron Troya —que aparecen también en Iliada—, sino también de las costumbres sen ­ cillas de Itaca. El problema de la autoría de Odisea viene planteado desde los orígenes de la cuestión homérica, cuando se puso en duda la unidad interna de am bas obras y hasta la existencia de un poeta

9 Escenas bélicas como las de ¡liada fueron parodiadas por otros poe­ mas heroico-cómicos protagonizados por animales: la Geranomaquia (Lu­

cha de ¡as grullas contra los pigmeos), Psaromaquia (Batalla de ¡os tordos) y Aracnomaquia (Gesta de las arañas).

10 V éase H avelock. 1982. The Literato Rcuohition in Greece, P rinceton;

Powell. 1991. Homerand the Origen of the Greek Alphabef, Cambridge; Ra-

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con el nombre de Homero. Se formulan en realidad siempre dos preguntas: ¿pertenecen Ilícida y Odisea a un mismo autor? Y en caso afirmativo ¿es Homero ese autor?

El primero en plantear la hipótesis de que am bas epopeyas son el resultado de una larga tradición oral y de una sucesión de canto­ res populares más que de un autor único, fue el abate de Aubignac, François Hédelin, en tiempos de Luis XIV, quien señaló defectos de incongruencia en el estilo de sendos poemas. La opinión de Hé­ delin, como el desprecio de otros intelectuales "homerófobos" del siglo XVIII, se dio en el marco de la querelle desanciens et modernes, que implicaba para los iluministas la supremacía de los modernos sobre los antiguos. En medio de esta polémica surgida en Francia, Giambattista Vico11 desde Italia desestimó la importancia de un Homero "real" y enfatizó la relevancia del carácter simbólico que encarnaba el personaje respecto de la poesía griega de la época he­ roica. Reconocer en Homero una gran sabiduría poética en desm e­ dro de la sabiduría reflexiva fue, en opinión de Benedetto Croce12 la mayor originalidad de Vico. El discurso estético que el sabio na­ politano nos legó sobre Flomero permitió el nacimiento de la teoría estética moderna, en el sentido de rescatar el valor de la autonomía de las artes frente a la filosofía.

En 1795, Federico Augusto Wolf, profesor de la Universidad de Halle, publicó una introducción cuidadosamente preparada, en la­ tín. a la obra de Homero. El filósofo defendió la tesis de que el autor de

litada y Odisea no

tenía

conocimiento

del arte de la escritura. Eran poem as enteramente concebidos y compuestos de memoria, y transmitidos oralmente hasta que más tarde fueron fijados y pues­ tos por escrito.

La tesis doctoral de Milmain Parry publicada en 1928 con el título de L'épithéte traditionelle dans Homére enfatizó la afirma­ ción de que los poem as habían sido creados de modo oral. Parry y su discípulo Albert Lord compararon las estrategias de los bardos griegos con ciertos poetas eslavos, también ágrafos, es decir sin co­ nocimiento de la escritura, y afirmaron que la mayor parte de ideas y situaciones comunes en la epopeya homérica provienen de un repositorio tradicional de fórmulas fijas desarrollado gradualmente

11 En la Italia ilustrada, entre 1725 y 1744, Vico —en su memorable Ciencia

Nueva— postulaba e) estudio del desarrollo histórico de las instituciones hu­

manas a partir del estrato más antiguo de la cultura, el de los mitos y la poesía. 12 Filósofo italiano, historiador y líder político (1866-1952).

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en un sistem a estructurado y orgánico, resultado de muchas gene­ raciones sucesivas de poetas orales.

Existen en

Odisea

fórmulas verbales (“arrastramos las naves hacia la divina sal") y nominales (“palacio de piso de bronce"); las m ás frecuentes están conformadas por nombre y epíteto: “Odiseo, fecundo en ardides”, “Atenea, la de ojos de lechuza”. La longitud de una fórmula puede ser de varios versos que se reiteran al describir una escena típica (“la venerable despensera trajo pan y dejó en la m esa gran número de alimentos, obsequiándome entre los presen­ tes”). Pero también pueden ser sólo dos palabras (“así habló”), que se repiten siempre en la misma porción del verso.

El uso de este recurso permitía al aedo memorizar una larga serie de versos y reducir al mínimo la improvisación. Podía, sobre las bases de un relato que conocía bien, introducir variaciones de acuerdo con las expectativas del auditorio. No es posible hoy tener conciencia de la capacidad de un poeta que puede memorizar miles de versos. La letra escrita nos ha debilitado la memoria. Tampoco som os capaces de sacar operaciones aritméticas simples cuando las calculadoras nos han incorporado el hábito de sumar o multiplicar por medio de una máquina. Los poetas orales pertenecían, además, a una minoría, notable por su talento, y es posible incluso que el imaginario popular les haya adjudicado la condición de ciegos porque es sabido que la carencia de una facultad incrementa las otras y la falta de la vista, especialmente, aguza los dem ás sentidos. La pericia de un bardo para combinar fórmulas y frases hechas era condición indispensable para organizar un repertorio de acciones heroicas o episodios interesantes que convocaran una audiencia nutrida y dispendiosa.

A finales del siglo XVIII quedó planteada definitivamente, en el mundo de los estudios helénicos, la denominada "cuestión ho­ mérica”. Se trata de la controversia —aún en auge en nuestro siglo XXI— entre dos corrientes interpretativas: los "unitaristas” —par­ tidarios de un solo autor para

litada

y

Odisea

— y los “analíticos", que adjudican las inconsistencias y contradicciones en los poemas al hecho de que son producto de una larga tradición oral, en la que participaron durante siglos una sucesión de cantores populares.

La concepción grandiosa de la épica como una unidad, alaba­ da por Quintiliano13 (X.1.50), se vio cuestionada y se fue

desinte-13 Su fama se debe a la gran obra redactada en doce volúmenes, en el año 95 aproximadamente. El Libro X es el más conocido: aconseja la lectura

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gránelo gradualmente a los ojos de la crítica. Los orígenes de esta tendencia se remontan, no obstante, a una época bastante cercana a la de su adaptación a la escritura. Es posible que las prim eras crí­ ticas de tipo ético deríven del orfism o14 en el siglo VII a.C. y hayan influido en la filosofía de Pitágoras15 (Diógenes Laercio 8.21), de Jenófanes (DK 1 IB) y Heráclito el oscuro (DK 42B).16 Estos cues- tionamientos culminan en el célebre rechazo a Homero, y a todos los poetas, que Platón17 proclam a en su República, especialmente en el libro décimo. Por el contrario, algunos círculos socráticos y estoicas defienden las historias de Homero como formadoras de la espiritualidad del pueblo griego. El mismo Aristóteles (s. IV a.C.), en sus Problemas homéricos, obra de juventud, sostiene la grandeza poética del bardo monumental, educador de la Hélade, y comparó la nobleza de sus caracteres con los de la tragedia en su

Poética.

A pesar de todas estas consideraciones a favor y en contra de la influencia de Homero sobre la educación de los ciudadanos, las incongruencias textuales que enfatiza la crítica moderna no pertur­ baron a los comentadores antiguos. Los eruditos alejandrinos de los siglos III a I a.C. fueron quienes comenzaron a señalar esas irregu­ laridades a partir de su formación analítica aristotélica. No sólo eso, sino que expurgaron el texto de posibles interpolaciones y cam bia­

de griegos y latinos como elemento fundamental para la formación de un orador.

