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En cumplimiento de la Real orden de 6 de DEL ILUSTRISIMO SEÑOR PASTORAL

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(1)

U H t

PASTORAL

DEL ILUSTRISIMO SEÑOR

JUAN NEPOMUCBNO DE LERA T CANO O^ISPOiyÉSAÍiÉiéSTÉÚ

; - _ .^V U e ? .íto

.-^p .v iix - » o í\V30v.r

En cumplimiento de la Real orden de 6 de

r /u/lO á tí é íW

. ^ 1 :--'éOUÜ1 i /. «S «O.ü»^

« &

Dirigida X to s Prelados del Reino.

B A R B A S T R O :

OliaN A DE

isidro

ESPAÑA.

(2)
(3)

NOS D. JUAN NEPOMUCENO DE LERA

Y CAÑO POR LA GRACIA DE DIOS , Y DE LA SANTA SEDE APOSTOLICA OBISPO DE BARBASTRO DEL

CONSEJO DE S. M. & C .

A l venerable Clero secular y regular de nuestra Diócesis, y á nuestros amados Diocesanos, Salud

y paz en N* S. J- C,

T ^ s necesario tener corazón de bronce para no enterne­

cerse al oir ó leer las expresiones, con qne el R E Y N. S.

explica el dolor que le causa la considei ación del deplo­

rable estado, en que se halla la nación amada , á que el ci^lo le destinó para la felicidad de sus fieles vasallos.” Los , , males y dice en su circular de 6 de Julio ultimo dirigida

„ á los Prelados del Reino, /ojwja/M, que aquejan a la ,, desgraciada España de veinte años d esta parte, la succe- ,, sion y variedad de gobiernos , la guerra, la hambre, la ,, peste3 y trastornos políticos acaecidos, parece que han perpetuado sobre esta parte escogida de la tierra los , , odios 3 las disensiones y las venganzas entre las familias^

No puede dudar S. M. que la fuente amarga de todas estas desgracias es el pecado , leyéndose en los Prover­

bios: que el pecado es el que hace miserables á los pueblos.

Y si nos detenemos á meditar un poco sobre los Libros santos, hallaremos que no solo en general sino que cada uno de estos castigos en particular traen su origen del pecado. El abatimiento de las Monarquías, la destrucción de los Reynos, y el trastorno de los Gobiernos ¿ de don­

de ha nacido? ( i ) Las sequedades obstinadas, y aires ( i ) Eccles, 10 s.

(4)

h . (4) .

abrasadores, que quemando Jqs mieses, y los frutos de los campos, hacen a los cielos de bronce paraque no caU do " s f lo fcn f Jos ha causa- h SI las pestes, si las guerras mudan en teatro de horror, y de desolación Jas Provincias mas florecientes, no hay que buscar otro origen que el pecado.

Todo esto lo tiene bien meditado el R ey; pero lo que llena de amargura su real corazón es que castigados con tantos males, como hemos visto sucederse en elcorto cir­

culo de pocos anos, y quando esperaba que sus amados vasallos dispertísen del letargo, en que yacían, dando gracias al Altissimo por no haber sido consumidos en me- d o de tantos desastres, ve que sucede to(?o lo contrario;

mismo en que la espada del

^ ^ dejando de derramar la sangre Española, y en el que ha callado el ronco ruido ael canon, se ha levantado otra guerra, aue pretende íerpa/uar sobre esta parte escogida de la tierra ¡es odios tas divistones y ¡as venganzas entre ¡as familias. Esto es.

nn corazón; esta es la guerra

n lv para que reyne entre sus vasallos una ellos inestinguible , que haga de todos corazón, y una sola alma, como de los pri-

^ v a J° leamos en los hechos apostólicos. ^ ved ahí a lo que se dirigen todos los conatos del Rey.

y para conseguir tan interesante objeto, confado S . M en ¡a influencia que ¡os M . RR. Arzobispos, y RR. Obispos *

Y pueden tener en la co^ilia.

cwn dé los ánimos solamente cqn inspirar á todos los Espa.

Tdo ^ ’^dximas de nuestra Santa Religión, toda de P a z, de unión y mansedumbre’, y apesar de %íar tjas principales ocupaciones, como lo ha sido en efecto.

orfínriWe de un modo tal como

‘ e merece ¡a grandeza del objeto. Asique es su voluntad st

(5)

x r

(5) ,

^M jan Tastoralts á los fieles inculcando estos principies, como los de la ciega obediencia á los mandatos de S. M . sa pobíerno, y autoridades constituidas , procurando mantener la tranquilidad y orden público-, haciendo ver, que solo asi podran ser felices, y llamarse católicas y adictos al RET.

