ISSN: 1139-7608
N CAJA AVARRA
IDOM SANITAS, S.A.DESEGUROS
Patronato del Instituto Empresa y Humanismo
AESE-PORTUGAL CIVISA
SENERINGENIERÍA YSISTEMAS SÁNCHEZ PINTADO, NUÑEZ & ASOCIADOS
UNIVERSIDAD DENAVARRA BBVA IBERDROLA EMPRESAS FUNDADORAS
EMPRESAS EXTRAORDINARIAS
EL CORTE INGLÉS, S.A.
ACERALIA GRUPO ARCELOR VODAFONE EMPRESAS ASOCIADAS
DELOITTE & TOUCHE
GRUPO RIOFISA, S.A.
ESCUELA SUPERIOR DE ECONOMÍA Y NEGOCIOS - SAN SALVADOR
INSTITUTO INTERNACIONAL SAN TELMO MECANIZADOSGINÉS, S.A.
REPSOL YPF NUCLENOR
TAKET CORPORATE, S.L.
FORO DE EMPRESARIOS DE CÁCERES FORO DEEMPRESARIOS DECANTABRIA
FORO DE EMPRESARIOS DE CASTILLA Y LEÓN FOROEMPRESARIAL PARA EL
DESARROLLO DEBURGOS FOROS SISTEMAS ESTRATÉGICOS
FORO EMPRESARIAL REGIÓN DE MURCIA
Empr esa y Humanismo
Empresa y Humanismo
Vol.VII, nº 2/04 2
I n s t i t u t o E m p re s a y H u m a n i s m o
U n i ve r s i d a d d e N av a rr a
Presidente D. Enrique de Sendagorta
D. Rafael Alvira Domínguez (Universidad de Navarra) D. Pierpaolo Donati (Universidad de Bolonia) Dª Reyes Calderón Cuadrado (Universidad de Navarra)
D. Tomás Calleja Canelas (Presidente, Fiatlux) D. José Luis Carranza Ortiz (BBVA)
D. José Antonio García Durán (Universidad de Barcelona) D. Santiago García Echevarría (Universidad de Alcalá)
Dª Mary Ann Glendon (Harvard Law School) D. Agustín González Enciso (Universidad de Navarra)
D. Nicolás Grimaldi (Universidad de París-Sorbona) D. Alejandro Llano Cifuentes (Universidad de Navarra) D. Enrique Martín López (Universidad Complutense de Madrid) D. Miguel Alfonso Martínez-Echevarría (Universidad de Navarra) D. Antonio Millán-Puelles (Universidad Complutense de Madrid) D. José Manuel Morán Criado (Consejo Económico y Social de España)
D. Leonardo Polo Barrena (Universidad de Navarra) D. Rafael Rubio de Urquía (Universidad Autónoma de Madrid)
D. Alfonso Sánchez Tabernero (Universidad de Navarra) D. Eugenio Simón Acosta (Universidad de Navarra)
D. Alejo Sison (Universidad de Navarra) D. Guido Stein (Universidad de Navarra) D. Stefano Zamagni (Universidad de Bolonia)
Director
D. Miguel Alfonso Martínez-Echevarría Editoras
Dª. Marina Martínez Dª. Carmen Erro
La revista Empresa y Humanismo es una publicación periódica editada por el Instituto Empresa y Humanismo de la Universidad de Navarra. Su principal objetivo es recoger, desde una perspectiva interdisciplinar -filosófica, económica y empresarial, jurídica, histó- rica y política- trabajos inéditos e intelectualmente rigurosos sobre la empresa y las orga- nizaciones sociales, entendidas como instituciones humanas, y sobre la función directiva.
La revista pretende igualmente resultar un instrumento útil para que las personas que se dedican a la dirección empresarial puedan contar con un referente intelectual serio.
© 2004 los autores
© 2004 Instituto Empresa y Humanismo Universidad de Navarra 31080 Pamplona. España
e-mail: [email protected] http://www.unav.es/empresayhumanismo
Suscripciones: dirigirse a la Secretaría del Instituto Empresa y Humanismo Edita: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra ISSN: 1139-7608 Depósito legal: NA - 77/1999 Impreso en España
Artículos
La empresa desde el punto de vista de la sociedad “civil”
Sergio Belardinelli... 179 Conflictos de intereses: la “ambidiestralidad” de los tiempos modernos Paul Dembinski... 191 El liberalismo económico en el nuevo orden social
Ignacio Ferrero... 201 Tipologías de las empresas familiares
Miguel Ángel Gallo ... 241 Igualdad y desigualdad según desiguales paradigmas
Gabriel Zanotti ... 259
Recensiones
Athol Fitzgibbons (2000), The Nature of Macroeconomics. Inestability and Change in the Capitalist System, por Ricardo F. Crespo ... 287 Fareed Zakaria (2003), The Future of Freedom. Illiberal Democracy at Home and Abroad, por Alejo Sison ... 291 Eric Abrahamson (2004), Change Without Pain, por Guido Stein ... 293 Reyes Calderón Cuadrado (2004), Empresarios españoles en el proceso de independencia norteamericana. La Casa Gardoqui e Hijos de Bilbao, por Rafael Torres... 297 Javier Quintanilla; Carlos Sánchez-Runde y Pablo Cardona (2004), Competencias de la dirección de personas. Un análisis desde la alta
dirección, por Guido Stein ... 301 Publicaciones del Instituto Empresa y Humanismo ...305
originales
1. Los originales recibidos para su publicación no incluirán el nombre del autor ni ninguna otra información personal. Los textos se enviarán a la Secretaría del Instituto Empresa y Humanismo (Biblioteca de Humanidades, Universidad de Navarra, 31080- Pamplona, España) o a la dirección de correo electrónico [email protected] acompañados de una carta en la que se solicite su publicación en la revista Empresa y Humanismo y se especifique el nombre de su autor/es, su categoría profesional, centro de trabajo, dirección postal, número de teléfono y dirección de correo electrónico.
2. En caso de que el envío sea postal, el autor/es deberán remitir una copia en papel del texto, así como otra en soporte informático. Ésta deberá estar realizada en alguno de los programas de texto más habi- tuales.
3. Los artículos serán originales y no sobrepasarán los 30 folios (68.000 caracteres), mecanografiados a espacio y medio en hojas DIN-A4 (incluidos gráficos, tablas, mapas, otras ilustraciones y bibliografía). Se utilizará un tipo de letra Times 12 para el texto principal y Times 10 para las notas.
4. Las recensiones no deberán superar los dos folios mecanografiados a doble espacio en hojas DIN-A4. En la primera página aparecerán los datos del libro (título, autor, editorial y año de edición). La firma de la persona que realiza la reseña se incluirá al final de ésta.
5. Los artículos irán precedidos de un resumen de diez líneas máximo, en español e inglés, así como de una relación de palabras clave en ambos idiomas.
rán con numeración arábiga.
7. Los gráficos, tablas, mapas y otras ilustraciones deberán ir numerados de forma correlativa con caracteres arábigos e indicar su fuente de pro- cedencia.
8. Las notas a pie de página irán numeradas correlativamente en carac- teres arábigos y voladas sobre el texto.
9. Las referencias bibliográficas citadas a pie de página aparecerán reco- gidas en un apartado situado al final de los artículos.
10. Las referencias bibliográficas, tanto en nota como al final del texto, se harán del siguiente modo:
Libro:
Referencia bibliográfica completa: Black, Edwin (2001), IBM and the Holocaust. The Strategic Alliance Between Nazi Germany and America’s Most Powerful Corporation, Little, Brown and Company, Londres.
Nota correspondiente: Black, E. (2001), p. 114.
Libro con editores:
Referencia bibliográfica completa: Andriof, Jörg y McIntosh, Malcolm (eds.) (2001), Perspectives on Corporate Citizenship, Greenleaf Publishing, Sheffield.
