ESCUELA PARROQUIAL DIVINO
NIÑO
___________________________________
Cuentos para enseñar
Adaptación de la fábula de Jean de la Fontaine
Un asno y un caballo vivían juntos desde su más tierna infancia y, como buenos amigos que eran, utilizaban el mismo establo, compartían la bandeja de heno, y se repartían el trabajo equitativamente. Su dueño era molinero, así que su tarea diaria consistía en transportar la harina de trigo desde el campo al mercado principal de la ciudad.
La rutina era la misma todas las mañanas: el hombre colocaba un enorme y pesado saco sobre el lomo del asno, y minutos después, otro igual de enorme y pesado sobre el lomo del caballo. En cuanto todo estaba
preparado los tres abandonaban el establo y se ponían en marcha. Para los animales el trayecto era aburrido y bastante duro, pero como su sustento dependía de cumplir órdenes sin rechistar, ni se les pasaba por la mente quejarse de su suerte.
Un día, no se sabe por qué razón, el amo decidió poner dos sacos sobre el lomo de asno y ninguno sobre el lomo del caballo. Lo siguiente que hizo fue dar la orden de partir.
– ¡Arre, caballo! ¡Vamos, borrico!… ¡Daos prisa o llegaremos tarde!
Se adelantó unos metros y ellos fueron siguiendo sus pasos, como siempre perfectamente sincronizados. Mientras caminaban, por primera vez desde que tenía uso de razón, el asno se lamentó:
– ¡Ay, amigo, fíjate en qué estado me encuentro! Nuestro dueño puso todo el peso sobre mi espalda y creo que es injusto. ¡Apenas puedo sostenerme en pie y me cuesta mucho respirar!
El pequeño burro tenía toda la razón: soportar esa carga era imposible para él. El caballo, en cambio, avanzaba a su lado ligero como una pluma y sintiendo la perfumada brisa de primavera peinando su crin. Se sentía tan dichoso, le invadía una sensación de libertad tan grande, que ni se paró a pensar en el sufrimiento de su colega. A decir verdad, hasta se sintió molesto por el comentario.
– Sí amiguete, ya sé que hoy no es el mejor día de tu vida, pero… ¡¿qué puedo hacer?!… ¡Yo no tengo la culpa de lo que te pasa!
Al burro le sorprendió la indiferencia y poca sensibilidad de su compañero de fatigas, pero estaba tan agobiado que se atrevió a pedirle ayuda.
– Te ruego que no me malinterpretes, amigo mío. Por nada del mundo quiero fastidiarte, pero la verdad es que me vendría de perlas que me echaras una mano. Me conoces y sabes que no te lo pediría si no fuera absolutamente necesario.
El caballo dio un respingo y puso cara de sorpresa.
– ¡¿Perdona?!… ¡¿Me lo estás diciendo en serio?!
El asno, ya medio mareado, pensó que estaba en medio de una pesadilla.
– ‘No, esto no puede ser real… ¡Seguro que estoy soñando y pronto despertaré!’
El sudor empezó a caerle a chorros por el pelaje y notó que sus grandes ojos almendrados empezaban a girar cada uno hacia un lado, completamente descontrolados. Segundos después todo se volvió borroso y se quedó prácticamente sin energía. Tuvo que hacer un esfuerzo descomunal para seguir pidiendo auxilio.
– Necesito que me ayudes porque yo… yo no puedo, amigo, no puedo continuar… Yo me… yo… ¡me voy a desmayar!
El caballo resopló con fastidio.
– ¡Bah, venga, no te pongas dramático que tampoco es para tanto! Te recuerdo que eres más joven que yo y estás en plena forma. Además, para un día que me libro de cargar no voy a llevar parte de lo tuyo. ¡Sería un tonto redomado si lo hiciera!
Bajo el sol abrasador al pobre asno se le doblaron las patas como si fueran de gelatina.
– ¡Ayuda… ayuda… por favor!
Fueron sus últimas palabras antes de derrumbarse sobre la hierba.
¡Blooom!
El dueño, hasta ese momento ajeno a todo lo que ocurría tras de sí, escuchó el ruido sordo que hizo el animal al caer. Asustado se giró y vio al burro inmóvil, tirado con la panza hacia arriba y la lengua fuera.
– ¡Oh, no, mi querido burro se ha desplomado!… ¡Pobre animal! Tengo que llevarlo a la granja y avisar a un veterinario lo antes posible, pero
¿cómo puedo hacerlo?
Hecho un manojo de nervios miró a su alrededor y detuvo la mirada sobre el caballo.
– ¡Ahora que lo pienso te tengo a ti! Tú serás quien me ayude en esta difícil situación. ¡Venga, no perdamos tiempo, agáchate!
El desconcertado caballo obedeció y se tumbó en el suelo. Entonces, el hombre colocó sobre su lomo los dos sacos de harina, y seguidamente arrastró al burro para acomodarlo también sobre la montura. Cuando tuvo todo bien atado le dio unas palmaditas cariñosas en el cuello.
– ¡Ya puedes ponerte en pie!
El animal puso cara de pánico ante lo que se avecinaba.
– Sí, ya sé que es muchísimo peso para ti, pero si queremos salvar a nuestro amigo solo podemos hacerlo de esta manera. ¡Prometo que te recompensaré con una buena ración de forraje!
El caballo soltó un relincho que sonó a quejido, pero de nada sirvió. Le gustara o no, debía realizar la ruta de regreso a casa con un cargamento descomunal sobre la espalda.
Gracias a la rápida decisión del molinero llegaron a tiempo de que el veterinario pudiera reanimar al burro y dejarlo como nuevo en pocas horas.
El caballo, por el contrario, se quedó tan hecho polvo, tan dolorido y tan débil, que tardó tres semanas en recuperarse. Un tiempo muy duro en el que también lo pasó mal a nivel emocional porque se sentía muy culpable.
Tumbado sobre el heno del establo lloriqueaba y repetía sin parar:
– Por mi mal comportamiento casi pierdo al mejor amigo que tengo…
¿Cómo he podido portarme así con él?… ¡Tenía que haberle ayudado!…
¡Tenía que haberle ayudado desde el principio!
Por eso, cuando se reunieron de nuevo, con mucha humildad le pidió perdón y le prometió que jamás volvería a suceder. El burro, que era un buenazo y le quería con locura, aceptó las disculpas y lo abrazó más fuerte que nunca
.
El Asno con piel de León
Adaptación del cuento popular de la India
Érase una vez un comerciante de la India que se ganaba la vida vendiendo aceitunas en la gran ciudad. El trayecto desde su pueblo hasta el mercado era largo, así que todas las mañanas colocaba la mercancía sobre el lomo de su inseparable asno de pelo gris, y cuando estaba listo partían juntos hacia su destino.
Gracias a que el burro era fuerte, veloz y gozaba de muy buena salud, los sacos llegaban siempre en perfecto estado al puesto de venta. El mercader apreciaba el esfuerzo diario del animal y estaba orgulloso de lo bien que trabajaba, pero a decir verdad había una cosa de él que le fastidiaba un montón: ¡comía mucho más que cualquier otro de su misma especie! La razón era que como cargaba tanto peso gastaba mucha energía, y al gastar mucha energía necesitaba reponer fuerzas continuamente. El hombre, buena persona pero muy tacaño, solía lamentarse ante el resto de los comerciantes de lo caro que resultaba alimentarlo ocho veces al día.
– Yo no sé cuánto zampan vuestros asnos, pero desde luego este come más que un elefante… ¡Está engordando muchísimo y cada vez me cuesta más mantenerlo!
Una noche se puso a repasar los beneficios del mes y comprobó que no le salían las cuentas. Enfadado, se echó las manos a la cabeza y empezó a maldecir.
– ¡Este burro tragón es mi ruina! Engulle tanto que la mitad de lo que gano se va en comprar sacos de alfalfa para saciar su apetito. ¡Esto no puede seguir así!
Absolutamente decidido a encontrar una solución, cerró los ojos y se puso a meditar.
– Ahora que lo pienso todos los días paso por delante de una finca donde crece la alfalfa a porrillo y… ¡Claro, cómo no se me ha ocurrido antes!…
¡Puedo llevar allí a mi borrico glotón y dejar que se atiborre sin gastarme ni una sola moneda!
El plan era bastante bueno, pero…
– El único inconveniente es que el terreno tiene dueño. Si cuelo al burro y el capataz encargado de vigilar las tierras lo ve llamará a los guardias y…
¡Oh, no, me acusarán de invadir una propiedad privada y acabaré encerrado en la cárcel como un vulgar ladronzuelo!
Para lograr su propósito sin correr riesgos debía perfeccionar la maniobra.