Ved ahi en resumen cuales son las miras del Rey en la circular qu nos dirige, y cual ha de set el principal obje- to de nuestra Pastoral. , . i

Nada os diremos de nuevo: penetrados de los mismos .sentimientos que nuestro amado R e y j y conociendo que sino se reprimian las pasiones j y la exáltacion de algunos, llenos tal vez de buen ze lo , aunque imprudente, podría llegar el caso, de que los odios las disensiones, las divi­

siones y venganzas se substituyesen á la guerra desastrosa de que acabábamos de salir; y cumpliendo asimismo los encargos repetidos de S. M. de que procurásemos por todos los medios posibles la unión, la paz, y buena armo­

nía entre todos sus vasallos, á quienes miraba como hijos, sin excluir á los mismos que le habian ofendido, os he- m oí hablado muchas veces sobre esta materia, recordar!, doos el singular precepto que nos dejó nuestro S. J. C. de amarnos mutuamente: Este esy dijo, mi mandamiento qae os améis unos á otfos ( i ) . Y á la verdad, nada hay que muestre tanto la obligación estrecha de amar a nuestro próximo como este mandamiento que el Señor nos impu­

so como el primero y máximo de todos, como Ja sustan­

cia de toda la ley, y como un estrado de quanto enseñaron los Profetas, como lo protesta el mismo J. C. diciendo:

Amad a vuestros próximosy haciendo con ellos lo que quiste^

reís se hiciese con vosotros^ porque á esto se reduce el con»

tenido de la Ley y los Profetas ( i ) . Y en otra parte: Ama^

rás á tu Dios con todo tu corazón ^ con toda tu alma^y con toda tu mente j que es el primero y máximo de los manda~

(i)Joatm» 2g. 14). (2 ) Matb, c- 7 12.

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miemos, siendo el secundo semejante á este: Amaras á ta pTiximo como á ti mismo, en cuyos dos preceptos están apo^

yados ja ley y los Profetas. Pero son dignas de especial reflexión las palabras con que el divino Redentor quiso declarar este mandamierKo, pues no contento con haber dicho este es mi precepto que os améis unos á oirosj aña­

dió: mandatum novum do vobis ut diligatis inviceH(i') • Por ventura no eran también suyos los demas preceptos del Decálogo? ¿como llamó este mandamiento suyo y por que lo llamo nuevo? ¿no obligaba taénbien en la ley an- r ín esta dificultad los espositores diciendo con ios bS. PP. especialmente con S. Agustin y Sto. Tho- xnas que es nuevo en su causa, y nuevo en sus efectos:

es nuevo dice Sto. Thomas, porque constituyela diferencia del antiguo y nuevo Testamento; y es nuevo dice S. Agus­

tín porque rmueva los hombres : Asique queriendo el Re­

dentor que la ley nueva se distinguiese de la antigua, por Ja suavidad y dulzura, siendo divisa de la antigua el te­

mor , quiso que el amor fuera carácter particular de la nueva ; desando que sus discípulos formaran un pueblo lluevo en J. C que fuese una nueva criatura, como la lia-

^ conseguir esta transformación que tanto había deseado, se valió del precepto del amor; Y esta es la razón porque á este precepto lo llamo suyo, y nuevo por haber íundado sobre él la novedad de la lev.

y la novedad de su pueblo; de donde nace la obligación!

que tenemos de cumplir este precepto ya como suyo , y ya como nuevo: asique no solo estamos obligados a amar al próximo, sino á amarlo de modo que este amor distín­

ga al cristiano del que no lo es.

Inferid de aquí, amados hijos, cuan puro, cuan ardien-

? Sincero, y cuan desinteresado debe ser nuestro amor al próxim o, si hemos de cumplir con este divino ( i ) Joann, c. 13 3 ¿ ~

(7)

precepto en toda su extensión; porque amar al que nos

(7 )

ama, al que nos hace bien por sus beneficios, y al virtuo­

so por su virtud , no será este un amor que distinga al cristiano del que no lo es; pues también el Gentil acos­

tumbra á seguir en el amor la inclinación del apetito, los estímulos del agradecimiento, y la belleza de la virtud, y por esto decía J. C. á sus discípulos: 5i ornáis á los q’*e os aman y ¿que mas hacéis que los gentiles y publícanos'^