Nota correspondiente: Andriof, J. y McIntosh, M. (eds.) (2001), p. 13.
Reedición o reimpresión de un libro:
Referencia bibliográfica completa: Proudhon, Pierre-Joseph [1851(1982)], Idée générale de la révolution au XIXe. Siécle, en Oeuvres complètes, vol. II, Slatkine, Ginebra-París.
Nota correspondiente: Proudhon, P.J. [1851(1982)], p. 28.
Texto en un libro con editores:
Referencia bibliográfica completa: Windsor, Duane (2001),
“Corporate Citizenship: Evolution and Interpretation”, en Andriof, Jörg and McIntosh, Malcolm (eds.), Perspectives on Corporate Citizenship, Greenleaf Publishing, Sheffield, pp. 39-52.
Nota correspondiente: Windsor, D. (2001), pp. 39-52.
172
Referencia bibliográfica completa: Greenwood, Michelle (2001),
“The Importance of Stakeholders According to Business Leaders”, Business and Society Review, vol. 106, nº 1, pp. 29-49.
Nota correspondiente: Greenwood, M. (2001), pp. 29-49.
11. Las citas textuales que se incluyan tanto en el texto de los artículos como a pie de página deberán reducirse al máximo y, en ningún caso, sobrepasarán las cuatro líneas.
12. La revista Empresa y Humanismo es una publicación periódica que se edita en castellano; sin embargo, acepta originales en otras lenguas. En caso de considerarlo oportuno, y siempre que los trabajos hayan sido evaluados positivamente por el Consejo Editorial y por dos especialis- tas anónimos, la revista Empresa y Humanismo llevará a cabo su tra- ducción al idioma español.
13. Los editores de la revista Empresa y Humanismo acusarán recibo de los originales en el plazo máximo de quince días hábiles desde su recep- ción. A partir de esta fecha, los textos deberán ser sometidos al visto bueno del Consejo Editorial de la revista y, en caso de resultar favora- ble, a la evaluación de dos especialistas anónimos.
14. La dirección de la revista Empresa y Humanismo se compromete a remitir al autor o autores de los artículos recibidos los dos informes de los evaluadores anónimos en un plazo máximo de tres meses. En caso de que la evaluación sea favorable, el autor o autores dispondrán de un plazo máximo de un mes, a partir de la fecha de emisión de los infor- mes, para realizar los cambios y correcciones que consideren oportu- nos.
15. Los autores que colaboren con la revista Empresa y Humanismo recibi- rán una sola prueba de imprenta, que deberá devolverse corregida en un plazo máximo de 15 días. En el momento de su publicación, se remitirán a los autores 3 ejemplares de la revista y 15 separatas de su trabajo.
16. Los derechos de edición de la revista corresponden al Instituto Empresa y Humanismo, y es necesario el permiso de su Junta Directiva para su reproducción parcial o total.
17. El Consejo Editorial de la revista Empresa y Humanismo respetará la libertad intelectual de los autores, aunque no compartirá necesaria- mente sus opiniones.
173
En el volumen VII de la revista Empresa y Humanismo han colabo- rado como evaluadores anónimos los siguientes expertos:
Antonio Argandoña Rámiz Reyes Calderón Cuadrado Fernando Casado
Ricardo Crespo Joan Fontrodona Felip
José Antonio García-Durán de Lara Santiago García Echevarría
Pablo García Ruiz
Javier Hernández Pacheco Montserrat Herrero López Jesús Huerta de Soto Esteban López Escobar Antonio Lucas Marín Elvira Martínez Chacón Domènec Melé Carné José Ignacio Murillo Gómez Antonio Alfonso Pérez de Andrés Alfonso Pérez Moreno
Luis Arturo Rábade y Herrero Carlos Rodríguez Braun
Ángel Rodríguez García-Brazales Jordi Rodríguez Virgili
Juan Manuel Ros Cherta José Javier Sánchez-Aranda José María Sauca Cano Alejo J. Sison
Rafael Torres Sánchez Minerva Ullate Fabo Óscar Vara Crespo
175
Artículos
vista de la sociedad “civil” *
Sergio Belardinelli
**Este ensayo sostiene la tesis de que hoy en día sólo se puede decir de una sociedad que es
“civil” si respeta y promueve, en todos los niveles, la dignidad, la libertad y los derechos de las personas. En lo que se refiere a la empresa, eso implica que, para ser “civil”, ha de hacer lo mismo: no sólo debe producir beneficios sino también determinados “capitales sociales” (confianza, sentido de la responsabilidad, honestidad, etc.).
Palabras clave: Sociedad civil, Empresa, Liderazgo, Bien común.
Society would be “civil” if and only if respects and promotes human rights, dignity and freedom. Similarly, a firm would be “civil” if, apart from profits, it also produces “social capital” (trust, sense of responsibility, honesty, etc).
Keywords: Civil Society, Enterprise, Leadership, Common Good.
Tal y como lo he formulado, mi título se merece al menos una con- sideración preliminar sobre por qué sólo he señalado entre comillas la palabra “civil” en vez de toda la expresión “sociedad civil”. De hecho, no se trata de una cuestión de poca importancia o, al menos, así lo entiendo yo. Con las comillas pretendo distanciarme de la abundante literatura que aborda el problema de la “sociedad civil”
como si, hegelianamente, se tratara de una “parte” de la sociedad, una parte volcada sobre sus intereses particulares, frente a la que estaría el Estado, único garante del interés general, del bien común.
Como es sabido, todas las grandes representaciones modernas de la sociedad civil se refieren a la relación que ésta mantiene o debería mantener con el Estado: la “otra” esfera, por así decirlo. Estado y sociedad pueden tener una relación conflictiva, de equilibrio o de subordinación, aunque, salvo raras excepciones, el uno no se da sin la otra. Ambos términos se reclaman recíprocamente, y el bien de la colectividad depende de su “conciliación”. Los dos conceptos deben
* Texto traducido por Sara Rus.
** Sergio Belardinelli es profesor ordinario de Sociología de los Procesos Culturales y de Sociología Política en la Universidad de Bolonia. Asimismo, es miembro del Comité Nacional Italiano de Bioética.
afrontar una nueva situación, originada por las profundas transfor- maciones producidas con la llegada de la denominada sociedad com- pleja o global. Por ejemplo, no parece ya que el Estado sea la única institución con capacidad para desarrollar, ella sola, el papel de guía en la construcción del bien común, función que se le solía asignar tra- dicionalmente. La política, en sentido estricto, se hace cada vez más neutral con respecto a las opciones de valor que se generan en el seno de la sociedad; surgen nuevas formas de relación humana, como el denominado ámbito “privado social”, que no son atribuibles ni a la esfera del Estado ni a la de las relaciones mercantiles. Parece que la globalización ha separado incluso el Estado y la sociedad civil en su común referencia espacial, representada hasta ayer por el viejo Estado nacional. En un mundo en el que han permanecido los Estados, la información, la opinión pública y el mercado ya no conocen fronte- ras y se habla, no por azar, de “una sociedad civil mundial”1.
Todo esto está cambiando radicalmente el contexto en el que se sitúa el proyecto de una sociedad civil, que ya no puede representarse como el espacio, distinto del Estado, en el que se desenvuelven los actores sociales no institucionales, según el esquema moderno al que me he referido más arriba. Se necesita llevar a cabo una profunda redefini- ción de ese proyecto, en la que lo “civil” no sea una parte de la llama- da “sociedad civil”, sino una connotación que impregne todos los ámbitos de la vida social, que aspire a afirmar la idea de que una sociedad será más civil cuanto más respetuosa sea y cuanto más pro- mueva, en todos los niveles, la dignidad, la libertad y los derechos de las personas2.