– ¡Ya sé qué hacer! Compraré una piel de león, se la pondré al burro por encima, y después lo soltaré dentro de la finca. El capataz pensará que se trata de una fiera salvaje y no se atreverá a hacerle nada. ¡Ju, ju, ju!
Creyendo que había diseñado un plan magistral se puso manos a la obra, y en pocas horas consiguió un hermoso y anaranjado pelaje de león que colocó sobre el animal como si fuera un enorme manto.
– A ver, déjame que te vea bien…
Se alejó de él para observarlo desde distintos ángulos. ¡Quería asegurarse que daba el pego!
– Visto de cerca se nota que es un borrico disfrazado, pero a distancia parece tal cual el rey de la selva. ¡Es genial, genial, genial!
Cuando se convenció de que el éxito estaba asegurado lo llevó a la finca y lo metió dentro del cercado, bien lejos de la entrada para que comiera tranquilo y a su antojo. Él, mientras tanto, se ocultó tras un árbol para no ser descubierto.
Cinco minutos más tarde apareció el capataz y todo salió según lo previsto:
en cuanto el hombre descubrió que un peligroso león se paseaba por sus dominios se puso a chillar como un loco y escapó huyendo muerto de miedo. Al comerciante se le escapó una risita.
– ¡Je je je! ¡Se ha tragado la patraña!… ¡Sí señor, soy un tipo listo!
En vista del triunfo al día siguiente repitió la operación. El burro, ataviado con la piel de león, volvió a infiltrarse en la finca para ponerse morado de alfalfa y también de nuevo, en plena degustación, apareció el capataz.
Sobra decir que al ver al temible león campando a sus anchas en sus tierras puso pies en polvorosa, completamente aterrorizado. El comerciante, oculto entre la maleza, se partía de la risa.
– ¡Ja, ja, ja!… ¡Ay, qué divertido!… ¡El muy torpe no se ha dado cuenta de que esa fiera es más falsa que una moneda de cuero! Si supiera que tan solo es un pobre asno incapaz de hacerle daño a una mosca… ¡Ja, ja, ja!
La escena se repitió una y otra vez durante una semana, pero el octavo día la cosa cambió: sí, el capataz volvió a correr como si no hubiera un mañana, pero en vez de ir a esconderse a su casa decidió actuar con valentía y pedir ayuda a sus vecinos. En menos que canta un gallo reunió a más de treinta hombres y mujeres que, armados con palos de escoba, estuvieron de acuerdo en ir a dar un escarmiento a la pavorosa fiera. Él, por supuesto, se puso al frente de la comitiva.
– ¡Ese león tiene los días contados!… ¡Le obligaremos a irse! ¡Vamos, amigos!
Atravesaron el campo en fila india y enseguida llegaron a la finca. Al detenerse junto a la valla comprobaron con sus propios ojos que se trataba de un león de patas larguísimas y altura descomunal. Para qué mentir:
¡todos sintieron auténtico pavor y deseos de tirar la toalla!
– Os advertí que se trataba de una bestia gigantesca, pero tenemos que echarla de aquí como sea. Estos días ha estado en las tierras a mi cargo,
pero mañana podría invadir las vuestras para comerse el pasto, o lo que es peor, atacar al ganado. Aparquemos el miedo y acabemos con este peligroso ser. ¡Unidos venceremos!
Los vecinos, entendiendo que tenía toda la razón, levantaron los palos a modo de espadas y, como si fueran parte de un pequeño ejército, se prepararon para el asalto. En ese mismo momento el asno escuchó voces, levantó la cabeza, y vio que una tropa armada hasta las cejas le miraba amenazante. Ante semejante visión, tuvo tres reacciones en cadena: la primera, quedarse petrificado; la segunda, poner cara de pánico; la tercera, empezar a gritar como loco.
¡Hiaaaa! ¡Hiaaaa! ¡Hiaaaa!
Los vecinos se callaron de golpe y se miraron desconcertados.
¡Hiaaaa! ¡Hiaaaa! ¡Hiaaaa!
Sí, habían escuchado bien: no eran rugidos… ¡eran rebuznos! Como te puedes imaginar se quedaron atónitos, pero la gran sorpresa se produjo cuando de repente, el animal echó a correr en dirección contraria y la piel de león cayó sobre la hierba seca. El capataz, alucinado, gritó:
– ¡El león era un borrico!… ¡Un simple e inofensivo borrico!
¡¿Un borrico?! Los miembros del grupo lanzaron los palos de escoba al aire y se tiraron al suelo muertos de risa. De todos, el que más carcajadas soltaba era el capataz.
– ¡Un borrico!… ¡Ja, ja, ja! Esto sí que es un final feliz… ¡y divertido!
Sí, ciertamente fue un final feliz y divertido para los vecinos, pero no para el comerciante que, desde su escondite, vio impotente cómo el burro corría
despavorido, saltaba la valla y desaparecía para siempre por culpa de su avaricia
El deseo del pajarito azul
Érase una vez un hermoso pajarito azul que vivía en un árbol que crecía altivo en la cima de una montaña. Desde ese privilegiado lugar se veía el mar y se podía escuchar el sonido de las olas batiendo contra las rocas, disfrutar de la penetrante brisa marina, y contemplar cada noche un enorme sol naranja sumergiéndose en las aguas hasta la llegada del nuevo amanecer.
Además de esas impresionantes vistas, el pajarito azul disfrutaba de las ventajas de ser ave. La mayor de todas era que podía ensayar un montón de acrobacias en el aire, pero también hacer cosas muy chulas como atrapar
bichitos al vuelo o, en los meses de verano, revolotear entre las esponjosas y húmedas nubes para quitarse el calor y volver fresquito al nido.
Curiosamente, aunque su vida parecía envidiable, el pajarito azul no se sentía plenamente feliz. Él tenía un sueño, y ese sueño, como suele suceder, tenía que ver con algo inalcanzable para él. Lo que más anhelaba, lo que más deseaba en el mundo el pajarito azul, era aprender a nadar. Por esta razón, mientras sus amigos disfrutaban picoteando cerezas o haciendo carreras en las praderas cercanas, él se pasaba horas viendo las cabriolas que a lo lejos, hacían los delfines.
Completamente pasmado, se repetía una y otra vez:
– ‘¡Cuánto me gustaría haber nacido pez!… Si pudiera cambiar mis alas por aletas no me lo pensaría dos veces.’
Tanto se obsesionó con la idea que llegó un momento en que perdió interés por todo lo que le rodeaba. El pajarito azul dejó de comer y poco a poco se fue quedando pálido, flacucho, sin fuerzas. Su madre, preocupadísima, le advirtió:
– Hijo mío, no puedes seguir así. Deberías estar pasándotelo bien con tu pandilla y no todo el día metido en casa sin hacer otra cosa que mirar el mar. Tú eres un pequeño pájaro y nunca podrás nadar ¿Es que no te das cuenta?… ¡Anda, ve a dar una vuelta que hace un día espléndido!
Aunque estas palabras tenían la intención de animarlo no sirvieron de mucho; al contrario, el joven pajarillo se sintió todavía más deprimido y, en cuanto su mamá se alejó, se puso a llorar amargamente sintiendo que nadie en el mundo le comprendía.
En eso estaba cuando una gaviota de pecho blanco que pasaba por allí se posó a su lado y le dio unas palmaditas en el lomo con una de sus robustas patas amarillas.
– ¿Se puede saber qué te pasa, pequeñajo? Por tu tristeza deduzco que estás metido en un problema bien gordo.
El pajarito azul la miró de reojo un poco avergonzado.
– No sé si es un problema, pero lo cierto es que me siento fatal.
La gaviota se sentó, dispuesta a escuchar la historia.
– No tengo nada mejor que hacer así que soy toda oídos. Si compartes conmigo eso que tanto te agobia quizás pueda ayudarte.
El pajarito seguía sin apartar los ojillos encharcados en lágrimas del infinito mar azul. Por fin, fue capaz de soltar todo lo que llevaba dentro.
– ¿Ves lo increíble que es el océano? ¿Y ves lo cerquita que está?…
Desde que nací mi gran ilusión es aprender a nadar.
– ¿Ah, sí?… ¿Y por qué?
– Para saltar las olas, para comprobar si el agua es tan salada como cuentan, para flotar boca arriba como un tronco a la deriva… ¡y para explorar el fondo en busca de corales!
La gaviota sintió mucha lástima por él y se mantuvo en silencio durante unos segundos. ¡No pedía poca cosa el muchachito! Finalmente, decidió opinar.
– Aunque no me creas, te aseguro que puedo entender tu frustración: eres un pájaro que quiere nadar y no puede nadar… ¿No es así?