Amar como cristianos es amar á cada uno de los hombres sea pobre ó rico; noble ó plebeyo; infeliz 6 afortunado;

domestico ó estrafío, es decir mirarlos como hijos de un mismo Padre, que está en los cielos y como miembros de un mismo cuerpo, que tiene á Cristo por cabeza: consolán­

dolos, sise ven afligidos, socorriéndolos si están necesita­

dos; reduciéndolos al verdadero camino si se han extra­

viado; compadeciéndose de sus miserias; alegrándose de su fortuna; promoviendo sus intereses, y dándoles en to­

da ocasión pruebas seguras de un verdadero amor. En esto, decía J. C. á sus discípulos, conocerán los hombres que sois discípulos miosy si os amais los unos á los otros. Es­

te es el carácter digno y distintivo de un discípulo de J. C .: por él se hicieron conocer de los mismos idolatras los fieles de los primeros siglos, según !o dice Tertuliano.

Eos veian tan cuidadosos de asistirse con mutuos auxilios, tan unidos de corazón, tan conformes en sus sertimien- to s, tan acordes en su voluntad, y tan empeñados los unos en favor de ios otros que no pudiendo comprender esta conducta los enemigos del Evangelio, yed decían atónitos, ved como se aman los cristianos. VideU quomodo se diligant, Y si uno de aquellos hubiera piegurtado á un cristiano ¿ porque se amaban con tanto esceso? le habría respondido: que era este el carácter distintivo de los disci^

pulos de Jesús crucificado^ y que su amor no paraba en estOy sino que se estendia también á los mismos Gentiles, aunque enemigos de su Rtligion; y aun á los que persíguian á sus mismas personas»

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( 8 )

Así habría respondido un cristiano de aquellos príraerdf siglos; ¿pero duran todavía siglos tan felices? ¿el pre­

cepto de ia caridad se observa en nuestros tiempos, como en los primeros, y como lo manda Cristo ? ¿ Si viniera á nuestras Ciudades y pueblos un idolatra pudiera distin­

guir nuestra ley de la suya por nuestro mutuo amor?

I Oh quanto tenemos que n o ! y que dando una ojeada por todas partes diría: ? adonde esta aquella caridad que tanto admiraba á los antiguos Gentiles? Y o miro y veo en las familias hermanos encontrados, y llenos de rencor por viles intereses; veo entre los parientes ánimos exaspera­

dos por vagatelas; veo entre los nobles y militares resen- tímientos y desafíos poruña palabra picante; veo á los conciudadanos y convecinos armados unos contra otros, y llenos de odio, y de venganza por cosas, que debían olvi­

dar sepultándolas en perpetuo silencio ¿Sera por ventura caridad aquel huir de encontrarse con algunas personas por no dar ó recibir un á D/oj? ¿aquella facilidad de pensar y hablar mal del próximo sin el menor motivo?

ylo serán los odios declarados , las tramas ocultas, y las venganzas secretas? ¡A h que si el Evangelio no enseña otro amor á sus seguidores, ó no aman los cristianos á su próxim o, ó lo aman como nosotros. Asi hablaría el gentil si quisiera inferir de el amor que se practica con el próximo , el amor que se nos manda.

Pero pasemos adelante, y pongamos los ojos sobre lo que tanto ha llamado la atención del R ey, y aflige su re­

al corazón: que son los odios, las disensiones, y las ven­

ganzas entre las familias , que se han hecho cuasi comu­

nes en todas las Provincias. ¿ Y cual es la causa de esta inundación tan general, y tan detestable? Y a lo indica con harta claridad la Real órden comunicada. E l Eey N, S. dice apesar de haber sido el primero á perdonar á' todos^ los que con tanto encarnecimiento kan atacado sus ¿íff- rcebosf y aun vulnerado de un modo inaudito su sagrada

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persona, v¿ con el mr.yor disgusto, que no le

(g)

sus

amados vasallos , que seducidos, engañados , y

los meiores fines caminan á su ruina y destrucción. bi .os nñp nororeciamos de Realistas consideramos con aten­

ción estas^exptesiones del Rey ellas solas deberán ser su-

•ficientes para estinguir el deseo de venganza , y

les castÍEOS, que se abrigan en el corazón de algu 3 • ducidos^al vez y engañados por un ^elo indiscteto e^m- .prudente, y acaso con los ^^jores fines^ el

muchos de estos zelosos no ss les excite el ^ ganza, sino por la pública vindicta, y para evdar, nifTla catástrofe que tanto nos ha hecho padecer, d p a la t^ p a ra editar qoe esos hombres orgul osos que

tan criminalmente levantaron su cabeza

el Trono vuelvan á reproducir su infernal proy . pensarán los que solo hablan de P" ""^ ‘°"ontra L r r o s perpetuos, y de otros f ; ‘ ‘| “ ,bamos los comprendidos en la fatal involución, de que acabamo^

de salir; pero este SU modo de pensar jserap . . el mas sabio y prudente, y el ¿^a ‘^ o Religión ? Comparémoslo con el del Rey. S. M. . prim eo á dar egemplo de perdonar “

zados enemigos j y habra entre los v , , u „ p^.