Así pues, no se trata de reafirmar la primacía de uno u otro sistema social, sino de favorecer, en el seno de las nuevas condiciones gene- radas por la creciente diferenciación social, lo que podríamos definir como “una civilización en el sentido humano”3. En esta línea, me parece que uno de los deberes más urgentes que debemos afrontar es elaborar una nueva cultura de la sociedad civil, en la que además haya espacio para una nueva cultura de la empresa, que también pueda lla- marse “civil”.
180
1. Dahrendorf, R. (1989); Habermas, J. (1992).
2. Belardinelli, S. (1999).
3. Donati, P. (2001), p. 51.
I. La cultura de una sociedad “civil”
Por más que la expresión refleje una cierta ambigüedad, creo que hablar de cultura de la sociedad civil significa buscar aquellos mode- los culturales que, en sentido lato, al informar sobre el sentir y el obrar individuales y colectivos, sobre el ethos, sobre la vida de la empresa pública y privada y sobre las instituciones políticas de una comunidad, la conviertan en “civil” o en “incivil”, en digna o en indigna de un hombre autónomo y responsable, de un hombre que ha abandonado el estado de minoría del que hablaba Kant. Desde este punto de vista, tenemos que hacer frente a una dimensión que no concierne sólo a un sector de la sociedad, sino al cuerpo social en su conjunto, y que, por una parte, deriva en cuanto tal de la continua interrelación entre individuos, opinión pública, mercado, institucio- nes privadas y estatales; y, por otra, representa para cada uno de esos elementos un cierto ideal “regulador”.
Si ampliamos el significado de la cultura de la sociedad civil más allá de la “semántica política tradicional”, el concepto de “sentido cívico”
(civicness) podría encajar adecuadamente en esta dimensión. Los ele- mentos histórico-institucionales que ha generado la moderna socie- dad civil (la difusión del comercio, la progresiva adquisición de auto- nomía del individuo, la afirmación de sus derechos y de las institu- ciones liberales y democráticas, entre otros) reclaman inmediata- mente los aspectos cultural-normativos que la han acompañado y que han contribuido a mantenerla viva. Los primeros, los elementos histórico-institucionales, no tienen entidad sin los segundos, los cul- tural-normativos. Se origina de este modo una concreción que, empleando la terminología de John Pocock, no sólo remite al indi- vidualismo de la sociedad comercial, sino también a las instituciones del Estado de derecho, a las virtudes del civic humanism4, así como a otros valores específicamente culturales, éticos o religiosos que, imbricados con las instituciones y las virtudes cívicas, constituyen precisamente la cultura de la sociedad civil.
En pocas palabras, la vida familiar, la económica, la cultural y la reli- giosa conforman la “societas”, junto con la vida política encarnada en el Estado. De todo lo señalado se desprende, en primer lugar, que el
181
4. Pocock, J. (1975).
hombre no se reduce tout court a su condición de ciudadano y, en segundo, que los ciudadanos, por mucho que los consideremos ego- ístas, no conciben su comunidad política como si se tratara de un campo de batalla en el que se lucha únicamente para obtener venta- jas individuales. A esto que mantiene viva la vinculación de cada uno con el resto de la sociedad, con un bien no reducible a nuestro bene- ficio egoísta, se le puede denominar, precisamente, sentido cívico o sentido del bien común: ese sentido que, a través de las instituciones públicas, de las privadas y del “tercer sector”, media entre los intere- ses personales y el colectivo y mantiene viva una instancia ética menos neutral de lo que podría pensarse; ese sentido que resulta cada vez más indispensable como factor de civilización, en la medida en que la sociedad se va volviendo más compleja, y el pluralismo y la diferenciación se van acentuándo más en cada nivel.
Con permiso de Niklas Luhman, una sociedad compleja no es sólo un conjunto de sistemas autónomos, aislados los unos de los otros.
Los diversos componentes institucionales están entrelazados entre sí, ejercen una influencia fuerte y continua sobre los individuos y sobre los distintos grupos sociales. Estos últimos, a su vez, interactúan, se hacen competencia, se intercambian bienes en sentido amplio -fre- cuentemente fuera de las lógicas mercantiles-, establecen contratos e intentan hacer que prevalezca el peso de sus intereses y de sus valores sobre las instituciones. Puesto que en la actualidad todas las socieda- des tienden a asumir este aspecto complejo y diferenciado, para iden- tificar el fundamento de una sociedad realmente civil sería necesario recurrir a la conciencia que los diversos actores, individuales y colec- tivos, tienen de estar obrando en un contexto cuyo eje es la idea del individuo autónomo pero que, como es colectivo, impone obligacio- nes y debe respetarse. Esto es lo que entiendo por civicness. Como ya he señalado en otra parte, creo que hoy el componente “civil” de una sociedad no puede ser representado adecuadamente por una sola de sus “esferas autónomas”, sea ésta la económica, la privada de la fami- lia y del voluntariado o la de la discusión pública, frente a las que podría situarse la del poder burocrático-administrativo. En la actua- lidad, hay demasiadas conexiones entre los diversos sistemas parciales de nuestra sociedad. En palabras de Günter Teubner, asistimos por todas partes a una especie de “danza de las reciprocidades”5, cuyo sig-
182
5. Teubner, G. (2001), pp. 60-73.
nificado trataré de descifrar. No hay que olvidar, además, que todo lo que acabo de decir sobre la sociedad civil podría aplicarse también a la idea que tenemos de la empresa.
II. Una empresa civil
Quienes se ocupan de la empresa conocen perfectamente que ésta puede analizarse desde distintos puntos de vista: como organización de recursos humanos y técnicos para la producción de bienes o ser- vicios; como medio de utilización del capital, entendido como un
“recurso técnico” necesario para el buen funcionamiento de la máquina emprendedora en un sistema económico capitalista; como institución dirigida a producir beneficios; como conjunto de factores y de relaciones en el que se concreta el espíritu emprendedor; y como promoción y tutela de las competencias, los conocimientos y los esti- los relacionales que conforman lo que podríamos definir como “el capital humano” de una organización. A todas estas perspectivas se podrían añadir las aportadas por la llamada “teoría de la organiza- ción”, las procedentes del estudio del sistema de flujos informativos, de las relaciones de autoridad y poder entre los distintos órganos o niveles organizativos, de los problemas de tipo psicológico generados dentro del cuerpo empresarial, etc. En cualquier caso, es evidente que siempre recurrimos a perspectivas que acentúan una determina- da realidad de la empresa aunque, en la práctica, todas ellas están interrelacionadas e interactúan unas con otras (“la danza de las reci- procidades”).
Al igual que la sociedad en general, la empresa también se ha con- vertido en un sistema complejo cuyos componentes, para ganar en funcionalidad, pueden considerarse analíticamente distintos, aunque hay que tener cuidado para que no se conviertan en autorreferencia- les, en compartimentos estancos. En ese caso, la empresa terminaría por perder de vista la que, incluso por encima del beneficio, es su cualidad más obvia y también más distintiva: su condición humana, todo lo que tiene que ver con el hombre y que, justamente por eso, hace que la empresa esté llamada a ser digna del hombre.