14 Movimiento religioso basado en los preceptos de una amplia y va­ riada literatura pseudoepigráfica atribuida a Orfeo, héroe civilizador y, en cierto sentido, teólogo y reformador las costumbres.

15 Filósofo y matemático griego (s.VI a.C,), cuya biografía y pensamien­ to están rodeados de una fuerte tradición legendaria, recogida por Diógenes Laercio (primera mitad del s, III).

16 Jenófanes de Colofón y Heráclito de Éfeso son filósofos presocráticos, que se citan normalmente según la notación de Diels-Kranz (DK). 1903. Die

Fragmente der Vorsokratiker, Berlín, reelaborada y reeditada numerosas

veces, consta de un número identificatorio para cada autor, seguido de una letra (A para los testimonios y B para los fragmentos).

17 Platón, como muchos filósofos presocráticos, somete a una críti­ ca racional la descripción que los poetas habían hecho de la divinidad. Censura el antropomorfismo y las actitudes moralmente repudiables de los dioses, denuncia en República los comportamientos inmorales que las divinidades muestran en la poesía épica. Los poetas, que corrompen a la juventud con historias falsas y obscenas, no merecen entonces habitar en la ciudad ideal.

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ron pasajes de lugar para darle coherencia. Zenódoto de Éfeso10 se permitió intervenciones m ás que audaces: eliminó pasajes, corrigió términos, cambió expresiones de lugar, y hasta dividió el corpus en veinticuatro cantos para cada epopeya. El descubrimiento de p a­ piros anteriores a! período alejandrino demuestra que el texto que sobrevivió al siglo II a.C. y se transmitió a través de los manuscritos medievales, está seriamente mutilado; esto es, que ¡liada y Odisea, tal como hoy las conocemos, tienen muchos menos episodios repe­ tidos y contradictorios que las versiones que habían ingresado a la

Biblioteca de Alejandría.

2. Las gnómai de Homero

Existe un conjunto de sólidos argumentos para defender la construcción oral de un poema tan extenso como Odisea. En primer lugar, un verso perfecto, el hexámetro dactilico, que puede concen­ trar una idea completa, sin encabalgamientos. Permite adem ás las pausas respiratorias con una cesura principal que lo divide en dos hemistiquios. Cada mitad del hexámetro tiene otra cesura o diére­ sis que divide el verso en cuatro porciones, imperceptibles para el oyente, pero que permiten al poeta insertar las fórmulas con las variaciones que la situación requiera.

El lenguaje formular se apoya en la repetición de un mismo esquem a de locuciones estables, a veces mínimo, como la com bi­ nación nombre-epíteto (el astuto Odiseo), o extendido: varias frases completas que reiteran escenas típicas (celebración de un banque­ te, la preparación del baño o realización de sacrificios).

Otra de las razones, menos debatida, es la posibilidad que te­ nía el aedo, como agente de las representaciones culturales de la nación, de organizar su poesía haciendo uso de expresiones de una sabiduría popular que se manifestaba en proverbios o aforismos, transmitidos también oralmente por generaciones. Estas locuciones han recibido el nombre de gnómai, término intraducibie, cuya raíz indoeuropea gn lo relaciona con verbos y sustantivos cuya acepción es tanto "conocer” como “sapiencia” y han sido definidas por Aristó­ teles como un enunciado general sobre una cuestión particular.19

1H Erudito a quien Ptolomeo Filadelfo nombró primer director de la Bi­ blioteca de Alejandría (s. III a.C.). Preparó la primera edición crítica de ¡liada y de Odisea y un léxico de Homero.

!9 Grtóme “es una aseveración, pero no ciertamente de cosas particula­ res, por ejemplo, cómo es Ifícrates, sino sobre lo universal, mas tampoco de

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Estela Guevara de Álvarez (2001: 87 ss.) entiende que en Ho­ mero está el origen de la preferencia de los griegos por la poesía gnómica. En los tiempos primitivos, cuando no existía todavía un pensamiento ético sistematizado ni leyes escritas, el saber prover­ bial, que se transmitía de manera oral por generaciones, regulaba el comportamiento de los hombres.

En ¡liada ya aparece la preferencia del personaje de Odiseo por el discurso con apelaciones de tipo gnómico. En el Canto segundo, en el que Agamenón ha tenido un sueño engañoso infundido por Zeus y se le ocurre la peregrina idea de probar la templanza del ejér­ cito aqueo con la propuesta de volver a la tierra natal, Odiseo trata de convencer a los otros jefes para que se queden en Troya. Argu­ menta que el Atrida, en uso de su poder, puede cambiar de parecer y castigarlos, y no todos los aqueos pueden ser jefes como para im po­ ner sus propias decisiones. "No es buena la soberanía de muchos, sea uno el soberano” (Canto 2, v. 204) —les espeta Odiseo— que uno solo sea rey, porque Zeus le ha dado a Agamenón el cetro y las leyes para decidir en el consejo.

En ocasiones, se producen contradicciones en un mismo dis­ curso de Odiseo, en razón de que usa un aforismo de significado opuesto al que ha dicho instantes antes. En ¡liada conforma una embajada junto con Ayax y Fénix, para convencer a Aquiles de que deponga su cólera y retorne al combate. Odiseo alude a las palabras que Peleo, padre de Aquiles, le había dicho antes de partir: "la b e­ nevolencia es lo mejor" (Canto 9, v. 256), aunque inmediatamente antes había asegurado: "no hay remedio para el mal ya cometido” (v. 250).

Es notable cuando parte del apotegma se convierte en fórmula y se repite en otro contexto con significación absolutamente diver­ sa, Cuando Odiseo insta, esta vez a Agamenón, a la reconciliación con Aquiles, quien ha decidido después de la muerte de Patroclo ir a enfrentar a los troyanos, le dice: "no es indigno reconciliarse con un varón de condición real cuando alguien se ha enojado primero” (Canto 19, w. 182-3). La última parte del aforismo aparece en un verso al final de IHada, en ocasión de que Hermes interroga al an ­ ciano Príamo para saber adonde va, siendo él tan viejo y también quién lo acompaña, que no podrá defenderlo "cuando alguien se ha

todo lo universal, por ejemplo, que lo recto es lo contrario de lo curvo, sino de aquello sobre lo que versan las acciones y puede elegirse o evitarse al obrar” (Retórica, 1394a 21-26, trad. de Antonio Tovar para Gredos).

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enojado primero” (Canto 24, v. 369). En realidad hay que traducir de otra manera aunque sean las mismas palabras en griego: “cuando alguien se acerque enojado (o airado)". La fórmula es usada tam ­ bién en Odisea cuando Telémaco se resiste ante Eumeo a defender al forastero (su padre disfrazado de mendigo) porque, si bien es joven, no confía en sus brazos para proteger al huésped “cuando al­

guien se acerque enojado" (Canto 16, v. 72) a maltratarlo. Y cuando ya dispuestos padre e hijo para la matanza de los pretendientes, en la competencia final con el arco, Telémaco se niega a tensarlo pues siendo joven no puede confiar en sus brazos para rechazar a ningún hombre “cuando alguien se acerque enojado” (Canto 21, v. 133) a enfrentarse con él. En estos últimos casos, no se trata de gnómai o sentencias, sino de fórmulas en las que se ha incorporado, en la última porción, una sentencia que funciona como recurso mnemo- técnico para el poeta recitador.