quien se resista á imitar tan noble ° á

glicó una ammistía general " x -

eeptuados solos aquellos que la I^ R e y na pedían se exceptuasen por la vindicta pub ica. W Key ha exottado en diferentes reales ordenes a que olvidado todo lo pasado haya unión, paz, y tranq hilos, de-

¿os sus vasallos, porque á todos los anw J seando el bien y la felicidad de todos. Y si el Y

ortado á esta unión y reconciliación ^ Jog qpe

repetidamente ¿como podran ‘ p p^to-

no quieran cooperar á estos sus deseos. ¿ Q B

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( l o )

curen ponerlos en ejecución ? ios que se atrevan á decir que el Rey no ha hecho bien en perdonar á los extravia­

dos? ¿los que murmuren ó hablen mal de estos decretos!

Los que asi se conducen I jos de promover el am or, el respeto y la veneración, que se debe á sus reales orde­

nes , y á las disposiciones de su legitimo Gobierno, son sus enemigos; que bajo el pretexto de zelo atacan sus dis­

posiciones, motejándolas de poco sabias de poco pruden­

tes y de poco meditadas; pero vuelvan sobre si estos cen­

sores impmdenies, entren en las razones, y motivos asi cristianos como políticos que han movido el Real ánimo para proceder asi, y hallarán que S. M. ha hecho lo que debe como cristiano, y como buen político.

Como Cristiano sabe, que entre los actos de la caridad el amor de los enemigos es el mas arduo, y el mas digna de un R e y , haciéndose semejante á D ios, y mas seme­

jante á su hijo hecho hombre. Nada mas propio de la di­

vina bondad, que perdonar los ofensas que se le hacen.

Queriendo ei Rey David hacer bien á Ja familia de Saúl su fiero enemigo, que tantas veces había intentado quitar­

le la vida ¿ha quedado, preguntó, alguno de la casa de Saúl para exercitar con él la misericordia de Dios? Nunquid superest alíquis de domo Saúl, utfaciam cum eo misericor^

áiam I)ei^ (i^ ¿ Y porque llama David este acto de cle­

mencia, que quiere usar con la casa de su mayor enemi­

g o , misericordia de Dios? no por otra cosa, sino porque el perdonar á-lps enemigos es como una prerogativa pro­

pia de sola la divinidad. Hay mas todavía: una alma be­

nigna con el enemigo, no solo S;e hace semejante al Padre celestial, sino que contrahe una semejanza particular con el Divino Hijo que viviendo en este valle de lagrimas, en nada manifestó mas su mansedumbre qut en perdonar las injurias desús enentigos» Dad una ojeada á su vid a , y ( r ) M b* Reg, 9« 3-

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( 1 1 )

¡;T s a L ^ 1 ° » ~ A “ "

de ningaa modo: sino q ^ todo lo P - d ^ , > ^

W a i B E r n m

y m i l | o s ..o . Vé á . . . . Rey « •« "'“ g ¡ .'“ í ’ “ ;

í r p r . = . ' - “ K / f = ^ ^ ^ s ; . ? r r : . r ; r ¿ r £ ^

íon las disposiciones de mi coraíon para con «"'s e"^® ' K05, ypara que los amantes de mi heal Persona se contor- lien

IL

eUas perdonando á todos =us en"®‘Sos V » dejando á Dios la venganza de sus delitos. De este mout»

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( I 2 )

manifestarah la caridad propia de un cristiano mandadá por J. C. cuando dijo: amad á vuestros enemigos y haced’- les bien á los que os aborrecen ¿Podía el Rey hacer otra cosa considerándose cristiano discípulo de Jesu-Cristo?

