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Señor mío, Jesucristo, creo firmemente que estás aquí en estos pocos minutos de oración que empiezo ahora quiero pedirte y agradecerte.

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SÁBADO QUINTO DE CUARESMA ORACIÓN INICIAL

Señor mío, Jesucristo,

creo firmemente que estás aquí en estos pocos minutos de oración

que empiezo ahora quiero pedirte y agradecerte.

PEDIRTE la gracia de darme más cuenta de que Tú vives, me escuchas y me amas;

tanto, que has querido morir libremente por mí en la Cruz y renovar cada día en la Misa ese sacrificio.

Pedirte, Señor, la gracia de que durante esta Cuaresma me convierta al amor.

Y AGRADECERTE con obras lo mucho que me amas:

¡Tuyo soy, para Ti nací, que quieres Señor de mí!

TEXTO PARA MEDITAR Y ACTUAR (de José Pedro Manglano, sacerdote)

TRANQUILOS… ESTAMOS DEBILITADOS

Lee esta explicación novelada que Adán y Eva dan a una joven periodista:

A ver si me explico, hija mía – dijo Adán –. Los culpables del acto – del pecado original – somos nosotros.

(2)

Eva y yo, los únicos culpables. Pero cuando rompimos el estado en el que Dios nos había creado, el estado de la naturaleza de los hombres y la armonía de las relaciones del hombre con Dios… entonces ese estado se perdió ya para todos nuestros hijos. La naturaleza del hombre, el modo de ser hombre, ya no sería el original, sino el que Eva y yo habíamos creado. Por eso, los hombres que nosotros trajéramos ya nos los traeríamos al Paraíso: los traeríamos a un mundo hecho por Dios y alterado por nosotros. Los traíamos a un mundo distinto del original: los hombres ya no tendrían nunca más, de primeras, el estado original. Nosotros lo habíamos roto. No era un castigo de Dios a vosotros – los únicos castigados debíamos ser los culpables –. sino las consecuencias de lo que habíamos hecho nosotros: habíamos roto el estado de gracia y de justicia original – insistió.

Eva intervino en este momento:

- Mira, hija mía. Todos nuestros hijos seguís siendo buenos, pues el Creador es bueno y sólo crea bien. Pero ocurre una cosa: al faltaros la unión con Dios para la que todos hemos sido creados, vuestra naturaleza está como desnortada, no está ordenada a la santidad. No estáis corrompidos – como he oído que sostienen los protestantes –, sino debilitados. ¡Estáis debilitados! No estáis ajustados, os falta la justicia original de la que te hemos hablado

(3)

antes: no tenéis la armonía original. Entonces, en vuestro estado de debilitamiento original, el mal os atrae: el mal ejerce una fuerza sobre vosotros… y cuanto más pecado hay en el mundo y más pecados hacéis, con más fuerza os atrae.

Eso es muy importante para que os entendáis – matizó Adán –. A esa falta de armonía y facilidad para el mal es a lo que llamáis concupiscencia.

- ¿Concupiscencia? interrumpió Pipa, la periodista.

- Sí. Concupiscencia. Es como llamáis al desorden involuntario que experimentáis en vosotros. Es debilidad.

Es un impulso que nace en vosotros hacia lo malo, un ímpetu espontáneo a querer, a poseer y a gozar de lo creado de manera desordenada y egoísta.

Nosotros hemos introducido ese desorden. Os cuesta, por eso, respetar los verdaderos fines de la naturaleza – por ejemplo, la avaricia, o el impulso sexual –, y advertir la verdad acerca de vosotros mismos, por ejemplo la fuerza del orgullo y la soberbia.

Hija mía, que importante es que no os asustéis, por eso, al experimentar la concupiscencia. No sois culpables de ella. Es la consecuencia de lo que hicimos Adán y yo.

Vuestro estado es ése. Así como Adán y yo vivíamos en un Paraíso, vosotros vivís en una naturaleza y un mundo marcado por nuestro pecado.

(4)

¡Qué importante es que no nos asustemos! Tanto como que confiemos en Jesús, que viene a liberarnos de ese pecado que quiere dominarnos. Al final de esa conversación Adán concluye:

- Que sepas que a pesar de todo Eva y yo no estamos tristes. Dios perdona: ¡qué maravilla! Y de vez en cuando nos decimos entre nosotros: ¡Oh feliz nuestra culpa, que ha merecido este Salvador! Con un Dios así todo tiene arreglo, y donde la culpa fue tremenda, abundante, descomunal, estúpida como no hay otro amor (Rom 5,20).

Gracias Señor, por venir a salvarnos. Que no me asuste, y que no viva solo/a. Que acepte tu perdón, tu fuerza, tu vida… ¡Oh feliz nuestra culpa, Señor Jesús, que ha merecido que veamos el amor que nos tienes… más grande que la muerte y que cualquier dolor, como nos enseñas en tu Pasión.

Continúa hablando con Dios con tus palabras.

ORACIÓN FINAL

No me mueve, mi Dios para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte.

(5)

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte clavado en la Cruz y escarnecido.

Muéveme ver tu cuerpo tan herido muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, de tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;

pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera.

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