De manera muy sintética, pretendo explicar que la calidad de una empresa viene dada por la competencia de sus miembros, por su efi- ciencia, por su capacidad para permanecer en el mercado y para pro-
183
ducir riqueza. Sin embargo, su calidad civil emerge cuando, junto a todas estas cosas, la empresa es capaz de promover en sus diversas fases, en sus niveles organizativos, determinados recursos como el respeto a los demás, la confianza mutua, la responsabilidad, el senti- do del deber, el espíritu de sacrificio; en una palabra: “lo humano”, una tarea que obviamente debe promover toda la sociedad y en la que la empresa también está llamada a cumplir su parte. Por ejem- plo, es impensable que una empresa imponga a su departamento de personal la contratación de hombres y mujeres que cuenten con las mencionadas virtudes si, después, éstas no se ponen en práctica ni se promocionan en la vida de la compañía. Este comportamiento para- sitario podría ser rentable a corto plazo, pero a la larga seguramente resultaría contraproducente tanto para la empresa como para la sociedad. Como indicaron hace ya cuarenta años Gabriel Almond y Sidney Veba: “la cultura cívica se transmite por un complejo proce- so que implica un aprendizaje en muchas instituciones sociales, en la familia, en los grupos paritarios, en la escuela, en el lugar de trabajo y en el sistema político”6. Cada una de ellas debe, por tanto, cumplir con su parte.
Una empresa no logra su objetivo simplemente con la obtención de beneficios. Éstos son, ciertamente, indispensables para cualquier empresa digna de tal consideración (una empresa, como menciona- ba más arriba, debe saber cómo mantenerse en el mercado). Sin embargo, el contenido semántico ligado a la palabra “mercado” es menos rígido de lo que se cree y, de todas formas, la dimensión “eco- nomicista” es cada vez más inadecuada para caracterizar a una empresa. En el mercado no sólo entran en juego productos, sino también personas que los compran, conductas, estructuras y culturas.
Todas estas dimensiones median constantemente tanto en el disfru- te de las mercancías como en el modo de producirlas. Los compra- dores ya no son únicamente “clientes” que adquieren y consumen;
quieren ser más bien consumidores críticos: ciudadanos que contri- buyen a “construir” la oferta de los bienes o servicios que demandan al mercado. A este nuevo consumidor que calcula la relación calidad- precio ya no le basta con los parámetros tradicionales; quiere cono-
184
6. Almond, G.A. y Verba, S. (1963), p. 498. Para examinar más de cerca los aspec- tos estrictamente económicos de este nuevo planteamiento “civil” véase: Sacco, P.L. y Zamagni, S. (2002).
cer también cómo se ha producido ese determinado producto o si, puntualmente, la empresa ha violado derechos humanos o ambien- tales en su fabricación. Piénsese en la caída de las acciones de Nike, cuya cotización pasó de 66 dólares en agosto de 1997 a 39 en enero de 1998, después de que algunas asociaciones de consumidores denunciaran la explotación laboral de menores en la India y Pakistán. Me parece, en definitiva, que la reputación de la empresa -un concepto entendido en sentido mucho más amplio que en el pasado- se está convirtiendo en un capital cada vez más preciado. No es casual que en estos últimos años también las estrategias de con- trol y de management hayan experimentado profundas transforma- ciones.
Según Olof Berg7, parece que en las organizaciones modernas la tra- dicional “autoridad formal” se está sustituyendo cada vez más por una concepción del management como “proceso cognitivo y empáti- co”, que subraya la misión de las organizaciones y que pone más acento en las visiones compartidas, en el diálogo, que en los rígidos esquemas de planificación y decisión. Además, puesto que vivimos en una sociedad basada y organizada en torno a la comunicación y a las imágenes, parece que dirigir una empresa significa sobre todo gestionar “recursos simbólicos” más que personas, dinero, maquina- ria, etc. El modo de transmitir a los miembros de la empresa y al público una imagen que resulte lo más atractiva posible se ha con- vertido en un elemento clave en la gestión.
Esta preocupación por los aspectos simbólicos de la vida organizati- va se confirma en la creciente atención que se presta al diseño y a la arquitectura de la empresa, en el énfasis que se pone en la creación de una imagen, en el interés por el llamado marketing interno (la capacidad de la firma para venderse a sus propios miembros) y por el diálogo empresarial. En otras palabras, la cultura, el simbolismo, la estética o la ética se han convertido en conceptos fundamentales en la vida de la empresa. Esta realidad no trasluce una especie de
“feria de las vanidades” creada quizá por un manager presuntuoso o extravagante, sino más bien la conciencia de que esos conceptos son tan importantes para la empresa como sus productos y su capacidad de generar beneficios.
185
7. Berg, O. (1990), pp. 73-86.
Todavía quedan por comentar los múltiples efectos que el proceso de globalización ha provocado sobre la industria. Sobre este tema se suele poner el acento en la interdependencia cada vez más estrecha que la globalización de las relaciones económicas ha establecido entre determinadas empresas y economías. El aumento de la produc- ción y de la renta, la evolución de los precios, las tasas de interés, el nivel de empleo de una determinada economía son elementos cada vez más relacionados con lo que ocurre en otras economías. De ahí que se subraye la creciente importancia que se ha dado a la cultura en la gestión de esas interconexiones.
Sin embargo, en estas páginas quisiera llamar brevemente la aten- ción sobre otra cuestión que en parte se debe a la globalización: la transformación de los llamados “liderazgos”.
III. Hacia un “liderazgo” civil
Si hay algo que se da por descontado en el mundo actual -y creo que esto nadie lo sabrá mejor que un empresario- es la improbabilidad de que personas u organizaciones que actúan por separado y de forma individual puedan afrontar y llegar a resolver los problemas sociales, económicos y políticos. Como ya he señalado más arriba, vivimos en una sociedad diferenciada y compleja, en una sociedad “acéntrica”
(sin centro) diría Niklas Luhmann8, en la que el gobierno en senti- do amplio está cada vez más difuso. Por poner un ejemplo, los líde- res políticos deben ajustar sus presupuestos en medio de una crecien- te complejidad de los mercados, del sistema administrativo, del sis- tema técnico-científico, del sistema de comunicaciones, del sistema de valores y de los estilos de vida. Así pues, estos liderazgos, por muy sofisticados y competentes que sean, difícilmente podrán resolver por sí solos los múltiples problemas vinculados al mercado, a la edu- cación, a la sanidad, a la industria, a los servicios; especialmente si consideramos que, en la actualidad, todos ellos deben afrontarse a distintas escalas -la global, la nacional, la regional, la local-, en las que los ciudadanos y los grupos reivindican, desde todos los frentes, una mayor autonomía y servicios siempre diferentes y más persona- lizados.
186
8. Para un examen más detallado del pensamiento de Niklas Luhmann remito a Belardinelli, S. (1993).
Según algunos expertos, en un nivel estrictamente institucional, la complejidad de tal situación está generando nuevas formas de regula- rización y de gobierno, además de nuevos tipos de sistemas políticos, llamados “postparlamentarios” porque las tradicionales formas de representación democrática tienen una relevancia cada vez menor. Al estudiar, por ejemplo, las políticas de la Unión Europea, Burns y Nylander registran algunas transformaciones interesantes en las nue- vas formas de gobierno: 1) el papel destacado de los grupos de interés o de las asociaciones respecto a los ciudadanos individuales y a sus representantes territoriales (e incluso, en algunos casos, a los partidos políticos); 2) el papel central asignado a los expertos, distribuidos en el entramado de la sociedad civil, en las agencias gubernamentales o en los distintos movimientos; 3) y las “reglas del juego”, que difieren sustancialmente de las de los sistemas territoriales, parlamentarios. En general, el gobierno y la actividad política se han trasladado desde los cuerpos parlamentarios a grupos o networks informales de la sociedad civil, en muchos casos externos o periféricos al gobierno9. En otras palabras, estamos frente a múltiples actores y sujetos sociales que son, al mismo tiempo, el efecto y la causa10de los profundos cambios de los que estamos hablando, y que no sólo conciernen al orden interno de cada Estado, sino también al orden internacional de los Estados.
Lo mismo es válido para los liderazgos económicos. También los empresarios, retomando nuestro tema, están obligados a elaborar sus estrategias teniendo presente la pluridimensionalidad de su actua- ción, la globalidad del mercado, etc.