¿Pues que diremos de este perdón si se mira con ojo*

políticos? Hay ciertos delitos comunes á una multitud sin que sea fácil discernir siis verdaderos autores. No se duda que haya delincuentes dignos de los últimos supli­

cios; pero también se notan otros que aunque hayan con­

currido lo han hecho sin advertencia^ por indiscreción >

por debilidad, y como llevados por el ímpetu de una re­

volución; como sucede en una grande inundación de abundantes lluvias que desprendiéndose peñascos de gran mole de las alturas de los montes, y bajando á los valles que se hallan inundados de la avenida de Jas aguas, impelidos de la fuerza de estas corren sin detenerse des­

truyendo y talando cuanto se les pone por delante en las campiñas, JJevantío en pos de sí las piedras mas peque­

ñas qué concurren realmente con las gruesas á la debas- tacion, y los extragos; sin que estos se imputen mas que á los gruesos peñascos que se miran como el origen y icausa de todas las ruinas. L o mismo ha sucedido en la revolución, que tantos males y desgracias nos ha causa­

do, llegando su Ímpetu hasta atropellar la persona sagra­

da del R ey, objeto el mas caro de nuestros corazones. Ha habido criminales que se han distinguido por su fiereza y Obstinación , fáciles de discernir como los motores de lamaños males; pero én pos de estos, y llevados del ím­

petu de la corriente ¿cuantos hay que han concurrido á la debastacion, sin advertir los daños é injurias que causa­

ban á su Patria y su R :y? ¿ cuantos otros que creían hacer un bien asi al R ey como á la Patria? Los Autores ver­

daderos de Ja revolución fueron tan astutos, y supieron encubrirla con tales circunstancias que aun personas de capacidad que no estaban iniciadas en sus misterios, no

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t i3 )

Ilésároh á advertir el objeto á donde dirigían sos tramas, y aun creyeTon que en adoptar ciertos cargos , y en cum­

plir las ordenes dirigidas por los agentes del Gobierno no hacian mas que obedecer y cumplir la voluntad del Rey.

En tales circunstancias, y pasado ya él

revolución ¿que deberá hacer un Soberano Poliu cof i Deberá medirlos á todos con una misma vara ? juzga- mos que no. Castigúense en horabuena cómo deben ser castigados los mas criminales cabezas que han dado el escándalo, llevándose en pos de sí á la multitud; pero perdónese á esta que ha sido como arrastrada, e inducida al mal no por obstinación, sino por flaqueza, y devilidad;

abozándose asi ia misericordia con la justicia; y dándose la iusticia y la misericordia un osculo de amistad, segua la expresión del real Profeta ¿ Y no es esto lo mismo qué ha practicado nuestro amado Rey? Dio un indulto gene­

ral perdonando á la muchedumbre de sus vasallos que habian concurrido cada uno á su modo á la revolución;

pero al mismo tiempo exceptuó del perdón á los que por la grandeza y notoriedad de su crimen pedia la Justicia y vindicta publica fuesen castigados, dando así la paz como Padre de sus vasallos, y sin abandonar la justicia propia del carácter de Rey. Asique justitiaet pax esculata íunt.

¿Puede darse un perdón mas político ?

Consideremos ademas, que nada hay tan propio del carácter de un Rey como la clemencia este solo titulo alentó al Rey David para inclinar el corazón de Dios a que tubiese misericordia con é l, y le concediese cuanto deseaba; Memento^ Domine, David et omnis mansuetudinis éjus. Y el mismo Cicerón ( i ) aunque Gentil conoció la grandeza de esta virtud, diciendo que ella hace al hombre semejante á Dios perdonando y dando vida á los otros hombres ¿N i con que otra cosa quedan los hombres mas ( I ) Cfc, in Orat pro Lege.

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( H )

cautivos que con esta clemencia del Principe que perdo­

na dejando la vida á los que podía dar la muerte? y si las miras de un Rey han de dirigirse á ganar el corazón de sus vasallos ¿con que otra cosa puede ganarlo mas bien que con esta clemencia? Los corazones nobles se ganan mas con suavidad y blandura que con el excesivo rigor, por lo que dijo el Espíritu Santo r gue la misericordia y la verdad guardan al R ey’-, y su corona y trono se establece y asegura con la clemencia, (com o leemos en ei Cap. 20, de los Proverbios). Avisado el Emperador Augusto que Ciña Caballero Romano, pariente del gran Pom peyo, se

‘ había conjurado contra su persona, lo llamó, y mostrán­

dole Ja justificación del hecho le dijo: ” Dqyre otra ves la vida, ó Cinaí primero te la di siendo mi enemigo, y ahora te la doy después de haber conjurado contra mi Persona, ” haciéndole al mismo tiempo Cónsul para mas obligarle.

Ciña desde entonces se miró como esclavo de Augusto dejándole en su muerte por heredero de sus bienes, con edmiracion de Roma y de iodo el Imperio , que deseaba servir á un Príncipe que asi sabia refrenar su justo enojo;

asegurando los historiadores que después de este rasgo de clemencia usado con Ciña no hubo en el Imperio

quien volviese á maquinar contra su Persona.