– Sí, y por eso yo…
– Escúchame bien lo que te voy a decir: todos los seres del mundo, del más pequeño al más grande, tenemos un montón de virtudes, pero también algunas limitaciones que debemos aceptar con naturalidad. ¿Es que nunca te has parado a pensar sobre ese tema?
El pajarito azul se sintió bastante apurado.
– La verdad es que no mucho.
– Pues no tienes más que fijarte en los demás. Por ejemplo… ¡mira hacia ahí! ¿Ves esos humanos que pasean descalzos por la playa? ¡Dicen que son los seres más inteligentes del planeta Tierra! Poseen un cerebro tan desarrollado que son capaces de construir sofisticados cohetes que atraviesan el espacio y se posan en la Luna, pero ¿sabes una cosa? ¡Jamás podrán volar por sí mismos como nosotras las aves, ni correr a la velocidad de los guepardos, ni saltar de rama en rama al estilo de los gorilas!
El pajarito azul se relajó un poco, fascinado por la explicación de la sabia gaviota.
– ¿Y qué me dices de nosotros los animales? ¡Todos tenemos capacidades diferentes! Los peces saben mejor que nadie cómo es el mar, pero nunca conocerán el placer de saborear un arándano. Los topos pueden excavar los más largos túneles, pero están condenados a vivir en la oscuridad cubiertos de polvo. ¡Por no hablar de los elefantes, siempre arrastrando toneladas de peso allá donde van!… En cambio tú puedes comer fruta fresca, disfrutar
del aroma de las flores, bailar sobre la brisa porque eres ligero como un pedacito de algodón…
El pajarito empezaba a comprender lo que su nueva amiga quería transmitirle.
– Sin ir más lejos ¡fíjate en ti y en mí! Es cierto que como nací gaviota me lo paso bomba pescando en ese mar que tanto miras, pero soy tan grande que no puedo jugar al escondite entre los matorrales porque me destrozaría las alas. ¡Ah!, y mejor no hablar de los terribles graznidos que suelto cada vez que muevo el pico… ¡No todos hemos nacido con esa voz melodiosa que tenéis los de tu especie, querido mío!
Las palabras de la gaviota calaron hondo en el corazón del pajarillo que, por primera vez en mucho tiempo, empezó a sentirse afortunado de ser quién era.
– ¡Tienes razón! La naturaleza ha sido generosa conmigo y por culpa de mi cabezonería me estoy perdiendo muchas cosas.
La gaviota no pudo evitar inflar el pecho de satisfacción.
– ¡Me alegra que hayas captado la idea! Estaría genial que te centraras en lo que se te da bien, en lo que puedes hacer. Todos tenemos talento para algo y las aves azuladas sois unas cantoras excepcionales.
La gaviota no mentía: a excepción de los jilgueros y los ruiseñores, ningún ave en muchos kilómetros a la redonda podía presumir de un trino tan suave y afinado.
– En la escuela de música que hay junto a la cascada imparten clase los mejores profesores de la zona. Se me ocurre que podrías recibir lecciones de canto un par de días por semana y entrar a formar parte de un coro.
En la cabecita del joven pájaro empezaron a surgir nuevos planes de futuro.
– No es mala idea… ¡Quizá pueda perfeccionar mi técnica vocal para llegar a ser un gran tenor!
La gaviota se alegró al ver que el pajarito azul iba recobrando la ilusión.
– ¡Bravo, amigo, esa es la actitud! De todas maneras, hay una cosilla más que debes aprender hoy.
El pajarito azul la miró intrigado.
– ¿El qué, amiga gaviota? ¿A qué te refieres?
– Has entendido que debes aceptar tus limitaciones ¿verdad?
– Sí, gracias a ti, ahora lo sé.
– Y ves claro que nunca podrás bañarte en el océano ¿no es cierto?
– ¡Con una claridad meridiana!
– Muy bien, veo que eres un chico listo, pero…
– ¡¿Pero qué?!…
– Pues que yo me refería a que no podrás hacerlo tú solito.
– ¿Cómo?… ¿Qué insinúas?…
– ¡¿Para qué están los amigos?! ¡Venga, súbete a mi lomo que nos vamos de aventura!
¡El pajarito azul se volvió loco de contento! Sin pensarlo saltó sobre la gaviota y se agarró lo más fuerte que pudo a las plumas de su nuca. Casi no le dio tiempo ni a tragar saliva antes de escuchar el aviso de salida:
– ¡Tres!… ¡Dos!… ¡Uno!… ¡Despegue!
Cuando su amiga cogió velocidad y empezó a volar montaña abajo como si fuera un torpedo, el pajarito azul empezó a gritar entusiasmado:
– ¡Ahhhhh!… ¡Uhhhhhh! … ¡Esto es alucinante!
Antes de que pudiera darse cuenta ya estaba ahí, sobrevolando el ancho mar, respirando el fuerte aroma a sal, y notando el corazón galopando dentro del pecho como un caballo desbocado.
– ¿No querías sentir el océano?… ¡Pues vamos a verlo todavía más cerca!
La gaviota dio un giro sorprendente y batió las alas como una loca.
Seguidamente, y con una destreza digna de una deportista de élite, se situó a ras de agua, puso las alas en forma de cruz, y empezó a deslizarse con las patas sobre la superficie como si estuviera haciendo esquí acuático.
¡El pajarito azul estaba completamente fascinado!
– ¡Yupi!… ¡Yupi!… ¡Esto es genial!
Por fin, cuando parecía que la emoción había llegado al límite, hubo una última sorpresa: la gaviota se zambulló sin avisar dentro del agua y buceó unos segundos para que su pequeño amigo pudiera disfrutar del silencioso e increíble mundo natural que escondía el fondo del mar.
Nadie puede imaginar lo que esa increíble experiencia supuso para el pequeño pájaro azul. Había cumplido su sueño gracias a la bondad de una desconocida gaviota blanca de patas amarillas que se cruzó en su vida en el momento que más lo necesitaba ¡No podía sentirse más dichoso!
De vuelta en el nido, la abrazó muy fuerte.
– ¡Tanto tiempo esperando este momento!… No existen palabras suficientes para agradecerte lo que acabas de hacer por mí. ¡Has convertido mi día más triste en el más feliz de mi vida!
– ¡Paparruchas, no hay nada que agradecer! Fue un placer compartir un momento tan mágico contigo, pero espero que a partir de ahora te aceptes tal y como eres. La vida está para disfrutarla, nunca lo olvides.
– Lo haré, amiga, lo haré.
– En fin, debo irme. Si algún día te apetece bajar hasta el mar y pasar un buen rato, silba fuerte y vendré pitando ¿de acuerdo, pajarillo marinero?
– ¡Eso está hecho!
Sin decir nada más, la gaviota le guiñó un ojo y emprendió el vuelo.
Mientras se alejaba, el pajarito azul notó cómo una lágrima de felicidad resbalaba por su mejilla. Se la secó con su alita, suspiró profundamente, y abandonó el nido. ¡La escuela de música le estaba esperando!
¿Quién es el más hermoso?
Adaptación de una antigua fábula de China
Hace cientos de años vivía en China un caballero llamado Zou Ji. Este hombre sabía que era muy guapo y se pasaba el día contemplándose en el espejo para disfrutar de su propia belleza.
– ¡Ay, qué suerte tengo! Tengo un rostro delicado, un cuerpo esbelto y una gracia natural que llama la atención ¡La naturaleza ha sido muy generosa conmigo!
Su estilo y elegancia eran famosos en todo el reino, pero corrían rumores de que había otro hombre que podía competir con él en hermosura: un tal señor Xu, que vivía en otra ciudad al norte del país.
Una mañana una de las sirvientas llamó a la habitación de Zou Ji.
– Señor, le recuerdo dentro de una hora tiene una cita en su despacho con un importante hombre de negocios.
– ¡Es cierto! Me arreglo y bajo a recibirlo.
Zou Ji se aseó, se vistió con sus mejores ropas, y como siempre, se encontró guapísimo.
Mientras se repasaba de arriba abajo frente al espejo, preguntó a su mujer:
– Querida esposa, yo no conozco a ese señor Xu del que tanto hablan pero tú sí. Dime ¿quién es más hermoso de los dos?
Su esposa le contestó inmediatamente:
– Tú, querido, por supuesto ¡El señor Xu es guapo pero ni en broma se acerca a tu belleza!
A Zou Ji le agradó mucho la respuesta, pero no se quedó conforme y decidió pedir una segunda opinión. Salió de su alcoba, bajó la escalinata de mármol que llevaba al despacho y se cruzó con el ama de llaves, una mujer de confianza que llevaba más de veinte años trabajando en el hogar familiar.