En Odisea son frecuentes, de manera apreciable, las gnóm ai en boca del protagonista, sea que las exprese desde su propia identi­ dad, sea bajo una de sus múltiples personalidades. En ocasión del naufragio provocado por Poseidón, Odiseo ruega ante la desem bo­ cadura de un río: “incluso los dioses inmortales respetan al hombre que llega errante como yo llego” (Canto 5, w. 447-8): en la isla de los feacios, afirma ante Alcínoo “es desconfiada la raza de los mortales sobre la tierra" (Canto 7, v. 307), "no existe un cumplimiento más delicioso que cuando el bienestar perdura en todo el pueblo” (Can­ to 9, w. 5-6) y “hay un tiempo para la abundancia de palabras y hay un tiempo también para el sueño” (Canto i 1, v. 379).

Debido a que con frecuencia Odiseo incorpora un adagio a su propio discurso, a veces, una expresión originalmente concisa se pierde en medio de otros componentes. Se trata de alocuciones que evocan la sabiduría popular respecto de temas como la amistad, los defectos enmendables del ser humano, la muerte inexorable y, especialmente, la condición que los dioses han impuesto a los hombres. Algunos de estos proverbios se refieren a la necesidad del que tiene que pordiosear para vivir: "no es buena la vergüenza para el hombre que mendiga" (Canto 17, v. 352), pronunciado un poco antes con una leve variante (v. 347) o reformulado en boca de Pe- nélope: “cosa m ala es un mendigo vergonzoso" (v. 578).

En el banquete de los pretendientes se señala repetidamente que los mendigos son parásitos de la sociedad porque no pueden, o no quieren, trabajar para procurarse el alimento. No obstante los toleran. No sólo los de la casa, como Telémaco, los protegen, sino también los jóvenes pretendientes. Uno de ellos, Antínoo, es

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amonestado cuando intenta golpear al falso mendigo; se le advierte que las divinidades pueden andar circulando por las ciudades con apariencia de forasteros para, de esa manera, vigilar la soberbia de los hombres (Canto 17, w. 485-7). El epíteto que se le da al mendigo: "arruinador de festines" (apolymantér en w. 220 y 337), deriva en el verbo cipolymaínomai, que significa "purificar eliminando la m an­ cha deshonrosa”. Una interpretación a partir de estas etimologías,20 podría poner en evidencia que el mendigo es útil para desahogarse o "limpiarse" de miasmas, sea con regalos o con insultos. Es una especie de chivo expiatorio de la comunidad, un purificador que garantiza la prosperidad a quien lo dispensa o sostiene. Calma los ánimos que su presencia exacerba. Se exorciza especialmente el temor a pasar hambre: de las necesidades del vientre no están libres ni los pobres ni los que andan errantes. El estómago (gastér) es un elemento tan importante en la poesía de los primeros tiem­ pos, que casi adquiere entidad propia. No es extraño que sobre su tiranía abunde el refranero popular: "no hay nada m ás molesto que el maldito estómago, que nos ordena por la fuerza a acordarnos de él" (Canto 7, w, 216-7).

3. Contexto histórico-social

Desde siempre, han existido innumerables intentos de repro­ ducir los viajes de Odiseo sobre un mapa. Hesíodo21 los ubicó en el ámbito siciliano-itálico, Orates22 de Malos en el Atlántico y la m a­ yoría de los comentaristas los imaginó en el Mediterráneo. Homero afirma que la isla de Circe está ubicada hacia el este, "donde el sol se levanta" (Canto 12, w. 3-4).

La morada de Circe en la isla Eea estaba en apariencia situa­ da en un lejano país, junto al Océano circular, el cual, antes del descubrimiento del Mar Negro y de noticias sobre la Cólquide,23 constituía la meta fabulosa de los argonautas. Cuando deja Eea, Odiseo encuentra las Rocas Errantes, que estaban identificadas

20 Véase Guevara de Alvarez. 2001.

21 Representante, junto con Homero, de la primera poesía épica. Vivió en el 750 a.C., aproximadamente. Cf. Colombani, M.C. 2005. Hesíodo. Teogo­

nia. Una introducción crítica. Santiago Arcos editor, Buenos Aires.

22 Director de la biblioteca de Pérgamo en el s. II a.C.

22 Región en el extremo oriental del Mar Negro hacia la cual se em­ barcaron en la nave Argos muchos héroes liderados por Jasón en busca del vellocino de oro.

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nadicionalmente con las Simplégades a la entrada del Helesponto, es decir, cerca del estrecho de los Dardanelos, estrecho que conecta por el noroeste el Mar Egeo con la Propóntide —mar de Mármara—, que separa Europa de Asia. La geografía se muestra otra vez esquiva. ¿Cómo es que Odiseo está, casi al mismo tiempo, navegando hacia las costas del Mar Negro y por el sur de Italia? Hay una interpolación evidente de antiguos cantos épicos que corresponden al ciclo de los Argonautas, en el que Circe era un personaje destacado.

Si la geografía de Odisea es intrincada, mucho m ás lo son las condiciones políticas, sociales y económicas que refleja el extenso poema. No obstante, los ambientes que dan marco a las escenas res­ ponden a una sociedad real, conforman un retrato coherente de los Ultimos tiempos de la Grecia arcaica. IJna yuxtaposición artificial de elementos refleja las condiciones de vida entre los siglos XI y IX a.C. La comunidad vive sobre las bases de una economía "naturar, es decir, produce prácticamente todo lo que consume. La ganadería, si bien escasa, desem peña un papel fundamental. El ganado sirve de unidad de valor: cuando los pretendientes se ven acorralados por la furia de Odiseo, temen morir, y prometen resarcirlo de lo que han comido y bebido en su palacio, estimando en veinte bueyes por cada uno la compensación pecuniaria (Canto 22, w. 56-9).

La agricultura aparece en segundo plano. No se dispone de mu­ cho más que del arado de madera para labrar las tierras, de modo que sólo pueden trabajarse los suelos bajos y fértiles, como los que posee Menelao y destaca Telémaco: "tú gobiernas una llanura vasta en la que hay mucho loto, juncia, trigo, espelta y blanca cebada bien crecida. En ítaca no hay espacios anchos ni praderas; es tierra cria­ dora de cabras” (Canto 4, w. 602-5).

Todavía no existen los artesanos como capa social intermedia distinta de los labriegos, ni se venden en el mercado productos manufacturados, sino que se contrata a los alfareros, herreros y albañiles para algún trabajo en particular. Por ejemplo, Odiseo, dis­ frazado de mendigo, se apoya en el marco de la puerta de madera de ciprés “que un artesano había pulido hábilmente y enderezado con la plomada” (Canto 17, v. 341). Los demiurgos (trabajadores del pue­ blo) no siempre viven en el lugar, sino que se mandan a llamar para tareas específicas, tal como enumera Eumeo: "¿quién convocaría a un forastero si no se trata de un demiurgo: un adivino, un curador de enfermedades o un carpintero, o incluso un aedo inspirado que agrade por sus cantos?” (Canto 17, w. 382-5).