Seria nunca acabar referir el uso que hicieron de esta virtud los Emperadores Gentiles. Pero permitidnos que os digamos algo de los Emperadores Cristianos. Unos hombres enfurecidos apedrearon y hecharon por tierra la estatua del gran Constantino. Los Cortesanos por adular­

l e , al punto le hicieron presente que aquella injuria se había hecho á su Augusta Persona , y que debía castigarse con los mas graves suplicios: Sonriendo*

se entonces Constantino hebhó mano á su rostro y pasándola por eJ. To les d g o , no siento herida alguna, dejando asi confusos á sus aduladores, y edificada la Corte con su Clemencia.

(15)

(^ 6 )

Después de estos egemplos de clemencia de Empera­

dores tan grandes ¿pódria nuestro amado Rey no mirar como un deber político usar de clemencia coa tantos va­

sallos extraviados mas por debilidad que por malicia? de­

sengáñense esos imprudentes que dicen sino con la boca»

en los ocultos secretos del corazón; ” Si el Rey perdonó»

no ha considerado bien lo que ha hecho” si; lo ha con­

siderado, y sabe lo que ha hecho ya como discípulo de J. C , y ya como Príncipe clemente, y gran político.

Y vosotros los que habéis sido el objeto de su conmisera- cion , portaos de modo que el cleraentisimo R ey, no ten­

ga motivo para arrepentirse de lo hecho; portaos de modo que los Pseudo-Realistas, y falsos cristianos que solo tienen al Rey en la boca , y cu>^a Religión está toda en sus labios, no hallen, motivo para zaerir estas sabias y benignas disposiciones del R ey; portaos de modo que se haga manifiesto á todo el mundo que habéis reconoci­

do vuestro extravio, y que os halláis penetrados de aque­

llas máximas que el Aposto! S* Pedro inculcaba á loe primeros cristianos cuando les decía: ( i ) ” Yo os ruego»

„ queridos mios, que como peregrinos y estrangeros

„ ( q u e sois en este mundo) os abstengáis de ios deseos

„ carnales que hacen guerra al alma , teniendo una vida

„ ajustada:::::: á fin de que por lo mismo que ahora

», murmuran de vosotros::; reflexionando sobre vuestras , , buenas obras glorifiquen á D ios::::: someteos pues a

»,toda humana criatura (que se halle constituida sobre

„ vosotros) y esto por respeto á Dios: ya sea al R ey ,, como que es Soberano; ya á los Gobernadores com o , , puestos por él para castigo de los malhechores, y ala-

„ banza de los buenos: pues esta es la voluntad de Dios, que obrando bien tapéis la boca á los imprudentes; co-

», mo libres si, (mas no (como liberales) cubriendo la

( 1 ) Epist, i Cap. 2. “ '

(16)

( < i 6 ' )

, , rralicía con capa de. libertad, sino obrando en todo co- y) ino siervos de Dios; honrad á todos, amad á los her- manos; tem ed'á'líios; dad honra a| R ey: omnes bóno^

yy r&tei'freterniíatem diligite: Deum tímete: Regem bomri- yy ficüte?* Gravad estas máximas del Príncipe dé los Apostóles en vuestro. Corazón. Procurad observarlas co­

mo doctrina esencial de nuestra Santa ley ; como princi­

pios no inventados por los hombres sino gravados por el

"dedo de Dics en los libros santos para nuestra utilidad y provecho. Penetrado de ellos el Santo Aposto! los incul­

caba á los Neófitos venidos del Gentilismo y Judaismo para que temiesen á Dios como á Magesiad Suprema , y jhonrasen al R ey como á su representante en la tierra, y á todos los que hiciese participantes de su autoridad y gobierno. Por tanto os repetiremos con el Santo Aposto!;

Regem bonoríficate.

¿ Y de que modó manifestaremos al Rey la honra que le debemos? Estando prontos y sumisos á sus ordenes, pbedeciendó con puntual y ciega obediencia sus manda­

tos, los de su gobierno, y autoridades constituidas por él;

porque soló asi se podra sostener la tranquilidad, y or­

den públice, y llegar á ser felices, y llamarse amantes dé la Religión, y adictos al Rey. Nada mas inculcado en la Escritura que esta obediencia ciega á las ordenes dé los Principes. ” Toda Alma decía el Aposto! S. Pablo (i.) de- 3, be sugetarse á las potestades superiores; porque no hay ,, potestad que no venga de Dios::: por lo cual el que re- siste á la potestad, resiste al orden de Dios, y los que re- sií-ien, se atraen á sí su eterna condenación. Por lo que los , , Principes no son para temor de los que obran lo bueno, ,, sino lo m a l o P o r tanto es necesario que Ies. esteis

¿ sometidos, no solo por la ira, sino también por ía con- ,3 ciencia. Y escribiendo á su discípulo Tito le

f

r

t O ad Rom» Cap. 13.