El ama le deseó los buenos días con un movimiento de cabeza, sin detenerse.
– ¡Buenos días, señor!
– ¡Un momento, espera! Quiero hacerte una pregunta y por favor sé sincera conmigo.
– Usted dirá.
– Sé que tú también conoces al famoso señor Xu y necesito que me digas si él es más hermoso que yo.
La respuesta fue rotunda:
– Señor, no tenga dudas de ningún tipo ¡Usted es muchísimo más bello y atractivo que él!
Zou Ji agradeció el cumplido pero la duda siguió rondando por su cabeza mientras se dirigía a su despacho personal.
Al poco rato llamaron a la puerta. De nuevo, era la sirvienta.
– Señor, su invitado acaba de llegar.
– ¡Gracias, dígale que pase!
Zou Ji recibió al hombre de negocios con sonrisa afable y le invitó a sentarse en un cómodo sillón.
– Si no le importa, antes de meternos en temas profesionales quiero hacerle una pregunta muy personal.
– ¡Claro que no me importa! ¿Qué quiere saber?
– Sé que usted vive al norte del país como el señor Xu y que son amigos de la infancia.
– No se equivoca, así es.
– ¿Y según su opinión él es más hermoso que yo?
El caballero puso cara de sorpresa ante la estrambótica pregunta pero contestó con seguridad.
– Por favor, no se preocupe por eso ¡Usted es muy hermoso, mucho más hermoso que él sin punto de comparación!
– Muchas gracias, me deja usted tranquilo. Ahora, si quiere, cuénteme qué le trae por aquí.
Pasaron tres días y la casualidad quiso que el señor Xu visitara la ciudad.
La noticia corrió como la pólvora, Zou Ji se enteró, y rápidamente corrió a contárselo a su esposa.
– ¡Querida, el señor Xu estará una temporada en la ciudad y quiero conocerlo! Le mandé un aviso para que viniera hoy a comer a nuestra casa y ha aceptado gustoso la invitación.
– ¡Qué buena noticia, amor mío! Avisaré al servicio para que todo esté listo a la una en punto.
– ¡Estupendo! Me voy arriba a emperifollarme un poco. Tengo que pensar bien lo que me voy a poner… ¡Al fin voy a comprobar con mis propios ojos si yo soy más guapo que él!
El señor Xu se presentó muy puntual y el matrimonio salió a recibirlo. En cuanto Zou Ji lo vio ¡se quedó de piedra!
Se trataba de un muchacho guapísimo que derrochaba una elegancia innata imposible de superar. Sus dientes eran perfectos, tenía los ojos grandes de color verde esmeralda y su piel parecía más suave que la mismísima seda
¡Por no hablar de que se movía de manera exquisita como si sus pies flotaran sobre el suelo!
Zou Ji se sintió hundido en la miseria ¡Era evidente que el señor Xu era un tipo mucho más guapo y seductor que él!
Esa noche la decepción y la tristeza no le dejaron dormir. Lo peor para él no fue comprobar que no era tan guapo como el señor Xu, sino darse cuenta de algo mucho más importante y en lo que nunca había pensado.
– “Mi mujer me dijo que yo era más hermoso que el señor Xu porque me quiere y se desvive por agradarme; mi ama de llaves me dijo lo mismo porque tiene miedo de que la despida de su trabajo; el hombre de negocios que me visitó también me aseguró que yo era más bello porque me necesita para ganar dinero…
Zou Yi, entristecido, suspiró:
– ¡Qué difícil es conocer lo que realmente piensan los demás!
El sapo y el ratón
Adaptación del cuento popular de España
Había una vez un sapo al que le encantaba tocar la flauta. Por las noches se subía a una piedra del campo y, bañado por la luz de la luna, arrancaba hermosas notas a su pequeño instrumento.
Allí cerquita vivía un ratón al que le molestaba mucho la música. Estaba tan harto, que una cálida noche de verano decidió poner fin a la situación. Fue en busca del sapo y le amenazó.
– ¡Oiga, señor sapo! No quiero parecerle maleducado, pero es que me aturde con esas melodías todas las noches ¡No consigo dormir! ¿Por qué no se va a otro sitio a tocar la flauta? – dijo gruñendo y con gesto enfadado.
– ¡Usted es un envidioso! – respondió el sapo – ¡Ya le gustaría tocar tan bien como yo!
– ¡De envidia nada! – El ratón empezaba a enfadarse más de la cuenta – Yo no sé nada de música, pero tengo otras virtudes: corro rapidísimo y me muevo con mucha agilidad por todas partes, algo que usted, con esas patas tan cortas y la barriga tan inflada, no puede hacer.
Al sapo le pareció fatal lo que le dijo el ratón y decidió darle un escarmiento.
– Así que se cree mejor que yo ¿eh?… Muy bien, pues si quiere hacemos una apuesta. Le reto a correr, pero para que sea más emocionante, lo haremos bajo tierra. Si gana usted, le entregaré mi flauta, pero si gano yo, tendrá que regalarme su casa, que según he oído por ahí, es bastante confortable.
El ratón se echó a reír pensando que el sapo era un ser bastante tonto e inconsciente.
– ¡Acepto, acepto! Ganarle es pan comido y cuando tenga esa insoportable flauta en mi poder, la destrozaré hasta hacerla polvillo. Nos vemos mañana aquí, en cuanto salga el sol.
El sapo se despidió, volvió a su casa y le contó la historia a su mujer.
Después, le explicó que había urdido un plan para ganar al insolente roedor.
– Te diré qué haremos, pero escucha con atención. El ratón y yo saldremos corriendo bajo tierra desde la roca hasta la meta, situada en el gran árbol que crece junto al trigal.
Tomó aire y continuó.
– Tú te esconderás en un agujero bajo el árbol y cuando veas que el ratón está llegando, sacarás la cabeza y gritarás “¡He ganado! Todos los sapos somos muy parecidos y el ratón no se dará cuenta de que, en realidad, eres tú y no yo quien estará en la meta.
– Está bien, querido. Así lo haré – respondió la señora sapo.
Al día siguiente, se reunieron en la roca el sapo y el ratón. Cuando sonó la señal de salida, ambos se metieron bajo tierra y empezaron a correr.
Bueno, no exactamente… El ratón corrió y corrió a toda velocidad sin mirar atrás, mientras que el sapo simuló que avanzaba un poquito pero en realidad regresó al punto de partida. Cuando el ratón estaba a punto de llegar al árbol, la señora sapo sacó la cabeza y gritó:
– ¡Ya estoy aquí! ¡He ganado!
Al ratón se le desencajó la cara ¿Cómo era posible que el sapo hubiera llegado antes?
– ¿Es usted mago o algo así? ¡Si no lo veo, no lo creo! Está bien:
haremos una nueva carrera, esta vez el camino contrario, de aquí a la roca.
El sapo, que en realidad era la mujer, asintió con la cabeza. Se prepararon para salir, dieron la señal y el ratón puso todas sus ganas en llegar el primero. Se metió bajo tierra y corrió como un loco mientras la mujer del sapo se quedaba quieta sin que el ratón, con las prisas, se diera cuenta de que iba corriendo solo. Cuando faltaba muy poquito para llegar, oyó una voz proveniente de una cabeza que asomaba junto a la roca.
– ¡He vuelto a ganar! – gritó el sapo, a punto de reventar de felicidad porque había conseguido engañar al ratón – ¡Celebraré mi victoria tocando una melodía triunfal!
El sapo comenzó a tocar la flauta dando saltitos de alegría. El ratón se sintió furioso y humillado. La ira le reconcomía y encima tenía que soportar esa insidiosa música que le sacaba de quicio. Pronto pasó de la rabia a la tristeza, pues el sapo se apresuró a reclamarle lo que le debía.
– He ganado la apuesta – comentó el batracio sacudiéndose la tierra de la panza – ¡Me quedo con tu casa!
El ratón tuvo que asumir que había perdido. Cabizbajo, le dio las llaves y se alejó en busca de un nuevo hogar. El exceso de confianza en sí mismo le había jugado una mala pasada. Se prometió que, a partir de entonces, sería más humilde y no despreciaría a aquellos que, en principio, parecen más débiles.
Los dos amigos y el oso
Adaptación de la fábula de Samaniego
Dos hombres que se consideraban buenos amigos paseaban un día por la montaña. Iban charlando tan animadamente que no se dieron cuenta de que un gran oso se les acercaba. Antes de que pudieran reaccionar, se plantó frente a ellos, a menos de tres metros.