La sociedad homérica se basa en la estructura de clanes, pero ya en franca disgregación, puesto que los bienes muebles, e inclu­

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sive las casas, se van convirtiendo en propiedad privada y sólo la tierra parece continuar siendo comunitaria. No hay tampoco una sociedad dividida en clases (sacerdotes, magistrados) y por lo tanto, no existen organismos administrativos ni judiciales, esto es, no hay “estado". El poder se va concentrando poco a poco en los basileis, nobles de nacimiento, que viven con sus familias, extendidas, servi­ dos por esclavos, que en verdad no son numerosos y están lejos de una posición de sujeción como produjo m ás tarde la democracia esclavista del siglo V a.C.

La casa de un basileus refleja la organización austera de una so ­ ciedad aristocrática pero no monárquica. El palacio tiene un salón espacioso [mégaron) de piso de tierra apisonada, con asientos alre­ dedor y un hogar en el centro, que sirve tanto para cocer las carnes como para calentarse en el invierno. La habitación de las mujeres (thálamos) es cerrada y se usa también para almacenar las merca­ derías más preciadas, como el vino, el aceite o la harina de trigo. Un patio interior [aulé] subsana la carencia de ventanales y una especie de porche (pródromos) sirve para albergar a los invitados o huéspe­ des que se quedan a dormir.

A pesar de los escenarios domésticos, frecuentes en Odisea, no debemos olvidar que la sociedad homérica gravita fundamen­ talmente en torno al éthos de un grupo de guerreros, predomina la competición por sobre todas las relaciones humanas. Se trata de una concepción agonística tanto del hombre como de la naturale­ za, representada en ese mundo tumultuoso de dioses que no cesan de interferir en un universo que no es el propio. Las transgresiones a las fronteras del mundo conocido son frecuentemente explicitadas en el texto. La verdadera razón de la hazaña heroica es transformar en terreno de juego para la contienda todas las acciones del devenir humano y explorar los reflejos de la imagen propia en los mundos ajenos.

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II. Análisis de la obra

1. El héroe como ordenador del mundo

El héroe avanza por el mundo e imprime su huella en el espado que transita. Las referendas a los límites que se podían superar, tras amenazantes peligros, son constantes. Más allá de esas fronteras estaban los "otros”: los cimerios, las sirenas, los cíclopes, los seres monstruosos como Escila y Caribdis. Sin embargo, en ocasiones, esa "otredad” se manifiesta como posible hogar del héroe (la isla de Calipso, el reino de los feacios), si es que Odiseo estuviera dispuesto a aceptar las condiciones que pudieran incorporarlo definitivamen­ te al espacio que siempre termina rechazando, en pro de su propio espacio idealizado —morada de la mujer legítima— en ftaca. "Que me abandone la vida después de ver mis posesiones, mis siervos y mi gran morada de elevado techo” (Canto 7, w. 224-5) es el mayor deseo de Odiseo.

En un hiato del largo periplo, la invitación a incorporarse a la "ciudad de los hombres feacios”, en la luminosa tierra de Esque­ na, es explícita en las palabras de su rey, Alcínoo: “Ojalá por Zeus padre, Atenea y Apolo, siendo como eres y pensando las que yo pienso, tom ases a mi hija por esposa, permanecieras aquí y fueras llamado yerno mío" (Canto 7, w. 311-3). Si Odiseo aceptara casar­ se con Nausícaa, la hija de Alcínoo, el rey lo proveería de casa y hacienda.

Odiseo, en su último naufragio, provocado por el dios del mar Poseidón, persistente enemigo, había ido a dar a las playas de Es- queria (probablemente la actual Corfú), idílico y pacífico país. Antes de eso, la diosa Atenea, a comienzos del Canto 6 había entrado en la adornada estancia en la que dormía la princesa del lugar, se había acercado a la cam a e incitado en sueños a ir a lavar sus espléndidos vestidos. Era preciso que vistiera las mejores galas para conseguir esposo, ya no iba a estar soltera mucho tiempo. En un carro, la prin­ cesa Nausícaa hace cargar las túnicas, los cinturones regios y toda la ropa, para ir a lavar en las aguas de un río cercano al mar. Son conducidas, la joven y sus esclavas, por la diosa de ojos de lechuza hacia la costa, donde tras unos arbustos duerme Odiseo, náufrago, desnudo, quien tuvo que cortar unas ramas del matorral para cu­ brirse las vergüenzas cuando se despertó sobresaltado y escuchó a las muchachas que jugaban a la pelota después de la tarea. Tal fue

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el primer encuentro entre la nubil heredera y el divino Odiseo, que venía de recorrer tantos senderos.

Más tarde, Alcínoo, rey de los feacios y padre de Nausícaa, le dice a Odiseo {que para ellos es un viajero totalmente desconocido, que ha llegado del ancho mar y cuya mención a su pasado ha sido poco más que la alusión a su larga convivencia con la ninfa Calipso en la isla Ogigia) que ojalá quisiera Zeus que tomara a su hija por e s­ posa y permaneciera con ellos como yerno (Canto 7, w. 308-16). Es por lo menos sorprendente que la heredera del linaje de Féax

(Ñau-sícaa),

hija a su vez de un matrimonio efectuado entre tío (Alcínoo)

y sobrina (Arete) —evidentemente con el afán de que los bienes no salgan del círculo de parentesco— sea ofrecida a un extranjero sin condicionamientos de tipo patrimonial o económico. Alcínoo está casado con la hija de su hermano Rexenor, que no tenía hermanos varones y era aún una niña cuando su padre murió.24 Ahora bien ¿por qué ofrecerle a Odiseo el trono de la isla de Esquena, adonde había llegado despojado, como náufrago? Se trataría, sin duda, de un modelo matrilocal de matrimonio, porque el héroe, en caso de aceptar, hubiera debido instalarse en la heredad de la novia y no al revés, No faltan pretendientes locales, pues Nausícaa, preocupada de que no la vean aparecer junto con el forastero en el núcleo urba­ no, le pide que camine un tanto rezagado, porque pueden pensar: “mejor si ha encontrado un esposo de afuera, pues desprecia a los demás feacios en el pueblo, aunque son muchos y excelentes varo­ nes los que la pretenden" (Canto 6. vv. 282-4).

Otras sagas de la Edad de bronce ilustran la sucesión matrili- neal al trono, pero se trata de modelos de matrimonio con com ­ petición previa, como fue el de Helena25 en Esparta. En el caso de Hipodamia, la esposa de Pélope,26 rey de Lidia, la condición que había impuesto F.nomao, padre de muchacha y rey de la F.lide, era

2-1 No hay datos en Odisea de por qué razón no se consumó una situa­ ción de levirato, es decir de matrimonio con la viuda del hermano.

25 Melena de Troya, hija de Zeus que se unió a Leda en forma de cisne. Famosa por su belleza, fue cortejada por todos los príncipes de Grecia, entre quienes fue favorecido Menelao de Esparta. Los demás contendientes jura­ ron respetarlo y apoyar los derechos del marido ante cualquier situación que lo ofendiese. Cuando estaba Menelao en Creta, París visitó Esparta, sedujo a Helena y la llevó aTroya, episodio que dio origen al famoso sitio de la ciudad por todos los aqueos confederados.

Fundador del linaje de los Pclópidas, que dio nombre a la región det

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que el pretendiente lo venciera en una carrera de carros. El matri­ monio del mismo Edipo con Yocasta se consumó luego de pruebas prenupciales (la adivinanza del enigma de la Esfinge).