(17)

f

T

' ( ' 7 )

'ffiiestales estén sujetos á los-Príncipes y 'á las potesf'a- :f, des.*' que es decir á los Reyes, á los ^Gahernádores y a los demas oficiales que ejercen la autoridad en su nombre:

que es lo mismo que enseñaba el Aposto! S. Pedro en el lugar que queda anteriormente referido.) c . . .

Sin'esta obediencia pcoqta y. sumisa t^ sin ^ ta depen- diencia de superiores é inferiores > de unos que manden, y otros que obedezcan^ ¿ que reyaóp y que gobierno ha- bria en el mundo, que no fuese codtbndido ^ y trastorna­

do? Sentencia es del Redentor en su Eraiígejio: Omns

^egnum in se ipsum áitisum desolabiiur. Quitad de esta grande maquina dei universo éhorden , la subordinación y dependiencrs, qué su diiíino autor impuso de unos cuer­

pos á otfos'j y entonces ya no será la hern^osa maquina, qué nc^-encanta, «ino^ úSícaos coíífuso> y sai formaj en ona palabra^, el mundo XiO sedra mubdo.-Pues del m^smn modo para sostener el mundo í^vit dé ía República hu­

mana, es: ñercésaria entre los-hombres la subordinación y dependiencia d e iines.so3tros5i.que unos manden, otros obcdéicanj que unos gobiernen y otcos sean gobernados.

Quitad la dependienem de los infeñpres y súbditos a l Principe, que manda< ¿Q ue será entoitcés ei mundo civil sino una manada de^fteras indómitas^ ^que los pueblo^

provincias y Reinos, mas que nna^entítm de tódos los cri^

menas,: que horrorizan soíIoimagisiadosl-Sincr;.-vplvecir.

los ojios á lo que ha pasado entre nosotros en 1<^ tre$/:

años de cadenas de nuestro amado :Rey^ en loa.que todosi.

mandaban meqos el. legitimo^'Soberffoo, quer. se hailabnr.

privado de su libertad 5 pero no recot^rhos mles dias^c sino para llorarlos, y con't^encsrnosde'le. necesidad de la autoridad real, y de la obediencia, que le debemos; por-«

que sin esta obediencia es lo mismo, que sí aquella no:

exisdese; £ s pues necesaria la obediencia , si haíde con­

servarse en un Reyno el orden y concierto, y no com o q u iera, sino que es necesario obedecer con siqiplicidacl

(18)

( ,

8

)

de corazón las ordenes del Soberano como si fuesen ddl mismo D ios, con la seguridad de hacer su voluntad: sis juzgar ni condenar lo que manda como indiscreto, como imprudente, ó poco conducente para el objeto. Consiste pues en un cegarse santamente á toda razón humana , sin tener presente mas motivo que el ser orden ó mandato del vicegerente de Dios en la tierra.-¿Y como es posible que un vasallo no obedezca coa la debida sumisión, si reconoce la voz de Dios en la del Soberano? ¿sí le oyera con sus propios oidos como Samuel, dejaría de respon­

der como él: , , hablad Señor que vuestro Siervo o y e ? ”

¿y en tal caso quien tendría valor para resistir sus orde­

nes, ó no llevarlas á ejecución ? .Pues haced cuenta que le oís cada vez que recibis una orden 6 mandato del Soberano; considerando que Dios es el que os habla por.su beca. Honrad pues, con la obediencia á vuestro Soberano: Re^em bonorificats.

Honradlo también pagando con prontirud y buena vo­

luntad ios tributos que le son debidos con arreglo, al pre­

cepto de nuestro S. J; C. en su Evangelio : ciad al Cesar h que es del Cesar y á Dios lo que es de Dios; en cuyo sentido decía el Aposto! S. Pablo: ,,p o r esta causa pa- a, gais tributos; porque (los Principes) son Ministros de

„ Dios que le sirven en su Ministerio. Pagad pues á todos 30 lo que se les debe: al que tributo tributo, al que im»

, , puesto impuesto, al que temor, temor; y al que honra ,9 honra, y á nadie debáis nada, sino amaos los unos á ,, los otros; porque el que ama á su próximo tiene

„ cumplida la ley.” .