Horrorizado, uno de los hombres corrió al árbol más cercano y, de un brinco, alcanzó una rama bastante resistente por la que trepó a toda velocidad hasta ponerse a salvo. Al otro no le dio tiempo a escapar y se tumbó en el suelo haciéndose el muerto. Era su única opción y, si salía mal, estaba acabado.
El hombre subido al árbol observaba a su amigo quieto como una estatua y no se atrevía a bajar a ayudarle. Confiaba en que tuviera buena suerte y el plan le saliera bien.
El oso se acercó al pobre infeliz que estaba tirado en la hierba y comenzó a olfatearle. Le dio con la pata en un costado y vio que no se movía. Tampoco abría los ojos y su respiración era muy débil. El animal le escudriñó minuciosamente durante un buen rato y al final, desilusionado, pensó que estaba más muerto que vivo y se alejó de allí con aire indiferente.
Cuando el amigo cobarde comprobó que ya no había peligro alguno, bajó del árbol y corrió a abrazar a su amigo.
-¡Amigo, qué susto he pasado! ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algún daño ese oso entrometido? – preguntó sofocado.
El hombre, sudoroso y aun temblando por el miedo que había pasado, le respondió con claridad.
– Por suerte, estoy bien. Y digo por suerte porque he estado a punto de morir a causa de ese oso. Pensé que eras mi amigo, pero en cuanto viste el peligro saliste corriendo a salvarte tú y a mí me abandonaste a mi suerte. A partir de ahora, cada uno irá por su lado, porque yo ya no confío en ti.
Y así fue cómo un susto tan grande sirvió para demostrar que no siempre las amistades son lo que parecen.
Los carneros y el gallo
Adaptación de la fábula de Godofredo Daireaux
Una mañana de primavera todos los miembros de un rebaño se despertaron sobresaltados a causa de unos sonidos fuertes y secos que provenían del exterior del establo. Salieron en tropel a ver qué sucedía y se toparon con una pelea en la que dos carneros situados frente a frente estaban haciendo chocar sus duras cornamentas.
Un gracioso corderito muy fanático de los chismes fue el primero en enterarse de los motivos y corrió a informar al grupo. Según sus fuentes,
que eran totalmente fiables, se estaban disputando el amor de una oveja muy linda que les había robado el corazón.
– Por lo visto está coladita por los dos, y como no sabía a cuál elegir, anoche declaró que se casaría con el más forzudo. El resto de la historia os la podéis imaginar: los carneros se enteraron, quedaron para retarse antes del amanecer y… bueno, ahí tenéis a los amigos, ahora rivales, enzarzados en un combate.
El jefe del rebaño, un carnero maduro e inteligente al que nadie se atrevía a cuestionar, exclamó:
– ¡Serenaos! No es más que una de las muchas peloteras románticas que se forman todos los años en esta granja. Sí, se pelean por una chica, pero ya sabemos que no se hacen daño y que gane quien gane seguirán siendo colegas. ¡Nos quedaremos a ver el desenlace!
Los presentes respiraron tranquilos al saber que solo se trataba de un par de jóvenes enamorados compitiendo por una blanquísima ovejita; una ovejita que, por cierto, lo estaba presenciando todo con el corazón encogido y conteniendo la respiración. ¿Quién se alzaría con la victoria?
¿Quién se convertiría en su futuro marido?… ¡La suerte estaba echada!
Esta era la situación cuando un gallo de colores al que nadie había visto antes se coló entre los asistentes y se sentó en primera fila como si fuera un invitado de honor. Jamás había sido testigo de una riña entre carneros, pero como se creía el tipo más inteligente del mundo y adoraba ser el centro de atención, se puso a opinar a voz en grito demostrando muy mala educación.
– ¡Ay madre, vaya birria de batalla!… ¡Estos carneros son más torpes que una manada de elefantes dentro de una cacharrería!
Inmediatamente se oyeron murmullos de desagrado entre el público, pero él se hizo el sordo y continuó soltando comentarios fastidiosos e inoportunos.
– ¡Dicen por aquí que se trata de un duelo entre caballeros, pero la verdad es que yo solo veo dos payasos haciendo bobadas!… ¡Eh, espabilad chavales, que ya sois mayorcitos para hacer el ridículo!
Los murmullos subieron de volumen y algunos le miraron de reojo para ver si se daba por aludido y cerraba el pico; de nuevo, hizo caso omiso y siguió con su crítica feroz.
– Aunque el carnero de la derecha es un poco más ágil, el de la izquierda tiene los cuernos más grandes… ¡Creo que la oveja debería casarse con ese para que sus hijos nazcan fuertes y robustos!
Los espectadores le miraron alucinados. ¿Cómo se podía ser tan desconsiderado?
– Aunque para ser honesto, no entiendo ese empeño en casarse con la misma. ¡A mí me parece que la oveja en cuestión no es para tanto!
Los carneros, ovejas y corderos enmudecieron y se hizo un silencio sobrecogedor. Sus caras de indignación hablaban por sí solas. El jefe de clan pensó que, definitivamente, se había pasado de la raya. En nombre de la comunidad, tomó la palabra.
– ¡Un poco de respeto, por favor!… ¡¿Acaso no sabes comportarte?!
– ¿Yo? ¿Qué si sé comportarme yo?… ¡Solo estoy diciendo la verdad!
Esa oveja es idéntica a las demás, ni más fea, ni más guapa, ni más blanca… ¡No sé por qué pierden el tiempo luchando por ella habiendo tantas para escoger!
– ¡Cállate mentecato, ya está bien de decir tonterías!
El gallo puso cara de sorpresa y respondió con chulería:
– ¡¿Qué me calle?!… ¡Porque tú lo digas!
El jefe intentó no perder los nervios. Por nada del mundo quería que se calentaran los ánimos y se montara una bronca descomunal.
– A ver, vamos a calmarnos un poco los dos. Tú vienes de lejos,
¿verdad?
– Sí, soy forastero, estoy de viaje. Venía por el camino de tierra que rodea el trigal y al pasar por delante de la valla escuché jaleo y me metí a curiosear.
– Entiendo entonces que como vives en otras tierras es la primera vez que estás en compañía de individuos de nuestra especie… ¿Me equivoco?
El gallo, desconcertado, respondió:
– No, no te equivocas, pero… ¿eso qué tiene que ver?
– Te lo explicaré con claridad: tú no tienes ningún derecho a entrometerte en nuestra comunidad y burlarte de nuestro comportamiento por la sencilla razón de que no nos conoces.
– ¡Pero es que a mí me gusta decir lo que pienso!
– Vale, eso está muy bien y por supuesto es respetable, pero antes de dar tu opinión deberías saber cómo somos y cuál es nuestra forma de relacionarnos.
– ¿Ah, sí? ¿Y cuál es, si se puede saber?
– Bueno, pues un ejemplo es lo que acabas de presenciar. En nuestra especie, al igual que en muchas otras, las peleas entre machos de un mismo rebaño son habituales en época de celo porque es cuando toca
elegir pareja. Somos animales pacíficos y de muy buen carácter, pero ese ritual forma parte de nuestra forma de ser, de nuestra naturaleza.
– Pero…
– ¡No hay pero que valga! Debes comprender que para nosotros estas conductas son completamente normales. ¡No podemos luchar contra miles de años de evolución y eso hay que respetarlo!
El gallo empezó a sentir el calor que la vergüenza producía en su rostro.
Para que nadie se diera cuenta del sonrojo, bajó la cabeza y clavó la mirada en el suelo.
– Tú sabrás mucho sobre gallos, gallinas, polluelos, nidos y huevos, pero del resto no tienes ni idea ¡Vete con los tuyos y deja que resolvamos las cosas a nuestra manera!
El gallo tuvo que admitir que se había pasado de listillo y sobre todo, de grosero, así que si no quería salir mal parado debía largarse cuanto antes. Echó un último vistazo a los carneros, que ahí seguían a lo suyo, peleándose por el amor de la misma hembra, y sin ni siquiera decir adiós se fue para nunca más volver.
El envidioso
Adaptación de la fábula de Juan Eugenio Hartzenbusch
Un joven llamado Alfonso vivía en una bonita casa de paredes blancas y tejado colorado, situada en las afueras de la ciudad. La vivienda estaba rodeada de jardines floridos, sonoras fuentes de agua, y un enorme huerto gracias al cual disfrutaba todo el año de verduras y hortalizas de excelente calidad.