El caso del ofrecimiento de Calipso, “divina entre las diosas', a Odiseo, para que permanezca en su morada como consorte, es diferente de la situación producida en la corte de los feacios. La ninfa que habita la isla Eea le ofrece la inmortalidad a cambio de que abandone la idea de volver a ver a la esposa legítima. Y el héroe responde: “Aun así quiero y anhelo todos los días marcharme a mi casa y ver el día del regreso" (Canto 5, w. 219-21). A pesar de la res­ puesta, hacen el amor y Calipso le ayuda a construir la balsa y, antes de la partida, lo lava y lo viste con ropas perfumadas.

La actitud de Circe, que también convive con Odiseo en ia isla Eea durante un tiempo, es absolutamente distinta de la posición de Calipso, aunque am bas funcionen como hitos en el extenso pere­ grinaje del héroe que retorna a la patria. Después de un año de con­ vivencia, Circe lo reconviene: “Querido (daímón), piensa ya en la patria, si es propósito divino que te salves y llegues a tu morada de elevado techo y a tu tierra paterna” (Canto 10, w. 472-4). Circe-Eea es la mujer como espacio fértil, fija a la tierra que personifica, a la espera del héroe fundante, del viajero que en su errar por el mundo depositará en su seno la semilla de una estirpe futura.27

El itinerario del singular explorador que cohabita y se marcha, que llega y abandona, hacen de Odisea uno de los mejores ejemplos literarios de que identidad y alteridad son construcciones que se confirman en su carácter relacional y fortalecen las características de la singularidad y la diferencia. La singularidad reclama siempre un exterior con el cual confrontar, la diferencia es una cualidad e s­ pecular necesaria para ratificar la individualidad que distinga del otro y nos dé un nombre propio.

a. Yo soy Nadie

Si no se tiene un nombre, no se obtiene una identidad personal, imprescindible para individualizarse, para ser singular y diferen­

27 Odiseo y Circe tienen un hijo, Telégono, que si bien no aparece en

Odisea, dio origen a un poema entero —perdido—, la Telegonía, escrito por Eugamón de Cirene, obra cuyo resumen ocupa el final de la Crestomatía de

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ciarse en una experiencia que siempre implica una m anera de ver el mundo y, lo que es m ás importante, un modo de sentirse en él. Porque ¿dónde están los límites de nuestra tierra? La percepción de las fronteras geográficas debe visualizarse siempre sobre un m apa o demarcarse en los contornos precisos de una imagen que presente líneas y superficies. No podem os imaginar un mundo infinito más que como una difícil abstracción a la que la mente humana no pue- de acceder sino mediante cálculos sofisticados.

Un problem a crucial, que atañe a las relaciones entre la realidad física y nuestra propia realidad mental, es ubicar la historia que re­ lata un viajero que proviene de tierras lejanas. Es por esa razón que el universo que presenta Odiseo a los oídos atentos de los feacios que lo rodean en el palacio de Alcínoo sonaría ilimitado, inimagina­ ble, si no fuese porque el astuto viajero le otorga un orden y ubica cada acción en una dimensión perceptible para el auditorio. La idea de espacio para un navegante que enfrenta los mares se expresa en días. El número de días y noches —reales o simbólicos— traza la no­ ción de desplazam iento en el espacio, marca el cambio de un lugar a otro para llegar a un fin, a un punto, a una meta, que no es sólo la del viajero que narra, sino la que el relato mismo necesita para insertarse en el cam po de lo verosímil:

"Tu ánimo se inclina a preguntar sobre mis penas" —dice Odi­ seo dirigiéndose a Alcínoo— “de modo que sufro, m ás abrumado aún ¿qué contaré primero, qué después y qué cosa en último lugar?” (Canto 9, w. 12-15).

"Lo primero que diré es que soy Alguien, tengo un nombre: Odi­ seo, y un padre: Laertes. Mi fama llega hasta el cielo y habito un lugar hermoso, Itaca. Hay allí un monte, el Nérito, y a su alrededor existen muchas islas, ftaca no es una tierra rica, pero es buena criadora de hombres. Una vez que te he dado mi nombre, mi identidad y, por lo tanto, mi confianza para siempre, te voy a narrar mi atormentado regreso. Cuando salí de Troya, el viento favorable me empujó hacia Ismaro, la ciudad de los cicones. Allí obtuve abundante botín y lo re­ partí entre mis hombres de manera que nadie permaneciera sin su parte correspondiente. Una vez distribuido el fruto del saqueo, or­ dené que huyéramos de inmediato, pero mis estúpidos compañeros no me hicieron caso. Se emborracharon en un festín y aprovecharon entonces los cicones para llamar a sus aliados. Eli aquella lucha fe­ roz, murieron seis compañeros de cada nave. Seguimos navegando penosamente, puesto que Zeus levantó el viento Bóreas y las nubes de una inmensa tempestad ocultaron la tierra; arriamos las velas y nos dirigimos a remo hacia la costa. Allí nos quedamos dos noches

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y dos días completos, roían nuestro ánimo el cansancio y el dolor” (Canto 9, w. 74-5). "Cuando nos hicimos de nuevo al mar, el oleaje y el viento nos llevaron lejos de Citera, fuimos arrastrados nueve días sobre el ponto abundante en peces. Al décimo, arribamos a la isla de los lotófagos. Envié una comitiva de marineros para inspeccionar el lugar. Los lugareños, en lugar de matarlos, les dieron a comer loto, las flores del olvido. Y mis compañeros ya no querían regresar. Los arrastré por la fuerza hacia mis naves, los amarré y ordené a mis otros leales marineros que nos apresuráramos a zarpar. No fuera que quisieran comer la flor del loto y se olvidaran del regreso. Llega­ mos a la tierra de los cíclopes, los soberbios, los sin ley, los que viven sin obedecer a los inmortales. Allí fui Nadie".

En el célebre episodio de los cíclopes del Canto 9, varias veces Polifemo inquiere por los nombres de los extraños visitantes que se le han metido en la cueva: "Extranjeros, ¿quiénes son? ¿desde dónde navegan los húmedos senderos?" (Canto 9, v. 252). Odiseo contesta vaguedades y hasta mentiras. Afirma que vienen errantes desde Troya, pues pertenecían al ejército del Atrida Agamenón. Han llegado hasta él para pedirle los dones que corresponde brindar a los forasteros según los deberes consuetudinarios de la hospitali­ dad. Al día siguiente, por la tarde, el monstruo vuelve a preguntar: “Dime tu nombre para que te ofrezca ahora enseguida el don de la hospitalidad con el que te vas a alegrar" (w. 355-6). Y Odiseo, des­ pués de ofrecerle por tres veces el rojo vino que obnubila la mente, contesta: "Nadie es mi nombre y Nadie me llaman mi madre y mi padre y todos mis com pañeros” (w. 366-7).

El juego con el cambio de nombres para confundir al interlocu­ tor es típico en los cuentos populares. Entre la gente de cam po exis­ te la broma de ponerle como nombre "Cual” a un animal doméstico, de modo que si un extraño interroga "¿Cómo se llama el perro?”, la repetición de "Cual” y la reiteración de la pregunta provocan la hila­ ridad de los presentes. En este caso, la burla es más cruel. "A Nadie me lo comeré el último entre sus compañeros y a los otros, antes. Ésta será la hospitalidad” (w. 369-70). La naturaleza salvaje del gigante se hace evidente por la actitud de no querer cumplir con el comportamiento debido a los huéspedes. Por otra parte, beber vino puro, sin mezcla, hasta embriagarse por completo, es indicio claro de brutalidad, de ignorancia absoluta de las normas elementales en los simposios, en los encuentros entre las personas educadas donde se bebe moderadamente y se conversa.