En lo concerniente al liderazgo en general, me parece que tales cam- bios indican, entre otras cosas, lo que yo definiría como crisis del liderazgo moderno. Con esto quiero decir que las formas de enten- der la élite y la dialéctica entre élites, según el modelo de Pareto o según el modelo marxista, centrado básicamente en el conflicto entre élites -en el hecho de que cada una de ellas tiende a manipular y a su vez a ser manipulada según lo que Roberto Michels ha definido como “la ley de hierro de la oligarquía”11-, tienen su origen en una
187
9. Burns, T. y Nylander, J. (2001), p. 188.
10. Ornaghi, L. (2001), p. 233.
11. Modelos de los que Raymond Aron subrayó su proximidad estructural en
“Clase social, clase política, clase dirigente” (1960), ensayo publicado en italiano en Aron, R. (1990).
concepción demasiado rígida de las relaciones sociales. Para repre- sentar una sociedad como la nuestra ya no resulta suficiente con hacer referencia a la naturaleza psico-social de su liderazgo (Pareto), ni a la clase que posee los medios de producción (Marx). La comple- jidad social nos obliga ahora a tener en cuenta una pluralidad de ele- mentos, una pluralidad de sistemas sociales, de liderazgos, que se distinguen por competencias específicas y, sobre todo, por una visión de conjunto cada vez más necesaria, por una cultura que ya no ges- tione los inevitables conflictos sociales con la astucia del zorro o la fuerza del león, sino con un profundo sentido del bien común.
Como es sabido, la diferenciación de la sociedad moderna distingue tantas élites como sistemas parciales hay; éstos, a su vez, también están cada vez más diferenciados: la religión, la política, la economía, la ciencia, el arte, etc. En cada uno de esos sistemas sociales encon- tramos una clase de liderazgo a la que se le exige unas competencias específicas. En la actualidad, esta diferenciación permanece, aunque la especialización corre el riesgo de convertirse en una forma de ais- lamiento que, después de transformar los distintos liderazgos en más autorreferenciales y, por tanto, en más ajenos al resto de la realidad, podría hacer problemática su propia funcionalidad social. La cada vez mayor dificultad con la que unos líderes aceptan las decisiones de otros, los bloqueos entre distintos liderazgos a la hora de tomar deci- siones, así como el alejamiento y la creciente crisis de confianza de los ciudadanos en sus líderes, se atribuyen, por supuesto, al fenóme- no del que estamos hablando. Hasta hace poco existía, en sentido estricto, una cierta preeminencia del liderazgo gubernamental sobre el resto. Para un gran pensador como Raymond Aron todavía se daba por descontada la distinción entre las personas que “ocupan posiciones o ejercen funciones con una influencia innegable en el gobierno de la sociedad” y “quienes dirigen la sociedad en nombre de todos”12. Hoy, por los motivos que he indicado más arriba, esta pre- eminencia ya no resulta igualmente indiscutible.
Ello podría implicar un cierto aumento del peligro de que los inte- reses de algunos lobbies suplanten al bien público, aunque también cabe la posibilidad de que aumente la consolidación de una nueva cultura de la sociedad civil, capaz de restituir con fuerza la única
188
12. Aron, R. (1990), p. 188.
razón por la que verdaderamente vale la pena preocuparse del Estado, del bien público o de la sociedad civil: salvaguardar e impul- sar la dignidad del hombre. A este respecto, podría no ser casual el hecho de que, tanto a nivel político como económico, se comience a hablar de una nueva manera de concebir el liderazgo, centrada en la competencia, pero también en la capacidad de movilizar ciertos
“capitales sociales” tanto dentro del propio sistema en el que actúa como en el exterior. La inventiva, la capacidad de comunicación, de organización y de relación, junto a la competencia eran antes las dotes naturales de un líder; en la actualidad, creo que se ha acentua- do la importancia de esas dotes. Un liderazgo que quiera ser “civil”
no puede dejar de revalorizar la confianza, la reciprocidad y el com- promiso con los demás; es más, un liderazgo será tanto más civil cuanto más sepa crear, a cualquier nivel, esa “civilización en el senti- do humano” del que hablaba al comienzo.
Como ha señalado Robert Putman en una famosa investigación sobre las regiones italianas, el bienestar global de una población no depende tanto de la riqueza, del nivel de educación o de su acceso a los recursos naturales, como del grado en que la confianza, la reci- procidad y el compromiso con los demás esté encarnado en la civic community13. Siguiendo este razonamiento, es necesario construir una nueva sociedad civil. Esta conciencia se exige a los líderes actua- les, incluidos los managers y los empresarios, y a todos los hombres de buena voluntad.
Bibliografía
Almond, Gabriel A. y Verba, Sidney (1963), The Civic Culture.
Political Attitudes and Democracy in Five Nations, Princeton University Press, Princeton.
Aron, Raymond (1990), Scienza e coscienza della società, Lucarini edi- tore, Roma.
Belardinelli, Sergio (1993), Una sociologia senza qualità. Saggi su Luhmann, Editore Franco Angeli, Milán.
189
13. Putnam, R. (1993).
190
Belardinelli, Sergio (1999), La comunità liberale. La libertà, il bene comune e la religione nelle società complesse, Editore Studium, Roma.Berg, Olof (1990), “Menagment postmoderno”, Sviluppo e Organizzazione, nº 121, pp. 73-86.
Burns, Tom R. y Nylander, Johan (2001), “Leadership e politiche nell’Unione Europea: per una teoria della menagerialità pubblica”, en Montanari, A. (ed.), Identità Nazionali e Leadership in Europa, Edizioni Jouvence, Roma.
Dahrendorf, Ralf (1989), Il conflitto sociale nella modernità, Laterza, Bari.
Donati, Pierpaolo (2001), “La qualità civile del sociale”, en Donati, P. y Colozzi, I. (eds.), Generare il “civile”: nuove esperienze nella socie- tà italiana, Il Mulino, Bolonia.
Habermas, Jürgen (1992), Morale, diritto, politica, Einaudi, Turín.
Ornaghi, Lorenzo (2001), “Globalizzazione e frammentazione. Il possibile ruolo delle élite nazionali nell’integrazione politica euro- pea”, en Montanari, A. (ed.), Identità Nazionali e Leadership in Europa, Edizioni Jouvence, Roma.
Pocock, John (1975), The Machiavellian Moment, Princeton University Press, Princeton.
Putnam, Robert (1993), La tradizione civica nelle regioni italiane, Mondadori, Milán.
Sacco, Pier Luigi y Zamagni, Stefano (eds.) (2002), Complessità rela- zionale e comportamento economico, Il Mulino, Bolonia.
Teubner, Günter (2001), “Il punto cieco dei sistemi. L’ibridazione del contratto”, Sociologia e Politiche Sociali, vol. IV, nº 1, pp. 60-73.
“ambidiestralidad” de los tiempos modernos *
Paul Dembinski
**Los escándalos recientes demuestran que los conflictos de intereses pueden hacer que el mercado enloquezca. Éste, sumido en su incapacidad para iniciar su habitual círculo vir- tuoso, se comporta como un amplificador de una espiral infernal que pone en peligro sus propios fundamentos. Los escándalos se han originado por la más elemental ausencia de discernimiento ético en el nivel de las personas y en el de las empresas. Ha llegado el momento de dejar de pensar en el problema desde el punto de vista técnico y de abordar- lo en su verdadera raíz antes de que sea demasiado tarde.
Palabras clave: Conflictos de intereses, “Ambidiestralidad”, Economía contemporánea, Escándalos financieros.
Recent scandals show that conflicts of interest could make the market run amok and put in danger its own foundations. These scandals have their origin in a lack of ethical sense in persons and firms. The time has come to confront the problem in its root instead of giving merely technical solutions.
Keywords: Conflicts of Interests, “Ambidextrousness”, Contemporary Economy, Financial Scandals.