Alfonso era un tipo privilegiado que lo tenía todo, pero curiosamente se sentía frustrado por no haber podido cumplir uno de sus grandes sueños:
llenar su propiedad de árboles frutales. Durante meses había intentado cultivar distintas especies empleando todas las técnicas posibles, pero por alguna extraña razón las semillas no germinaban, y si lo hacían, a las pocas semanas las plantas se secaban. Con el paso del tiempo el hecho de no tener un simple limonero le produjo una sensación de fracaso que no podía controlar
El huerto de Alfonso estaba delimitado por un muro de piedra tras el cual vivía Manuel, su vecino y amigo de toda la vida. Él también tenía una casa muy coqueta y un terreno donde cultivaba un montón de productos del campo. Podría decirse que ambas propiedades eran muy parecidas salvo por un ‘pequeño detalle’: Manuel tenía un hermosísimo ejemplar de manzano que despertaba en Alfonso feos sentimientos de rabia y celos.
– ¡Qué fastidio! Manuel tiene el manzano más impresionante que he visto en mi vida. Si la calidad de nuestra tierra es igual y regamos con agua del mismo pozo, ¿por qué en mi huerto no prosperan las semillas y en el suyo sí?… ¡Es injusto!
En lo de que era impresionante Alfonso tenía toda la razón. El árbol superaba los quince metros de altura y era tan frondoso que sus verdes hojas ovaladas daban en verano una sombra magnífica. Ahora bien, lo más bonito era verlo cubierto de flores en primavera y cargadito de frutos los meses de verano. Si todas las manzanas de la comarca eran fantásticas, las de ese manzano no tenían parangón: una vez maduras eran tan grandes, tan amarillas, y tan dulces, que todo aquel que las probaba las consideraba un auténtico manjar de los dioses.
Por fortuna Manuel era dueño de una obra de arte de la naturaleza, pero su amigo Alfonso, en vez de alegrarse por él, empezó a sentir que una profunda amargura se instalaba en lo más hondo de su corazón. Tan fuerte y corrosiva era esa emoción, que en un arrebato de envidia decidió destruir el maravilloso árbol.
– ¡Hasta aquí hemos llegado! Contaminaré la tierra donde crece ese maldito manzano. Sí, eso haré: echaré tanta porquería sobre ella que las raíces se debilitarán y eso provocará que el tronco se vaya destruyendo lentamente hasta desplomarse. ¡Manuel es tan inocente que jamás sabrá que fui yo quien se lo cargó!
Así pues, una noche de verano en la que salvo los grillos cantarines todo el mundo dormía, se deslizó entre las sombras, trepó por el muro cargado con un saco lleno de basura, avanzó sigilosamente hasta el árbol y vació todo el contenido en su base. Cometida la fechoría regresó a casa, se metió en la cama y durmió a pierna suelta sin sentir ningún tipo de remordimiento.
A partir de ese momento la vida de Alfonso se centró en una sola cosa:
conseguir derribar el esplendoroso árbol de su amigo. El plan era mezquino, miserable a más no poder, pero él se lo tomó como algo que debía hacer a toda costa y no le dio más vueltas. Cada atardecer recogía deshechos como las pieles de las patatas, las raspas de los pescados que guisaba, las cacas que las gallinas desperdigaban por todas partes… ¡Todo acababa en el saco! Al llegar la noche, como si fuera un ritual, saltaba el muro y lanzaba el apestoso despojos a los pies del árbol.
– ¡Hala, aquí tienes, todo esto es para ti!
De regreso a su hogar se acostaba con una sonrisa dibujada en el rostro.
En ocasiones los nervios le impedían dormir y permanecía despierto durante horas, regodeándose en su maquiavélico objetivo:
– La muerte de ese detestable manzano está muy cerca. Será genial ver cómo se pudre y acaba devorado por las termitas ¡Je, je, je!
¡Qué equivocado estaba el envidioso Alfonso! Al concebir su macabro proyecto se le pasó por alto que cada vez que echaba restos de comida o excrementos sobre la tierra la estaba abonando, así que el resultado de su acción fue que el árbol ni se pudrió ni se secó, sino que al contrario, creció todavía más sano, más fuerte, más altivo. En pocas semanas alcanzó un tamaño nunca visto para un ejemplar de su especie, sus ramas se volvieron extremadamente robustas, y lo más increíble, empezó a dar manzanas gigantescas como sandías. Su dueño, consciente de que eran únicas en el mundo, pudo venderlas a precio de oro y se hizo rico.
Durante años y a pesar de la evidencia, Alfonso siguió cometiendo la torpeza de echar desperdicios sobre las raíces del manzano. ¡El muy mentecato seguía convencido de que algún día lo vería desparecer!
Como te puedes imaginar nunca logró su propósito y su amigo Manuel vivió cada vez mejor.
El Cordero envidioso
El corderito en cuestión vivía como un marqués, o mejor dicho como un rey, por la sencilla razón de que era el animal más mimado de la granja.
Ni los cerdos, ni los caballos, ni las gallinas, ni el resto de ovejas y carneros mayores que él, disfrutaban de tantos privilegios. Esto se debía a que era tan blanquito, tan suave y tan lindo, que las tres hijas de los
granjeros lo trataban como a un animal de compañía al que malcriaban y concedían todos los caprichos.
Cada mañana, en cuanto salía el sol, las hermanas acudían al establo para peinarlo con un cepillo especial untado en aceite de almendras que mantenía sedosa y brillante su rizada lana. Tras ese reconfortante tratamiento de belleza lo acomodaban sobre un mullido cojín de seda y acariciaban su cabecita hasta que se quedaba profundamente dormido. Si al despertar tenía sed le ofrecían agua del manantial perfumada con unas gotitas de limón, y si sentía frío se daban prisa por taparlo con una amorosa manta de colores tejida por ellas mismas. En cuanto a su comida no era ni de lejos la misma que recibían sus colegas, cebados a base de pienso corriente y moliente. El afortunado cordero tenía su propio plato de porcelana y se alimentaba de las sobras de la familia, por lo que su dieta diaria consistía en exquisitos guisos de carne y postres a base de cremas de chocolate que endulzaban aún más su empalagosa vida.
Curiosamente, a pesar de tener más derechos que ninguno, este cordero favorecido y sobrealimentado era un animal extremadamente egoísta: en cuanto veía que los granjeros rellenaban de pienso el comedero común, echaba a correr pisoteando a los demás para llegar el primero y engullir la máxima cantidad posible. Obviamente, el resto del rebaño se quedaba estupefacto pensando que no había ser más canalla que él en todo el planeta.
Un día la oveja jefa, la que más mandaba, le dijo en tono muy enfadado:
– ¡Pero qué cara más dura tienes! No entiendo cómo eres capaz de quitarle la comida a tus amigos. ¡Tú, que vives entre algodones y lo tienes todo!… ¡Eres un sinvergüenza!
– Bueno, bueno, te estás pasando un poco… ¡Eso que dices no es justo!
– ¡¿Qué no es justo?!…Llevas una vida de lujo y te atiborras a diario de manjares exquisitos, dignos de un emperador. ¿Es que no tienes suficiente con todo lo que te dan? ¡Haz el favor de dejar el pienso para nosotros!
El cordero puso cara de circunstancias y, con la insolencia de quien lo tiene todo, respondió demostrando muy poca sensibilidad.
– La verdad es que como hasta reventar y este pienso está malísimo comparado con las delicias que me dan, pero lo siento… ¡no soporto que los demás disfruten de algo que yo no poseo!
La oveja se quedó de piedra pómez.
– ¿Me estás diciendo que te comes nuestra humilde comida por envidia?
El cordero se encogió de hombros y puso cara de indiferencia.
– Si quieres llamarlo envidia, me parece bien.
Ahora sí, la oveja entró en cólera.
– ¡Muy bien, pues tú te lo has buscado!
Sin decir nada más pegó un silbido que resonó en toda la granja.
Segundos después, treinta y tres ovejas y nueve carneros acudieron a su llamada. Entre todos rodearon al desconsiderado cordero.
– ¡Escuchadme atentamente! Como ya sabéis, este cordero repeinado e inflado a pasteles se come todos los días parte de nuestro pienso, pero lo peor de todo es que no lo hace por hambre, no… ¡lo hace por envidia!
¿No es abominable?
El malestar empezó a palparse entre la audiencia y la oveja continuó con su alegato.
– En un rebaño no se permiten ni la codicia ni el abuso de poder, así que, en mi opinión, ya no hay sitio para él en esta granja. ¡Que levante la pata quien esté de acuerdo con que se largue de aquí para siempre!
No hizo falta hacer recuento: todos sin excepción alzaron sus pezuñas.
Ante un resultado tan aplastante, la jefa del clan determinó su expulsión.
– Amigo, esto te lo has ganado tú solito por tu mal comportamiento.
¡Coge tus pertenencias y vete!