Amémonos pues hijos nuestros mutuamente. Honré­

monos en nuestro trato, y conversaciones. Entre noso­

tros no haya otro nombre, otra expresión, ni otra deno­

minación que nos distinga mas que la de cristianos. Este es el nombre, glorioso con que principiaron á llamarse en Antioquia los seguidores de J. C, dejando ios de Grie-

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g©s. Judíos, ó Romanos. Cesen ya esas nomenclaturas de blancos, negros, serviles, y liberales, que nos des­

honran, y nos dividen, y que ha inventado la malicia pa­

ra desunir los vasallos de nuestro amado Rey, el cual so­

lo quiere que hechando en olvido todo lo pasado viva­

mos en paz, y nos amemos mutuamente, como lo manda nuestro Divino Salvador. Acordaos de los estragos, y^de la sangre que se derramó; de la carnizeria y matanzas que se hicieron en la Italia y Alemania al solo eco de estas voces Guelfé y Givelim. Ellas solas perpetuaron los odios, los rencores, las calumnias, y las muertes por cerca de dos siglos en las Ciudades, éntrelos Conciudadanos, y vecinos, en las familias, entre los hermanos, y aun entre Padres é hijos. Esto es lo que aflige el corazón de nuestro amado R e y , ver que sus vasallos no le imitan en perdonar á sus enemigos.

Para ser fieles imitadores de la conducta generosa de nuestro Monarca es preciso realizeis sus consejos y man­

datos; es decir que cuanto esté de nuestra parte trabaje­

mos por conservar la paz con todos los hambres sin ex­

cluir al mas despreciable , ya que hayan tenido analogía con vuestras ideas, ó sido contrarios á vuestro modo de pensar, porque solo os es permitido detestar sus errores quedando estrechamente obligados á amar sus personas. Na­

die podrá cohonestar el efugio de que es imposible la paz conestos hombres que sobre haber fomentado la guerra más funesta todavía os miran con aversión. De igual natura­

leza que vosotros fueron Jacob y Josef, pero fieles en res­

ponder á la gracia vemos que aquel conserva la paz con un enemigo tan encarnizado como su hermano Esaü, quien no solo atentó contra su vida , sino que tenía jurado'to- mar de él la venganza mas cru el, y á este buscar y con­

servar la paz entre unos hermanos que le odiaban hablán­

dole siempre con la mayor aspereza. A David por fin inalterable con aquellos que tanto aborrecían la paz y su

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.persona: his, qui oderunt pacem eram pacificus.

Temed á Dios de quien los Principes recibieron Ja es­

pada de la autoridad para castigo de los malos: temed volvemos, á decir á Dios y dejad á el la venganza j con la mas espantosa justicia cargará sobre ellos en el día de la ira. Honrad finalmente al Rey cumpliendo sus man»

dami«ntos, y hasta las mas leves insinuaciones, prestan»

dofe los obsequios debidos á la Dignidad R eal, para lie»

p^r el precepto Apostóles: otnnes

porate: fratemi$ad.etn Veum tímete; Regem bo*

mrijicate»

X vosoteos, V, H,, y Cooperadores nuestros en el sa­

grado Ministerio, y predicación del Evangelio, tened constantemente en yuestro corazop y boca las rna«imaí

^ue dejamos establecidas: oon^ideradque todas han salido de I.a boca del divino Salvador, quien solamente tiene pa»

labias de vid^ry que«us Apostóles y Discípulos las anun­

ciaron á los primeros cristiaQQS> Habiendo pues, nosotroi succedido á unos y otros en §I carácter, poder, y ministe­

rio, es muy justo que les imitemos también en la predica^

^ion de su doctrina, y elementos de nuestra sacrosanta Religión. Por tanto jamas anunciéis la divina palabra sin feaeerlo con la mayor circunspección, considerando aten*

tatnente las palabras que vais á decir y pronunciar, sin.

perder de vista aquel nivel del Profeta: eioqi*ia Vomini

^equU easia* La adulación, vituperios, invectivas, y zahe- zimientos, que solo sirven para desaogo de pasiones enar^

decidas y enaltadas, y suscitar resentimientos que eageu- dran odios mortales, nse nminetMit in nohis sicut iecet

^an^tqs,. Asi lo esperamos de la moderada conducta que.' en vosotros habernos observado 9. y que jamas tendcemoai motivos para reconveniros.

Ultimamente, hijos, nuestros, pata daros un testímoBia de los ardientes deseos quenosaniman por vuestra fehci*

dad, concluimos nuestra Pastoral eeo. las palabras enfáticas

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Referencias

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