La afirmación de Odiseo de que se llama "Nadie” es funcional para el desenlace del episodio en la cueva del cíclope. Polifemo

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grita, desgarrado su único ojo por la estaca de olivo ardiendo, que entre cuatro hombres, Odiseo el quinto, le clavan en medio de la frente. Los dem ás cíclopes se acercan desde sus propias cuevas cuando escuchan los gritos de desesperación. El poderoso Polifemo vocifera: "amigos. Nadie me mata con engaño y no con sus propias fuerzas” (v. 408). Odiseo y los compañeros que no habían sido elimi­ nados brutalmente por el ogro logran escapar de la cueva, sujetos bajo el vientre de los velludos carneros, para que el gigante —ahora ciego— no los note al palpar el ganado que sale de la cueva. Cuando están suficientemente lejos para hacerse oír sin posibilidades de ser alcanzados, el héroe grita: “Cíclope, si alguno de los hombres mor­ tales te pregunta por la vergonzosa ceguera de tu ojo, debes decir que Odiseo te ha dejado ciego, el hijo de Laertes que tiene su casa en haca" (w. 502-5). El héroe ha recobrado su identidad y ha entrado, con este acto, a la tradición occidental como vencedor de uno de los seres m ás grotescos de la historia de la literatura.

Pero no siempre los cíclopes pastores van a aparecer como monstruos carentes de thémis, de la cordura que regula la convi­ vencia y dicta las normas con que se acoge a un huésped. La poesía alejandrina, en la voz erudita de Teócrito (siglo III a.C.), cantó los amores de Polifemo por Gal atea {IdilioXl) y dio así inicio a la poesía pastoril.28 29 El cíclope enamorado de Teócrito es horrendo, en verdad, con un ojo único en mitad de la frente y una ceja velluda que va de una oreja a otra. Pero sabe entonar dulces canciones de amor y ele­ gir regalos para su amada.

Ruiz de Elvira clasifica en tres categorías a los cíclopes en la mi­ tología. Los primeros son los hermanos de los titanes, hijos de Gea V Urano, según Hesíodo "semejantes a los dioses en todo, menos en que tenían un ojo en mitad de la frente (Teogonia 142-3). Se lla­ man Brontes, Estéropes y Arges, y son los forjadores para Zeus, del trueno, el relámpago y el rayo. Hay que distinguirlos de los cíclopes pastores de Odisea, segundo grupo en el que se destaca Polifemo, Y hay una tercera categoría, los cíclopes constructores de murallas de los que habla Estrabón (Geografía 8.6.1 l).2íl

28 El mito fue retomado en el Siglo de Oro español por Garcilaso de la Vega en su Égloga I y en la Fábula de Polifemo y Galatea de Luis de

Gó agora.

29 Kirk (1990) recoge diversas hipótesis en el capítulo titulado "Los cíclopes”. Una de ellas postula un origen común de las tres categorías y sos­ tiene que lodos ellos proceden de una divinidad del fuego.

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Nos preguntamos con Aristóteles (Fragmento 3.24.172) porqué habría de considerarse a Polifemo un cíclope, pues no le corres­ pondía serlo ni por su padre ni por su madre. En efecto, el mismo Homero afirma por boca de Zeus que Polifemo es hijo de Poseidón, quien mantiene un rencor incesante y obstinado contra Odiseo porque cegó a su hijo, con cuya madre, la ninfa Toosa, se unió en profunda cueva (Canto 1, w. 69-71).

Puede haber una explicación. Conviene recordar que en el ima­ ginario de los pueblos que construyen su historia mediante mitos, cada relato no funciona de modo aislado, sino que forma parte de un sistema. En esta organización espacial que propone Odiseo en su narración, la idea de territorio depende de una semántica que revela lo social, una perspectiva topológica que separa el espacio salvaje del espacio civilizado. Los hombres feacios habitaban antes “la espaciosa Hiperea, cerca de los cíclopes, hombres soberbios, que los saqueaban, pues eran m ás violentos” (Canto 6, w. 4-6). El náufrago itacense está manifestando ante la audiencia feacia, que lo ha recibido en el palacio con puertas de oro y le ofrece manjares exquisitos y delicioso vino: yo me identifico con ustedes, yo soy Alguien, soy un hombre civilizado que agradece los dones de la hospitalidad, y aunque llego desnudo a esta morada, tengo casa y hacienda, y merezco las prerrogativas de un rey.

b. Viaje a l país de los muertos

Los confines del mundo en Odisea están marcados por Océano. A su orilla está situado el país de los cimerios, quienes viven entre nieblas y nubes. Allí no brilla nunca el sol ni cuando sube al cielo estrellado, ni cuando vuelve del firmamento a la tierra; una noche maligna se extiende sobre los míseros mortales. Y más allá del Océa­ no, están, según Hesíodo, las Hespérides de voces sonoras y cerca de éstas, las Gorgonas (Teogonia, w. 274-5). Más allá de los límites del mundo está el Hades. Con este mismo nombre se denomina al rey del lugar, soberano de los muertos, quien, con su sobrina y espo­ sa Perséfone,30 gobierna un país al que no se puede acceder sin los convenientes sacrificios rituales.

30 En latín, Proserpina, Hija de Zeus y Deméter que es raptada por Ha­

des mientras recogía flores en tierras de Sicilia. Zeus le concedió a Deméter

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Odiseo debe navegar atravesando el río Océano para llegar al Hades, donde, por boca del adivino ciego Tiresias, sabrá cómo vol­ ver a ítaca. Es posible que el nombre del Océano se remonte a los pueblos del vecino oriente, aquellos asentados cerca del Nilo o en la M esopotamia, poblaciones que vivían en un mundo de dilatadas extensiones continentales, recorridas y separadas por grandes co­ rrientes de agua. Siempre ha existido en el imaginario colectivo la idea de una cantidad de agua que aísla el más allá de nuestro pro­ pio mundo. El arribo al país de los muertos es un tópico difundido ampliamente en la literatura.31 Frecuentado en la Antigüedad por autores como Virgilio (s. I a.C.), recorre el medioevo hasta encon­ trar una magnífica expresión religioso literaria en Dante Alighieri (s. XIII). Ha permanecido en la historia de la cultura la creencia de que hay que "atravesar" algo para pasar al mundo de los muertos. El paso definitivo, el umbral concluyente, la puerta divisoria entre la vida y la muerte, es el límite que no se puede traspasar sin riesgo, aunque m ás allá de él esté la única verdad.

De la boca de Circe va a escuchar Odiseo que debe emprender un viaje a la m orada de Hades y Perséfone, antes de volver a su tie­ rra, para consultar el alma del tebano Tiresias, adivino ciego, cuyas facultades se conservan íntegras aún después de muerto. "Hijo de Laertes, del linaje de Zeus, Odiseo, fecundo en ardides, no sientas necesidad de alguien que guíe tu nave: coloca el mástil, extiende las blancas velas y quédate sentado, que el soplo del Bóreas32 conduci­ rá la embarcación. Y cuando hayas atravesado el Océano y llegues a una playa estrecha, con bosques consagrados a Perséfone, elevados álam os y estériles sauces, amarra la nave en el Océano, de profun­ das corrientes, y dirígete a la tenebrosa morada de Hades. Allí el Piriflegetón y el Cócito —un arroyo del agua de la laguna Estigia—,

ingerido unos granos de granada no pudo ser rescatada definitivamente. Es así que pasa la mitad del año en los infiernos, es decir, bajo la tierra, y la otra mitad, sobre ella.