Eran todos contra uno, así que el cordero no se atrevió a rechistar. Se llevó su cojín de seda oriental como único recuerdo de la opulenta vida que dejaba atrás y atravesó la campiña a toda velocidad. Hay que decir que una vez más la fortuna le acompañó, pues antes del anochecer llegó a un enorme rancho que a partir de ese día se convirtió en su nuevo hogar. Eso sí, en ese lugar no encontró niñas que le cepillaran el pelo, le dieran agua con limón o le regalaran las sobras del asado. Allí fue, simplemente, uno más en el establo.
La Bolsa de monedas
Adaptación del cuento popular judío
Hace mucho tiempo, en una ciudad de Oriente, vivía un hombre muy avaro que odiaba compartir sus bienes con nadie y no sabía lo que era la generosidad.
En una ocasión, paseando por la plaza principal, perdió una bolsa en la que llevaba quinientas monedas de oro. Cuando reparó en ello se puso muy nervioso y quiso recuperarla a toda costa.
¿Sabes qué hizo? Decidió llenar la plaza de carteles en los que había escrito que quien encontrara su bolsa y se la devolviera, recibiría una buena recompensa.
Quiso la casualidad que quien se tropezó con ella no fue un ladrón, sino un joven vecino del barrio que leyó el anuncio, anotó la dirección y se dirigió a casa del avaro.
Al llegar llamó a la puerta y muy sonriente le dijo:
– ¡Buenos días! Encontré su bolsa tirada una esquina de la plaza ayer por la tarde ¡Tenga, aquí la tiene!
El avaro, que también era muy desconfiado, la observó por fuera y vio que era igualita a la suya.
– Pasa, pasa al comedor. Comprobaré que está intacta.
Echó las monedas sobre la mesa y, pacientemente, las contó. Allí estaban todas, de la primera a la última.
El chico respiró aliviado y le miró esperando recibir la recompensa prometida, pero el tacaño, en uno de sus muchos ataques de avaricia, decidió que no le daría nada de nada. El muy caradura encontró una excusa para no pagarle.
– Sí, es mi bolsa, no cabe duda, pero siento decirte que en ella había mil monedas de oro, no quinientas.
– Señor ¡eso no es posible! Yo sería incapaz de robarle y presentarme aquí con la mitad de sus monedas ¡Tiene que tratarse de un malentendido!
– ¿Malentendido? ¡Aquí había mil monedas de oro así que lo siento pero no te daré ninguna recompensa! ¡Ahora vete, te acompaño a la puerta!
¡El pobre muchacho se quedó helado! No había robado nada, pero no podía demostrarlo. Se puso su sombrero y se alejó triste y
desconcertado. El avaro, desde la puerta, vio cómo desaparecía entre la niebla y después regresó al comedor con aire de chulería.
El muy fanfarrón le dijo a su esposa:
– ¡A listo no me gana nadie! He recuperado la bolsa y encima he dejado a ese desgraciado sin el premio.
La mujer, que era buena persona, le contestó indignada.
– ¡Eso no se hace! A nosotros nos sobra el dinero y él merecía la gratificación que habías prometido ¡Podía haberse quedado con el dinero y no lo hizo! Id juntos a ver al rabino para que os dé su opinión sobre todo esto.
Al avaro no le quedó más remedio que obedecer a su mujer ¡Estaba tan enfadada que cualquiera le decía que no!
Buscó al chico y acudieron a pedir ayuda al rabino, el hombre más sabio de la región y el que solía poner fin a situaciones complicadas entre las personas. Aunque ya era muy anciano, los recibió con los brazos abiertos; Seguidamente, se sentó en un cómodo asiento a escuchar lo que tenían que contarle.
El avaro relató su versión y cuando acabó, el rabino le miró a los ojos.
– Dime con sinceridad cuántas monedas de oro había en la bolsa que perdiste.
El avaro era tan avaro que se atrevió a mentir descaradamente.
– Mil monedas de oro, señor.
El rabino le hizo una segunda pregunta muy clara.
– ¿Y cuántas monedas de oro había en la bolsa que te entregó este vecino?
El tacaño respondió:
– ¡Sólo había quinientas, señor!
Entonces el rabino se levantó y alzando su voz profunda, sentenció:
– ¡No hay más que hablar! Si tú perdiste una bolsa con mil monedas y ésta tiene sólo quinientas, significa que no es tu bolsa. Dásela a él, pues no tiene dueño y es quien la ha encontrado.
– Pero yo me quedaré sin nada!
– Sí, así es. Tu única opción es esperar a que un día de estos aparezca la tuya.
Y así fue cómo, gracias a la sabiduría del rabino, el avaro pagó sus mentiras y sus calumnias quedándose sin su propia bolsa.
El rey prudente
Había una vez un rey que vivía en un lejano país asiático. Era un hombre muy querido por todos. No era ambicioso y estaba convencido de que las guerras no servían para nada. Su lema era que su pueblo fuera feliz, tuviera trabajo y viviera en paz. Todos le consideraban un monarca justo y trabajador. Vivía con a su familia en un palacio bastante sencillo y sin grandes lujos, pues no quería suscitar envidias entre sus súbditos.
Cierto día, el mayordomo entró en sus aposentos para comunicarle que la mesa estaba servida, así que bajó hasta el comedor dispuesto a devorar
un delicioso plato de arroz con brotes de soja ¡Qué bien preparaban la comida en las cocinas de palacio! Se sentó en su silla de siempre y, cuando se disponía a coger los palillos para comer, se quedó observándolos y llamó a su consejero.
– Dígame, señor… ¿En qué puedo ayudarle?
– Llevo años utilizando estos palillos. La madera ya está muy desgastada y necesito que me traigáis otros. Quiero que habléis con el orfebre y le encarguéis unos palillos de marfil y esmeraldas para mí.
El consejero, un anciano bajito y huesudo, clavó su mirada profunda en el rey, quien al momento comprendió que tenía algo muy importante que decirle.
– Majestad… Le comunico que dejo mi cargo de consejero. Si es posible, busque a alguien que me sustituya antes del anochecer.
El rey se quedó de piedra ¿Por qué le decía eso? ¿Sólo porque le había pedido unos nuevos palillos? No entendía nada.
– ¿Qué te sucede? ¿Por qué ya no quieres seguir trabajando para mí? – preguntó el rey extrañadísimo.
– Verá, majestad… No puedo atender a vuestra petición.
El rey no salía de su asombro y el fiel consejero continuó su explicación.
– Usted me pide que cambie sus modestos palillos de madera por otros de marfil y esmeraldas. Estoy seguro de que una vez que los tengáis, querréis que el orfebre os haga una vajilla de oro. Cuando os veáis rodeado de semejante lujo, diréis que vuestras ropas no son las adecuadas para sentarse a una mesa tan elegante y encargaréis a vuestro sastre que os haga capas de seda y zapatos de terciopelo.
El consejero paró para tomar aliento. Su voz llenaba el salón y el silencio entre los asistentes era absoluto. Sólo se rompió cuando el rey le pidió que continuara hablando.
– Siga, por favor…
– Señor, uno no debe dejarse llevar por la ambición. Cuanta más riqueza tenga, más querrá. Llegará un momento en que sus caprichos no tendrán límite. Otros reyes, en el pasado, pecaron de avaricia: siempre querían más y más y acabaron convirtiéndose en tiranos con su pueblo. Yo no quiero que esto le suceda a vos, pues le aprecio como rey y como amigo.
Y si es así, yo no quiero estar aquí para verlo.
El rey comenzó a llorar emocionado. Las lágrimas resbalaban lentamente por sus redondas mejillas. Los consejos que acababa de escuchar le habían llegado al corazón.
– Tienes toda la razón – dijo con voz serena – No necesito nada. Gracias por ser tan sincero conmigo.
El rey cogió los viejos palillos de madera y con una sonrisa dibujada en su cara, comenzó a degustar la comida, que ese día le supo más rica que nunca.
La historia corrió de boca en boca por todo el reino y desde ese día, sus súbditos le bautizaron como “El Rey Prudente”.
El labrador y el árbol
Adaptación de la fábula de Esopo
Había una vez un campesino que se pasaba el día cuidando sus tierras.
En ellas crecían muchos productos de la huerta y decenas de árboles frutales. Con mucho esmero cultivaba hortalizas con las que después elaboraba deliciosos guisos y sopas. En cuanto a los árboles, le proporcionaban ricas manzanas, naranjas jugosas y otras frutas maduradas al sol.