Desde hace poco más de dos años, los conflictos de intereses ocupan un lugar cada vez más importante en el espacio público de la econo- mía globalizada. Aunque sus límites no son del todo precisos, estos conflictos se perciben como una amenaza creciente al buen funcio- namiento del mercado. Para hacerles frente hay varios procesos judi- ciales en curso y numerosas medidas legislativas en elaboración a ambos lados del Atlántico. Sin embargo, mientras no se pongan en evidencia los elementos sistémicos de los conflictos de intereses las medidas actuales no irán a la raíz del mal: se quedarán en la simple casuística.
* Texto traducido por Marina Martínez y Carmen Erro.
** Paul Dembinski es Director de L’Observatoire de la Finance, profesor asociado de Management Internacional en la Universidad de Friburgo y profesor visitante del INSEAD.
Este texto se propone abordar la problemática de los conflictos de intereses en tres fases. En la primera, se analizará la noción de con- flicto de intereses; en la segunda se plantearán diversos diagnósticos y medidas y, por último, a modo de conclusión, se expondrán los fun- damentos filosóficos de la economía de mercado que deben reexami- narse urgentemente a la luz de los recientes acontecimientos.
I. La noción de conflicto de intereses
La noción de conflicto de intereses resulta adecuada para describir dos tipos de situaciones muy diferentes entre sí: aquellas en las que el conflicto es evidente y aquellas en las que, por el contrario, está larvado o latente.
Cuando, en los años 50, Ludwig von Mises abordó el concepto de conflicto de intereses en el trabajo que dedicó a la acción humana, se refería a situaciones en las que varios protagonistas tenían intencio- nes mutuamente exclusivas sobre un mismo objeto. Ésta es, por excelencia, una situación de “juego de suma cero”, similar a la de una jauría de perros que se abalanza sobre un hueso o la de un rey que codicia los territorios vecinos. El conflicto de intereses es, en este caso, evidente y abierto y puede solucionarse a través de una con- frontación violenta (una guerra u otro tipo de enfrentamiento); a tra- vés de una negociación, lo que implica tener en cuenta sus posibles contrapartidas; o a través de una transacción, que obliga a medir los intereses en juego con la ayuda de un patrón único y unidimensio- nal. Aunque lo esencial de la historia de la humanidad se ha desarro- llado en el contexto de un “juego de suma cero”, la economía moder- na abre, según von Mises, perspectivas enormemente novedosas.
La economía moderna ofrece a la humanidad la posibilidad de emanciparse del dominio del conflicto frontal e irreductible de inte- reses porque abre los horizontes al crecimiento y, por tanto, a la mul- tiplicación de riquezas. En vez de luchar contra el vecino, el hombre tiene la posibilidad de producir nuevas riquezas, de tal forma que los intereses de uno y otro puedan conciliarse gracias al aumento de riqueza. Por esta razón, el “juego” se abre y da lugar a un juego de suma positiva. Este análisis lleva a una serie de recomendaciones cla- ras en materia política. En efecto, la mejor manera de evitar los con- flictos de intereses es extendiendo todo lo posible el dominio del
192
mercado sobre la sociedad. El mercado, como ya adelantara Montesquieu, suaviza las costumbres, ya que favorece la transforma- ción de pasiones, indomables por definición, en intereses.
Por tanto, el conflicto de intereses que encabeza la escena económi- ca en la actualidad sólo tiene unos pocos elementos en común con el conflicto abierto que se ha descrito más arriba. Es más insidioso en sus efectos y en su alcance, está larvado y se desarrolla “en el interior”
de una persona o institución. En la actualidad, la noción de conflic- to de intereses alude a un mismo actor (persona o institución) que se debate entre varias lealtades, varias motivaciones o varios intereses.
Estas situaciones surgen cada vez que hay una fuerte asimetría de información o de comprehensión entre las partes implicadas en cada transacción. En la sociedad contemporánea, cada vez más compleja y dependiente del saber, esas situaciones son muy frecuentes. Por ejemplo, un médico, dada su autoridad y su formación, puede dejar- se llevar y prescribir medicamentos en el mejor de los casos super- fluos y en el peor de los casos nocivos. Con ello traiciona la confian- za del paciente a cambio de los favores que recibe de los grupos far- maceúticos. En las sociedades en las que dos tercios de la riqueza nacional proceden del sector servicios y se generan por la manipula- ción, si no del saber sí de la información, el recurso al agente o al experto es una práctica omnipresente. El experto -ya sea un banque- ro, un abogado, un mecánico, un contable o un médico- asume con frecuencia el rol de prescriptor, especialmente de sus propios servi- cios. Lo mismo pasa con el agente, que es el depositario de los inte- reses de terceros en un determinado servicio o en una transacción.
El conflicto de motivaciones entre la fidelidad a la voluntad del cliente y el logro de una cifra de negocios es tan antiguo como algu- nos de los oficios más arriesgados. Por eso los gremios profesionales tradicionales desarrollaron reglas deontológicas muy estrictas y exa- minaban el carácter de los nuevos candidatos antes de aceptarlos en sus filas. Se trataba de reclutar sobre todo a aquellos que, por su carácter, fueran capaces de asumir y de vencer el conflicto en nom- bre de su integridad profesional. Por esta razón el juramento hipo- crático de la Medicina se convierte en un modelo a seguir. Por su parte, las profesiones jurídicas han estado tradicionalmente expues- tas a los más variados conflictos de intereses. Como demuestran recientes investigaciones históricas, ya desde la Edad Media se desarrolló en el seno de las profesiones jurídicas una “ambidiestrali-
193
dad”. Un jurista “ambidiestro” es aquel que trabaja para dos partes de un litigio sin que una de ellas lo sepa, que opta por una de ellas en pleno proceso o que influye en el veredicto en favor del cliente que ha elegido. El término “ambidiestralidad” utilizado en este contexto hace referencia a la habilidad de los juristas ambidiestros para perci- bir una remuneración de dos partes. Con el fin de preservar la con- fianza del público en su aptitud para defender los intereses de los clientes, la profesión jurídica ha elaborado progresivamente distintos códigos de ética profesional que condenan estas prácticas en nombre de la lealtad al cliente, y que las sancionan severamente1.
Más recientemente, el conflicto de intereses en la práctica financie- ra se ha descrito, siguiendo el ejemplo de Merryll Lynch, como aque- lla situación en la que “ (…) el interés personal interfiere -o parece interferir- de alguna manera con el interés de Merryll Lynch.
Cualquier empleado de Merryll Lynch debe evitar las actividades, la persecución de intereses o las asociaciones que puedan interferir, o que parezcan interferir, con el ejercicio independiente de su buen criterio en el cumplimiento de sus deberes o con el interés adecua- damente entendido de la sociedad, de sus clientes, de sus accionistas o del público”2. Esta manera de plantear el problema limita el alcan- ce del conflicto de intereses exclusivamente a las relaciones entre la vida privada del empleado y los intereses económicos del empleador.
Con ello quedan excluidas todas las situaciones de “ambidiestrali- dad” en las que la institución podría ser desleal a los intereses de los principales.
Para concluir este rápido repaso se pueden distinguir tres estratos en el conflicto de intereses: 1. Estrato de “situación”: un actor está sometido a una pluralidad de motivaciones no convergentes. Para algunos, este tipo de situación se da muy a menudo (desde el punto de vista estadístico, es normal) en una economía basada en la inter- mediación en el tratamiento de la información. 2. Estrato de “duda”:
las motivaciones no convergentes colocan al actor en un estado de profunda confusión en lo que respecta a la conducta a seguir. 3.
Estrato de “acción”: el actor se niega a decidir y, siguiendo el ejem- plo de un jurista “ambidiestro”, persigue intereses contradictorios.