31 Son algunos de los tantos ejemplos Pedro Páramo de Juan Rulfo, El

obsceno pájaro de la noche de José Donoso, Una temporada en el inferno de

Rimbaud, BeyongDeath's Door de Maurice Rawlings, el capítulo del infierno de Schultze en Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal o el entierro de Paddy Dignam en Ulysses de James Joyce, entre muchos otros.

32 Viento del norte. También tiene su mito propio: es hijo del titán As- treo (El de las estrellas) y de Eos (Aurora). Los atenienses establecieron un culto oficial para él después que los ayudara a destruir la flota persa en el cabo Sepias en 480 a.C.

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llevan sus aguas al Aqueronte; hay una roca en el lugar donde con­ fluyen los dos sonoros ríos" (Canto 10, w. 504-15).

Como se ve, para los griegos, el mundo de los muertos está separado del lugar de los vivos por extensiones de agua difíciles de mensurar: la laguna Estigia (la Abominable) o el río Aqueronte (el Desdichado), todos los cuales se deben atravesar en una em­ barcación. En el Hades había adem ás otros ríos: el Piriflegetón (el Portador de fuego) y el Cócito (el Sollozante). También se suele mencionar el Leto (el del olvido).33

Después de navegar toda una jornada, llegaron Odiseo y sus compañeros hasta los confines del Hades. Perimedes y Euríloco so s­ tuvieron las víctimas del sacrificio, un carnero y una oveja negros, animales oscuros, apropiados para las divinidades subterráneas a quienes se pretendía invocar. Odiseo desenvainó la espada y abrió un hoyo cuadrado de casi medio metro por lado. Hizo alrededor del pozo una libación a todos los muertos, primero con aguamiel, lue­ go con vino y la tercera vez con agua y espolvoreó todo con harina blanca. Acto seguido, suplicó con fervor a las cabezas inertes de los muertos y prometió que, cuando llegara a ítaca, les sacrificaría en el palacio una vaca que no hubiera parido, la mejor que tuviese, y llenaría además la pira de cosas excelentes. A Tiresias le inmolaría aparte un carnero completamente negro, el mejor del rebaño.

Obsérvese que los sacrificios, en la épica homérica, expresan la renuncia a un volumen importante de los recursos alimentarios, ios más preciados y valiosos para la comunidad. Las potencias divinas, gracias a estas ofrendas, responderán —se supone— con benevo­ lencia y prosperidad para el héroe y su grupo. La comida sacrifi­ cial, tanto ésta, que se ofrece a las divinidades infernales, como la prometida para un futuro que se pretende promisorio, se realiza en todos los casos para inaugurar o concluir una actividad en la que se busca el favor de los dioses, no para lavar culpas o pedir perdón por errores o imprudencias del pasado.

Después de haber rogado con votos y súplicas al pueblo de los difuntos, Odiseo toma las reses, las degüella encima del hoyo; em ­ pieza a correr la negra sangre y al instante se congregan, saliendo del Erebo, las almas de los muertos: mujeres jóvenes, muchachos, ancianos sufridos, tiernas doncellas y muchos varones que habían

33 En ios mitos de distintos héroes existen otras puertas de acceso a los infiernos, tales corno las cavernas deTénaro, en Esparta, o la deTrecén, cer­ ca de Atenas, presentes en los mitos deTeseo, Pirotoo y Heracles.

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muerto en la guerra, todavía con las armaduras ensangrentadas. Se agitan todas con gran estruendo alrededor del pozo, y el terror se apodera de todos los presentes. Odiseo da orden a los compañeros de que desuellen las reses y las quemen inmediatamente, haciendo votos al poderoso Hades y a Perséfone. Luego, desenvaina la espada y no permite que las cabezas inertes de los muertos se acerquen a la sangre antes que haya interrogado a Tiresias.

Una especie de broma macabra le juega la suerte a Odiseo. En lugar de la figura ilustre de Tiresias. la primera que se acerca a beber la sangre es el alma de un compañero, Elpénor, muerto en la morada de Circe, a quien no habían podido sepultar ni llorar por haber partido apresuradamente. El inesperado difunto cuenta una historia grotesca: estaba borracho en la parte superior de la casa y se olvidó de bajar por la escalera, se cayó del techo y se rompió el cuello. Elpénor le ruega y obtiene la promesa de Odiseo de volver a la morada de Circe a enterrarlo. Le pide que queme primero su cadáver y le levante un túmulo junto al mar, y a falta de arm as hon­ rosas, hinque sobre la tumba el remo, que era en vida la prenda de orgullo del remero. Los rituales para despedir a los muertos fueron básicamente los mismos durante siglos. En Grecia se creía que, cuando escapaba la vida “del cerco de los dientes”, lo único que permanecía era una especie de sombra, semejante a una imagen onírica, que podía adquirir fuerza si consumía sangre o bebidas energéticas como agua con miel o vino. En los versos de Homero, Elpénor no toma vino ni sangre para poder comunicarse. Simple­ mente habla. Es que está recién muerto, y reclama que se le realicen las ceremonias fúnebres, de inhumación e incineración, impres­ cindibles para acceder con cierta paz al otro mundo. Los cuerpos que no recibían sepultura vagaban errantes y no podían alcanzar su lugar en el mundo infernal, aunque éste no fuera m as que un lugar de tristes espectros sin sosiego.

Después de prometer Odiseo a Elpénor las indispensables hon­ ras funerarias (para lo cual tendrá que retomar a la isla de Circe), ve aparecer el alma de su madre. La había dejado viva en Itaca, antes de partir hacia Troya, e inesperadamente se la encuentra en el Ha­ des. Llora al verla, pero a pesar del profundo dolor, no permite que se acerque a la sangre antes de interrogar a Tiresias.

Bebe el mítico adivino ciego la sangre de las víctimas del sacrifi­ cio, toma fuerza y vaticina el futuro. Poseidón hará difícil el regreso del héroe. Está muy irritado porque cegó a su hijo Polifemo. Aún así llegará a la patria después de padecer muchos trabajos. Cuando llegue a la isla Trinacria verá pastando las vacas v ovejas de Helios,

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el dios Sol. Si las dejan indemnes, si no las Tocan por m ás que ten­ gan hambre, seguirán viaje. Si se comen las vacas del Sol, Odiseo perderá las naves y a todos los compañeros. Habiendo perdido todo, llegará tarde y mal a su propio palacio donde lo espera otra plaga: unos hombres soberbios que devoran sus bienes y pretenden casarse con su esposa. Llegará Odiseo y dará muerte a esos preten­ dientes. Después de la venganza, deberá tomar de nuevo el remo, y llegar al país de los hombres que nunca vieron el mar, ni comen manjares sazonados con sal, ni tienen noticia de los remos que son las alas de los buques. Cuando encuentre a otro caminante que le señale que lleva una horquilla de labriego en el hombro, debe clavar en tierra el remo y hacer a Poseidón el sacrificio de un carnero, un toro y un cerdo grande, después deberá volver a su casa y realizar una hecatombe.