Arrinconado, en una esquina de la finca, había un arbolito que nunca daba frutos. Era pequeño y ni siquiera en primavera nacía de él una sola flor. Era un árbol tan feo que la mayoría de los animales le ignoraban, pues sólo tenían ojos para los frondosos y floridos árboles que abundaban por allí. Parecía que su única misión en la vida era servir de refugio a los gorriones y a una familia de cigarras de esas que no paran cantar a todas horas.
Un día, el labrador se hartó de verlo y decidió deshacerse de él.
– ¡Ahora mismo voy a acabar con ese árbol! No me sirve para nada, afea mi finca y sólo está ahí para incordiar.
Abrió la caja de herramientas, se puso unos guantes y empuñó un hacha afiladísima. Atravesó sus ricas tierras y se acercó al árbol, dispuesto a talarlo. Justo antes del primer impacto sobre el tronco, los gorriones comenzaron a suplicar.
– ¡No, por favor, no lo hagas!
– ¡Claro que lo haré! La vida de este árbol ha llegado a su fin.
– ¡No, no! Este arbolito es nuestro hogar. Sus hojas, aunque son pequeñas, nos protegen del sol y aquí construimos nuestros nidos.
– ¡Y a mí qué me importa! Es un árbol horrible e inútil.
Sin atender a las súplicas de los pajaritos, asestó su primer hachazo. El árbol se tambaleó un poco y el ruido despertó a las cigarras que se escondían en la corteza del tronco. Un poco mareadas, se encararon con el campesino.
– ¿Pero qué hace? – ¡No mate este árbol, por favor!
– ¿Quién me habla?
– ¡Somos nosotras, las cigarras! Estamos frente a usted, en el árbol. Si lo destruye, no sabremos a dónde ir. Es nuestra casa desde hace años y somos felices viviendo aquí.
– ¡Paparruchas! ¡No me vais a convencer! Usaré la madera para encender la chimenea en invierno ¡Vuestra vida y vuestros problemas me dan igual!
Atizó otro golpe al árbol y todos los animalillos tuvieron que aferrarse a él con fuerza para no rodar al suelo ¡Todo parecía perdido! Cuando dio el tercer golpe, el hacha impactó en una rama donde había un panal. Sin querer lo rozó y abrió en él una fina grieta. Gotitas de miel comenzaron a caer sobre su cara y resbalaron por sus labios.
¡Qué rica estaba! ¡Quién le iba a decir que escondido entre las ramas había un panal de rica miel! Tiró la herramienta y saboreó el néctar de oro hasta el empacho. No, pensándolo mejor, no podía talarlo. Miró a los animales, y les dijo:
– ¡Está bien! ¡Este árbol se queda aquí! A partir de ahora, lo mimaré para que las abejas vivan a gusto y fabriquen miel para mí.
Los animales respiraron tranquilos pero, en el fondo, se sintieron muy tristes al darse cuenta del egoísmo del labrador. No preservó el árbol por afecto a la naturaleza ni por respeto a quienes vivían en él, sino porque al descubrir el panal, vio que podía sacarle provecho.
La gallinita roja
Adaptación del cuento popular de Byron Barton
Había una vez una granja donde todos los animales vivían felices. Los dueños cuidaban de ellos con mimo y no les faltaba de nada. En cuanto el gallo anunciaba la salida del sol, todos se ponían en marcha y realizaban sus funciones con agrado. Siempre tenían a su disposición alimentos para comer y un lecho caliente sobre el que descansar.
El terreno que rodeaba la casa principal era muy amplio y con suficiente espacio para que los caballos pudieran trotar, los cerdos revolcarse en el barro y, las vacas, pastar a gusto mientras hacían sonar sus cencerros de latón. Entre las patas de los grandes animales siempre correteaba algún pollito que se esmeraba en aprender a volar bajo la mirada atenta de las gallinas.
Una de esas gallinitas era roja y se llamaba Marcelina. Un día que estaba muy atareada escarbando entre unas piedras, encontró un grano de trigo.
Lo cogió con el pico y se quedó pensando en qué hacer con él. Como era una gallina muy lista y hacendosa, tuvo una idea fabulosa.
– ¡Ya lo tengo! Sembraré este grano e invitaré a todos mis amigos a comer pan.
Contentísima, fue en busca de aquellos a los que más quería.
– ¡Eh, amigos! ¡Mirad lo que acabo de encontrar! Es un hermoso grano de trigo dorado ¿Me ayudáis a plantarlo?
– Yo no – dijo el pato.
– Yo no – dijo el gato.
– Yo no – dijo el perro.
– Está bien – suspiró la gallinita roja – Yo lo haré.
Marcelina se alejó un poco apesadumbrada y buscó el lugar idóneo para plantarlo. Durante días y días regó el terreno y vigiló que ningún pájaro merodeara por allí. El trabajo bien hecho dio un gran resultado. Feliz, comprobó cómo nacieron unas plantitas que se convirtieron en espigas repletas de semillas.
¡La gallina estaba tan contenta!… Buscó a sus amigos e hizo una reunión de urgencia.
– Queridos amigos… Mi semilla es ahora una preciosa planta. Debo segarla para recoger el fruto ¿Me ayudáis?
– Yo no – dijo el pato.
– Yo no – dijo el gato.
– Yo no – dijo el perro.
– En fin… Si no queréis echarme una mano, tendré que hacerlo yo solita.
La pobre Marcelina se armó de paciencia y se puso manos a la obra. La tarea de segar era muy dura para una gallina tan pequeña como ella, pero con tesón consiguió su objetivo y cortó una a una todas las espigas.
Agotada y sudorosa recorrió la granja para reunir de nuevo a sus amigos.
– Chicos… Ya he segado y ahora tengo que separar el grano de la paja.
Es un trabajo complicado y me gustaría contar con vosotros para terminarlo cuanto antes ¿Quién de vosotros me ayudará?
– Yo no – dijo el pato.
– Yo no – dijo el gato.
– Yo no – dijo el perro.
– ¡Vale, vale! Yo me encargo de todo.
¡La gallina no se lo podía creer! ¡Nadie quería echarle una mano! Se sentó y con su piquito, separó con mucho esmero los granos de trigo de la planta. Cuando terminó era tan tarde que sólo pudo dormir unos minutos antes del canto del gallo.
Durante el desayuno los ojillos se le cerraban y casi no tenía fuerzas para hablar. Era tanto su agotamiento que apenas sentía hambre. Además, estaba enfadada por la actitud de sus amigos, pero aun así decidió intentarlo una vez más.
– Ya he sembrado, segado y trillado. Ahora necesito que me ayudéis a llevar los granos de trigo al molino para hacer harina ¿Quién se viene conmigo?
– Yo no – dijo el pato.
– Yo no – dijo el gato.
– Yo no – dijo el perro.
– ¡Muy bien! Yo llevaré los sacos de trigo al molino y me encargaré de todo.
¡La gallina estaba harta! Nunca les pedía favores y, para un día que necesitaba su colaboración, escurrían el bulto. Se sentía traicionada.
Suspiró hondo y dedicó el día entero a transportar y moler el trigo, con el que elaboró una finísima harina blanca.
Al día siguiente se levantó más animada. El trabajo duro ya había pasado y ahora tocaba la parte más divertida y apetecible. Con harina, agua y sal hizo una masa y elaboró deliciosas barras de pan. El maravilloso olor a hogazas calientes se extendió por toda la granja. Cómo no, los primeros en seguir el rastro fueron sus supuestos tres mejores amigos, que corrieron en su busca con la esperanza de zamparse un buen trozo.
En cuanto les vio aparecer, la gallinita roja les miró fijamente y con voz suave les preguntó:
– ¿Quién quiere probar este apetitoso pan?
– ¡Yo sí! – dijo el pato.
– ¡Yo sí! – dijo el gato.
– ¡Yo sí! – dijo el perro.
La gallina miró a sus amigos y les gritó.
– ¡Pues os quedáis con las ganas! No pienso compartir ni un pedazo con vosotros. Los buenos amigos están para lo bueno y para lo malo. Si no supisteis estar a mi lado cuando os necesité, ahora tenéis que asumir las consecuencias. Ya podéis largaros porque este pan será sólo para mí.
El pato, el gato y el perro se alejaron cabizbajos mientras la gallina daba buena cuenta del riquísimo pan recién horneado. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
La almohada maravillosa
Hace muchísimos años un anciano muy sabio paseaba despacito por un sendero que conducía a la pequeña aldea donde vivía. Iba cargado con un saco, y entre el peso y tanto andar, empezó a notar que sus piernas estaban cansadas y necesitaba reponer fuerzas.
Descubrió una arboleda donde daba la sombra y decidió que ese era el lugar adecuado para hacer un alto en el camino. Buscó el árbol más frondoso, puso una esterilla a sus pies, se sentó en ella, y para estar más