194
1. Rose, J. (1999).
2. Merryll Lynch (2003).
II. Las medidas: la negación de la ética
Recientemente se ha escrito mucho sobre la identificación, el análi- sis y la prevención de situaciones que llevan implícitos conflictos de intereses. En este sentido, aparecen dos formas distintas de abordar este fenómeno. En la primera, el conflicto de intereses nace a partir de situaciones (estrato 1); basta, pues, con evitar la aparición de esas situaciones para que el potencial devastador del conflicto de intere- ses desaparezca. Se trata de una cuestión técnica que debe resolver- se con medios técnicos. En la segunda, el problema debe abordarse desde el estrato de “duda”. Al proponer instrumentos de discerni- miento certeros será posible evitar que el conflicto se expanda. Desde este punto de vista, la naturaleza del problema es, por tanto, ética.
En La riqueza de las naciones, Adam Smith llamó la atención sobre la diferencia de intereses que podría haber entre el gestor y el pro- pietario de una empresa. “Sin embargo, puesto que los gestores de este tipo de compañías [por acciones] administran el dinero de otras personas, no se puede esperar de ellos que lo controlen con el mismo celo que pondrían los socios de una compañía privada. Como repre- sentantes de un hombre rico, tienden a pensar que el honor de su patrón no atañe a los pequeños asuntos cotidianos y, con facilidad, eluden preocuparse por ellos. La negligencia y la dejadez se perpe- tuan, por tanto, en la gestión de este tipo de compañías”3. Se trata de una situación en la que los gestores persiguen dos intereses que sólo convergen parcialmente: el del propietario y el suyo propio. Esta situación, según Smith, es normal en una economía compleja en la que la delegación está muy presente. Sin embargo, puesto que se trata de una solución poco eficaz, será eliminada por la concurrencia.
Smith parece concluir, por tanto, que en primer lugar los conflictos de intereses dan lugar necesariamente a ineficiencias y que, en segundo término, éstos desaparecerán por el propio juego de merca- do.
La mayor parte de los economistas que han abordado la cuestión del conflicto de intereses lo han hecho desde el estricto punto de vista del mercado. Contamos también con una aportación reciente que describe los conflictos de intereses que han hecho tambalear en los últimos dos años el mundo globalizado de las finanzas. Sus autores
195
3. Traducción propia a partir de Smith, A. [1776 (1961)], p. 264.
abordan la cuestión limitando el alcance de los conflictos de intere- ses a las situaciones en las que un actor tiene interés en quitar al mer- cado la información que necesita para funcionar correctamente. “Nos interesan los conflictos de intereses porque si reducen de forma sig- nificativa la información de la que disponen los mercados financie- ros contribuyen a crear asimetrías de información y, de esta manera, impiden que los mercados financieros aporten fondos a los actores que tienen oportunidades de inversión productivas (…). Nosotros sostenemos que los conflictos de intereses sólo reclaman una inter- vención pública cuando disminuyen la eficiencia de los mercados financieros”4. Tras analizar de forma detallada la situación en cuatro ámbitos financieros, estos autores concluyen que el libre juego de mercado es la mejor manera de asegurar -a largo plazo- la elimina- ción de conflictos de intereses por la presión concurrencial. Sin embargo, reconocen que, en ciertos casos, el largo plazo puede cons- tituir un horizonte demasiado lejano y que las medidas tendentes a
“poner orden en las incitaciones” se imponen en el seno de las insti- tuciones. Las recomendaciones de este estudio están fuertemente influidas por la constante comparación entre los costes que entraña- rían las eventuales reglamentaciones suplementarias y los beneficios que éstas producirían al buen funcionamiento de los mercados.
El punto de vista técnico de los conflictos de intereses ve la raíz del problema en la presencia de múltiples motivaciones (estrato de
“situación”), mientras que el punto de vista ético cree que su origen está en el estrato de “duda”. Efectivamente, desde esta última pers- pectiva, las motivaciones múltiples y no convergentes son una mone- da corriente en el mundo contemporáneo; por ello resulta absurdo pretender erradicarlas. En consecuencia, lo que está en juego y la solución del problema se encuentran en el nivel de “duda”. Sólo interviniendo en este estrato podrá evitarse la confusión de intereses.
De esta forma, la noción de conflicto de intereses aparece como un eufemismo que permite disimular el dilema ético que se encuentra en el centro mismo del problema. El malestar contemporáneo radi- ca en el hecho de que al apelar a la ética para erradicar los cada vez más frecuentes conflictos de intereses se reconocen, sin querer admi- tirlos, los límites del proyecto de mercado. Esto último pretende
196
4. Crockett, A.; Harris, T.; Mishkin, F. y White, E. (2003).
dejar de lado la ética y reemplazarla por la aritmética del interés que, por sí misma, basta para garantizar el óptimo social.
Los dilemas éticos que aparecen en el ejercicio de diversas profesio- nes liberales se contemplan en sus correspondientes códigos deonto- lógicos. Por tanto, la apertura de las profesiones y la exclusiva con- centración de la formación en la dimensión técnica de las materias ocultan la dimensión ética implícita en su ejercicio. Con la ayuda del mito de la aritmética de los intereses hoy en día se niega la mera existencia de los dilemas éticos. De aquí se deriva que los juramen- tos hipocráticos se sustituyan a menudo por prácticas profesionales hipócritas.
Ahora bien, los conflictos de intereses no sólo tienen un carácter individual; afectan también a las empresas: el banco que abulta la cartera de un cliente con más productos que los que realmente nece- sita con el fin de obtener comisiones suplementarias; el fabricante de coches o de otros bienes que programa la vida de un producto para obligar al cliente a adquirir uno nuevo cada cierto tiempo; el fabri- cante de productos alimenticios o de cigarrillos que manipula sus productos a espaldas de los consumidores con el fin de crearles dependencia. Estos dilemas forman parte de la vida cotidiana de las empresas. Ahora bien, con el fin de encararlos e impedir que pongan en peligro los intereses de la empresa, estas cuestiones se solventan con procedimientos asépticos y se disimulan con un vocabulario téc- nico a su antojo. Para mantener en jaque la duda, para disipar el dile- ma ético, se “interesa” a los colaboradores en los resultados de la empresa por medio de sofisticados mecanismos de remuneración.
De esta forma, sin darse cuenta, se convierten en rehenes de sus pro- pios intereses.
A pesar de su aparente complementariedad, las dos vías menciona- das para solucionar los conflictos de intereses resultan incompatibles en sus presupuestos antropológicos de fondo. En efecto, cada una de estas posturas se apoya en una visión diferente de la naturaleza humana. Para los partidarios de las soluciones técnicas, el hombre no debe verse involucrado en ningún caso en situaciones que incluyan motivaciones no convergentes, ya que no es capaz de asumirlas. Por esta razón, debe hacerse cualquier cosa para simplificar y coordinar las motivaciones pecuniarias, que por sí mismas bastan para asegurar los comportamientos previsibles de los actores. Por otro lado, el
197
método ético parte de la premisa opuesta: el hombre es perfectamen- te capaz de asumir situaciones con dilemas éticos; es precisamente en el corazón de estas situaciones donde se ejercita su capacidad de dis- cernimiento y de juicio.
III. ¿Qué tipo de antropología?
La teoría de la agencia, piedra angular de la economía contemporá- nea, sostiene que la remuneración en función de los resultados es la única manera de hacer coincidir los intereses del principal y del agente. Buena parte de las discusiones sobre el gobierno de las empresas se inspira precisamente en la teoría de la agencia. Por tanto, todas las soluciones basadas en el interés reducen al hombre a un “servo-mecanismo maximizador”carente de cualquier escrúpulo ético. Este modelo de hombre es fácil de manipular; simplemente basta con tener las estructuras adecuadas de remuneración. En este contexto, quien paga manda y tiene todos los derechos. El ejecutan- te, siguiendo el ejemplo de los grandes patrones de las multinaciona- les, debería limitarse a hacer una reverencia y apresurarse a coger el cheque -a menudo astronómico- que recompensaría su ciega lealtad.