Una vez que termina de anunciar las profecías, Tiresias regresa al Hades y se acerca la madre de Odiseo, Anticlea, la hija de Autó- lico, a beber la negra sangre. Las palabras de la anciana muerta son estremecedoras: “hijo mío ¿cómo has bajado a esta oscuridad tenebrosa si estás vivo? Difícil es, a quienes viven, contemplar estos lugares, separados por grandes ríos y terribles corrientes y, antes de todo, por el Océano, que no se puede atravesar a pie sino en una nave bien fabricada. ¿Vienes acaso errante desde Troya, después de mucho tiempo en el bajel con los compañeros? ¿Es que todavía no llegaste a ítaca, ni viste a tu mujer en el palacio? (Canto 11, w. 155-62).

Existen dos términos técnicos para designar el viaje a los infier­ nos: katábasisy nékuia. El primero implica el concepto de "descen­ so”, el prefijo katá indica en griego “hacia abajo", por oposición a

and, que es camino "hacia arriba”. Se puede usar en sentido literal

"la bajada (katábasis) del monte era más corta” (Heródoto 7, 223} o, en un relato de contornos míticos, con el significado de “descenso a los infiernos”. La narración de Heródoto34 (1, 122) sobre el rey Rampsinito da cuenta, porque lo ha escuchado de otros, que bajó vivo al lugar donde se creía que vive Hades, rey de los infiernos, y

34 Historiador griego (490-425 a.C.) denominado, por Cicerón primero y otros después, el “padre de la historia”, puesto que describe la guerra del pueblo griego contra los persas con una gran capacidad de análisis, y perci­ be con agudeza las consecuencias que el enfrentamiento bélico tendría para el desarrollo futuro del mundo mediterráneo. Su obra lleva el título de Los

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jugó a los dados con Deméter; le ganó unas manos y perdió otras; volvió a salir de allí con una servilleta de oro que la diosa le regaló. Pudiera ser ésta una alegoría de las buenas y las malas cosechas, so­ bre las cuales ejerce el patronazgo Deméter, la madre de Perséfone. Puede ser también que el origen del mitema,35 tan frecuente en las culturas occidentales agrarias, sea la representación del sol, señor del tiempo, que debe descender al mundo inferior durante un lapso y reaparecer en el amanecer del día siguiente, renovado, después de haber superado con éxito la confrontación con las fuerzas inferna­ les. En el contexto de los mitos, siempre el descenso a los mundos inferiores es un episodio puntual, que se suscita por varias razones, en especial, una razón soteriológica: encontrar a quien prediga el camino de la salvación o el regreso al oikos patriarcal. La primera parte de Eneida de Virgilio termina con el descenso de Eneas al in­ fierno (Libro sexto).36 En ese mundo de som bras encuentra los espí­ ritus de diversos personajes, pero es la palabra del padre, Anquises, la enunciadora de una visión profética sobre los descendientes de Eneas.

Los descensos no están nunca exentos de un contenido ideoló­ gico o filosófico, siempre se presentan teñidos de una concepción determinada acerca de la vida de ultratumba, aun cuando la inten­ ción no vaya m ás allá de una catarsis personal o una purificación individual.37 La condición es que el héroe descienda vivo a los in­ fiernos, y desde allí, vuelva al mundo de los mortales. Los ejemplos son innumerables en la Antigüedad: es el caso de la Innana sume- ria, del Maiduk babilónico, del Osiris egipcio, del Megistos Kouros cretense y del Attis frigio.38 En la mitología griega también abundan

35 N.E.: La noción de mitema, introducida por Lévi-Strauss, puede ser definida, por analogía con la lingüística estructura] de Ferdinand de Saussure, como la mínima unidad de análisis en la que un mito puede descomponer­ se. Cf. Lévi-Strauss, C. 1995. Antropología Estructural. Paidós. Buenos Aires.

36 Cf. Galán, L 2005. Virgilio. Eneida. Una Introducción Crítica. Santiago Arcos editor. Buenos Aires.

37 Gilgamesh, el protagonista de la epopeya sumeria del mismo nom­ bre, que se remonta al tercer milenio a.C., invocó a Nergal, el dios de los in­ fiernos para que su amigo Enkidu pudiera salir de las tinieblas del submun­ do adonde había caído por accidente. Cuando después de mucho rogar, la divinidad infernal da su consentimiento, el espíritu dei compañero escapa de ios infiernos como una ráfaga por un agujero en el suelo.

38 Innana, diosa del amor y la fecundidad, cuyo nombre aparece ya en tablillas del 2100 a.C., es la divinidad más importante de la antigua

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Mesopo-episodios de esa naturaleza, referidos a Orfeo, Heracles, Teseo, los Dioscuros, Perséfone y, como estam os viendo, Odiseo. La bajada de la diosa sumeria Innana39 tiene muchas similitudes con el descenso de Orfeo en busca de su reciente desposada, Eurídice. A Innana la impulsaba el deseo de rescatar de la muerte a su am ado pastor Ta- mmuz. Es frecuente el descenso por el impulso vehemente de saber qué pasa con el am ado ausente. A Odiseo lo em pujaba el anhelo de conocer qué sucedía en la casa con su esposa legítima, Penélope.

Ahora bien, el término que corresponde a este viaje de Odiseo al Hades es nékuia y no katdbasis. No hay en realidad un descenso al inframundo —las ánimas “suben” a comunicarse con él—, ni hay tampoco una posterior salida, es decir una anábasis o resurreción. Los paisajes que conforman el mundo de la muerte y tienen sus raíces míticas en las culturas mesopotám icas (súmero-acadias y asirio-babiíónicas] presentan un espacio que separa la tierra de las aguas primordiales y es designado con el nombre de Kur, Arallu, Kingallu o Insirtu, lugar de residencia de los difuntos y de algunos dioses, al que generalmente se llegaba atravesando un lago en una barca tripulada por un barquero aterrador. La voz nékuia fue usada por primera vez por Plutarco40 para designar justamente este epi­ sodio del Canto 11 de Odisea. Tiene la m isma raíz de nékus, forma antigua de nekrós, es decir, “muerto”. Las palabras de respuesta de Odiseo a Anticlea son una síntesis del profundo pesar del navegan­ te que ha perdido el camino del regreso: “madre mía, la necesidad me ha traído a la morada de Hades, a consultar el alma del tebano Tiresias; aún no me he acercado a Acaya ni he tocado nuestra tierra, voy siempre errante y padeciendo desgracias desde el día en que seguí al divino Agamenón a Ilion, la de hermosos corceles, para lu­ char con los troyanos” (Canto 11, w. 164-9). El espectro de la madre

tamia. El nombre de Marduk aparece unos 500 años después, en el poema

Enuma Elish, adaptación tardía, babilónica, de una tradición sumeria. Osi-

ris, primero rey y luego dios, encarna la vegetación que siempre vuelve del mundo de los muertos, luego de ser descuartizado por su hermano Seth, representación de la sequía. Megistos Kouros {Gran loven) fue la manera de invocar al hijo de Kronos y Rea (Zeus) en Creta, dios anual, cuya muerte y re­ surrección traen la fertilidad a la tierra, del mismo modo que Attis, dios que nace en Asia Menor y pasa al panteón griego como hijo y esposo de Cibeles.

39 Innana será más tarde la Isthar asiria, la Astarté fenicia, la Ashtoret siria, la Hathor egipcia y la Afrodita griega.

1,0 Véase De cómo debe el joven escuchar a los poetas 16 f ss. y Cuestiones

Referencias

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