Aplicada al campo de la política, la lógica del interés justificaría todas las corrupciones. En lo que respecta al terreno de la economía, los recientes escándalos han demostrado que, dejada a su libre albe- drío, puede resultar devastadora.
En efecto, la seductora construcción intelectual que funda la prome- sa teórica de un mercado perfecto se basa en el postulado antropoló- gico de que la naturaleza humana se corresponde plenamente con el perfil del “homo oeconomicus” y en que su única finalidad es la maximización sistemática de la satisfacción frente a las diversas limi- taciones de la vida. Esta construcción legitima el egoísmo -cualquie- ra que sea su definición precisa- puesto que sostiene que en él radi- ca precisamente la esencia de la naturaleza humana. Aunque este postulado se ha refutado en numerosas ocasiones, constituye una prolongación de la idea según la que, como expone de forma magis- tral A. Hirschmann, las sociedades basadas en el interés son más prósperas y más felices que las que se fundamentan en las pasiones5. Hoy en día, las distintas deontologías se tambalean ante la presión
198
5. Hirschmann, A.O. (1977).
de “los intereses bien entendidos” de las profesiones y la lealtad se ha convertido en una mercancía; está claro que las amenazas de la arit- mética de los intereses que planean sobre la sociedad aparecen cada vez de manera más evidente.
Sin intención de que se enfaden los teóricos de la economía, los escándalos recientes demuestran que los conflictos de intereses pue- den hacer que el mercado enloquezca. Éste, sumido en su incapaci- dad para iniciar su habitual círculo virtuoso, se comporta como un amplificador de una espiral infernal que pone en peligro sus propios fundamentos. Los escándalos se han originado por la más elemental ausencia de discernimiento ético en el nivel de las personas y en el de las empresas. No se trata de casos aislados; más bien al contrario, son la punta de un iceberg de situaciones cotidianas para millones de profesionales. El error sistemático de pensar que “todo es económi- co” consiste en abordar el dilema ético como si se tratase de un sim- ple conflicto de intereses, a base de sanciones legales y de recompen- sas pecuniarias.
Ha llegado el momento de dejar de pensar en el problema desde el punto de vista técnico y de abordarlo en su verdadera raíz antes de que sea demasiado tarde. Hace dos mil años Cristo hizo alusión a los conflictos de intereses al advertir a sus discípulos que nadie puede servir a dos maestros a la vez.
Bibliografía
Crockett, Andrew; Harris, Trevor; Mishkin, Frederic y White, Eugene (2003), Conflicts of Interest in the Financial Service Industrie:
What Should We Do About Them?, CEPR-Internacional Center for Monetary and Banking Studies, Ginebra.
Hirschmann, Albert O. (1977), The Passions and the Interests:
Political Arguments for Capitalism Before its Triumph, Princeton University Press, Princeton, NJ.
Merryll Lynch (2003), Code of Ethics for Directors, Officers and Employees, versión de comienzos de año.
Rose, Jonathan (1999), The Ambidextrous Lawyer: Conflict of Interest and the Medieval Legal Profession, University of Arizona, ejemplar mimeo.
199
Smith, Adam [1776(1961)], An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, edición de E. Cannan, University Paperbacks, Londres.
200
nuevo orden social
Ignacio Ferrero
*Los cambios culturales y socioeconómicos que se han gestado en las últimas décadas, fruto de la globalización y de la economía del conocimiento, han configurado un nuevo modo de comprender la actividad política, que reclama soluciones distintas al tradicional conflicto Estado-individuo, o economía planificada-economía de mercado. El camino a recorrer no consiste en una vía intermedia entre el socialismo y el capitalismo, sino en explorar una senda en la que se integren los agentes sociales de modo complementario, y en la que adquiera un papel preponderante la sociedad civil. La revisión de las tesis principales del genuino liberalismo, y sus corolarios en las recomendaciones de política económica, mues- tran cómo la doctrina liberal no conduce a esas pretendidas incompatibilidades.
Palabras clave: Política económica, Liberalismo, Estado, Mercado, Estado de Bienestar, Tercera vía, Política monetaria, Política fiscal, Comercio internacional, Laissez-faire, Libertad individual, Regla monetaria, Seguridad Social.
In the last decades globalization and the knowledge economy have caused socioeconomic and cultural changes, which have given rise to a new way of understanding politics. This way claims for different solutions to face the traditional conflict between State-indivi- dual, or planned economy-market economy. The route to go ahead is not a mid-road bet- ween socialism or capitalism, but to explore a new way where social agents could be com- plemented, and the civil society may have a prevailing role. The exam of the principal thesis of genuine liberalism, and its corollaries in economic policy recommendations, show how the liberal doctrine does not drive to that supposed incompatibilities.
Keywords: Economic Policy, Liberalism, State, Market, Welfare State, The Third Way, Monetary Policy, Fiscal Policy, International Trade, Laissez-faire, Individual Freedom, Monetary Rule, Social Security.
I. Introducción
La llegada del tercer milenio ha venido acompañada de un cambio económico, social y cultural que se ha ido gestando en las últimas décadas del reciente siglo XX, y que va a configurar un nuevo modo de comprender la actividad política.
* Ignacio Ferrero es Doctor en Economía Aplicada, Licenciado en Filosofía y Letras y Bachelor en Ciencias Económicas, los tres títulos por la Universidad de Navarra.
Los factores que han ido dando cuerpo a este cambio son abundan- tes y proceden de ámbitos muy diversos. Junto a una renovación de los procesos productivos y a una profunda modificación de las pautas de consumo, que ha provocado una variación en las actitudes y las expectativas de los agentes económicos, la sociedad se ha visto trans- formada por una radical internacionalización, fruto de una creciente globalización y de la aparición de la economía del conocimiento.
Esta interconexión mundial responde a un salto histórico, ya que sólo a partir de la década de los noventa se puede hablar realmente de una economía global, “con capacidad de funcionar como una unidad en tiempo real a escala planetaria”1. El extraordinario desarrollo de las tecnologías de la comunicación ha posibilitado la creación de canales que vinculan los espacios económicos locales en un gran espacio glo- bal, desvinculando las ligaduras territoriales2.
Estas novedosas circunstancias en el panorama de nuestra vida social tienen como contrapartida, en el ámbito político, inéditos modos de responder a los retos de esta revolución. La nueva comprensión de la esfera pública y de sus agentes principales se caracteriza por despla- zar el histórico debate acerca del conflicto entre el sector público y el sector privado, o entre el Estado y el individuo, o si se quiere entre la economía planificada y la economía de mercado, hacia un orden social cuya piedra sillar es la comunidad, el individuo considerado como ser comunitario o persona socio-económica. El ciudadano deja de verse como un miembro incluido en un Estado concebido como totalidad, para pasar a considerarse parte de una relación asociativa que da lugar al Estado entendido como una gran institución de ser- vicio a toda la comunidad política.
La nueva percepción de la esfera social deja de lado el enfoque de con- flicto para introducirse en el ámbito de la colaboración, es decir, cifra los términos del debate en clave de complementariedad e interdepen- dencia, porque el Estado necesita de la economía de mercado y vice- versa, y ni uno ni otro se pueden sustituir. Cada uno tiene un papel y una responsabilidad en el concierto social3.
202
1. Castells, M. (2001), p. 121.
2. Zubero, I. (2001), pp. 165-195.
3. Los principales representantes de este grupo de intelectuales, que pretende rege- nerar las relaciones sociales y el pensamiento político con novedosas premisas